La cenicienta equivocada

17

Fin del encanto

POV: Candy

La imagen de Anthony desapareciendo por el ascensor se repetía una y otra vez frente a mis ojos. Dándome la espalda y sin volver la vista atrás.

Le grité para que no se fuera, pero ya era tarde.

Se había ido.

Volví a mi departamento y me senté en el sofá; las piernas me pesaban y la cabeza me daba vueltas, así que me dejé caer sobre el respaldo y cerré los ojos, pero sólo un segundo.

Bastó un quejido de Susana para que me levantara y fuera hasta mi habitación donde ella estaba sentada en la cama, con los ojos fijos en el piso y con una expresión llena de confusión.

Un vaso se había roto y había agua y cristales regados por la alfombra. Susana levantó la vista hacia mí e intentó levantarse, pero yo le había quitado los zapatos y no podía pisar descalza, arriegándose a cortarse con el vidrio roto.

—Quédate ahí —ordené en cuanto las piernas de Susana se movieron.

Ella obedeció y yo sólo recogí los pedazos rotos y los eché al cesto de basura.

—Candy…

—Duerme, Susana —dije antes de que ella pudiera hablar más. Apagué la luz de mi habitación y cerré la puerta detrás de mí.

En un segundo estaba de vuelta en el sofá y sentada ahí me solté a llorar.

—No quiero perderlo —dije al silencio, mi única compañía.

"Pero ya lo perdiste" dijo una voz en mi cabeza, la misma que todo este tiempo había insistido en que le contara a Anthony la verdad. ¿Por qué tuve que esperar tanto? ¿Por qué fui una cobarde? ¿Por qué fui una ingenua al creer que todo saldría como en los cuentos de hadas y que Anthony perdonaría mi falta? ¿Por qué tuvo que enterarse por boca de alguien más? ¿Por qué Susana había hablado de más? ¿cómo fue que Elisa se enteró de que yo estuve en Nueva York el día de la maldita fiesta de disfraces?

La cabeza me iba a explotar. Eran muchas preguntas y yo no tenía ninguna respuesta, solo sabía que Anthony había malentendido todo, que estaba furioso, al borde del odio y que no me escucharía. Esto último me lo repetí mil veces para detener el impulso de ir a buscarlo esa misma noche.

Estaba herido, eso lo entendía, y nada de lo que yo dijera en ese momento lo haría cambiar de opinión. En parte, por eso había callado, pero sobre todo porque cada palabra suya me hirió, me dolió que dijera que mis sentimientos hacia él no eran reales, me lastimó su indiferencia desde que lo encontré en el bar, me ofendió la forma en que me llamó mentirosa y se encerró en su rabia.

Me hice un ovillo en el sofá y repasé en mi memoria una y otra vez el día. ¿En qué momento todo se había ido a la basura? ¿En qué momento el Anthony que yo amaba se había transformado en el hombre que no me dejaba explicar y que gritaba como una bestia?

—¡Eres una bestia, Anthony Brower! —grité contra un cojín mientras una nueva ola de lágrimas llegaba—. Y no debería amarte, pero te amo, grandísima bestia —chillé y después de derramar las lágrimas que no había llorado en toda mi vida, me quedé dormida en el sofá porque ni siquiera podía hacerlo en mi cama, donde Susana dormía.

Desperté varias veces durante la noche, logré dormir un par de horas continuas, pero el dolor persistía, así como la confusión y la angustia que había sentido desde la tarde anterior seguían ahí, triturando mi interior. Recordaba lo que había ocurrido y entonces empezaba a llorar otra vez hasta volver a quedarme dormida, así que la migraña de la mañana siguiente estaba más que justificada.

Sentada en el sofá, sosteniéndome la cabeza con las manos, esperaba a que los analgésicos surtieran efecto. Los ojos me dolían y no quería ni verme al espejo para no comprobar lo hinchados que estaban y el desastre de cara que tendría esa mañana.

Un nuevo día había comenzado y yo no sabía qué hacer. ¿Qué era lo mejor? ¿Debía ir a buscar a Anthony? ¿Llamarlo? ¿Darle tiempo? ¿Cuánto tiempo? "El suficiente", contestó la voz en mi cabeza, pero cuánto era suficiente. ¿Cuándo era demasiado pronto y cuándo sería muy tarde?

—Candy…

¡Ahora no, por favor!

Levanté la vista y vi a Susana a unos pasos de mí. No me hizo falta verme al espejo para saber cómo lucía, sabía que me veía tan mal como ella.

—¡Despertaste! —exclamé con una tranquilidad que no sentía.

Ella se acercó a mí y se sentó en la mesa de centro.

—La cagué anoche, ¿verdad?

¿Y todavía lo preguntas?

Mi estómago se hizo un nudo y mi garganta tembló.

—Lo siento, Candy, te juro que fue mi intención, no lo hice a propósito.

Susana intentó tomar mis manos entre las suyas, pero yo me hice para atrás y recargué todo mi peso en el sofá. Ella retrocedió también y juntó las manos en su regazo, alejándose.

—Me equivoqué, Candy…

No puedo escuchar esto ahora.

—¿Te equivocaste? —repetí con ironía—. Susana, tus equivocaciones me están saliendo caras. —Me levanté del sofá y me fui a parar detrás del mismo. Me tallé los ojos hasta casi dejarme ciega y me quité la bandita de la frente de un tirón. Sorpresivamente, no me dolió—. Primero "te equivocas" y coqueteas con Anthony y yo tengo que limpiar tu desastre; después algo maravilloso sale de eso y tú te vuelves a "equivocar" para arruinarlo.

Mi voz sonó tan derrotada y cansada como me sentía.

—Candy, yo… tienes razón y…

—No, Susana, ahora no. —Levanté una mano para que se callara y con la otra me masajeé la sien—. No puedo pensar y no quiero decir algo de lo que después me arrepentiré.

Anoche había perdido toda la energía y en ese momento no tenía más para lidiar con ella.

—Tomaré un baño, quédate si quieres —dije dando media vuelta para irme de la sala.

—No, Candy, mejor me voy —dijo para mi sorpresa mientras se levantaba de la mesilla—. Yo… entiendo el daño que causé y sé que necesitas estar sola. Estaré ahí para ti cuando quieras hablar.

Caminó hasta la puerta y sostuvo la perilla, agachó la cabeza y tras unos segundos abrió y se fue, simplemente se fue.

No sé qué sentí al respecto, pero sí supe que en ese momento yo estaba sola, para bien o para mal estaba sola.

Entré a mi habitación después de que Susana se marchó. Había hecho la cama y sacado los cristales del vaso que había roto por la noche y que yo sólo había echado al bote de basura. Después tomé el baño más largo de mi vida y lloré otra vez mientras recordaba mi primer encuentro con Anthony frente a toda la empresa; después nuestra primera reunión, donde pude haberle dicho la verdad y ahorrarnos este dolor. Pero entonces tampoco habría pasado tantos momentos agradables con él y ese pensamiento me hizo llorar más.

¿Cómo podía ser tan tonta para seguir viendo lo bueno de lo que habíamos vivido?

"Porque lo amas y crees que vale la pena" dijo la voz en mi cabeza, esa que ya había ignorado antes.

Sí, valía la pena, pero cómo hacer que Anthony pensara lo mismo, cómo lograr que me escuchara si estaba cegado, si siempre buscaba la salida de emergencia, si él siempre hacía lo correcto y era tan testarudo porque ¡vaya que lo era! y esa una de las cosas que amaba de él, sólo que fui una ingenua y creí que nunca estaría del otro lado para conocer los efectos de esa misma testarudez.

"Un error, un error y te vas" le había dicho una vez a un trabajador y desde ese momento me había quedado claro que Anthony no era un hombre que perdonara fácilmente. Si era así en el trabajo, ¿qué me esperaba de su vida personal? La respuesta era simple: Anthony no me perdonaría.

En pijama todo el día, le di mil vueltas al asunto. Pensé en llamarlo, en enviarle mensajes, en buscarlo en su casa una vez que volviera del trabajo, pero cada idea sonaba peor que la anterior. Pensé en acorralarlo en su oficina, literalmente no dejarlo salir, pero era imposible, algo descabellado, desesperado que sólo me restaría puntos, pues sabía cuánto Anthony respetaba su trabajo y hacerle una escena en su oficina sólo empeoraría las cosas.

Me costó todo el día entender que lo mejor era dejar a Anthony en paz.

No llamarlo.

No buscarlo.

No pensar en él.

No llamarlo y no buscarlo era relativamente fácil, sólo tenía que exigirme autocontrol para no hacerlo, pero no pensar en Anthony era otra cosa. El trabajo en la oficina ayudaría, así como dormir. Dormida no podía pensar; dormida, el tiempo pasaba sin que lo notara y eso no dolía.

Así pasaron los primeros dos días sin Anthony. Uno, encerrada en casa gracias al accidente de auto y el otro, encerrada en la oficina, trabajando codo a codo con Patty para desahogar una lista de tareas y no entorpecer la apretada agenda que nuestra jefa había establecido antes de que terminara en el hospital.

—Con eso podemos tomarnos un descanso, ¿no crees? —preguntó Patty a la hora del almuerzo.

—Claro —contesté sin hacer el intento de moverme del escritorio. Seguí trabajando en la computadora y Patty se acercó a mí, hasta casi hablarme al oído.

—¿Candy, necesitas irte a casa? No te ves bien —agregó con tono preocupado y estuve a punto de llorar al ver la consternación en sus ojos marrones.

—Estoy bien, en serio —aseguré unas tres veces hasta convencerla y lograr que saliera a almorzar con Stear, que ya la esperaba en el pasillo.

El tercer día, el jueves por la mañana, recibí una llamada de George, el abogado de la familia. Quería que lo viera en su oficina para trabajar en mi declaración sobre la audiencia de Benson. Semanas atrás, Anthony y yo le habíamos contado todo sobre nuestro descubrimiento de la falsificación de firmas y él ya tenía redactada una declaración para mí que quería que revisara.

Lo hice con detenimiento y para que mis palabras fueran más reales y propias, terminé redactando mi propia declaración. Pasé tres horas frente a su escritorio corrigiendo, reescribiendo y preguntando si tal o cual palabra era adecuada hasta que todo estuvo resumido en unas cuantas hojas.

—Excelente, Candy —dijo George una vez que terminamos—. Tu declaración y la de Anthony coinciden a la perfección y serán bastante útiles.

—¿Anthony ya hizo la suya? —pregunté con un hilo de voz. No era de sorprender que Antony ya hubiera cumplido con su compromiso de redactar la declaración.

—Sí, ayer mismo me la envió —contestó señalando el cajón de su escritorio—. El lunes es la audiencia, así que, descansa estos días. No es nada de lo que tengas de qué preocuparte, pero entiendo si te sientes nerviosa.

Estaba exhausta de sentir, así que los nervios ya no importaban.

—Estaré bien —dije antes de despedirme de George.


El viernes llegué tarde a casa. Cansada, me dejé caer en el sofá, cerré los ojos y creí dormir horas, pero solo fue un instante. Entonces mi teléfono empezó a sonar y lo saqué de mi bolsillo.

—¡Annie! —exclamé en cuanto respondí la videollamada.

—¡Hola, Candy! ¡Te tengo noticias! —gritó emocionada sin preguntar siquiera "¿cómo estás?"

—¿Qué noticias? —pregunté al tiempo que acomodaba el teléfono en el brazo del sofá para estar más cómoda y ver a Annie mejor.

—No lo vas a creer y tampoco podrás rechazarlo —me advirtió encendiendo la mecha de la duda.

—¡Dime ya!

—¡Tengo un lugar para ti en el Congreso de Diseño!

—¿QUÉ?
—Como lo oyes, tengo una cancelación de última hora y la ponente que se retiró dijo que no necesitaba el reembolso de su inscripción ni nada; prácticamente nos regaló el dinero, así que hablé con el comité y les sugerí simplemente reemplazar su ponencia con la tuya.

—¡Wow wow! ¿Lo dices en serio? —pregunté enderezándome en el sofá.

—Muy en serio, por eso te dije que no podías recharlo. Ya está todo cubierto. El pago incluye tu boleto de avión y la estancia de hotel; aunque me gustaría que te quedaras en mi departamento para pasar tiempo juntas, pero es tu decisión. ¿Qué dices? ¿Vienes o vienes? —dijo Annie con las emociones a tope y sin darme la opción de negarme.

—¡Oh, Annie! ¡Claro que sí! —acepté sin más.

—¡Genial! —gritó Annie—. ¡Aceptó! —volvió a gritar en dirección opuesta a mí y supe que hablaba con alguien más, con Archie. Después volvió la vista hacia mí y aplaudió frente a la pantalla—. Ahora, sé que te estoy tomando por sorpresa, pero hay algo que quiero pedirte.

—Ok… ¿Qué es? —pregunté, intrigada.

—¿Podrías venir antes a Nueva York para ayudarme con algunos detalles del Congreso? —Annie entrecerró los ojos y jugó con sus dedos frente a la pantalla a modo de súplica.

¡Vaya! Eso no lo esperaba.

Me rasqué el cuello pensando en mi respuesta. Irme, así nada más a Nueva York era…

—¡De acuerdo! —Contesté con una sonrisa nerviosa.

No tenía idea de lo que estaba haciendo, pero sentía que era lo correcto o, al menos, lo que necesitaba.

—¡Gracias, Candy! ¡Te amo, te amo, te amo! —gritó Annie otra vez. Esta chica era una ruidosa y era una de las razones por las que yo también la amaba.

—Yo también te amo, pero respira, Annie —bromeé al ver su emoción—. Ahora, dime cuándo me quieres allá y qué quieres que haga.

—¡Claro! Ahora mismo te envío todo. —Los dedos de Annie acapararon la pantalla y en menos de un segundo ya tenía en mi teléfono el programa del Congreso actualizado con mi nombre y mi presentación.

Annie no llamó para preguntarme, sino para avisarme lo que pasaría.

Mi visión se nubló por la emoción, pero evité las lágrimas y pregunté otra vez cuándo debería estar en Nueva York y qué se suponía que tendría que hacer para ayudar a Annie.

—Bien, bien, ¿podrías estar aquí… digamos, el lunes?

Miré el calendario de mi teléfono. No, el lunes era la audiencia de Benson y yo tenía que estar ahí. El martes también tenía trabajo agendado y no podía dejar botado con Patty.

—Mmm, entonces… —Annie dudó.

—¿Qué tal si tomo el vuelo del martes en la noche? —propuse y Annie aceptó de inmediato.

Me ofreció quedarme en su departamento unos días y después mudarme a la habitación de hotel que proporcionaba el Congreso.

—¡Oh, Annie es perfecto! —agradecí como si me estuviera ofreciendo un salvavidas en medio del mar embravecido—. ¡No te imaginas cuánto necesito verte, salir de aquí!

Sin proponérmelo, las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos.

Los últimos días los había vivido como un zombi, solo yendo y viniendo de un lado a otro, haciendo lo que debía hacer, bloqueando mis pensamientos y ahogando mis emociones, pues aunque lloraba todas las noches, no tenía con quién hablar.

Tonta, ¿por qué no llamaste a Annie?, me recriminé en ese momento.

—¡Ey, ey! ¿qué pasa? —preguntó Annie al otro lado de la pantalla.

—Lo siento, Annie —jadeé—, es sólo que…

—¿Qué te pasó, Candy? ¿Por qué lloras así? —preguntó tornando su rostro sonriente a uno serio, preocupado y ahí me desmoroné.

La hora siguiente me dediqué a contarle todo a Annie. Desde el día de la fiesta de disfraces hasta la noche del lunes cuando Anthony había terminado conmigo al descubrir la verdad y de la peor manera posible.

—¡Oh, Candy! no me imagino lo que sientes en este momento —dijo en algún punto de mi relato y siguió escuchándome. A veces hacía alguna pregunta sólo para aclarar algo, después asentía y decía que le gustaría estar conmigo en ese momento.

—No sé qué hacer, Annie —dije, derrotada—. Quiero hablar con Anthony, hablar realmente y no pelear, pero no sé cómo acercarme a él sin que me rechace.

—No lo hagas, Candy —dijo Annie tras un largo silencio en el que creí perder la conexión—. Al menos, no ahora —aclaró—. Necesitas alejarte un poco, despejar tu mente y calmar tu corazón porque estás sufriendo mucho, has aguantado mucho durante días y… ¡Dios! ¿cómo no lo noté? estás pálida. Podrías enfermarte. ¿Sabes qué? Olvida lo de ayudarme en el Congreso, ¡para nada! Sólo ven, toma una maleta y ven. Aléjate de todo, de Anthony, de Susana, de ese maldito Neil y de esa víbora de Elisa. ¡Agh! No la conozco y ya la odio. Ven, Candy, aquí estarás bien, conmigo, con Archie, con tus amigos. Sabes que aquí somos muchos los que te amamos.

Annie habló tan rápido y con tanta emoción y preocupación hacia mí que mis lágrimas volvieron a brotar, pero esta vez de alivio porque después de días de sentirme sola, sabía que tenía el apoyo de alguien.

—Iré, Annie, iré —prometí frente a la reducida pantalla—. Sólo debo de ocuparme de un par de cosas aquí que no puedo postergar y me iré a Nueva York.

—¡Esa es mi amiga! —exclamó Annie con un orgullo que me hizo sentir bien y esa noche me fui a la cama un poco menos dolida que los últimos días.


Albert me recogió el lunes a las ocho de la mañana en mi casa para ir juntos a la audiencia de Benson. George dijo que no era un juicio, sólo hablaríamos frente a una junta que ya tenía nuestras declaraciones.

Aún así, ni Albert ni yo podíamos ocultar nuestros nervios, el asunto ya se había alargado mucho tiempo y aunque habíamos hecho lo mejor posible para dejarlo atrás con nuevas medidas de transparencia en nuestra empresa, todavía arrastrábamos la sombra de Benson.

—¡Mírate, pareces una abogada! —bromeó Albert al verme salir de mi edificio.

Había elegido un traje negro y una blusa blanca de seda que no tenían nada de impactantes, pero eran un buen atuendo para el lugar al que íbamos; sólo dudaba de los tacones porque eran los más altos que tenía y los que había usado en mi increíble cita con Anthony. Eso no lo recordé hasta que me subí al coche de Albert y ya no hubo manera de volver y cambiarlos.

Inhalé con profundidad. Él también estaría ahí.

—Haz lo que puedas, Candy —me dijo Albert a modo de apoyo. Seguramente él creía que estaba ansiosa por las personas que presidirían la audiencia, pero no era por eso que mi corazón latía tan rápido como el de un colibrí y amenazaba con ocupar más espacio del que debía. No, era porque vería a Anthony después de varios días y aunque me había mentalizado para controlarme, no estaba segura de lo que realmente pasaría al tenerlo cerca otra vez y tener que fingir, que mentir, que todo estaba bien y que nada, ni bueno ni malo, había pasado entre nosotros.

Asentí y me puse el cinturón de seguridad mientras Albert arrancaba el auto. Hablamos de trivialidades y su compañía me hizo sentir mejor.

—Te perdiste una noticia de última hora en la comida de ayer —dijo Albert al cabo de un rato.

Sus padres habían organizado una comida familiar el domingo y todos los Andley estábamos convocados: mis padres, Susana, su madre, Albert y yo; pero no fui poniendo de pretexto que estaba trabajando en un proyecto independiente con Annie y no tenía tiempo. La verdad era que no estaba lista para ver a mi prima a la cara y tampoco para contarle a mamá que el hombre maravilloso del que había hablado días atrás me había botado porque su hija era una mentirosa.

—¿Ah, sí? —pregunté—. ¿Qué pasó?

—Susan terminó ¡al fin! con Neil —dijo Albert con emoción, pues para nadie en la familia era un secreto que lo odiábamos, pero sólo Dios sabía por qué habíamos callado por tanto tiempo y habíamos soportado verlo al lado de Susana.

—¡En serio! —exclamé tratando de aparentar sorpresa.

—¡Sí! Nos lo dijo ayer en cuanto llegó y creo que hacía años que no la veía tan feliz. —Una luz roja detuvo nuestro camino—. ¿No sabías?

¡Claro que sabía! Sabía más de lo que hubiera deseado.

—No, no tenía idea, pero me alegro. —Eso último lo dije en serio.

—Como todos. Susana se merece un buen hombre a su lado y tú también, Candy. El hombre del que te enamores será muy afortunado de recibir tu cariño.

Las palabras de Albert fueron simples, pero tan sinceras como siempre que se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Qué me dices de ti? ¿Cuándo tendrás una novia formal? —pregunté para molestar y desviar la charla hacia él.

Albert sólo guardó silencio y eso significaba algo grande, pues siempre que tocábamos el tema de cuándo "sentaría cabeza" como solían decir los abuelos, él soltaba una carcajada llena de sarcasmo para dar a entender que no era lo que quería, pero el silencio de ese momento…

—¡A ver, a ver! ¿Qué es lo que no sé? —pregunté más intrigada que dos segundos atrás.

—La densidad de la Tierra, la población total de Tailandia, tocar un instrumento, conducir —enumeró Albert para sacarme de mis casillas y evitar responder.

—No, no, no. Sabes de qué hablo. Cuéntame, ¿quién es ella?

Albert se encogió de hombros y encontró un lugar para estacionarse. Habíamos llegado.

—¿Te dije que hay un gimnasio nuevo cerca de mi casa? —preguntó Albert tras apagar el auto y mirar su reloj. Comprobé que todavía teníamos unos minutos antes de que empezara la audiencia y asentí—. Pues… es bueno, deberías ir —dijo abriendo rápidamente su puerta y huyendo como cuando jugábamos "te atrapé" de niños.

—¡Albert! —grité bajando también del auto y odiándome por elegir los tacones. Aun así, lo alcancé y sólo oí a lo lejos cómo sonaba la alarma activada del vehículo—. ¡Tienes un crush en el gimnasio! —grité a medio estacionamiento.

—¡Shh! Compórtate —me regañó cuando él había sido el primero en correr.

—Háblame de ella. ¿Cuándo la ves? ¿La espías por los espejos? ¿La ayudas con las pesas?

Albert se rio ante mis preguntas y a cada una negó con la cabeza.

—Nada de eso. Es la dueña —soltó cuando llegamos a la puerta principal de los juzgados.

—¡No!

—Sí, pero ya cállate, ahí está George.

Me tomó del brazo y caminamos juntos para encontrarnos con George. Albert tenía el cuello rojo y una boba sonrisa amenazaba con asomarse. Yo me reí. Me hacía feliz verlo enamorado o, al menos, interesado en alguien, después de tanto tiempo.

Él siempre había sido popular entre las mujeres —y algunos hombres, debo admitir—, pero muy discreto en sus relaciones y hacía mucho tiempo que no hablaba del tema.

"Hermano brincado, hermano quedado" solíamos molestarlo Susana y yo cuando aprendimos el dicho de una amiga mexicana y él nos mandaba al diablo, directo y sin escalas.

—Hola, George —saludé en cuanto estuvimos a dos pasos de distancia.

—Candy, Albert —respondió mirándonos—. Todo está listo, es por aquí. —Nos guio por un largo pasillo lleno de puertas con gente entrando y saliendo de ellas. Albert le hizo un par de preguntas sobre el tiempo que nos llevaría y cómo se desarrollaría la audiencia, algo que ya me había explicado a mí. George le explicó y nos detuvimos en una puerta que ya estaba abierta.

La sala era el lugar más aburrido y sombrío que yo había visitado. Había una larga mesa con botellas de agua y sillas detrás, ordenadas en fila. Ahí se sentaría la junta. En el lado opuesto había más sillas para los asistentes y, como en una sala de juicios, estaba todo dividido en dos: la defensa y la parte acusatoria.

Fuimos los primeros en llegar y George nos dijo dónde sentarnos. La audiencia no tardó en empezar. Primero llegaron los miembros de la junta que incluían al fiscal de distrito, un médico forense especializado en psicología, el director del penal y otras personas que ni Albert ni yo entendíamos el motivo de su presencia. Antes de que Benson fuera llevado a la sala, la puerta se abrió y mi corazón se saltó un latido.

Anthony entró con su característico andar, seguro y firme; parecía que sólo con su presencia podía remover aquello que estorbara en su paso porque un policía que iba a cruzar la sala se quedó quieto para dejarlo pasar. Su traje gris oxford le daba un aire imponente que me causó escalofríos, de esos que no debía sentir.

George fue el primero en acercársele y bloqueó mi visión. Los oí saludarse como si fueran amigos de toda una vida y después se dirigió a nosotros.

—Señor Andley —dijo estrechando la mano de Albert—. Señorita Andley —me dijo a mí y juro que sentí cómo mi corazón era arrojado a un lago congelado. No era una comparación ni una metáfora; su frialdad, disfrazada de cortesía, me dolió tanto como el fuego de su ira de días atrás. A eso había que sumarle que no me dio la mano, pues se sentó al lado de Albert, como George le había indicado.

Benson entró junto con su abogado y custodiado por un par de guardias. Lo sentaron en una silla y le quitaron las esposas.

Albert y yo lo vimos de perfil y me di cuenta de que los años no habían pasado en balde. El Benson joven y orgulloso que habíamos conocido no era para nada el hombre que teníamos cerca. Se notaba más viejo de lo que era y su mirada era oscura, no sólo por sus ojos marrones, sino por la energía que despedía. Daba miedo. Me estremecí en mi asiento y miré a Albert por instinto, pero mis ojos se desviaron a Anthony, quien también me miraba fijamente. Fue sólo un segundo, pero con eso ahuyentó el miedo del momento y pude concentrarme en la escena que se desarrollaba frente a nosotros.

El presidente de la junta dijo los motivos por los que nos encontrábamos ahí, presentó a todos los miembros y tras la lectura de un documento legal dio la palabra a los abogados. El abogado defensor agradeció la oportunidad que se la había dado a su cliente, leyó reportes de su buena conducta en el penal, así como un diagnóstico médico que decía que la salud de Benson había mermado en los últimos meses y el mismo abogado aseguraba que darle la libertad condicional era un trato justo y humano para un hombre que no era un criminal peligroso y que no había dañado a nadie con sus acciones.

—Lo tenemos —murmuró George que estaba sentado a mi lado.

La junta agradeció la intervención del abogado y le dio la palabra a Benson. Ese era el orden, primero hablaría él, pediría su libertad; después hablaría George y escucharían mi declaración y la de Anthony.

Benson se levantó con más agilidad de la que se esperaría de un hombre enfermo y empezó a hablar. Dijo que reconocía los errores que había cometido, el abuso de confianza hacia la empresa y que estaba sumamente arrepentido. Habló, igual que su abogado, de su excelente conducta en el penal y el director de este hizo un imperceptible gesto que no supe si era incredulidad o apoyo. Dijo que era un hombre diferente, que ya no era esa persona que se había valido de sus conocimientos para desviar recursos y que ahora incluso daba clases de economía en el mismo penal para sus compañeros que estaban próximos a salir.

—Que se quede dando clases allá dentro —murmuró Albert en mi oído y noté que él no creía ni una palabra de lo que Benson decía.

No dije nada pues las disculpas de Benson, verdaderas o falsas, me taladraban los oídos. "No soy esa persona" repetía cada tanto, "Sé que lo que hice estuvo mal".

"Sabía que estaba mal y lo lamento".Yo le había dicho eso a Anthony y aunque fuera cierto estaba en su derecho, igual que Albert con Benson, a no creerme.

Cerré los ojos por un momento. Yo no sabía si Benson se arrepentía verdaderamente, pero yo sí lo estaba y tenía que hallar una manera de que Anthony lo entendiera. Tal vez no volveríamos a estar juntos, pero no podía dejar que por mi culpa, su corazón y el mío se oscurecieran, como la mirada de Benson.

—No soy un hombre peligroso —dijo Benson—. No herí a nadie.

Abrí los ojos de golpe. Eso no era cierto. Había hecho mucho daño y no me refería a mi familia y al escándalo, eso era lo de menos. Tampoco importaba la confianza perdida de los colaboradores, pues Albert la había recuperado. Importaban las consecuencias de sus actos, lo que su avaricia había provocado.

—George —murmuré, pero no pude decir más porque el presidente de la junta le dio la palabra y él se levantó para iniciar su discurso.

George era un orador excelente y por un segundo lo imaginé en el Parlamento Británico defendiendo su postura. No habló de los daños económicos a la compañía, tampoco de las implicaciones legales de su crimen, sino de las morales, del daño que había causado a niños inocentes al negarles ayuda.

—La señorita Candy White Andley y el señor Anthony Brower son testigos fehacientes de las consecuencias de los actos del señor Benson. Ellos recorrieron en los últimos meses todos y cada uno de los lugares a los que Andley Decoration subsidia. Se trata de orfanatos, casas hogar que no se dan abasto para mantener a niños huérfanos, heridos en muchos más aspectos de los que nos podemos imaginar, incluso algunos enfermos.

George nos miró fijamente a Anthony y a mí y nos lo dijo todo.

Volteé a ver a Anthony y él hizo lo mismo en mi dirección. Un leve asentimiento fue todo lo que necesitamos. Nuestra declaración iba a cambiar.

Nos levantamos al mismo tiempo y dimos un paso al frente a una señal de George.

—Pueden escuchar el testimonio de ellos mismos.

George permaneció de pie, pero a un costado de nosotros.

—El abogado Johnson tiene razón —empezó a decir Anthony—. En los últimos meses, la señorita Andley y yo recorrimos orfanatos en los que las condiciones de vida no son las óptimas. Vimos falta de recursos, falta de personal, falta de información y apoyo en todos.

—Apoyo que por años se nos impidió dar —intervine y Anthony me miró, dándome a entender que podía seguir hablando—. El señor Benson dice que no hirió a nadie, pero se equivoca. Su desvío de recursos provocó que Marianne, una niña de cinco años, fuera a parar a un hogar temporal del gobierno, sólo para ser maltratada por el matrimonio que juró cuidarla. Ella vivía en el Hogar de Pony, uno de los orfanatos a los que el señor Benson sacó de nuestro programa de apoyo falsificando la firma de nuestro director. —Señalé a Albert y noté cómo una de las mujeres de la junta se inclinaba hacia adelante.

—Richard es un niño de doce años que tuvo que ser reubicado en un orfanato de Iowa, Iowa —recalcó Anthony— mientras su madre luchaba en los tribunales para recuperar su custodia. Él era cuidado en el orfanato San Pablo que, al igual que el Hogar de Pony, recibió una carta, supuestamente de parte del señor Andley, diciendo que no se les darían más recursos para mantener a Richard y los demás niños. El daño del señor Benson no fue a una compañía, no fue a una cuenta bancaria, fue a niños.

El corazón me latía tan rápido que creí que me iba a reventar. Los miembros de la junta nos miraron impasibles y el abogado defensor azotó su pluma fuente sobre la carpeta que tenía en las manos.

—Estas son las declaraciones del señor Brower y la señorita Andley —intervino George de nuevo y, con carpeta en mano, nos dio a cada uno la declaración que habíamos redactado días atrás. Tras una señal del presidente de la mesa, le pidió a Anthony que leyera primero.

*C & A*