Capítulo 4 Primer Año (Interludio/Flashback) (POV Tom Riddle)
Nueve años atrás
Diciembre 1938, Invierno
Era ya final de semestre, y Riddle aún no podía sacarse esa mirada de Dumbledore de encima.
Estaba en la asignatura de transfiguraciones en la clase donde tocaba transformar un ratón en una caja metálica, una de las tareas más sencillas que aprendían los que cursaban primer año en Hogwarts.
Tom había terminado hace unos minutos con el resultado. ¿El resultado? Una caja preciosa de color dorado sin ningún desperfecto. A él no le parecía demasiado complejo el hechizo. Bastaba con entender los movimientos precisos de la varita, mentalizar bien el resultado de la caja a obtener, lanzarlo de manera adecuada y sentir un leve cansancio similar a levantar una silla del suelo. Nada más. No era un gran desafío, sin embargo, a su alrededor sus compañeros de clase dejaban mucho que desear.
Miró por encima de los bancos de la sala. Veía cajas amorfas, ratones cuadrados e incluso cajas con bigotes. Nadie lograba obtener un resultado como el suyo que, además, le había costado solo tres intentos. Como en otras ocasiones durante el semestre, Tom pensaba que estaba rodeado de un grupo de simios. Para colmo, con cada intento fallido, veía como el cansancio se apoderaba de sus rostros con tanta repetición.
"Podía entenderlo de los muggles del orfanato" –pensó– "Ellos están condenados al no tener magia, pero estos chicos se suponen que son distintos. Muchos vienen de familia de magos. Deberían ser mejor que esto".
Finalmente, luego de otra media hora, la clase finalizó. Era la última del día y Tom tenía al menos 1 hora antes de bajar a cenar. Pensaba dar una vuelta a la biblioteca para leer algunos libros de segundo o tercero. Estas clases ya estaban siendo una pérdida de tiempo así que…
–Señor Riddle" –dijo Dumbledore-.
–Si maestro Dumbledore –dijo Tom alzando la mirada.
Estaba frente a él, se había acercado mientras estaba absorto en sus pensamientos.
–Veo que completó el hechizo sin problemas –indicó levantando la cajita–Fue una transformación perfecta. No hay ningún atisbo de narices o pelo en ella. Felicitaciones.
–Gracias señor. Hice mi mejor esfuerzo –respondió fingiendo tono de complacido. Tom pensaba que no debería ser felicitado por un hechizo tan sencillo.
–De nada joven Riddle –dijo–Sin embargo, falta un paso antes de irse. ¿Sabe cuál es?
Tom meditó un segundo. No sabía a qué se refería el profesor con aquella pregunta. Repasó mentalmente sus movimientos, el tiempo que se había demorado en realizarlo y los detalles de la caja. El ratón se había convertido íntegramente en una caja y pudo encontrar algún fallo en la metodología. No sabía a lo que refería así que, en lugar de pretender orgullo, era mejor fingir curiosidad.
–Ehhh, no maestro, no puedo ver que paso falta por realizar. El hechizo fue perfecto -respondió- ¿Me podría explicármelo para aprender?
–La repuesta tiende a ser la más simple Riddle –dijo Albus de forma amable– Volver a la vida la rata para llevarla de vuelta a su madriguera.
Esa última indicación se le había pasado en alto a Tom por no considerarla importante.
Algunas veces, esa clase de actitudes innatas esperable en las personas se le escapaban. Durante sus años en el Orfanato Wool no tenía esos problemas ya que la mayoría de sus interacciones no pasaban más allá de los huérfanos y de la Señora Cole. Ahí llevaba años entendiendo los limites sus movimientos y sabía perfectamente como fingir comportarse para no recibir reprimendas o ser pillado de sus acciones. Sin embargo, en Hogwarts era totalmente distinto.
En la escuela de magia, él era uno más, y había tenido que adaptarse a esta nueva sociedad. Era una cultura distinta, aquí los chicos no le tenían miedo y, peor aún, los profesores estaban muy atento a lo que él decía o hacía. Siendo franco consigo mismo, había mejorado bastante, mostrando empatía o piedad cuando lo necesitaba, pero aún fingir cada sentimiento le tomaba práctica. El profesor Dumbledore, sobre todo, era quien más encontraba instancias para probarlo.
–Cierto maestro. ¡Estaba absorto en no haberme equivocado!
Con un movimiento inverso al que había hecho anteriormente y visualizando mentalmente al animal, la cajita se convirtió nuevamente en una rata blanca.
–Lo siento ratita –dijo Tom– Lamento haberte dejado un tiempo innecesario-
–Eso está mejor Tom –dijo Dumbledore– Tu hechizo de transfiguración es mejor que incluso el de algunos alumnos de tercero, pero no debes olvidar ser amable con estos animales.
–Por supuesto maestro –dijo Tom mostrando cara de aprecio– Gracias por la enseñanza. Ahora debo irme. Lo espero para la vuelta de navidad.
–Nos vemos Tom –dijo– Que tengas una buena navidad.
Tom salió de la habitación junto a sus demás compañeros sin dejar de sentir la mirada de Albus Dumbledore. De todos los maestros, era el único que lo seguía observando con detenimiento sin fiarse de él. Riddle se había esforzado en presentarse más carismático y efusivo alrededor del mago, pero parecía tener el efecto contrario. Su encanto no producía el efecto deseado, es más, parecía ponerlo aún más alerta. Eso hacía que estar alrededor del profesor de transfiguraciones fuera aún más molesto que estar junto a sus compañeros.
Bueno, era parte de vivir en su nuevo hogar, en la escuela de Hogwarts. Aceptaría que no todo funcionaba según deseaba. Además, su breve conversación con Dumbledore le había recordado otro problema a considerar, los días libres de navidad.
En general, todo niño se sentía feliz de volver a casa en las festividades de invierno, sin embargo, esto resultaba lo contrario para Tom. Si salía de Hogwarts, de este lugar lleno de magia y adecuado para él, tenía que volver a su odiado Orfanato Wool. A su cárcel para saludar en una nueva navidad a la señora Cole y todos esos estúpidos niños muggles, y seguir con sus estúpidas tradiciones navideñas.
Si bien no le guardaba cariño a Dumbledore, le agradecía que a principio de año lo hubiera buscado al orfanato para entregarle su invitación a Hogwarts. Hubo un momento en su vida que pensaba que alguien con su don era una rareza entre la humanidad y tendría que vivir con su habilidad rodeado de ineptos para siempre. Felizmente el maestro Albus le había mostrado que no solo estaba solo, sino que había toda una comunidad de magos que existía en el mundo.
Tom era pobre, pero gracias al dinero que le había otorgado Hogwarts, había podido comprar sus libros de segunda mano, sus artilugios de magia, dos mudas de ropa e integrarse a la escuela. Ese gesto había sido más que ninguna otro le hubiera hecho jamás y por ello te le tenía un cariño especial a la escuela. Un cariño de verdad que no tenía que fingir.
Las festividades lo obligan a dejar realidad y si bien sentía cierto placer en hacer sufrir a Dennis y a Amy, o algún que otro huérfano, ahora le parecía una pérdida de tiempo. No, no quería ir a ese lugar y había trasado un plan simple para quedarse en la escuela.
Al no tener un tutor legal, muchas de sus decisiones no dependían de él sino de la escuela misma. Como las acciones eran de Hogwarts, su responsable directo era el director Armando Dippet. Tom le había escrito una carta en la mañana, con tono de lástima, apelando a que lo dejara en Hogwarts durante las festividades de invierno para impulsar su aprendizaje. No era el plan más brillante y odiaba depender de otros, pero era la mejor solución a la que podía apelar. Debía esperar a final del día si tenía que volver o no al mundo de los muggles.
Absorto en sus pensamientos, llegó al primer piso del castillo directamente a la entrada de la biblioteca, sin embargo, estaba cerrada. La vieja bibliotecaria, la señora David no estaba en ningún lado.
"Probablemente en receso" – pensó Riddle – "Maldición"
Pensando que había ya perdido tiempo valioso llegando hasta aquí, se limitó a hacer tiempo en la entrada de la biblioteca a esperar la cena. Como ya tenía hambre, sacó una manzana de su bolsillo y le dio una mordida. Tom era pobre, al nivel de no poder darse gustos más allá de comer la comida del gran comedor de Hogwarts. Esa manzana en particular se la había regalado un niño de la escuela, probablemente adinerado, por lástima a su condición de pobreza. A Riddle en verdad no le importaba. Había sido pobre toda la vida, no le molestaba o le alegraba, recibir algo por caridad.
Mientras la disfrutaba, meditaba sobre la posibilidad de un mundo solamente mágico. Donde no existieran las limitaciones del mundo muggles, sin gente sucia y sudorosa, que debía trabajar bajo el sol todo el día para obtener los mismos resultados que dependía de tan solo un movimiento de la varita. Despreciaba el saber que existía un mundo tan inútil como el de dónde venía. Los demás niños e incluso los adultos sabían en su interior de que un mundo totalmente mágico sería mucho mejor que el actual.
Tom terminó su manzana. La iba a lanzar a un basurero a un costado, pero se percató que sobre éste había una tarántula.
Levantaba su varita para deshacerse de ella, pero en su lugar, prefirió probar una idea que le había rondado la mente.
–Efe iska? –siseo Tom.
La araña no tuvo ninguna respuesta "No, no ha funcionado" - pensó.
Como ya había teorizado, era una habilidad que solo le permitía hablar con serpientes. Dumbledore había hecho caso omiso cuando se lo mencionó, así que tenía que experimentar el mismo de cuáles eran los alcances de esta habilidad mágica. Era una magia rara y, aunque aún no le había encontrado del todo utilidad, lo hacía sentir orgulloso tenerla.
Tomo su varita y eliminó a la araña con un hechizo de incendio. La araña ardió en llamas, logró desplazarse unos metros antes de fallecer y volverse cenizas.
"Una vida efímera alcanzada por la muerte" -pensó Tom.
En su pensar, Tom veía la muerte como símbolo de debilidad. Los que eran alcanzados por ella eran simplemente aquellos que no eran lo suficientemente fuertes para seguir viviendo. Teorizaba que su madre debió haber muerto por ser una simple muggle, dándole a luz en el Orfanato con sus últimos respiros de vida. Su padre, quien seguramente era mago, aún debía vivir en algún lugar del mundo mágico. Lo iría a visitar cuando tuviera más poder y más conocimiento en la magia para enfrentarlo.
Por ahora Tom sabía que tenía un gran camino por recorrer para llegar los niveles de magia que quería para sí, pero el desafío lo complacía. Era consiente que el secreto para derrotar a la muerte debía estar en algún lugar de este mundo mágico. Tom lo alcanzaría.
Se levantó, tomó las cenizas de la tarántula y se deshizo de ellas por la ventana para no dejar rastro. Ya era hora de dirigirse al comedor principal. Más tarde volvería a la biblioteca por los libros. Esperaba poder quedarse en Hogwarts en navidad leyéndolos en lugar de volver a orfanato Wool.
"Veremos que dice el Director Dippet" – dijo para sí.
Recogió su mochila, su varita y se dirigió al gran salón.
