Capítulo 7 – Pequeños gestos de mundo

Anna no preguntó por qué.

Solo observó, en silencio, cómo Yoh dejó un sobre de papel artesanal sobre la mesa del desayuno una mañana cualquiera. Dentro había dos entradas para un parque de diversiones tradicional en las afueras de la ciudad. Nada elegante. Nada espiritual. Solo un lugar ruidoso, lleno de luces, gente corriente, y risas sin propósito.

—No tienes que ir —dijo Yoh mientras servía el té—. Pero creo que podrías reír.

Anna lo miró como si le hablara en otro idioma. Y quizás así era. ¿Reír?

Pero dos días después, fue.

Vestida de forma discreta, con el cabello atado y sus gafas de sol grandes, como si intentara pasar desapercibida en medio de la multitud. Yoh, en cambio, parecía perfectamente en casa entre algodones de azúcar y niños gritando en montañas rusas.

Anna no sonrió. Pero lo observó.

Observó cómo se detenía a ayudar a una niña pequeña a alcanzar un globo. Cómo se dejaba ganar en un juego de dardos. Cómo probaba un dulce que no reconocía solo para hacer una mueca exagerada y provocar una reacción que no obtuvo… hasta que notó el leve temblor en la comisura de los labios de Anna.

Esa fue su victoria.


Otra tarde, la llevó a un cine antiguo. Proyectaban una película en blanco y negro, sin diálogos. Solo música de piano y miradas largas entre personajes que decían todo sin decir nada.

Anna no lo miró una sola vez durante la función. Pero cuando salieron, sus dedos rozaron los suyos al bajar las escaleras. No fue un accidente.


Días después, caminaron por el jardín botánico de la ciudad. Era otoño y los árboles estaban en su punto más hermoso. Anna se detuvo ante un bonsái de cerezo y acarició una de sus ramas con gesto casi reverente.

—El equilibrio entre lo que se contiene y lo que se muestra —murmuró.

—¿Como tú? —preguntó Yoh.

Ella no respondió.

Pero no se alejó.


Esa noche, Anna llegó a casa más tarde que Yoh. Había visitado un templo sola. Una costumbre que nunca explicó.

Al entrar, el aroma la envolvió de inmediato.

Era jazmín. Con notas de shiso fresco, madera de ciprés y un leve fondo de sal marina.

Siguió el rastro hasta el jardín trasero.

La escena la detuvo por un instante.

El jardín estaba iluminado con linternas pequeñas colgadas entre los árboles. La mesa baja estaba cubierta con un mantel oscuro y sencilla vajilla de cerámica blanca. Había dos copas, un plato de tofu glaseado, arroz al vapor con semillas negras, y sopa miso aromática con un toque de yuzu.

Yoh estaba de pie junto al árbol de granado, encendiendo una última vela.

Cuando la vio, sonrió.

—Pensé que podríamos cenar afuera hoy.

Ella se acercó, sin decir palabra.

Se sentó. Él la acompañó.

No hubo música. No hubo conversación profunda. Solo el sonido de la noche, el aroma del té, y la cercanía que ya no parecía una amenaza.

En un momento, Anna alzó la vista. Yoh no la estaba mirando, pero sonreía.

Ella se preguntó —no por primera vez— si estaba cometiendo un error.

Pero cuando volvió la mirada al jardín iluminado con ternura, pensó que quizás, solo quizás… no todos los errores dolían.