"El periódico mojado"

Londres, 1889.

La ciudad era un animal que nunca dormía.

Un monstruo que jadeaba bajo la niebla, siempre hambriento, siempre inquieto.

Dominick había caminado más de lo habitual ese día, recorriendo el centro como quien busca sin saber qué.

Una costumbre vieja: caminar hasta que algo hablara… un papel, un rostro, un gesto.

Y lo encontró.

Un periódico húmedo, abandonado sobre un banco.

Arrugado, irrelevante.

Hasta que lo vio.

El titular no le importa. Lo que le importa es la fotografía: un niño pálido de porte noble, con un parche en el ojo derecho y una mirada que parece tener cien años.

A su lado... un mayordomo.

Esos ojos.

Dominick no creyó en el "mal de ojo"… hasta ese momento.

Sintió un zumbido en el oído.

Y luego… nada.

[…]

El cielo llora como si intentara limpiar los pecados de la ciudad. No lo logra.

La lluvia golpeaba los ventanales de su oficina. La lámpara apenas iluminaba los papeles desordenados sobre el escritorio.

El reloj de bolsillo marcaba las 2:17 a.m.

Dominick está de pie junto a la ventana de su habitación alquilada en Belgravia, con una taza de té ya fría en la mano.

Las gotas golpean el cristal como pequeños latidos de un corazón que no es el suyo.

Entre sus dedos, un periódico británico doblado, aún húmedo por la lluvia que le sorprendió esa mañana en los callejones de Whitechapel.

Una foto en blanco y negro, mal impresa, mostró al joven conde de Phantomhive. A su lado, su sirviente.

—… ¿Quién demonios se viste así para acompañar a un niño por las calles? - murmura con cierto fastidio, dejando el periódico sobre el escritorio

Pero sus ojos... sus ojos se quedan atrapados en el otro.

No el conde. El mayordomo.

Cabello negro como tinta de calamar, traje oscuro como una promesa rota.

Postura impecable.

Y esos ojos...

No deberían existir algo como esos ojos.

Rojo carmesí.

Como brasas encendidas bajo una tormenta.

Estaba solo. O eso creía.

El periódico seguía sobre la mesa.

La fotografía parecía más nítida ahora…

Casi viva.

Dominick parpadea. Una punzada le recorre la espalda baja sin motivo aparente.

El aire parece espesarse, aunque la ventana está abierta.

Se gira, dispuesto a ignorar el escalofrío. Pero entonces… la taza resbala de su mano y se estrella contra el suelo.

Frente a él, de pie sobre la alfombra empapada de té, hay una figura.

Vestido de negro. Guantes. Postura recta.

Y sonriendo.

—Vaya… - susurra Dominick, más irritado que asustado - ¿Se ha perdido, caballero?

Pero no hay respuesta. Solo una sonrisa ladeada.

Y un susurro que no parece provenir de la boca del hombre, sino directamente de su oído:

¿Tanto me deseabas que me has traído aquí?

El sueño no tuvo preludio.

Fue como caer de bruces en la noche.

El suelo cambió.

Ya no estaba en la oficina.

No... ahora había columnas negras y paredes carmesí.

Un salón que olía a incienso y vino seco.

Y allí…

Él.

De pie, con una mano tras la espalda.

Con una sonrisa que no tenía compasión, pero sí intención.

Dominick… - pronunció su nombre como si lo hubiera saboreado antes

—¿Quién eres? - susurró Dominick. Pero no se escuchó como un desafío. Se escucha como una confesión.

El hombre se acercó, pasos sin sonido, como si la gravedad no le afectará.

El final de tus certezas

Y luego, sin pedir permiso ni diluirse en juegos…

Lo tocó.

Primero el rostro, acariciando la línea de la cicatriz bajo su ojo.

Después del cuello, los dedos deslizándose como si ya conocieran el camino.

Y luego… los labios.

El beso no fue casto.

Fue un crimen elegante.

Una transgresión dulce que arrastró a Dominick al infierno… y le gustó.

—¿Por qué me haces esto…? - jadeó, sin fuerzas, con las manos aferrándose al pecho del otro

Porque tú lo pediste, Dominick. Y yo solo cumplo deseos - murmuró él, con los labios aún rozando los suyos

Y entonces…

Despertó.

Empapado.

Sollozando.

Y erecto.

La oficina estaba en silencio.

El fuego de la chimenea moría lentamente.

Estaba en su silla, inclinado hacia atrás, una gota de sudor resbalando por su cuello.

Las ropas algo desordenadas. La respiración agitada.

Los labios…aún húmedos.

Como si el beso hubiera sido real.

Como si él hubiera estado allí.

Como si no hubiera sido un sueño.

Aún podía oler el perfume del desconocido.

Y lo más perturbador: la taza sigue rotando en el suelo.

Sobre su escritorio, el periódico seguía abierto en la misma página.

Y ahora, con horror, Dominick notó algo que no estaba antes:

una línea de tinta roja trazada justo debajo del mayordomo.

"¿Me extrañaste?"