Capítulo 12 – Te elijo, sin condiciones

El cielo amaneció cubierto.

No llovía, pero el aire tenía ese peso suave de las mañanas en las que algo importante está por suceder. La casa entera parecía contener el aliento, como si los mismos muros supieran que estaban al borde de un desenlace.

Yoh había salido temprano al jardín. Se sentó en el banco de piedra frente al estanque, el mismo lugar donde había sentido por primera vez la energía de Anna en aquella fiesta lejana. Tenía las manos cruzadas sobre las rodillas, la mirada fija en el agua quieta.

No sabía si iba a hablar.

Solo sabía que ya no podía callar.


Anna lo encontró allí.

No porque lo buscara, sino porque su cuerpo la llevó hasta él. Como si una parte de ella supiera que no podía seguir evitando lo inevitable. Llevaba el cabello suelto y la yukata color humo que usaba solo cuando quería estar cómoda. Caminó hasta él y se detuvo a unos pasos.

Yoh alzó la mirada. No se sorprendió. No se movió.

Anna se sentó a su lado.

Pasaron unos segundos en los que solo se oía el agua levemente agitada por el viento.

—Lo he estado pensando —dijo ella, con voz baja—. Lo del hijo.

Yoh asintió, sin hablar.

—Pensé que si lo tenía, podía controlar lo que vendría después. Que podía planear cada emoción, cada consecuencia. Que sería mío… solo mío. Y que no dolería si algo salía mal.

—¿Y ahora?

—Ahora… no puedo imaginarlo sin ti.

Yoh cerró los ojos.

Solo un instante.

—Yo también lo he pensado —dijo—. Y llegué a la conclusión de que podría dártelo. Alejarme si así lo querías. Desaparecer.

Anna apretó la mandíbula.

—¿Lo harías?

—Sí —dijo, con total sinceridad—. Porque si eso te hacía feliz, lo aceptaría. Incluso si a mí me rompía.

Ella lo miró. Por fin. De frente.

Y lo entendió.

No era una promesa.

Era amor.

El tipo de amor que no exige. Que no fuerza. Que no condiciona.

Anna tragó saliva.

—No me romperías si te fueras.

—Lo sé.

—Me rompería si te quedaras… sin querer quedarte.

Yoh sonrió. Apenas. Como si la última pieza hubiera caído en su lugar.

—Entonces tengo que decirlo.

—¿Qué?

—Quiero quedarme.

Anna parpadeó.

—No por el hijo. No por el acuerdo. No porque me necesites. Sino porque quiero vivir contigo. A tu lado. Pelear contigo. Reír contigo. Dormir contigo. Si tenemos un hijo, lo criaré contigo. Pero si no lo tenemos, seguiré aquí. Porque lo que más quiero... eres tú.

Anna lo miró sin hablar.

Y por un momento, temió no saber cómo responder.

Pero entonces, sin ceremonia, sin dramatismo… simplemente se recostó sobre su hombro.

Yoh envolvió sus dedos con los de ella.

Y el mundo, por fin, encajó.


No hubo beso.

No hubo lágrimas.

Solo una verdad que se instaló en el silencio.

La decisión estaba tomada.

Ya no por miedo.

Ya no por deseo.

Sino por elección.

Te elijo. Sin condiciones.