Capítulo 11 – Lo que aún no se atreven a querer

Anna se recuperaba más rápido de lo que Fausto había predicho, pero no más rápido de lo que deseaba.

El cuerpo sanaba. El espíritu… no tanto.

Había vuelto a sus rutinas con precisión quirúrgica: el té al amanecer, el incienso adecuado según la fase lunar, el rosario reparado, cuidadosamente reconstruido. Caminaba por la casa como si nunca hubiera caído. Hablaba poco. Reía nada.

Yoh lo sentía todo.
Y no decía nada.


La distancia entre ellos era distinta ahora. No era como al principio —tensa, desconocida—. Era más íntima… más dolorosa.

Anna no lo evitaba, pero tampoco lo buscaba.

Yoh, por su parte, era cauteloso. Ya no por miedo a asustarla, sino por respeto. Sentía que cada gesto, cada palabra, podía hacerla retroceder en algo que ya parecía un sueño. Como si todo lo que habían vivido —el jardín iluminado, la noche compartida, el sacrificio mutuo— fuera algo suspendido fuera del tiempo. Inexistente ahora que la calma había regresado.

Y con la calma… también el acuerdo.

Ese maldito acuerdo que los había unido en primer lugar.

Una noche, mientras Anna revisaba mezclas en su estudio, Yoh apareció en la puerta. No entró.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy viva —respondió ella sin levantar la vista.

—Eso no fue lo que pregunté.

Silencio.

—Gracias por cuidar de mí —añadió ella, como si pagara una deuda pendiente.

—No tienes que agradecer nada.

—Lo hiciste. —Anna alzó la mirada—. Más de lo que debía pedirte.

Yoh la sostuvo con los ojos. Quiso acercarse, tomar su mano, decirle que no fue un deber. Que no hubo un solo instante de esos días en que pensara en él. Pero no lo dijo.

Porque había algo en ella que parecía estar levantando muros otra vez.


Más tarde, Yoh hablaba con Ren en el jardín. Ambos tomaban té. El cielo estaba despejado, y la casa en silencio. Fue Ren quien rompió la calma.

—¿Puedo decirte algo que probablemente no quieres oír?

—Siempre haces eso —murmuró Yoh.

Ren lo miró de lado.

—Estás siendo un idiota.

Yoh alzó una ceja.

—Ella también —añadió Ren—. Los dos. Un par de idiotas con poderes extraordinarios y visión espiritual… incapaces de ver lo que está justo frente a sus narices.

—No es tan fácil —respondió Yoh, serio por primera vez en días.

—¿Por qué no? —replicó Ren, apoyando el tazón con más fuerza de la necesaria—. ¿Porque una vez dijeron que esto era un acuerdo? ¿Porque ella tiene miedo? ¿O porque tú ya decidiste que vas a dejarla incluso si eso te destruye?

Yoh bajó la mirada.

—Quiero que sea feliz —dijo finalmente—. Incluso si eso significa darle lo que pidió al principio… y dejarla ir.

Ren lo observó con detenimiento. Luego suspiró.

—Lo curioso de los tontos enamorados —dijo— es que siempre piensan que están siendo nobles… cuando en realidad solo están huyendo.


Esa noche, Anna encontró a Yoh en el jardín, solo, preparando el fuego del horno exterior. El aroma a madera quemada llenaba el aire.

Se sentó a su lado sin decir palabra.

Pasaron largos minutos en silencio.

—Ren te dijo algo —murmuró ella.

Yoh sonrió con tristeza.

—Siempre lo hace.

—No tienes que quedarte, Yoh.

Él no la miró.

—No estoy aquí por obligación.

—Lo prometiste —insistió Anna, la voz más baja ahora—. El hijo. Lo prometiste. Y aún no lo tenemos.

Yoh sí la miró esta vez. Con todo.

—Si tú lo quieres… si eso te hace feliz… te lo daré. Y si después no quieres que me quede, no lo haré.

Anna apretó los puños sobre su yukata.

—No es justo que seas tú quien decida alejarse —susurró.

—Tú fuiste quien comenzó a irse —respondió él con ternura, sin reproche.

Anna lo miró.

Por fin.

Y en sus ojos, por primera vez, no hubo armadura.

Solo miedo.

Solo amor.

Solo ella.


Pero no dijeron más.

El fuego crepitaba entre ellos.

Y aunque nada se resolvió aún…

Ambos sabían que la decisión estaba cerca.

Ya no eran los mismos.

Ya no podían mentirse.

Y si el hijo venía… o no.

Lo importante era que, por fin, el deseo de tenerse… era mutuo.

Solo faltaba el valor para decirlo.