La cenicienta equivocada

15

Las desgracias vienen en tres

POV: Anthony

—¿Estás lista, Candy? —pregunté en dirección a su habitación.

Era lunes y estábamos justos de tiempo para llegar a la oficina.

—¡Dos minutos!

La voz de Candy sonaba tan lejana que supuse que estaría metida en su armario buscando ropa y que dos minutos serían diez más.

Me recargue en la isla de la cocina y saqué mi teléfono para revisar la agenda del día, no había nada urgente pero tampoco sería un día tranquilo.

Después de más de dos minutos, Candy salió de la habitación abotonando todavía su blusa que ya había cambiado tres veces.

—¡Ya voy, ya voy! —cantó luchando contra el último ojal.

No pude evitar reírme, Candy se había quedado dormida después de que la alarma sonó y cuando se dio cuenta empezó a correr por toda la casa para recuperar el tiempo perdido. Corrió a tomar un baño, corrió para vestirse, corrió para preparar su bolsa y desayunó de pie porque volvió a su habitación a cambiarse de ropa. Parecía un personaje de caricatura a toda velocidad, yendo y viniendo.

Tal vez la culpa había sido mía, no debí tenerla despierta hasta la madrugada y cuando sonó primero mi alarma debí despertarla y no quedarme viéndola dormir.

—Lista. —Sonrió con satisfacción como si hubiera ganado una batalla y se llevó las manos a las caderas, victoriosa.

Tomé mis cosas del perchero y abrí la puerta para irnos. Se suponía que Candy estaría detrás de mí, pero cuando volteé a verla para que cerrara con llave estaba en la cocina todavía.

—Candy… —dije empezando a impacientarme por el retraso. Miré el reloj y más valía que la hora pico ya hubiera acabado o llegaríamos realmente tarde.

Candy estaba sirviendo café en un termo y corrió en su lugar haciendo ruido con sus tacones, como si con eso se apresurara. Dejó la cafetera sobre la mesa y se acomodó no uno, sino dos vasos en los brazos. En unos cuantos pasos llegó hasta la puerta y sostuvo en alto uno de los termos, a unos centímetros de mi cara.

—Para ti. —Sonriente me dio el vaso y lo tomé sin saber qué hacer. Me había tomado por sorpresa.

Miré mi vaso y luego el de ella, solo se diferenciaban en el color, y mientras ella sostenía el verde, yo tenía uno azul.

—Gracias —respondí contagiado por su sonrisa.

Solo era un termo, solo era café pero la idea de que tuviéramos vasos iguales y de que Candy se preocupara porque yo llevara café al trabajo me gustó.

Mi madre, cuando tiene que viajar, le prepara un desayuno especial a mi padre y lo comparten juntos. Es su ritual especial, una promesa entre ellos de reencontrarse y una inyección de tiempo juntos para soportar el que estarán separados.

Esto no era lo mismo, Candy y yo no íbamos a separarnos, íbamos en la misma dirección en más de una forma, pero se sentía igual al ritual de mis padres, se sentía como una promesa de reencontrarnos.

Candy me guiñó un ojo y me instó a salir con un beso en la mejilla. Cerró su departamento con llave y salimos de su edificio tomados de las manos.

En la entrada nos encontramos con su vecina, la señora Hudson, tirando de la correa de su pomerania llamada Mina que no dejaba de lloriquear para salir del edificio.

—Permítame. —Sostuve la puerta para que la señora Hudson saliera y ella, obligando a su cachorra a obedecer, se mantuvo cerca de nosotros.

—Gracias, querido. —Me sonrió y después miró a Candy con ambas cejas levantadas.

Candy se puso roja y le sonrió nerviosa.

Era claro que se desarrollaba una conversación entre ellas y yo no estaba incluido.

Mina ladró, desesperada por iniciar su paseo, y Candy y yo nos despedimos de la mujer en cuanto la acera fue visible.

—¿Qué fue lo de allá? —pregunté mientras le abría la puerta del auto a Candy.

Ella volvió a ponerse roja y tuve que contener el impulso de besarla en ese momento y volver a la cama con sus piernas rodeándome la cintura.

—Nada —respondió con inocente voz y entró al auto.

Cerré la puerta y rodeé para subir también.

—El otro día me dijo que eres uno de los buenos —declaró Candy en cuanto me subí—. Dijo que te cuidara porque si ella tuviera cincuenta años menos…

Se hundió en el asiento y se puso el cinturón de seguridad sin añadir nada más.

—Bueno, ni con cincuenta años menos —dije acercándome al rostro de Candy hasta acorralarlo contra el respaldo—. Mi corazón ya tiene dueña.

Candy parpadeó con rapidez y después rodó los ojos. Con cada segundo que pasaba se ponía más roja y más adorable.

—Bobo —me dijo antes de que la besara fugazmente.

Iniciamos el camino a la oficina y por la fluidez del tráfico supe que íbamos más que retrasados; no es que tuviéramos que firmar nuestra hora de entrada, pero no me gustaba llegar tarde, aunque, contradictoriamente, tampoco me molestaba mi retraso del día de hoy.

Miré a Candy de reojo mientras revisaba su aspecto frente al espejo. Era la mujer más hermosa que yo hubiera visto y si tenía que llegar tarde todos los días con tal de verla despertar cada mañana, bueno… con gusto me pasaría al equipo de los impuntuales.

Frené en un semáforo rojo y encendí la radio.

—¿Café? —Candy tomó mi vaso y me lo ofreció.

Bebí con ayuda de su mano y lo devolvió al posavasos.

—¿Te gustó?

—Muy rico.

Candy bufó.

—El vaso —aclaró.

—¡Ah! —Me hice el tonto y Candy me lanzó una mirada retadora—. Es igual al tuyo. —Asintió, complacida—. Gracias.

—No olvides traerlo de vuelta o no habrá más café —me advirtió cuando reanudamos la marcha.

—No, señora —dije burlón, pero con la firme promesa de volver.

Nos incorporamos a una avenida de alta velocidad, la última para llegar a la empresa.

Un vehículo me tocó el claxon para que avanzara, pero lo ignoré, volvió a hacerlo y nos rebasó. Hizo lo mismo con otros tres coches delante de nosotros y no tardamos en escuchar el rechinar de llantas y el golpe sordo de dos vehículos.

Pisé el freno y estiré el brazo hacia Candy para que el brusco movimiento no la hiciera rebotar.

—¿Estás bien? —pregunté mirándola de lado. Nosotros no habíamos chocado, pero no podía pensar en otra cosa que no fuera la seguridad de Candy.

—Sí. —Tomó mi mano que se mantenía frente a su pecho y la bajó hasta su pierna—. Sana y salva.

Sonrió y me dejó reposar la mano en su muslo.

Salimos del carril que no avanzaría debido al choque y el tráfico se hizo más lento.

Mi abuela solía decir que las desgracias siempre vienen en tres. Esta mañana ya habíamos salido tarde y ahora teníamos un accidente delante, sólo faltaba una desgracia más y escucharía su voz en mi cabeza diciendo "te lo dije".

Llegamos a la oficina y conduje directo a mi lugar de estacionamiento, a unos metros del elevador. Hasta el momento, sin más contratiempos, pero todavía era temprano para cantar victoria.

—Entonces, ¿te parece que haga la reservación para este fin de semana? —preguntó Candy mientras caminábamos en dirección al ascensor.

Desde el viernes Candy estaba insistiendo en que hiciéramos un corto viaje a las afueras de la ciudad. Había encontrado unas cabañas en renta donde había un programa de senderismo y un lago para pescar y navegar en bote.

Primero me había enseñado las cabañas y enumerado las comodidades y los desayunos especiales que servían. Después me mostró el camino en el GPS para que viera que no estaba lejos de la ciudad y remató pidiendo directamente que fuéramos al recurrir a su hermosa mirada verde, brillante y suplicante.

—¿Por qué tanta insistencia en ir? —pregunté enredándome en el dedo y rizo suelto de Candy.

Ella me miró con ilusión y suspiró.

—Lo sabrás cuando estemos allá.

El viaje no sería largo y no era una mala idea, así que había terminado por aceptar, con la condición de que yo pagaría todos los gastos. Candy había replicado que no estaba en quiebra, pero esa era mi condición para ir y ya que en serio quería viajar, no le quedó otra opción que aceptar.

—Hazla y pásame los datos para hacer el pago —dije mientras pulsaba los botones para nuestros pisos.

—Sí, señor —dijo imitando el tono que yo había usado minutos atrás.

Pecosa traviesa.

Mi teléfono vibró de inmediato con lo que le había pedido y le prometí hacer la transferencia en el transcurso del día. Nos despedimos con un beso rápido previo a llegar a su piso y antes de que las puertas volvieran a cerrarse, Candy volteó a verme y me lanzó un beso con la mano.

Esa mirada feliz y su sonrisa traviesa me acompañarían el resto del día.


¿Conoces este vecindario?

El mensaje de Candy llegó poco antes de que Elisa, John y yo saliéramos de la oficina rumbo a los andenes de carga para hacer una inspección de rutina.

Abrí la ubicación que Candy me había mandado y asentí como si la tuviera delante de mí.

Solía ser una zona de carga. Está llena de bodegas viejas que ahora son departamentos de gente excéntrica.

Contesté el mensaje y una fila de emojis sonrientes llegó de inmediato.

Ahí está el estudio de un artista al que voy en camino a ver. Mi jefa vio sus diseños y quiere reclutarlo. Hoy tiene una exposición.

Me reí.

Sí, también es el hogar de artistas bohemios.

Es una zona tranquila, pero la avenida paralela es traicionera, ten cuidado en el camino.

Su respuesta tardó en llegar e imaginé a Candy torciendo los ojos ante mi advertencia.

Copiado, jefe.

Descuida, no manejo yo.


Llegué a la zona de carga de la empresa donde ya nos esperaba el jefe en turno y después de ponernos los cascos de protección y los chalecos antireflejantes, iniciamos el recorrido por los andenes. Los centrales estaban en uso y en esos invertimos más tiempo, pues unos cuantos conductores nos abordaron para quejarse de algunos detalles a los que nos comprometimos a dar solución; nada grave, sólo gajes del oficio, como lidiar con los malos modales del equipo de Monitoreo o mejorar las condiciones de las pensiones para camiones que rodeaban la empresa y que eran particulares, así que no había manera de que Andley & Co se inmiscuyera.

—Hablaré con los dueños para que consideren mejorar sus servicios —dije a los cinco camioneros que me rodeaban.

—Canales de deportes, jefe, sólo eso pedimos —dijo uno de ellos y los demás asistieron como si estuvieran pidiendo agua en medio del desierto.

—Veré qué puedo hacer —afirmé y los dejamos seguir contando la carga.

Registré en mis notas las peticiones y me reí al recordar que este hombre me había llamado "jefe", al igual que Candy.

Los andenes del este eran los más alejados y los que hoy estaban vacíos, así que entrar y salir de ellos era igual que atravesar un laberinto, todo era igual: paredes grises de concreto, líneas amarillas marcadas en el piso, un clima helado, un eco con el que John se divertía hablando y Elisa lo miraba con reprobación; así como una lista interminable de escalones que subir y bajar y con los que terminé aturdido y con una sensación de estancamiento que me revolvió el estómago.

—¿Todo bien? —me preguntó John cuando salimos del penúltimo andén.

Asentí y seguí caminando para entrar a la última bodega y los segundos que siguieron a eso fueron tan ruidosos como un tren descarrilándose. La cortina de la bodega que acabábamos de abandonar cayó al suelo, abollando un tubo de protección que servía como barda.

El golpe de metal contra concreto se mezcló con los gritos de algunos de los que ahí estábamos y el jefe en turno nos hizo retroceder de inmediato para evaluar el daño y alejarnos del peligro, pues la cortina terminó de resbalarse por el suelo, alargando el ruido. Por fortuna la bodega estaba vacía y no hubo heridos, eso lo supimos de inmediato.

—Un segundo más ahí dentro y nos parte por la mitad —observó John mientras el jefe en turno pedía apoyo por radio y un grupo de trabajadores se cernía alrededor de nosotros.

—¡Cállate, John! —gritó Elisa, no sé si para hacerse oír entre tanto barullo o porque estaba asustada o bien, había quedado sorda después del estruendo.

En el momento en el que el jefe en turno ordenaba acordonar la zona, mi celular vibró en mi mano.

—Hola, hermosa —respondí de inmediato al ver que era Candy quien me llamaba.

—Hola… —su voz sonó apagada, preocupada.

—¿Qué te pasó? —pregunté de inmediato mientras retrocedía varios metros del caos de la cortina para poder escucharla.

—¿Cómo sabes que…? No importa. Yo… —Se aclaró la garganta y la oí murmurar un "gracias"—. No te asustes, estoy bien —dijo modulando la voz.

Una advertencia de esas no era para evitar asustarse.

—¿Qué te pasó? —volví a preguntar.

—Choqué, bueno… chocamos. —El piso se movió bajo mis pies y apreté el teléfono contra mi oreja—. ¡Pero estamos bien! —se apresuró a decir—. No fue grave, pero estamos en el hospital, mi jefa se llevó la peor parte y está en Urgencias.

—Voy para allá, ¿en qué hospital estás?

—Saint Jordan, pero no es necesario que vengas. Albert ya viene en camino y yo no tengo nada, te lo aseguro.

La voz de Candy subía y bajaba y aunque no la estaba viendo podía notar una mezcla de adrenalina, nervios y ganas de llorar. Aun así, la señorita no quería que fuera por ella. Resoplé.

—Sólo quería avisarte, decirte que estoy bien y —su voz se volvió un murmullo que cada vez me costaba más trabajo oír por el ruido que me rodeaba—, quería oír tu voz.

Mi intestino grueso hizo un nudo marinero con mi intestino delgado.

—Cariño, estoy aquí para ti. —Me sostuve el puente de la nariz y me obligué a calmarme—. Cuéntame qué pasó.

Mmm. —Dudó por dónde empezar—. Tenías razón con la vía paralela al vecindario. Salimos de la exposición y cuando nos íbamos a incorporar, un auto aceleró —dijo que se confundió e intentó pisar el freno— y terminó por aventarnos contra un muro.

—¡Por Dios, Candy! No puedo creer que estés ilesa. ¿Ya te revisaron los doctores? ¿Qué dijeron?

El teléfono vibró contra mi oreja. Candy me envió una fotografía de ella en la que se le veía casi intacta, pues su frente tenía una bandita de curación.

—La doctora que me atendió dijo que estoy bien, sólo es ese raspón en la frente. Dijo que si siento mareos, náuseas o algo anormal, venga de inmediato. Voy en camino a la farmacia del hospital para recoger unos analgésicos en caso de emergencia.

Asentí y detuve mi paso; había estado caminando sin darme cuenta y ya estaba muy alejado de los andenes. Casi había llegado a la caseta de vigilancia.

—¿Cómo está tu jefa? —pregunté recordando que Candy dijo que ella se había llevado la peor parte.

—Tiene una fractura en el brazo y varias cortadas en la piel, pero a salvo; la doctora dijo que sanará rápido, aunque se quedará en observación. Por eso Albert viene en camino, para hacerse cargo de los trámites.

John se acercó corriendo a mí para informarme lo que había pasado con la cortina, pero le hice una seña con la mano para que se ocuparan él y Elisa.

—¿Todo bien allá?—preguntó Candy tras escuchar algunas palabras de John.

—Perfecto —mentí, pero no le iba a decir en ese momento que una cortina de metal casi me parte la cabeza o la espalda—. ¿Cuándo te irás a casa? Necesitas descansar. —Hubo un silencio—. Candy…

—Primero debo volver a la oficina y antes de que digas algo, no iré sola, el chofer de Albert me llevará, debo recoger unas cosas de mi jefa y hablar con el resto del equipo.

¡Esta mujer!


Tal como lo aseguró, Candy volvió a la oficina, traída por el chofer del señor Andley. Me avisó en cuanto cruzó la entrada principal y bajé hasta el octavo piso para encontrarla. Di vueltas por todo el pasillo, impaciente porque llegara.

Al verla salir del ascensor volví a respirar. Caminé para acercarme mientras ella daba tres largos pasos para hacer lo mismo. Me sonrió, pero sus ojos estaban cristalinos, a punto de llorar y solo tuve que dar un paso más para envolverla en mis brazos.

—¿Estás bien? ¿Estás herida? —pregunté apretándola contra mi cuerpo.

Candy me abrazó con la misma fuerza y pegando su boca en mi cuello murmuró

—Estoy bien, en serio.

—¿Quien iba manejando? —cuestioné con ganas de golpear al idiota que había causado el accidente y Candy rio por lo bajo. "Que no fuera ella, por favor."

Echó la cabeza hacia atrás para verme y miró por encima de su hombro. En el pasillo no había nadie.

—Fue mi jefa, pero no fue su culpa. En serio, Anthony, ya te conté lo que ocurrió —recalcó y supuse que mi cara no tenía un gesto amigable. En serio quería partirle los huesos al culpable del accidente de Candy que supuestamente había intentado frenar. Que eso se lo creyera su madre—. Estoy bien —agregó al tiempo que deshacía nuestro agarre y luego daba un paso hacia atrás para que comprobara que así era.

La tomé de la mano y la atraje para volver a abrazarla. Toqué con cuidado su frente, donde tenía la curación y ella cerró los ojos.

—¿Te duele?

Ella negó con la cabeza, aún sin abrir los ojos.

—Debo hablar con los demás. ¿Me esperas allá? —preguntó señalando con su mano la sala de juntas de su piso.

—Claro —dije, renuente a soltarla, pero lo hice.

Entré a la pequeña sala de juntas y respondí un correo electrónico sobre el incidente de la cortina caída. Al parecer tenía un golpe que nadie había reportado y eso zafó una de las piezas que la mantenía sujeta. El motor eléctrico había funcionado con normalidad, pero gradualmente terminó por botar la pieza que tiró la cortina entera, casi encima de mi equipo. Pero eso no pasó, ellos estaban a salvo.

Pero Candy no.

Me troné los dedos tres veces hasta que ya no hubo más líquido sinovial en mis articulaciones. Tres. "Las desgracias siempre vienen en tres" recordé. Hoy habíamos llegado tarde, el "casi choque" de la mañana se volvió realidad con Candy y el incidente de la cortina sumaban tres. Supuse que mi deuda con la mala suerte ya estaba saldada, pero ¿por qué tenía que cobrársela con Candy?

El destino, si esto podíamos atribuírselo al destino, a veces era un cabrón.

La puerta se abrió y me levanté en cuanto Candy la atravesó. Noté que se pasó una mano por la oreja y creí que se quedaría ahí para frotársela, como cada vez que estaba nerviosa, pero sólo fue para acomodarse un mechón de cabello.

Me sonrió y corrió hacia mí.

—Envié las cosas de mi jefa con el chofer, se las llevará al hospital donde ya está su esposo. —Candy apoyó todo su cuerpo contra el mío y la sostuve mientras hablaba—. Patty se hará cargo del departamento mientras ella esté de incapacidad.

—Creí que lo harías tú —dije, extrañado porque Candy no fuera la siguiente al mando.

—Por apellido debería ser yo, pero Patty tiene más experiencia y autoridad con los demás. —Levantó la barbilla para verme—. Además, yo también necesito descansar, ¿no? Nadie para de decir eso. —Su queja fue tan adorable que no hice más que besarla.

—Lo necesitas —repetí y ella rodó los ojos.

Jalé una silla y la senté en mi regazo. Candy no se quejó y me rodeó el cuello con ambos brazos.

La sujeté con fuerza, acunando su pequeño y resistente cuerpo. Apoyó su cabeza en mi hombro y la escuché suspirar con fuerza.

—No me asustó el golpe del otro auto, pero entré en pánico cuando el coche empezó a sacar humo, el parabrisas quedó hecho polvo y yo no podía quitarme el cinturón de seguridad. —Su voz se agitó y encogió las piernas—. Las manos me temblaban, pero al final pude desabrocharlo, el mío y el de mi jefa.

Su cuerpo se estremeció y enterró sus manos en mi cabello. Acaricie su espalda y froté sus piernas para calmarla. Todavía estaba asustada y aún así se había atrevido a decir que estaba bien y había vuelto a la oficina como si la cosa no hubiera pasado de una llanta pinchada.

Resoplé.

Candy tenía que ir a casa.

Ahora.

—Ya estás a salvo —murmuré contra su piel, intentando convencerme a mí también de que estaba sana y salva, como había afirmado por la mañana cuando nosotros casi chocamos.

Empecé a desear que este día acabara pronto.

Me besó el cuello presionando los labios con fuerza y tiró de mi cabeza hacia ella. Sus dedos se deslizaron por mi cabello y el calor de su rostro me traspasó la piel.

La besé con ímpetu, mezclando su tensión con la mía, su miedo por el choque con el mío por perderla.

Pero quién hablaba de perderla, la tenía en mis brazos.

Me aproveché de la adrenalina que albergaba su cuerpo hasta que gimió en mi boca. No la dejé alejarse, si con eso podía calmarla, lo haría.

Su pecho subía y bajaba con fuerza. El aire podía desaparecer, pero yo no soltaría su boca.

Metí mi mano entre sus piernas y froté su centro sobre la costura de su pantalón.

—Borraré el mal recuerdo de hoy.

—Anthony…

Lo desabotoné y deslicé mis dedos por sus pliegues sin dejar de besarnos.

Se sentía bien. Tan tibia y húmeda.

Volvió a gemir y levantó las caderas para que su ropa bajara más.

—Shhh —susurré en su oído. Candy intentó asentir y hundió la cara en mi cuello.

Sus gemidos se atoraban en su garganta y a cada movimiento, enterraba más los dedos en mi cuero cabelludo.

La acaricié esparciendo su propia humedad por cada rincón que mis dedos hallaban. Froté su hinchado clítoris con el pulgar y balanceó sus caderas, en busca de más estimulación. Introduje un dedo en su interior y después el otro.

Candy se mordió los labios. Sus gemidos eran un murmullo en mi oído.

—Relájate, hermosa.

Con la mano que sostenía su espalda la tomé de la nuca y estampé mis labios en los suyos, ahogando sus gemidos, bebiéndolos.

Su húmedo interior se contrajo, apretando mis dedos, lista para correrse y dejar ir toda la tensión de su cuerpo.

Sus labios habían dejado de moverse contra los míos y sólo escuché un suave gemido mientras se dejaba llevar por el orgasmo.

Era preciosa.

Tras un instante, su cuerpo se relajó y su boca esbozó una sonrisa genuina de placer.

Abrió los ojos y su brillo me hizo sonreír a mí.

—¿Te sientes mejor? —pregunté en voz baja.

Candy sonrió y asintió. La besé despacio y antes de ayudarla a vestirse, me lamí los dedos. Mmm su esencia era tan dulce como ella. Candy tomó mi cara entre sus manos y me besó.

—Eres justo lo que recomendó el doctor.

Solté una carcajada.

Ahí estaba mi chica, risueña y juguetona.

—¿Habrá más? —preguntó balanceando sus piernas como si estuviera en un columpio.

—En casa —prometí y hasta ese momento me percaté de lo ronca que era mi voz.

—¡Ah, sí! —Candy rodó los ojos otra vez—. Albert le dijo a Susana que me llevara a casa —resopló molesta y yo no pude estar más que de acuerdo con la orden del señor Andley.

—Es lo mejor, descansa, toma un baño y duerme un poco. —La sostuve otra vez de las piernas y la espalda, y le besé el cuello—. Te llevaré la cena pronto, ¿qué se te antoja?

Su mano me acarició la mejilla.

—Lo que tú quieras, pero no te apresures; maneja con cuidado y atento al camino.

Tan pronto como acabó de decir esas palabras, sus ojos se abrieron cuán grandes eran.

—Ahora suenas como yo —me burlé, pero no podía culparla.

—Cállate —se quejó escondiendo su cara en mi pecho—. Quédate hasta que Susana venga por mí y me suba cargando a su auto —dijo con sarcasmo.

—Yo puedo hacer eso, no te…. ¡Ouch! —Los dientes de Candy se hincaron en mi cuello.

—No fue para tanto —dijo y dudé si se refería a la mordida o al hecho de que sus primos y yo queríamos cuidarla después de su accidente.

Susana Andley no tardó en llegar al octavo piso y Candy la reconoció por el sonido que hacían sus tacones contra el pulido suelo. Abrí la puerta de la sala de juntas y su prima gritó

—¡Ahí estás! —La abrazó pasando casi por encima de mí y no tuve más remedio que retroceder un paso—. ¿Cómo te sientes? ¿Dónde te duele? ¿Te pusieron puntos?

Perdí la cuenta de cuántas veces Candy había puesto los ojos en blanco en la última hora.

—No, sólo me desmayé cuando vi la sangre —dijo, y el estómago se me revolvió al tiempo que su prima ahogaba un grito que sonó como el de una ardilla. Después de eso, Candy soltó una carcajada.

La señorita se estaba burlando de ambos.

Su prima intentó darle un tirón de cabello, pero se contuvo al ver la bandita en su frente y su cara volvió a tornarse seria, preocupada.

—Vamos, te llevaré a casa para que descanses. —Candy asintió y me miró, avergonzada por la escena con su prima; esta desvió la mirada hacia mí también—. ¡Anthony! Disculpa, no te vi.

—Descuide, señorita Andley, lo primero es la enferma.

—Sólo dime Susana, ya somos de la familia, ¿no? —dijo con una sonrisa que dirigió a Candy—. Ahora, vamos con la enferma. —Candy arrugó la nariz, harta de ser tratada como tal—. ¿Ya te contó que una vez fue a la escuela con 39 grados de temperatura?

—No lo sabía —respondí cruzándome de brazos.

—Candy odia estar enferma, odia que la cuiden y prefiere negarlo.

Esa revelación tenía mucho sentido.

—Tendremos que consentirla más —añadí mirando a cada una de las señoritas Andley.

Mi señorita Andley bufó.

—Sigo aquí. —Levantó su mano para hacerse presente y su prima rio. Yo tomé su mano y los tres salimos de la sala de juntas rumbo al ascensor.

Susana Andley caminó delante de nosotros y presionó el botón, dándonos la espalda y privacidad para despedirnos.

Candy se paró frente a mí y me rodeó el cuello con los brazos.

—Te amo —me dijo al oído—. Y sí me gusta que me consientan —añadió antes de besar mi mentón.

—Eso haré. —Apoyé las manos en sus caderas y la besé.

Las puertas del elevador se abrieron al tiempo que la sonrisa de Candy se hacía más amplia y, tras pararse de puntitas y alcanzar mi oído, prometió compensarme por el orgasmo de la sala de juntas.

Me aclaré la garganta.

—Avísame cuando estés en casa.

Asintió y, sin borrar su sonrisa, empezó a caminar de espaldas hasta entrar al ascensor donde su prima tuvo que detenerla para no chocar contra la pared.

* C & A *


POV: Candy

La empresa necesitaba un elevador transparente como el de Willy Wonka porque odiaba perder de vista a Anthony, y en nuestra rutina era bastante común que las puertas del ascensor nos separaran, pero él siempre desaparecía con una sonrisa, justo como la de ese momento.

¡Dios!¡Esa sonrisa y esos dedos!

Mis piernas se tensaron al sentir todavía los vestigios de las caricias de Anthony. Mi mente todavía estaba entre sus brazos, pero fui arrebatada de ellos con brusquedad cuando Susana me tocó el hombro.

Creo que había estado hablando desde que entramos al elevador, pero no tenía idea de lo que decía.

—¿Decías?

Susana enarcó una ceja y se recargó en la pared de metal.

—¿Cómo te sientes? ¿Qué pasó? Albert sólo me dijo que habías tenido un accidente, que venías para acá y que te llevara a tu casa para que descanses.

Mientras bajábamos y atravesábamos el estacionamiento, le conté a Susana sobre el accidente y repetí unas diez veces que no había sido para tanto y que yo estaba bien. Demasiado bien después del remedio de Anthony, porque me sentía ligera y relajada.

Como siempre, la mente de Susana trabajó a mil por hora y creó diversos escenarios donde todo se volvía catastrófico. Una de sus películas imaginarias terminaba en una persecución por carretera al hombre que nos había chocado y yo me mordí la lengua para no recordarle que esa escena ya la había vivido meses atrás con Anthony, en medio de la noche. Pero la memoria de Susana no era mala y también lo recordó.

—Por cierto —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—, ¿te diste cuenta de que Anthony ni siquiera me prestó atención al estar en la misma sala que tú? Supongo que lo de la cabaña salió bien, ¿no?

Fruncí tanto el ceño que la bandita que tenía en la frente me pellizcó la piel.

—Todavía no hablo con él sobre eso. No iremos a la cabaña hasta el próximo fin de semana.

Susana me miró con la duda dibujada en todo su rostro.

—¿En serio? Perdón, creí que había sido este fin de semana.

—¿Dónde tienes la cabeza? —pregunté con burla.

—Perdida entre el fin de mes y la fecha de estreno de la próxima publicidad.

Resopló con dramatismo y el resto del camino se dedicó a contarme cómo iba el proceso y las revisiones finales a la publicidad que nunca eran las finales, pues siempre surgía un detalle más que afinar.

—Al menos hoy tengo un respiro y después de dejarte, iré a la oficina de Neil, quiero comer con él.

Por suerte, cuando Susana dijo esto yo tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, así que no vio cómo los rodaba. Por mí, Neil podía quedarse sin comer toda la semana.

—No te distraigas mucho y vuelve al trabajo —dije antes de bajar de su auto—. El premio nacional de publicidad no va a llegar caminando a la empresa, tienes que ganarlo.

Susana sonrió, entusiasmada. El año pasado lo había ganado con un spot de radio (como Anthony bien recordaba) y este año, su equipo estaba dispuesto a obtenerlo por segunda vez.

—Descansa, Candy. —Me dio un beso fraternal en la frente—. Me alegra saber que estás bien.


Después de avisarle a Anthony que había llegado a casa, llamé a mis padres para contarles lo que había pasado. Horas antes le había pedido a Albert que no les dijera, pues era mejor que escucharan de mi propia boca que estaba bien. Aun así, y como era de esperarse, se preocuparon y me regañaron por no haberles avisado antes. ¡Padres! Luego de contarles a detalle, mamá dijo que vendría a verme para cuidarme y yo no quise negarme. Hacía poco que habían vuelto de su viaje por Europa y los extrañaba demasiado.

Tras colgar la llamada con mamá y papá, el día se hizo eterno. No tenía nada que hacer y aunque lo hubiera, sentía que media docena de ojos estaban sobre mí y sabrían si hacía algo más que "descansar".

Me recosté en el sofá y dejé que los segundos dieran paso a los minutos, pero cuando estos sumaron media hora no lo resistí más y me levanté de un tirón. Aunque supongo que la Fuerza Policial de los Pacientes trabajaba meticulosamente y yo estaba vigilada por todo un escuadrón porque mi puerta sonó.

—¡Ya voy! —grité mientras corría hacia la puerta y abría.

Un enorme ramo de rosas blancas me sorprendió del otro lado junto con su aroma. Eran al menos dos docenas, acomodadas con elegancia y simetría, pues las que estaban más abiertas rodeaban a las que apenas eran botones y formaban un lindo espiral.

—Servicio especial —cantó una voz femenina que reconocí de inmediato.

—¡Señora Hudson! —exclamé y Mina hizo su aparición entre mis piernas.

Tomé el ramo que mi vecina sostenía y caminé hacia atrás para poder verla.

—¿Es para mí? —pregunté, confundida y con deseos de que así fuera, pues el ramo era precioso.

—Sí, querida. Anthony te lo manda.

—¡ANTHONY! ¿Pero cómo?

Me hice a un lado e invité a la señora Hudson a pasar, pues Mina ya estaba adentro y olisqueaba una planta junto a la ventana.

La señora Hudson entró y me ayudó a colocar el ramo sobre la isla de la cocina; después nos sentamos una junto a la otra, admirando las rosas.

—Pidió en la florería que me lo entregaran a mí para que no tuvieras que salir —explicó buscando algo entre las rosas.

—Muchas gracias por traerlo, aunque no debió molestarse, pude haber subido por él.

—¡Tonterías! Antony me pidió que te las entregara en la puerta de tu casa.

Mis cejas llegaron hasta el departamento de arriba y mi vecina se rio a carcajadas.

—El repartidor lo llamó, Anthony me dijo de tu accidente, ¿estás bien? —Asentí—. Y ahí me pidió que te las trajera y, no es por ponerte celosa, pero a mí también me regaló flores —dijo la mujer con una presunción encantadora.

Anthony pensaba en todo.

—Te dije que era uno de los buenos.

La señora Hudson me lanzó una mirada llena de experiencia y un dejo de advertencia. Antes me había dicho que el amor que había entre Anthony y yo era difícil de encontrar y que era algo que debía cultivarse y atesorarse, porque aunque se había formado poco a poco, bien podía irse en un instante, como le había pasado a ella al enviudar.

Me dio un mareo y no precisamente por el golpe, sino por la idea de perder a Anthony, ese maldito miedo que no podría quitarme hasta no decirle la verdad.

—¡Aquí está! —exclamó metiendo los dedos por en medio de las rosas—. Te hiciste la difícil. —Le habló a la tarjeta que venía bien asegurada entre las hojas de las flores y luego me la tendió—. No es un ramo de flores oficial si no trae tarjeta.

—¡Señora Hudson, es usted una romántica! —Reí mientras tomaba la tarjeta.

Mina ladró como dándome la razón y la mujer se encogió de hombros, aceptando el cumplido.

—Ahora te dejo porque debes estar cansada. ¿Ya comiste?

—No tengo hambre, pero mi mamá habló para decirme que viene en camino y de seguro traerá comida para llenar el refrigerador.

—Bien, de todas maneras te traeré galletas que acabo de hacer. Convídale a Anthony y me dices si le gustaron.

—De acuerdo —dije, rendida ante la idea de que mi vecina estaba enamorada de Anthony, pero no podía culparla.

Bajó de su asiento y Mina se le acercó, como si supiera que era hora de irse. Nos despedimos en la puerta y corrí por mi teléfono para después sentarme en el sofá.

Gracias por las flores, son hermosas.

El tiempo de respuesta de Anthony era increíble.

No más que tú.

Espero que te alegren el día.

Mis mejillas estaban tan calientes como para freír un huevo.

Misión cumplida, ¡me encantaron!

Aunque tenemos que hablar de algo importante.

?

¿Cómo está eso de que le regalaste flores a la señora Hudson? ¿Cómo debo tomar eso?

Como una advertencia de que puedo sobornar a cualquier persona con tal de llegar a ti.

Me sujeté el estómago para reírme y no paré hasta que la cabeza me dolió.

Ok, eso tal vez sonó acosador, pero no hay nada que no haría por ti.

Si hubiera estado de pie, me habría caído de sentón ante sus palabras, pero sólo me deslicé en el sillón y dejé que las mariposas en mi estómago revolotearan, sintiéndome una adolescente con su primer novio.

¡Dios! Anthony no era mi primer novio, pero sí era el primer hombre al que amaba con todo mi corazón, al único que amaría por el resto de mi vida, de eso estaba segura.

Luego de unos cuantos mensajes más, nos despedimos. Anthony tenía todavía un largo día de trabajo por delante y no quería retrasarlo más, sobre todo para que volviera a casa temprano.

¡A casa! Como si ya viviéramos juntos.

Mi madre no tardó en llegar y en abrir con su propia llave, lista para emergencias. Me arrojé a sus brazos en cuanto la vi, igual que una niña pequeña y que cualquier persona que ama a su madre y se siente segura a su lado.

—¡Mi vida, cómo estás! —preguntó abrazándome contra su pecho y su perfume acarició mi nariz.

Le conté a detalle todo, desde que había salido de la oficina hasta que había llegado a casa y no pude evitar llorar a su lado. Mamá me consoló y tras un largo rato en sus brazos se levantó como un resorte para admirar mi enorme ramo de rosas.

Me llevé la mano al bolsillo al recordar que no había leído la tarjeta de Anthony, pero tampoco lo hice en ese momento porque mamá me lanzó una curiosa mirada para que le dijera quién las había enviado.

Excepto por los rizos, la nariz y las pecas, mamá y yo éramos muy parecidas. Reconocía su mirada entrometida en la mía y canté como un canario cuando me preguntó por mi novio.

Le dije quién era Anthony y cómo se había dado nuestra relación, solo que no le conté sobre la mentada cenicienta que me daba vueltas y vueltas en la cabeza.

Mamá me escuchó con la misma atención de siempre y casi grita de emoción como una adolescente cuando le conté que Anthony había escrito mi nombre en el cielo con drones, incluso le enseñé la foto y me demandó que lo llevara pronto a casa.

—Lo haré, en serio ya quiero que lo conozcan —prometí.

Quería que todos supieran oficialmente que Anthony y yo estábamos juntos, quería que papá lo conociera, que Albert dejara de llamarlo "ingeniero Brower" y lo considerara parte de la familia.

Lo haría, si todo salía bien en la cabaña, mi deseo se cumpliría.

Luego de nuestra larga conversación sobre Anthony y el consejo oficial de que nos cuidáramos para no traer bebés al mundo antes de tiempo, mamá siguió en modo mamá y me mandó a mi habitación a tomar un baño mientras ella preparaba la comida.

Le envié un mensaje a Anthony para decirle que ella estaba aquí y que se tomara las cosas con calma en la oficina. En serio no quería que se apresurara y se arriesgara a algún peligro, pues la adrenalina del día ya estaba disminuyendo y en su lugar me dejó un hueco en el estómago y una profunda angustia que no podía ahuyentar.

Siempre lo dije, mi cuerpo reacciona con efecto retardado y se asusta cuando el peligro ha pasado.

Antes de entrar en la ducha, Anthony respondió que llegaría un poco más tarde porque tenía un asunto que atender.

Nada grave, pero parece urgente.

Dejé el teléfono cerca de la puerta del baño y al desnudarme noté la colonia de Anthony impregnada en mi piel. Si me bañaba se borraría, pero no podía desobedecer a mamá…

¡Qué dilema!

La solución fue sencilla, para vestirme usé una playera que Anthony había dejado días atrás como reserva. Me puse unos jeans limpios y me metí en una cómoda sudadera para ir a comer.

Como supuse, mamá llenó mi refrigerador con comida para varios días y me sirvió un buen plato de lasaña de mariscos, su especialidad.

Anthony dijo que habría que consentirme más, pero estaba segura de que si veía cómo me trataban mis padres, se retractaría. En realidad, aparte de ellos, y en su tiempo mi abuelo, nadie más era tan consecuente conmigo. No lo negaba, yo era más de las que cuidan y no me molestaba; cuidaba a aquellos que quería y no había nada que no estuviera dispuesta a hacer por los que amaba: mis padres, Albert, Susana, Annie y, por supuesto, Anthony.

—Candy, come.

La orden de mamá llegó a mis oídos y me devolvió a mi niñez cuando me distraía con cualquier otra cosa y dejaba el plato lleno. Retomé mi tenedor y terminé de comer antes de que papá nos hiciera una videollamada y me pidiera contar otra vez mi gran anécdota del día.

—Amor, deja a la niña descansar. Yo te cuento todo cuando llegue; ahora Candy tomará una siesta —intervino mamá y yo asentí, aunque no estaba enterada de aquella siesta, pero no podía rehusarme, los ojos me pesaban.

El ocaso estaba lejos todavía, pero me metí a la cama y no tardé en caer profundamente dormida, abrazando una almohada.

No supe en qué momento se fue mamá ni tampoco cuando anocheció. Sólo desperté cuando mi celular timbró y vi que tenía ya dos llamadas perdidas.

—Hola. —Me aclaré la garganta, pero de todas formas mi voz se oía adormilada.

—¿Candy? —preguntó una voz masculina que no reconocí, pero supuse que el dueño de la voz sí me conocía, a juzgar por el identificador de llamadas—. Llamo del bar de Tom, es sobre su prima.

*C & A*


Queridas lectoras, ¿cómo están? Deseo que tengan un excelente inicio de año. Avanzamos con esta historia que espero siga siendo de su agrado. Las cosas se sacudieron en la vida de los rubios y en el próximo capítulo veremos qué pasa con el resto del día.

Gracias por sus comentarios a:

lemh2001, GeoMtzR, Mayely Leon y Marina777.

Nos leemos muy pronto

Luna