Capítulo 3 – La propuesta

La mañana era clara, pero no cálida. El sol apenas rozaba las calles adoquinadas del viejo distrito donde se encontraba la galería Asakura. Un edificio discreto, de madera envejecida y detalles cuidados, como todo lo que Yoh tocaba: aparentemente simple, pero con alma.

Yoh estaba arrodillado junto a una caja de madera abierta, desenrollando cuidadosamente una pintura antigua. Espíritu de montaña, siglo XVIII. Tinta sobre papel de arroz. El olor de la tinta seca aún era perceptible.

No esperaba visitas. Menos aún, esa visita.

La campanilla junto a la puerta sonó. Una vibración leve, casi respetuosa. Yoh alzó la vista sin apuro.

Anna Kyouyama.

Vestía de forma impecable, como si el mundo fuera siempre digno de su mejor versión. Llevaba los labios rojos, el cabello recogido con una horquilla dorada, y los ojos tan fríos como la madrugada.

—¿Estás ocupado? —preguntó sin adornos.

—Siempre. Pero nunca demasiado —respondió Yoh, sonriendo con auténtica sorpresa—. ¿Te perdiste?

Ella entró sin pedir permiso. Sus pasos no hacían ruido sobre el tatami.

—No suelo perderme. Solo llegar donde quiero estar.

—Entonces estoy honrado —dijo él, dejando la pintura con cuidado sobre una mesa baja—. ¿Té?

Anna negó con la cabeza, pero no se sentó de inmediato. Observó el lugar. Estaba lleno de piezas con historia: máscaras rituales, pinceles antiguos, objetos que no eran solo arte, sino contenedores de espíritu.

—Tu galería tiene buena energía —dijo finalmente.

—El secreto está en no llenarla de cosas innecesarias.

—Supongo que eso aplica a más que el arte.

Yoh no respondió. Se limitó a esperar, como si supiera que ella no había ido allí por cortesía ni por curiosidad.

—Quiero proponerte algo —dijo Anna finalmente.

Ahora sí se sentó, con la espalda recta, las manos sobre las rodillas, como si estuviera a punto de realizar una negociación de negocios. Yoh tomó asiento frente a ella.

—Te escucho.

—Sabes que tengo un linaje fuerte —comenzó—. También sabes que no he dedicado mi vida a formar lazos innecesarios. He trabajado, he perfeccionado mi energía, y he construido un espacio propio.

Yoh asintió una vez. No necesitaba decirlo, pero sí: lo sabía.

—Mi decisión es clara. Quiero tener un hijo —continuó—. Pero no quiero un matrimonio. No quiero una relación que se desgaste con el tiempo. Solo quiero un heredero. Alguien que continúe mi fuerza. Y para eso... necesito a alguien digno.

El silencio fue profundo, como si incluso los objetos antiguos contuvieran el aliento.

—Y me elegiste a mí —dijo Yoh con suavidad, sin tono de burla, pero tampoco con sorpresa.

Anna sostuvo su mirada, imperturbable.

—No porque seas un Asakura. Sino porque después de hablar contigo... no me pareces un hombre que se aferre a algo sin propósito. Eres fuerte. Pero no posesivo. Eres sensible. Pero no débil.

—Qué observadora —dijo él con una sonrisa torcida—. ¿Y qué implicaría este trato?

—Viviríamos juntos durante el tiempo necesario. Hasta que conciba. Luego, cada uno seguiría con su vida. Sin compromisos.

—¿Y el niño?

Anna dudó un segundo.

—Tendrá todo lo que necesita. No le esconderé quién eres. Pero no te pediré nada más.

Yoh no respondió de inmediato. La miró con detenimiento, como si intentara verla no solo con los ojos, sino con el alma.

—¿Y si no pudiera separarme así de fácil? —preguntó—. ¿Si después de estar contigo… con el niño… no quisiera irme?

Los ojos de Anna se entrecerraron apenas.

—Entonces será tu problema, Asakura.

Yoh rió por lo bajo. Se frotó la nuca, pensando. Ella era directa. Fría, sí. Pero no vacía. Esa diferencia era sutil, pero vital.

—De acuerdo —dijo por fin, con un suspiro—. Acepto.

Anna no mostró satisfacción. Solo se levantó con calma.

—Me mudaré en tres días.

Y, sin más, se marchó. El perfume que no llevaba aún parecía llenar el aire, como si la energía de su determinación se hubiera impregnado en cada rincón de la galería.

Yoh permaneció sentado unos minutos más, observando la puerta cerrada.

Sabía que acababa de aceptar algo mucho más profundo de lo que ella misma entendía.