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La cenicienta equivocada

11

Y vivieron felices

POV: Candy

La noche que Anthony y yo nos quedamos en la oficina hasta tarde seguía dándome de vueltas en la cabeza. Anthony dijo que habló con Elisa y que todo había salido "bien", pero sabía que no me había dicho todo y la idea de que ella lograra ganarse su corazón me aterraba. No eran celos, era algo más que no lograba entender y esa inseguridad me ponía los pelos de punta, pues yo nunca había sido así. Nunca, nunca había tenido tanto miedo de perder a alguien y sabía que, si no tenía cuidado, iba a perder a Anthony.

—Piénsalo de esta manera, Candy —me dijo Susana un domingo que salimos de compras y le conté lo que pasaba—: esa tal Elisa conoce a Anthony desde hace años y no logró acercarse pero ni un poco y tú, en unos cuantos meses, ya los has conquistado. Yo creo que no tienes nada de qué preocuparte, solo disfruta de cada momento de tu relación.

—Tienes razón, pero es más fácil decirlo que hacerlo; además, sí hay algo por lo que debo preocuparme.

—¿De qué? —preguntó Susana totalmente ajena al elefante en la habitación que me acosaba cada vez que lo veía.

—Que tengo que decirle a Anthony que yo no soy la mujer de la fiesta, que yo no soy su cenicienta.

—¡Ah, eso! —exclamó totalmente despreocupada al tiempo que elegía una falda de su talla.

—¿Te parece poco?

Susana dejó la falda en el perchero y me tomó de los hombros como si fuera a darme la lección más importante de mi vida y después lanzarme al ring de boxeo.

—Me parece irrelevante. Anthony y tú están enamorados por lo que han vivido juntos, por los meses que han pasado uno al lado del otro conociéndose. ¿Quién recuerda esa fiesta? Le pediste que abandonara el tema y lo hizo, ¿no? —Asentí—. Pues ya está, es algo que a él no le importa. Le importas tú, Candy, no Cenicienta.

Dio media vuelta y tomó la falda que quería probarse. Caminé detrás de ella sin ver realmente nada de lo que había en la tienda y casi me estampo contra ella cuando se detuvo y volteó de nuevo a mirarme.

—Pero entiendo que quieras decirle la verdad y ambas sabemos que no hay nada mejor que eso. —Sus ojos se oscurecieron y supe lo que pasaba por su mente, pero se recompuso de inmediato, como siempre hacía cuando recordaba el pasado—. Así que dile la verdad cuando estés lista y si necesitas que yo vaya a disculparme con él, lo haré.

Sonreí y tomé su mano.

—Gracias.

—Ni lo menciones, nunca te había visto tan enamorada y no quiero que tu relación se arruine por mi culpa. —Asentí, agradecida—. Ahora, toma esto y ayúdame a escoger una blusa que combine —dijo dándome la falda y dos pantalones que había elegido de último minuto.

—Ilústrame, ¿por qué necesitas ropa? —pregunté caminando detrás de ella.

—Quiero estar lista para mi cumpleaños. Neil no me ha contado qué planes tiene, pero no quiero entrar en pánico ese día por no tener qué ponerme —respondió con ilusión y fingí una sonrisa porque no había nadie en el mundo a quien detestara más que a Neil—. ¡Mira ese vestido! —Señaló un vestido azul que había en el aparador y corrió a buscarlo.

Por fortuna, si había alguien que adoraba el día de su cumpleaños, era mi prima Susana.

—¡Apúrate que mi cita es en una hora! —le grité mirando el reloj.

—Calma, llegaremos a tiempo —me dijo con sobrada tranquilidad mientras hacía una seña a la vendedora para que la ayudara a buscar su talla de vestido.

Mi cita era en un centro de depilación y belleza que estaba en el mismo centro comercial.


Anthony y yo cumplíamos tres maravillosas semanas de novios. No eran unas bodas de oro, pero yo estaba emocionada por cada día que habíamos compartido juntos. Susana tenía razón en que nunca me había visto tan enamorada y era cierto porque nunca había amado como amaba a Anthony.

Sí, lo amaba y era algo que no estaba buscando al conocerlo, pero lo había hecho y, de pronto me había sorprendido pensando en él a cualquier hora del día, recordando su voz, estremeciéndome por su risa, añorando su presencia y deseando su contacto. El simple hecho de verlo, de recibir un mensaje o una llamada me hacía feliz.

Encontrarnos en la oficina y robarle minutos al día era ya lo único que me gustaba de ir a trabajar. Los besos en el ascensor eran una delicia, pero los de su auto en el estacionamiento o en la puerta de mi casa eran la entrada al paraíso y yo ya no quería quedarme en el umbral del paraíso, quería entrar de la mano de Anthony.

Así que los últimos tres días había trabajado como una hormiga obrera para poder salir mucho más temprano el viernes. Mi jefa no tuvo problema en dejarme ir antes y corrí a casa a prepararme.

Preparé el baño y encendí el difusor de aromas con un aceite de rosas, mi favorito. Mi habitación se llenó del aroma en pocos minutos y también corrió hasta la sala.

Después del baño usé mi crema favorita y me vestí con cuidado. Había tenido tres días para elegir con diligencia mi ropa interior de encaje y mi vestido favorito. Era un clásico vestido negro poco más arriba de la rodilla que hacía ver mis piernas más largas; la falda tenía una fina caída y un elegante vaivén con el que jugué frente al espejo; el cuello Halter dejaba al descubierto mis hombros y favorecía mi busto pequeño; la espalda descubierta era el toque final de la prenda y con los estiletos negros con un tacón verdaderamente criminal, me sentí más sexy que nunca.

Después de peinarme, maquillarme y rociarme perfume, me tomé una foto frente al espejo y se la envié a Annie para saber su opinión.

¡Arrasarás esta noche!

Fue su respuesta y me aconsejó usar un brazalete para completar mi atuendo, lo cual hice como una estudiante obediente.

Después de Susana, Annie era mi mejor confidente y desde que me había invitado al Congreso, nos hablábamos con más frecuencia, así que ya sabía sobre Anthony y de la cita que tendríamos esta noche.

Tres días atrás, Anthony me había invitado a una cita oficial. No era salir a cenar después del trabajo o beber un café a mitad del día. Era una cita con todas sus letras.

¡Dios! Nuestra primera cita.

Mi teléfono sonó y lo tomé de la cama. Las mariposas en mi estómago revolotearon al ver el identificador de llamadas. Era Anthony.

—Hola.

—Hola, hermosa. Estoy afuera de tu casa.

La voz de Anthony sonó grave y sensual al llamarme hermosa y yo me derretí al pie de mi cama.

—Bajo en un momento —respondí tomando mi abrigo del perchero y echando un último vistazo a mi bolso.

—Tómate tu tiempo —me dijo y juraría que estaba sonriendo tanto como yo.

Anthony estaba parado justo en la puerta de mi edificio. Se me cortó la respiración al verlo y las piernas me cosquillearon. Se veía guapísimo. No me había dicho a dónde íbamos, pero al ver que nuestros atuendos combinaban supe que no había errado en mi elección.

Él llevaba un traje negro de una tela fina y elegante; su saco de tres botones tenía acomodado un pañuelo en el bolsillo del costados izquierdo; no llevaba corbata y su camisa tenía abriertos los dos primeros botones. Elegante, atractivo y más sexy que nunca. Ese era mi novio.

Esta noche no usaba sus lentes, pero supe que los llevaba al interior de su saco porque sentí el estuche cuando puse mi mano en su pecho para saludarlo. Su colonia cítrica me invadió la nariz y su piel recién afeitada acarició mi mejilla.

—Te ves preciosa —dijo deslizando con suavidad su mano por mi cintura.

Si yo lo había visto con detenimiento de arriba a abajo, él hizo exactamente lo mismo. Observó mis tacones y sonrió al ver mis piernas. Tragué saliva y jugué con el vuelo de la falda.

—¿Te gusta? —pregunté procurando sonar coqueta y no temblorosa.

Creo que tuve éxito porque Anthony retrocedió medio paso y me observó con descaro; su mirada subió por mi cuerpo, se fijó en mis hombros descubiertos y cuando llegó a mi rostro yo ya era un hierro ardiente. Tomó mi mano y me hizo dar una vuelta, pero antes de volver a tenerlo de frente, me abrazó por la espalda y me acercó a su pecho; nuestras manos se entrelazaron a la altura de mi abdomen y Anthony me besó la mejilla con ternura.

—Me fascinas, Candy —susurró en mi oído y todo en mi cuerpo se sacudió. Si sólo su voz me hacía estallar en deseo, no tenía idea de cómo sería tenerlo dentro de mí.

Todavía con mi espalda pegada a su pecho caminamos hasta su auto. Me abrió la puerta y tomó mi mano para que subiera; guardó mi abrigo en los asientos traseros y subió de prisa.

—¿Ya puedo saber a dónde vamos? —pregunté cuando iniciamos el camino.

—No.

Me reí ante tan detallada respuesta y cuando iba a quejarme, él tomó mi mano y la puso sobre su pierna. Apreté su muslo por instinto y Anthony se aclaró la garganta.

Atravesamos la ciudad hasta llegar a una lujosa avenida de edificios residenciales. Miré por la ventanilla en busca de algún restaurante o establecimiento donde podría ser nuestra cena, pues Anthony había prometido eso, pero no vi nada. Supuse que iríamos a su casa y la simple idea me causó escalofríos.

—¿Vives por aquí? —me aventuré a preguntar.

—No —volvió a responder.

Ok…

—Anthony, ¿te duele una muela?

Anthony me miró con el rostro desfigurado y negó con la cabeza.

—Entonces ¿por qué estás tan callado?—volví a preguntar con impaciencia pues a cada pregunta que yo había hecho en el camino, él sólo había contestado con frases cortas y yo había hablado tanto que me sentí locutora de radio.

—Lo siento, Candy —dijo controlando una risa—, es que no recordaba el camino, pero ya llegamos.

Dijo esto justo en el instante en que nos deteníamos frente a uno de los muchos edificios y apagaba el coche.

—Ajá —dije sin creerle, pues si había alguien que conocía todas las calles, callejones y carreteras era Anthony.

Mi novio bajó del auto y se apresuró a abrirme. Me encantaba que hiciera eso y en ese momento noté que, desde que habíamos empezado a trabajar juntos, me abría y cerraba la puerta del coche, sin importar qué. Sacó nuestros abrigos del coche y me puso el mío en los hombros.

—¿Te cuento un secreto? —preguntó cuando tomaba mi mano y empezaba a caminar hacia la puerta del edificio.

—¿Cuál?

—Estoy nervioso —contestó y casi se me para el corazón—. No sé si te vaya a gustar lo que tengo planeado.

—¡Me encanta! —grité apretando su mano. Di un par de pasos hasta quedar frente a frente y gracias a los tacones no tuve que pararme de puntitas para besarlo.

—Todavía no ves nada. —Rio acomodándome el cabello fuera del abrigo.

—No importa, ya me encanta —aseguré y era cierto.

—Entonces, nada de quejas —me advirtió recuperando su seriedad.

Me reí y ya más relajados entramos. El lobby estaba vacío, pero Anthony se movió con confianza por el lugar y me llevó hasta los ascensores. No tuvimos que esperar mucho hasta que las puertas se abrieran y pudiéramos entrar. El cubo de metal tenía espejos por los cuatro lados y pude ver nuestros reflejos desde todos los ángulos. No me importa si es soberbia, pero Anthony y yo juntos, nos veíamos perfectos. Anthony presionó el botón del último piso y empezamos a subir.

—¿Vamos a una fiesta privada con celebridades? —pregunté cuando él se recargó en una pared del costado y me tendía la mano para acercarme.

—Privada sí, con celebridades… no habrá ninguna —respondió tirando de mí hasta hacerme quedar entre sus piernas.

—¡Oh! —Fue lo único que pude articular y me preparé para estar rodeada de gente.

Debo admitir que me decepcionó un poco el saber que esta noche no estaríamos completamente solos, pero no dije nada y dejé que las caricias de Anthony en mis brazos me distrajeran. Al llegar al penúltimo piso, di un paso al frente para que, al abrirse las puertas, quien estuviera del otro lado no nos viera en una posición tan íntima, pues no sólo sus brazos me tocaban, sino que todo su cuerpo rozaba con el mío. Todo.

Las puertas se abrieron y nada fue como lo esperaba. No llegamos a un techo lujoso donde se celebraba una exclusiva fiesta, sino a una hermosa terraza que seguramente estaba bajo un encantamiento porque el ruido de la ciudad no existía.

Desde el primer vistazo, todo daba una sensación de privacidad. El piso modular en tonos naturales, simulaba ser de madera; en los costados había macetas enormes con frondosas plantas y arbustos verdes; el camino estaba delimitado por luces LED y del techo colgaban lámparas de mimbre.

—¡Es un cuento de hadas! —dije a media voz con sólo ver la entrada.

—Y tú eres la princesa —me dijo Anthony mientras posaba su mano en mi espalda y me invitaba a explorar más el lugar.

Giramos a la izquierda y el espacio se ensanchó. Un centenar de flores y plantas de todos los tipos en el piso, colgadas a media pared o pendiendo de la enorme rama de un roble nos recibieron con un baile causado por el ligero viento de la ciudad.

—Anthony, ¿cómo hiciste esto? —pregunté emocionada mientras seguíamos caminando.

—Es el lugar de un amigo y nos lo prestó por esta noche —contestó señalando el lugar más hermoso y mágico de toda la terraza: debajo de un árbol joven decorado también con luces, había una mesa redonda cubierta por un mantel blanco y adornada con un candelabro dorado de tres brazos con sus velas encendidas y dos servicios completos de platos y cubiertos; al lado de la mesa había una champañera con una botella lista para abrirse. Las sillas no estaban frente a frente, sino una al lado de la otra, lo que nos permitiría sentarnos más cerca.

Me detuve en seco y me planté frente a Anthony; tomé su rostro entre mis manos y le besé ambas mejillas haciendo ruido.

—¿Cómo pensaste que esto no me gustaría? —lo reprendí.

—Bueno, aun no has visto nada —dijo con un orgullo que nunca le había visto. Supuse que sus nervios se habían ido y eso me hizo más feliz porque si él estaba tranquilo, yo también lo estaba.

Anthony hizo una señal sobre mi cabeza y de inmediato escuché el tintineo de cristales. Giré sobre mis talones y di un paso atrás hasta rebotar contra su pecho. Un camarero venía hacia nosotros con una bandeja en las manos.

—Señorita White, señor Brower, sean bienvenidos —dijo el hombre con tanta elegancia y complicidad en su sonrisa que fue mi turno de ponerme nerviosa. Anthony había pensado en todo.

El camarero puso delante de nosotros la bandeja en la que había dos copas de martini y las tomamos.

—No tiene alcohol —me dijo Anthony antes de que me llevara la copa a los labios.

Sin duda, Anthony pensó en todo.

—Salud por eso —brindé y Anthony levantó su copa—. Tom dejará de hablarme, pero este es el mejor coctel que he probado —dije después del primer trago. Era dulce, efervescente y con un ligero sabor cítrico, como la colonia de Anthony; tal vez por eso me gustó tanto.

—¿Quieres comer de una vez o prefieres dar un paseo? —preguntó Anthony mirando su reloj.

—Me gustaría ver todo el lugar —pedí y Anthony me ofreció su brazo.

A nuestro paso el piso sonaba por mis tacones y más de una vez Anthony los miró, pero no dijo palabra alguna. ¿Qué estaba pensando?

—¿Qué hace tu amigo? —pregunté mientras avanzábamos.

—Es chef —contestó Anthony.

—¡Wow!

Antony rio.

—Vive en el piso anterior y es dueño de la terraza. Hoy tomó un vuelo a París donde hará el menú para una boda.

—¡Wow! —repetí realmente asombrada por semejante figura—. Y yo llevándote a cafeterías a un costado de la carretera. ¡Qué vergüenza! —Bromeé y Anthony me rozó con su hombro para después abrazarme.

—Me gustan los sándwiches de las cafeterías.

Terminamos nuestros cocteles y el camarero retiró nuestras copas en completa discreción.

—¿Tu amigo sabe que eres un quisquilloso para la comida? —pregunté y de inmediato me mordí la lengua.

Anthony se puso serio y me miró con una ceja enarcada. ¿No lo ofendí, verdad? ¿Por qué lo dije? ¿Ese coctel tenía alcohol después de todo?

"¡Contrólate, Candy!"

—¿Soy un quisquilloso para la comida? —preguntó señalándose con su índice.

—Bueno… —dudé—, no te gusta el atún y odias el brócoli.

—¿Y a quién le gusta? —se defendió encogiéndose de hombros.

—Alejas de tu plato todo lo que al primer vistazo te desagrada, lo he notado —seguí diciendo.

—Mmm —murmuró Anthony y siguió caminando, esta vez ni siquiera me esperó.

Si alguien debía escribir un manual de cómo arruinar citas, esa era yo.

—Espera —dije al darle alcance y colar mi mano entre sus dedos. Él la apretó al instante—. Dime un defecto mío —pedí para estar a mano con él.

Anthony se giró a verme y le sonreí como hacía con mis padres cuando iban a regañarme por alguna bobada.

—Candy White Andley —dijo mi nombre con tal lentitud que se me hizo un hueco en el estómago—. Eres una pésima conductora.

Solté una carcajada que no sonó para nada femenina y aunque Anthony procuraba mostrarse serio, no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa.

—Lo acepto —dije levantando mi mano libre, cual criminal arrestado—. ¿Me perdonas por llamarte quisquilloso?

Anthony resopló y chasqueó la lengua. Se acercó a mí y me tomó por la espalda. Su mirada se clavó en mis labios y estos se entreabrieron al ritmo de un jadeo.

Me besó.

—Princesa traviesa —murmuró.

Y volvió a besarme, alargando el momento y encendiendo cada fibra de mi cuerpo.

El coctel sabía mejor en su boca.

—Vamos a cenar —dijo soltando mis labios y dejándome con sólo una neurona funcionando.

Volvimos a la mesa y como todo un caballero, tiró de la silla para que me sentara. Caminó detrás de mí y tomó su lugar. El camarero ya nos esperaba, pero fue Anthony el que tomó la servilleta de tela y la puso en mi regazo.

La entrada fue una ensalada de naranja y fresas con unas pepitas de girasol y algo de queso feta.

—Que lo disfruten —dijo el camarero después de aderezar nuestros platos y desaparecer.

¡Cómo no hacerlo! Era una combinación sencilla pero bastante fresca, justo lo que yo necesitaba para el calor que ya estaba sintiendo.

Me quité el abrigo de los hombros y lo dejé caer en el respaldo. Anthony empezó a toser. Bebió la copa de agua que tenía enfrente y todo volvió a la normalidad.

—¿Por qué eres tan hermosa? —me preguntó acercando su cara hacia mí y después besando mi hombro descubierto, logrando que me sonrojara todavía más. Tuve suerte de no ser la siguiente en ahogarse.

Sus ojos azules estaban a cinco centímetros de mí, su aliento se esfumó en mis labios y lo besé.

A este paso nunca íbamos a llegar al postre.

—Pues verás —Metí la mano en su saco y acaricié su pecho. Anthony gruñó. Saqué el estuche de sus lentes y los abrí—. Eso es porque tengo un novio maravilloso al que le falla un poquito la vista. —Abrí sus lentes y se los puse. Sí, también era guapísimo con anteojos—. ¿Mejor?

Anthony negó.

—No, te sigues viendo hermosa.

Con una mano jaló mi silla hacia él como si yo no pesara nada; con la otra acarició mi espalda desnuda y me aferré a las solapas de su saco como si fueran una tabla de salvación.

—Pecosa, no sabes todo lo que deseo hacer contigo. —Su voz sonó tan grave y profunda que me caló el cuerpo y mi deseo por él deshizo la parte más íntima de mi ser.

Nos trajeron el plato fuerte algunos minutos después. Creo que el camarero empezaba a pasarla mal porque Anthony y yo no dejábamos de besarnos y la entrada quedó casi completa en nuestros platos. Después de preguntarnos, abrió la champaña y sirvió nuestras copas para volver a desaparecer con la habilidad de un fantasma.

El salmón marinado con jengibre y salsa de cítricos sí nos lo terminamos y por unos minutos volvimos a comportarnos casi como adultos. Bebimos champaña y Anthony hizo burla a mi cero tolerancia al alcohol.

—¡Oye! Puedo aguantar un par de copas más —me defendí cuando él alejó la mía de mis manos.

—No me arriesgaré a que te quedes dormida sobre la mesa. Ven.

Anthony se levantó y me dio su mano para hacer lo mismo. Me dio una vuelta de princesa y me sostuvo entre sus brazos.

—¿Te gusta esto? —preguntó meciéndose lentamente.

Suspiré. No había nada que me gustara más que estar a su lado.

—Me encanta, Anthony, en serio —afirmé y pensé en decirle cuál había sido mi parte favorita de la velada, pero mi voz se vio acallada por la música que de la nada empezó a sonar por toda la terraza.

Anthony empezó a bailar y mis pies lo siguieron. Rodeé su cuello con mis brazos y sus manos descansaron en mi espalda baja, en el lugar exacto donde empezaba la costura de mi vestido.

La primera canción no la reconocí, pero la segunda me hizo feliz. Era una bien lograda versión instrumental de I was made for lovin you.

—Cuando te conocí, no imaginé que llegaría hasta este punto —dijo Anthony y mi corazón se mudó a mi estómago, empujando mis otros órganos.

"Ahora no, por favor" rogué.

—Eras un tornado de energía cargando una charola de cafés —agregó acariciando mi espalda, sin saber que con ese gesto me calmaba.

—¿Cómo dices? —pregunté más confundida.

—Tú no lo recuerdas, pero te conocí en tu primer día en la empresa —empezó a decir y todo mi rostro se descompuso por la sorpresa—. Te mandaron de Diseño a comprar cafés y entraste al elevador haciendo malabares con tu bolsa al hombro y la charola en las manos. —Anthony sonrió victorioso al notar que me había dejado sin palabras—. No te molestó que te dieran ese encargo y creo que hasta estabas contenta por eso.

—No quería que me trataran diferente por ser una Andley —respondí y recordé ese día.

Era mi primer día como practicante y mi jefa me trajo de arriba para abajo desde que llegué.

—Me habían mandado por los cafés porque la máquina de nuestro piso no servía y había una junta —comencé a decir mientras seguíamos bailando—. Iba tarde porque el barista se equivocó en la orden de mi jefa e hizo de nuevo su café. Por poco no llego a tiempo. De no ser porque alguien detuvo ese elevador. ¡No puedo creer que fueras tú! —dije emocionada y lo abracé con más fuerza.

—Me sentí atraído por ti desde ese momento, Candy y cuando al fin pude hablar contigo, quise ganarme tu corazón.

—¡Anthony!

—Me atrapaste con tus hermosos ojos que me miraron por el espejo de ese ascensor, me cautivaste la noche de la fiesta, pero cuando me tuviste a tus pies fue cuando nos reunimos por primera vez y me mostraste tu verdadero ser.

—¿Una chica llorona? —bufé al recordar que durante nuestra primera reunión me había soltado a llorar por la vergüenza que me daba verlo a la cara.

—No, cariño —negó pasando su pulgar por mis labios—. Una mujer hermosa, con un corazón bondadoso y un espíritu lleno de energía, eso es lo que eres; una mujer dedicada a tu trabajo, a los niños, a tu familia. La pasión que muestras en todo lo que haces es abrumadora, es un torrente de luz y yo amo todo eso de ti; amo cada segundo que me has dado a tu lado y sólo te pido que me des más de ese tiempo a tu lado.

No podía hablar. Tenía un nudo atorado en la garganta y lo único que mi cerebro reconocía era el rostro de Anthony que me miraba fijamente, penetrando hasta mi corazón. Ahuyenté las lágrimas e intenté hablar, pero de mi boca no salió más que su nombre por tercera vez.

—No digas nada —me dijo con dulzura—. Solo quiero que sepas que mis sentimientos por ti son sinceros y que deseo que lo nuestro funcione. —Me sujetó con más fuerza, agitando suavemente mi cuerpo entre sus brazos para asegurarse de que le estaba prestando atención—. Candy, quiero que sepas, quiero que estés segura, de que eres la única mujer con la que deseo estar y que nadie se interpondrá en nuestro camino.

Esta vez no pude detener mis lágrimas. Anthony hablaba de Elisa, me había leído tan claramente como a un libro y sabía que yo tenía miedo de perderlo por ella o por cualquier otra mujer que en serio lo mereciera y no le hubiera mentido.

Los labios me temblaron. Anthony me miró con infinita ternura y detuvimos nuestro vaivén en medio de la terraza, aunque la música seguía.

Tomó mi rostro entre sus manos y me besó con una delicadeza y cuidado que nunca había recibido.

—Yo también deseo que esto funcione, Anthony. No te arrepentirás, te lo juro —dije en cuanto recuperé la voz y en ese momento me juré ser la mujer correcta para Anthony.

Yo lo amaba, lo amaba como nunca antes porque era la primera vez que amaba en serio y se lo demostraría; lo había decidido, antes de decírselo, le haría sentir lo importante que era para mí y cuánto lo amaba.

Reanudamos nuestro baile en silencio y su abrazo se volvió más cálido, más protector. Me abracé a él con fuerza y una tercera canción inició. Supuse que no era casualidad que otra canción de Kiss en versión instrumental empezara.

—Anthony… la música.

Levanté la cabeza para mirarlo a la cara y él asintió sin que yo dijera algo más.

—Es tu lista de reproducción, pero instrumental, algo más tranquilo, ¿no crees?

—¡Piensas en todo!

Su celular sonó y Anthony miró el reloj, pero no se molestó en ver quién le escribía, así que seguimos bailando y terminamos la tercera canción cerca del borde de la terraza, con la ciudad a nuestros pies.

Nos detuvimos pero la música siguió llenando el lugar. Me recargué en la barda de la terraza y Anthony me abrazó por detrás.

La ciudad se veía espectacular con sus luces parpadeantes, en medio de una noche despejada y fresca, aunque sin luna. Agradecí la pausa para pensar un poco lo que había pasado recientemente. Anthony había creado una velada maravillosa y yo no quería que esta noche acabara nunca.

—¿Sabes hacia donde está tu casa? —preguntó Anthony en mi oído, sacándome de mis pensamientos.

Miré en todas direcciones y pude ubicar unos cuantos puntos de referencia. Señalé con mi dedo hacia la izquierda.

—¿Y la tuya? —pregunté.

—Hacia allá. —Señaló hacia el noroeste.

—La empresa está hacia allá, creo… —señalé casi delante de nosotros y…— ¿Viste eso?

Un rayo de luz llamó mi atención, pero se desvaneció tan pronto como apareció.

—¿El qué? —preguntó Anthony apartando la vista de su reloj.

—Vi… ¡Ahí, mira!

Delante de nosotros se formó una línea vertical de luces blancas.

—¡Ah, ya empezó!

—¿Qué es? —pregunté inclinando mi cuerpo hacia el frente. Anthony me detuvo con su mano en mis costillas, muy cerca de mi busto, como si fuera a caerme.

—Un espectáculo de drones. La facultad de robótica lo organizó. La universidad está justo delante de nosotros.

—¡¿En serio?!

La línea vertical se volvió una onda y después los drones se separaron parpadeando sus luces como estrellas.

—¡Mira eso! —dije embobada.

Apoyé la cabeza en el pecho de Anthony y lo miré de reojo. Él no miraba los drones, sino a mí. Me bastó un leve movimiento para besar sus labios y volver la vista al espectáculo.

Las figuras eran abstractas y envolventes, iguales a las de un caleidoscopio; a veces eran blancas en su totalidad y otras cambiaban de colores e iluminaban el cielo, como si un arcoíris nocturno fuera posible.

Anthony me explicó que el show era de la facultad de robótica en colaboración con la de arte y que todas las figuras las habían creado estudiantes de primer y segundo año.

—¿Cómo sabes tanto? —pregunté cuando apareció un patrón púrpura que parecía devorar el cielo por su movimiento circular. Era algo realmente hermoso e hipnótico.

—Lo leí en internet —respondió apretando el abrazo con el que me tenía rodeada. Su teléfono volvió a sonar y él lo ignoró de nuevo.

—¿No quieres contestar? —pregunté después de perder la cuenta de cuántas veces ya había sonado.

—No es necesario.

Los drones se apagaron tras el último patrón y supuse que el campus estaría lleno de aplausos, así que no me quise quedar atrás y aplaudí, aunque los artistas no lo supieran. Anthony me siguió el juego y también aplaudió.

—Parece que ya acabó —dije removiéndome entre los brazos de Anthony, no para soltarme, sino para mirarlo de frente, pero su cuerpo se volvió de roca y no me pude mover.

Los drones se encendieron de nuevo y formaron una L invertida. Después una fila de luces dio la vuelta a esa figura y se empezaron a acomodar dentro de ella, que delimitaba el espacio. El teléfono de Anthony volvió a sonar.

Apoyó de nuevo su mentón en mi hombro y con cierto grado de emoción murmuró:

—No hay nada más hermoso que tu nombre, Candy.

Las luces siguieron moviéndose en sincronía, a un ritmo perfecto que simulaba un movimiento de caligrafía y las letras se formaron una tras otra:

CANDY

—¡No puede ser, no puede ser! —grité como loca, dando saltitos en mi lugar, pero con las piernas y brazos temblando.

Mi nombre estaba escrito en el cielo y permaneció ahí un par de minutos, cambiando de colores; primero fue blanco, después rojo, violeta y rosa hasta volver a ser blanco.

Anthony soltó una hermosa carcajada ante mi euforia y liberó un poco su abrazo para que yo pudiera moverme a mi antojo.

Era hermoso y mi cerebro todavía no lo procesaba. Anthony, literalmente, había escrito mi nombre en el cielo y no tenía idea de cómo lo hizo.

—¿Cómo lo lograste? —pregunté con la voz ronca como si estuviera en un concierto.

Las letras empezaron a desvanecerse tras un último parpadeo y de la última a la primera letra, los drones se reagruparon en una línea y desaparecieron iguales a una estrella fugaz.

Anthony no respondió, me giró entre sus brazos y me topé con la expresión más feliz que nunca le había visto.

—¿Cómo lo hiciste? ¡Fue increíble!

Retiró el cabello de mi cara y miró hacia donde había sido el espectáculo.

—Tengo un amigo en la Universidad —contestó con la arrogancia de quien tiene el contacto del gobernador; sólo que en Anthony esa arrogancia era un arma letal para mi cuerpo.

—Tienes muchos amigos. —Asintió vagamente y me pregunté quiénes estaban en su lista de contactos. Lo tomé de las solapas del saco y le di un beso fugaz en una mejilla—. Agradécele a tu amigo por la cena. —Besé su otra mejilla—. Y a tu amigo por el show. —Rodeé su cuello con mis brazos—. ¡Ah, y este es para ti!

Anthony supo lo que iba a hacer y me robó el beso que iba darle. Me reí en su boca cuando sus dedos se enredaron en los rizos de mi nuca y me atraía todavía más hacia él. El calor de su cuerpo encendió el mío y después todo se fue a través de mis piernas; me aferré a sus brazos y mi boca se volvió su presa, su lengua resbaló entre mis labios y se apoderó de cada rincón. Me entregué por completo a la exigencia de Anthony. Mis caderas buscaron las suyas; mi espalda baja rebotó contra la pared y la pierna de Anthony se coló entre las mías para sostenerme.

¡Dios! ¡Lo necesitaba dentro de mí!

Necesitaba tenerlo cerca, frotar mi cuerpo contra el suyo y hacer el amor con él, solo con Anthony.

Sus manos bajaron hasta mi trasero y gemí sin reparo en su boca.

—Vámonos de aquí —gruñó Anthony en un segundo que se separó de mis labios.

—Sí —alcancé a decir con la respiración entrecortada.

Minutos después estábamos en el elevador abrazados.

Anthony agradeció con prisa al camarero y alcancé a ver la propina que le daba, el hombre iba a negarse, pero creo que notó que nos urgía irnos y no dijo nada más. Antes de entrar al ascensor nos alcanzó para darnos un plato de cerámica cubierto con plástico adherible. Era nuestro postre.

—¿Sólo uno? —pregunté con fingida indignación al ver una rebanada de pastel de chocolate con frambuesas.

—¿No te gusta compartir, pecosa? —Anthony alejó el plato de mí cuando iba a quitárselo y yo me estiré para alcanzarlo, pero aún con tacones, el brazo de Anthony quedaba muy alto, así que me rendí. Se burló de mí con una risita y bajó el brazo.

—¿Podemos comerlo en mi casa? —pregunté abrazándolo de frente.

Llegados a este punto, a nadie le interesaba el postre, pero así como a Anthony le gustaba jugar conmigo, a mí me gustaba bromear con él y si compartir el postre era una especie de código, entonces él debía saber que yo era buena con los juegos de palabras.

Sus ojos brillaron y la media sonrisa que me regaló y se reflejó desde todos los ángulos del elevador fueron la respuesta.


Las luces de mi departamento se encendieron tan pronto como entramos y Anthony miró alrededor con detenimiento. Mi casa me gustaba al igual que mi decoración, pero en ese momento dudé de la combinación de colores, las texturas y hasta la disposición de los muebles. ¿El sofá frente a la televisión estaba bien ahí? ¿Mi rincón donde practicaba Yoga llamaba mucho la atención? ¿Cuánto tiempo llevaba esa mancha en la ventana?

Inhalé con profundidad y la esencia de rosas que había liberado por la tarde me llenó la nariz.

"¡Vamos, Candy; Anthony no está aquí para ver la decoración!"

Ese pensamiento no me ayudó a relajarme, pero sí a concentrarme en quien realmente importaba, Anthony.

La cocina estaba a la izquierda y él caminó hasta ahí para poner el plato sobre la isla de granito.

—Puedes…

Ni siquiera sé qué iba a decir porque el sonido del timbre me borró la memoria a corto plazo.

Anthony me miró y pude notar la derrota en sus ojos, aunque esbozara esa sonrisa. Teníamos un invitado no grato y por un segundo pensé en no contestar el interfón, pero ya era muy tarde y supuse que no se trataba de un vendedor o un repartidor perdido, sino de alguien que me buscaba para algo importante.

"Por favor que no sea mi madre".

—Dame un segundo —pedí a Anthony y volví hacia la puerta. Presioné el botón y pregunté—: ¿Diga?

—¡Candy, gracias a Dios! —exclamó una mujer—. Soy la señora Hudson, salí a pasear con Mina y dejé las llaves en casa.

—¡Señora Hudson! —respondí llena de alivio. Era mi vecina del piso superior—. Ya le abro, no se preocupe.

Presioné el botón para abrir la puerta principal del edificio y un ladrido resonó por el interfón.

—Dile gracias a Candy, Mina —dijo la señora Hudson—. Gracias, Candy —añadió ella y oí cómo se cerraba la puerta principal.

—Buenas noches, señora Hudson —respondí con prisa y aliviada porque no se trataba de una visita para mí.

Me llevé una mano al pecho y mi corazón desbocado retumbó contra mis dedos. Supliqué por no más interrupciones y caminé hacia donde estaba Anthony.

Él estaba cruzado de brazos, recargado en la isla de la cocina y mi casa pareció de juguete ante su tamaño. Se enderezó en cuanto reaparecí y caminó hacia mí, cargado de impaciencia. La seguridad de sus pasos hizo que yo me detuviera y lo esperara; se había quitado el saco y aflojado los puños de la camisa.

—La… la señora Hudson… —Balbuceé, aturdida por la presencia de Anthony y la peligrosa y excitante manera en que se acercaba a mí. Lo tuve a diez centímetros y me tomó por la cintura. Retrocedí dos pasos y choqué contra la pared—. Es… —Acarició mi cara con el dorso de su mano, estaba fría y olía a jabón. Se había lavado las manos en la cocina—. Ella vive arriba —dije rápidamente antes de perder la idea.

—Mmm —murmuró Anthony y sus labios acariciaron los míos fugazmente—. Qué bueno que no vive al lado. Haremos algo de ruido —dijo cerca de mi oído y cerré los ojos ante la gravedad de su voz y la promesa de sus palabras—. Nada de timbres, nada de llamadas. Sólo tú y yo —me advirtió y asentí con desesperación.

Anthony me besó con una pasión completamente desconocida, pero exquisita. Jadeé y correspondí con la misma fuerza, desesperada por tenerlo.

—Esperé toda la noche este momento —declaró contra mi cuello, dejando un húmedo camino de besos.

Con palabras no pude decirle que me pasaba lo mismo; tomé su rostro entre mis manos y entré de lleno en su boca, tomándome mi tiempo para hacerlo gemir. Frotó su cadera contra mí y levanté la pierna para rodear la suya y tenerlo más cerca.

¡Más cerca, por favor!

Tiré de su cuello hacia mí y enredé mis dedos en su cabello. Una mano suya acunaba mi rostro y me mantenía pegada a su boca, la otra paseó por mis caderas, subiendo y bajando, apretando mi piel, arrugando mi falda hasta que se coló por debajo. Me estremecí. Anthony soltó un gruñido mortal para mi vagina y detuvo el beso. Los labios casi me dolían, pero me quejé cuando se alejó.

—¿Encaje? —preguntó con voz ronca y su mano firme en mi trasero.

La sangre se me subió a las mejillas y bajé la mirada hasta su pecho. Parpadeé y lo miré a través de mis pestañas.

—¿Te gusta? —pregunté con toda la intención de provocarlo.

Metió su mano entre el encaje y mi piel, apretándola, amasándola con fuerza, liberando los gemidos de mi garganta.

—Me fascina —declaró en mi boca.

Sí, le fascinaba tanto que no dudó en quitarme las bragas y meterlas en su bolsillo. Gemí al estar tan expuesta y desabotoné por completo su camisa. Yo también quería tocarlo. Me mordí el labio al ver su esculpido pecho y lo besé a la altura del corazón cuando sus dedos acariciaban mis pliegues. Apreté mi boca contra su piel cuando sus movimientos se intensificaron.

—Te sientes tan bien. —Temblé por su voz y su tacto y empecé a moverme al ritmo que me ordenaban sus dedos.

Anthony empujó mi espalda contra la pared y su pierna entre las mías nos sostuvo a ambos. Eché la cabeza hacia atrás. Cerré los ojos. Deslizó un dedo dentro de mí y su pulgar encontró mi clítoris, ansioso por él; un segundo dedo me penetró y comenzó a moverse dentro y fuera de mí con una abrumadora y placentera precisión.

—¡Anthony!

Se rio en mi cuello y clavó sus labios, haciéndome gemir. Yo temblaba ante cada embestida de sus dedos, volviéndome loca de placer, deseando más, deseando estallar en su mano.

—¡Anthony! —grité— ¡Por favor!

Su lengua se paseó por mi cuello y su respiración agitada chocó contra mí. Su tacto era la gloria y al mismo tiempo una tortura. Estaba a punto de correrme en su mano y… unas cuantas embestidas más de su mano y…

—Eso es, hermosa.

¡Dios! ¡Esa voz!

Mi interior se contrajo en torno a sus dedos, mi núcleo estalló y vi fuegos artificiales con los ojos cerrados.

Volví a la realidad después de no sé cuánto tiempo. Anthony acarició mi pierna desnuda y me sujetó cuando estaba por desfallecer en sus brazos, pero de una maravillosa manera. Me apoyé en su pecho dejando besos vagabundos por su piel y lo abracé por la espalda.

—Candy…

Dijo mi nombre por lo bajo, excitado y ansioso por mi respuesta.

—No quiero que esta noche acabe, Anthony. —Respiré en su oído y él echó la cabeza hacia atrás para verme. Me quitó el cabello de la cara y acunó mi mejilla. Besó la comisura de mis labios.

—Esto aun no acaba.

Pasó su brazo por mi espalda y el otro por detrás de mis rodillas. Lo abracé y me levantó en el aire como a una princesa. Me acomodó en su cuerpo y yo me reí ante la ligera sacudida. Después empezó a caminar conmigo en brazos por la casa.

—¿Hacia dónde? —me preguntó al estar frente a tres puertas.

—Izquierda —respondí y una vez que tuve la perilla cerca, la abrí y encendí la luz.

—Rosas —dijo Anthony inhalando el aire de la habitación—. Me gusta —declaró y mi estómago revoloteó.

Llegamos al pie de la cama y Anthony me puso con cuidado en el piso. Me moví para quitarme los zapatos.

—Déjatelos —pidió sujetando mi codo.

Tragué saliva y asentí.

Anthony se quitó los zapatos y terminó por deshacerse de su camisa botándola sobre la cama. Me relamí los labios al verlo casi desnudo y él no perdió detalle de mis movimientos. Acarició mi hombro izquierdo y lo besó con delicadeza; después acarició el derecho y tomándome de las caderas me hizo girar.

Desabotonó el cuello de mi vestido y este cayó con descaro por mi cuerpo, deteniéndose en mi cintura. Se me erizó la piel en cuanto Anthony pasó su mano por mi vientre y empezó a besar mi cuello. Sus caricias subieron por mi torso y con ambas manos reconoció mis senos.

—Perfecta —lo oí decir y empezó a jugar con las puntas de mis pezones, duras y ansiosas por tener su atención.

Su erección chocó contra mi trasero. Estaba resistiendo mucho y lo amé más por eso, pero era su turno. Sacudí las caderas para deshacerme del vestido que cayó al piso.

Anthony suspiró.

Giré de nuevo y desabroché su cinturón y luego el botón de su pantalón. Me miró con lujuria y al poner su mano en mi espalda baja logró sentarme al borde de la cama; se inclinó sobre mí y me arrastré hacia atrás, con él siguiendo mis movimientos como un lobo a su presa.

Se acomodó entre mis piernas y acarició mis pantorrillas.

—Anthony —gemí.

—¿Te gusta? —preguntó con deseo mientras descendía en sus caricias hasta mis tobillos.

—Mmm —fue lo único que pude articular.

—Bien. —Sonrió y besó la parte interna de mis muslos, lo que causó una descarga eléctrica por todo mi cuerpo.

Sus labios succionaron mi piel, su saliva alivió la presión y sus dientes me hicieron cosquillas por todos los rincones donde paseaban.

Anthony me besó todo el cuerpo con infinita paciencia, tomándose su tiempo, elogiando mi piel con palabras dulces.

Me dejé caer sobre la cama y poniendo sus brazos a los costados de mi cabeza inició un camino de besos por mi boca, mi cuello, mis senos. Me abracé a su espalda con una mano y con otra lo liberé de su pantalón.

—Espera. —Detuvo mi mano y buscó en el bolsillo de su pantalón, sacando unos envoltorios de aluminio que puso a un costado de nosotros. Sonreí y continué con mi misión.

Anthony era un hombre perfectamente bien dotado, superdotado, si me lo preguntan; largo y grueso; aterciopelado y firme. Gimió cuando lo tuve en mi mano y reclamó mis labios.

—¡Candy! —gritó mi nombre y rompió uno de los envoltorios de condones para deslizarlo por su miembro.

—Te necesito —supliqué tirando de él.

—Te necesito —repitió Anthony acariciándome con la cabeza de su miembro, deslizándose en mi interior, estirandome hasta acomodarse en mí—. Dime si se siente bien —pidió empezando a moverse pausadamente, dándome tiempo para habituarme a su tamaño.

—Sigue —pedí en un jadeo, siguiendo el vaivén de su cuerpo.

Rodeé su cintura con mis piernas y mis tacones se hincaron en su piel. Anthony gruñó de placer y sonreí al entender para qué quería que me los dejara puestos, así que lo apreté más contra mí y él intensificó sus movimientos, volviéndolos embestidas.

—Eso es, hermosa. —Empujó más contra mí, rozando siempre mi clítoris contra su miembro, llevándome al límite.

—¡Voy a…! —gemí al sentir el orgasmo acercarse y me aferré a su espalda hasta enterrar mis uñas.

—Hazlo —dijo Anthony amasando y besando mis pechos.

Mi núcleo se contrajo en torno a su miembro, mis piernas temblaron y los dedos de mis pies se curvaron contra su trasero. Anthony también estaba llegando al orgasmo y su mirada no se separaba de mi rostro. El hecho de que me viera llegar al límite hizo todo mucho más excitante y grité, grité su nombre y él se corrió dentro de mí.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida —declaró cuando los temblores de mi cuerpo se relajaron.

El sudor de su frente chocó contra la mía y cerré los ojos cuando me besó; al mismo tiempo salió de mí y lo jalé del cuello para que no se fuera.

—Voy a deshacerme de esto —dijo con suavidad—. Ahora vuelvo.

Me besó la frente y a regañadientes lo dejé ir hasta el baño para deshacerse del condón. Oí correr el agua del grifo y cuando cerró de nuevo la puerta, tiré de las cobijas de la cama para meterme debajo y encendí la lámpara de noche. Anthony volvió de inmediato. Me sonrió al verme dentro de las sábanas y apagó la luz, dejando la habitación en medio de una suave penumbra gracias a la luz de la lámpara.

—Ven —pedí estirando mis brazos hacia él.

Él no tardó en hacerlo y en cuanto estuvo acostado me abrazó contra su pecho. Hice lo mismo con brazos y piernas. Desnudos bajo las sábanas todo parecía más real, más seguro, correcto e ideal. Los brazos de Anthony eran el lugar donde yo quería estar para siempre.

Suspiré y froté mi cabeza contra el pecho de Anthony. Él me besó la frente otra vez y las yemas de sus dedos me acariciaron la espalda.

Cerré los ojos a punto de quedarme dormida.

I was made for lovin' you, baby

You were made for lovin' me

Anthony cantando para mí era una nueva ola de placer.

And I can't get enough of you, baby

Can you get enough of me?

A tientas busqué su rostro y le besé la mejilla.

—Amo cuando cantas para mí.

Anthony sonrió ampliamente y desafinó la siguiente estrofa a propósito, haciéndome reír a carcajadas, pero se recompuso en los últimos versos.

'Cause, girl, you were made for me

And, girl, I was made for you

—Soy tuya, Anthony, toda tuya —dije sin miedo.

Anthony me envolvió con seguridad y rodó hasta quedar encima de mí. Sus ojos azules, llenos de brillo me miraron fijamente y después bajó su rostro hasta rozar mis labios con su aliento.

—Y yo soy tuyo. —Me besó con ternura y me dejé llevar por su amor.

—Sí, Anthony mío.

*C A*