La perturbación se sintió primero en el aire.
Una grieta, una vibración errática que hizo temblar a los espíritus menores del distrito antes de que los humanos pudieran notarlo. Yoh levantó la cabeza en mitad de una conversación con Ren. Anna, en la galería, detuvo su mano sobre una etiqueta que estaba escribiendo. Fausto, que observaba con interés una extraña raíz en un frasco, alzó una ceja.
Horo-Horo fue el primero en hablar:
—Eso no es una presencia común, ¿cierto?
Ren ya estaba de pie, su furia helada tan nítida como siempre.
—No. Esto... esto es antiguo.
El Oh-Oni apareció en los campos abandonados al borde de la ciudad. Un espíritu demoníaco que había estado sellado desde el periodo Edo, liberado por accidente tras un ritual fallido de invocación hecho por un grupo de espiritistas sin control. Nadie lo había enfrentado desde hacía siglos. Nadie lo había visto y vivido para contarlo.
La criatura era grande, deforme, su cuerpo hecho de sombras densas y su rostro cubierto de ojos. Pero más allá del terror físico, lo que apretaba el corazón era su presencia. Era un grito de ira acumulada, de hambre espiritual.
Yoh fue el primero en avanzar.
—Me haré cargo. No necesitamos a todos —dijo.
Anna lo miró desde atrás.
—No seas idiota.
—No tienes que involucrarte.
—Yoh —dijo ella, firme—. Ese espíritu solo puede ser sellado si alguien lo enfrenta con el poder de la palabra. El rosario de los 1080 fue creado para eso.
Yoh apretó los dientes. Él no quería ponerla en riesgo. No después de todo. No ahora.
Pero Anna ya había dado un paso al frente, su rosario brillando con una luz fría, las cuentas vibrando en sincronía con su pulso espiritual.
—Lo hacemos juntos —dijo ella.
Y él no discutió.
La batalla fue brutal. Ren y Horo-Horo mantuvieron la defensa, creando barreras para contener la energía del espíritu. Fausto dirigía el flujo de energía con su precisión quirúrgica, sosteniendo el equilibrio del campo espiritual. Pero era Anna y Yoh quienes enfrentaban al Oh-Oni directamente.
El rosario de Anna giraba en el aire como un látigo sagrado, cada mantra recitado con una furia perfecta. Yoh, canalizando su energía con Amidamaru, cortaba las extensiones del espíritu, fragmentando su cuerpo antes de que pudiera regenerarse.
Pero el Oni aprendía rápido. Y era astuto.
Cuando vio que Anna se debilitaba —el uso del rosario exigía más de lo que tenía—, lanzó una proyección oscura a toda velocidad hacia Yoh, desde un ángulo ciego.
Yoh no lo vio venir.
Pero Anna sí.
Sin pensarlo, se lanzó hacia él. Su cuerpo se interpuso en el momento exacto, el rosario extendido en espiral, las cuentas rodeándolos a ambos como un muro de luz. Selló el ataque con su último aliento de fuerza espiritual.
El Oni rugió.
Y se desvaneció.
El silencio que quedó fue más ruidoso que cualquier grito.
Yoh sostenía a Anna entre sus brazos. Su cuerpo temblaba. Su piel estaba pálida, sus labios apenas entreabiertos. El rosario estaba chamuscado, varias cuentas rotas. Su energía apenas parpadeaba.
—¡Fausto! —gritó Yoh, sin reconocer su propia voz.
Fausto corrió, colocó su maletín al lado, abrió la chaqueta de Anna sin pedir permiso, colocó electrodos, frascos, agujas.
—Está viva —dijo—, pero está drenada. Su alma está colapsando sobre sí misma. Necesita reposo. Días.
—No —murmuró Yoh—. No puede...
—Yoh —dijo Ren con voz firme—. Lo hiciste bien. Ahora déjala sanar.
Pero Yoh no se movió de su lado.
Pasaron tres días.
El futón de Anna fue trasladado al ala oeste, donde el sol entraba suavemente cada mañana. Yoh se quedó ahí, día y noche. A veces meditaba. A veces solo la observaba. A veces hablaba en voz baja, contándole lo que hacían Ren y Horo-Horo afuera, lo que Fausto murmuraba mientras trabajaba, lo que soñaba.
No lloró.
No suplicó.
Solo estuvo.
Como ella estuvo aquella noche. Como ella había estado desde el principio, sin dejar de ser quien era.
Yoh entendía eso ahora.
Quería quedarse no por deber.
Sino porque su alma estaba entrelazada a la de ella. De una forma silenciosa y profunda que ni él mismo podría deshacer aunque quisiera.
La mañana del cuarto día, Yoh sostenía una flor en la mano. Una de las que Anna había traído en silencio semanas atrás.
Ella murmuró algo. Apenas un susurro.
Yoh alzó la cabeza tan rápido que casi se golpea.
—¿Anna?
Los párpados de ella se abrieron con lentitud. Sus ojos estaban opacos al principio, pero luego… lo vieron. A él.
—No grites —dijo con voz seca—. Me duele la cabeza.
Yoh rió. Se le quebró la voz en el primer segundo, pero no lo detuvo. Rió de alivio, rió de amor, rió porque la tensión que lo había sostenido ya no era necesaria.
—Estás aquí —dijo.
—Claro que estoy —murmuró ella, cerrando los ojos otra vez, pero con una curva apenas visible en sus labios.
—Te quedaste por mí.
—Tú también.
Ambos sabían que no hablaban solo de esa batalla.
Y aunque la herida aún dolía, y el camino era largo…
El lazo ya estaba sellado.
No con un rosario.
Sino con lo que habían entregado, sin palabras, sin condiciones.
Y nadie, ni siquiera el tiempo, podría deshacer eso.
