Capítulo 4 – El límite del control

El portón de madera crujió apenas al abrirse, como si también él dudara de romper el silencio que cubría la entrada de la antigua casa Asakura.

Anna se detuvo al borde del umbral.

Llevaba solo una maleta negra y una caja de madera que Yoh más tarde descubriría que contenía frascos de esencias, quemadores de incienso y otros objetos rituales. Iba vestida, como siempre, de negro: un vestido de tirantes y corto que terminaba mucho antes que sus rodillas. Su rosario 1080 colgaba alrededor de su cuello, las cuentas emitiendo un leve sonido a cada paso. Más que una prenda, era una armadura.

Yoh la esperaba desde el patio interior, bajo la sombra de un arce sin hojas.

—Hay cuatro habitaciones. Escoge la que quieras —dijo sin rodeos, sin acercarse.

Anna asintió. No agradeció.

No era necesario.


El cuarto que eligió tenía paredes de papel translúcido, una ventana que daba al jardín interno, y un futón perfectamente doblado en el centro del tatami. Lo observó todo como si ya supiera cómo organizarlo para hacer que respirara a su ritmo.

No tardó en ocupar el espacio con su silencio.

Cada mañana, antes del amanecer, encendía una varilla de incienso especial —una mezcla de sándalo, resina de mirra y pétalos secos— que inundaba el ala este de la casa. Practicaba una forma de meditación rigurosa, seguida por un ritual de té que realizaba sola. Nunca preguntó si Yoh quería acompañarla.

Yoh la observaba desde la distancia.

No por descortesía, sino porque entendía que cada uno de sus gestos estaba diseñado para mantenerlo fuera. Pero eso no evitaba que la sintiera. Anna era como una tormenta contenida en una caja de cristal: elegante, poderosa, inamovible.

La casa, acostumbrada al silencio espiritual de los Asakura, comenzaba a reverberar con la presencia de otra fuerza igualmente intensa.

No hablaban mucho.

Los desayunos eran casi ceremoniales: Yoh servía arroz y sopa con movimientos lentos, mientras Anna comía en absoluto silencio. Las conversaciones eran innecesarias. Las miradas, en cambio, se alargaban.

A veces, sus dedos se rozaban al pasar un plato.

A veces, ella entraba a la sala justo cuando él salía.

Cada encuentro era como una línea trazada al borde de un abismo.


Una noche, Yoh encontró una taza de té humeante en la galería del segundo piso. No había nota, ni explicación, pero la esencia era suave, cítrica, con un fondo de jazmín. Una mezcla para relajar el alma… y los deseos.

No preguntó si era para él.

Solo la bebió.


Anna no hablaba de su decisión. No lo miraba como un hombre, no aún. Solo como un medio. Un ritual que debía cumplir. No se permitía más. No debía.

Pero su cuerpo la traicionaba a veces. En las noches, escuchaba los pasos de Yoh cruzar el pasillo hacia el baño exterior, y su corazón se aceleraba sin razón. A veces él la miraba cuando ella pensaba que no lo hacía, y algo dentro de su pecho se tensaba, como una cuerda demasiado estirada.

No podía ceder.

Porque abrirse era dar espacio. Y Anna no compartía sus espacios.


Una tarde, mientras Anna limpiaba las cuentas de su rosario una por una, Yoh apareció en el umbral de su cuarto. No entró.

—¿Quieres que prepare algo caliente esta noche? Va a llover.

Anna levantó la vista. Lo observó, como si midiera el peso de cada palabra. Luego, simplemente asintió.

Fue la primera vez que aceptó algo sin discutir, sin protegerse detrás de su armadura.

Y fue entonces cuando Yoh supo que algo estaba cambiando.

Muy lentamente. Como el perfume que tarda en impregnar la tela.

Pero estaba cambiando.

_XOXOXO_
Gracias por leer, R&R!