Londres, distrito de Mayfair — 9: 30 p.m.
Noche cerrada, entre sombras de faroles dorados y pasos sobre adoquines húmedos.
La ciudad comenzaba a recogerse en sus propios pensamientos cuando Dominick decidió detenerse. Las horas acumuladas en pesquisas, documentos, interrogatorios y escenas no le habían dado tregua durante días. Y aunque su temple era férreo, hasta el hierro debe descansar o terminaría por resquebrajarse.
El detective —aunque esa noche no deseaba portar ese título— se encaminó hacia un bar del que había oído hablar. Nada ostentoso, pero vestido con la clase suficiente como para no desentonar con su porte. Al entrar, una campanilla de bronce anunció su presencia. La iluminación era cálida, íntima, y una melodía de jazz acariciaba los rincones con lentitud. El lugar olía a madera antigua, licor añejo y perfumes discretos.
Se sentó en la barra sin quitarse la gabardina, el rostro medio oculto por la sombra del sombrero. Un gesto con la mano y la voz grave pidió lo necesario:
Dominick: Lo más fuerte que tengas
El barman —un hombre de unos cuarenta años, barba prolija y ojos vivaces— le sirvió una copa de cristal fino con un líquido ámbar que despedía notas de roble y humo. Pero lo que llamó su atención no fue la bebida, sino la mirada detenida del cantinero en sus ojos.
—Takoy chisty goluboy... - musitó el hombre con una leve sonrisa: Nunca vi un azul tan transparente.
Dominick lo miró con algo de sorpresa, pero no por el elogio, sino por el idioma. Una sonrisa ladeada brotó en su rostro antes de responder con naturalidad:
Dominick: Spasibo. Znachit, my oba russkiye: Gracias. Entonces somos ambos rusos.
Un breve instante de entendimiento se selló entre ellos, como si esa lengua compartida tejiera un lazo sutil que la nacionalidad suele otorgar en tierras lejanas. El diálogo continuó entre sorbos lentos y una cordialidad tranquila. El barman servía a otros clientes, pero siempre regresaba con una frase más, una pregunta suave.
—¿Y qué lo trae a Inglaterra, si puedo preguntar?
Dominick elevó ligeramente la copa antes de responder.
Dominick: Trabajo… el tipo que no puedes dejar atrás, ni aunque quieras - evita detalles, como siempre - ¿Y usted? - reviró con la cortesía propia de quien sabe llevar una conversación - ¿Cómo acabó sirviendo copas aquí?
El hombre rió suavemente mientras secaba un vaso con su paño blanco.
—Digamos que prefiero los secretos contados con whisky a los que se susurran en callejones. Aquí, al menos, tengo luz y jazz
Dominick asintió, apreciando esa filosofía. Era, sin duda, un alma que entendía la carga de los demás.
Pero fue entonces cuando el barman se inclinó ligeramente hacia él y señaló con un gesto apenas perceptible al extremo opuesto del local.
—Parece que tiene admiradores, señor Levin
Dominick alzó la vista, sin brusquedad. Y la vio. Una mujer sentada sola, vestida con una elegancia contenida, de facciones serenas y mirada profunda. Su cabello oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus labios dibujaban una sonrisa leve, cómplice, como si le leyera el pensamiento. No era ostentosa, pero había en ella una belleza genuina y una curiosidad que atravesaba distancias.
El detective volvió la mirada al frente con la serenidad de quien ha sido observado muchas veces, pero su mente ya estaba intentando descifrarla.
No supo, en realidad, cuándo se unió a su conversación. Quizá fue una invitación tácita, quizá una broma compartida con el barman que le dio pie a acercarse. Lo cierto es que cuando se dio cuenta, ella estaba ahí, al lado suyo, con una copa en la mano y las palabras fluyendo con la naturalidad de un río antiguo.
Rieron. Compartieron anécdotas breves, sin demasiada profundidad, pero con esa sensación de compañía inesperada que a veces brinda la noche. Por un momento, Dominick olvidó el peso del caso, los cadáveres, las cartas, los sospechosos. Olvidó incluso que era detective.
Y simplemente se permitió, por un par de horas, ser un hombre.
[…]
Mayfair, Londres – El bar "The Silver Fox" : 10:13 p.m.
El ambiente seguía acogedor, aunque la clientela comenzaba a mermar. El barman, llamado Mikhail según dijo entre copas, fue requerido por otros clientes. Se despidió momentáneamente de la conversación con un guiño cómplice, dejándolos a solas en la penumbra de la barra. Ahora solo quedaban ellos: el detective ruso y aquella mujer de voz envolvente y perfume sutil, que le hablaba con naturalidad, como si lo conociera de otra vida.
La conversación, que había empezado entre risas y anécdotas de ciudad, fue volviéndose más íntima, más densa… más cargada. Entre pausas largas y miradas detenidas, los cuerpos se acercaron. Ya no había necesidad de llenar los silencios con palabras. Ella lo dijo con sutileza, sin ambages:
—¿Qué tal si buscamos un lugar más privado?
Dominick no respondió con palabras. Solo sonrió, de ese modo casi indolente que lo hacía parecer siempre en control, y sacó un par de billetes del bolsillo. Pagó no solo las copas de ambos, sino también las del barman. Luego se levantó, ayudándola a bajar del taburete con esa galantería innata que a veces olvidaba que tenía.
Mayfair, calles exteriores — 10:47 p.m.
El aire era gélido y la niebla comenzaba a cernirse como un velo sobre las calles. Sin dudarlo, Dominick se quitó la gabardina y la colocó sobre los hombros de ella, con un gesto que parecía sacado de un recuerdo lejano, quizá de su tierra natal, donde el invierno era más cruel. Ella lo miró con agradecimiento y un dejo de ternura que él esquivó con la vista.
Mientras caminaban, sus manos se rozaban levemente, con la tensión vibrante de algo contenido. Entre murmullos suaves y pasos lentos, se detuvieron frente a un edificio discreto pero elegante: un motel de fachada pulcra y jardines cuidados, que ofrecía más privacidad que escándalo.
Distrito de Westminster, Motel "Rosehill" – 11:03 p.m.
Dominick pagó la habitación sin titubear. El recepcionista los miró sin juicio alguno. Estaban acostumbrados a huéspedes así: elegantes, silenciosos, sin preguntas.
Al llegar a la habitación, la calidez del lugar contrastó con el frío de afuera. Una lámpara tenue sobre la mesa de noche ofrecía la única luz. Una botella de vino tinto descansaba sobre la bandeja junto a dos copas de cristal. Se deshicieron de los abrigos con naturalidad y se acomodaron en el pequeño sofá frente a la chimenea.
Conversaron aún, pero las palabras se fueron extinguiendo. Las miradas se volvieron protagonistas.
Ella se sentó a su lado, acercándose hasta que su rostro quedó a centímetros del suyo. Susurró, casi en un ruego dulce:
—Solo por esta noche… olvidemos que somos dos desconocidos
Y entonces, como si las palabras hubieran sido la llave, sus labios se encontraron. El beso fue largo, profundo, como si quisieran perderse el uno en el otro. Las manos de Dominick la recorrieron con seguridad, sintiendo el calor de su piel, la curva de su cintura, la vida que ardía bajo sus dedos.
Fueron despojándose de la ropa con lentitud, cayendo sobre la cama con las sábanas revueltas y el deseo contenido. Pero cuando sus labios volvieron a encontrarse, un estremecimiento distinto lo atravesó.
La imagen lo golpeó como un puñal: las manos de aquel mayordomo.
Frías, seguras.
La mirada carmesí, brillante como el fuego del infierno.
Su rostro inclinado sobre el suyo… el calor que no debía haber sentido, pero que aún le quemaba la memoria.
Y su voz… aquella voz…
"Tan fácil es quebrarte, pequeño humano…"
Dominick se separó abruptamente, como si hubiese sido arrojado al hielo. Su respiración se tornó agitada, los ojos abiertos con una mezcla de rabia y vergüenza. La mujer, aún tumbada, lo miró con desconcierto.
—¿Qué pasa…? ¿Por qué te detuviste?
Él bajó la mirada, como si pudiera enterrar el recuerdo por fuerza de voluntad. Apretó los puños contra las sábanas.
Dominick: No es nada… - murmuró, casi entre dientes
Volvió a besarla, esta vez con más urgencia, como si la necesitara no por deseo, sino para silenciar a su propio cuerpo, para arrancarse el rostro de Sebastian de la mente. La apretó contra la cama, buscando un escape entre caricias que ya no sabían a placer, sino a castigo.
Pero no funcionó.
Su cuerpo la rechazaba. Su mente, nublada por la culpa y la confusión, lo traicionaba. Cada roce, cada jadeo, solo intensificaba su repulsión. No a ella, sino a sí mismo.
Se separó de golpe, esta vez para no volver. Se incorporó, tomó su camisa y se la colocó con manos temblorosas. Buscó el resto de su ropa en silencio, evitando mirarla.
Dominick: Lo siento… - susurró al fin, sin dar explicaciones
Sobre la pequeña mesa junto a las copas, dejó un par de billetes bien doblados. Su perfume aún estaba en su piel, pero ya no quería cargarlo. Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Callejón lateral del motel Rosehill — 12:08 a.m.
La niebla lo envolvió como un sudario. Dominick caminó sin rumbo fijo, con la gabardina agitada por el viento, las manos enterradas en los bolsillos y la cabeza gacha. Por dentro, se sentía roto, estropeado… miserable.
Porque por más que huyera, sabía que aquella figura de mirada carmesí lo seguía en cada sombra.
[…]
Barrio de Belgravia, Londres – 12:42 a.m.
Las farolas de hierro fundido lanzaban una luz tibia sobre las fachadas de piedra blanca y puertas de madera pulida. Dominick caminó en silencio por el sendero empedrado hasta su casa. La noche lo envolvía como un castigo, y cada paso resonaba hueco en el vacío de su mente.
Su hogar, una residencia victoriana restaurada con precisión obsesiva, lo aguardaba con las luces apagadas y las ventanas cubiertas de cortinas gruesas. Era un refugio silencioso, pero jamás un consuelo.
Cuando abrió la puerta, ésta apenas crujió.
—¿Señor Levin? - la voz femenina, suave y contenida, lo recibió con la familiaridad de quien lleva años esperando a alguien que nunca llega del todo
Era Elaine, su única criada. Había trabajado para él desde que llegó a Inglaterra. Casi una madre silenciosa. Casi invisible.
Pero esa noche, él no contestó.
Pasó de largo, con los ojos vidriosos, la respiración contenida como si llevara un nudo en el pecho desde hacía horas. La mirada de Dominick era la de un hombre que ha intentado matarse por dentro y ha fallado.
Elaine solo se apartó, bajando la cabeza. Lo conocía bien. Sabía leer los signos.
Residencia temporal, Belgravia – Segundo piso, habitación principal: 12:50 a.m.
Dominick dejó caer la gabardina sobre la silla y se miró en el espejo de cuerpo entero junto a la ventana. Tenía el cabello revuelto, los ojos inyectados de sangre y los labios resecos. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
"¿Qué demonios me está pasando…?"
Desvió la mirada, repugnado por su reflejo. Entonces, salió al pasillo con pasos firmes, casi febriles, y abrió la puerta doble de su despacho con violencia.
Despacho privado – 12:54 a.m.
La habitación estaba iluminada tenuemente por la lámpara de escritorio que solía dejar encendida. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros: criminología, filosofía, literatura rusa, archivos de casos pasados… Sobre el escritorio reposaban aún los restos de un caso sin resolver, fotografías y hojas manchadas de tinta.
Dominick cerró la puerta con un empujón y, como si el silencio lo hiriera, el estallido vino sin aviso.
Arrojó con fuerza los papeles al suelo, pateó la silla de cuero negro que rodó hasta chocar con la pared. Tomó una pila de libros y los lanzó contra la ventana, que resistió con un golpe sordo. El tintero de bronce, uno de sus favoritos, fue el siguiente en estrellarse contra el suelo de madera, dejando una mancha oscura como sangre fresca.
Dominick: ¡Mierda…! - rugió, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron
Con el pecho agitado y el rostro congestionado, se dejó caer de rodillas entre los restos de su arrebato. Respiraba como si estuviera ahogándose. Porque lo estaba. No por el aire, sino por lo que lo habitaba por dentro.
Las imágenes volvían una y otra vez.
Ese maldito mayordomo.
Su mirada…
Sus manos…
Ese calor inhumano que lo había estremecido como ninguna mujer jamás lo hizo.
¿Cómo podía su cuerpo reaccionar así a algo tan repulsivo… tan imposible…?
Dominick se inclinó hacia adelante, apoyando la frente contra el suelo, entre papeles rotos y cristales de la copa caída.
Estaba perdiendo el control.
Y lo peor es que ni siquiera sabía qué demonio lo había poseído.
Detrás de la puerta, Elaine escuchaba los ruidos, las cosas golpeando, el grito ahogado. Se llevó una mano al corazón, suspiró en silencio… y volvió a su cuarto.
Dominick no quería ser consolado.
Dominick ya no quería ser tocado por nadie.
Y sin embargo…
Había un tacto que no lograba olvidar.
[…]
El sonido de un reloj de péndulo marcando las horas se escucha a lo lejos… uno, dos, tres campanazos. Luego, el silencio… y el eco de unos pasos.
Dominick está de pie en medio de un largo pasillo de mármol negro, rodeado de paredes imposibles, altas como la eternidad, y columnas que se pierden en la penumbra. El aire está saturado de un incienso desconocido, dulce, pero denso, embriagador.
Y entonces lo oye.
Tac… tac… tac…
Pasos acompasados. Metódicos. Elegantes.
Dominick traga saliva. Su respiración se vuelve más pesada.
Las sombras se abren paso como si obedecieran a un amo. Y allí, entre las tinieblas, él aparece.
Sebastian.
Aquel mayordomo de mirada carmesí y sonrisa contenida. Impecable, como si acabara de salir de una recepción real. Las luces se curvan a su alrededor, como si el mundo entero girara por él.
Dominick: ¿De nuevo tú…? - murmura, con la voz cargada de ira y temor - ¿¡Qué clase de juego estás jugando conmigo!?
Pero el mayordomo no responde. Avanza, lento y elegante, con ese andar calculado que parecía más una danza que un caminar.
Dominick retrocede un paso, pero el corazón le late como si le quemara las costillas.
"¡Basta!"
Con una furia que nace más del dolor que del valor, Dominick se abalanza sobre él. Lo toma por los pliegues del frac, apretando con fuerza. El rostro de Sebastian está a centímetros del suyo.
Dominick: ¡Contéstame! ¿Por qué apareces en mi cabeza, en mis sueños, en mi piel...? ¿Por qué me haces sentir así, como si mi alma no me perteneciera?
Sebastian ladea la cabeza, la sonrisa apenas delineada en los labios, con esa expresión que no se puede leer ni en la tierra ni en el infierno.
—Porque no lo comprendes todavía, Dominick - susurra con una voz aterciopelada, más oscura que la noche misma
Y sin aviso, sus manos bajan, suaves pero firmes, hasta posarse en su cintura. Lo atrae con la misma facilidad con la que uno toma una flor que ha caído al suelo.
Dominick se queda quieto. Su respiración se entrecorta. Sus dedos aflojan el agarre del frac, y su mirada se pierde entre la rendición y el desconcierto.
El calor del cuerpo ajeno, su cercanía, la presión de las manos… no hay huida.
Con los ojos entrecerrados y una voz quebrada, Dominick baja la cabeza, como quien se rinde ante lo inevitable.
Dominick: Hazlo… haz que me olvide de todo - susurra con amargura, con deseo, con derrota - De este cuerpo… de mis reglas… de mí
Sebastian lo contempla, casi con ternura oscura. Una de sus manos sube, lenta, hasta acariciar la mandíbula de Dominick, obligándolo a alzar la mirada.
—Nada es más delicioso - dice con esa cadencia imposible - que un alma que empieza a ofrecerse por voluntad propia
Y justo cuando sus labios están por rozarse, justo cuando el peso del deseo es insoportable…
Un trueno.
Un golpe seco.
La realidad irrumpe como un grito.
Dominick se despierta de golpe, sudando, aún arrodillado entre los restos de su furia. Las luces están apagadas, pero el eco del sueño… ese perfume, ese calor… sigue allí.
Y sus manos… aún tiemblan.
[…]
Residencia temporal en Belgravia, Londres — 6:41 a.m.
La luz matinal aún no se atrevía a acariciar con plenitud los ventanales del estudio. El aire estaba impregnado con el amargor de la tinta derramado, del perfume vencido de una mujer ya ausente y del dolor mental que palpitaba en las sienes de Dominick. La copa rota —aún testigo del abandono— había dejado uno de sus fragmentos en la carne de su amo, pero este, en su aturdimiento, apenas le concedió atención. El cristal permanecía allí, engarzado en la palma como un emblema de su ruina.
Sentado contra la pared, con el rostro cubierto de una sombra que no provenía del amanecer sino de su propia alma, Dominick miraba sin mirar. Repasaba una y otra vez la escena de la noche anterior, la repulsión visceral, el desprecio a sí mismo, la confusión que le carcomía con una furia sorda. Aquello no era simple agotamiento ni fastidio. Era... rechazo, una repulsión más profunda, más cruda. Y lo peor era que no sabía por qué.
El silencio fue interrumpido por los nudillos suaves de Elaine, la joven criada que jamás había elevado la voz ni pronunciado una palabra de más.
Elaine: Mi señor… he preparado café. ¿Desea que lo lleve?
No obtuvo respuesta.
La joven empujó la puerta con delicadeza, entrando sin más. El caos del estudio la hizo detenerse un segundo: la copa rota, los papeles en el suelo, los libros esparcidos por todo el estudio. Pero no dijo nada. Caminó hasta dejar la bandeja en el escritorio, ignorando deliberadamente la mirada de su señor.
Dominick: No te he dado permiso para entrar - musitó, apenas audible, pero con una tonalidad que helaba el aire
Elaine se detuvo. Le dio la espalda y replicó sin titubeos:
Elaine: Solo estoy cumpliendo mi trabajo, señor Levin
Y entonces, con una velocidad helada, el detective la acorraló contra el escritorio. No la tocó con violencia, pero su cuerpo y el suyo estaban peligrosamente cerca. Su mirada era de un azul gélido, vacía, como si ya no estuviera allí. Parecía buscar algo en ella... o tal vez sólo proyectar su desdén en alguien que no podía huir.
Dominick abrió la boca como para pronunciar algo… pero un suspiro vencido emergió antes.
Dominick: Vete. Perdona… solo… vete
Elaine lo miró unos segundos más, con una expresión indescifrable. Asintió y salió en silencio, pero al cerrar la puerta, se detuvo. De entre el pliegue de su vestido extrajo una carta. Sus dedos temblaron levemente al sostenerla, pero no regresó. En cambio, la apretó contra su pecho y siguió su camino.
Dominick intentó alzar la taza de café. El líquido oscuro olía fuerte, como debía ser… como le gustaba. Pero sus manos temblaban. La dejó sobre el escritorio. Era inútil.
Aquel cuerpo que había sido su escudo social, su máscara y su lanza… ahora se sentía extraño, contaminado por un anhelo que él no quería nombrar.
Se dirigió al baño.
La bañera estaba aún caliente por las últimas aguas vertidas. Se despojó de la ropa como quien abandona una piel vencida y se dejó caer en ella, pesadamente, cerrando los ojos. Quería olvidar. Quería borrarse. Dejar de sentir. El agua lo abrazó como una madre cruel y en su tibieza, se deslizó hacia la inconsciencia.
[…]
El sonido del grifo mal cerrado creaba un goteo lento que marcaba un ritmo inquietante. Dominick sabía que aún estaba allí, en su bañera, que el vapor aún cosquilleaba sus labios… pero no podía moverse. El agotamiento lo tenía inmóvil, rendido, abierto. Fue entonces que las sintió.
Dos manos.
Frías, como mármol… pero de un modo reconfortante, casi maternal.
Sostuvieron sus mejillas con una ternura contraria al mundo. No se alarmó. Su cuerpo no reaccionó. Pensó, por un instante, que era Elaine, hasta que una voz masculina rompió el vapor.
—No decaigas todavía… Aunque estés hundiéndote, todavía puedes vivir - susurró aquella voz, baja, profunda, con un tono que se adhería a la piel como el incienso
Dominick frunció el ceño sin abrir los ojos.
—No intentes borrarme… - continuó la voz - Estoy aferrado a ti como una cicatriz… como un tatuaje en la carne
Sus párpados se alzaron con pereza, y en la bruma, vio el contorno definido de Sebastian. El demonio estaba allí, completamente presente, con una calma inquebrantable en sus ojos carmesíes.
Las manos descendieron con lentitud por su torso, y en un suspiro apenas audible, Dominick murmuró:
Dominick: ¿Qué… qué es lo que quieres de mí?
La respuesta no tardó.
—Lo mismo que quiere un niño… en una juguetería
Y antes de que su mente pudiera construir una defensa, sus labios fueron reclamados.
Sebastian descendió en la bañera sin romper el beso. El agua se alzó, salpicando apenas, rodeándolos. Estaba completamente desnudo, pero no era su desnudez lo que perturbaba a Dominick… sino su calidez. Era irreal.
Antes de poder hablar, él lo tomó de la cintura, guiándolo con lentitud. Su toque era paciente, preciso… demasiado paciente para ser humano. Y para cuando su cuerpo reaccionó, Dominick ya estaba siendo tomado. Las manos del demonio no eran apresuradas, eran las de un escultor que moldea una entrega.
Hubo un instante… un resquicio de claridad.
Dominick, ahora encima de él, rodeó su cuello con ambas manos.
Dominick: ¡Sal de mi cabeza…! ¡Déjame en paz! - gritó, sin lágrimas, sin furia. Solo el grito seco del agotado
Pero Sebastian sonrió. No como un depredador esta vez, sino con una ternura macabra, una compasión deformada.
—Entonces… libérate
Y al decirlo, lo abrazó más fuerte por la cintura y se hundió en él, llevándolo al límite.
Dominick jadeó y, como si despertara de una pesadilla o una epifanía, se incorporó de golpe.
Aún estaba en la bañera. La realidad lo golpeó con el sonido del goteo… pero el agua… el agua ya no era la misma.
Era negra.
Oscura como el pozo de un abismo sin fondo.
Dominick intentó levantarse, resbalando en la porcelana, pero algo lo sujetó.
Algo lo arrastró hacia el fondo.
Sus dedos rasgaron la superficie del agua, su garganta intentó gritar, pero el líquido invadía cada cavidad de su cuerpo. Una fuerza invisible lo sujetaba de los tobillos, de la cintura, lo arrastraba hacia un vacío donde ni siquiera el miedo tenía voz.
Y en ese descenso, una última frase se dibujó en el eco del agua:
—Ya no puedes escapar de mí…
[…]
Oscuridad.
Y frío.
Un frío que no calaba la piel, sino que se enredaba entre sus costillas, escarbando con dedos de escarcha la médula misma de su espíritu.
Abrió los ojos.
Pero no vio.
Solo negro. Un abismo sin forma ni contorno. El agua no estaba. El cuarto de baño había desaparecido. Ya no había cerámicas gastadas ni vapor suspendido en el aire. Ni siquiera había aire. Solo vacío.
Vacío y humedad.
Estaba desnudo, aún mojado, la piel perlada de gotas que no caían —se quedaban pegadas como lágrimas suspendidas por la nada. Podía sentir el suelo helado bajo su cuerpo, pero no podía definir si era piedra, madera o mármol. Era un suelo sin textura, como si fuera más una sensación que un elemento físico.
No podía moverse.
Ni un dedo.
Ni los labios.
Ni un pestañeo.
Su mirada, sin embargo, podía vagar, aunque no encontraba nada a lo cual aferrarse. Ni paredes, ni esquinas, ni un punto de fuga. Y eso le era aún más aterrador que estar prisionero.
Estaba solo. Pero no.
Había algo más.
Lo sabía porque lo sentía.
Un aliento suave, muy cerca. Como un perfume conocido —no de colonia ni tabaco, sino de calor masculino y de peligro. Algo que emanaba dominación, como un fuego que no arde pero sí consume.
—No puedes escapar de mí, Dominick…
La voz resonó a su lado, pero no la escuchó con los oídos. La sintió como si estuviera hablándole directamente al alma, una vibración que subía desde sus costillas hasta el cuello.
El detective no respondió. No podía. Pero sus pupilas vibraron, lo delataron, se dilataron como presas asfixiadas.
—¿Tienes frío? - susurró de nuevo la voz, sedosa, casi gentil - ¿Quieres que te caliente?
Dominick quiso maldecir. Quiso gritar. Quiso preguntar por qué. Por qué a él. Por qué ahora. Por qué ese rechazo visceral al deseo femenino, por qué ese ímpetu atroz que lo hacía soñar con un rostro que jamás había visto, pero que lo tocaba con familiaridad obscena.
Entonces, dos manos surgieron desde atrás, moldeando sus hombros con dulzura perversa. Unos dedos largos, de uñas bien cuidadas, recorrían su piel mojada como si fueran escultores moldeando una estatua hecha de piel temblorosa.
Y ahí estaba él.
Aquel hombre.
Ese demonio de porte exquisito, de palabras medidas, de sonrisa que parecía flotar antes que nacer en su rostro.
—Estás helado - dijo contra su oído - Pero yo… siempre estoy a la temperatura adecuada
No hubo presión, ni fuerza brutal. Solo una cercanía envolvente. Como si lo conociera, como si supiera exactamente qué fibras tocar para que el alma de Dominick se crispara, como un instrumento viejo al que por fin alguien sabía arrancarle melodía.
Las manos bajaron, lentas, hacia su abdomen.
Dominick: ¿Por qué? ¿qué más quieres de mi...? - logró pronunciar, con un esfuerzo que dolió más que si hubiese gritado
Sebastian se detuvo. Solo por un instante. Y luego se inclinó hacia su cuello.
—Lo mismo que un niño quiere cuando ve su juguete favorito - susurró, con una sonrisa que brillaba, pese a no haber luz - Lo quiero… todo
Y entonces, sin que Dominick pudiera anticiparlo, los labios del demonio se unieron a los suyos, sellando con perversión una unión que no pedía permiso. El beso era suave, sí, pero se sentía como si algo más profundo se incrustara en su pecho. Como si una parte de él, dormida por años, se retorciera despertando.
La cercanía se volvió posesiva. El calor de otro cuerpo se fundía contra el suyo. Un cuerpo desnudo, sin vergüenza. No había pudor en aquel ser, ni respeto por límites que no temía cruzar.
Dominick quería resistirse. Quería. Pero su cuerpo… traicionero, obedecía.
"La bañera… ¿la bañera? ¡La bañera!"
Un golpe de lucidez. Una sacudida interna. Como si su alma diera un salto y regresara a su cuerpo en el último instante. Jadeó, y sus ojos se abrieron de golpe.
Agua.
Negra.
Otra vez.
Espesa como tinta, como petróleo antiguo, burbujeando a su alrededor.
Intentó incorporarse nuevamente, pero algo tiró de él. Algo invisible lo sostenía bajo el agua, como raíces, como lenguas que se negaban a soltarlo.
Dominick forcejeó, desesperado, agitando los brazos, tratando de tomar impulso con las piernas, pero no había tracción, no había firmeza. El agua se aferraba a su cuerpo como si tuviera vida propia.
Un jadeo ahogado. Luego otro.
Y la certeza brutal, punzante, de que si no lograba salir… moriría ahí.
O peor aún…
Se quedaría.
Donde él lo quería.
Los dedos helados del agua lo envuelven como un sudario líquido. Intenta gritar, pero ya no hay aire. Solo la opresión. Solo la certeza de estar atrapado… y observado.
El agua negra se disuelve lentamente, dejando al descubierto un nuevo paisaje:
un salón inmenso, oscuro, sin ventanas, con paredes cubiertas de terciopelo escarlata y columnas negras que se alzan hacia un techo invisible. En el centro, un trono de hierro fundido, tallado con formas inhumanas: garras, bocas abiertas, espinas enredadas.
Y en ese trono…
Sebastian.
Pero no como lo había visto antes.
Ya no era un simple hombre de traje negro y guantes blancos.
Era algo más alto. Más majestuoso. Más terrible.
Sus ojos carmesí brillaban con un fulgor espectral. Sus pupilas eran agujas. Su sonrisa… era de otro mundo. Vestía una chaqueta victoriana, pero su sombra no correspondía a su forma. La sombra tenía cola. Cuernos. Y se movía con vida propia.
Dominick estaba de pie ante él, sin saber cómo había llegado allí. Seguía desnudo. Vulnerable. Expuesto.
—De rodillas - ordenó con un susurro que retumbó como un trueno
Dominick no obedeció.
Pero sus piernas… sí.
Se doblaron solas.
Una presión descendió sobre sus hombros. Invisible. Brutal. Como si el aire mismo lo aplastara. Cayó de rodillas. No pudo evitarlo.
—Mira lo que eres sin mí - murmuró, levantándose del trono con elegancia demoníaca - Un hombre sin voluntad. Un cuerpo tembloroso. Un corazón que se agita con solo sentir mi aliento
Dominick: ¿Qué… eres? - logró murmurar, aunque su voz se quebró al rozar el aire - ¿Por qué yo?
Sebastian se detuvo frente a él. Se agachó. Tomó su rostro con una mano enguantada, y acarició su mejilla con una ternura tan desconcertante que se sintió peor que un golpe.
—Porque estás vacío, Dominick - susurró contra su piel - Porque has enterrado tus deseos tan profundo, que ni tú mismo sabes cuán podrido está el fondo. Porque no puedes dormir sin imaginarme. Porque no puedes tocar a nadie sin pensar en mis manos. Porque soy el único que despierta algo en ti
Entonces, lo besó de nuevo.
Pero esta vez no fue un beso. Fue un incendio. Fue una marca.
Dominick gritó. Su espalda se arqueó como si una lanza de fuego lo atravesara.
Y cuando abrió los ojos…
Estaba encadenado.
Brazos extendidos sobre su cabeza, sujetado por grilletes de plata que colgaban del techo del salón. Su cuerpo aún desnudo, vulnerable, temblando no solo por el frío, sino por el calor que ese maldito ser había dejado en su carne.
—¿Ves? - dijo, caminando a su alrededor, como un depredador - No necesitas nada más. Solo esto. Solo a mí
Las cadenas se tensaron.
Dominick jadeaba, agotado, derrotado, herido en su alma más que en su cuerpo.
Y entonces lo vio.
Un espejo.
Al otro lado del salón, un espejo alto, polvoriento, rajado por el centro. En él… su reflejo. Pero no el suyo actual. Sino uno distinto. De pie. Erguido. Con traje oscuro. Ojos vacíos. Labios manchados de algo… rojo.
—Ese eres tú… si dejas de resistirte - murmuró Sebastian - Ese eres tú, conmigo
El reflejo le sonrió.
Y luego… desapareció.
Y el salón se derrumbó.
Columnas cayendo. Las sombras gritando. El suelo abriéndose.
Y las cadenas cediendo.
Y el agua regresando.
Y el frío estallando de nuevo.
Dominick fue tragado por un remolino oscuro.
Y en el último segundo, justo cuando el grito de Sebastian parecía envolverlo como una promesa imposible de romper…
Despertó.
"¡Gah!"
Un jadeo brutal.
Sus pulmones se expandieron como si no hubiesen respirado en horas.
Sus ojos abiertos. Pupilas dilatadas. Sudor frío mezclado con gotas de agua.
Estaba en la bañera.
El agua apenas le cubría el torso.
Todo estaba en su sitio.
El reloj de la pared marcaba la misma hora que antes.
La lámpara del techo parpadeaba con la misma intermitencia sorda.
La puerta cerrada. La toalla colgada.
Todo igual.
Y sin embargo… nada lo era.
Dominick jadeaba. Su pecho subía y bajaba como si hubiese corrido por horas. Miró sus manos, temblorosas, mojadas. Se tocó el rostro. Se llevó una mano al pecho, como si aún sintiera el ardor de un beso invisible, de una marca que no estaba… pero dolía.
No dijo una palabra.
Solo miró al vacío.
Y supo que algo había cambiado.
Para siempre.
Dominick parpadeó varias veces, intentando anclar su mente a lo que veía. La bañera. El agua. La lámpara. El reloj. Todo igual. Todo normal.
Pero su respiración no lo era.
Su cuerpo tampoco.
Cuando intentó moverse, sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si el frío del sueño aún lo envolviera. Sus músculos estaban tensos, su piel febril y pegajosa, sus dedos ligeramente entumecidos.
"Muévete."
La voz en su cabeza sonó firme, casi como una orden externa.
Respiró hondo y, con un esfuerzo absurdo para una acción tan simple, se inclinó hacia adelante, dejando que el agua resbalara por su piel al incorporarse. Un vértigo sutil lo sacudió por un segundo. "Maldición".
Sosteniéndose del borde de la bañera, salió con movimientos mecánicos. El aire matutino de la habitación golpeó su cuerpo húmedo y desnudo, arrancándole un segundo escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Tomó la toalla con manos algo temblorosas y se secó con más prisa de la que hubiera querido. El reflejo en el espejo captó su atención solo por un instante.
No miró demasiado. No quería.
Se enfocó en vestirse. Pantalón oscuro. Camisa blanca. Chaleco. Movimientos automáticos, como si su cuerpo siguiera una rutina que su mente aún no terminaba de procesar. Cada prenda sobre su piel era un recordatorio de que estaba despierto. Aquí. Ahora.
Y aun así… la sensación febril persistía.
Se llevó una mano a la sien y cerró los ojos un momento. La jaqueca palpitaba con un ritmo molesto, pesado. ¿Cuánto tiempo llevaba con esto? Porque no era la primera vez. No era solo el sueño. No era solo la pesadilla.
Era algo más profundo. Algo que no había querido enfrentar.
Respiró hondo. Se abrochó los puños de la camisa con dedos un poco torpes. Se pasó una mano por el cabello húmedo, peinándolo hacia atrás con gesto tenso.
Tenía que moverse. Hacer algo. Salir de este cuarto antes de que la sensación se aferrara más a su piel.
Dio un paso hacia la puerta. Luego otro. No miró atrás.
Porque si lo hacía… tal vez vería algo que no debería estar allí.
