La Cenicienta equivocada
INTERMEDIO
Había una vez un apuesto y obcecado Príncipe que al volver de una larga guerra sólo anhelaba los brazos de su amada Princesa. Ella lo esperaba en su castillo, tan ansiosa y enamorada como el primer día que habían pasado separados uno del otro.
En camino hacia el castillo de su amada, el Príncipe se vio obligado a desviarse del sendero al escuchar un inquietante murmullo que lentamente se convirtió en una llamada de auxilio y que provenía del Bosque Oscuro. Sin poder ignorar el juramento que lo había convertido en el hombre más valeroso del Ejército Real, el Príncipe acudió a ayudar a aquella pobre alma que clamaba por ayuda.
La Princesa, ajena a las fuerzas que se reunían en el Bosque Oscuro, preparaba un gran recibimiento para su amado Príncipe que no sólo volvía victorioso de la guerra, sino que venía a casarse con ella, tan dispuesto como la Princesa a ser felices para siempre.
Sin embargo, los días pasaban y el Príncipe aún no llegaba a las puertas del castillo. La Princesa, angustiada por la demora, salió de su fortaleza a buscar noticias de su amado y escuchó terribles rumores. El Príncipe no deseaba casarse con ella, la acusaba de hechicería y estaba convencido de que había usado alguna clase de magia negra sobre él para forzarlo a amarla.
Pero la única hechicería era la que moraba en el Bosque Oscuro y que tenía al Príncipe atrapado en una jaula, forjada con el mismo fuego del infierno, y que le impedía volver con su amada Princesa.
Tras largas y lacerantes jornadas que mermaron sus fuerzas, el Príncipe logró escapar de las garras del Bosque Oscuro y recuperó su camino en el sendero que conducía al brillante palacio de la Princesa. Lastimosamente, este no era como lo recordaba y de un lugar alegre, luminoso y abierto, se topó con una enorme muralla que no permitía la entrada a extraños. Convencido de que volvería a ver a la Princesa, decidió escalar la muralla, pero sus intentos fueron inútiles, pues no se trataba de una muralla común, sino de una construida con magia.
El Príncipe, sin perder la esperanza, buscó la ayuda de una testaruda Hada que le contó sobre el dolor de la princesa al creer que él no la amaba y su decisión de cerrar su castillo. La Princesa había hecho levantar la muralla con la ayuda de los mejores magos del reino y había mandado a llamar a la Reina de los Dragones para que ella misma custodiara su castillo. Todo esto para poner a prueba el valor y corazón del próximo caballero que quisiera ganar su amor.
Convencido como nunca antes a recuperar el amor de su amada, el Príncipe reunió todas sus fuerzas, su ingenio y valor para librar cada prueba que la Princesa había establecido. El Hada testaruda aconsejó al Príncipe tener cuidado, pues todo el reino sabía de las dos primeras pruebas, la muralla y el dragón, pero también sabían que existía una tercera y misteriosa prueba que únicamente la Princesa conocía.
Con valor, el Príncipe logró saltar la muralla mágica que desapareció al instante y esparció su magia por todo el reino, erradicando también la maldad que habitaba en el Bosque Oscuro y que era la culpable de los rumores que hicieron creer a la Princesa que no era amada.
Tras derribar la muralla, el Príncipe luchó en más de una forma contra la Reina de los Dragones y al notar que con la fuerza bruta no lograría derribarla, recurrió a las palabras. La sinceridad de su voz consiguió que la Reina de los Dragones diera por terminada la segunda prueba y le permitiera estar más cerca de su amada Princesa.
Orgulloso de sus logros, el Príncipe llegó hasta el balcón de la hermosa Princesa, quien lo sometió a la tercera y más importante prueba: mostrarle el interior de su corazón y convencerla de que era digno de su amor…
