Disclaimer: Naruto no me pertenece.

Aclaraciones: Mundo Alternativo. Fantasía. Cazadores de Demonios y Espectros.

Advertencias: Este trabajo tendrá contenido maduro, dominación, actos explícitos, distintas parafilias y muchos más. Y MadaHina así como IndraHina. Sobre aviso no hay engaño. Ustedes dieron clic, no me culpen.


No Mercy


Sexta Noche de Caza


Le costó a Hinata despertar. Los parpados pesaban como piedras y apenas supo reconocer sus alrededores. Por un momento la cabeza dejó de punzar y el pánico la invadió; los recuerdos, aunados con las dolencias de cada extremidad de su cuerpo, llegaron de golpe. Palideció.

Intentó reincorporarse pero un brazo la mantuvo en su lugar que ni un milímetro se puso mover. Parpadeó confundida, buscando la fuente, siguiendo el camino para encontrarse con el rostro de Indra-sama dormido.

Ahogó el grito de sorpresa que amenazó con salir del interior de sus pulmones y giró hacia el techo. Ignoró el fresco que relataba la conquista de Indra-sama sobre el antiguo gobernante, pensativa en cómo las cosas cambiaron tan drásticamente.

Era difícil saber cuánto tiempo transcurrió desde que Indra-sama la llevó a sus aposentos privados, guiándola en cada procedimiento y enseñándola directamente el cómo debía darle placer a quienes serían sus futuras víctimas.

Sobre todo a cierto Cazador.

Igualmente Hinata no se sentía merecedora de encontrarse yaciendo al lado de su Señor Oscuro; esas funciones estaban reservadas para candidatos fuertes y capaces de satisfacer los deseos de Indra-sama.

Ella dudaba seriamente que hubiera podido darle placer.

Por supuesto que Indra-sama logró satisfacerla, además de ser un grandioso guía. Ahora no tenía duda del aprendizaje adquirido; su autoestima estaba a desbordar, ya no sería alguien débil quien se doblegaría ante la presencia de un hombre de cabellos azabaches y ojos del mismo tono, burlones y que podían hacerla sentir expuesta.

Lograría su misión, no defraudaría a su Señor por nada del mundo.

—¿Qué haces despierta? —el susurro de Indra a su lado la hizo congelarse.

Ella giró para verle. Los ojos rojizos estaban fijos en su rostro. Era demasiado tarde cómo para fingir dormitar.

—M... Mis disculpas —se apresuró en mostrarse arrepentida—. No quise... No quise importunar su sueño —tuvo el impulso de ponerse de pie, aunque el espasmo de dolor que atravesó su espalda la hizo no desear haberlo hecho—. Me... Me retiraré de inmediato... ¡Uh!

Hinata chilló cuando Indra la acogió por la cadera y la acercó hasta su costado, manteniéndola prisionera.

—Duerme —ordenó con él con su voz ronca. Hinata intentó no temblar como una hoja de otoño—. Considera esto como un intermedio —susurró cerca de ella, erizando sus piel—, en cuanto recupere fuerza, volveré a tomarte.

—P-Pero...

—Shh —volvió a susurrar él, acomodándose el en almohadón—, duerme.

—Uhm... —replicó Hinata, sin buscar ir en contra de los deseos de Indra-sama, tratando de serenarse y volver a dormitar.

A pesar de los nervios invadirla ante la proximidad de sus cuerpos, Hinata se encontró somnolienta al cabo de unos minutos. Poco a poco sus párpados comenzaron a cerrarse y el aliento cálido de Indra-sama tuvo el efecto de arrullarla, llevándola lentamente al tan ansiado y pacífico sueño.

—¡Indra-sama! —sin embargo un viento azotar y abrir las puertas de los aposentos de Indra evitó que Hinata cayera bajo el encanto de Morfeo para ver, atónita, la figura de una hermosa diablesa de cabello dorado entrar a la habitación del Señor Oscuro con total familiaridad.

A su lado Hinata escuchó a Indra gruñir.

En cuanto la mujer dejó de hacer sonar sus altos tacones por toda la zona, buscando en todas partes la presencia de quién venía a buscar, los ojos celestes de ella se posaron en la cama, deteniéndose en su persona. Hinata se sintió diminuta y un pudor la invadió, buscando subir la sábana para cubrir su desnudez, pero fue demasiado lenta porque la rubia de cuernos negros con manchones dorados ya estaba encima de ella.

—¿Pero qué tenemos aquí? —ronroneó cual mínimo, sonriéndole con sus labios teñidos de carmesí y una mirada que despertó una pasión en su cuerpo—. Eres sin duda una contrariedad andando —la rubia tomó de su barbilla con suma delicadeza que Hinata no pudo evitar sentirse hipnotizada—. Ojos de ángel —dijo ella al estudiarla a detalle.

—¿Eh? —apenas reaccionaba Hinata a lo que ella decía.

El agarre alrededor de su barbilla se apretó. La rubia le dedicó una sonrisa que la sonrojó. La diablesa se acercó con claras intenciones de besarla y en lugar de querer apartarse cerró los ojos en la espera del beso...

—Suficiente —el gruñido de Indra despertó a Hinata del encantamiento en el que Ino la hizo caer.

La joven súcubo retrocedió hasta que la espalda chocó contra la cabecera, tomándose del pecho por cómo el corazón le latía apresurado, mientras Ino resoplaba.
—No eres divertido, Indra-sama.

—No requiero de tu presencia para que te diviertas —espetó Indra al sentarse, sin verse avergonzado de la desnudez frente a la rubia quien observaba con atención sus uñas.

—El mensajero que enviaste a mi reinado fue claro en cuanto a tus órdenes —respondió Ino al sentarse al borde de la cama, peinando sus largos cabellos dorados—. Por un momento consideré una falta de respeto de tu parte solicitar mis servicios después de exiliarme —masculló esto último.

Indra no reaccionó a la queja de la diablesa. Hizo lo que tuvo hacer. Después de todo, Ino le hizo perder una cantidad considerable de guerreros bajo su mando por descuido. No iba a permitir que una falta como ésa pasara sin castigo alguno.

—Abordemos el tema que me interesa —demandó al ponerse de pie, caminando con tranquilidad a sus vestidores donde cogió una bata para cubrir su cuerpo—. ¿Qué puedes decirme de ella? —preguntó a Ino sobre Hinata.

Sabía que había visto algo en los ojos de Hinata, sin duda el rasgo más sobresaliente de la joven. No era común ver a súcubos con aquel color de irises. Un aspecto angelical, casi santo, ser parte de un demonio no era común.

Ino resopló, no tomándose en serio la indiferencia de Indra-sama en cuanto a su situación. Miró con atención a la pequeña súcubo, sintiendo curiosidad no solo por su intrigante aspecto, sino también las fechorías realizadas para que haya terminado en la cama de Indra.

—¿Además de que tiene ojos de ángel? Hmm —Ino rascó su barbilla, pensativa—. Su aura. No es demoníaca.

Hinata la miró sin creerlo. ¿Eso era posible? ¿No tenía la misma aura que sus demás hermanos y hermanas?

Indra bufó.

—Dime algo que no sepa —exigió.

Ino le frunció el ceño.

—Si ya lo sabías, Indra-sama, ¿para qué me requieres? Es lo que puedo decirle.

—Usa bien tus poderes, Ino —ordenó Indra al verle desde el rincón, con los ojos brillantes de rojo vivo que sumieron a Ino en un ligero temblor ante la ronca voz de su Señor Oscuro—. Quiero que veas en los recuerdos de esta súcubo.

—¿Y qué debo encontrar?

—Respuestas de su origen. Una explicación de su apariencia —Indra miró a Hinata quien se había quedado en silencio mientras ellos conversaban—. Y de por qué una súcubo en el Círculo de la Lujuria era virgen.

—¿Virgen? —exclamó Ino con escándalo, enrojeciendo las mejillas de Hinata por la reacción—. Por todos los Espectros. ¿Cómo puede ser? Una virgen en estos lares es de mal augurio —musitó.

—Por eso quiero que indagues en sus recuerdos —decía Indra al acercarse a la cama, manteniendo fija la mirada en la diablesa quien asintió—. ¿He sido claro?

—Perfectamente —aceptó Ino con una sonrisa amplia, saludando a su Señor Oscuro como un Capitán de Escuadrón.

Indra bufó.

—Iré a prepararme —anunció—. Espero que al regresar cuentes con lo que deseo escuchar, Ino.

—Prometo esforzarme, Indra-sama.

Indra no dijo nada al salir de sus aposentos, con el sonido de sus pasos hacer eco hasta que se perdieron en su totalidad.

Ella no supo cómo reaccionar. Aun estaba desnuda y sin ropas que vestir, con la presencia de la diablesa de cuernos negro y dorados ahí. ¿Qué iba a hacerle? Indra-sama había dicho algo sobre indagar en sus recuerdos, ¿qué podría ella ocultar en sus memorias? No había tenido una crianza distinta a la del resto de los espectros habitando el Círculo de la Lujuria. Pese a su poco desempeño como súcubo, no hubo nada en su infancia que pudiera convertirla en un fenómeno, además de haberse mantenido virgen hasta que Indra-sama decidió tomarla.

—Bien —la voz de Ino inundó el lugar e hizo a Hinata verle. La sonrisa que le dedicó le causó escalofríos—. ¿Qué tal si comenzamos, neh?

Con un chasquido de dedos de parte de Ino el espacio y el tiempo que regía en la habitación cambió para distorsionarse y convertirse en un lugar donde la oscuridad reinaba. La sábana que antes cubría el cuerpo de la pequeña súcubo desapareció y su cuerpo quedó en el aire, con las extremidades izadas.

—Tranquila —calmaba Ino, pese a que la mirada perlada de Hinata se tornaba nerviosa.

Ella cobijó el rostro de la súcubo con dulzura, besando su mejilla.

—Tomarás una siesta, soñarás con algo agradable y no sentirás dolor. No temas —le susurraba con encanto, adormeciéndola—. Jamás me atrevería a dañar los juguetes de Indra-sama.

Antes de que pudiera preguntarle a la rubia a qué se refería exactamente con eso, la pesadez en todo su cuerpo la orillaron a ahorrarse el esfuerzo y cerrar los ojos en una entrega pacífica al ensueño.


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Tres caballeros de la Guardia Nocturna tuvieron que someter a Madara y quitarlo de encima del prisionero a quien había estado golpeando. Entre tanto escándalo que el resto de los presos armaban por ver quién sería el vencedor, si el Truena Huesos que ya llevaba encerrado por casi cinco años, o el recién llegado quien presumía ser un Cazador importante.

Las apuestos fueron puestas sobre la mesa cuando Truena Huesos se acercó a la mesa donde Madara comía en silencio la poca comida que les daban. Tenía apenas dos semanas de haberse convertido en un prisionero del calabozo. No solo le habían limitado las extremidades con las esposas de plomo neutralizado, sino también reducido su alimentación a comparación del resto. No tenía problemas de convivir con el resto de los hombres quienes lo veían con recelo desde que caminó por los humedecidos y malolientes pasillos del calabozo, ubicado en la parte subterránea de la Capital donde lo feo y la escoria que la Iglesia buscaba erradicar vivía.

Mientras no fuera molestado todo estaría bien.

La bandeja con su comida fue arrebatada con brutalidad por el grandulón que le sonrió con los dientes chuecos y manchados en cuanto le miró.

—Disfrutando de tu almuerzo, eh, Cazador —llamó con burla, observando lo que estaba servido—. Uhm, qué delicia —cogió el pedazo de pan y tiró el resto al sueño, dando un mordisco para luego escupir y hacer una mueca—. Ugh, ¿qué es esta porquería? Está echada a perder —masculló al lanzar el resto de pan y pisotearlo—. Y yo que pensé que por ser Cazador te darían algo mejor que comer. Está claro que eres un don nadie. Cazador mi trasero —rugió y luego observó al hombrecillo que lo acompañaba, dándole un golpe—. ¡Soto, me dijiste que alguien importante había llegado al calabozo! ¡Me mentiste, maldito enano!

—N-No lo hice, señor, se lo juro. E-Escuché de parte de uno de los guardias que alguien de la Familia Santa mandó encarcelar a un Cazador. A un verdadero Cazador —trataba de explicar el hombre de baja estatura—. Él... Él es ese Cazador.

—Mentiras —escupió Truena Huesos, mirando con desprecio al azabache que en todo ese momento guardó silencio—. Solo le han dado una sopa rancia y pan duro, no es nadie...

La mayoría de los espectadores lanzaron una exclamación al unísono cuando Truena Huesos fue tacleado al suelo, con el recién llegado propinándole golpes en el rostro. La sangre no tardó en salpicar para todos lados. Incluso un par de dientes salieron volando. El fiel acompañante de Truena Huesos corrió a esconderse en un rincón, observando lo que su jefe vivía en manos del azabache quien parecía enfocarse en desfigurar el rostro de Truena Huesos que desde el primer golpe había quedado noqueado.

—¡Guardia, guardia! —uno de los hombros llamó a la autoridad—. ¡Se están peleando!

Mientras se llevaban a Truena Huesos, arrastrándolo con la ayuda de dos mulas, llevaron a Madara lejos del comedor.

—Ni estando en el Calabozo puedes comportarte, eh —decía un caballero de edad avanzada, ya con el cabello canoso.

Madara apenas reaccionó, importándole poco el regaño.

Lo condujeron hasta una parte remota y oscura, donde el eco de las voces de los prisioneros se extinguió, dejando la nada. Con sus antorchas el pequeño grupo de caballeros abrieron la puerta de lo que parecía ser una puerta secreta, empujándolo para que siguiera caminando.

Era un camino de escaleras que rodeaban un vacío en el centro. Madara asomó la cabeza y pareció como si el abismo lo acechara desde el fondo.

—Como castigo por tus actos, estarás cinco días en el Pozo —decía el caballero mayor, viéndole de reojo para asegurarse que no hiciera intento por huir.

Madara enarcó una ceja, poco impresionado. Para él resultaba mejor que lo alejaran del resto de los prisioneros.

Así tendría un lugar tranquilo en donde pensar.

La puerta gruesa se cerró detrás suyo cuando lo dejaron adentro. A modo de consolación le brindaron cinco velas. El caballero le aconsejó usarlas con sabiduría, pues la oscuridad en esos lares tendía a enloquecer a los hombres.

—Seguramente habla por ustedes —musitó al iluminar los esqueletos de quienes supuso habían sido los prisioneros anteriores a él—. Al menos no me sentiré solo por estos días —carcajeó al acomodarse en una esquina.

No planeaba quedarse ahí por mucho, solo lo suficiente para recaudar información desde adentro. Sabía que el calabozo se hallaba debajo de Organización Central de la Guardia Nocturna, una ciudadela interna que albergaba en el centro de su corazón a la Iglesia, el hogar de la Familia Santa.

Rio.

No pudo pedir mejor hospedaje que ése.


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—He escuchado de tu pequeña hazaña, Capitán Toneri.

Toneri abandonó sus rezos al escuchar la voz del Clérigo Mayor a sus espaldas. Respiró hondo para que su mueca de desagrado no fuera tan obvia al girarse y ver la mueca arrogante de Momoshiki Otsutsuki.

—Clérigo —hizo una reverencia menor.

—Haber encerrado a un Cazador sin duda pone en alto tus habilidades para la incompetencia —atacó Momoshiki con una sonrisa mezquina.

—Llamar incompetentes las órdenes dadas por Su Santidad es una clara ofensa —expresó su opinión Toneri, con una mueca fría—, incluso alguien como usted, Clérigo, debe saberlo.

—Su Santidad tiende a malinterpretar las señales que la Santa Dinividad le envía en sus aposentos —mencionó el Clérigo al tomar entre sus dedos el talismán hecho de oro que lo protegía de todo mal, observando la estatua a la toda oración era dedicada.

La Santa Divinidad. Patrona de los humanos quien defendió del Mal en esos ariscos territorios. Actual protectora de la Familia Santa y la representante de los estandartes que la Guardia Nocturna llevaba en toda cruzada lejos de la Capital.

—¿Más que podemos esperar de un hombre ya marchito por la edad?

Toneri le lanzó una mirada estricta.

—Cuide su lengua, Clérigo.

—Oh, querido primo —Momishiki rió con gracia, girándose a ver al albino—, dejemos de lado las formalidades y hablemos cómo realmente deseamos.

—Hacerlo en frente de la Santa Divinidad me parece una falta de respeto —dijo Toneri—. Pero estoy abierto a cualquier invitación que deseé, Clérigo —la mirada azulada de Toneri recayó en la figura plana y debilucha de Momishiki—. Personalmente sugiero que traiga a testigos.

Momishiki frunció el ceño, controlándose para no insultar a su familiar.

—Tal parece que el perro nuevo que encerraste en tu corral ha causado estragos —informó Momishiki con aparente indiferencia, dándose aire con el abanico que siempre cargaba—. Escuché que logró golpear a un hombre aun con las esposas puestas.

—Se le ha enviado al Pozo para que reflexione sobre sus actos —mencionó, no extrañándole que Momishiki estuviera enterado de todo lo que sucedía en la pequeña ciudadela. Menos en el calabozo.

—Hmm —musitó el otro albino, mirando la silueta de la Santa Divinidad—. ¿Planeas debilitarlo y de que esa manera logre acceder a las peticiones de la Iglesia?

—Si con eso ayuda a que su Santidad logre alcanzar sus objetivos, haré todo eso y más.

—Ya veo —respondió Momishiki, sin sorprenderse de la entrega absoluta que su Santidad siempre alababa—. En ese caso le deseo la mejor las suertes, Capitán.

—Agradezco sus buenos deseos, Clérigo —regresando a los roles que les correspondían respectivamente, Toneri hizo otra reverencia corta para despedirse, caminando hacia la salida del templo.

Los sacerdotes que acompañan a Momishiki bajaron las cabezas en son de respeto en cuanto pasó a su lado, saliendo por completo del edificio santo, soltando el aire retenido en sus pulmones y relajando la tensión en sus músculos.

Detestaba a Momishiki desde niños. La única razón por la cual lograba tolerarlo era porque no quería se reprendido por su Santidad ni que éste le pidiera, desde su lecho, que se llevara bien con quien era su primo y Clérigo.

Los caballeros bajo su mando se pusieron firmes en cuanto lo vieron acercarse, alejando a las monjas que corrieron entre risas por ver al apuesto Capitán de la Guardia Nocturna andar por esos lares.

—Den un último recorrido por los alrededores —ordenó—. Han llegado informes que demonios de bajo nivel rondan en las sombras de los edificios abandonados. Asegúrense de rociar agua bendita y alerten a quienes viven cerca.

—¡Sí, Capitán!

Toneri observó a sus hombres partir, haciendo sonar sus armaduras al son de sus pasos firmes. Él suspiró. A esas alturas era difícil ignorar el cansancio que llevaba en la espalda. No había podido quitarse su propia armadura desde hace días y el cuerpo ya le exigía descanso.

Decidió retirarse a su oficina, recordando el papeleo que aun debía revisar antes de siquiera pensar en retirarse a sus aposentos privados y descansar.


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—Tardaste.

Tsunade no se guardó el descontento que le provocaba la tardanza de Indra en presentarse en la Sala de Reuniones. Él vio que la demonio ya llevaba tres botellas de vino ingeridas.

—Estuve ocupado.

Tsunade frunció el ceño.

—De saber que nos tendrías esperando, habría rechazado la solicitud de responder a tu llamado.

—Deja de exagerar, anciana —Indra ocupó su silla en la cabecera de la mesa, mirando con cierta irritación a la diablesa.

—Maldito mocoso insolente...

—Vamos, vamos —la voz jovial de Jiraiya, el segundo Ente, resonó en el lugar. Las súcubos que tenía abrazadas por ambos costados no dejaban de besarle el cuello y él no parecía querer detenerlas—. Hace tiempo que no nos reuníamos. No empecemos con los regaños, Tsunade.

—Tú no te metas —gruño Tsunade, irritada de tener que reunirse con ese zopenco. Hizo una mueca cuando una de las súcubos gimió a causa de la caricia de Jiraiya en su cola. Resopló—. Es obvio que solo viniste a follar.

—Bueno, no todos los días me hallo en el Círculo de la Lujuria —se encogía de hombros Jiraiya con una sonrisa traviesa—. Y ya que el acceso es limitado por nuestro joven monarca, debo aprovechar —decía al besar profundamente a la súcubo a su derecha mientras entretenía a la otra con su mano.

Tsunade hizo una mueca. Los cuernos torcidos que decoraban su cabeza chispearon.

—¿Podemos dejar de lado sus problemas maritales para hablar del porqué los reuní aquí? —preguntó con aburrimiento Indra, pintando en Tsunade una mueca de ofensa.

—Deja de asociarnos como pareja —gruñía la diablesa de rubio cabello—. Me separé de este idiota hace dos milenios —señalaba al otro.

—Y yo te he dicho, Tsunade, que no me molestaría recordar nuestros viejos tiempos —Jiraiya le guiñó el ojo a Tsunade de manera coqueta, pintando en la mujer una mueca de asco.

—De no ser por el mandato de nuestra Excelencia no me asociaría contigo nunca.

—Oh, por favor, no seas así.

Indra carraspeó, atrayendo la atención de los dos Entes. Chasqueó los dedos para que las súcubos que parecían distraer a Jiraiya y molestar a Tsunade desaparecieran.

—Hey —la queja de Jiraya fue rápida—, apenas me estaba divirtiendo.

—Te divertirás cuando terminemos de hablar.

Jiraiya suspiró con pesadez, colocando sus pies encima de la mesa y limpiando una de sus orejas.

—¿Para qué hemos sido solicitados por ti, mi querido Príncipe? —preguntó Jiraiya—. ¿Qué consejo podríamos darle a alguien que ha conquistado esta parte del Inframundo con gran éxito?

—Necesito consultar algo con ustedes —empezó Indra, viéndolos—. Algo que ha sucedido sin mi conocimiento.

Tsunade enarcó una ceja.

—¿Sin tu conocimiento? ¿Y qué puede ocurrir para que el Señor Absoluto del Círculo de la Lujuria no esté al tanto?

—Tuve un encuentro con una súcubo.

—Uy —Jiraiya mostró interés—. Por ahí hubieras comenzado.

Indra decidió ignorarlo.

—Por alguna extraña razón esta súcubo despertó mis poderes sin que fuera consciente.

—¿Tus poderes? —preguntó con extrañeza Tsunade—. ¿Cómo podría una súcubo de nivel inferior ser capaz de activar tu habilidad?

—Eso es precisamente lo que deseo saber —continuó Indra—. Uno de mis lacayos me informó que algo sucedía con mis tropas. Cuando fue a verlo por mi mismo descubrí que todos participaban en una orgía masiva sin haber dado la orden.

—Ah —Jiraiya hizo un puchero—, ¿y no me invitaste, Indra...? ¡Auch! —Tsunade le lanzó la copa en la cabeza, haciendo que el demonio se quejara a viva voz—. ¡Casi me rompes mi cuerno bueno!

—¡Cállate de una buena vez! —gritó Tsunade con poca paciencia.

Indra quiso rodar los ojos. Eso se ganaba por llamar a los Entes Viejos.

—Mis tatuajes se activaron, junto con mi poder. Se mandó una orden que yo no solicité. Incluso... Mi experiencia con esta súcubo fue distinta.

—¿Distinta en qué sentido? —inquirió Tsunade, interesada.

Indra hizo una mueca. No le gustaría declarar que por un momento perdió el enfoque y se entregó al descontrol. No era que le avergonzara, pero declarar que había sido controlado por el bajo instinto sería humillante. Sobre todo delante de ese par.

—Intensa —resumió en una palabra.

—Hmm —Jiraiya rascó su cabeza, analizando lo dicho por el reinante—. Interesante —miró con interés a Indra—. Muy interesante. Quizá deba comprobarlo por mi cuenta y ver si lo que dices es verdad. Puede que encuentre la respuesta si me permites entablar una conversación con la susodicha...

Indra le dedicó una mirada malhumorada a Jiraiya quien rió con nervios. Tocó un nervio sensible.

—El que te comportes posesivo con una súcubo insignificante da mucho de qué hablar —susurró Tsunade al ver el comportamiento de Indra quien, confundido, le miró.

—No soy posesivo —respondió con simpleza—, solo la encuentro lo suficientemente entretenida para que siga en mi lecho.

—¿Desde cuándo el Señor de la Lujuria duerme con la misma persona más de una vez? —preguntó Tsunade.

—No solo duermo con ella, también le enseño.

—¿Enseñar? —cuestionó Jiraiya.

Indra suspiró.

—Es una súcubo inexperta.

—¿Inexperta? —preguntaron ambos Entes.

Indra asintió. Hubo un silencio entre los tres y Jiraiya como Tsunade se miraron entre ellos para después estallar en risas.

A Indra no le causó gracia.

—¿Una súcubo inexperta? —Jiraiya volvió a reír con fuerza—, sí, claro. Es el chiste más divertido que has contado, Indra.

—No fue un chiste —cortó—, es la verdad. Esta súcubo tiene rasgos peculiares. Y el hecho de que haya despertado mi poder debe significar algo.

Tsunade dejó de reír y miró a Indra confundida.

—¿Has hecho algo al respecto?

—He llamado a Ino para que revise sus memorias y me de alguna pista de su origen —miró a los dos demonios—. Por eso los solicité para que puedan decir su opinión acerca de esto.

—Una súcubo inexperta, capaz de despertar el poder del monarca de estas tierras a través del acto... —Tsunade cerró los ojos para una mejor concentración—. Jamás he escuchado sobre algo similar.

—No es como si todos los días llegara a nuestras escritorios un caso tan peculiar —razonaba Jiraiya.

Indra puso una mueca.

—¿Es todo lo que pueden decirme?

—No seas precipitado —regañó Tsunade—. Investigaremos en nuestra biblioteca si algo así ha sucedido antes. Que una súcubo pueda despertar tus poderes puede ser perjudicial. Tus súbitos cuestionarían tu autoridad.

—Sin dudarlo —añadió Jiraiya, asintiendo a lo dicho por Tsunade.

—Buscaremos la respuesta a tu duda, mientras tanto te aconsejo mantener vigilada a la súcubo.

—No pretendía dejarla ir en primer lugar —aclaró Indra.

—En ese caso Jiraiya y yo nos retiraremos para cumplir con tu mandato —Tsunade se puso de pie, llevándose su botella de vino con ella—. Una vez tengamos tu respuesta te lo haremos saber.

—Bien —aceptó Indra la condición.

—Yo también me retiro —ahora fue el turno de Jiraiya, haciendo una reverencia hacia su persona y girando con gracia para seguir a Tsunade—. Amorcito, no te vayas...

Indra rodó los ojos cuando unas llamaradas violentas inundaron el pasillo, escuchando los gritos de Jiraiya.