IMPORTANTE LEER: Tras una investigación en base a los datos que proporcionan el anime y el manga, he descubierto que la fecha en la cual la Reina del Agua selló la Gran Revuelta del clan de Panthalassa fue el 21 de noviembre de 1990, pero en realidad, el caos se extendió hasta 1994 y resurgió desde la primavera de 1996 hasta finales de 2004 (lo que conocemos como Pure). Los eventos no ocurrieron tan rápido como nos ha hecho pensar el manga, ya que en el anime, un día antes de que Luchia subiera a tierra, se produjo una tormenta.

Quiero recalcar que este fanfic se escribe según mis criterios de interpretación de la obra favor, leed las notas que he puesto al principio y al final de página, ya que las uso como glosario y aclaraciones.

No acepto nungún tipo de plagio ni mucho menos, atributos comerciales debido a que el manga de MMPPP fue escrito por Michiko Yokote e ilustrado por Pink Hanamori y el anime fue producido por TV Aichi y los estudios ACTAS y SinergySP. Este fanfic lo escribo con propósitos lúdicos.

20 de julio de 1980

La lluvia de verano había decidido presentarse justo en el momento más indeseado del año, así, sin más, sin avisar de que cayera una tormenta tropical que pudiese arrasar todo a su paso. Habían pasado ocho años desde que el equipo de meteorología fallara respecto a la previsión del tiempo y ya era costumbre que se produjeran alteraciones imperceptibles que eran imposibles de detectar incluso con la maquinaria de última tecnología.

Por eso mismo, los lugareños de la prefectura de Shizuoka, al este de Japón, recogían sin muchas ganas los puestos móviles de aperitivos, bebidas y juegos que habían preparado con ilusión para el festival de Tatabana de ese año. Pero no sólo eso; las tiendas, oficinas, santuarios y restaurantes habían tenido que cerrar repentinamente mientras que los hoteles y casas refugiaban a unos pobres forajidos de la amenaza incipiente que traían consigo las temibles olas del océano.

En medio del riachuelo que circulaba entre las calles, una joven de unos veintitrés años corría ajena a todo el barullo que se había generado. Iba como una flecha y, a pesar de que el chaparrón la golpeaba con fuerza, no era suficiente como para parar sus pies de potro.

Con cada paso que daba, sentía como si su mundo se desplomara poco a poco. El vendaval, traicionero como todos los elementos de la naturaleza, surgió a su encuentro como una brisa de aire que la hizo pararse en seco y agacharse hasta agarrarse las rodillas con sus manos desnudas. Ella se encontraba débil y sus mejillas se habían teñido de rubor a causa de la falta de aire que la hacía jadear violentamente.

Miró al paisaje con sus ojos azul marino, respiró de forma entrecortada y, aunque el vestido azul celeste que llevaba puesto se le pegaba a la piel y sus pies dañados trataban de retenerla, sintió cómo su corazón seguía latiendo. Todavía había algo cálido dentro de ella que la sujetaba para no caerse. Con los ojos llenos de lágrimas y determinación, suspiró profundamente y se alentó en voz alta:

— Tengo que alcanzarlo antes de que sea demasiado tarde. ¡Y no pienso rendirme!

La rubia hizo acopio de las fuerzas que le quedaban, se descalzó de las sandalias que llevaba y echó a correr en contra del viento y la marea. Se sentía libre mientras sus pies chapoteaban entre el agua que circulaba por encima del cemento.

A pesar de ser verano, el granizo caía estrepitosamente y todas las actividades que habían sido programadas para ese día se habían cancelado, al igual que los vuelos y viajes por tierra y mar. Y dentro de una lujosa casa cercana a la costa, un joven de unos veintitrés años ensayaba una y otra vez la pieza que había emanado de sus propias manos y que sus largos dedos trataban de interpretar sobre las teclas del piano de cola que había adquirido para su salón.

La vivienda no era recargada, ya que los cuatro dormitorios, sala de estudio, cocina y dos baños que la componían tenían los muebles necesarios para hacerla lo más cómoda posible. Justamente, el estilo que desprendía era propio de aquel hombre que recién se había convertido en una figura famosa tanto por su trabajo como por el dinero que su padre había invertido en él. A pesar de que las ojeras le surcaban sus ojos castaño-rojizos, su cuerpo no le dejaba abandonar el lugar de trabajo y eso le pasaba factura: sus manos estaban rojas y llenas de callos.

Estaba tan metido en sus ensoñaciones cuando de repente, un ruido sordo lo devolvió a la realidad. Enfadado y abatido, dejó caer sus manos sobre las teclas del piano y miró por la ventana, mascullando para sí:

— Maldita tormenta.

Volvió a su tarea, pero los golpes se volvieron cada vez más rítmicos y sonoros, quizás por el granizo que estaba cayendo.«Estoy seguro de que no es eso. Y eso me da muy mala espina»,pensó. Entonces, con mucha cautela, él fijó su vista en la ventana que daba acceso al balcón de su casa y vio que al otro lado se encontraba una sombra que lo hizo levantarse de golpe de su asiento. Con semblante firme y autoritario, preguntó en voz alta:

— ¿Quién eres?

— Soy yo— su voz suave sonaba ahogada a través del cristal—. Takashi, ábreme, por favor.

El pianista se frotó los ojos sobrecogido cuando esa persona lo llamó por su nombre e inmediatamente, fue hacia la dirección de la cual provenía aquella voz. Abrió la compuerta y se quedó al piedra al verle la cara: se trataba de una mujer que apenas le llegaba a la barbilla y cuyo cabello del color del sol le caía como una cascada hasta pasada la cintura, mientras que sus ojos azules del mar lo miraban llorosos. Su piel blanca de porcelana se encontraba calada hasta los huesos. Incluso sus manos y pies lucían dañados a causa del granizo.

— Teresa...— incluso su voz se había cortado a causa de la conmoción—. ¿Qué...?

Era ella, sin duda era ella. Se habían graduado del instituto hacía ya cinco años y lucía completamente diferente a como la recordaba la última vez que la vio. Ya no eran unos chiquillos, sino adultos en toda regla. Y ella seguía siendo increíblemente hermosa y fascinante, igual que la primera vez que se conocieron, aunque a él tampoco le faltaban pretendientas.

Teresa sonrió aliviada al encontrarse con aquel joven de cabellera negra y lisa y ojos castaño-rojizos que la miraban con preocupación y asombro y musitó:

— Menos mal que te he encontrado. ¡Pensaba que te habías ido!

— ¿Qué estás haciendo?— espetó enfadado y puso las manos en jarras—. ¿Acaso has aprendido que no puedes colarte por las ventanas?

— Yo...

En ese momento, la rubia sintió que su cuerpo comenzaba a desfallecer y sus ojos comenzaron a ver de forma borrosa mientras que las lágrimas caían por su bello rostro. Inmediatamente, se abalanzó sobre el hombre y sollozó mientras este la cogía para no caerse y hacerse más heridas de las que adornaban su cuerpo:

— Por favor, Takashi... ¡Llévame contigo!... ¡Ll-Llévame a donde sea!— se sentía cada vez más débil— por favor... n-no me dejes sola...

— ¿Qué es lo que te ha pasado?— preguntó preocupado.

Pero antes de que pudiera responder, la joven cayó inconsciente, así que Takashi la metió inmediatamente en la casa. Se encontraba frágil y vulnerable y, al examinarla a la luz, descubrió que sus mejillas estaban sonrosadas y tenía el labio inferior partido. Todo su cuerpo, en especial, el cuello y el torso, poseían signos de que alguien le hubiese propinado una paliza. «¿Qué le ha pasado para que se encuentre así?».

Unas horas después, Teresa se despertó en una habitación que no había visto antes, probablemente, el dormitorio principal de su antiguo compañero de clases. Se palpó el pecho y descubrió que se encontraba vestida con un pijama de color azul marino que le iba muy ancho y alguien la había metido entre las mantas para que entrara en calor y evitar que se resfriara. Además, su ángel de la guarda le había limpiado y vendado las heridas, lo que hizo que la rubia se ruborizara al suponer lo que podría haber sucedido. La mujer estaba cansada y aturdida, con ganas de sacar todo lo que llevaba adentro y se limitó a tumbarse en la cama.

Entonces, escuchó el ruido de la puerta abrirse y se escondió entre las sábanas para que el joven de cabellos negros pensara que siguiera durmiendo. Sabía que tendría que darle una explicación en cuanto despertara y, para su sorpresa, Takashi le trajo una bandeja donde descansaba un cuenco de arroz con gachas que estaba hirviendo y una cuchara mientras la miraba con suma preocupación a pesar de que trataba de mostrarse tranquilo.

Al verlo bajo la luz de la lámpara, se sorprendió de que llevara puesta una sencilla camisa de color beige y pantalones de color marrón, además de haberse cortado el cabello hasta la nuca y seguir llevando el mismo flequillo que en preparatoria y que le cubría la frente. Era más apuesto de lo que recordaba y no evitó sonrojarse como una jovencita enamorada. El hombre se sentó a su lado en una silla que había cogido y Teresa percibió que sus ojos desprendían alivio y otra emoción más:

— Me alegro de que te encuentres mejor— sonrió dejándole la bandeja sobre su regazo—. Procura comer esta sopa, te sentará bien.

La rubia se sonrojó al ver que el joven le había preparado la comida y le agradeció el gesto a pesar de que quería tirarlo del pelo. Sintiéndose presa de su corazón y de su cara completamente sonrojada, preguntó tímidamente:

— ¿Has...? ¿Has llamado a las chicas para que me cambien de ropa?

— Digamos que nadie en su sano juicio saldría afuera con este temporal— se inmutó a decir con una sonrisa maliciosa en su rostro—. A no ser que se llame Teresa Heidenreich y espete que la RFA tiene tempestades peores, claro.

En ese momento, la joven sintió que algo hervía por dentro y a medida que la vergüenza la corroía, se tapó con sus brazos el escote en V de la camisa de pijama que le llegaba hasta el diafragma, mostrando parte de sus voluminosos pechos, agachando así la cabeza para que su interlocutor no viera que su cara se había puesto completamente como un granate. Inmediatamente, masculló en voz baja:

— Me has... Me has visto desnuda...— se tapó con la sábana—. ¿Por qué eres así?

— No tenía más remedio, a no ser que quisieras coger una pulmonía— su tono de voz grave denotaba que hablaba realmente en serio—. No te preocupes, no te he hecho nada.

Teresa refunfuñó y se limitó a devorar su cuenco mientras él se quedaba a su lado. Una vez que terminó de beberse el contenido que no podía alcanzar con una cuchara, el joven le preguntó confuso:

— ¿Por qué dijiste eso en el balcón? ¿Qué es lo que te ha pasado? ¿Qué...?

— No quiero hablar de eso— lo cortó en seco.

Ella miró hacia abajo. Tras unos minutos de intentar controlarse, las lágrimas no pudieron hacer más acopio y en unos instantes, lloró como nunca había llorado en su vida. No quería pronunciarse de los sucedido y, probablemente, nunca lo haría, ni siquiera si la obligaran a ello. Y al verla tan vulnerable, Takashi solo quería abrazarla y decirle que todo estaría bien, que él siempre estaría a su lado y que le destrozaba verla así. Una sombra de lo que había sido en el pasado.

En medio del llanto, la rubia musitó:

— Yo...— se sorbió la nariz con un pañuelo que el joven le entregó y tragó aire— ... Yo ya no soy nada...— titubeó— N-No puedo volver allí...

— Eso no es verdad— respondió de forma cálida mientras la cogía suavemente del mentón y se acercaba cuidadosamente hacia ella—. Eres como un caballo que galopa libremente por la pradera y mira siempre hacia delante sin dejar que nadie lo detenga. Esa determinación es lo que siempre me ha gustado de ti.

La ojizarca levantó la vista y se encontró con los ojos castaño-rojizos del pianista, los cuales la miraban con un brillo especial. Al notar que ella se había tranquilizado, Takashi se apartó un poco y se metió la mano dentro del bolsillo izquierdo de su pantalón.

En cuanto sacó una cajita de terciopelo de color rojo y se la tendió, Teresa se quedó muda del asombro y se tapó la boca y nariz con las manos mientras sus ojos dejaban caer unas lágrimas más limpias y cristalinas que las que antes había soltado:

— Takashi...

— Quería dártelo después de haberme convertido en Maestro, probablemente eso habría sido dentro de unos dos años como poco— se sonrojó—, aunque estoy seguro de que los dioses han querido llevarte hasta mí de esta forma.

— No han debido de ser muy piadosos contigo— bromeó.

— Pero les estoy agradecido de que pueda volver a verte una vez más— cerró los ojos aliviado y le tendió el artefacto— Esto es para ti.

Teresa cogió con sumo cuidado el regalo que el joven le estaba ofreciendo y, una vez que lo abrió, se emocionó al ver lo que había dentro. Se quedó sin palabras y lo apretó contra su pecho mientras Takashi la miraba muy tenso y nervioso desde su asiento.

— ¿Qué te parece?

— ¡Lo has recordado!— exclamó—. La promesa que aquel día hicimos...

— Supuse que te quedaría bien— sonrió de forma seductora y misteriosa que hizo que ella desviara su vista hacia él—. Mi apellido.

La mujer apenas podía hablar del asombro que le producía esa confesión y asintió con la cabeza, sonriendo con lágrimas de plena felicidad. Entusiasmada, dejó que el hombre sacara la joya que contenía el estuche —un anillo de platino en forma de dos flores labradas con diamantes y zafiros— y se lo pusiera cuidadosamente en el dedo anular de la mano derecha.

Al poco rato, ambos jóvenes se abrazaron y se besaron a medida que sus corazones latían apasionadamente, a pesar del temporal que surcaba afuera. Ella era la indicada para él y viceversa, aunque pertenecieran a diferentes nacionalidades y clases sociales y tuviesen que luchar contra viento y marea para consagrar su amor y felicidad.

Ahora estaban juntos y ya nada podría separarlos.

21 de noviembre de 1990

Había pasado más de un año desde que los siete mares se habían convertido en un caos. En realidad, la llama rebelde se había instalado en las mentes de la tribu de Panthalassa y algunos miembros de Anfitritia desde hacía más de una década; no obstante, el fuego amenazaba por extenderse como una cadena ardiente e instalarse en los corazones de todos los clanes océanicos, en especial, los de los más jóvenes. Por ello, había que cortar esa revuelta de raíz.

En medio de todas aquellas batallas entre wallanos y tritones, y ondinas y sirenas, que luchaban por sus vidas, una mujer de cabellos rubios como el sol que ondeaban hasta los tobillos y ojos de color azul violáceo discutía con un hombre de rostro cubierto por una máscara de oro en forma de calavera de un reptil milenario que le procuraban un aspecto imponente y su pelo rubio platino llegaba hasta las rodillas. Ambos llevaban cetros en sus manos que representaba su estatus dentro de la jerarquía subacuática.

Ella iba vestida con un vestido blanco que le cubría sus pies descalzos sujetado con un cinturón de oro con siete inscripciones que representaban las dos medias lunas de Anfitritia y un manto transparente que se limitaba a cubrir sus brazos desnudos y caer sobre su espalda. Sus joyas eran sencillas, ya que solo portaba una tiara de platino con cinco tréboles que llevaba incrustado una gota rubí en el centro y un collar de doble cadena sujeto por la misma piedra preciosa. Él, por su parte, llevaba una casaca de piel de color negro que dejaba entrever un torso tonificado a través de su escote en V, pantalones largos de cuero del mismo color y botines. También llevaba joyas sobrias, en su caso, un simple colgante de oro con un rubí en el centro y unos dientes de tiburón de color rojo sangre en los laterales, y un anillo a juego en el dedo anular que llevaba grabado el símbolo de Panthalassa: una cruz de doble aspa.

— Esta es la última oportunidad que tienes, Kirara— le espetó—. Devuélvemelas y terminaremos de una vez por todas esta guerra.

— No puedo— respondió la susodicha—. Vuestro clan está corrompido y no puedo permitir que propaguéis vuestros ideales a todos nuestros súbditos. Desde que mi predecesora traicionó el orden divino, Panthalassa se ha sumido en la más tentadora oscuridad y ha cometido infinidad de actos impuros, produciendo una grieta en el equilibrio de nuestro mundo.

— Por favor, Kirara, sólo estás repitiendo los libros "sagrados" como si fueras un lorito— se mofó sarcástico—. Mi clan no tiene ningún pecado que expiar, así que, si tu secta me las trae de vuelta, terminaremos todo esto. Piénsalo, Reina del Agua— su tono se volvía cada vez más serio—. Ningún miembro de mi tribu ha querido iniciar ni siquiera una sola revuelta en primer lugar. ¿Por qué tu querida Atlántida sí ha osado provocar esto? ¿No ves que estás causando la muerte de miles de inocentes?

— El dios de los Siete Mares está de mi lado y el Consejo ha decidido por unaminidad que esto es lo mejor para el mundo marino— hizo una pausa—. Emperador Dragón, Panthalassa ya no tiene salvación.

Ante estas palabras, la Reina del Agua levantó su cetro, un orbe de zafiro del cual pendían dos alas blancas incrustado en una vara de platino con ramificaciones de hojas de laurel grabadas, del cual emanó una luz blanca cegadora. El Emperador Dragón, a su vez, levantó su cetro, labrado en oro con un orbe dorado con una corona similar a los rayos del sol y una vara de metal cubierta por terciopelo carmín bordado con rosas.

En ese mismo instante, la tierra comenzó a temblar y de las profundidades salieron inmensas magnitudes de llamas de color anaranjado que quemaban todo a su paso. Kirara bufó para sus adentros, pero el Emperador Dragón no la atacaba, sino que quería mostrarle la magnitud de su poder mientras una sonrisa arrogante se podía entrever a través de la máscara que le cubría más de media cara. «Es más fuerte de lo que pensé»,pensó horrozada, «¿por qué no me incinera ahora mismo? ¿Acaso quiere disfrutar torturarme?».

Una eternidad después, sintió cómo una tajada de agua la golpeaba violentamente por detrás, que la hizo doblegarse sobre sí misma y sujetarse el estómago. Jadeó para tomar aire y se giró sobre sí misma para ver que detrás se encontraba otro hombre con una máscara y vestimenta similar al Emperador Dragón con la diferencia de que sus cabellos hasta la nuca y máscara eran de plata:

— Emperador Leviatán...

— Querida Reina del Agua— pronunció el segundo sujeto—. Como líder del océano Pacífico, sólo te pido que me los devuelvas y terminamos aquí. O— sonrió malévolamente—, tus queridas aliadas sufrirán las consecuencias.

— ¡Mis princesas sirenas son leales a mí y no permitirán que esbirros como vosotros las subyuguen!

Ambos wallanos rieron estrepitosamente. Entonces, unos soldados cubiertos con una coraza ligera de oro se acercaron al campo de batalla y los ojos de la Reina del Agua se estremecieron: traían a seis sirenas provenientes de los cada uno de los Seis Mares que se habían aliado con ella y se encontraban inconscientes, atadas de las manos, torso y cola. Las dos más pequeñas tenían entre unos siete a nueve años de edad, mientras que las demás rondaban entre los catorce y los veinte años de edad. Pero todas ellas compartían el cabello muy largo, dos pulseras de perlas en la mano derecha, un brazalete en forma de doble espiral en el brazo izquierdo y su cola de pez estaba adornada con un par de cuentas en función de su estatus. Todas ellas presentaban magulladuras, cortes y quemaduras por todo el cuerpo.

— Princesas...— musitó—... ¿por qué?

— Hemos sido generosos con ellas— dijo el Emperador Dragón—. Sin embargo, ¿por qué usted, soberana de los mares, se ha estado escudando detrás de unas niñas? ¿Acaso no le da vergüenza?

— Han llorado y gritado en busca de una ayuda que nunca se les concedió— explicó el Emperador Leviatán—. Debió haberlas salvado en lugar de quitarnos lo más preciado que hemos tenido. Es culpa suya que las Coronas de los océanos Atlántico, Pacífico y Antártico de Panthalassa se hayan subyugado contra usted, Sacerdotisa de los Mares.

Al oír esas palabras, la mujer sintió cómo las lágrimas llenas de rabia caían estrepitosamente de sus ojos. Estaba perdiendo y, si no conseguía hacer algo, no sólo fallaría en su misión, sino que no podría considerarse digna como Soberana de los Mares y jamás podría contar con el apoyo de su pueblo. Su predecesora acabó con la tiranía de Hyperion hacía casi veinte años y había tenido tan sólo trece años; era su deber hacer con Panthalassa lo mismo.

Pero no se veía con fuerzas para avanzar mientras la realidad la estaba abofeteando como un tornado que se llevaba todo a su paso.

En ese momento, una niña de pelo violeta, cuyos mechones acababan en ocho tirabuzones y de flequillo abierto, entreabrió sus ojos y vio conmovida la escena mientras trataba de respirar aire limpio a través de sus pequeños pulmones. En ese mismo instante, otra niña de su edad, de cabellos lacios y naranjas cuyos mechones delanteros estaban recogidos con dos broches de oro, se despertó de su letargo y musitó:

— ¿Q-Qué ha pasado?

— Estamos vivas— espetó su compañera—. Pero ellas...

— No...— sentía cómo su cuerpo comenzaba a temblar a medida que se daba cuenta de lo que había sucedido—. ¡No! ¡No es justo! ¡¿Por qué...?!

Antes de que terminara la frase, la pequeña princesa sirena de la perla naranja se desplomó sollozando de la conmoción y dejó que sus lágrimas salieran de sus ojos y se entremezclaran con el agua salada del mar que envolvía el escenario. En cambio, la otra niña, la princesa sirena de la perla violeta, apretaba con fuerza los puños y trataba de mantenerse lo más fuerte posible mientras trataba de luchar contra sus propias emociones. «Somos demasiado débiles y no hemos podido contra ellos. ¡No es justo!».

Al ver que los emperadores pantalasinos sonreían victoriosamente y a su soberana tan abatida y dolorida, la pequeña juntó sus manos y entrelazó los dedos, colocándolas a la altura de los labios y suplicó mientras sus ojos se llenaban de lágrimas:

— Por favor, Reina del Agua... Yo creo en usted... Sálvenos a todos del mal...

Un destello sobrecogió a la semi-inconsciente Reina del Agua. Estaban vivas, al menos, las dos más pequeñas. Al oír eso, un sentimiento cálido de esperanza se instauró en Kirara y, decidida, miró una última vez su cetro. «Una nueva oportunidad, por un nuevo mundo».Sólo era eso o llevar consigo la perdición de todo lo que había conocido.

Mientras los captores de la princesa de ojos violetas la mandaban callar, la nueva Sacerdotisa de los Mares se levantó a duras penas. A pesar de las quemaduras en su piel y los cortes en su espalda, sentía como el dolor se iba y, una vez más, miró a las caras de sus oponentes. Habló con determinación y con la autoridad que le correspondía:

— Yo soy la Sacerdotisa de los Mares y a partir de hoy, ¡condeno a los miembros de la tribu de Panthalassa a las profundidades!

En ese momento, una luz brillante, blanca y cegadora emanó del orbe de su cetro y a medida que lo levantaba en alto, sintiendo cómo su esencia se convertiría en una suave espuma del mar. El poder fue de tal magnitud que pilló desprevenidos a los dos emperadores y, presas del dolor que les provocaba, se dieron la vuelta y se taparon los ojos mientras que el campo de energía los alcanzaba y los enviaba a las fosas más recónditas de los océanos al igual que todos sus seguidores.

Segundos después, el cetro se apagó y el cuerpo de Kirara se desplomó con una sonrisa en el rostro. Las sirenas supervivientes lloraron al ver cómo su reina y cuatro de sus princesas habían sacrificado sus propias vidas para salvarlas de los temibles enemigos. Sólo habían sobrevivido las dos más pequeñas, pero con el tiempo, ambas tomarían caminos y destinos separados.

Ese día marcó el final de una era y el inicio de otra. Aunque, por desgracia, el mar alberga tanto secretos en sus umbrales más recónditos que se iban llenando con el paso del tiempo e hibernaban en sus cunas como un volcán y cuya explosión arrasaría todo a su paso, sin mirar atrás.

Sólo era cuestión de tener paciencia.

Debido a que he estado con serios problemas de salud, me he visto forzada a pausar esta historia, pero no se preocupen con los retrasos, porque os lo compensaré.

El capítulo 1 deMermaid Melody Pichi Pichi Pitch Prismse estrenará este mismo año y lo prometido es deuda.

El año en el que la Reina del Agua selló la Tribu de los Panthalassa, según los datos que he recogido del manga y del anime, ha sido el 21 de noviembre de 1990.

Según el manga, Kaito fue encontrado por sus padres adoptivos cinco años antes de que conociera a Luchia en ese viaje en crucero. Teniendo en cuenta que mmppp comienza en 2003 (anime) y que el aniversario de la muerte de Kaito fue alrededor de principios de abril de 2003 (manga; ya que en el anime es a mediados de julio del mismo año), tenemos la pista de que este accidente ocurrió siete años antes del comienzo de mmppp. Al releer el manga y volver a ver el anime, he llegado a la conclusión que la fecha en que Luchia y Kaito en que probablemente se conocieron sería entre el 7 y el 12 de abril de 1996 en el manga y entre el 4 y el 9 de julio de 1996 en el anime.

Hay muchísimos datos subliminales que estoy sacando del anime y del manga, por lo que puede que este fanfic traiga cositas que igual os pueden coger desprevenidos.

En el manga, los padres de Kaito en la carta dijeron que lo encontraron en una mañana de otoño (en el anime, se menciona el día posterior a una tormenta), lo que significa que lo tuvieron a su cargo por más de cinco años y Kaito probablemente fuese encontrado en tierra en su primer cumpleaños (por eso no tiene fotos de bebé como cualquier niño normal). Entonces, es bastante lógico que la Reina del Agua sellara al Clan Panthalassa en las profundidades del océano el 21 de noviembre de 1990.

Hay una teoría entre el fandom que dice que en realidad, Panthalassa fue sellado hace más de trescientos años por la Reina del Agua, de la cual emergieron las siete perlas de las princesas sirenas y con lo que le quedaba de su poder, se encargó de separar a Kaito y Gaito hacia lugares y tiempos diferentes para que llevaran vidas separadas y nunca se encontraran. Personalmente, yo no estoy de acuerdo con esta teoría porque la historia original sólo nos muestra un lado de la historia y la narrativa es muy abstracta, ya que no desarrolla plenamente el universo del mundo marino (se podría decir que faltan vacíos).