Los personajes no me pertenecen: todos menos Alexandrine Victoria Hundsstern pertenecen a J. K. Rowling. Yo solo escribo para sacarme esta historia de la cabeza.

Quidditch

Un giro completo en el sentido de las manecillas de un reloj. El viento zumbando furioso en sus oídos quemaba sus mejillas al caer: los vítores desde las gradas de todos los miembros de su casa se hicieron violentos y aplastantes, y luego, el impacto brutal de su bate contra la bludger.

Alexandrine sintió la sacudida en todo el brazo izquierdo, y la esfera de plomo se arrojó al horizonte, golpeando el palo de la escoba de Finnigan tan fuerte que lo hizo descender dando giros como un desquiciado; las ovaciones desde las gradas de Slytherin se hicieron salvajes con su nombre convertido en rugido, mientras las de Gryffindor parecían querer asesinarla.

Alexandrine Victoria Hundsstern no era una chica popular en el colegio, pero en el campo era una estrella: Un brazo derecho endemoniado para batear y un par de ojos amarillos como de lechuza capaces de clavar la bludger con una precisión milimétrica allá donde se lo propusiese.

—¡Hundsstern, detrás de ti!—Pero había alguien que le hacía competencia

De no ser por el grito de Zabini, la bludger le habría arrancado la cabeza.

—¿A traición, Black?—Preguntó en voz alta, sonriendo—. Qué falta de caballerosidad por tu parte, quiero decirte.

Ahí estaba él. Sirius, con el cabello negro recogido por la goma que ella misma le había prestado, y los ojos grises relampagueando de euforia. En una mano, la escoba, en la otra, el bate, y destellando en los ojos aquella conocida chispa de desafío que a ella le hacía hervir la sangre.

—No te pasó nada, mujer —la provocaba con los ojos—. Si no te gusta, ¿por qué no vienes aquí y me pones en mi sitio? Te estoy esperando.

Alex sonrió de lado y se elevó en la escoba, buscando entre la niebla de mediados de noviembre la característica forma de la bludger sin importarle haber dejado a Black con la palabra en la boca. Le tomó un momento, pero cuando la localizó, no le costó trabajo descender en picada para voltearle un revés salvaje con la mano y mandarla a cerrarle la boca al otro golpeador. Sirius ni se inmutó cuando la mandó de regreso, pero un instante antes de que Alex pudiera repetir el procedimiento, la snitch, como una pequeña bala dorada, pasó silbando delante de sus narices. Cambio de prioridades.

—¡Si gana Gryffindor me debes un beso!—Rugió Sirius al ver pasar a su hermano menor, Regulus Black, como una flecha en pos de la snitch.

—¡Estás soñando! —respondió Alex, dándose prisa por alcanzar a Regulus.

Si conocía bien a Sirius, podía asegurar que estaba dispuesto a tumbar al otro Black de la escoba con tal de salirse con la suya. Y tenía razón. Un momento después ambas bludgers estaban zumbando alrededor de ambos Slytherin a coro con las risas del golpeador de Gryffindor que las bateaba con un ritmo que cualquier jugador profesional envidiaría, de manera que la muchacha de quince años tenía que hacer un esfuerzo tremendo para evitar que descontaran a Regulus, y al mismo tiempo no caerse de la escoba.

—¡Victoria, así no puedo volar!

—¡Ya lo sé, trabajo en ello!

Pese a las quejas de Regulus mientras daban la vuelta por los aros, Alex sentía que todo estaba más o menos bajo control... hasta que se topó de frente con alguien... de forma literal: se dieron de bruces y ambas terminaron desmontadas de las escobas, Alex de cabeza, sujetándose con las rodillas, y la otra chica haciendo lo posible por aferrarse con las manos. Los bates de ambas cayeron al vacío de forma completamente anticatártica.

—¡Hundsstern y McKinnon se estampan de frente! —Gritó Arthur Weasley, comentarista del partido, muerto de la emoción—... ¡Se van a caer! ¡Que alguien haga... Y Black no está dispuesto a soltar al otro Black! ¡Tiene control total sobre ambas bludgers y el otro Black no pierde de vista la snitch! ¡Nuevamente los dos hermanos se enfrentan, señoras y señores, y veremos quién tiene la ventaja!

Bueno, a nadie le importaba un cuerno que las dos golpeadoras de ambos equipos estuvieran a punto de caerse, y Alex tuvo que hacer un esfuerzo tremendo con los músculos del abdomen para volver a montar. A lo lejos distinguía a Sirius riendo como desquiciado mientras intentaba matar a su hermano, quien a pesar del pánico estaba bien concentrado en atrapar la snitch. Ya se estaba preparando para largarse a ayudarle, cuando notó que a McKinnon se le resbalaban las manos de la escoba.

¿De verdad iba a perder valiosos segundos ayudándola? Ni siquiera le caía tan bien, y todavía tenía que recuperar su bate...

—¡El buscador de Gryffindor se une a la fiesta y va cabeza con cabeza al lado de Black...! ¡Black de Slytherin, por supuesto, porque Black de Gryffindor no parece dispuesto a dejar de hacer lo que está haciendo!

Alex arrancó. Al cuerno McKinnon, Regulus nunca la perdonaría si permitía que Sirius lo mandara a besar el suelo...

... y entonces...

—¡...McKinnon se cae de la escoba, señoras y señores!

—¡Maldición!

La conciencia le pudo, Alex tuvo que lanzarse en picada para atraparla antes de que se embarrara contra el campo, y todavía se tomó el tiempo de dejarla cómodamente en el césped antes de salir disparada como una flecha hacia Regulus. Hablando de él, tenía a Longbottom, el buscador de Gryffindor, prácticamente pegado, y Sirius no lo dejaba ser ni a sol ni sombra: ambas bludgers estaban acosándolo salvajemente sin importar que también podían darle a Frank. Por si Sirius no le parecía ya bastante salvaje.

—¡Eres un terrorista, Black! —gritó cuando por fin le dio alcance, pero no se detuvo y siguió su camino hacia Regulus.

—¡Deja de pelear con él y ayúdame a mi! —ese fue él.

La golpeadora notó con espanto cómo ambas bludgers habían sido direccionadas para cerrarse como una pinza sobre Regulus. Apenas tuvo tiempo a reaccionar, se le metió debajo y como pudo logró impulsarse hacia arriba para sacarlo del camino de ambas bolas, que lamentablemente se le cerraron encima y le apagaron la luz.


Cuando volvió a saber de sí misma, estaba en la cama de la enfermería, con una migraña infernal.

—...Ay, no puede ser... —su queja hizo ecos dentro de su cerebro y le dieron ganas de vomitar. Por suerte, alguien le acercó un balde. Cuando acabó, tuvo que volver a tumbarse, completamente aturdida, y solo entonces se dio cuenta de que había varias personas alrededor de su cama—... Ah... hola.

—¿Hola? ¿En serio? —Cissy Black, hermosa, pálida y muy asustada se inclinó hacia ella de golpe—. ¿¡Me haces pasar tanto miedo y desesperación, y tu primera respuesta es "hola"?! ¿¡Cuál es tu problema, Victoria?!

Pelear con Cissy era, cuando menos, una mala idea.

—Perdón... Discúlpame, no quería preocuparte —medio fue capaz de balbucear, demasiado confundida e intentando recordar cómo demonios había acabado en esa cama.

Por suerte, Lucius Malfoy, su capitán, estaba junto a su novia todavía usando el uniforme del equipo (lo que quería decir que no había pasado tanto tiempo desde que se le apagó la luz), y amablemente le explicó lo sucedido.

—Te metiste en el camino de ambas bludger. Por suerte para ti, la que te desmontó hizo que la que te dio en la cabeza no te desfigurara esa bonita cara tuya, pero fue un espectáculo bastante feo de ver. Había pedazos de tu cabeza por todos lados.

Alex sintió que se le volvía a revolver el estómago.

—...Si, suerte.

—Suenas sumamente feliz de no estar muerta, ¿no? —Ese era Severus, sentado en la silla del lado opuesto de su cama, con un libro en la mano. Su cara alargada y cetrina casi parecía tirante por la manera en que alzaba la ceja—. Supongo que a tu cabeza estúpida le ayudará saber que tu maniobra logró hacer que Longbottom se desmayara del susto por batirse de sangre, y se cayó de la escoba. Solo lo menciono por si tus prioridades no estaban ya lo bastante torcidas.

—¿Ganamos?

—¡¿Qué clase de pregunta es esa?! —Narcissa otra vez, indignada—. ¡De todo lo que has escuchado hasta ahora, el partido no debería ser lo que te preocupe!

—Vamos, Cissy, que ya sabes como es ella —Lucius trató de calmar las aguas, y luego se volvió a mirar a Alex—. Sí, ganamos, casi por accidente. Como lanzaste a Reg por los aires desde abajo pudo trazar una parábola y en la caída se enredó con la snitch. Se le quedó metida en la capucha de la túnica.

—Genial... —suspiró, aliviada—... ¿Y cómo está? ¿Se hizo daño en la caída?

En lugar de responder, Lucius se hizo a un lado para permitir a Alex enterarse de quién estaba en la cama de al lado. Regulus Black yacía con todo el hermoso rostro cubierto de vendajes, solo dando espacio a los ojos para poder ver, y lentamente alzó un pulgar para indicarle en silencio que estaba bien. Alex sintió que se le caía el alma.

—Aterrizó de cara. Madam Pomfrey dice que él tampoco quedará desfigurado, así que estamos bien por los dos —dijo Malfoy, distraídamente—. No tienes que preocuparte porque tu prometido quede feo, querida. Eso es una buena noticia.

Alex volvió a sentir que se le revolvía el estómago, y tuvo que volver a girarse. Severus volvió a levantar el balde con mueca de asco, y esperó con paciencia a que acabara de vomitar. Esta vez le tomó más tiempo.

Más tarde esa noche, la enfermería estaba sumida en un silencio sepulcral, oscura, con solo Regulus Black, Frank Longbottom y Alex Hundsstern como inquilinos. Le dolía tanto la cabeza que no podía dormir, y mientras se presionaba la almohada contra el rostro para intentar calmar el dolor, escuchó algo.

—...pst.

Alex se incorporó con una mano en la sien. No había nadie.

—... ¡PST!

—¿Eh?

—¡Shhhhh!

Un movimiento extraño en el aire junto a su cama, y vio aparecer la figura conocida de Sirius Black. Literalmente aparecer, de la nada.

—¿Pero qué...?

—¡Shhhh! —insistió—. Si despiertas a este idiota —señaló a Regulus—, ten por seguro que va a despertar a Madam Pomfrey y nos vamos a meter en una buena bronca. ¿Cómo estás? ¿Te duele mucho?

Alex asintió a duras penas, aunque su presencia sirvió para hacerla olvidarse un poco de la migraña.

—Lo suponía. Volaron pedazos de tu cabeza por todos lados.

—Sí, Lucius dijo algo así. El accidente de Quidditch más sangriento de la década. Buena puntería, por cierto.

Sirius sonrió medio culpable, mientras acomodaba el bolso que llevaba en el hombro y lo ponía sobre la cama de Alex para pretender que no escuchó el reclamo. —No debiste meterte así entre esas bolas. Un poco más a la izquierda y te decapitan.

—Tú no debiste hacer esa maniobra en primer lugar.

—¿Qué te puedo decir? Yo quería mi beso —sonrió de lado y sacó algo del bolso para ofrecérselo a Alex—. Ten. No te va a quitar el dolor, pero al menos va a evitar que se te meta el frío al cerebro por el agujero que te quedó detrás de la oreja.

Sin mucha delicadeza, le enredó una bufanda por la cara y el cráneo y la obligó a tumbarse. También le ofreció un empaque de grageas de todos los sabores, un caldero de chocolate y un par de varitas de regaliz.

—... Sí sabes que no era mi intención matarte, ¿no? —preguntó al final como una suerte de pésima disculpa, y retrocedió un paso. Las manos grandes y pálidas fueron a parar a los bolsillos en un ademán nervioso, y esquivó su mirada para pretender que estaba observando el empaque de las grajeas.

Alex se lo quedó mirando con atención. El largo cabello negro, lacio y sedoso bajo la luz de la luna, los ojos grises llenos de audacia y la sonrisa nerviosa que generalmente de lo brutal rozaba con lo cruel. Era guapo, pero, además, había algo en su mirada culpable que le resultaba gentil, incluso reconfortante. Cuando decidió mirarla también, encontró fuego detrás de esos espejos plateados, y el corazón de chica adolescente le dio un vuelco cuando lo notó sonriéndole con culpa. Es que no podía enojarse con él, sin importar cuan imprudente y egoísta fuera.

—Sí, sí, no te preocupes —le restó importancia, tratando de pretender que no se había perdido en sus pensamientos mientras lo observaba—. De todas maneras, al final ganamos nosotros.

La mueca de él se retorció en una arrogante, llena de desafío.

—De verdad preferías morir antes que darme un beso, ¿no?

Ella también sonrió.

—Hmm, ¿Quién sabe? A lo mejor solo me estoy haciendo la difícil.

Él se pasó las manos para apartarse el cabello y se acercó lentamente a ella. Su aroma, limpio y masculino, estaba salpicado del aroma a chocolate, que la embriagó un poco cuando sintió su aliento tibio rozar el borde de su oído cuando comenzó a hablar.

—...Así solo vas a hacer que me encapriche más.

Y sintió cómo le plantaba un beso fugaz entre el cuello y la oreja, tan rápido como el aletear de una mariposa, antes de desaparecer en la oscuridad de la enfermería. Regulus despertó por el alboroto de aquel sonido, que recordaba al agitar de una capa, y como pudo se incorporó para mirarla. Con todo y el rostro vendado, se notaron sus dudas mientras descubría los dulces sobre su regazo, y la bufanda de Gryffindor que llevaba envuelta alrededor de la cabeza.