Capítulo 7–La bondad de un ángel
Emilia *abrió los ojos lentamente*. El techo de madera y el tenue olor a hierbas medicinales le indicaron que estaba en una *enfermería*.
Cuando intentó moverse, un *dolor punzante en el brazo* la detuvo.
Giró la cabeza y *vio un tubo conectado a su piel, el cual llevaba un líquido transparente desde una bolsa colgada en un soporte de metal.
—¿Eh…? —susurró, sintiendo cómo el líquido frío se filtraba en su cuerpo, causándole una extraña sensación de ardor.
—No se mueva demasiado, *ángel, todavía está débil —dijo una voz suave, pero firme.
Emilia giró su rostro y *vio a una mujer vestida de enfermera.*
Tenía un *uniforme blanco inmaculado, un rostro sereno, pero con una mirada penetrante y llena de experiencia.* *Su piel pálida y expresión serena le recordaron un poco a Ram.*
—¿Quién eres…? —preguntó Emilia con voz débil.
La mujer le dedicó una *pequeña sonrisa, pero su tono seguía siendo neutral.
—Puedes llamarme *La Planchada*. Soy enfermera y estoy aquí para cuidarte.
Emilia *parpadeó con confusión*.
—¿La… Planchada?
—Así me llaman —respondió la enfermera sin dar más explicaciones—. Pero lo importante aquí eres tú.
Se acercó y acomodó la sábana sobre Emilia con movimientos suaves y profesionales.
—Cuando te desmayaste, las otras enfermeras te lavaron cuidadosamente. Quitamos toda la sangre de tu cuerpo y limpiamos tu vestido con el mayor cuidado posible. *También te dimos un baño para quitar el olor a sangre.*
Emilia *se sonrojó levemente.*
—L-Lo siento…
—No hay nada que disculpar, *lo que hiciste fue increíble.* —La Planchada la miró con seriedad—. Pero debes cuidarte más.
Emilia *bajó la mirada.*
—No puedo evitarlo… No puedo ignorar a quienes sufren…
La enfermera cruzó los brazos.
—Te arriesgaste demasiado, agotaste tu propio cuerpo. ¿Por qué lo hiciste?
Emilia *levantó la mirada, encontrando los ojos de la mujer.*
Su *expresión se suavizó, pero su voz fue firme.
—Porque aquí… me tratan con amor.
La enfermera *levantó una ceja, sorprendida.*
Emilia continuó, con una *pequeña sonrisa melancólica*.
—En mi mundo… no es así. Allá la gente me odia, me teme… me llaman *monstruo* solo por mi apariencia.
Apretó las sábanas con fuerza.
—Aquí, en cambio… la gente me *agradece, me sonríe, me llama ángel.* No hay odio, no hay desprecio. Por primera vez en mi vida, *me siento querida por los humanos.*
La enfermera *guardó silencio por un momento, observando con atención su expresión.
—No dudé ni un segundo en usar mi maná para salvarlos —continuó Emilia—. *Porque me dieron algo que nunca antes tuve: aceptación.*
La Planchada suspiró y tomó una silla, sentándose junto a ella.
—Sigues siendo joven… pero tienes una gran alma —dijo en un tono más suave—. Pero debes entender algo…
Emilia *la miró con curiosidad.*
—No puedes salvar a todos.
Esas palabras *le pesaron*.
Recordó el rostro del *sargento federal que murió en sus brazos*.
Apretó los labios y asintió lentamente.
—Lo sé… pero no me rendiré.
La Planchada la observó con respeto.
—Descansa, Emilia. Ya has hecho demasiado por hoy.
Emilia *quiso protestar, pues quería ver a los soldados que había salvado, pero la enfermera *le negó la petición de inmediato.*
—Los soldados están estables, gracias a ti. Pero ahora *es tu turno de recuperarte.*
Emilia *cerró los ojos por un momento, dejando escapar un suspiro.*
—Está bien… gracias.
De repente, un destello de luz verde apareció en la habitación, y de su gema emergió Puck, flotando en el aire con una expresión de preocupación.
—¡Emilia! ¿Qué te has hecho? —exclamó, su voz llena de reproche—. ¡Te dije que no fueras tan imprudente!
Emilia abrió los ojos de nuevo, sorprendida por la aparición de su compañero.
—Puck… yo solo quería ayudar…
—¡Ayudar! —interrumpió Puck, cruzando los brazos—. ¡Te has agotado hasta el punto de desmayarte! ¿Acaso no piensas en las consecuencias de usar tanto maná?
Emilia sintió una punzada de culpa, pero también una chispa de determinación.
—Lo sé, pero… no podía quedarme de brazos cruzados. La gente aquí me necesita.
Puck suspiró, su expresión suavizándose un poco.
—Entiendo que quieras ayudar, pero debes cuidar de ti misma primero. Si te agotas, no podrás ayudar a nadie.
La enfermera, observando la interacción, sonrió levemente ante la preocupación de Puck.
—Es cierto, pequeña. Tu bondad es admirable, pero tu salud es lo primero.
Emilia miró a Puck, sintiendo el peso de sus palabras.
—Prometo que tendré más cuidado. Pero… no puedo dejar de ayudar a quienes lo necesitan.
Puck se acercó, su mirada seria.
—Está bien, pero si vuelves a hacer algo así, ¡te lo haré pagar! —dijo, aunque su tono era más juguetón que amenazante.
Emilia sonrió, sintiendo el calor de su amistad.
—Lo prometo, Puck.
Mientras el *sonido del viento* soplaba suavemente por la ventana, Emilia supo que *su viaje en este mundo apenas comenzaba, y que, con Puck a su lado, podría enfrentar cualquier desafío que se presentara.
Capítulo 7 parte 2: aceptando el título
Emilia, recuperada aunque aún ligeramente débil tras el extenuante día en el campamento militar, se preparó para visitar a los soldados. Había descansado lo suficiente para recuperar fuerzas, y la necesidad de comprobar el estado de aquellos a quienes había ayudado la impulsaba a salir de la relativa comodidad de la Hacienda. Se vistió con su habitual vestido blanco, aquel que había portado con tanta frecuencia en Lugunica, símbolo de su esperanza y determinación como candidata a reina. Aquí, en México, ese mismo vestido blanco se había convertido en un símbolo diferente, un emblema de esperanza divina, una señal del "Ángel de Guadalupe."
Al llegar al campamento militar, la atmósfera había cambiado ligeramente. La tensión y el olor a sangre seguían presentes, pero había un aire de relativa calma, una quietud expectante tras la tormenta de la batalla. Mientras Emilia entraba en la primera tienda de campaña convertida en sala de hospitalización, un murmullo se extendió entre los soldados. Al reconocerla, los federales que estaban lo suficientemente recuperados como para moverse comenzaron a aplaudir lentamente, un aplauso que fue creciendo en intensidad y emoción. Otros, postrados en sus camastros, se unieron con débiles vítores y sonrisas agradecidas.
"¡El Ángel! ¡El Ángel ha vuelto!" se escuchó que alguien exclamaba.
"¡la ángel Emilia! ¡la ángel Emilia!" coreaban otros, repitiendo un título devoto que, aunque bienintencionado, provocaba una punzada de incomodidad en el pecho de Emilia. Santa... Ella no era una santa. Era solo Emilia, una medio-elfa con un poder mágico, intentando hacer lo correcto en un mundo confuso y ajeno. Aun así, la calidez y la gratitud en las miradas de los soldados, la sinceridad en sus aplausos, la conmovieron profundamente. Era una sensación agridulce, una felicidad mezclada con un anhelo profundo, un sentimiento cálido que, extrañamente, solo recordaba haber experimentado en Lugunica, en momentos fugaces con Subaru.
Puck, que volaba a su lado, sintió su incomodidad y le susurró al oído: "No te preocupes, Lia. Solo están agradecidos. Aunque debo admitir que el título de 'ángel'te queda bastante bien. ¿Debería empezar a llamarte así?" Bromeó, intentando aligerar el ambiente.
Emilia le lanzó una mirada de reprobación antes de responder en voz baja: "Puck, por favor, no digas tonterías. No soy ninguna angel, solo soy yo."
Las enfermeras, al verla llegar, se acercaron con sonrisas de alivio y admiración. La enfermera "Planchada", la estoica mujer que la había atendido la noche anterior, se permitió una leve sonrisa, un gesto inusual en su rostro severo.
"Señorita Emilia," dijo la enfermera con un tono más suave que de costumbre, "nos alegra mucho verla recuperada. Ha salvado tantas vidas hoy… Es un milagro." Otras enfermeras se unieron a las felicitaciones, expresando su asombro y gratitud por su labor incansable. "Muchos de estos hombres la consideran una santa, Señorita," añadió una enfermera joven, con los ojos brillantes de admiración. "Un verdadero símbolo de esperanza."
Emilia respondió a las felicitaciones con una sonrisa amable, aunque un tanto tensa. "Gracias… pero… no soy… santa," murmuró en un español sencillo, intentando restar importancia a la veneración. "Solo… ayudé… lo que pude." Se sentía como Satella recibiendo elogios por algo que no merecía.
Aun así, la verdad era que se sentía feliz. Feliz de haber podido aliviar el sufrimiento, de haber dado esperanza donde solo había dolor y desesperación. Comenzó a caminar entre las camillas, moviéndose con gracia etérea en su vestido blanco, contrastando con el ambiente austero y terroso del campamento militar. Se detenía en cada camastro, observando con atención el rostro de cada soldado, preguntando por su estado, ofreciendo palabras de aliento y consuelo. Intentaba recordar sus nombres, sus historias, para que no fueran solo números en un informe militar.
Muchos soldados, aun con miembros amputados o vendajes voluminosos, la miraban con una fe ciega, con la esperanza renovada brillando en sus ojos. Algunos le tomaban la mano con gratitud, otros murmuraban oraciones en voz baja, todos la recibían con una devoción palpable. Emilia se sentía conmovida por su fe, por su estoicismo ante la adversidad, por su capacidad de encontrar esperanza incluso en medio del horror de la guerra. Apretó el puño intentando animarse para salvarlos a todos.
"¿Cómo se siente, joven caballero?" preguntó Emilia a un con algunas palabras de lugar de origen mirando a un joven soldado con el brazo en cabestrillo.
El joven soldado, con una sonrisa dolorida pero sincera, respondió con admiración: "Mucho mejor, Santa Emilia. Gracias a usted… Puedo sentir la fuerza volviendo a mi brazo. Creí que lo perdería."
Emilia sonrió con alivio. "Me alegro mucho. Debe descansar… y recuperarse… pronto." Pasó a la siguiente camilla, donde un hombre mayor, con una pierna amputada, la esperaba con una mirada serena.
"Ángel Divino," dijo el soldado con voz grave, "sé que no pudo salvar mi pierna. Pero le agradezco que me haya salvado la vida. Y que nos dé esperanza en estos tiempos difíciles."
Emilia sintió un nudo en la garganta ante la nobleza de sus palabras. "Lo siento mucho por su pierna," respondió con sinceridad, tomando su mano con delicadeza. "Pero usted es fuerte. Y encontrará la manera de seguir adelante."
Puck, posado sobre el hombro de Emilia, asintió con aprobación. "Eso es cierto," dijo Puck, su voz resonando en la mente de Emilia, "estos humanos son resistentes. Pueden soportar más de lo que crees. Aunque a veces sean un poco... tercos."
Puck dirigió su mirada hacia la multitud de soldados, escaneándolos con sus ojos amatista. "Lia," susurró Puck, "estos soldados te admiran porque ven en ti la esperanza. No la esperanza de la victoria, sino la esperanza de la supervivencia. La esperanza de que, incluso en medio de la guerra, la bondad y la compasión aún existen. No dejes que esa esperanza se desvanezca."
Mientras caminaba de camilla en camilla, Emilia se sentía a la vez inspirada y abrumada. La fe de estos hombres, su resistencia, su agradecimiento, eran un testimonio conmovedor del espíritu humano. Pero también sentía el peso de la responsabilidad, la carga de ser vista como un "ángel," como una figura divina con expectativas imposibles de cumplir. No era Satella, y no pensaba sucumbir ante el peso de la desesperación.
Al final del recorrido, exhausta pero con el corazón lleno de emociones contradictorias, Emilia se detuvo en la entrada de la tienda, observando el conjunto del hospital improvisado. Su figura vestida de blanco, su cabello plateado brillante bajo el sol, resaltaba entre el uniforme color crema de los soldados y el ambiente terroso del campamento militar. Era una visión celestial en medio de la crudeza de la guerra, un ángel que había descendido del cielo, no para impartir justicia divina, sino para ofrecer consuelo humano, para sanar las heridas del cuerpo y del alma, y para recordarles a estos hombres, y a sí misma, que incluso en los tiempos más oscuros, la esperanza y la bondad aún podían florecer.
Y en esa dualidad de dolor y esperanza, de divinidad e incomodidad humana, Emilia, el Ángel de Guadalupe, encontró un propósito, una razón para seguir adelante, para seguir siendo un faro de luz en un mundo envuelto en la oscuridad de la guerra. La felicidad que sentía al ver a los soldados recuperarse, al recibir sus agradecimientos, era similar a la que experimentaba cuando Subaru la elogiaba. Era un recordatorio de que, a pesar de las dificultades, su bondad podía marcar la diferencia.
Con una sonrisa renovada, Emilia se giró hacia Puck, quien la observaba con una mezcla de orgullo y diversión. "¿Ves? No soy una santa, pero puedo ser un ángel para ellos," dijo, sintiendo que su corazón se llenaba de calidez.
Puck sonrió, su mirada chispeante. "Eso es lo que importa, Lia. No necesitas un título para ser un símbolo de esperanza. Solo necesitas ser tú misma."
Y así, con el viento suave acariciando su rostro y el eco de los aplausos resonando en su mente, Emilia se sintió lista para enfrentar lo que viniera, sabiendo que, con Puck a su lado y el apoyo de aquellos a quienes había ayudado, podría seguir siendo un faro de luz en medio de la oscuridad.
Fin del capítulo
