La cenicienta equivocada

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Las pequeñas cosas

POV: Candy

Despertar en los brazos de Anthony era el augurio para un buen día. Cuando yo abría los ojos primero me gustaba quedarme a su lado y verlo dormir; me encantaba su rostro apacible, su mandíbula delineada y relajada y sus labios, suaves y gruesos, entreabiertos. Hasta ahora, más de una vez lo había besado dormido y él ni se había dado cuenta, lo que me encantaba porque eso me hacía creer que estaba cómodo a mi lado, tanto como yo lo estaba.

Cuando él despertaba antes que yo era otra historia, en cuanto lo reconocía empezaba a reír como una boba y él se burlaba de lo nerviosa que me ponía; después me envolvía en sus brazos y me hacía cosquillas con su boca y sus manos por todo mi cuerpo. Una mañana desperté con sus labios entre mis muslos y segundos después llegué al cielo, cortesía del viaje que me regaló su boca.

Anthony era un amante en toda la extensión de la palabra, con él tenía sexo y amor al mismo tiempo; siempre era atento y se aseguraba de que yo disfrutara cada uno de nuestros encuentros. A su lado había descubierto una parte de mí que no creí tener, o que nadie antes había despertado. La pasión que Anthony activaba en mí era abrumadora, deseaba su tacto, deseaba sus besos, deseaba sentirlo en mi interior; añoraba tocar cada centímetro de su piel, escuchar su respiración agitada y cuando gemía en mi oído ¡Dios!, era lo más sensual que podía pasarme en la vida.

El cariño que Anthony me demostraba era igual de intenso y delicado. Me proporcionaba tanta seguridad que no dudé en contarle el incidente con el padre de Susana de hacía tantos años y del que nunca había hablado con alguien que no fuera de la familia.

A decir verdad, ni siquiera con ellos lo hablaba porque papá se ponía tan furioso al recordar que de inmediato la vena de su frente sobresalía; mi mamá no se quedaba atrás y su voz se trababa llena de rabia, mientras que mi tía se quedaba callada y después me pedía perdón.

Lo había hecho tantas veces que yo había optado por olvidar el hecho, sólo que no supe cuánto me afectaba todavía hasta que no dejé de llorar en los brazos de Anthony aquella madrugada en la que, en medio de la oscuridad, le conté todo. No dijo nada que yo no quisiera escuchar, no me dio un consejo innecesario, no hizo preguntas incómodas; me escuchó y me consoló como no sabía que lo necesitaba.

También fue comprensivo respecto a la decisión que había tomado de cancelar mi viaje a Nueva York y cuando le expliqué los detalles de mi trato con Neil me miró con orgullo y no condescendencia.

Mi préstamo a Neil iba acompañado de un contrato, una fecha de vencimiento y una tasa de interés lo bastante razonable para que empezara a trabajar de inmediato.

—Actué con el estómago, pero no soy tonta —dije mostrándole el contrato a Anthony—. Neil tiene que pagarme.

—Si no lo hace, ¿harás valer el contrato? —me preguntó sin leer con detenimiento el documento, no porque no le importara o no lo entendiera, sino porque respetaba mi privacidad.

—Espero no llegar a eso, pero sí.

Después de eso no volvimos a tocar el tema. Anthony dijo que me apoyaba en mis decisiones y me ofreció su ayuda en caso de que las cosas no salieran como yo las había planeado; es decir, si Neil no me pagaba y Susana se enteraba, lo que veía improbable pues Neil era un hombre orgulloso y primero se cortaría la lengua antes de aceptar que yo le había pagado sus vacaciones y salvado su empresa.

Suspiré ruidosamente y el toc toc sobre la mesa me hizo levantar la mirada.

—Casi te acabas el oxígeno de todo el lugar con ese suspiro —bromeó Susana al sentarse frente a mí.

—¡Qué exagerada! —Rodé los ojos y le hice una señal a la camarera para que tomara nuestra orden.

Susana había vuelto de su viaje a Florida con Neil, tenía la piel bronceada y una pasajera sensibilidad a la temperatura actual de la ciudad. Trajo regalos para todos, hasta para Anthony, quien recibió un imán para el refrigerador y me miró con el cejo hundido cuando se lo di, pues su departamento desbordaba minimalismo y el escandaloso souvenir descombinaba por completo; aun así me hizo agradecerle a mi prima y guardó el imán en el cajón de cubiertos.

—¿En qué pensabas? —me preguntó Susana después de hacer nuestro pedido—. Ni siquiera me viste por la ventana.

Mis mejillas se calentaron de inmediato y ella soltó un "mmm" burlón.

—¡No en lo que estás pensando! —repliqué de inmediato—. No del todo.

—¡Ajá! —se burló de nuevo—, pero si tienes esa cara de mujer satisfecha y bien atendida que reconocería hasta una monja.

—¡Susana! —grité y ella estalló en risas.

No se equivocaba, pero tampoco era para publicarlo en redes sociales.

Durante la comida que tuvimos me contó por milésima vez de su viaje y sugirió que un día tuviéramos una cita doble, Susana, Neil, Anthony y yo.

Mi risa delató mi respuesta negativa, ni loca pondría a Anthony en la misma mesa que Neil, ¡vaya! ni siquiera en el mismo establecimiento y menos ahora que sabía de mis "negocios" con él.

—¿Y nos arriesgamos a que Anthony te identifique como "ya sabes quién" y lo diga? —pregunté para molestarla y la molesta fui yo, aunque la sonrisa de Susana también se borró.

—Cierto… ¿cuándo dices que le contarás?

—Pronto, tengo un plan. —Miré en todas direcciones ya que estábamos en un restaurante cerca de la empresa y no quería oídos mensajeros. Por suerte, solo había una mujer en la mesa contigua y usaba unos enormes audífonos de diadema—. Quiero hacer un viaje con Anthony, nada costoso, pero lejos de la ciudad. Encontré unas cabañas que están a tres horas de aquí y se puede llegar en auto. —Saqué mi teléfono y le mostré la página web del lugar que había elegido—. Pienso contarle toda la verdad en un terreno neutral, un lugar que sea nuevo para ambos y que…

—¿Qué?

Dudé.

—En caso de que todo salga mal y Anthony me desprecie en cuanto sepa lo que hice, ambos podamos irnos separados.

Las palabras que pronuncié fueron amargas y la comida se me revolvió en el estómago. Me daba pánico la reacción de Anthony ante la verdad y, aunque tenía esperanzas en que comprendiera la situación, también estaba la posibilidad de que no quisiera saber nada más de mí y debía prepararme para todo.

Susana me miró con preocupación y fue a sentarse a mi lado; me tomó de la mano y después me abrazó.

—Quiero que todo salga bien para ti, Candy —me dijo después de un rato—. Estoy segura de que Anthony te ama y perdonará lo que hicimos porque, oye —rompió nuestro abrazo y me tomó del mentón para sostenerme la mirada—, esto lo hicimos juntas, no lo olvides. Yo te metí en esto y no te dejaré sola. Si Anthony necesita más explicaciones yo se las daré, te lo prometo.

Las palabras de Susana me dieron un gramo más de confianza.

Anthony me perdonaría, ¿verdad?


—¡Detengan el elevador! —grité después de cruzar la recepción y ver que las puertas estaban por cerrarse.

No podía llegar tarde.

Corrí por el piso encerado y casi brinqué al entrar en el elevador.

—Esto es un déjà vu.

—¡Anthony! —exclamé al verlo y pasé por alto la sonrisa burlona—. Por poco no llego. —Las puertas se cerraron y después de presionar el número de mi piso, lo besé. Él me rodeó la espalda con sus manos y me mantuvo cerca de él. Éramos los únicos en la pequeña caja de metal y espejos.

—¿De dónde vienes? —me preguntó acariciando mi caliente mejilla.

—De la cafetería —Respondí alzando mi vaso para hacerlo más evidente—. Tengo junta de creativos en veinte minutos y necesitaba cafeína, ¿quieres? —Agité el vaso de plástico y los hielos se revolvieron dentro. Anthony bebió del popote y me reí al ver su disgusto. La bebida tenía una tonelada de azúcar y poca cafeína, pero era la más vendida de la semana y quería probarla—. Veo que te gustó, ¿quieres quedártelo?

—No, por favor. —Echó la cabeza hacia atrás como si mi bebida fuera radioactiva y se recargó en la pared, tirando de mi cuerpo hacia él.

Anthony era un amante del café y lo que yo le había hecho probar no lo era.

Me apoyé de su hombro y el cuello de su camisa se movió.

—¡Ey! ¿qué tienes ahí? —Abrí un poco más la camisa y vi una enorme marca roja en su pecho.

—¿Esto? Me lo hiciste tú —respondió con toda calma.

—¡No es cierto! ¿Yo?

Intenté zafarme de los brazos de Anthony para inspeccionar la marca, pero él me retuvo y mi cadera chocó contra la suya, dura como concreto.

—¿Quién más me tuvo despierto toda la noche? —Su voz sonó grave y me causó escalofríos de esos que se sentían bien.

Deslizó su mano hasta mi espalda baja y la otra me retuvo por la nuca; su aliento chocó contra mi mejilla y cerré los ojos. Sus labios rondaron los míos sin llegar a besarme y mi traicionero cuerpo hizo el resto.

Busqué su boca y con la mano que tenía libre rodeé su cuello, atrayéndolo hacia mí para poder besarlo. Un golpecito en mi trasero me hizo gemir y derretirme como un terrón de azúcar en sus labios.

Ahora estaba más claro de dónde había salido esa marca en su pecho.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.

Nos soltamos de golpe, justo antes de que alguien entrara, pero…

—¡Lo siento, Anthony! —grité cuando derramé todo mi café sobre la camisa blanca de Anthony y después todo fue un caos.

La persona que entró al elevador se mantuvo en la esquina, lejos de nosotros y yo no dejaba de disculparme por la enorme mancha marrón que tenía Anthony encima.

—No pasa nada —decía él con calma. Tomó la servilleta que yo restregaba sobre su pecho para secarlo y empezó a hacerlo él.

—Pero mira cómo te dejé.

Consciente de que sería inapropiado que siguiera restregándole el pecho con alguien al lado, mantuve mis manos alejadas y sólo observé cómo Anthony se secaba y hundía la mejilla izquierda para no reírse.

—Tengo una camisa en la oficina, enseguida me cambio —dijo cuando llegamos a mi piso y las puertas se abrieron, pero no salí.

—Pues, cámbiate y dame esta para lavarla, es lo menos que puedo hacer.

Nuestro invitado nos miraba de reojo y seguramente para el final del día ya todos estarían hablando o especulando sobre lo que hacíamos Anthony y yo en el ascensor, pero ya no importaba.

Anthony aceptó y lo acompañé hasta su piso. Tiré mi vaso en el primer bote de basura que hallé y entré a la oficina donde estaba todo su equipo.

—¡Hola, Candy! —me saludó John con su habitual confianza.

—Ahora vuelvo —dijo Anthony entrando a su oficina con paso apresurado y sin pasar desapercibido para todos.

John me miró con un gesto de confusión.

—Me tropecé al entrar al elevador y regué mi café encima de Anthony —expliqué.

Más o menos así había pasado, ¿no?

John se rio y volvió la vista a su pantalla, pero si las miradas fueran puñales…

Elisa me miraba desde su escritorio y las teclas de su computadora empezaron a sonar con violencia. Anthony había resuelto las cosas con ella y había dicho que todo era normal entre ellos, pero nada le impedía querer asesinarme cada vez que me veía.

Yo nunca había peleado con una mujer por un hombre y estaba segura de que nunca lo haría, pero no por eso pasaba por alto los "sentimientos" de Elisa. Debía ser duro ver al hombre que te atrae de la mano de otra, porque Elisa sabía lo nuestro, de eso no había duda.

Incómoda por la penetrante mirada de Elisa, caminé hasta la puerta de Anthony y llamé dos veces.

—¡Pasa!

Entré deprisa y cerré la puerta como si alguien me viniera siguiendo.

Anthony estaba abrochando los últimos botones de su nueva y limpia camisa azul y el cuerpo se me hizo gelatina al verlo así. ¿En qué momento se le había alborotado el cabello?

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó burlón al notar que lo veía con descaro.

Me acerqué a él y lo abracé deslizando mis manos por su espalda.

—Me preguntaba cómo sería hacer el amor en tu oficina —le dije al oído.

Sí, nadie más que Anthony despertaba a la Candy lasciva.

Sus ojos brillaron con esa pasión que me ponía de rodillas y un segundo después ya estaba sentada en su escritorio con él entre mis piernas. Hundí la cara en su cuello para ahogar mi propia voz y su colonia me invadió la nariz. Deliciosa. Me besó el hombro y el lado del cuello que estaba a su alcance y su mano se coló por debajo de mi falda, apretando mi muslo y humedeciendo mi ropa interior.

—Tu junta —gruñó contra mi piel después de besarla con fuerza y casi vuelvo a gritar. Iba más retrasada que nunca, pero a mi cuerpo no le importaba y no se movió de su lugar; ahí era donde quería estar.

Eché para atrás la cabeza y abracé a Anthony por el cuello.

—No quiero ir —me quejé acercando mi rostro para besarlo.

—No vayas. —Anthony me atrajo más a su cuerpo y mi núcleo quedó totalmente a su merced. Besó muy suavemente mis mejillas y su aliento erizó mi nuca—. Quédate y que tus diseños se pospongan para la colección del otro año.

Abrí los ojos de golpe al tiempo que me echaba hacia atrás.

—Eso es chantaje —le recriminé a Anthony y aunque su sonrisa burlona persistía, sabía que tenía razón. Tenía que trabajar, por mucho que me gustara estar aquí.

Besó mi mentón y bajé del escritorio con su ayuda.

Me acomodé la falda y después pasé las manos por su cabello para peinarlo. Él hizo el resto.

—Tú también tienes junta hoy, ¿verdad? —Asintió—. Saldrás tarde. —Volvió a asentir y suspiré con resignación. Esta noche no nos veríamos—. En ese caso, me divertiré con esto. —Tomé su camisa sucia y guiñándole un ojo me dirigí a la puerta.

—Pecosa traviesa, ven acá —dijo en voz muy baja. La puerta estaba cerrada y las persianas abajo, pero nada aseguraba que con un tono más alto no nos escucharían.

Nos besamos por última vez y salí de su oficina aparentando una calma que ya estábamos acostumbrados a fingir.


En los últimos días Andley Decoration sufría de una terrible enfermedad llamada "juntitis". Todos los departamentos tenían juntas a todas horas. Susana estaba harta de las reuniones a las que convocaba su jefe y que podían resolverse con un par de correos electrónicos; Patty empezaba a odiar al supervisor de Stear porque desde hacía una semana que no podían comer juntos; Albert tenía un humor de perros con tanta videoconferencia y Anthony y yo no nos habíamos salvado de esa infección, como este día en que él tenía una reunión fuera de la empresa y no saldríamos juntos de la oficina. Sólo me envió un mensaje cuando salió y le deseé éxito; no supe más de él el resto del día.

Por fortuna mi junta no había sido tan larga como las de otros departamentos y ese día llegué a una hora decente a casa y con la energía suficiente para continuar con un proyecto personal al que ya solo le faltaba el último detalle.

Sentada en mi escritorio y con una caja de grafitos esparcidos por toda la superficie, recibí una llamada.

—¡Anthony!

—Hola, hermosa, ¿estás en casa?

—Sí, desde hace un buen rato.

—¿Puedo pasar a verte?

—¡Claro que sí! Háblame cuando llegues para abrirte.

—Es que ya estoy en tu puerta.

—¡Ahora voy!

Salté de mi banco y corrí a la puerta para abrir la principal. Minutos después Anthony estaba parado frente a mí. Llevaba el saco en la mano, la camisa desabotonada y tenía los ojos cansados y blindados por sus gafas.

Al estar a un paso de mí me tomó en sus brazos y hundió la cara en mi cuello. Me estiré cuanto pude para estar a su altura y lo abracé con fuerza, masajeando los músculos de su espalda. Me apretó más contra su cuerpo y juro que sentí todo su cansancio, su tensión y hartazgo traspasarse a mí. Mi pobre Anthony había tenido un día horrible.

Deslicé mis manos por su cabello y Anthony respiró con fuerza contra mi cuello.

—Perdón por venir así, pero te necesitaba.

Una familia de mariposas revoloteó en mi interior, haciéndome cosquillas en el corazón.

—Corazón, no tienes que disculparte, tuviste un día largo y me hace feliz que vengas a mí.

Era cierto, saber que Anthony me necesitaba, que quería estar a mi lado en los momentos en que todo era insoportable, me calentaba el corazón. Yo podía ser un refugio para Anthony como él lo era para mí.

Nos quedamos abrazados en el marco de la puerta todo el tiempo que él quiso. Solo oía la profundidad de su respiración y sentía la calidez de su mano a lo largo de mi espalda.

Me dio un beso en el cuello y se aclaró la garganta.

—Vine en reemplazo de mi camisa —dijo buscando mi mirada y sus cejas se levantaron juguetonamente.

—Llegas tarde, ya me divertí —bromeé alzando la barbilla para verlo mejor. Me apretó contra su pecho y sentí la dureza de este—. Es broma, está en la secadora.

Soltó un gutural y sensual sonido antes de besarme lentamente, tomando mi rostro entre sus grandes manos. Me aferré a él y lo dejé entrar en mi boca hasta que el ruido de su estómago me hizo romper el beso.

—No has comido en todo el día, ¿cierto? —lo reté y me devolvió una sonrisa cansada—. ¿Te gusta el pollo frito? —Asintió y su gesto me llenó de ternura—. Ven, lávate las manos y siéntate.

Tomé la mano de Anthony y después de cerrar la puerta, lo llevé hasta la cocina. Él se lavó las manos en el fregadero y después se sentó en la isla, se talló la cara y se pasó los dedos por el espeso cabello.

Nunca lo había visto tan cansado.

—¿Cómo estuvo la reunión?

—Tediosa. Se suponía que me reuniría sólo con el dueño de una línea de transporte, pero se juntaron tres. —Anthony apoyó su brazo en la isla de la cocina y levantó tres dedos—. Me tendieron una trampa, por así decirlo.

Abrí el refrigerador y saqué un par de refractarios con tapa, también una cerveza que puse frente a Anthony. La abrió en un segundo y dio un trago. Sí, ahora mi refrigerador tenía cervezas para Anthony.

—¿Qué querían? —pregunté.

—Negociar un aumento en las tarifas, pero lo que pedían estaba lejos del porcentaje que tengo autorizado y aunque pudiera dárselos, no lo aceptaría después de lo que hicieron. ¿Tenderme trampas a mí?

Bebió otro trago de cerveza y estiró el brazo para tomar un mantel individual y ponerlo en su lugar.

No podía explicar cuánto me gustaban estos momentos tan sencillos e íntimos entre nosotros, como si lleváramos una eternidad juntos.

—¿Puré o ensalada? —pregunté después de meter un par de piezas de pollo al horno de microondas para calentarlas.

—¿Ambos? —pidió igual que un chico que vuelve del fútbol y se muere de hambre.

Serví la mesa lo mejor que pude y empecé a preparar café. Cuando todo estuvo listo, lo puse delante de Anthony y me senté a su lado para que comiera.

Bebí mi café para acompañarlo y él comió con verdadero apetito, casi se terminó el puré y le calenté una tercera pieza de pollo.

Mientras comía me contó el arreglo al que había llegado con las empresas transportistas y que por unos meses no pedirían aumento. Le serví café y poco a poco noté cómo su tensión disminuía.

—Estuvo delicioso —dijo después de dejar sus platos en el fregadero—. Gracias, cariño.

—¡Ey! Deja eso y ven para acá —grité cuando vi que iba a lavar los platos sucios. No es que no quisiera que lo hiciera, pero parecía un zombi y no quería que se cansara más. Bajé de mi banco y caminé hasta él—. Hoy no —dije una vez que tuve sus manos afianzadas.

—¿Me quieres malacostumbrar? —preguntó levantando una ceja.

—Sólo quiero consentirte —respondí antes de besar su mentón, pues hasta ahí llegaba mi estatura.

Mover a Anthony de lugar era mover una montaña, su enorme cuerpo era pesado y más si oponía resistencia, pero lo empujé hasta llegar a la sala y entre risas caímos en el sofá.

Era una noche tranquila, demasiado ordinaria para algunos, pero para mí era perfecta. Tenía a Anthony a mi lado, buscábamos qué ver en la televisión y hablé de cuanta tontería se me ocurrió para distraerlo. Al cabo de un rato ya hablábamos de series y películas que podíamos ver el fin de semana.

Sentados en el sofá, Anthony acariciaba mis piernas y se concentraba en la película que habíamos elegido. Tenía ese agotamiento que no te permite dormir porque tu cerebro sigue trabajando horas extra y sólo estábamos esperando el momento en que sus ojos realmente se cerraran.

—Tengo algo para ti. —Bajé las piernas del sofá y sin darle tiempo a preguntas, corrí a mi escritorio y tomé aquello en lo que estuve trabajando por días. Volví a su lado y lo hice cerrar los ojos—. Pensaba dártelo cuanto estuviera realmente terminado, pero creo que ahora es el momento —dije sentándome sobre mis rodillas a su lado.

—¿Ya puedo abrir los ojos?

—No, promete que me dirás honestamente si te gusta o no —pedí con seriedad.

Antony levantó la mano en señal de juramento.

—Lo prometo.

—Está bien, ábrelos.

Anthony abrió los ojos y parpadeó un par de veces para enfocar el dibujo a lápiz que había hecho para él. Lo tomó con cuidado de las orillas y me miró con las cejas levantadas, sorprendido y creo que confundido por ser el personaje de mi retrato.

Se me ocurrió un día en que miraba mi galería de fotos y vi que estaba llena de fotos de Anthony, muchas las había tomado dentro de su auto así que siempre mostraba su perfil derecho y yo lo había memorizado no sólo con mis ojos, sino con mis manos; me encantaba delinear su perfil con mis dedos y después llenarlo de besos. Entonces quise hacer un retrato de él, uno que no le hacía justicia, pero era como yo lo veía siempre.

—Soy yo —dijo Anthony mirando a detalle el cuadro.

Solté una risa ronca.

—¿Te gusta? Admito que no soy la mejor retratista, pero creo que no está mal y…

—Es perfecto, Candy —me interrumpió Anthony y de inmediato se rio de sus palabras—. No es porque sea yo, sino que… es perfecto. —Abrió un brazo y me acurruqué en él para mirar juntos mi obra—. Nunca me veo tan sonriente en las fotos.

—Esta es la sonrisa que yo veo todos los días, natural, real.

No quería ser demasiado técnica en mi descripción y me guardé mis conocimientos de la regla de los tercios y la composición, así que dejé que Anthony evaluara su regalo.

En el cuadro resaltaba su perfil derecho, su sonrisa franca y su nariz bien definida, al igual que su mandíbula y la ligera marca de su mentón; su cabello había sido otro reto, pero se veía casi como lo tenía en ese preciso momento, abundante y alborotado en la justa medida.

—Quise hacerlo a color, pero no encontré ningún tono que le hiciera justicia a tus ojos.

Anthony tosió para ahogar una risa nerviosa.

El fondo no sobresalía porque no quería quitarle protagonismo a su rostro, pero sí se notaba la diferencia entre el cielo y un paisaje natural que había recreado con base en los que habíamos visto en nuestro viaje en tren al Hogar de Pony.

—¿Te gusta?

—Me encanta, hermosa. —Me besó la frente—. Eres una artista con mucho talento.

—Tuve una gran inspiración, pero ¿en serio, en serio te gusta?

Anthony rio.

—En serio, en serio —repitió.

Sonreí con satisfacción.

—Bueno, ahora dámelo. —Estiré la mano y Anthony alejó el dibujo de mí.

—Pero es mío —se quejó como si le hubiera robado toda su fortuna.

—Sí, pero aun no lo enmarco, por eso dije que todavía no estaba terminado. —Me estiré para alcanzar su brazo, pero Anthony era más largo que yo, así que me senté a horcajadas sobre él y recuperé el retrato—. Prometo que te lo daré.

—Pero antes de que lo enmarques debes firmarlo, es lo que hacen los artistas.

No lo negaré, me gustaba que me llamara artista.

—Lo haré y tal vez hasta escriba una dedicatoria —bromeé besando fugazmente sus labios.

Dejé el cuadro a un lado para no estropearlo y apoyé mis manos en el pecho de Anthony; me acerqué para besarlo y él me dejó hacer, sólo colocó sus manos en mis caderas para sostenerme y volvió a cerrar los ojos.

Dibujé un camino de besos por su rostro; su mentón, mejillas, la punta de su nariz, las comisuras de sus ojos y ese cejo que se hundía cuando estaba molesto.

Anthony apretó los ojos y agitó la cabeza sin decir palabra. El sueño había llegado.

—¿Vamos a dormir? —pregunté en voz baja y él asintió.

Anthony entró primero a mi habitación y se quitó la ropa, quedando sólo en calzoncillos. Tal vez era momento de comprarle una pijama para tenerla de reserva, o no.

Entramos juntos al baño y después de tomar nuestros cepillos de dientes les puso pasta dentífrica; me dio el mío y se colocó detrás de mí mientras nos cepillábamos; su mano libre se apoyó en mi cadera y le sonreí a su reflejo.

Ya en la habitación, Anthony se dejó caer en la cama con las manos detrás de la cabeza y cerró los ojos.

Esa era la pose para otro retrato.

Saqué de mi buró un aceite de menta que había comprado exclusivamente para las jaquecas de Anthony y me hinqué a su lado. Me llené los dedos con la esencia y empecé a masajear sus sienes. Abrió los ojos por un segundo y sonrió dejándome hacer lo mío, sólo bajó las manos de la cabeza y una la puso en mi regazo. Con los pulgares hice presión en una hendidura de las sienes y con los dedos medio y anular trabajé el inicio de su espeso cabello.

—Descansa, corazón, el día ya terminó.

Poco a poco Anthony se quedó dormido, su respiración se oía tranquila y su cuerpo estaba ya relajado.

Me froté las manos para deshacerme de los restos del aceite de menta y las olí, también era relajante para mí.

Acerqué mi rostro al de Anthony y besé su mejilla.

—Te amo, Anthony —murmuré.

Al estirar mi mano para apagar la luz, él abrió los ojos. Me tomó por la nuca y acercó mis labios a los suyos.

Me había escuchado.

—Yo también te amo, Candy.

*C & A*


¡FELICES FIESTAS!

Gracias a:

Marina777: Hola, espero que te encuentres bien; tienes razón en que Neil es una basura y no sólo un problema para Susana, sino también para Candy y quién sabe cómo repercuta esto en la actitud de Anthony en el futuro. Por lo pronto espero que este pequeño capítulo te haya gustado, es algo así como un break por la temporada festiva. Te mando un fuerte abrazo.

Julie-Andley-00: Hola, gracias como siempre. Espero que la historia te siga gustando. Saludos.

Cla1969: Hola, ya veremos si Candy puede hacer su viaje a Nueva York, por lo pronto parece que no, pero Anthony la apoya. Gracias por tu comentario y espero que este avance te gustara. Te mando un fuerte abrazo.

Mayely Leon: Hola, ¿será que a Anthony le gusta Susana? Esperemos que no. Gracias por tus comentarios. Saludos.

Lemh2001: Hola, qué gusto leer tus comentarios, en definitiva, la relación de Anthony y Candy es bastante contemporánea, pero espero que su esencia se mantenga. Anthony la apoya y ella también está ahí para él, aunque todavía no estalla la bomba y no sabemos cómo reaccionará Anthony. Por lo pronto dejo aquí este capítulo extra, tranquilo para la época. Mil gracias por leerme, te mando un fuerte abrazo.

GeoMtR: Hola, me alegra saber que ya estás mejor, deseo que sigas avanzando. Muchas gracias por tus comentarios, ojalá que este capítulo te gustara, un poco más de miel entre estos dos rubios. Por cierto, no te enojes (mucho) con Anthony, vio a Susana, pero no la miró, como dice Terry, aunque sí deberá tener más cuidado para no echar a perder las cosas con Candy que van muy bien, conociéndose y apoyándose, aunque a Anthony no le guste lo que hizo su novia por Susana, ella es así y las cosas tendrán un porqué, así que crucemos los dedos para que las entienda en su momento. Muchas gracias por leer, te mando un fuerte abrazo.

Maria Jose M: Hola, qué gusto leer tus comentarios. Rosemary debe estar orgullosa del caballero que es su retoño, aunque te haya hecho enojar que anduvo de mirón con la prima, pero no creo que pase de ahí. No le vayas a pegar, por favor jaja. Amé tu especificación de "casi" pedir que venga Terry al rescate de Susana, pero eso sí que no, ni en un millón de años lo hago sufrir con ella así que Susana tendrá que buscar consuelo con alguien más en caso de que las cosas con Neil se compliquen o conformarse con él. En fin, espero que te gustara este capítulo extra. Te mando un fuerte abrazo.

Mis mejores deseos para todas

Luna