Hola a todos, soy FriendlyMushroom, y les traigo una nueva historia, y los que me conocen, seguro no saben qué pensar. Actualmente tengo una historia llamada simplemente "Guerras de Troya", que se supone que es mi versión estilo Saint Seiya de la más grande guerra de todos los tiempos, una guerra que se creía un mito, hasta que descubrieron los restos de Troya, y el mito, se convirtió en una realidad.

Soy fan de Saint Seiya de Toda la vida, y como todo fan, hay partes de la obra que me gustan, y otras que no tanto, pero una de las que no me gustó, fue lo poco o nada que se tocó de la Mitología Griega, lo que han ido arreglando conforme pasan las generaciones, pero jamás algo muy elaborado, solo menciones simples, incluso los Dioses pareciera que no tienen parentesco, solo están allí portándose mal como si quisieran exterminarnos, lo que mínimo Hades no quería.

Mientras escribía Guerras de Troya, que ya tiene 37 capítulos, y está por terminar el Año 3 de la Guerra de Troya, me di cuenta de lo mucho que me faltaba por aprender de la Mitología Griega, cosas que me hubiera gustado saber antes y plasmarlas en aquella historia, pero que ya no puedo hacer. No puedo simplemente regresarme y agregar capítulos antes del capítulo uno, pero lo que sí puedo hacer, es contar una historia precuela, aún si Guerras de Troya no ha terminado.

Entonces, ¿qué es esta historia? Pues una precuela de otra historia que no está terminada, y no necesitan leer "Guerras de Troya" para entender esta historia, así no funciona la cosa. Esta es una historia en sí misma, que tendrá entre 13 y 15 capítulos nada más, y contará la historia del Héroe Griego por excelencia, Heracles, al estilo Saint Seiya. Pero tampoco será una historia digamos, convencional, en esta ocasión he querido hacer algo diferente. Hay una serie de anime que se llama: "Frieden: Más allá del final de un viaje", y es de esta serie de la que tomé inspiración para escribir esta historia de la forma en que van a leerla, lo que es muy diferente de mi usual modo de escritura.

Como última nota para que puedan leer y juzgar por ustedes mismos, les tengo una ADVERTENCIA: Esta historia, pese a estar situada en el universo de Saint Seiya, referencia mayormente a la Mitología Griega, y a las costumbres helenas de los años 1,200 a. C. por lo que temas como violaciones, raptos, relaciones políticamente incorrectas, descuartizamientos, esclavitud, entre otros, son temas normales en este tipo de historias. Se recomienda discreción al leer esta obra, y les recordamos que todo es ficción, eso sí, ficción basada en la mitología y en la historia antigua de Grecia, así que hay cosas que no puedo eludir por más libertad creativa que diga tener.

Por último, si te gusta esta historia, y te interesa más sobre un universo de Saint Seiya basado en la Guerra de Troya, te invito a leer el trabajo del cual esta historia es precuela: "Guerras de Troya", por mí mismo claro. Si quieres ir más lejos todavía, puedes unirte a nuestro grupo de face book: "Saint Seiya - Guerras Doradas", o visitar la Wiki aún en construcción de la historia: "Wiki Saint Seiya – Guerras de Troya".

Saint Seiya no me pertenece, este es un trabajo de ficción basado en la obra de Masami Kurumada. Ni me pagan por esto, ni lucro de ninguna forma con esta historia o material relacionado a la misma. Es una historia para los fans de Saint Seiya, que buscan esparcimiento y distracción, y que aman a Saint Seiya, a la Mitología Griega, o a ambas. Espero que lo disfruten tanto como yo he disfrutado escribiéndola.

ULTIMA NOTA: Quiero aprovechar para desearle un FELIZ CUMPLEAÑOS a Zyan, una lectora de mis historias de hace ya muchos años.


Prologo:


Hace mucho tiempo, en una era donde los héroes aún no existían, un ente divino llamado Hefestos, quien era un sirviente de los Dioses y se había ganado su confianza por, entre otras cosas, auxiliar en el nacimiento de la Diosa Atenea, llegó ante las puertas de un palacio de cristal, construido sobre una montaña a la que llamaban el Monte Olimpo. Hefestos se presentó frente a los 12 Dioses Olímpicos: Apolo el Dios del Sol, Hera la Diosa del Espacio, Deméter la Diosa de las Estaciones, Hades el Dios del Inframundo, Zeus el Dios del Rayo, Hestia la Diosa del Hogar, Ares el Dios de la Brutalidad en la Guerra, Artemisa la Diosa de la Luna, Atenea la Diosa de la Sabiduría en la Guerra, Hermes el Dios de la Velocidad, Poseidón el Dios de los Mares, y Afrodita la Diosa del Amor.

El recién llegado cargaba en sus hombros un trono de cristal muy hermoso que había fabricado él mismo, pretendiendo regalarlo a Hera, la Reina de los Dioses. Hera no estaba acostumbrada a recibir obsequios, se había cansado de ver a su esposo Zeus recibiendo toda la atención de los Mortales u otras Divinidades, por lo que aceptó aquel trono sin miramientos, y una vez que el trono traído por Hefestos quedó instalado en el segundo de los 12 Templos del Olimpo, Hera se sentó, encantada por la comodidad del trono. Mas cuando Hera intentó levantarse del mismo para felicitar a tan grandioso artesano, descubrió que no podía moverse ni un milímetro de donde estaba.

Hefestos, habiendo logrado su cometido, revela su verdadera identidad tras años de servidumbre pretendiendo ser una simple deidad menor para ganarse la confianza de los Dioses Olímpicos, él no era un simple Dios Menor, sino más bien el hijo que Hera concibió por sí misma, que había nacido deforme, y patizambo, y que por su fealdad había sido lanzado del Monte Olimpo, desde donde cayó por 9 días y 9 noches hasta estrellarse fuertemente contra el suelo.

Hefestos, quien no conocía el amor de una madre, por años había planeado su venganza, apareciendo primero ante los Dioses Olímpicos para ser su sirviente, mientras construía aquel trono maldito. Y ahora que Hera estaba atrapada, Hefestos tenía una petición para Zeus. O le daban uno de los 12 Tronos en el Olimpo, o Hera por siempre permanecería atrapada en ese trono. Zeus, comprendiendo el gran poder del artilugio en el que Hera se encontraba atrapada, juró darle un trono si primero liberaba a su esposa. Hefestos, quien no era ningún tonto, se rehusó, y ahora exigía la mano de Afrodita como esposa, estableciendo que entre más le negaran su Trono en el Olimpo, más exigiría para liberar a Hera.

Entre los Dioses Olímpicos, Hestia, quien no deseaba la gobernanza en el Olimpo, se ofreció para que liberaran a su hermana, pero entonces Zeus vio el hermoso obsequio que tenía frente de sí. Había dos deidades a las que Zeus odiaba más que a nadie, uno era Apolo, un Dios Olímpico cuyo culto cada vez era más popular entre los Mortales, y quien ya había demostrado el interés en convertirse en el Rey de los Dioses Olímpicos, puesto de Zeus. El otro, era Ares, el Dios de la Brutalidad en la Guerra, quien era demasiado problemático, y ya había desafiado a Zeus por el trono antes. Sin embargo, Ares se había calmado bástate gracias a Afrodita, y la expulsión de Eris al espacio por las acciones de Atenea. Zeus entonces tomó su decisión, le entregaría a Hefestos el Trono de Apolo, quien furioso, exigió a Zeus una explicación. Zeus respondió que era su decisión, y habría de respetarse, y con un trueno, arrancó la Divinidad Olímpica de Apolo, y destruyó su Armadura Divina. Tomando los guijarros, Zeus forjó la Armadura Divina de Hefestos, y el trato quedó sellado, por lo que Hera pudo pararse de su trono.

Apolo, furioso, utilizó toda la fuerza del Sol para levantarse en contra de Zeus, pero el Rey de los Dioses no logró ser tocado por Apolo, quien fue expulsado por Zeus del Olimpo. Sin una Armadura Divina, Apolo no era rival para Zeus. Hefestos, quien era un dios muy astuto, vio el peligro que representaba Zeus, quien podía romper las Armaduras Divinas a voluntad, e inspirado en la Armadura Divina de Atenea, tuvo una idea que cambiaría el destino de los Dioses Olímpicos para siempre.

Hefestos enunció que, como Dioses Olímpicos, sus poderes combinados eran una amenaza para Gea. Propuso la creación de un ejército mediador, de campeones seleccionados por los Dioses Olímpicos mismos. Hefestos dotaría a los 12 Dioses Olímpicos temporalmente de sus conocimientos de la forja, y así nacerían las 12 Armaduras Divinas, que tendrían la finalidad de poner fin a cualquier conflicto que estallara entre los Dioses, y de esa forma mantener la paz de Gea para la eternidad. A Zeus le fascinó esta idea. Con un ejército para mantener a raya a Apolo en caso de represaría, Zeus no tendría rivales para mantenerse como el Rey de los Dioses. Comenzó entonces la creación de las 12 Armaduras Divinas.

Hefestos creó la Armadura Divina del Carnero Alado, Hera creó la Armadura Divina del Minotauro, Deméter creó la Armadura Divina del Hecatónquiro, Hades creó la Armadura Divina de la Langosta del Inframundo, Zeus creó la Armadura Divina de Nemea, Hestia creó la Armadura Divina de la Diosa Olvidada, Ares creó la Armadura Divina de Automaton, Artemisa creó la Armadura Divina del Escorpión de Orión, Atenea creó la Armadura Divina del Centauro, Hermes creó la Armadura Divina de Amaltea, Poseidón creó la Armadura Divina de Ganimedes, y Afrodita creó la Armadura Divina de Asiria.

Terminadas las 12 Armaduras Divinas, los 12 Dioses Olímpicos codiciaron su poder, y aquello que Hefestos intentó prevenir, se convirtió en una realidad. No hubo quien entre los Dioses Olímpicos que no deseara poseerlas, por lo que los 12 Dioses Olímpicos se hicieron la guerra unos a otros, con Atenea y Ares siendo los más violentos de todos. En esta guerra, el Icor de los 12 Dioses Olímpicos, cayó en los restos de la Forja de Hefestos, creando las 12 Armas Divinas: 2 Escudos, 2 Espadas, 2 Garras, 2 Lanzas, 2 Látigos y 2 Mazos, cada pieza de cada par siendo protegida por una piedra preciosa, ya fuera el rubí o el zafiro.

Con las Armas Divinas, la batalla se intensificó. Las Armaduras Divinas, alimentándose de su poder, forjaron identidad propia y amenazaron con levantarse contra los Dioses. El poder de las 12 Armaduras Divinas era tan grande, que se requirió de Zeus, Poseidón y Hades uniendo sus fuerzas, para lanzar a las 12 Armaduras Divinas desde la cima del Monte Olimpo, estas cayeron sobre la primera Ciudad de Atenas, vaporizándola por completo. No hubo quien sobreviviera a la caída de las 12 Armaduras Divinas, que fueron debilitadas tras liberar sus energías, ahora no eran ni una décima parte de lo que habían sido mientras fueron Armaduras Divinas.

Viendo la destrucción causada por las Armaduras Divinas, Atenea cayó en sus rodillas y sollozó. Apiadándose de Atenea, quien lloraba desconsoladamente por la ciudad que había ganado en competencia contra Poseidón, el mismo Dios de los Mares solicitó que los Dioses, en compensación por la destrucción de Atenas, le ofrecieran a Atenea las 12 Armaduras Divinas, que ahora no eran más que 12 Armaduras Doradas. El resto de los Dioses Olímpicos estuvo de acuerdo, y se retiraron, dejando a Poseidón solo con Atenea, mirando al lugar donde las 12 Armaduras habían caído, sobre los restos de una montaña, en donde en el futuro, se construirían las 12 Casas.

Pero, aunque las 12 Armaduras Doradas habían quedado consagradas a Atenea, estas no brillaban más, y comenzaron a convertirse en plomo. Poseidón, teniendo una idea sobre el cómo resucitarlas, buscaría el auxilio de Apolo para colocarlas en la Elíptica Solar, y que su luz al bañarlas las resucitara con el tiempo. Apolo, sin embargo, continuaba enfurecido por haber sido expulsado del Olimpo, y solo accedió bajo una única condición, la cual fue secreto para Atenea. Apolo colocaría a las 12 Armaduras Doradas en la Elíptica Solar, si Poseidón juraba ante él que, cuando Apolo se lo pidiese, se uniría a una única guerra a su lado y que, sin importar el enemigo, lo apoyaría hasta el final. Poseidón, genuinamente preocupado por Atenea, accede, y así Apolo coloca a las 12 Armaduras Doradas en la Elíptica Solar, restaurándolas a su antigua gloria de poco a poco, pero ocultando a su vez a Poseidón que se requeriría de un Semidios hijo de Zeus, realizando grandes hazañas para cierto rey que aún no había nacido, para finalmente despertar el espíritu dormido de las Armaduras Doradas.


Guerras de Troya - Las 12 Pruebas Doradas de Heracles.

La Leyenda de Heracles.


Anatolia. Colofón. Taberna el Efebo Feliz. Año 1,223 A.C.

-¡Por aquí! ¡Necesitamos su ayuda por aquí! –en Anatolia, en un pequeño pueblo de nombre Colofón, varios soldados de la milicia de Colofón se movían por la ciudad siguiendo a un hombre bastante apuesto y juvenil, aunque solo en apariencia, de cabellera larga y negra, piel pálida, y ojos dorados, quien mostraba preocupación en su rostro mientras guiaba a la milicia, entre la cual destacaba un hombre de al menos unos 24 años, de cabellera larga, de barba castaña y corta, en una armadura azul claro de cuerpo completo. Cargaba en su mano izquierda un arco de energía azul, y en su mano derecha una flecha creada por aquella misma energía- Por aquí señor Filoctetes, tiene a Calcante, si no hace algo él va a raptarlo –se quejaba el joven, deteniéndose en una taberna de dos pisos de apariencia bastante sospechosa, y con varios balcones desde los cuales jóvenes en prendas rosadas saludaban a los recién llegados.

-¿El Efebo feliz? –se quejaba Filoctetes, el capitán de la milicia de Colofón, mientras miraba al hombre de ojos dorados, quien respiraba pesadamente- Pándaro… ¿me estás diciendo… que llamaste a la milicia de Colofón para detener un caso de rapto… en una taberna donde se dedican a la prostitución masculina? ¿Tengo que explicarte lo que significa Efebo? Falsa alarma muchachos, regresen a las calles –se molestó el hombre de nombre Filoctetes. La milicia se retiró, quejándose sonoramente por la falsa alarma, pero Pándaro insistió aferrándose a la mano de Filoctetes.

-¡Es mi mejor amigo! ¡Calcante! ¡Él no trabaja aquí! Solo me suplía mientras yo me… escapaba… con una linda chica… -confesó Pándaro, Filoctetes lo miró con cierta molestia-. Calcante no es un Efebo en servicio… él… solo me estaba supliendo. Si no hace algo, ese monstruo deforme va a matarlo –le suplicó Pándaro.

-¿No estabas casado y tenías dos hijas? ¿Por qué andabas de lujurioso y engañando a Calcante de reemplazarte en tu trabajo en un prostíbulo disfrazado de cantina? Más importante, ¿por qué trabajas de Efebo con 28 años? –se molestó el hombre en Armadura de Plata, pero Pándaro ya estaba en el suelo de rodillas- En el nombre de Athena, no me convertí en Caballero de Plata para estás tonterías. Está bien, Pándaro, voy a entrar –aseguró Filoctetes, lo que alegró a Pándaro, quien ya lloraba de alegría.

Filoctetes maldijo a sus adentros, no solo por tener que entrar a un prostíbulo en plena luz del día, lo que no se suponía que ocurriera durante su turno, sino que maldijo también el haber dejado ir a sus compañeros de la milicia, en especial cuando, tras entrar en el establecimiento, encontró a todos los Efebos, escasamente vestidos en chitones rosas y sensuales, rehuyendo la mesa del centro del local, donde una inmensa mole humana cubierta en una piel de león, forcejeaba con un bello joven de unos 10 años de edad, que al parecer había intentado servirle al gigantón una bebida, momento en que el hombretón lo había atrapado por la cintura, y lo forzaba a quedarse en su mesa.

-Tranquilo chico, ya estoy muy viejo para portarme mal. Además, eres unos 6 años muy joven para mí, solo quiero que te sientes y me hagas un pequeño favor, te lo estoy pidiendo amablemente –se quejaba el gigantón, al menos de tres metros de altura, por lo que no pasaba desapercibido por nadie en el local.

-Y yo le estoy diciendo, mi estimado comensal, que no proporciono ningún tipo de servicios, solo estoy cubriendo a un amigo quien quería reconciliarse con su esposa –lloraba Calcante, el joven de cabellera castaña atada en una coleta, y de ojos azules, quien se encontraba aterrado. Filoctetes comenzó a acercarse, y mientras lo hacía, notó detrás de unas columnas a un joven de ojos rojos y cabellera castaña y corta, envuelto en una capucha, y de la misma edad de Calcante, burlándose de la desgracia del castaño de coleta.

-Debí imaginarlo, todo esto es culpa de Mopso –se molestó Filoctetes, pero ignoró al muchacho que se escondió tras la columna una vez que lo divisó, y fue a enfrentarse al gigante, picando con fuerza el hombro del gigantón, que ya había logrado sentar a la fuerza a Calcante a su lado, y lo mantenía sentado con una de sus inmensas manos presionando sobre su hombro- Vamos gigantón, es temprano, y estás molestando a los demás pervertidos en el local –intentó llamar su atención Filoctetes.

-¿A quién llamas pervertido? No me he dado una revolcada en años, y este jovencito no es mi tipo –le respondió el hombretón envuelto en la piel de león-. Yo solo quiero que te sientes y me hagas un favorcito, es uno pequeñito, casi ni lo vas a sentir –insistía el hombretón.

-¿Vamos a hacer esto por las malas amigo? Estoy seguro de que no quieres tener problemas con un Caballero de Plata, ¿o sí grandulón? –le preguntó Filoctetes, y aquello por fin llamó la atención del hombretón, quien dejó de sostener al chico, quien corrió lejos de él y hasta ocultarse detrás de Pándaro, quien lo abrazó de forma sobreprotectora e incluso le dio algunos besos en su frente mientras le frotaba la cabellera- Eso es grandote, no queremos problemas con los de tu tipo –aseguró Filoctetes, pero el hombretón en la piel de león se posó inmenso frente él-. Vaya que eres grande. ¿Tienes algo que decir? ¿O te comió la lengua el gato que traes de cubierta? –desafió Filoctetes, mientras el hombretón se agachaba un poco para verlo de frente.

-¿Me estás desafiando, pulga? Déjame decirte que, en mis 59 años, nadie había sido tan imbécil para hablarme de esa forma –bufó el hombretón, su piel algo arrugada por el tiempo y la edad, su cabellera de un castaño suave, similar a la melena de un león, y con una barba de chivo envuelta en canas, sus ojos eran de un azul bastante claro, y poseía una nariz pronunciada bastante aguileña-. Ten cuidado con tus palabras, Caballerito de Plata, he desayunado pulgas más impresionantes que tú –aseguró el gigantón.

-Puedo olerlo –admitió Filoctetes, tapándose la nariz y burlándose pese al inmenso tamaño del hombretón-. Pero puedo ver también que no conoces a los Caballeros de Plata. Déjame explicártelo, vejestorio. Somos los Caballeros de Athena que están por encima de los Caballeros de Bronce. A nosotros nos llaman para lidiar con amenazas a la estabilidad de los reinos ya sea de Hélade, de la Argolide, la Colquide, Tesalia, y en algunos casos, como un servidor, de Anatolia. Dime, ¿vas a ser una amenaza? Si el Efebo ya te dijo que no, es no. ¿Comprendes? No habrá raptos aquí en mi ciudad –declaró Filoctetes.

-No estaba raptando a nadie… aún… pero déjame decirte algo, pulga. Nadie me dice que no a nada –le comentó el hombretón, colocando los dedos de su mano derecha con el dedo medio siendo sostenido por el pulgar, y después liberando el dedo medio, que salió catapultado a la frente de Filoctetes, quien salió disparado por la pared del establecimiento, y fue clavado en otro par de edificaciones, una de las cuales comenzó a venirse abajo sobre Filoctetes-. Tranquilos, estaba vacío. Cosmos podrido o no, aún puedo sentirlo. Ahora, donde estaba, ah sí, mira chico, solo tienes que sentarte y… -intentó el hombretón tomar al chico de brazos de Pándaro, cuando un estallido de cosmos plateado se dejó sentir, levantando los escombros de la edificación que había caído sobre el Caballero de Plata-. Vaya… el pequeñín sí que tiene cosmos. Pero… no eres uno de los que estoy buscado… -se frotó la barba el hombretón.

-Me parece que no fui lo suficientemente claro, armatoste… -se tronó el cuello Filoctetes tras haber sido lanzado de un solo golpe del dedo del hombretón-. En mi ciudad… obedeces a la ley, y yo soy la ley –alzando su mano derecha, una flecha de cosmos azul se formó, en su mano izquierda se formó también un arco de cosmos, mismos que preparó, y con los cuales apuntó al hombretón-. Parece ser que tendré que ser más claro contigo. ¡Flecha Fantasma! –disparó Filoctetes, su flecha se partió en una lluvia de las mismas, y comenzaron a dirigirse al hombretón, quien sonriente, atrapó una de las flechas de cosmos, y se dejó golpear por las demás, mismas que no le hicieron daño, lo que fue una sorpresa para Filoctetes- Descubrió a la Flecha Fantasma de entre las ilusiones –se impresionó el Caballero de Plata.

-Eres el Caballero de Plata de Sagita, ¿no es así? –lo descubrió el hombretón- ¿Sabes? Me molesté mucho cuando Zeus eligió al Sátiro Croto como la Constelación de Sagitario, relegando al Arco de Jove que utilicé para matar a Ethon, el águila que devoraba los intestinos de Prometeo, a ser una simple Armadura de Plata. Luego Apolo metió su propio logro, diciendo que era su arco y su flecha por matar a los Ciclopes, si ese fuera el caso estaría junto a las demás Armaduras Doradas en la Elíptica Solar, no consagrada a la Luna como mi pobre Arco Jove –movió su cabeza en negación el hombretón, como si se sintiera insultado, aunque no por Filoctetes, sino por algo que el de plata no alcanzaba a comprender.

-Yo creo que ya bebiste demasiado, armatoste. ¿Qué diantres es una Elíptica Solar? –se molestó Filoctetes, y aunque el hombretón intentó contestarle, Filoctetes disparó nuevamente- ¡Flechas Cazadoras Incendiarias! –su flecha se dividió esta vez en varias flechas rodeadas de fuego plateado, mismo que el hombretón resistió al cruzarse de brazos- ¿Eso tampoco me sirvió? ¿Estará dañado mi arco? –se preguntó Filoctetes.

-Eso ha sido grosero, estaba hablando –declaró el hombretón, desapareciendo de las ruinas del prostíbulo disfrazado de cantina, y reapareciendo frente a Filoctetes-. Que no se pierdan las buenas tradiciones. A los maleducados, hay que reprenderlos a garrotazos –declaró el inmenso hombre, sacando un garrote de plata de debajo de la piel del león, o al menos a Filoctetes le pareció de plata en un principio, pero pronto descubrió que el material era uno más sagrado-. ¡Maza de Heracles! –blandió el poderoso objeto, más parecido a un cilindro metálico con una cabeza de león plateada como pomo. Filoctetes, haciéndose de todas sus habilidades de Caballero de Plata, logró evadir el garrotazo, que de todas formas azotó contra el suelo, levantando una tremenda columna de luz, y destruyendo varios de los edificios de los alrededores, dejando un gran desastre por donde se viera- Te voy a machacar… -preparó su maza el hombretón.

-Espera… ¿Qué clase de monstruo eres? No siento un cosmos en ti, pero eso ha sido impresionante –se sobresaltó Filoctetes, quien comenzó a sentir el cosmos a su alrededor, y corrió en dirección al hombretón, quien blandió su maza, la cual Filoctetes evadió, saltando en el abanicar del gigante entre los hombres, y por encima del de piel de león-. Después lidiaré contigo, armatoste. Primero son los civiles –declaró Filoctetes, llegando ante uno de los edificios derribados, tomando una columna con sus manos, y elevando su cosmos para levantar la misma, sacando a un par de niños de debajo de la columna, el hombretón hizo una mueca de molestia, y se dirigió a donde Filoctetes intentaba levantar otra columna, lo que el hombretón hizo por él de un movimiento sencillo, como si la columna de piedra estuviera hecha de madera-. Te agradecería si no hubieras causado tú todo este desastre –se molestó Filoctetes.

-Ah, yo no causé nada, todos siempre me están echando la culpa. Las ciudades simplemente están hechas de papiro o algo. Y yo solo quiero encontrar a unas personas, pero nadie me ayuda. Por cierto, sigo enojado y ya no hay nadie entre los escombros –preparó su maza el hombretón y la blandió con fuerza, lanzando a Filoctetes por los aires, y molestándolo. El de plata se viró en pleno vuelo, y apuntó con su arco y flecha-. Sagitario te vendría bien viejo, pero no estás en mi lista, así que no te debo nada todavía –el hombretón tomó la columna derribada que no hace mucho había levantado, y con sus poderosos brazos lanzó la misma como un proyectil ante el Caballero de Plata aun apuntándole en pleno vuelo.

-Por las barbas de Zeus. ¿Quién Espectros es este sujeto? –se impresionó Filoctetes, pero girando en el aire, logró correr por sobre la columna en pleno vuelo, y volver a impulsarse, alistando su flecha- ¡Flecha Cazadora! –disparó una vez más, el hombretón notó la flecha y blandió su maza, intentando pulverizarla, más la flecha giró alrededor del hombretón, quien persiguió la misma con la mirada, intentando atraparla como si alguna clase de insecto intentara picarlo, lo que finalmente hizo, clavándose en la barbilla del hombretón y estallando con fuerza, forzándolo a alzar la mirada, y ver a Filoctetes cayendo en picada con el arco de cosmos en manos, y azotando el mismo a la cabeza del hombretón, disparando una onda de choque tan brutal, que Pándaro y Calcante, quienes no se habían desprendido de la batalla, fueron lanzados por los aires, mientras el gigantón era clavado en el suelo-. Ahora quédate allí y recapacita mientras busco algo con lo que amarrarte –comenzó a alejarse Filoctetes, cuando la inmensa sombra del hombre que se había vuelto a poner de pie comenzó a rodearlo-. Por el aliento hediondo del Hades. No me importa lo fuerte que seas, soy un Caballero de Plata, solo un Caballero Dorado podría vencerme, ahora quédate quieto de una buena vez –se fastidió Filoctetes.

-Eres más fuerte que un Caballero de Plata ordinario, pulga. Pero Sagitario no te sonrió –le apuntó el hombretón, sumamente divertido, y tronándose los nudillos-. Puede que sea porque quien está destinado a vestir a Sagitario sea un mejor arquero, o un mejor Caballero Dorado, eso no lo sé. Pero voy a averiguarlo. ¡Heraclian Heros! –el puño del hombretón entonces se incineró con un cosmos entre plateado y blanco, mismo que estalló con tanta violencia que el cielo comenzó a oscurecerse, era como si Zeus mismo se hubiera despertado y se asomara a ver lo que estaba ocurriendo, mientras el tremendo puño del hombre formaba a la cabeza de un León con las fauces abiertas, e impactaba de lleno en el cuerpo de Filoctetes, quien fue lanzado por la ciudad de Colofón, estrellándose en los mercados, y lanzando la fruta de los mercaderes por varias partes. Para sorpresa del hombretón, sin embargo, Filoctetes volvía a ponerse de pie-. Fascinante… tú… en verdad eres tan fuerte como un Caballero Dorado –sonrió el hombretón.

-Ah, de eso no sé… solo conozco a un Caballero Dorado, y no he tenido el placer de enfrentarlo… Tideo, el Caballero Dorado de Escorpio –le explicó Filoctetes, reuniendo lo que le quedaba de cosmos en una nueva flecha, mientras el hombretón, confundido, sacaba un papiro de la piel de león que llevaba consigo, y comenzaba a leerlo con curiosidad-. ¡Flecha de la Victoria! –disparó Filoctetes, desprendiendo de su arco una flecha de gran tamaño, que se abalanzó contra el hombretón como un dragón de plata de extensas alas de ventosas, mismas que no impresionaron al hombretón, quien de un puñetazo con el rugido del león volvió a destruir las proyecciones de cosmos de Filoctetes, quien ya se estaba quedando sin cosmos, aunque esta vez el hombretón no se veía tan bien tampoco, ya que unas manchas oscuras comenzaban a aparecer en sus músculos.

-¿Tideo has dicho? ¿Quieres decir que el muy imbécil se hizo con una Armadura Dorada? –se impresionó el gigante- Yo viajé con el Jabalí Dorado de Calidón, en su bonita Armadura Argonautica de Oro Rojo con la forma de un jabalí, y un bonito escudo dorado, pero además del escudo y los adornos, no vestía de dorado, aún no había terminado mis 12 Trabajos, hubiera sido una locura usar esas cosas sin que hubieran sido liberadas –aseguró el hombretón.

-¿12 Trabajos? -se preguntó Filoctetes, y entonces abrió sus ojos como platos- Espera… esa piel de león, y mencionaste el Arco Jove, después la maza, y ahora dices que conociste a Tideo de Escorpio mientras vestía una Argonautica –meditó Filoctetes sobre todo lo que había visto y oído-. Y el nombre de ese ataque con los puños y la cabeza de león… -se horrorizó Filoctetes.

-Ah sí, yo no les ponía nombres a mis ataques, pero era el único ridículo que no lo hacía, cuando Oso, Lobo, Hidra y Unicornio se la pasaban dándole nombre a sus ataques coloridos y yo solo gruñía y agarraba a todo lo que me ponían enfrente a garrotazos… bueno… terminé cediendo a la presión –se burló el gigantón, caminando imponente en dirección a Filoctetes, con su cuerpo rodeado de energía negra, y el puño brillando entre blanco y plateado-. Di mi nombre, pulga. ¡Heraclian Heros! –atacó el gigantón, y Filoctetes lo vio todo como si el mundo se detuviera frente a él o se ralentizara.

-Heracles… pero tú estás muerto… -finalizó Filoctetes, sobrecogido por la revelación, mientras el inmenso león de cosmos rugía sonoramente, abría sus fauces, y mordía con fuerza, tragándose a Filoctetes, y liberando un estallido tan descomunal que sacudió a toda Colofón. Pero cuando la luz se disipó, lo impensable se hizo presente, cuando Filoctetes logró bloquear con ambas manos el puño de Heracles, manteniendo al gigantón sorprendido y emocionado-. No… no puedes ser tú Heracles el Héroe Legendario de Mithrilo, Heracles de Heraclian Leonis. Si eso es cierto, ¿dónde está tu Armadura de Mithrilo? Esa que se dice es tan fuerte como las Armaduras Divinas de los Dioses Olímpicos –preguntó Filoctetes, determinado a no dejarse amedrentar.

-Eres una pulga bastante problemática –sacó Heracles su maza, comprendiendo por fin Filoctetes la naturaleza de su material-. Me queda un poco apretada, kilos de más y todo eso, pero si lo que quieres es verla antes de que te machaque, te daré gusto. ¡Ruge, Heraclian Leonis! –tras aquellas palabras, sin embargo, las nubes negras se arremolinaron, y lanzaron un relámpago, mismo que se estrelló en contra de Heracles, lanzándolo por los aires, y estrellándolo contra una edificación de los mercados- Ow… ese sí me dolió… gracias por nada pa… -se molestó Heracles, y volvió a preparar su maza, mientras la energía oscura continuaba rodeándole todo el cuerpo-. Parece que papá Zeus sigue en contra de que vista a Heraclian Leonis. ¿Sabías que alguna vez combatí desnudo y con dos garrotes? ¿Quieres ver el segundo? –se burló Heracles.

-¿Qué? ¡No! ¡Pero oye que si realmente eres Heracles! ¿No se supone que fueras más heroico? ¡Soy un Caballero de Plata! ¡No soy tu enemigo! –intentó defenderse Filoctetes, pero Heracles simplemente se tronó los nudillos divertido, y el sonido de los mismos resonó como relámpagos, lo que aterró aún más a Filoctetes- ¡Basta! ¡No voy a seguir con este enfrentamiento! ¡Heracles es amigo de los hombres! –aseguró Filoctetes.

-Ah, pero a Heracles también le gusta machacar, así que, si no obtengo lo que vine a buscar, entonces te voy a machacar –con maza en mano, y con un cosmos inmenso que no había reflejado hace unos minutos, por lo que Filoctetes supo que todo este tiempo el hombretón se había estado conteniendo, la tierra alrededor de Colofón comenzó a estremecerse-. Entonces, Filoctetes de Sagita, Caballero de Plata de Athena. ¿Vas a seguir haciéndome frente a mí, Heracles, el más grande de los Héroes de Hélade? ¿O qué harás para detenerme? –el inmenso león de cosmos se materializó alrededor de Heracles, quien comenzó con su gran carrera en dirección a Filoctetes.

-¡Espera! ¡Dijiste que querías buscar a unas personas! ¡Te ayudo a encontrarlas! –comentó mientras preparaba su arco y flecha, dispuesto a luchar hasta el final de ser necesario. Heracles detuvo su ataque en plena carrera, quedando frente a la flecha de Filoctetes- ¡Soy el capitán de la guardia de Colofón! ¡Dame un nombre y lo encontraré! –le comentó él.

-Son 12 nombres, y no son de Colofón, estoy en Colofón por otra razón –le explicó Heracles, bufando por la nariz en señal de Molestia, Filoctetes miró a los alrededores, como buscando apoyo de la milicia de la ciudad, quienes ya deberían haberse acercado por los destrozos causados por Heracles, Filoctetes divisó a algunos, pero todos hicieron de la vista gorda y se retiraron-. Es solo que siempre que intento explicarme ocurre alguna calamidad, ya no hay respeto para los ancianos, 59 años, ya casi 60, y les di los mejores años de mi vida a los Mortales, pero no hay respeto para Heracles. Bueno, lo había antes de que fingiera mi propia muerte, pero ahora que todos creen que estoy muerto, no me creen que soy Heracles, y me la ponen difícil. ¿Cómo quieres que no cause un desastre a donde vaya si todos me dicen, suelta a ese niño gigantón? –arremedó Heracles.

-Pues sí dices que eres Heracles y que andabas desnudo con el garrote de fuera con mayor razón –respondió Filoctetes, Heracles bufó con fuerza-. ¡Bien! ¡Te escucho! ¡Pero más te vale que sea una excusa razonable para este desastre! ¡Porque por mí puedes ser Zeus! ¡Si haces estos destrozos en mí ciudad! ¡Vas al calabozo! –enunció Filoctetes, cuando un trueno cayó del cielo en su dirección, solo que Heracles interceptó el mismo con su maza- Ya te creo un poco más –admitió Filoctetes sorprendido por lo que acababa de ocurrir.

-Solo para que quede claro, mi viejo se la vive espiándome, mucho cuidado con lo que dices sobre él, no es tan paciente como yo –agregó Heracles, Filoctetes solo lo miró con incredulidad sobre su supuesta paciencia-. Bien, te explico, trataré de ser breve –tomó aire Heracles, Filoctetes tomó aire también, relajándose tras la batalla tan frenética que había sostenido-. Yo estaba tranquilo en mi casa en Calidón, visitaba a Tideo, aún no vestía de dorado, y vi a Deyanira, la hija del Rey Eneo de Calidón, era bonita, aunque yo estaba casado, pero ella era de caderas anchas, buena para tener hijos, así que la cortejé, nos enamoramos, pedí a Eneo que me dejara casarme con ella, pero ya estaba comprometida, con un Dios Rio, Arqueloo… -comenzó Heracles, de pronto Filoctetes comprendió por qué se le dificultaba contar sus historias, simplemente estas eran muy largas y ya nadie le ponía atención-. Solución simple, voy al rio, le digo que quiero a Deyanira, y si se queja lo mato, uno o dos garrotazos a lo mucho dije, pero no, este rio se convertía en cosas, primero la serpiente, después un oso creo, no, un toro, lo estrangulé, y listo, esposa nueva. Pero mi esposa tenía ganas de ver a su hermano Meleagro, que por cierto, también es hermano de Tideo e hijo de Eneo, así que no debía estar muy lejos su palacio, pensé yo, pero había que cruzar un rio, el Eveno, ningún problema para mí, pero había que ser caballero, y cruzar a Deyanira –continuaba Heracles, ya para estas alturas, los pobladores notaban que Heracles ya no era una amenaza, y comenzaron a acercarse, curiosos, incluso Pándaro, quien continuaba abrazando de manera sobreprotectora a Calcante, se había acercado-. Entonces pasa un Centauro, Neso, y dice que ayudará a Deyanira a cruzar, cubro a mi nueva esposa con mi capa para que no le dé frio, la subo a su espalda, y el Centauro sale corriendo con ella para raptarla. Alcancé a darle con mi flecha, del Arco de Lerna, porque Zeus ya había subido a mi Arco Jove al cielo como la Constelación de Sagita, debes ser como el segundo o tercer Sagita, tal vez el primero, yo qué sé, son tiempos de paz supongo. El punto es que, tomé mi Arco de Lerna, disparé y le di a Neso en el corazón. Cruzo el Rio Eveno, y encuentro a Deyanira recogiendo la sangre del Centauro con mi capa, y pienso: «pues sí está bonita pero algo loca», viajamos por un tiempo, tenemos un hijo, le pusimos Hilo, pero entonces pienso: «oye hermano, ella no es para mí», le digo que lo he pensado mejor, y que mejor me busco a otra esposa. Ella se pone como loca, que si ya tenemos a Hilo, que si manutención, y saca la capa manchada de sangre desde hace meses, y todavía me cubre con la capa. Yo le digo: «escucha preciosa, sé que soy irresistible, pero necesito mi espacio personal», y me prendo fuego de la nada. Deyanira se pone toda loca, dice que el Centauro le dijo que cuando dejara de amarla me pusiera de su sangre, que era un afrodisiaco o algo, no recuerdo, tal vez una posición de amor, el punto es que… -intentó explicar él.

-Te quemaste, lo sé, todos lo saben –se quejó Filoctetes-. Todos conocemos la historia de cómo murió Heracles, eso no significa que lo seas. Además, algunos dicen que un tal Licas, que era sirviente de Deyanira, te dio la capa, no ella misma. ¿Por qué tu historia difiere? –le preguntó él.

-Yo que sé hermano, hay como tres historias distintas de la Constelación de Sagita, efecto dramático o algo, Licas era mi amigo, mi compañero, mi hermano. Le dejé quedarse con mi querida Hilas –le explicó Heracles.

-¿Hilas? El jovencito hijo del Rey Tiodamante de Chipre que según araba los campos como un campesino cualquiera, y a quien Heracles le robó un buey para comérselo cuando le negó darle un poco de pan, ¿ese Hilas? Era un chico, no una chica, sé que Heracles se llevaba a lo que fuera a la cama, pero, seguro sabe distinguir entre un chico y una chica –aseguró Filoctetes.

-¿Quién diantres cuenta mis historias de esa forma? ¡No! –se molestó Heracles- Si había un Rey en Chipre que se llamaba Tiodamante, pero ese no es el del pan, él era el padre de Hilas, quien era una chica, pero se disfrazaba de chico porque Tiodamante estaba viejo y sin herederos. Igual estaba bonita, chico o chica da igual para mí, me lo llevé a la cama, varias veces, pero ese no es el punto –se quejó Heracles.

-¿Un príncipe trasvestista en Chipre? ¿Enserio? No inventes –se burló Filoctetes-. En Chipre gobierna Pigdalión, tiene una hija, Galatea, dicen que era una estatua de Cobre, y que sale con un tal Cíniras, ¿dónde entra un Rey Tiodamante en todo esto? –se burló sonoramente Filoctetes, cuando Heracles azotó su garrote en el suelo.

-Antes del garrotazo –aclaró Heracles, Filoctetes decidió dejar de burlarse y prestar atención-. En todo caso, ¿Quién cuenta mis historias que las cuenta todas mal? Tiodamante era el papá de Hilas, que era una chica disfrazada de chico, pero da igual eso, me la llevé de todos modos, pero ese no era el punto. El Tiodamante que era el granjero que me negó el pan para mi hijo Hilo y al que le robé el buey, ese era en Dríope, de camino al Rio Eveno. Son dos Tiodamantes distintos. Pero insisto, ese no es el punto, te contaba de Neso, su sangre, me hizo algo, no me mató, bueno sí me mató, pero yo estaba en el Inframundo, ni vivo ni muerto, Octavo Sentido le llamó un Espectro que me quería cobrar por pasarme de un lado del Aqueronte al otro, le dije que no traía Óbolos, él dijo: «entonces no pasas grandote», y lo agarre a garrotazos, y sí, mi garrote vino conmigo al Inframundo –aseguró él.

-¿Hay algo a lo que no agarres a garrotazos? –se quejó Filoctetes- Escucha, es una historia muy interesante, pero Heracles murió hace unos 10 años, ¿cómo podrías ser él? ¿Realmente esperas que crea que mágicamente apareciste en el Inframundo, con tu cuerpo, tu garrote, y que agarraste al pobre de Caronte a garrotazos, tras quemarte hasta ser ceniza por la sangre venenosa de un Centauro? Suerte con eso –se burló Filoctetes, Heracles volvió a tomar su maza, y a azotarla contra su mano, como queriendo pelea nuevamente-. Aunque qué se yo. Me decías que terminaste vivo en el Inframundo, ¿verdad? ¿Allí fue cuando sacaste a Cerberos de los Infiernos? –preguntó.

-¿Qué? ¡No! ¡Cuando encuentre al que cuenta mi historia toda mal lo voy a agarrar a garrota…! –intentó decir Heracles, cuando notó la mirada burlesca de Filoctetes- A golpes… iba a decir golpes… no agarro a todo lo que me molesta a garrotazos –se apenó Heracles, frotando su garrote-. El punto es que, no estoy ni vivo ni muerto, Hades me lo dijo. La Sangre del Centauro Neso estaba maldita, me recorre todo el cuerpo cuando uso mi cosmos, por eso papá Zeus no me deja usar a Heraclian Leonis, si la uso, mi cosmos se desborda, y la sangre negra me rodea y me quema. Si no me rodea el cuerpo completo, se seca y me la puedo quitar con un baño una vez por luna, o cuando ya huela muy feo, pero si me rodea por completo, me convertiré en un Espectro de Hades –le explicó él, Filoctetes puso bastante atención a eso ultimo-. Le dije a Hades que me quitara esta cosa o lo agarraba a garrota… ajem… o me iba a enojar. Pero Hades dijo que solo la luz de Apolo podía quitarme esta cosa. Fui a Delfos, a buscar a Apolo, pero solo encontré a su hermana Sibila, que otra vez me rechazó, pero no la pude agarrar a garrota… -continuó Heracles, pero se detuvo al ver la cara de molestia de Filoctetes-. De todas maneras, está prohibido hacerle algo malo a la Sibila. Ella me dijo que Apolo no ayudaba a nadie de Hélade porque Athena prohibió el culto de Apolo, solamente dejándolo en Delfos, pero me dijo la forma de traer el brillo de Apolo a Gea y poder quitarme esta sangre negra que se extiende por mi cuerpo cada vez que uso mi cosmos. Ella dijo que encontrara a los 12 Caballeros Dorados más fuertes de estos tiempos, me dio sus nombres, los anotó en este papiro –le mostró Heracles, Filoctetes tomó el mismo y comenzó a leer-. Pero la Sibila es de Troya, ella escribe en Anatolio, yo no sé Anatolio, así que viajé desde Hélade a Anatolia, a buscar a alguien que lea Anatolio, ¡y me diga qué Espectros dice ese papelito! ¡Tenía sed, me metí a la primera cantina que encontré! ¡Y le pedí a ese muchachito un favor! ¡Pero él dijo que no hacia favores! ¿¡Quien en toda Anatolia no le hace un favor a Heracles!? –se quejó el hombre.

-Si no sabes leer Anatolio no me sorprende, y eso explica muchas cosas –continuó leyendo la lista de nombres Filoctetes-. La taberna a la que entraste se llama: «el Efebo Feliz», ya con el puro nombre te das una idea de que no es cantina, es prostíbulo, y cuando uno pide un favor en un prostíbulo, bueno, te dejaré que conectes los puntos –comentó Filoctetes, Heracles inmediatamente viró el rostro a ver a Calcante, quien se ocultó detrás de Pándaro.

-Calcante solo tiene 10 años mi señor, y me suplía mientras yo contentaba a mi esposa, no hemos tenido una buena relación últimamente –le explicó Pándaro, Heracles entonces lo miró a él de arriba abajo-. Claro que, si me pedías el favor a mí bombón, otra cosa hubiera sido. En resumen, todo esto es un terrible malentendido. Pero todos felices, nadie salió herido corazones –aseguró él, ignorando la devastación en los alrededores.

-Ya llegaremos a esa parte… -le comentó Filoctetes-. Referente a la Sibila, espero que no le hayas pagado mucho, porque la Sibila te engañó: ¿Epeo de Aries? ¿Aquiles de Libra? ¿Diomedes de Escorpio? El Escorpio que conozco se llama Tideo. ¿Quién conoce a un tal Diomedes de Escorpio? ¿Y qué clase de nombre es Aquiles? –se molestó Filoctetes.

-¿Aquiles? He escuchado ese nombre antes –interrumpió Calcante, pidiendo a Filoctetes que le entregara el papel, Filoctetes se lo extendió, y Calcante comenzó a acercarse, pero recordando a Heracles, lo rodeó aterrado, y tomó el papel por detrás de Filoctetes-. Epeo de Aries, Áyax de Tauro, Néstor de Géminis, Acamante de Cáncer, Patroclo de Leo, Antíloco de Virgo, Aquiles de Libra, Diomedes de Escorpio, Teucro de Sagitario, Agamenón de Capricornio, Menelao de Acuario, y Anfímaco de Piscis… no son nombres falsos, los he escuchado antes… me los han contado las aves… -agregó Calcante, Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas, y después viraron sus rostros para cuestionar con sus miradas a Pándaro.

-Calcante es el adivino de Colofón, uno de los dos de hecho, el otro es Mopso, pero Calcante está más guapo, por eso es mi favorito –lo abrazó Pándaro, e incluso le besó la mejilla coquetamente-. Si Calcante lo dice, pueden creerle, aunque tuviera a Tideo de Escorpio frente a mí, si Calcante dice que el Caballero Dorado de Escorpio es un tal Diomedes, yo le creo y hasta me lo llevo a la cama conmigo, así de mucho le creería a mi amado Calcante –aseguró Pándaro.

-A ver, a ver, a ver, yo soy un Caballero de Athena, si alguien sabe los nombres de los Caballeros Dorados actuales ese soy yo, y solo hay cuatro: Peleo de Aries, Néstor de Géminis, Telamón de Leo y Tideo de Escorpio. Los otros 8 murieron hace tiempo y sus Armaduras Doradas, o están perdidas o fueron vendidas por algún noble codicioso de oro –declaró él, tomando la lista de manos de Calcante cuando se la ofreció de regreso.

-Dijiste Néstor de Géminis, él sí está en la lista, creo… -miró Heracles el papiro, pero no podía leerlo-. ¿Dónde está este Néstor de Géminis? Su nombre me suena, además, ¿dónde he escuchado antes ese nombre? –se preguntó él.

-Fue uno de los Argonautas, y participó en la Cacería del Jabalí de Calidón, tú fuiste un Argonauta y estuviste en esa cacería. ¿No recuerdas a nadie vistiendo de dorado? –preguntó, Heracles se rascó la nuca confundido.

-Recuerdo regalarle una Armadura Dorada a alguien de los Argonautas, pensé que había sido Tideo –se frotó la barba Heracles-. Eso no importa, sabes leer Anatolio, así que te voy a llevar conmigo a Hélade a buscar a Néstor y a los otros 11 Caballeros Dorados –lo cargó Heracles, sorprendiendo al distraído de Filoctetes.

-¡Oye! ¡Bájame armatoste! –pataleó Filoctetes, mientras Heracles se lo llevaba- ¡No soy un costal de papas! ¡Soy un Caballero de Plata! ¡Trátame con respeto! –insistía el Caballero de Plata. En lo que forcejeaban, Heracles dejó caer la lista, que fue levantada por Calcante, quien viró a los cielos, buscando a las aves, divisando a algunas palomas volar por los cielos, y dejar caer algunas plumas, mismas que comenzó a observar fijamente, para fascinación de Pándaro.

-Mi señor Heracles, mi señor –corrió Calcante, Heracles se viró para verlo, lo que intimidó a Calcante por el recuerdo de casi ser raptado por Heracles, o al menos él aún lo veía de esa manera. Pero, armándose de valor, Calcante continuó con lo que tenía que decir-. Mi señor, de su lista… al menos 3 están vivos actualmente, pero solo uno, Néstor, viste una Armadura Dorada –le comentó Calcante. Heracles, aún con Filoctetes forcejeando contra su brazo para que lo liberaran, observó a Calcante con curiosidad-. El resto, aún no han nacido, pero nacerán dentro de poco, y puedo ver que uno de ellos será muy importante para mi señor Filoctetes –admitió Calcante, Filoctetes se apuntó a sí mismo, Heracles alzó y bajó las cejas de forma divertida-. No carnalmente –agregó Calcante con su ceja temblándole.

-¡Aburrido! –lo dejó caer Heracles, Filoctetes azotó el suelo con fuerza- Calcante, ¿verdad? Tal vez seas mejor compañía que el viejo, ven conmigo –intentó tomarlo Heracles, Calcante se aterró y comenzó a temblar de miedo, pero Pándaro se posó entre ambos, y golpeó con su mano la de Heracles, quien se retrajo como si su madre Alcmena lo hubiera regañado, incluso se sobó la mano como si realmente lo hubiera sentido.

-Mi señor Heracles, si es que realmente es usted, me temo que no puedo dejar que se lleve a mi querido Calcante, pues verá, yo lo amo más que a nadie en este mundo –le explicó Pándaro, abrazando a Calcante de forma sobreprotectora, lo que preocupó un poco a Calcante-. Pero, como soy compartido, que le parece si permite a Calcante hacerle una lectura, y ayudarle con su pequeño dilema –preguntó Pándaro, Heracles se frotó la barbilla con interés.

Casa de Calcante.

-Por favor pasen, está un poco desordenado, pero últimamente no he tenido muchos clientes –los invitó Calcante a pasar a su casa, Pándaro pasó primero, como si la casa le perteneciera, Filoctetes pasó después, pero Heracles se estampó con el friso de la entrada, siendo demasiado alto para las puertas convencionales-. ¿Se encuentra bien señor Heracles? –se preocupó primero Calcante por el gigante entre los hombres, pero después se preocupó por su puerta, que había quedado demolida por la cabeza del gigante.

-Otra ciudad en la que no saben hacer puertas. ¿Por qué siempre las hacen tan pequeñas? –se molestó el Semidios, Calcante solo se tomó del cabello y comenzó a tirar del mismo horrorizado, Heracles miró a Filoctetes preguntándose la razón de las desgracias del chico.

-Vas a pagar esa reparación, y la reparación de la cantina, los dos edificios que demoliste, el puesto de mercado, y si me entero que la columna que me lanzaste aterrizó en la granja de alguien, también vas a pagar esa granja y más te vale no haber aplastado a nadie –le recriminó Filoctetes, demostrándole a Heracles que había llevado contabilidad de los daños.

-Cóbrate –arrojó sobre la mesa de la casa de Calcante un costal de monedas de oro, lo que dejó a Filoctetes impresionado, y a Calcante igualmente boquiabierto-. Y esto pagará la puerta, y la lectura, así que más te vale que sea buena –se quejó Heracles, quien entonces notó a Pándaro bailoteando a la entrada mientras miraba a las monedas.

-¿No hay dinero para Pándaro? Porque de la nada se me acaba de parecer increíblemente atractivo, mi señor Heracles –comenzó Pándaro, Heracles lo pensó, pero Filoctetes se aclaró la garganta- ¡Aguafiestas! –se molestó el que pretendía ser un Efebo.

-Intentaré hacerle una lectura, mi señor Heracles, pero los videntes no funcionamos como los Oráculos –le explicó Calcante-. Cuando uno acude a un Oráculo, tiene la posibilidad de hacer una pregunta, y buscar en los Hados la respuesta a esa pregunta, como yo jamás he sido iniciado en el arte de los Oráculos, lo más que puedo hacer es una predicción en su presencia, sobre algo que ocurrirá en su futuro, pero no tengo control sobre lo que pueda o no ser –le explicó Calcante, Heracles inmediatamente viró a ver a Pándaro, quien era su traductor.

-Calcante solo puede ver eventos futuros utilizando a las plumas de las aves y a las aves en vuelo, utilizando un objeto que le dé una visión al futuro de su dueño, pero no puede mostrar cosas en específico como los Oráculos –le explicó Pándaro, Heracles asintió, impresionado-. Los Oráculos han perfeccionado el arte de la visión al futuro, por eso pueden hacer predicciones específicas, pero solo en sitios específicos, Calcante puede ver lo que sea donde sea, pero no controla lo que puede ver, así que, si no le gusta lo que ve por favor no nos agarre a garrotazos, hágame el amor y no la guerra –aseguró Pándaro.

-Pensé que el dicho era haga el am… oh… -la captó Heracles, y miró a Pándaro de arriba abajo, quien le modeló, pero Filoctetes se volvió a aclarar la garganta, impidiendo la diversión de Heracles-. Entonces… ¿solo te doy un objeto y tú me lees el futuro? –Calcante asintió, y Heracles colocó su garrote en la mesa, que se venció por el peso rompiéndose, por lo que también lanzó algunas monedas de oro para las reparaciones- ¿Qué ves, vidente? –preguntó Heracles.

-Mi legado familiar rompiéndose en pedazos –lloró Calcante, pero suspiró, sacó un costal de plumas de su túnica, y vació las mismas sobre el garrote de Heracles-. Muéstrame el futuro… -los ojos de Calcante brillaron de blanco, sorprendiendo a los presentes, mientras Calcante colocaba su mano sobre la Maza de Heracles, y las plumas se elevaban en la habitación, y comenzaban a rodear a Calcante, quien comenzó a tener una visión muy extraña pero no específicamente del futuro.

Lo primero que vio fue a Heracles en su juventud, y a la Sibila de su pasado, quien se reía con fuerza, mirando directamente a los ojos de Calcante, como si el profeta hubiera sido transportado al pasado, un pasado en el que no había manera de que estuviese vivo al no haber nacido, pero siendo observado fijamente por la Sibila en el Templo de Apolo, quien parecía saber la razón de que Calcante hubiera aparecido frente de ella.

-Así que… buscas el Brillo del Sol en Gea, ¿no es así, mi querido niño? –agregó la Sibila, de ojos esmeralda, cabellera rubia y larga, y de ojos rasgados como los de una serpiente, mientras se bañaba dentro de una fuente en su túnica escarlata- Debes tener cuidado con lo que buscas niño… el Brillo del Sol en Gea solo debería pertenecer a los Dioses, y solo puede desatar la muerte de los Dioses, ¿realmente quieres ese brillo? –preguntó la Sibila, Calcante no estaba seguro de si se dirigía a él o a alguien más, pero en su mente, Calcante fue transportado al espacio, donde encontró al Sol, inmenso y radiante, casi cegador, rodeado por un cinturón de cosmos, invisible para el ojo humano, visible solo para los Dioses, pero que la Sibila permitía a Calcante ver en esos momentos- 12 Armaduras Doradas… el Brillo del Sol en Gea… la fuerza capaz de asesinar a los Dioses, un regalo para Atenea de parte de Apolo, el Dios del Sol, un regalo que en realidad es una maldición, ya que esta luz, será la perdición de Atenea. La muerte de la Diosa de la Sabiduría en la Guerra, y el nacimiento de la Diosa de la Tiranía en la Guerra. ¿Aun así deseas encontrar esta luz? –preguntó la Sibila, Calcante la buscó por todas partes, dándose cuenta de que se encontraba sobre su mano, que sostenía al Sol, y alrededor del cual el cinturón de cosmos brillaba intensamente-. Aunque es tarde para que me respondas a esta pregunta, él ya ha liberado el Brillo del Sol en Gea, el brillo que jamás debió regresar a los humanos, regresó por la subordinación de un hijo de Zeus a un insignificante Mortal, lo que simboliza la mayor humillación del Rey de los Dioses. Heracles con sus 12 Trabajos resucitó a las 12 Armaduras Doradas de su letargo milenario, y son los recuerdos de estos 12 Trabajos, los que lograrán repeler la Sangre del Centauro Neso –prosiguió la Sibila, cerrando su mano alrededor de Calcante quien, al abrir los ojos, se encontraba en el Inframundo, frente a tres espíritus malignos, que tejían un telar muy largo y hermoso, un telar que se le permitió a Calcante ver.

-¿Qué es todo esto? –en la mente de Calcante, resonó la respuesta: «Cloto» la imagen de una bella mujer de piel oscura, de cabellera dorada y ojos azules, quien tejía rápidamente ya cansada, se mostró frente a Calcante. «Láquesis», a aquella imagen siguió la de una mujer con las mismas características cutáneas, pero de cabellera anaranjada y ojos morados, quien utilizaba una regla de madera para medir los hilos que la primera utilizaba. «Atropo» la última de las Moiras, compartiendo las características cutáneas de sus hermanas, su cabellera blanca y sus ojos rojos y cansados, quien cortaba con unas tijeras muy afiladas los hilos del tejido que las tres bordaban, un tejido que estaban cansadas de trabajar, que era demasiado extenso, y que contaba la historia del héroe más grande de toda la historia hasta ese momento.

El tejido, de fondo azul e hilo dorado, mostraba a un bebé nacido en una cuna negra, pero con un resplandor dorado, era el nacimiento de Heracles, con dos serpientes amenazando su vida. A su lado, un bebé con una peculiar sombra de Oso. El telar continuó con la historia del héroe, y de un joven con un cuerno de Unicornio, que se quitaba la ropa, y revelaba su belleza femenina, esta mujer de un cuerno, se convertiría en la más grande amante de Heracles, quien después se entrenaría con un Centauro, y aprendería de este arquería y heroísmo, conociendo así a un niño Lobo, que se uniría a él en sus aventuras. Una vez se reunieron el hombre Oso, la mujer Unicornio, y el joven Lobo, se les fue presentado un pequeño de sombra de Serpiente traído por el hombre Oso, uniéndose al pequeño grupo. Ya reunidos los 5, se arrodillaron frente a un extraño rey afeminado pero muy hermoso y de aspecto intimidante, quien les ordenó salir a realizar 12 Trabajos, estos 12 Trabajos, ocultarían en su interior 12 destellos dorados, y con cada trabajo que se fuera realizando, un cuadrante en la tira de cosmos alrededor del Sol se encendería, y así continuaron encendiéndose, con el esfuerzo conjunto del Oso, del Unicornio, del Lobo y de la Serpiente, quienes acompañarían a Heracles, revestido como un León, a lo largo de sus 12 Trabajos, resucitando a las Armaduras Doradas, que brillarían desde ese día bajo las manos de los Caballeros de Athena más poderosos de todos. Pero ese telar que debía ser hermoso, de pronto comenzó a llenarse de hilo rojo como la sangre seca.

-El poder corrompe, pequeño niño –habló una vez más la Sibila, sus brazos apareciendo detrás de Calcante y abrazándolo con fuerza, aterrando al chico. El poder de asesinar a los Dioses, vuelve a los humanos malvados –continuó la mujer, mostrándole a los 12 Caballeros Dorados, y sus más grandes pecados. El Caballero de Aries del pasado, a quien Filoctetes había nombrado como Peleo, junto al Caballero de Leo llamado Telamón, asesinaban a su propio hermano. Otro telar también mostró a otro Caballero Dorado, el de Cáncer, de quien Calcante también sabría el nombre, que resonó con fuerza en su mente: «Piritoo», este Caballero Dorado había secuestrado a una hermosa niña de cabellos dorados, o lo haría, Calcante no estaba seguro de si veía el pasado o el futuro todavía. Otro de los Caballeros Dorados, el de Piscis, era hermoso y mujeriego, violando a las hijas de los nobles, todas casadas, dejando su semilla plantada en 50 mujeres y teniendo 50 bastardos que serían agredidos por sus madres y rehusados por sus padres, el nombre de este violador abominable, también resonó con fuerza a oídos de Calcante «Panopeo». Otro telar que mostraba a un poderoso rey de una ciudad amurallada, vestía la Armadura Dorada de Acuario, «Tros», era su nombre, invadía Hélade, congelaba varias ciudades, destruyendo sus cosechas, llevando la hambruna a donde fuera, hasta llegar a un Santuario en honor al Dios Hermes, destruyendo el mismo.

-¡Basta! ¡Basta! ¡No quiero ver más! –cerraba los ojos Calcante, pero la Sibila se los abría a la fuerza, obligándolo a ver a otro telar, que pertenecía a un héroe distinto, Teseo, que se enfrentó a 5 Caballeros Dorados, que se habían adueñado de un territorio de Atenas, donde habían construido 5 templos que ellos llamaban mansiones. Daban casería a inocentes y transeúntes, y los mataban por el simple deseo de matarlos. Uno era el Caballero Dorado de Tauro, «Perifletes», susurraba Sibila, quien al estilo de Heracles secuestraba a las personas, y las machacaba son su maza. Después estaba el Caballero de Capricornio, «Procusto», susurraba la Sibila, quien acostaba a sus víctimas en una cama de madera, si no eran tan altos para caber acostados perfectamente en la cama, les ataba las manos y los pies, y los estiraba hasta romperles los huesos y que así fueran lo suficientemente largos, pero si a quien acostaba en la cama era demasiado alto que sus pies sobresalieran de su cama, con su espada cortaría el exceso, cualquiera que fuera el resultado de todas formas acabarían decapitados tras la tortura. El Caballero Dorado de Virgo, «Escirión», era más fino, además de ser el más débil de los Caballeros Dorados que se apoderaron de aquella sección de Atenas, también era el más vanidoso, obligaba a los que secuestraba a subir hasta la cima de su templo en una colina, donde los obligaba a lavarle los pies, cuando estuviera satisfecho, los patearía escaleras abajo, con resultados bastante sangrientos, después mancharía sus pies con la sangre aún fresca de su última víctima, y esperaría a la siguiente que sería la que limpiara la sangre del anterior. El siguiente Caballero Dorado fue el de Libra, «Cersión», repleto de armas, y retando a sus oponentes desarmados en una arena de batalla, en la cual los torturaría, y tras vencerlos, los descuartizaría. El último de los Caballeros Dorados que se apropió de una parte de Atenas era el de Sagitario, «Sinnis», quien por su pasión por la arquería, ataría a sus víctimas a arboles cuyas ramas doblaba, los más afortunados simplemente eran catapultados por los aires, y morían tras la tremenda caída o atravesados por las flechas de Sinnis, quien les disparaba en pleno vuelo, los menos afortunados, eran atados a árboles en extremos distintos y apuntando en direcciones contrarias, el Caballero de Sagitario entonces cortaría las amarras, y el cuerpo sería partido a la mitad, lanzando cada de las mitades resultantes en direcciones opuestas. En este telar, el héroe Teseo derrotaba a los 5 Caballeros Dorados que aterrorizaban a Atenas.

-La luz que buscas, jamás debió llegar a manos de los Mortales –le susurró la Sibila-. Incluso ellos quienes se creen nobles, terminarán por caer ante la tiranía y lo inhumano, porque verás, niño… ese es el destino de Athena… el gobernar con mano firme, y sus Caballeros Dorados, son su instrumento de castigo –un nuevo telar apareció frente a Calcante, pero este telar era distinto, el héroe reflejado en el mismo, distaba mucho de lo que los otros habían hecho, y al parecer contaba con la protección de Athena, quien se veía alegre en el telar, pacífica y tranquila. Este héroe era Tideo, el Caballero Dorado de Escorpio, valiente, poderoso, defensor de los más débiles, un Favorito de Athena, destinado a la grandeza, y a intentar reformar el mal nombre de los Caballeros Dorados, que ya tenían una pésima reputación entre los pobladores de Gea. Tideo fue valiente, incluso al hacer la guerra contra Tebas la de las 7 Puertas, pero en un momento de locura temporal causada por uno de sus enemigos con la sangre de los Licantropos, Tideo, herido de muerte, hizo lo impensable, o lo haría, Calcante aún no estaba seguro, pidiendo que se le fuera entregado el cráneo de quien lo hirió de muerte, y devorando sus sesos, cayendo de la gracia de Athena, quien pudo haberlo salvado, pero lo dejó morir. El ultimo telar que Calcante logró ver, representaba a un Caballero Dorado con una dualidad de personalidad, por un lado, Néstor de Géminis, el único en la lista de Heracles, era amable, gentil y bondadoso, amado por su pueblo. Por el otro, mientras viajaba con Jasón y los Argonautas en el telar, entre los cuales estaba la bella Unicornio que ya había visto en su ilusión anteriormente, Néstor enviaba a la chica a buscar agua, mientras el Argos volvía a zarpar. Heracles y dos argonautas más la buscarían, Néstor lo quería así, ya que deseaba venganza contra Heracles por alguna razón, pero su venganza no llegó a concretarse cuando Jasón les pidió abandonar sin importar quien se quedara atrás.

-¡Esto no es lo que estoy buscando! –enfureció Calcante, un cosmos plateado haciéndose presente, y con este repeliendo a la Sibila, a quien por fin encaró, notándola hermosa y burlesca- ¡No sé qué planeas! ¡Pero solo intentas darme imágenes de desesperanza! ¡Solo intento salvar a Heracles! ¡Él ha hecho mucho bien por los Mortales! –le suplicó Calcante.

-¿Lo ha hecho? –le preguntó la Sibila, curiosa- Yo solo veo a un descerebrado que desea ser un dios, engañando a los Mortales con falsas promesas de heroísmo –los telares de las hazañas de Heracles volvieron a rodearla, continuaban siendo tejidas en un telar rojo, en el cual la Sibila le contaba toda la historia maldita de Heracles-. Un hombre al que nadie le dice no, y que aplasta a quien le molesta –mostró en el telar a Calcante el cómo Heracles aplastaba a un pobre granjero quien se negó a darle pan a su hijo, a quien después robó su vaca, y con la que alimentó a su familia-. Un hombre que asesinará solo porque lo irrespetan, matando a familias enteras, pero dejando a un último eslabón de aquella familia con vida, viéndolo como un acto de humanidad –le mostró la Sibila, el cómo Heracles, enfurecido, mataba a toda una familia en un palacio donde se le negó un favor, y como dejaba únicamente con vida al más joven de la estirpe familiar, a quien además violó antes de prenderle fuego a su palacio, e irse completamente satisfecho-. ¿Ese es tu héroe? Yo solo veo a un soberbio imbécil, que piensa con la entrepierna, y deja que su garrote haga el resto, quien no distingue de amigos y enemigos una vez que está furioso –le mostró otro telar, donde Heracles exigía pago por un trabajo, pero un rey junto a dos de sus hijos, le negaba el pago por alguna razón, uno de los hijos, sabiendo que Heracles estaba en lo correcto, lucha junto a él incluso contra su padre y su hermano, un mal garrotazo después, el joven príncipe que lo había auxiliado, salía disparado de la sala del trono-. Un hombre sin paciencia, que asesinó a su maestro cuando se cansó de ser corregido –en otro telar, Heracles practicaba la lira, su maestro, bastante estricto, lo corrigió tantas veces, que el enfurecido de Heracles le estampó la lira en el cráneo varias veces hasta matarlo-. Después alegaría que fue todo un accidente –se burló la Sibila, Calcante estaba horrorizado-. Dime niño, ¿fue un accidente la forma en que masacró a su esposa y a sus hijos? –le mostró un último telar, donde un joven Heracles, enloquecido, tomaba a dos de sus hijos, y los arrojaba al fuego de la hoguera de su casa, los pequeños ardían, pero Heracles no se detuvo allí, sino que fue ante una mujer, aparentemente la esposa de su propio hermano el Oso, y de un garrotazo le arrancó la cabeza, su hermano el Oso encontraría la cabeza de su esposa rodando frente a sus pies. La imagen fue tan horrible, que Calcante estaba ya al borde de la locura él mismo-. Yo te diré el tipo de héroes que nacerán en este mundo guiado por el supuesto heroísmo del más grande de toda Gea… mostrándote un telar que aún no ha sido tejido –le aseguró ella, tomando a Calcante por la cabeza, y enviándolo a un futuro no muy lejano, a otro telar donde 12 Caballeros Dorados malditos hacían la guerra, los mismos de la lista de Heracles, Calcante lo dedujo al ver la lista bordada en la cima del telar.

En el telar, el Caballero de Aries, con un par de espadas de arcoíris, degollaba a cuantos tuviera enfrente, incluso con uno de sus dedos, los hacía volar en pedazos. El Caballero de Tauro partía hombres al tirar de sus extremidades y romperlos con sus manos desnudas, incluso disfrutaba de la quema y destrucción de orfanatos, de todas formas, no sobrevivirían mucho sin padres amorosos, solía decir. El Caballero de Géminis, era un dictador sin corazón, quien gobernaba sobre varias ciudades, y si no se hacía su voluntad, expulsaba de su dimensión a quien le placiera. El Caballero de Cáncer era un ser sin alma, un cementerio andante, el ser más horrible jamás existido con un alma escarlata e inhumana, que arrancaba las almas de otros, especialmente las más puras, y las clavaba sobre su propia alma, como si intentara purificar su alma a la fuerza. El Caballero de Leo era el soldado más brutal y violento de todos, donde fuera que sus ejércitos atacaran, no quedaban sobrevivientes, ni ancianos, ni mujeres, ni niños, todos eras incinerados. El Caballero de Virgo se había unido a un dios malvado, haciendo la voluntad de Thanatos, el Dios de la Muerte, y fulminando a quien fuera en cualquier momento solo porque Thanatos así lo quería, no era sanguinario, pero sí injusto, si te elegía por el azar, estabas muerto, no importa quien fueras ni lo esplendido que hubieras sido en vida, o lo sano que estuvieras. El de Libra era de los más peligrosos y violentos de todos, con un cólera incontrolable como un Dragón embravecido, y con una sola misión, la muerte de todos los Dioses, y lo peor de todo, era que poseía el poder para hacerlo, un mortal, con el poder suficiente para enfrentarse a Athena frente a frente, y hacerla su esclava, esa era su mayor ambición. Calcante no pensó que pudiera existir un Caballero de Escorpio peor que Tideo, pero estaba muy equivocado. Igual que el de Libra, el de Escorpio inició su cruzada contra varios Dioses, entre ellos, el Dios de la Brutalidad en la Guerra, a quien le arrebató el dominio tras asesinar a Afrodita, y quien enfrentó y asesinó a Apolo, sentándose en el trono del Sol, que brilló escarlata bajo su tiranía, como si Antares brillara más cerca de Gea, un Dios de la Brutalidad Solar que ahora apuntaba al Cielo mismo. El Caballero de Sagitario no tenía corazón, se dedicaba únicamente a la cacería, no había bestia que pudiera escapársele, ni en Gea, ni en el Inframundo, donde dio cacería a Cerberos; su mayor presa, sin embargo, fue Atlas, y con su muerte, el Inframundo fue pulverizado por el peso del cuerpo inerte de Urano. Otro tirano se levantaría como el Caballero de Capricornio, quien deseaba conquistar todos los reinos, desde su trono en lo alto del Monte Ida, desde donde reunía a sus ejércitos para acabar con el Olimpo junto a su hermano, el Caballero Dorado de Acuario, ambos hermanos congelarían el tiempo y cortarían el espacio, liberando verdades universales ocultas incluso para los Dioses, iniciando con un fin del mundo adelantado, aunque no era como que quedara mucho del mundo para empezar, ya que el Caballero de Piscis, en su afán por permanecer siempre solo, había envuelto al mundo en una nube tóxica que lo mataba a todo y marchitaba la tierra. Esos eran los 12 Caballeros Dorados que existirían inspirados por las proezas de Heracles.

-Estos no pueden ser los 12 Caballeros Dorados del futuro –defendió Calcante, incrédulo, y mirando a la Sibila, inexpresiva, y admirando a un mundo que se acercaba más y más a su destrucción-. ¿Por qué me enseñas todo esto? Yo solo quería saber cómo salvar a Heracles de la Sangre de Neso. ¿Intentas decirme que es mejor dejarlo morir? –preguntó Calcante desesperado.

-¿Dejarlo morir? Eso no cambiaría nada –aseguró la Sibila. Pero Calcante era más listo de lo que ella creía, él sabía que había una razón para esta visión, y que la Sibila no era exactamente mala, sino más bien, una persona desesperada-. Hay un dios… Hades… él tiene un plan… él acabará con la Era de los Héroes, y absorberá al mundo en su sombra –le comentó ella, mostrándole a una ciudad amurallada, y al Dios Hades, en posesión del cuerpo del hombre más gentil de toda Gea, y junto a un Heracles revestido en una Suplice, quien había vencido a los 12 Caballeros Dorados, mientras Hades sostenía la cabeza decapitada de Athena de su cabellera-. Si Hades venciera a Athena, él sería el Dios Supremo del Olimpo, y pondría fin a la Era de los Héroes como es su deseo. Sin héroes… los humanos volverán a ser sumisos y débiles, atados a la voluntad de los Dioses. Estarán sometidos… pero vivos… -aseguró ella.

-¿¡Esa no es la forma de vivir!? –lloró Calcante, desesperado, y mirando a la Sibila directamente- ¡No me voy a creer que los 12 Caballeros Dorados del Futuro se convertirán en los demonios que dices que llegarán a ser solo porque Heracles no resultó ser el héroe inspirador que tú esperabas que fuera! ¡Y tampoco voy a creer que solo Hades puede vencerlos! –apuntó Calcante al telar, la Sibila sonrió en ese momento- Heracles no es un monstruo… ¡él también ha hecho mucho bien! ¡Concentrarte solamente en lo malo no cambiará nada! ¡Sé que Heracles es un héroe verdadero! –aseguró él, la Sibila lo observó curiosa, y divertida.

-Aún hay algo que puedes hacer, chico… -le aseguró la Sibila, Calcante esperó desesperado-. Heracles aún debe conocer a estos 12 Caballeros Dorados y extraer de ellos la luz de la esperanza para salvarse a sí mismo de la maldición de Neso. Lo que haga Heracles con esa esperanza, no es mi problema. Puede convertirse en el Caballero Dorado Divino por excelencia –mostró un telar más la Sibila, donde Heracles, revestido en una Armadura Dorada hecha de las piezas de las 12 Armaduras Doradas, gobernaba como el Dios Supremo del Olimpo, lo que daba esperanza a Calcante-. Oh… ser humilde… -le mostró otro camino, un telar muy hermoso de una Athena que aún no existía, en un palacio de cristal, y frente a la cual tres bellos guerreros se arrodillaban, con las sombras de una Pantera, un Tigre y un León-. Ascensión o subordinación. ¿Qué es más importante para tu héroe? Si Heracles no aprende a ser humano, genuinamente humano, no esa cosa que él dice que es actualmente, se convertirá en un Dios, o un Demonio… o… en un Héroe… esos son los tres aminos. ¿Por cuál habrás de llevarlo? ¿O tal vez… no serás tú quien lo lleve? Ya es hora de despertar –tronó sus dedos la Sibila, y tras hacerlo, toda la realidad de Calcante comenzó a estremecerse, todo se puso oscuro, y después, todo comenzó a moverse muy rápidamente, pero sin permitir a Calcante saber lo que estaba ocurriendo.

-Mi amor, me lo vas a romper, ya bájalo por favor, te lo suplico –escuchó Calcante a Pándaro, por lo que supo que había regresado de su trance por las visiones, pero no podía comprender lo que pasaba a su alrededor, solo sabía que se seguía sacudiendo, y que su cerebro se sentía pesado.

-¡Ya lo oíste! ¡Bájalo! ¡Lo vas a matar si lo sigues sacudiendo de esa manera, armatoste! –escuchó Calcante a Filoctetes, y poco a poco Calcante comenzó a entender lo que estaba ocurriendo- ¡Que lo bajes dije! –amenazó Filoctetes.

-¡Suelo machacar a quien me habla con ese tono de voz! ¡Y me estás hablando con ese tono de voz! ¡No me gusta ese tono de voz! ¡Además! ¡Intento despertar al chico! –se fastidió Heracles, dejando de sacudir a Calcante por encarar a Filoctetes, quien más valiente que listo para la confrontación, encaró de regreso a Heracles como si pudiera hacerle frente.

-¡Blergh! –vomitó entonces Calcante, Heracles asqueado lo soltó tras haberlo estado sacudiendo para, según él, despertarlo, por lo que Calcante terminó en el suelo y bastante mareado.

-¡Mi vida! ¡Yo te ayudo corazón! ¡Un ánfora! ¡Rápido! ¡Con agua por favor! –pidió Pándaro a Heracles, quien miró a Filoctetes, este movió su cabeza en negación, Heracles gruñó, y fue por un ánfora con agua- ¡No vayas a la luz mi hermoso Calcante! ¡Ya sé! ¡Te despertaré con un beso! –agregó Pándaro, Calcante inmediatamente regresó en sí, y comenzó a empujar a Pándaro- ¿Estás despierto? Déjame asegurarme bien, ven aquí –intentó forzarlo Pándaro, pero Heracles lo tomó del cuello de su chitón rosa y lo apartó, antes de darle el ánfora con agua a Calcante.

-Ten –le ofreció Heracles, Calcante se impresionó y tomó del ánfora, enjuagó su boca, y escupió, Heracles entonces se sentó, y toda la casa de Calcante se sacudió con fuerza-. ¿Entonces? ¿Qué hago con mi lista? La Sibila me dijo que encontrara a estas personas, pero ni me dijo donde, ni me dijo para qué, nada, ni siquiera los escribió en Héladeo, pero como era Sibila no la pude macha… -intentó decir Heracles, cuando Filoctetes se aclaró la garganta, molestando a Heracles-. No le pude pedir… AMABLEMENTE… -agregó furioso y mirando a Filoctetes, quien lo desafió con la mirada, Heracles desvió la propia-. Que me tradujera esta cosa. ¿Qué hay que hacer entonces? ¿Los agarro a garrotazos? –preguntó.

-¡Y dale con los garrotazos! ¡Mientras yo esté presente nada de garrotazos! –se molestó Filoctetes, Heracles lo miró en señal de desafío- ¿Algún problema grandote? Déjame decirte que me importa un cuerno de Minotauro si eres o no eres Heracles, a mí me respetas, ahora toma tu garrote y guárdalo, o vamos a tener problemas –aseguró Filoctetes.

-Oh, me gustaría verte intentarlo –amenazó Heracles, Filoctetes se mantuvo firme, Pándaro y Calcante se abrazaron temerosos, pero para sorpresa del par, Heracles tomó su garrote, y se lo amarró al cinturón-. Ya está, ¿feliz? –termino Heracles, Filoctetes asintió.

-Ay si tan solo Heracles siempre hubiera viajado con una persona tan considerada y determinada como Filoctetes, otro Heracles sería, uno que inspirara, no a quien le tuvieran miedo –comentó Pándaro, Calcante escupió su bebida en ese momento-. Ay, te mojaste todo, a ver déjame, te ayudo ternurita –tomó un paño Pándaro y comenzó a limpiarle la boca a Calcante, lo que lo molestaba un poco.

-Puedo hacerlo yo mismo, basta –se quejaba Calcante, pero Pándaro simplemente lo amaba demasiado para permitírselo-. Más importante, lo que dijiste, sobre Heracles, ¿a qué te refieres? –intentó preguntar mientras se defendía de Pándaro, quien continuaba limpiándole el rostro, aunque su mano se desviaba del camino constantemente- ¡Pándaro! ¡Concéntrate! –pidió Calcante.

-Ay, pero no te enojes, déjame pensar, ¿qué te decía? –se preguntó Pándaro a sí mismo, Calcante comenzó a desesperarse- Algo sobre Heracles, ay sí, te decía que, cuando se habla de Heracles, todo mundo siempre tiene miedo. Pero mientras esté Filoctetes presente, es todo un amor, hasta te trajo un ánfora con agua, viniendo del señor: «te voy a machacar» no es poca cosa –le aseguró.

-¡Eso es! –Calcante agregó, como si hubiera tenido una epifanía- La Sibila lo dijo, pero no le entendí. Pero ya le entiendo. Hay tres caminos, en uno, las cosas se quedan como están, no encuentras a los 12 Caballeros Dorados nuevos, y te consume la Sangre de Neso, te conviertes en Espectro de Hades, y le ayudas a conquistar a toda Gea en una guerra que aún no ha pasado, donde derrotas a los 12 Caballeros Dorados estando al servicio de Hades, quien es rey en… ¿Troya? –preguntó Calcante, recordando la muralla.

-Me gusta Troya, demolí una de sus murallas a garrotazos –agregó Heracles, Filoctetes se fastidió-. Pero sí lo hice, junto a Peleo y Telamón, nos llevamos a la hija del Rey Laomedonte, Hesíone, muy bonita, se la di a Telamón –le explicó-. No me imagino defendiendo Troya después de eso, pero contra 12 Caballeros Dorados, sería divertido. ¿Qué pinta Hades en todo esto? –preguntó él.

-Que, si las cosas siguen el curso actual, ocurrirá una guerra en Troya, no sé por qué razón, ni cuando, pero estarías allí, como un Espectro de Hades, consumido por la Sangre de Neso –le explicó Calcante, Heracles se emocionó, pensando la Sangre de Neso una bendición por una batalla como esa-. En mi visión, solo eras un títere sin cerebro –al menos hasta ese momento.

-Sin cerebro ya está, solo le falta el titiritero –insultó Filoctetes, Heracles se fastidió y azotó su mano en la mesa, rompiendo lo que quedaba de la misma-. Vas a pagar eso –apuntó Filoctetes, Heracles bufó-. ¿Hablo Etíope o qué gatito? ¡Dije que vas a pagar eso! –apuntó Filoctetes, pero Heracles ya preparaba su maza.

-¡Esperen! ¡Ya me pagó la mesa antes! –les recordó Calcante, tomando el saco de monedas que le habían dado anteriormente, por lo que no inició una confrontación- Lo que intento decir es que, mi visión tenía tres finales distintos –insistió Calcante-. En uno de esos tres finales, Heracles se volvía un sirviente de Hades al no poder librarse de la Sangre de Neso, pero los otros dos, incluían el encontrar a los 12 Caballeros Dorados de la lista, y obtener de ellos su… luz dorada… o algo así… la Sibila le dio un nombre… ¡esperanza! ¡Los 12 Caballeros Dorados de Athena son la Esperanza de Athena! –les explicó Calcante, lo que el grupo no comprendió- Lo que entiendo es que, los Caballeros Dorados no son exactamente queridos, igual que Heracles, más bien son temidos, porque hacen su voluntad con sus grandes poderes, pero, Heracles puede cambiar eso. En las últimas dos vertientes de mi visión, en una de ellas, Heracles vestía una Armadura Dorada mientras era el Rey de los Dioses, y su Armadura Dorada estaba… creada a partir de las piezas de las Armaduras de los 12 Caballeros Dorados… como… preseas… -observó Calcante a la piel de león que Heracles usaba como capa, comprendiendo lo que eso significaba-. Oh… -agregó deprimido.

-Entonces… -agregó Heracles confundido, y sacó su garrote, Calcante tuvo un mal presentimiento-. Los encuentro… les doy de garrotazos, y me hago una Armadura Dorada con las piezas de sus armaduras… ¿es eso? –preguntó Heracles, Calcante asintió- ¡Me encanta! ¿Empiezo por orden de signo? ¿O conforme me los vaya topando? –miró Heracles a su lista.

-¡No, no, no y no! –defendió Filoctetes, molestando nuevamente a Heracles- Sé que algunos Caballeros Dorados han sido… cuestionables… pero igual lo han sido héroes como Perseo, Teseo, y otros eos, pero no limitándose a los eos, Jasón y tú grandote no han sido exactamente muy heroicos que digamos –aclaró Filoctetes, Heracles se armó con su maza-. ¡A eso quería llegar! No te gusta que te digan tus verdades, ¿y cuál es tu respuesta? Dejar a quien quieras como papilla en el suelo. Pues esta papilla está cansada de que armatostes como tú se crean con el derecho de hacer su voluntad. ¡No señor! ¡Si vives con los Mortales te atienes a las reglas de los Mortales! ¿Cuántos años tienes? ¿59? Y me estás diciendo que, en 59 años, el grande y poderoso Heracles, no aprendió a ser un humano. Me das lastima, y cuando quieras te la refresco, veamos qué dicen los historiadores cuando Filoctetes ponga en su lugar al bruto de Heracles –le apuntó él.

-Te aprovechas porque machacarte a garrotazos en este escenario en específico es, precisamente, darte la razón, y no me da la gana el darte la razón –se sentó nuevamente Heracles, haciendo temblar toda la pequeña casa de Calcante, que ya amenazaba con venirse abajo-. Ya no quiero hablar contigo… -le dio la espalda de forma infantil.

-¡Eso es! –agregó Calcante, los presentes lo miraron confundidos-. La tercera vertiente. A como lo predijo la Sibila, o puedes dejar las cosas como están, y convertirte en el ciervo de Hades que destruya a los Caballeros Dorados y le entregue a Gea a Hades como dominio, perdiendo de esa forma tú identidad y siendo un simple títere –enumeró Calcante, Heracles movió su cabeza en negación-. O puedes viajar por toda Gea buscando a los 12 Caballeros Dorados, matándolos a todos, quedándote con sus Armaduras Doradas como preseas, y convirtiéndote en el Rey de los Dioses –Heracles sonrió, movió su cabeza asintiendo, pero Filoctetes se aclaró la garganta, y movió su cabeza en negación, Heracles movió su cabeza en negación tras verlo, y Filoctetes asintió, Heracles hizo una mueca, y continuó moviendo su cabeza en negación-. O puedes viajar por toda Gea, buscando a estos Caballeros Dorados, e inspirarlos con tus relatos de grandes hazañas, y convertirte en la inspiración que los haga irradiar con una luz de esperanza. Haciendo la diferencia entre que se conviertan en unos tiranos avariciosos con sed de poder, o convertirse en los grandes héroes que inspirarán a todas las generaciones futuras –le explicó Calcante, Heracles miró a Filoctetes, quien se frotaba la barbilla, y asentía, Heracles hizo una mueca, y asintió-. Es lo que la Sibila quería mostrarme… el mundo, lo que conoce como héroes, está mal… ella dijo que Hades traería el fin a la Era de los Héroes, pero no lo consideraba algo malo, porque los héroes, son malos, ser un héroe no es sinónimo de ser alguien bueno, es sinónimo de ser alguien poderoso que está por encima de los demás, pero… con la guía correcta, no importa si tienes 59 años, aún puedes inspirar a los demás y redefinir lo que significa ser un héroe… y sé quién es la persona que puede ayudarte a encontrar el verdadero significado de lo que es ser un héroe. Filoctetes –apuntó Calcante.

-¿¡Qué!? –declaró Filoctetes con terror- ¡No, no, no, no! ¡Poner al armatoste este en su lugar! ¡Eso puedo hacerlo, aunque termine como una papilla embarrada en el suelo! ¡No le tengo miedo! –le apuntó Filoctetes, Heracles bufó- ¡De allí a acompañarlo en sus viajes hay un largo trecho! ¿Sí sabes que este se acuesta con todos sus compañeros de viaje? Ni loco, mira para otro lado –amenazó Filoctetes, Pándaro se saboreó.

-Ni siquiera eres mi tipo –le espetó Heracles-. Efebos delicados y hermosos, esos sí, y señoritas virginales y preciosas, ay extraño a Hilas… y a Yolao… Hilas que me hacía compañía todas las noches… y Yolao quien me hacía compañía cuando se ponía pesada con lo de la Luna de Sangre o que le dolía la cabeza, ah como me molestaba esa Unicornio del Inframundo, quería agarrarla a garrotazos, pero no de los que estás pensando antes de que empieces con tu fobia a los garrotes –se fastidió el héroe.

-¿De verdad quieres que le enseñe cualquier cosa a este cabeza hueca? Tiene 59 años, ya no tiene nada que aprender. Además, yo tengo una vida aquí en Colofón, soy el Capitán de la Guardia de Colofón –le explicó Filoctetes, pero Calcante estaba determinado a que su visión se cumpliera.

-Su guardia lo abandonó y lo dejó peleando solo con Heracles –le recordó Calcante, Filoctetes intentó decir algo, pero Calcante se le adelantó-. Además, señor Filoctetes, usted no está casado, ni tiene hijos, y vive en los barracones, por lo que no tiene propiedades a su nombre. Así como lo veo, no tiene nada que perder, y Heracles tiene dinero de sobra –apuntó Calcante, Heracles asintió a eso ultimo-. Además, ¿qué prefiere? Pasar a la historia como un Capitán de la Guardia de Colofón, o como un héroe y amigo de Heracles. Déjeme decirle que nadie sabe el nombre de los anteriores Capitanes de la Guardia de Colofón, así que mucho renombre no tendrá aquí –aseguró Calcante, Filoctetes lo miró con molestia-. Pero si eso no lo convence, actualmente la imagen de los Caballeros Dorados… es una vergüenza… usted es un Caballero de Plata, ¿no le da pena la decadencia de los Caballeros Dorados que se supone deberían ser la esperanza de Athena? Puede ayudar a Heracles a cambiar eso… por favor… -suplicó Calcante.

-Golpe bajo muchacho… golpe muy bajo… -se quejó Filoctetes, cruzándose de brazos y pensando al respecto, y mirando a Heracles, quien lo miraba de regreso-. Tengo que admitir que lo último que estaba buscando esta mañana al levantarme, era un viaje por Gea persiguiendo a Caballeros Dorados infantes o no natos en su mayoría. Pero, ¿qué hay de ti? Supongo que no esperabas simplemente llegar a un pueblo, recoger a un pobre imbécil, y viajar con este por toda Gea –le comentó Filoctetes curioso.

-Es lo que hago, aunque normalmente son más bellos, sin ofender, pero el de los pelos soy yo –apuntó Heracles a su barba, lo que molestó a Filoctetes-. Pero supongo que ya estoy viejo, y no estoy buscando realmente un revolcón, no es bueno para la espalda. La verdad, cuando busqué a un Anatolio para que me tradujera estos garabatos, solo quería deshacerme de la Sangre de Neso que me quemaba cada que usaba mi cosmos. No me esperaba que tuviera tres opciones, quedarme así y convertirme en una marioneta de Hades, convertirme en el Rey de los Dioses, o una tercera opción que no entiendo muy bien. Yo solo quería seguir viviendo tranquilamente, ver a hijos crecer, esas cosas de viejos. Pero ahora… con la oportunidad de darme de garrotazos con 12 Caballeros Dorados… umm… tal vez una última aventura antes de colgar la Capa de León. ¿Qué dices? ¿Te animarías a ver a donde nos lleva el viento? Yo creo que sería divertido –agregó él.

-¿Divertido? Canas verdes es lo que me vas a sacar por el estrés –lo pensó Filoctetes, frotándose la barba-. ¿Sabes mínimo cuanto tiempo duraría este viaje? ¿Lo viste en tu visión? –le preguntó Filoctetes a Calcante, quien lo negó- ¿Sabes al menos a dónde deberíamos ir? La mitad de los de la lista son niños, la otra mitad ni ha nacido. ¿Pretendes que simplemente viajemos por toda Gea sin rumbo, sin objetivos, y buscando a unos niños? –preguntó nuevamente.

-No por toda Gea, por Hélade –les comentó Calcante-. Y no irán a ciegas, al menos 3 de los Caballeros Dorados están en edad de aprender de ustedes, uno de ellos inclusive está en servicio: Néstor. Pienso que podrían empezar por él. Hay un viejo de nombre Néstor en Pilos, él podría ser su primera parada. Fuera de eso, la Sibila dijo que necesitarían de su conocimiento de los 12 Trabajos para poder encontrar a los 12 Caballeros Dorados, o para educarlos, es confuso. Yo solo sé que necesita tener a los 12 Trabajos bien presentes todo el tiempo, o ellos se convertirán en unos tiranos –le aseguró Calcante.

-Sin presiones entonces, o terminaremos con Heracles como subordinado de Hades, junto a 12 Caballeros Dorados que adelantarán el fin del mundo, y una Diosa Athena muerta, ¿verdad? –preguntó Filoctetes, y Calcante asintió- Que buen momento para que el Santuario se quedara sin Patriarca –se molestó Filoctetes, Heracles lo miró curioso-. ¿Enserio? Mataste al último de un garrotazo, Hipocoonte –le recordó Filoctetes, pero Heracles parecía no recordarlo-. Con 12 hijos, quería que cada uno fuera un Caballero Dorado, usurpó el trono de Esparta sacando a Tindáreo e Icaro usando su autoridad como Patriarca. Sé que era corrupto y todo, pero, ¿matarle a todos sus hijos meno después matarlo a él no te parece un poco…? Cambié de opinión, ya no quiero ir contigo a ninguna parte –se quejó Filoctetes.

-Nos vamos Filoctetes –lo levantó Heracles como a un costal, lo que enfureció a Filoctetes, quien pataleó para que lo dejaran bajar-. Dime una cosa, niño… si hago esto que me dices… ¿seré en verdad un héroe? –le preguntó Heracles, ganando la atención de Filoctetes, a quien entonces Heracles puso en el suelo- Y me refiero a la verdadera definición de un héroe… un mortal que inspire, que sea visto con cariño, con honor, con deseos de ser como él… -preguntó, Filoctetes notó que Heracles se encontraba consternado-. Yo… he tratado de ser humano… pero algo en mí no me deja… no soy… empático… -admitió él.

-Ni los Dioses ni los Semidioses lo son, mi señor… -aclaró Calcante, con Pándaro a su lado, quien lloraba conmovido por Heracles, quien se veía genuinamente triste-. Pero si hace esto, no solo será un verdadero Héroe, sino que redefinirá lo que significa ser un Héroe… créame… lo sé… -le sonrió Calcante, y Heracles le regresó la sonrisa.

-Si tan solo los Dioses pensaran en esas cosas de vez en cuando –le comentó Heracles, lo que llamó la atención de Calcante-. Quiero decir, yo soy poco empático, y soy un Semidios. Imagínate si Athena fuera empática, más humana. Lo de Aracne y Medusa jamás habría pasado. Supongo que, si me pongo a pensarlo, criarme con los Mortales fue lo mejor –concluyó Heracles, se amarró su maza al cinturón, y miró a Filoctetes-. Oye, ¿y si antes de ir a Hélade pasamos por unas Troyanas? Me chiflan las Troyanas. Hay un lugar en la Ciudadela de Temiste que… -intentó decirle Heracles.

-No voy a malgastar lo poco que tengo de dinero, en una prostituta Troyana. ¿Por quién me tomas? –se quejó Filoctetes mientras salían de la casa de Calcante- Dos palabras, Heracles: estabilidad financiera. Solo gastaremos en lo indispensable –aseguró Filoctetes.

-Claro… lo indispensable… -respondió él, sacando una bolsa de monedas de oro, y lanzándosela a un cochero que pasaba por allí-. Tú, un Pegaso, blanco de preferencia –pidió Heracles, el cochero se impresionó por la cantidad de dinero.

-¡No, no, no, no, no! –se quejaba Filoctetes, levantando las monedas, y forcejeando con el cochero- ¡Estabilidad financiera! ¡Heracles no necesita de un Pegaso! ¡Y los Pegasos son negros! ¡Tres monedas de oro por su carreta, tres más por el caballo! ¡Ahora súbete! –le ordenó Filoctetes, Heracles bufó, se subió a la parte trasera de la carreta, y el pobre caballo se quejó- Tranquilo Pegaso, te compraré unas ricas zanahorias, pero resiste mínimo a Troya y te compramos además un hermano para que te ayude a tirar de este gordo –comentó Filoctetes.

-¡No estoy gordo! –se molestó Heracles, sentado de mala gana en la parte trasera del carromato y sumiendo la pansa, lo que Filoctetes notó, mientras el ahora llamado Pegaso, hacía todo lo que podía por llevar a Filoctetes y a Heracles rumbo a Troya.

-Adiós amores, no se olviden de escribir, no importa si es en Héladio, yo soy poliglota, mi lengua favorita es la del amor, visítame pronto guapo –se despidió Pándaro, e incluso le lanzó un beso a Heracles, quien hizo como que lo atrapaba, y se lo metía al pantalón-. ¡Ay me fascina! ¡Espera a que le diga a mi esposa lo que Heracles hizo con mi beso! –se emocionó Pándaro, mirando a Calcante, quien estaba bastante pensativo- ¿Qué ocurre Calquis? –preguntó Pándaro.

-¡No me digas Calquis! –se molestó Calcante- Solo… pensaba en lo que dijo Heracles… si los Dioses fueran criados junto a los Mortales… tal vez serían más comprensivos de nosotros. Y comprenderían lo diferentes que somos, así como Heracles. Él es un Semidios, y se deja llevar por su superioridad, pero… lo intenta… ¿y si los Dioses fueran criados por humanos? –preguntó él.

-Ay no sé amor, pero yo sé lo que le haría a Ares si pudiera criarlo como un humano –se ruborizó y se abanicó a sí mismo Pándaro-. Pero dejando las bromas de lado, si fueras el Patriarca del Santuario de Atenas mínimo podrías entregar a la reencarnación de la Diosa Athena a los Mortales y poner a prueba tu teoría de si eso haría o no a los Dioses más comprensivos de los Mortales –le explicó Pándaro, Calcante entonces abrió sus ojos hasta sus límites.

-Si yo fuera el Patriarca del Santuario… -meditó Calcante al respecto-. Yo podría… entregar a Athena a los Mortales… ¡Pándaro eres un genio! –declaró Calcante emocionado, Pándaro se rascó la nuca confundido- Para poder intentarlo, tendría que aprender Héladeo, y Heracles me pagó más de lo que necesitaba por mi mesa, así que podré pagarme lecciones de Héladeo, tal vez conseguir a un profesor en Troya de adivinación para escapar de la limitante de las aves –aseguró Calcante.

-Perdona amor, no te entiendo, ¿por qué es importante que aprendas Héladeo? ¿De verdad vas a tomarte enserio la broma de ser el Patriarca? ¿Por qué? ¿Para entregar a Athena a los Mortales? ¿Sabes lo que le harían los Mortales a Athena? Yo sé lo que yo haría, y no es lindo, ay Zeus espero no me haya escuchado –se preocupó Pándaro mientras miraba al cielo.

-Porque si Heracles falla, no puedo permitir que los Caballeros Dorados pierdan la Guerra contra Hades –recordó la imagen que vio gracias a la Sibila Calcante, y a Hades sosteniendo la cabeza de Athena-. No voy a permitirlo, si los Caballeros Dorados son como son actualmente, es porque los Patriarcas del pasado han sido todos unos incompetentes y corruptos. Yo lideraré a la nueva generación de Caballeros Dorados como el Patriarca del Santuario de Atenas, y no solo crearé a una Orden de Athena digna del respeto y la admiración de las futuras generaciones, sino que ayudaré a Athena a ser una diosa que comprenda a los humanos. Heracles y yo, juntos, con la ayuda de Filoctetes, labraremos el camino para que los héroes del mañana, vivan por siempre –finalizó Calcante, emocionado, Pándaro hizo una mueca de incredulidad, pero le aplaudió de todos modos.