La cenicienta equivocada
16
Una mentira
POV: Anthony
Las noticias sobre los accidentes del día se habían transmitido eficazmente por toda la empresa. El accidente de una de las Andley era un excelente tema para tratar en los pasillos y al volver a mi oficina escuché varios comentarios de personas que querían saber los detalles y se preguntaban si la jefa del departamento de Diseño estaba tan herida como decían los chismes.
En el ascensor un par de trabajadores me miraron de reojo cuando hablaron del incidente, como si yo fuera a darles detalle. Ya en mi oficina, John me preguntó cómo estaba Candy y afirmé que se encontraba bien y rumbo a su casa para descansar.
—Menos mal, envíale mis saludos cuando la veas —dijo John con toda la calma del mundo y dándome a entender que ya todos sabían que ella era mi novia.
Miré a otros dos miembros del equipo y ellos asintieron, uniéndose a los saludos de John e implicando que sabían de nuestra relación.
Bueno, ya no era un secreto.
—¿Ustedes están bien?
John levantó el pulgar como respuesta y siguió con su trabajo. Este chico era joven y la anécdota le serviría para conseguir una chica, no para ser más precavido.
Me acerqué al escritorio de Elisa para preguntarle sobre el incidente de los andenes y ella me informó a detalle lo que se estaba haciendo. La empresa que las había instalado ya estaba en camino para hacer las reparaciones, la zona estaba acordonada y el jefe de Vigilancia estaba revisando los videos para saber quién había dado el golpe y cuándo.
—Bien, infórmame lo que tengas —dije antes de entrar a mi oficina—. ¿Te encuentras bien? —volví a preguntarle.
Elisa asintió lentamente, con los labios formando una apretada línea, así que no la noté muy convencida.
—No olvides la videoconferencia con los de materia prima —dijo antes de que cerrara la puerta—. Empieza en quince minutos.
Bien, tenía quince minutos para comprar las flores y organizar el envío. La señora Hudson tenía que ayudarme con eso…
Mientras esperaba a que iniciara mi conferencia, Candy me avisó que había llegado a casa y que llamaría a sus padres para contarles lo que le había pasado. Habían vuelto recientemente de su viaje a Europa y ella quería que yo los conociera oficialmente, sólo quería que fuera después de este fin de semana en que saldríamos de viaje y luego de que fuéramos a la Corte a dar nuestra declaración sobre Benson.
Eso añadía dos pendientes a la lista: hacer la reservación y redactar mi declaración para que el abogado Johnson la aprobara.
Mi computadora emitió un largo sonido e inicié la conferencia, una que duró más de lo previsto, como todas las reuniones.
Gracias por las flores, son hermosas.
El mensaje de Candy llegó mientras los que estaban al otro lado de mi pantalla se ponían de acuerdo sobre la actualización de los cargamentos de materia prima.
Por fortuna mi plan había funcionado. En la florería entregaron dos ramos de flores en casa de la señora Hudson. No sabía cuál era la mejor opción para ella, así que le envié las favoritas de mi madre, orquídeas, mientras que para Candy elegí rosas blancas. Pureza, amor verdadero y profundo había dicho la mujer que me atendió al teléfono en la florería.
No más que tú.
Espero que te alegren el día.
Misión cumplida, ¡me encantaron!
"Le encantarán, Anthony. No te preocupes, que yo haré que las reciba", había dicho la señora Hudson y tuvo razón.
Aunque tenemos que hablar de algo importante.
Uno de los hombres en la pantalla me hizo una pregunta y sólo pude escribir:
?
¿Cómo está eso de que le regalaste flores a la señora Hudson? ¿Cómo debo tomar eso?
Empecé a toser para ahogar la risa y el hombre que seguía hablando acercó su cara a la pantalla.
—Disculpen. —Me aclaré la garganta y bebí un trago de agua—. Continúen.
Como una advertencia de que puedo sobornar a cualquier persona con tal de llegar a ti.
¡Vamos, hombre! ¿No se te ocurrió una frase menos criminal que esa?
Quise borrarla, pero Candy ya la había leído y era mi turno de hablar en la conferencia. Además, era cierto, crudo y cierto porque estaba convencido de que sin importar qué sucediera, siempre encontraría a Candy.
Ok, eso tal vez sonó acosador, pero no hay nada que no haría por ti.
Escribí con rapidez antes de iniciar mi participación.
Puedes empezar con venir a casa esta noche.
Después de mi conferencia, mi puerta estaba abierta para poder comunicarme con mi gente y oír todo lo que decían, incluso los chistes malos de John y las anécdotas sobre la sobrina bebé de Melina, nuestra más reciente adición al área. A pesar de que el día había sido largo y mi equipo tuviera que ordenar comida para consumir en sus escritorios, todos estaban de buen humor. Era un lunes extraño en el que hasta la cafetera había producido más café que en la última semana y yo había rellenado mi termo dos veces.
—Anthony, ¿estás ocupado?
Elisa apareció en mi puerta y habló en voz baja.
—No mucho, ¿qué ocurre? —pregunté mirándola de reojo mientras tecleaba en la computadora. Estaba haciendo mi trabajo en tiempo récord, pero aún tenía varios pendientes que liberar antes de salir e ir directamente a casa de Candy.
—¿Podemos hablar? —preguntó en el mismo tono de voz y echó una mirada hacia afuera.
No quería que el resto del equipo la escuchara y supuse que había un problema. Tal vez se sentía mal por el accidente y necesitaba irse temprano. Hice a un lado la computadora y le indiqué con la mano que entrara y cerrara la puerta tras de sí. Elisa se sentó frente a mí y descansó las manos sobre el escritorio.
—¿Qué pasa?
—Necesito tu consejo, Anthony —dijo en su habitual tono agudo, pero serio.
—¿Sobre qué podría aconsejarte?
—Trabajo —resumió Elisa y se enderezó en la silla. Al parecer se trataba de algo serio—. Verás, tengo una propuesta de trabajo, una realmente buena y no sé si debo aceptar.
—¿De quién es la propuesta? —pregunté de inmediato. Perder a un elemento del equipo a estas alturas del año no era lo mejor y que una cortina eléctrica casi se le cayera encima no ayudaba mucho a retenerla.
—Knut Design, la empresa sueca.
—Te irás con la competencia.
Elisa mudó de rostro, sus pequeños ojos marrones se abrieron todo lo que podían y su boca se frunció.
—¡No! Ese es el dilema, he trabajado aquí por más de cinco años, me gusta y he aprendido mucho en este equipo, estoy cómoda y ni siquiera lo estaría considerando si la oferta no fuera buena. Por eso necesito consejo, eres mi superior y, a pesar de todo, creo que somos amigos todavía, ¿no?
—Por mi parte nunca dejamos de serlo —mentí, pero qué podía decir—, y te agradezco la confianza, aunque no sé qué pueda decirte que tú no hayas pensado ya.
—Sí… es que sólo lo he pensado y no tengo a nadie con quién hablarlo, no alguien que me entienda pros y contras laborales.
Como su jefe no podía negarme a oír sus motivos para irse y si había algo que yo pudiera hacer para mejorar la oferta de la competencia, lo haría; después de todo, Elisa era excelente en su trabajo y mi amenaza de meses atrás estaba fuera de la mesa de discusión.
—Claro, pues… te escucho.
—Pero aquí no, no se siente correcto hablar de un nuevo trabajo en el actual. ¿Podemos ir a otro lado? —preguntó echando una mirada a la puerta cerrada.
—Ahora no puedo, aun me falta trabajo por terminar y tengo que…
—¡Oh, ya lo sé! También a mí, pero en menos de una hora puedo terminar. ¿Vamos al bar de aquí cuando acabemos? Sé que tienes cosas importantes que hacer después, pero prometo no quitarte mucho tiempo. Lo juro.
Podía decir que no, pero no debía hacerlo. Era un asunto de trabajo, era mi responsabilidad como jefe de departamento escuchar a mi equipo y dar soluciones. Si Elisa tenía dudas sobre su propuesta laboral, había una posibilidad de mantenerla aquí, su desempeño era bueno y desde que habíamos dejado atrás el incidente de la fiesta de Silvia, era excelente. Podía confiarle más responsabilidades y tomarme mi tiempo para los proyectos que Candy y yo teníamos con los orfanatos.
Pero Candy…
Ella ya debía estar en compañía de su madre, me lo había dicho en un mensaje y no tenía caso que yo llegara antes, aunque eso quisiera.
—Claro, avísame cuando estés lista.
Estaba por terminar el último pendiente cuando le envié un mensaje a Candy para decirle que tal vez llegaría más tarde de lo previsto. No le dije que saldría con Elisa por respeto a mi trabajo y también a la privacidad de Elisa, pues por mucho que Candy fuera mi novia había una línea laboral que respetar y nunca cruzar.
Elisa y yo salimos de la empresa en mi auto y llegamos al bar de Tom, quien ahora sabía que era amigo de Candy.
El lugar todavía no se llenaba y la música tenía el volumen justo para poder hablar con tranquilidad. Ocupamos un gabinete junto a la ventana, ordenamos un par de cervezas y después de que el camarero nos las trajo, Elisa empezó a hablar del cumpleaños de John que habíamos celebrado aquí mismo, pero en vez de estar más tranquila porque estábamos fuera de la oficina, se veía más contrariada que antes, dudosa.
—Elisa, ¿segura de que estás bien? —pregunté por tercera vez desde que habíamos subido a mi auto—. Lo que pasó en la mañana nos sacudió a todos y no te ves muy bien.
Elisa estaba inusualmente callada, en la oficina siempre daba órdenes y era algo distante con el equipo, pero los conocía y se llevaba bien con todos; así que nadie había pasado por alto que algo la había hecho cambiar durante el día, pero no me lo diría. O eso creía.
—Entonces, háblame de este nuevo trabajo —dije para encauzar la conversación.
Elisa miró en todas direcciones y tomó la botella de cerveza en sus manos, pero no bebió, solo le dio vueltas a la bebida, calentándola.
—Anthony, yo… me acabo de enterar de algo que creo que es importante y no sé si decírtelo o si ya lo sepas. —Su voz sonó baja y aguda.
—Elisa, tú nunca dudas de tus palabras, di lo que tengas que decir —dije sin imaginar de qué estaba hablando ahora, cuando se suponía que el tema de conversación era su propuesta laboral.
—Es que… no me vas a creer, ni yo misma lo creo en este momento.
—¿De qué se trata? —Me incliné hacia adelante y apoyé los brazos en la mesa, esperando.
La mirada de Elisa iba y venía por el lugar, evitando verme a la cara, pero después de un trago de cerveza, sus ojos marrones se oscurecieron y empezó a hablarme directamente, casi sin parpadear.
—Perdón, Anthony, pero no puedo callar, tienes que saber.
Sin darme tiempo a hacer preguntas por el repentino cambio de actitud, Elisa sacó su teléfono del bolsillo y lo puso sobre la mesa.
—Hace un rato, después de que habláramos en tu oficina, Silvia me llamó para decirme algo respecto a tu novia.
Mis dientes rechinaron de inmediato; ahí íbamos de nuevo.
—Detente ahí, Elisa. —Levanté la mano para que dejara de hablar e irme en ese momento, pero Elisa tiró de esta y la apretó con fuerza, su tacto era frío y húmedo debido a la botella de cerveza.
—Por favor, escúchame. Tal vez sea algo que tú ya sepas y yo sólo estoy ideando cosas. Sólo, escúchame —suplicó—. ¿Sabías que ella ha modelado en Nueva York? Silvia dijo que su cara aparece en varios eventos de moda de la ciudad, sobre todo ligados a la escuela de Diseño.
Respiré. Así que se trataba de eso.
—Lo sé —contesté al encogerme de hombros—. Y no veo por qué es asunto de Silvia. Creí que ya habíamos dejado el malentendido en el pasado.
Mi voz salió seca.
—¡Lo hicimos! Es solo que… no puedo negarlo, después de lo que pasó en la fiesta entre nosotros, yo le conté a Silvia que estabas enamorado de una Andley y…. Silvia es mi mejor amiga y…
—Y se puso a investigar a mi novia para ver qué trapos sucios podía encontrar —ladré con rabia y solté mi mano del agarre de Elisa—. Pero te diré que no hay nada, óyeme bien, nada malo con Candy y ni tú, ni Silvia ni nadie tienen derecho a meterse en su vida privada. —Elisa intentó hablar, pero mi impaciencia fue más rápida que sus titubeos—. Así que, lo que sea que te haya dicho tu amiga, no me interesa y a ti tampoco. Creí que estábamos aquí como amigos, tal como tú lo dijiste hace un rato, pero me doy cuenta de que no es así.
Me levanté de la mesa y saqué mi cartera para pagar las cervezas e irme.
—¡Candy no es tu Cenicienta! —gritó Elisa.
Sentí un nudo en la boca del estómago.
—¿Qué dices?
—Candy no es la mujer con la que bailaste en la fiesta de disfraces y tengo pruebas. Ella ni siquiera asistió, estaba en Nueva York —contestó Elisa agitando su celular frente a mí.
El nudo me apretó más.
—Te equivocas.
—No, Anthony. Tu novia te ha estado engañando todo este tiempo. Ella no es la mujer que buscaste por semanas y por la que te prestaste a todo un circo en la empresa.
Las últimas palabras las dijo con verdadera furia. ¿Había sido parte de un circo?
—Para, Elisa, ya te he aguantado muchos ataques a Candy…
—¡¿Cómo puedes ser tan necio?! —Elisa se levantó también y me confrontó. Puso la pantalla de su teléfono a unos centímetros de mi cara—. ¡Mira estas fotos y dime que no es ella!
Le arrebaté el celular de las manos.
Sí, era una fotografía de Candy, una de calidad profesional en la que usaba un vestido de alta costura en medio de un camerino, rodeada de modelos.
—¡Míralas bien y dime que no son de un día antes de la fiesta de disfraces!
Las miré y me percaté de que las fotografías que Elisa me presentaba eran de una red social. El pie de foto tenía la fecha de un día anterior a la fiesta y la ubicación decía Nueva York.
Tensé la mandíbula y apreté el teléfono hasta que mi mano se tornó blanca.
—Mira estas otras, son del mismo día de la gala.
Elisa deslizó su dedo por la pantalla y aparecieron otras fotos de Candy con el mismo vestido, pero esta vez caminando sobre una pasarela. Nueva York, el día de la fiesta de disfraces.
¿Cómo era posible? No podía ser cierto. Candy estuvo en la fiesta. Yo había estado con ella.
—¿Cómo…?
—Silvia las encontró en las redes sociales de la facultad de Diseño y en la misma cuenta de Candy antes de que las borrara —explicó Elisa y me empujó para volver a sentarnos.
Miré con detenimiento las fotos y recordé que meses atrás yo había visto unas parecidas cuando hice lo mismo que Silvia y me metí a las redes sociales de Candy. La foto que vi en ese entonces era de un día posterior a la fiesta y supuse que había volado esa misma noche a Nueva York. Ella misma había dicho que tenía un viaje horas después.
Pero si Candy había estado en Nueva York desde días antes a la fiesta… Entonces ella no fue la mujer con la que bailé.
No, debía haber una explicación y Candy la tendría.
—Anthony, esa mujer te ha estado engañando, no sé por qué lo hizo, pero suplantó a la verdadera mujer con la que bailaste y nos hizo creer a todos que ella era la misteriosa Cenicienta.
Miré a Elisa en cuanto terminó de pronunciar esas palabras. Si Candy no era Cenicienta, si no era la mujer de esa noche, ¿con quién había bailado yo? y, ¿por qué Candy se había hecho pasar por ella?, ¿por qué no me había dicho nada?
Sin preguntar, me envié las fotografías desde el teléfono de Elisa y se lo devolví. No sabía lo que estaba haciendo, no estaba pensando.
Me sentía encerrado como en la tarde entre los andenes de carga, con cien preguntas en la cabeza y un nudo en el estómago que ni siquiera me dejaba hablar.
—Te enamoraste de una mentirosa.
Oí su voz a lo lejos, pero me costó entender lo que significaban sus palabras. Mi cerebro estaba bloqueado y la cara de Candy bajo un antifaz era lo único que podía ver, una y otra vez, mezclándose con imágenes de ella en mi auto, en mi casa, en mis brazos.
—Déjame solo, Elisa —dije al cabo de un rato en el que ella permaneció sentada frente a mí, sólo observándome como a un animal agonizante.
—Pero, Anthony…
—Por favor.
Elisa asintió lentamente y tomó sus cosas para levantarse. Se detuvo junto a mí y la tomé de la muñeca.
—Una cosa más —dije—, no le digas a nadie sobre esto.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó moviendo su mano y aflojé el agarre. La estaba lastimando.
—A nadie —recalqué ignorando su pregunta y Elisa sólo asintió antes de desaparecer del bar.
Como una rata de laboratorio adiestrada para el dolor me quedé mirando las fotos de Candy ahora en mi poder.
Los recuerdos de la fiesta vinieron a mi mente, cómo nos topamos en el salón privado, cómo la encontré sola en su mesa, bebiendo; ¡bebiendo! Candy no bebía, me lo había dicho semanas después: "El alcohol me relaja tanto que de inmediato me duermo".
"¡Es increíble lo que desató una tonta fiesta de disfraces!" dijo en nuestra primera reunión y su juicio sobre la fiesta fue totalmente diferente al que había mostrado esa noche cuando me contó lo entusiasmada que estaba por disfrazarse y el tiempo que había invertido buscando su vestido.
Di un trago a mi cerveza y estuve a punto de escupirla, estaba tibia y más amarga.
Candy no era Cenicienta, las fotos no mentían, sus palabras fueron contradictorias desde el inicio y su insistencia por olvidar la noche en la que nos conocimos era… incluso Dorothy dijo que era extraño.
—¿Qué pasó? ¿Qué no vi?
Me pasé las manos por el cabello y apreté los ojos para ahuyentar la jaqueca que ya se asomaba.
—¡Oye, mesero! —gritó un cliente que estaba tres mesas lejos de mí—. Diles que dejen de repetir esa maldita canción.
—Lo siento, señor —se disculpó el camarero y hasta ese momento puse atención a la música que envolvía el lugar.
Era un maldito chiste.
La canción que había bailado dos veces con Candy, corrección: con Cenicienta, una mujer misteriosa, se escuchaba claramente. Perfect de Ed Sheeran.
Necesitaba salir de ahí.
Pagué las cervezas a medio consumir y abandoné la mesa. Crucé hacia la parte frontal, caminando como un autómata, y el manoteo de una mujer en la barra llamó mi atención y la de un par de mesas cercanas.
—¡Ponla otra vez! Y sírveme otro de estos. —La mujer dio un manotazo en la barra y el bartender asintió. Le sirvió otro trago y lo puso delante de ella—. Pon la canción, a mí me gusta.
—Ya no, señorita; los demás clientes se están quejando —dijo el hombre, mirando a los clientes que esperaban que ignorara la petición de la rubia.
—Cobarde —replicó la mujer y bebió el líquido transparente de su vaso.
¡Maldita sea, con lo que tenía en la cabeza y ahora esto!
Resoplé y caminé hacia la barra del bar donde estaba Susana Andley. Estaba sola, con la vista perdida en el vaso de licor y el cuerpo completamente apoyado sobre la barra.
—Señorita Andley —dije al acercarme a ella y me sorprendió que mi voz sonara casi natural.
Susana Andley terminaba su vaso mientras giraba la cabeza para verme. Sus ojos se abrieron cuán grandes eran y casi se atraganta.
—¡Anthony!
—Así es, señorita Andley. ¿Se encuentra bien? —pregunté, aunque la respuesta era obvia; algo no andaba bien con ella y por eso estaba ebria.
Bufó y después soltó una risa burlona, pero no dijo nada y volvió a beber de su vaso vacío.
—¡Otro! —le gritó al hombre que la atendía—. Deja la botella —dijo al ver servido su vaso, ignorando por completo mi presencia.
El bartender intentó no dejarle la botella, pero ella la apresó en sus manos y la dejó fija en la mesa; bebía vodka solo, nada suave.
—Señorita Andley… —repetí. No era mi asunto, no tenía que meterme en donde no me llamaban, pero no podía dejarla ahí sola, no hasta que alguien llegara por ella o decidiera irse por cuenta propia.
—Susana, dime Susana, ya casi eres de la familia ¿no?—dijo arrastrando las S de su nombre.
También había dicho esas mismas palabras en la tarde y ahora no sabía qué tan ciertas podían llegar a ser. Los cimientos de mi relación con Candy se habían roto, ella no era Cenicienta, se hizo pasar por ella, mintió, me mintió a la cara durante meses y ahora no sabía qué fue real y qué no.
—Tómate un trago conmigo, Anthony. —Palmeó el banco que tenía al lado e hizo una señal al hombre que la atendía—. Tú, trae un vaso para mi amigo Anthony.
El bartender me miró, creyendo que era uno de esos hombres que veían una mujer ebria y sola y se aprovechaban de ella.
—Es prima de mi novia —aclaré de inmediato—. Trabajamos juntos.
Mi novia. ¿Aún podía llamarla así? Lo dudaba, a menos que tuviera una buena explicación….
No, qué explicación podía haber para una mentira que duró meses, una mentira que me manipuló por tanto tiempo, una mentira que me hizo caer como un idiota por ella.
El bartender asintió y puso un vaso limpio frente a mí, pero no me quitó la vista de encima.
Susana volvió a reírse, mirando nuestra interacción y llenó mi vaso.
—¡Salud, Anthony! Salud, por las relaciones que sí funcionan. —Susana bebió otra vez después de chocar su vaso contra el mío que quedó tal como lo había dejado ella, lleno—. ¿Por qué no bebes? —me reclamó tomando mi vaso—. ¡Déjame adivinar! Eres demasiado inteligente para embriagarte.
Sus palabras me golpearon, no por la burla, sino por la forma en que las había dicho, igual que aquella noche cuando Cenicienta quise saber por qué no llevaba un antifaz. "¡Déjame adivinar! ¿Eres tan atractivo que tu rostro no merece ser cubierto?"
—Entonces yo brindo por ti. —Susana se llevó mi vaso a la boca y la detuve de la muñeca, regando la mitad del contenido sobre mi pantalón—. ¡Oye! —se quejó.
—Ya no bebas más. —Le quité el vaso de las manos y alejé el otro, junto con la botella sin soltar su mano que luchaba por zafarse y recuperar el alcohol—. Calma —ordené tomando ambas manos para llevarlas a la superficie de la mesa.
Recargó su cuerpo sobre la barra otra vez y apoyó la cabeza en sus brazos.
—¿Hace cuánto estás aquí? ¿No dejaste a Candy en su casa?
—¡Mírate, todo preocupado por ella!
Esta vez su burla me golpeó y con justa razón. Candy me había mentido y yo seguía preguntando por ella.
—Sí, la dejé en su casa y después fui a ver a Neil. ¿Sabes quién es Neil? No, ¿qué vas a saber? Neil es mi novio. ¡No! Era mi novio hasta hace unas horas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y estas empezaron a correr por sus mejillas, mojando las mangas de su ropa.
¿Ahora qué se suponía que hiciera con una mujer llorando en la barra de un bar?
—Hoy fui a ver a Neil —empezó a decir arrastrando la voz—. Quería sorprenderlo y que comiéramos juntos. —Tomó la botella y la detuve para que no bebiera—. Lo escuché hablar con su nueva asistente, una chica con un trasero enorme. —Susana abrió las manos dimensionando las medidas de la mujer—. ¿Sabes qué le dijo?
Se limpió la nariz con la manga de la blusa y me estiré para darle una servilleta de papel.
—Que está harto de mí, de mis caprichos, de mi necesidad de estar a su lado. —Arrugó la servilleta usada y la arrojó sobre la mesa—. Dijo que no me ama, que no me soporta. El muy imbécil… —Recuperó su vaso y jugó con él sobre la mesa—. Debí darme cuenta antes, ¿no? Era bastante obvio.
Antes de que pudiera evitarlo, tomó la botella de alcohol y bebió directamente de esta. Me dio un manotazo cuando intenté quitársela y después empezó a reírse de mí, aun con las lágrimas cayendo por sus mejillas.
—Todo lo que hice por él y ¿para qué? para nada. Para que terminara diciendo que yo… —Agachó la mirada y guardó silencio. Noté la vergüenza en su rostro y supe que ese idiota había dicho mucho más para dañarla.
—Susana, Neil no merece que bebas así por él.
Soltó una carcajada.
—No bebo por él, sino por mí, por mi estupidez, por mi maldita necedad de confiar en él, de engañarme con que valía la pena y apostar todo por estar a su lado, hasta a ti.
—¿A mí?
Asintió vagamente.
—Si hubiera reaccionado antes, si me hubiera dado cuenta no te habría enviado a Candy para que te enamoraras de ella y olvidaras a Cenicienta.
La visión se me nubló y de un trago vacié el vodka que Susana me había servido.
Necesitaba saber más, quería desmentir lo que la lógica decía, lo que mi cerebro había descifrado y mi corazón se negaba a creer.
Maldita sea, imploraba porque las palabras de una Susana ebria no tuvieran sentido.
La sujeté del brazo para que se girara a verme.
—Explícate, Susana, ¿qué tienes que ver tú con Cenicienta?
Se zafó de mi agarre y sacudió la cabeza, confundida. Sólo faltaba que en este preciso instante se quedara dormida.
—¿Qué quieres que explique? Neil y yo salíamos. Cinco años de relación, ¡imagínate eso! —Se encogió de hombros, restándole importancia al tiempo que había pasado con ese sujeto—. Neil no quiso ir conmigo a la fiesta de disfraces. Neil y yo peleamos. Ahora que lo pienso, es algo que hacemos con mucha frecuencia, no como tú y Candy. —Se rio y extendí la botella de vodka al bartender para que la alejara de una buena vez.
—Concéntrate, Susana —exigí.
—Yo me fui a la fiesta sola. Pero eso ya lo sabías. Candy ya te lo dijo. Te dijo que la mujer de la fiesta era yo y no ella.
No, no lo había hecho.
—Debiste ver el trabajo que me costó convencerla para hacerse pasar por Cenicienta. Pero ¡ey! Todo salió bien. Tú te enamoraste de Candy como debía ser. Y yo tendría que ser feliz con Neil, pero eso no salió de acuerdo al plan. ¡Ese maldito!
El plan.
Ahora todo estaba claro. Todo lo que había pasado en los últimos meses era parte de un plan. El plan de estas dos mujeres para distraerme, para que me enamorara de una mujer que no había hecho más que decir una mentira tras otra.
Pero qué idiota había sido al confiar en Candy, ella no estaba enamorada de mí, solo me había aceptado en su vida para… No. Sólo se había metido en mi vida para burlarse de mí, para cubrir a su prima.
¿Cómo se pudo prestar a algo así? ¿No era más fácil decir la verdad desde un inicio? ¿Acaso yo era un psicópata que se obsesionaría con una mujer que tenía novio? ¿Yo era tan idiota como para que estas dos decidieran burlarse de mí? ¿Era necesario llevar las cosas a tal extremo? ¡Carajo! ¡Hasta se había acostado conmigo!
La cabeza me punzaba, sentí que iba a estallar, pero no tenía tanta suerte.
—¡Susana! —gritó una voz a nuestras espaldas.
No, yo no tenía suerte.
Giré la cabeza al mismo tiempo que Susana para ver a Candy. Tenía la respiración agitada y se le veía pálida. La sudadera que llevaba la hacía verse más pequeña y descombinaba por completo con las personas del bar que la miraban extrañados.
—¡Candy! —gritó Susana e intentó levantarse del banco para acercarse a ella, pero se tropezó con su propio pie y yo la sostuve del brazo mientras Candy caminaba hacia ella y también la detenía de caerse—. ¡Ups!
—¡Por Dios, Susana, qué pasó! —exigió saber Candy enderezando a su prima en el banco. Me miró en busca de una explicación, ignorando que yo conocía ya la verdad.
—Así la encontré —contesté.
Candy echó el cuerpo hacia atrás ante mi respuesta. No tenía idea de cómo había percibido mi voz y no me importaba.
—Anthony… —Desvió la mirada hacia su prima y cerrando los ojos, murmuró—: Susana, ¿qué hiciste?
—Tenías razón, Candy —dijo Susana sin dejar de arrastrar las palabras—. Neil es un idiota.
—¿Qué fue lo que te hizo? ¿Te lastimó? —preguntó Candy en una voz tan seria que nunca le había escuchado. Tomó el rostro de su prima entre sus manos y la observó con detenimiento, buscando una herida visible, como la que ella cargaba en su frente.
No se suponía que Candy saliera de su casa, había recibido un golpe en la cabeza y debía descansar, monitorear su estado, pero en lugar de eso estaba aquí.
Una rabia, mezclada con preocupación que no debía sentir, me invadió el cuerpo.
—¿Cómo llegaste? —pregunté mientras Candy seguía auscultando a Susana.
Sus enormes ojos verdes se posaron en mí y recargó el cuerpo de Susana contra ella para sostenerla.
—Jack me llamó —dijo señalando al bartender—. Dijo que viniera por Susana, que había bebido de más y no se podría ir sola a casa.
—¡Soplón! —masculló Susana empezando a perder la poca conciencia que le quedaba.
—Será mejor que me la lleve —dijo agachando la mirada—. Susana, dame las llaves de tu auto. —Sacudió a su prima para que abriera los ojos y ella balbuceó que estaban en su bolsa. Candy la buscó alrededor, pero no estaba por ningún lado.
—Aquí —intervino el bartender al sacar la bolsa de detrás de la barra.
—Gracias, Jack. Por favor, no le digas a Tom sobre esto.
—No lo haré, no te preocupes, Candy —dijo el hombre.
Candy le agradeció y pidió la cuenta, pero Jack le dijo que Susana ya había pagado al llegar y puso varios billetes de cambio sobre la mesa. Ella negó con la cabeza y tras echarse la bolsa de Susana al hombro, cargó también con su prima. Hizo todo por su cuenta, ignorando por completo mi presencia, lo cual no debía de asombrarme, ya que yo no significaba nada para ella.
—¿Qué le voy a decir a tu madre? —murmuró Candy logrando que Susana se pusiera en pie.
Me pasé una mano por el cabello, frustrado.
—Alguna mentira más, eso es seguro —dije cargando a Susana para sacarla de ahí—. Las llevaré a su casa, dime dónde es.
—Anthony…
—Mi coche está afuera, camina delante de mí para que abras la puerta —ordené y odié mi propia voz, pero no podía modularla.
Salimos del bar en un vergonzoso silencio ya que varios clientes habían seguido con atención nuestra escena.
Con Susana casi dormida en mis brazos, saqué la llave del auto y apreté el botón para quitar los seguros. Candy se apresuró a abrir la puerta trasera del copiloto y la sostuvo para que metiera a su prima.
—¿Puedes llevarnos a mi casa? Por favor —pidió cuando cerré la puerta.
Asentí.
—Será mejor que subas del otro lado y la vigiles.
La tenía muy cerca, tan cerca que pude notar cómo su nariz se dilataba y las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos.
—Anthony, yo… —Tomó mi mano y la arrebaté ante el escalofrío que me causó. Ni siquiera lo pensé, sólo lo hice.
—Sube, Candy —pedí—, ahora no.
Tan pronto como Candy se sentó al lado de su prima, ella se le echó a los brazos y empezó a llorar con angustia. Inicié el camino hacia casa de Candy y escuché por segunda vez lo que Neil había dicho a su asistente sobre Susana y el dolor que le causaba.
Candy la tenía rodeada con sus brazos y le acariciaba el cabello.
—Todo estará bien —repetía una y otra vez mientras me miraba por el espejo retrovisor.
Un poste de luz iluminó su cara cuando nos detuvimos en una luz roja y pude notar cómo Candy lloraba en silencio. Susana había dejado de hacerlo un par de calles atrás, pero su cuerpo no dejaba de agitarse contra el de su prima y antes de reiniciar la marcha, dejó salir un suspiro.
Me detuve en la puerta del edificio de Candy y bajé para sacar a Susana. Su prima bajó por su lado y corrió para sostenerla.
—La subiré —dije, instando a Candy a que abriera la puerta y despejara el camino.
Ella obedeció y en medio de un silencio casi sepulcral, llegamos hasta su departamento. Candy encendió las luces y me dijo que acostara a Susana en su cama, al tiempo que quitaba unas almohadas y las arrojaba al puff, luego sacó una manta del armario y la extendió sobre Susana, que yacía completamente dormida.
Los segundos que siguieron a eso fueron un asco. Candy y yo nos quedamos parados junto a la cama, en silencio, alternando la vista entre Susana y el espacio que nos separaba, uno que no sólo era físico. Ella sabía que ahora yo sabía la verdad. Lo supo al llegar al bar y no había dicho ni una sola palabra.
—Me voy —dije dando media vuelta para salir de la habitación de Candy, la misma en la que habíamos… Ya no pienses en ello. Se acabó.
—Anthony, espera —dijo Candy cuando crucé la puerta y llegué al corredor, pero no me detuve—. ¡Anthony! —gritó y tiró de mi brazo.
Apreté los puños y me giré lentamente para verla.
—Tenemos que hablar, ¿verdad?
—¿Contigo? No, gracias, ya no quiero más mentiras.
Candy cerró los ojos y respiró con profundidad.
—¿Qué te dijo Susana?
Se frotó las manos contra los muslos e intentó dar un paso hacia mí, pero no lo hizo.
—Sabes lo que dijo, dijo la verdad, que lo nuestro no era real, que sólo te hiciste pasar por ella para que yo no la molestara porque, al parecer, soy esa clase de hombre.
El dolor de cabeza ya había llegado. La visión se me nubló y me tallé los ojos, cansado.
—Ella no dijo eso.
Me reí.
—Pero lo resume bastante bien.
Ella negó con la cabeza y levantó una mano en mi dirección, dispuesta a tocarme la cara.
—Eso no fue lo que sucedió, Anthony, déjame explicarte.
Di un paso hacia ella, molesto, con la ira ahogando mi voz y un estúpido deseo de tomarla en mis brazos.
—¿Explicar qué? ¿Que me engañaste, que tú y tu prima me vieron la cara todos estos meses? ¿Que todo lo qué pasó entre nosotros fue mentira?
—¡No fue mentira, Anthony, por favor escucha!
—Está bien, te escucho. Anda, dime que fuiste tú la mujer con la que hablé en la fiesta. Dime que no fue Susana. ¡Dime que fuiste tú!
El llanto de Candy inundó el departamento con un sonido desgarrador, crepitante.
Avancé otro paso en su dirección, pero me detuve enseguida.
—No fui yo, Anthony, pero hay una razón. No lo hicimos a propósito, no queríamos, no quise hacerte daño ni mucho menos burlarme de ti. Te juro que es la verdad.
—¿La verdad? ¿No pudiste decir la verdad antes? Tuve que enterarme de la verdad por boca de todos, excepto de ti.
Saqué mi teléfono y le mostré las fotos que Elisa había encontrado. Ella miró la pantalla por varios segundos, hasta comprender que yo tenía todas las pruebas. No había manera de justificar el engaño, la mentira y el blanco de burlas que ella misma me puso en la espalda. Ahora todo mundo sabría que yo era un idiota, el juguete de las señoritas Andley.
—¿Cómo conseguiste…? —preguntó ella intentando tomar el aparato en sus manos.
—¿Eso importa? —alejé el teléfono y lo guardé en mi bolsillo.
—Sí —contestó al limpiarse las lágrimas de las mejillas.
—Cualquiera puede encontrarlas en internet. —Estaba por decirle que yo mismo las había hallado, pero eso habría sido mentir y yo no era un mentiroso—. Elisa las encontró y me las enseñó hoy mismo, tan pronto como descubrió que tú estabas en Nueva York.
Candy trató de hablar, pero sus labios temblaron y sus palabras quedaron suspendidas en su garganta.
—¿Sabes que ni siquiera me importa que no fueras tú la mujer de esa noche? ¡No me importa que fuera Susana! —dije señalando hacia su habitación donde estaba su prima—. Lo que importa aquí es tu engaño. Todo lo que dijiste desde que nos conocimos, todo lo que hiciste estos meses fue una mentira. Te burlaste de mí cada maldito segundo, mientras yo era un perfecto idiota que te declaraba mi amor.
Candy negaba con la cabeza a cada una de mis palabras, las lágrimas corrían por su rostro, pero permanecía callada.
—¡¿Cómo te prestaste a eso? ¿Cómo pudiste fingir algo que no sentías?!
—¡Yo te amo, Anthony! —gritó Candy—. El tiempo que pasamos juntos hizo que me enamorara de ti. ¡No puedes decir que no te amo!
Me reí, solo para no terminar de estallar.
—El amor no es mentira, Candy. Tú no me amas y aunque hubiera preferido saberlo de otra forma, es mejor esto a seguir jugando el papel de idiota en tu vida.
Me enderecé al notar que mi cuerpo estaba casi encima de ella, tan cerca que podía ver su pecho subir y bajar con violencia. Ella también lo notó y se cubrió con una mano, pero no dijo nada.
¡Nada!
Caminé hasta la puerta y escuché cómo seguía mis pasos.
—Me enamoré de ti, Anthony —dijo a mis espaldas—. Al principio suplanté a Susana para que todos dejaran de buscar a Cenicienta y sí, para que no tuviera más problemas con Neil. —Giré sobre mis talones y quedé en el marco de la puerta abierta—. Sabía que estaba mal y lo lamento, pero no lamento haber pasado todo este tiempo a tu lado, no lamento haberme enamorado de ti. Lo creas o no, iba a decírtelo este fin de semana durante el viaje que haríamos, quería crear una oportunidad para hablar contigo.
—¡Claro! porque durante todo este tiempo, nunca tuviste la oportunidad de hacerlo.
Candy esbozó una sonrisa, una que fue más hiriente que sus palabras.
—Tenía miedo de que no entendieras por qué lo hice y veo que no me equivoqué.
—Entiendo más de lo que crees —dije—. Lo hiciste por ella, todo lo haces por ella. —Señalé en dirección a Susana—. No te importa nadie más que Susana porque estás atrapada a su lado, sigues encerrada con ella en el mismo armario de tu infancia y los que estamos afuera no significamos nada para ti. ¡Yo no significo nada para ti!
—¡Por favor, Anthony! No digas eso.
—Me convertiste en un obstáculo para ella y para ti; pues bien, dejaré de serlo porque la mentira entre nosotros terminó.
El ruido de cristal quebrándose se escuchó al interior del departamento. Candy volteó de inmediato, reafirmando mis palabras y yo me dirigí al ascensor sin decir nada más, pero ella siguió mis pasos otra vez.
—¡No te vayas, Anthony! —gritó Candy cuando las puertas se abrieron y entré sin mirar atrás, sin voltear hasta que estuve encerrado en esas cuatro paredes metálicas.
Escuché por última vez mi nombre de sus labios y el pecho me dolió.
Los recuerdos de todo lo que había pasado durante el día se arremolinaron en mi cabeza, los accidentes, las risas que ahora no podía pensar que fueran algo más que burlas, las declaraciones de amor que ahora no tenían significado, las promesas que no eran más que una farsa. Una farsa que fácilmente fue destruida por una cadena de desgracias.
En ese momento lo supe, las desgracias no vienen en tres, caen como piezas de dominó, arruinando todo.
*C & A*
Nos leemos pronto
Luna
