Les voy a hacer enteramente sincero. Este debe ser el capítulo más difícil de escribir que he tenido la desgracia de trabajar. Resulta que el personaje de este capítulo, Agamenón, tiene una historia tan complicada, que fácilmente podría hacer una temporada entera dedicada a las vivencias de la familia de Agamenón y Menelao.

Adicional a lo complicado que es acomodar la historia de Agamenón como un personaje histórico, a la complejidad de su personaje mitológico, y en combinación con su personaje de Guerras de Troya, y a todo esto sumarle a Heracles, uno de sus 12 Trabajos de prólogo, y otro de lección, todo mientras hilo los acontecimientos con los personajes de Guerras de Troya, para su historia principal, Guerras de Troya, pues… tardé tres semanas en escribir esto. Espero lo agradezcan, jajaja.

Adicional a todo lo que acabo de escribir, hay un detalle que me impidió escribir este capítulo, y ese era que, para poder completar este capítulo, tenía que darles uno de los spoilers más grandes de Guerras de Troya, ya que, si no se realiza este spoiler, todo el capítulo pierde el sentido de lore que le tengo que dar. Así que, van a comerse un spoiler que no debían comerse hasta el año 10, lo siento por eso, aunque muy seguramente algunos de ustedes ya habían descubierto este spoiler pero no me lo dijeron.

Otra cosa que tengo que agregar, sé que en esta historia han leído de todo, incesto, violaciones, masacres, empedramientos, entre otras cosas. Como advertencia les puedo decir que, no han visto nada. Este capítulo está por demostrar el por qué Kurumada simplemente no puede utilizar la mitología Griega como referente para la historia de Saint Seiya, y en lugar de eso son guerreros cósmicos con el poder de las estrellas y un sentido de la justicia y la hermandad. Así que, lo diré una sola vez. Kurumada, te entiendo, y te perdono, pero reitero mi compromiso como autor escribiendo lo que no te atreviste a escribir de todos modos (golpe de ariete).

Otra advertencia (¿otra?), si otra, no exagero cuando digo que este capítulo es brutalmente largo. Inicialmente lo iba a dividir en parte uno y parte dos, pero me di cuenta de dos cosas, no era justo para los otros Caballeros Dorados, y los capítulos como parte uno y parte dos no eran tan largos por sí mismos, e iba a terminar rellenando. Pero, en fin, a contestar reviews.

MaryQueen: ¿Cuál es el primer favorito? El poder de Euristeo es único de Euristeo, lo sentimos por eso, pero Apolo puso todos los huevos en una sola canasta. Me alegra que te esté agradando el personaje de Euristeo, creo que a Heracles también le está agradando. No te voy a mentir, es un verdadero reto escribir esta historia, y mantener lo Saint Seiya en la misma, no es para nada sencillo, y este capítulo es un vivo ejemplo de ello. Cangrejito pellizca buevito jajaja. Curiosamente, Fileo también sale en este capítulo, un ratito, pero sale jajaja. Ni los caballeros de Athena, ni los Espectros, son unidos en absoluto en estos momentos, y eso también lo vas a ver en este capítulo. Jajaja, reviviendo traumas con la mamá de Dumbo, aquí van a haber varios traumas para que se te quite, jajaja. En fin, espero que disfrutes de este capítulo.

Josh88: No pos yo me demoré más en actualizar así que tú tranqui y yo nervioso. Todos aman a Carcinos, el cangrejito pica huevos azul, así que no podía no hacerle una página de Wiki. Lástima que pasamos de un capítulo bonito de reencuentros familiares, a la familia más disfuncional que te puedes llegar a imaginar, pero ya veremos qué piensas al respecto. Específicamente para este capítulo, dudo que la historia de Heracles sea inspiradora… en absoluto, pero eso lo dejaré a tu criterio. Yo también soy fan de Anceo.

NOTA: (¿Otra?) Sí, otra. Les recuerdo, que esta historia se basa en la mitología Griega, y que los acontecimientos no son de mi inventiva, más bien yo les doy mi toque, así que, si sienten que el cuento de Heracles está muy raro, no es mi culpa, yo no escribí los 12 Trabajos, pero sí sospecho que se fumaron un buen porro mientras lo escribían.


Guerras de Troya - Las 12 Pruebas Doradas de Heracles.

Cuarta Prueba Dorada: Resucitar a la Esperanza de Elpis.


Hélade. Micenas. Palacio del Rey Euristeo. Sala del Trono de Euristeo. Año 1,254 A.C.

-¿¡Lo trajiste vivo!? –la Sala del Trono de Micenas era un caos, mientras un inmenso jabalí, que rasgaba el techo con su pelaje café oscuro como púas, resoplaba por la nariz, y clavaba sus pesuñas, que más parecían garras, en el suelo que se cuarteaba bajo su peso. La bestia, de ojos anaranjados y penetrantes, estaba atada del cuello por una larga cadena que Heracles e Ificles tiraban con fuerza, evitando que el jabalí se comiera a Euristeo y a Antímaca, ambos dentro del barril de bronce, abrazándose, mientras el jabalí les respiraba furioso.

-Oh, que si me lo como, que si no me lo como y nomás lo mato, que si lo mato, pero no traigo pruebas, que si me ayudaron a matarlo o lo hice yo solito y sin ayuda. No importa lo que haga, siempre me dicen que hice algo mal y que no cumplí con mi trabajo. Así que, lo traje vivo para que vean que sí cumplí –le espetó Heracles, tirando con fuerza, y sentando al Jabalí de Erimanto.

-Bueno, es una buena razón –defendió Euristeo a Heracles, pese al descontento de Antímaca. Euristeo entonces salió del barril para observar al jabaló-. Sí se parece al Jabalí de Erimanto. Pero no estoy muy seguro… -admitió Euristeo, frotándose la barbilla.

-¿Pues cuántos jabalíes gigantes come hombres puede haber? –se quejó Ificles, quien tiraba de la cadena manteniendo al jabalí lejos de Euristeo- Compórtate, chuleta irrespetuosa –forcejeó Ificles.

-¿Lo comeremos? –preguntó Euristeo. Heracles lo pensó, miró al jabalí, y este pareció comprender de lo que estaban hablando- Hablando de jabalíes gigantes come hombres, está, por supuesto, el Jabalí de Calidón. Pero mandarte dos veces a matar jabalíes sería aburrido. En fin, trabajo aceptado –admitió Euristeo-. Así que. ¡Por el poder investido en mí por el Dios Apolo, y ya que el trabajo de un hijo de Zeus subordinado ha traído beneficios a la corona de Micenas, despertaré al alma durmiente de una Armadura Dorada! ¡Yo te despierto, Armadura de Libra! –lanzó un destello de luz Euristeo al cielo, uno que enfureció a Antímaca- Ya sé, pero oye, no todos los días hay jabalí para la cena. ¿Cómo vas a prepararlo, Ificles? –preguntó Euristeo. Ificles tomó la cadena, y se la entregó a un joven con el que Euristeo no estaba familiarizado, y que comenzó a forcejear con la cadena para mantener al jabalí estable, reemplazando a Ificles. También estaban presentes Hilas y Yolao, a quien Euristeo sí conocía, estando Euristeio particularmente sorprendido del número de personas acompañando a Heracles

-Bueno, me gustaría preparar una receta del oeste, asado a la parrilla o en el fuego simplemente despellejado y sin viseras. La carne se marina con salsa de menta, o con hierbas y especias. La carne de jabalí es más magra y dura que la del cerdo, por lo que habrá que marinarla toda con vinagre indistintamente de la salsa, acompañado con un vino tinto, ajo, cebolla, y hierbas para ablandarla –le explicó Ificles, el estómago tanto de Heracles como de Euristeo rugió con fuerza.

-Suena delicioso. Hazlo -pidió Euristeo. Ificles entonces tomó de ambas cadenas, y se llevó a rastras al aterrado Jabalí de Erimanto, dejando a Euristeo observando a la compañía de Heracles-. Veo que has hecho a un nuevo amigo. Pero primero, preciosa Hilas. Siempre es un placer volver a verte –ofreció su mano Euristeo. Hilas, coquetamente, le ofreció la suya, la cual Euristeo besó.

-Como siempre, usted es muy amable, mi buen señor –le respondió Hilas coquetamente, tomó su propia mano donde Euristeo la había besado, y besó la misma, aumentando la temperatura corporal de Euristeo-. Sea paciente, ya casi lo convenzo del trio –guiñó el ojo Hilas.

-¿Convencerme de qué? –preguntó Heracles. De fondo, Antímaca enfureció, su cosmos haciéndose presente- Oye, he sentido ese cosmos antes. Pero, ¿dónde? –se preguntó Heracles, aterrandola.

-Ah, ajaja, me han dicho que tengo un cosmos muy familiar… -comenzó Antímaca, confundiendo a Heracles, mientras la reina salía del barril, tomaba a Euristeo de la oreja, y lo metía a la fuerza dentro del barril- ¡Oye! ¡Soy tu reina! ¿Qué haces coqueteándole a otras? –se quejó ella.

-Pero es que… muy mi reina, pero no hemos… tu sabes… eres la Diosa Hera… ¿y si Zeus me fulmina? -le comentó Euristeo, Antímaca se apenó y desvió la mirada- Yo solo digo que un Mortal tiene necesidades y que… bueno… -intentó explicar.

-Ya entendí, lo haremos, pero debes deshacerte de Heracles. ¿Has escuchado lo que dicen de él en las calles? –preguntó Hera, pero Euristeo ya no estaba prestándole atención mientras fantaseaba con algo de acción marital-. Concéntrate… -lo sacó Antímaca a la fuerza del barril.

-Esa no es forma de tratar a un rey… -se limpió la túnica Euristeo, y entonces miró al confundido de Licas, a quien aún no tenía el placer de conocer-. Debo suponer que este joven lobo, es un nuevo compañero de viajes, ¿no es así? –preguntó Euristeo.

-Licas, mi nuevo mejor amigo –presentó Heracles, jalando a Licas y abrazándolo con fuerza-. Mientras cazábamos al Jabalí de Erimanto, Licas salvó a Hilas de una emboscada de Centauros, mientras bebíamos un buen vino en la cueva de mi buen amigo Folo. El desinterés de Licas me hizo declararlo mi mejor amigo. Nadie, jamás, se había preocupado tanto por unos extraños, sin querer nada a cambio –admitió Heracles.

-¿Nada a cambio? –se peguntó Euristeo, genuinamente preocupado, y notando la mirada lasciva que Licas dirigía a Hilas- Herc, ¿vienes un momento? –pidió Euristeo. Heracles alzó una ceja, y se acercó, Euristeo lo jaloneó un poco para ponerlo a su altura- Escucha, Herc… Hilas es una muchachita muy hermosa. Y trio aparte… –comenzó Euristeo, Heracles se molestó-. Solo escucha. Sé que tú eres muy libertino y todo eso, y que Hilas aparentemente es igual. Pero veo cómo la miras. Para ti Hilas no es una mujer cualquiera, y ese tal Licas… más que tu amigo, está buscando raptar a Hilas y separarla de ti… -le explicó Euristeo. Heracles se viró a ver a Licas, este inmediatamente viró su rostro lejos de Hilas, ruborizado.

-¿Crees que Licas solo viaja con nosotros porque quiere a Hilas y no es que quiera ser mi amigo? –preguntó Heracles, Euristeo asintió. Heracles inmediatamente se soltó en una tremenda carcajada- ¡Buena esa primo! ¡Si no me estuvieras mandando a hacerla de tu mandadero, probablemente te creería un buen tipo! ¡Ajajajajaja! –continuó con su risa Heracles.

-Oye. Soy un buen tipo. Cobarde sí, pero no me considero una mala persona. Bueno, sí estoy tratando de matarte. ¿Estoy teniendo un dilema moral? –se rascó la nuca Euristeo, cuando las puertas de su palacio se abrieron de improviso- ¡Estoy en audiencia! –se molestó Euristeo.

-Mi señor… -comenzó un niño de al menos 15 años. Persiguiéndolo dentro de la Sala del Trono estaban dos soldados revestidos con túnicas moradas, lo que significaba no solo que eran parte de la realeza, sino que eran también muy soberbios por vestir esos colores de prendas. Uno de ellos, inclusive, llevaba una espada de oro, con la que acorraló al niño-. Mi señor… por favor, Élide no tiene el tiempo de esperar a que me otorguen audiencia, se lo suplico –pidió el chico.

-Nadie morirá en mi Sala del Trono –apuntó Euristeo con su dedo, liberando una fuerza de cosmos dorado que derribó la espada de oro del recién llegado, salvando al niño de ser ejecutado-. Atreo… Tiestes… aunque agradezco su disposición a proteger a la corona de Micenas, no confundan a la justicia de Olimpia con la de Micenas… no sea que comience a dudar de la historia que me han contado para darles asilo en mi reino –habló Euristeo de forma sombría, impresionando a todos los presentes, Heracles y Antímaca incluidos.

-Wow… ¿ese es el cobarde Rey Euristeo? Creo que comienzas a tener competencia Herc… –agregó Hilas coquetamente. Heracles se molestó y la empujó a un lado, lanzándola sin quererlo de un lado de la habitación al otro, siendo atrapada por Yolao, quien terminó derribado junto con ella-. ¿Qué le pasa? –se molestó Hilas.

-Es un patán –se cruzó de brazos Licas, reuniéndose con Hilas y Yolao-. Semidioses, faltos de empatía. No te conviene, Hilas. Tarde o temprano va a romperte el corazón –aclaró Licas.

-¿Estos quiénes son? –preguntó Heracles- ¿Este quién es? –continuó mientras miraba al pequeño pelirosado- Estoy en audiencia, esperen su turno –ordenó Heracles, molesto.

-Tranquilo primo, es solo un niño –comenzó Euristeo-. Haré las presentaciones. Heracles, héroe de Micenas –presentó Euristeo-. Ellos son Atreo y Tiestes, príncipes desterrados de Olimpia. Aparentemente, encontraron a su hermano menor, Crisipo, un Efebo de 14 años y el favorito para hacerse con el Trono de Olimpia, encamado en sus aposentos con el Príncipe Layo de Tebas, quen lo llenaba con todo su amor al parecer. Ambos mataron a Crisipo por esto, lo que aún me parece curioso. Si tan violentados se sentían, ¿por qué matar a su hermano menor y al heredero al trono de Olimpia, en lugar de al Príncipe de Tebas? –cuestionó Euristeo, poniendo nerviosos a Atreo y a Tiestes- En todo caso, yo los acepté en mi corte. Son mis protegidos hasta que termine con las averiguaciones. Ya que si me entero de que mataron a su hermanito Crisipo sin razón… solo porque él era el heredero por ser el favorito de su padre, y no porque Layo los hubiera ofendido… entonces serán ejecutados en la corte de Micenas… -amenazó Euristeo, poniendo nervioso a ambos hermanos-. Hasta entonces, son mis protegidos. Y más les vale quedarse en mi lado amable hasta que se demuestre su inocencia. Pero mientras tanto, ¿qué es tan importante pequeño? –preguntó.

-Mi Rey Euristeo… -comenzó el chico-. Mi nombre es Fileo, soy el hijo del Rey Augías de Élide… -comentó el chico-. Élide está muriendo… los ganados de Augías, sagrados y bendecidos por los Dioses, defecan en los ríos que alimentan al pueblo. Lo hemos intentado todo para limpiar los establos y que las bestias dejen de contaminar los rio con sus heces… pero no somos ni tan fuertes, ni tan diestros… si tan solo el Rey Euristeo pudiera ayudarnos… -suplicó el joven Fileo.

-¿Qué? ¿Es esto una broma? –preguntó Heracles, divertido. Fileo se apenó, Euristeo comenzó a molestarse- ¿Interrumpes la audiencia de Heracles, para pedirle al Rey Euristeo que utilice recursos para palear caca? –se burló. Atreo y Tiestes también se burlaron, Yolao e Hilas no soportaron la risa tampoco, e incluso Licas comenzó a reírse. Antímaca comenzó riendo de igual manera, pero al notar la postura, y el temple de Euristeo, comenzó a mirarlo con curiosidad.

-¿Consideras que palear caca es un trabajo indigno, Heracles? –comenzó Euristeo, caminando a su trono con una mirada de molestia- ¿También consideras que trabajar los campos es un trabajo indigno? ¿Limpiar las calles es indigno? ¿Limpiar los pisos es indigno? Puedes disfrutar de comodidades por ellos que hacen los trabajos que tú consideras indignos -comentó Euristeo. Heracles estaba sorprendido por escucharlo hablar con semejante autoridad-. Si tan digno piensas que eres, Heracles. Entonces me queda claro por qué soy yo el que se sienta en el trono de Micenas. Esto no tiene que ver con un derecho de nacimiento, tiene que ver con la clase de persona que eres… y eres indigno de ser un rey… eres indigno del trono de Micenas… -le espetó él.

-¿¡Indigno del trono de Micenas!? –enfureció Heracles, su cosmos estallando, lanzando el mismo a Euristeo, quien esta vez no se escondió en el barril de bronce, y en su lugar usó su propio cosmos para repeler el de Heracles- Solo hay una razón por la que te sientas en ese trono, primo… y se llama Hera… -aclaró Heracles. Antímaca, quien era realmente Hera, se mostró intimidada por sus palabras, no así Euristeo- Y la única razón por la que sigues vivo, es por el poder ese que te dio Apolo de revivir las Armaduras Doradas. Sin este… no eres nada… -aseguró Heracles.

-¡Soy el Rey de Micenas, y tú estás bajo mi servicio! –amenazó Euristeo, su cosmos creciendo más y más- Y te considero digno, Heracles, de una tarea muy especial. Jamás había estado más seguro de lo digno que eres para esta tarea. Yo, el Rey Euristeo, te ordeno que viajes a Élide, a limpiar los Establos de Augías… -ordenó él. Heracles rugió furioso, e intentó azotar la Maza de Mithrilo en el rostro de Euristeo, quien no se movió ni un centímetro, y bloqueó la misma con su cosmos-. Ve a palear caca dignamente… Heracles… es una orden… -finalizó él.

-Comenzabas a caerme bien primo… pero eres un imbécil… -bufó Heracles-. Y para que sepas… no comerás Jabalí de Erimanto… no te considero digno de probarlo -amenazó él.

-De modo que no podemos ser amigos, ¿no es así? –aseguró Euristeo- Palea caca, limpia los establos… y rézale a Zeus porque no piense en un trabajo que te borre de este mundo… porque te recuerdo. ¡Eres mío por 12 Trabajos! ¡Ahora largo! –ordenó Euristeo. Heracles, furioso, se retiró.

Élide. Sala del Trono del Rey Augías (Una luna más tarde).

-¿Limpiar los establos de mi ganado sagrado? –de muy mala gana, Heracles llegó a Élide, donde el joven Rey Augías se encontraba sentado en su trono, con su hermano Áctor a su lado, y ambos intercambiando miradas de confusión- ¿Escuché bien? –se limpió los oídos Augías.

-Escuchó bien, mi Rey Augías –comenzó Heracles, mordiéndose los labios con fuerza, y con Ificles, Yolao, Hilas y Licas a su lado-. Por órdenes del Rey Eurísteo me pongo a su servicio. Es parte de mi Quinto Trabajo. Este niño, Fileo, hizo la petición –Augías y Áctor intercambiaron miradas.

-Esto es demasiado extraño… -se frotó la barbilla el apuesto Rey Augías, pelirosado y de ojos azules, mientras su hermano Áctor, igual de apuesto, pero de cabello naranja, meditaba al resepecto-. ¿Pero quién soy yo para negar un favor gratis? –se regocijó Augías.

-Gratis mis calzones… -se molestó Heracles-. Euristeo podrá mandarme, pero igual puedo aprovecharme. Exijo el pago de la mitad de su ganado como compensación –le exigió Heracles.

-¿Herc? ¿Qué haces? –preguntó Ificles- No pedimos pago… hacemos esto por las Armaduras Doradas… -le recordó Ificles, pero Heracles simplemente estaba demasiado molesto.

-¿La mitad de mi ganado? –agregó Augías, divertido. Él y su hermano Áctor se burlaron- Solo te daría la mitad de mi ganado, si lograras limpiar los establos en un solo día –sentenció Augías.

-Hecho… –respondió Heracles. Los Heraclidas lo voltearon a ver incrédulos-. Aliste el pago, que comeremos bueyes sagrados. Prepárate para cocinar, Ificles –aseguró Heracles, retirándose.

-¿Enserio? Vamos a palear caca. ¿Tú crees que me van a quedar ganas de cocinar después de eso? –se molestó Ificles, mientras el grupo se retiraba de la Sala del Trono de Augías, dejando a Fileo con su padre Augías y su tío Áctor.

-Se veía bastante seguro de sí mismo hermano –comenzó Áctor, pensativo-. Si Heracles cumple con su tarea, se llevará consigo la mitad de la riqueza de Élide. Esos ganados, capaces de ser sacrificados y resucitados al día siguiente, son la principal herramienta de comercio de Élide, incluso por sobre la pesca que por muchos años fue nuestro fuerte comercial –le recordó Áctor.

-Lo sé hermano, y te preocupas demasiado –le comentó Augías. Su hijo Fileo le prestaba toda su atención-. Y aunque sé que ni el mismísimo Heracles podría hacer una proeza tan grande como limpiar esos establos en un día, también sé sobre su poderosa lujuria. Agamena -pidió Augías, y tras unos instantes, una bella doncella rubia, de ojos azules, y bastante hermosa, entró en la habitación-. Quiero que uses tu belleza para distraer a Heracles y que no pueda hacer su trabajo -pidió Augías. Agamena asintió. Fileo comenzó a preocuparse por Heracles, y por su propio padre.

Establos de Augías.

-¿¡Por qué estoy haciendo esto!? –enfureció Licas, en medio de unos asquerosos establos, y con Ificles vomitando en una esquina mientras Yolao, más listo que el resto, cubría su nariz con una franela húmeda- ¿¡Y dónde está Heracles!? ¡Este es su trabajo! –insistía Licas, furioso.

-Está en su descanso –comenzó Hilas- Aunque su descanso terminó hace un rato… iré por él… -dejó de limpiar Hilas, salió de los establos, tomó un ánfora para limpiarse el cuerpo, y después se retiró para buscar a Heracles, aunque no tardó en escuchar los apasionados gemidos de una chica, lo que llamó la atención de Hilas, quien siguió los mismos hasta el almacén de herramientas, donde descubrió a Heracles en pleno acto con Agamena-. ¡Herc! –agregó Hilas furiosa, asustando a Agamena, quien buscó su túnica blanca para cubrirse- ¿¡Enserio!? ¡Soy tu amante! ¿Estás engañándome con una cualquiera? –enfureció Hilas, Heracles comenzó a ponerse su armadura.

-Oye, hay suficiente Heracles para todos –intentó defender Heracles, pero Hilas estaba demasiado enfadada-. Además, ella me sedujo, esta vez es cierto… no es que… las otras no lo hayan sido… es solo que… mira, ven, date cuenta por ti misma de lo buena que es… -intentó decir Heracles.

-¿Estás loco? –se molestó Hilas- Fui forzada a vestir de hombre en Chipre, eso no significa que me gusten las chicas. Sí, estaba comprometida, pero contra mi voluntad. ¡Y esto no se trata de eso! ¡Me estás siendo infiel! –se quejó ella, Heracles la miró con incredulidad- ¿Acaso solo fui una aventura para ti? –preguntó ella.

-Se llama sexo. Es rico, y no siempre es con amor. Mira, solo entra allí y disfrútalo… -la empujó Heracles dentro del almacén de herramientas, encerrándola con Agamena-. Y no tienes permitido salir de allí hasta que hayas disfrutado a Agamena… -pegó orejas Heracles a la puerta, y de pronto se sorprendió-. Eso fue bastante rápido… oye, ¿por qué lo estás disfrutando? –se quejó.

-¡Herc! –escuchó Heracles. El Héroe de Mithrilo se preocupó por Hilas y que fuera descubierta, por lo que rápidamente fue hasta donde lo llamaba Licas- ¿Dónde Espectros estabas? ¡Nos queda muy poco tiempo! ¡El sol se está ocultando! ¿Dónde está Hilas? –preguntó Licas.

-Ah, no quieres saberlo -respondió Heracles. Licas lo miró furioso-. Entonces, ¿cómo vamos de avance? –preguntó Heracles, dándose cuenta de que no llevaban mucho avance- Está casi igual que como lo dejé… -se quejó Heracles.

-Mi culpa… vomito todo lo que limpio… urght… -aclaró Ificles-. Herc… esto no está funcionando… necesitamos un plan… -le espetó Ificles, ya demasiado enfermo-. Debe haber una forma de limpiar estos establos… sin perder todo el contenido de mi estómago en el proceso… de hecho… creo que ya no me queda nada… no espera… blerght… -se quejó Ificles.

-¿Qué quieres que haga? ¿Echarles el rio encima? –preguntó Heracles. Ificles abrió sus ojos de par en par mientras se limpiaba el labio, y se viró a ver a Heracles, quien compartía su misma expresión- Oye… hay dos ríos allí arriba… Alfeo y Peneo –sonrió Heracles, teniendo una idea.

-Y ambos ríos, pasan a izquierda y derecha de los Establos de Augías… -prosiguió Ificles, Heracles asintió. Licas miró a Yolao con curiosidad, el de la Hidra simplemente sonrió divertido por lo que estaba viendo-. Si usamos nuestros cosmos para crear un tercer rio, y desbordamos los causes de los ríos Alfeo y Peneo a los establos de Augías… -continuó Ificles.

-El rio se lleva la caca, terminamos antes de que se acabe el día, y nos damos un festín… -concluyó Heracles, Ificles entonces vomitó una vez más-. O mejor dicho… el rio se lleva la caca y el vómito, terminamos antes de que acabé el día, y nos damos un festín. ¡Yolao! –llamó Heracles.

-¡Ojos de la Hidra! –cerró los ojos Yolao, los abrió, y su mirada cambió a los ojos amarillos de la Hidra. Al virar por los alrededores, sin embargo, Yolao miró al almacén de herramientas, y de pronto se quedó mirando en aquella dirección- Oh… amo estos ojos… -se ruborizó Yolao. Ificles alzó una ceja curioso, Heracles simplemente tosió con fuerza, ganando la atención de Yolao-. Por el este utilizando la estrella del centro del cinturón del gigante Orión de referencia –explicó Yolao. Heracles asintió, salió del establo, se colocó en posición, y comenzó a elevar su cosmos.

-Hora de limpias la caca. ¡Heraclian Heros! –atacó con su cosmos Heracles, partiendo la tierra, y creando una inmensa zanja, que estalló en lo alto de la montaña, lanzando agua por los alrededores, y al poco tiempo después de aquel ataque, el agua comenzó a caer de forma violenta, dirigiéndose a los establos de Augías.

-¡Tontos! ¡Si el agua golpea el establo con esa fuerza no solo va a limpiar los establos! ¡Va a destruirlos! –se quejó Licas, entrando dentro del establo, y elevando su cosmos frente a una de sus paredes- ¡Colmillo Explosivo! –desató su ataque Licas, como una mordida de las fauces de un lobo esmeralda, que destruyó la pared de madera, y permitió al agua entrar por en medio del establo, sacudiendo la estructura, pero sin derribarla. Licas usó su cosmos para correr al otro extremo de los largos establos, perseguido por el agua, y golpeó el otro extremo partiendo la pared ¡Colmillo Explosivo! –desató Licas, y el agua salió por el otro lado del establo. Tras aquello, Heracles, Ificles, Yolao y Licas, se reunieron para ver el agua pasando de un lado del establo al otro, y a estos se les unió una Hilas llevando a Agamena en brazos con una sonrisa de satisfacción.

-Bien hecho chicos –sonrió Hilas. Heracles la miró con incredulidad, y apuntó a Agamena en sus brazos- ¿Qué puedo decir? Soy buena. Y ella se portó bastante bien… -le besó la frente Hilas.

-¿Enserio? ¡Pasé 50 noches con cada una de las hijas de Tespio! ¡Y ninguna quedó así de satisfecha! ¿Qué hiciste? Tienes que enseñarme –comenzó Heracles, cuando escuchó los gritos de sorpresa de un recién llegado.

-¡Mis establos! –era Augías, quien acababa de llegar a supervisar los avances del trabajo junto con Áctor y Fileo- ¡Esto no es limpiar los establos! ¡Esto es destruirlos! –apuntó Augías, furioso.

-Técnicamente usted pidió que se limpiaran los establos, no que se mantuvieran en pie –le comentó Ificles. Augías le dirigió una mirada asesina-. Bueno, yo solo digo… -se defendió el de la Osa Mayor, mientras el agua comenzaba a caer más tranquilamente.

-Están limpios, y justo a tiempo –se enorgulleció Heracles. Augías lo miró con incredulidad-. Así que, tomaré la mitad de los bueyes y nos iremos. Oye, si disfrutaste de esta preciosa, conozco de un lugar en Troya donde tú y yo podríamos… -comenzó a susurrarle Heracles a Hilas, quien comenzó a sonreír traviesamente.

-¡No voy a pagarte nada! –recriminó Augías- ¡Esto no es limpiar! ¡Esto no es un trabajo bien hecho! –exclamó Augías. Heracles preparó su garrote- Oh, mejor repiensas lo que pretendes hacer… -comenzó a elevar su cosmos Augías, y Áctor comenzó a elevar el propio. Heracles se sorprendió de que ambos fueran manipuladores del cosmos, y se puso a la defensiva.

-Herc… sus cosmos… son demasiado altos… -comenzó Ificles, preparando su cosmos de todas formas-. Ese Augías… su cosmos no es normal… se siente… como el cosmos del Sol… Helios… escuché que Augías era hijo de Helios. Es un Semidios… si lo enfrentas… -comenzó Ificles.

-Ya sé… se lo prometí a Atenea… «ya no mates Semidioses Heracles» -arremedó Heracles, apagando su cosmos-. Pero si no puedo agarrarte a garrotazos, voy a llevarte a juicio. ¡A Juicio ante Radamanthys de Wyvern! –alzó Heracles su Maza de Mithrilo, la azotó contra el suelo, y abrió un portal oscuro, del cual dos figuras comenzaron a emerger. Una de estas figuras era el Juez del Inframundo, Radamanthys de Wyvern, el protector de la Primera Esfera de Caina, y quien llegaba revestido en su Suplice, imponente, poderoso, el solo verlo causaba terror en los corazones de quienes lo miraban, o al menos ese hubiera sido el sentimiento englobando a los presentes, de no ser por la segunda figura que se había materializado con él saliendo del portal conjurado por Heracles, una mujer de más de 50 años, un poco rellenita, con la cabellera castaña, larga y amarrada en una bola de cabello, con la mirada de ojos cafés cansada, y quien había estado besando el cuello de Radamanthys, quien al parecer comenzaba a subirle la túnica, el par había estado compartiendo un momento intimo sobre el trono de Radamanthys, también transportado por Heracles- ¡Ay Ma! ¡Asco! –se quejó Heracles. Detrás de él, Ificles se cubría los ojos.

-¡Herc! ¡Yo estaba! –comentó la mujer, arreglándose la túnica, mientras el molesto juez se paraba de su trono- Li-limpiaba el trono de Caina… y como no quería molestar a Radamanthys… estaba sobre de él… inocentemente limpiando… sí… eso hacía… -comentó ella sumamente ruborizada.

-No le mientas, Alcmena… el ratón tiene derecho a saber a quién complace su madre… -comentó Radamanthys, desafiante, orgulloso, mientras Heracles lo miraba con desprecio y su garrote listo. De fondo, Alcmena se acomodaba su ropa interior, mientras Ificles la reprendía-. Si me has llamado, hijastro mío, supongo que es para un juicio. Dime entonces. ¿Quién requiere de la justicia de Radamanthys de Wyvern, la Estrella Celeste de la Intrepidez? –sentenció el poderoso ser.

Micenas. Mercados de Micenas. Año 1,209 a. C.

-¡Pfttt! –Filoctetes escupió su bebida mientras escuchaba la historia que Heracles le contaba a Poeas, quien se mostraba ruborizado por lo desvergonzado de lo que Alcmena, la madre de Heracles, y Radamanthys, el Juez del Inframundo, habían estado haciendo cuando en su historia, Heracles convocó a Radamanthys desde el Inframundo. Filoctetes estaba tan contrariado, que tocía su bebida- ¿Tu madre y el Juez del Inframundo? –preguntó Filoctetes en incredulidad.

-Lo que hace al Minotauro mi primo… ya sabes. O sabrías si me dejaras contar más de una historia a la vez –le comentó Heracles, bebiendo de su vino, molesto por lo que había estado contando-. Y lo peor de todo es que perdí aquel juicio. Ni Ma prometiendo masajitos a mi padrastro fue suficiente. Aparentemente, yo no podía exigir pago por una tarea impuesta por Euristeo. Y me fui sin nada. Desterraron a Fileo por testificar contra su padre, y después a Agamena porque estaba embarazada… todavía no sé si es mío o de Hilas… -se rascó la nuca Heracles.

-Tuyo o de… -comenzó Filoctetes, mirando a Heracles con incredulidad-. Contigo ya no sé si son chistes o no. En fin. Cuando estuvimos en Élide el año pasado, me sorprendió que conocieras tanto de la historia de Élide. Así que, ¿solo te retiraste, juraste venganza, y te acordaste años después y no te vengaste del todo…? -se quejó él.

-Ah, ya me había vengado de Augías y de Áctor. Lo de hace un año fue poner a Fileo en el trono por su ayuda –le comentó Heracles-. Verás, nos volvimos a ver en el Argos. Ellos viajaron a Yolcos también para buscar aventura –le explicó Heracles. Filoctetes, molesto, sacó una lista, y anotó el nombre de Augías y de Áctor bajo el título de Argonautas, junto con muchos otros que ya estaban escritos en su lista-. Cuando me enteré de que Augías, condecorado con Argonian Helios, viajaría con nosotros en el Argos, antes de zarpar, mandé una carta a Duoliquio a mi buen amigo Fileo, diciéndole que zarparía en un largo viaje, y que me serviría mucho probar la exquisita comida de mi querida Epicaste, y tener en mis brazos a mi hijo Téstalo, simpático el nene. Invité a Augías a cenar con nosotros el día antes de zarpar, fue una bonita reunión familiar… -se burló Heracles, Filoctetes comenzó a armar las piezas, y miró a Heracles con incredulidad-. Hilas estaba allí… hicimos mucho ruido a propósito esa noche –se burló Heracles.

-Oh… golpe muy bajo… no solo embarazaste a Agamena, también a su hermana Epicaste… no tienes vergüenza. Vas a decirme que Augías también la desterró –le preguntó Filoctetes. Heracles asintió orgulloso-. Me da miedo preguntar, pero, ¿también te vengaste de Áctor? –preguntó él.

-Bueno… durante el viaje, pasamos por la Troade, allí Áctor conoció a una bella mujer: Hirmina… -comenzó Heracles, Filoctetes comenzó a tener un mal presentimiento-. Áctor vestía a Argonian Loimós, era uno de los Contramaestres de Oro Rojo más poderosos, pero estaba tan enamorado, que gastó todo su tesoro para fundar una pequeña ciudad para ella: Éolida, frente a Lesbos. Áctor estaba convenciendo a Jasón de que le permitiera quedarse en Éolida, pero tanto Augías como Áctor eran hermanastros de Eetes, el Rey de la Colquida, donde estaba el Vellocino de Oro. Jasón no quería que Áctor o Augías dejaran el Argos, así que, le hice un pequeño favor a Jasón… y mientras Áctor estaba ocupado preparando la noche nupcial… -comenzó malévolamente Heracles.

-No… dime por favor que no te aprovechaste de una doncella el día antes de su boda… -comenzó Filoctetes, incrédulo de lo que estaba escuchando. Heracles sonrió, pero movió su cabeza en negación-. Menos mal… ya decía yo que no tenías remedio –aseguró él.

-¿Sabes por qué Lesbos se llama Lesbos? –peguntó Heracles cuando Filoctetes comenzó a beber de su vino, forzando a Filoctetes a escupir el mismo, y al apenado de Poeas a taparse los oídos- No voy a decirte que Hirmina no era bonita, era muy bonita, pero era más del tipo de Hilas. Castaña suave, de cuerpo delicado, ojos violetas, toda una Troyana muy hermosa, delicada, tímida, a Hilas le encantan tímidas. Solo 3 personas descubrieron que Hilas era una chica durante el viaje de los Argonautas. Se lo dije a Jasón, Admeto lo descubrió, e Hilas se dejó descubrir por Áctor mientras tomaba a Hirmina como su amante. Le hice jurar a Áctor jamás decir nada, y bueno… ya estábamos a mano. No obtuve vacas ni becerros, pero a uno le quité a sus herederos, sin matarlos, lo que fue novedad, y al otro lo dejé sin esposa. Aunque de todas formas Áctor ya tenía a Molíone. Supongo que los Moliónidas eran feos desde bebés –se burló él.

-Hasta donde sabemos, Áctor no era el padre legítimo de los Moliónidas, así que, tampoco tuvo herederos –le informó Filoctetes, Heracles le dio muy poca importancia a eso-. En todo caso, no sé si yo sería capaz de estar resentido por tanto tiempo. ¿Te tomó cuanto tiempo vengarte? Era el Quinto Trabajo, tenías 28 años. Cuando partiste con los Argonautas tenías 43… ¿15 años? Te tomó 15 años vengarte. Yo no creo tener tanta paciencia como para odiar a alguien por tanto tiempo –le comentó Filoctetes. Poeas por su parte, bajó la mirada entristecido, lo que Filoctetes notó- ¿Qué dije o qué? –preguntó Filoctetes.

-Ah… nada… solo pensaba que es imposible que padre pudiera estar resentido con alguien por… alrededor de 3,000 años según madre… -se susurró la última parte a sí mismo Poeas, lo que Filoctetes no entendió-. No es nada… solo me preguntaba sobre lo que le está tomando tanto tiempo a madre. Sabía que estaría ocupada, pero… no pensé que utilizaría la mayor parte de su día para verte… concentrada en lo que sea que está pasado en el Templo de Ares… -declaró Poeas, curioso. Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas de confusión.

Templo de Ares.

En lugar de pasar su único día de reunión con Filoctetes, la Sibila se encontraba en el Templo de Ares de la Ciudad de Micenas, una arena de batalla más que un templo, como una especie de anfiteatro destinado para los combates, lugar donde se reunían los curiosos y adoradores de Ares, a ver a los guerreros próximos a buscar la gloria por Hélade, y apostaban en sus respectivos nombres. Uno de estos guerreros, sin embargo, atraía más atención que los demás, un joven de aproximadamente unos 24 años de edad, de cabellera larga y de un verde oscuro, misma cabellera que llevaba humedecida y muy bien peinada. Sus ojos azules y rasgados tan claros que podrían reflejar a quien los viera con suma facilidad, estando el joven revestido en una Armadura Dorada, la Armadura Dorada de Capricornio.

-Que los campeones de Ares me demuestren su verdadera fuerza… -hablaba el joven. El estadio a su alrededor clamando su nombre, un nombre que haría temblar a toda Hélade y Anatolia algunos años en el futuro, la Sibila lo sabía bien, el nombre del Caballero Dorado más poderoso de esa era- ¡Yo soy Agamenón! ¡Príncipe de Micenas! ¡Excalibur! –de un movimiento rápido de su mano, un corte esmeralda se hizo presente, dirigiéndose peligrosamente a los ejércitos frente a él, ya que aquella era una batalla de exhibición, entre un Caballero Dorado, y al menos una centena de mercenarios llevando el emblema del Dios de la Brutalidad en la Guerra en su armamento.

El corte sagrado se desprendió del brazo mismo del Caballero de Capricornio, partiendo escudos, cuarteando armaduras, rompiendo espadas y lanzas, partiendo el cielo de un puñetazo, y abriendo grietas en la tierra con el siguiente puntapié, que lanzó a los mercenarios fuera de la tierra, mientras el joven alzaba la mirada, desaparecía ante los atónitos ojos de los presentes a una velocidad impresionante, seleccionaba a uno de los guerreros en pleno vuelo, y reaparecía tras convertirse en luz frente a este guerrero, colocando sus pies bajo las axilas del incrédulo guerrero, girando en el aire con un cosmos esmeralda rodeándolo, y lanzándolo aún más alto.

-¡Salto de Roca! –lanzó Agamenón al guerrero aún más alto por los cielos, antes de virarse y tomar a otro con sus piernas y repetir el proceso, realizando el mismo movimiento con casi todos los guerreros elegidos para combatirlo, llenando los cielos de Micenas con cometas esmeraldas que comenzaban a caer por todas partes de la ciudad, en una especie de lluvia de meteoros que asustaba a los pobladores de Micenas, que veían a los guerreros caer, creando cráteres en la tierra donde sus cuerpos se estrellaban, mientras Agamenón seleccionaba al único guerrero en el grupo que le llamaba su atención- Te tengo… -susurró Agamenón para sí mismo, virándose mientras caía, cruzándose de brazos, cayendo sobre el guerrero seleccionado con los pies presionados contra su pecho, y bajando con este hasta el suelo, estrellándole el cuerpo contra la arena de batalla, levantando polvo y escombro, mientras los presentes celebraban la devastación, y Agamenón caminaba tranquilamente fuera del cráter creado por el impacto de su propio peso.

-¡Brotoloigos! –resonó el grito del guerrero desde el crater, quien no era más que un niño de 8 años de edad, revestido en una armadura de cuero negro, con el casco metálico y oscuro con el visor abajo, aunque los ojos azules del chico brillaban con la fuerza de su cosmos mientras con su lanza negra de punta escarlata, levantaba un corte que obligaba a Agamenón a separarse de él- Siempre he sabido que no puedo ocultarte mi cosmos, hermano. ¡Furia del Berserker! –enunció el joven, lanzando hileras de cosmos escarlata gracias a varios cortes de su lanza, que se dirigieron en dirección a Agamenón, quien se quedó parado en medio de la arena de batalla, esperando, observando, y lazando un corte, que se estrelló en la intersección de todos los rayos escarlatas, destruyendo los mismos, dejando escombros de piedra y tierra partida caer por los alrededores- Maldición… ¿cómo puede un no iniciado en el arte de la Brutalidad en la Guerra ser tan increíblemente poderoso? –se preguntó el joven, elevando su cosmos oscuro.

-Ah, no necesito que Ares me reconozca, mi hermanito Menelao… -aseguró Agamenón, su cosmos dorado intensificándose, creciendo tan alto que comenzó a iluminar a toda la ciudad de Micenas, confundiendo a los pobladores que veían ahora la ciudad como si esta fuera de oro, por la intensa luz en el cosmos de Agamenón. En los mercados inclusive, el grupo conformado por Heracles, Filoctetes y Poeas, intercambió miradas, pago su cuenta, y comenzó a dirigirse a cómo podían por el bastón de Heracles, al origen de la luz dorada-. No necesito que nadie más que yo mismo reconozca mi verdadera fuerza. El único reconocimiento que necesito, es el mío. Por eso soy invencible hermanito, porque mientras yo crea que el oponente frente a mí puede ser derrotado, entonces, por mi propia gloria, será derrotado –se apuntó a sí mismo Agamenón.

-No eres más que un egocéntrico, hermano… y tu ego te sega la vista, y ensordece a tus oídos ya que no puedes escuchar más que tus propios halagos de autoproclamada grandeza. ¡Alala! –enunció Menelao, lanzando un poderoso grito, que forzó a Agamenón a cubrirse los oídos, y a Menelao a aprovechar la distracción para elevar su cosmos oscuro y preparar la lanza para su siguiente ataque-. ¡Brotoloigos Edge! –usando la lanza tan hermosa y mortífera, Menelao abrió una grieta dimensional, una que logró impresionar a Agamenón, que se maravilló por el corte que rompía las dimensiones, y desde la cual una lluvia de lanzas escarlatas se hizo presente.

-Maravilloso… algún día lograré un corte tan perfecto. Pero mientras tanto –se burló Agamenón, preparándose en una pose algo extraña, como si poseyera espadas en ambos brazos y piernas, y extendiera todas estas espadas en direcciones distintas para interceptar las lanzas que salieron de la grieta conjurada por Menelao- ¡Danza de Excalibur! –comenzó Agamenón, el tiempo ralentizándose a su alrededor, viendo todas y cada una de las lanzas acercarse peligrosamente, y lanzando un corte, quebrando la primera, continuando con la segunda, moviéndose tan rápido que Menelao no podía creer lo que ocurría frente a sus ojos, mientras Agamenón cortaba todas las lanzas, que llegarían a 1,000 si se hubiera tomado el tiempo de contarlas, y después, cuando el tiempo se restauró, las mismas cayeron al suelo partidas a la mitad.

-Su movimiento… fue… como si el tiempo mismo se hubiera detenido… -se sorprendió Menelao, sosteniendo la lanza Brotoloigos con ambas manos-. Soy el Campeón de Ares… elegido por la Lanza Brotoloigos para liderar a los ejércitos del Dios de la Brutalidad en la Guerra. ¿Cómo puede ser que una espada que ni siquiera tiene forma, pueda superar a las 1,000 lanzas del Dios de la Brutalidad en la Guerra? –se preguntó Menelao.

-¿Espada sin forma? –sonrió Agamenón- Esta espada, la vi en un sueño… tenía una forma claro, pero esta existía en un tiempo que jamás veré materializarse –exclamó Agamenón, materializando una espada esmeralda en su mano derecha- Su nombre era Excalibur, y pertenecía a un rey del futuro lejano. Este rey decía que aquella espada, nació de la inspiración de un rey antiguo. Esta no será Excalibur, pero es la espada de mi corazón. ¡El Corazón de Agamenón! ¡El más poderoso de los Caballeros Dorados! ¡Un insignificante palillo no se le comparará jamás! ¡Excalibur! –lanzó su corte Agamenón, tan peligroso, que Menelao comenzó a temer por su vida.

-¡Teikhesipletes! –gritó Menelao, un escudo escarlata se materializó frente a él, y recibió de lleno el ataque de Agamenón, que estalló poderoso frente al escudo, que resistió la afrenta, aunque Menelao, tembloroso y asustadizo, no logró mantenerse de pie para seguir combatiendo, y en su lugar cayó al suelo cuando las rodillas le fallaron- ¿¡Estás demente!? –gritó Menelao con lágrimas en sus ojos por el miedo- ¡Pudiste haberme matado! –enfureció el chico.

-Oh, perdóneme, señor elegido por Ares para llevar a la poderosa lanza Brotoloigos, y al indestructible escudo Teikhesipletes, por no contenerme cuando, con semejantes artilugios, se supone que seas el guerrero invencible, el Campeón de Ares –se burló Agamenón-. Solo faltó que Ares te regalara también su espada Maleros, pero no, esa se perdió en Troya hace años, ¿verdad? Es una lástima, me hubiera gustado enfrentar a Maleros –enunció Agamenón, determinado, imponente, poderoso-. A mí nadie me regaló nada, hermanito, solo soy un simple Príncipe de Micenas que soñó un día con una espada legendaria, y que hizo su leyenda por sí mismo. Conquistando, enfrentando, desafiando, hasta que Teseo no tuvo opción más que condecorarme de dorado para que no fuera a hacerle la guerra a Atenas. A ti te dieron tus cosas, Menelao… a mí… me condecoraron por miedo. Así que no te compares conmigo hermanito. Mejor entrena para dejar de vivir bajo mi sombra -terminó Agamenón, rodeando a Menelao con su sombra, y mientras este hacía una rabieta y pateaba a un inconsciente mercenario en el suelo por el coraje-. Tienes mucho odio. El coraje y el enojo están mejor encausados dándoles un propósito, no haciendo un berrinche –finalizó, mientras la Sibila se dirigía con pasos sensuales en su dirección- Hola… belleza extranjera. No se ven muchas rubias por estas partes… ¿puedo ayudarte? –le sonrió Agamenón.

-Excalibur… la espada sagrada de Arturo Pendragon, un rey legendario que vivirá dentro de 1,800 años en el futuro… no es quien nombró a la espada Excalibur… -le comentó la Sibila a Agamenón, quien mostró bastante interés en lo que estaba escuchando, y se cruzó de brazos, curioso-. La verdadera espada Excalibur, será forjada de la misma alma de Agamenón, tras la promesa de unir su alma eternamente al alma de Atenea… convirtiéndose en el Caballero de la Reencarnación… el más leal de la Orden de Atenea. Esta espada sagrada, nacerá dentro de 15 años, pero solo si me escuchas. ¿Me escucharás, Agamenón? ¿Te convertirás en el Caballero Dorado más importante de esta, y de todas las eras? –preguntó la Sibila.

-No sé quién es ese tal Arturo Pendragon… pero jamás le comenté a nadie sobre ese nombre… -comenzó Agamenón, orgulloso, poderoso-. No me considero siquiera devoto a Athena… yo solo visto la Armadura Dorada porque es mi derecho… pero… por alguna razón… mi alma se estremeció bajo tus palabras. Te escucho. ¿Quién es Arturo Pendragon? ¿Por qué debería de entregarme en servidumbre a Athena? ¿Cómo puedo obtener a la Verdadera Excalibur? –le preguntó él.

-Tú eres Arturo Pendragon… tú nombraste a la espada Excalibur en un sueño… y te entregarás en servidumbre incondicional a Athena… porque nadie, jamás, será más leal que tú, Agamenón… y aunque los Patriarcas del futuro se empeñarán en manchar tu nombre, y en destruir tu legado, por el miedo que les da el que cumplas el destino de Athena… hoy… te convertirás en el Caballero Dorado más importante de todos… mientras comienzas tu prueba sagrada… -comenzó la Sibila, dándose la vuelta, y encontrando a Filoctetes, a Heracles, y a Poeas, entrando confundidos a la destrozada arena de batalla-. Resucitar a la Esperanza de Elpis –terminó la Sibila.

Micenas. Palacio de Micenas.

-¿Heracles? –comenzó Agamenón, caminando por los amplios pasillos del Palacio de Micenas, a un ritmo que no le agradaba mucho, y que su hermano Menelao terminó por negarse a continuar, ya que adelantó y esperó sentado hasta el otro extremo del largo pasillo mientras Agamenón, más respetuoso, caminaba al ritmo de Heracles, quien utilizaba la Maza de Mithrilo con un extensor como bastón, ya que su pierna izquierda ya no le funcionaba muy bien- Heracles murió quemado por la sangre de un Centauro, Neso –le espetó Agamenón. Filoctetes, la Sibila, y Poeas, caminaban a cierta distancia, dejando a Agamenón hablar con Heracles.

-Ah, lo de Neso me mandó al Inframundo. Octavo Sentido le dicen. Vivo y en mi propio cuerpo, pero en el Inframundo –le comentó Heracles. Por la forma en que se apoyaba con su bastón, a Agamenón le costaba creerlo-. Pero seguro a estas alturas ya deben de haber vuelto a escuchar de mí. Del sujeto que enfrentó a Néstor de Géminis en su corte en Pilos, que salvó el alma de Alcetis, y que enfrentó a los Moliónidas en Élide –le comentó Heracles, orgulloso.

-Se cuentan algunas cosas… sí… -admitió Agamenón-. Pero lo de Alcestis se dice que fue de camino a realizar el Octavo Trabajo. Se cuenta que Heracles pasó por Feres de camino a realizar el trabajo de Capturar a las Yeguas Caníbales de Diomedes, y que Heracles, conmovido por la historia de Admeto y alcestis, bajó al Inframundo a enfrentar a Thanatos, y que, cuando el Dios de la Muerte por fin se cansó, liberó el alma de Alcestis –le comentó Agamenón, mientras llegaban a las puertas dobles frente a las cuales Menelao esperaba, y que les fueron abiertas por los soldados de Micenas para dejarlos entrar en otra sala.

-¿Qué? ¿Quién es el tarado que cuenta mis historias todas mal? No fue durante mi Octavo Trabajo, y ni yo soy tan la gran cosa para darme de golpes con el Dios de la Muerte que, si le da la gana, me mata porque sí. Además, ¿dónde calzones queda Feres? –se quejó Heracles, logrando que Agamenón meditara al respecto- No te creas todo lo que te dicen de mí, hay muchas historias que solo necesitas un poco de cerebro para entender que no son literales –admitió Heracles.

-Ahora que lo mencionas… -comenzó Agamenón, haciendo memoria-. La esposa de mi primo Tántalo, el Rey de Pisa, se llama Clitemnestra. Ella dice que es hermana de los Dioscuros, que nació de un huevo negro junto a su hermano Cástor, después de que su madre, Leda, fuera violada por un cisne, que según un sacerdote lunático de nombre Tiresias, era Zeus. Le he dicho a mi primo Tántalo que no se crea semejante estupidez, pero el muy bruto le cree. Si eso fuera cierto, Clitemnestra tendría, no sé, ¿57 años? La niña tiene solo 17 años. ¿De dónde es hermana de los Dioscuros? Soberana tontería –se quejó Agamenón, Heracles e Ificles compartieron miradas de complicidad, mientras el grupo llegaba ante la estatua de oro de un rey en medio del pasillo por el cual caminaban-. ¿Lo reconoces, supuesto Heracles? –preguntó Agamenón.

-Vaya… el primo Euristeo… -se impresionó Heracles al ver una estatua de oro de un poderoso rey, Euristeo, que mantenía un barril de bronce presionado bajo su pie derecho-. Por favor dime que no es el barril de bronce original… eso sería de muy mal gusto… -comentó Heracles.

-¿Por el mito de que sus hijas lo cocinaron dentro buscando su juventud eterna? –preguntó Agamenón, burlesco. Filoctetes abrió sus ojos como platos, y miró a Heracles, quien hizo una mueca demasiado incómoda- Voy a admitir que existe una posibilidad de que seas Heracles, porque es verdad que muchas historias son estúpidas, y sin fundamentos. Euristeo murió en guerra contra los Heraclidas, no servido como sopa. Ya te contaré lo mucho que me molestan las historias de los cocinados hasta la muerte cuando conozcas a mi padre, Atreo –aseguró Agamenón.

-Zeus mío… no… ¿enserio? –preguntó Filoctetes, Heracles suspiró, pero no dijo nada, y siguió a Agamenón y a Menelao a la siguiente sala- Eso me pasa por encariñarme con los personajes. Euristeo era mi favorito. ¿Enserio? Oh Zeus… que horror, que mal gusto… -se quejaba Filoctetes. La Sibila simplemente lo miró y sonrió- Oye, no te burles así de los muertos… -se quejó Filoctetes.

-No lo hago –le comentó la Sibila con dulzura-. No me burlo de un muerto llamado Euristeo, sino de un vivo que lleva ese nombre –terminó ella. Filoctetes comenzó a tener esperanza, pero no dejaba de ver al barril de bronce con curiosidad.

-Cambiando de tema… -comenzó Heracles, rascándose la nuca-. ¿Qué hay con tu hermano y esa lanza suya? Siento el cosmos del Dios de la Guerra, Ares, en ella –le comentó Heracles.

-Perspicaz… comienzo genuinamente a pensar que eres Heracles –le respondió Agamenón, mirando a su hermano Menelao caminando al frente, aburrido y molesto-. Solo tiene 8 años, y ya se cree merecedor de liderar a los ejércitos de Ares. Se supone que se ha iniciado en sus enseñanzas, y deberá cumplir alguna clase de ritual para liberar la Berserker que lo condecorará como el verdadero Campeón de Ares. Como prueba de que Ares le ha hablado, lleva a la lanza Brotoloigos, y al escudo Teikhesipletes, armas que, supuestamente, encontró en el templo de Ares –le comentaba Agamenón, mientras Heracles notaba que pasaban por un pasillo más, preguntándose sobre cuanto faltaba para llegar al trono de Micenas, aunque maravillándose por la siguiente sala, una sala que hacía alusión a los 12 Trabajos, con una estatua de oro representando cada una de las grandes hazañas de Heracles-. Ah, lo olvidaba. Euristeo era un gran fan tuyo… envió a inmortalizar cada uno de tus 12 Trabajos –le comentó Agamenón.

-Por las barbas de Zeus, ahora me siento peor –admiró Heracles las estatuas doradas de cada uno de sus 12 Trabajos, que representaban estatuas de Heracles con diferentes artilugios, representando su avance a través de cada trabajo, hasta convertirse en el poderoso héroe que sacó a Cerberos de los Infiernos, estatua que deprimía a Heracles-. Ay primo… no entiendo lo que viste en mí… -susurró Heracles, ligeramente deprimido, mientras Poeas iba de un lado a otro, charlando con Menelao, y maravillándose de las estatuas de oro a su alrededor-. ¿Entonces el chico va a convertirse en un Berserker de Ares? Porque creo que su nombre aparece en mi lista utilizando una armadura un tanto diferente –comentó Heracles, extrayendo un listado, mismo que ofreció a Agamenón, quien leyó los nombres en la lista.

-Entonces el adivino tenía razón… -susurró Agamenón, llamando la atención de Heracles- Lo que significa que perdí la apuesta… Astíoque va a estar muy feliz, y yo voy a estar muy molesto –continuó con sus susurros Agamenón, quien se encontraba bastante molesto. Heracles alzó una ceja en señal de curiosidad ante aquello-. Hace varios años llegó un mocoso desde Anatolia diciendo que tanto yo como mi hermano estábamos destinados a convertirnos en Caballeros Dorados. Obvio lo tildamos de loco, pero el mocoso se empeñó en utilizar plumas de aves para, según él, adivinar nuestro futuro. Hacía todo esto mientras le hacía ojitos a mi hermanita Astíoque, y bueno, no le creímos. Pero resultó ser un joven muy letrado, listo, e inteligente. Incluso inventó su propio sistema de escritura silábico para competir con la escritura cretense. Su sistema es tan fácil de aprender, que todos en Micenas ya lo utilizan. Tenemos a la población Micenica más letrada en años, y ellos han comenzado a enseñar a otros mercaderes este sistema. Por lograr letrear a Micenas, terminó impresionando a Atreo, quien lo aceptó en su corte. El muy miserable apostó conmigo, que un día Heracles vendría, con una lista de 12 nombres, diciendo que tanto yo como mi hermano Menelao, éramos parte de este listado de Futuros Caballeros Dorados. Y ahora pienso que, o el muy tramposo encontró a un mendigo muy musculoso y lo educó muy bien para hacerse pasar por Heracles, lo que no me sorprendería considerando que erradicó el analfabetismo en Micenas, por el simple hecho de querer llevarse a mi hermana Astíoque. O está diciendo la verdad, y mi hermano se convertirá, al igual que hice yo, en un Caballero Dorado, lo que me haría muy feliz… pero me quedo sin hermana… -declaró Agamenón.

-De casualidad ese adivino no se llama… -comenzó Heracles, cuando del otro lado del pasillo con las 12 estatuas doradas de los 12 Trabajos, las puertas dobles fueron abiertas, revelando a un hombre joven, con una cabellera abundante y bastante larga, de ojos azules, y escribiendo apresuradamente en un cuero que llevaba consigo- ¡Calcante! –se alegró Heracles, sorprendiendo al joven, quien miró en dirección al grandulón.

-¿Herc? –se impresionó Calcante, corriendo hasta Heracles, admirándolo, el gigantón incluso posó sus músculos- No puedo creerlo, entonces usted es… ¿Señor Filoctetes? –se preguntó Calcante. El de Sagita asintió- Pero si no ha cambiado nada –se impresionó él.

-Bueno… casi nada… -admitió Filoctetes, quitándose el casco, revelando su pelona, lo que causó la risa de la Sibila de Delfos-. ¿Qué? Ya me la conocías. ¿Por qué crees que no me quito el casco? –volvió a colocarse el mismo Filoctetes, cuando Calcante, con la boca abierta hasta sus límites, se quedó mirando a la Sibila fijamente-. ¿No te gustaban más masculinos? Esa es mía, y ese también –apuntó Filoctetes a Poeas.

-La mujer de mis sueños… -comenzó Calcante. Filoctetes se sintió ofendido, tomó a la Sibila de la muñeca, y la colocó tras de sí-. No me refería a… -se apenó Calcante-. Lo que quiero decir es que ella inició todo esto, la Sibila de Delfos… usted… me incitó a salir de Colofón hace ya tantos años.

-Y hoy saldrás rumbo a Atenas, y exigirás el convertirte en el Patriarca del Santuario… -comenzó la Sibila, confundiendo a Calcante-. La prueba de que eres el elegido por los Dioses para desempeñar semejante papel, la observará Teseo con sus propios ojos… cuando Hermes, el Dios de la Velocidad y los Mensajeros, aparezca en el Templo del Rey Supremo, y elija entregar a lo más preciado, no al Rey de Atenas… sino a ti… el primero, desde Sarpedón… Calcas… el Patriarca del Santuario de Atenas… -resumió la Sibila, dejando a todos los presentes sin habla-. Será mi última tarea como Sibila de Delfos –admitió ella.

-¿No te habían expulsa…? –intentó decir Filoctetes, la Sibila le pisoteó el pie con fuerza- Traigo armadura, y es de bronce, probablemente además, está bastante caliente, y tú vas descalza. Te dolió, ¿verdad? –preguntó Filoctetes. La Sibila viró su rostro en su dirección, mientras mantenía los ojos cerrados, y una sonrisa perturbadora-. No dije nada amorcito… -defendió Filoctetes.

-¿Calcas? –preguntó Calcante-. Entonces… ¿ella ya viene? –le preguntó Calcas con curiosidad. La Sibila asintió en ese momento- ¿Qué pasa si Teseo no quiere escucharme? ¿Pretende que me presente en su corte, y le exija convertirme en el Patriarca del Santuario? –preguntó él.

-Hermes será quien elegirá al responsable de lo más importante –le respondió la Sibila, de forma ambigua-. Tu deber lo conoces bien. Lo que hagas con este deber, eso lo decidirán los Mortales. Buena suerte, Calcas –terminó la Sibila, y comenzó a caminar nuevamente, solo que esta vez en dirección contraria, tomando a Filoctetes y a Poeas de la mano, y comenzando a retirarse.

-Espera, pero yo… ¿Qué hay de Herc? –comenzó Filoctetes, la Sibila alzó y bajó los hombros despreocupadamente- Oh, ya entendí. Lo de estar haciendo los reclutamientos en el orden incorrecto, no fue porque no estuvieran listos, es porque tú planeaste el caminito para que nos encontráramos a Calcante aquí. ¿Para qué exactamente? –se quejó Filoctetes.

-Para burlar al destino –fue la única respuesta de la Sibila. Filoctetes suspiró, incomodado, miró a Heracles, y este alzó y bajó los hombros sin saber qué decir. Tras un par de movimientos de manos de Filoctetes, y respuesta de Heracles de la misma manera, el par se puso de acuerdo.

-¿Tú derecha o mi derecha? ¿Las Puertas del Este? –preguntó Heracles, Filoctetes asintió- Nos vemos caída la noche frente a las Puertas del Este entonces –terminó Heracles, y entonces se viró a prestar nuevamente su atención a Agamenón-. Entonces, ¿ya me crees que soy Heracles? –preguntó a Agamenón, quien miró a Calcante con curiosidad.

-Le daré la noticia a Astíoque –le comentó Agamenón a Calcante, pidió a uno de los guardias frente a las puertas algo de cuero y carbón, hizo algunas anotaciones, y entregó el mensaje al guardia, quien saludó militarmente antes de retirarse con el mensaje-. Está hecho. Cuida bien de Astíoque –terminó Agamenón, entrando por las puertas dobles junto a Menelao y Heracles, dejando a Calcante pensativo, y perdiéndose tras pasar por la última de las puertas doradas que daban entrada a la Sala del Trono de Micenas, justo en el momento en que Calcante comprendía las palabras de Agamenón, pero no logrando confrontarlo al respecto, mientras las puertas se cerraban frente a él, dejándolo afuera-. Haré las presentaciones –comenzó Agamenón tras detenerse frente a los tronos del Rey y la Reina de Micenas-. Frente a ti, mi padre, el Rey Atreo, y su esposa, madrastra mía, la Reina Pelopia… -presentó Agamenón a su padre Atreo, de barba larga y abundante, y cabellera esmeralda, soberbiamente vestido en una túnica morada. Su esposa, a su lado, quien se vería no muy mayor a Agamenón, vestía de forma reveladora, poseía una cabellera verde pálida y ojos violetas. Se veía nerviosa y ansiosa en todo momento, como si le temiera a su propia sombra-. Padre, madrastra, les presento a… -intentó presentar Agamenón.

-¡Heracles…! –comenzó Atreo, el mismo Atreo que Heracles había conocido hace ya muchos años, mismos que ya se le veían en el rostro arrugado, y en lo apagado de sus ojos azules. Atreo rápidamente se puso de pie, aterrando a su esposa la Reina Pelopia, y desenvainando su espada dorada, misma que apuntó en dirección a un confundido Heracles, mientras Agamenón y Menelao intercambiaban miradas de confusión y veían a Atreo con su espada en alto, mientras envolvía a su esposa con su brazo libre-. No puedo creerlo… tras todos estos años. ¿Por fin has venido a vengarte del Reino de Micenas? Te advierto que, pese a mis años, te enfrentaré… -apuntó con su espada dorada Atreo, su nerviosa esposa ya se abrazaba de él, aterrada.

-Por favor, Rey Atreo, va a darle un infarto a su bonita esposa. No querrá buscarle a Agamenón y a Menelao una nueva madrastra. Más joven y la pensarán esposa de alguno de ellos y no de usted –bromeó Heracles para intentar apaciguar la situación-. Además, ambos estamos viejos para estas cosas. ¿Qué vamos a hacer? ¿Darnos de bastonazos? –preguntó Heracles mientras apuntaba a su bastón- Si no me apropié de Micenas hace casi 40 años, ¿qué le hace pensar que vengo a apropiarme del trono de Micenas ahora? –preguntó Heracles. Atreo miró a su nerviosa esposa, quien temblaba como un perro a quien su amo lo golpeaba. Menelao por su parte, fue a donde su madrastra, suspiró molesto, dejó su lanza y su escudo de lado, y se dejó abrazar por la aterrada Reina de Micenas, que se sentó con Menelao en su regazo para ayudarla a calmarse. Atreo, aún temeroso de Heracles, eligió sentarse cuando vio su hijo Agamenón tranquilo pese a todo.

-Bueno… supongo que ya no necesito más pruebas de que seas quien dices ser –espetó Agamenón, ya con demasiada evidencia en manos-. Padre, madrastra mía… -comenzó Agamenón, notando como Pelopia se tranquilizaba al abrazar a Menelao, quien se sentía demasiado incómodo-. Heracles ha viajado hasta Micenas por órdenes de la Sibila de Delfos. Realiza 12 Pruebas Doradas y, según entiendo, me necesita para realizar esta Prueba Dorada. Y viendo el estado de su brazo derecho, y de su pierna izquierda, puedo adivinar por qué. Heracles no puede combatir… pero… ¿a quién exactamente necesitas combatir? ¿Qué tiene que ver esto conmigo? –le preguntó él.

-Es lo que todos preguntan, y no es fácil de responder –le comentó Heracles, adelantándose un poco para ver mejor al Rey Atreo, aunque no lo suficiente, ya que al verlo acercarse, Pelopia se abrazó con más fuerza de Menelao, y subió los pies al trono-. ¿Qué diantres le pasa a la reina? –se preguntó Heracles, Atreo alzó la mano indicando que no indagara al respecto-. En fin. Hace años vine a Micenas a ponerme a servicio del Rey Euristeo. Realicé los 12 Trabajos para él. Si lo que creo es correcto, la Sibila de Delfos requiere que me ponga nuevamente al servicio del Rey de Micenas… aunque admito, que no me esperaba que fuera usted. Sin ofender –admitió Heracles.

-Por extraño que vaya a parecerte, es gracias a ti que soy el actual Rey de Micenas –le comentó Atreo, pensando en cómo explicarle-. Tras lo acontecido con Cerberos, y tu negativa de regresarlo a Hades. Euristeo reunió a sus ejércitos para darte persecución –recordó Atreo, volviendo en el tiempo, a aquel día tan trágico.

Micenas. Palacio del Rey Euristeo. Sala del Trono de Euristeo. Año 1,247 A.C.

-¿Se encuentran todos bien? –Euristeo había cambiado mucho en el tiempo que conoció a Heracles. En lugar de seguir siendo un cobarde que se escondía dentro de un barril de bronce, los 12 Trabajos habían tenido un gran efecto en él. No solo había crecido en su musculatura, sino que se había dejado crecer la cabellera, y su cosmos, se había vuelto increíblemente alto, digno de la Armadura de Mithrilo que ahora vestía, siendo reconocido como el Héroe de Mithrilo de Asclepios Solaris, el Héroe de la Elíptica Solar.

Frente a Euristeo, la inmensa bestia, Cerberos, con sus tres cabezas, lanzaba fuegos infernales que quemaban a la ciudad de Micenas tras Euristeo haberse negado a reconocer a Heracles como el Héroe de Micenas. Las 12 Constelaciones Doradas, brillaban con fuerza como un anillo dorado en el firmamento, en el cual se encontraban dibujadas las 12 Constelaciones. Pero Euristeo no había terminado con el ritual que convertiría a Heracles en una divinidad, ya que, ante sus ojos, Heracles no era digno aún de tal privilegio.

-Mi rey… -comenzó Atreo. Tiestes, su hermano, se encontraba a su lado. Ambos estaban malheridos y ensangrentados, habían sido víctimas de la ira de Heracles, quien no había aceptado la resolución de Euristeo-. Mi rey, la Reina Antímaca está a salvo, pero agonizante. Lo exige a su lado mi rey… -suplicaba Atreo.

-Mi diosa me quiere a su lado, y debería de atenderla, eso me queda más que claro –comenzó Euristeo, su cosmos elevándose, dorado y hermoso, ganando la atención de Heracles sobre la cabeza de en medio de Cerberos, obligándolo a la fuerza a virarse y mirar en dirección del Héroe de Asclepios Solaris-. Pero… no iré con ella… Micenas me necesita más que mi diosa. Enfrentaré a Cerberos, derrotaré a todos y cada uno de los Heraclidas. Y personalmente enviaré a Heracles al Inframundo, donde tendrá que disculparse con Hades por faltar a su palabra, y negarse a regresar a Cerberos –materializando una Vara de Mithrilo con la imagen de una serpiente como cabeza de su bastón alado, las 12 Constelaciones Doradas en el firmamento atendieron a su llamado-. ¡Élleipsis Extintion! –las 12 Constelaciones, al unísono, lanzaron del corazón de sus estrellas una llamarada, que como 12 rayos dorados comenzaron a bombardear a Cerberos, causándole a la criatura un inmenso dolor, y forzándola a caer al suelo malherida y ensangrentada, mientras Heracles había evadido el poderoso ataque de Euristeo, saltando de la cabeza de Cerberos, y aterrizando frente a la misma, mientras miraba a Euristeo con ira divina en su mirada- Díganle a mi esposa Antímaca… que no voy a regresar… y Atreo… Tiestes… cuiden de Micenas por mí. No tuve oportunidad en todos estos años de demostrar si habían asesinado a su hermano a traición por el deseo egoísta de obtener el Trono de Olimpia… pero… de algo sí estoy seguro. Una Micenas justa nacerá de su reinado… espero no equivocarme esta vez, como me equivoqué contigo… Heracles… tu leyenda… termina hoy. ¡Hagamos esto, mi querido primo! ¡Élleipsis Fulmination! –una ráfaga dorada fue lanzada de las fauces abiertas de la serpiente que Euristeo usaba como bastón, llegando hasta Heracles, quien impactó la ráfaga con su Maza de Mithrilo, perdiendo la misma por el aplastante poder de Euristeo, que logró lanzar su maza lejos de manos de Heracles- ¡Protejan a Micenas! –terminó Euristeo, desapareciendo frente a ambos, y reapareciendo frente a Heracles, impactando su mentón con la Vara de Asklepios, lanzando a Heracles por los alrededores de la ciudad de Micenas, y siendo inmediatamente rodeado por los Heraclidas, que eran apoyados por los 50 Nietos de Tespio.

-¡Alto! –enunció Heracles, reponiéndose, y tras haber recuperado su Maza de Mithrilo- Él es mío… ustedes, busquen a Macaria, y sellen a esta bestia. Hades jamás va a recuperarla. En cuanto a ti, primo… no me importa si eres o no un Dios… voy a hacer lo que debí haber hecho desde un principio. Forzarte a darme la divinidad que por derecho me pertenece. ¡Maza de Heracles! –se lanzó Heracles a Euristeo con el León de la Maza de Mithrilo rugiendo con fuerza.

-No necesito ser un Dios para ponerte en tu lugar –abalanzó la Vara de Asklepios Euristeo en respuesta, con la Serpiente Dorada siseando en el cosmos de Euristeo. León y Serpiente se encontraron en el cosmos, colisionaron, y liberaron una onda de choque que lanzó a los Heraclidas, a los 50 Nietos de Tespio, e incluso elevó a Cerberos, que cayó de espaldas contra los mercados cercanos, destruyéndolos-. El poder de las 12 Armaduras Doradas es mío, Heracles, no tuyo… y yo se lo daré a quien Apolo ha designado como guardiana de las 12 Constelaciones, y ese no eres tú… no eres digno… solo piensas en ti mismo y en nadie más…12 Trabajos no fueron suficientes para que dejaras tu egoísmo. ¡No eres digno de gobernar Micenas! ¡Élleipsis Explosión! –con la tercera constelación brillando, las dimensiones comenzaron a distorsionarse, llevando a Heracles al espacio, donde fue golpeado por planetoides y cometas, que causaron estallidos en su Armadura de Mithrilo, y estamparon a Heracles contra el suelo con fuerza- ¡Élleipsis Revolution! –la primera constelación resonó ante la orden, y de las fauces abiertas de la cobra, flechas tornasoladas comenzaron a rodear a Heracles. Flechas tornasoladas que Heracles repelió con su propio arco, el Arco de Jove- ¡Élleipsis Plasma! –la quinta constelación rugió con fuerza, trayendo consigo el poder de los relámpagos de Zeus, que cayeron sobre Heracles, quien comenzó a sentir una sensación muy extraña para él. Heracles sentía dolor- ¡Élleipsis Needle! –prosiguió Euristeo, y con la fuerza de la octava constelación, el castigo de Heracles, continuó.

Palacio de Micenas. Año 1,209 a. C.

-Fue la batalla más impresionante que jamás haya visto pero… -continuó Atreo, mirando fijamente a Heracles, quien desviaba la mirada, como si se sintiera regañado-. Supongo que ya no importa… después de eso, Tiestes y yo nos convertimos oficialmente en los Reyes de Micenas. Así que, pese a todo el daño que causaste ese día… supongo que, si no has venido por el trono de Micenas, puedo dejarlo pasar. Después de todo, me vi beneficiado por tus acciones –aseguró Atreo.

-Así que, ¿eres Co-Rey de Micenas junto con Tiestes porque hice un desastre hace casi 40 años? –preguntó Heracles, Atreo asintió- Pues… de nada, supongo –comentó Heracles. Agamenón, incrédulo de lo que estaba escuchando, se cruzó de brazos- Y por lo que veo, no perdió el tiempo. No solo tuvo una reina, supongo la madre de Agamenón y Menelao, sino que en estos años hasta madrastra les consiguió. ¿Qué le pasa a la reina? –preguntó Heracles ya curioso.

-Cuando llegó a la corte de Micenas, no recordaba ni su propio nombre –le susurró Agamenón, como intentando que Heracles no fuera imprudente, pero Heracles simplemente era demasiado curioso-. Padre llevaba tiempo buscando un reemplazo para madre que murió enferma. Necesitaba una reina, y ¿quién mejor que una sin familia que pueda rastrearse? –le preguntó Agamenón.

-Yo solo digo que he visto esto antes… con un tal Edipo… -observó Heracles a Pelopia con cuidado, notando que tenía el mismo tono de cabello que Menelao, a quien acariciaba con dulzura-. En todo caso, no creo que sea importante. ¿Y dónde anda ese gruñón de Tiestes? –preguntó Heracles tratando de cambiar el tema y no meterse en problemas por andar de hablador.

-Desterrado y refugiándose en Delfos, donde es inaccesible para mí –le informó Atreo, lo que confundió a Heracles-. Pero no hablemos de quienes no están. Si la Sibila de Delfos te ha enviado a mí, enuncia lo que requieres de mi corte. Y espero que entiendas, que esperaré compensación por mi apoyo en sea lo que sea que requieras –le aseguró el rey.

-No esperaría menos de solicitar el favor de un rey, mucho menos estando en Micenas –alegó Heracles-. La Sibila de Delfos me ha encomendado una misión. Si me ayuda, yo realizaré una tarea para usted –pidió Heracles. Atreo se frotó su barba con curiosidad.

-Mientras esta supuesta tarea no termine contigo destruyendo Micenas sobre la cabeza de Cerberos, es posible que sí tenga una tarea para ti, Heracles –le informó Atreo. Heracles asintió-. Enuncia entonces el nombre de tu Prueba Dorada –pidió Atreo.

-Resucitar a la Esperanza de Elpis –le comentó Heracles. Atreo se sorprendió por escuchar esas palabras-. No tengo idea de quién es Elpis. Pero debo recuperar su esperanza. ¿Sabe algo mi rey? –preguntó Heracles, curioso.

-Elpis… -carraspeó la garganta Atreo. Agamenón y Menelao le dirigieron miradas de curiosidad sin saber quién era Elpis. Pelopia simplemente se concentraba en abrazar a Menelao sin importarle nada más-. Es un nombre que no pensé volver a escuchar jamás. Tengo el presentimiento, Heracles, de que te espera un viaje muy largo. Y muy extraño… -susurró para sí mismo Atreo, poniéndose de pie, y caminando por su Sala del Trono, mirando varios artilugios en los alrededores, como trofeos en un museo de piezas preciosas, pero deteniéndose frente a un ánfora negra con incrustaciones de oro y de plata, y una manzana dorada adornando el pestillo que la mantenía cerrada, el ánfora poseía además un sello que escribía el nombre de Athena en un pergamino sagrado-. Elpis… nació dentro de esto… -le mostró Atreo a Heracles, quien se acercó al ánfora, que pareció forzar a la Sangre de Neso a reaccionar, llenando a Heracles de dolor, y derribándolo en el suelo de la habitación del trono-. Una respuesta esperada. Esta ánfora alguna vez contuvo a dos entidades en su interior, la primera fue Hypnos, el Dios del Sueño. La segunda fue Thanatos, el Dios de la Muerte –le explicó Atreo, mientras Agamenón comenzaba a ayudar a Heracles a ponerse de pie-. Fue llevada sobre su espalda, por la primera mujer, Pandora, y dentro del ánfora, en su parte más profunda, se decía que yacían los restos de la última mujer, de un mundo que hoy ya no existe. Esa… es Elpis… y continúa dentro de esta ánfora sagrada –le informó Atreo-. Pero, aunque esta ánfora sea precisamente lo que has venido a buscar, me temo que no puedo dártela –le informó Atreo, lo que confundió a Heracles.

-Puede que sea un artilugio muy importante para usted, mi Rey Atreo… pero realmente la necesito –le mostró Heracles su brazo derecho, y su pierna izquierda-. Esta es la Sangre de Neso. Un Centauro que hizo un ritual maldito para envenenarme y matarme. Si no cumplo las 12 Pruebas Doradas en menos de 12 años, me muero. Así que, no hay trabajo que no haría por conseguir esa ánfora y hacerme con el alma de Elpis. Así que dígame… ¿qué quiere a cambio? –le preguntó.

-Antes, diría que no hay nada que pudieras darme a cambio, pero resulta que, lo que yo requiero puede beneficiarnos a ambos –admitió Atreo-. Y todo, como siempre, tiene que ver con Tiestes –le informó Atreo. Por alguna razón, cada vez que Pelopia escuchaba ese nombre, su cuerpo temblaba, lo que no pasó desapercibido por Heracles-. Hace años, cuando Menelao recién había nacido, Tiestes y yo servíamos como Co-Reyes de Micenas. Pero yo… era demasiado avaricioso, quería ser el único Rey de Micenas –admitió Atreo con tristeza, como si ahora sufriera un castigo por estas acciones-. Rogué a los Dioses que me dieran una señal. ¿Sería correcto desear el trono solo para mí mismo? Paseaba por los rebaños de Micenas mientras pensaba en esto, y entonces, la señal divina apareció, en la forma de Amaltea, la Cabra Dorada, que pastaba en los rebaños de Micenas –le explicó él.

-Pastaba es dramatismo de mi padre… -le susurró Agamenón a Heracles-. La Cabra Almatea es la Armadura Dorada de Capricornio. Obvio no podía pastar, pero tú síguele la corriente. A lo que padre se refiere, es a que Hermes, el Dios de los Mensajeros, quien era el dueño de esta Armadura Dorada, ofreció la misma a mi padre. Él interpretó el mensaje de Hermes como que lo declaraba el único Rey de Micenas. Las Armaduras Doradas se dan únicamente a los reyes después de todo –terminó de explicarle Agamenón.

-Fui a donde mi esposa Aérope –prosiguió Atreo. Heracles miró a Pelopia, quien parecía sumamente indiferente ante el nombre de la anterior Reina de Micenas-. Le conté sobre mi encuentro con Hermes, y le pedí que escondiera la Armadura Dorada de Capricornio. Entonces me dirigí ante mi hermano Tiestes, quien fungía como rey en turno, y le dije que Hermes me había condecorado con la Armadura Dorada de Capricornio y que, por ello, yo debía ser el único rey –le comentó Atreo, molesto, por lo que Heracles intuyó que las cosas no salieron exactamente bien-. Tiestes me respondió que él había sido condecorado como Caballero Dorado también. Obviamente lo vi como una mala excusa para no entregarme el trono. Le dije entonces: «muy bien. Que sea el único Rey de Micenas, quien posea una Armadura Dorada», a lo que Tiestes respondió, extrayendo la Armadura Dorada de Capricornio de detrás de su trono. Mi esposa, Aérope, me había traicionado. Ella y mi hermano Tiestes eran amantes –ante aquellas palabras, Pelopia volvió a estremecerse, esta vez todo su cuerpo temblaba por el miedo, lo que Menelao sentía al su cuerpo temblarle junto con el de su madrastra, mientras Heracles se frotaba la barba, intuyendo que algo muy malo le había pasado a la Reina Pelopia-. Sobra decir que el reinado de Tiestes fue bastante temporal… lo desterré… junto a la única hija que le quedó con vida tras mi venganza –aseguró Atreo con suma molestia.

-Ese salto en la historia no me agrada. Así no se debería contar una buena historia –se quejó Heracles. Atreo lo miró con desafío-. Pero supongo que su razón tendrá. En todo caso, algo tuvo que hacer para involucrar a esa ánfora. ¿Mínimo me va a contar eso? –le preguntó él.

-Solo digamos que, sin Tiestes, a quien tuve la amabilidad de perdonarle la vida –comentó Atreo, como si fuera un ser bondadoso. A Heracles ya no le agradaba estar en presencia de Atreo, pero él tenía el ánfora que él necesitaba, por lo que debía ser paciente-. Se requirió que yo demostrara ante el pueblo de Micenas el que era digno de seguir gobernando, ya que… rumores vulgares se esparcieron sobre el cómo me hice con el trono de Micenas. Así fue que, para acallar a estos rumores, hice un trato con un Apolo. Le mostraría al pueblo de Micenas un milagro. Bajo mis órdenes, el Sol que siempre sale por el este, y se oculta por el oeste, dejaría el firmamento desde el oeste, para ocultarse por el este. Si yo lograba esto, me convertiría en el legítimo Rey de Micenas… y gracias al trato que hice con Apolo, el Sol se ocultó por el este, y no hubo dudas de mi derecho de gobernanza –aseguró Atreo.

-Ajá, y Apolo lo hizo de a gratis –se cruzó de brazos Heracles-. Creo que ambos sabemos que Apolo no trabaja así, mi Rey Atreo. ¿Qué le pidió Apolo a cambio de este favor? –le preguntó Heracles. Atreo miró a sus hijos Agamenón y Menelao, y Heracles lo comprendió- Un sacrificio. Pensé que lo de sacrificar humanos a los Dioses ya había quedado en el olvido –sentenció Heracles.

-La sangre de mi familia es especial –declaró Atreo-. Mi bisabuelo se decía hijo de Zeus, y solo la sangre de Zeus, diluida o no, puede destruir los sellos de Athena –señaló Atreo al sello en el ánfora-. Pero las cantidades necesarias para romper este sello, son mortales. Además, solo los manipuladores del cosmos pueden extraer las propiedades de la sangre de Zeus, y yo no manipulo el cosmos, por lo que mi sangre es inútil. Menelao y Agamenón tendrán mi sangre, pero no sacrificaré a mis hijos. Eso deja solo una opción viva para abrir este sello: Tiestes –le informó Atreo-. Apolo me dio un periodo de tiempo que está por cumplirse. Si a la llegada del cumpleaños número 10 de mi hijo Menelao, este sello no se ha roto, él lo intentará con mi sangre, indistintamente si todos sabemos que mi sangre es indigna de romper este sello –observó Atreo el sello de Athena, furioso de no poder romper el mismo-. Apolo al parecer desea lo que yace en el interior de esta ánfora, a Elpis, o es al menos lo que creo. Para qué y por qué la quiere, eso no lo sé. Pero la única forma que Apolo conoce para romper este sello, es a través de la sangre de Zeus. Pero Tiestes está refugiado en el Templo de Delfos, bajo la protección del mismo Apolo. Como si el mismo Apolo me exigiera sacrificar a uno de mis hijos para cumplir con mi parte del trato. No sé por qué Apolo hace esto, no sé lo que Apolo quiere. Pero por más expediciones que he enviado a Delfos, nadie ha sido capaz de entrar y extraer a Tiestes para sacrificarlo y romper este maldito sello. Tráeme a Tiestes… sacrifícalo sobre el Sello de Athena… y podrás disputarte con Apolo lo que yace dentro de esta Ánfora. Ese ya no será mi problema una vez que mi parte del trato haya sido cumplido –finalizó Atreo.

-Si hay un Sello de Athena allí puesto, entonces debería quedarse allí… -le comentó Heracles, molesto, y mientras apuntaba al ánfora en manos de Atreo-. Además, esa ánfora apesta a cosmos de Espectro. No me sorprendería que lo que esté allí dentro pertenezca a Hades, y considero que debería quedarse bajo su custodia, no la de Apolo –declaró Heracles.

-Curioso que lo menciones… -se burló Atreo-. Porque es exactamente lo que Euristeo te dijo sobre Cerberos. Pero tú te negaste a regresarle a Cerberos a Hades –Heracles entonces lo miró con ira-. Si Apolo quiere lo de Hades, que tenga lo de Hades. No es mi problema. Yo solo quiero cumplir con mi parte sin sacrificar mi vida, o la de mis hijos. Tómalo o déjalo, Heracles. Tráeme a Tiestes… sacrifícalo sobre esta ánfora. Rompe el sello, y tendrás a Elpis… así de sencillo –finalizó Atreo.

-Bien… -bufó Heracles-. Pero este viene conmigo –apuntó Heracles a Agamenón-. Vine a enseñarte, es mi misión, y por Athena, voy a enseñarte. Así que vamos a buscar a tu tío el tieso –se molestó Heracles.

-Tiestes –se cruzó de brazos Agamenón-. Y si yo voy, llevamos a Menelao. Lo estoy entrenando –pidió Agamenón. Pelopia abrazó a Menelao con fuerza-. Solo serán un par de lunas, tal vez tres. Nos vamos hermano –pidió Agamenón. Menelao bajó del trono de Pelopia, y siguió a Agamenón y a Heracles fuera de la Sala del Trono de Micenas, mientras Atreo colocaba el ánfora de regreso junto al resto de tesoros, y se dirigía a intentar tranquilizar a su nerviosa esposa.

Una vez que Heracles, Menelao y Agamenón se hubieran retirado, y que Atreo hubiera salido por la parte trasera de la Sala del Trono junto a su esposa Pelopia, dirigiéndose a sus aposentos, un cosmos oscuro comenzó a rodear el ánfora. Un cosmos morado, profundo y sombrío.

-Entonces… ese era el secreto… -enunció una sombra oscura, que se materializaba en la Sala del Trono de Micenas, acercando su mano al sello, que lo repelió, hiriéndole la mano, y enfureciendo al que se había materializado-. Sangre de Zeus, de un manipulador del cosmos. Y de entre esos dos, Menelao y Agamenón, el pequeño obviamente será más manejable y fácilmente sacrificable. Descuide mi amo Hades, el Inframundo recuperará a su líder… romperé el sello de Athena, y regresaré la gloria de su nombre al Inframundo, yo se lo prometo –finalizó la sombra, desapareciendo de la Sala del Trono de Micenas.

Puertas del Este de Micenas.

-¿¡Que!? ¿¡Enserio!? ¿¡Cuantas veces debo decir enserio en este viaje!? –se quejaba Filoctetes, esperando junto a la Sibila y Poeas en la salida del este ya caída la noche, justo como había acordado con Heracles. Filoctetes se miraba enfermo, sorprendido, asqueado, y confundido- Oh no, no, no, no… esto lo tiene que saber Heracles… debe saber al psicópata para el cual se puso en servicio –se molestó Filoctetes.

-No. El que Atreo sea un psicópata, no hace a Menelao, o a Agamenón, psicópatas –le respondió la Sibila, tratando de calmar a Filoctetes al abrazarse de él-. Sé que tienes un inmenso sentido de la justicia, y que jamás te pondrías al servicio de alguien tan vil. Pero los crímenes de los padres, no deben de recaer en los hijos –le pidió la Sibila.

-Hay al menos unos 10 mitos que dicen que eso no es cierto –respondió Filoctetes, la Sibila se cruzó de brazos, molesta-. No me mires así. No tengo pruebas de que el padre, siendo un lunático, no tiene hijos igualmente lunáticos, y dos de esos van a ser Caballeros Dorados, ¿enserio? Me niego, Herc debe saberlo –insistió Filoctetes.

-Si se lo dices, ni Agamenón ni Menelao van a creerte. Ellos deben descubrirlo por sí mismos y convertirse en las personas de virtud que deben ser –insistió la Sibila, Filoctetes se cruzó de brazos y le dio la espalda-. Hay una línea muy delgada entre la virtud y la malicia. Viajas con el individuo que cruza esa línea todo el tiempo en ambas direcciones. Si supieras cómo terminaron los 12 Trabajos, no viajarías con él –prosiguió la Sibila, ganando la atención de Filoctetes, Poeas se mordió los labios, Filoctetes lo notó.

-Espera. ¿Tú sabes cómo terminó Heracles los 12 Trabajos, y sabes que hizo algo horrible? –le preguntó Filoctetes. Poeas tragó saliva, pero asintió- ¿Y aun así él es tu héroe? No sé lo que hizo, sé que ha hecho muchas cosas malas y cuestionables. Pero por las reacciones de tu madre, sé que, si me entero, lo voy a odiar, y no quiero odiarlo, es mi amigo, y hay bondad en él –insistió Filoctetes, notando que cayó de lleno en el juego de la Sibila-. Oh… me la volviste a hacer… -apuntó Filoctetes a la Sibila, quien rio coquetamente ante él-. De modo que no puedo no juzgar a Agamenón y Menelao, pese al lunático de su padre, porque yo veo bondad en Heracles pese a todo, y tú sabes que perdonaría a Heracles aun enterándome –le apuntó Filoctetes.

-Debes ser le humano más listo y justo del mundo –le tomó la mano la Sibila, ruborizando a Filoctetes-. Por eso te elegí… y sé que tu justicia, va a alcanzar a Heracles. Es hora de despedirnos –le susurró la Sibila, Filoctetes suspiró incomodado-. Sé que está siendo duro, pero así es como debe de ser. Tendremos nuestra recompensa, cuando nuestras vidas se extingan, lo prometo –insistió la Sibila.

-Dice la inmortal –se quejó Filoctetes-. Oye… yo confío en ti… es solo que… es tan poco tiempo. O lo paso contigo, o lo paso con el chico. Y ni una reunión la he terminado satisfecho. ¿De verdad no podemos vernos más tiempo? –le preguntó Filoctetes, la Sibila colocó su dedo contra su labio.

-Llegaremos a tener todo el tiempo de este mundo… y del siguiente… -terminó ella. Filoctetes suspiró incomodado, y recibió de la Sibila un gentil beso. Poeas se acercó y abrazó a su padre, y tras aquello, ambos se retiraron.

-Papá me diría que me dejo manipular por unas curvas, y lo peor es que tendría razón. Una vez al año no hace daño dice, pero bien que te deja con más ganas –se fastidió él, cuando notó a Calcante saliendo por las puertas del este, con una jovencita de cabellera verde pálida atada en una coleta, con sus ojos esmeraldas viendo a Calcante directamente, mientras este la ayudaba a subir a una carreta-. Jóvenes… se creen invencibles y que todo lo pueden… ¡te va a dejar por irse a alguna guerra! –gritó Filoctetes, Calcante viró a buscar al dueño de la voz, pero Filoctetes se escondió tras la carreta de Pegaso-. Jejeje… sé que fue infantil, pero se sintió bien –enunció Filoctetes para sí mismo.

-¿Entonces esa es Astíoque? –preguntó Hercles, asustando a Filoctetes pues se le había aparecido por detrás mientras se ocultaba tras la carreta de Pegaso junto con Agamenón y Menelao- Se parece demasiado a la Reina Pelopia… solo varía en su color de ojos… las vibras de Edipo me siguen molestando demasiado –se quejó Heracles.

-¿Edipo? ¿El de Tebas la de las 7 Puertas? –preguntó Agamenón, Menelao comenzó a jalarle la capa sin comprender la conversación- Es de las historias de adultos, no lo entenderías. Pero ahora que veo a mi hermanita con más detenimiento. Sí se parece a Pelopia, podría pasar por su hija –admitió Agamenón.

-O hermana… -susurró Heracles para sí mismo, y entonces miró a Filoctetes, quien se mostraba demasiado nervioso por la conversación-. ¿Soy o me parezco? ¿Qué traes tú? –preguntó Heracles, Filoctetes simplemente salió de detrás de la carreta de Pegaso.

-¡Nada! ¡Nada! ¡Y tú deja de hablar de Edipo, que según la Sibila lo vamos a conocer! –le comentó Filoctetes. Heracles se sorprendió, y comenzó a saltar emocionado, buscando cuero y carbón- Hoy no… ni siquiera pronto… ¿de verdad quieres que Edipo te firme un cuero? –preguntó Filoctetes.

-Oye, toda Gea quiere un autógrafo de Edipo. Él sí que tiene problemas –admitió Heracles, mientras subía en la carreta de Pegaso, e invitaba a Agamenón y a Menelao a subir con él-. Nos vamos a Delfos –le comentó Heracles.

-Delfos… no hemos regresado a Delfos en mucho tiempo –comentó Filoctetes, subiendo a la carreta, e iniciando el viaje- ¿Por qué Delfos? –preguntó con las riendas en la mano, preocupado por el largo viaje.

-Tiestes, el hermano de mi padre Atreo, es refugiado allí –comenzó Agamenón, acomodándose para el largo viaje, y meditando al respecto-. Jamás había escuchado del trato que mi padre Atreo realizó con Apolo. Además… exigir sacrificio humano. ¿Qué clase de Dioses harían eso? –preguntó Agamenón sumamente molesto.

-No sería la primera vez que un dios exige un sacrificio humano, pero admito que no se suele escuchar mucho de eso últimamente –admitió Heracles, preocupado de igual manera-. El que un dios castigue, transforme, o incluso mate a un Mortal, no es raro. Pero pedir a otros Mortales matar a otros a manera de sacrificio, cuando ellos pueden hacerlo ellos mismos, y además dando refugio a uno de los que podrían ser sacrificados… esto me suena más a una rencilla… o… -intentó meditar al respecto Heracles.

-Un castigo… -dedujo Agamenón. Filoctetes miró a Heracles con curiosidad, pero Heracles le pidió algo de tiempo para poder explicarle-. Un castigo a mi padre… por un crimen atroz… no se me ocurre otra razón por la que un dios castigaría a un Mortal. Apolo desea el sacrificio específico de uno de los hijos de Atreo, ya sea Menelao o yo… probablemente incluso Astíoque hubiera corrido peligro. Encuentro el haberla enviado con Calcante fuera de Micenas, específicamente hoy, como una coincidencia de lo más curiosa… todo esto… parece planeado… -aseguró Agamenón. Filoctetes, quien escuchaba todo aquello, sabía la verdad. Todo este viaje, los lugares que habían visitado, los oponentes que habían enfrentado, y las personas que habían conocido, todo era el plan de la Sibila, incluso su propio matrimonio había sido planeado. Por lo que sabía que, incluso enviar a Astíoque fuera de Micenas, no había sido una coincidencia-. A los Dioses que exigen sacrificio humano, jamás se les debería consentir… -continuó Agamenón mientras miraba a la luna-. Un dios o diosa que exija algo semejante, no es digno de reverencia y debería ser enfrentado –prosiguió, apuntando a su espada Excalibur, contra la cara de la luna.

Pisa. Palacio de Pisa. Aposentos del Rey Tántalo de Pisa.

En Pisa, un reino cercano a la ciudad de Olimpia, un enfermizo rey de apariencia joven, pero decrepita por el cansancio y la enfermedad, intentaba dormir. Su cabello corto caía muy apenas por sobre sus ojos, intentando ocultar las ojeras que ya eran parte de su mirada eternamente cansada. Una mano esquelética, y de uñas rojas y largas, se posó a un lado de su cabeza, hundiendo las sabanas, y rasgándolas con lo afilado de sus uñas, otra mano, femenina, y con las mismas características de la primera, tomó la muñeca del dormido hombre, y la apretó con fuerza a manera de sometimiento. Un apretar tan fuerte hubiera despertado a cualquiera, no así a este hombre, quien también sintió la primera de las manos de la criatura que lo acosaba, ser apretada en señal de sometimiento. Tan cansado estaba el hombre, que no importaba el poderoso agarre, este simplemente no despertaba. Tras afianzar su agarre, la mujer que se supone dormía a su lado compartiendo el lecho, dislocó su propia mandíbula para abrirla hasta sus límites. Mostrando sus afilados diente, una lengua larga y grotesca, y un aliento envenenado de un color verdoso que comenzó a rodear al hombre, quien respiró el mismo, quedando aún más profundamente dormido. Con su víctima enteramente a su merced, la criatura comenzó a acercar su lengua al cuello del inconsciente rey. El contacto de su lengua, levantaba una especie de esencia, que salía del hombre, se arremolinaba en la lengua de la criatura, y era llevada por la lengua hasta entrar en la garganta de la criatura, que parecía consumir al hombre, alimentándose directamente de su alma. El hombre perdía el lustre de su cabellera con cada movimiento de la lengua de la criatura, mientras la piel de la criatura, alguna vez arrugada con marcas de edad, se tornaba tersa, delicada, y bella, mientras consumía la vida de su supuesto esposo. El hombre estaba cada vez más débil, sudaba frio, sentía dolor, pero de pronto, la criatura dejó de robarle al hombre aquella esencia con su lengua, para posar su atención a las puertas de su habitación, gruñendo por la interrupción, liberando al hombre de su agarre, e incorporándose al lado de la cama. Su cuerpo, grotesco y monstruoso, de pronto comenzó a acomodar sus dislocados huesos a una forma más bella, femenina, y humana, mientras los ojos de la criatura pasaban del escarlata brilloso, a la esmeralda suave, terminando por reemplazar a la creatura endemoniada, por una bella joven de, a lo mucho, unos 17 años, la bella y siempre joven, Reina de Pisa, famosa por estar casada con un rey que físicamente pasaría por su abuelo, pero que apenas y tenía, unos 28 años a lo mucho.

-Aunque desprecio las interrupciones, eso ha estado demasiado cerca… -exclamó la reina, que muy fácilmente pasaría por una Princesa de Pisa por su juventud, y a quien los pobladores de Pisa, preocupados por su rey, comenzarían a interrogar de no ser por un pequeño y minúsculo detalle. Esta princesa era madre, del heredero del trono de Pisa, que lloraba en la habitación de al lado-. Oh, ya cállate –exclamó la mujer, soltando un humo verdoso de sus labios, que entró en la nariz del bebé, que terminó por quedarse dormido-. Me pregunto si dormir a un bebé con el Veneno de Brucolaco tendrá efectos secundarios… aunque no es como que me importe. La única utilidad que tienes, es la de asegurarme que la población de Pisa no se levantará en mi contra en preocupación por el ridículo Rey Tántalo de Pisa… así que deja de hacer ruido, es molesto –se fastidió la mujer, quien entonces salió por las cortinas de la Sala del Trono de Pisa-. ¿Qué quieres, Egisto? –comenzó la mujer, caminando orgullosa por la sala del trono, mientras una bruma oscura se materializaba en un hombre fornido, de piel grisácea, ojos esmeraldas, y cabellera larga y de un verde pálido, quien era físicamente muy similar al encamado Rey Tántalo, solo que más fuerte y de cabellera larga-. ¿Vienes a recriminarme por consumir la juventud de tu hermano? –se burló la mujer.

-Medio hermano en realidad –le contestó Egisto, arrodillado frente a la mujer, quien se dejó caer en el trono de Pisa como si este le perteneciera-. Y lo que le pase a Tántalo no es mi problema. Cuando él no esté, yo seré el heredero de Pisa por ser hijo de Tiestes, además de tomándote por esposa. Ese fue el trato que hicimos cuando me descubriste –le informó el hombre.

-Pero me lo dices con tanto odio, mi cuñado y futuro esposo –sonrió con malicia la mujer. El hombre frente a ella se mordió los labios con fuerza-. ¿No será que todas esas tonterías de ser mi esposo y que gobernemos juntos Pisa no son más que mentiras, y que la única razón por la que me lo dices es porque tienes ese desesperado deseo de saber el nombre de tu madre? No soy tonta, Egisto. Solo me permites hacer mi voluntad, por el simple hecho de que yo sé quién es tu madre –le recordó ella, sonriente.

-Te he dicho que me casaré contigo con o sin ese pedazo de información, Clitemnestra –le espetó Egisto con molestia, antes de bajar la mirada, entristecido-. Aunque… genuinamente me gustaría saber el nombre de mi madre –admitió él. Clitemnestra, la Reina de Pisa, sonrió divertida-. Pero no es eso a lo que he venido. Ya descubrí la verdad sobre el sello en la Ánfora de Pandora. El sello de Athena, solo puede ser roto por un manipulador del cosmos que posea la sangre de Zeus, diluida o no. Lo que significa que los manipuladores del cosmos que pertenezcan a la estirpe de Atreo o Tiestes, pueden romper el sello –Clitemnestra, tras escuchar aquellas palabras, miró a Egisto con curiosidad-. No soy estúpido. Atreo dice que se necesita de la totalidad de la sangre del sacrificado. Tendré la sangre correcta, pero no voy a quitarme la vida por resucitar a Pándora –le informó Egisto.

-¡Los Espectros tenemos vida eterna, Egisto! –agregó la mujer, dejándose caer sobre el trono con suma pereza- Si usaras tu sangre para resucitar a nuestra líder en ausencia de Hades, no tendríamos que estar sometidos a los estúpidos Jueces del Inframundo. Radamanthys se la vive enjuiciando sin tortura por el simple hecho de querer degustar a su querida Alcmena, a quien no entiendo que le ve. Minos tiene todo ese problema con el Minotauro y apenas y lo vemos, y Aiacos está demasiado ocupado siendo juez de los hombres. Nadie gobierna el Inframundo, y solo Pandora sabe la fecha prometida de la reencarnación de Hades. Y si Hades resucita, y Cerberos no está esperando a su querido amo, y Pérsefone se la pasa acostándose con media Gea. ¿Qué clase de ejército somos los Espectros? Necesitamos a nuestra líder que venga a poner orden. Todos estamos dispersos sin hacer nada productivo, y se me acaban las almas de las cuales alimentarme, estoy a nada de que los pobladores de Pisa descubran que soy una Brucolaco, exhumen la tumba de la verdadera Clitemnestra, le arranquen el corazón, y lo quemen en una hoguera, y adiós a mi bella juventud y vida eterna. Si al menos Pandora viviera, la convencería de convertir a Pisa en la base de operaciones de los Espectros, y le pediría separar mi alma de Brucolaco del alma del cadáver de Clitemnestra, asegurando mi vida eterna genuina, pero no. Nadie en el Inframundo, actualmente, tiene esa autoridad. Hay que romper ese sello, y liberar a Pandora, el Inframundo necesita orden –aseguró ella.

-Y supongo, que tú piensas ser ese orden, como la mano derecha de Pandora –se molestó Egisto. Clitemnestra simplemente sonrió divertida-. No voy a sacrificarme para romper ese sello. Sacrifiquemos a Tántalo, ya le has chupado toda la vida de todas formas –se quejó él.

-Doble sentido, muy lindo, pero cierto de todas formas –respondió Clitemnestra-. El problema es que Tántalo no manipula el cosmos. Tampoco lo hace Atreo, podría decirte quien sí lo manipula, pero te estaría dando demasiada información muy valiosa, además, y que es mi garantía de que no me traicionarás –le informó ella, lo que alzó las sospechas de Egisto-. Eso solo deja tres opciones. Tiestes, tu padre, y quien no sabemos dónde está. O alguno de tus primos, Agamenón o Menelao –señaló ella.

-Precisamente van acompañados de Heracles en dirección a Delfos. Atreo le ha encomendado traerle a Tiestes para realizar el sacrificio –le informó Egisto, lo que alegró a Clitemnestra-. No sonrías tan descaradamente. Tiestes me habrá abandonado, pero sigue siendo mi padre, así que… no pienso permitirles sacrificarlo –le aseguró Egisto.

-Ught. ¿A qué viniste entonces? –se fastidió Clitemnestra, molesta por todo lo que estaba ocurriendo, y con su estómago rugiéndole- Estoy a nada de comerme lo que le resta de alma a mi esposo, e incluso el alma de mi bebé comienza a parecerme apetecible. Así que, o me das algo de alimento, o no te ayudaré… -se quejó Clitemnestra, lo que fue una molestia para Egisto.

-Hades me castigaría por esto… -se molestó Egisto, quien comenzó a elevar su cosmos, oscuro e impresionante, y dibujó una sonrisa en el rostro de Clitemnestra-. ¡Suplice de Arqueronte atiende mi llamado! ¡El llamado de la Estrella Celeste del Intervalo! –exclamó Egisto, un portal oscuro se abrió a sus pies, y de este se alzó una Suplice con la forma de una barca orada con un remo extenso. La barca estalló en sus partes, y revistió a Egisto con la Suplice de Arqueronte, que dotó a Egisto de un casco de marinero, un par de protuberancias en forma de alas oscuras, y un remo que llevaba como arma- Almas que no han muerto con óbolos para pagar su pasaje a través del Rio Arqueronte, yo les ordeno que se manifiesten –ordenó con su cosmos Egisto, levantando varias almas a su alrededor, todas débiles y cansadas, y que iluminaron los ojos de Clitemnestra de rojo, mientras su mandíbula se dislocaba, y su lengua y aliento gélido se hacían presentes- Calma tus ansias, solo te daré a una –se molestó Egisto.

-Que sea uno grande entonces –le respondió Clitemnestra, ya con su mandíbula dislocada, y sus ojos posándose en un alma algo extraña, ya que parecían dos cuerpos, unidos por su cintura-. Esa alma es extraña, y se perfila muy poderosa. Quiero esa… -apuntó Clitemnestra divertida. Egisto asintió, elevó su cosmos alrededor de su remo, y encajó el mismo dentro del conglomerado de almas, extrayendo el alma que le había llamado la atención a Clitemnestra, y estampando la misma a sus pies-. ¿Qué sabes de ellos? –preguntó Clitemnestra moviendo su lengua entre sus dientes.

-Sé que son víctimas de Heracles. Sus nombres individuales eran Ctéato y Éurito, pero nacieron como una sola alma, Moliónidas –le explicó Egisto, mientras Clitemnestra comenzaba a rodear a las aterradas almas de Ctéato y Éurito con su aliento, y a enredar su larga lengua alrededor de sus cuellos. Las almas de Ctéato y Éurito gritaron desesperadas, Egisto desvió la mirada, y simplemente escuchó el momento en que ambas almas eran consumidas en un alarido de dolor, mientras Clitemnestra, ahora con el vientre hinchado, recuperaba su forma más femenina.

-Oh… estoy tan llena… -se frotó la barriga Clitemnestra-. Con esto podré dejar de consumirle el alma a mi marido por un tiempo. Aunque mi bebé me sigue pareciendo muy apetecible –prosiguió Clitemnestra, eructando un poco por encontrarse bastante empachada-. Muy bien, Egisto, lo haremos a tu manera. Con mi hechicería, abriré un portal para llevarte a Delfos sin que la barrera de Delfos te haga perderte en la neblina. Una vez dentro, será tu responsabilidad el evitar que Heracles se haga con Tiestes. Más de eso, no puedo ayudarte, porque de todas formas yo quiero que se rompa el sello de la Ánfora de Pandora, por lo que cualquier resultado me favorece –admitió Clitemnestra divertida.

-Haz lo que quieras, solo dame acceso a Delfos –pidió Egisto. Clitemnestra sonrió divertida, elevó sus manos, y de la tierra misma emergió una Suplice bastante provocativa, de una bestia femenina y sensual, como una mujer hecha armadura, pero con unas alas pequeñas en su espalda. La Suplice estalló en sus partes, y revistió a Clitemnestra de una forma muy indecorosa, pero otorgándole el cosmos de hacer su voluntad-. ¡Pasaje por los Reinos de Gea! ¡Delfos! –finalizó la mujer, abriendo un portal frente a Egisto, quien disipó las almas que había conjurarlo, antes de cruzarlo-. Buena suerte… y… si es posible, déjame el alma de Agamenón para chuparle toda el alma… he escuchado que es guapo, por lo que no me importa el doble sentido, jijijiji –rio de manera burlesca Clitemnestra, Egisto se asqueó, entró al portal, y este se cerró detrás del Espectro de Arqueronte.

Delfos.

-¿Umm…? –en Delfos, una pequeña de unos 5 años de edad, miraba al cielo nocturno en esos momentos, como si hubiera sentido algo llamarla, un presentimiento tal vez, o una premonición. Vestía sedas rojas, y el viento soplaba con fuerza contra su cabello castaño suave, tirado por el viento, mientras sus ojos violetas se posaban en las estrellas y, específicamente, en una constelación, que reveló ante ella un nombre- ¿Agamenón? –susurró la pequeña, sin saber lo que ese nombre llegaría a significar para ella.

Detrás de ella se abrió entonces un portal, mismo que forzaba a los ojos de la pequeña a brillar de violeta, y que comenzó a aterrarla, por lo que intentó huir, pero su huida fue interrumpida por la mano grisácea de Egisto saliendo del portal, y tomando a la pequeña del cuello de su túnica.

-Dime pequeña, ¿es aquí Delfos? –preguntó Egisto, mientras el portal se cerraba a sus espaldas. La aterrada de la pequeña lloraba de miedo, pero asentía, sin siquiera tener el valor para ponerse a gritar- Excelente. Entonces va siendo tiempo de prepararle a Agamenón una pequeña bienvenida –susurró Egisto para sí mismo, los ojos del Espectro brillando de violeta.

Camino a Delfos. (Una Luna más tarde).

-Por fin, Delfos. Mi trasero ya está demasiado plano por tan agotador viaje –se quejaba Agamenón. Menelao, a su lado, bostezaba cansado de igual manera, y se estiraba, mientras la carreta tirada por Pegaso comenzaba a subir el empinado monte donde pronto encontrarían al Santuario de Delfos-. ¿Cuánto tiempo se tarda para llegar a la cima? Comienza a hacer hambre –se quejaba Agamenón con su estómago rugiéndole.

-Oh… podrían ser años si a Delfos le da la gana, y parece que comienza a dársele la gana –comentó Filoctetes, cuando el lugar alrededor de ellos comenzó a llenarse de una densa neblina, una con la que Filoctetes y Heracles ya estaban familiarizados, pero que era la primera vez que Agamenón y Menelao veían-. Nadie sabe cómo funciona Delfos exactamente, Príncipe Agamenón. Pero Delfos suele ser muy poco cooperativo en ocasiones. Esta parece ser una de esas ocasiones –le informó Filoctetes, virándose a ver a Heracles.

-La Barrera de Delfos. Yo pensaba que era activada por la Sibila, quien no me dejaba regresar a Delfos a menos que hubiera cumplido con sus encomiendas –meditó Heracles al respecto, jalándose la barba-. Pero la Sibila no se encuentra más en Delfos. Alguien más debió haber activado la Barrera de Delfos –admitió Heracles.

-O ella misma dejó una trampa sobre la cual pasamos, pisamos, y se activó la Barrera de Delfos de alguna forma que solo la Sibila sabe cómo pasó –bufó Filoctetes ante la idea-. No sería la primera vez que la Sibila hace de las suyas de esa manera –aseguró él.

-¿Barrera de Delfos? –preguntó Agamenón curioso- Solo es neblina. Permítanme despejar el camino –continuó Agamenón, poniéndose de pie, y elevando su cosmos alrededor de su brazo derecho- Despéjate con… ¡Excalibur! –atacó Agamenón, su corte entrando en la neblina, y perdiéndose en la misma, no hubo siquiera un sonido que indicara que su ataque se hubiera estrellado con algo, este simplemente desapareció- Tal vez necesito lavarme los oídos, pero… creo que no escuché un impacto, y además la niebla se ve ahora más densa –admitió él.

-Lo intentaré yo ahora –comentó Menelao, elevando su cosmos, y preparando su lanza- Brotoloigos… Edge… -lanzó el corte Menelao, de este que permaneció tras cortar el espacio, se desprendieron miles de lanzas como una lluvia de las mismas, y que escarlatas y oscuras se adentraron en la niebla, pero nada más. No hubo impacto, no hubo estruendo de ningún tipo, solo una nada interminable.

-Así no es cómo funcionan las cosas en Delfos –enunció entonces Filoctetes-. Si no es la Sibila, y es alguien más quien acciona la Barrera de Delfos, no es importante. Lo importante es las razones por las que accionan estas barreras. Así que, o alguien en Delfos nos ve como enemigos, lo que sería increíblemente comprensible ya que viajamos con Heracles –apuntó Filoctetes, lo que fastidió a Heracles-. Oh, como de costumbre, no quieren dejarnos pasar hasta que solucionemos algo, así que. Creo que sé por qué no nos dejan avanzar. Delfos es también conocida como la Ciudad de los Profetas, por lo que, si tuviera que adivinar, algún profeta en su interior nos está deteniendo para que se cumpla algo antes de entras. Y solo se me ocurre una cosa… -miró Filoctetes a Heracles, quien ya tras tantos años de viajar con Filoctetes lo comprendió sin que se lo dijeran.

-El trabajo –dedujo Heracles, Filoctetes asintió-. El problema es que lo he pensado mucho, y no sé qué podría enseñarle –le comentó Heracles, Agamenón y Menelao intercambiaron miradas de confusión-. A ver, te explico –se dirigió Heracles específicamente a Agamenón-. Se supone que debo hacer una Prueba Dorada, y ya sabes el nombre de la Prueba Dorada: Resucitar a la Esperanza de Elpis. Se supone que sea la cuarta Prueba Dorada, y se supone que yo utilice los 12 Trabajos para ayudar al Caballero Dorado que me acompañe a realizar esta prueba, para que aprenda algo de mí, algo que lo convertirá en un ser bondadoso, ya que, si no escuchan mis historias, y aprenden de ellas, les espera un camino de tiranía. El problema es que hemos viajado pos una luna y les he contado historias, pero ninguna relacionada con los 12 Trabajos, porque no sé qué historia, o que problemática podría llegar a tener el gran Agamenón, todo perfecto y todo precioso, para elegir qué historia sobre los 12 Trabajos contarte y que te ayude –resumió él.

-Ajá… -agregó Agamenón incomodado, e intercambiando miradas con Menelao-. Y tú piensas que, por arte de magia, no avanzamos a Delfos, porque no me has contado una historia que, según tú, debo escuchar para no convertirme en un tirano conquistador sin corazón que pasará a la historia como un gran villano –le cometó Agamenón, confundido, Heracles asintió varias veces.

-Bueno, pasar a la historia como villano puede pasarte de todas formas, si siento que me va a pasar a mí –se rascó la nuca Heracles-. Ser un buen Caballero Dorado, no significa que no puedas ser una mala persona, así que, si quieres ser una mala persona, pues allá tú –comenzó Heracles, Filoctetes le abofeteó la nuca, Heracles de pronto cambió su mirada bonachona por una de desprecio, y se armó con su garrote, lo que espantó a Agamenón y a Menelao.

-Tal vez me sirva escuchar una historia –agregó Agamenón nerviosamente, mientras Heracles se preparaba para aplastar a Filcotetes quien gustoso buscaba bronca-. Quiero decir, me parece ridículo, siento que ya estoy muy grandecito para los cuentos. Tal vez le serviría uno a Menelao, pero para mí, la verdad es que no tengo problemas, todo lo soluciono a punta de espada si algo no me complace. Yo vivo bien y me siento bien –admitió Agamenón, por lo que Heracles comenzó a tener una idea.

-¿Y si es Menelao quien necesita escuchar la historia? Igual y está en la lista –le mostró su lista Heracles a Filoctetes, pero este se rehusó-. Déjame pensar. Ya quemé: Matar a la Hidra de Lerna, Limpiar los Establos de Augias, y Robar las Manzanas Doradas del Jardín de las Hespérides. La de Robar las Yeguas de Diomedes la estoy reservando para Diomedes porque se llama igual que el personaje de la historia, pero fuera de eso no tengo otra razón. ¿Qué podría contarte? –se preguntó Heracles, mientras la neblina se volvía más y más densa.

-Yo qué sé –se recargó Agamenón de forma molesta en el carromato-. Por mí cuéntame la historia más ridícula que quieras contarme. De todas formas, si no tiene lógica, no te la voy a creer –admitió Agamenón-. No creo que haya alguna historia en el repertorio de tus 12 Trabajos, que pudiera inspirarme de alguna manera. Confío únicamente en lo que tengo frente a mí, y en lo que está dentro de la lógica. Incluso me atrevería a decir que no creo en los Dioses, ya que solo lo que puedo mirar, y lo que puedo cortar, me es comprensible, y no hay nada que no pueda cortar –finalizó Agamenón.

-Umm… la historia más ridícula que tenga… -se frotó la barba Heracles-. Supongo que no pierdo nada que perder. Puedo contarte las 12 a ver cuál escoges, pero no creo que tengamos tanto tiempo, la niebla se vuelve más densa, y cuando eso pasa, cosas malas pasan –admitió Heracles, apretando su garrote-. ¿Quieres la más ridícula de mis historias? Te cuento la más ridícula de mis historias, la historia de cómo yo solito, y sin ayuda, robé el Ganado de Gerión –sacó el pecho de forma orgullosa Heracles. Agamenón y Menelao intercambiaron miradas de incredulidad.

-Me vas a contar… la historia de cómo robaste un ganado… -comentó Agamenón con incredulidad, Heracles asintió un buen número de veces-. ¿Y cómo, un trabajo tan común, además de ilegal, va a enseñarme cualquier cosa? –se preguntó Agamenón.

-Ah, sobre legalidad no puedo alegar, esas son broncas de Euristeo. Pero sí puedo decirte que robar ese ganado no fue para nada común, y antes de que Filoctetes meta su nariz en mi historia, esta vez sí hice mi trabajo yo solito y sin ayuda, ya que había peleado con Hilas… -se deprimió un poco Heracles, recordando a Hilas con sus ojos llorosos, y una muy violenta discusión entre ambos-. Pero el motivo de la discusión no es importante. Lo que debes de saber es que Euristeo pensó en este Trabajo, mi Décimo Trabajo, como la forma definitiva de deshacerse de mí, ya que no se sabía si Gerión existía, no se sabía si su ganado sagrado existía, y no se sabía si Gerión vivía en una isla de nombre Eritea o Gadeira, además de que esas islas no figuraban en ningún mapa. En otras palabras, Euristeo no sabía nada de este tal Gerión, ni siquiera sabía si era humano o no, solo sabía que su ganado, tenía pieles rojas como la sangre, eso es todo lo que Euristeo sabía, y él pensaba que, al no existir información en absoluto, pues yo no lograría mi trabajo –agregó él.

-Lo que intentas decirme es que… Euristeo se pudo inventar todo eso, y tú vas y le crees –le preguntó Agamenón, Heracles asintió, orgulloso- ¿No te pasó por la mente que Euristeo te envió en una misión imaginaria de la cual no podrías volver a tiempo porque simplemente esta misión no era real? –le preguntó Agamenón.

-Lo peor de todo es que Euristeo lo vio todo en un sueño –le comentó Heracles, por lo que Agamenón, tras recordar su propio sueño, y verse al brazo, donde brillaba la espada Excalibur, comenzó a interesarse en esta historia-. Salí de Micenas solo, ya que, como te dije, había peleado con Hilas, quien se negó a seguirme. A esas alturas Yolao había regresado a Tirinto junto con Ificles quien se recuperaba de una herida mortal, una de tantas, y Licas, como siempre, iba y venía, pero esta vez no quiso ir conmigo. Así que marché solo, fui a Delfos, le pregunté a la Sibila si Gerión existía, ella dijo que lo encontraría más lejos de donde cualquier Mortal hubiera navegado, allí donde se acababa el océano –le comentó Heracles.

-Esto cada vez suena más estúpido –susurró Menelao, Agamenón asintió-. Pero, ¿dónde queda ese lugar tan alejado? Hasta donde sé, lo más lejos que cualquiera ha llegado, son las Columnas de Heracles –le comentó Menelao.

-Mi niño, ¿por qué crees que se llaman las Columnas de Heracles –sacó el pecho Heracles, como siempre orgulloso-. Me hice a la mar, desde Atenas, y pasando por un estrecho, con dos inmensos remolinos que deseaban tragarme con su… remolinides… -comentó Heracles, Agamenón y Menelao intercambiaron miradas de incredulidad-. Un remolino era la bestia Escila, el otro era la bestia Caribdis. No vi sus cuerpos, pero sentía su presencia, y podía sentir sus miradas penetrantes. Destruyeron mi embarcación, y tuve que nadar a uno de los dos remolinos, contra sus aguas, y llegué nadando hasta un lugar llamado Libia, donde furioso, llegué al Monte Tartessos, el cual escalé hasta llegar a su cima, que eran dos puntas de piedra, y frente a las cuales, solo había un amplio terreno de piedra, y debajo de las puntas, Escila y Caribdis me observaban, furiosos. Yo también estaba furioso, esas cosas no solo me habían hundido el barco, sino que solo protegían la inmensa pared del Monte Tartessos que yo había escalado. Así que se me ocurrió, partir las dos puntas, empujarlas, separarlas, y con mis brazos y mi cosmos, partir la tierra. Obvio eso me derribó del Monte Tartessos, pero me hice con las dos puntas del monte, que encajé como columnas, a los ojos rojos de las bestias que me miraban dentro de cada remolino. La distancia de cada remolina era tal, que una estaba en un continente, y la otra en el otro continente, así nacieron las Columnas de Heracles –presumió él.

-Wow –comentó Menelao, mirando a su hermano, quien, en lugar de compartir la emoción del pequeño, se mostró sumamente incrédulo-. Pero Agamenón, las Columnas de Heracles sí llevan el nombre de Heracles, y está descrita en los mapas. Un extremo está en el lado norte, el otro en el lado sur, los Helenos conocemos nuestro lado como la columna de Heracles, pero comerciantes Fenicios me han comentado que del lado sur se conoce como la Columna de Melkart, e incluso otros las llaman columnas de Atlas porque el Monte Tartessos también era conocido como Monte Atlas. Así que, al menos sabemos que el lugar existe –admitió Menelao.

-El que un lugar exista, no significa que haya sido creado de la forma en que nos dicen. Cualquiera inventa una leyenda sobre el cómo un terremoto rompió la tierra formando un canal, y solo los ilusos te dirán, fue Heracles que se andaba peleando con dos monstruos marinos –informó Agamenón en incredulidad, Heracles se cruzó de brazos, molesto-. Y ahora vas a decirme que construiste un bote, que de alguna forma fue lo suficientemente grande para llevar todo un ganado robado, y que tú remaste solito y sin ayuda, ¿no es así? –se burló Agamenón, Menelao comenzó ver la lógica de las palabras de Agamenón, y comenzó a perder la emoción de la historia.

-Pues no, no navegué en un bote –agregó orgulloso Heracles, Agamenón asintió-. Fue en una copa de oro –miró Heracles a Menelao, ganando nuevamente su atención, Agamenón simplemente se estiró el rostro con molestia-. Es verdad que estaba buscando madera en Libia para construir un bote. Hacía calor, y me sudaban las nalgas, lo que es muy molesto, el sudor se mete en tu rayita y… -intentó decir Heracles, cuando Filoctetes se aclaró la garganta-. El punto es que me fastidié del calor, por lo que tomé mi Arco Jove, y le disparé al sol, imagina mi sorpresa cuando el sol se quejó –continuó Heracles. Menelao estaba sumamente emocionado con la historia, Agamenón, cada vez estaba más fastidiado-. Resulta que mi arco le pegó en la pezuña a uno de los Caballos de Apolo, antes de Helios por cierto, Apolo estaba furioso y quería castigarme, pero yo tenía experiencia curando caballos, y me ofrecí a curarle la pezuña, e incluso le cambié las espuelas a todos los Caballos de Apolo yo solito y sin ayuda. Apolo estaba agradecido, y me preguntó por qué le había disparado al sol, yo le dije que tenía que talar madera para hacerme un bote, pero que el sol me estaba molestando mucho. Apolo respondió que no podía dejar de mover al sol, pero me prestó su copa, yo le dije que no sabía cómo una copa iba a ayudarme, y de pronto, esta copa creció, convirtiéndose en una superficie flotante, y así, solo necesité de hacerme un remo para volver a navegar. Apolo me dijo que la copa crecería al tamaño que necesitara, y que sería ligera sin importar lo que le pusiera dentro, y que me la prestaría con la condición de no volver a dispararle al sol, y consagrar la copa en un templo en su honor a mi regreso a Delfos, donde sigue la copa todavía, por cierto –le informó Heracles. Menelao quería saber más.

-Oh por el amor de… -se quejó Agamenón-. Nadie puede dispararle al Sol, es el Sol, está demasiado arriba, aún hay eruditos debatiendo que tan arriba –se quejó Agamenón, Heracles lo miró con molestia-. Y aunque pudieras dispararle a la pata de uno de los Caballos de Apolo. ¿Quién te va a creer sin pruebas, que unos sementales de fuego llevan a Apolo por el cielo? Y si estoy siendo blasfemo, que Apolo aparezca frente a mí y me castigue –se cruzó de brazos Agamenón, y esperó, pero nada pasó-. Lo de los Dioses es demasiado cuestionable, ni siquiera podemos asegurar que existen, pero les tenemos. Pero, aunque yo pudiera llegar a considerar que, en efecto, los Dioses son reales, te aseguro que las copas de oro que se hacen gigantes y no pesan nada, no existen. ¿A ver la copa? –pidió Agamenón.

-Está en Delfos –insistió Heracles, Agamenón se volvió a cruzar de brazos-. Existe, y cuando te la muestre te vas a tragar tus palabras. Pero te contaba. Dentro de la Copa de Apolo, llegué a un lugar, una isla, que se llamaba Cádiz. Ni era Eritea, ni era Gadeira, el lugar se llamaba Cádiz. En Cádiz había un monte, no tan grande como Tartessos, pero tenía muchas cuevas. Le llamaban el Monte Abas. Me refugié dentro, y fui atacado por un inmenso perro de dos cabezas, Ortro… -le comentó Heracles a Menelao.

-Bicefalía… -comentó Agamenón, Menelao lo volteó a ver con curiosidad-. Una extraña condición que se presenta cuando hay malformaciones en los organismos. Esto hace que, en algunos embarazos, un gemelo absorba al otro, y la protuberancia que queda nace muerta. Normalmente estos individuos no viven mucho, pero hay excepciones –le informó Agamenón.

-Las dos cabezas de Ortro estaban muy vivas… me mordió las posaderas… las dos al mismo tiempo… -admitió Heracles, apenado-. Y para que sepas, es hermano menor de cerberos, creo que hasta de la misma camada, aunque no es tan fuerte como Cerberos, lo maté de unos cuantos garrotazos, al igual que a su cuidador cuando vino a recriminarme, un tal Euritión, nadie importante, era solo un boyero –continuó Heracles-. Mi crimen, sin embargo, fue presenciado por un Soldado Esqueleto, de los de Hades, su nombre era Menetes, y pastoreaba las vacas del Inframundo, así como entre moradas y verdes, con aliento venenoso, no se me antojaron. En fin, lo perseguí para darle de garrotazos, y el muy tonto, temiendo por su vida, me llevó a los rebaños de Gerión, unas vacas, grandes, rojas, jugosas, daban ganas de darles la mordida. Y mientras Menetes le iba con el chisme a Gerión, yo me robé sus vacas, y las subí todas a la copa para iniciar el viaje de regreso a Micenas –le comentó Heracles.

-Vacas de… no, esta historia cada vez se pone peor… -admitió Agamenón, pero Menelao estaba tan absorto en la historia, que aquello no le importaba-. Por Zeus… dame fuerzas… -se quejó Agamenón, y permitió a Heracles continuar.

-Obvio que, por avaro, Gerión me alcanzó antes de subir a la última vaca, toda bonita y toda sabrosa, a la Copa de Apolo –le comentó Heracles-. Y era impresionante. Gerión era un gigante, pero en realidad era tres gigantes, todos conectados por las cinturas –le explicó Heracles.

-Siameses, y trillizos, muy raro, pero no imposible –intentó decir Agamenón, actuando con lógica, pero ni Menelao ni Heracles lo estaban escuchando, mientras Heracles continuaba con la historia-. Aunque normalmente los separan al nacer bajo eventos demasiado traumáticos de los cuales muy rara vez sobreviven –admitió Agamenón.

-Gigantes, siameses y trillizos, lo que sea, bien podría ser un Hecatónquiro, y lo hubiera enfrentado igual. Tenía un arma distinta en cada mano, espada, lanza, hacha, un escudo, flecha y arco, me atacó con todo, pero logré matarlo, separando a cada miembro a la fuerza, rompiendo su unión. Lo que admito no fue muy listo, ahora tenía a tres gigantes tras de mí. Pero me las arreglé. Uno murió de un garrotazo, otro murió consumido por mi cosmos, al último, lo lancé dentro del Rio Antemo, y listo, no más Gerión –le comentó Heracles.

-Lo que se traduce en robo, allanamiento de propiedad privada, asesinato animal y triple homicidio, probablemente prácticas médicas inadecuadas al separar al pobre de Gerión, que solo cuidaba de su ganado, todo porque Euristeo te lo pidió –le espetó Agamenón, molestando a Menelao y a Heracles-. ¿Qué se supone que debo aprender de esta historia? No lo entiendo, es ridícula, es absurda… -se quejaba Agamenón.

-Es mágica… -le explicó Heracles. Agamenón simplemente se cruzó de brazos-. Si sobre analizas las cosas, Agamenón, cualquiera de mis 12 Trabajos es ridículo. Mis historias, aunque entretenidas, podrían ser producto de mi mente senil y demente. Este fue un trabajo que hice yo solito, y sin ayuda, y aunque yo sepa que hay pruebas para demostrar todo cuanto te he contado, jamás vas a estar enteramente seguro, porque tu cabeza no te deja ver más lejos de la punta de tu nariz –le explicó Heracles-. Para tu información, el Ganado de Gerión, era robado. Se lo había robado, adivina a quien, a Augías. Por lo que matar a Gerión, era parte de la justicia de Euristeo. Y quien sabe, tal vez te estoy mintiendo, y Gerión no era un gigante, siamés y trillizo, y en lugar de eso eran tres campesinos, eso no lo sabes, eso solo yo lo sé. Pero hay algo que sí existe en mi historia, la magia, de mostrarle a un niño, como Menelao, que incluso lo imposible, es posible, siempre que creas que lo es –le informó Heracles, confundiendo a Agamenón-. Sobre tus hombros por siempre pesará la incertidumbre de si mi historia es o no real, Agamenón. Pero para Menelao lo es… para Filoctetes lo es… -apuntó Heracles a Filoctetes anotando rápidamente-. Y para mí lo es… y ninguno de nosotros necesita una prueba. La creemos… porque es tan absurda, que si fuera real te sacaría una sonrisa incluso a ti, ¿no lo crees? Deja de ver las cosas con tanta seriedad, Agamenón. Atrevete a pensar fuera del molde. Así como yo lo veo, si estoy mintiendo, sigue siendo una gran historia, y si no lo estoy… pues… allí está lo interesante… ¿no lo crees? –terminó él.

Para sorpresa de Agamenón, tras haber terminado con su historia, la neblina se disipó, por lo que el grupo se encontró frente a un Templo de Delfos, frente al cual un anciano de cabellera verde pálida, con muy poco lustre, esperaba, con la barba larga, y el cuerpo lleno de manchas, moretones, y suciedad en general, pese a la túnica morada que llevaba puesta.

-Sabía que este día llegaría, Heracles… -comenzó el hombre, Tiestes, y comenzó a elevar su cosmos sin preocupación alguna, un cosmos que crecía esmeralda y furioso-. ¡No puede uno permanecer en Delfos, sin comprender su destino! ¡Alala! –gritó el anciano, derribando a Filoctetes, Heracles, Menelao y Agamenón, de la carreta de Pegaso, asustando al caballo, que comenzó a correr por Delfos, asustando a los sacerdotes presentes.

-¿Alala? Ese ha sido el Grito de Guerra de Ares –exclamó Menelao, mientras Agamenón se limpiaba los oídos por el dolor y el ruido blanco que comenzaba a invadirle los tímpanos por el ataque- Eso significa que él debe ser Tiestes, el anterior Campeón de Ares –señaló Menelao.

-Así es, usurpador. Y gracias por traerme mis armas –continuó el anciano, materializando una espada de bronce hermosa, y que llamó poderosamente la atención de Agamenón- ¡Maleros! –lanzó un tremendo corte Tiestes, mismo que sorprendió a Menelao, quien intentó levantar su lanza, pero Agamenón lo empujó a un lado, y bloqueó con su brazo, y tras hacerlo, la sangre de Agamenón comenzó a salir disparada a borbotones, por una herida en su cuello, una que aterró a Menelao- La Espada Maleros corta las dimensiones. Podrás escapar al cosmos físico, pero jamás al corte dimensional. ¡A mí Brotoloigos! ¡Teikhesipletes! –elevó su cosmos oscuro Tiestes, quien no daba siquiera tiempo a los recién llegados para comprender la situación. Brotoloigos, y el escudo Teikhesipletes abandonaron entonces a Menelao, quien no comprendía el por qué las almas que se le habían entregado en el Templo de Ares de Micenas lo abandonaban, y en su lugar, arropaban a Tiestes, quien, tras tener los 3 artilugios de Ares, el Dios de la Brutalidad en la Guerra, en sus manos, liberó un ropaje sagrado, anaranjado y de cuerpo completo, que elevó su cosmos a niveles inquietantes, mientras los ojos rojos de Ares respaldaban al cosmos de Tiestes-. Yo soy el Campeón de Ares. ¡Tiestes de Miaiphonos! ¡Maleros! –atacó Tiestes, el corte se dirigió a Menelao, quien estaba tan sorprendido que no pudo moverse, solo sus largos cabellos eran tirados por la fuerza de cosmos destructiva que hubiera cortado su cuerpo a la mitad, de no ser porque Agamenón se volvió a levantar.

-¡Doble Excalibur! –enunció Agamenón, ensangrentado, probablemente malherido, lanzando un primer corte con su brazo derecho, bloqueando a la espada Maleros, e inmediatamente después bajando su brazo levantado para bloquear el corte dimensional, que fue repelido, sorprendiendo a Tiestes- ¿Dices que Maleros tiene dos cortes? Interesante. Acabo de repeler ambos cortes, tío mio –agregó Agamenón sonriente, mientras Menelao caía en sus rodillas, impresionado por lo que acababa de suceder, y mientras la luz dorada del cosmos de Agamenón extendía su sombra hasta volver a rodearlo. Menelao, nuevamente, se veía a sí mismo bajo la sombra de Agamenón-. Por mí puedes lanzar 1,000 cortes. Todos y cada uno de ellos los he de superar, los he de repeler. Porque yo soy Agamenón. ¡El más poderoso de los Caballeros Dorados! ¡Excalibur! –atacó Agamenón, forzando a Tiestes a cubrir con su escudo Teikhesipletes, que resistió sin problemas a la agresión de Agamenón.

-Hay una forma de lanzar 1,000 cortes, mi patético sobrino. ¡Brotoloigos Edge! –con un corte de su lanza, las dimensiones se rompieron, y las 1,000 lanzas de Ares se desprendieron de los interiores de la dimensión, como una lluvia de lanzas, más rápida incluso que la que Menelao era capaz de lanzar, por lo que Agamenón, además de estar malherido por el primer ataque de Maleros, se movía más lento que de costumbre. Menelao podía verlo moverse e interceptar cada una de las lanzas, lanzando cortes que las partían, pero diferente de cuando Agamenón lo combatió a él, algunas lanzas escapaban a su vista, una incluso pasó tan cerca de Menelao, que le abrió una herida por debajo del pómulo derecho, sorprendiendo a Agamenón, quien intentó acrecentar su velocidad, pero más y más lanzas evadían su espada, y comenzaban a rasgar la ropa de Menelao, quien era el objetivo de Tiestes. Una lanza que falló el ser interceptada por Agamenón, entonces dibujó el terror en su mirada, ya que esta se dirigía al rostro de Menelao, y lo hubiera asesinado, de no ser por una poderosa Maza de Mithrilo, que interceptó a aquella lanza en el último momento. A esta Maza se le sumaron flechas plateadas que apoyaron a Agamenón en interceptar a las lanzas restantes, y por fin, las 1,000 lanzas fueron erradicadas con el trabajo conjunto de Agamenón, Heracles, y Filoctetes.

-Me parece un poco injusto el que tres se levanten en contra de uno. Permítanme igualar las cosas. ¡Remo Giratorio! –escuchó el grupo. Heracles tomó a Menelao de la cintura, y saltó con él a un lado, Filoctetes logró evadir también el ataque que venía de la nada a tiempo, mientras un remo de Suplice partía la tierra en su girar, creando una zanja a su paso, una que pudo haber herido mortalmente a Menelao de no ser por Heracles. Agamenón entonces alzó su brazo derecho como defensa, mientras tenía el izquierdo listo para atacar al recién llegado, quien, para sorpresa de Heracles, llegaba con una rehén-. Yo me lo pensaría dos veces, Agamenón –comentó Egisto, el primo de Agamenón, mientras mantenía a la aterrada de Casandra tomada del cuello, a punto de estrangularla-. Esta es la sustituta de la Sibila de Delfos, su nombre es Casandra, Troyana al parecer. Ha sido mi rehén por una luna, y los sacerdotes de Delfos la tienen en tal alta estima, que no dudarán en enfrentarse a un Caballero Dorado por ella de ser necesario –le informó el Espectro, mientras sacerdotes con lanzas de fresno comenzaban a rodear al grupo.

-¿Y a mí como por qué me debería importar tu rehén? –preguntó Agamenón. Egisto sonrió divertido, y con su larga uña comenzó a cortar la mejilla de Casandra, quien lloraba aterrada- ¡Espera! –delató Agamenón sus verdaderos sentimientos, divirtiendo aún más a Egisto- No sé quién eres, no sé qué quieres. Pero mi problema no es contigo, es con este –apuntó Agamenón a Tiestes, quien aparentemente tampoco sabía cómo reaccionar a la llegada de Egisto.

-Este sujeto, es mi padre, Tiestes –reveló Egisto, para sorpresa de Agamenón como de Tiestes. Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas, con su mano, Heracles comenzó a hacer algunas señas, mismas que Filoctetes aceptó y asintió. Heracles entonces comenzó a alejarse arrastrando los pies mientras Agamenón y Tiestes estaban distraídos en las revelaciones de Egisto.

-¿Mi hijo? –preguntó Tiestes sorprendido, Egisto asintió mientras mantenía a Casandra pataleando por intentar respirar mientras le estrujaba el cuello y ella intentaba defenderse- Eso es imposible… todos mis hijos están muertos… Atreo los mató –comentó Tiestes. La revelación sorprendió a Menelao, no así a Agamenón, quien había escuchado los rumores-. Yo mismo vi sus manos y sus cabezas, cercenadas, tras Atreo servírmelos de alimento sin que yo lo supiera… -comenzó Tiestes, dolido, llorando.

-Oh por Zeus… es cierto… -comentó Agamenón. Menelao, tras escuchar aquello, vomitó con fuerza. Filoctetes, quien ya lo sabía, bajó la mirada momentáneamente, pero no dejó de tensar su arco y flecha-. Padre… ¿qué hiciste? –se quejó Agamenón.

-¿A qué te refieres con eso imbécil? –comentó Tiestes, furioso- ¿Acaso no viniste por mí bajo las instrucciones de tu propio padre? ¿No te contó jamás del cómo me quitó el trono de Micenas? No hubo golpe de estado alguno, ni ejército. Solo una cena, durante un banquete con los grandes senadores y consejeros de Micenas, y un platillo especial de no resentimientos, que tu padre cazó y preparó personalmente. Y que, tras comerlo, revelaría ante los consejeros que eran los cuerpos de mis propios hijos… fui forzado al crimen más atroz, el canibalismo, por tu padre Atreo –lloró Tiestes. Agamenón estaba sin habla- Y pese al crimen, tu padre se salió con la suya, porque nada es peor que el canibalismo. Fui desterrado, y obligado a huir con la única hija que me quedaba… Pelopia… -lloró Tiestes.

-¿Pe-Pelopia…? –comenzó Menelao tras limpiarse el vómito de los labios- No… no puede estar hablando de la misma persona, ¿o sí? –miró Menelao en desesperación a Agamenón, quien comenzaba a sentirse aterrado, confundido, intranquilo y temeroso.

-No puedes ser mi hijo… no al menos… oh… Ares… -comentó Tiestes, tan sorprendido como Agamenón-. Dijiste que tu nombre era Egisto, ¿no es así? –le preguntó Tiestes, Egisto asintió-. Si dices ser mi hijo, solo hay una forma de que lo seas… eres mi vástago, nacido del vientre de mi propia hija, Pelopia… -dedujo Tiestes. Egisto abrió sus ojos hasta sus límites, todo era demasiado confuso, pero entonces, las cosas comenzaron a tener más sentido, de la forma más absurda posible de todas.

-¡Aaaaah! ¡Revelación de Delfos! –exclamó Casandra tras estar a punto de quedarse sin aire. Un cosmos oscuro se hiso presente, y rodeó a Agamenón, Menelao, Egisto y Tiestes con el mismo, transportando a los tres a una dimensión distinta, donde todo se veía gris, y el grupo comenzó a tener visiones, la visión de un joven Tiestes, quien corría aterrado, huyendo de Micenas, con una joven Pelopia siendo tirada de su mano, mientras eran perseguidos por un grupo de cenadores y políticos que deseaban sus muertes. Atreo, con la corona de Micenas en manos, y desde la cima de las murallas de la ciudad, reía a carcajadas mientras se colocaba la corona en su cabeza, y ordenaba a su pueblo el lanzar piedras a una mujer, la antigua reina de Micenas, amarrada a un poste, y quien lo había traicionado. Aérope, fue empedrada hasta la muerte.

La visión continuó más adelante en el tiempo, con Tiestes en Delfos, donde una bella anciana, de cabellera roja, y ojos rojos, quien al parecer era una buena amiga de la Sibila de Delfos, también presente, revelaba un oráculo perturbador ante Tiestes, quien se viraría entonces a ver a su propia hija, quien aún no podía asimilar el haber sido expulsada de su reino, y no dejaba de llorar en ningún momento. La anciana intentaba razonar con el desterrado Rey de Micenas, pero este solo pagó por los servicios solicitados, dejando a la anciana, y a la Sibila de Delfos, preocupadas, abrazándose, y llorando, mientras el hombre, se llevaba a la fuerza a su hija del Santuario de Delfos, la llevaba a un bosque, y con una inmensa desesperación y deseos de venganza, hacía lo más ruin de todo, tomando las prendas de su propia hija, y desgarrándolas. La aterrada niña intentó huir, pero no pudo hacer más que quitarle la espada dorada a su padre en un intento de matarlo y evitar lo que estaba por ocurrir, pero no fue lo suficientemente fuerte, y la espada dorada terminó en el suelo, mientras Tiestes se forzaba ante su propia hija.

Tras un acto que ninguno de los presentes en aquella dimensión tuvo el estómago de ver, mucho menos Menelao, una Pelopia, semidesnuda, apenas sosteniéndose de sus prendas, logró escabullirse mientras su padre se lamentaba lo que había hecho. Aún llevaba la espada dorada de su padre, y con esta intentó quitarse la vida, pero no tuvo el valor de hacerlo, y siguió peregrinando, por varias lunas.

Durante el peregrinaje de Pelopia, dio a luz a Egisto, a quien le tenía miedo por recordarle a su padre, por lo que una suplicante Pelopia, llegó a Pisa, donde el Rey Tántalo y la Reina Clitemnestra se apiadaron de ella, y le dieron asilo.

Cierta noche, sin embargo, al parecer Pelopia descubrió algo que no debía ver, y se encontró frente a frente con una criatura de pesadilla, que utilizó su cosmos para perforar la mente de Pelopia, y obligarla a olvidar lo que había visto. La criatura expulsó a Pelopia de la corte de Pisa, pero se quedó con el bebé, cuya alma comenzó a consumir de poco a poco, algo que solo Egisto logró comprender en ese momento.

Una letárgica Pelopia, viajó con su mente en blanco, como si solo su memoria física la ayudara a caminar, por los caminos desde Pisa, hasta Micenas, solo porque sus pies recordaban el camino. Fue encontrada por Atreo, ya rey, mientras viajaba por su reino, y al verla, la belleza de la joven lo cautivó. Como Atreo no tenía una esposa, eligió en ese momento a la extraña sin memorias, que solo podía recordar su propio nombre, Pelopia, un nombre que el rey pensó familiar, pero que no alcanzó a recordar, mientras tomaba a su propia sobrina sin memorias, y consumaba su relación con ella, haciéndola su reina.

Tras todos estos acontecimientos, la visión de Casandra terminó, y Egisto, sobrecogido por todo lo que había visto, dejó caer a Casandra pesadamente contra el pasto, permitiendo que la pequeña respirara nuevamente. Filoctetes, quien no participó en la visión, prefirió correr hasta Casandra y ponerla a salvo, evitando así que los sacerdotes de Delfos enfrentaran al grupo de recién llegados. Tras aquello, Filoctetes esperó, y observó. La información recibida fue demasiada para Menelao, quien terminó por desmayarse. Agamenón, Tiestes, y Egisto, se mantenían con sus ojos temblando por tan terrible revelación.

-Entonces… el nombre de mi madre… -comenzó Egisto, horrorizado, y mirando a su propio padre, Tiestes, quien era el menos afectado de los presentes, ya que él había sido el que había cometido todos esos crímenes-. Soy producto del incesto… -se escandalizó Egisto.

-Pero eso no es posible… -intentó apelar a la razón Agamenón-. Si estamos hablando de la misma Pelopia. Menelao era un bebé recién nacido cuando ella fue expulsada de Micenas, y tú eres mayor, podrías ser de mi edad –declaró Agamenón con molestia.

-En la visión… había un Brucolaco… -recordó Tiestes a la extraña criatura, que consumía el alma de Egisto siendo un bebé-. Los Brucolacos roban las vidas de los demás, para asegurar su propia vida eterna y juventud –Egisto enfureció, recordando a Clitemnestra, y el cómo se alimentaba del alma de todos, manteniéndose joven y bella-. Podrías genuinamente tener solo unos 7 años… pero tu vida se ha acortado. Posees la piel gris, es la piel de los consumidos por los Brucolacos… así que… fuiste forzado a la maduración por ser consumido por esa criatura… -le explicó Tiestes.

-¡No! ¡Todo esto es demasiado ridículo e ilógico! ¿¡Qué nos hiciste!? –preguntó Agamenón, mirando a Casandra en brazos de Filoctetes. La aterrada pequeña no sabía qué decir- No importa… no voy a creer en todas estas tonterías. Tú vienes conmigo, Tiestes, te guste o no, y tú, Egisto o como te llames. Te metes en mi camino y te rebano. ¡Excalibur! –atacó Agamenón, Tiestes no estaba listo para recibir el ataque, pero Egisto fue más rápido, y se postró frente a su padre, protegiéndolo.

-¡Remo Giratorio! –enunció Egisto, su cosmos violeta rodeando el remo, y deteniendo el ataque de Agamenón- No me importa si soy un hijo nacido del incesto, no me importa si esa bruja me ha robado mi juventud y tú te niegas a creerlo. Soy un Espectro de Hades, y Hades fue aliado de Ares en la guerra contra la Athena anterior. Y por ello, elijo proteger a mi padre. Él no será el sacrificado para devolver a Pandora a la vida –terminó Egisto.

-¿Y ahora Pandora? Perfecto. ¿Qué sigue? Una copa dorada cayendo del cielo… -se molestó Agamenón, quien no había dicho eso al azar, ya que había estado mirando al cielo en ese momento, y a una inmensa copa dorada que cayó encima de Egisto, noqueándolo en el proceso- Una… copa dorada… realmente cayó del cielo… -enunció Agamenón, sorprendido.

-Perdona la tardanza, no encontraba el templo en el que había consagrado esa cosa a Apolo –escuchó Agamenón a Heracles llegar, y tronarse el cuello mientras sostenía a la Maza de Mithrilo en su mano-. Puede que no te vaya a ser de mucha ayuda sin cosmos. Con eso de que necesito mi Maza de Mithrilo para caminar y todo eso. Pero al menos puedo quitarte al Espectro del camino –enunció Heracles, con la Maza de Mithrilo lista-. ¡Pasaje por los Reinos de los Dioses! ¡Inframundo! –impactó su Maza de Mithrilo Heracles contra el suelo, abriendo un portal debajo de Egisto, quien apenas se recuperaba, y siendo tragado por el mismo en dirección al Inframundo, aunque cayó con todo y copa-. Ah… esa tenía que quedarse en el Templo de Apolo de Delfos… después voy por ella –admitió Heracles, mientras Agamenón lo miraba con curiosidad-. ¿Qué? ¿Ahora qué hice? –preguntó Heracles confundido.

-¿La Copa de Apolo era real? –preguntó Agamenón, Heracles se molestó, se cruzó de brazos, y asintió- Todo fue real… aunque absurdo… todo fue real… y muchas veces… no queremos creer a la evidencia frente a nuestros ojos… aja… ajajaja… ¡ajajajajaja! –comenzó a reírse Agamenón, aunque con lágrimas cayendo de sus ojos, lo que confundía a todos los presentes- Yo siempre creí… que lo que mi pueblo decía era una mentira… que solo decían todas esas cosas por odio, y resentimiento a mi padre… pensando que era horriblemente difícil de creer. Y ahora una Copa Dorada le cae del cielo a un Espectro que es mi primo envejecido de la relación incestuosa de mi tío con su hija, quien es mi madrastra… todo es absurdo… es tan… absurdo… yo… creo que estoy perdiendo el jui… -intentó quejarse Agamenón, cuando sintió un pequeño cuerpo, abrazarse de su pierna-. ¿Y ahora? –se preguntó él, encontrando a Casandra, aterrada, con los ojos llorosos, pero con una genuina preocupación por el hombre frente a ella.

-Te entiendo… -comenzó la niña. Imágenes pasaban por su cabeza, imágenes de un futuro no muy lejano, de una guerra, de un Caballero de Capricornio violento y sin corazón, un sacrificio frente a la Diosa de la Luna, el dolor de un hombre que solo intentaba hacer lo correcto, en un mundo donde todos lo pensaban egoísta, monstruoso, sin corazón, un hombre que lo sacrificaría todo por su hermano, quien elegiría ser visto como el villano por inspirar a otros a ser la mejor versión de sí mismos, que sufriría una, y otra vez, sin que nadie lo comprendiera, porque ante los ojos del mundo, él era un monstruo, una bestia, sin corazón, sin remedio, un hombre en una familia de odio, debía ser odio, no había lugar en su corazón para el amor, pero él era un hombre de mucho amor, un amor que nadie podía ver, porque una, y otra, y otra vez, la vida le pondría pruebas, cada una más absurda que la anterior, y estas pruebas le consumirían el alma, el corazón, y la cordura, y sin importar cuanto hiciera, pasaría a la historia, como el hombre más odiado del mundo, solo por intentar hacer lo correcto- Yo… te entiendo… -continuó la pequeña. Abrazando a Agamenón con fuerza- Yo sé… que no eres malo… y que no por ser de una familia horrible… serás malo… y sé que vas a sufrir, mucho… pero yo… te entiendo… y al menos… yo no te odio, ni voy a odiarte… no importa las cosas malas, que estás destinado a hacerme… -prosiguió ella, mientras en su mente, un ser de inmenso odio, que no pensaba más que en sangre, matanza o muerte, le rompía las prendas a una Casandra más lejana en el futuro, y hacía algo impensable para una niña de 5 años-. No voy a odiarte… solo… no te entregues al odio… tendrás muchas vidas, para ser feliz, donde en esta solo tendrás sufrimiento… sé que no puedes creerme, pero te pido que me creas… yo… sé que llegarás a ser feliz… en alguna vida… simplemente lo sé… -terminó Casandra, llorando, y confundiendo aún más a Agamenón-. Sé fuerte… la esperanza… es lo último que muere… ¿no es eso lo que viniste a resucitar? A la esperanza… -sollozó ella.

-No entiendo lo que estás diciendo… -admitió Agamenón, agachándose para ver a la niña directamente a los ojos. Una mirada gentil y amorosa, se dibujaba en su mirada-. Pero por alguna razón… tiene todo el sentido del mundo para mí… gracias… -terminó Agamenón. Casandra extendió sus brazos pidiendo un abrazo, y Agamenón, por alguna razón, no pudo negarse, y abrazó a la pequeña. Tras romper el abrazo, Agamenón se viró a ver a Heracles una vez más-. Yo me encargo… ni él ni yo hemos terminado de sufrir –le espetó Agamenón, Heracles suspiró, y colocó su mano sobre su hombro, dándole fuerzas, Agamenón sonrió, y adelantó en dirección a Tiestes-. Bien tío… mi padre es un patán, ya lo dije… pero tú eres peor… y yo tengo muchos crímenes que cometer, para alcanzar la felicidad que me promete esta niña… Elpis… Pandora… no me interesa quien está dentro de esa ánfora… yo las voy a sacar… ¡Excalibur! –atacó Agamenón, Tiestes se sorprendió, y cubrió con su espada Maleros, deteniendo el corte, pero su sangre estalló en una cortada que ni siquiera había visto-. Ah, entonces así es como funciona. Un corte, escondido bajo la sombra de un primer corte –miró Agamenón a Menelao, quien apenas recuperaba la conciencia-. Si voy a convertirme en el demonio de las pesadillas de muchos, Menelao… entonces… tú conviértete en su esperanza… voy a enseñarte Menelao el significado de la esperanza, entregándome en cuerpo y alma a la dueña de mi Armadura Dorada. ¡Athena! –alzó las manos Agamenón, formando una inmensa espada dorada en las mismas, espada que Casandra observó con detenimiento-. Espera… eso es… -comenzó Agamenón, sus ojos brindándole una visión, una visión que se conectaba al cosmos de Casandra detrás de él.

-Agamenón… -escuchó Agamenón, una voz que jamás había escuchado, pero que resonaba con tal fuerza, que le dio un sentimiento de familiaridad inmenso al Caballero Dorado de Capricornio. En su mente, Agamenón miraba a una bella mujer, de cabellos lilas, y ojos de esmeralda, quien, frente a una playa, alzaba la mano, creando hilos rojos hermosos que se unían a su alma, y al alma de Agamenón, quien se veía a sí mismo junto a ella-. Recupera a Excalibur, la verdadera Excalibur que habita en tu corazón… y acéptala como la prueba de que tu diosa te ha escuchado… y que acepta el juramento que haces de reencarnar por la eternidad a mi servicio. Esta es… la Verdadera Excalibur que existe en tu corazón, y que brillará generación tras generación, en manos del Caballero Dorado de la lealtad inquebrantable –terminó la bella mujer, la mirada de Agamenón se puso en blanco, y el llanto de una bebé, se hizo presente. Cuando Agamenón volvió en sí, lágrimas genuinas caían por sus ojos.

-¡Maleros! –escuchó Agamenón, regresando a la realidad, mientras el corte de la espada Maleros se dirigía en su dirección, y Agamenón, con un grito descomunal, bajaba la espada dorada de cosmos, y gritaba con todas sus fuerzas.

-¡Gran Excalibur! –azotó Agamenón contra el suelo, liberando una onda de choque dorada, que destruyó todo a su paso, golpeó al primer corte, se estrelló contra el segundo corte dimensional, y llegó ante la espada Maleros, partiéndola por la mitad, junto a la lanza Brotoloigos, y el escudo Teikhesipletes, terminando por cortar también a la Berserker de Miaiphonos, y dejar a Tiestes tendido en el suelo, en un charco de su propia sangre, respirando pesadamente, como si la muerte estuviera próxima a alcanzarlo, pero Agamenón, no le permitió morir, lo tomó del cuello, y lo alzó a la fuerza-. No te duermas, Tiestes, vas a morir, pero solo tras tu sangre liberar ese sello, y liberar a Elpis nuevamente en el mundo, salga Pandora también del mismo o no –de un puñetazo, Agamenón noqueó a Tiestes, quien pese a estar malherido, respiraba-. Nos vamos… -agregó él, mirando a Heracles, y después, antes de irse, a Casandra-. ¿Cuál dices que era tu nombre? –preguntó Agamenón curioso, mientras Heracles y Filoctetes buscaban a Pegaso en los alrededores, y comenzaban a arreglar las cosas para el viaje de regreso.

-Casandra –comentó la niña, ruborizada-. Pero descuida, sé que lo vas a olvidar. Pero yo te prometo que nos volveremos a ver, y que serás muy feliz mientras estés conmigo… -comentó con lágrimas débiles en sus ojos.

-Eso es… raro… -admitió Agamenón, pero le ofreció su mano a la pequeña, que la estrechó alegremente-. Pero supongo que será divertido creer que esto va a cumplirse Casandra… y gracias… genuinamente, espero que nos volvamos a ver… -agregó Agamenón, caminando hasta donde Heracles reprendía a Pegaso por haber huido de la forma en que lo había hecho. Casandra entonces tuvo otra visión, una de Egisto cometiendo un acto impensable frente a los ojos de Agamenón, y comenzó a tener un mal presentimiento, intentó advertirle, pero alguien, a sus espaldas, y con un dedo sobre su labio, resopló.

-Una Sacerdotisa de Apolo… no debe abusar de su poder… -escuchó Casandra, se dio la vuelta, y alcanzó a ver destellos dorados desapareciendo tras sus espaldas, mientras la luna, de fondo en el firmamento, parecía brillar con destellos dorados y hermosos.

El grupo subió a la carreta, con Tiestes amarrado y molesto siendo vigilado por un molesto Menelao, quien ya no contaba con las armas de Ares, y solo utilizaba una vara de fresno para amenazar a Tiestes de quedarse quieto y no causar problemas. Filoctetes conducía en silencio, él sabía todo lo que había acontecido sobre el linaje de Agamenón y Menelao, pero no decía nada. Heracles permanecía sentado frente a Agamenón, quien se mantenía curioso.

-No estoy muy seguro de si mi historia realmente te ayudó o no, Agamenón –comenzó Heracles, intranquilo-. Pero si de algo te sirve, ese ataque, la Gran Excalibur… bueno… jamás había visto algo así, fue… impresionante… seguro hasta a mí me hubiera dolido recibirla –admitió Heracles.

-Ah… gracias… no sé de donde salió eso… -admitió Agamenón, recordando su visión-. Pero… ¿sabes lo más raro de todo? –comenzó Agamenón, Heracles no dijo nada, solo esperó, ya habían pasado demasiadas cosas demasiado raras, ¿qué más rareza podría haber? Pensaba él- Yo… creí escuchar… el sonido de una bebé llorando… -terminó él, curioso de lo que aquello pudiera significar.

Monte Olimpo.

-El llanto de un bebé… eso significa… -en una dimensión incomprensible para todos los Mortales, dentro de un taller de polvo de estrellas, junto a un yunque de Mithrilo, un dios despertaba de su letargo, levantándose, revestido en una Armadura Divina, y mirando a las estrellas, desde donde un cometa azul centellaba, llegando al taller de polvo de estrellas, con un bulto en sus manos-. Hermes… -comenzó el dios fornido en su Armadura Divina, una máscara de Mithrilo le cubría el rostro y solo permitía ver sus ojos grises y de diferentes tamaños.

-El día ha llegado, Hefestos –comenzó el recién llegado, en su Armadura Divina de adornos azules, y con un par de alas angelicales a sus espaldas. El Dios Hermes, rubio, de ojos azules como el cristal, mostró a Hefestos el Dios del Fuego y de la Forja, a una galaxia dorada envuelta en cedas preciosas de un material desconocido para los Mortales-. ¿Está lista? –preguntó Hermes.

-Es la más hermosa que he creado hasta ahora –comenzó Hefestos, mirando a una cuna, ensombrecida por el espacio, y creada con nubes-. Con el cuerpo artificial creado por Hefestos el Dios del Fuego y de la Forja –comenzó Hefestos.

-Con el alma inmortal parida por Metis por la eternidad –continuó Hermes, acercando a la galaxia dorada a la cuna, que revelaba a una pequeña bebé muy hermosa, y de cabellos violetas-. El alma de Atenea… -continuó Hermes.

-Dentro del cuerpo artificial de un Mortal creado por un Dios –prosiguió Hefestos, mientras alma y cuerpo se unían, y el sollozo de una bebé que regresaba a la vida, resonaba, el mismo sollozo que había escuchado Agamenón-. Regresa a la vida, Diosa Athena –terminó Hefestos, entregando a la bebé a Hermes-. Cuida de ella… -lloró Hefestos.

-Siempre lo hago… querido amigo… -respondió Hermes, dando un salto, y bajando a toda velocidad a Gea, llegando como un relámpago azul al Templo del Rey Supremo, donde Teseo cuestionaba a Calcante, quien, arrodillado frente a él, suplicaba por su vida a punto de ser asesinado-. Yo soy Hermes… el Dios de la Velocidad y los Mensajeros… -comenzó el dios, observando a Teseo, y a su espada, que apuntaba directamente a Calcante-. ¿Por qué intentas asesinar a un Mortal dentro de este recinto sagrado, el día de la llegada de la Diosa Athena? –preguntó Hermes. La sorpresa se hizo presente en la mirada de Teseo, quien dejó caer su espada- Tu nombre… y la razón de que tu vida peligre, Mortal… -pidió Hermes.

-Por Zues… usted es Hermes… -comenzó Calcante, sobrecogido-. Mi señor Hermes… mi nombre… es Calcas… -mintió él, Hermes lo notó-. Es el nombre de mi nueva vida… el nombre… de la vida que entregaré en el nombre de Athena… si es que me lo permite… he viajado desde tan lejos… desde Colofón, por el único propósito, de servir a Athena… tiene que creerme… -suplicó Calcas.

-No tengo que creer nada Mortal… -le respondió Hermes, mirando a Teseo, y al cómo temblaba de miedo ante la presencia de un dios, como si su corazón ocultara horribles intenciones que, de conocerse, desatarían la ira de los Dioses. Hermes logró sentir aquello-. No eres digno de recibir a Athena, Teseo… así que elijo entregarle a Athena, a quien hoy designo el Patriarca del Santuario. Levántate, Calcas, y recibe de mí a la Diosa Athena, ella será tu responsabilidad a partir de ahora, como el Patriarca del Santuario –finalizó el dios.

Micenas. Palacio de Micenas. (Una Luna más tarde).

-Acabo de sentir… una sensación extraña en mi corazón… -comenzó Agamenón. Un palpitar se hizo presente en su Armadura Dorada, como si algo, lejos, en algún lugar de Gea, hubiera ocurrido. Un evento tan bello que su Armadura Dorada reaccionó al mismo-. Mi corazón… se siente… cálido… -admitió Agamenón.

-No se puede decir lo mismo del Palacio de Micenas, está todo oscuro y todo tétrico. Al menos más de lo normal –le comentó Heracles, quien notaba todas las antorchas de los largos pasillos del Palacio de Micenas apagadas, mientras Filoctetes llevaba a Tiestes amarrado y amordazado, y Menelao sentía todo su cuerpo en alerta, como si algo no fuera bien en esos momentos-. ¿Dónde está la servidumbre? Nadie nos ha recibido, es de noche, tengo hambre, y está todo oscuro –insistía Heracles, teniendo un mal presentimiento.

-Y, aun así, yo también siento la calidez que Agamenón mencionó –agregó Filoctetes, tocándose el pecho, y sintiendo el palpitar de su Armadura de Plata-. Algo ha pasado, en algún lugar… y las Armaduras Zodiacales están reaccionando, sus corazones están intranquilos –insistió Filoctetes.

-Ustedes sienten eso, pero yo siento peligro… -les comentó Menelao, con su lanza de fresno lista-. Algo no está bien, hay demasiado silencio, incluso la ciudad se veía bastante vacía, como si la población hubiera sido sometida de alguna forma –le comentó Menelao.

-Yo también lo noté, pero nos dejaron pasar como si nada –le respondió Agamenón-. Además, el Reino de Micenas nunca ha sido exactamente cálido con nosotros, y ya tenemos la certeza del por qué –le respondió Agamenón, Menelao sintió que vomitaría, pero resistió-. Aún tenemos que discutir sobre lo que vamos a hacer referente al crimen de papá. Pero primero lo primero, tú no eres inocente Tiestes, y va siendo hora de que recibas el castigo por tu crimen –admitió.

-Vaya castigo –se quejó Filcotetes, Heracles lo miró fijamente-. No me mires así. A nadie se le debería de castigar de semejante manera, y mucho menos por un capricho de un dios –le informó Filoctetes a Heracles, mientras cruzaban por la última de las puertas para llegar a la Sala del Trono del Palacio de Micenas.

-Estoy de acuerdo –escuchó el grupo, pero aquella no era la voz de Atreo, sino más bien la voz de alguien que conocían. Agamenón se adelantó, y se horrorizó de lo que estaba pasando. En el suelo de la habitación del trono, y ensangrentado, con varias heridas de espada, se encontraba Atreo, moribundo, y desangrándose. En el trono del Rey de Micenas, se sentaba Egisto, y a su lado, la aterrada de Pelopia lloraba asustada, mientras Egisto sostenía la espada dorada de Atreo-. Tardaron bastante en llegar. Pero supongo que las distancias desde el Inframundo son más cortas –agregó Egisto, con la Ánfora de Pandora en sus manos.

-¿No tendrás otra Copa Dorada que lanzarle encima a este imbécil, Heracles? –respondió Agamenón, elevando su cosmos- Me estoy cansando de las tonterías, Egisto. Solo déjanos terminar con esto, y te permitiremos irte con Pelopia si es lo que quieres. Aunque no se ve muy cooperativa. Adivinaré, no le has dicho que eres su hijo… -comentó Agamenón.

-¿Qué…? –preguntó Pelopia, horrorizada, desde el suelo, Atreo comprendió lo que estaba ocurriendo, miró a Egisto, miró a Tiestes, miró a Pelopia, y la locura comenzó a apoderarse de él- No… -comenzó Pelopia, las memorias regresando a ella-. Tú eres… él es… esa espada… entonces la persona con la que me casé es… ¡aaaaahhhhh! –gritó Pelopia con todas sus fuerzas, horrorizada de todo, mientras sus memorias regresaban a ella.

-¿Qué acaso no tienes corazón? –enfureció Egisto, bajando por las escaleras hasta el charco de sangre, y apuntando su espada a Atreo, mientras se mordía los labios con desprecio ante Agamenón y su inmensa frialdad.

-Creo que ya quedó más que claro, desde Delfos, Egisto, que lo tengo… pero que ya no tengo miedo a ser el malo de la historia… así que baja tu palillo, o te voy a arrancar el brazo… no haré la advertencia dos veces… Micenas, es mi reino… y voy a proteger a su gente, de ti, y de imbéciles como mi propio padre… pero Pelopia, no es más que una víctima en todo esto, así que aléjate, mientras me queda algo de piedad… -amenazó Agamenón.

-Este mundo está podrido, Agamenón… -comenzó Egisto, su cosmos elevándose-. Es un mundo donde un imbécil traiciona a su propio hermano por un reino –apuntó con su espada Egisto en dirección a su propio padre-. Un mundo donde en venganza, su hermano mató a sus propios sobrinos, y se los dio de comer a mi padre… -continuaba él, furioso-. Un mundo donde la víctima de un canibalismo que no deseaba cometer, se vio obligado a huir, todo porque, aparentemente, el canibalismo es un crimen peor que el asesinato de niños. Expulsaron a mi padre por caníbal, y aceptaron al asesino de niños como rey. Aunque no es que pueda ponerme del lado de mi padre tampoco, un violador incestuoso. No importa por donde mires, hay un crimen, cada uno peor que el anterior, sucediendo, y quedando impune. ¿Qué crímenes vas a cometer tú, Agamenón, solo por tu deseo de poder y por anteponer tu propia justicia por sobre la de los demás? No planeo averiguarlo, los Mortales, bajo el mandato de Athena, han cometido y siguen cometiendo estos crímenes… es momento de que eso cambie… dame a tu hermano y yo te devolverá a tu padre. Su sangre servirá para abrir el ánfora donde yace el alma de Pandora, y así la líder del Inframundo egresará, y comenzará el reinado de Hades. Los crímenes que los estúpidos Mortales cometen, no sucederán más cuando sea Hades quien los gobierne –aseguró Egisto.

-A ver, por partes. Primero… ¡Excalibur! –atacó Agamenón, Egisto se sobresaltó, se hizo a un lado, y la espada dorada quedó fracturada y rota por el ataque de Agamenón, mientras Egisto recibió un corte por debajo de su ojo izquierdo, y quedó tumbado en el suelo, mientras el ánfora caía sobre el cuerpo de Atreo, y comenzaba a rodar por el suelo, y Atreo, asustado, corría a gatas hasta esconderse detrás de Agamenón, y el ánfora continuaba rodando por el suelo-. ¿La vida de mi hermano por la de mi padre? Ni siquiera lo consideraría, incluso si mi padre no fuera el monstruo que ahora sé que es –le informó Agamenón, mirando a su padre, quien temblaba de miedo al verlo desde el suelo- Y segundo… no culpes a Athena, quien no ha renacido siquiera, y a quien tu dios forzó a suicidarse frente a las murallas de Esparta, por los crímenes de los Mortales. ¿Qué piensas que Hades puede hacer que Athena no? ¿Someternos? Buen chiste, aquí te va el mío. Hélade entrará en una era de paz, cuando los criminales reciban un castigo equitativo por sus crímenes. Y yo voy a ser el malo del cuento, que castigará sin tentarse el corazón, y el crimen por usurpar a la corona de Micenas, es la muerte –tomó Agamenón del cabello de Tiestes, y tiró de él para mostrárselo a Egisto-. El único que se muere, como penitencia por sus crímenes, no por hacerle el favor a Apolo, es este. Tú aún no cometes un crimen, así que, largo… o te ajusticiaré por desacato, y pasarás el resto de tu vida encerrado en un calabozo –aseguró Agamenón.

-¡Nooooo! –gritó Pelopia, la ánfora había rodado hasta sus pies, donde ella la sostuvo con uno de estos, mientras tomaba la espada fragmentada, cortándose las manos, y apuntando el filo a su cuello- No lo permitiré… es mi padre… será un monstruo, pero es mi padre… y el hombre que se esconde detrás de ti, es mi tío… y esposo… así que no permitiré que ni Atreo, ni Tiestes, sean heridos… es la sangre de un heredero de la sangre de Zeus que manipule el cosmos lo que se requiere para romper este sello, no es así. Entonces… yo romperé el sello… y de esa forma… podré dejar de sufrir… -lloró la mujer.

-¡Pelopia nooooo! –suplicó Menelao, escandalizado por lo que Pelopia había dicho. Egisto, por su parte, miró a Pelopia con interés- Prima o madrastra, no me importa. Eres Pelopia, eres nuestra familia… tenías amnesia, hiciste cosas cuestionables, pero podemos volver a empezar, nada de esto es tu culpa, eres la menos culpable de todos los presentes… eres… inocente… tú no has hecho nada malo… -la tranquilizó Menelao.

-No… no has hecho nada malo… -exclamó Egisto, desapareciendo convertido en humo oscuro, Agamenón lo notó y atacó con Excalibur, pero Egisto logró desparecer y reaparecer frente a Pelopia, tomándole la mano, encajando su mano a la espada dorada, causándole a Pelipia un terrible dolor, mientras Egisto miraba a su propia madre a los ojos-. Pero eres humana… y horrible como todos los humanos… llegará el momento en que no seas inocente. Y la única manera que se me ocurre de conservar tu inocencia… es si mueres justo ahora… así que, gracias por tu ofrecimiento madre… -terminó Egisto, y empujó la espada al pecho de Pelopia, horrorizando a todos los presentes.

-¡Nooooo! –lloró Menelao, corriendo a Egisto con su lanza de fresno, intentando matar a Egisto, quien soltó a Pelopia, e intentó darle a Menelao en el rostro con su remo. Agamenón llegó rápidamente a posicionarse entre ambos, y con su espada desvió el remo, saltó, y colocó sus piernas bajo las axilas de Egisto, quien de todas maneras recibió a la lanza de Menelao, que se encajó entre las uniones de su costilla, evadiendo por muy poco a la Suplice, permitiéndole penetrar en el cuerpo de Egisto, mientras Agamenón, elevando su cosmos, iniciaba con su ataque.

-¡Salto de Roca! –lo lanzó Agamenón al techo de la habitación, y acto seguido, saltó él también, con la espada Excalibur brillante en su mano. Mientras todo aquello ocurría, Pelopia caía al suelo, su sangre manchando el mismo, y dirigiéndose hasta la ánfora, manchando el pergamino de Athena con la misma, y con su cosmos, que terminó por romper el sello en la ánfora que estalló, liberando el par de almas encerradas en su interior, mientras Agamenón y Egisto combatían, Atreo y Tiestes se lamentaban, y Heracles y Filcotetes alzaban las manos para intentar tomar las almas, una blanca, la otra morada, que intentaban subir tan alto como les fuera posible. En la distracción de Heracles sin embargo, Tiestes, elevando su cosmos, impactó con su cuerpo el pecho de Heracles, lanzándolo por le palacio, estrellándolo a una pared, y derribando la misma con su cuerpo, antes de romper sus ataduras, y correr hasta la espada dorada, haciéndose con la mitad que aún tenía pomo, y lanzando un ataque.

-¡Maleros! –intentó conjurar Tiestes, y aunque no poseía la espada de bronce de Ares, ni la Berserker de Miaiphonos, logró conectar un extraño ataque a espaldas de Agamenón, y derribarlo al estrellarlo al trono de Micenas, salvando la vida de Egisto, quien miró a su padre con desprecio- ¡Mataste a tu madre y a mi hija! ¡Me debes algo por este sacrificio! ¡Expulsa a estos inútiles de mi sala del trono! ¡Mientras yo tomo lo que es legítimamente mío por derecho! –continuó Tiestes, levantando la corona de Atreo del suelo, que, aunque ensangrentada, se colocó sobre su cabeza- ¡Yo soy el Rey de Micenas! ¡Y yo los expulso, Atreo, Agamenón, y Menelao! ¡No son bienvenidos en Micenas! ¡Sácalos! –ordenó Tiestes.

-Maldito seas padre… pero… solos será un mal temporal… -elevó su cosmos Egisto, soltando su remo, y conjurando un ataque con sus propias manos- ¡Triturador de la Corriente Arremolinada! –declaró Egisto, una corriente violeta y esmeralda de cosmos comenzó a rodearlo, y lanzó el ataque ante un herido Agamenón, un sorprendido Menelao, un Filoctetes que continuaba intentando atrapar el par de almas, pero que tuvo que abandonar aquella tarea por proteger a Atreo con su cuerpo, y un Heracles que apenas se reponía del ataque de Tiestes, solo para recibir el poderoso embiste de la corriente de Egisto, que terminó por lanzar al grupo por los pasillos de Micenas. La corriente fue tan fuerte, que las estatuas de los 12 Trabajos fueron destruidas bajo la misma, incluso la estatua de Euristeo, a un par de salones de la Sala del Trono de Micenas, fue destruida de igual manera. Mientras Heracles, Filoctetes, Atreo, Agamenón y Menelao eran lanzados por los vientos hasta las afueras del palacio de Micenas, donde los soldados de Micenas esperaban con sus armas listas, y mientras el cosmos de Tiestes se manifestaba, esmeralda, y tenebroso.

-Reino de Micenas, les habla Tiestes, a quien le dieron la espalda –comenzó el usurpador del trono-. He tomado posesión del Reino de Micenas, expulsado a Atreo, asesino de la Reina Pelopia –ante aquellas palabras, el Reino de Micenas, que sentía un amor inmenso por la tímida, pero de buen corazón, reina de Micenas, miró a Atreo con desprecio-. Con el asesinato de su propia esposa, se demuestra inequívocamente, que Atreo no tiene corazón. ¿Cómo podría? El asesino de sus propios sobrinos, y quien apedreó a su esposa hasta la muerte. ¿Consideran a alguien así un rey digno? –continuaba Tiestes, mientras una multitud comenzaba a reunirse a las afueras del palacio, rodeando a los presentes-. Yo habré cometido canibalismo, contra mi voluntad… pero Atreo, todos sus crímenes, han sido su propia voluntad. Tengo el derecho de gobernanza, y les entrego a Atreo, para que decidan si lo sentarán de regreso en el trono de Micenas… o harán lo correcto, y expulsarán al malnacido de este que es nuestro reino… que el pueblo de Micenas… decida… -terminó Tiestes, apagando su cosmos.

-¡No! ¡No lo escuchen! ¡Todo lo que yo he hecho ha sido por Micenas! –intentó decir Atreo, cuando una piedra le fue lanzada al rostro, abriéndole una herida en la frente- Les digo la verdad. Tiestes me engañó… Almatea… yo encontré a Almatea… los Dioses… ellos me dieron el derecho de… -intentó explicar, pero más y más piedras le llovieron encima.

-¡Excalibur! –enunció Agamenón, partiendo la tierra, y aterrando a los pobladores- Al siguiente que lance una piedra… lo rebano… -amenazó Agamenón, mientras el pueblo de Micenas, temeroso, lo miraba con desprecio- Si así es como quieren verme… que así sea… voy a salvarlos malditos estúpidos, les guste o no… pero hoy… me retiraré con la cabeza baja, sumido en la tristeza… pero sepan que volveré… y les guste o no… voy a sentarme en el trono de Micenas… obligándolos a todos ustedes, a vivir en paz, aún si tengo que usar la fuerza para lograrlo… y esta… es una amenaza… -continuó Agamenón, retirándose, con los confundidos de Heracles y Filoctetes intercambiando miradas, pero siguiendo a Agamenón. Menelao pateó a su padre, y lo obligó a seguirlos también, mientras Agamenón miraba a los alrededores- Egisto tenía razón… -admitió Agamenón, observando la pobreza extrema en el reino, a los enfermos, a las prostitutas, a los ladrones, y a los que hacían su voluntad-. Micenas es un lugar horrible… Hélade es un lugar horrible… Gea es un lugar horrible… pero yo voy a arreglarla… y no me importa pasar a la historia como un tirano… voy a arreglarlo todo… en el nombre de Athena, yo lo juro… -lloró Agamenón, lo que fue una sorpresa para Heracles, quien caminaba a su lado.

-Tienes el corazón en el lugar correcto, Agamenón –admitió Heracles, impresionado, y mientras el grupo seguía el camino a las afueras de Micenas, sin que nadie los interrumpiera, solo mirando a Agamenón, a Menelao, y a Atreo, con desprecio, y escupiendo por donde habrían de caminar-. Y como sé que tiene el corazón en el lugar correcto, voy a darte algo… -se quitó la capa del León de Nemea Heracles, y se la entregó a Agamenón, lo que fue una sorpresa para Agamenón-. Tranquilo… por alguna parte tengo la del León de Citerón, y sigue siendo negra –sonrió Heracles.

-¿La capa indestructible del León de Nemea? ¿Por qué? –preguntó Agamenón, curioso, pero notando la seguridad, y el cuerpo lleno de sangre negra de Heracles- No lo comprendo. Es un gran obsequio, pero no veo de qué va a servirme –le comentó Agamenón.

-No es un obsequio… es un préstamo… -le comentó Heracles-. La llevarás a Esparta, y la presentarás ante el Rey Tindáreo de Esparta, quien me debe un favor por regresarlo al trono de Esparta cuando los 12 Falsos Caballeros Dorados lo derrocaron y se apropiaron de Esparta –le informó Heracles, mirando entonces a Menelao-. Y volveré por ella, cuando sea el turno de Menelao de aprender de mí. Te veré dentro de algunos años más, Menelao, en Esparta, y espero que me regreses mi capa. Tindáteo cuidará bien de ustedes, me lo debe –le ofreció su mano Heracles, Agamenón la observó, y apretó su mano con fuerza-. Tienes un gran corazón, Agamenón… jamás lo olvides… y no permitas que la tiranía te gobierne –terminó Heracles, saliendo de Micenas, y buscando a Pegaso junto a Filoctetes.

-Eso jamás, mi querido amigo… -admitió Agamenón, colocándose la capa del León de Nemea alrededor de los hombros-. Nos vamos, Menelao… a Esparta… donde nos pondremos bajo las ordenes de Tindáreo, y tú… padre… si sabes lo que te conviene, no dirás nada, no harás nada, y seguirás toda instrucción que yo te de… o se me va a olvidar que tienes un castigo pendiente por todo el mal que has hecho. Espero que haya quedado claro… de ahora en adelante, yo doy las ordenes y tú obedeces… -lo amenazó Agamenón. Atreo intentó hablar, pero en lugar de aquello, mantuvo su silencio, miró al cielo, y al par de almas que volaban por el firmamento en direcciones opuestas.

La prueba Dorada de Heracles, Resucitar al Alma de Elpis, había terminado. Pero qué significaba esta prueba, Heracles no lo sabía. A él le pidieron abrir un ánfora, eso era todo lo que él sabía. Pero lo que Heracles no sabía, era precisamente que aquella había sido la Prueba Dorada más importante de todas, ya que Elpis, un alma blanca, con la forma de una niña de cabellera blanca y corta, y de ojos rojos, ahora volaba por Gea, llenando los corazones de la gente de esperanza, justo como en ese momento hacía con Agamenón, quien miró a Elpis en el cielo, quien se detuvo a verlo, sonreírle, y bajar un poco la cabeza, como si agradeciera a Agamenón sus servicios. El solo verla, llenó el corazón de Agamenón de calidez, mientras iniciaba el largo viaje a Esparta, donde la historia, comenzaría a escribirse, la historia de un tirano sin corazón, que no podría estar más lejos de la verdad, ya que Agamenón no era un tirano sin corazón, y más bien, su corazón era el más grande, el corazón de alguien que prefería que su alma se ennegreciera, antes de que el alma de alguien justo lo hiciera. La historia no lo comprendería seguramente, pasaría a ser nada más que un villano, berrinchudo, sin grandeza ni gloria, todo porque Gea no sufriera de las injusticias de los demás. Ante el mundo, Agamenón se convertiría en el más grande villano de la historia Hélena. Pocos serían quienes llegarían a comprender, la verdadera naturaleza de este gran tirano, y una de estas personas, sería Pandora, y no cualquier Pandora, sino la Pandora que volaba por el cielo, hasta llegar a Delfos, donde una pequeña de 5 años, le había dicho a Agamenón las palabras, que en esos momentos necesitaba escuchar, las palabras, que encendieron la esperanza apagada en el corazón de Agamenón.

Delfos.

-Mi otra mitad… ha regresado… -comenzó Casandra, a las afueras de un Templo de Apolo en Delfos, mientras el alma violeta, el alma de Pandora, bajaba para posarse en sus manos-. Yo soy Casandra de Troya… nacida hija de Hécuba… y de un sacerdote de nombre Crises… mi padre adoptivo, quien me cree su hija legítima, es Príamo… el Rey de Troya… pero nada de esto importa… ya que mi verdadero nombre… es Pandora… la primera mujer jamás creada, hermana por voluntad propia del Dios Hades… y líder de los Espectros del Inframundo… -terminó ella, el alma violeta entrando en su cuerpo, y activando su cosmos. Una vez el alma y el cuerpo estuvieron unidos, un collar plateado, con la forma de una estrella de plata, rodeó el cuello de Casandra, la inscripción en heleno antiguo: «Tuyo para siempre», brilló con fuerza en el mismo-. Mi señor Hades… hoy iniciaré los preparativos… de su despertar… -lloró Casandra, mientras recordaba a Agamenón-. Por favor detenme… Agamenón… detenme… y te prometo… que serás feliz… en alguna de tus siguientes vidas… oh Caballero de la Reencarnación… -finalizó ella.