N/A: Holanda, ¿qué hongo? Yo he estado bastante apretado en estas últimas dos semanas. La carrera está más exigente y estoy cuidando a un familiar convaleciente. Me encantaría seguir escribiendo al ritmo de antes, pero la verdad es que estoy haciendo todo a tres manos.
De este capítulo tengo que dar dos advertencias: primero, que supone un giro abrupto en la historia. Segundo, que hay bastantes más diálogos de lo normal.
Como siempre, gracias a mi prometida por corregirme el capítulo (y de paso sea dicho, por apoyarme en este mes tan complicado y demandante).
Capítulo 12:
Perspectiva: César
—¡Esta patria esde la República ahora! —exclamo a la par que clavo nuestro estandarte sobre el suelo de nubes.
Algunos civiles vitorean, pero la mayoría están devastados por la destrucción y los muertos que habrán de velar.
—Esto es tuyo —me acerco tambaleante a Dacius para entregarle nuestro pergamino—: es la invitación al Senado.
En cuanto lo recoge, me caigo de espaldas. Agradezco que el suelo sea de nubes; de lo contrario, el golpe me habría hecho más daño del que ya tengo.
—César tiene que volver a su castillo —explica Gerard mientras que me ayuda a recobrar la postura—. De todas formas, traeremos recursos para reconstruir inmediatamente.
Dacius asiente y se dirige a los catafractos que le quedaron. Por otra parte, Menacius es capturado por nosotros.
—¿Qué harás ahora, chico? —exclama detrás mío, totalmente encadenado y con varios soldados a su alrededor.
—El Aquilifer es muy claro —espeto—: crucifixión.
Nadie comprende lo que es, pero yo me aseguraré de que lo entiendan. En cuanto llegamos a la urbe, ordeno que construyan una cruz de madera y cuatro clavos. Duermo plácidamente hasta la mañana siguiente y, pese a las órdenes de Morgana, me levanto de la cama para atender mis deberes.
—Mi señor —me llama un legionario que reconozco al instante—, por favor, guarde reposo.
—Tú eres… —lo escruto de arriba a abajo y sonrío—, uno de mis primeros soldados, ¿verdad?
—¡Sí, señor! —me sonríe con gran ilusión—, mi compañero y yo fuimos quienes irrumpimos en el castillo para darle la llave aquel día.
—Por favor, hazme un gran favor —extiendo uno de mis brazos—: ayúdame a ir hasta la plaza de juegos.
A pesar del miedo que pueda tenerle a Morgana, mi viejo aliado me sostiene por todo el castillo de camino al sitio. Me siento sobre la silla alta que descansa detrás de las tribunas, desde donde puedo ver el espectáculo entero.
—Ahora, dame tu brazo —extiendo mi guantelete y, con una magia sencilla, marco su muñeca con el símbolo de mis mejillas—. Necesito que vayas con Hob y Gerard; diles que esta noche debemos culminar con la ejecución pública de Menacius.
Perspectiva: Belias
Desde anoche, hemos dividido a la mitad un ejército de diezmil hombres para tomar las cuevas de la Montaña Mohosa y el reino Johansen. A mí me ha tocado invadir a este último. Tomó hasta el amanecer atravesar el espeso bosque y el caudal del río Mewni, que está bastante inquieto debido al ascenso de las cinco lunas en esta época del año. El portón de la muralla no se cierra sino hasta que estamos a pocos metros, lo que indica la dejadez en la que está la ciudadela. Mis dosmil lanceros se cruzan de brazos; los esqueletos que rellenan la enorme horda no saben hacer más que vagar a mi alrededor o estampar sus cráneos descerebrados contra la empalizada frontal.
—Mi señor, ¿vamos a esperar hasta que se queden sin comida? —me pregunta uno de los taxiarcas (oficiales) que me siguen.
—Nada de eso. —Extiendo la palma de mi mano hacia la entrada de la empalizada— Si no acabamos con esto para el mediodía, tendremos que enfrentar a Jensen y su ejército.
Disparo un hechizo explosivo en la forma de una esfera no mayor a una manzana; el portón estalla violentamente y las llamas turquesas alcanzan incluso a un par de esqueletos.
—¡Acábenlos! —ordeno.
Los esqueletos, como es debido en la estrategia militar del reino Lucitor, ingresan antes que nosotros. Los pocos mewmanos que pueden proteger su patria se ven superados por mis torpes marionetas de nigromancia que, al aglomerarse en tamaña cantidad, resultan casi imparables.
Una vez acabado el asedio, los lanceros, frescos como mazorcas recién cosechadas, se lanzan a las mujeres embravecidas, que nada pueden hacer. Contemplo asqueado el escenario; con Dominetórix, los ejércitos rara vez superaban los quinientos soldados; a este bloque se le llamaba "lochoi", y no podía exceder los seiscientos lanceros. Ahora, con las reformas de Abbeas (que intentan imitar la estrategia de superioridad numérica de César), tengo que manejarme dentro de un "taxis", que no es sino un gran ejército con miles de hombres. Y así es como la cantidad ofusca la calidad de nuestras tropas, con demonios jóvenes pero escuálidos, y una escasez de demonios viejos que están más hartos que yo de ver este descontrol.
—¡Orden! —comando—, ¡dejen a las mewmanas!
Algunos paran ipso facto, pero hay otros a los que debo magullar a golpes para que entiendan.
—¡Hoplitas tempranos! —apunto al agujero donde alguna vez estuvo el portón—, ¡reparen la empalizada!
Justo cuando doy la orden, una mujer encapuchada sale corriendo. Tengo claro que huirá hacia la urbe para informarle a César en persona sobre la invasión, así que la persigo tan rápido como mi armadura de bronce negro lo permite. Me impulso por los aires en un torbellino de fuego y aterrizo frente a ella para detenerla.
—¡Espera! —se quita la capucha aterrada—, ¡soy yo!
Reconozco a Nicté al instante y aparto mi mano del mango de mi espada.
—¡¿Se puede saber qué haces aquí?! —la zarandeo de los hombros—; ¡¿acaso no tenías que entregar una carta de Willow?!
—¡S-sí! —tartamudea—¡P-pero…!
—¡¿Pero?!
—¡Me perdí! —confiesa.
—Bueno, vete de una vez —la echo con un gesto despreciable—, anda, largo de aquí.
Sus sentimientos parecen heridos, pero me obedece. Bastante agradecida debería estar de que la tenga como mi pareja pública.
Perspectiva: Hob
Los gastos excéntricos en armas y militares nos retrasan en nuestros planes civiles. Empero, me veo obligado a firmar los permisos para financiar la cuantiosa fabricación de armaduras nuevas, tal y como el dichoso librito de César enseña.
—Cuestor —me llama un legionario, que irrumpe osadamente en mi estudio—, su presencia es requerida en la plaza matriz.
—¿Para qué? —cierro el libro de contaduría y guardo los pergaminos tan rápido como puedo.
—Se realizará la ejecución pública del rey Menacius.
Chasqueo la lengua, hastiado. Nada me molesta más que ser interrumpido por un evento tan innecesario. Me retiro a regañadientes y consigo un lugar en lo alto de las gradas, cerca del puesto de observación de César. La gente ya se está reuniendo, al igual que los senadores. Llego incluso a quedarme dormido; me despierta Gerard, que palmea mi hombro.
—No te duermas —me dice—, que ya comenzó.
Contemplo algo alterado cómo los legionarios nos traen a Menacius encadenado del cuerno. La gente lo abuchea frenéticamente, pero el rey se mantiene con la mirada en lo alto. César baja tambaleante, clavando sus dedos en su pecho. Con ese aire enfermo y su andar enclenque, se posa en el centro de la plaza y recolecta los vítores de los
espectadores.
—¡Ciudadanos de la Repú-
César estalla en una tos incontrolable, interrumpiendo su discurso para el susto y preocupación del pueblo. Gerard y Morgana no tardan en acercarse para socorrerlo. Es ella quien lo devuelve a su asiento en lo alto, no sin antes recibir tantas caricias como lamentos de los campesinos y nobles que lo idolatran por igual. Por otro lado, Gerard ocupa el lugar de orador.
—En la tarde de ayer, nuestro estandarte liberó al Reino Nuboso Pony Head de la tiranía. El rey Menacius, gran traidor a su pueblo y hasta su propia sangre, hirió cobardemente al César en un intento por mantener su repugnante dictadura.
Todo el público abuchea con más fuerza y lanza cosas al condenado. Los gritos a mi alrededor me producen mucho estrés, pero no puedo hacer nada más que aguantar la incomodidad.
—El César ha impuesto una nueva forma de ejecución que saciará nuestros deseos de justicia. —Nuevamente, el público estalla en aplausos— Les presentamos la "crucifixión".
Los legionarios preparan todo para el ritual; a Menacius no se le concede ni siquiera el derecho a pronunciar sus últimas palabras. Lo suben a la cruz de madera con las mismas cadenas que lo aprisionan; el propio Gerard no entiende muy bien qué debe hacer, pero los gestos de César parecen guiarlo. Recuerdo todos esos años encerrado entre mazmorras al apreciar la mirada noble alzada del rey caído.
…
Los legionarios sostienen al cabeza poni con fuerza mientras que Gerard coloca un clavo frente a su cuerno. El ruido de su martillo golpeando el acero antecede los jadeos del público y el desgarrador grito del rey:
"¡NOOOOOOO!"
Con Menacius ahora excento de su magia, le clavan un clavo en cada oreja y lo sentencian a la cruz. Cada gruñido de dolor es desgarrador. El público, que jamás había visto semejante salvajada en el mandato de Soupina, está callado en un mar de asco y morbo. Cuando está perfectamente clavado, levantan la cruz sangrante a la vista de todos. Por más enemigo que fuera, siento un escalofrío al pensar en que, de no haber aceptado a César aquella noche hace tantos años, ahora mismo yo también estaría siendo crucificado.
Perspectiva: Morgana
El escenario es tan crudo y vomitivo que hasta yo siento náuseas. La gente abandona lentamente, sin decir nada. Solo la legión y César están fríos ante la ejecución.
—Vámonos —ordeno.
César se levanta y me aseguro de que no tropiece de camino al castillo. Se le ve irritable, aunque puedo comprender que en su interior debe sentirse un lastre por depender hasta para caminar.
—¿No vuelvas a salir de aquí, sí?
—Tengo cosas que hacer —me responde enfadado—, no pue-
Un nuevo ataque de tos lo invade; esta vez, un largo flujo de esputo escapa de su boca. Corro hasta el baño y tomo una bacinilla limpia para que lo escupa todo.
—Tranquilo —murmuro entre tanto que limpio su boca con una franela mojada—, todo va a estar bien.
—No me recuperaré de esto —lamenta con frialdad, como si quisiera mostrarse fuerte para sí mismo—. El único consuelo que obtuve fue verlo clavado en esa cruz.
No le vuelvo a hablar hasta que está limpio y su respiración normalizada. Lo dejo en su habitación para que reponga sus fuerzas.
—¡Pretor! —me llama un soldado que viene a las apuradas—, ¡una carta para el César!
Reclamo el sobre negro con hostilidad. Con esa enorme dobleve blanca en el centro, se hace claro quién es la maldita remitente.
—¿Quién te entregó esto?
—U-una mensajera —murmura cabizbajo.
—Esto es una carta del reino Lucitor. ¿Qué hiciste con ella?
—La dejamos ir —me mira con esos ojos agrandados por el miedo—. Y-y-y-yo no sabía-
—Largo de aquí, antes de que cambie de opinión.
El pobre hombre se retira nerviosamente. Por mi parte, decido encerrarme en la biblioteca del castillo y analizar la carta en busca de cualquier rastro de veneno en el papel. Tras comprobar su seguridad, me dedico a leer las palabras de Willow.
…
«Mocosa presuntuosa…»
Paso de la risa a la seriedad conforme voy leyendo las palabras que eran para él. Le pide verlo para hablar con él y saber si realmente le fue infiel conmigo.
—Por supuesto, niña —gruño, haciendo todo el esfuerzo por no arrugar la carta—, ¿acaso pensaste que se iba a reservar para siempre teniéndome a su lado?
No obstante, sé que su corazón aún sigue ensimismado en ella. Chasqueo la lengua mientras que recojo un folio, tinta y pluma.
«Veamos si esto te gusta, mocosa…»
Perspectiva: Glossaryck
—Jaque mate —me reclino en mi pequeña silla de playa.
—Sé que eres mi padre —Omnitraxus tira su pobre rey blanco en señal de derrota—, pero cómo te odio en este momento. No sabes cuánto, Glossaryck.
Una gaviota que zurca los cielos de la playa dispara una plasta sobre el cráneo del pobre ser. No puedo evitar reír, pero enserio la mirada cuando él dispara un hechizo que la hace estallar en pleno vuelo.
—¿Y eso?
—¡Oh, vamos! —apunta a su calvaria—, ¡hizo popó sobre mi cabeza!
Arqueo una ceja, aún insatisfecho con su conducta.
—Lo siento, señor —murmura, evitando mirarme a los ojos.
Hago levitar las piezas para dejarlas en su lugar y comenzar otra partida. No obstante, un portal de Hekapoo se abre a nuestro lado, por donde sale la susodicha, Lekmet y el tonto de Rhombulis.
—¿Vinieron a pasar tiempo en la playa? —pregunto arqueando una ceja.
Lekmet niega con la cabeza. Hekapoo se abre paso entre los dos, pero Rhombulus le roba la palabra:
—¡Pasó algo terrible! Q-qué digo terrible, ¡horrendo!
—¿Destruyeron un planeta habitado? —pregunto mientras que vuelvo a concentrarme en la partida.
—N-no, pe-
—¿Mal uso de los portales, guerra racial, César conquistó Mewni del todo, o algún problema de corrupción de la materia?
Lekmet se pone a balir como loco ante el último escenario. Mis sospechas se confirman por la boca de Hekapoo:
—¡Mbakaji escapó!
—Ay, no —lamenta Omnitraxus, que hace desaparecer el tablero y las piezas—, otra vez ese tipo. ¡La última vez convirtió medio universo en un maldito bestiario de terrores analógicos! ¿Cómo se escapó de tu cristal, Rhombulus?
—¡E-es que ya han pasado como tres mil años! —tartamudea el muchacho todo nervioso— ¡N-n-no fue mi culpa, lo juro!
La sola idea de tener que enfrentar esa amenaza me provoca escalofríos. Tomé la peor elección de mi vida cuando elegí a ese hombre.
—Bueno, simplemente hay que llamar a los señores del caos de los otros universos, ¿no? —sugiere Omnitraxus.
Pasamos casi dos horas intentando contactar a otros dioses, pero es en vano; Bill y Discord fueron capturados hace milenios, Babilonia se rehusa a brindar su ayuda, e incluso la draconeqqus Eris, quien ayudó a derrotar a este monstruo, ha rechazado nuestra petición porque "ya no discrepa de Mbakaji". Para más inri, nuestras llamadas trajeron consigo a Pluma, la diosa de un universo tan distante como los demás del nuestro, al que Discord pertenece, y con quien tengo un pasado bastante turbulento.
—¿Conseguiste a los heraldos? —me pregunta sin siquiera saludar tras cerrar el portal por donde vino.
—No —respondo a secas.
—¡Ustedes son nuestros hijos! —apunta a mis muchachos con su ala—, ¡¿ninguno de ustedes tiene el valor de enfrentar a Mbakaji?!
Lekmet es el único que no agacha la cabeza y le replica en forma de baleos.
—¡Esas son excusas, niño! —Lekmet recibe una bofetada de la cisne—, ¡y a mí no me hables en ese tono!
—L-lo que Lekmet intenta decir —tartamudea Rhombulus—, es que no podemos ganarle, ni siquiera juntando nuestras fuerzas.
—Y como los dioses no podemos intervenir… —agrego con un incómodo suspiro.
Pluma se queda pensativa por unos instantes antes de soltar la bomba:
—Traeré a Celestia; ella es mi mejor mortal.
—No —rechazo de inmediato, para sorpresa de nuestros hijos—. Si le vamos a dejar esto a un mortal…
—¿Qué propones entonces, Glossaryck? —Nuestros rostros se encuentran de manera desafiante, cada vez más cerca— ¿Acaso tienes a un peleador mejor? ¿Tú, que te la pasas vagueando dentro un librito? No lo creo…
—César lo hará —le sonrío desafiante y proyecto una secuencia holográfica del muchacho durante su batalla en el castillo Jaggy—: fuerte, disciplinado, lleno de potencial…
—Un asesino y psicópata con delirios de poder —murmura Omnitraxus.
—El caso es que pefiero que él lo haga antes que tus burros de colores, Pluma —me cruzo de brazos.
—¡No seas ingenuo! —me cuestiona —, necesitamos a un mortal con magia divina, y no-
—Le daré la súper varita —interrumpo, acabando de pudrir el ambiente.
Los muchachos se miran con suma incomodidad. Pluma, por su lado, retrocede tras varios segundos de mirarme con un odio aterrador, y abre un portal tras de sí, con sus ojos rencorosos inquiriendo sobre mí en todo momento:
—Por el bien de tu universo, espero que funcione.
En cuanto se va, los muchachos me reclaman entre gritos al unísono.
—¡Por todos los cielos, papá! —me reprocha Hekapoo—, ¡¿en qué diantres estabas pensando?!
—Te habíamos dicho que no mencionaras el asunto de la varita —le sigue un Omnitraxus de brazos cruzados—; lo único que logras es distanciarla aún más.
Levanto una mano para que guarden silencio. Soy consciente del problema que amenaza mi universo, amén de que no puedo resolverlo con mi propia fuerza. No obstante, estoy obligado a mostrar templanza.
—¿Cuánto tiempo tenemos hasta que el cristal se derrita del todo?
—Diez días, más o menos —responde Rhombulus.
—Bien, esto es lo que haremos —junto los dedos y estiro mis palmas hacia adelante para que truenen—: Hekapoo, tú y los muchachos entrenarán a César en Equis Ciento Tres.
Aquel mundo al que denominamos "X-103" se trata de un planeta denso y pesado, cuya dilatación del tiempo alcanza el límite de un año al día impuesto para cada universo.
—Mientras tanto, hablaré con Reynaldo para que mantenga controlado el progreso de Mbakaji —agrego—, así nos aseguraremos de tener diez días exactos.
Los chicos se organizan torpemente y abandonan mi isla. Contemplo la bella costa con un suspiro. Detrás mío se movilizan dos ejércitos ingleses.
«Qué mal», pienso, «tendré que perderme la batalla».
Perspectiva: Gerard
Estoy esperando la llegada de refuerzos desde nuestras murallas incompletas. Recibí dos informes que confirman la pérdida del reino Johansen y el castro del sur. Estoy esperando a que Jensen regrese, pero parece ser demasiado testarudo.
—¡Señor! —me llama un legionario—, ¡dragón a la vista!
Efectivamente, la silueta de aquella corpulenta criatura se acerca como un espectro que mancha el sol con su sombra.
«Deben ser los druidas», conjeturo.
Hago preparar cadenas y alisto una cohorte frente a la criatura en camino. Nuestras pilas esperan el momento de clavarse en la bestia, pero ésta nos sorprende al convertirse en un hombre.
—¡No disparen! —comando.
Aquel muchacho habló con César varios años atrás; reconocería esa melena blanca en cualquier parte, sin importar que su gente se vista igual.
—¿Tú otra vez? —desciendo por una cuerda hasta el suelo, dado que la muralla sigue en construcción—. ¿Qué quieres de nosotros?
—Necesito hablar con César.
Pasa por mi lado osadamente, pero extiendo mi brazo para frenarlo en seco:
—El César está malherido. No puede recibir ninguna visita diplomática.
—¡No lo entiendes! —me aparta de un manotazo—, ¡yo no vengo en nombre de mi padre esta vez!
—¿Entonces a qué viniste?
—Vine para unirme a ustedes —sentencia para mi enorme sorpresa—. Ya no quiero ser un druida; deseo volverme un legionario.
Mis ojos se abren como platos y me cuesta mantener la mandíbula cerrada. Debería ignorarlo, pero su valor político es enorme para nosotros. Tras unos segundos de reflexión, le indico que me acompañe.
«César tiene que ver esto».
Perspectiva: César
Alguien llama a la puerta, perturbando mi sueño. En cuestión de instantes parece montarse toda una riña fuera de mi habitación.
«Debe ser Morgana reprochando a los sirvientes», pienso y vuelvo a cerrar los ojos.
—¡César! —me grita una voz masculina tras irrumpir de un portazo en mi aposento.
Reconozco de inmediato esa voz y me siento en la cama. Se trata de Glossaryck, quien además viene acompañado de sus esbirros.
—¿A qué se debe tan milagrosa visita? —le sonrío con ironía.
Por su parte, Morgana se cruza de brazos con impotencia, seguramente intimidada por la naturaleza divina del petizo.
—Voy a ser directo —asevera—: un villano especialmente problemático está por despertarse y es demasiado poderoso.
—Ay, por favor, ¡¿para esto vienen con César?! —Morgana se abre paso con molestia—; se supone que para eso están ustedes, ¿qué tan grave debe s-
Omnitraxus pone una mano sobre su hombro:
—Se trata de Mbakaji.
El rostro (ya de por sí) pálido de la bruja se pone casi tan blanco como la nieve.
—Imposible —murmura, casi susurrando—, eso es… un mito.
—Es totalmente real —Glossaryck voltea para confirmarlo—: Mbakaji, el Heraldo del Caos, está a punto de resurgir.
Las voces comienzan a solaparse de nuevo, pero no les presto atención. Ese nuevo nombre resuena en los rincones de mi mente.
—Se trata de un ser cuya magia puede deformar la realidad —explica Omnitraxus.
—Hubo que traer a los señores del caos de otros universos —le sigue Hekapoo—, pero han sido ya dos mil años de esa batalla.
Mi cristal ya está muy deteriorado por el tiempo —culmina Rhombulus.
Me incorporo, pero mis piernas me traicionan y caigo sobre los brazos de Morgana
—¿Qué estuviste haciendo en mi ausencia? —me cuestiona Glossaryck.
Intento responder con algún comentario satírico, pero Morgana toma el control:
—Le perforaron un pulmón ayer, no puede ir a ningún lado.
Glossaryck y sus peones se miran al unísono, evaluando en silencio qué hacer.
—Está bien, lo curaré —suspira el pitufo—. Pero eso sí, tienes que ayudarnos a vencer a Mbakaji.
Agradezco a Morgana con un gesto de mi cabeza y me acerco a mi viejo compañero con mi propia fuerza:
—¿Qué tienes en mente?
—Te vamos a entrenar por diez días en la dimensión de Hekapoo. Cada día en nuestro universo se traduce en un año allí; serán diez años en total.
La sola idea de perder una década por un capricho divino me produce escalofríos. Escucho a Morgana resistiéndose a que me lleven, tratando de echar con suma osadía a los seres más importantes del multiverso.
—Lo haré —interrumpo el pandemonium.
El enorme monstruo cabrío se une con Rhombulus para sostener mi andar. Hekapoo blande sus tijeras especiales y abre un portal amarillo hacia un lugar incierto.
—César, no hagas esto —me suplica Morgana.
—Debo hacerlo —la aparto—. Son solo diez días; lo único con lo que tendrás que lidiar es con una versión treintañera de mí.
—S-sobre eso… —la bruja se sonroja y agacha la mirada—, hay algo que-
Alguien más irrumpe en la habitación; Gerard viene acompañado de aquel príncipe druida, Draig, a quien atendí hace años.
—¿Estamos… interrumpiendo? —pregunta mi cónsul—. ¿Están en una reunión por el asunto de la invasión?
Mi corazón se acelera al instante:
—¿Qué invasión? —pregunto directamente a mi amante.
—César, yo-
—¡¿Qué invasión, mujer?! —llevo mis manos hasta su casaca negra.
—No sabía cómo decírtelo sin causarte más daño —suspira—. El reino Lucitor capturó el reino Johansen y está cerca de tomar el Jaggy también.
No puedo evitar darle una fuerte cachetada. Mi corazón sufre al escuchar su jadeo de dolor, pero la ansiedad me gana:
—¡¿POR QUÉ NO ME LO DIJISTE?!
Su rostro se voltea por el golpe; cierra los ojos, como si se tragara su ira y orgullo al mismo tiempo. No se atreve a mirarme.
—¡Basta! —me increpa Gerard.
—¡TÚ! —lo empujo con poca efectividad—, ¡¿no se te ocurrió venir a contármelo en persona?!
Hay un silencio incómodo en la sala. Por primera vez, mi cónsul agacha la mirada. El druida detrás suyo se ve como una inocente mariposa en el ojo de un huracán. Trato de relajarme y atenderlo a él:
—Si vienes a sermonearme sobre la paz, elegiste el peor día.
—Ya no soy un druida —confiesa con la cabeza en alto—; he venido a convertirme en un legionario. Tengo habilidades y conocimientos que le serán de interés, majestad.
Arqueo una ceja; es la única muestra de sorpresa que le permito ver. Empero, considerando el terrible panorama que nos asedia, no puedo evitar sonreír con cierta malicia.
—Si tú cuidas a la República —ofrezco mi mano—..., la República te cuidará a ti. Lo hará tal y como un padre que cuida de todos nosotros.
—Sí. —Draig se arrodilla y, para mi sorpresa sostiene mi mano para darle un beso— Mi familia me ha traicionado y la magia del Clero me rechazó en mi momento de necesidad.
—Ya no más, querido hermano —acaricio su cabellera blanca con mi guantelete—; nosotros vamos a rectificar todas las injusticias.
Camino hacia el portal de Hekapoo. Morgana se niega a dirigirme la mirada, aún con la mejilla sentida por la cachetada.
—Diez días —murmuro—, aguanten ese tiempo. Cuando vuelva, yo mismo me encargaré del resto.
Sin perder más tiempo, sin molestarme en pensar por Morgana, y esperanzado en que volveré con mi gobierno aún vivo, atravieso el portal.
