Amor Entre las Páginas Prohibidas.
La Biblioteca Central Metropolitana de Tokio siempre había sido un lugar silencioso. El murmullo del viento entre las ventanas altas, el leve crujir de las páginas al pasar… todo era armonía. Y en el centro de ese mundo de papel, estaba Ruri.
Con su cabello recogido en una trenza baja y sus gafas resbalando a veces por su nariz, Ruri era la imagen perfecta de una bibliotecaria dedicada. Cada mañana llegaba antes de que saliera el sol, y cada noche era la última en irse. Amaba su trabajo. Amaba los libros. Y amaba, con dulzura silenciosa, a Chrome.
Chrome, su novio desde hacía dos años, era uno de los médicos más brillantes del país. Pero la brillantez venía con un precio: horarios interminables, llamadas urgentes a medianoche, operaciones de último minuto. Su amor se había convertido en mensajes de "te extraño" y citas canceladas.
Últimamente, la soledad se le pegaba a la piel como la humedad en las páginas viejas.
Fue entonces cuando apareció él.
—Buenas tardes~. Disculpa, estoy buscando algo… especial. ¿Tú eres la bibliotecaria?
Ruri alzó la mirada, tranquila y educada.
—Bienvenido a la biblioteca... Sí soy la bibliotecaria, Ruri. ¿Puedo ayudarte a encontrar algo?
Gen Asagiri. Sí, ese Gen Asagiri. Lo reconoció al instante: sonrisa carismática, voz melodiosa, y ese aura de quien siempre parece saber exactamente lo que hace. El Famoso presentador de televisión, escritor ocasional y rostro recurrente en revistas de espectáculos. ¿Qué hacía alguien como él en un sitio como ese?
—Estaba buscando Las confesiones de un alma errante, de Aoyama Kaoru. ¿Lo tienen?
—Es una edición rara… pero sí. Está en la sección de literatura contemporánea japonesa. estante C-4. ¿Quieres que te acompañe?
Él sonrió, ladeando la cabeza con ese aire encantadoramente despreocupado.
—Si no es mucha molestia, me encantaría.
Lo condujo entre los pasillos silenciosos, donde la luz cálida caía en haces polvorientos. Gen la observaba de reojo. Cabello dorado, trenzado con esmero, y una expresión tranquila, casi estoica. Pero en sus ojos había una sombra.
—¿Siempre es tan tranquila esta biblioteca? —preguntó.
—Sí. Y eso es lo que más me gusta de ella —respondió Ruri sin girarse.
—¿Y tú? ¿Siempre tan tranquila?
Ella soltó una risa suave.
—Solo cuando no tengo que lidiar con estudiantes que subrayan los libros con marcador fluorescente.
—Qué crimen —dijo Gen, riendo también.
—Uno de los peores.
Aquella primera conversación duró más de lo esperado. Empezaron hablando de Mishima, luego de Aoyamai, luego de poesía, luego… simplemente hablaron. Ruri se sorprendió riendo. Se sorprendió disfrutando.
Al entregarle el libro, sus dedos se rozaron. Un gesto mínimo, sin importancia. Pero Gen lo notó. Y lo guardó en su memoria como un secreto.
Gen volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.
—¿Otra vez por aquí? —preguntó Ruri con una ceja arqueada.
—¿No puedo desarrollar repentinamente un interés obsesivo por la lectura?
—Mientras no rayes los libros…
—Lo juro solemnemente.
Ella volvió a sonreír, apenas, fugaz. Luego su mirada se desvió hacia la ventana, como si esperara ver pasar a alguien. Gen lo notó.
—¿Esperas a alguien?
—No. Solo… estoy pensando —respondió, algo evasiva.
—¿Puedo adivinar? Alguien que últimamente no viene tan seguido como solía.
Esta vez, Ruri lo miró directamente, con una franqueza que no había mostrado antes. Gen sostuvo su mirada con serenidad, sin burlas.
—Mi novio es médico. Está muy ocupado. Salva vidas… no puede simplemente dejar todo por mí.
—Claro. Claro… Aunque, no sé. A veces también es importante salvar corazones cansados, ¿no?
Ella bajó la mirada, con las mejillas apenas sonrojadas. Pero no respondió.
Gen comenzó a llegar con café en mano. A veces, traía libros que sabía que le gustarían. Y frases suaves, lanzadas en voz baja, como quien no espera respuesta, solo una sonrisa.
—Este libro de poesía tiene un poema que me hizo pensar en ti. ¿Puedo leértelo?
—Solo si no es uno de esos donde termina muriendo alguien —respondió Ruri, algo a la defensiva pero con una chispa de curiosidad.
—No, no. Este habla de una mujer que camina sola entre libros, mientras el mundo espera que ella recuerde que también merece ser mirada con amor.
Hubo un momento de silencio. Ruri cerró el libro que tenía entre manos. No lo miró.
—Gen…
—Solo estoy leyendo, Ruri. Nada más.
Al día siguiente el sonido del timbre de entrada interrumpió la quietud habitual de la biblioteca. Ruri no levantó la vista. Ya sabía quién era.
—¿No tienes un programa al que asistir hoy, señor Asagiri? —preguntó con tono neutro, aunque una pequeña sonrisa traicionó su expresión.
—Sí, lo tengo —respondió él, apoyándose en el mostrador con una taza de café en mano—. Solo vine a consultar a mi musa.
—¿Tu qué?
—Mi musa literaria. Estoy escribiendo un nuevo libro.
Ella alzó una ceja.
—¿Y necesitas una bibliotecaria para eso?
—No solo una bibliotecaria —dijo él, con esa sonrisa ladeada que parecía hecha a mano para desarmar defensas—. Necesito a la bibliotecaria que cita a Kawabata con precisión quirúrgica, que ordena a Borges por ediciones y que me recomendó una novela coreana que me hizo llorar en el avión.
Ruri se rió bajito, bajando la mirada. Su mejilla se tiñó levemente de rosa.
—Eres un presentador, Gen. Sabes cómo usar las palabras.
—¿Y tú sabes que eso no lo hace menos real?
El silencio entre ellos se volvió casi tan elocuente como las palabras. Gen se acomodó en una de las mesas cercanas, sacando una libreta de cuero. Ella lo observó por el rabillo del ojo. Escribía con pluma. Eso le gustó.
—¿No usas computadora?
—Nunca para escribir ficción. Las ideas merecen tinta —dijo él, sin mirarla—. El papel me obliga a pensar. A comprometerme.
—Eso suena como algo que diría un escritor romántico del siglo XIX —comentó Ruri, acercándose para dejar unos libros sobre la mesa.
—¿Y si lo soy? —respondió, alzando la mirada—. ¿Tú crees en el romanticismo?
Ruri parpadeó, confundida por el doble sentido. Gen lo notó. Sonrió. Se estiró como un gato satisfecho y se inclinó hacia ella, apenas unos centímetros.
—Digo… en los libros, por supuesto.
Ella fingió una mueca de fastidio, pero sus ojos no lograban ocultar la chispa de diversión.
—A veces. Cuando no es forzado. Cuando se siente… sincero.
Gen asintió, volviendo a escribir, pero su voz continuó suave, casi como si pensara en voz alta.
—Eso es lo que busco. Algo sincero. Una historia que se sienta como cuando entras a esta biblioteca: paz, pero con la promesa de algo que aún no has descubierto.
Ruri no respondió. Caminó hacia otro pasillo, pero el corazón le latía más rápido. No por las palabras en sí, sino por cómo se sintieron. Ella estaba acostumbrada a la soledad, a la compañía de libros y a una relación que se había vuelto más rutina que refugio. Pero Gen…
Gen la veía. No como "la novia triste", no como la "chica de las estanterías". La veía como una mujer completa, compleja, y, para su sorpresa, deseada.
Y eso la hacía sentirse extraña.
Pero no mal.
Extraña… en un buen sentido.
Esa noche Ruri cerró la puerta de la biblioteca con el suave clic de la cerradura, la llave girando como un suspiro de despedida. Afuera, el aire olía a hojas húmedas y asfalto recién lavado. Caminó a casa con los pensamientos adormecidos, la rutina envolviéndola como una manta familiar.
Al llegar, dejó las llaves en el cuenco de cerámica junto a la puerta, se descalzó con cuidado, y puso agua para el té. Encendió la televisión sin pensar demasiado, buscando solo un poco de ruido que llenara el silencio.
Pero la voz que sonó desde la pantalla la hizo girarse de inmediato.
—Y como cada semana, tenemos con nosotros a Gen Asagiri, el alma detrás de Letras al Viento. Gen, ¿qué nos traes esta noche?
La cámara enfocó su rostro. Sonrisa encantadora, mirada directa al público. El mismo Gen que, hacía unas horas, le había dejado un libro en el mostrador con una nota dentro.
—Hoy quiero hablarles de los encuentros inesperados —dijo él, con ese tono cálido que parecía envolver a quien lo escuchara—. Esos que ocurren cuando buscas un libro… y terminas encontrando a alguien que te recuerda por qué aún crees en la belleza del mundo.
Ruri se quedó de pie, frente al televisor, con el control remoto suspendido en el aire. Su taza de té olvidada sobre la mesa, el vapor disipándose sin ser notado.
—Ella es… fascinante —continuó Gen, su voz más baja, más íntima—. Habla bajito, pero cada palabra suya tiene peso. Ama los libros con la devoción de quien encuentra en ellos refugio… o quizá una forma de mantenerse entera.
—Suena como si te hubiera tocado el corazón, Gen —comentó el presentador con una sonrisa cómplice.
Gen ladeó la cabeza, sonriendo también, como quien no quiere dar demasiadas pistas, pero tampoco puede evitar dejar escapar algo.
—No diré nombres, claro. Además… me temo que su corazón ya está ocupado. O eso parece. Pero a veces, incluso las historias no correspondidas merecen ser contadas, ¿no creen?
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Lleno de significados.
Ruri bajó lentamente el control remoto. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera salir a buscar respuestas. Algo en su pecho se revolvió, como un papel que se arruga por dentro. No quería admitir que sabía exactamente de quién hablaba Gen. Y no quería admitir cuánto le había gustado escucharlo decirlo.
No esa noche.
Y sin embargo, no pudo cambiar de canal.
CONTINUARÁ
