La lluvia había regresado. No la tormenta incontrolable de semanas atrás, sino una lluvia ligera, constante, que resbalaba por los techos de la casa Asakura como si cuidara de no perturbar el silencio de sus habitantes.
Anna estaba en su habitación, frente al espejo de cuerpo completo, quitándose lentamente la peineta que sostenía su cabello. Había llegado más tarde de lo habitual; se había detenido en la floristería del distrito antiguo y había comprado un ramo pequeño de flores de crisantemo blanco. No sabía por qué.
Las había dejado sobre la mesa del pasillo.
Quizás para que Yoh las viera.
Quizás para que ella misma lo recordara.
La cena aún reposaba sobre su lengua. Sopa de miso con alga kombu y jengibre, un sabor cálido que aún la acompañaba en la garganta. La forma en que Yoh la había servido —con las manos aún ligeramente temblorosas por el calor de la olla— le había provocado algo más profundo que gratitud. Algo que no tenía nombre.
El reflejo en el espejo le devolvió una imagen que ya no podía fingir frialdad.
Estaba hermosa. Lo sabía. Una simple yukata azul oscuro con estampado de glicinas. Nada que pretendiera seducir, pero la tela abrazaba sus formas con la elegancia de alguien que ya no necesitaba adornarse.
Se sentía… dispuesta.
Pero no a cumplir el acuerdo.
No esta vez.
Caminó hasta la habitación de Yoh con pasos lentos. No llevaba perfume, pero su energía la precedía como un campo magnético. Esta vez, no tocó.
No lo necesitaba.
La puerta corrediza estaba entreabierta. Yoh estaba de pie junto al futón, leyendo un viejo manuscrito a la luz tenue de una lámpara de papel. Levantó la mirada al sentirla, y la sorpresa no le duró más de un segundo. No por falta de emoción, sino porque algo en él ya había estado esperando.
Anna entró sin decir palabra. Se acercó con calma, con la decisión que solo tienen quienes ya han perdido el miedo a ser rechazados. Se sentó en la orilla del futón.
—¿Segura? —preguntó Yoh, con una voz baja, grave, casi reverente.
Anna lo miró. Había algo suave en sus ojos, como si el hielo hubiera comenzado a ceder. Asintió. No dijo más.
Yoh se acercó con cuidado. No como quien toma, sino como quien recibe un regalo inesperado.
Se arrodilló frente a ella, llevó una mano a la tela de la yukata y deslizó sus dedos por el borde, reconociendo el calor que emanaba de su piel antes de descubrirla. Con lentitud, con casi una ceremonia implícita, desató el lazo que sostenía la prenda.
Las mangas cayeron con suavidad, revelando la piel pálida que había tocado antes, pero nunca así.
Nunca con tanto cuidado.
Nunca con tanto deseo contenido en algo tan tierno.
Sus manos rozaron sus brazos, luego la curva de sus pechos cubiertos aún por una tela fina, hasta su cintura, donde su respiración se volvió más lenta, como si su cuerpo intentara grabar cada milímetro.
Anna no tembló.
Pero cuando Yoh levantó la mirada y sus ojos se encontraron, hubo un momento suspendido.
Yoh no vio deseo solamente. Vio entrega. Vio miedo. Vio una mujer que, por primera vez, no sabía cómo protegerse. Y aun así… estaba ahí.
—No quiero hacer esto como si no importara —murmuró, casi sin aliento.
Anna respiró hondo.
—Entonces… hazlo como si sí importara.
Yoh la besó.
No con urgencia.
Con devoción.
La llevó al futón con manos que no apresuraban. Tocó su piel con una lentitud que le hizo cerrar los ojos, no de pudor, sino de sensación. Anna no hablaba. No podía. Pero sus dedos se enredaron en su camisa, lo buscaron, lo sintieron.
No hubo ruido más allá del de sus respiraciones sincronizándose, de las sábanas arrugándose, de la lluvia que seguía cayendo como un canto antiguo sobre el tejado.
No contaron el tiempo.
Porque esa noche no tenía duración. No tenía meta. No era una transacción.
Fue un instante fuera del mundo.
Un espacio entre dos personas que dejaron de resistirse.
Yoh se quedó despierto después. Ella dormía junto a él, de lado, la espalda expuesta, el rosario descansando a medio camino entre el futón y su piel. Él pasó un dedo por su clavícula, como si pudiera sellar con ternura aquello que ninguno se atrevía aún a nombrar.
Ya no era solo un acuerdo.
Era un antes y un después.
Y quizás… el comienzo de algo que iba a doler, pero también a sanar.
