El viento le raspaba la mejilla, trayendo consigo una sensación de tranquilidad y silencio mientras las olas lamían sus pies, que se hundían en la arena húmeda. El agua estaba un poco fría, pero para Itadori se sentía perfecta para echarse un chapuzón y sumergirse para ver los corales. Era una lástima que, por las recientes lluvias, las actividades de buceo estuvieran suspendidas, así que solo podía quedarse de pie, mirando cómo el mar se extendía a kilómetros y kilómetros de distancia, demostrándole de nuevo que todo era más grande que él.
Era una impresión a la que estaba acostumbrado, aunque no todo el tiempo le daba la vibra pacífica que este lugar trataba de emular.
Solo estaban el viento, las olas arrastrándose y el silencio.
Ahora siempre había silencio.
Por lo que pareció mucho tiempo, deseó silencio; su mente siempre tenía una voz espeluznante que trataba de atormentarlo y que se había vuelto costumbre, un ruido de fondo con el que lidiar debido a su incómoda presencia. Y ahora que lo tenía, tras muchos años desde que el ruido de un inquilino involuntario se fue, todavía le desconcertaba el silencio de su propia cabeza. La sensación era la misma, ya sea que estuviera en Japón o en la isla remota de Tioman.
Itadori levantó la mano antes de que pudiera procesar qué era lo que estaba sucediendo, su cuerpo moviéndose más rápido que el procesamiento de su cerebro. La mano se levantó y abrió los dedos, deteniendo algo redondo en el aire. Hasta que bajó el objeto, Itadori se dio cuenta de que era una pelota de voleibol.
—¡Excelentes reflejos, como siempre, Itadori! —Ino dio una palmada mientras caminaba con una playera amarilla abierta y shorts azules; ya no había rastro alguno de su uniforme como hechicero—. Nunca me decepcionas. Ven, juega conmigo un rato.
Itadori, un poco desconcertado pero animado por la actitud positiva de Ino, se movió hacia adelante, tomando impulso para lanzar la pelota al aire. Ino la recibió con un salto y lo guió hacia una red que estaba solo un poco más adentro de la playa.
No era precisamente temporada de turismo en Juara Beach y, sumado a las últimas tormentas que habían sido la causa de que ellos estuvieran allí, la playa estaba prácticamente desierta, de no ser por un par de inquilinos que habían venido de campamento y los lugareños.
Ino siguió lanzando la pelota al aire a través de la red. Itadori la recibía con una velocidad y destreza dignas de su antiguo título en secundaria: El Tigre del Oeste. Aquellos días no solo se sentían como si fueran de otra vida, sino que también empezaban a desvanecerse entre muchos otros recuerdos. Las memorias pasaban como un borrón desenfocado y con parches oscuros. Entonces, cuando la pelota volvió a él, puso un impulso extra en ella de forma involuntaria, y esta salió con mayor fuerza.
Ino la recibió retorciéndose un poco y riendo. No parecía haberse dado cuenta de que Itadori había puesto un poco más de fuerza en el lanzamiento, mientras que él se miraba las manos callosas y mutiladas, como si fuera la primera vez que se diera cuenta de eso.
Se había quitado los guantes, ya que había pensado en mojarse un poco en la orilla, así que ahora veía los cortes en sus manos, los dedos faltantes, los callos prominentes, las uñas gruesas y afiladas que no eran de un humano, y los rastros de su propia sangre atrapados entre las uñas cuando había exterminado a la maldición de hoy.
Ni siquiera había requerido utilizar la técnica de sangre para pelear; golpear de frente era su especialidad, pero a veces sentía que olvidaba cómo manejar la técnica y el dolor continuaba siendo su leal mentor. Un trofeo de castigo y disciplina para mantener su mente enfocada. Así que lo había usado a pesar de que no había necesidad, y su sangre había atormentado a la maldición en cada golpe que le daba, como si fuera ácido en la piel descubierta.
Ino golpeó su cabeza con la pelota. Itadori notó el momento en el que su compañero arrugó los ojos con preocupación. Bastó solo un instante para que Itadori reaccionara a su distracción, respondiendo a la preocupación de Ino encogiéndose de hombros y extendiendo una sonrisa pequeña y fácil, que no iba acorde con sus conexiones cerebrales.
—Sé que has estado muy ocupado y, a pesar de eso, no dijiste que no para acompañarme en esta misión —empezó Ino, lanzando un suspiro mientras se apoyaba en una pierna—, pero quería que vinieras conmigo. Desde hace tiempo quería enseñarte este lugar. Así que disculpa por sacarte de tu probable descanso, te lo recompensaré, ya verás.
Le hizo un ademán para que lo siguiera. Itadori lo persiguió hasta que ambos se sentaron debajo de una palmera; Ino había extendido una toalla para cada uno. Él se recostó primero, dejando la pelota de lado e invitando a Itadori con un gesto de la mano.
—Entonces... ¿no me invitaste porque necesitabas ayuda? —inquirió Itadori una vez que se hubo sentado. Ino le pasó un coco con una pajilla.
—Bueno, había calculado cuánto tiempo me tomaría cazar la maldición solo. Contigo, fue solo una cuarta parte de lo que había pensado. Así que sí, sí quería tu ayuda... para disfrutar de esta isla paradisíaca más rápido.
Como probando un punto, Ino extendió una mano al cielo y estiró las piernas, dando un sorbo entusiasta a su coco.
El ambiente, de pronto, adquirió un tono más frío, y la mirada de Ino se tornó nostálgica.
—Quería ver este lugar contigo. Este fue el lugar al que él había decidido venir cuando tuviera vacaciones.
El sorbo de Itadori quedó incompleto cuando las palabras atravesaron sus oídos. Su vista se quedó atrapada en el inmenso e inmortal océano, llevándose una parte de las palabras, mientras que la otra rebotaba en su mente.
Sumergió un pulgar en la arena. No había necesidad de aclarar de quién estaba hablando.
—Era un poco tonto. Los hechiceros no tenían vacaciones en aquel entonces, tampoco seguro de daños ni programas de jubilación. Era curioso cómo trataba de ver este trabajo de vida o muerte como solo otro trabajo más. Supongo que era una especie de método de afrontamiento. Es un poco raro, pero útil, supongo.
Itadori no tenía idea. Incluso si había entrenado un tiempo al lado de Nanami, solo sabía un poco sobre su metodología de trabajo. Era protector y estricto, y la mayoría de las veces Itadori se había encontrado hablando para llenar el vacío del taciturno hechicero. Tal vez Nanami se había enterado de un montón de cosas inútiles sobre él, pero Itadori no sabía mucho de Nanami.
—No sabía que le gustaban las playas —confesó, sin saber bien qué aportar.
—Supongo que era un sueño frustrado. De adolescente, quiso ir una vez con sus amigos. Pero bueno, nunca pudo hacerlo. Creo que pensaba que podía descansar mientras se reencontraba con ellos —Ino dio un sorbo ruidoso, mirando la extensión donde el mar se perdía en el horizonte—. Quería venir solo, pero le dije que eso era deprimente y que lo iba a acompañar. Después de mucho ruego, me dijo que sí. Vaya, qué terco, como una piedra. Lo tomé como una pequeña victoria.
Itadori desvió la mirada. Había una sonrisa suave en el rostro de Ino, y sus ojos oscuros brillaban con nostalgia y aprecio. No había ningún rastro de los pinchos de culpa que Itadori sentía en su pecho.
—Ino-san —tomó una profunda respiración—, ¿por qué me trajiste?
—¿No es obvio? —Extendió la sonrisa hasta enseñar los dientes—. ¡Quería que vinieras conmigo al lugar al que quería venir con Nanami-san!
Hubo un silencio entre los dos. Itadori bajó el coco y lo dejó reposar en medio de sus piernas cruzadas. El paisaje, precioso, se sintió asfixiante cuando se dio cuenta de que este era un escenario que Nanami-san añoraba ver, pero que nunca pudo. Ahora estaba él aquí, recogiendo los pedazos y disfrutando de una vista increíble de la cual no podía deleitarse.
—Probablemente lo hubiera convencido de que vinieras con nosotros. Le agradabas mucho. Tengo el presentimiento de que hubiera sido más fácil de convencer contigo.
—Bueno.
Itadori se sobresaltó cuando Ino le dio una palmada para nada gentil en la espalda.
—Oye, amigo. No te estoy contando esto para que te deprimas —Ino lo señaló con la pajilla, sus cejas juntándose en un ceño fruncido—. Hablar sobre las personas que se fueron también es una forma de seguir adelante. No puedes permitir que un buen hombre como Nanami-san se convierta en un montón de cascarillas de huevo por donde no quieres caminar y que se quede olvidado en el silencio.
Él volvió a sumergir la pajilla y dio un largo sorbo. Por un momento, la mirada de Ino se desenfocó para luego suspirar, como si tuviera un peso en los hombros que no le dejaba respirar.
—Nanami-san no tomaba protegidos. Era un tipo duro y huraño que siempre evitaba conectarse con la gente. Y aunque no era fácil conectarse con él, siempre era precavido con su corazón, como una enorme coraza. Así que siento que tengo un pequeño hermanito de fraternidad contigo.
—Al parecer, siguen apareciendo hermanos míos por todas partes.
Aunque no era precisamente con la intención de causar gracia, sino de señalar un hecho, Ino bufó aguantando una risa. Se frotó la nariz porque había salido un poco de agua de coco de ella en su intento por evitar reírse.
—Sí, ajaja —Ino se limpió con su camisa, la sonrisa extendiéndose en sus labios—. Creo que sí, todos quieren tener un genial y adorable hermanito menor como tú.
—Ugh. Creo que pasó. Mi árbol familiar ya es muy extraño como para extenderlo más.
Esta vez, Ino se carcajeó, e Itadori no pudo evitar esbozar una tímida sonrisa. El hombre le daba palmadas duras en la espalda del muchacho.
Ino era un aliado confiable. Siempre había sido uno de esos superiores que nunca lo miró con un destello de desconfianza por su estado como barco de Sukuna (aunque probablemente era porque cuando se conocieron, él no lo sabía). Pero incluso cuando lo supo, Ino se acercaba a verificar su estado cada vez que podía.
Por mucho tiempo, Itadori pensó que había sido una especie de sentido del deber, ya sea por su posición como hechicero de alto rango o como un vestigio de la última voluntad de Nanami. Takuma Ino parecía ese tipo de hombre que honra para siempre la voluntad de los muertos.
Así que había sido una sorpresa agradable que Ino siguiera viniendo y llamando después de que Yuji Itadori fue reconocido como un hechicero de grado especial, pues ya le superaba en rango.
Tal vez era algo que todos querían hacer: ver qué tal seguía de vivo el antiguo barco de Sukuna. Tal vez estaban pensando si este año había perdido la cabeza. No era como si alguien lo hubiera dicho, pero Itadori no podía evitar detenerse a pensar en las posibilidades.
Aunque había momentos en los que quería disfrutar de la calidez que las personas le daban, muchas veces se sentía como algo sucio que no merecía. El pensamiento no podía evitar abrirse paso en su mente cada vez que no estaba peleando por su vida, así que era más fácil seguir peleando una guerra de la que no estaba seguro de cuándo terminó o si siquiera lo hizo.
Ino se levantó de golpe, casi llevándose con él a Itadori hacia atrás.
—¡Basta de pensamientos deprimentes! —gritó Ino, levantó las manos al aire para tomar impulso—. ¡Estamos en una isla paradisíaca de Malasia! ¡Honremos la memoria de Nanami-san con un buen par de bebidas!
...
Ino estaba moviendo las manos al aire otra vez mientras balbuceaba algo entre dientes. Itadori tuvo que moverse hacia atrás para recuperar el equilibrio, acomodándolo de nuevo en la espalda para que ambos no volvieran a irse de bruces hacia atrás.
Ino se había vuelto robusto y ancho, pero Itadori seguía siendo más fuerte que él, así que no tenía ningún problema con cargarlo en la espalda y llevarlo hasta su habitación. Además, Ino era más bajo en estatura que él. Cómo cambian las cosas con el tiempo.
—Itadowiiiiii~ —susurró Ino con tono meloso, como un colega que invita a otro a acercarse para ver algo interesante y tonto—. Bebamos -hip- más, niño Itadowiiii~
—Ya estás muy borracho, Ino-san, vamos a dormir.
—Erezz muy confiableee, niño~
—Sí, sí, sí.
Cuando Ino había salido corriendo, gritando algo sobre "¡Dejar ir los pensamientos negativos y disfrutar de la vista~!", Itadori no pensó que su idea de diversión sería ponerse a bailar durante cuatro horas en medio del salón del buffet del hotel y luego quedar tan borracho que ni siquiera podía caminar derecho.
Ino tardó tres de las cuatro horas en darse cuenta de que el alcohol no afectaba a Itadori, mientras que él estaba rojo como un tomate, tambaleándose en cada momento en que Itadori tenía que sostenerlo de un brazo, como a un anciano ciego que cruza la calle sin la ayuda de su bastón y sin una pierna.
No es que él no se hubiera divertido. Itadori había hablado con un par de turistas agradables y había bailado un rato. Aunque había tomado un poco, el sabor era solo amargo; pasaba por su sistema como un rayo y luego su hígado sobrenatural lo metabolizaba tan rápido que, para Itadori, solo era como una especie de tic nervioso antes de sentirse de nuevo bien. Había escuchado la experiencia de Kamo-senpai y Choso, pero siempre vivirlo era un poco raro.
Cuando fue claro que Ino ya no le estaba prestando atención, él se había retirado con la intención de probar postres extranjeros. Se quedó en una esquina como un centinela, masticando en silencio fideos de arroz jugosos con palma dulce y trozos de coco rallado. Putu mayang, le habían dicho.
Pidió que le dieran tres cajas de kuih lapis cuando le ofrecieron una muestra gratis, pensando que podrían gustarle a Gojo-sensei, Haruto y Kugisaki.
Cuando todos estaban metidos en su mundo, la máscara caía y solo quedaba la mirada de piedra que sentía que se había vuelto su nueva cara.
Mientras veía las caras sonrientes y despreocupadas de los extranjeros y algunos locales, se preguntaba qué habría sido de ellos si Ino y él hubieran llegado un par de días más tarde.
Tras la muerte del maestro Tengen hace seis años, la concentración de maldiciones se había extendido al resto del mundo. Mientras que Japón se había encontrado como un pozo de maldiciones durante mil años debido a la barrera divina de Tengen, ahora que esta se había desvanecido, era como si el mundo retrocediera a épocas antiguas, con la energía maldita manifestándose en distintas partes del planeta y liberando las maldiciones que el maestro Tengen había mantenido selladas.
Aunque ya no eran tan monstruosas como lo habían sido en Japón, todavía existían vestigios acumulados de energía maldita que debían ser exorcizados: lugares que siempre habían almacenado oscuridad y donde habían ocurrido cosas horribles, o personas que traían consigo una maldición transferida por alguien más.
Y aunque ya no había muchos casos, todavía había personas que se veían afectadas de forma negativa por la energía maldita. Al no haber estado expuestas a ella debido a la barrera, no tenían ninguna especie de protección, lo que provocaba una mutación en su alma que se reflejaba en su cuerpo.
La maldición de la isla Tioman era una de esas: una persona maldecida por alguien más a tal punto que la maldición prácticamente lo había devorado y ahora crecía a partir de su animosidad.
En un lugar tan apartado como este, el caos no habría tardado en llegar. Pero ahora que las naciones estaban informadas de estos casos, Ino había llegado a tiempo para evitar una tragedia.
Los hechiceros estaban cada vez más identificados y, aunque ahora se trataba de orientar a la población para hacer uso de su propio flujo de energía y evitar tragedias, siempre existían personas dispuestas a cobrar para hacer daño a los demás.
No era amable consigo mismo al sobrepensar demasiado en eso, pero para él, la hechicería lo era todo. Siempre que la usaban para dañar a los demás, sentía una especie de ataque personal que no podía quitarse de encima.
O tal vez era algo más. Se le venía a la mente un puñado de personas que habían influido en su crecimiento a costa de perder la vida por decisiones similares, o que se la habían quitado a alguien más con esa vertiente de pensamiento.
¿Tal vez se había vuelto un insensible paranoico? Ya no sentía que disfrutaba de las cosas y fingir era más sencillo que preocuparse, pero no dejaba de trabajar. Y a pesar de que prácticamente podía dormir en cualquier parte, últimamente no estaba durmiendo bien.
El tiempo estaba pasando, el mundo seguía su curso, los niños seguían creciendo, el futuro estaba por delante. Pero una parte de él sabía que había dejado de avanzar y, con cada año que pasaba, solo se volvía dolorosamente consciente de ese hecho.
Así que esto era fácil: cargar y ayudar. No necesitaba pensar en qué estaba haciendo mal, solo podía concentrarse en ayudar a un amigo desordenado a llegar a salvo a su dormitorio. Un paso a la vez.
Ino se retorció en la espalda de Itadori. De un movimiento, se separó con ambas manos y cayó de espaldas sin que Itadori pudiera evitarlo. Pero él apenas notó el golpe; Ino gateó hasta la orilla y vomitó en unos arbustos de la vereda de piedra.
Itadori se acercó a darle palmadas en la espalda, consolándolo.
—¿Sabes... —Ino inhaló, arrugando la cara por las náuseas— algo, Itadori?
Él no esperó a que Itadori respondiera, probablemente porque estaba demasiado borracho como para darse cuenta de lo que estaba diciendo en realidad.
—Estoy tan feliz de que hayas seguido adelante... De verdad... Estaba un poco preocupado al principio... Nanami-san había dejado una carga grande en ti y tú ya... estabas al límite...
Ino giró la cabeza con lentitud, como si tuviera las articulaciones oxidadas y estuviera forzando su cuello para mirarlo. Tenía la mirada un poco desorbitada, un par de lágrimas en los ojos y baba escurriendo por la barbilla. Hizo lo que pudo para esbozar una sonrisa, pero, de un momento a otro, estaba sollozando.
—Ah... maldición. —Todavía medio inconsciente, Ino se restregó los ojos con fuerza, pero las lágrimas no se detenían—. Ah...
Itadori continuó golpeándole la espalda, como si eso pudiera hacer que su amigo dejara de llorar, empezando a unir los cabos sobre lo que estaba pasando con Ino.
Él había cumplido 28 años hace poco. Había hecho una fiesta más pomposa que en años anteriores, invitando a antiguos superiores y nuevos colegas. Todo había estado en su lugar, hasta que al día siguiente Itadori se dio cuenta de que Ino estaba frente a la tumba de Nanami. Hablaba en voz alta, ignorante o simplemente desconsiderando si alguien estuviera escuchando lo que decía.
"¡Oye, ahora tengo tu edad! ¿Qué te parece eso, Nanami-san?"
Itadori no se quedó para saber cómo se desenvolvió todo eso. Dejó las flores en una tumba al azar y se prometió volver otro día.
Ahora Takuma Ino tenía la edad que Kento Nanami tenía cuando falleció.
El dolor de la pérdida no era suficiente. La carga que se ponía en el corazón de aquellos que se habían quedado para recordarlos solía volverse cada vez más pesada conforme el tiempo avanzaba. El recuerdo se impregnaba de culpa y remordimiento, como garras que lo mantenían en su lugar, lamentando la vida que tantos habían protegido y por la que muchos otros habían muerto.
Con que seguir adelante, ¿eh...?
Ino-san no tenía idea.
...
Ella va a insultarme mucho.
En la privacidad de su habitación, después de dejar a Ino-san seguro en su cama y asearse la arena del cuerpo, Itadori se encontró viendo su teléfono celular como si fuera un misterio por resolver, con el chat de Kugisaki abierto y su pulgar tanteando el botón de llamada.
Eran las 3:35 de la mañana. En Japón, eso era solo una hora adelante. Nobara estaba muy, pero muy dormida.
Revisó el calendario que compartía en Drive con Kugisaki y Fushiguro. Todo indicaba que ambos estaban en casa ese día. Sabía que no debía llamar a Fushiguro porque, para empezar, no iba a responderle (él apagaría el celular) y luego volvería a dormir. Su ermitaño amigo había dejado en claro que, si no era asunto de vida o muerte, debían llamar a Nobara. Si era solo por sus delirios nocturnos de insomnio, Fushiguro no iba a molestarse. Yo puedo dormir, adiós.
Pero tampoco quería molestarlo cuando lo había visto más melancólico de lo usual. Tal vez solo era la temporada, que tenía a todos apesadumbrados.
Eso dejaba a Kugisaki.
Ella contestaría. (Al séptimo tono, cuando se diera cuenta de que el desgraciado que la despertaba no había entendido el mensaje y tuviera que gritarle que dejara de joder tan temprano). Le gritaría un poco, despertaría a Fushiguro porque no podía quedarse despierta sola, y luego escucharía lo que él tuviera que decir. Veinticinco minutos después, pondría la cámara. Porque, al parecer, ella tenía que verle la cara cuando hablaban, pero no podía dejar que la vieran desordenada por el sueño. Así que se levantaría, se lavaría la cara, se peinaría, se cambiaría la camisa, se maquillaría un poco y luego enfocaría a ambos: Fushiguro medio dormido y desordenado, mientras ella lucía fresca como una lechuga.
Tentador.
Aunque no estaba seguro de si lo que necesitaba en ese momento era ver a sus dos amigos al otro lado de la cámara, juntos y preocupados por su pellejo. Ni siquiera sabía por qué tenía esa urgencia de escuchar la voz de alguno de los dos.
Incluso si eran puros insultos.
Salió del chat.
Esto era ridículo.
Pero aún no podía dormir.
Así que recorrió los demás chats, respondiendo mensajes pendientes y revisando si alguien le había escrito sobre alguna otra misión después de esta.
Se detuvo cuando su teléfono vibró con un mensaje que lo hizo regresar al inicio.
+.
Miwa-senpai
Envió una imagen.
¿Crees que esto es lindo o aterrador?
+.
Itadori ladeó la cabeza y el celular, tratando de dar forma a la fotografía. Era el dibujo de un niño pequeño... o eso creía él. Tenía toda la pinta de haber sido hecho con dos manos izquierdas de un diestro, pero al menos podía distinguir dos cosas: cinco figuras muy altas que no eran humanas (tenían cola, orejas y colores inhumanos) y, en medio de ellas, una figura más pequeña con mucho color celeste, que probablemente era un intento de imitar a Miwa-senpai.
El presunto niño había tratado de disminuir lo tétrico del asunto poniendo una gran sonrisa que intentaba ser agradable, con una curva simple y dos puntos como ojos. Pero, para Itadori, lo único que evocaba era la expresión pétrea de un daruma de nieve.
+.
Itadori-kun
Difícil predicamento.
Aunque diría que es lindo ʕ•́ᴥ•̀ʔっ
Después de todo, había visto demasiadas cosas horribles como para que algo así lo inquietara. Pero la posibilidad de que ese dibujo lo hubiera hecho un niño... eso todavía le resultaba un poco perturbador.
+.
Miwa-senpai
¿?!
¡¿QUÉ HACES DESPIERTO?! (O﹏ O)
+.
Itadori-kun
No puedo dormir, ¿tú?
+.
Miwa-senpai
¡Estoy preparándome para ir a trabajar!
Perdón, creo que debo estar interrumpiendo tu sueño.
Itadori miró la hora: 4:15 a. m. Eso significaba que en Kioto ya eran pasadas las 5 de la mañana. Más bien, era raro que ella estuviera despierta tan temprano y, además, con tanta energía. Miwa-senpai era muy responsable.
+.
Itadori-kun
No, para nada. Por cierto, el dibujo está genial :-O
+.
Miwa-senpai
¡¿Verdad que si?! ¡También creo que es lindo! Pero Nishimiya me dijo que era aterrador. Quería salir de duda.
Parecías un juez neutral.
Envió dos imágenes.
¡Tengo más!
+.
Miwa siguió enviando fotografías, algunas más perturbadoras y otras un poco más suaves. Itadori comprendió que la naturaleza de esos extraños garabatos eran los curiosos muñecos malditos que Kusakabe-san había quedado a cargo y que, al parecer, Miwa se encargaba de supervisarlos de vez en cuando. Había oído que ella estaba en esa especie de misión especial, aunque hasta donde sabía, era algo así como una niñera paciente. Las almas artificiales no crecían ni aprendían; se quedaban en un estado infantil perpetuo. Aunque algunas veces se volvían conscientes de su entorno, rápidamente lo olvidaban, como un pez dorado. Muy diferentes a Panda-senpai, quien sí aprendía, crecía y se desarrollaba, logrando tener su propio pensamiento sin olvidar los detalles.
Ahora recordaba que él le había invitado en más de una ocasión a visitar a lo que él llamaba "sus hermanos", pero por estar ocupado con misiones nunca se había animado. Aunque ya le estaba entrando mucha curiosidad. Miwa-senpai lo había descrito como "cuidar a un niño con sobredosis de azúcar y demencia senil". No estaba muy familiarizado con el trato con niños y hacía tiempo que no cuidaba de un anciano, pero había enfrentado maldiciones horribles. No podía ser peor.
Cuando le comentó a Miwa su intención de visitar a los muñecos malditos, ella, mientras describía a los niños (al parecer se había detenido a tomar un café mientras le seguía escribiendo), aplaudió encantada, diciendo que se lo iba a comentar a Kusakabe-san y que podrían coordinar la visita cuando él regresara de la misión.
Cuando el sol comenzó a salir en el horizonte y Miwa tuvo que desconectarse, Itadori se encontró mirando el chat de Line con el estado de "desconectado" de la chica. Sintió los ojos caer en un sueño sin sueños, con el extraño predicamento de que Miwa-senpai era como un viento fresco en un desierto que no había visto más que decadencia en mucho tiempo.
Hubo emojis que tuve que borrar porque fanfiction no me los reconocía T.T ¡Pero eso no me detuvo! Agradezco los favoritos que le han dado a la historia, Muchas gracias~ Esto no será completamente romántico (o quizás si, depende de como lo veas), sino más bien un estudio de personajes, una introspección. Estos dos tienen un nudo de pensamientos pesimistas tan grande como el iceberg que hundió al Titanic, y con el tiempo, solo ha ido profundizándose. Así que tengan paciencia con esta quemadura lenta que está en ciernes, muahaha .
Hay mucho que decir sobre este capítulo, pero para darles un poco de contexto: el final de Jujutsu Kaisen aquí es un poco diferente al del canon. Este escrito forma parte de una serie que estoy creando (que es principalmente GojoHime) y que consiste en "recuentos", pero desde mi perspectiva. En esta versión, Tengen tiene un papel más protagonista en el cierre.
La historia está ubicada 6 años después de los eventos del manga, lo que nos coloca en 2025, a finales de enero (¡JA, SE ME ESCAPÓ EL CÁLCULO!). No hay una fecha oficial del cumpleaños de Ino, así que aproveché eso a mi favor. Itadori tiene 21 años por ahora.
Chousou está vivo en este fic, lo escribí antes de su muerte, así que... ¡Nel, mi fic, mis traumas! Ya tengo planeada su historia de cómo volvió, y verán algunos "pantallazos" en este fic que originalmente tenía pensados, aunque ahora son un poco más tristes, sabiendo cómo terminó Chousou en el canon.
AHHHH, GRACIAS A TODOS POR LEER EL PRIMER CAPÍTULO . Me hizo muy feliz ver tantas personas interesadas en la historia.
Si quieres enterarte de futuros anuncios de esta historia y otros proyectos míos, puedes seguirme. En mi página Facebook me encuentras como Lady Delamort para anuncios, actualizaciones, wips y muchas cosas más. También me puedes seguir en mi cuenta personal de X como infinite_btfly.
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Gracias por regresar a esta lectura. Déjame saber qué te pareció y comparte tus opiniones. Leo todos sus mensajes e intento responder lo más rápido posible. ¡Nos leemos pronto! ¡Cuídense mucho!
Y feliz cumpleaños atrasado al niño Itadori (y también a la nena Miwa ajaja). Tenía el capítulo listo para su cumpleaños, pero como practicante un año solo con el primer capítulo, decidí dejar reposar el segundo para sentir la conexión al editarlo. Hehe, disculpen la alarma temprana.
¡Gracias por leerme, calabacita!
