Advertencia: El siguiente contenido presenta contenido sexual
La cenicienta equivocada
12
Por siempre
POV: Anthony
Eran casi las cuatro de la mañana cuando desperté. La habitación estaba en silencio y sólo la luz del pasillo se colaba por la puerta abierta sin llegar a la cama. El único ruido que se oía era la respiración acompasada de Candy. Acostada boca abajo, con la espalda descubierta y la cara vuelta hacia mí, dormía tranquila.
Me acomodé de costado para mirarla bajo la penumbra; se veía tan hermosa que no resistí el impulso y besé su frente; su piel era cálida y le di otro beso, pero ella estaba tan cansada que no se movió y enredé mi dedo en uno de sus rizos, como había querido hacer desde que la conocí.
¿Cómo había tenido tanta suerte? Ella estaba completamente fuera de mi alcance al ser la heredera de una enorme familia, con un trabajo tan diferente al mío que nunca se cruzarían, pero ahora aquí estábamos. Candy era mi novia, mi mujer, la chica a la que había amado desde hacía meses. A quien por tanto tiempo había imaginado con hacerla mía, en satisfacer hasta el más pequeño de sus deseos, en ganarme su confianza, su corazón y su cuerpo; su divino cuerpo que hacía pocas horas había descubierto y ahora no quería dejar de explorarlo hasta conocer cada peca, cada lunar y cada rincón para complacerla, para hacerla gritar mi nombre y desbordar su placer en mí como lo había hecho.
Nuestra relación apenas estaba empezando, pero yo estaba convencido de que amaba a Candy White, mi traviesa princesa, mi apasionada Cenicienta que yacía tranquilamente a mi lado.
Tiré de las cobijas para cubrirle la espalda cuando sacudió el hombro; se abrazó a la almohada y volvió a quedarse quieta, totalmente ajena a que yo estaba ahí velando su sueño y deleitándome con su calor.
Me levanté para ponerme los calzoncillos y recoger la ropa del suelo. Apilé todo en el puff que había en una esquina de la habitación y salí a apagar las luces de afuera que se habían quedado encendidas. Volví a la cama y como si hubiera notado mi ausencia, Candy se acercó a mí, la rodeé con mis brazos y frotó su cabeza en mi pecho. Balbuceó algo que no entendí y se removió entre las sábanas. La dejé moverse para que no se sintiera atrapada.
—Anthony… —murmuró mi nombre.
—Aquí estoy —respondí por lo bajo, atrayéndola de nuevo hacia mí.
—... ¿Qué hora es…? —balbuceó de nuevo.
Me mordí la lengua para no reír, Candy hablaba dormida y era la cosa más adorable que había visto en la vida.
—Las cuatro —respondí.
—Mmmm. —Movió la cara hacia el otro lado—. … Casa, tengo que ir a casa —dijo entre sueños sin reconocer que estábamos en su departamento.
—Ven aquí —dije envolviéndola otra vez en mis brazos y ella se dejó mover, totalmente inconsciente—. Cinco minutos más y te llevo a casa —le prometí para calmarla.
—Mmmm, cinco minutos —repitió abrazándose a mí para volver a quedarse dormida.
Un cosquilleo en mi nariz y una risita a lo lejos me despertaron, pero no abrí los ojos. No sabía la hora, pero no quería despertar. Aquí estaba cómodo. El colchón se movió y algo suave y tibio me acarició el pecho.
Abrí los ojos de golpe para llevarme la mejor sorpresa. El rostro sonriente de Candy a mi costado.
—Hola —dije con la garganta seca.
—Buenos días, dormilón. —Me dio un beso en la mejilla y, más dormido que despierto, puse mi mano en su espalda para mantenerla cerca. Ella apoyó las manos en mi pecho y luego su mentón en ellas para mirarme con travesura.
—¿Cómo dormiste? —pregunté acariciando su espalda.
Candy recién levantada era una visión.
Ella se estiró sobre mí como un gatito, ignorando lo que sus movimientos hacían a mi propio cuerpo.
—Como si hubiera dormido en los brazos de mi novio toda la noche —contestó metiendo sus manos debajo de mi cuello—. ¿Y tú?
—Yo pasé toda la noche persiguiendo a una pecosa que se quería escabullir de la cama —respondí apresándola entre mis brazos y hasta ese momento noté que tenía puesto un camisón color palo de rosa. Candy frunció el ceño—. ¿Sabías que hablas dormida? —pregunté y el inmediato sonrojo de sus mejillas fue hermoso.
—¡No es cierto! —Se removió entre mis brazos, pero no la dejé escapar—. ¿Qué dije?
Respiré profundo y negué con la cabeza.
—Anthony, ¿qué dije? —volvió a preguntar y sus ojos se hicieron más grandes por la duda, así que decidí no torturarla, no así.
—Nada de qué preocuparse, sólo que eran las cuatro de la mañana y te querías ir a tu casa.
—¡Ay, qué vergüenza! —chilló ocultando su cara en mi cuello.
Jugué con sus rizos entre mis dedos y la dejé esconder su pena en mí. Movió su pequeño cuerpo entre mis brazos hasta quedar a horcajadas sobre mí, pero sin levantar la cabeza; una vez que se acomodó, la apreté con fuerza y suspiró en mi cuello.
—Me gusta esto. —Su voz sonó baja, como adormilada—. Me gusta despertar a tu lado, Anthony. —Balanceó sus caderas y acaricié la suave piel de sus piernas—. Y anoche fue maravilloso. —Depositó un largo beso en mi cuello y oí su profunda respiración—. Gracias, Anthony —dijo levantando la cabeza igual a un cervatillo que sale de su nido.
—Pecosa, soy yo el que tiene que agradecer. Gracias por darme este privilegio, no sólo físico de compartir contigo la cama, sino íntimo, personal. Gracias por permitirme ver lo que a otros ocultas, por confiar en mí y permitirme tocarte estando dormida. —Sonrió como me gustaba—. Gracias por entregar tu sueño a mí y dejarme velarlo.
Su sonrisa era la más angelical que había visto, sus labios apenas se movieron y sus pecas bailaron frente a mí, al tiempo que sus ojos brillaban. Tomó mi rostro entre sus manos y sus dedos recorrieron cada milímetro de mi piel, trazando un camino de calidez. Su mirada vagó por toda mi cara; se entretuvo delineando mi boca y besé las yemas de sus dedos cada vez que me rozaban.
—Candy…
Calló mi boca con sus labios, con un beso largo y profundo. Su lengua apenas entraba en mi boca, todo lo hacían nuestros labios. Sus manos bajaron por mi cuello hasta llegar a mi pecho, donde su tacto avivó mi deseo por ella.
Bajé mis manos hasta su espalda baja y ella gimió dulcemente en mi boca. Deslizó su lengua entre mis dientes y buscó la mía que ya la esperaba con ansias.
Nuestro beso se intensificó. Apreté su cadera contra mí y sentí la humedad de su cuerpo, pues el camisón era lo único que la cubría.
Sus piernas temblaron y acaricié sus muslos. Abrió los ojos al separar nuestros labios y su mirada de deseo me hizo besarla de nuevo. La tomé por la nuca y me llené de su boca. Bajó sus manos hasta mi miembro y levanté la cadera con ella sobre mí para deshacerme de mi ropa. Estaba duro por ella y ella tan húmeda para mí.
Estiró una mano a la mesa de noche y tomó uno de los condones que había traído la noche anterior.
Nuestras bocas seguían unidas mientras ella abría el envoltorio. Lo deslizó por mi longitud, dándose tiempo para manipularlo a su antojo.
—¿Así está bien?
Su voz era un deleite, una mezcla de murmullo y gemido.
—Está listo, hermosa —contesté al tiempo que la sostenía por las caderas y me movía hacia su entrada, pero dejé que ella decidiera el momento de concederme entrar.
Coqueteó con la punta de mi pene y se fue llenando poco a poco de él. Se sentía tan bien estar dentro de ella. Se aferró a mis hombros y empezó a moverse a su ritmo, llevándome hasta lo más profundo de su cuerpo. Con mis manos en sus caderas me ceñí a su cadencia y los movimientos se intensificaron.
—Eso es, Candy —mascullé contra sus pechos y ella dejó caer los tirantes de su camisón por los costados, exponiendo sus perfectos senos. Me llevé uno a la boca y ahogó un grito; al probar el otro echó la cabeza hacia atrás y este penetró más en mi boca. Tan suave como un pétalo de rosa.
Apretó más su interior y aseguré sus caderas para que me montara como ella deseara.
—¡Anthony!
La necesidad de su voz me dijo que estaba lista para correrse.
Su deseo empataba con el mío. Elevé las caderas para encontrarme más cerca y hundirme en ella mientras tiraba de ella con mis manos. Estaba a punto de correrme en ella.
Una, dos embestidas más y la oí gritar. Su interior se contrajo en torno a mí, el fuego de su cuerpo se fundió con el mío y me corrí en su interior cuando mi nombre se quedó atorado en su garganta y su orgasmo llegó.
Yo era el ser más afortunado del planeta.
Candy se dejó caer sobre mi cuerpo, lánguida y con una sonrisa satisfecha. Su respiración era profunda y su piel era una hoguera. Caí de espaldas sobre la cama y salí de su cuerpo mientras la besaba lentamente. Me deshice del condón en el cesto de basura que había al lado del buró y volví para envolverla en mis brazos.
Habíamos vuelto al inicio, desnudos, extasiados y fundidos en un mismo espacio.
La sonrisa de Candy permanecía y se contagió a mi boca. Acuné su rostro en mi mano y lo llené de besos que ella intentaba devolverme, pero yo era más rápido y terminó riendo y retorciéndose entre mis brazos.
—Hora de un baño —dije recorriendo la curva de su cintura con mis dedos.
—Mmh —musitó.
Me levanté y observé el hermoso lío que habíamos armado en la cama.
Candy extendió los brazos hacia mí y la cargué hasta el baño mientras ella me besaba el cuello.
La bajé con cuidado en la entrada de la regadera y abrí la llave del agua caliente.
—Ven —dije después de comprobar la temperatura del agua con mis dedos.
Candy tomó mi mano y entró en la ducha. La abracé de frente y dejamos que el agua nos envolviera a los dos.
—Tu cabello —dije acariciando su cabeza cuando sus rizos se vieron deshechos por el agua caliente.
—Yo me encargo —respondió tomando la botella de shampoo. Puso una buena cantidad en su palma y me hice a un lado para que pudiera lavarse.
Ver a Candy debajo del chorro de agua, lavándose el cabello era mi nuevo recuerdo favorito. El jabón recorriendo su espalda, sus brazos levantados, mostrando sus perfectos pechos, el agua delineando sus curvas, sus ojos cerrados enjuagándose el jabón.
Abrió los ojos y me miró por el hombro.
—¿Vienes?
Di un paso hacia ella y terminé debajo del agua. Tomó un frasco de gel de ducha y vertió un poco en su mano, la frotó con la otra e hizo espuma.
Levantó la barbilla hacia mí y me dio una sonrisa confiada.
Frotó mi pecho con sus manos, esparciendo jabón por todos lados, mis hombros, brazos, cuello. Al abrazarme frotó mi espalda y la pegué a mí.
—Mi turno.
Hice lo mismo que ella con el gel de baño. Una vez que tuve las manos llenas de espuma, la hice girar hasta tener su espalda recargada en mi pecho.
Empecé en su cuello y bajé por sus hombros, sus finos brazos; recorrí su cintura y subí por sus pechos pequeños que encajaban en mis manos.
Candy suspiró.
Bajé por su vientre y fui hasta su trasero.
Levantó las manos y las llevó hasta mi nuca para sostenerse.
Tomé más jabón líquido y limpié sus muslos. Acaricie su parte más íntima y la hice girar de nuevo para tenerla de frente.
Candy se paró de puntas y me besó el mentón. Después dejamos que el agua hiciera el resto.
—Creo que tenemos un problema —dijo cuando nos enjuagábamos.
—¿Cuál?
—No querré bañarme sola nunca más.
Yo tampoco querría.
Sonreí.
—Lo solucionaremos.
Besé sus labios despacio y sin prisa.
Cerré la llave de la regadera y salí para buscar toallas. Tomé una de la pequeña vitrina que había junto al lavamanos y volví para envolver a Candy.
—Pareces un rollito primavera —dije frotando sus brazos para que entrara en calor.
—Creo que ya tienes hambre —dijo entre risas.
—Voraz —admití antes de buscar una toalla para mí y envolverla alrededor de mi cadera.
Salimos juntos del baño y me vestí deprisa con mi ropa del día anterior. Candy se apresuró a buscar ropa de su armario, pero la detuve.
—No hay prisa, tómate tu tiempo —le dije evitando que la toalla que la cubría cayera al suelo—. Empezaré a preparar el desayuno.
Candy solo asintió y me miró sonriente. No lo decía, pero le gustaba ser consentida y yo estaba dispuesto a mimarla para siempre, hasta en los detalles que ella no notara.
En definitiva, la cocina de Candy estaba mucho mejor equipada que la mía. Aún así, logré arreglármelas para encontrar los utensilios correctos, aunque solo fuera a preparar huevos con tocino y pan tostado.
—¡Huele bien!
Candy salió de su habitación con su cabello en una trenza de lado y usando un sencillo vestido azul con motivos diminutos y rojos, unas bailarinas del mismo tono y un delgado suéter café.
—Espero que sepa igual —dije y lo hacía en serio, pues yo no sabía cocinar y esto era de las pocas cosas que preparaba y sobrevivía.
Candy se asomó a la estufa y tomando un tenedor de la gaveta, probó mi gran creación.
—Delicioso —afirmó—. Prepararé café.
¡Cierto, el café!
Encendió una cafetera eléctrica después de llenarla de agua y sacó una prensa francesa con el tamaño suficiente para dos personas. De un estante superior sacó un frasco hermético con café y, tras abrirlo, lo acercó a mí.
—Creo que te gustará, huele.
Acerqué mi nariz al frasco y el aroma achocolatado del café me inundó las fosas nasales. Sí, me gustaba.
Candy sirvió la molienda en la prensa y, mientras el agua se calentaba, sacó tazas, platos y cubiertos para acomodarlos sobre la isla de la cocina donde comeríamos.
Cuando pasaba cerca de mí me acariciaba el brazo o me sonreía y seguía su camino.
El desayuno no estuvo mal. Vaciamos nuestros platos y nos tomamos despacio el café.
—¿Es muy temprano para postre? —preguntó Candy señalando la nevera después de que le dijera que había metido ahí el pastel de anoche.
Negué con la cabeza y me levanté para sacarlo.
Una notificación de mensaje llegó a mi teléfono cuando volví a sentarme al lado de Candy y ella empezó a comer mientras yo veía de quién se trataba.
—Mira esto. —Le tendí el teléfono y su tenedor rebotó en el plato.
Era una fotografía de anoche durante el show de drones. El camarero nos la había tomado cuando sostenía a Candy entre mis brazos y mirábamos su nombre hecho de luces.
—¡Me encanta! —exclamó haciendo zoom en la pantalla y mirando cada detalle—. ¿Me la puedes enviar? —preguntó y eso hice al instante.
A estas alturas ya teníamos una colección de fotos juntos, aunque la de Candy era más grande porque le encantaba fotografiarme en el auto, cuando yo tenía las manos ocupadas al volante.
En ese instante me surgió el deseo de tener una foto de ella dormida sobre la cama, tal vez desnuda. Ya veríamos.
—A propósito de ayer —dijo Candy jugando con el tenedor —. Tu celular sonó varias veces, pero no contestaste, ¿no era importante? —Candy me miró a través de sus largas pestañas y de inmediato se llevó una mano a la oreja, como siempre que estaba nerviosa. ¿Desde cuándo tenía ese tic?— No me malentiendas, no quiero ser entrometida y tampoco soy celosa —dijo con palabras atropelladas y yo me reí.
Tomé mi teléfono y abrí los mensajes que había recibido durante nuestra cita. Le di el aparato y ella leyó.
Primero frunció el ceño al no entender de qué iba la conversación, después abrió mucho los ojos al saber de qué se trataba y, por último, sonrió al tiempo que se sonrojaba.
Los mensajes eran de mi amigo de la Universidad informándome minuto a minuto cómo se desarrollaba el show de drones; cuándo empezaba, la última figura y mi petición especial, el nombre de Candy. Anoche no hubo necesidad de abrirlos, pues todo se desarrolló con precisión de acuerdo al horario que él me había dado.
—¡Oh! —murmuró devolviéndome el teléfono.
Después de eso recogimos la isla de la cocina y Candy lavó los trastes sucios alegando que, quien cocina no limpia. Yo estaba recargado a su lado.
—Bien, qué planes tenemos hoy —pregunté enredando un rizo suelto de su trenza en mis dedos mientras ella se llenaba las manos de espuma. Tomé la punta del mechón y le hice cosquillas en la mejilla y la oreja. Ella se retorció, pero al tener las manos mojadas no pudo hacer nada en mi contra.
—¡Anthony! —Jadeó cuando en lugar de su cabello, le hacía cosquillas con mi lengua. La abracé por la espalda y ella dejó caer su peso en mí. Echó la cabeza hacia atrás y tomé sus labios hasta saciarme.
—Tengo que ir a mi casa a cambiarme. —Mi voz sonó ronca cuando liberé sus labios y ella tardó unos segundos en abrir los ojos, pero hizo un puchero ante mis palabras—. ¿Quieres venir conmigo?
Sonrió como si le hubiera ofrecido un viaje a la Luna y asintió de inmediato.
—Vamos.
Besé su frente y cerré la llave del fregadero que seguía botando agua.
La parada en mi casa fue exprés. Dejé a Candy no más de diez minutos en la sala mientras me cambiaba de ropa. Mi puerta quedó entreabierta y oí sus pasos recorrer la estancia.
Al salir, noté que Candy se había deshecho su trenza y ahora sus rizos dorados caían por su espalda.
—¿Listo? —preguntó arrojándose a mis brazos en cuanto me vio. Asentí—. ¿A dónde vamos?
—No lo sé, pero tú conduces.
Candy se puso rígida ante mi respuesta y casi tuve que cargarla hasta la salida después de poner la llave en sus manos.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó cuando ya estábamos dentro del auto y había ajustado el asiento para su estatura.
—Tú diriges —contesté poniéndome cómodo en mi asiento de copiloto.
Un par de veces, Candy aceleró de más para ponerme nervioso y yo, por acto reflejo, movía el pie derecho intentando pisar un freno invisible. Ella rio con disimulo.
—Si soy mala conductora culpa a Albert. Él me enseñó —se defendió Candy cuando miraba por el retrovisor a un auto que intentaba rebasarnos.
Está bien, Candy no era tan mala conductora.
Recorrimos parte de la ciudad sin aparente rumbo fijo, pero llegamos a Riverwalk donde hay museos, restaurantes, bares, cafés, tiendas, recorridos en cortos cruceros y renta de kayaks. La vista del río es magnífica y los rascacielos que lo rodean lo vuelven un lugar contrastante y agradable.
No había mucha gente, pero Candy y yo caminamos tomados de las manos para no separarnos cuando los niños pasaban corriendo entre nosotros o las mujeres con carriolas de bebés o perros se cruzaban en nuestro camino.
Charlamos de varias cosas mientras caminábamos. Candy me contó que sus padres pronto se irían de viaje a Europa para cerrar un negocio respecto a la empresa y que, si yo quería, podía conocerlos al volver. Yo le conté también sobre mi familia y algunos primos a los que no veía desde hacía mucho tiempo.
Nos detuvimos a la orilla del río cuando una pequeña embarcación turista hizo sonar la sirena y el grupo que iba a bordo gritaba con entusiasmo.
—Seguramente tu casa era tranquila porque la mía parecía una jungla con Albert, Susana y yo.
Una pareja llamó nuestra atención para que les ayudáramos a tomar una fotografía, tenían un bebé en brazos y mientras yo la tomaba, Candy hizo mil muecas para hacer reír al pequeño.
—Eres extraordinaria con los niños —dije después de que la familia se fue satisfecha con varias fotos en la memoria.
—Gracias, me gustan mucho —dijo Candy sonriendo—. Por cierto, tengo algo que enseñarte. —Sacó el teléfono de su bolsa y me mostró la imagen de un niño de no más de cinco años junto a unos girasoles recién sembrados, a juzgar por la tierra del suelo. Era Anthony del Hogar de Pony—. La directora me la mandó hace unos días y esto. —Deslizó el dedo por la pantalla y se reprodujo un video del mismo niño en que saludaba a Candy y le agradecía por haber cumplido su promesa de enviarle girasoles para su invernadero.
Sonreí ante la felicidad del niño y por un segundo olvidé que le había pedido a Candy ser su novia. Ese chiquillo tenía agallas.
—Compraste muchos girasoles —dije viendo nuevamente la foto y la larga fila de plantas.
—¡Oh, no las compré! Hice que mi mamá las sacara del jardín y las enviamos hace unos días. Mamá quedó encantada con Anthony.
Me quité las gafas para mirarla mejor y Candy soltó una risa.
—Te amará más a ti, estoy segura. —Se paró de puntas y me besó la mejilla.
Volvimos nuestra vista al río y Candy se abrazó a mí. Nos quedamos en silencio unos minutos viendo el curso del río.
—Candy —dije al cabo de un rato—. ¿Has pensado en tener hijos?
No era una proposición ni un plan a largo plazo; era una pregunta que como pareja debíamos hacer y aunque yo nunca me la había planteado, ver cómo Candy amaba a los niños, puso el tema sobre la mesa.
Candy se enderezó e inclinó la cabeza para verme; la pregunta no la había desequilibrado y asintió lentamente.
—Sí, algún día me gustaría ser madre, tener un hijo propio y —sus labios apenas se movieron para formar una sonrisa—, siempre he pensado en adoptar.
Su respuesta no me sorprendió. El abuelo de Candy había sido adoptado y formado una gran familia, unida y próspera. Ella fue cercana a su abuelo y yo sabía que él la había amado inmensamente así que, en el corazón de Candy había mucho amor para dar. Me conmovió su determinación de ser madre adoptiva y sus palabras resultaron una epifanía para mí.
—¿Y tú? —preguntó Candy en el mismo tono en que yo lo había hecho, simple curiosidad, sin ninguna especie de compromiso.
—También quiero tener hijos —afirmé por primera vez en mi vida.
Reanudamos nuestro paseo por Riverwalk, entramos a un bar donde yo bebí una cerveza y ella un coctel sin alcohol; aun era temprano para comer y seguimos paseando a lo largo y ancho del sendero hasta que llegamos a la puerta de una pequeña pero delicada tienda de bisutería.
—¿Entramos? —propuso Candy cuando ya empujaba la puerta.
La encargada nos dio la bienvenida y dejó que miráramos con tranquilidad. No era una joyería, pero la mercancía era de buena calidad y tenían toda la clase de accesorios con los que las mujeres se vuelven locas, incluso mi novia que se probó tantos anillos como pudo e hizo combinaciones con brazaletes y pulseras.
La encargada vio en ella una compradora potencial y puso en el mostrador de cristal accesorios de todo tipo que Candy empezó a admirar y a descartar. Para mí no era algo emocionante, pero estaba acostumbrado a la situación gracias a mi bendita madre. Miré el lugar otra vez, si Candy elegía algo, recomendaría la tienda a Rosemary.
Me apoyé en el mostrador de cristal sin hacer mucha presión y observé lo que contenía. Me llamó la atención una colección de dijes con curiosas y arbitrarias figuras; había un micrófono, un celular, una laptop y otras tantas siluetas diminutas con alguna piedra todavía más pequeña, incrustada. Vi una zapatilla y me reí ante la ironía, iba a mostrársela a mi Cenicienta cuando observé mejor y encontré un automóvil.
La vendedora, que no perdía detalle de ninguno de los dos, sacó la bandeja donde estaban los dijes que yo observaba y la puso frente a mí. Asentí en agradecimiento y tomé sin dudar el dije del auto.
—Mira esto —dije a Candy.
Ella levantó la vista de los brazaletes que veía y se acercó a mí, que sostenía el dije por lo alto para que ella lo viera. Candy lo recargó en su palma y sonrió ampliamente al reconocer la figura, sus ojos brillaron y me lanzó una cómplice mirada.
—Es hermoso —dijo observando el detalle de la pequeña piedra incrustada en la figura en el lugar de la manija de la puerta.
—Déjame probártelo —pedí y Candy me dio la espalda, manteniendo su cabello en alto para que rodeara su cuello con el colgante; este cayó sobre su cuello y la vendedora le pasó un espejo para que se viera—. ¿Te gusta? —pregunté y ella asintió con su peculiar sonrisa.
—Es perfecto, bastante apropiado después de todo lo que hemos vivido a bordo de tu auto.
—Nos lo llevamos —dije a la encargada y ella asintió.
—Su novio tiene buen gusto, el dije es parte de la primera colección de una artista local, todas sus piezas son hechas a mano y en plata pura —nos explicó mientras hacía el cobro y Candy me miró con burla. La vendedora era buena y aunque hubiera elegido la peor pieza de la tienda, ella habría alabado mi buen gusto.
—Gracias, Anthony, es hermoso —dijo Candy cuando salimos de la tienda—. Prometo usarlo siempre —agregó plantándome un beso en los labios, uno que yo profundicé hasta tenerla refugiada en mis brazos.
El resto del fin de semana seguimos juntos en el departamento de Candy. Charlamos, comimos, vimos películas, tuvimos sexo, jugamos póker y esta vez la despojé de toda su fortuna, es decir, de cada pieza de ropa que llevaba puesta. Nos acurrucamos en su sofá donde seguimos haciendo el amor con caricias en la espalda, besos en la frente, miradas silenciosas y gemidos al oído.
—No puedo creer que te tengas que ir —se quejó Candy el domingo por la noche cuando nos despedíamos en la puerta de su apartamento.
Me tenía rodeado por el cuello y dejaba caer todo su peso hacia abajo para hacerme más difícil soltarla. La sujeté con firmeza hasta cargarla y hacer que rodeara mi cintura con ambas piernas. Candy se rio en mi cara y se aferró a mí.
Nunca iba a poder salir de aquí y tampoco es que quisiera hacerlo.
—Te veré mañana, hermosa —dije cuando la tuve segura en mis brazos. Ella hizo un puchero, renuente a dejarme ir—. Anda, dame un beso.
Los labios de Candy se estamparon en los míos en un beso largo y profundo y nos perdimos en el baile de nuestras bocas y nuestros cuerpos unidos el uno al otro; no importaba cuán cerca la tuviera, siempre quería y necesitaba sentirla más cerca de mí.
Los días pasaron uno tras otro en un pestañeo. El trabajo se acumuló para ambos y a veces nuestras comidas o mensajes se reducían a quejas de nuestras áreas y a planes no concretados de tomar las llaves del auto y salir a carretera sin rumbo fijo. Sin embargo, los planes que sí llevábamos a cabo eran los de encerrarnos en casa, ya fuera en la de ella o la mía, y hacer el amor una y otra vez.
Había descubierto el lado más erótico, sensual y sexual de Candy. Le gustaban los besos en el cuello mientras veíamos televisión, la impacientaban los caminos de vuelta a casa cuando la urgencia por ser uno solo era abrumadora, la excitaba correrse en mi boca y después llegar juntos al orgasmo, conmigo dentro de ella. Era una dormilona olímpica, pero le encantaba despertar en la madrugada para volver a hacer el amor y levantarse sin remordimiento por la mañana para ir al trabajo. Le gustaba dormir acurrucada en mis brazos y que le preparara el desayuno; no había vuelto a hablar dormida, pero estaba seguro de que me había oído roncar porque una noche desperté por un codazo en el costado.
Ahora también sabía que podía llamarla de varias formas cariñosas, pero no le gustaba que le dijera princesa.
—No quiero ser princesa —dijo una madrugada en la que después de hacer el amor y haberla llamado así, se removía debajo de mí.
—¿Entonces? —pregunté besando su mejilla para llamar su atención y hacer que me mirara.
Funcionó. Sus ojos verdes me miraron con un dejo de culpa y los brazos casi me fallaron, pero logré no aplastarla con mi peso.
—¿Solo… Candy? —pidió en un murmullo.
Me sorprendió su actitud y su petición, pero no le hice preguntas y tampoco ahondé en el tema. La súplica en sus ojos me desarmó y solo pude sonreírle.
—Solo Candy —repetí—. ¿Mi Candy?
Me hice a un lado para acostarme en la cama y ella se acunó en mis brazos.
—Tuya, Anthony —murmuró poco antes de cerrar los ojos y soltar un suspiro.
En cuanto a mí, me encantaba ella. Su rostro al llegar al orgasmo era algo que no olvidaría, así viviera mil años, verla de rodillas en la cama con mi camisa puesta o totalmente desnuda eran las veces que me dejaba hipnotizado y me hacía sentir el hombre más afortunado del mundo por confiar en mí y presentarme su cuerpo así, sin velos.
Mi chica desbordaba pasión y afecto. Se había tomado muy en serio mis jaquecas y aparte de mis analgésicos tenía ya una lista de remedios naturales para reducirlas; la esencia de menta era mi favorita, sobre todo porque incluía un masaje en mis sienes hecho por ella misma y debo admitir que, más de una vez, me alegré del dolor.
En la oficina sospechaban algo, pero nosotros no decíamos nada y éramos discretos en nuestras muestras de afecto (salvo algunas veces en el ascensor), tan discretos que, a veces, bromeábamos de la veracidad de nuestra relación.
Pero esto era porque ambos sabíamos que no necesitábamos hacer un anuncio público sobre nuestro noviazgo porque no importaba a nadie más que nosotros, pero tampoco queríamos escondernos más. Si la gente lo deducía, bien.
Incluso Elisa había dejado el tema por la paz y hasta su eficacia en la oficina había incrementado, lo que me dio más tranquilidad para concluir con el proyecto de los orfanatos y dar el paso final, las transacciones.
Candy, Stear de Contabilidad y yo estábamos en la sala de juntas principal del edificio. Era nuestro segundo día de depósitos y, mientras él y yo hacíamos cada transferencia bancaria, Candy enviaba la información de inmediato al orfanato correspondiente por correo electrónico.
—¿Están seguros de que ya terminamos? —preguntó Stear al hacer la última transferencia y recargarse en el respaldo de la silla.
—Sí, el San Pablo era el último —respondí revisando por tercera vez mi lista.
—Y ya lo saben —agregó Candy con emoción al pulsar por última vez la tecla de enviar.
Stear cerró su laptop de golpe y miró su reloj, era la hora de comer.
—Felicidades, chicos —dijo estrechando la mano de cada uno—. No es la primera vez que hago esto y puedo decirles que han hecho un trabajo admirable. Esos niños se lo merecen.
—Gracias por tu ayuda, Stear —dijo Candy—, tú hiciste la parte más importante.
—Un placer —asintió Stear y yo también le agradecí su tiempo—. Ahora, me voy, tal vez alcance a Patty para comer. Si llega tarde, la cubres —dijo a Candy y le guiñó un ojo.
Candy rio y asintió.
Yo sabía, gracias a Candy, que Stear y su compañera Patricia eran novios desde la fiesta de disfraces y, por lo que había visto estos dos días, podía notar lo enamorado que estaba. Supongo que esa noche fue de suerte para todos.
—¡Al fin terminamos! —exclamó Candy cuando Stear salió de la sala de juntas. Se sentó a mi lado y tomé sus manos.
—Sabía que lo lograríamos —respondí besando su mano—. Felicidades.
Candy miró hacia la puerta y al ver el pasillo vacío se lanzó a mis brazos.
—Felicidades a ti también —añadió por lo bajo.
Candy estaba emocionada, era la primera vez que ella participaba directamente en este proyecto y, a estas alturas, yo sabía lo importante que era para ella y todo el empeño que había, habíamos, puesto en ello. Recordé nuestra primera reunión, en esta misma sala y cómo nos habíamos propuesto ser los mejores administradores de recursos de la empresa; hasta ahora habíamos logrado eso y algo más. ¿Quién iba decir que después de todo este tiempo terminaríamos así?
—¿Ahora qué haremos para reunirnos en horas de trabajo? —preguntó con un tierno puchero al curvar sus labios.
—No lo sé, habrá que pensar en algo. —Me acerqué a ella para besarla—. Y pronto.
C & A
