La cenicienta equivocada

9

En un reino lejano

POV: Candy

Después de dejar la estación, fuimos directo a recoger el auto alquilado. Guardamos nuestras maletas en la cajuela y Anthony activó el GPS para llegar al orfanato.

Nuestra reservación en el hotel no estaría lista hasta las seis de la tarde. ¡Cierto! Anthony y yo pasaríamos la noche aquí, pues el próximo tren que nos convenía para volver a la ciudad, no saldría hasta la mañana siguiente.

El camino no era fácil, teníamos que dar muchas vueltas y el tramo de terracería empezó al mismo tiempo que el cuesta arriba, pero Anthony era un conductor hábil y ni siquiera me preocupé, pronto llegaríamos.

Lo que sí me preocupaba y hacía hervir la sangre de rabia, era lo que Anthony me había contado de Elisa. Había escuchado ese día su idea de seducirlo, pero dudé que realmente fuera capaz de hacerlo, pues ella misma había reconocido que era una mala idea. ¿Qué la hizo cambiar de opinión?

Tal vez debí decirle a Anthony lo que había oído y así advertirlo, pero esa noche me concentré en mis propios deseos y ahora él tenía que lidiar con una situación súper incómoda.

Bufé.

—¿Qué pasa? —preguntó Anthony.

—Nada, pensaba en mi proyecto para el congreso —respondí y no era mentira. El fin de semana estuve trabajando en ello y tenía varios detalles que afinar.

—Pues pon eso en espera porque ya llegamos —dijo Anthony señalando con su mano nuestro destino:

En la región montañosa al sur del lago Michigan se encontraba un viejo orfelinato llamado El Hogar de Pony. Lo dirigían dos mujeres "cariñosas y amables", según las palabras de Josh, nuestro informante.

El lugar era una pintoresca casa con un tejado rojo y enormes ventanas; la más grande tenía un lindo vitral de rosas 🌹 y había una alta cruz en el techo. El césped olía a recién cortado y los árboles que rodeaban la propiedad daban una fresca sombra y se movían ligeramente por una suave brisa.

—Aquí inició todo —dije al bajar del auto y reunirme con Anthony.

—¿Qué dices?

Señalé la propiedad con emoción. Era tan bonita como la recordaba.

—Mi abuelo creció aquí —expliqué y la quijada de Anthony casi cayó al piso.

—¿Es en serio? ¿Por qué no me habías dicho?

—Quería sorprenderte. Cuando me dijiste que Benson había retirado los fondos para dos orfanatos no me enojé solo porque lo haya hecho, sino porque se metió con este lugar en específico y también… me enojé conmigo por no saberlo.

—Ahora entiendo tu reacción de ese día —dijo Anthony, comprensivo.

Caminamos hacia la entrada principal y la fachada me encantó.

—Mi abuelo pasó su infancia aquí, hasta que lo adoptaron a los ocho años —expliqué observando el perímetro del lugar y recordando las anécdotas de Mr. William Andley.

—¿Su apellido era Andley?

—No, es el de la familia que lo adoptó. Un matrimonio del condado que tenía un taller de carpintería.

Anthony ladeó la cabeza y me miró con asombro.

Desde mis bisabuelos adoptivos estábamos en el negocio de los muebles y habíamos llegado muy lejos.

—Aquí inició todo —repitió con lentitud mis palabras.

Sonreí y una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo. Compartir algo tan especial de mi familia con Anthony era emocionante e íntimo, pues aunque muchos conocían el origen de mi abuelo, pocos sabían la historia completa.

En ese instante, una ráfaga de viento nos empujó. Mi cabello se sacudió y la tierra levantada me picó los ojos. Me cubrí la cara con una mano y, con más rapidez de la que pude notar, Anthony se paró frente a mí, bloqueando el golpe del aire.

Escondí instintivamente la cara en su pecho e inhalé su colonia. Siempre olía tan bien.

—Ponte estos —dijo sacando sus gafas de aviador para ponérmelas.

Sus dedos rozaron con suavidad las comisuras de mis ojos y, de no ser porque llevaba ropa de manga larga, Anthony habría notado mi piel de gallina ante su roce.

—¿Cómo me quedan? —pregunté como si no quisiera arrojarme a sus brazos y quedarme ahí todo el día.

—Mucho mejor que a mí —contestó mirándome con la cabeza ladeada. Después sonrió y se puso a mi lado para seguir caminando.

Llegamos a la puerta y tocamos el timbre. Está no tardó en abrirse y apareció un chico de unos doce años. Nos miró de arriba a abajo y habló:

—¿A quién buscan?

—Hola, venimos a ver a la directora —respondí—. Tenemos una cita.

—Pasen —dijo el niño abriendo por completo la puerta para dejarnos pasar—. Esperen aquí. —Nos señaló el recibidor y, tras intercambiar una mirada, Anthony y yo obedecimos. Me quité las gafas y se las devolví.

—Quédatelas por hoy.

Las colgué del cuello de mi camisa y nos sentamos en una larga banca de madera, cubierta con cojines de jardín.

Por dentro la casa era más acogedora, no se parecía a los orfanatos que habíamos visitado con anterioridad. Había dibujos infantiles enmarcados en las paredes, una colección de paraguas en la entrada y a lo lejos se oía un coro de risas.

—¿Ustedes son de Andley Decoration?

Una mujer mayor y delgada nos encontró en el recibidor. Nos levantamos y le ofrecimos la mano.

—Soy Candy White y él es Anthony Brower.

—Un placer, gracias por venir este día. Tenemos una semana ocupada.

—Gracias por recibirnos —dijo Anthony.

—María Lane —se presentó—. Pasen por aquí, la directora Pony nos espera en su oficina.

Atravesamos el corredor y pasamos por fuera del comedor y salones que parecían áreas comunes donde los niños pasaban las tardes. Uno parecía un cine casero, con una gran pantalla pegada a la pared y filas de asientos frente a esta, su decoración era de cine y hasta había una máquina de palomitas. Otro salón era de lectura, tenía amplios cojines acomodados en el piso donde los niños se acomodaban con libros o historietas. El tercer salón estaba cerrado y no pude ver qué había, pero se oían las risas de los niños y supuse que era un área de juegos.

—Es bonito —le dije a Anthony en voz baja mientras caminábamos.

—Quiero entrar a su cine —me respondió también en voz baja y me tapé la boca para no reír.

Llegamos a la Dirección y María Lane abrió la puerta donde nos recibió una mujer regordeta, de lentes, peinada con un perfecto moño.

—Señorita Andley, es un gusto conocerla en persona —dijo la mujer con afecto cuando estreché su mano.

—El gusto es mío, señorita Pony.

Cuando me puse en contacto con ella, semanas atrás, me explicó que su apellido y el nombre del orfanato no estaban relacionados y que el destino había hecho de las suyas para convertirla en la directora desde hacía diez años.

—Gracias por reconsiderarnos en su programa —dijo tras señalarnos los asientos frente al escritorio—. Buscamos la carta que nos pidió y por fortuna la encontramos en los archivos. —Puso una carpeta frente a nosotros y Anthony la tomó, leyó y, tras un asentimiento de cabeza, me dijo que era una prueba más para el expediente de Benson.

—No sabe cuánto le agradecemos esto.

La siguiente hora la pasamos hablando sobre las necesidades del orfanato. No eran muy diferentes a las de los demás y eso nos ayudaba a repartir de manera más equitativa el recurso.

Anthony y la directora parecían calculadoras parlantes. Intercambiaron carpetas, hojas de cálculo impresas y digitales y hasta el libro de contabilidad del lugar.

La directora era una mujer transparente y metódica, así que justificó cada necesidad de los niños y nos ahorró trabajo. En realidad, se lo ahorró a Anthony, pues en nuestra dinámica, él era el encargado de los números.

—Les enviaré esto por correo electrónico para que puedan trabajarlo con calma —dijo la directora—. Les enseñaré el lugar para que vean por ustedes mismos lo que hacemos aquí.

Recorrimos todos los salones de la planta baja y saludábamos a los niños cuando nos cruzábamos con ellos.

La planta alta era todavía más hogareña que la anterior. Las habitaciones tenían letreros hechos a mano con los nombres de los niños y cada puerta era de un color diferente. Las paredes tenían fotografías de los chicos que vivían ahí y los que habían pasado por el orfanato recientemente.

—Hacemos lo posible porque este sea un verdadero hogar para los niños y por enseñarles lo que es una familia, aunque no sea "convencional" —explicó María Lane cuando nos enseñaba la fotografía de la Navidad pasada.

—Y, como en todo hogar, hay reglas y horarios —agregó la directora viendo el reloj.

Faltaban quince minutos para las seis de la tarde y era la "hora del invernadero".

Mientras bajábamos las escaleras, María Lane nos explicó que los niños tenían bajo su cuidado el invernadero que había en la parte trasera del lugar y que, cada día antes de la cena, en grupos designados, se encargaban de limpiar, regar, podar y abonar las plantas y flores que tenían. Este día les tocó a los más pequeños, cinco chicos de cuatro a siete años.

—¿Podemos ver cómo lo hacen? —pidió Anthony con un entusiasmo que nunca le había visto.

—¡Por supuesto! —aceptó la mujer—. A los niños les gusta presumir.

Un camino de piedras lisas nos llevó hasta una construcción de madera de cristal con forma de casa de cuento de hadas, como las que solemos dibujar cuando somos niños. Desde varios metros antes de llegar, se podía ver la flora que crecía ahí y, al entrar, algunas flores de la entrada nos saludaron con su aroma.

Sally, James, Laurel, Spencer y ¡sorpresa! Anthony ya estaban dentro. Las niñas, mayores en el grupo, se encargaron de usar las tijeras para podar la hierba que tenían los tomates, mientras que los chicos usaban la manguera para regar las flores que requerían agua diaria y las verduras que ese día debían ser atendidas.

—Hola, ¿me cuentas qué haces? —pregunté al más pequeño del grupo, Anthony.

El niño levantó la cabeza y me miró con unos hermosos ojos azules.

—Las rosas necesitan agua, aquí lo dice —me respondió señalando un cartel al principio del bloque de rosas que tenía marcas de colores. Al parecer, el rosa indicaba que los martes debían ser regadas—. Y Sally dijo que necesitaban abono, pero no puedo abrir la bolsa.

—Yo puedo ayudarte con eso —contesté agachándome para quedar a su estatura y abrir la bolsa de plástico.

—¡Espera! —gritó en cuanto abrí el fertilizante y levanté las manos—. Tienes que usar guantes —me reprendió y señaló la entrada del invernadero donde había varios pares de guantes de jardinería.

—Iré por ellos —dije levantándome rápidamente para cumplir con las reglas.

Aproveché para ver qué hacía Anthony mayor y lo encontré ayudando también con la zona de vegetales. Volví con Anthony pequeño y empezamos a repartir el abono entre las rosas.

El niño me preguntó mi nombre, mi flor favorita y si en mi casa dormía en una litera como él.

—A mí me gustan los girasoles, pero aquí no tenemos —dijo mientras metía la mano en la bolsa.

—Yo sé de un lugar donde tienen —dije al recordar el jardín de la casa de mis padres—. ¿Te gustaría que te mande unos para que los plantes aquí?

Los ojos del pequeño Anthony se iluminaron con ilusión y asintió muchas veces.

—Ok, te prometo que pronto los tendrás.

—Eres linda, Candy —dijo el pequeño Anthony y mi corazón se derritió. Era el cumplido más lindo y honesto que había recibido en la vida—. ¿Quieres ser mi novia? —preguntó y eso sí me tomó por sorpresa.

Antes de que pudiera contestar, Anthony mayor ya estaba junto a nosotros, mirando al pequeño, confundido y con el rostro contraído. Anthony menor lo miró de reojo y volvió su atención a mí, esperando una respuesta. ¡Wow! ¿En serio había ignorado a Anthony Brower?

—Escucha, Anthony —me dirigí al menor—. Creo que soy muy grande para ti y…

—Yo también seré grande —me interrumpió con decisión. Miré a Anthony mayor y sí, ya observaba al niño con mala cara. Esto era de risa, pero no podía herir los sentimientos del pequeño—. ¿Serás mi novia cuando sea grande?

—Mmm, ¿qué pasará cuando una niña linda quiera ser tu novia y a ti te guste? No podrás ser su novio porque yo te estaré esperando y eso lastimará los sentimientos de ella y los míos.

Anthony menor meditó mis palabras y asintió vagamente, poco convencido, pero aceptó que yo no podía ser su novia y, mirando a Anthony mayor, preguntó

—¿Podemos seguir regando las flores juntos?

—¡Me encantaría! —contesté y me fui con él a terminar la "hora del invernadero".

Después de acabar con las plantas, dejamos a los niños dentro de la casa, Anthony menor me besó la mejilla a modo de despedida y se fue corriendo al lavabo para asearse antes de la cena. Les dimos el regalo de Josh a las directoras y nos despedimos de ellas.

Subimos al auto e iniciamos el camino hacia el hotel donde teníamos nuestra reservación.

—Es mi imaginación o este es el lugar más hermoso de todos los que hemos visitado —dije a Anthony durante el trayecto.

—Es admirable lo que esas mujeres hacen —asintió él—. Se siente como un verdadero hogar.

—¿Qué me dices de Anthony? ¿Habías visto un niño más adorable? —pregunté con toda la intención de molestarlo.

—Un encanto —contestó sin expresión alguna y sin quitar la mirada del camino.

El hotel en el que nos hospedaríamos se llamaba Lakewood y tenía fachada de casona antigua. Bajamos del auto con nuestras pequeñas maletas y nos registramos en la recepción.

—Me muero de hambre —dije a Anthony. Solo habíamos desayunado en el tren y comido dulces durante todo el camino.

—Vi una cafetería cuando veníamos hacia aquí, ¿quieres comer ahí o en el restaurante del hotel?

—En la cafetería —pedí y en la recepción nos aseguraron que subirían nuestro equipaje.

Salimos del hotel y caminamos una avenida cuesta abajo. Estaba por anochecer y las luces públicas ya estaban encendidas.

Entramos a una cafetería luminosa, con amplias ventanas y piso con azulejos blancos y negros, como tablero de ajedrez. En las paredes había discos LP decorativos y al fondo había una rocola que no imaginaba si funcionaba o no.

Al abrir la puerta, sonó una campana y la camarera de la barra levantó la vista. Tomamos una mesa vacía en el centro, pues los gabinetes estaban ocupados por parejas y un par de familias con niños.

La joven camarera nos dio el menú y, tras darnos la bienvenida, desapareció para dejarnos elegir. Había toda una sección de sándwiches que se veían realmente deliciosos y decidimos ordenar eso, junto con ensalada, puré y pay de manzana como postre.

Primero llegaron nuestras bebidas, dos vasos enormes de té helado.

—Te propongo un brindis. —Levanté mi vaso y me enderecé en la silla. Anthony hizo lo mismo—. Por haber terminado oficialmente las visitas a los orfanatos; el Hogar de Pony era el último.

— Y porque ahora estamos más cerca de entregar a cada lugar lo que necesita —añadió Anthony chocando su vaso con el mío.

—¡Salud! —dijimos a coro y me llevé el vaso a los labios, solo que mi mirada no estaba atenta al líquido, sino a los ojos azules me veían a través del cristal de sus lentes.

No podía descifrar el significado de su mirada, pero su intensidad me atraía como la luz a un insecto. Me había enamorado de Anthony en estos meses y adoraba cada segundo a su lado. Todo en él me hacía sentir segura, tranquila y cómoda; incluso cuando lo había visto enfadado, me sentía bien con él porque sabía que yo no era la fuente de su enojo.

Anthony se preocupaba por mí, ponía atención a los pequeños detalles y me ofrecía su hombro cuando me sentía vulnerable. También confiaba en mí, lo suficiente para dejarme entrar a su mundo familiar y también para contarme secretos de su vida. Su presencia siempre era una suave brisa que me envolvía de la manera más placentera y genuina que nunca creí encontrar en nadie.

Me sonrojé al notar que había mirado por demasiado tiempo a Anthony y me enfoqué en mi bebida; esta bajó por mi garganta y calmó un poco mis nervios.

Una alegre melodía empezó a sonar por todo la cafetería y nos dimos cuenta de que la rocola sí funcionaba.

—Nunca he usado una —dije señalando el aparato.

Anthony sonrió y se levantó de inmediato.

—Ven —Me tendió la mano y la tomé.

Nos acercamos a la rocola y mientras la canción terminaba, Anthony me mostró cómo funcionaba: dónde iban las monedas o los billetes, cómo se seleccionaba el álbum y la canción.

—Toma —Puso varias monedas en mi mano y me alentó a usar la máquina.

—Ayúdame a elegir —pedí al ver que en el repertorio había mucha música que yo no conocía.

—Déjame ver —murmuró colocándose muy cerca de mí, al grado de sentir el roce de su ropa en la mía—. Esta. —Señaló la pantalla y tomó mi mano derecha con la suya para ayudarme a depositar las monedas; su mano izquierda se acomodó en mi espalda alta, así que mi cuerpo estaba rodeado por sus brazos. Metimos una tras otra y una corriente de placer viajó por mi cuerpo—. Presiona aquí —dijo guiando mi mano—, y luego aquí.

La canción se llamaba "The way love looks" y nunca la había escuchado, pero me gustó su ritmo y el coro: I like the way love looks / The way it looks on you.

Volvimos a la mesa y nuestra comida llegó segundos después. Empezamos a comer en silencio porque ambos moríamos de hambre; además de que yo tenía trabada la voz por todo aquello a lo que mi cabeza le estaba dando vueltas.

Más de una vez sorprendí a Anthony mirándome, lo que me hacía limpiar mi boca con rapidez ante la idea de tener restos de comida manchándome la cara; entonces, él sonreía más y volvía a mirar su plato. Si quería ponerme más nerviosa, lo estaba logrando con éxito.

—Candy —dijo con seriedad cuando terminamos los sándwiches y esperábamos el pay—. Estamos por terminar nuestro proyecto y yo… —Hizo su plato a un lado y se inclinó hacia el frente en la mesa—, entiendo que no será fácil vernos con la misma frecuencia y tampoco quiero que te sientas obligada, pero no me gustaría que esto —nos señaló— terminara al mismo tiempo que lo de los orfanatos.

¡Sí, sí! ¡Justo eso quería oír!

—¡Oh, Anthony! —Tomé su mano como un acto reflejo—. Yo tampoco quiero dejar de verte. Estos meses han sido increíbles y después de la entrega oficial, no verte será difícil.

—No dejemos que eso pase —respondió clavando su mirada en mi rostro y, como aquella vez en que lo examinó para decirme mi mejor perfil, sentí sus ojos recorrer cada milímetro de mi piel. Lo miré a los ojos y no pude evitar fijarme en sus labios. Nunca había deseado besar a nadie como a él.

En silencio, la camarera puso un plato de pay de manzana en nuestra mesa, llamando nuestra atención.

—Solo nos queda una rebanada —dijo, apenada por interrumpir, pues me lanzó una mirada de compasión—. ¿Quieren pedir otro postre?

Anthony y yo nos miramos y, con un par de gestos llegamos a un acuerdo.

—Lo compartiremos —contestó él, jalando el plato hacia nosotros.

Fue el pay más exquisito que había probado en mi vida. No, era el mejor postre del mundo.

Lo terminamos entre risas y una pelea ninja con tenedores por el último bocado, uno que al final me comí yo, no por ganarlo, sino porque Anthony me lo cedió.

—Creí que después de todos los dulces que comimos hoy, no me cabría ni un bocado, pero —Anthony señaló el plato vacío.

—Siempre hay espacio para el postre. Es un hecho científico —contesté llevándome el último bocado.

Estábamos tan sumergidos en nuestra propia charla que ignorábamos el mundo que nos rodeaba y también la música que seguía sonando de la rocola, pero fue Anthony el primero en volver a la realidad. Echó la cabeza hacia atrás, en dirección a la música y se quitó los anteojos para ponerlos sobre la mesa. Sonrió cuando una nueva canción empezó y se levantó.

—Baila conmigo —dijo tomando mi mano nuevamente.

Yo me dejé levantar por él, pero me quedé clavada en el piso.

—Nadie está bailando, Anthony —le dije acercándome a él para que no nos oyeran.

Chasqueó la boca y negó con la cabeza.

—Hay que poner el ejemplo —respondió con una media sonrisa que me hizo vibrar. Tiró de mí con suavidad y ocupamos un espacio vacío del restaurante.

Anthony puso una mano en mi cintura y me acerqué a su cuerpo, tomó mi mano derecha y dio el primer paso. Coloqué mi mano libre en su hombro y me atreví a apoyar también mi cabeza. Me dejé llevar por el movimiento de Anthony y pronto ya estábamos bailando como uno. Su cadera rozaba con la mía y sus piernas acariciaban las mías al compás de una melodía íntima.

Tampoco conocía la canción que estaba sonando, pero el intérprete tenía una profunda y oscura voz con mucha fuerza.

Me gustaba.

Cerré los ojos y respiré con tranquilidad. Los brazos de Anthony eran mi refugio.

Un par de estrofas después, mi cuerpo se contrajo al escuchar cerca de mi oído, sólo para mí, los versos más íntimos y seductores:

I've been thinking 'bout this all day long

Never felt a feeling quite this strong

I can't believe how much it turns me on

Just to be your man

—¡Anthony, estás cantando! —susurré, emocionada, al apartar mi cabeza de su hombro para verlo.

Él ya esperaba mi movimiento y me guiñó un ojo mientras seguía cantando para mí. Su agarre en mi cintura se hizo más fuerte y jadeé al sentirme tan cerca de él.

—Es lo que deseabas —dijo tan cerca de mi oído, que su voz vibró en mi interior.

There's no hurry, don't you worry

We can take our time

Come a little closer, let's go over

What I had in mind

El deseo se desató en mí y rodeé su cuello con mis manos. Anthony me tomó a ambos lados de la cintura y seguimos bailando. Su voz era preciosa, grave, igual de profunda que la del cantante original y mucho más sensual.

—Me gustas, Candy —dijo acercando su rostro al mío. Sentía su respiración en mi piel y temblar mis piernas —. Me gustaste desde el primer día que te vi y desde entonces no puedo ni quiero sacarte de mi mente.

Me acarició la mejilla con la punta de su nariz y me estremecí de gozo ante ese gesto tan íntimo, tan sutil y, al mismo tiempo, tan fuerte.

—Me gustas, Anthony —contesté en voz baja, no para evitar que nos oyeran, sino porque no podía hablar más fuerte, no había necesidad, sólo quería que él me escuchara, que él supiera que yo también me sentía así.

Sonrió en mi mejilla y entreabrí los labios, anhelando su contacto. Él los acarició con los suyos y hundí mis dedos en su cabello. Su mirada era fuego descontrolado y mi interior tembló de excitación. Volvió a probar mi sabios y, mientras la música llegaba a sus últimas estrofas, entró de lleno en mi boca. Lo recibí casi con impaciencia y me entregué a él cuando su lengua bailó con la mía, combinando mi pasión con la suya. Sus manos no se movían de mi espalda, pero traspasaban mi ropa y tocaban directamente mi piel. Me sostenían con fuerza, con posesividad.

Ain't nobody ever love nobody

The way that I love you

We're alone now

You don't know how long I've wanted to

Sonreí en su boca y nos separamos por medio segundo. Me abracé más a él y nuestras miradas se cruzaron. —Eres hermosa —dijo antes de volver a besarnos.

I can't believe how much it turns me on

Just to be your man

Volver al hotel nos llevó mucho más tiempo del estimado. Nos deteníamos en cada poste, en cada señal de tránsito y a cada momento que se nos antojaba para besarnos. Cada vez que lo hacía, mi cuerpo estallaba en fuegos artificiales y no podía parar de sonreír. Anthony y yo sentíamos lo mismo y ahora lo sabíamos. Mis sentimientos no eran unilaterales, su interés era correspondido y sus besos eran perfectos, dulces, arrebatadores, tiernos, posesivos…

—Y sólo tuyos —dijo cuando ya habíamos llegado al hotel y a la puerta de nuestras habitaciones.

Estábamos apoyados en la puerta de mi habitación. Anthony acunaba mi rostro en sus manos y me besaba las mejillas. Me reía como una boba con cada roce.

Besó las comisuras de mis labios y cerré los ojos, esperando más, pero nada pasó. Abrí los ojos y su sonrisa burlona fue lo primero que vi.

—Así me dejaste el otro día.

Fruncí los labios. Sabía a los que se refería. Ese beso en el bar.

Arrugué su camisa con mis puños para sujetarme y acerqué mis labios a su oído.

—¿Me perdonas?

Lo besé y bajé por su mandíbula con besos lentos. Cerró los ojos y sus manos descansaron en mis caderas. Besé su mentón, sus mejillas y me apoderé de sus labios, gruesos, cálidos, sensuales y peligrosamente adictivos. Mordí su labio inferior con suavidad y levanté la mirada para encontrarme con la suya.

Se sentía maravilloso ser un poco atrevida con él, jugar, tentarlo.

Profundicé el beso al deslizar mi lengua entre sus labios y Anthony siguió mi juego, permitiéndome explorarlo, reconocerlo.

Su mano subió a mi cuello y apartó mi cabello. Su toque ardía. Detuvo el beso y acarició mi cuello con su nariz para después depositar un húmedo beso en la marca de mi pulso. Lo abracé y dejé que explorara mi piel.

—Será menor que entres —gruñó al tiempo que hundía su rostro en mi cuello.

Solté un quejido, pero tenía razón.

Nos apartamos un poco y reímos al vernos. Estábamos excitados, sonrojados y hasta mareados.

—Nos vemos en la mañana —dijo él.

—Mañana… —repetí viendo el siguiente día muy lejano.

Anthony pareció tener la misma queja al paso del tiempo porque frunció el ceño y me abrazó sin decir nada. Hice lo mismo y nos quedamos un par de minutos así, envueltos en el calor del otro.

La puerta de la habitación de al lado se abrió y el coro de las voces de una familia rompió el silencio del pasillo.

Anthony me apretó más a su cuerpo y yo escondí la cara en su pecho. Era como si ninguno de los dos quisiera tener contacto con el mundo exterior y deseáramos existir sólo él y yo juntos.

Terminar ese abrazo fue perder un pulmón. Nos dimos un último beso de buenas noches y abrí la puerta de mi habitación. Anthony no se movió hasta que la cerré y puse el seguro. Observé por la mirilla de la puerta cómo daba la vuelta y entraba a su habitación.

Por favor, señor Tiempo, que ya sea mañana. Fue mi último pensamiento antes de dormirme; eso y los labios de Anthony en mi piel.


¡GRACIAS POR LEER!

Las canciones mencionadas en este capítulo fueron:

- The Way Love Looks de Easton Corbin

- Your Man de Josh Turner. Espero, recomiendo y deseo que escuchen esta última, para disfrutar un poquito más este capítulo. Ojalá les guste.

Nos leemos pronto

Luna