La cenicienta equivocada
18
Un día a la vez
POV: Candy
—¿Te sientes bien? —me preguntó Albert cuando esperábamos a que la audiencia reiniciara.
Después de leer nuestras declaraciones, el presidente llamó a un receso para llegar a un acuerdo y George, Albert, Anthony y yo esperábamos afuera; mientras que Benson y su abogado lo hacían en una sala especial, debido a su condición de reo.
—¿Qué crees que pase? —pregunté ignorando el cuestionamiento de Albert.
—No te preocupes, Candy —intervino George, que estaba cerca de nosotros—. Benson tendrá que esperar otro par de años para volver a solicitar la libertad condicional.
—¿Está seguro de eso, abogado? —Anthony se acercó a nosotros y formamos un círculo en medio del corredor.
—Sí —dijo George con una seguridad que causaba admiración.
Yo conocía al abogado Johnson gentil y amable, pero el estratega implacable que se había adueñado de la audiencia hacía un rato al hacernos tocar las fibras sensibles de los miembros de la mesa para hablar de los niños que habían sido perjudicados, era totalmente nuevo para mí.
Debo admitir que me alegraba tenerlo de nuestro lado y ahora entendía un poco más por qué era uno de los pilares en los que Albert siempre se apoyaba.
Los cuatro nos quedamos en silencio, esperando a que nos dejaran entrar de nuevo a la sala. Albert tenía la vista clavada en la puerta, George revisaba su teléfono y yo evitaba mirar a Anthony para no delatarme en mis sentimientos.
Miré mis zapatos y una ola de recuerdos me pegó con fuerza.
Dentro de la sala, Anthony había resumido la manera en la que había descubierto que Benson eliminó ciertos orfanatos del programa; eso fue el día en el que le conté mi "famosa" anécdota de la pistola de clavos. Explicó nuestro viaje al orfanato San Pablo y cómo obtuvimos la primera carta falsificada, o sea, el día en que nos persiguieron en la carretera y me había consolado mientras la policía tomaba nuestras declaraciones. Habló sobre la carta que recibió también el Hogar de Pony y yo no hice nada más que recordar aquella noche mágica en la que en medio de una cafetería y bailando entre sus brazos, nos habíamos besado por primera vez.
Pero ante cada suceso, Anthony sólo se había referido a mí como "la señorita Andley", justo como había hecho al llegar. Es claro que no esperaba que dijera "la mujer con la que salía" o "mi ex novia", pues eso era irrelevante para el caso, literalmente, pero la forma tan distante en la que lo decía simplemente me dolía.
Levanté la mirada en su dirección y lo encontré mirando también mis tacones, esos tacones con los que habíamos hecho el amor por primera vez y que, con sólo recordar, se me erizaba la piel.
Retrocedí un paso de manera involuntaria y Anthony desvió la mirada hacia mi cara. Enarcó una ceja y miró en otra dirección. "No los usé a propósito" tuve ganas de decirle, pues estaba segura de que había reconocido los zapatos.
¿Era una tontería? Tal vez, pero mi tiempo con él estaba lleno de detalles y, probablemente también fuera la presión de los últimos días, pero yo le daba un significado a todo.
De pronto, la puerta se abrió y un guardia nos dijo que ya podíamos entrar. Los miembros de la mesa estaban ya en sus lugares y una vez que Benson entró acompañado por su abogado, reinició todo.
El presidente leyó un documento legal más que sólo George y el otro abogado entendieron por completo. Después hizo que todos nos pusiéramos de pie y tomé la mano de Albert con fuerza.
—Tras analizar el caso y escuchar los testimonios presentados el día de hoy —empezó a decir el presidente de la mesa—, se rechaza la solicitud de libertad condicional de Richard Benson y queda asentado que las pruebas presentadas en esta audiencia servirán para iniciar un juicio en su contra por falsificación de documentos en agravio al ciudadano William Albert Andley.
El abogado de Benson recibió la noticia con aplomo, pero no dudó en hablarle muy de cerca a su cliente a tal punto que un guardia tuvo que separarlo. George no hizo más que asentir con la cabeza y mantener un gesto impasible. Ni siquiera recuerdo qué hizo Anthony porque yo tenía la visión nublada y de lo único que era consciente era de la mano firme de Albert sujetando la mía y así salimos de la sala.
Ya afuera, Albert y yo nos abrazamos. George dijo que el delito de falsificación agregaría poco tiempo a la condena de Benson, aunque de todas formas no saldría pronto.
—Muchas gracias por su apoyo, ingeniero —dijo Albert a Anthony en cuanto nos soltamos. Le tendió la mano y Anthony correspondió con firmeza—. Créame que no tenemos cómo pagarle lo que ha hecho por nosostros. Pero si hay algo, lo que sea, que yo pueda hacer por usted, no dude en decirlo. Si lo necesita, en mí tiene un amigo.
¡Cuánto deseé que esas mismas palabras las hubiera dicho al saber que Anthony y yo estábamos juntos!
—Lo tendré en cuenta, señor Andley —dijo Anthony intentando ocultar la sorpresa que las palabras de Albert le causaban, de eso estaba segura—. Y gracias por confiar en mí para esto.
—Lo hicieron bien —dijo George—, muy bien —recalcó dirigiéndose a Anthony y a mí.
—¿Tú no dices nada, Candy? —me preguntó Albert, instándome a agradecerle a Anthony también.
—Yo… —me aclaré la garganta—. Gracias.
—De nada —respondió Anthony en el mismo tono que a Albert, gentil e impávido y de inmediato se despidió de nosotros, alegando que tenía una junta fuera del edificio y tenía el tiempo justo.
—Bueno, será mejor que también nos vayamos —dijo Albert a George y este explicó que aun tenía asuntos pendientes en la Corte, así que se quedaría unas horas más.
Entonces Albert, Anthony y yo recorrimos el largo pasillo hacia la salida. La tensión era palpable para mí, pero para mi primo no existía y le hizo un par de comentarios a Anthony que él respondió con tranquilidad.
—Por cierto, señor Andley —Anthony nos detuvo antes de pisar los escalones de la entrada. Me miró y tras parpadear un par de veces como cuando tenía migraña dijo—: Será mejor que eviten la avenida Roosevelt, hay un embotellamiento al que no quieren meterse.
Albert hizo caso a la advertencia de Anthony y tomamos un camino diferente que nos llevara a la empresa. Una locutora de radio advirtió sobre el tráfico y mi primo respiró aliviado por haber evitado el problema.
—Me agrada Anthony —dijo cuando llegamos a la empresa—. Piensa en todo, ¿no?
—Casi en todo.
Como encargada de departamento, Patty era la persona más competente del mundo. Esta semana me hizo analizar nuevamente los reportes de Control de Calidad y coordinar una reunión con Producción para trabajar las observaciones recientes.
De esa reunión volvía cuando esperaba a que el ascensor llegara. Yo repasaba en mi cabeza los puntos importantes para discutirlos con Patty y no presté atención a la otra persona que se acercó también a esperar.
—Sí, claro… ajá. ¡Ah! John, dile a Anthony que tengo su teléfono, lo dejó en mi coche. Sí, sí, ya voy.
Elisa estaba también en el ascensor y hablaba tan alto que su voz hacía eco en el corredor. Y sus palabras… tan filosas como navajas de cazador.
Una rabia que nunca antes había sentido se apoderó de mí. Elisa fue la voluntaria para contarle toda la verdad a Anthony, o al menos parte de la verdad y la que mejor le convenía. Estaba segura de que al decirle que yo no era Cenicienta esperaba que él se arrojara a sus pies y le jurara amor eterno, lo que rezaba en silencio para que nunca sucediera.
Pulsé el botón en un acto desesperado de que las puertas se abrieran lo antes posible y apretando el puño, me obligué a ser una Andley. Yo era una de las caras de la empresa, no podía, no debía pelear, no podía darle más motivos a Anthony para odiarme si armaba una escena con su equipo.
Sí, Elisa es de su equipo y nada más.
Ella me miró con burla a través del espejo y su boca se abrió al mismo tiempo que un par de ejecutivos se detenían a nuestro lado, también para entrar en el elevador, así que no tuvo tiempo de decir nada.
—¡Señorita Andley! —me saludó uno de ellos con ánimo. Era un hombre entrado en años al que yo recordaba desde niña. El otro también hizo un gesto de cortesía.
—¿Cómo están? —pregunté haciendo espacio para que ambos cupieran.
—Cada día más viejos, señorita Andley —bromeó el mayor.
—¡Ey! ¿Dónde quedó el "Candy", señor Cartwright?—me quejé.
El hombre se rio y me miró de frente.
—Has crecido, Candy, ya no eres la niña traviesa a la que tenía que sacar de las bodegas. Ahora eres toda una diseñadora —respondió el señor Cartwright con afecto y se me hizo un nudo en la garganta por la nostalgia de recordar cuando hacía justo lo que él describía.
—Para usted sigo siendo Candy. —Fruncí el ceño y le di una palmada en el brazo.
El señor Cartwright me sonrió y también me dio una palmada en la mano, con el afecto de un abuelo.
Las puertas se abrieron y entramos los cuatro, primero Elisa y yo y detrás los ejecutivos. El hombre que acompañaba al señor Cartwright nos preguntó nuestros pisos y pulsó los botones correspondientes.
Ellos bajaron apenas dos pisos arriba y el más joven salió primero.
—Hasta luego, Candy —dijo el señor Cartwright y después miró a Elisa—. Señorita —añadió con cortesía y nos quedamos solas.
—No me sorprende que Anthony cayera contigo —soltó Elisa tan pronto como las puertas se cerraron—, eres muy amable con todos.
No tenía que ser lingüista para entender su definición de amable y no me iba a quedar callada.
—A mí me sorprendería que cayera contigo, ¿cuánto tiempo más tendrás que esperar? —respondí con indiferencia y la cara de Elisa volvió a mostrar una sonrisa, esta vez de superioridad.
—Ahora nada. Esperé el momento preciso y con un poco de suerte me adelanté a tus románticos planes.
En lugar de sentir el tirón hacia arriba, propio del ascenso, sentí que todo mi cuerpo se hundía. El pañuelo que llevaba atado al cuello me ahorcó y los espejos del estrecho lugar me causaron un mareo.
—¿Hace cuánto sabes lo de Cenicienta? —pregunté al cruzarme de brazos y recargarme en la pared.
Quería controlar mis emociones, parecer relajada, pero también necesitaba un soporte para no caer.
—Un mes, semanas más, semanas menos —contestó Elisa encogiéndose de hombros.
Su arrogancia no cabía en este espacio tan reducido.
Me reí sólo para no llorar de rabia. Elisa supo desde mucho antes que yo no era Cenicienta y no se lo había dicho a Anthony de inmediato como él creía. También, de alguna manera, supo mis planes para contárselo en la cabaña y se adelantó. Soltó la verdad que le convino, la parte que había descifrado y me hacía ver como una maldita mentirosa.
—¿Y lo de la cabaña? —pregunté, sabiendo que entendería a qué me refería.
—Ya te dije, fue pura suerte. —Su sonrisa se ensanchó tanto como mi estómago se encogió. Solo había una persona que conocía mis planes y era Susana—. Deberías tener más cuidado dónde conversas —me advirtió.
—Lo tendré en cuenta —dije mirando la pantalla que indicaba en qué piso estábamos. Faltaba uno para llegar al mío y las puertas no tardaron en abrirse.
Elisa se rio.
—Adiós, Candy —dijo antes de que pusiera un pie afuera y no soporté más el tono socarrón de su voz.
Giré para encararla y la observé de arriba a abajo, disfrutando cómo su rostro se desfiguraba cuando le contesté con la voz mas clara y seria que nunca:
—Señorita Andley para ti.
A pesar de mi pequeño logro quería vomitar y deseaba que mi estómago no fuera tan sensible a las emociones. Emociones que tenía mezcladas y de la peor manera. Tenía rabia hacia Elisa por meterse entre Anthony y yo; rabia hacia Anthony por creerle tan fácilmente a Elisa e ignorar lo que yo tenía para decir; rabia hacia mí por haber permitido que todo escalara hasta este punto y rabia hacia Susana por meterme en la mentira de la Cenicienta, por haber terminado con Neil después de que salvé su cumpleaños y también por no haberlo hecho antes, pero sobre todo, tenía ira contra ella al imaginar que por su culpa Elisa se había enterado de que yo quería ir a esa cabaña con Anthony para confesar la verdad.
Necesito hablar contigo.
Escribí el mensaje para Susana con los dedos temblorosos cuando ya estaba en su piso, en la puerta de su oficina.
¡Sí! ¿A qué hora? ¿dónde?
Ahora.
Estoy afuera de tu oficina.
Susana salió segundos después de leer mi mensaje y sus ojos se iluminaron en cuanto me vio. No habíamos hablado desde aquel día, lo que parecía una eternidad para mí y aunque mis sentimientos hacia ella eran más negativos que positivos en ese momento, no pude evitar el nudo en mi garganta que amenazaba con volverse llanto. Pero no quería darme ese lujo. Susana tenía cosas que explicar.
La tomé del brazo y tiré de ella hacia la sala de juntas de su piso.
—¡Le dijiste a Elisa que iría con Anthony de viaje! —grité.
—¡¿Qué?! ¡De qué hablas!
—¡Ella me acaba de decir que sabía de mis planes para hablar con Anthony!—volví a gritar y no me importó que mi voz se escuchara en el pasillo—. ¡Tú eras la única que los conocía! ¡Tú eras la única que sabía de todo este embrollo de Cenicienta! ¡Era tu problema, no el mío! ¡Yo no quería herir a Anthony y lo hice! —Mi voz se quebró y no hubo manera de contener el llanto—. Lo lastimé por tu culpa —dije con los últimos restos de fuerza que me quedaban.
Mi corazón se aceleró y cada vez me costaba más trabajo respirar por culpa de las lágrimas.
Unos brazos más pequeños que los míos me rodearon el cuerpo y me atrajeron hacia un hombro cálido. Susana me abrazó con fuerza y seguí llorando.
Esto era ridículo.
La había extrañado todos estos días, quería gritarle y al mismo tiempo ignorarla por el resto de mi vida; quería culparla por todo lo malo que me había pasado y también quería alejarla del dolor que me carcomía; quería escuchar cómo estaba y también decirle que se lo tenía bien merecido, aunque no era cierto.
—Shhh —dijo acariciando mi cabello—. Lo lamento, Candy. Sé que mis tonterías te lastimaron, pero te juro por la memoria del abuelo que yo nunca he hablado con Elisa.
Lloré más cuando juró por el abuelo porque no había nada más sagrado para Albert, para ella y para mí que el abuelo Andley; así que lo que decía no podía ser mentira. Mi corazón lo sabía.
—No tengo una explicación para lo que pasó esa noche. Cometí error tras error y te lastimé, Candy; lastimé a la única persona que nunca me ha juzgado, que siempre me ha apoyado y a la que quiero con todo mi corazón y no hay excusa ni perdón para eso. —Siguió acariciando mi cabello y guardó silencio un instante. Su nariz me indicó que intentaba no llorar y nos abrazamos con más fuerza—. Te lastimé sin ser consciente de mis acciones, Candy, lo sé; pero te juro que nunca lo haría de manera deliberada. Nunca, nunca he entablado relación con Elisa, no la conozco más allá de lo que me has dicho y de las contadas ocasiones en las que la he visto por el edificio.
—Lo sé —murmuré—, pero no sé cómo lo averiguó. —Me separé de su abrazo y ella limpió mis lágrimas con su mano—. ¿En qué momento, Susana, en qué momento lo perdí para siempre?
—¿Quién habla de perderlo para siempre? —Jaló de mí hasta sentarnos en un pequeño sillón, una junto a la otra.
—Los hechos, Susana —contesté limpiándome sin gracia la nariz con el dorso de la mano—, su rencor, sus palabras. Debí decírselo desde un principio, tenía que oírlo de mi boca, no de la… —guardé silencio.
—De la mía —aceptó Susana.
—Ni de Elisa —añadí y Susana quiso saber qué papel tenía ella en todo esto, así que le conté que le había enseñado mis fotos del desfile de modas a Anthony y aunque no sabía qué le había dicho, estaba consciente que eso había encendido su rabia.
—¡Esa perra! —masculló Susana cuando terminé de hablar—, pero no entiendo cómo se enteró. Es claro que no fue casualidad.
Negué con la cabeza.
—Elisa dijo que tenía las fotos en su poder desde hacía tiempo y que sólo había esperado el momento para dárselas a Anthony.
—Fue en el bar, ¿no?
—No sé, tal vez. —La verdad era que no me había hecho esa pregunta. ¿Qué hacía Anthony en el bar de Tom esa noche? Dijo que tenía un asunto importante que atender, pero no mencionó de qué se trataba.
—Y yo empeoré todo con mi acto en el mismo lugar.
Hubo un silencio incómodo entre las dos, uno que nunca había ocurrido, pero no podía negar que Susana había terminado de echar todo a perder esa noche.
"¿Sólo ella?", preguntó la voz en mi cabeza.
No, yo también tenía la culpa por no hacer más para aclarar las cosas.
"¿Y quién más?"
Anthony, la mentira no era su culpa, pero sí su actitud tan violenta y obcecada.
Me tallé los ojos que ya me ardían. Tendría que retocarme el maquillaje antes de volver a la oficina para que nadie notara que había estado llorando.
—Sé que es una pregunta tonta —dijo Susana—, pero ¿cómo has estado?
Me reí sin ganas.
—Albert me contó sobre la audiencia de Benson, dijo que Anthony y tú lo hundieron. —Su sonrisa se borró tan pronto como apareció. Si lo que buscaba era darme ánimos, lo estaba haciendo fatal al ser precisamente ella la que mencionara a Anthony—. Lo siento, no sé qué decir —agregó con angustia y volvimos a quedarnos calladas.
—Albert dijo que terminaste con Neil, ¿es en serio? —pregunté después.
—Muy en serio —afirmó con seguridad—. No lo volveremos a ver, te lo prometo.
Lo dudaba, pero no era algo que quisiera discutir.
—Sé que en este momento no importa, pero quería decirte que ahora estoy yendo a terapia.
Me dolieron los ojos al abrirlos tanto debido a la noticia.
—Apenas llevo dos sesiones, pero he reconocido muchos de mis errores. —Tomó mis manos entre las suyas y las sentí temblar—. Y te debo una disculpa, Candy, muchas, en realidad, pero… en serio lamento haberte cargado con mis problemas, no era justo para ti, no era responsable de mi parte y no hablo nada más de lo de Anthony, sino que… tú siempre has estado ahí para mí, para librar mis batallas y sacarme de apuros. Tú has sido valiente por ambas y yo no hago más que tirar de ti, evitando que vivas tu vida.
—Susana…
—Escucha, sé que un "lo siento" no va a solucionar nuestros problemas, pero debes saber que en serio lo lamento y que voy a cambiar. Lo haré por mí, por ti, por mamá, por Albert, por todos ustedes que no han hecho otra cosa que amarme.
Era mucha información para mí sola, en pocos días Susana había hecho un gran cambio en su vida y no me refería a dejar a Neil o ir a terapia (lo que era un gran avance), sino en empezar a pensar en ella misma de una manera diferente, no en términos egoístas o llenos de miedos. Supuse que aquella noche en el bar tocó fondo y ahora no tenía más opciones que salir adelante por sí misma.
—Te amamos y sólo queremos lo mejor para ti. —Fue mi turno de iniciar el abrazo.
—Y yo a ustedes —respondió—. Y quiero que seas feliz, así que dime, ¿cómo puedo ayudar a resolver el lío en el que te metí?
Volví a reír.
—¿No crees que una de las lecciones de todo esto es que no debemos meternos en las relaciones de la otra? —pregunté con una sonrisa cansada y no, no hablaba sólo de ella, sino de mí.
—Tienes razón, pero yo puedo… no, no. Tienes razón. No te estorbaré más, sólo estaré aquí para ti. Lo prometo —balbuceó y me volví a reír, aunque sin muchas ganas.
Susana salió de la sala de juntas para preparar café. Volvió con dos tazas y seguimos hablando. Se disculpó todavía más veces de las que recuerdo y me incitó a contarle lo que Anthony había dicho esa noche en mi casa.
—¿No escuchaste nada? —pregunté dejando la taza vacía en el suelo, a un lado de mis pies.
Susana bajó la mirada y se hundió en el diminuto sillón en el que estábamos.
—No, Candy. Me avergüenza decir que estaba demasiado ebria y que no recuerdo mucho de lo que pasó después de que Anthony y tú me sacaran del bar.
—Ya, pues… —dudé—, en resumen dijo que lo nuestro era una mentira y que era mejor terminar.
No, no sólo había dicho eso, pero no podía contarle a Susana, no me sentía capaz de hablar más del tema con ella. ¡Dios, no! No era que no pudiera, sino que no quería. Era mi prima, la amaba, estaba orgullosa del paso que había dado, estaba feliz de poder hablar nuevamente con ella, pero algo se había roto entre nosotras y no podía seguir ignorándolo.
No estaba lista para volver a confiar en Susana.
La terraza estaba semivacía, la hora del almuerzo había pasado y había un viento agitado que no permitía pasar un rato agradable en el exterior. A mí no me importó, el aire me ayudaría a despejarme, a restarle importancia a mi breve encuentro con Elisa en el ascensor, tal vez también a procesar la charla con Susana y también necesitaba un espacio libre para hacer una llamada.
Caminé hacia el barandal de metal adornado con unas macetas enormes de plantas verdes y me apoyé con los brazos.
02:59 pm
Ahora
03:00 pm
Mi celular vibró en mi palma.
—A veces me asusta tu puntualidad —dije a modo de saludo y una carcajada del otro lado de la línea casi me deja sorda.
—Siempre tan ocurrente, Tarzán —contestó Terry—. La verdad es que últimamente mi tiempo es limitado y tengo que seguir una estricta agenda, incluso para las llamadas.
—Un mensaje hubiera bastado —Sonreí y afiné el oído para descifrar dónde estaba Terry, pero sólo escuché un coro de voces—. ¿Ensayando?
—Pruebas de sonido.
—¿De qué se trata la…? Terry, ¡¿es un musical?! —grité con sorpresa al escuchar el hermoso canto de una soprano.
Tomé la risa de Terry como una respuesta afirmativa.
—¡No puedo creerlo! ¡Terry Grandchester en un musical!
Hacía días, que parecían décadas, que no me reía tanto. Terry siempre dijo que él nunca actuaría en un musical y ahora, ahí estaba.
—¡Para, para, Tarzán! —se quejó después de soportar mis burlas—. Esta no es mi obra, pero estoy bastante involucrado, ya te lo contaré cuando estés aquí, ¿cuándo llegas? Annie dijo que te veríamos pronto, pero a esa mujer le encanta crear expectativa.
Me reí otra vez. En eso no se equivocaba.
—Salgo esta noche. Tengo muchas ganas de verlos, a los tres.
Noté cómo mi voz bajó de decibeles de forma involuntaria.
—¿Qué te pasa, Tarzán? —preguntó Terry.
Nada. Esa debía ser la respuesta educada, la correcta para una llamada, pero no podía decirlo.
—Metí la pata, Terry —acepté sin rodeos—. Me equivoqué como nunca y herí a la persona más importante de mi vida.
Decir esas palabras en voz alta, a un interlocutor que no podía ver mi cara, se sentía liberador, como una confesión que, si bien no quitaba la culpa, sí liberaba un poco la presión en mi pecho.
—Se oye mal —dijo Terry, también sin rodeos—. Pero lo puedes arreglar, ¿no?
—Todavía no sé cómo.
Terry soltó un "mmh" pensativo.
—Lo harás, Candy —dijo con ánimo—. Te conozco lo suficiente para saber que no hay nada que no puedas hacer, pero por el tono de tu voz ahora, puedo notar que estás exhausta y necesitas un respiro.
—Estoy en la terraza de la empresa tomando aire —refuté al tiempo que volteaba a ver mi entorno.
¡No, no, no!
Anthony, John y Elisa acababan de sentarse en una de las mesas de la terraza. Tendrían una reunión a juzgar por las carpetas y laptops que ya había sobre la superficie, junto con vasos de café del lugar más cercano.
Elisa se sentó al lado de Anthony y John frente a ellos, fue el único que me vio y me saludó con la mano y su enorme y confiada sonrisa. Su gesto hizo que los otros voltearan en mi dirección, pero yo les di la espalda antes.
La idea de Anthony al lado de Elisa todo el día, el resto de la semana, me mataba y no necesitaba más imágenes reales para torturarme por las noches.
—... Así que será mejor que vengas lo antes posible.
Terry seguía hablando y yo había perdido por completo el hilo de sus palabras.
—Ah… sí, sí, lo sé, Terry. Iré.
—Llámame en cuanto llegues, tenemos mucho de qué hablar.
Después de un par de minutos más, Terry cortó la llamada, pero no antes de que escuchara aplausos, seguramente dirigidos a la mujer con la hermosa voz.
Guardé el teléfono en mi bolsillo y volví a apoyar los brazos en el barandal. Tenía que salir de la terraza y eso implicaba pasar al lado de la mesa que ocupaba Anthony y verlo sentado al lado de Elisa.
El pañuelo que llevaba atado al cuello empezó a ahorcarme, lo aflojé un poco y di media vuelta para empezar a caminar justo en el momento en que un grito llamó la atención de todos los que estábamos en la terraza.
Hacia el fondo había un lavamanos y una máquina expendedora de bebidas. Una mujer se recargó contra esta última, sosteniéndose la mano.
Me acerqué corriendo y vi unas gotas de sangre en el suelo, en el vestido de la mujer y en ambas manos. Avancé unos pasos y las suelas de mis zapatos quedaron pegajosas debido al líquido derramado.
—Tranquila, tranquila —dije de inmediato, mientras tiraba de la mujer hacia el lavamanos y abría el grifo de agua.
Ella me miró asustada y con un gesto de dolor. La bebida que había sacado de la máquina era de vidrio y de alguna manera se había roto en su mano, empapándola y llenándola de sangre.
La mujer, que de cerca pude notar que era muy joven, se quejó cuando el agua limpió la sangre y sus ojos se llenaron de horror cuando le dije que sacaría el vidrio que tenía incrustado en la palma.
—Ok, ok, hazlo. —Cerró los ojos y estiró el cuello en dirección contraria para no ver.
Me quité el pañuelo del cuello y tras sacar el vidrio incrustado, apreté con este para detener la salida de más sangre, después anudé la tela en torno a su mano e hice que cerrara el puño.
—Mantenlo así y ve de inmediato a la enfermería —dije a la joven que poco a poco abría los ojos y miraba su improvisado vendaje.
—¡Gracias, señorita Andley! —gritó.
—¿Cómo te llamas? —pregunté asegurando el improvisado torniquete.
—Dinah, de Informática —respondió señalando el gafete que colgaba de su cuello.
—Ok, Dinah, salgamos de aquí para que te revisen esa mano.
Dinah, de Informática, y yo caminamos juntas en dirección al ascensor y apreté el botón casi compulsivamente hasta que las puertas se abrieron. Una vez adentro, pulsé el número de mi piso y después la planta baja donde teníamos la enfermería.
—¡Candy, espera! —Una mano detuvo que las puertas se cerraran y mi corazón dio un salto. John apareció con mi celular en alto—. Se cayó cuando corrías hacia ella —explicó señalando a Dinah.
—¡Oh! —Mi desilusión no cabía en el reducido espacio del elevador—. Gracias, no lo había notado—dije tomando el teléfono—. Te debo unas rosquillas.
—Las acepto si las comes conmigo, te extrañamos allá abajo —contestó John con una sonrisa gentil en el rostro y deseé con todo mi corazón que sus palabras fueran ciertas.
La herida de Dinah no fue profunda, ella misma me buscó en mi piso para decírmelo cuando estaba por salir rumbo a mi casa. Tenía la maleta lista, pero todavía había cosas que necesitaba revisar.
—Gracias otra vez, Candy —dijo Dinah cuando le pedí que dejara de llamarme "señorita Andley"—. Soy una cobarde para el dolor y creo que exageré —añadió señalando su mano herida.
—Dolor es dolor, no importa la intensidad.
—¡Candy! —La voz de Patty nos sobresaltó a ambas y giramos para verla acercarse a nosotras—. Por poco no te alcanzo. Sólo quería mostrarte esto antes de que te vayas.
Patty me extendió su tableta para ver la publicidad de la nueva colección y que en la empresa era algo así como un secreto de Estado, pues la información no podía salir de los servidores de Andley Decoration. Vi los videos, espectaculares y anuncios web y reconocí varios de mis diseños en el trabajo de Susana y su equipo de Marketing.
—Se verá bien en la la Quinta Avenida —dije devolviendo la tablet a Patty.
La publicidad sería lanzada en pocos días y estaba segura de que estaría en Nueva York cuando eso pasara, así que ahí la vería. El nombre de mi familia brillaría en esos grandes espectaculares.
Dinah bajó conmigo en el ascensor y nos despedimos en la Recepción. Tomé un taxi rumbo a casa y revisé dos veces más mi equipaje, aseguré las ventanas y apagué todo aquello que podría incendiarse durante mi ausencia; tomé la ropa sucia acumulada y la arrojé a un cesto cerca de la lavadora, eso sería una tarea al volver porque ya no había tiempo y mi chofer estaba por llegar para llevarme al aeropuerto.
—¡Candy! —La voz de Susana me asustó y empujé el cesto de ropa sucia, tirando todo en el suelo—. ¡Llegué! —gritó de nuevo y su voz resonó por toda mi casa. Sí, Susana me llevaría al aeropuerto.
Me hinqué para volver a meter la ropa en el cesto y al tomar unos jeans algo crujió. Metí la mano en el bolsillo trasero y encontré un pequeño sobre.
"No es un ramo de flores oficial si no trae tarjeta", eso había dicho la señora Hudson cuando me entregó las rosas de parte de Anthony y en ese momento me di cuenta de que no había tenido oportunidad de leer su nota.
—¡Candy, estás lista? —gritó Susana y yo, con las manos temblorosas, guardé de nuevo el sobre en mi bolsillo.
Me levanté de un brinco y después de tomar mis maletas, salimos de mi apartamento y subimos a su auto.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó mi prima una vez más cuando nos despedimos en el estacionamiento del aeropuerto.
—Ya te dije que aun no lo sé.
—Yo… espero que todo mejore —murmuró Susana al darme mi equipaje de mano—. Creo que las cosas con Anthony pueden solucionarse y…
—Y si así fuera, te pediría que no te metieras —dije con una dureza que no preví—. Lo siento, no quise decir eso, sólo que… —suspiré—. Necesito este viaje, necesito alejarme y que nadie sepa dónde estoy, ¿ok? así que, por favor —la tomé por los hombros y nos miramos fijamente—, déjame hacer esto a mi manera.
Los ojos de Susana se cristalizaron, pero se abstuvo de llorar y me dejó ir.
Recorrí el aeropuerto con calma y entregué mi boleto a tiempo para abordar. Una amable azafata me dio la bienvenida y me guio hasta mi asiento. Guardé mi equipaje y mandé el último mensaje a Annie antes de apagar el teléfono. Sólo era un viaje de dos horas y pronto la vería. Chicago quedaría atrás por unos días y eso me ayudaría.
Antes de que el avión despegara, saqué de mi bolsillo la nota de Anthony. Me cosquillearon los dedos mientras la abría lentamente y leía:
Mi hermosa Candy:
Que estas flores sean tu compañía durante el tiempo que tarde en volver a tus brazos.
Tuyo,
Anthony
Ojalá las rosas fueran eternas…
*C & A*
¡FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN!
Espero que estos capítulos les hayan gustado, probablemente no es lo que deseaban, pero este par necesita un tiempo fuera y los pendientes ajenos a su relación se tienen que solucionar lentamente.
Muchas gracias por seguir leyendo esta historia y gracias en especial a:
Marina777: Hola, gracias por comentar, ojalá te siga gustando la historia. saludos.
Lem2001: Hola, qué bueno que pudiste leer los capítulos. Tienes razón respecto a las acciones de Candy como las de Anthony, uno no supo escuchar y la otra no supo hablar a tiempo sobre lo que realmente importaba ¡ella! Y no Susana que se pasa de inmadura, pero sin ese mal actuar me quedo sin historia ja, ja así que deseo que la situación no te desespere y que continues esta historia. Mil gracias por tu tiempo y que tengas un lindo San Valentín.
María Jose M: Hola, te juro que sentí los coscorrones mientras leía tu comentario y al mismo tiempo no podía parar de reír con todos los lindos apelativos para Susana y Elisa (que bien merecida se la tiene la pelirroja) y la rechifla para Anthony. Candy ya puso tierra de por medio y tal vez Anthony se dé cuenta de lo que perdió por su necedad y haga algo antes de que sea demasiado tarde. Perdimos la reservación en la cabaña porque Anthony no hizo el pago, con todo lo que pasó ese día se le olvidó y ya para qué si ya re regó la leche y vaya desastre que se hizo, ahora a ver quién lo arregla ja, ja. No me digas que tengo que ser yo, por favor. Espero que estos capítulos no hayan alterado tanto tus nervios como el anterior ja, ja y que los hayas disfrutado. Te mando un fuerte abrazo y que pases un lindo San Valentín.
Carito Andrew: Hola, tienes razón en que Anthony nos salió un poco terco y eso en este caso no es bueno, pero ojalá que recapacite a tiempo y sepa arreglar las cosas. Aunque concuerdo en que sin sus defectos y la mentirota de Candy, pues no habría historia ja, ja. Espero que todavía te queden uñas para el resto de la historia. Un abrazo.
Mayely Leon: Hola, muchas gracias por tus comentarios, espero que te siga gustando la historia. Saludos.
GeoMtzr: Hola, cómo estás? Gracias por tu comentario en el capítulo 16, creí que sobre el siguiente sólo me quedaría con la idea de que te fuiste a llorar, pero me equivoqué y ahora no sé por dónde comenzar. Apoyo el odio hacia Elisa, y veo mucho resentimiento hacia Susana y ahora me pregunto qué pensaríamos si otro de los personajes hubiera hecho lo mismo, tal vez Annie… ¿la justiciaríamos más o igual nos caería mal? Con Susana se cumple el dicho de "cría fama y échate a dormir" ¿tú qué crees? Apoyo la tunda de nalgadas para Anthony, se las ganó el condenado ja, ja, pero solito tiene que recapacitar si en verdad quiere estar al lado de Candy o él sólito se engañó y vivió enamorado de una ilusión. Sobre Candy… sí es medio mensa y se pasa de inocente, pero tampoco le falta dignidad y prefirió pintar su raya e irse para aclarar sus pensamientos. De seguro el aire contaminado de Nueva York le sentará bien; a ella y a mí porque sufrí con estos capítulos. ¿Recuerdan que les dije que esta historia era para desestresarme? Pues ya se volvió mi estrés número uno con tanto que edité los capítulos, pero ya quedaron y espero que les hayan gustado. Como siempre, mil gracias por tu tiempo de leer a detalle y comentar. Te mando un abrazo y que pases un lindo día de San Valentín.
Cla1969: Hola, Anthony descubrió las verdad de manera muy diferente a como Candy las había planeado y eso influye mucho en su reacción, pero creo que gran parte está en él de escuchar, pensar y decidir las cosas con claridad, solo esperemos que no tarde mucho. Muchas gracias por tus comentarios. Saludos.
Nos leemos pronto
Luna
