Advertencia: El siguiente capítulo contiene escenas de violencia y sexualidad
La cenicienta equivocada
13
Para siempre
POV: Anthony
El informe semestral por áreas llegó y toda la empresa estaba bajo mucha presión. Mi jefe, que se encargaba más que nada de la Logística internacional, me había confiado un año más la preparación de nuestro informe ante la Mesa Directiva, y de los tres intensos días que le esperaban al señor Andley en la sala de juntas, a mí me tocaba presentar en el primero, junto con otras cuatro o cinco áreas. También tenía una presentación el último día al lado de Candy para informar sobre el proyecto de los orfanatos, pero eso todavía estaba por confirmarse.
Aquella mañana la sala de juntas estaba ya preparada con todo lo necesario. Llegué temprano, pero no fui el primero y me puse a charlar con el director de Recursos Humanos que también debía estar presente los tres días.
Las puertas de la sala estaban abiertas de par en par y se veía a la perfección quién salía del ascensor. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no ignorar lo que decía el hombre que charlaba conmigo cuando Candy atravesó las puertas de metal y su risa, mezclada con la de su acompañante, llegó hasta nosotros.
Candy caminaba a la par que su prima Susana, quienes como accionistas formaban parte de la junta directiva y debían estar presentes en las reuniones de este tipo. Candy no estaba muy feliz con ello, pues decía que le costaba trabajo estar sentada tanto tiempo y concentrarse, pero no era la primera vez que lo hacía, aunque sí la primera en la que me oiría presentar, al igual que su prima.
Las vi caminar lado a lado y las semejanzas salieron a flote. Eran primas, pero la genética era fuerte y su parecido era increíble; el mismo tono de piel y cabello, al igual que una complexión similar y la forma del cuerpo; las piernas largas y torneadas y las caderas anchas y resaltadas por las curvas de la cintura.
Sin embargo, una ligera diferencia de estatura hacía a Susana Andley más alta y la forma en que su largo cabello rubio y lacio caía sobre sus hombros la hacía parecer más grande que Candy, quien con sus apretados rizos y casi nada de maquillaje se veía algunos años más joven de lo que era. No había duda de que Susana Andley era una mujer hermosa, las curvas de su delgado cuerpo tenían una cadencia elegante, aunque su andar denotaba cierto sigilo, como si caminara de puntas por la vida.
¡Pero qué idioteces estaba pensando!
¿Cómo me atrevía a mirar a la prima de mi novia con tanto descaro?
—Buenos días —saludó Candy a todos los que ya nos enontrábamos presentes y un coro de respuesta resonó por el lugar. Su prima también nos dio los buenos días y señaló las sillas que estaban frente a mí y al director de Recursos Humanos.
Candy se sentó justo frente a mí y la silla de su lado izquierdo quedó vacía; me lanzó una discreta sonrisa cuando abrió su laptop. Asentí con discreción y culpa por haberme fijado tanto en su prima y también abrí mi computadora.
El señor Andley, acompañado de un par de directivos más y el abogado Johnson entraron unos minutos después, cuando ya todos estábamos listos para iniciar; nos saludó de manera general y a sus primas con un gesto en el hombro, nada exagerado, sólo familiar; tomó su lugar a la cabecera de la mesa y después de leer el orden del día dio inicio a la junta.
Uno de los directivos se decidió a dar un discurso sobre la importancia de nuestra presencia en la junta y el clásico discurso de que éramos una familia más que una empresa; hizo una broma con la que todos nos tuvimos que reír, incluso el señor Andley y, al voltear a ver a Candy, pude notar que ella y su prima estaban tomadas de la mano y se daban un apretón, comunicándose.
El primero en presentarse fue el director de Finanzas y en quien los Andley prestaban más atención. El hombre no había tenido la culpa del fraude de Benson años atrás, pero sentía un gran peso sobre los hombros para limpiar el nombre del área y mantener la confianza de la Junta en él y en su equipo.
Con todo eso, el hombre era un genio e hizo una presentación impecable y la manera en la que respondió las preguntas de la Junta también lo fue. Observé a Candy y la atención que puso a la presentación, tomó varias notas en su teclado y alternaba la vista entre su primo y el Power Point proyectado.
Debo admitir que Candy modo empresarial era bastante sexy.
Un trío de meseros entró después de esa primera presentación y nos sirvieron agua y café. Después era mi turno.
Proyecté mi presentación en la pantalla y me levanté de mi silla. Empecé a hablar apenas estuve en el extremo opuesto al señor Andley y expuse todo lo que mi área había logrado en el último semestre. Mis cifras eran buenas y los directivos asintieron cuando hablé sobre nuestras estrategias de seguridad en carretera para mantener la integridad de nuestros conductores y mercancía. Por suerte no tuve que hablar de la persecución en carretera a la que había expuesto a Candy porque ahí mismo me habría asesinado el señor Andley y con justa razón.
Respondí algunas preguntas sobre la relación entre mi área y Producción y uno de los directivos pidió que le enviara mi plan de seguridad para estudiarlo y, si yo estaba de acuerdo, compartirlo con una microempresa que había adquirido recientemente. Tuve que aceptar, pero el señor Andley bromeó con que era información privada de la empresa y que no se podía llevar mi estrategia así como así; argumento con el que yo estaba de acuerdo.
Estuviste increíble. ¡Felicidades!
Leí el mensaje de Candy una vez que la tercera presentación inició y al levantar la vista la descubrí mirándome ya.
Asentí con lentitud hacia ella y ambos volvimos la vista al director de Producción.
No sé si el hombre era aburrido para Candy o si su capacidad de atención se había agotado, porque cuando volví a verla parecía jugar con el cursor de su laptop y no prestaba atención a lo que el hombre decía. Su prima le dijo algo al oído y sólo así volvió la vista a la pantalla principal, pero sólo unos segundos.
No estás prestando atención.
Candy abrió los ojos cuando leyó mi mensaje y tiró de su computadora hacia ella.
¡Claro que sí! Quedé fascinada con la explicación de los materiales ecológicos.
No podía culparla, eso había sido aburrido.
Al término de su presentación, la Junta decidió no hacer preguntas y prometió agendar un recorrido por la fábrica la siguiente semana.
Tecnologías de la información era el área que hablaba su propio idioma y que desgraciadamente perdió la atención de algunos de los presentes. Hablaron de actualizaciones de software y pidieron voluntarios para hacer pruebas piloto, a lo que el departamento legal se ofreció y ahí mismo se pusieron a hablar de lo que harían.
Candy tenía los codos apoyados en la mesa y con su pulgar acariciaba su labio inferior, su mirada estaba fija en el vaso de agua y sus mejillas se movieron en una imperceptible sonrisa que sólo yo, que no podía dejar de verla, noté.
¿Se puede saber en qué piensas?
Parpadeó varias veces al leer mi mensaje y se enderezó en su asiento.
Trabajo…
¡Trabajo!
¿El trabajo te sonroja?
Se tapó la boca con una mano y me lanzó una mirada asesina por la que con gusto moriría.
Tú lo haces.
Pensaba…
[Borró el mensaje]
La presentación se reanudó, pero no presté mucha atención gracias al siguiente mensaje.
Pensaba en lo que hicimos anoche.
Me gustó.
Nunca me habían atado.
¡Demonios! ¿En serio estaba pensando en eso justo ahora?
Su traviesa mirada me siguió mientras yo vaciaba medio vaso de agua y sentí cómo me ponía duro con solo recordar a Candy atada a la cabecera de la cama con unas cuantas corbatas.
No es un pensamiento apropiado para…
[Borré el mensaje]
Podemos repetirlo.
Me gustaría y mucho, pero dijiste que tenías otras cosas en mente.
¿Me cuentas?
¿Ahora?
¿Tienes algo mejor que hacer?
Se hizo para atrás en su silla y tiró de su laptop hasta apoyarla en su regazo.
Yo estoy algo aburrida, ¿tú no?
Una foto de vista de una sola vez llegó a mi pantalla.
Candy se había tomado una foto justo delante de mí donde sólo se veía su escote y el inicio de sus senos, esas dos pequeñas frutas que idolatraba.
Dime que llevas sostén.
Tal vez…
Por Dios, Candy, haré que te corras con solo tocarte.
¿Cómo harás eso?
Me lanzó una mirada retadora y esperó mi respuesta.
Primero, te quitaré esa bonita falda que llevas y espero que esa blusa no sea tu favorita porque sus botones no sobrevivirán la noche.
Comprobaré si llevas sostén y si no, tendré que castigarte por descuidar lo que es mío.
Sus pupilas se dilataron al mirarme.
Sí, alguien tendría un castigo.
Ataré tus manos a tu espalda, tal vez use esta misma corbata.
Empezaré acariciando tus piernas y me entretendré con ese bonito lunar que tienes en el muslo izquierdo.
La vi removerse en su silla.
Querrás que beba de ti y suplicarás porque lo haga.
Pero subiré hasta tu vientre y poco a poco llegaré hasta tus pezones que estarán tan duros como ya lo están ahora.
Candy se cruzó de brazos y el subir y bajar de su pecho se hizo más evidente, tenía la respiración agitada y su rostro empezaba a tornarse rojo. Yo no estaba más relajado y si seguía, terminaría con un serio dolor de testículos.
¿Quieres que siga?
…
¿O vendrás conmigo durante el descanso?
Iré contigo.
Antes de la siguiente presentación el señor Andley pidió hacer una pausa de cuarenta minutos. Nos invitó a comer del buffet que se había instalado afuera y la mayoría de los presentes corrió por bocadillos.
Mi plan era levantarme al mismo tiempo que Candy, solo que las cosas no salieron como quería.
Susana Andley le dijo algo al oído a Candy y después le enseñó su teléfono. Candy ya tenía el ceño fruncido antes de ver la pantalla pero se hundió más después de ver o leer lo que fuera que su prima le hubiera enseñado.
Después de eso cuchichearon y se levantaron deprisa, saliendo directamente al ascensor. Estaba por escribirle un mensaje a Candy cuando el de ella llegó primero.
No me puedo quedar, vuelvo cuando reinicie la reunión.
Lo siento.
¿Necesitas ayuda?
Gracias, pero no. Te veo en un rato.
Los cuarenta minutos de descanso fueron eternos. Candy no aparecía por ningún lado y por la manera en la que había salido casi corriendo supuse que se trataba de alguna emergencia familiar, pero el señor Andley estaba tranquilo y eso me confundió más.
La junta reinició y Candy y su prima llegaron poco antes de que el señor Andley cerrara la puerta de la sala de juntas. Retomaron sus asientos y, como estudiantes que llegan tarde a una clase, pusieron toda su atención en quien hablaba.
Algo había pasado, de eso no había duda. Candy no dejaba de frotarse la oreja y, de cuando en cuando, revisaba su celular a hurtadillas de su prima.
Quise volver a preguntarle qué pasaba, pero no quería hostigarla y tuve que contener las ganas de levantarme y tomar su mano para que dejara de frotar su oreja que ya se estaba tornando roja.
Inyectados por la dosis de calorías del buffet, el último director de departamento en presentar su informe lo hizo en tiempo récord. Las preguntas de la Junta fueron breves y concretas, así que ya estábamos cerca del final.
—Gracias a todos por su tiempo y su dedicación —dijo el señor Andley—. Sé que ya queremos irnos, pero me gustaría aprovechar el tiempo que nos sobra y que ambos están presentes para adelantar el informe del proyecto en beneficio de orfanatos y casas hogar.
Candy y yo volteamos a ver al señor Andley y después intercambiamos una mirada. Era la primera vez que me veía desde que volvió.
—Tengo entendido que ya tienen su informe listo.
La voz de William Albert Andley no aceptaba réplicas y era básicamente una orden. Candy y yo nos miramos y nos levantamos al mismo tiempo. Busqué nuestra presentación en mi laptop y la proyecté en la pantalla principal.
Ella caminó erguida por el pasillo y yo la encontré desde el otro lado. Expusimos los puntos clave de nuestras investigaciones, las características de los orfanatos y los criterios para el reparto de las donaciones.
La primera parte era bastante técnica y yo expuse la mayoría de los datos, pero durante la segunda Candy empezó a hablar de las actividades de los orfanatos, sus necesidades, el personal y las dificultades con las que se topaban a veces en asuntos legales.
—El apoyo de Andley Decoration a estos lugares es invaluable, no se imaginan las muestras de agradecimiento por parte de todos, pero creo que podemos hacer más por estos lugares que solo dar dinero —dijo Candy antes de concluir—. Estos niños necesitan espacios seguros y diversos para su desarrollo, necesitan guías, mentores y programas que los hagan sentir parte de esta sociedad y no "cosas" que alguien no quiso. Muchos de estos lugares cuentan con psicólogos, pero no se dan a basto para escuchar y entender los problemas y heridas que cada niño trae consigo. Los niños entienden a la perfección su situación y el miedo de todos es nunca encontrar una familia y, por desgracia, es posible que nunca lo hagan; por eso creo que debemos ampliar nuestro programa y no solo hacer una donación anual.
Candy me miró y pasé a la siguiente parte de nuestro proyecto.
—Durante nuestras visitas a los orfanatos nos dimos cuenta de las necesidades de cada lugar y cómo muchas de ellas son sorteadas por sus directores muchas veces sin el conocimiento ni apoyo necesario —dije—. Un ejemplo es la casa hogar San Pablo que hace un tiempo perdió una certificación y tuvo que reubicar a varios niños que custodiaba porque el Sistema prohibía su estancia debido a un documento que no presentaron y que se tramitaba en un día. Le presentamos el caso al abogado Johnson y nos asesoró en el proceso. Ahora la casa hogar cuenta nuevamente con esa certificación, pero como este hay varios casos precisos que requieren asesoría jurídica.
Pasé a la siguiente diapositiva.
—La primera de nuestras propuestas es que el departamento legal de la empresa ofrezca esta asesoría a los orfanatos inscritos en nuestro programa. Los abogados no estarían obligados a hacerlo, solo quienes se ofrezcan como voluntarios, y aunque para los orfanatos será presentado como un trabajo pro-bono, el departamento de Finanzas ya nos ha instruido con una estrategia para absorber los gastos de nuestros abogados.
—En sus correos acaban de recibir la propuesta para su análisis —dijo Candy mirando a su primo que había hecho esa parte—. Nuestra segunda propuesta tiene que ver con un programa de acompañamiento para los niños. En Recursos Humanos nos explicaron que existen programas sociales para apadrinar a niños de bajos recursos o, en nuestro caso particular, huérfanos. Nosotros proponemos que los niños vengan a la empresa a recorridos guiados, que charlen con un equipo de voluntarios que se formará con el mismo personal de la empresa, aprobado por psicólogos, para que conozcan nuevas perspectivas, nuevas personas, mentores que los animen a encontrar su vocación, a afrontar sus miedos. ¿Quién sabe? Tal vez entre nosotros encuentren a alguien con una historia de vida similar que los motive.
Hicimos una pausa para que la Junta asimilara nuestras palabras. Hubo algunos asentimientos ligeros de cabeza y cruzamientos de brazos.
—Sabemos que trabajar al lado de niños es un tema delicado y que requiere de mucho cuidado; por eso proponemos un programa piloto con un grupo reducido de voluntarios, que sea aprobado por Recursos Humanos y capacitado por Servicios Sociales —expliqué.
—Nuestra meta es trabajar en este proyecto un par de años y si tenemos los resultados esperados —Candy me miró y después a sus primos—, crear una fundación que ayude a niños sin hogar.
Los siguientes minutos fueron un torbellino. La Junta hizo muchas preguntas, pero con cada respuesta que dábamos parecíamos convencerlos. Las áreas que nos habían auxiliado con la propuesta ahondaron en sus argumentos y aunque no logramos un sí definitivo, conseguimos que consideraran la propuesta y en unas semanas nos darían la respuesta.
El señor Andley felicitó a Candy y estrechó mi mano, dijo algo para convencer a los demás miembros de la Junta y Candy me miró con confianza, pues contábamos con el apoyo de su primo, la voz más importante dentro de los directivos.
—Me disculpo por haber acelerado su presentación, pero hoy es el único día en que todos los miembros de la Junta estarán presentes y quería que escucharan su propuesta. Es excelente, ingeniero, gracias —me dijo el señor Andley.
—Gracias por escuchar, espero que al menos una parte del proyecto pueda llevarse a cabo.
—Cuente con ello.
El señor Andley se despidió de nosotros y aunque estábamos rodeados de gente, podía decirse que Candy y yo nos quedamos solos. Ella dio un paso al costado y rozó mi mano con la suya.
—Eso salió bien —dijo con una sonrisa—. Si lo aprueban, ¿estás listo para pasar tardes enteras conmigo? —preguntó como si eso fuera un castigo.
— Bueno, era nuestro propósito, ¿no? —pregunté—, ¿qué tal si empezamos esta noche? —dije inclinándome un poco hacia ella.
El confiado rostro de Candy se tornó serio y balbuceó.
—Lo siento, Anthony, esta noche no puedo —contestó empezando a caminar hacia la salida de la sala. La seguí y llegamos al ascensor.
—Candy, ¿qué ocurre?, ¿tienes algún problema?, ¿puedo ayudarte en algo? —Presionó el botón para llamar al ascensor y me miró con el ceño fruncido—. Te ves preocupada, cuando volviste a la sala de juntas cambiaste.
—¡Ah, eso! —Se cruzó de brazos y habló como si la cosa no fuera importante—. No pasó nada, cosas de chicas —explicó buscando con la mirada a su prima que charlaba con un ejecutivo.
El ascensor abrió sus puertas y entramos seguidos de unas cuantas personas, así que nuestra charla terminó ahí y no pudimos hablar apropiadamente por días, pues el resto de la semana Candy se mostró esquiva conmigo, cancelando comidas y citas.
—Disculpa, Anthony, pero no estoy en la oficina, tuve que salir y no sé a qué hora regresaré —dijo al teléfono cuando la invité a comer—. Nos vemos mañana, ¿ok?
Sólo pude dejarla en su casa una noche y salió corriendo de mi auto con el pretexto de estar muy cansada.
—Se me cierran los ojos de sueño, será mejor que entre —dijo plantándome un beso fugaz en la comisura de la boca—. Hasta mañana.
Mañana, Candy no dejaba de postergar todo contacto para un mañana que no parecía llegar nunca.
Se me cruzaron por la cabeza mil razones para dar una explicación a su actitud, pero no podía hallarla. Tal vez estaba cansada por tanto trabajo, tal vez ya estaba hostigada por pasar tanto tiempo juntos, lo que era normal en una relación y necesitaba espacio, tal vez estaba reconsiderando lo nuestro.
No, no era eso. No quería creer que fuera eso porque eso significaba que había un problema entre nosotros y yo había sido lo bastante idiota como para pasarlo por alto.
El viernes de esa misma semana fue un borrón y cuenta nueva. Candy volvió a ser la misma de siempre, su sonrisa traviesa era imborrable, aunque notaba el cansancio en sus ojos. Al salir de la oficina fuimos a mi casa después de comprar la cena y algo más para el desayuno de la mañana siguiente.
—La ropa me está asfixiando —dijo en cuanto cruzamos la puerta—. ¿Puedo ponerme mi pijama antes de cenar? —preguntó con inocencia.
—Toma lo que quieras —respondí.
Las pijamas de Candy eran mis playeras, camisas y sudaderas y sí, se veían mucho mejor en ella que en mí. Esa noche eligió una de mis sudaderas que conservaba de la universidad, le cubría todo el cuerpo, dejando sólo sus piernas desnudas.
Cenamos y vimos un partido de baloncesto, pero antes de que este terminara, Candy se quedó dormida en el sofá. Mientras los comentaristas analizaban las jugadas, la observé hecha un ovillo, estaba profundamente dormida, pero su ceño se hundía y cada tanto frotaba la cabeza contra el cojín que la sostenía.
—¿Qué te ocurre? —murmuré al tiempo que me levantaba y la cargaba en brazos para llevarla a la cama. Abrió los ojos mientras la movía, pero no dijo nada y se dejó arropar como una niña pequeña. Me acosté a su lado minutos después y me quedé dormido de inmediato.
Una lejana música me despertó y me enderecé en la cama para identificar de dónde venía. Candy también la escuchó y se levantó agitada en busca de su teléfono que ya había sonado tres veces y era el que producía el insistente sonido. Lo sacó del interior de su chaqueta y respondió.
—¿Diga? —balbuceo adormilada—. Calma, Annie… ¡Dios! ¿ya viste qué hora es?
Hubo un silencio por parte de Candy y volteó a mirarme en medio de la oscuridad. Yo ya estaba sentado, esperando levantarme al pensar que se trataría de alguna emergencia.
—Estoy con Anthony, dame un minuto. — Caminó hacia la puerta, no sin antes decirme—: Ahora vuelvo.
La puerta quedó entreabierta y la luz de la lámpara de la sala llegó hasta la perilla. Candy hablaba en voz baja, pero podía escucharla.
—Deja de gritarme, Annie. Te lo expliqué todo en el correo… Lo sé, lo sé, pero ya lo hice y no hay marcha atrás… Sí, también lo sé, pero entiéndeme; además, ya no puedes hacer nada y no, no te estoy arruinando nada porque estás a tiempo de reorganizar.
Vino un nuevo silencio y después Candy empezó a responder con monosílabos, exasperada.
—Gracias por todo, Annie y… en verdad lo lamento, tenía muchas ganas de verte.
Pero qué estaba pasando, por qué Candy ya no vería a su amiga Annie si su viaje a Nueva York estaba a la vuelta de la esquina, ¿lo había cancelado?
—Hablamos luego, te quiero.
Candy no tardó en apagar la luz de la sala y volver a tientas a la habitación. Se acostó en silencio a mi lado y suspiró.
—¿Todo en orden? —pregunté sabiendo que no era así, pero no el motivo.
—Perdón por despertarte, Annie es noctámbula y trabaja mejor a estas horas.
Evadió mi pregunta y tiró de las sábanas para taparse hasta la barbilla, pero después se acomodó de costado viendo hacia mí.
—¿Me abrazas? —pidió en un murmullo que me revolvió el estómago.
Hice lo que deseaba y la envolví en mis brazos, ella se aferró con brazos y piernas a mí y dijo en voz baja descansa. Fingió dormir, pero sabía que estaba más despierta que nunca. Acaricié su espalda con lentitud y suspiró nuevamente.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —dije al cabo de unos segundos en los que sólo percibía la respiración de Candy, aunque en mis oídos retumbaba mi propio pulso acelerado—. Estamos juntos y aunque no pueda resolver tus problemas, no tienes que cargarlos sola.
La mano de Candy se crispó en mi brazo, su piel estaba fría a pesar de estar bajo las sábanas.
—Lo sé, es que… —Se apretó contra mí y calló.
—Háblame, Candy.
Echó la cabeza hacia atrás para poder hablar y, aunque la oscuridad lo impedía, poder darme la cara.
—Cancelé mi participación en el Congreso de Diseño —dijo sin más.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté confirmando mi sospecha.
Se aclaró la garganta y dijo con voz firme y a la defensiva.
—Porque usé el dinero que tenía destinado para eso y un poco más en otra cosa.
—¿En qué? —Hice que mi voz no sonara como un regaño. Candy no podía tener problemas de dinero y, en el remoto caso de que así fuera, yo podía haberla ayudado.
—Se lo di a Neil —contestó y un rastro de rabia se escuchó al pronunciar el nombre.
—¿Neil? ¿El novio de tu prima? —pregunté ya sin entender nada.
—Sí —dijo con resignación.
Mientras más me respondía con frases cortas y monosílabos, más historias macabras imaginaba. Sabía que Candy detestaba a ese hombre y la idea de que de alguna manera la estuviera chantajeando o que le hubiera hecho daño en el pasado me hizo hervir la sangre.
—¿Por qué, hermosa? —Besé su frente.
—Porque es un idiota y… no iba a dejar que otro hombre arruinara el cumpleaños de Susana.
—Candy, no entiendo lo que dices, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Es una larga historia, no… no vale la pena hablar de eso.
—Candy, es algo que te ha estado mortificando todos estos días, claro que vale la pena hablarlo.
Sus dedos tamborilearon sobre mi brazo. Seguí acariciando su espalda para relajarla y lograr que me contara qué la había tenido preocupada y esquiva estos días.
Estaba dudando, pero empezó a hablar.
—El día de la junta, cuando Susana y yo salimos, fue porque Neil le dijo en un mensaje que tenían que cancelar el viaje que habían planeado para el cumpleaños de ella, es mañana —dijo—. Verás, los cumpleaños son algo importante para Susana y él iba a arruinar su día especial con el pretexto de que justo este fin de semana tenía que reunirse con un posible inversor para su compañía; apenas está empezando y necesita capital.
—¿Le diste el dinero para su empresa?
—Y para el viaje de Susana —admitió.
—¿Cuánto le diste?
—No importa, lo que importa es que esta noche Susana va en avión a Florida y tendrá un feliz cumpleaños.
No, claro que importaba.
—Usaste todo tu dinero para dárselo a Neil, debe ser un excelente negocio si te volviste su socia y sacrificaste tu participación en el Congreso.
—Nunca sería su socia, le hice un préstamo —aclaró—. Y no es la primera vez que no asisto, el próximo año lo puedo intentar. La tercera es la vencida, ¿no?
—Candy, llama a Annie y dile que irás. Yo puedo…
—No, Anthony, gracias, pero no lo aceptaría. —Se removió en la cama y estiró las piernas para zafarse de las mías—. Además, ya cancelé con el comité organizador y pensarán que estoy jugando si vuelvo a decirles que me acepten.
—Pero, Candy…
—Pero nada, ya lo hice y… la verdad es que por eso no dije nada a nadie estos días, para no cargar a nadie con mis problemas.
—Pero tú cargas con el de tu prima.
—Es diferente —respondió molesta.
—¿Por qué?
—Ya te dije, el cumpleaños de Susana es algo delicado, no sólo para ella, sino para toda la familia y nadie lo ha arruinado en años, Neil no sería la excepción.
Era claro que no la haría cambiar de opinión.
—Dijiste que otro hombre ya lo hizo, ¿quién fue? —Quería entender por qué Candy protegía tanto a su prima y necesitaba descartar un sinfín de posibilidades que pudieron haberla dañado.
—Su padre.
Ya no podía preguntar más, y Candy estaba tan esquiva que supuse que la conversación terminaría ahí o con un tajante "no te metas en asuntos familiares" por parte de ella.
—Era un hombre malo y lo demostró de la peor manera posible.
—¿Quieres contarme?
Los silencios cada vez eran más largos. Oí cómo Candy tragaba saliva y se aclaraba la garganta; después sus palabras se desbordaron como un río después de una fuerte tormenta.
—Teníamos seis años, Susana cumplía siete antes que yo y mi tía organizó una fiesta enorme para ella. Estábamos obsesionadas con las princesas y ese fue el tema de la fiesta, teníamos nuestros vestidos, juguetes, pastel, juegos, todo sobre el tema.
«Ese día mi tía nos recogió antes de la escuela para llegar a tiempo al salón que había rentado y ponernos nuestros vestidos. Nos llevó a su casa y Susana y yo nos la pasamos jugando en su habitación. Sacamos muñecas, ropa, juegos de té y hasta un juego de herramientas que le habíamos robado a Albert y que escondíamos en su casa.
Soltó una risita.
—¡Ya no recordaba eso! Fue su regalo de Navidad y nosotras nos enojamos porque él recibió herramienta como la que usaba el abuelo y a nosotras nos habían regalado una casa de muñecas a cada una.
«Después de un rato, mi tía salió a atender una emergencia de la fiesta, dijo que no tardaba y nos dejó solas. Mi mamá tenía que llegar en un rato para irnos juntas al salón.
«Susana y yo seguimos jugando y después de un rato oímos la puerta abrirse, luego risas y pensamos que era mi tía, pero no fue así. Después la puerta de la habitación principal se azotó y Susana dijo que su papá había llegado. Salió corriendo a verlo y…
Candy guardó silencio y se estiró en la cama, dejó de abrazarme y encogió los brazos a la altura de su pecho, protegiéndose.
—Él llegó ebrio y acompañado de su amante. Se olvidó por completo de que era el cumpleaños de su hija y bueno… Susana lo vio en la cama de su madre con otra mujer. Ella se asustó de lo que vio y corrió de vuelta al cuarto donde yo seguía jugando sin saber qué pasaba.
«Su padre la escuchó y corrió detrás de ella, gritándole que volviera. Susana cerró la puerta y puso el seguro. Nunca podré olvidar el pánico y la confusión de su cara.
«Él empezó a azotar la puerta, a tirar de la perilla y a gritarle con más rabia que abriera o se iba a arrepentir. Era una bestia capaz de todo que no paraba de amenazar, de golpear la puerta. Dijo que lastimaría a mi tía si Susana no abría y que sería su culpa.
Candy se llevó la mano a la oreja y empezó a frotarla con violencia. Había encontrado el origen de su tic nervioso y se me hizo un agujero en el pecho al imaginar a una niña de cabellos rizados oyendo esa clase de amenazas.
Su cuerpo ya estaba temblando y la abracé, abracé a la mujer que tenía al lado y abracé a la niña que había sido y que ahora hablaba con las voz quebrada y que, presa del pánico, revivía una escena de violencia.
—¿Entró? —pregunté con un nudo en la garganta al imaginar lo que ese animal pudo hacerles—. ¿Te hizo daño?
Tomé la mano de Candy que seguía maltratando su oreja y acaricié su dorso, la puse sobre mi pecho y me concentré en su oreja con leves caricias, sin presionar su piel.
—No, no pudo entrar. Yo no sabía qué pasaba, pero jalé a Susana de la mano y nos metimos al armario, cerramos la puerta y nos abrazamos como si con eso pudiéramos protegernos.
«Susana no dejaba de llorar y yo también empecé a hacerlo. Le dije que todo iba a estar bien sin saber cómo eso sería posible.
La voz de Candy se quebró y las lágrimas empezaron a brotar. Tardó unos minutos en poder hablar de nuevo y se disculpó cuando limpié su cara con mi playera.
—De un momento a otro los golpes se detuvieron. Mi mamá y mi tía llegaron, vieron a la amante salir corriendo y entendieron lo que pasaba. Entre las dos lo sacaron de la casa y nos convencieron de salir del armario. Me aventé a los brazos de mi mamá y lloré como nunca antes porque cada vez que él decía "lastimaré a tu madre" creía que me lo decía a mí y yo no quería que le hiciera daño.
El cuerpo de Candy se agitaba, estaba llorando tanto que el aire no le llegaba a los pulmones y no pudo hablar más.
Yo no quería soltarla, así que limpié otra vez su rostro con mi playera y la atraje hacia mí para que llorara todo lo que quisiera. Lo que me estaba contando era un trauma terrible, un acto ruin para cualquier hombre. ¿Amenazar a una niña?
Al imaginar que el tipo pudo haber entrado y darse cuenta de que Candy también estaba ahí, hizo que el aire también me faltara, pero no me presté atención, solo podía sentir el cuerpo de Candy gimiendo y llorando.
—Lo primero que hicieron fue sacarnos de ahí y llevarnos a mi casa. Mis papás y yo vivíamos con mis abuelos y cuando llegamos ya todos estaban ahí, mi papá, mi tío William que es el papá de Albert y su esposa, junto con mi primo.
«Les contamos lo que había pasado y mi papá y mi tío no tardaron en ir a buscar al padre de Susana. Le dieron una paliza. Mi papá estaba furioso por lo que tuve que pasar que no se contuvo. También lo amenazaron con que no se acercara ni a Susana ni a su madre.
No podía estar más de acuerdo con la actitud de su padre. Es algo que yo también haría sin dudarlo.
—Como te podrás imaginar, la fiesta de cumpleaños se canceló. Susana y mi tía se mudaron con nosotros un tiempo hasta encontrar una nueva casa porque ninguna quería volver a ese lugar y se sentían más seguras con todos nosotros mientras el juicio de divorcio se ejecutaba.
Seguía acariciando la oreja de Candy y su voz poco a poco se relajó, al igual que su cuerpo, pero aún había restos de tensión y la abracé con más fuerza, deseando meterla bajo mi piel para protegerla de todo, incluso de sus recuerdos.
—Al mes siguiente celebramos el cumpleaños de Susana en casa, solo con la familia, a pesar de que ella no quería hacerlo, pero mi tía la convenció. Le dijo que su vida era el regalo más bonito que había recibido y que merecía ser celebrado siempre.
«A partir de ese año el cumpleaños de mi prima es como una fecha sagrada para la familia. Todos querían borrar el trauma que le dejó ese día que empezamos a hacer fiestas increíbles para ella hasta que poco a poco ella volvió a amar su cumpleaños y ahora es la persona en el mundo que más adora esa fecha.
Ahora todo estaba claro, ahora entendía por qué Candy le había dado todo su dinero al tal Neil para que la llevara de viaje y Susana no creyera que era un patán igual a su padre.
Lo entendía, pero seguía sin gustarme la parte en la que Candy sacrificaba su propia felicidad, su viaje y sus ahorros. Tampoco me convencía el hecho de que se concentrara tanto en el trauma de su prima y dejara de lado el suyo. Ella había vivido lo mismo que Susana, había escuchado las mismas palabras, las mismas amenazas y estuvo a nada de ver a ese cerdo teniendo sexo. Ella y su familia se habían concentrado en hacer sentir mejor a Susana con el paso del tiempo, pero qué habían hecho por ella.
—Lamento que tuvieras que atravesar por algo así, nadie merece ser lastimado de esa forma.
Un atropellado suspiro, señal de que había llorado demasiado, salió de su pecho.
—No, pero las cosas mejoraron para Susana y mi tía con el paso del tiempo.
—Hermosa, hablo de ti —recalqué—. Lo que tú escuchaste, lo que tú temiste en esos momentos no es justo. Desearía poder hacer algo para que esto dejara de dolerte —dije con impotencia.
—Lo hiciste al escucharme, Anthony —dijo en voz baja y firme—, gracias.
Apoyó su frente en mi pecho y la oí sonreír.
—Mira cómo te he puesto la ropa —dijo al sentir lo mojada que estaba.
—No es nada. ¿Quieres que te traiga algo de tomar?, ¿un poco de té?
—Sólo agua, por favor —pidió.
Me levanté con cuidado de no romper con brusquedad el abrazo y fui a la cocina por agua tibia; volví al lado de Candy y la encontré sentada en la cama, con la luz encendida. Bebió sin prisa y me devolvió el vaso vacío.
—Gracias.
Me senté a su lado y la abracé de nuevo; ella se acomodó y tomó mi mano.
—¿Puedo preguntarte algo más?
—Dime.
—¿Alguna vez volviste a ver al padre de Susana?
—De niña, no —contestó haciendo memoria—. Recuerdo que su abogado quería que Susana y yo testificáramos sobre lo que había pasado, pero no lo hicimos, al menos no frente a él. —Se limpió la mejilla y siguió—. Le dijimos a Servicios Sociales lo que había pasado y a alguien más, no estoy segura si era un policía o un abogado.
—¿No hablaron con un psicólogo?
—No, debimos hacerlo pero… creo que… mi abuelo se encargó de esa parte. Ahora que lo mencionas, después de lo que ocurrió, él pasaba con nosotras más tiempo, sobre todo conmigo porque Susana era más apegada con la abuela, pero él me llevaba consigo a todas partes… a la fábrica, a su taller, a la oficina, a los orfanatos donde ayudaba. Creo que no había nadie mejor que él para ayudarnos a superarlo.
Fue la primera sonrisa genuina de la noche, siempre que Candy hablaba de su abuelo su rostro se iluminaba de una manera especial, sus ojos se entrecerraban y brillaban, mientras que su voz se emocionaba al contarme sobre él.
—Ojalá lo hubieras conocido —dijo sonrojándose de inmediato.
—Me habría encantado —admití—. Candy… dijiste que de niña no volviste a ver a ese hombre, entonces…
—¡Ah, sí! Cuando Susana cumplió 18 años, lo primero que hizo fue iniciar un juicio para quitarse el apellido de él; ahora ella sólo lleva el Andley y no el Marlow. Cuando él se enteró, la buscó a la salida de la escuela a la que íbamos; después de que ella lo mandó al diablo, no lo volví a ver —contestó con calma en su rostro y en su voz.
Ya se sentía mejor y eso me tranquilizó.
—Candy, ¿puedo besarte? —pregunté tomando su mano.
—No necesitas pedirme permiso para eso, Anthony.
—Esta noche sí —dije acariciando su mejilla con mi mano libre.
—Puedes hacerlo.
Acaricié su boca con mi pulgar y acerqué mi rostro; apenas toqué sus labios, intentando transmitirle con ese beso cuánto la quería, la admiraba y deseaba estar a su lado, en los buenos y malos recuerdos, en el presente y en el futuro. Candy me devolvió el beso con la misma delicadeza. Poco a poco me deslicé hasta la comisura de sus labios y besé la punta de su nariz. Candy rio con la alegría de una niña pequeña y se recostó en mi pecho. Poco a poco nos deslizamos en la cama hasta quedar acostados, fundidos en un abrazo.
—Anthony, escucho tu corazón —dijo Candy al cabo de un rato.
—Es tuyo, Candy. —Cubrí su mano con la mía y la dejé sobre mi pecho—. Ya no solo late por mí, también para ti.
—¡Oh, Anthony! —La vi a los ojos y noté toda una sinfonía de emociones—. Tú eres mi corazón.
—Te amo, Candy —dije por primera vez en el tiempo que llevábamos juntos—, te amo.
C & A
Hola, queridas lectoras, gracias por su tiempo al leer esta historia; espero que los capítulos les gustaran.
Gracias por sus comentarios a:
lemh2001: hola, ¿cómo estás? espero que hayas leído estos capítulos también sin interrupciones, como te gusta, y cómodamente; espero que los disfrutes. Bendiciones para ti también y un enorme abrazo.
Mayely Leon: hola, gracias por tus comentarios, espero que te siga gustando la historia. Un abrazo!
GeoMtzR: hola, ¿cómo estás? espero que todo vaya bien. Gracias como siempre por tus comentarios, no importa el orden jaja. Definitivamente tu colega Anthony es un experto planeando citas, se las sabe todas y Candy le corresponde con su cariño y su cuidado, tienes razón en que ella es un amor y lo procura como una buena pareja. El amor está en los pequeños detalles y en el día a día, así como me cuentas que haces con tu esposo, es algo muy bello.
Espero que estos dos capítulos de Anthony te gustaran y esclarezcan un poco el rumbo de la historia. Te mando un fuerte abrazo.
Marina777:hola, ¿cómo estás? muchas gracias por tus comentarios, Elisa parece haberse calmado y el "detallito" de la cenicienta parece ser el menor de los problemas por ahora, pero estallará la bomba, sólo que necesita más dinamita jaja. Te mando un fuerte abrazo y espero que estos capítulos te hayan gustado.
Julie-Andley-00: hola, nuestra pareja sigue creciendo y disfrutando de su relación, con sus altas y bajas. Gracias por comentar, te mando un abrazo.
Nos leemos pronto
Luna
