Gran salón, Mansión Phantomhive — 10:38 p.m.

Las luces volvieron a su brillo tenue, los murmullos regresaron como olas bajas a la orilla y la música del cuarteto reanudó su curso. Todo, como si aquel espectáculo que desafiaba las leyes de lo tangible hubiera sido sólo un exquisito acto teatral. Pero no para Dominick.

Él descendió los peldaños del pequeño escenario como si en cada uno de ellos el alma volviese lentamente a su cuerpo. Sus botas resonaron con un eco sordo mientras se mezclaba otra vez entre los invitados, cada uno con una copa, cada uno con una máscara... todos ocultos, todos ciegos. Él, sin embargo, acababa de ver algo que no se podía olvidar.

Se dejó caer en una silla cercana al extremo del salón, el sudor bajándole por la nuca y empapando el interior de la chaqueta prestada. Su respiración era errática, como la de un hombre que acaba de salir del agua tras haber estado demasiado tiempo sumergido.

Sus ojos perlados, tan serenos usualmente, ahora vagaban en el vacío del desconcierto. "¿Qué demonios había sido eso?" Las espadas entraron, ¡las sintió! El frío del metal, la presión, la punzada quemante…

¿Entonces por qué estaba entero?

¿Por qué no había sangre, ni herida, ni siquiera un rasguño? ¿Y por qué sentía todavía el dolor fantasmal en su estómago, latiendo como una advertencia que no sabía descifrar?

Había creído en ilusiones, había leído sobre trucos y falsos compartimientos. Pero esto… esto no fue una ilusión.

Eso fue real.

El mundo pareció vibrar una vez más cuando una sombra se proyectó sobre él.

—No parece disfrutar del espectáculo, señor Levin - dijo una voz suave, aguda, con esa musicalidad estudiada que no sonaba jamás casual

Dominick alzó la mirada… y lo vio.

El conde.

Ciel, con su máscara de halcón ahora retirada, los ojos tan fríos como la porcelana azul, lo miraba con una sonrisa leve, ambigua. En su mano, una copa que apenas había tocado. A su lado, como siempre, aquel ser imposible de ignorar: Sebastian, el zorro enmascarado, sosteniendo una bandeja de plata.

Ciel: ¿O es que acaso…- añadió, con una elegancia punzante - …esperaba otro tipo de función?

Dominick apretó los labios por un instante. No podía dejar que notaran el temblor que sentía en los dedos ni la marea en su garganta. Se recompuso. Alzó la vista, le sostuvo la mirada con una sonrisa medida, y contestó con voz firme, aunque un tanto más baja de lo usual:

Dominick: Ha sido… impresionante. Nunca había estado en un espectáculo así

Ciel: ¿No? - ladeó la cabeza, sus ojos recorriéndolo de arriba abajo, como midiendo cada palabra que no decía - Me halaga que justo alguien tan reservado como usted se ofreciera a participar… Aunque claro, no parecía muy dispuesto al principio

Sebastian rio suavemente, como quien observa una marioneta moviendo sus cuerdas sin saberlo.

Dominick se permitió una leve sonrisa, forzada y diplomática.

Dominick: He pensado que no estaría bien rechazar al anfitrión, y además… admito que me sorprendió la seguridad del mayordomo. Jamás me hubiese ofrecido si no lo hubiese visto tan confiado

Sebastian: Oh, sí… - intervino, inclinando apenas la cabeza - Me enorgullece que confíen en mí. Siempre me aseguro de que cada corte... - y su mirada se oscureció un instante, apenas perceptible - ...sea perfectamente ejecutado

Dominick sintió un escalofrío subiéndole por la columna. Apretó el puño. El aire, que antes le era escaso, ahora se tornaba espeso.

Dominick: Bueno, no quiero interrumpir - dijo levantándose - Me encantaría probar un poco más de ese vino. Me ayudaría a… relajarme

Ciel lo observó con fijeza, sin detenerlo, pero justo antes de que diera un paso para marcharse, dejó caer una frase suave, como un anzuelo en aguas oscuras:

Ciel: ¿Sabe, señor Levin...? No todos los que entran al armario... vuelven a salir

Dominick se detuvo en seco.

Sebastian pasó a su lado, ofreciéndole una copa limpia con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos.

Sebastian: Una copa más, monsieur... para brindar por su resistencia

[…]

Ala oeste de la mansión Phantomhive — 10:45 p.m.

El eco de los zapatos de Ciel resonaba con precisión matemática sobre los suelos de mármol, sus pasos apenas audibles bajo la música del salón principal que comenzaba a desvanecerse. Se había separado del gentío como quien abandona una obra cuyo desenlace ya conoce. Detrás de él, Ran-Mao cerraba las puertas con su habitual silencio, mientras Lau permanecía de pie en un rincón de la penumbra, su abanico de papel agitado con aburrimiento fingido.

Lau: Ya ha visto lo que quería ver, conde... ¿no es así? - comentó con una sonrisita, apenas inclinando el rostro hacia la semioscuridad

Ciel no respondió. Se detuvo frente a una enorme vitrina que daba a los jardines traseros, cubiertos de niebla. Las luces exteriores marcaban los senderos, pero no llegaban al bosque lejano.

Ciel: Dominick Levin… - murmuró finalmente, dejando que el nombre flotara en el aire - Sabía que no vendría solo por cortesía. Nadie lo hace

Lau: ¿Sospecha algo? - se estiró, bostezando con teatralidad

Ciel: Sospecha todo - respondió con una seriedad que calaba el ambiente - No creyó en el truco. Creyó en el filo. Sintió que lo atravesaba. Lo vi en sus ojos… Y aún así está aquí, respirando, dudando de lo que es posible. Me agrada

Lau: ¿Lo hará desaparecer como a los otros? - preguntó sin rodeos, mientras Ran-Mao, quieta como una estatua, no despegaba los ojos de Ciel

El conde giró apenas el rostro, mostrando una media sonrisa cargada de algo muy parecido al desprecio.

Ciel: ¿Y para qué haría eso…? - susurró - Todavía no ha mostrado su verdadera cara. No se lanza una red antes de saber si el pez es un leviatán o una sardina

Se giró por completo y caminó hacia una puerta oculta en la pared oeste, la cual sólo se abría al empujar un relieve específico en forma de rosa. Una vez dentro, encendió una lámpara de aceite sobre el escritorio. El cuarto era pequeño, lleno de papeles, mapas, recortes de periódico y varios sellos de cera quebrada.

Sacó una carpeta con su nombre en tinta negra: Dominick Vasilievich Levin.

La arrojó sobre la mesa y se sentó. Abrió la carpeta y hojeó con rapidez, sus dedos enguantados marcando ciertos párrafos con rapidez militar.

Ciel: Hijo de Vasili Konstantinovich Levin, catedrático en la Universidad Imperial de San Petersburgo. Madre, Anastasia Mikhailovna Volkova fallecida por causas poco claras junto a su hijo menor Mikhail Vasilievich Levin. Entrenado en esgrima desde los doce, enviado a internados en Siberia… conexiones con la familia Endicott, acceso restringido a archivos del Parlamento… y… ah…- se detuvo, sus ojos afilados centrándose en una línea escrita a mano - …contacto indirecto con Scotland Yard tras el incendio de la biblioteca Whitechapel…

Cerró el archivo. Se inclinó hacia atrás, sus dedos entrelazados delante del rostro.

Ciel: Tiene motivación. Tiene medios. Y sobre todo… curiosidad. Ese tipo de hombres mueren o se convierten en enemigos útiles… - murmuró - Veremos qué elige ser él

Una suave risa resonó en la habitación al momento que Sebastian entró, como salido de la sombra misma, quitándose los guantes ensangrentados y limpiando la última gota de vino —o quizás algo más espeso— de su mejilla con una servilleta de lino impecable.

Sebastian: ¿Y bien, Bocchan? ¿Le invito a "accidentalmente" perderse por los corredores prohibidos de la mansión, o prefiere que me encargue de que se "retire por voluntad propia"?

Ciel apoyó un dedo en su labio inferior, pensativo. Luego alzó la mirada.

Ciel: Déjalo suelto, Sebastian. El ratón buscará el queso por su cuenta. Lo que no sabe es que está atrapado en una mansión donde cada muro tiene oídos… y cada sombra, dientes

Sebastian sonrió con deleite, haciendo una reverencia teatral.

Sebastian: Yes my lord

[…]

Gran salón de la mansión Phantomhive — 10:50 p.m.

El vino aún le quemaba la garganta.

No por su temperatura, ni por su cuerpo... sino por lo que representaba: una línea que había cruzado. Una señal de que ya no podía dar marcha atrás.

Dominick se desliza entre los invitados, su nueva máscara cubriendo apenas el gesto de tensión en sus labios. A la distancia aún se oyen los acordes del cuarteto de cuerdas, los murmullos de aristócratas y las risas nerviosas que siguieron al "gran truco".

Pero él no está para fiestas. No más.

Una hora.

"Una hora antes de la medianoche", pensó mientras rodeaba uno de los pilares laterales que marcaban el límite del gran salón. Justo allí se abría un pasillo oscuro, revestido de madera negra y alfombra de terciopelo. Aparentemente sin importancia.

Y eso lo hacía perfecto.

Dominick avanzó despacio, asegurándose de que nadie lo siguiera. No escuchaba pasos. No sentía presencias. Y sin embargo... la mansión parecía respirar detrás de cada puerta cerrada.

Cada cuadro en la pared lo miraba como si supieran más de lo que mostraban.

"¿Qué guardas, Phantomhive?", pensó, rozando la empuñadura oculta de una daga corta bajo la chaqueta. No pensaba usarla. Aún no. Pero necesitaba recordarse que estaba preparado.

El primer cuarto que abrió estaba vacío: un salón de lectura, aparentemente sin usar. Polvo sobre los libros. Nada extraño.

El segundo, una sala de música. Un violín abandonado junto al atril, con una partitura de Bach mal colocada. Pero el aire ahí olía… distinto. A incienso.

Lo anotó mentalmente.

Siguió su marcha hasta detenerse frente a una puerta doble, distinta a las anteriores.

Más gruesa. Más cuidada. Más cerrada.

Cerrada con llave.

Y esa era señal suficiente.

Miró a ambos lados. Aún solo.

Sacó un pequeño estuche negro del interior de su chaqueta.

Las ganzúas.

Herramientas de precisión. Dominick no era un ladrón… pero se había entrenado para desarmar puertas, como desarmaba verdades.

Insertó la primera, luego la segunda. El clic fue suave.

Demasiado suave.

La puerta cedió… y al abrirla, una brisa fría le golpeó el rostro.

La habitación estaba completamente a oscuras, salvo por un débil resplandor azul que venía del fondo.

Entró, cerrando suavemente tras de sí.

La alfombra era mullida, absorbía el sonido de sus pasos. El lugar tenía aroma a cera derretida, como si alguna vela se hubiese apagado minutos antes.

Avanzó.

Y allí, sobre un atril, encontró algo que le heló la sangre.

Un libro.

No cualquier libro.

Era un cuaderno de tapa dura, con el símbolo del león rampante de la corona británica grabado a fuego.

Y en la esquina…

La firma de Arthur Conan Doyle.

Dominick contuvo la respiración.

"¿Qué demonios hacía eso allí?"

Antes de que pudiera abrirlo, algo se movió detrás de él.

Un leve crujido.

Se volteó.

La puerta seguía cerrada. No había nadie a la vista.

Pero sobre la pared a su derecha… una sombra se movió. Rápida. Como si algo se hubiese deslizado por el techo.

Algo vivo.

Y entonces, justo antes de girarse completamente, una voz siseante interrumpió el silencio:

—¿No es muy tarde para leer, señor enmascarado…?

Dominick retrocedió, y en la penumbra apareció una figura.

Snake.

En brazos, una serpiente blanca con diseños anaranjados que lo miraba fijamente, sacando la lengua.

Snake: Oscar dice que no deberías estar aquí…y Emily también - agregó con tono plano, como si lo dijera por cortesía

Dominick se tensó.

Sabía que no debía subestimarlo.

Tenía el tiempo encima. Una especie de lista firmada por Doyle en manos del Conde… y ahora un extraño joven que hablaba por serpientes.

Dominick no tenía otra opción.

La mirada inexpresiva de Snake no le ofrecía escape, y las serpientes que asomaban sobre sus hombros siseaban con impaciencia. Una de ellas, una esbelta de escamas verde petróleo que él llamó "Oscar", giró su cabeza y mostró los colmillos.

Snake: Eres un intruso… dice Oscar - murmuró, ladeando apenas el rostro - ...parece que es hora de actuar… dice Emily

Dominick dio un paso atrás, deslizando lentamente la mano hacia el interior de su chaqueta.

Dominick: No quiero hacerte daño, muchacho… pero necesito esa lista - su tono era calmo, pero sus dedos ya rozaban la empuñadura de la navaja francesa - no me obligues a usar esto

Snake no parecía impresionado. No parecía sentir temor… ni comprensión. Solo obediencia a algo que no se veía a simple vista.

Snake: Black dijo que nadie debía entrar aquí… nadie que no fuera de la casa… dice Wordsworth

Dominick: No me importa lo que haya dicho ese tal Black - escupió con impaciencia - sé que el conde guarda secretos. Quiero saber por qué él estuvo interesado en él. ¡Solo eso!

Una pausa…

El siseo de las serpientes subió de tono.

Y en un instante, sin más palabras, el enfrentamiento comenzó.

Snake apenas hizo un gesto con la cabeza, y como una orden silenciosa, cuatro serpientes saltaron desde sus mangas, sus bolsillos, su cintura, arrojándose sobre Dominick con una agilidad inhumana. Dominick retrocedió veloz, desenfundando su navaja y abriendo un corte limpio en el aire, obligando a una de las criaturas a replegarse. Luego, sin perder el ritmo, sacó su revólver y apuntó.

¡Bang!

El disparo rompió el silencio como un trueno. Una serpiente saltó al suelo, ilesa: el disparo había sido desviado por otra que golpeó su brazo antes de que pudiera apuntar con precisión.

Las serpientes se enroscaron en sus piernas, en su cintura, en sus brazos. Y entonces ocurrió.

Una de ellas —la más grande, negra con bordes redondeados de tonos dorados— saltó directo a su cuello.

Mordida.

El dolor fue agudo, ardiente. Como si le hubiesen inyectado fuego.

Dominick cayó de rodillas. Sus dedos soltaron el revólver. La navaja cayó al suelo. Su visión comenzó a fallar… la oscuridad llegó como una niebla.

Snake no dijo nada. Solo lo observó, como si esperara algo. Como si todo estuviera bajo control.

Y luego, el abismo.

[…]

Dominick despertó de golpe.

Estaba en el salón.

La música seguía sonando.

Las luces brillaban.

Y su copa de vino… vacía.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Su respiración estaba agitada, su cuerpo sudado, pero no tenía heridas. No había marcas. No había sangre. Y su chaqueta seguía en su sitio, limpia.

Miró alrededor. Nadie lo observaba.

Todo parecía normal.

Pero él sabía lo que había sentido.

Dominick: ¿Fue un sueño…? - murmuró para sí, llevando la mano a su cuello. Nada

Y entonces, entre la multitud, vio a Snake.

Estaba tranquilo. Conversando con Mey-Rin, su expresión apagada como siempre. Sus serpientes se deslizaban por sus brazos, plácidas.

Una de ellas, la verde, giró lentamente la cabeza… y lo miró.

Dominick se congeló.

Aquellos ojos negros.

Lo sabían.

Todo se lo decía: eso no fue un sueño.

Fue un mensaje.

Una advertencia.

Y ahora... le quedaba menos de una hora.

[…]

Dominick frunció el ceño con impotencia.

A pesar de sus múltiples intentos por perderse entre los pasillos de la mansión Phantomhive, siempre terminaba tropezándose con algún sirviente. Mey-Rin le ofrecía direcciones con torpeza, Bardroy le preguntaba si buscaba la salida hacia el salón, Finnian lo saludaba con un entusiasmo sospechoso cada vez que pasaba cerca del jardín interior… incluso Tanaka, con su andar silencioso y té en mano, parecía aparecer siempre en el momento menos oportuno.

Y Snake… Snake lo observaba desde las sombras con ojos que no eran del todo suyos.

No tuvo más remedio que rendirse.

A cada intento debía improvisar excusas cada vez menos convincentes. Que se había perdido, que buscaba el baño, que quería admirar la arquitectura… y aunque nadie lo confrontó directamente, tenía la sensación de que lo vigilaban más de lo que aparentaban.

Llegada la medianoche, los invitados comenzaron a abandonar la mansión uno a uno.

Las despedidas eran suaves, acompañadas de reverencias, ligeras carcajadas diplomáticas y promesas que nadie cumpliría jamás.

El aire se sentía menos denso con cada carruaje que se alejaba por el empedrado.

Dominick estaba agotado.

Sus músculos dolían, su cabeza latía con cada paso, y lo invadía una extraña sensación de haber estado despierto demasiado tiempo… aunque no recordaba haber dormido.

Se incorporó con la intención de marcharse discretamente cuando la voz grave de Sebastian lo detuvo desde la distancia.

Sebastian: Señor Levin…

El mayordomo se acercó con esa serenidad etérea que lo hacía parecer más un espejismo que un hombre.

Sebastian: Le ruego que se quede unos minutos más. El Conde desea hablar con usted una vez que todos los invitados se hayan marchado

Dominick dudó.

Una punzada de alarma se encendió en su pecho. ¿Qué podría querer ese niño extraño de él?

Pero no podía negarse, no ahora, no con esa mirada roja clavada sobre su rostro.

Asintió sin decir palabra, y volvió a sentarse.

Poco a poco, el salón quedó casi vacío.

Solo permanecían Lau —reclinando su rostro tras el abanico de papel— y Ran-Mao, quieta como una estatua, irreal en su inmovilidad.

El ambiente había cambiado. Ya no había música. Solo el leve crepitar de una vela moribunda.

Entonces apareció el Conde.

Desde el piso superior descendió Ciel, acompañado por su bastón de cabeza plateada y una mirada más severa de lo usual.

Sus pasos eran ligeros, pero cada uno resonaba como si marcara un destino.

Se detuvo frente a Dominick, con las manos a la espalda y el porte de alguien que ha aprendido a ser un hombre entre los monstruos.

Ciel: Te agradezco que hayas esperado - comenzó, con su tono grave y controlado - Pareces… agotado. ¿Acaso no disfrutaste de la velada?

Dominick vaciló.

Dominick: No era necesario que me quedara, de verdad. Estoy agradecido por la invitación pero—

Ciel: No te vi reír ni una sola vez

Ciel lo interrumpió con una franqueza desarmante.

Lo miró con sus ojos fríos… pero al segundo, su expresión cambió. Una leve sonrisa infantil —casi artificial— se dibujó en su rostro.

Ciel: Y eso no es justo. Esta velada fue también para ti

Dominick sintió algo tensarse en su interior. Esa sonrisa…

Tenía algo que no encajaba.

Ciel: Quisiera invitarte a quedarte esta noche - dijo, girando apenas el rostro con un ademán de cortesía - Como agradecimiento por tu asistencia… y porque sería descortés dejarte partir así, con ese semblante sombrío

Dominick: Agradezco la consideración, pero… de verdad no es necesario - insistió él, con tono educado pero firme - No tengo ropa para dormir, ni—

Ciel: No te preocupes por eso - la voz de Ciel se volvió más aguda, casi alegre - Mi mayordomo, Sebastian, se encargará de darte todo lo que necesites

Sebastian inclinó levemente la cabeza desde donde se encontraba, apenas a un par de pasos detrás del conde.

Sus ojos carmesí se cruzaron con los de Dominick, y algo en ellos lo hizo tensarse, como si aquel hombre supiera no solo lo que pensaba…

Dominick tragó saliva con fuerza.

El eco del nombre de Sebastian resbaló como un cuchillo afilado por su columna vertebral.

La sonrisa de Ciel era dulce… pero no inocente.

No completamente.

Ciel: Mi mayordomo se encargará de todo - repitió el joven con tono ceremonioso, como si fuese parte de una coreografía que conocía de memoria

Sebastian: Con gusto - añadió el demonio, apareciendo a su lado como si hubiese estado allí todo el tiempo. La sonrisa de Sebastian era tranquila… pero había algo en ella que hacía que a Dominick se le secara la garganta - Será un placer atenderle, Señor Levin - dijo con voz baja, tan suave como el terciopelo, tan oscura como la tinta más negra

Tragó saliva.

El silencio se hizo espeso por un instante. Ciel lo observó con una ceja ligeramente arqueada, como esperando una negativa que no pensaba permitir.

Dominick no podía rechazarlo.

No sin levantar sospechas. No ahora.

Dominick: Muy bien… - murmuró finalmente, sin mirarlo a los ojos

Ciel: Perfecto

Sebastian: Prepararé una habitación con todas las comodidades… y la ropa de dormir más adecuada para su complexión. ¿Prefiere lino o algodón?

Dominick: Yo…

Dominick se quedó en blanco por un segundo.

Sebastian ya lo había rodeado con una deferencia perfecta, una sonrisa tenue en los labios.

Sebastian: No se preocupe. Puedo tomar sus medidas a simple vista

El conde asintió satisfecho y giró lentamente, subiendo de nuevo las escaleras con paso ligero.

Ciel: Lo veré en la mañana, señor Levin - su voz era monótona, casi soñolienta, pero al final se volvió a mirarlo y agregó con una entonación que no admitía réplica - Duerma bien

Dominick se quedó allí, quieto…

Sintiéndose como una pieza que había sido movida en un tablero que aún no entendía.

Lau observaba toda la escena desde un rincón, su abanico en alto, ocultando la mitad inferior del rostro.

Ran-Mao permanecía a su lado, como una estatua.

Dominick no supo si fue su imaginación… pero juraría que Lau susurró algo mientras lo observaba:

Lau: Ya caíste…

A su lado, Sebastian inclinó levemente la cabeza y extendió una mano.

Sebastian: Por aquí, por favor. Le mostraré su habitación, Señor Levin. Y si lo desea… puedo preparar algo caliente antes de dormir

Dominick no respondió. Solo lo siguió.

Sabía que esa noche no iba a dormir.

[…]

El eco de sus pasos se mezclaba con el leve murmullo del viento nocturno, que apenas lograba filtrarse por las altísimas ventanas del pasillo. Dominick caminaba un par de pasos detrás de Sebastian, incapaz de ignorar la extraña sensación que tenía al observar su espalda recta y su andar elegante… como si ese mayordomo jamás pisara realmente el suelo, como si flotara con la sombra misma de la casa.

Dominick: ¿Puedo preguntarle algo? - dijo finalmente, con voz baja, más para llenar el silencio que por auténtico deseo de conversar

Sebastian: Por supuesto - respondió sin mirar atrás, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde hacía siglos

Dominick: ¿Usted… duerme alguna vez?

Sebastian soltó una ligera risa nasal, elegante y suave, como un roce de terciopelo.

Sebastian: Solo cuando Bocchan lo permite. Pero esta noche, parece que mi descanso tendrá que esperar

Dominick: ¿Qué fue lo que me hiciste antes? - la pregunta salió apenas como un susurro, cargada de miedo y rabia - ¿Fue real? Lo de la caja… Las espadas…

Sebastian se detuvo. Lentamente, muy lentamente, giró apenas el rostro sobre su hombro.

La media sonrisa seguía en sus labios, pero sus ojos… sus ojos ahora ardían como brasas bajo una luna nueva.

Sebastian: ¿No era usted un escéptico, Señor Levin? - su voz era apenas un murmullo… pero cada palabra golpeaba como una campana en una cripta - Tal vez fue magia… tal vez fue un sueño. O quizás… - se giró por completo. La sombra del candelabro oscilaba sobre su rostro - …simplemente no está listo para entender

[…]

Llegaron a la cocina.

Sorprendentemente silenciosa para su tamaño, el lugar estaba inmaculado. Cada utensilio brillaba, cada frasco de especias estaba perfectamente alineado. Dominick pensó que era casi antinatural. Hasta el fuego de la chimenea ardía con una disciplina exacta.

Sebastian se acercó con parsimonia al área de preparación. Sus movimientos eran tan precisos que daban la impresión de una coreografía ensayada hasta la perfección. Tomó una pequeña olla de porcelana, una jarra de leche fresca y un pequeño tarro de cristal que contenía… ¿canela?

Sebastian: Pensé que una bebida cálida y especiada sería apropiada para ayudarle a conciliar el sueño - dijo mientras vertía la leche con elegancia - Después de todo, su pulso aún está acelerado

Dominick lo observó con el ceño fruncido.

Dominick: ¿Cómo sabe eso?

Sebastian no respondió. Se limitó a sonreír de forma sutil mientras encendía la hornilla. El aroma empezó a llenar la cocina… leche, canela, un toque de nuez moscada. Algo tan sencillo, pero que se sentía extrañamente íntimo. Demasiado perfecto.

Sebastian: Añadiré un toque de miel y unas gotas de vainilla natural. Dulce, pero no empalagoso. Así es como el joven amo prefiere su bebida nocturna. Confío en que también será de su agrado

Dominick no respondió. Solo observó cómo vertía el líquido humeante en una delicada taza de porcelana blanca con bordes dorados. Era el tipo de taza que parecía más adecuada para una muñeca de porcelana que para un adulto humano.

Sebastian se giró y, con una leve reverencia, le extendió la bebida. Dominick la tomó con cierta desconfianza.

Sebastian: No contiene nada que deba preocuparle - aseguró el mayordomo, con una sonrisa tan limpia que era imposible creerle del todo - Salvo, claro, por el insomnio que le provocará preguntarse si en realidad no contiene algo más

Dominick alzó la vista, pero Sebastian ya le daba la espalda.

Sebastian: Ahora… si me sigue, le mostraré su habitación

[…]

Los pasillos volvieron a envolverlos, esta vez más silenciosos, más oscuros. Las luces eran más tenues, más distantes, como si la mansión hubiera decidido dormir con un ojo abierto. El ambiente había cambiado… como si la casa misma respirara diferente ahora que no quedaban más invitados.

Dominick sostuvo la taza con ambas manos. La bebida estaba caliente… y sí, deliciosa. Pero cada trago se sentía como un juego peligroso. Como si aceptarla fuese otro paso dentro de una danza que ya no podía evitar.

Finalmente, se detuvieron ante una gran puerta de madera oscura.

Sebastian la abrió con suavidad y extendió un brazo para invitarlo a entrar.

Sebastian: Todo ha sido dispuesto para su descanso, señor Levin. Ropa adecuada, toallas frescas, agua caliente y… si me permite el atrevimiento, una selección de libros de nuestro joven amo. Espero que alguno de ellos le resulte… revelador

Dominick entró, aún bebiendo el último sorbo de su taza.

Sebastian: ¿Desea un poco más de té para relajarse? - preguntó, colocando con precisión una bandeja de plata sobre una mesa baja

Dominick: No gracias. Estoy bien

Sebastian ladeó levemente la cabeza.

Sebastian: Entiendo. Entonces le dejaré descansar. El Conde le recibirá en el desayuno

Dominick: ¿Y usted…? ¿Estará cerca?

Sebastian lo miró desde el umbral, con una sonrisa tan medida que resultaba casi trágica.

Sebastian: Siempre estoy cerca, señor Levin

Y con eso, cerró la puerta.

La habitación era exquisita. Amplia, decorada con un estilo victoriano sobrio y elegante. En la mesita de noche descansaban tres libros. Uno de ellos, curiosamente, era de Arthur Conan Doyle.

Dominick tragó saliva. La bebida aún le calentaba el pecho… pero el frío que se le instaló en la espalda no venía de la noche.

Él lo sabía.

Había entrado al corazón de algo más profundo de lo que esperaba.

Y ahora, no había forma de salir sin dejar algo de sí en el proceso.

[…]

Mansión Phantomhive, Habitación del conde — 1:50 a.m.

La luna colgaba alta y pálida, colándose entre las cortinas pesadas de la habitación del joven conde.

Un silencio pulcro, casi sagrado, reinaba allí adentro, apenas interrumpido por el sutil roce de telas al ser desabotonadas. Las delicadas manos enguantadas de Sebastian deslizaban con precisión clínica la chaqueta azul oscuro del traje de su amo, colocándola sobre el respaldo del sillón con la misma reverencia con que uno deposita una ofrenda.

Ciel permanecía quieto, como una estatua pensativa, mientras Sebastian lo desvestía.

Ciel: ¿Está todo en orden? - preguntó en voz baja, con la mirada perdida en el ventanal, donde la luz de la luna bañaba el jardín cubierto de sombra

Sebastian no tardó en responder.

Sebastian: Sí, Bocchan. Todos los invitados han sido conducidos a sus respectivas habitaciones. El señor Lau y la señorita Ran-Mao han sido ubicados en la zona este, y el señor Levin en el ala norte, tal como dispuso

Ciel ladeó apenas la cabeza, permitiendo que Sebastian le soltara el cuello de la camisa con el mismo cuidado con que uno abre las páginas de un libro antiguo.

Ciel: ¿Y qué impresión te dio? - preguntó entonces, con un matiz de tedio mezclado con curiosidad - ¿Crees que sospecha algo?

Sebastian bajó ligeramente la mirada, pero en sus ojos brillaba una chispa divertida.

Sebastian: Es inteligente. Sus movimientos son medidos, pero todavía se comporta como un hombre que cree tener el control. Eso lo hace entretenido… como una presa que aún no sabe que ya ha pisado la trampa

Ciel sonrió de lado, breve, sin mostrar dientes.

Ciel: Bien. No me interesa que muera... aún

Sebastian, arrodillado para desabrochar las botas del conde, alzó la vista con un destello en su mirada carmesí.

Sebastian: ¿Desea que lo vigile esta noche?

Ciel: Sí - respondió sin titubear - No quiero que se largue antes de tiempo… y tampoco quiero que se duerma del todo

Sebastian ladeó la cabeza, como un felino que ha oído un sonido curioso.

Sebastian: ¿Debo entretenerlo, entonces, Bocchan?

Ciel: Haz lo que consideres necesario - dijo mientras se dejaba colocar la bata de dormir sobre los hombros - Siempre que no lo mates, claro

Sebastian se puso de pie con una elegancia letal. Su sombra, proyectada por la lámpara, se alargaba en la pared como si tuviera vida propia.

Sebastian: ¿Solo jugar, entonces? - musitó él, como si saboreara la palabra

Ciel: Solo jugar - repitió, dándose la vuelta y caminando hacia la cama - Quiero ver cuánto puede aguantar antes de romperse

El silencio se hizo de nuevo. Un silencio tan espeso que parecía contener aliento. Sebastian caminó hacia la ventana y corrió apenas una rendija de la cortina, observando el ala norte de la mansión. Donde Dominick yacía… o fingía hacerlo.

Sebastian: Entonces jugaré con él, hasta que pierda la noción de qué parte de esto es juego… y cuál es caza

Ciel: Eso espero - dijo mientras se metía entre las sábanas - Quiero ver de qué está hecho ese tipo

Sebastian: ¿Y si se quiebra demasiado pronto? - preguntó, con una sonrisa pálida que apenas mostraba los colmillos

Ciel: Entonces hazlo soñar con que está a salvo. Dale una falsa salida - murmuró, girando para acomodarse en su almohada - Y luego tráelo de vuelta a su propia perdición

Sebastian se inclinó en una elegante reverencia.

Sebastian: Yes, my lord. Esta noche… le enseñaremos que no todo lo que se arrastra en la oscuridad es un sueño

Y con eso, desapareció en la sombra que proyectaba el marco de la puerta.