La Cenicienta equivocada

20

La trampa

POV: Anthony

Una noche más sin dormir ya no era nada y la única diferencia con las anteriores era cómo había usado mi tiempo. Susana me había dado todos los detalles sobre el topo en mi departamento y el contacto directo de la técnica que había encontrado la brecha de seguridad. Su nombre era Dinah y, para mi sorpresa, era la misma joven que se había cortado la mano en la terraza y a quien Candy había ayudado.

—De no ser por Candy, me habría desmayado al ver la sangre —dijo al teléfono y aún así noté que sonreía al recordar a mi chica, y cómo no hacerlo.

Dinah me explicó cada paso que había dado el topo para ingresar al sistema y tras conectarnos en una videollamada, me mostró una simulación.

—Cada intento vino de una computadora diferente, pero del mismo departamento. Como sabes, cada empleado tiene un usuario y contraseña para acceder al software que utilizan, pero no es difícil decodificarlas, pues ya es algo que puedes aprender en Internet. —Su voz sonó ofendida al saber que sus estudios universitarios se resumían en una página web—. Y todo empeora cuando la contraseña del usuario es "1,2,3,4".

—Al tener las contraseñas de todos, si la descubrían, se podría culpar a cualquiera y mientras se llevara a cabo la investigación, ella ganaría tiempo —dije al ver que incluso había usado su computadora y, por supuesto, la mía.

—Sólo me remito a los hechos, pero es una buena hipótesis —respondió Dinah—. Ahora, el topo no sólo buscó la campaña publicitaria, también ingresó a los diseños y patentes de la nueva colección, la línea universitaria y la colección "clásica" de la empresa.

¡Mierda, mierda, mierda!

La nueva colección era, en su mayoría, diseñada por Candy y la línea universitaria fue la primera en la que sus diseños fueron producidos.

—¿También se llevó esos diseños? —gruñí.

—No, para copiarlos se necesita de la clave de acceso del diseñador, es una medida que ni yo conocía, hasta ahora, pero…

—¿Pero?

—Pudo tomar fotografías a la pantalla —respondió encogiéndose de hombros—. Los espías corporativos hacen cualquier cosa por conseguir información.

Asentí. No me interesaba saber hasta dónde podían llegar, sólo necesitaba saber si el trabajo de Candy estaba protegido, porque imaginar su angustia al ver sus diseños bajo otro nombre que no fuera Andley Decoration era algo que yo no podía soportar.

—¿Podrías acceder al teléfono de Elisa? —pregunté en un lapso de desesperación.

—No —respondió Dinah categóricamente.

—¿Y a su correo?

—El de la empresa ya lo estamos revisando, pero hasta ahora no hay nada y, si es ella el topo, ha sido lo bastante inteligente hasta el momento; no enviaría la información a través de su cuenta laboral.

Me pasé las manos por el cabello. Definitivamente no estaba pensando con claridad y no tenía idea de cómo evidenciar a Elisa, pues todo lo que teníamos era "circunstancial", como los abogados adoraban argumentar.

La única manera era que ella misma lo confesara, pero ¿cómo?

—Sedúcela —dijo Susana al teléfono la mañana siguiente cuando iba en camino a la oficina.

—¿Disculpa?

—No nos hagamos tontos, Anthony; esa mujer se muere por tenerte y si cree que tiene una posibilidad contigo, te dará lo que quieras.

—¡Estás loca, Susana! —grité a pesar de tener activado el altavoz.

No iba a seducir a Elisa.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó—. Nos quedan dos días antes de que Knut nos gane la partida.

—No lo sé —respondí antes de cortar la llamada y acordar no comunicarnos más que por mensaje para que Elisa no sospechara de mi repentino acercamiento con Susana Andley y supiera que había sido descubierta.

Estacioné en mi lugar de costumbre y bajé del auto con mi termo lleno de café en la mano, el mismo que Candy me había regalado y que no había dejado de usar en todos estos días.

—Hola, Anthony —me saludó Stear cuando entré al elevador.

—Stear. —Apreté el botón de mi piso y las puertas se cerraron al mismo tiempo.

—¿Te peleaste con la afeitadora o es tu nuevo look para el invierno? —preguntó Stear señalando mi cara y no omitió el tono de burla.

Habían pasado días desde mi última afeitada y sólo hasta ese momento, tras ver mi reflejo, me di cuenta de mi aspecto desaliñado con el que, de no ser por el traje, parecería un mendigo.

—Déjame adivinar —añadió Stear burlón—, es por Candy.

Ni siquiera me sorprendió su conclusión y él no esperó respuesta.

—Debes extrañarla, ¿cuándo vuelve? Patty dijo que se tomó unos días, ¿ella está bien?

¿Extrañarla? Añoraba su presencia y no, no sabía cuándo volvería y estaba muy seguro de que, por mi culpa, no estaba bien.

—Volverá pronto —dije después de darle vueltas a la respuesta en mi cabeza y me convencía de que eso sería verdad. Pronto Candy estaría en casa, sólo tenía que ir a buscarla y, para saber dónde estaba, tenía que destapar el crimen de Elisa, sacarla de aquí.

Cuando entré a la oficina, ya todos en el equipo habían llegado. Todos. John le explicaba a Melina el truco que tenía la cafetera para encender y Elisa… Elisa estaba dando órdenes a los demás sobre los pendientes del día, algo que ya era habitual y que en ese momento me enfureció.

—Buenos días, jefe —saludó John.

—Buenos días —contesté adoptando mi papel de responsable del departamento—. ¿Qué tenemos hoy? —pregunté fijando la vista en cada uno para no concentrarme sólo en Elisa y en su cinismo de presentarse en mi oficina, con mi equipo.

Por supuesto, Elisa fue la primera en tomar la palabra y su voz nunca me pareció tan molesta como en ese momento. Habló de una junta, la programación de un envío grande al norte del país y la autorización de un pedido de materia prima.

—Bien, a trabajar —contesté antes de cerrar la puerta de mi oficina sin evitar que la jaqueca se colara también.

Después de un par de horas de programar pedidos y autorizar pagos, mis ojos no veían nada más que manchas borrosas sobre la pantalla y la sien del lado derecho me dolía como nunca antes. La luz y el sonido ya eran insoportables.


—¡Adivina qué tengo! —cantó Candy al salir de su habitación con las manos en la espalda mientras yo ponía un tazón de palomitas en la mesa de centro de la sala.

Por la sonrisa traviesa que portaba no podía imaginar qué traía entre manos y sólo me senté en el sofá para verla acercarse lentamente hacia mí. Con las manos todavía atrás, se sentó a horcajadas sobre mí y la sostuve de las caderas, esas hermosas caderas.

—¿Qué tramas? —pregunté, embelesado por su sutil movimiento sobre mí.

—Tengo la solución a todos tus males —dijo adoptando la voz de una vendedora de infomercial de medianoche, y aunque trataba de contener la risa, su sonrisa persistía y sus pecas se veían todavía más adorables.

—¿Ah, sí? —La tomé por la espalda y la acerqué a mi pecho—. Dime.

Candy rio y se retorció entre mis brazos y puso las manos al frente, sosteniendo en alto un diminuto frasco de vidrio.

—Es un invento revolucionario para tu migraña —dijo agitando el frasquito—. ¡Aromaterapia! —Solté una carcajada y ella frunció el ceño de una manera adorable—. ¡No te rías! Después de mucho leer, descubrí cómo calmar esos dolores de manera natural. No me opongo a que tomes analgésicos, pero quería encontrar otra forma de ayudarte a sobrellevarlos —dijo en voz baja y me sentí culpable por reírme. En serio se había tomado el tiempo para investigar sobre mis molestas jaquecas.

—¿Y cómo funciona? —pregunté de inmediato para no decepcionarla.

—Podemos verter este aceite en un difusor y el aroma de la menta te relajará y ayudará a reducir el dolor —explicó señalando el aparato de la sala y en el que ella usaba esencia de rosas—. O puedo darte un masaje —añadió enarcando sus cejas.

¿Cómo podía negarme a eso?

—Un masaje, ¿eh? —repetí, besando su cuello.

—No esa clase de masaje —replicó con un jadeo después de besar su clavícula y deslizar mi mano bajo su blusa—. ¿Aceptas? —preguntó cerca de mi oído y, tras un asentimiento de mi parte, abrió el frasquito y dejó caer unas gotas de aceite en las yemas de sus dedos para después frotarlos. El aroma fresco y refrescante me llegó de inmediato—. Recuéstate —ordenó con su mano en mi pecho, empujándome hacia el respaldo del sofá—. Cierra los ojos.

Lo primero que tocó mi cara fueron los labios de Candy; suaves y juguetones, recorrieron mis mejillas y las comisuras de mis labios. Sus dedos empezaron a dibujar círculos en mis pómulos y ascendieron lentamente hasta mis sienes. El movimiento era suave por el aceite y firme por la fuerza de sus dedos.

—¿Te gusta? —preguntó cuando suprimí un jadeo, y un ronco gruñido fue mi respuesta.

Sus pulgares hicieron presión en el punto donde solía concentrarse el dolor y sus otros dedos se hundieron en mi cabello, presionando en círculos. El aroma mentolado se mezcló con el dulce perfume de su piel y una risita rompió el silencio.

—Tu aliento me hace cosquillas —murmuró en mi oído. Tenía tan cerca su rostro que ni con los ojos cerrados erré para besarla lentamente, tomando el tiempo preciso para saborear su piel.

—Sigue —ordené cuando sus dedos dejaron de moverse en mis sienes y sus caderas se frotaban contra mí, olvidando por completo su propósito.

—Mmm —jadeó, pero continuó con su masaje…


Abrí los ojos de golpe ante el insistente golpe contra mi puerta.

¡Mierda, estaba duro como una roca sólo con el recuerdo de Candy!

Me aclaré la garganta y sacudí la cabeza, sólo para darme cuenta de que, al menos, mi visión había vuelto. Me ajusté los lentes y empujé mi silla hacia el escritorio, esperando no tener que levantarme para recibir a quien llamaba.

—Pase.

Elisa entró con un vaso de la cafetería cercana en una mano y una carpeta en la otra. Echó una rápida mirada por toda mi oficina y caminó hasta el escritorio, sonriente y tranquila.

—Te traje café. —Puso el vaso sobre el escritorio, cerca del termo—. Del bueno y no el de la vieja cafetera —añadió señalando hacia afuera.

—Gracias —respondí alejando el termo de su mano, como si con eso alejara a Candy del peligro que Elisa era y que yo había ignorado desde la fiesta de Silvia, la llamada que Candy había escuchado entre ellas, nuestra discusión en la cafetería y todo lo demás que no hacía más que recalcar que yo era un idiota por confiar en Elisa.

—Necesito tu firma para estas órdenes —dijo poniendo la carpeta frente a mí—. Toma. —Sacó un bolígrafo del portalápices y me lo ofreció. Su mano quedó muy cerca de mi cara y tuve que echarme hacia atrás; lo que pareció tener un efecto de imán en Elisa, que se inclinó más hacia mí.

"Pero sabes que se siente atraída por ti" había dicho Candy cuando le conté sobre el incidente en la fiesta de Silvia.

"Si cree que tiene una posibilidad contigo, te dará lo que quieras". La voz de Susan también hizo eco en mi cabeza.

Era un pésimo consejo.

Acepté el bolígrafo y forcé una sonrisa. Puse más atención de lo normal a las órdenes de compra por firmar y cerciorarme de que Elisa no estuviera saboteando de alguna otra forma al departamento de Logística y también para pensar en algo que la retuviera.

Firmé cada hoja con cuidado, pero aun encerrado en el recuerdo del primer masaje de Candy. La menta me llenó las fosas nasales y el delicado toque de sus dedos me tranquilizó y me dio una idea.

Inhalé con profundidad.

—¿Usas un nuevo perfume? —pregunté mirando a Elisa que observaba cada firma impresa en las hojas.

—Nnn… no, es el mismo de siempre —contestó apretando los labios, nerviosa.

—Huele bien —dije olfateando en su dirección—. Disculpa, no quise incomodarte —añadí cuando Elisa echó la cabeza hacia atrás, como si la hubiera picado una araña.

—¡Para nada! —exclamó con su aguda voz—. Pero nunca lo habías notado —añadió por lo bajo, llevándose una mano al cuello.

—Sí, hay muchas cosas en las que antes no había reparado.

"Como el hecho de que eres una mentirosa, ladrona y que no tienes escrúpulos."

—Por cierto, quería agradecerte por lo de la otra noche. —Me obligué para que mi voz sonara tranquila, pensativa y gentil cuando le agradecía a Elisa por joder mi relación con Candy.

Elisa sonrió.

—No tienes que agradecerme nada, Anthony. —Bajó la mirada, nerviosa, apenada, pero de inmediato la volvió hacia mí con su sonrisa habitual—. Sé que te dolió saber la verdad, pero ella no era para ti.

¡Y ahí estaba! La puerta estaba abierta para que Elisa volviera a soltar su veneno ¡y yo tenía que permitírselo!

Ahogué un gruñido, y bebiendo del café que ella había traído, asentí.

—Supongo que este es el momento en el que dices "Te lo dije".

—¡Oh, no! No me atrevería. Eres mi jefe, ¿recuerdas? —dijo con esa sonrisa permanente en su cara.

—¿Y si no lo fuera? —pregunté echando el cuerpo hacia adelante tan rápido que Elisa se sorprendió.

—¿Cómo dices? —balbuceó.

—Si esto fuera sólo una conversación de amigos, ¿entonces sí me dirías "te lo dije"?

—Tal vez… —respondió arrastrando las palabras, pensativa.

Me reí y Elisa volvió a sonreír, como si fuéramos cómplices de una broma privada.

—Tal vez sea lo que necesite escuchar, pero no aquí —dije aclarando mi garganta y enderezándome en el asiento—. ¿Necesitas algo más? —pregunté con seriedad y Elisa frunció el ceño, confundida ante mi cambio de actitud.

—Eeh, no… esto era todo —contestó señalando las órdenes de compra firmadas.

—Bien, gracias por el café —repetí al tomar el vaso.

—Claro…

Elisa salió de mi oficina con paso lento y cerró la puerta, desapareciendo de mi vista.

Bufé. No podía seducir a Elisa. No quería hacerlo, pero ¡maldita sea! Susana tenía razón, era la única forma para el poco tiempo que teníamos. Knut Design lanzaría una publicidad robada en menos de 48 horas, y si en Andley Decoration no hacíamos algo, entonces entraríamos en crisis, pues la publicidad era la entrada para que el mundo conociera nuestro trabajo, para que se enamoraran de los hermosos diseños de Candy, para que la gente deseara comprarlos y las tiendas y almacenes quisieran tener nuestra mercancía en sus aparadores.

Arrojé el café de Elisa al bote de basura y bebí del mío.

Tengo una idea.

Envié el mensaje a Susana y ella me respondió en seguida.

Dime qué necesitas.

Terminé de escribir los detalles a Susana en pocos minutos y después de recibir su confirmación, eliminé la conversación. El chat de Candy apareció en primer lugar; mis mensajes aun no le habían llegado y aunque eso me tenía inquieto, saber por medio de Susana que estaba segura, me contenía un poco.

Abrí mi galería de fotos y pasé un largo rato observando la primera fotografía que nos habíamos tomado como novios: en el tren de vuelta a Chicago después de visitar el Hogar de Pony. Candy inclinaba la cabeza en mi dirección y la mirada inocente que mostraba a la cámara se volvía hacia mí en la foto siguiente. En la tercera la besaba y la cuarta estaba borrosa porque había dejado caer el teléfono sobre su regazo para abrazarme.

"Podría borrarla, pero creo que es una secuencia perfecta", dijo cuando me las envió.

Volví a la primera donde me sonreía con cariño y confianza.

—Te amo y no me rendiré con nosotros —prometí en la soledad de mi oficina.


*C & A*

Al día siguiente, llegué tarde a la oficina. La atención de John, Elisa y los demás se centró en mí en cuanto crucé la puerta con el portatraje sobre el hombro y una maleta de mano.

—¿Saldrás de viaje, jefe? —preguntó John cuando pasé por su escritorio.

—No, John. Me quedé sin casa —respondí con una calma que venía de la resignación, sabiendo que no necesitaba alzar la voz; el silencio que siguió a mi llegada ya había atraído su atención.

—¿Qué ocurrió, Anthony? —preguntó Elisa, cerrando de golpe su laptop con un gesto que reflejaba inquietud.

Reacomodé el portatraje en mi brazo y apoyé la maleta contra la pared, sintiendo el peso de la situación sobre mis hombros.

—Mi vecino de arriba dejó abierta la llave de la bañera toda la noche —dije, con una resignación que apenas podía disimular—. El agua se filtró hasta mi departamento. Desperté completamente inundado, así que tendré que vivir en un hotel mientras reparan el desastre.

—¿Cuánto tiempo llevará eso, jefe? —preguntó John, frunciendo el ceño mientras se giraba en su silla, completamente atento a mis palabras.

—Un par de semanas, tal vez. El administrador no fue claro al respecto —respondí, abriendo la puerta de mi oficina con un suspiro que se sentía más pesado de lo habitual.

—Lo siento mucho, Anthony —dijo Elisa, con su aguda voz llenando la oficina—. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo.

—Sí, jefe; si quieres puedes pasar unos días en mi casa —añadió John, con la mirada esperanzada, como si su oferta pudiera cambiar algo.

—¡No seas tonto, John! —replicó Elisa con decisión, frunciendo el ceño—. Anthony estará mejor en un hotel, donde pueda tener algo de privacidad y espacio.

—Yo solo decía... —John se encogió de hombros, y su entusiasmo desvaneciéndose me recordó que era un buen hombre.

—Pues no digas tonterías —lo reprendió Elisa en tono hostil.

—¡Basta! —exclamé, alzando la voz más de lo que pretendía—. Gracias por tu oferta, John, lo aprecio de verdad. Pero ya tengo suficiente en qué pensar. Ahora, por favor, todos a trabajar —dije, tratando de recuperar el control de la situación antes de darme la vuelta y entrar en mi oficina. Colgué el portatraje en el perchero y dejé la maleta a un lado.

Sólo tenía que esperar a que el tiempo pasara…


Desde que había conocido a Candy y a sus compañeros de Diseño había copiado su horario de almuerzos para los miembros de mi equipo, que antes comían a la hora que podían y la mayoría de las veces en sus escritorios. Ahora teníamos un horario rotativo y la oficina nunca se quedaba sola, pero todos lograban comer con tranquilidad. Por esa razón, la oficina estaba en completo silencio cuando yo terminaba una llamada con un proveedor y salía al área común a conseguir más café.

—¡Elisa, sigues aquí! —dije con sorpresa al verla sentada en su escritorio, tecleando con tanta rapidez que sus dedos parecían tener vida propia.

—Me saltaré el almuerzo —respondió sólo mirándome de reojo—. ¿Cómo te fue con Turner? —preguntó refiriéndose al proveedor de la llamada.

—Todo bien, pero todavía hay detalles que afinar —contesté—. Voy por un café, ¿quieres? —pregunté señalando su taza vacía.

—¡Claro!

—¿Azúcar? ¿Crema? —volví a preguntar y solté una risa—. Disculpa, no sé cómo lo tomas y tú conoces bien mis gustos.

—¡Oh! con azúcar está bien, pero voy contigo; así estiro las piernas —dijo tan rápido como se levantó.

Se quitó el saco con un ligero movimiento y lo dejó caer sobre la silla. Al llegar al pasillo me hice a un lado para darle el paso y se acomodó la blusa con un enorme escote en la espalda.

Mientras caminábamos, el sonido de nuestros pasos resonaba en el pasillo desierto.

Serví primero su taza y observé con atención cómo se lo preparaba para después servir el mío. Ella me sonrió y bebió un sorbo.

—Lamento lo de tu casa, Anthony —volvió a decir—. ¿Se arruinaron muchas cosas?

Asentí mientras bebía del café que Elisa despreciaba y que en ese preciso momento también tomaba sin réplica alguna.

—El baño, mi armario y mi habitación. Todo apestará a humedad en unas horas y, por si no fuera poco, mi auto se averió. Por eso llegué tarde —contesté, tratando de mantener un tono ligero.

—¡Anthony, eso es horrible! —exclamó con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo pasó todo esto?

—Bueno… llámalo mala suerte —dije con un suspiro, incapaz de ocultar la irritación en mi voz—. ¿Conoces el dicho de "las desgracias vienen en tres"? —asintió—. Sigo esperando la tercera. Tal vez me despidan.

—¡No digas eso! —Sonó nerviosa—. ¿Qué razones tendrían para hacerlo?

—Bueno, el señor Andley podría enterarse de lo que pasó con su prima y eso sería razón suficiente.

Elisa abrió mucho los ojos y el horror se apoderó de su rostro.

—Como sea, me harían un favor —dije tomando una caja de galletas para sacar un par, le ofrecí una a Elisa y ella la tomó.

—¿Quieres irte de la empresa? —preguntó manteniendo la galleta en alto.

—Creo que ha llegado el momento de buscar otro lugar para crecer. —Me tragué la galleta que me supo a pasto seco por lo que estaba a punto de decir—: Ya tuve suficiente de los Andley.

Para mi sorpresa, Elisa no dijo nada. Sólo clavó su aguda mirada en mí y bebió de su taza, intentando ocultar una sonrisa.

El tiempo se ralentizó el resto del día. El trabajo no paraba y la migraña que era mi compañera constante de unos días para acá, estaba plácidamente sentada a mi lado, martillando mi cerebro y gritando en mi oído interno.

—Jefe, ya nos vamos —dijo John apareciendo en el marco de mi puerta. ¡Al fin había acabado el turno!—. ¿Todavía te quedas?

—Sí, John, todavía —respondí levantándome de mi lugar para asomarme a ver a los demás. Los escritorios estaban vacíos, excepto el de Elisa. En serio, ¿cómo podía "trabajar" tanto y al mismo tiempo vender la información de la empresa? Aunque esta noche era lo más conveniente—. ¡Elisa, aún no te vas!

Levantó la mirada y enarcando una ceja por la presencia de John, respondió.

—Estoy actualizando mi informe semanal, no quiero problemas a fin de mes —dijo a John, a modo de reproche.

—¡Agh! —se quejó John—. Como sea, yo ya me voy. —Sacudió una mano para darnos a entender que él no iba a desperdiciar el resto del día en un informe que, en opinión de todos, no servía para nada.

Me reí al ver salir a John tan apurado. ¡Como si lo fuera a regresar para que hiciera un reporte!

—Se comporta como un niño —se quejó Elisa viendo en la misma dirección que yo.

—Es más joven que nosotros, tiene una mentalidad diferente —respondí y echando una mirada a mi reloj, dije—: ¡Mira la hora! Será mejor que yo también me vaya.

Los minutos se acababan y empezaba el maldito juego…

Tenía que hablar.

Ya.

—¡Espera, Anthony! —exclamó Elisa antes de que yo abriera la boca—. Ya que no tienes auto, ¿quieres que te lleve a tu hotel?

—Pero te desviará de tu camino, ¿no te importa? —pregunté.

—Claro que no, Anthony; déjame llevarte.

Sonreí.

—Está bien, dime cuándo nos vamos. —Señalé su laptop para darle a entender que podía acabar su importante reporte, pero ella la cerró de golpe.

—¡Ya terminé!

Me reí.

—Ok, voy por mis cosas —dije dando media vuelta para entrar a mi oficina.

Respiré con profundidad una vez más y tras asegurarme de que mi computadora estaba asegurada, aunque ya no había motivos, tomé mi maleta junto con el portatraje y el termo, mi amuleto.

—Cuando todo esté listo, te haré una llamada; no contestes, sólo será una señal —dije a Susana.

—¡Ok, Jason Bourne! —contestó ella con emoción—. Yo ya tengo todo preparado. ¡Te encantará!

—¡No agregues más de lo que acordamos!

—Tranquilo, lo único que ella y yo tenemos en común es que somos mujeres y yo sé lo que le gustará.

Elisa y yo tomamos el elevador que nos llevó hasta el estacionamiento y la seguí hasta su coche. Acomodé mi equipaje en el asiento trasero, como ella me dijo, y subí del lado del copiloto; un lugar completamente extraño para mí.

—¿En qué hotel dijiste que te quedarás? —preguntó encendiendo el vehículo.

—Mont Blanc —contesté—. ¿Quieres que active el GPS?

—¡Oh, no! Ya sé dónde es —contestó, sonriente, y minutos después estábamos ya en el boulevard, en medio del tráfico, sobre el que tuvimos una vaga charla que no nos llevaría a ningún lado.

"Piensa, Anthony, ¿quién es esta mujer?"
—¿Cómo están tus padres? —me aventuré a decir después de un par de calles en silencio.

—Mamá, bien. Papá está de viaje con su nueva esposa —respondió Elisa.

¡Mierda!

—Lo siento, no sabía que estaban separados.

Elisa se encogió de hombros sin apartar la vista del camino.

—Están mejor así. Se divorciaron cuando terminé la universidad.

—Debió ser duro para ti.

—No realmente, yo ya había hecho mi vida sin ellos desde hace mucho tiempo y lo que ellos hicieran con las suyas no era mi problema. —La firmeza de su voz me dejó claro que hacía mucho tiempo que Elisa había superado la separación de sus padres y que, en la superficie, parecía no importarle.

—Siempre has sido una mujer independiente —admití—. Admiro eso.

Una risa nerviosa secundó mis palabras y cambiamos el tema a uno más agradable, como el famoso bar que había en el hotel al que nos dirigíamos.

—¿Por qué no te tomas una copa conmigo? Últimamente trabajas más que los demás y necesitas un descanso —dije cuando estábamos a una calle de llegar.

—¿En serio? —preguntó con incredulidad y, volteando a verme, noté la duda y la desconfianza.

—Te gustan los cocteles, ¿no? Pues, hay un menú excelente de… ¡pero qué idiota! Es una mala idea, porque todavía tienes que conducir —dije recapacitando cuando el auto se detenía en la puerta principal del hotel—. Será otro día, entonces.

—¡No! —exclamó tomándome del brazo—. Una copa no me hará daño.

—Entonces vamos. Sólo dame un momento para registrarme e iremos al bar.

Bajé mi maleta y un mozo de equipaje que había sido llamado a una señal del acomodador de autos, lo cargó por mí. Elisa entregó la llave de su auto al otro hombre y juntos entramos al hotel, directo a la recepción, donde después de registrarme, pedí un lugar privado en el bar.

—Lo siento, señor Brower, pero esta noche el bar está cerrado por un evento privado —dijo la recepcionista y Elisa y yo intercambiamos miradas. Ella no podía ocultar la desilusión y yo, la frustración—. Pero el servicio al cuarto incluye el mismo menú del bar. Le aseguro que es la misma calidad —agregó la mujer con la gentileza de quien conoce su trabajo—, y la experiencia, mejor que en uno de los privados.

Un agudo sonido escapó de Elisa y volteé a verla otra vez.

—Sé que no es lo que ofrecí, pero ¿te gustaría subir un rato? —pregunté encogiéndome de hombros, pues no controlaba la situación.

Elisa miró su reloj, después a la recepcionista y, por último a mí, sopesando su respuesta.

—No veo por qué no.

La recepcionista, que debido a la situación, fungía como enlace entre el bar y los huéspedes, nos hizo sugerencias en cuanto a la coctelería, y tras elegir nuestras bebidas, Elisa y yo subimos a mi habitación, guiados por el mozo.

La suite era amplia y luminosa; la luz nocturna de la ciudad entraba por la ventana, pero no el ruido, lo que la hacía privada e íntima. Equipada con una sala de estar, un escritorio ejecutivo y una cocina, dividida por una puerta, la cama era lo último que se alcanzaba a ver.

—Ponte cómoda —dije a Elisa señalando la sala—. Pondré esto en el clóset. —Tomé mi equipaje que había quedado en la puerta y lo arrojé, literalmente, al interior del armario.

Me quité el saco y desabotoné las mangas de mi camisa.

Respiré y volví a la sala, donde Elisa ya se había quitado el saco y giraba sobre su eje, observando la suite.

—Hiciste una buena elección, Anthony; esta habitación es perfecta —dijo en cuanto me vio y tiró de mi mano para sentarnos uno al lado del otro—. Ahora, relajémonos, ¡mira que lo necesitas!

—Sí, necesito descansar… olvidarme de todo.


—¡Oh, Anthony! ¡Estuvo delicioso!

Hacía un largo rato que Elisa se había quitado las zapatillas y se había acomodado plácidamente en el sofá, apoyándose en mí, primero "por error", luego por costumbre.

Los cocteles no tardaron en llegar y fueron preparados frente a nosotros; también recibimos una charola de quesos y una botella extra de vino.

—Hace mucho que no disfrutaba de un buen coctel y que no la pasaba tan bien. ¡En serio! ¡Pero este vino que elegiste, fue lo mejor! —tomó su copa y dio un sorbo.

Me comí una aceituna, mientras Elisa seguía hablando, animada como nunca la había visto.

—Por cierto, no tenía idea de que fueras un fan del boxeo, pero con estos brazos —Acarició mi brazo con sus largas y pulidas uñas—, no debería sorprenderme.

—Es porque nunca nos habíamos dado la oportunidad de conocernos realmente. Pasamos tantas horas juntos y más allá de lo que compartimos de la universidad, no sabemos mucho del otro. —Me puse cómodo en el sofá y rellené la copa de Elisa.

—¡Oh, yo sí sé de ti! —exclamó tras beber un sorbo—. En la universidad te uniste al equipo de atletismo, pero lo dejaste después del segundo semestre porque no querías distraerte de las materias, y porque el entrenador los explotaba y era malo con el equipo femenil. —Sonrió—. Tú odiabas eso.

—¡¿Cómo sabes eso?! —pregunté a punto de escupir mi bebida.

Elisa solo empezó a reír, pero no respondió.

Era cierto que había sido parte del equipo de atletismo, pues siempre me habían gustado los deportes, pero el entrenador Wilson era un desgraciado que se extralimitaba en sus funciones con el equipo varonil y no desaprovechaba la oportunidad para desacreditar al femenil. Y, en más de una ocasión encontré a alguna de las atletas llorando después de las prácticas. Pero nadie podía hacer nada para sacar al entrenador, pues al parecer haber participado en las Olimpiadas te hacía inmune a las reglas de la universidad. La impotencia y la falta de apoyo fueron las razones por las que decidí retirarme, pero estaba completamente seguro de que eso sólo lo sabía Michael, mi mejor amigo en ese entonces.

¿Cómo lo había sabido Elisa?

—Fue en esa época cuando llamaste mi atención, cuando te volviste el primero de la clase, el más atento, el más amable…

Acarició mi mandíbula con sus delgados dedos y, al ver que no me movía, ascendió hasta mis labios y llegó hasta mis lentes, quitándomelos.

—Te ves mejor sin ellos —dijo poniéndolos a un lado—. Siempre fuiste el más guapo, Anthony. —Volvió a su posición y abrí un brazo para apoyarlo en el respaldo del sofá, espacio que Elisa usó para acomodarse cerca de mí y posar su mano en mi pecho… —. Me gustas con barba.

—Trabajamos juntos, Elisa. No podemos —dije cuando sus dedos empezaron a desabotonar mi camisa, sin cortar el contacto visual.

Una risita me retumbó en el oído.

—No por mucho —murmuró antes de besarme—. No con los Andley, si es lo que quieres.

La tomé por los hombros, alejándola de mi rostro y me topé con su mirada que arrojaba fuego y su sonrisa, casi ebria y maliciosa.

—¿Qué dices? —pregunté forzando una sonrisa.

—¡Vámonos de Andley Decoration, Anthony! —dijo tirando con fuerza el cuello de mi camisa—. ¡Están acabados! Sólo di que sí, y nos iremos juntos a Knut Design.

Su boca se estampó contra la mía, justo como había pasado en la fiesta de Silvia.

—¡Espera, espera! —mi respiración estaba agitada y los oídos me zumbaban—. ¿Cómo que los Andley están acabados? ¿Qué pasó?

—¡Aún nada! ¡Pero en unas horas, ellos…! —hizo un puchero y echó el cuerpo para atrás, alejándose de mí—. ¡No, no te lo diré!

Tomé a Elisa por la cintura y la monté sobre mis piernas en un movimiento que no le dio tiempo de pensar ni replicar.

Con una mano en su cintura y la otra en su mejilla, lentamente la atraje hacia mí.

—¡Cuéntame! —pedí cerca de su oído y ella se estremeció en mis brazos.

—No. —Frunció el ceño igual que una niña que hace una rabieta—. Le dirás a Candy y… —Sus manos rebotaron contra mi pecho.

—¡Ey, mírame! —Deslicé mi mano hasta su nuca y le sostuve la mirada—. Ella ya no significa nada para mí. No me importa lo que le pase. Me mintió y odio que me mientan, lo sabes —dije con la voz dura.

Elisa me sostuvo la mirada, analizando mis palabras, dudando…

Tragó saliva y acarició mis labios con el pulgar…

Knut Design tiene la próxima publicidad de los Andley y la lanzarán como propia mañana mismo —respondió con diversión en su rostro.

La noticia no debía sorprenderme, pero no pude evitar el gesto de asombro por la manera tan natural en la que Elisa lo había dicho.

Su sonrisa, que casi siempre parecía gentil pero distante, estaba llena de malicia. Sus ojos, analíticos y cautelosos, ahora brillaban, llenos de felicidad y orgullo.

—¿Cómo la consiguieron? ¿No se supone que tienen el mejor sistema de seguridad? —pregunté sosteniendo una risa cómplice con Elisa.

Descansó sus manos en mis hombros y después de empezar a trazar lentos círculos sobre la tela de mi camisa, dijo con satisfacción —Ellos saben cómo romperlo y yo les ayudé.


—¡Quiero matarla! —masculló Susana con rabia en la diminuta cocina donde había esperado todo el tiempo a que Elisa dijera la verdad, y de no ser porque yo le estorbaba en el reducido pasillo, lo habría hecho.

—No lo eches a perder —dije tomándola por los hombros—. ¿Lo tienes? —pregunté señalando la pantalla en la que se observaba la sala de la suite en vivo.

—Sí, quedó grabado. Su trasero tapa la cámara, pero el audio es lo que importa —contestó con brusquedad y asco.

Me pasé las manos por el cabello, aliviado, pero todavía con la adrenalina a tope.

El plan había resultado. Después de un par de horas de hablar y hablar con Elisa, de quejarme del trabajo, de hablar mal de los Andley, de mentir sobre mis sentimientos por Candy, ella había confesado.

Me contó quién y cómo la habían contactado, el puesto que le habían ofrecido y cómo había violado el sistema de seguridad para copiar la información. Repitió su idea de irnos juntos con Knut, ofreciéndome un lugar a su lado y después de convencerla de que lo pensaría, me levanté para ir a la cocina, con el pretexto de necesitar agua para ambos.

Todo había quedado grabado.

—Gracias, Anthony —dijo Susana retrocediendo un paso para que la soltara.

La cocina era un pasillo estrecho que sólo servía para una persona y que en ese momento parecía una camioneta de vigilancia, como las que aparecen en las series policiacas. Susana había instalado un par de cámaras y micrófonos en la habitación que transmitían claramente y en vivo todo lo que habíamos hecho. Se inclinó sobre la pantalla para abrir un chat y observé cómo tecleaba:

Listos para lanzar.

Eso era parte del plan. En cuanto tuviéramos la evidencia de que Knut Design había robado nuestro material, la campaña de los Andley sería lanzada a todos los medios: televisión, Internet, radio, prensa escrita y otros canales con los que Marketing ya había negociado. El lanzamiento no sería como se había planeado, con un evento social y la presencia de toda la Junta, sino en medio de la noche, sin bombos ni platillos, pero a Susana eso no le importaba, sólo que el trabajo que se había hecho en Andley Decoration, se quedara donde debía.

—Ahora es mi turno de cumplir. —Echó una última mirada a la pantalla y tomó su bolsa para buscar algo que me tendió en cuanto lo tuvo en las manos. Era un pasaje de avión—. Candy está en Nueva York, tu vuelo sale mañana a las dos de la tarde.

¡Nueva York!

¡Candy estaba en Nueva York!

—¡Gracias, Susana! —dije sin poder controlar los latidos acelerados de mi corazón e ignorando por completo el zumbido en mis oídos que ahora no se presentaba por la rabia o el insomnio, sino por la esperanza de recuperar a Candy.

—Llámame cuando llegues allá y te ayudaré a encontrarla —prometió tras darme un abrazo que fusionaba su emoción por haber evitado la crisis publicitaria y la mía por saber, finalmente, dónde estaba la mujer de mi vida.

—De acuerdo —contesté leyendo el boleto de avión.

—Sal por esa puerta, ve a casa, toma un baño y descansa —dijo señalando una puerta trasera que conectaba con otra habitación del hotel.

—¿No quieres que me quede?—pregunté señalando en dirección a Elisa.

—No, puedo sacar la basura yo sola —dijo ajustándose la chaqueta.

—Gracias —repetí antes de que abriera la puerta y Susana saliera con paso decidido al encuentro con la espía.

Con la vista clavada en mi pasaje, lo último que escuché esa noche fue:

—No te desvistas, bonita, tú y yo tenemos que hablar.


Nueva York, 14:00 horas

Nueva York, 14:00 horas

Nueva York, 14:00 horas

Había leído tantas veces en el día el boleto de avión, que ya tenía memorizado la puerta de embarque, la fila y el número de asiento; solo tenía que esperar, esperar para poder irme.

Preparé una maleta de verdad para irme y fui a la oficina temprano para no dejar ningún pendiente en mi ausencia. Susana había dicho que no me preocupara por eso, pero era claro que no me conocía y no dejaría todo botado.

—John, confío en ti —dije sólo una vez cuando le expliqué que tenía que salir y que necesitaba que él se quedara a cargo de la oficina.

—Descuida, jefe —asintió con seriedad—. Yo me encargo de todo, pero…

—¿Pero?

—No es que no aprecie la confianza, pero es tu ausencia, ¿no es Elisa la siguiente en la escala?

Guardé silencio, pues aun era pronto para decir qué pasaría con Elisa, y si la noticia del espía había logrado contenerse hasta el momento, no había razón para que todos se enteraran ahora; ni siquiera John, aunque merecía saberlo.

—No, John; las cosas han cambiado y ahora no puedo dar detalles, pero que te quede claro que no te dejo a cargo porque seas la segunda opción, sino porque confío en tu capacidad.

John era un niño, comparado con muchos de los que trabajábamos en Andley Decoration, pero era habilidoso, inteligente, leal y estaba listo para un ascenso.

—¡Gracias, jefe! —dijo intentando ocultar su entusiasmo y ser más profesional.

Tras una hora más en la oficina aún tenía tiempo antes de ir al aeropuerto, y no es que no apreciara que Susana se encargara del boleto, pero ¿por qué tuvo que ser tan tarde? Un vuelo nocturno y ya estaría en Nueva York.

—¡Hola!

—¡Ey, dónde estás? Te busqué en tu oficina —pregunté a Susana por teléfono.

—¡Ah! Estoy en el bar de Tom.

—¡Susana!

—Me invitó a almorzar y estoy esperando a que termine de recibir la mercancía para el bar —especificó de inmediato, con voz calmada y divertida—. ¡Qué poca fe tienes en mí! —se quejó—. ¿Terminaste en la oficina? ¿Quieres venir?

—Sí, tenemos que hablar.

Llegué al famoso bar de Tom que, aunque tenía las puertas abiertas, no estaba en servicio todavía. Encontré a Susana sentada en el gabinete más cercano a la puerta con una laptop abierta y el celular parpadeando por una larga lista de notificaciones.

—¡Te afeitaste! —exclamó, complacida—. ¿Todo listo para irte? —preguntó en cuanto me senté frente a ella.

Sí, después de una noche en la que pude dormir más que las anteriores, había tomado un buen baño y me deshice de la barba de mendigo que había dejado crecer todos estos días.

—Mi equipaje está en el auto, me iré en una hora. Pero no puedo sólo llegar a Nueva York, necesito la ubicación exacta de Candy.

Susana puso a un lado la laptop.

—No la tengo.

—¿Cómo que no la tienes? ¿Cómo se supone que la encuentre, entonces? —reclamé.

—Mira, sé que está con Annie, su amiga de la universidad, pero no tengo su dirección —explicó—. La única que tengo es la de la Escuela de Diseño y te la estoy enviando. —dijo tecleando en el celular —. ¡Ah! también la fecha de su presentación.

—¿Presentación? —pregunté después de abrir los mensajes de Susana con la dirección y el programa del congreso de diseño al que Candy había renunciado.

—Sí, ¿cómo es que no lo sabías? ¿No te mostró su trabajo? ¡Dijo que lo habías visto!

—Lo hice, pero…

Susana no sabía que Candy se había retirado del congreso por culpa de Neil.

—Susana, ¿estás completamente segura de que Candy está en Nueva York?

—¡Sí, Anthony! Ya te dije que yo misma la llevé al aeropuerto y, aunque no me dejó acompañarla hasta la puerta, tengo el número de vuelo y todo. Ella está en Nueva York, ¿por qué lo dudas?

—No quiero arriesgarme ni perder más tiempo para verla —mentí—. No me hagas caso, son los nervios hablando.

Abrí el programa del evento y busqué el nombre de Candy; ella se presentaría el último día en el penúltimo panel. No sabía cómo lo había logrado, pero me alegraba saber que el proyecto en el que tanto había trabajado no se quedaría en el cajón.

—Oye —Susana me tomó de la mano que reposaba sobre la mesa—, la recuperarás. Estoy segura de que te ama y te perdonará.

Puse mi mano libre sobre la de Susana y sonreí.

—A ti también te perdonará.

Me devolvió la sonrisa.

—Eso espero, pero si no lo hace, estará bien. No la obligaré nunca más a hacer algo que no desea.

—Sí, por favor. No más mentiras ni montajes —pedí con un tono de burla—. Lo de anoche fue…

Arriesgado, inmoral, bajo.

—¡Fue perfecto! —se defendió Susana—. Además, tú ideaste el plan. Tú pediste una habitación de hotel, tú pediste vino y cocteles. Te dije que lo hiciéramos en tu oficina o en tu casa, pero…

—No, nunca la llevaría a mi casa —interrumpí—. Ya bastante contaminó esta empresa y nuestras vidas como para que la metiera a mi casa.

Eso estaba fuera de discusión, Elisa nunca pisaría el mismo lugar en el que Candy había dormido.

—No volverá. Anoche aclaramos las cosas y te juro que no volveremos a saber de ella.

—Cuéntame qué pasó —pedí cuando un camarero trajo dos limonadas para nosotros.

—Bueno… omitiendo el drama y las ofensas por su parte, le di dos opciones: renunciar de Andley Decoration y no volver a buscar un trabajo relacionado con nuestro sector y ni siquiera decir que trabajó aquí; si lo hace, sacaré a la luz su crimen y entonces se enfrentará a las consecuencias legales. Opción número dos, la denunciaba hoy mismo y entonces ella y sus amigos de Knut se enfrentarán a nuestros abogados de inmediato; volviendo todo un escándalo y arruinando su reputación.

—Asumo que eligió la primera opción…

—Sí, no es tan tonta. Si nos vamos a juicios, en Knut se lavarán las manos con ella y cargará con toda la responsabilidad. A fin de cuentas, ella hizo todo sola y tenemos la grabación donde confiesa cómo, cuándo y dónde violó el sistema. Los de Knut podrán decir que ella quiso hacerlo, que les ofreció la información o que no sabían nada y en menos de un año todo quedará olvidado. Creéme, Anthony, está completamente sola y humillada. No querrá que nadie se entere de cómo cayó contigo y cómo los suecos le dieron una patada en el trasero al echar a perder su plan.

—¿Estás segura de que fue lo mejor? —pregunté, no porque dudara de la estrategia de Susana, sino porque necesitaba una confirmación, algo que asegurara que Elisa no volvería a nuestras vidas, que no se aparecería en Andley Decoration, que no volvería a interferir en la vida de Candy.

—Mira, sé que lo más justo sería denunciarla y llevar todo a juicio para que pague según las leyes, pero eso sólo será un derroche de dinero en abogados, en tiempo, en declaraciones oficiales, y Albert no quiere tener que ver con más juicios durante un rato. —Susana me mostró su teléfono —. Ya bastante tuvimos con Benson como para echar a perder estos números con esa víbora. Mira esto, hace solo unas horas que lanzamos la campaña y ya estamos en todos lados, ¡somos tendencia en redes! Algo que no había pasado en años.

—Me alegra, pero esto no sólo se trató de Elisa.

—¡Ah, sí! De las ratas de Knut ya se está encargando Albert. Justo ahora está en una reunión con su director general con la evidencia precisa para frenarlos, y antes de que lo preguntes: no, Albert no sabe lo que ha pasado con todo lo personal. Corté el audio para que sólo tuviera la declaración.

Alivio, eso fue lo que sentí y no podía negarlo.

—Nuestro secreto está a salvo —bromeó Susana, tomando otra vez mi mano sobre la mesa.

—¡POR ESO NO CONTESTAS MIS LLAMADAS!

Susana y yo volteamos al mismo tiempo en dirección al reciente grito. Un sujeto furioso entró al bar y caminó hacia nosotros.

—¡Neil! —gritó Susana.

Así que este era el famoso Neil. No era la gran cosa, menos alto que yo, con un bronceado falso y ropa de diseñador.

—¿Qué quieres aquí? —preguntó Susana, no asustada, sino molesta.

—¡Llevo días buscándote, Susana, pero ya entiendo por qué no respondes! —escupió, mordaz después de mirarme—. ¡Dos semanas y ya te estás revolcando con otro, ¿o empezaste antes de terminar conmigo?!

—¡No sabes de lo que estás hablando! —gritó Susana al tiempo que yo me levantaba y encaraba al idiota de Neil.

—Será mejor que cierres la boca, imbécil —advertí bloqueándole la visión de Susana.

—¡Tú no te metas! —Neil me dio un empujón que no logró moverme de mi sitio, sino que él dio un paso en falso hacia atrás.

Susana se levantó también y se quedó detrás de mí, a una señal con mi brazo.

—¡Vete, Neil! —gritó ella—. No tenemos nada de qué hablar.

—Ya la oíste, ¡aléjate de ella!

—En serio, ¿tú quién eres?¿su nuevo juguete? —escupió con asco y rabia, mirándonos a los dos— ¿Por este tipo me dejaste? —le gritó—. ¡Te compadezco, hombre! Te aburrirás pronto en su cama.

¡Ya estaba!

El primer puñetazo que arrojé sobre Neil lo tambaleó. El segundo lo tiró al piso.

—¡ANTHONY! —gritó Susana cuando Neil se levantaba y se abalanzaba contra mí.

Me dio un golpe en el estómago y otro en la mandíbula, empujándome contra la mesa. Los vasos cayeron al suelo y la laptop de Susana me golpeó la cabeza.

—¡No sabes con quién te metes! —ladró Neil, lanzando otro golpe sobre mí, pero lo esquivé y su puño se estrelló contra la mesa.

Recuperé la postura y arrojando un par de golpes más, llegué con Neil hasta la entrada del bar.

—¡Sé lo que eres, cabrón! —grité. La boca le sangraba y su perfecta ropa de diseñador ya estaba arrugada y manchada de su sangre—. Sé que no te mereces a Susana, sé lo que le hiciste.

Lo tomé del cuello de la camisa y terminé de sacarlo del bar. A lo lejos sólo escuchaba los gritos de Susana pidiéndome tener cuidado y, de la nada, su voz confundiéndose con otra.

—¡No, Tom; Neil empezó! —gritó Susana. Volteé a verla.

Tom, el dueño del bar estaba a su lado, a un paso de separarnos, pero Susana lo retenía, temblando de angustia y frustración.

En el segundo que me giré, Neil intentó otro golpe. Lo esquivé y cayó de bruces.

Estábamos ya en la calle, en medio de los autos estacionados.

Neil maldijo y escupió la sangre que le corría de la boca.

El último vestigio de mi ira se concentró en este pedazo de basura. Él era el culpable, directa e indirectamente, de todo lo que había pasado en los últimos meses.

Susana le tenía miedo, por eso había echado en Candy la responsabilidad de ser Cenicienta, para que Neil no se enterara de que su novia —exnovia—, había ido sola a una fiesta. Ahora, después de conocerlo, de ver la forma en que le había hablado, no podía culparla. Era un tipo manipulador y violento.

¡Carajo! Y Candy había lidiado sola con él.

Ella había desperdiciado su dinero en él, había dado por perdida la oportunidad del congreso, había pasado días ¡ella sola! lidiando con este idiota que no podía ni mantener a flote su empresa por sí solo.

Sin dejar que se levantara, volví a tomarlo de la camisa y lo sacudí para que me mirara.

—Te vas a alejar de Susana, de una vez por todas y vas a pagarle a Candy cada centavo que le debes a fin de mes —Neil abrió los ojos, llenos de rabia y confusión por mis palabras—. Sí, idiota ¡lo sé!

—¡Le debes dinero a Candy! —gritó Susana, sacudiéndose de los brazos de Tom—. ¡Maldito!

Tom la detuvo desde la cintura, casi cargándola para que no se arrojara a golpear a Neil que, desde el piso, oscilaba su mirada entre ella y yo.

—¡Lárgate de aquí! No quiero saber que vuelves a molestar a Susana o a Candy, porque a la próxima no seré gentil contigo —amenacé levantándolo como peso muerto.

Ya de pie, Neil se sacudió de mi agarre y retrocediendo unos pasos, amenazó también en dirección a Susana.

—¡Esto no se quedará así!

—¡Ni siquiera lo pienses! —intervino Tom al darle alcance a Neil y dándole otro puñetazo en la cara, que no lo tumbó porque el mismo Tom lo sostuvo y lo arrastró hasta su coche—. ¡No te atrevas a acercarte a ella! —gritó arrojándolo sobre la puerta del piloto.

—¡Tom! —exclamó Susana con angustia mientras intentaba avanzar hacia él.

—Déjalo —dije, deteniendola con mi mano en su hombro.

Neil sacó las llaves de su auto a una orden de Tom y, en cuanto la puerta estuvo abierta, lo arrojó al interior y volvió a cerrar con un azotón, en medio de amenazas que juraba cumplir si volvía a acercarse a Susana.

El idiota se fue en su auto, haciendo rechinar las llantas. Susana corrió a abrazar a Tom, quien no la soltó por largos minutos.

—Ya pasó, estás a salvo —oí que le decía, mientras acariciaba su cabello.

Los observé mientras me sacudía la tierra de encima.

Susana se deshizo del agarre de Tom con gentileza y, sin soltar su mano, se giró en mi dirección. Tenía los ojos llenos de lágrimas y los labios le temblaban.

—¿Por qué Neil le debe dinero a Candy? —preguntó, limpiándose la nariz con el dorso de la mano libre.

Dudé. Era algo que no me correspondía decirle. Candy no quería que se enterara.

—Dime —pidió.

—Candy le prestó dinero para su empresa; le estaba costando encontrar inversores y…

Susana no tardó en sumar dos más dos y con la voz entrecortada, preguntó:

—Fue cuando decidió cancelar el viaje por mi cumpleaños, ¿verdad? —Asentí—. ¡Ay, Candy! ¿Qué hice? —sollozó más y Tom estrujó su mano.

Me limpié la cara con la mano. Apenas unas gotas de sangre salieron de mi nariz.

—Ella no quería que supieras.

—Claro que no —sonrió con pesar—. Esa es Candy.

Dio un par de pasos hacia mí y tomándome de las manos, dijo en voz baja pero clara:

—Tráela a casa.

*C & A*


Y ahora, nuestro valiente caballero va en busca de su adorada princesa...

Hola a todas, ¿cómo están? ¿Qué les pareció este capítulo? Espero que les haya gustado porque, al fin, Anthony ya arregló el desastre que había y puede dedicarse en cuerpo y alma a recorrer las calles de Nueva York para encontrar a Candy. Susana también hizo su parte, hay que reconocerlo, y sobre Elisa... asumo que no es el "castigo" que esperaban para ella, pero seamos honestas ¿cuántas veces la gente recibe el castigo que merece o el que los demás queremos? Por lo pronto, tengan por seguro que no volverá a molestar a nuestra pareja.

Gracias a todas por leer y en especial a:

Cla1969: Hola, aquí otro capítulo con el que no me tardé tanto. Mil gracias por tus palabras, espero que te guste este avance.

GeoMtzR: Hola! Qué gusto leer tus comentarios. A mí me gustó mucho escribir el cuento (admito que no estaba planeado) y que me ayudó a continuar con el rumbo de la historia. Al fin Anthony volvió a ser el que conocemos y ya reconoció su error y está dispuesto A TODO para que Candy sea feliz. Yo creo,, no sé tú, que con lo que hizo ya se redimió, pero ver qué dice Candy, que es la que importa jaja. Geo, espero que estés bien y que este capítulo te gustara. Te mando un abrazo.

Mayely Leon: Hola! Se cortó el capítulo anterior, pero aquí está la continuación que, espero, hayas disfrutado. Un saludo.

Blanca67: Hola, Anthony suplicará por el perdón de Candy, todavía le falta camino que recorrer para llegar con ella, pero tiene que lograrlo. Deseo que este capítulo te gustara. Un saludo.

Comentario anónimo: Hola, sí... lamento decir que ya falta poco para el final, pero eso sí: feliz. Un saludo.

Nos leemos pronto

Luna