Epílogo – Donde todo florece

El jardín estaba en flor.

No las flores espectaculares que llamaban la atención de los viajeros, sino las suaves, las discretas. Musgo esmeralda cubría las rocas como terciopelo antiguo. Las glicinas caían como cortinas púrpura desde el enrejado, y una brisa leve sacudía las hojas con un susurro apenas perceptible. El estanque reflejaba un cielo de nubes lentas, y en el aire flotaba el aroma de la tierra húmeda, del bambú recién cortado, de la vida en su forma más simple.

Anna caminaba despacio entre los senderos de piedra.

Vestía una yukata color crema, sin adornos, su cabello recogido en una trenza suelta que le rozaba la espalda. Sus pies descalzos tocaban el suelo con suavidad, como si pidiera permiso con cada paso.

Yoh caminaba a su lado, sin prisa, las manos juntas detrás de la espalda. Su presencia era un remanso, una constante. A veces la miraba de reojo. A veces solo contemplaba el movimiento de las ramas, el canto tenue de un pájaro lejano.

No hablaban.

No era necesario.

En medio del paseo, Anna se detuvo frente al cerezo joven, el mismo donde lo había visto por primera vez. El árbol aún no florecía, pero sus brotes eran promesa. El sol atravesaba su copa desnuda, dibujando sombras sobre el rostro sereno de Anna.

Fue entonces cuando, con un gesto simple, colocó ambas manos sobre su vientre.

Su abdomen redondeado sobresalía bajo la tela ligera. No exagerado, pero evidente. Visible como una declaración silenciosa: estamos esperando.

Los dedos se deslizaron con ternura por la curva de su vientre. No había duda en su gesto. Solo calma, expectativa… y una profunda conexión con lo que crecía dentro.

Yoh se acercó.

No dijo nada.

Solo se colocó detrás de ella y pasó un brazo por su cintura, el otro sobre sus manos. Juntos, respiraron al ritmo de la vida que habían creado. Sin promesas forzadas. Sin pactos.

Solo ellos.

Y un nuevo corazón latiendo dentro de ella.

Las glicinas se mecieron, como si el viento también celebrara en silencio.

Donde una vez hubo distancias, ahora florecía algo sagrado.

Y en ese jardín, que había sido testigo de un acuerdo, de un encuentro, de una batalla, y de una entrega...

...ahora germinaba lo más simple y profundo de todo:

Una familia.