LAS DESAPARICIONES

XII

Noviembre 28 año 1807

ISABELLE

Y ASÍ, LO QUE TENÍA QUE SUCEDER, SUCEDIÓ.

Hoy, tras la función dramática de anoche, consecuencia directa de aquello-que-tenía-que-pasar, por quizás primera vez en mi vida desperté minutos después de que el reloj sobre mi chimenea marcara el mediodía.

Me senté sobre mi cama, algo aturdida y con un ritmo que me pareció bastante lento, logré dejarla. Me acerqué a mis ventanas y abrí las pesadas cortinas para dejar que entraran los rayos de sol y me dejaran ver un poco más claro.

Mientras observaba mi cuarto siendo iluminado por la luz de la tarde, me tomó un tiempo tomar conciencia de que las cosas habían cambiado, y de que algo aún más incómodo se terminó de destapar anoche.

Creo que es muy particular el hecho de haber nacido dentro de una familia. De una cualidad azarosa. Es como una especie de cruel sorteo en donde tienes que asumir lo que te toque.

Esto no debería ser una revelación para nadie, pues es bastante obvio que nadie escoge a sus padres y, por consecuencia, los padres no pueden escoger a sus vástagos.

Creo que si a mi madre le hubiesen dado la oportunidad, ciertamente YO no habría sido su primera opción... ni la segunda ni la tercera...

Anoche, como siempre, ella me rechazó. Casi me había carbonizado con su ira para después expulsarme con su usual frialdad. Simplemente nada iba a cambiar entre nosotras…

Bastante deprimente ¿no?

Bien… cambiaré un poco de tema ya que este no trae ningún beneficio.

No sé si agradecerlo o no, pero cuando mis ojos dieron con mi escritorio, lo que yacía sobre este logró sacarme de aquel patético trance casi de inmediato.

Caminé hacia allí con premura. Tomé mi bolso y extraje uno de mis libros. Había olvidado que dentro de éste, mantenía prensada la carta de Emma.

Pensé de inmediato en llevarle la misiva a padre y debo confesar que fue bastante liberador. Al menos, lo ocurrido ayer trajo una recompensa: ya no tenía que continuar ocultando lo que sabía.

Me puse frente al espejo para cepillar y ordenar mi cabello. Tomé mi jofaina y vertí agua sobre el lavatorio para asearme y luego vestirme.

Antes de dejar mi cuarto, sostuve esa carta como si se tratara de un carbón encendido. Contemplé esa cápsula de perversidad unos segundos antes de sumergirla en el bolsillo de mi delantal y partí.

Me dirigía a la sala de lectura, ya que esperaba encontrar a mi padre allí dentro, pero por el rabillo de mi ojo vi su figura insinuándose por las puertas entreabiertas del comedor. Estaba de pie, bebiendo café y revisando variados papeles extendidos sobre la mesa. Recordé a Morgaine en la misma posición revisando nuestro trabajo sobre la mesa de su taller.

El miedo me seguía.

Continuaba preguntándome si ella estaría bien, en dónde… ¿Estaría con vida? ¿Terminaría como Ana? Recordaba su rostro y el día en que la vi por última vez, pensando a quién podría preguntar, qué preguntas podría hacer para llegar a ella. Sólo quiero sentir el alivio de verla de nuevo y bien.

Me asomé en el umbral, él alzó la vista antes de que yo dijera una palabra, quería darle las buenas tardes pero, no podía sacar a Morgaine de mi cabeza. Me pregunté ¿Era de tarde o de mañana la última vez que ella y yo hablamos?

"Buenas tardes" mi padre me preguntó, devolviéndome al presente y dedicándome una sonrisa distinta a la de siempre, como si no supiera exactamente cómo proceder conmigo "espero que hayas descansado lo suficiente, ya han pasado varias horas"

No supe qué decir en ese momento.

"Sí…" dudé "Nunca pensé que algún día despertaría a las horas del almuerzo" respondí de manera torpe. Él asintió.

"Nos extrañó no verte levantada, pero tú madre nos pidió que no interviniéramos" me explicó.

"¿Sí? ¿Y dónde está ella?" pregunté al mismo tiempo que una desagradable claridad mental me tomó como a una presa. Mi padre dijo que mi madre no estaba, entonces me di cuenta de que siempre sentí alivio ante aquella perspectiva, sentía alivio ante su ausencia.

"En su cuartel, atendiendo algunas diligencias" escuché decir a mi padre "dijo que volvería lo más pronto posible" agregó.

"Bien, es bueno saberlo" respondí, solo por responder algo, porque comencé a sentirme… no muy bien. Papá lo notó.

"¿Te sientes bien?" me preguntó con suavidad.

"Estoy triste" murmuré.

"No preguntaré por qué, creo ya estar al tanto" respondió asintiendo.

Agradezco tanto que en verdad él no sepa leer la mente. De pequeña llegué a pensar que de hecho sí lo hacía. Sería brutal que supiera la verdad, sobre cuán cómoda me siento cuando su amada Oscar no está cerca.

Cabizbaja, fui y me senté cerca de él.

"Al parecer tantas horas de sueño no te sientan bien" dijo, moviendo y situando su silla en frente de mí, sentándose en esta para observarme al mismo nivel.

"Es que todo ha cambiado entre nosotros" dije sin haber podido evitar esa respuesta tan incómoda: algo tenía que escaparse de mi garganta. Ya había ocultado una verdad indeseable sobre mi madre. No podía guardarme todo.

En un segundo noté que había dejado un pequeño brillo de sorpresa en su mirada, pero no me retracté: ya no quería guardar secretos y repetir el asfixiante patrón de antes "hace tiempo que ha cambiado nuestra relación, padre, de seguro lo ha notado" agregué.

Meditó por un segundo "No tan pronto como hubiese querido" se lamentó.

"Sé que no esperaban que yo hiciera todo esto, pero yo tampoco sabía lo que estaba haciendo, aunque sí lo sabía... fue... como si hubiese tomado decisiones por instinto." Dije revisando la impresión en su rostro.

"¿Instinto?"

"Si, lo desconocido me provoca un poco de náuseas ¿sabe?" dije bromeando, pero a la vez siendo completamente honesta. "Estaba tomando decisiones por mí misma pero, me sentí distinta, como si caminara calzando los zapatos de alguien más" expliqué. O lo intenté.

El sonrió.

"Quizás ese par de zapatos sí eran tuyos, solo que aún no los habías estrenado" dijo observando atentamente mi rostro "¿aún no se sienten cómodos?"

"Tengo miedo de volver a usarlos, me voy por caminos que no conozco" dije con el deseo de querer retraerme de todo lo que había descubierto.

"Demasiado tarde, ya no podrás quitártelos... Solo debes acostumbrarte" me dijo cómo si acostumbrarse fuera lo más simple de la vida, pero por otro lado, lo dijo con un brillo de complicidad que me animó un tanto, cómo si aceptara o aprobara esta veta recién descubierta, una que la mayoría consideraría inaceptable, porque descubrirte a ti misma te guía hacia sesgos de autonomía que nadie tolera en una niña.

Manteniendo su mirada sobre mí, algo nuevo pero a la vez de antaño se asomó, el conjunto en su cara parecía reflejar nostalgia. Me refiero a ese brillo en el rostro de los adultos cuando te dicen ¡por dios cuánto has crecido! "¿Hace cuánto tiempo…?¿Qué fue lo que hizo que todo cambiara entre tú y yo?" Retomó.

"Sería mejor no adentrarse en esos detalles" compasiva le respondí. Sabía que le dolería enterarse.

Él negó con un movimiento de su cabeza, con un gesto de obstinación. "Si intentas protegerme de mis errores, querida, te pido que no lo hagas: Quiero saberlo." Asertivo, dijo. Pero no me convenció.

"Por convención no suele ser correcto someter a juicio a la autoridad paterna" incómoda, continúe argumentando.

"Lo hiciste con tu madre anoche" bromeó.

"Si, padre, pensé que ella iba a darme una golpiza y ahora nuevamente usted me tienta a caer en una actitud quizás desafiante..."

"No vas a desafiarme, te lo estoy pidiendo, por favor"

Me quedé observando su rostro. Tomé aire y lo dije, pero mirando hacia un lado.

"Estaba enojada."

"¿Por qué?" Preguntó, cómo si ya esperara esa respuesta de mi parte.

Inhalé de nuevo.

"Usted me apartó" contesté, y aunque no había gravedad o un tono vengativo en mi voz, aunque no había intención de represalia al decir aquello, seguía siendo una acusación que tocaba un nervio sensible.

Y así fue, le dolió.

Lo sé porque trató de parchar ese nervio con su sonrisa de siempre "¿Yo? ¿De qué modo? He tratado todos estos años de mantenerte cerca."

"Usted dijo que si yo necesitaba hablar sobre algo que debía hacerlo con mi madrina, ¿recuerda?" agregué, algo temerosa, con esa combinación compleja de una sonrisa nerviosa.

Con un gesto de reconocimiento, como cuando ves el amanecer por primera vez y piensas que es tan grandioso haberlo descubierto, mi padre pareció recordar, y… no, está vez no fue tan grandioso haberlo descubierto. Su alma se alzó y luego se fue en picada. Su mirada entristeció y una vez más trató de disimular con los modos de simpatía tan bien aprendidos en la vieja escuela de su época.

Me sonrió, afirmó su postura y me observó un momento "Cierto" dijo en voz baja, asintiendo "lo recuerdo" agregó aclarando su garganta.

"Lo siento, papá... Yo no entendía qué estaba pasando... yo quiero mucho a mi madrina, pero no quería sustitutos..."

"Pensé que hacía lo correcto... Intenté hacer lo mejor que pude por ti, porque podía ver..." Intentó. Su voz se quebró, se obligó a pausar casi de inmediato, su mirada se concentró en el suelo. Aunque estaba impresionada por ver a mi padre así, me esforcé, podía ver que necesitaba tiempo. Finalmente, alzó su mirada y su atención regresó a mi "sabía que necesitabas a tu madre, Isabelle... y espero que algún día me perdones, porque sé que querías que hiciera algo para devolverla a ti... pero las cosas no funcionan de ese modo, querida mía" conmovido dijo.

"Papá…" intercedí, moviendo mi cabeza en negativa, un gesto doloroso se dibujó en él.

"Oh, mi pequeña, se desperdició tanto tiempo ¿En verdad ya han pasado diecisiete años?" Tomó mi rostro con una de sus manos, dejé que su consuelo se asentara, lo abracé y pronto me rodeó con sus brazos.

"Todavía estoy aquí, papá" le dije, y en respuesta me estrechó más fuerte.

Me dejé mecer por él, y con asombro observé cómo volvía a mí esa sensación que antes solía entregarme su cariño, antes de mis trece años, antes del hito de mi primer sangrado, antes de la escuela de señoritas y de ser encajonada y moldeada bajo un concepto. Retornó la tranquilidad, lo notaba mientras mis nervios soltaban sus nudos y el resto de mi cuerpo se entregaba a la confianza plena, a ser aceptada y querida.

Me sentí feliz. Pero, dicen que la vida está hecha de momentos.

Y es cierto.

Descansando mi mente en lo que comenzaba a recuperar, recordé un mundo de pérdidas guardado en el bolsillo de mi delantal.

"Papá" dije separándome de él "Vine a buscarlo por algo más" agregué, lamentando tener que volver a un lugar tan oscuro.

Él notó el papel que saqué y sostuve sobre mis faldas.

"Tiene que ver con esa carta" dijo y con un gesto lo señaló instándome a explicar su presencia.

"Es de Emma Arsenault... no la había incluido en la información que tomó de mí cuarto, porque usted se adelantó a mí..." le expliqué.

Le extendí la carta y él se apresuró a recibirla. Continué explicándole todas las circunstancias que la rodeaban mientras la desplegaba, desde cómo la había obtenido y hasta la copia que había hecho de esta misma el día anterior para incluirla dentro de los papeles que había entregado al Señor Benoit.

"¿Cómo pruebas que este documento es de la autoría de Emma?" cuestionó.

"Los Benoit tienen escritos realizados por ella, ayer el Señor y la Señora Benoit me llevaron con el escribano de su familia, la señora Benoit adosó uno de estos como prueba de la originalidad de esta carta".

"¿La Señora Benoit les ayudó?" preguntó frunciendo el entrecejo "¿tomó parte en lo que tú y Morgaine realizaban?"

"Su esposo quería protegerla, pero ella quería saber por sí misma si hubo algo más que no hubiesen hecho para recuperar a Emma..." expliqué, sintiendo como si me disolviera junto a otra fracción de mi gran mentira, descubierta por mi padre.

"Entiendo al señor Benoit perfectamente" asintió significativamente hacia mí.

"Yo entiendo a la señora Benoit" dije contra argumentando.

"Supongo que en esta carta, Emma cuenta lo que ocurrió a su familia" adivinó volviendo a enfocarse en el tema principal.

"No solo eso... " dije mirando hacia lo que sus manos sostenían ahora.

"¿Es sobre Ana...?" me apuró.

"El hablar sobre Ana implica hablar sobre todo".

EL ESCRITO DE EMMA ERA MUY ÍNTIMO, PERSONAL. HABLABA SOBRE UNA JOVEN DE MI EDAD, PERO AÚN MÁS PERDIDA. ESTABA ENVUELTA EN UNA SUERTE DE DISTOPÍA, una que había nublado la percepción que tenía de sí misma.

Ante la apariencia de la familia Arsenault-Pallard, años antes, nadie habría imaginado qué tipo de infierno se estaba viviendo por dentro. Nadie sabía sobre los motivos que desencadenaron el final de cada uno de sus miembros.

Hasta el día de hoy, quienes les conocieron, pensaban que se trataba de una familia respetable, víctima de una tragedia sin sentido.

Pero en esta carta, Emma me entregó todo lo que daba sentido y entendimiento a su propia tragedia.

Todos saben que todas las familias tienen sus esqueletos escondidos dentro del armario, que todas guardan sus trapos sucios dentro, pero también todos saben que la regla cardinal siempre es que éstos se laven en casa.

Ella dijo que tenía una deuda que pagar hacia Ana. Y, de acuerdo a ella, la única forma de pagarla, era lavando sus trapos sucios en público.

Me contó sobre su día a día, sobre la monotonía de su adolescencia.

Esta etapa, pensó entonces, que era como la de cualquier otra joven, es decir, con sus poco novedosas rutinas y planes.

Los días y las horas corrían entre lecciones de modales, reuniones para tomar el té con amigas de su madrina y otras veladas, en las que estas señoras intentaban que socializara con sus propias hijas, lo cual resultaba en un fracaso total.

Emma contaba, que no tenía amigas.

El tema era frustrante, tanto para ella como para su madrina. En palabras de la propia Emma no tenía mucho que contar sobre mí misma…

Lo cual era cierto.

Es natural compartir ciertas anécdotas de tu vida al estar en un grupo de jóvenes similares a ti.

Recuerdo con mucho cariño a una de mis compañeras del instituto de señoritas. Alys Demi.

Ella practicaba peinados sobre mi cabeza con cierta regularidad, y en verdad me agradaba que lo hiciera. Era capaz de deshacer más que nudos, también cualquier tensión provocada por el ambiente persecutorio de ese instituto.

En una oportunidad se lo dije, que adoraba que cepillara y diera forma a las ondas de mi cabello. Me preguntó por qué y terminé hablándole sin pensarlo mucho sobre mi madre, y sobre una de las dos únicas ocasiones en que ella ordenó mi cabello. El peinado en ambas oportunidades, resultó en un completo desastre, pero yo era pequeña y no me importaba. Su tacto era suave, tan a tientas y considerado, que me resultaba afectuoso.

Así era el tacto de Alys: cuidadoso y tierno. Esta joven compañera que me peinaba, me explicaría el por qué, a través de su propia historia familiar al hablarme sobre su tía Aurelié.

"Tuviste suerte" me decía. Era una tortura que la brusca y ansiosa mano de su tía le ordenara el cabello en medio de tirones de pelo en la nuca y las patillas "La piel de mi frente y mis mejillas nunca estuvo tan estirada" se reía. Me explicó que por eso ella se esmeraba en lograr un tratamiento opuesto tanto a su cuero cabelludo como al de sus hermanas pequeñas.

Luego, para reparar la mala imagen que me había presentado de tía Aurelié, apreciaría sus dotes en la cocina y los cuidados y protección que le entregó desde niña.

No la juzgué. Y supongo que por eso se dió el camino para que nos hiciéramos amigas.

Alys era una buena conversadora. Se casó el año pasado. Fui invitada a su boda junto a mi hermano y Aurore. Todavía conservamos nuestra amistad a través de cartas mensuales, ya que se mudó junto a su marido hacia el sureste de Francia.

No tenía mucho que contar sobre mí misma, Emma me contó.

No tenía a la mano comentarios qué intercambiar, señorita Grandier, y honestamente, no quería averiguar por qué.

Tenía miedo.

Sin material del pasado, sin esa base, tampoco encontraba los instrumentos para realizar proyecciones futuras de su propia vida… No sabía qué decir e intercambiar con el resto. Su lengua se hacía un nudo que no sabía por dónde comenzar a desatar. Perdió varias oportunidades de hacer amigas, lo sabía.

Tenía miedo de avanzar.

En adición a esto, estaba sola con dos padrinos que no se atrevían a tocar demasiado el pasado para explicar qué situación la llevó a vivir con ellos. No querían hablar sobre tanto fallecido o de la tragedia en sí misma a una niña pequeña.

Todos tenían miedo de avanzar. Porque para hacerlo, debían dar dos pasos atrás y caer al vacío.

Sinceramente, Emma confesó que no hacía preguntas, intentar recordar algo le llenaba de un malestar que entonces no sabía identificar muy bien. Por instinto optaba por cargar con ese pasado neblinoso y tildarse como una persona poco sociable e introvertida le facilitó la tarea.

Pero aquello reafirmó la soledad y la desconexión que Emma decía sentir, tanto consigo misma como con otras personas.

El amanecer de un nuevo día, los quehaceres de siempre se encargaban de cobijarla y de convertir malas experiencias y sueños demasiado extraños en asuntos sin importancia alguna.

Eran sueños bastante singulares.

El más recurrente, se trataba de una luz intensa, quemando su mirada, que contrastaba con la textura de un piso frío. Ella se arrastraba sobre este, se movía, directo hacia la luz. Cuando sentía que su cuerpo comenzaba a fundirse con aquella luminaria, alguna fuerza desconocida la levantaba y apartaba.

Resultaba intrigante, pero intentar resolver o justificar la aparición de esas imágenes, le parecía inútil. Eran solo sueños, me decía a mí misma, pero más adelante comprendería que se trataban de claves.

Años después, cuando su cuerpo se transformó y dejó de ser una niña, un elemento nuevo se unió a la confusa quimera: un sonido. Aullidos, como los de un animal herido.

Recordarlo le erizaba los pelos, detectaba el espanto en esos tonos ascendentes.

No pudo olvidarlo. Jamás.

Para su rutina del olvido, este elemento se convirtió en un verdadero obstáculo. Le ponía ansiosa e irritable, cualquier estímulo que propusiera un reto a su delicado umbral sensitivo la ponía de mala gana.

Como si se trataran de porfiadas hilachas mal zurcidas, arrancaba cualquier pensamiento intrusivo para volver a la normalidad de antes, lográndolo sólo por un tiempo. Porque por cada fibra que arrancaba, lentamente acababa con la fachada a la que quería regresar, con la que se mantenía todo oculto.

Sin darse cuenta de cómo un hilo desgarraba por completo aquella cubierta, un día se sorprendió a sí misma con la sensación de estar completamente desnuda y desamparada.

Ya no había ningún misterio qué esconder.

El completo desmantelamiento de su falsa sensación de seguridad, ocurrió en su segundo año en la escuela de La Maternité.

Antes se refugiaba en la escritura, en la pintura, y a medida que las técnicas disuasorias quedaban obsoletas, iba a por otras. Buscando nuevas alternativas, pensó que olvidarse de sí misma y concentrarse en los problemas y precariedades de otras mujeres, la ayudaría. Así, desde las obras de caridad que realizaba junto a su madrina, un día llegó a enterarse de la escuela de partería.

No pudo escoger algo peor.

El contacto y atención directos, que debía mantener con las pacientes en el hospital, no le sentaron muy bien.

Atendiendo a una madre en labor de parto, las pesadillas, que antes la dejaban agotada, vibraron en su cuerpo de forma aún más agresiva.

Los gritos, el olor y la textura del sudor, de la sangre y otros fluidos del parto que debía atender, la necesidad, la demanda y miedo de una paciente angustiada, pidiendo ayuda, todo aquel escenario le abrumaron.

Escribió que la experiencia había sido aterradora. Su propio reflejo le espantó, gritando desde el otro lado.

De ese día solo recuerda lapsos. No recuerda que abandonó tanto a esta paciente como a las aprendices y alumnas que ella debía supervisar en ese momento.

No entendió cómo se había desplazado de un lugar a otro. Ya no estaba en la sala de partos, estaba de rodillas y con las manos sobre el pasto recién cortado del jardín de la escuela, con el rostro húmedo por el llanto y ahogándose con el mismo aire que le servía para vivir.

La voz de Ana y el tacto de su mano sobre su espalda pidiéndole que respirara, comenzaron a regresarla lentamente hasta el presente.

Era como si las pesadillas se hubieran fundido con la realidad.

Hasta unas semanas después continuó atribuyendo esto sólo a un ataque de histeria por el que nuestra directora la regañó severamente.

Aceptó la reprimenda y se fijó como meta controlar sus nervios para la próxima prueba en la sala de parto.

Obedecer la tranquilizaba. Podía hacerlo si los demás le delineaban las reglas, si le entregaban el cauce por el que debía viajar, en vez de fabricar el suyo recurriendo a su propia y temida mente en donde los espantajos de su pasado la acechaban en cada esquina.

Así, pensó que todo estaría bien. Si se comportaba bien y obedecía las reglas, seguro resultaría. Y no fue así.

ESTA ERA SU VIDA, DE NADIE MÁS. PERO NO SABÍA QUÉ ESTABA PASANDO, SÓLO QUE PERDÍA EL CONTROL DE SU CUERPO, EL CUAL VEÍA HUYENDO DESPAVORIDO, como si no le perteneciera.

Las sensaciones y sueños, continuarían acechándola. Nuevos recuerdos, imágenes más completas de realidades que no reconocía como vividas pero, intuía, que sí eran reales y de un pasado no muy lejano. Y este le pertenecía.

Se trataba de alguien dormido en su cama, o al menos al principio pensaba que se trataba de su cama dentro de su habitación. En otra ocasión veía una mujer, en otra un niño, una niña más pequeña, una jovencita, en otra un hombre.

Los espacios o lugares en que estos durmientes se encontraban, no podía reconocerlos. A nada de esto podía asignarle un nombre: ni a personas ni a lugares.

Lo aberrante de estas imágenes era que aquellas personas aparentemente dormidas presentaban un color macilento y una rigidez fría, un olor intenso y nauseabundo a sangre fresca.

En su carta, decía que estos recuerdos o visiones la incapacitaron completamente. No renunció a la escuela, pero dejó de asistir a clases por un par de semanas.

Se levantaba por las mañanas, se colocaba frente a un espejo para asearse u ordenar su cabello. Detenía los movimientos maquinales de cada cepillada y se observaba. Podía reconocer su figura física, pero detrás de esta, no podía ver nada. Se preguntaba a sí misma quién era, y la respuesta era muy dolorosa, pues no lo sabía. No lograba explicarse ¿qué era todo esto que surgía dentro de ella? Y esta última pregunta, consumía cada minuto, de cada día.

Se sintió como una carga de males para sus padrinos. Ellos estaban preocupados.

Porque una vez más su ahijada fue incapaz de levantarse de su cama, porque casi ya no comía, porque sus pasatiempos se hallaban abandonados, Lucille habría su puerta para preguntar si estaba bien, para acariciar su cabeza. Ante estos cuidados, Emma estallaría en una rabieta, gritando ¿por qué no me dejas en paz? Aquellos cuidados le hacían sentir aún más culpable, para ella dejaban en evidencia que algo realmente malo y anormal pasaba consigo misma. Sentía que todo era su culpa. Y la frustración era, que no sabía cómo enmendarlo.

Al ver el rostro de espanto de Lucille, esa rabieta decantaría en llantos y súplicas de perdón, disculpas y más disculpas por ser, por existir, por no ser la hija que se suponía debía ser para complacer a todos.

SU NOMBRE ERA MARYAM. NADA MÁS SABÍA SOBRE ELLA, SU MADRE.

Contaba con lo que sus padrinos sabían. Maryam y el resto de su familia habían perecido en un accidente, un incendio. Del incendio solo ella y su padre habían sobrevivido. Aquella información fue lo único que se le entregó, junto a la única imagen de su madre. Una miniatura contenida dentro de un dije de plata que ella acostumbraba a dejar sobre su mesa de noche junto a una palmatoria.

Nunca quiso llevar al cuello la imagen de Maryam, ni siquiera cuando su madrina le obsequió una costosa cadena de plata para colgarla de su cuello. Este accesorio no lograba quitarle la sensación de repulsión hacia la pintura en miniatura.

Después de un mes, desde su primera crisis en la escuela, Emma se pensaba a sí misma como un ser completamente desquiciado.

Esa mujer de ojos color ámbar tan parecidos a los suyos, se le había dicho que había muerto carbonizada, no como había comenzado a aparecer en su mente. Con los ojos cerrados, con el cuello seccionado y con el fluido de su cuerpo dibujando una oscura pechera carmesí. Una larga mancha oscura prolongandose hasta su pecho.

Aún así, Emma decidió retornar a clases a La Maternité. LaChapelle, nuestra directora, tras haber observado bastantes crisis en esta alumna, había contemplado seriamente la idea de suspender la continuidad de sus estudios. Se había convertido en un riesgo, sobre todo al momento de sus prácticas en sala de parto.

A petición de Emma, el Señor Benoit, propuso un trato a LaChapelle y ella accedió. La alumna podría continuar con sus cursos, pero sería su última oportunidad. No podría obtener su licencia o diploma, si observaba inestabilidad en su persona nuevamente. Para asegurarse de esto pidió se vigilara a esta alumna con dos integrantes de su personal de Sage-femmes. Ana y Morgaine.

Morgaine se mantuvo apegada a las reglas de lineamiento de supervisión. Por otro lado, Ana, no procedió de la misma forma.

La Señorita Bouscat se acercaba. Tuve otras crisis, pero ella las ocultaba de Lachapelle, incluso de la Señorita Hucherard. No sabía qué me estaba pasando, pero quería saberlo. Me decía "estás aquí, pero en tus crisis, pareces irte a otro sitio". Quiso saber sobre ese lugar. Me dijo, que cuando quisiera, podía hablarle sobre este. Yo tenía miedo de hacerlo, de que pensara peor de mí, pero a lo que más temía era a contar lo que había visto. Yo, no podía tolerarlo…

Pero un día me acerqué a ella. Comencé por contarle sobre lo que vi el día en que abandoné a mis pupilas en la sala de parto.

Era sobre mi madre.

No fue fácil. Me tomó bastante tiempo.

Hablar sobre ella, significó reconocer que alguna vez había visto morir a alguien de una manera cruel.

Mi madre había muerto de una manera muy distinta a como me habían dicho que había pasado.

Por primera vez lloré por mi madre. Había sufrido por ella, pero las circunstancias fueron tan horrendas que no me permitía recordar. No espero que lo entienda Señorita Grandier, pero no podía, por mi bien no debía hacerlo. Repetir el recuerdo una y otra vez, reconocerlo como parte de mí ¿Cómo? ¿Alguien logra hacerlo?

Ana me preguntó si recordaba otras cosas sobre ella, y el resto de mis parientes.

Le dije, que no recordaba nada de mi infancia o de la familia que solía tener… Al siguiente día, se acercó nuevamente a mí "Si lo desea, yo podría ayudarle a averiguarlo, haríamos esto juntas". Por primera vez, sentí que no estaba sola… Tenía una amiga a mi lado. Fui afortunada, pero la señorita Bouscat no lo fue.

Emma decía que las averiguaciones que Ana puso en marcha tanto sobre los Arsenault como sobre los Pallard, esclarecieron gran parte de los enigmas que la atormentaban, el sinnúmero de misterios en su memoria que, ella decía, parecía haber sido cortada a tijeretazos.

Ya que ningún miembro de la familia se hallaba vivo, Ana pensó ir en búsqueda de las posibles conexiones que existieron, como amistades, vecinos y conocidos, o bien antiguos sirvientes de las familias Pallard y Arsenault.

Por indicación de la madrina de Emma, llegó al pueblo de origen de la primera familia.

Su entrevista más importante fue con la antes ama de llaves de los Pallard. La señora Abeille.

La Señora Abeille, continuó viviendo cerca de la propiedad de los Pallard, haciendo guardia a los recuerdos de la familia dentro de lo poco que sus capacidades le permitían, ya que se encontraba bastante avanzada en edad. Entre los muchos tesoros de la casa, sólo se atrevió a quedarse con la correspondencia de su antigua ama. Nunca la leyó. La mantuvo archivada en su mesa de noche por más de una década desde el deceso de la familia, con la esperanza de que algún día, la única sobreviviente, fuera en busca de estas.

Entre todo el viejo papeleo, Ana encontró las cartas que Cicely había enviado a su madre. Fueron nueve cartas las que Madame Pallard guardó en medio de otras esquelas y telegramas de la familia. Lamentablemente las respuestas que ella envío a su hija, fueron eliminadas por Sebastien cuando este se enteró del intercambio de información entre ambas mujeres.

La información que Madame Pallard recibió fue lo que encendió el conflicto en toda la familia. Porque en estas cartas su hija, la Señora Arsenault, se desahogaba por los abusos que su esposo cometía contra ella y Emma. El auxilio que solicitaba de su familia y la solución que Madame Pallard le sugirió para acabar con su sufrimiento, son elementos importantes y que se discuten abiertamente en esos documentos..

Emma subrayaba que estas cartas gatillaron nuevamente la preocupación de su padre cuando se enteró de que aún existían.

El día en que las acorralaron en aquella casa, presionó a Ana de manera inhumana, para que le descubriera la ubicación de estos. Emma dijo que su padre se desató en un ataque de ira y frustración. No obtuvo lo que quería y Ana fue el blanco de una rabieta.

Arsenault gustaba algo del bricolaje. Emma decía que de un sólo martillazo lograba hundir clavos sobre tablas de madera. Había hecho unos escritorios y repisas bastante finos a su hijo adoptivo con este talento. El chico quedó muy animado por los regalos al momento de entrar a sus estudios secundarios. Orgulloso, estudiaba sobre los muebles y guardaba sus libros en aquellos anaqueles manufacturados por su talentoso padrastro.

Mi querida profesora, terminó con casi todos sus dedos fracturados gracias a la habilidad de Arsenault con ese martillo. Se desangró cuando le arrancó una mano al desgarrarle la articulación de la muñeca a causa del número de golpes que propinó con el mismo artefacto en esta área. Al ver que ya no le era de utilidad, Arsenault le cortó la garganta.

LOGRÓ OBTENER LAS CARTAS TRAS LAS CUALES ARSENAULT IBA, ALREDEDOR DE DOS SEMANAS ANTES DE QUE Emma fuese retirada de la escuela por este hombre. Hasta ese momento, Emma no sabía nada sobre el daño al cual este la había sometido.

Tuvo pocos días para digerir lo que había vivido siendo niña. Conocerlo a través del contenido de estos documentos fue devastador pero, fue lo que unió todas las piezas sueltas dentro de la mente de Emma. En ese momento la figura del perpetrador saltó a la vista de forma espantosa.

Era muy difícil llegar a entender algo tan crudo. Aun no puedo, o más bien, no quiero. No puedo aceptar que esta es mi vida. Emma escribió.

En verdad ¿quién podría?

A pesar de todos los problemas y malos entendidos en mi pequeña familia, mi padre es mi refugio.

No sé cómo armar esta imagen con la que Emma está forzada a lidiar: yo, llegando a mi hogar en donde sé que debería estar a salvo y sentir que me acechan todo el tiempo.

Supongo que Emma nunca se sintió a salvo. Y me pregunto: ¿Qué sucede contigo cuando vives de ese modo? ¿Qué debes hacer para sobrevivir esa vida?

Ella decía que vivía… cuidando siempre mi espalda, atenta. Nunca hay descanso, señorita Grandier.

Una vez recordé los juegos y juguetes con los que solía divertirme. En uno paseaba una muñeca diminuta en un coche igualmente pequeño, iba por un pasillo al interior de lo que supongo fue mi casa. Al pasar por el umbral de una habitación, apareció un hombre. Mi padre. Dijo que así no se hacía dormir a los bebés, "yo te enseñaré" dijo, y me hizo entrar a la habitación de donde había salido. Me hizo tomar la muñeca y a que fuéramos a una cama todos juntos, los tres. No le puedo describir lo que ocurrió allí, es de naturaleza demasiado íntima. Sólo le diré que no me agradó cómo me acariciaba y me urgía a acariciarlo. Quería salir de allí pero él era más fuerte. Parecía un gigante.

En cada uno de mis juegos él aparecía sin darse aviso, sorprendiéndome. Cuando iba a columpiarme, surgía de la nada para arreglar la enagua bajo mi vestido, según él se elevaba mucho cuando me daba impulso. Cuando jugaba a las escondidas con mi madre o Therése, él aparecía en mi escondite y me acompañaba mientras aguardaba a ser descubierta. Se demostraba amable y tierno si hacía lo que él decía, si me oponía poco a poco demostraba quién era realmente.

No quería que eso pasara. En realidad, nadie quiere realmente que eso pase.

Aprendí a estar alerta, a intentar esquivarlo. Mejoré mucho, aprendí a esconderme muy bien de él, a guardar silencio, a no hacer ruido alguno. Las ocasiones en que logra encontrarme a solas han ido en descenso, pero cuando logra dar conmigo…

En alerta, en silencio. Pasar desapercibida.

Era como si hubiese decidido doblar los bordes de su cuerpo y de todo su ser y continuó haciéndolo, como un hábito del cual no le fue posible deshacerse, incluso ante su ausencia.

En ese mundo, desplegarse era un grave error. No estaba bien crecer, desarrollar habilidades. Todo eso debía suspenderse. Es que allí, en quien ella debía confiar, la depredaba, la desnudaba, devoraba y humillaba.

En algún punto después de esta revelación sobre su infancia, Sebastien Arsenault fue con los Benoit y se llevó a Emma a vivir con él y su nueva esposa. Cuando Emma le vió, después de tantos años, el miedo que sintió confirmó todo lo descubierto al lado de Ana:

Las pesadillas no eran sueños. Esos sueños no se fundían con la realidad. De hecho, aquella era su verdadera vida.

ANA LOGRÓ CONTACTARLA A TRAVÉS DE THERESE RINGAUD Y JUNTO A ELLA, PLANIFICÓ LA FUGA DE CASA DE ARSENAULT.

Fue el día en que Ana quiso hacer entrega de todo este material recabado, a los padrinos de la joven, material que les permitiría construir una defensa para quitar de forma definitiva el tutelaje de Arsenault sobre ella.

Ese día 15 de septiembre Emma salió de casa y se reunió con Ana.

Estaría a salvo en poco tiempo.

DESDE SU INFANCIA SU PADRE LE HABÍA HECHO CREER UN MUNDO DE MENTIRAS PARA MANIPULARLA A GUSTO.

Si no podía deshacerse de miles de recuerdos indeseables, menos podría con los dogmas paternos.

En verdad, Emmanuelle creyó ser la causante de la caída de toda una familia, creyó que era una mala persona.

"Mira lo que me obligaste hacer" escuchó constantemente.

Cada vez y después de haber tomado todo de su cuerpo infantil, luego de cada paliza que otorgaba a su madre para cerrarle la boca y apagar sus reclamos… después de haber realizado una carnicería con toda una familia, luego de haber encendido las llamas para continuar tapando el secreto que se supone ella debía guardar.

Él colocó toda la carga sobre una niña pequeña, que podía creer que era una hada madrina o el troll bajo el puente, si le decías que lo era.

Si ella no hubiese hablado, él no tendría sangre en sus manos. Y esa niña, lo creyó.

¿Quién querría ir por la vida como ese ser asqueroso que había provocado tanto mal?

Sólo había una fuente de redención en la mente de Emma.

Era un solo recuerdo que con el tiempo se hizo paso, después de tanta tortura. Fue el recuerdo de un abrazo. El refugio de unos brazos, el calor del pecho materno, de las manos de Maryam. Recuerda sus labios moviéndose, pero sin poder entender el mensaje que salía de estos.

Redención. Perdón ¿Podría haber sido ese el mensaje?

Era todo lo que Emma estaba buscando. Ser perdonada.

Ante la vista de obtener esto, era capaz de arriesgar lo poco y nada que poseía. Incluso el sendero de libertad que Ana había conseguido para ella, con tal de saber cómo era ser alguien bueno y decente.

¿Qué se sentía?

El día en que Ana tenía previsto entregar toda la documentación al Señor Benoit, el día de la fuga, Emma le pidió un favor: que la condujera a lo que quedaba de su antiguo hogar.

El presentimiento de que al estar ahí le daría el poder de recordar lo que le faltaba era muy fuerte, porque, sí, había sufrido bastante ahí, pero también había sido amada en ese mismo lugar. Allí, su madre la había abrazado e intentado proteger con su propio cuerpo.

Tras bastante insistencia, Ana accedió, advirtiéndole que debía ser rápido, ya que su padre vendría a por ella en cuanto se enterara de su ausencia.

Más tarde, se reunirían con sus padrinos. Por supuesto, nunca llegarían a las puertas de esa casa. No habría una tercera reunión junto a Lucille Benoit.

Terminaría como mi madre, gritando, rogando… Emanuelle, relató. "Mi padre me separó de ella, la arrojó al suelo, la golpeó, desgarró y degolló, sólo hubo una diferencia en cómo se deshizo de Ana. En lugar de quemarla, pidió a ese policía y a un amigo de éste, que la trozaran y que luego se la llevaran a la morgue de algún hospital, no directamente a una fosa del cementerio que encontraba tan convenientemente cerca. Les importaba borrar sus pasos, el rastro que ellos podrían dejar, no querían que nada ni nadie les conectara de regreso a ellos. Eso discutían después, mientras mi padre les observaba realizar la tarea que les encomendó: ¿qué hospital? ¿a quién conocemos allí? ¿Quién nos haría el favor? En eso, el joven policía le dijo a mi padre que él conocía a alguien…"