Capítulo 5 – El ritual interrumpido

La lluvia había comenzado poco después del atardecer, ligera al principio, como si el cielo dudara en ceder. Ahora caía constante sobre los techos de teja, un ritmo suave que llenaba de eco la casa silenciosa. Las linternas de papel temblaban en los aleros y el aire olía a tierra mojada, a madera húmeda, a fragancia tenue de flor de ciruelo que Anna había dejado encendida en el ala este.

En su habitación, Anna desdobló la yukata blanca que había guardado para una ocasión especial.

No era especialmente su estilo.

Demasiado ligera, casi etérea, con las mangas amplias y una tela tan delgada que su lencería de encaje negro asomaba con cada movimiento. Había dudado, por un instante, si usarla. Pero no por pudor. Anna no temía al cuerpo, ni al suyo ni al ajeno. Su reticencia venía de otro lugar: de cuánto importaba el resultado.

Esto es un acto. Un paso más. Nada más, se dijo, mientras recogía su largo cabello rubio con una peineta antigua, negra con detalles de nácar.

Sus labios, rojos como granada madura, contrastaban con la piel pálida de su cuello. No era vanidad. Era estrategia. Yoh es un hombre. Y los hombres son cuerpo, carne, deseo. Si ella facilitaba el camino, el propósito se cumpliría. Era lo lógico.

Y sin embargo… algo temblaba bajo esa lógica. Algo que ella aún no quería mirar de frente.

Yoh estaba en la cocina, guardando los utensilios del té nocturno cuando sintió el cambio en el aire.

No fue un sonido. No fue un olor.

Fue energía.

Como cuando un relámpago pasa cerca pero no cae. Una vibración que detuvo sus manos y le hizo alzar la cabeza.

Anna.

Giró y la vio. De pie en la entrada del pasillo, donde la luz era tenue y la lluvia marcaba patrones suaves en los cristales de papel de arroz. Ella no dijo nada. Solo lo miró.

Yoh se quedó inmóvil.

No por miedo. No por vergüenza. Sino porque no esperaba eso.

No esperaba la tela translúcida adherida a su silueta. No esperaba la curva clara de sus piernas descalzas. No esperaba que el rosario que normalmente colgaba como un símbolo de fuerza, ahora descansara sobre su clavícula con un aire casi vulnerable.

No esperaba que ella, siempre contenida, llegara así.

Anna dio dos pasos.

—Estoy ovulando.

La frase no tenía emoción. Era una afirmación práctica, como anunciar que el incienso estaba encendido.

Yoh tragó saliva. Sus manos aún estaban tensas sobre el borde de la mesa.

—¿Estás segura?

—Sí.

Silencio.

Yoh la miró como si no supiera qué hacer con lo que veía. Su cuerpo lo reconocía. Lo deseaba. Pero su mente estaba llena de ruido. Y no ruido físico. Ruido emocional. Lo que Anna representaba no podía separarse de ella. No era solo un acuerdo. Era Anna. Con su voz baja. Su mirada afilada. Sus silencios. Su soledad.

Ella dio otro paso. Estaban a poca distancia ya. Sus ojos no titubeaban.

—No quiero seducción. No quiero cariño. Solo... lo necesario.

Yoh asintió apenas, como si respondiera a un llamado que no terminaba de comprender.

Se acercó, y con movimientos lentos —más ceremoniales que íntimos—, llevó las manos al cinturón de la yukata. Lo desató con cuidado, como si no quisiera que el silencio del nudo al soltarse rompiera algo más que la tela. Las mangas cedieron sin resistencia, deslizándose por sus brazos con una lentitud casi sagrada.

Yoh tragó saliva.

La lencería que quedaba entre su mirada y su piel era negra, delicada, perfectamente elegida. No era provocación, era elegancia. Poder. Ritual.

Ella no lo miraba.

Él levantó una mano y la posó, apenas, sobre la curva de su cintura. Su pulgar recorrió la línea entre la tela y la carne. Luego subió, despacio, hasta la parte superior de su pecho. Sintió la piel blanca y perfecta bajo la yema de los dedos. Era suave, templada. Vibrante.

Observó su clavícula. La respiración medida. Las pestañas firmes. El cuello tenso, como si contuviera algo que no debía salir.

Y entonces sus ojos se encontraron.

Solo un segundo.

Pero en ese segundo, Yoh lo vio.

No era deseo.

No era deber.

Era algo más profundo. Vulnerable. Inesperado.

Anna no lo tocaba. No hablaba. Pero algo en su mirada le gritaba que aquello no era tan sencillo como ella pretendía. Que estaba ahí, ofreciéndose, sí, pero también protegiéndose.

Yoh bajó la mano.

Cerró los ojos un momento.

—No puedo —murmuró finalmente.

La mirada de ella se endureció.

—¿No puedes? ¿O no quieres?

—No así —dijo Yoh, bajando la mirada—. Mereces más que esto.

Anna no respondió.

No lo golpeó. No lo corrigió. Se apartó, envolviendo la yukata sobre sí sin prisa, sin decir una palabra.

El rosario tintineó con suavidad cuando dio la vuelta, y la puerta se cerró detrás de ella con un susurro de madera y sonido de su yukata al moverse fue lo único que quedó entre ellos cuando regresó a su cuarto sin decir una palabra más.


Yoh pasó horas sentado en el zaguán, observando la lluvia. Aún sentía el perfume de flor de ciruelo, el rojo de sus labios. Pero más que eso, sentía la distancia que había puesto entre ellos. Ella le había abierto la puerta… no al cuerpo, sino al vacío que llevaba dentro. Y él no supo cruzarla.


Anna, por su parte, se sentó frente a su espejo. Se quitó la peineta con movimientos medidos, uno a uno. No lloró. No maldijo. Solo se desvistió en silencio, hasta quedar envuelta solo por el frío.

Y pensó, con un retorcido amargor: Incluso así, no soy suficiente.

Pero en el fondo, muy en el fondo, algo dentro de ella se preguntó si lo que había dolido… no era el rechazo físico.

Sino que alguien, por primera vez, la viera por completo… y no pudiera tocarla.