La cenicienta equivocada

10

Hechizo de amor

POV: Anthony

Desperté antes de que sonara mi alarma y me vestí rápidamente. Había tomado una ducha fría anoche y hoy no perdería el tiempo. Preparé mi maleta y la dejé en el banco, junto a la puerta. Mi celular vibró y leí el mensaje de inmediato.

Buenos días, ya estoy lista, ¿y tú?

Me sorprendió saber que Candy ya estaba despierta pues, por lo que había dicho, era una dormilona olímpica, pero me gustó saber que faltaba menos para volver a tenerla entre mis brazos.

Listo.

Respondí de inmediato y terminé de prepararme para irnos. Abrí la puerta de mi habitación y al ver la perilla moverse, dudé de lo que había pasado anoche entre Candy y yo. ¿Sería algo que se terminaría junto con el viaje o era el inicio de una relación?

La duda desapareció tan pronto como llegó. Candy se arrojó a mí en cuanto me vio y, rodeándome el cuello con sus brazos me plantó un beso. La sujeté de la cintura y tomé su boca. Tenía un delicioso sabor a menta que saboreé como un adicto.

—Buenos días —dije en cuanto la solté.

Usaba los mismos jeans que el día anterior, una blusa blanca de tirantes y una camisa de cuadros encima. Era un atuendo demasiado sencillo e informal, pero se veía hermosa con todo. Sólo por eso, le di otro beso en la frente.

—Hola —respondió sonriente.

—¿Dormiste bien?

Asintió y bajó sus manos al cuello de mi camisa para jugar con las puntas de este.

—¿Y tú?

—No podía esperar a que amaneciera para verte otra vez —admití y el cuerpo de Candy se tensó en mis brazos. ¿Me estaba pasando de la raya?

—Me alegra saber que no fui la única —dijo, sonrojada.

Depositó un beso en mi mejilla y la apreté contra mi cuerpo. Era tan fina, delgada y encajaba perfectamente en mis brazos.

—¿Estás segura de esto? ¿De nosotros? —Pregunté sin dudarlo ni pensarlo mucho. Tal vez era algo tonto o inseguro, pero una parte de mí necesitaba una confirmación por parte de ella.

Por un segundo, Candy frunció el ceño y me miró con desagrado por mis palabras, pero ya había escupido la pregunta.

Me encantaba esta mujer, pero no podía pasar por alto que ella era, para fines prácticos, mi jefa, una Andley.

—Quiero esto, Anthony —respondió acariciando mi barbilla—, y sé que tenemos un millón de cosas de las que hablar, pero estoy segura de que quiero estar contigo y eso no está a discusión —respondió con una firmeza encantadora.

Sin importarme que estuviéramos a medio pasillo del hotel, la envolví con más fuerza en mis brazos y devoré su boca, tomé sus labios, encontré su lengua y me llené de ella, de su sabor, de su aliento. Aferró sus manos a mi espalda y la levanté unos centímetros del suelo para retroceder hasta el interior de mi habitación.

En un segundo, la tenía recargada contra la puerta, gimiendo en mi boca y abrazada con fuerza a mi espalda. Me devolvió cada beso y caricia con la misma intensidad con la que yo se los daba. Apoyé mi mano en su cadera, acariciando la fina tela de su blusa; ella subió su pierna a mi costado, permitiéndome acomodarme entre sus piernas. Gimió otra vez al sentir mi miembro rozarla tan íntimamente. Deslicé las manos hasta sus glúteos y la levanté para acomodarla alrededor de mi cintura. Se apretó contra mí y jadeé en su boca. Su aroma, su piel, sus labios, toda ella me volvía loco y me hacía desearlo como nunca antes había deseado a una mujer.

—Anthony… —gimió mi nombre y siguió besándome—. Aquí no —dijo entre jadeos.

Me detuve en seco y la sostuve para que no cayera. Alejé mi rostro del suyo. Tenía los ojos cerrados y la respiración descontrolada. Se veía tan hermosa y yo solo pensaba en hacerla mía, pero tenía razón, este no era el lugar, por mucho que lo deseara. Teníamos un tren que abordar y muy poco tiempo, insuficiente para todo el placer que quería proporcionarle.

—Tienes razón, lo siento —dije aclarándome la garganta.

Ella sonrió y apoyó su frente en la mía.

—Esto fue increíble, no te disculpes, por favor —dijo todavía con la respiración agitada.

La bajé con cuidado y ella se mantuvo recargada en la puerta, sosteniéndose de mis brazos.

—¿Podemos hacer esto después? —Agachó la mirada y entretuvo delineando con sus manos en las venas de mis brazos.

—Ey, mírame —dije tomándola con delicadeza del mentón—. Sin presión, para ninguno de los dos, ¿ok?

Estaba tan cerca de ella que podía verme reflejado en sus pupilas, esos hermosos ojos verdes que me miraban con emoción, excitación y, en ese instante, timidez.

—Que esto no se vuelva incómodo, por favor —pidió.

Sonreí. Besé su frente y la atraje hacia mí para abrazarla.

—No lo será —prometí y ella se acomodó en mi pecho. La oí suspirar y me abrazó de vuelta con fuerza. Nos mantuvimos así por algunos minutos, mientras ambos volvíamos a la normalidad y yo llenaba mis brazos con su cuerpo.

—¿Bajamos a desayunar? —preguntó levantando la cabeza para mirarme a la cara.

—¿Cafetería u hotel?

—Mmm, probemos la comida del hotel. Sólo déjame ir por mi maleta y nos vamos.

Abrí la puerta de la habitación y Candy atravesó el pasillo en dos saltos. Empujó su puerta y de inmediato sacó su maleta y su bolsa. Yo tomé mis cosas y la alcancé; le quité la maleta de las manos y bajamos hasta el restaurante del hotel tomados de las manos.

El lugar estaba prácticamente vacío, así que tomamos una mesa del centro. Nos sentamos uno al lado del otro y un camarero nos sirvió café de inmediato; comimos algo de fruta y pedimos waffles.

—Así que… ¿cómo va tu presentación para el Congreso?

—¡Oh, eso! —Masticó rápido y tomó un sorbo de café—. Está casi terminado, salvo por unos detalles. En realidad, muchos detalles. Te conté que el proyecto ya lo tenía desde el año pasado, ¿no? —Asentí—. Bueno, lo he estado revisando y hay muchas cosas que tengo que actualizar.

—Exactamente, ¿de qué se trata tu presentación? —pregunté tras caer en cuenta de que, en realidad, no sabía en qué estaba trabajando Candy.

—¡Cierto! —se rio—. No te lo he dicho. Es un proyecto para el aprovechamiento de espacios pequeños. El estilo no tiene que ir peleado con el espacio —comenzó a explicar y yo asentí—. ¿Alguna vez has visto los diminutos departamentos de los estudiantes chinos?

—Comen, duermen y estudian en el mismo lugar.

—Exacto, pues algo similar me pasó cuando Annie y yo vivíamos en la residencia estudiantil. No era un espacio tan limitado, pero era un caos. Ella no respetaba mi espacio, yo invadía el suyo y no había manera de organizarnos, pero tu brillante novia aquí presente… —frenó sus palabras y se puso tan roja como la servilleta de tela que tenía en el regazo.

Esas palabras me encantaron.

—Ven aquí —dije de inmediato tomándola de la nuca para besarla—. Eres mi novia —afirmé después de probar sus labios.

Sí, Candy era mi novia.

Suspiró cerca de mi rostro y mantuvo los ojos cerrados por unos segundos.

—Me gusta cómo suena eso.

—¿Qué hizo mi brillante novia después?

El sonrojo seguía en sus mejillas y tardó unos segundos en continuar.

—Yo…

Era un encanto cuando se ponía nerviosa.

—Puse atención a Diseño de Interiores —dijo recuperándose poco a poco—. Organizamos nuestro pequeño cuarto y entendí los beneficios de un espacio bien organizado y decorado. —Bebió un trago de jugo—. Así que mi propuesta se basa en eso, organización y decoración en espacios reducidos con la ayuda de los productos de Andley Decoration. —Cortó un trozo de waffle, pero no se lo llevó a la boca—. La línea universitaria que lanzamos hace unos años es una parte importante de mi propuesta y —Sonrió—, ¿sabes qué quiero agregar?

—¿El qué?

—Lo que he aprendido de los orfanatos que hemos visitado. Una casa con niños no es un entorno fácil para mantener el orden, pero en estos lugares lo logran y es asombroso ver cómo lo hacen —explicó entusiasmada—. Hice bocetos de algunas casas hogar que visitamos y me han servido, mira —sacó su teléfono y me enseñó su trabajo. Era increíble que se fijara en algo más, aparte del trabajo que habíamos hecho.

Seguimos comiendo al tiempo que Candy me enseñaba sus bocetos y algunas fotografías que incluiría en su presentación. Se emocionaba cuando me explicaba y se notaba la pasión que sentía por su trabajo, cosa que me encantaba.

—Serás un éxito, estoy seguro.

—Gracias —asintió y el entusiasmo en su rostro la hacía todavía más hermosa—. Cuando termine, necesitaré una visión fresca… ¿podrías?

—Para mí sería un honor.

Besé su mano y terminamos de desayunar.


El tren de vuelta a Chicago estaba más concurrido que el que nos trajo, pero tuvimos la suerte de no tener compañeros de asiento cercanos a nosotros.

Tan pronto como el tren inició su marcha, Candy tomó mi brazo y lo pasó por encima de su cabeza. La abracé de inmediato y acomodó su cabeza en mi pecho. No hacía muchas horas que habíamos roto la frontera del espacio personal, pero el contacto se sentía natural entre ambos.

—Tu mamá comentó una fotografía que publiqué y me gané cien seguidores —dijo Candy de pronto con voz divertida.

Me llevé una mano a la cara.

—¡Esa mujer! Si te aparece un acosador o algo parecido, por favor me…

Candy rio.

—Tranquilo, fue emocionante ver su comentario y cambié la privacidad de mi cuenta. No quiero ser famosa a costa de tu mamá.

Era incapaz de explicar la felicidad y tranquilidad que me daban las palabras de Candy.

—Mira, esta es la foto —dijo enseñándome una fotografía de Candy en Nueva York el año anterior. El comentario de mi madre era que quería conocer al fotógrafo y Candy le contestaba con el nombre—. Por cierto, ¿qué te parece que nos tomemos una foto juntos? —dijo alzando la cabeza para verme y convencerme con el coqueto batir de sus pestañas.

Asentí y Candy abrió la cámara de su teléfono. Se enderezó hasta quedar a mi altura e inclinó su cabeza hacia mí. Hice lo mismo y sonreímos a la cámara .

—¡Quedó perfecta! Tomemos otra.

Volvió a acercar su mejilla a la mía y sin darle tiempo, tomé su mentón y la giré para besarla, justo cuando presionó el obturador.

La tomé por sorpresa y sus labios tardaron en responderme, hasta que se abrieron lentamente, permitiéndome disfrutarlos. Dejó caer el teléfono en su regazo y me acarició el cuello con una mano, la otra se sostenía en mi pecho y acaricié su cabello. Me tomé mi tiempo para explorar su boca y en esos segundos nada más que ella importaba.

La liberé lentamente y ella suspiró; abrió los ojos y sonreí al notar sus mejillas enrojecidas.

—Puedes enviarme esa última —dije y Candy se desplomó en mis brazos con teatralidad.

—¿Desde cuándo eres tan atrevido?

Solté una carcajada. La tenía prácticamente recostada en mi pecho y su cuerpo se amoldaba a la perfección con el mío. La sujeté para que no resbalara. Acaricie su mejilla y acerqué mi rostro.

—Desde que probé tus labios —le dije al oído y la besé con lentitud.


El viaje de regreso no tuvo juegos ni retos, sólo una larga charla sobre una docena de temas.

—Entonces, ¿qué harás con Elisa?

—Me disculparé con ella por el malentendido y la vergüenza que la hice pasar en la fiesta de su amiga.

—No fue tu culpa —dijo entre dientes.

—Pero alguien tiene que disculparse si quiero evitar un ambiente incómodo en la oficina. Y no, cambiarla de área no solucionará nada.

—Pero…

—Pero nada, somos adultos y debemos comportarnos como tal.

—No pensó en eso cuando planeó seducirte —replicó con molestia.

—No lo planeó, solo pasó.

Candy soltó una risa sarcástica.

—Eso crees tú.

—¿Disculpa?

—Perdón, Anthony, debí decírtelo antes, pero no creí que en verdad fuera capaz de hacerlo.

—¿De qué hablas, Candy? —pregunté ladeando la cabeza para observarla mejor.

—¿Recuerdas el cumpleaños de John? —Asentí—. Yo estaba en el baño cuando Elisa entró hablando por teléfono con alguien, una amiga, sobre ti y… —Se frotó la oreja como siempre que estaba nerviosa.

—¿Y…?

—Dijo que tú sentías algo por mí, que tú le gustabas a ella y la persona que estaba al teléfono le dijo que te sedujera, pero Elisa dijo que no era bueno para su trabajo y por eso no te dije nada cuando supe que irías a aquella fiesta con ella; solo que después resultó que sí lo hizo y estás asumiendo una responsabilidad que no te corresponde.

Candy habló tan rápido que por un segundo me costó seguir el ritmo de sus ideas, pero comprendí lo que me contaba y entendí su rechazo a Elisa. ¡Elisa! ¿Cómo habíamos llegado a esto?

—¿Estás enojado? —preguntó Candy ante mi silencio.

—No, solo impresionado, supongo.

Candy guardó silencio y tomó mi mano para ponerla en su regazo. Estaba preocupada y creo que casi asustada por mi actitud así que relajé mi cara.

—Gracias por decirme, eso hará más fácil la conversación con ella.

—Ella no sabe que la escuché.

—Y no se enterará, lo prometo.

Candy asintió y soltó un fuerte suspiro. No quise darle más vueltas al asunto ni echar a perder el ánimo de mi novia; así que extendí mi brazo y ella se acomodó en mi pecho. Sí, este era su lugar.

—Creo que será mejor mantener lo nuestro en secreto —dijo Candy con seriedad.

—¿Ya te estás arrepintiendo? —pregunté en broma, ocultando mi genuina duda.

—¡Claro que no! Solo hasta que hables con Elisa. No le agrado y no será fácil para ella saber que el hombre del que está enamorada de repente sale con alguien más.

Candy tenía razón, pero la idea de esconder nuestra relación como si fuera algo malo sabía a vinagre.

—Entonces hablaré de inmediato con ella.


Cuando faltaban cuarenta minutos para que llegáramos a Chicago, Candy me tomó del brazo y me preguntó qué iba a hacer el resto de la tarde.

—Ir a la oficina —respondí observando cómo fruncía los labios—. Ya falté un día, no puedo desaparecer dos.

Candy suspiró y me miró con travesura.

—Podrías… —dijo entrelazando sus dedos con los míos.

—No, señorita, tengo trabajo que hacer y no quiero que me descuenten el día —dije reuniendo toda mi fuerza de voluntad para no irme por ahí con Candy el resto del día. Ella rio y me besó la mejilla.

—La empresa tiene suerte de tenerte.

—El suertudo soy yo. —Tomé su rostro entre mis manos y volví a besarla, esta vez con lentitud, grabando en mi memoria cada parte de sus suaves labios, lo que me tenía que servir para aguantar el resto del día sin verla—. ¿Tú no vas a la oficina? —pregunté después de finalizar el beso y ella asintió todavía con los ojos cerrados.

—Sí, también tengo mucho trabajo por delante.

—Vamos juntos, entonces —dije acariciando su mejilla y después el lóbulo de su oreja. Candy se estremeció y abrió los ojos—. ¿Te puedo ir a dejar a tu casa al salir? —pregunté queriendo estirar las horas del día para tenerla cerca durante más tiempo.

—Claro —aceptó con una sonrisa y que ningún detective me interrogue sobre lo que ocurrió el resto del día porque no lo recuerdo. Mi memoria reinició cuando Candy subió a mi auto después del trabajo y me besó la mejilla antes de abrocharse el cinturón.

Las personas normales odian el tráfico, perder el tiempo en un embotellamiento y gastar combustible con el auto encendido y detenido, pero yo era un poco idiota en ese momento y los minutos de más que tardamos en llegar a casa de Candy fueron más que placenteros.

Candy me habló sobre su día en la oficina, hablamos de nuestro proyecto que no habíamos dejado de lado y ya estábamos por concluir; de hecho, teníamos que reagendar nuestras juntas porque queríamos terminar antes de lo previsto y entregar oficialmente los recursos antes de que concluyera el mes.

—Relaciones públicas querrá llamar a la prensa.

Candy asintió con fastidio.

—Como todos los años, pero con esto no se hace publicidad —dijo con firmeza—. "Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda". Mi abuelo siempre decía eso y es algo que respetamos.

Andley Decoration mantenía un perfil bajo en sus acciones altruistas y, esta no era la excepción; evitaban la publicidad y que la prensa publicara notas acerca de cuánto dinero se destinaba a fundaciones y orfanatos. El año pasado había salido una nota que había pagado una compañía asociada y el señor Andley hizo que las borrara de internet. La cita bíblica la hacían cumplir a rajatabla y era una de las cosas que yo más admiraba de la política de la empresa; ahora sabía que era algo en lo que realmente creían los Adley y, sobre todo Candy.

Me estacioné en la acera opuesta al edificio donde vivía Candy y le abrí la puerta para que bajara. Cruzamos la calle tomados de las manos y la acompañé hasta su puerta.

Candy buscó las llaves en su bolsa y un tintineo se oyó de inmediato. Levantó su mirada hacia mí y con una sonrisa traviesa, de esas que ya me tenían de rodillas frente a ella, se alzó de puntillas para besarme la mejilla.

—Nos vemos mañana.

"No, señorita, así no te despides de mí".

Tomé a Candy del brazo y tiré de ella hasta que chocó contra mi pecho. Un grito de sorpresa fue sustituido por una risa y puso la mano a la altura de mi corazón.

—¿Así te despides de tu novio? —pregunté deslizando mi mano por su espalda.

Las pecas de sus mejillas se movieron al ritmo de su sonrisa. Me rodeó el cuello con sus manos y rozó su mejilla con la mía.

—Ven aquí —dijo en un suspiro antes de posar sus labios sobre los míos. Me dio un beso fugaz y después volvió a empujar, abriéndose paso con su lengua.

Lo único que se movían eran nuestras bocas; la suavidad de sus labios, la humedad de su lengua, su respiración mezclándose con la mía, todo, todo era perfecto con ella.

Candy todavía tenía los ojos cerrados cuando yo los abrí, acaricié sus labios con el pulgar y los besé con suavidad; no podía ver bien, pero me pareció que ya los tenía hinchados. Sonreí como un idiota por tenerla de ese modo e hice una lista mental de todas las formas en las que podía agitar su cuerpo, pero esta noche no sería.

—Buenas noches, pecosa —dije guiando su mano para que abriera la puerta y ella se dejó conducir.

—Buenas noches… —respondió mirándome con un hermoso brillo en los ojos.

La puerta de cristal se cerró y yo me quedé afuera, viéndola dirigirse a, lo que supuse, eran los elevadores.

—Algún día cruzaré esta puerta.


Hablar con Elisa "de inmediato" fue el día siguiente. Ella y yo tuvimos que salir juntos hacia el hospital donde uno de los conductores de la empresa estaba internado. Su camión se volteó a la entrada de la ciudad durante la madrugada y era parte de mi deber asegurarme de que el hombre estuviera bien, así que no había tiempo que perder.

Cuando llegamos, la esposa estaba sentada al pie de su cama contándole con quién se quedarían sus hijos esta noche mientras ella le hacía compañía en el hospital. En cuanto el conductor nos reconoció, su esposa salió y nos dejó hablar con él.

De acuerdo con los agentes de tránsito y los peritos de la aseguradora, nuestro hombre no tuvo la culpa, así que su trabajo no corría peligro, ni su vida, pues después de un par de días sería dado de alta. Nos contó a detalle lo que había pasado y nos retiramos cuando una enfermera llegó a cambiarle el suero intravenoso.

La visita era sólo rutinaria.

Elisa y yo íbamos de regreso a la oficina en mi auto cuando me detuve en una cafetería.

—Bebamos algo —dije cuando me lanzó una mirada interrogativa.

—Estoy bien, aquí te espero —contestó con sequedad, volviendo su mirada a la pantalla de su teléfono.

—Ven conmigo. —Le quité el teléfono de las manos y mi voz sonó como una orden.

Elisa puso los ojos en blanco, me arrebató su teléfono y abrió la puerta con fuerza para cerrarla con un azote después de bajar. Lo dejé pasar y caminamos hasta la entrada de la cafetería en silencio.

Sin perder el tiempo y de mala gana, Elisa ordenó un latte y se sentó frente a mí en la mesa que había elegido, alejada de la poca gente que había a esa hora. Yo pedí un café americano y el camarero se esfumó.

—Elisa, tenemos que hablar sobre lo que ocurrió el viernes — dije después de que el camarero nos llevó nuestra orden y estuve seguro de que no seríamos interrumpidos.

Enarcó una ceja y me lanzó una mirada digna de francotirador.

—No hay nada qué decir. —Se echó para atrás en su silla y cruzó los brazos. Habíamos trabajado juntos por años, así que no me era difícil reconocer su postura defensiva y dominante—. Dejaste las cosas bastante claras delante de todos mis amigos, gracias por hacerme quedar ante la gente como una cualquiera. ¡Eres todo un hombre! —asestó con sarcasmo.

Me incliné hacia adelante y recargué los brazos en la mesa. "Alguien tiene que ser el adulto aquí" me dije, pues quería finiquitar este absurdo asunto con Elisa y comenzar sin problemas mi relación con Candy. Eso era lo que verdaderamente me importaba.

—Lamento en serio cómo se dieron las cosas, Elisa —dije con serenidad—, pero estabas ebria y actuaste sin pensar. —Ahora sabía que eso no era cierto, pero no se lo iba a echar en cara.

—Sí, yo estaba ebria y cometí un error con el menos indicado —me señaló con desprecio—, pero tú estabas sobrio y no dudaste en humillarme. ¿Tienes idea de lo que están diciendo mis amigos sobre mí? —me recriminó e hizo la taza a un lado.

—Supongo que no son tus verdaderos amigos si…

—¡No me vengas con idioteces! —gritó—. Ahora soy la ebria que se echa a los brazos de cualquiera y como no soy la ebria con antifaz que deseas, entonces no importa lo que yo sienta, ¿no es así?

Me contuve para no dar un manotazo en la mesa como una bestia. Elisa iba por otro camino y no iba a permitirlo.

—Elisa…

—No, Anthony, ¿querías hablar? ¡Pues bien! ¡Hablemos! Tus disculpas no son sinceras porque no estás pensando en mí. ¡No te importa haberme humillado! No te importa el haberme dejado tirada en esa cama bajo la mirada de todos. ¿Te importó cómo me sentí por tu rechazo? ¡No! Sólo te importa calmar tu conciencia, decirte que no eres un patán para así seguir conquistando a Candy White. —Su voz se hizo más aguda y respiró con profundidad para recuperar su tono—. Pero déjame decirte algo, ella no es para ti; ella no te hará caso y, si lo hace, será sólo para romperte el corazón porque una mujer mimada como ella sólo te querrá para jugar.

—¡Basta, Elisa! —grité sin importarme quién me escuchara—. Ya dijiste todo lo que tenías que decir y te equivocas en todo.

Desvió la mirada y sonrió con incredulidad.

—Crees que no me importó la escena que montamos, pero te equivocas y te recuerdo que estabas demasiado ebria como para notar que me disculpé con todos y que fui yo el que quedó como el cabrón que seduce a las mujeres.

—¡Por favor!

—No me importa si lo crees y, respecto a Candy, no sabes de lo que hablas. No la conoces y lo que sea que yo intente con ella no es de tu incumbencia y no te debo explicaciones. —Elisa me miró con rabia, pero a estas alturas la suya no se comparaba con la mía—. Ahora, te advierto que cuides tus palabras, tú tienes muy claro quién es y lo que podría pasar si ella o alguien de su familia te oye hablar así.

—Los demandaré si me despiden injustamente —contestó muy segura de sus palabras.

—No olvides que yo también puedo despedirte —sentencié queriendo sacar a Elisa de inmediato de la empresa.

—¡No te atreverías! —Gritó amenazándome con un dedo.

—No lo haré si la dejas en paz y te metes de lleno en tu trabajo que para eso estamos aquí.

—¿Harías eso por ella? —chilló—. ¿Pondrías en riesgo tu trabajo por ella?

La respuesta era sí, haría todo por Candy.

Elisa se inclinó hacia el frente y me observó con la misma curiosidad que a un desconocido, pero estábamos en igualdad de condiciones porque yo tampoco conocía a esta Elisa.

—Toma unas vacaciones, Elisa; pide un permiso para el resto de la semana y pon en orden tus ideas —ordené sin responder a su pregunta.

—No lo haré, tengo trabajo —se negó con su característico orgullo y volvió a cruzarse de brazos, dispuesta a no dar su brazo a torcer.

Me levanté de la silla con brusquedad, saqué unos billetes de mi saco y los dejé sobre la mesa.

—Lo harás y pensarás si puedes ser una profesionista y seguir en mi equipo o seguirás poniendo en juego tu trabajo.

Por un segundo Elisa se mordió el labio. Estaba seguro de que en cualquier momento me daría una bofetada y, tal vez, la mereciera, pues estaba haciendo justo lo que no quería hacer, amenazarla con despedirla, pero era lo único con lo que podía mantener a raya sus ataques hacia Candy. ¿De dónde había salido tanto odio hacia ella si ni siquiera se conocían?

—Vámonos —dije mirándola fijamente hasta que obedeció y se levantó también de su silla, sosteniéndome en todo momento la mirada.

—Me iré sola —dijo orgullosa en la puerta de la cafetería.

La tomé del brazo y empecé a caminar hacia mi auto.

—Salimos juntos a trabajar y volveremos juntos.


Cuando volvimos a la oficina, Elisa fue directamente a su escritorio y se sumergió en una montaña de documentos que no estaban ahí por la mañana. En todo el trayecto no habíamos dicho nada, pues ya no había nada más que decir; pero su ira palpable fue suficiente para hacer de este el peor viaje. Aun así, en más de una ocasión estuvo a punto de soltar un reclamo, pero todo se quedaba entre sus dientes.

Una hora después de llegar me envió un correo para autorizar su permiso y le respondí con mi afirmativa para que la reenviara a Recursos Humanos. Lo peor ya había pasado; ambos habíamos dicho lo que teníamos que sacar y las condiciones eran claras; o dejaba el tema personal por la paz o se iba de mi equipo. Elisa, a pesar de lo que ahora sabía de ella, no era una mujer tonta; sabía lo que le convenía laboralmente y no echaría a perder lo que tenía por un ego herido.

Aún así, me había fastidiado con eso de que Candy me rompería el corazón. Por favor, como si y fuera un adolescente o un completo idiota para no saber manejar mis sentimientos.

Mi teléfono me sacó de mis pensamientos y respondí de inmediato la llamada al ver el identificador.

—Diga.

—Ingeniero Brower, el director Andley solicita su presencia en Presidencia. Lo espera en diez minutos.

—Voy para allá.

La secretaria colgó antes de que pudiera preguntar de qué se trataba; así que, sin saber el motivo, salí de mi oficina, tomé el ascensor y subí hasta el piso de Presidencia. Contrariado por la súbita reunión, olvidé lo demás.

La misma secretaria que me había llamado me abrió la puerta de la oficina del señor Andley y anunció mi llegada. En el interior reconocí a Albert Andley sentado detrás de su escritorio y frente a él a Candy, dándome la espalda. Ahora sí, todo estaba olvidado con solo ver su silueta. A su lado estaba un hombre de mediana edad y cabello negro que, en cuanto entré, volteó a verme. Su rostro se me hizo familiar, pero no pude reconocerlo.

Candy también volteó a verme y me lanzó una discreta sonrisa que no me decía nada de porqué me llamaban a la oficina del Director, pero me gustó su discreción y seguridad por mostrarme afecto en público.

—Ingeniero, gracias por venir —dijo el señor Andley levantándose de su silla y extendiéndome la mano para saludarme. Correspondí y el hombre de cabello negro me cedió su asiento, que tomé tras una señal del señor Andley.

—¿Qué puedo hacer por usted? —pregunté mirando primero al señor Andley y después a mis otros dos interlocutores.

—A decir verdad, mucho. Este es el abogado Johnson —dijo el señor Andley señalando al hombre que me tendió la mano.

—George Johnson —se presentó y lo recordé de alguna junta.

—Candy me contó todo el trabajo que han hecho para llevar a cabo nuestro proyecto con los orfanatos y, en primer lugar, quiero agradecerle su dedicación. Mi prima habla maravillas de usted —dijo el señor Andley y yo me erguí un poco más en mi asiento, mientras Candy se removía en el suyo, según pude ver de reojo.

—La señorita Andley lo ha hecho todo más fácil, sin ella estaría perdido —dije. Candy apretó su mano en el aire, pero por debajo del escritorio, como si quisiera tomar la mía. Me aclaré la garganta, esperando no sonar como un adolescente enamorado, sino como un profesional—. Su plan de trabajo fue bastante preciso y efectivo.

—Me alegra oír eso, al parecer ustedes hacen un buen equipo —dijo el señor Andley—. Lo que me lleva al motivo por el que le pedimos venir. —Sacó de un cajón una carpeta y me la extendió. Eran las cartas que Benson había enviado a los orfanatos para cancelar el apoyo que recibían y que Candy y yo habíamos conseguido—. Conoce el problema que causó Benson hace unos años y el pleito legal que hemos mantenido todo este tiempo. —Asentí—. Benson pidió una audiencia para pedir libertad condicional, que se llevará a cabo dentro de dos meses y las pruebas que consiguieron pueden servir para que su petición sea negada.

—Las cartas serían suficientes, pero para que tengan mayor peso en la Corte nos servirían sus testimonios —explicó el abogado Johnson.

—Entiendo —dije devolviéndole la carpeta al señor Andley—. Cuenten conmigo.

—¿En serio? —preguntó Candy antes de que su primo dijera algo. Su rostro no disimulaba la sorpresa.

—Por supuesto —afirmé—. Supongo que solo tengo que decir cuándo y cómo encontramos las cartas.

—Así es, ningún abogado les hará preguntas, solo deben decir cómo descubrieron que Benson había excluido los orfanatos y lo que les dijeron en cada uno y, por supuesto, que las firmas son falsas.

—De acuerdo, pónganme en la lista de testigos o como se diga —dije sin darle muchas vueltas al asunto.

El abogado Johnson casi sonrió, me ofreció su tarjeta de presentación y dijo que me contactaría con anticipación para decirme la fecha y hora de mi declaración, de nuestra declaración, pues Candy también haría una.

Me despedí del señor Andley y del abogado después de estrechar sus manos y escuchar su agradecimiento, pero no era algo para agradecer. En primer lugar, era un deber, Benson podía ser un criminal de cuello blanco, pero un criminal al fin y al cabo, y si un par de documentos y mi declaración impedían que saliera de prisión, entonces lo haría. Segundo, esto era algo que a Candy le importaba, bastaba con ver la ira en su rostro cuando tocábamos el tema y cómo sus ojos se iluminaron cuando dije que también declararía para saber que era lo correcto, por ella.

—Si ya terminamos, yo también me voy —dijo Candy con prisa cuando yo iba a medio camino hacia la puerta.

—Sí, pero no olvides la cena del viernes. —El señor Andley casi le gritó, pero Candy solo le hizo un gesto con la mano y salimos al mismo tiempo de la oficina.

Candy se despidió de la secretaria con familiaridad y yo solo con un asentimiento de cabeza.

Llegamos juntos al ascensor y apreté el botón. Los dedos de Candy se entrelazaron con los míos en cuanto las puertas se abrieron y entramos al ascensor tomados de las manos.

—Gracias, gracias, gracias. —Me rodeó el cuello con sus brazos y me llenó la cara de besos. No pude evitar reírme y la tomé entre mis brazos—. Eres increíble, eres el mejor novio de la Historia.

—Lo que sea por ti —dije besando sus labios con suavidad mientras el ascensor se movía hacia abajo—. Pero pudiste haberme avisado. Desde la primaria que no me mandaban a traer de la oficina del director. —Le quité un rizo de la cara y Candy sonrió ampliamente, haciendo que sus pecas bailaran en sus mejillas.

—Lo siento, pero a mí también me tomó por sorpresa. Me encontré a Albert en el pasillo y me arrastró consigo. Ni siquiera traigo mi celular —respondió señalando sus bolsillos vacíos. Me miró fijamente y acarició mi mentón—. En serio, significa mucho para mí lo que harás. Gracias, Anthony —dijo en un tono tan serio que parecía que le estaba haciendo un trasplante de órganos y no una simple declaración.

—Basta de agradecer. —Miré en qué piso íbamos y al notar que estábamos por llegar al mío, la besé por última vez. Las puertas del ascensor se abrieron y Candy dio un paso atrás para dejarme salir—. ¿Te veo al salir? —pregunté después de cruzar la puerta. El día anterior la había llevado a su casa después del trabajo y tenía planeado volverlo mi rutina de ahora en adelante.

Candy asintió sonriente.

—Claro, te llamo en cuanto acabe —dijo antes de que las puertas se cerraran de nuevo.


El resto del día lo pasé con jaqueca, respondiendo correos electrónicos y contestando llamada tras llamada.

Las lluvias de verano al oeste del país habían arruinado un cargamento, así que teníamos que reemplazarlo y organizar la devolución, lo que implicaba costos de viaje y estadías en las bodegas. No era nada que no supiera organizar, pero sí algo cansado, sobre todo por las explicaciones que tenía que dar y escuchar.

John se encargó del reenvío del producto con carácter de urgente y yo me dediqué a negociar el resguardo de la mercancía dañada. Así me dieron más de las siete de la noche y la oficina se vació gradualmente.

¡Al fin terminé!

Recibí el mensaje de Candy a las siete con treinta y dos minutos y maldije el no poder llevarla a casa, pues todavía esperaba la respuesta del administrador de una de las bodegas y recibir el manifiesto completo y detallado de la mercancía. Para colmo, se trataba de la última colección de muebles para el hogar que había tenido tanto éxito que nuestro stock se estaba acabando y no podríamos reemplazarlo hasta dentro de tres días, cuando acabara la producción.

Decidí llamar a Candy para decirle que no me esperara y me avisara cuando llegara a casa. Sí, yo era esa clase de novio que se preocupaba hasta por el suelo que pisaba mi novia.

—Hola. —Escuché su risueña voz y eso redujo mi estrés, no sólo de las últimas horas, sino del resto del día.

—¿Ocupada?

—No, Patty está esperando a Stear y estamos en la oficina, ¿qué pasa? —dijo en voz baja para que su compañera no la escuchara, pues nuestra relación sería un secreto unos días más.

—Tardaré más de lo que pensé y no puedo llevarte a casa, lo siento.

—¡Oh, no hay problema! Puedo irme sola —respondió con tranquilidad, aunque no pude negar que esperaba un poco de desilusión de su parte—. Pero… ¿te tardas mucho?

—No lo sé, una hora más, tal vez.

—Mmm, ¿puedo esperar contigo? —preguntó en voz todavía más baja y la imaginé sonrojada hasta las orejas.

—¿No te aburrirás? —Una carcajada fue su única respuesta—. Entonces, ven cuando quieras —dije intentando sonar relajado.

Cinco minutos después Candy entró en mi oficina con su chaqueta doblada en un brazo y su bolso al hombro. Me levanté para recibirla y colgué sus cosas en el perchero junto a la puerta. Después de eso, la tomé y la abracé como si no la hubiera visto en años, pero ella no se quejó y me abrazó de vuelta. Su aroma a flores se me pegó en la nariz y le hice cosquillas en el cuello. Ella rio y me dio más espacio para besar su clavícula. La Gloria.

—¿Mucho trabajo? —me preguntó tras sentarse frente a mi escritorio. No era la primera vez que venía, pues muchos días habíamos trabajado aquí, pero era la primera vez que venía como mi novia. ¡Mi novia! Dios, parecía un chiquillo emocionado con esa sola palabra.

Me dejé caer en mi silla y le conté lo que pasaba. Ella sólo asintió y me dijo burlona:

—Suerte.

Respondí una llamada y ella subió los pies a la silla para estar más cómoda, cruzó los brazos y empezó a dar de vueltas en la silla giratoria. Noté que observaba con detenimiento mi oficina y, por primera vez, me cuestioné sobre su decoración; si es que se podía llamar decoración a un escritorio genérico, tres sillas, un perchero, un librero con decenas de recopiladores con información que ya estaba digitalizada y una especie de cómoda que había detrás de mi escritorio.

—¿Piensas hacer alguna renovación? —pregunté al colgar el teléfono.

—No, sólo tengo una idea —respondió con la mirada fija en una pared.

Fue hasta su bolsa y sacó su tablet de dibujo, en la que se concentró la media hora siguiente mientras yo seguía respondiendo correos como mecanógrafo y contestando llamadas. De vez en cuando levantaba la vista y me sonreía, yo hacía lo mismo y volvíamos a lo nuestro.

—Perfecto, entonces el primer camión llegará a las seis —dije por teléfono al administrador de la bodega que, al fin, había terminado con el papeleo para recibir la mercancía—. Sí, ya estoy enviando la orden con el cliente… de acuerdo. Gracias, Boyd.

Colgué el teléfono y tecleé los últimos datos para enviar el correo final.

—Listo —dije cerrando de golpe la laptop.

Candy dejó su tablet y aplaudió. Después se levantó y rodeó el escritorio lentamente, como un gatito. Eché para atrás la silla cuando la tuve junto a mí y me acarició la mejilla.

—Trabajas mucho. ¿No quieres vacaciones?

Me reí, pero negué con la cabeza. Tomé su mano y tiré de ella para sentarla en mis piernas. Su risa llenó la oficina y se acomodó en mi pecho.

—¿Esto no es algo que podías hacer en casa? —volvió a preguntar al tiempo que acariciaba mi nuca.

—No me gusta llevarme el trabajo a casa.

—Hombre inteligente —murmuró asombrada.

Estaba cansado y la jaqueca amenazaba con no dejarme dormir, pero Candy la ahuyentó con sus dedos en mi cuello y cerré los ojos. Besó mi mentón y subió poco a poco hasta mis sienes.

—Hablé con Elisa —dije de pronto y sus besos se detuvieron. Levantó la cara para verme y me interrogó con una ceja enarcada—. Ya no hay problema —simplifiqué y deseé que todo acabara ahí.

—¿Y cómo lo tomó? —preguntó Candy enderezándose más.

"Peor de lo que era", respondí en mi mente.

La sujeté de la espalda para no perder el equilibrio y ella se aferró a mí, pero sus piernas se movieron con incomodidad. Puse mi mano arriba de sus rodillas y froté su piel con delicadeza, aun sobre sus jeans, podía sentir su calidez.

—Al principio, no tan bien como esperaba —mentí aclarándome la garganta—. Pero tiene claro que trabajamos juntos y que no podemos permitir que un malentendido que ella causó, arruine nuestro ambiente laboral.

Candy no dijo nada y bajó la mirada; entrelacé mi mano con la suya y apretó mis dedos. Ojalá hubiera sabido todo lo que pasaba por su cabeza.

—No la conozco, pero sí reconozco que es una mujer de carácter y sé que no olvidará lo que siente por ti —dijo débilmente, levantó la mirada y odié ver sus ojos cristalinos—. Yo no lo haría, yo no te dejaría ir así como así.

Me sorprendió conocer a esta Candy tímida e insegura, pues eso era lo que denotaban sus palabras. Tenía miedo de que yo cayera por Elisa y aunque estaba seguro de que eso no pasaría, no tenía manera, no en ese momento, de hacerle entender a Candy que ella tenía en sus manos mi corazón, mi honor y mi fidelidad.

No hice más que abrazarla con fuerza y acunarla en mi pecho. Acaricié su cabello y ella dejó escapar un suspiro, como si hubiera contenido la respiración por varios minutos.

—No iré a ningún lado —le dije por lo bajo y ella me abrazó—. Todo está bien —repetí más de una vez y nos quedamos así, abrazados en mi oficina por un largo rato.


Queridas lectoras, ¿cómo están? Espero que todo vaya bien y que este capítulo les haya gustado. Nuestra pareja ya está más comprometida y juntos empezarán una nueva etapa que espero que ustedes también disfruten. Les dejo el siguiente capítulo a continuación, no sin antes agradecer a:

Marina777: Hola, como previste, Elisa es la piedra en el camino de esta relación, aunque ahora ya fue frenada por Anthony, esperemos que sea suficiente y que los deje ser felices. Espero que estés muy bien y que estos capítulos sean de tu agrado.

Luz mayely leon: Hola, gracias por comentar, ojalá te guste el desarrollo de esta historia. Te mando un fuerte abrazo.

GeoMtzR: Hola, muy agradecida, muy agradecida por tus comentarios y la calificación en el capítulo anterior, a ver cómo nos va con estos jaja. En definitiva Elisa es lo único feo en el universo de Candy, pero como dicen por ahí, es un mal necesario; aunque este Anthony no se deja influenciar por ella y no tiene reparos en ponerla en su lugar. Todo sea por su pecosa, ¿no crees? En fin, espero que estos capítulos te gusten. Te mando un fuerte abrazo.

Maria Jose M: Hola, mil gracias como siempre por tu lectura y tus comentarios, (sin presión para la autora, eh!), intento hacerlo lo mejor posible para que todas lo disfrutemos, yo al escribir y ustedes al leer. Me encantaría despedirla como sugieres y sin finiquito, pero hay derechos laborales y esta mujer se los sabe, así que mejor dejamos que Anthony maneje la situación; a lo mejor ya se está quieta al poner las cartas sobre la mesa. Espero que estos capítulos sean de tu agrado y que pases un rato agradable leyendo. Te mando un fuerte abrazo.

lemh2001 : Hola, muchas gracias por tus palabras en los capítulos anteriores, hasta recordaste tu escuela de pequeña, gracias por compartirlo en este espacio. Espero que estos capítulos te gusten y que Elisa ya no moleste tanto, aunque eso parece ser inherente a su naturaleza. Te mando un abrazo y espero que estés muy bien.

Mia Brower Graham de Andrew: Hola, muchas gracias por tu comentario anterior, tienes razón en que Elisa perdió su oportunidad, si es que un día la tuvo, y ahora sólo se ha humillado como ella bien lo sabe. En fin, esperemos que ya se esté quieta y yo deseo que estos capítulos sean de tu agrado. Abrazos!

psicologiasancheztadeo: Hola, bienvenida y gracias por comentar; Anthony también es mi favorito! Espero que esta historia sea de tu agrado. Saludos.

Julie-Andley-00 : Hola, gracias por comentar. Te mando un abrazo.

Nos leemos pronto

Luna