Mansión Phantomhive, ala norte — Habitación de huéspedes.
Dominick suspira con el peso de un alma inquieta. Se encontraba en una habitación amplia, más lujosa de lo que jamás habría pedido para sí. Las cortinas gruesas cubrían los ventanales, y un débil aroma a madera antigua y bergamota se percibía en el aire, como si el mismo pasado se empeñara en quedarse impregnado en las paredes.
Dejó la máscara sobre el nochero con cuidado, como si el objeto aún conservase parte de aquel escalofrío que le recorrió el cuerpo en el espectáculo. Se sentó al borde de la cama con lentitud, frotándose el rostro con ambas manos. ¿Cuántas veces había sentido que el suelo se desvanecía bajo sus pies desde que puso un pie en esa mansión?
Dominick: Nada tiene sentido… - murmuró para sí, mirando el reflejo de su rostro en el espejo del tocador - ¿Cómo puedo seguir llamando "truco" a lo que vi… a lo que sentí?
El reloj marcaba un poco más allá de las doce. Ya no había pretextos, ni gente, ni distracciones. Estaba solo… o al menos eso creía.
La habitación, por muy cómoda que fuera, tenía una presencia. Una especie de peso invisible que lo hacía sentirse observado, aunque no había ojos a la vista.
Dominick se puso de pie con torpeza, sintiendo aún ese leve temblor en las piernas. Se acercó a la ventana con la intención de correr la cortina y mirar la noche. Pero cuando lo hizo, no vio más que oscuridad espesa. Ni la luna se asomaba. Ni una luz lejana. Ni una estrella.
Solo su reflejo.
Y por un instante, en ese reflejo, juraría que no estaba solo. Que detrás de él, en la cama, la silueta de un hombre de negro se perfilaba sutil, como un humo denso en el aire.
Giró el rostro en seco.
Nada.
No estaba allí.
O no aún.
Dominick: Esto me está afectando más de lo que pensaba… - exhaló, intentando convencerse
Se quitó la chaqueta prestada, la dejó cuidadosamente sobre la silla cercana, y luego se quitó la camisa. El leve ardor en su estómago, exactamente donde recordaba que la primera espada lo había atravesado, volvió como un eco maldito. No había herida, pero el dolor fantasmal seguía ahí, como un susurro aferrado al cuerpo.
Se quedó un momento inmóvil, solo con los pantalones puestos, descalzo sobre la alfombra. Cerró los ojos. Tal vez dormir era una trampa… pero quedarse despierto sin hacer nada también lo era.
Dominick: Solo unas horas… - susurró, y se acercó al lecho
Se tumbó de lado, sin cubrirse, sin cerrar del todo los ojos. Como si el cuerpo se rindiera pero la mente no.
Y entonces…
Un leve crujido en la madera.
Un aire que se movió sin razón alguna.
Un perfume apenas perceptible: té negro con una pizca de canela.
Dominick abrió los ojos de golpe.
Estaba solo.
¿O quizás… ya no?
Dominick no se había dormido, pero tampoco estaba completamente despierto. El tenue parpadeo de la lámpara en la pared creaba formas que reptaban por el techo, como si quisieran burlarse de él. No se había arropado, el aire nocturno se colaba entre su piel sudada, y el ardor sordo en su estómago persistía como una advertencia.
Un suspiro —ajeno— flotó en la habitación.
No fue el suyo.
Y en ese instante, la luz titiló. Una sola vez.
Luego, oscuridad.
Cuando volvió, apenas medio segundo después… él ya no estaba solo.
Sentado en la silla donde antes descansaba la chaqueta, Sebastian lo observaba en silencio. Las piernas cruzadas, los guantes perfectamente ajustados, y esa sonrisa que no mostraba los dientes, pero sí una peligrosa cortesía.
Sebastian: ¿Le incomodé al no llamar a la puerta, señor Levin? - preguntó con voz grave, amable… inquietantemente amable
Dominick se incorporó de golpe en la cama, una mano instintivamente sobre el borde del colchón, casi como si pudiera alcanzarse a sí mismo antes de perder el equilibrio mental.
Dominick: ¿Qué... qué haces aquí? ¿No deberías estar durmiendo?
Sebastian: Oh… - Sebastian se alzó con elegancia, su silueta proyectándose en las paredes como si midiera mucho más de lo que aparentaba - Dormir, dice usted… qué costumbre tan humana. Pero temo que mi joven amo me ha encargado una tarea que requiere vigilia
Dominick: ¿Te pidió que me vigilaras?
Sebastian: En esencia… sí. Pero también me ha dado libertad de... jugar. Siempre que no lo mate - añadió con una calma escalofriante mientras daba un paso hacia la cama
Dominick tragó saliva.
No solo por la amenaza disfrazada de cortesía, sino por esa mirada.
La de un gato que ya ha metido una zarpa a la jaula del ratón, y lo mira fingiendo paciencia.
Dominick: ¿"Jugar"? - preguntó, con voz más baja
Sebastian: Un término laxo, dependiendo de qué tan entretenido se vuelva usted
Sebastian se detuvo al borde del lecho. Se inclinó con soltura, bajando ligeramente la cabeza para observarlo más de cerca. Su aliento olía a bergamota y pólvora. Su mirada era roja. No metáfora. No imaginación. Roja.
Sebastian: ¿Sabe qué es lo que me intriga de usted? - murmuró - Que no ha dejado de temblar desde que llegó, pero sigue aquí… como si aún creyera que puede irse
Dominick no respondió.
Su cuerpo decía que corriera.
Su mente... también.
Pero su orgullo…
Ah, ese orgullo maldito que lo había hecho aceptar quedarse.
Sebastian: ¿Qué es lo que ustedes llaman esto…? - alzó un dedo, tocando con suavidad el lugar donde la espada lo había atravesado en la ilusión
Dominick se sobresaltó.
El tacto era frío, pero no helado. Suave, pero no humano.
Sebastian: "Dolor fantasma", ¿verdad? Qué nombre más romántico
Sebastian ladeó la cabeza con lentitud, como si degustara una idea antes de tragarla.
Sebastian: Mi joven amo desea que lo vigile. Pero yo, Dominick… - su voz bajó un tono más, casi un susurro - Yo deseo saber cuánto puede soportar un hombre que se cree observador… cuando se convierte en el observado
El mayordomo se irguió con elegancia, y antes de que Dominick pudiera decir algo más, Sebastian ya se dirigía a la puerta.
Sebastian: Descanse. Le esperan más visitas… si es que despierta
Y con un clic suave… desapareció en el pasillo, como si nunca hubiera estado allí.
Dominick abrió los ojos de golpe.
El corazón le latía con fuerza, como si algo hubiese estado encima de él hacía apenas unos segundos. Pero no había nadie. Solo el leve resplandor de la lámpara sobre la mesita de noche, el silencio... y una certeza que flotaba en el aire como el aroma del incienso apagado: aquello había sido un sueño.
Permaneció un instante inmóvil, escuchando. Pero no oyó más que el leve tic-tac del reloj sobre la cómoda. Se sentó en el borde de la cama, exhalando lentamente, llevando una mano a su rostro como si aún se sacara la presencia de Sebastian de entre los huesos. "Solo un sueño...", pensó. Pero no sentía terror. Si algo, se sentía extrañamente sereno. El mayordomo no lo había tocado mucho, no lo había atacado... solo lo observó, lo provocó, y lo dejó solo. Un movimiento tan sutil como estratégico.
Dominick: Está jugando conmigo - susurró para sí, casi divertido
Dominick se puso de pie y miró el reloj: las 2:13 de la madrugada. Una sonrisa ladina se dibujó en su rostro. Era la oportunidad perfecta. El conde dormía. Los sirvientes, probablemente también. Solo debía moverse como lo había hecho siempre: en silencio.
Caminó hacia el perchero donde colgó su camisa balanca, se la puso con calma. Abrió el pequeño baúl donde reposaban sus pertenencias y sacó su revólver. Revisó el tambor —cargado— y lo guardó en el cinturón. El peso en su mano le dio seguridad. No era nuevo en esto.
Sin ponerse calzado —porque el sonido del tacón podía traicionarlo—, se deslizaba descalzo sobre la alfombra. El frío del suelo le atravesaba las plantas de los pies, pero no le importó. Él no temía a la oscuridad.
Y así, sin una vela que delatara su posición, abrió la puerta con sumo cuidado y se internó en el pasillo.
La mansión Phantomhive, a esas horas, era otro mundo. La misma arquitectura, sí, pero distinta en esencia. Los muros susurraban. Las maderas crujían como si respiraran. Cada cuadro, cada cortina, cada vitral oculto parecía observar.
"Yo no temo a la oscuridad."
Y avanzó.
Los pasillos de la mansión Phantomhive se sentían más antiguos de lo que aparentaban a la luz del día. Como si la historia dormida entre sus muros despertara a esas horas.
Los cuadros colgados parecían observar. Las estatuas, juzgar.
Pero Dominick no se detenía. Avanzaba paso a paso, reconociendo la distribución de los pasillos, grabando en su mente las rutas, los rincones, las puertas cerradas y las que no.
Tras un par de minutos llegó al recibidor principal. La gran escalinata se alzaba ante él como un trono oscuro. El mármol blanco brillaba levemente bajo la luz de la luna que entraba por las ventanas altas.
A su alrededor, múltiples corredores se abrían como bocas esperando devorarlo.
Pero eligió subir. El segundo piso tenía más posibilidades, más secretos. Más peligro.
Y justo cuando puso el pie en el primer peldaño...
Una risa.
Grave.
Lenta.
GUTURAL.
Se detuvo en seco. No se sobresaltó. Pero su cuerpo se tensó
Dominick alzó la mirada, los sentidos agudos. No mostró miedo, pero su mano fue directa al arma. Giró lentamente, los ojos adaptados a la penumbra, la respiración contenida. De un rincón en la oscuridad del pasillo izquierdo… una sombra inmóvil. Demasiado alta para ser humana. Demasiado quieta para estar viva.
Giró sobre sus talones, apuntando hacia el pasillo derecho. Allí... una figura.
Una sombra, inmóvil, con forma humanoide. No respiraba. No se movía.
Solo... miraba.
Y entonces… los ojos.
Dos orbes carmesí se encendieron en la penumbra.
Y sonrieron. Una mueca monstruosa, amplificada por el contraste de la oscuridad.
"No le haré daño a una ilusión." Pensó.
El dedo de Dominick rozó el gatillo mientras su instinto gritaba: corre.
Y corrió.
Subió los escalones de dos en dos, el corazón golpeando contra el pecho pero el rostro aún frío. Sabía —sentía— que era perseguido. No lo escuchaba, pero el aire a sus espaldas se hacía pesado, denso, casi cortante. Al llegar al segundo piso giró con rapidez. Y al mirar fugazmente hacia el primer nivel…
la sombra se acercaba, rápida, como deslizándose sobre el suelo.
Apretó los dientes y solo giró a la izquierda y se lanzó por el primer corredor. Una puerta a medio cerrar fue su salvación: la biblioteca.
Entró y cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido. El lugar olía a papel viejo, cuero y cera derretida. Se escondió detrás de una estantería, su respiración contenida.
Un paso.
Algo se deslizó en el suelo, detrás de él.
Pero antes de poder esconderse…
algo lo sujetó del tobillo.
Cayó de bruces con un golpe seco y, antes de que pudiera levantarse, su cuerpo era arrastrado hacia una esquina oscura de la biblioteca, como si una garra invisible lo reclamara para sí.
No vio de dónde vino, no sintió dedos ni fuerza física. Solo una presión, una intención maliciosa que le atrapó y lo arrastró por el suelo.
Dominick: ¡Tsk…! ¡No! - exclamó, tratando de girarse, de usar el arma. Pero no podía. Sus dedos patinaron sobre el suelo pulido mientras era llevado hacia una esquina oscura de la biblioteca
Y entonces…
una luz.
Una tenue claridad y…
la puerta se abrió.
Un resplandor tenue llenó la estancia.
Dominick se detuvo. Ya no era arrastrado. Quedó tirado en el suelo, el pecho agitado, los ojos muy abiertos. Y allí, como si nada, Sebastian Michaelis se recortó en el umbral, elegante, impoluto… sereno.
Sebastian: Ah... qué inconveniente - dijo con voz tranquila. Caminó con soltura hasta donde yacía Dominick en el suelo
La sombra había desaparecido. El aire había vuelto a la normalidad.
Dominick estaba pálido, jadeante, incrédulo.
No dijo nada.
Alzó la mirada hacia el mayordomo. Pero no había gesto de alarma en él. Ni sorpresa. Solo esa elegante compostura de siempre.
Sebastian: Señor Levin… ¿extraviado a estas horas? ¿Tal vez sonámbulo? - se detuvo frente a él y le observó con una sonrisa casi... divertida - ¿Un paseo nocturno? ¿O acaso le empujó la curiosidad a una hora tan… peculiar?
Dominick trató de hablar, pero no pudo. El terror reprimido se arremolinaba ahora en su garganta. El mayordomo lo miraba como si todo aquello no fuera más que una travesura infantil.
Sebastian, con una sonrisa encantadora, extendió la mano.
Sebastian: Espero no haberlo asustado - dijo en voz baja, agachándose lentamente para ofrecerle una mano - ¿Le ofrezco ayuda… o prefiere que lo deje a solas con lo que lo perseguía?
Y sin más, su sonrisa volvió a ensancharse…
pero sus ojos no reían.
Dominick no respondió de inmediato. Seguía tendido en el suelo, respirando de forma disimuladamente agitada, intentando recobrar la compostura que el orgullo masculino no le permitía perder del todo. Aquel rostro serio y audaz que había mostrado durante su charla con el conde estaba ahora agrietado por algo que no sabía explicar… algo que no había visto, pero que le había tocado la piel, como si hubiera sido arrancado del sueño para caer en otra clase de pesadilla.
Frunció el ceño, molesto consigo mismo, y extendió la mano que Sebastian aún le ofrecía.
Dominick: Gracias… - murmuró, permitiendo que el mayordomo lo ayudara a incorporarse
Sebastian lo levantó con suma facilidad, como si no pesara más que una pluma. Su guante envolvió la mano de Dominick con firmeza medida y, al dejarlo en pie, le alisó el hombro con la suavidad de un sastre perfeccionista. La mirada del demonio seguía fija en él, como quien examina cada reacción con avidez contenida.
Dominick desvió la vista y tosió brevemente, como si quisiera borrar lo que acababa de pasar.
Dominick: Tuve un sueño extraño… no pude volver a dormir. Pensé que caminar un poco me ayudaría - mintió, evitando mirar al rincón donde había sido arrastrado. Su tono era calmo, pero no completamente convincente
Sebastian ladeó levemente el rostro, manteniendo una expresión amable… aunque algo se curvaba en la comisura de sus labios, una insinuación de incredulidad elegante, casi juguetona.
Sebastian: Curioso que haya decidido venir a la biblioteca… en medio de la noche… armado - dijo en voz baja, observando cómo el revólver asomaba en la cadera del invitado - ¿Es acaso parte de su rutina nocturna, señor Levin? ¿O lo hacía más por seguridad...?
Dominick lo miró, y en sus ojos había una chispa de desafío mal contenido. Volvió a mentir con soltura:
Dominick: No conozco bien esta mansión, y he oído que los robos en casas nobles no son tan inusuales en la ciudad. Pensé que, si algún ladrón se colaba esta noche, no estaría mal poder defenderme
Sebastian alzó una ceja, genuinamente entretenido por la respuesta.
Sebastian: Una suposición bastante conveniente… aunque me atrevo a decir que si algo decidiera colarse en esta mansión, su revólver no le serviría de mucho - susurró, su tono más oscuro, más cercano al susurro de la sombra que minutos antes lo había perseguido - Afortunadamente para usted… yo me encargo de que nada entre sin permiso
Sus ojos, en ese momento, parecieron brillar con un destello carmesí apenas perceptible, solo por una fracción de segundo.
Dominick lo notó. No dijo nada, pero tragó saliva con disimulo.
Sebastian retrocedió un paso, como si le ofreciera espacio para respirar.
Sebastian: Debería volver a su habitación. El conde detesta los desórdenes nocturnos, y si llegara a enterarse que su invitado merodea con un arma en mano por los corredores, podría pensar cosas… desagradables
El mayordomo le dedicó una leve reverencia, con esa sonrisa imperturbable que jamás revelaba intenciones reales.
Sebastian: ¿Desea que lo acompañe de regreso, señor Levin…?
Dominick parpadeó aún aturdido, pero su ceño pronto volvió a fruncirse con la terquedad de alguien que se resiste a sentirse vulnerable.
Dominick: No será necesario - dijo, corrigiendo su postura - Puedo volver solo. Gracias por su… preocupación
Sebastian lo observó en silencio por un par de segundos. No lo contradijo de inmediato, no necesitaba hacerlo. Simplemente se acercó a paso lento, con las manos entrelazadas tras la espalda y la sonrisa intacta, casi cortés… pero cargada de una intención que le erizó la piel a Dominick sin saber bien por qué.
Sebastian: ¿Está seguro? - preguntó con voz grave, modulada, tan controlada que resultaba imposible saber si hablaba en tono amable o con alguna clase de amenaza velada - Sería una lástima que… algo volviera a asustarlo
Dominick apretó los labios. No le gustaba ese tono, esa sutileza, esa forma en que cada palabra del mayordomo parecía acariciar la verdad sin nombrarla. Pero más aún… no le gustaba cómo su cuerpo reaccionaba. Su pulso seguía acelerado, pero no solo por el miedo; había algo más. Una tensión que colgaba entre ambos, invisible, pero palpable. Y eso lo irritaba. Lo confundía.
Dominick: ¿Asustarme? - repitió con escepticismo - No ha pasado nada
Sebastian dio otro paso hacia él, y ahora estaban peligrosamente cerca. Lo suficiente como para que Dominick pudiera notar la fragancia sutil en su ropa, o el leve brillo en sus ojos, oscuro como una promesa que nadie ha dicho en voz alta.
Sebastian: Oh, claro que no… - musitó, con una sonrisa que, esta vez, parecía dibujada con filo - Nada… aún
Dominick se tensó. Su mano se fue inconscientemente al revólver, pero Sebastian la interceptó con la suya, rápido, elegante… y firme. Lo suficiente como para que el otro sintiera cómo sus dedos, cubiertos por el guante blanco, se posaban justo encima de su muñeca con una autoridad que no tenía nada de humana.
Sebastian: Le aseguro - continuó, más cerca aún, su aliento tibio apenas rozando la piel de su cuello - que si algo en esta casa deseara hacerle daño… ya lo habría hecho. Y no lo estaría arrastrando por una biblioteca. Lo estaría saboreando
Dominick sintió un estremecimiento que lo recorrió como un relámpago. Quiso moverse, pero la presión en su muñeca era hipnótica. No dolía… pero lo dominaba. Y su orgullo, por primera vez, vaciló.
Sebastian: Su pulso aún no se calma - susurró, inclinando apenas el rostro - ¿Es por la sombra… o por mí?
El silencio cayó como una losa. Dominick tragó saliva, tenso, sin saber si responder, si insultarlo o si girar el rostro. Sus labios estaban apretados, sus ojos desafiaban… pero en el fondo, algo dentro de él temblaba.
Fue entonces cuando Sebastian lo soltó. Con la misma elegancia con la que lo había atrapado. Retrocedió un paso, acomodándose el guante como si nada hubiera pasado.
Sebastian: Lo acompañaré. No es una sugerencia
La orden estaba dicha con la suavidad de la seda… pero pesaba como una cadena.
Dominick no protestó. No esta vez. Su orgullo podía resistir muchas cosas… pero algo le decía que enfrentarse abiertamente al mayordomo ahora sería como ofrecerse de lleno a sus colmillos.
Caminaron en silencio por el pasillo, uno delante del otro. Y, aunque Sebastian iba detrás… Dominick sabía que era observado. Lo sentía. Sentía esa mirada que lo desnudaba más allá de lo físico. Como si ya fuera suyo… y solo estuviera jugando con él.
Porque en el fondo, lo que más miedo le daba…
…era que eso no le molestaba del todo.
[…]
El silencio que dominaba los pasillos de la mansión Phantomhive era pesado, casi solemne. Sólo el leve roce de los pasos descalzos de Dominick contra el suelo helado rompía la quietud. Sebastian, en cambio, parecía flotar tras él: no emitía sonido, no alteraba el aire. Como si la misma noche caminara con él… o lo persiguiera.
Dominick: Su mansión es enorme - comentó con un tono bajo, casi un susurro, no por miedo, sino por instinto - Uno podría perderse sin siquiera darse cuenta
Sebastian: ¿Lo dice por experiencia, señor Levin? - preguntó con una sonrisa que el otro no veía, pero sentía - Me pareció verle bastante decidido a explorar
Dominick: No sabía que estaba prohibido caminar de noche
Sebastian: No lo está. Pero sí es curioso elegir hacerlo… armado
Dominick alzó una ceja. No se detuvo. Tampoco miró atrás.
Dominick: Un hombre que no se protege a sí mismo… no merece la libertad de moverse
Sebastian: Ah… - Sebastian dejó escapar una leve risa gutural, educada, pero cargada de doble filo - Interesante filosofía. Aunque podría decirse lo mismo del que se siente constantemente amenazado
Dominick: Yo no me siento amenazado
Sebastian: Entonces, ¿por qué tiembla?
Dominick se detuvo. Giró apenas el rostro para mirarlo por encima del hombro, en parte desafiante… y en parte expuesto, sin quererlo.
Dominick: Estoy descalzo. Hace frío
Sebastian se inclinó apenas hacia él, como un depredador que olfatea el miedo y lo saborea.
Sebastian: ¿Y su corazón también está descalzo?
Dominick: No me interesa tener esta conversación - soltó, apretando el paso
Sebastian: Pero la estamos teniendo - respondió con calma - Y créame… podría hacerla mucho más interesante
Dominick: No dudo de eso - murmuró, entre dientes
El silencio volvió, pero estaba lejos de ser cómodo. Era un silencio denso, cargado de cosas no dichas. De pensamientos que rozaban los labios, pero no se convertían en palabras. Un silencio que empujaba a Dominick hacia una mezcla de irritación… y una curiosidad peligrosa.
Cuando por fin llegaron frente a la habitación que le había sido asignada, Dominick giró la manija. Pero antes de entrar, se detuvo. No sabía por qué. Tal vez por esa absurda sensación de que, si cruzaba esa puerta ahora, no sería solo para dormir.
Dominick: ¿Va a quedarse ahí observándome toda la noche? - preguntó sin mirarlo
Sebastian: Solo si usted me lo pide
Dominick volvió el rostro, esta vez por completo, y lo encaró. Su ceño estaba fruncido, sus labios apretados. Pero sus ojos… sus ojos no mentían. No del todo.
Dominick: ¿Siempre habla así con los invitados?
Sebastian dio un paso hacia él. No lo tocó, pero se acercó lo suficiente para que Dominick tuviera que contener el aliento.
Sebastian: No. Solo con los que no son invitados… sino elegidos
Hubo una pausa. Un segundo eterno donde el aire se volvió más espeso. Donde todo lo racional decía "huye"… pero el cuerpo se quedaba quieto. Atrapado en esa mirada carmesí que brillaba suavemente, como brasas escondidas bajo la ceniza.
Sebastian: Buenas noches, señor Levin - susurró, con una reverencia lenta, profunda, elegante
Y justo cuando el joven estaba por girarse y entrar, Sebastian añadió:
Sebastian: Si llega a soñar conmigo otra vez… recuerde que esta vez no estará dormido
La puerta se cerró con suavidad. Pero las palabras quedaron flotando, adheridas a su piel como un aliento caliente.
[…]
Dominick suspira con fastidio mientras se desliza dentro de la bata que Sebastian le dejó, aún con el corazón retumbando contra sus costillas. La tela es suave… demasiado. Su piel lo siente como una caricia que no pidió. Pero más molesto aún era saber que ese mayordomo había elegido esa prenda. Que la había tocado, doblado, dispuesto sobre ese perchero con la precisión milimétrica que sólo él podría lograr.
El joven se acerca a la cama y se sienta. Se pasa una mano por el rostro, luego por el cuello, tratando de liberar la tensión acumulada. Todo había sido una estupidez. Deambular por la mansión, pensar que encontraría algo, creer que podía burlar la vigilancia del perro más fiel del conde. Todo inútil.
Dominick: Maldita sea… - murmura
—¿Conmigo… o consigo mismo?
Dominick se congela. No lo ha escuchado entrar. Ni siquiera crujió la puerta. Pero esa voz... esa voz lo acaricia y lo desgarra al mismo tiempo. Voltea con brusquedad.
Dominick: ¿Qué demonios haces aquí?
Sebastian se acerca, cerrando la puerta tras de sí con un suave clic que suena más a sentencia que a simple gesto. Camina con lentitud, sin dejar de mirarlo, como si el cuarto fuera su dominio y Dominick, una simple presa que ha osado sentarse en el centro de su tela.
Sebastian: Viniste a mí esta noche… no lo recuerdas, ¿verdad? - dice con calma - Te arrastraste hasta mis pies como una pobre alma desesperada, buscándome. Gemías… pero no de dolor. Oh, no… - la sonrisa que se dibuja en sus labios es pura malevolencia refinada - era placer
Dominick se pone de pie al instante.
Dominick: ¡Era un sueño!
Sebastian: ¿Lo fue?
El mayordomo da un paso más, y otro, hasta que lo tiene frente a él. Dominick se resiste a retroceder, pero el cuerpo lo traiciona: su respiración se acelera, sus puños se cierran. El instinto grita. Peligro.
Sebastian alza una mano y, con apenas la yema de los dedos, roza el cuello del joven. La bata se abre un poco, revelando el inicio de su clavícula.
Sebastian: Tu corazón aún recuerda - susurra - Late como un tambor en una ceremonia de sacrificio
Dominick lo empuja, o al menos lo intenta. Pero Sebastian no se mueve. No por fuerza, sino por voluntad. Como si el aire mismo se hiciera pesado para sujetar su cuerpo en ese punto exacto.
Dominick: ¿Qué quieres? - gruñe el joven - ¿Matarme del susto?
Sebastian: Bocchan me ha dado una orden muy clara… no debo matarte - dice, con una voz suave, casi divertida, aunque sus ojos carmesí brillan con una crueldad exquisita - Pero no me ha prohibido… romperte un poco
Lo empuja. No con violencia física, sino con presencia. Con su mirada, con su cercanía. Dominick tropieza hacia atrás y cae de espaldas sobre la cama. Sebastian no lo sigue de inmediato. Sólo lo observa, desde arriba, como si midiera cada reacción, cada rastro de lucha que le quede.
Sebastian: Podrías gritar - murmura - Pero nadie te escuchará. Esta habitación fue elegida con cuidado. Como tú
Dominick se incorpora, furioso.
Dominick: ¡No te atrevas a tocarme!
Sebastian: ¿Por qué? - inclina el rostro, como si de verdad le intrigara - ¿Porque temes ceder… o porque temes disfrutarlo?
Y sin darle tiempo, salta sobre él con la velocidad propia de un ente que no pertenece al mundo de los humanos. Dominick cae de nuevo contra las sábanas, pero esta vez con el cuerpo de Sebastian sobre el suyo. Una rodilla entre sus piernas, su mano atrapando la muñeca que intentó golpearlo.
Sebastian: Shh… - susurra, inclinándose hasta que su aliento le acaricia la oreja - No me odies por lo que voy a hacer… ódiame por hacer que quieras más
La mano libre de Sebastian recorre lentamente el borde de la bata, deteniéndose en la curva donde comienza el pecho, rozando, probando, sin apresurarse.
Sebastian: Puedo hacer que olvides tu nombre… que reces, aunque no creas… - sus labios rozan la piel de su cuello - Pero no me pidas piedad, porque yo no sé detenerme
El cuerpo de Dominick tiembla, dividido entre el rechazo y algo mucho más oscuro… más primitivo.
Sebastian: ¿Estás listo para que te enseñe lo que significa pertenecer…? - pregunta, ahora con la lengua apenas asomando, rozando esa piel que hierve bajo su tacto - Porque esta noche, Dominick, no vas a dormir
Dominick forcejea, pero es inútil.
El peso de Sebastian sobre él no es simplemente físico, es como si la oscuridad misma lo aprisionara, como si el aire en torno a su cuerpo se hubiera vuelto denso, viscoso, imposible de atravesar. Cada intento por escapar es una burla directa a sus fuerzas. Una mano atrapada, un muslo que le impide girar, y esos ojos… Dios, esos ojos… como dos brasas ardiendo en una noche sin luna.
Dominick: ¿Qué… eres? - jadea entre dientes, con la respiración entrecortada. La mirada le arde de rabia, pero hay un rastro de algo más profundo… algo que ni siquiera él se atreve a nombrar
Sebastian no responde de inmediato. Le observa. Le analiza, con esa expresión calmada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y lo tiene.
Sebastian: ¿Te importa saberlo? - dice finalmente, con voz aterciopelada - ¿O es una excusa para no afrontar lo que en realidad estás sintiendo?
Dominick intenta girar la cabeza, evitar el contacto visual, pero la mano del mayordomo le toma del mentón con firmeza, obligándolo a mirar de frente.
Sebastian: No desvíes la mirada. No eres un niño asustado… ¿o sí?
Dominick: ¡No me asustas! - gruñe con furia, pero su voz traiciona un temblor. Un matiz de desesperación apenas audible, pero presente. Innegable
Sebastian: Claro que sí - murmura, y su sonrisa se ensancha, no con burla, sino con una especie de deleite - Y eso te molesta más que cualquier otra cosa, ¿verdad? El que pueda meterme bajo tu piel, el que logre quebrarte… sin siquiera haber comenzado
Lentamente, como un gato que saborea el miedo de su presa antes del zarpazo final, Sebastian acerca su rostro.
Sebastian: Podría decirte lo que soy… pero ¿de qué serviría? ¿Te consolaría saberlo? ¿Te haría sentir más en control? - una risilla gutural escapa de su garganta, baja, peligrosa - No, señor Levin… eso es lo que tú buscas. Control
Sus dedos se arrastran por el cuello del joven, trazando líneas invisibles, dibujando con la yema el contorno de su debilidad.
Sebastian: Siempre tan firme, tan frío, tan dueño de sí. Pero mírate ahora - susurra contra su oreja - Atrapado. Vulnerable. Y no porque seas débil… sino porque yo soy inevitable
Dominick aprieta los dientes, pero sus ojos revelan que algo dentro de él empieza a resquebrajarse. Una grieta. Una duda. Un "¿y si…?" que jamás quiso formular.
Sebastian: ¿Te molesta que sea yo quien tenga el control? - continúa, modulando cada palabra como una caricia afilada - ¿O te molesta que… lo disfrutes?
El silencio que sigue es abrumador. Solo el sonido del corazón de Dominick, tan acelerado que parece un tambor de guerra. Sebastian se inclina aún más, sus labios apenas rozando la comisura de su boca, sin besarla. Provocando. Deleitándose con el no-contacto, con la tensión.
Sebastian: Te daré la opción de pedirlo - susurra con lentitud cruel - Si quieres que me detenga, dilo. Pero si callas… si ni siquiera puedes formar las palabras…
La mano libre del demonio se desliza con pereza sobre el pecho cubierto de Dominick, aún por encima de la bata.
Sebastian: … entonces me encargaré de enseñarte lo que significa perderte sin siquiera ser tocado
El joven respira con dificultad. Sus labios están entreabiertos, su mandíbula tensa, los ojos clavados en los del demonio con una mezcla de furia, impotencia… y una chispa de algo más oscuro. No dice nada. Ni una palabra. Ni una súplica.
Sebastian ríe, suave, como quien ha ganado una partida sin necesidad de mover una sola ficha.
Sebastian: Muy bien…
Y entonces, el juego continúa.
Sebastian no lo besa. Aún no. Juega con la expectativa como un violinista que demora el primer acorde solo para sentir cómo la tensión del público se vuelve insoportable.
Con un tirón seco, la bata de Dominick se afloja, deslizándose apenas por sus hombros. El aire frío de la habitación contrasta con el calor creciente en su pecho, y ese contraste parece excitar aún más a la criatura que tiene sobre él. El demonio se toma su tiempo, contemplando el cuerpo frente a él como si se tratara de una obra a punto de ser violentada por el arte.
Sebastian: Tú no eres alguien fácil de romper, ¿verdad? - murmura con una voz tan baja que parece reptar por la piel expuesta de Dominick - Por eso me das tantas ganas de hacerlo pedazos…
Sus labios rozan, finalmente, la piel del cuello. No besan. Apenas se sienten. Pero la lengua, afilada y húmeda, traza un camino lento por su clavícula mientras la mano libre comienza a apretar su muslo, firme pero sin dañar. Aún.
Dominick intenta apartarse, pero Sebastian sujeta ambas muñecas sobre su cabeza con una sola mano. No le cuesta nada. Su fuerza está más allá de lo humano. El joven arquea el torso, intentando resistir, pero su cuerpo le traiciona; responde al contacto, a pesar de su voluntad. Una contradicción que no pasa desapercibida.
Sebastian: Tu cuerpo me adora, aunque tu orgullo lo niegue - susurra contra su piel, dejando un mordisco suave pero humillante justo en el borde de su cuello - Es una danza deliciosa, ver cómo te hundes en esto
La boca del mayordomo desciende, dejando una estela de marcas húmedas, mordidas y caricias ardientes. Juega con sus pezones, primero con la lengua, luego con los dientes. Cruel. Meticuloso. Cada reacción de Dominick es almacenada, memorizada, usada en su contra. No hay caricia inocente. No hay gesto sin intención.
Con la mano libre, Sebastian acaricia su abdomen, rozando apenas la parte baja, donde empieza la presión insoportable de la necesidad.
Sebastian: Estás temblando… - se burla suavemente - ¿De frío… o de deseo?
Dominick respira con dificultad. Sus labios quieren maldecir, pero sus ojos lo delatan. No hay odio puro, no hay resistencia absoluta. Solo un alma que intenta mantenerse entera mientras el cuerpo comienza a claudicar.
Dominick: No me toques… - musita, con una voz rota
Sebastian: Ya lo hice - responde al instante, y baja por su vientre, dejando un reguero de fuego con cada beso, cada roce de lengua - Y no he hecho más que empezar
La prisión de sus piernas se abre con una orden silenciosa. Sebastian no necesita forzarlo; el cuerpo, traidor como todos los cuerpos humanos, ya se ha rendido.
Lo que viene a continuación no es ternura. No es pasión ni amor. Es un acto de dominio absoluto. Sebastian lo explora, lo invade, lo hace suyo con una violencia contenida, no en golpes, sino en la intensidad de cada movimiento. No hay urgencia, sino precisión. Cada embestida está medida, cada jadeo de Dominick es una victoria.
El crujido del colchón se acompasa con los jadeos, las respiraciones rotas, los suspiros que suenan como súplicas ahogadas. Y aún así, el demonio no lo besa. Porque el beso es un arma, un premio… y Dominick aún no lo merece.
Cuando finalmente Sebastian se inclina y roza sus labios apenas, es para murmurar:
Sebastian: Si llegas vivo al amanecer… quizá te regale un beso. Pero tendrás que ganártelo
Y entonces, el juego continúa. Más lento. Más profundo. Más cruel.
Porque no hay noche más larga… que la que se pasa en las manos de un demonio que no tiene prisa.
Dominick jadea. No hay lugar seguro en su propio cuerpo. Todo ha sido descubierto, explorado, sometido. Pero aún respira… aún intenta resistir. Aún cree que puede sostenerse en su orgullo como si eso bastara para escapar.
Sebastian: ¿Aún luchas? - susurra, agachado sobre él, lamiendo una línea invisible por su pecho ya rojo de marcas - Qué molesto eres cuando crees tener voluntad
Y sin más preludio, hunde los colmillos en la curva suave entre el cuello y el hombro. No una mordida decorativa. No un roce. Un desgarro lento y profundo, hecho con malicia. La sangre brota con tibieza, pintando la piel de carmín, empapando el aliento del demonio que no detiene el ritmo de su asalto físico ni por un segundo.
Dominick grita.
No es un gemido disfrazado. Es un grito real. De dolor. De confusión. De impotencia. Lo peor no es el daño, sino el placer que lo invade al mismo tiempo. La mezcla absurda de dolor y deseo que le arranca lágrimas y jadeos entrecortados.
Sebastian: ¿Duele? - pregunta con voz ronca, su aliento húmedo y tibio sobre la herida - Es tu castigo por intentar jugar conmigo sin estar preparado
Le libera una de las muñecas solo para girarlo con facilidad, apretando su pecho contra el colchón. Con una rodilla, separa sus piernas con violencia elegante. Dominick apenas puede respirar. Está herido, mareado, temblando… pero no muerto. Aún siente. Y eso es lo que Sebastian desea.
Sebastian: ¿Sabes qué es lo más divertido de ti, Dominick? - su voz es baja, casi confidencial, mientras sus dedos lo recorren con posesión brutal - Que tu cuerpo aún quiere más, incluso cuando estás roto
La segunda embestida no es gentil. No hay preparación esta vez. Sebastian entra con la fuerza de quien quiere destruir algo desde dentro, y lo consigue. Dominick arquea la espalda, lanza un grito ahogado contra las sábanas, su cuerpo sacudido por espasmos que ya no puede controlar.
Sus caderas son sujetadas con una fuerza bestial mientras el demonio se mueve dentro de él con una cadencia lenta, cruel… como si quisiera prolongar el tormento. Las uñas de Sebastian —filosas ahora, más largas— dejan marcas finas en la cintura de su presa, pero no lo rasgan aún. Juega con los límites.
Sebastian: Voy a hacer que no puedas sentarte mañana - le murmura al oído - Y cuando estés temblando frente al conde… yo estaré detrás, sonriendo. Fingiendo que no sé lo que pasa en tu interior
El demonio gime bajo, una nota grave y oscura. La voz de un depredador satisfecho.
Dominick solloza. No de tristeza… sino de pura, innegable rendición.
Sebastian: Eso es - lame la lágrima que ha caído por su mejilla - Llorar es lo más humano que puedes hacer ahora
Con un movimiento final, más profundo, más despiadado, Sebastian empuja una vez más. Un temblor recorre el cuerpo de Dominick. Lo deja ahí, boca abajo, respirando con dificultad, sangrando por la mordida y por dentro. Su cuerpo entero vibra con un dolor que no se apaga.
Y Sebastian… se inclina una última vez para susurrarle:
Sebastian: Aún no he terminado contigo
Se levanta, con su ropa apenas desordenada. Se lame los dedos manchados de sangre con una sonrisa de satisfacción. Dominick no se mueve. No puede. Solo respira. Tiembla.
El silencio pesa. La habitación es un santuario profanado, cargado de vapores dulces y oscuros, mezcla de sudor, sangre y deseo. El cuerpo de Dominick apenas reacciona al leve roce del aire, pero sus músculos tiemblan. Su pecho sube y baja con dificultad. Cree que ha terminado. Que lo peor ya pasó.
Qué equivocado está.
Una mano lo toma del mentón. Con fuerza. Lo obliga a levantar la mirada. Sebastian lo observa desde arriba, completamente compuesto, como si no hubiera hecho nada inhumano momentos antes. Su mirada carmesí brilla con perverso deleite. Lo estudia. Lo saborea con los ojos. Luego habla:
Sebastian: ¿Tan rápido caes? - susurra con ese tono que no permite réplicas - Qué decepción. Pensé que resistirías más
Dominick intenta responder, pero su voz está atrapada en la garganta. Solo puede mirar. Solo puede respirar.
Sebastian: Ah… ¿ya no tienes lengua? - ríe, bajo, burlón, antes de pasar un dedo por sus labios lastimados - ¿O acaso esperas que te trate con delicadeza por ser nuevo?
Con una facilidad inhumana, lo toma por la cintura y lo arrastra de nuevo al centro de la cama, sin importar sus quejidos sordos. El cuerpo del otro tiembla, las marcas de las mordidas, de las uñas, del dominio físico se exhiben sin pudor. Y aun así, el demonio lo pone de rodillas, sujetando su cuello con un gesto tan suave como venenoso.
Sebastian: Mírame - le ordena. Y sus ojos brillan, crueles - Quiero que recuerdes cada segundo. Que no puedas cerrar los ojos sin verme
Lo obliga a mirarlo mientras lo invade una vez más, esta vez desde una posición que expone cada reacción, cada temblor involuntario. El roce es lento, deliberado, y Sebastian gime con placer contenido.
Sebastian: Así está mejor - murmura con una sonrisa torcida, clavando los dedos en su cadera - Me gusta más cuando obedeces sin necesidad de hablar
Dominick muerde sus labios, conteniendo los sonidos. Pero no puede evitarlo: su cuerpo responde. Siente el calor, el dolor… el deseo maldito que lo avergüenza. Sebastian lo siente también. Lo disfruta.
Sebastian: ¿Ves? - besa su oreja con falsa ternura - No necesitas amor. Solo obediencia
Las embestidas se hacen más profundas, más rítmicas. Pero lo que realmente tortura a Dominick es la voz. Sebastian le susurra todo lo que le hará, todo lo que hará que sienta, lo que jamás podrá contarle a nadie. Una lista de pecados que se graban en su mente con fuego.
Sebastian: No eres nadie aquí - le dice, jadeando con cada estocada - Solo un experimento. Un entretenimiento temporal. Un juguete del que me aburriré… algún día
Dominick solloza, las lágrimas caen sin permiso. El placer lo corrompe, el dolor lo ancla, y la voz del demonio lo destruye. Todo en conjunto es más de lo que su alma humana puede soportar sin quebrarse.
Sebastian: Dime que me odias - le exige mientras lo penetra con brutalidad - Dilo
Dominick: Te… te odio… - balbucea, entre jadeos y lágrimas
Sebastian sonríe. Lo aprieta más fuerte. Y con una última estocada violenta, lo hace estremecer, romperse, gemir ahogado contra su propio brazo.
Sebastian: Bien. Así se forjan los buenos juguetes
Lo deja caer contra el colchón. Respirando. Temblando. Roto.
El demonio le cubre el cuerpo con la manta… pero no por misericordia, no por piedad. Sino porque le gusta ver a sus juguetes intactos hasta el día siguiente y porque le pertenece. Solo él tiene derecho a dejarlo en ese estado.
Antes de retirarse, se agacha junto a su oído, y con la voz más suave —como si fuera un amante— le dice:
Sebastian: Repetiremos esto nuevamente. Aún no he terminado contigo
Y desaparece en la oscuridad con la misma elegancia con la que llegó.
