La Cenicienta equivocada
19
El verdadero valor del príncipe
POV: Anthony
—¡Uno… dos! ¡Uno… dos! ¡Uno… dos! ¡Concéntrate, Anthony! ¡Uno… dos! ¡Uno… dos!
Golpeé el costal con toda la fuerza que mis brazos fatigados me permitieron. Era como si cada puñetazo empujara mi dolor al límite, pero, aun así, la rabia ardía en mi interior. Había pasado casi una semana y la herida seguía abierta. La rabia, voraz y punzante, se dirigía hacia mí porque después de todo lo ocurrido, la extrañaba. ¡Carajo! ¡Cómo la extrañaba! Extrañaba despertar con ella entre mis brazos, perderme en el vaivén de su respiración mientras se quedaba dormida sobre mi pecho. Extrañaba nuestras mañanas apuradas, sus charlas despreocupadas en el trayecto hacia la oficina, las anécdotas que la hacían reír y esos detalles insignificantes que, de alguna manera, me hacían sentir como el único hombre en su mundo.
¡Deja de engañarte!
—Ok, ok, tomemos un descanso y… ¡Anthony, para!
Ignoré a Frank que sostenía el costal y seguí golpeando. No es que me hiciera sentir mejor, pero agotarme cada noche después del trabajo era una buena forma de caer rendido y conciliar el sueño, aunque solo fuera por unas horas porque después de ese día no había logrado dormir una noche entera y la migraña, junto con el cansancio diario me tenían en piloto automático, y los únicos momentos en los que me sentía un poco humano eran cuando estaba en el gimnasio, con movimientos mecánicos, pero que ayudaban a concentrarme en algo que no fuera ella.
—¡Ey, hermano, detente!
Seguí golpeando.
—¡Basta, Anthony!
El empujón de Dorothy me hizo perder el equilibrio y caí de costado sobre el cuadrilátero.
¡Mierda, mi cadera!
—Hermano, tienes que controlar tu fuerza —me advirtió Frank al tiempo que me tendía una mano para ponerme en pie.
—No se trata de fuerza —intervino Dorothy que estaba parada a un lado del costal, con los brazos en jarras.
Ignoré su mirada de reprobación y apreté la mano de Frank.
—Discúlpame, me dejé llevar.
—No estaría aquí si no aguantara unos cuantos golpes —bromeó Frank y a una silenciosa señal de Dorothy bajó del cuadrilátero.
Rodeé el costal y me agaché entre las cuerdas para bajar también, pero antes de poner el otro pie afuera:
—¡Ah, ah, ven aquí! —ordenó Dorothy con su voz de entrenadora profesional. Me paré frente a ella y empecé a desatar mis guantes—. ¿Me quieres explicar por qué casi tumbas a Frank y destrozas parte de mi equipo? —preguntó señalando el costal.
—Ya te lo dije, me dejé llevar —contesté sacándome el guante derecho.
Los ojos marrones de Dorothy me traspasaron y rodeándome con lentitud, como una leona a punto de atacar, me estudió.
—¿Rompiste con tu novia?
¡Maldita sea! Esta mujer era una bruja o una adivina.
—¿Qué pasó? —preguntó cuando no negué sus palabras.
Media hora después, Dorothy y yo estábamos sentados detrás del mostrador del gimnasio hablando de lo que Candy había hecho junto con su prima Susana.
—¡Vaya! —silbó cuando terminé de decirle la verdad sobre Cenicienta.
—¿Vaya? —pregunté con desgano—. ¿Sólo eso se te ocurre decir?
Un movimiento vago de cabeza precedió a la respuesta de Dorothy.
—Es mucho para digerir. —Me dio una botella de electrolitos y tomó una para sí—. Pero debemos reconocer que el lazo entre Candy y su prima es fuerte.
Decir fuerte era quedarse corto, pues la manera en que Candy protegía a Susana era excesiva, irracional y…
La imagen de una pequeña rubia consolando a otra me pegó duro en la mente y un escalofrío cargado de ira me caló el cuerpo. Candy siempre había estado ahí para su prima, incluso cuando sus fuerzas no lo permitieran estaba dispuesta a dar la cara por ella.
—Es un consuelo —dijo Dorothy—. Saber que alguien te apoya incondicionalmente, ¿no crees?
No contesté porque no tenía una respuesta. Yo no podía entender cómo Candy había hecho tanto por su prima, arriesgando todo: su dinero con el exnovio de Susana, su reputación en la empresa al apropiarse del título de la Cenicienta fugitiva y soportar las habladurías que ambos habíamos escuchado entre pasillos, y tampoco podía comprender cómo había sostenido la farsa conmigo todos estos meses.
Porque todo había sido una farsa, ¿no?
Un chasquido de dedos a dos centímetros de mi cara me hizo volver al presente, al gimnasio con Dorothy, pero todavía con las ideas revueltas y un sentimiento de ira que no sabía a quién o a qué iba dirigido.
—¿Y luego? ¿Qué pasó después de que la dejaste en su casa? ¿Ya hablaste con ella?
—No hay nada de qué hablar —contesté en automático, como me venía diciendo a mí mismo los últimos días.
—Por favor, Anthony, no lo dices en serio. —Dorothy dejó su botella sobre el mostrador y le hizo una seña a uno de los entrenadores para que recibiera a un par de clientas—. ¿Me estás diciendo que te quedaste con la versión de una víbora que lleva años queriendo meterse en tu cama y la de una mujer ebria que acababa de cortar con su novio imbécil? ¡Vamos, hombre! Eres más inteligente que eso.
La incredulidad de su voz volvía la historia, mi historia, ridícula y empecé a perder los nervios, otra vez.
—Candy dijo que era cierto. Aceptó que mintió por su prima —repetí por quinta vez—. No sé qué más quieres.
—Con la manera en la que le gritaste, habría aceptado cualquier cosa que dijeras —dijo Dorothy rodando los ojos e ignorando mi mala contestación—. Tuviste suerte de que no te rompiera la cara, que es lo que yo habría hecho.
No lo dudaba.
—No todos tienen tu gancho izquierdo —bromeé—. ¿Lo vas a enseñar en tu nuevo gimnasio? —pregunté para desviar la conversación, pues no tenía ganas de revivir lo ocurrido esa noche.
—Aun no abro las clases, quiero asegurar los clientes que ya tenemos y después será como este gimnasio —contestó Dorothy y una sonrisa se le imprimió en la cara, pues estaba entusiasmada con la nueva sucursal que había abierto hacía poco más de un mes—. Pero no me cambies el tema. Dime, ¿vas a hablar con ella al menos para tener "un cierre" o todo se va a poner incómodo cuando la veas por los pasillos de la empresa?
Dorothy lanzó la pregunta y se levantó para contestar una llamada a la línea fija del gimnasio.
—"¿Un cierre?" —pregunté cuando colgó el teléfono.
—Sí, ya sabes, enfrentar la situación como adulto y no como idiota, ser sinceros, despedirse —respondió mientras arrastraba su banco para estar más cerca del mostrador y abría en su pantalla los registros del día, dejándome pensar lo que había dicho.
"¿Despedirse?"
Decirle adiós para siempre a Candy, no volver a verla, no volver a hablarle, regresar al principio cuando éramos un par de desconocidos y dejar que el tiempo transcurriera hasta que ella se enamorara de otro hombre y…
¡A la mierda el "cierre"!
Candy sentía algo por mí, ella lo había dicho, lo demostró cada segundo que pasé a su lado y esto no podía terminar así.
El recuerdo del viaje de vuelta del orfanato San Pablo se me vino a la cabeza. Esa tarde cuando, después de obtener la carta falsificada de Benson, Candy había tenido un ataque de pánico y tuvimos que orillarnos en la carretera.
—¡Lo siento, Anthony! Perdón por todo, yo… no deberías estar viendo todos los problemas que causa mi familia. Te juro que no somos malos, no somos unos mentirosos, pero…
En aquel momento no sabía de qué hablaba, pensé que se refería a todo el asunto de Benson, pero ahora, después de saber la verdad entendí por qué me pedía perdón.
—Soy una mentirosa, Anthony, sé que es algo malo, pero lo he hecho por mi familia, no hay nada que no haría por ellos y yo te he…
Iba a decírmelo, mucho antes de que fuera mi novia quería decirme la verdad de su engaño, pero no había podido hacerlo porque yo no la había dejado. ¿Por qué? porque no me importaba, yo la quería a ella, la amaba a ella, Cenicienta o no, no importaba mientras fuera Candy. Tal vez lo intuía desde un inicio y aún así no me importó.
Entonces, ¿por qué reaccioné de esa manera? ¿Por qué no la dejé hablar? ¿Por qué no la dejé explicarme?
Me tallé los ojos y después me pasé las manos por el cabello con fuerza como si con eso exprimiera las respuestas de mi cerebro.
"Eres un cabrón infeliz, un idiota que no la merece", me dije mietras tiraba de mi cuero cabelludo.
Pero tenía que volverme merecedor de Candy. ¿Cómo? No lo sabía, pues la había lastimado, herido con mis palabras y mis acciones y ella no lo merecía. Ella lo sabía y por eso no me había dirigido la palabra en todos estos días, por eso no había intentado contactarme ni hablarme el día de la audiencia cuando estuvimos juntos. Y cómo esperaba que lo hiciera si Candy era una mujer que sabía su valor y no soportaría el maltrato de nadie, mucho menos el mío, del hombre que dijo que la amaba y actuó como un cretino. Pero tenía que pedirle perdón porque lo había arruinado y debía solucionarlo.
—Tengo que verla —dije a Dorothy que revisaba la correspondencia sentada a mi lado, como si esperara a que mi cerebro volviera a funcionar y me diera cuenta de mi error.
—¿Para qué? —preguntó en un tono retador como si quisiera saber por qué un boxeador desea volver al cuadrilátero después de ocho asaltos en los que va perdiendo.
Para aclarar las cosas, para pedirle perdón, pensé, pero mi boca respondió:
—Para demostrarle que la amo.
Dorothy me convenció de no ir esa misma noche a buscar a Candy. Dijo que era tarde, que yo acababa de darme cuenta de lo tonto que había sido y que un nuevo ataque de adrenalina no solucionaría las cosas entre nosotros. Me convenció de esperar hasta el día siguiente para buscar a Candy y hablar con ella cara a cara, pero no dijo nada sobre las llamadas.
En el vestidor del gimnasio, después de una ducha fría, marqué el número de Candy y su cantarina voz hizo saltar mi pecho.
"Si me buscas, me podrás encontrar, pero no por teléfono; así que, deja tu mensaje y después me comunicaré contigo."
—¿En serio, Candy? ¿Ese es tu buzón de voz? —dije en voz alta y comencé a reír porque con ella todo tenía que ser excepcional, hasta el buzón de voz.
Volví a llamar, pero sólo para terminar en el buzón de voz una y otra y otra vez.
—Contesta, Candy, por favor —pedía a cada timbre, pero Candy nunca respondió.
Tal vez me había bloqueado.
—¡Frank, préstame tu teléfono! —grité cuando lo vi entrar a los vestidores.
Frank era un hombre de pocas palabras y acciones concretas, así que no hizo preguntas y me lanzó su teléfono por el aire.
Marqué el número de Candy que ya me sabía de memoria y esperé…
"Si me buscas, me podrás encontrar, pero no por teléfono; así que, deja tu mensaje y después me comunicaré contigo."
La misma respuesta cantarina, o sea que no me había bloqueado y ahora no le respondía a nadie.
Más que desesperación, me preocupé de inmediato, Candy siempre respondía las llamadas y mensajes; era una mujer de este siglo cuyo teléfono era una extensión de su cuerpo y…
Recordé que el día anterior, mientras estaba en la terraza, se le había caído del bolsillo cuando corrió a ayudar a la chica cerca de la máquina expendedora y supuse que se había descompuesto, tal vez por eso no…
Un momento, hoy no había ido a la oficina, estaba seguro de ello porque precisamente hoy había recibido una llamada del personal de Recursos Humanos que quería los detalles de nuestro proyecto de apoyo a los orfanatos.
—Intenté pedírselo a la señorita Andley, pero no está en su oficina y tampoco responde las llamadas —dijo la mujer que había ido directamente a mi oficina por la información, sólo que en ese momento no hice preguntas.
—¿Dónde estás, Candy? —repetía una y otra vez de camino a casa cuando seguía marcando como un acosador, durante la noche cuando le mandé mensajes de texto pidiéndole vernos y por la mañana cuando iba de camino a la oficina después de convencerme de que Candy no me abriría la puerta de su casa a las seis de la mañana ni siquiera para mandarme al demonio.
Pero tenía que hablar con ella y fui al único lugar seguro: su oficina.
Desde el pasillo se escuchaban las voces de sus compañeros de trabajo, acababan de llegar y apenas se estaban acomodando en sus escritorios, pero sus conversaciones se detuvieron en seco en cuanto aparecí en el marco de la puerta y muchos pares de ojos se posaron en mí.
Ni siquiera quise imaginarme lo que sabrían y, a estas alturas, no me importaba, lo que único que quería era encontrar a Candy y decirle cuánto sentía haber sido el idiota más grande del mundo.
—Buenos días —dije aprovechando el silencio que mi presencia había creado—. ¿Está Candy?
Los que me escucharon se miraron entre sí y un muchachito que estaba seguro de que era un pasante dijo:
—No está aquí.
—¿A qué hora llega? —pregunté y, confundidos, volvieron a mirarse como si les hubiera preguntado si vendían boletos a la luna.
—¡Anthony! —exclamó de repente Patricia que venía saliendo de la oficina de la jefa del departamento—. ¿Qué necesitas? —preguntó caminando hacia mí y haciendo una seña a los demás para que empezaran a trabajar.
Patricia se detuvo frente a mí y se acomodó los lentes con un dedo.
—Patty, necesito hablar con Candy, pero no la encuentro —contesté con la esperanza de que ella me dijera dónde podía hallar a la mujer de mi vida, pero el hundimiento de sus cejas me dijo todo lo contrario.
—Candy no está —repitió lo que dijo el otro chico.
—Ya sé, pero a qué hora llega —pregunté con impaciencia.
Patricia inclinó la cabeza y me miró.
—Candy está de viaje —soltó sin más y el zumbido en mis oídos me hizo creer que había escuchado mal, así que la hice repetir sus palabras—. Candy salió de viaje antier por la noche.
—¿A dónde fue?
—Eso no lo sé.
—¿Cuándo regresa?
—No lo dijo, sólo que se tomaría unos días de los que tiene de vacaciones.
—¿Estás segura de que no sabes a dónde fue? —pregunté otra vez.
—Muy segura, y no insistí porque dijo que tenía que salir por un asunto personal —respondió Patricia al borde la impaciencia.
—¡Demonios! Es que ni siquiera contesta su teléfono, ¿y si le pasó algo?
—¡Ah! Candy suele hacer eso; cuando viaja, apaga su teléfono y lo deja en casa para que nadie la moleste.
—¡Apaga su teléfono! ¡Sólo así!
¡Esto era inaudito, una irresponsabilidad de su parte! ¿Qué tal si tenía algún problema y no podía contactar a nadie por dejar el teléfono?
Patricia se encogió de hombros.
—Pero su familia sabe cómo contactarla; ya sabes, en caso de una emergencia. Si te urge encontrarla, ellos te dirán dónde está —dijo, tal vez porque ya la había hartado.
El primer Andley que se me vino a la mente fue el mismo Albert Andley, pero de inmediato deseché la opción porque no había posibilidad de que así, sin preguntas, me diera la ubicación de su prima…
Su prima ¡Eso era!
—Gracias, Patty, te debo una —dije y de inmediato corrí al elevador rumbo al piso de Marketing. Susana Andley tenía que decirme dónde estaba Candy.
Apreté el botón del ascensor con desesperación y al segundo que no se abrían las puertas me encaminé hacia las escaleras. No di más de diez pasos cuando mi teléfono vibró.
—Diga.
—Buenos días, ingeniero, hablo de Presidencia —dijo una voz femenina que pronto identifiqué como la secretaria del señor Andley—. El director general solicita su presencia de inmediato en su oficina.
—Voy enseguida —respondí y retrocedí hacia el ascensor que ya había abierto las puertas.
Presioné el botón de Presidencia y en menos de tres minutos estaba parado frente a la secretaria que me decía que podía entrar a la oficina del señor Andley.
Giré la perilla y abrí sin anunciarme, después de todo, me estaban esperando, aunque no sabía el motivo. ¿Acaso el señor Andley sabía lo que ocurría entre Candy y yo? ¡Demonios! Eso no lo pensé, él era casi su hermano y por lo unidos que eran, sabía que él la defendería de todo y todos los que le hicieran daño.
Cada día me volvía más estúpido, por qué no pregunté el motivo de que me llamaran.
Entré sin saber qué esperar y con un taladro en la cabeza que me impedía pensar con claridad, pero ya no había marcha atrás.
El escritorio del señor Andley podía verse con sólo abrir la puerta y en cuanto lo hice, noté que estaba vacío. Miré a la derecha y luego a la izquierda.
Mis dudas y mi sorpresa fueron mayores cuando, en lugar del señor Andley, me encontré con Susana Andley, sentada en un sofá, con una tableta en el regazo y un montón de papeles sobre una mesa de centro hecha de cristal.
"Justo a quien buscaba."
—¡Anthony! —exclamó Susana al tiempo que se quitaba la tableta de las piernas y hacía un intento por levantarse.
—No te levantes —dije dando dos pasos para encontrarme con ella y fui al grano, sin importarme por qué ella estaba en la oficina de su primo y por qué me habían mandado a llamar—. Dime dónde está Candy, necesito verla.
Los ojos de Susana se abrieron tanto como pudieron y su boca se cerró de golpe.
—Aaah, yo no… —Se frotó las manos con exageración y empezó a balbucear—. Sabía que esto pasaría, pero… Lo siento, Anthony, pero no puedo decirte. Candy me mataría y peor, me odiaría en serio si te lo dijera.
—Eso no tiene sentido, ella no te odiaría —negué y ella hizo un gesto de incredulidad que prefería ignorar. ¿Acaso esta mujer no sabía lo que Candy era capaz de hacer por ella?—. Susana, por favor. Cometí un error enorme y necesito repararlo. Dime dónde está y no sabrá que tú me lo dijiste, lo juro, pero por favor, dime dónde encontrarla.
Susana negó muchas veces con la cabeza como si la estuviera amenazando de vida o muerte y la preocupación de su mirada me hizo retroceder en mis intentos directos de saber dónde estaba Candy.
Respiré profundamente y sentándome frente a ella, se lo pedí una vez más, pero con más tranquilidad.
—Por favor.
—No —respondió Susana con los ojos llenos de lágrimas, pero categóricamente.
"¡Carajo! ¿Por qué ambas primas tenían que ser tan fieles entre sí?"
—Entonces me voy, tengo que encontrarla. —Me levanté y di un par de pasos hacia la puerta.
—¡No puedes irte! —gritó Susana y al voltear a verla la encontré de pie frente a mí.
Se quitó una lágrima de la mejilla y mirando por todo el lugar, tomó aire.
—Te mandé a llamar por algo —dijo recordándome el lugar en el que estábamos y que yo había ignorado por completo.
—Cierto, ¿de qué se trata? ¿Candy está bien? —pregunté volviendo al tema que me interesaba.
—Esto no tiene que ver con Candy —negó Susana y enderezándose cuán alta era dijo—: Hay un topo en tu oficina.
—¿Qué? ¿Cómo que un topo? ¿De qué hablas? —pregunté tras el segundo que me costó entender sus palabras.
Susana tomó su tableta y después de desbloquearla, me mostró la pantalla llena de códigos de programación que no tenían sentido para mí.
—Esto dice que "alguien" del departamento de Logística ha entrado a los archivos encriptados de la publicidad de la próxima campaña.
—"¿Alguien?" —pregunté tomando la tableta mientras Susana se agachaba para coger una carpeta.
—Sí, no sabemos quién es, pero estamos seguros de que es un miembro de tu departamento.
—¿Y crees que soy yo? —pregunté, confundido.
—¡Por supuesto que no! —negó Susana—. Pero sé que me ayudarás a encontrar al responsable. Mira, este es el reporte legible. —Intercambiamos tableta y carpeta y leí rápidamente lo que Informática había escrito.
En el reporte venían fechas y horas exactas de varios intentos de acceder a los archivos de la nueva publicidad y el día exacto en que se había logrado. El reporte también explicaba que no había manera de saber quién había obtenido el acceso ni cómo toda la campaña publicitaria había llegado a Knut Design, pero yo sí podía.
—Elisa —mascullé mientras pasaba a la página siguiente.
Susana entendió de inmediato.
—¡Esa perra! —dijo con rabia totalmente justificada—. ¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes? —preguntó asomándose al reporte, como si ahí lo dijera y ella lo hubiera pasado por alto.
—Le ofrecieron trabajo en Knut Design. Me lo dijo el día que… ese día —expliqué y Susana entendió que me refería al día en que mi vida se había ido a la mierda—. Dijo que no sabía si aceptar o no, pero que la oferta era buena.
—Tal vez conseguir nuestra publicidad fuera su audición para entrar. ¿Sabes si aceptará?
—No he vuelto a tocar el tema.
Después de ese día, Elisa no había dicho nada más de su oferta de trabajo y yo no había estado de humor para preguntarle. Es más, era algo en lo que ni siquiera había pensado hasta ese momento.
Susana asintió y lentamente se fue a sentar al sillón en el que la había encontrado. La imité y los dos nos quedamos en silencio.
No podía creer que Elisa fuera una espía corporativa ni que robara la campaña completa de publicidad. Todo era un delito, uno muy grave que se pagaba con…
—¿Cuál es el siguiente paso? —pregunté a Susana—. ¿Denunciarla?
—No hay tiempo. Knut Design lanzará su nueva campaña, nuestra campaña, en tres días. Nosotros la teníamos programada para la próxima semana, pero ahora tenemos que hacerlo antes que ellos.
—¿Y qué esperamos?
—Encontrar al topo y pruebas. Ya sabemos que fue ella, porque no tienes dudas, ¿verdad? ¿Hay alguien más en tu equipo que haya tenido contacto con Knut?
—Podría investigar, pero sería una pérdida de tiempo y dices que no lo tenemos —recalqué.
—Ok, pruebas, necesitamos pruebas y pronto. No dejaré que esa maldita arruine mi trabajo de seis meses, una inversión de millones y… —Susana apretó los puños con rabia y bajó la mirada.
—¿Y? —pregunté.
Al toparme con la mirada de Susana no pude ver nada más que un gran arrepentimiento y rabia, mucha rabia.
—Candy me dijo que no le diera más vueltas al asunto, pero hay que poner las cosas claras —empezó a decir—. Es mi culpa y sólo mi culpa que tú te hayas enterado de esa forma de que ella no era Cenicienta y… —Se pasó los dedos entre su largo cabello en clara señal de frustración y empezó a hablar—: Hace días que nos enteramos de que intentaban acceder a los archivos. Informática dijo que no había riesgo porque todo el sistema está protegido y monitoreado, pero… un día antes de "ese día" también nos enteramos de que Knut Design ya tenía en su poder toda la campaña publicitaria.
—Espera, ¿cómo lo supieron?
—Es mejor que no sepas —respondió Susana rápidamente y sí, preferí no saber, pues no era tan ingenuo como para ignorar que el espionaje corporativo iba en ambas direcciones—. Como sea, después de saberlo tuvimos que reagendar nuestro propio lanzamiento y ahí empecé a fallar. Tuvimos reuniones con el departamento legal, con Informática, con los directivos y jefes de departamento y las fechas empezaron a moverse.
Susana hizo una pausa para preguntarme si le seguía el paso a su explicación y asentí.
—Por esos días, cuando supimos del topo, Candy me contó que planeaba contarte la verdad el pasado fin de semana en una cabaña que rentarían, ¿no? —Asentí, no sabía de los planes de Candy, pero sí que quería ir a esa cabaña—. Bueno, escucha, sé que no es justificación ni pretendo excusarme ni lavarme las manos de mi culpa, pero me confundí. Con tanto cambio en la fecha de lanzamiento no sabía ni en qué día vivía, después vino el accidente de Candy, Knut ya tenía nuestra publicidad, lo de Neil… —Enumeró con sus dedos cada una de las variables y respiró, vencida—. No soy tan fuerte como mi prima, no aguanté tanta presión e igual que el imbécil de mi padre, encontré un estúpido y momentáneo alivio en el alcohol que me hizo decir una tontería tras otra, y cuando tú llegaste dije una verdad que ya no me correspondía contarte. —Suspiró y se echó hacia atrás en el sofá, claramente aliviada por haber explicado lo que había pasado—. Creí que ustedes ya habían hablado y que las cosas estaban bien.
Candy iba a decirme la verdad. En serio planeaba contarme todo lo del asunto de Cenicienta para que en nuestra relación no hubiera secretos, para que siguieramos juntos y yo no le había dado la oportunidad. Ella era la mujer más honesta y entregada con su familia, con nuestra relación, con el trabajo y yo la había herido con mi indecisión, con mi obstinación. La había hecho sentir más culpa de la que ya sentía y ahora no estaba. Se había ido para tomar distancia, para alejarse de mí porque mi presencia en este edificio la lastimaba.
—Lo lamento mucho, Anthony —dijo Susana al cabo de unos minutos.
Yo no la conocía, apenas había hablado una vez con ella y todo lo demás que sabía de Susana era por medio de Candy, pero sabía que hablaba en serio. Sabía que la relación entre ellas era demasiado fuerte, eran hermanas y ese lazo era inquebrantable. Aun cuando cometieran errores se cuidarían la espalda. No sólo Candy estaba dispuesta a proteger a Susana, ella también lo estaba y la rabia que sentía y que no sabía a quién se dirigía ahora tenía una explicación.
Me daba rabia pensar que Candy daba incondicionalmente, sin recibir nada a cambio; odiaba la idea que cuando ella estuviera en problemas no hubiera nadie que la respaldara como ella hacía, pero estaba equivocado. Candy sí contaba con Susana, con esta mujer nerviosa que temía ser valiente, pero que si se trataba de su familia lograba serlo.
La rabia pronto se convirtió en vergüenza. Me quejaba de que nadie cuidara la espalda de Candy en lugar de hacerlo yo mismo. Yo que la amaba, debía ser ese apoyo, ese respaldo. ¡Qué idiota! Si le hubiera dado confianza entonces ella habría recurrido a mí desde el inicio, me habría dicho la verdad y a mí no me hubiera importado; me habría contado sobre el exnovio de Susana y juntos habríamos hallado una solución a ese problema. Si tan solo la hubiera entendido. Pero no, sólo le rompí el corazón.
—Anthony…
Levanté la vista hacia Susana que me miraba con paciencia y culpa.
—No me dirás dónde está Candy, ¿verdad? —pregunté una vez más, aunque sabía la respuesta y, en el fondo, agradecía que Susana fuera tan fiel hacia Candy, como ella lo había sido todos estos meses con ella.
—Hagamos esto —dijo Susana—: ayúdame a desenmascarar a Elisa antes de tres días, saquémosla del camino, y te diré dónde está Candy.
*C & A*
Hola a todas, espero que este capítulo les haya gustado, así que muchas gracias por leer.
Gracias por sus comentarios a:
María Jose M.
lemh2001
GeoMtzR
Marina777
Julie-Andley-00
Mayely leon
Cla1969
Marina777
Nos leemos pronto
Luna
