La Última Mentira.

La luna colgaba como un juramento no cumplido en el cielo estrellado de la nueva y moderna Aldea Ishigami. Las antorchas aún chispeaban en las calles de piedra, donde los aldeanos celebraban con anticipación la boda que uniría a su querida sacerdotisa con uno de los pilares del renacimiento científico: Chrome.

Pero Gen no estaba en la fiesta. No podía. No cuando el corazón le pesaba tanto que cada paso parecía arrastrar cadenas invisibles.

Sabía dónde encontrarla. Siempre lo sabía.

La encontró en la colina donde Ruri solía ir de niña, antes de enfermar, antes de todo. Sentada, con la mirada perdida en el horizonte, la brisa jugueteando con sus cabellos dorados. Vestía blanco. No el blanco ceremonial, aún no, pero lo suficiente como para parecer una despedida.

—Sabía que vendrías —dijo sin mirarlo, con la voz tan serena como un lago en calma.

—Y tú sabías lo que vendría a buscar —respondió él, dando un paso más cerca.

Silencio. Solo el sonido del viento entre los árboles.

—No debimos... —empezó Ruri, pero Gen levantó una mano.

—Por favor, no digas eso. No esta noche. No digas que fue un error cuando sé que cada beso fue real. Cada suspiro... cada vez que escapabas conmigo a escondidas... —su voz se quebró apenas, algo raro en él—. ¿Vas a decir que todo eso fue mentira?

Ella giró el rostro hacia él. Y por un segundo, la sacerdotisa desapareció. Solo quedaba Ruri. La mujer. La que había amado en secreto, con una pasión que ni la lógica ni la moral podían explicar.

—Fue real, Gen. Pero también fue egoísta.

—¿Egoísta amar?

—No. Egoísta seguir amándote cuando ya tomé una decisión. Chrome me ha dado todo... y tú...

—Y yo solo te di noches robadas, promesas rotas y una razón para mentirle al único hombre que nunca lo mereció —concluyó él, con amarga lucidez.

Ruri asintió, los ojos brillando. No de tristeza. No del todo. Era algo más complejo. Culpa, deseo, resignación.

—Solo quiero una cosa —dijo Gen, acercándose hasta estar a centímetros de ella—. Una última mentira.

—¿Una mentira?

—Dime que me amas. Aunque sea por esta noche. Solo por esta.

Ella titubeó. Las palabras temblaban en sus labios, pero finalmente se inclinó hacia él, susurrándole al oído:

—Te amo, Gen.

El beso que siguió fue suave. Sin prisas. No tenía la urgencia de lo prohibido, sino la melancolía de lo que está destinado a terminar. Se amaron sin palabras, en la colina que los vio encontrarse y perderse una y otra vez. Y cuando el alba empezó a teñir el cielo de naranja y rosa, Gen se vistió en silencio, sin decir adiós.

Ruri se quedó allí, sola, con el sabor de un amor que no debía nombrar.

Y al día siguiente, cuando Chrome la tomó de la mano frente a todo el pueblo, ella sonrió. Hermosa. Serena. Pero en lo más profundo de su pecho, guardaba una mentira. La más dulce. La más cruel.

Y Gen, entre la multitud, aplaudía. El mejor mentalista del mundo. El mejor actor. El que sonreía mientras se desmoronaba por dentro.


Pasaron semanas desde la boda. La vida en la aldea seguía su curso con normalidad, y Ruri cumplía con su nuevo rol de esposa y sacerdotisa con gracia y serenidad. Nadie sospechaba nada. Nadie, excepto ella.

La primera náusea llegó con la brisa del verano. El mareo, el retraso... y esa intuición ancestral que tiene una mujer cuando una vida nueva empieza a crecer dentro de ella. Ruri lo supo al instante.

Y también supo que no era de Chrome.

Lo supo por el tiempo. Por los cálculos. Por cómo, desde aquella última noche en la colina, su cuerpo se sintió distinto. Y porque, aunque ella trataba de convencerse de que podía ser de Chrome, en el fondo de su alma sabía que ese tipo de milagros no ocurrían tan fácil.

Era de Gen. No había otra explicación.

Cuando la panza empezó a notarse, Chrome no preguntó nada. Sonrió con emoción, la abrazó con ternura, la cuidó como solo él sabía hacerlo. No era tonto, pero era noble. Y el amor que sentía por Ruri podía con cualquier sombra.

Y entonces nació.

Una niña hermosa, de ojos grandes como el cielo después de la lluvia. Y cabello. Cabello negro como la noche más profunda, suave como la seda. Nada parecido a Ruri. Nada parecido a Chrome.

—Qué curioso —comentó alguien en la aldea días después—. ¿No es extraño? Chrome tiene el pelo castaño claro... Ruri rubio... ¿Y la niña?

—Quizá así funciona la ciencia —respondió Gen con una sonrisa ladeada, mientras veía desde muy lejos el cabello de la pequeña—. Los genes pueden saltarse generaciones, algo así me comentó Senku un día ¿saben?

—Ah, claro, eso tiene sentido —asintieron algunos, aunque la duda quedaba suspendida en el aire como humo.

Ruri lo miró desde la distancia, con la niña en brazos. No intercambiaron palabras. No necesitaban hacerlo. Sus ojos se encontraron. Solo por un segundo.

Y Gen... Gen se permitió un segundo de debilidad. Una sonrisa triste, un gesto casi paternal. Y luego, como siempre, se giró y se fue.

Con el mismo paso elegante de siempre.

Con el mismo secreto que nunca, jamás, confesaría.