La fiesta se llevaba a cabo en una antigua casa de té convertida en galería privada, al borde de un jardín japonés que parecía detenido en el tiempo. Linternas de papel iluminaban con suavidad los caminos de piedra y las ramas de los cerezos, aún desnudos, dibujaban sombras delicadas sobre el suelo.
Anna llegó puntual. Vestía de negro, como siempre, pero llevaba un kimono corto moderno con bordados de crisantemos y una capa de seda color humo que apenas rozaba sus tobillos. No llevaba perfume. No lo necesitaba.
Entró sin anunciarse, sin buscar a nadie. Saludó con una inclinación breve al anfitrión, intercambió un par de palabras con conocidos y encontró su lugar preferido: una esquina semioscura desde la cual observar sin ser observada.
Fue entonces cuando lo sintió.
Una vibración, casi imperceptible, que recorrió la habitación como una onda en la superficie del agua. No era física. Era espiritual. Poder. Antiguo, calmado, natural.
Volteó el rostro, pero no vio nada. Solo una sensación persistente que la atrajo como una corriente de incienso que se niega a disiparse.
Yoh Asakura llegó tarde.
No por descuido, sino porque se había detenido en el jardín. Algo lo había llamado antes de entrar: una presencia fuerte y sutil al mismo tiempo. Caminó entre los árboles pequeños, admirando la luna llena que se reflejaba en el estanque. Vestía con despreocupación, cabello suelto, expresión relajada. Un haori oscuro sobre una camisa blanca abierta en el cuello.
Entonces la sintió.
No como un golpe. Más bien como una presión leve en el pecho. Alguien con un poder similar al suyo. No idéntico, pero afín. Curioso. Familiar, incluso.
Sus pasos lo guiaron como si obedeciera una voluntad externa.
Anna había salido también. No supo por qué, solo que no podía ignorar la sensación. Caminó por el sendero de piedra, siguiendo el aroma de la noche. Cuando lo vio, supo al instante que era él.
No necesitó presentación.
Él se detuvo frente a ella. La luna detrás de su espalda iluminaba parte de su rostro.
—Asakura Yoh —dijo con naturalidad, como si estuviera saludando a un espíritu conocido.
Anna asintió, sin pestañear.
—Kyouyama Anna.
Él frunció apenas el ceño, reconociendo el apellido.
—¿Fuiste alumna de mi abuela?
—Durante un invierno. Yo era niña. Ella no aceptaba discípulos. Yo no pedí serlo.
Yoh sonrió, intrigado.
—Entonces tú debes de ser... interesante.
Anna inclinó apenas la cabeza.
—Y tú debes de ser un Asakura legítimo. El poder te rodea como un halo.
Ambos guardaron silencio. El viento meció suavemente los árboles. Yoh fue el primero en mirar alrededor.
—Este jardín se siente como un puente. Como si en este momento nada más existiera.
Anna no respondió de inmediato. Lo observó: su postura, su calma, su espíritu casi transparente y, sin embargo, firme.
Un buen candidato.
Un excelente padre.
No por lo que decía o hacía, sino por lo que no necesitaba probar.
—¿Viniste solo? —preguntó ella, sin suavizar el tono.
—Siempre.
—¿Tienes hijos?
Él la miró, sorprendido por la franqueza, pero no incómodo.
—No. ¿Debería?
—Aún no —dijo ella, y luego, como si no hubiera dicho nada extraño, volvió la mirada al estanque.
El silencio entre ellos no era tenso. Era denso. Cargado de algo que no tenía nombre todavía.
—Anna —dijo Yoh, rompiendo el momento sin romper la conexión—. ¿Te gustaría que te acompañe un poco más?
Ella lo miró. Su instinto le decía que sí. Que debía ver qué tan profundo podía llegar ese río tranquilo que era Yoh Asakura.
—Camina conmigo —respondió.
Y lo hicieron. Bajo la luna, por un jardín donde los espíritus antiguos observaban en silencio. Sin palabras innecesarias. Solo energía que se reconocía a sí misma en el otro.
Yoh caminaba a su lado sin prisa. No intentaba llenar el silencio, y eso, para Anna, era un raro alivio.
—No muchas personas conocen este tipo de jardines —comentó él mientras bordeaban una roca tallada con kanjis antiguos—. Hay que tener cierta sensibilidad para notar su propósito… o respetarlo.
—Los jardines también tienen alma —respondió ella—. No todos lo comprenden.
Yoh giró el rostro hacia ella con una sonrisa pequeña, apenas perceptible.
—¿Lo aprendiste de mi abuela?
Anna no respondió de inmediato. Se detuvo frente a un cerezo joven, aún sin flores. Su mano tocó el tronco con cuidado, como si escuchara algo a través de la corteza.
—Ella no enseñaba. No de la manera tradicional. Solo dejaba que te perdieras... hasta que tú mismo quisieras encontrarte.
—Eso suena como ella —dijo Yoh, con un dejo de nostalgia—. Cuando era niño, solía frustrarme. Luego entendí que el silencio también era parte del entrenamiento.
Anna volvió la mirada hacia él, evaluándolo.
—Entonces sí eres su nieto.
Caminaron un poco más, cruzando un pequeño puente rojo sobre un estanque. El reflejo de la luna se rompía con cada paso.
—¿Por qué fuiste con ella? —preguntó Yoh, sin presión, pero con interés genuino.
Anna tensó la mandíbula, como si una parte de ella quisiera cortar la conversación ahí.
—Mis poderes eran difíciles de contener. Nadie sabía qué hacer conmigo. Mis padres tenían miedo. La enviaron a buscarme. O tal vez ella ya lo sabía y solo se presentó una tarde.
—Y tú fuiste con ella —dijo Yoh en voz baja.
—No lo decidí. Solo lo hice.
El silencio volvió entre ellos, pero no era incómodo. Yoh caminó unos pasos más, luego se detuvo frente a una linterna de piedra con musgo en su base.
—¿Fue difícil?
Anna cruzó los brazos.
—Fue cruel.
—¿Y necesario?
—Lo fue —admitió, mirando ahora a la luna—. Pero no me hizo mejor persona. Solo más fuerte.
Yoh la observó en silencio por un momento. Su expresión era serena, pero sus ojos no.
—¿Y ahora? ¿Qué buscas?
Anna giró el rostro lentamente hacia él.
—No vine a buscar nada esta noche.
—Entonces tal vez fuiste llamada —respondió Yoh, con una sonrisa casi traviesa—. Como aquella vez que fuiste con mi abuela.
Anna bajó la vista, sin negar ni confirmar.
—Eres distinto a como te imaginé.
—¿Y cómo me imaginaste?
—Más arrogante. Más… vacío.
Yoh se rió suavemente.
—¿Decepcionada?
—Intrigada.
Hubo algo en esa palabra que se quedó suspendido entre ellos. Anna no daba halagos. No ofrecía explicaciones. Pero tampoco lo rechazaba.
La brisa nocturna trajo consigo el aroma del incienso que quemaban dentro de la casa. Pero ninguno de los dos parecía querer regresar.
—¿Qué haces ahora? —preguntó ella, desviando la conversación antes de que se volviera demasiado personal.
—Lo que puedo. Lo que quiero. —Yoh se encogió de hombros—. Manejo algunas cosas de la familia, negocio espiritual, arte, objetos con historia. Pero lo importante para mí siempre ha sido esto.
—¿Esto?
—Caminar en paz. Sentir. Conectar.
Anna lo miró con intensidad. El tipo de mirada que podría atravesar la piel y leer los huesos.
—Suena a una vida simple.
—Lo es. Pero no vacía.
Ella asintió lentamente, como si probara esas palabras dentro de sí misma.
—Entonces quizás... no estás tan lejos de lo que yo busco.
Yoh arqueó una ceja, curioso, pero no preguntó más. Anna ya había revelado más de lo que ella misma planeaba.
Ambos siguieron caminando, alejándose un poco más del ruido lejano de la fiesta, como si la verdadera celebración estuviera ocurriendo justo allí, entre ellos, bajo la luna y el murmullo de los espíritus antiguos.
