LAS DESAPARICIONES

II

22 de Octubre, año 1807

ISABELLE

MI VISITA A LA CASA DE MIS PADRES COMENZÓ CON UNA MAÑANA BRUMOSA, EN LA QUE POCO A POCO EL SOL SE HACÍA CAMINO ENTRE LA HUMEDAD DEL AIRE. Después del desayuno, papá y yo salimos al jardín. Él eligió su lugar, bajo una haya cuyas hojas ya se habían tornado completamente amarillas. Estaba inquieto, pero se las ingenió para iniciar una conversación liviana. Preguntó sobre mi escuela y sobre mi desempeño en la misma. Le llegaban reportes mensuales, pero aun así solicitaba mi versión.

Yo le hablé sobre casi todo.

Y como ese casi todo le sonó normal, me informó sobre los planes que tenía para el día. "Debes saber algo" comenzó.

"¿Sobre qué, papá?"

"Ojalá me hubieses advertido días antes de tu venida" dijo, su compasiva sonrisa fue la primera señal "Se trata de Bernard y Rosalie, hace una semana les invité a cenar"

"Eso está muy bien, me alegro que hayan decidido reunirse nuevamente" dije sintiendo algo de alivio.

"¿Podrás manejarlo?" lo dijo mientras alcanzaba unos lirios del valle, mirándome de reojo me los entregó.

"Claro, papá" contesté colocando los pequeños capullos en el ojal de su chaqueta.

Pensé que el encuentro sería difícil pero, no imposible de llevar a cabo. Hasta ese momento todo era llevadero.

Durante la tarde, Madame Barraud, planchó mis lazos y blusas. Luego me ayudó a preparar una bañera en mi habitación. En algún momento entre tareas, mi madre debió haber llegado. No lo noté hasta que fui en busca de unas barras de jabón, que las mucamas almacenaban en la alacena.

La enfadada voz de mi madre y la firme y templada de mi padre se hicieron audibles. Problemática a tratar: yo, la pobre chica encaminada a la tierra de las solteronas. Subtema: Ella pensaba que no podría manejar a una de las visitas involucradas en la problemática. Que me subestimara no era una sorpresa, pero lo siguiente sí me dejó bastante inquieta "¡Es muy pronto para un encuentro entre los dos!" Naturalmente me pregunté ¿Qué dos? Con quién me iba a encontrar a parte de sus amigos. Esperé a que revelara el misterio, pero luego de un silencio, ella comenzó a lamentarse.

Cosas como "¡Este no era el plan!" o "¡no debía pasar por todo esto!" afloraron de sus labios y, cuando ya no encontró más frases elocuentes con las cuales atacar a la cruda rueda del destino, vio que era hora de encontrar a un culpable "¿Por qué permitiste que entrara a esa escuela?"

Mi padre es el afortunado poseedor de un temperamento equilibrado, algo que ni mi hermano ni yo parecemos haber heredado. Recuerdo que ante nuestras rabietas infantiles se había enfrentado con buen humor, de hecho, le recuerdo riendo ante mis pataleos, pero no cedía: no podía retirarme de la mesa hasta terminar toda mi cena, debía estar en cama a la hora, debía tomar su mano si quería salir de casa. Debía asumir las consecuencias si deseaba ir a La Maternité. Recuerdo haberle preguntado cuáles eran: ya verás, había dicho.

"Sé que el estudio para una muchacha es el plan errado" admitió a mi madre para mí sorpresa.

Mi madre emitió un sonido burlón, un acotado por supuesto.

Tranquilamente mi padre replicó "el plan correcto no es realista, Oscar, tú no pudiste vivir de acuerdo a ninguno"

Hubo un tenso interludio antes que mamá contestara, pude escuchar pajarillos cantando por última vez antes de ser tragados por una lengua de fuego.

"¡Realista!" bramó "¡es como debe ser, es el camino que toda mujer normal debe seguir para alcanzar la felicidad!"

"¡Entonces, supongo que tú no la has alcanzado!"

Escuché decir a mí antes afable padre. Había una nota herida en su voz, un resentimiento que nunca había notado.

Sin embargo, la discordia había surgido, y esa era la señal para arrancar. Mi madre: siendo contrariada; el resultado de tal osadía es un espectáculo inolvidable, y sabía que aullaría todo el camino hasta encontrar su trofeo: la última palabra.

Cuando llegué a mi habitación mi baño estaba listo. Me hundí en éste como si se tratara de la compuerta hacia otro universo. En la superficie, todo era claro y poco manipulable. Sólo al hundirme alcanzaba a tener la ilusión de una ira apaciguada, bajo el agua podía deformar sus voces.

Podía ignorarlo cuanto quisiera, pero al final yo siempre era el punto de conflicto.

Y sobre eso, cómo si ya no me fuera suficiente, ella y yo somos diferentes. No nos entendemos.

Creo que decir eso, es entregar pobrísima información, roza solo la superficie de algo que no acabo de entender aún.

Oscar es una mujer de cuerpo y carácter, muy fuertes. Tuvo una educación demasiado liberal como para hacerlo público, pero, a pesar del amplio conocimiento y criterios que la formaron, fue ella quien más se empeñó en establecer las diferencias entre mi hermano y yo.

Recuerdo que, para Alexandre, ella fue un modelo a seguir tanto como nuestro padre fue para él un guía. Mientras que yo, de mis figuras principales de apego, no tenía modelo ni guía.

Lecciones de esgrima y cacería ambos le entregaban. Eran un maldito trío feliz y perfecto, un grupo completo y cerrado.

A veces, era todo un evento cuando practicaban puntería en improvisados blancos, salíamos fuera de la ciudad hacia una propiedad que mis padres adquirieron en Argenteuil tras nuestro nacimiento. A campo traviesa me alejaba y me agazapaba entre la hierba. Les observaba. Cuando estaba molesta, lograba encoger y aplastar sus figuras entre la yema de mis dedos. En mis peores momentos les daba la espalda, miraba a lo lejos e imaginaba que la casona de nuestros vecinos, plagada de críos, era mí verdadero hogar.

Hasta el día de hoy, me pregunto cómo es posible que Oscar sea mi madre. No puedo imaginarla, la figura llena y fértil de las mujeres que atiendo en el hospital parece ajena a ella. Alta, delgada, de cabellos rubios, extrañamente hermosa… extraña. Sí, extraña, demasiado enérgica, ágil e independiente para acercarse a mí, demasiado dueña de sí como para dar ejemplos a su hija.

Y ahora, además, estaba convencida que mi escuela era el obstáculo para el éxito marital; quizás convencería a papá que me sacara de allí y, generalmente cuando se propone algo, termina consiguiéndolo.

Atenta a la discusión que aún sostenían, a ver si podía adelantarme a alguna determinación, comencé a prepararme para salir de la bañera. Me envolví en toallas y dirigí a mi cuarto de vestir. No había percibido la díscola presencia que me acechaba desde un rincón. Terminé por calzar mis zapatos, y entonces explotó en carcajadas. Sobresaltada miré en dirección al origen, tras las puertas de mi armario vi un pie asomándose, luego la pierna y el rostro enrojecido de mi hermano.

"¡Alex! ¿Hace cuánto tiempo te encuentras allí?" entre molesta y divertida había imprecado, su risa es algo contagiosa.

"No hace mucho" jadeando había contestado "quise echarte una broma, pero no pude aguantar" tuvo la desfachatez de agregar y se echó a reír de nuevo.

"¡Oye! ¿Acaso me viste salir de la bañera?"

Tragándose una carcajada, con aire maligno, lo meditó un momento "No sé a qué te refieres. Veo más huesos que tetas en ese cuerpecito"

Al segundo comencé a lanzarle zapatillas y cuanta cosa tenía al alcance ¡El maldito gusano me vio desnuda!

Agazapado se acercó como pudo, tomó mis brazos y no pude forcejear mucho "¡Oye ya basta!" demandó

Yo cedí, no tenía oportunidad de ganar contra él. Él siempre lo tuvo todo.

"Lo vas a pagar, demonio" le amenacé entre risas.

"No lo dudo" dijo al tiempo que me soltaba "No sabía que vendrías hoy" agregó derrumbándose sobre una poltrona. Con un gesto me invitó a sentarme a su lado, pero su comentario enrareció mi buen humor.

En respuesta sonreí y me acerqué a mi tocador.

"¿Querías advertirme?" pregunté para confirmar, él asintió "En serio, no tenías que hacerlo, sólo son mi madrina y su esposo" tomé un cepillo, un par de peines y recogí mi cabello en un simple chignon.

Alex tiene el mismo cabello castaño descolorido que yo, como un experimento químico de la madre naturaleza; la melena oscura de nuestro padre y la dorada de nuestra madre, maceradas por nueve meses dentro de su útero. Se parece a papá y a alguien a quién nunca conoceremos, y tiene los duros y grandes ojos azules de nuestra madre, que desde el reflejo de mi espejo, vi cómo me observaban.

"Oscar quería matarme" dijo y, aunque casi siempre Alexandre logra tentar a Oscar a darle una paliza, extrañada fruncí el entrecejo.

"¿Tú estabas en ese lío hace unos momentos?" pregunté.

"En un principio" dejó su asiento y tomó mis hombros por detrás "Si hubiese sabido que estarías, no lo hubiese invitado"

No sé si palidecí o no, pero al menos pude explicarme el previo ataque de ira de Óscar "¿François está aquí?"

Él asintió "Está en mi cuarto, tuve que apartarlo de la línea de fuego" luego besó mi cabeza. El beso de Judas.

Los duelos son ilegales. No sé cómo había hecho para que no los descubrieran, pero hace tan solo una semana, él había retado a duelo a François. Después de haberse enterado de sus andanzas a mis espaldas, mi hermano se enfureció. Los dos espadachines terminaron con heridas en las manos, pero Alex ganó el triunfo, habiendo abierto un tajo en las costillas de su contrincante.

Luego de eso nuestros padres se enteraron, ya que era más que evidente, que se habían apaleado entre sí. Pero la amistad forjada desde la infancia comenzó un proceso de recuperación, y tras unos días se volvieron a hablar.

"¿Estás bien? Llevas casi dos minutos sin decir nada" Alexandre observó.

"Estoy pensando" le respondí y luego me levanté. Inspiré algo de aire, planché la parte delantera de mi vestido con las manos y agregué "Debo revisar los puestos de la mesa con Sylvie"

"¿Para qué?" con mueca burlona preguntó "¿te hará sentir mejor adornar la mesa?"

"¡No tonto, es que no quiero tener a tu amiguito frente a mí toda la noche!"

"¡Sabía que te molestaría!"

"Alex, no te preocupes tanto, pensé que después de todo este tiempo, ya habrías observado que estoy más que acostumbrada a que me pisoteen" dolida, le arrojé un poco de sarcasmo encima.

Mientras mi hermano se dirigía a su habitación refunfuñando, dejé la mía para emprender el camino hacia el comedor. No tuve que explicarle mucho a Sylvie. Ya sabía que François estaba aquí.

Cuando terminé, faltaba solo una hora y no quedaba más que esperar. Fui a la pequeña biblioteca de mis padres por un libro y me hice camino hacia la sala.

Al entrar, pude darme cuenta que mi madre había planeado hacer lo mismo. Sentada en un sillón leía un viejo libro de filosofía y, cerca de ella, se hallaba una mesita con una copa de vino tinto a la mitad.

"Buenas tardes, madre" le saludé.

"Isabelle" fue su respuesta. Sin expresión, no apartó su vista de Rousseau, como si mi presencia apenas fuese corpórea. Molesta, hice el camino hacia una silla, la más alejada que pudiese encontrar de ella.

"¿Dónde está mi padre?"

La mirada que me dirigió no era tanto como una mirada, sino un par de lanzas afiladas, los ojos de un león a punto de arrojarse sobre mí; lo engullí vivo y tú, serás la siguiente en ser desollada, deshuesada y fileteada… Su atención retornó a la lectura "Se está vistiendo" dijo en un gruñido.

Nada más dijo y, como siempre, me acomodé con la esperanza de que nunca más me dirigiera la palabra. Traté de concentrarme en mi libro, pero pensé en la escuela y en que pronto estaría cubierta por un manto de hojas secas y multicolores. Quería regresar, cenar junto a mis amigas, sumergirme en deberes y quehaceres, en el silencio de la noche… cada vez se hace más difícil volver a sentir algo de paz; bajo la guardia y la voz de François chilla e irrumpe en mi memoria "¿Sabes cuál es tu problema? …Mujeres como tú están marcadas…" encolerizado me había maldecido.

No quiero pensar, desearía poder hacerlo y reconozco que, al menos por un tiempo, quiero evadir todo, porque sé lo que me espera y donde sea y como sea el resultado, será ingrato. Creo que muchas chicas lo saben, y hacen lo imposible por ignorar qué es eso que las mantiene ansiosas, comiendo de más o esforzándose por pasar hambre. Dicen, que no debemos preocupar a nuestras hermosas cabecitas con problemas, que no debemos hacer nada, sólo obedecer y hacer lo correcto, y lo hacemos sin saber que con eso hemos entregado todo. Luego te guían al matrimonio, pero hay más detrás, tu instinto te lo dice y lo tapas con romance y deseo, piensas que el amor - del cual nadie tiene definición en absoluto - y besos te traerán el anhelado respeto, la autorrealización. Pasa desapercibido el hecho de que ya, desde mucho antes, no tienes siquiera esas cosas, el enigma sobre quién eres, qué cosas te gustan, qué talentos y habilidades posees, permanece en el tiempo; la ignorancia es inmortal. Nada, y no podrás tener nada, ni siquiera tu cuerpo o a ti misma; antes le pertenecías a tu padre o hermano, y luego a tu marido. No te das cuenta de que ya has desaparecido y que al más mínimo error te condenarán, porque no eres humana, eres peor que el perro mimado de una casa, una cosa, la alhaja adiamantada que te regalaron para celebrar el ascenso de tu marido. Solo estás aquí sobreviviendo, no realmente viviendo.

Pero yo recuerdo a mi maestra de veinticinco años, viva, realmente viva, dueña de sí misma. Esperábamos escucharla por las mañanas y despertar de un mal sueño… así es como lo sentía… Y ahora no está y no hay lugar en que pueda volver a encontrarla.

"No hagas esto" escuché, entonces devolví mi atención hacia el interior de la sala. Ya estaba en penumbra y no me había dado cuenta que las velas habían sido encendidas, que el fuego de la chimenea ya crepitaba y que quizás mi madre, me había estado hablando hacía ya un rato "¿Me estás escuchando?" preguntó, entonces, como despertando de un sueño, observé el manto de gravedad que le cubría.

"¿Es que no ves lo que ha sucedido? El curso que estás dando a tu vida no es el correcto" aclaró manteniendo la gravedad de su declaración "¿entiendes lo que te digo?"

"Creo que ni siquiera empiezo a entenderla a usted, madre" le contesté. Ella suspiró, cerró los ojos, cansada, decepcionada, molesta. Harta de mí, tomó su copa y un sorbo. Yo dejé mi asiento.

"¿A dónde vas?" preguntó.

"A ver si puedo ser de ayuda en la cocina, disculpe"

En la cocina no fui de mucha utilidad, más bien parecía un estorbo para las mucamas. Terminé por doblar servilletas en una bandeja, porque no soportaba la compañía de tan severo crítico. Pero no podría distraerme, no iba a tener descanso. Los amigos de mis padres llegaron y distinguí la voz de su hijo saludándoles. La voz sorprendida de su madre preguntándole qué hacía aquí.

Me asomé por la puerta, y salí a espiar hacia el recibidor. Sabía que no podría hacerlo por mucho tiempo, no debían verme sorprendida, yo debía dar la bienvenida y tomar el control; así que inspiré, y me encaminé comenzando por quién me resultaba más fácil saludar.

"Buenas noches, señora Chatelet" comencé. Y gracias a Dios la reacción fue la deseada.

"¡Querida niña!" respondió extendiéndome sus manos "Qué alivio ver que estás bien" me susurró a la vez que me abrazaba.

Desde niña me agradaba y creo que yo a ella. Tocar el piano, bordar y cocinar mermeladas, eran sólo algunas de las cosas que había querido compartir conmigo. Sí, había temido por la amistad que compartía con mis padres, pero, sobre todo, temía perder su cariño, siendo ella mi madrina.

Con su saludo cobré algo de fuerza, entonces vino el señor Chatelet, diciendo que extrañaba verme frente a sus estantes de libros, despojándolo de sus lecturas favoritas.

Era una lástima, era una escena familiar: vi a su hijo de pie detrás de él, saludando a mi padre. Por un momento pensé que nada había cambiado.

No era cierto, claro, me bastó con una mirada de François para caer en cuenta. Con una leve inclinación de cabeza tuve que emitir mi saludo "Bonsoir, François"

Eso dije, pero bajo la superficie… capas y capas de basura. La mierda con que él me había embarrado la cara. En ese hedor, recordaba todo.

"Bonsoir, Isabelle. Te ves bien" correctísimo, me saludó.

"Gracias" contesté, sonriendo cortésmente. Él también se veía bien, pero no quería que lo supiera.

En el momento en que me pregunté si podría cucharear sus ojos fuera de su cara, sentí dos manos sobre mis hombros "Por favor, no nos quedaremos aquí toda la noche" mi madre dijo, entonces yo invite a todos hacia la sala. No recuerdo haber sentido tal nivel de gratitud hacia ella hasta entonces.

Todo era extraño, el saludo de mi antiguo prometido fue artificial y frío, y supongo que el mío hacia él resultó similar. Lo único que me contuvo, fueron el conjunto de ridículas reglas de comportamiento. Diques para contener los rebalses de un río de lava.

Dispuse los puestos de un modo en que se podrían reducir las oportunidades de cruzar nuestras miradas. Fue complicado, ya que mis padres y el señor Chatelet gustan de tener largos debates, no podía separarles, pero logré mi cometido principal. Recuerdo que el manejo de estas menudencias se me enseñó en la escuela de señoritas, a la cual mi madre me había enviado; el curso se llamaba Aplomo y Discurso, el propósito de aquella lección era la de prevalecer la armonía entre invitados, y el éxito de estas mismas reuniones y sus objetivos, que podían ser varios dependiendo de la actividad económica de tu esposo; comerciales, legales, militares, intelectuales si estos eran profesores universitarios, banqueros, etc. Ahora supongo que debo agradecerle por eso a mi madre. Pero creo que lo haré cuando nos encontremos en el más allá.

A mi lado la tenía a ella y por el otro a Alexandre, en frente, a mi madrina, a su lado, su hijo, que se encontraba en línea oblicua a mí.

Nadie habló de nosotros, y podía percibirse en ocasiones el esfuerzo que colocaban en ello. Mi padre y Bernard, hablaron sobre cuánto les disgustaba la dirección que el periódico nacional, estaba tomando con respecto a las campañas que el ejército estaba realizando en Europa. Pero con respecto a eso, madre usaba la cartilla que todo militar tiene bajo la manga: confidencial.

Alex conversó con François sobre los últimos retratos que había finalizado por encargo de algunos suboficiales y banqueros, y François le habló sobre su inicio en la escuela de ciencias; siempre le interesó la astronomía.

Mi madrina y yo hablamos sobre el señor Lanois, un amigo en común de su esposo y mi padre. Recientemente había sufrido de una apoplejía, razón por la que le visitaba a él y a su esposa, los domingos al mediodía para ayudar con sus cuidados. Me preguntó si tendría tiempo para ayudarle con aquellos menesteres y respondí que sí.

"Pobre hombre" comentó mi madrina "Aún así piensa que no está tan mal"

"¿Tiene la mitad de su cuerpo dormido, no puede salir de la cama sin un bastón y dice eso?" le discutió su esposo.

"Comparaba su situación con la de sus vecinos, querido"

A esto mi padre, estiró el cuello por sobre el arreglo floral que adornaba la mesa "¿Sus vecinos? ¿Qué les sucedió, Rosalie?"

"Su sobrina desapareció, encontraron al culpable hace algunos días, pero de poco ha servido" contestó François en lugar de su madre "no han logrado dar con ninguna pista sobre ella"

"Quizás esté flotando en el Sena" sin tino agregó Alex, recibiendo severa mirada de nuestros padres. Él solo se encogió de hombros, porque, de seguro, pensaba que decir la verdad en medio de cualquier contexto no era nada grave.

"No me explico cómo habrán raptado del interior de esa casa a esa muchacha" dijo mi madrina.

De forma automática mi madre giró su cabeza a mí "Alguien está raptando jovencitas"

"No fue en su casa, querida" corrigió el señor Chatelet, viendo que su esposa había alarmado a mi madre "era una profesora, salió de su escuela y nunca más regresó"

"Enseñaba en alguna escuela de niñas, supongo" mi padre comentó.

"¿Cuál era su nombre?" mi madre preguntó.

"Ana Bouscat" dijo el señor Chatelet.

"No es la hija de Michel Bouscat, ¿verdad?" preguntó mi padre y Bernard asintió. Fue como si, por primera vez, yo despertara a lo que había ocurrido. Michel Bouscat había sido alguien importante para él, pero nunca nos contó más aparte del hecho de que le había salvado la vida durante el gobierno de Robespierre. No sabía que Ana era su hija, cuando la conocí, pensé que se trataba de un alcance de nombres.

Pero, allí en la mesa, recordé que ella me había señalado un camino que había logrado hacerme sentir a salvo.

ME HABÍA DICHO QUE MI SEGUNDO NOMBRE, ERA EL MISMO DE UNA ESTRELLA, que podías observar en la constelación de Tauro, yo le dije que aquella constelación era la de mi padre y que Maia, era una palabra griega que significaba pequeña madre, que pensaba que era una fortuna que no fuera mi primer nombre, porque siempre quise ser grande. Él levantó su mano y sin tocar mí piel se detuvo bajo mi mentón, dijo "¿Puedo?" yo asentí; él me gustaba. Después de eso, me perdí, sentí un río enorme bajo mi piel, su aliento tibio, el roce de labios y lenguas. Me besó y yo lo besé. Fue el primer contacto. Tierno y sedoso, un descubrimiento de sensaciones dentro de mí, cada vez que repetíamos era algo nuevo, cada vez que nuestras manos ampliaban los recorridos de forma torpe, pero dulce e inocente. Pensé que estas sensaciones se irían, pero se volvieron parte de mi anatomía, como si el cuerpo tuviese memoria propia, todavía recuerdo todo.

Hasta entonces, teníamos trece años y tomarse de manos y darse besos era la panacea, las piezas sólo encajaban. Después de tres años, me di cuenta que había mucho más por delante.

Él había dicho que olía a marea alta, antes de una tormenta cerca del océano; dijo eso después de nuestra primera vez.

Antes nos tocábamos, besábamos, mordíamos labios mientras nos frotábamos y explorábamos, exhaustos y con placer inacabado, a punto de explotar, pero sin conseguir esa explosión… Era como cuando niños pequeños, luchaban por ver al otro lado de una valla con infructuosos saltitos. Faltaban solo algunos meses para que yo cumpliese diecisiete años, y me nivelara en edad con él por cuatro meses hasta el mes de julio. Él quería ir más lejos y, él no lo sabía, yo también, pero nunca le dejé ir, después de todo, ya me preparaban para ser partera y sabía a dónde iba todo, cómo y para qué. "Algunas parteras dicen que puede interrumpirse antes de que el hombre termine" un día le había soltado, sonrojándome hasta los pelos, y llegó a cuestionar si en verdad era virgen al atreverme a hablar así "Sé que tienes una palabra técnica para lo que acabas de decir" travieso me había dicho. Yo le daba la espalda y él me acechaba por detrás.

"No, no la tengo" había dicho reprimiendo una sonrisa.

"Apuesto a que hiciste una consulta bibliográfica" había dicho tomando las hebras de mi cabello, olfateando siguiendo el camino hasta mi cuello. Cedí a las cosquillas en las comisuras de mi boca y sonreí por completo.

"Coitus interrumptus"

"Sabes cómo funciona"

Me di la vuelta. Estaba muy cerca de mi. Podía sentir su respiración y un aire picante creciendo entre los dos.

"En teoría" contesté.

Y cómo si hubiese sido la señal que esperaba, tomó mi rostro y me besó con ansias. Yo lo detuve. "Aquí no" susurré, aunque jadeaba. Tomé una de sus manos y lo encaminé desde la sala de mis padres, hacia una de las habitaciones para invitados.

Al avanzar, palmo a palmo, aprendimos de forma explícita que las tormentas eléctricas no solo ocurren en el cielo. El roce de una lengua en el cuello, es una agradable línea de caricias hasta una nalga, los besos parecen desatar el apetito, llevando y guiando unas manos hasta una amplia espalda hasta la pequeña curva de unos senos, unos pezones, y la embestida que viene al ser penetrada es violenta pero el empuje, fluido, fácil y arrebatador cuando ya te ha inundado el deseo. Ese deseo se gatilló aún más por el miedo a ser descubiertos.

Es cierto, teníamos terror a ser descubiertos y las relaciones directas eran; ante más terror más placer y ante más placer, más culpa.

Nadie nos había enseñado nada sobre esto, o ni siquiera hablado. Desde la más tierna edad, se te enseña cuánto temor debes tener de tu propio cuerpo, lo poco moral que es tocarlo y descubrirlo por ti mismo, así que la primera vez que nos tocamos y desnudamos, esa primera vez que sentí lo que era un encuentro sexual, la culpa me lo arruinó todo; sentía los juicios en mi cabeza, estaba actuando como una puta, se supone que no debía disfrutarlo. Encima de eso, recordé que debía cuidar de algo más. Así que interrumpí, él eyaculó fuera, nos aseamos y vestimos con premura, vino el beso de despedida, y no hicimos nada más que arrancar y pretender que nada había pasado ante nuestros padres.

Luego, yo lo evité, y convenientemente él no insistió. Particularmente yo me sentía asqueada de mí misma por haber revelado algo tan íntimo sobre mí, algo por lo que alguien más me habría condenado a viva voz, exponiéndome a la humillación. En algunas visitas, arrastrados por nuestros padres a nuestros respectivos hogares, nos sonreíamos con timidez, con un gesto complaciente, cortés, distante… ni siquiera se atrevía a mirarme, así que pensé que había llegado el final.

Al menos tuve la tranquilidad de recibir mi sangrado en el día previsto en mi calendario.

Pero, una noche, su madre tocaba una pieza de piano y todos nos hallábamos escuchándola. Se acercó a mi silla, yo sentada y él de pie a mi lado, jugó con sus dedos en el brazo del mueble. Índice y anular parecían pies y piernas de un personaje que seguía el ritmo de la melodía. "¿Me concede este baile?" había bromeado. Yo estrené mis dedos y seguí el juego, un baile torpe entre pareja de dedos "Hay poco espacio aquí" yo había dicho. "Deberíamos ir por uno más amplio, ¿no crees?" contestó y yo asentí. A escondidas, por supuesto, nos fuimos a un lugar más espacioso.

No sé si recuerda, todo lo que hicimos juntos, cuanto llegamos a conocernos en esa intimidad oculta. Sabíamos lo que nos gustaba, lo que nos molestaba, lo que nos daba miedo o pavor, sabíamos qué hilos tirar el uno del otro para hacernos sentir mejor, para sacarnos de quicio …Nos conocíamos y confiábamos el uno en el otro… creo.

¿Le gustaba? ¿me aprobaba? ¿me amaba? ¿me aceptaba? Al final, nada era como creí. La diversidad de mi persona se redujo a muy poco: ser dócil y obediente. En otras palabras, se trataba de anularme, olvidar mis intereses, mis estudios, mis opiniones para hacer lo que se esperaba de mí, una mujer. No lo hice a tiempo, y de acuerdo a él, ese había sido el problema que yo debía solucionar. Y sé cómo hacerlo, porque se me enseñó, incluso entendía por qué o la mecánica básica de todo el denigrante objetivo, pero simplemente no quería hacerlo. Aunque nunca lo admití ante él, se dió cuenta, y ese fue el punto final. Decisiones fueron tomadas y tristemente se fue a la cama con alguien que, supuestamente, le devolvería esa sensación de control que yo le había quitado. ¿Me pregunto si esa mujer le ayudó a encontrar lo que buscaba?

Bien, ¿en qué me beneficiaría saberlo?

Aunque fuera obligada a volver con él, sería casi antinatural, ni siquiera sabría cómo tomar sus manos nuevamente.

Mi cuerpo, antes abierto a él, se cerró.

23 de Octubre, año 1807

ISABELLE

LA LUZ DE ESTA MAÑANA PARECE REBOSAR POR LAS VENTANAS DEL CORREDOR PRINCIPAL. Deslumbrante, parece demasiada para una mañana otoñal.

Al final, y casi a la salida de la escuela, la pequeña y dorada figura de mi madrina, espera prácticamente diluida por la luz solar.

-Buenos días, Isabelle- me saluda con un beso sobre cada mejilla.

-Buenos días, madrina.

-¿Qué llevas ahí? – preguntó al ver el pequeño maletín que portaba

–Son sales aromáticas para la señora Lanois.

-Buena idea Isabelle, la señora Lanois ya casi no tiene nervios que salvar – dice y me pide le siga a la calle, en donde una diligencia nos espera – le vendrán muy bien para animar su espíritu.

Desde la calle Saint Jacques, los caballos tiran y nos llevan a cruzar el río por el puente más añejo de la ciudad. La calle a la que nos dirigimos es Mont-Blanc, cuyo nombre mi madrina dice solía ser la Chaussée d'Antin. Lo recuerda bien, porque en la época en que mis padres formaban parte de la Guardia Francesa, su cuartel se hallaba en la intersección con el Boulevard le Petit Coblence.

Un escalofrío corre por mi espalda al pasar por ahí. Al comienzo de las insurrecciones de 1789, una compañía de guardias franceses se había rebelado y enfrentado a la Guardia Suiza. Sé que mi padre casi se desangró hasta la muerte en algún punto, quizás justo en esa esquina.

POR RECOMENDACIÓN DEL SEÑOR CHATELET, PAPÁ SE HABÍA ASOCIADO A UN CLUB EN PARÍS A COMIENZOS DE DICIEMBRE DE 1790, LLAMADO LES AMIS DE LA VERITÉ. Por su consejo, se suscribió a boletines y fue presentado como él mismo a salones que solía merodear en sus días de lacayo, como informante de mí madre.

No me lo cuestioné hasta ahora. Me refiero al actual trabajo de mí padre.

André Grandier sabía hacer exactamente lo mismo que Oscar de Jarjayes, se había criado junto a ella después de todo. El problema era que él ya no podía vivir de esas habilidades. No sé cuándo sucedió o bajo qué circunstancias, pero mi padre perdió un ojo siendo aún joven, lo cual dificultó de forma considerable su antiguo estilo de vida.

Lo que quedó fue una mente curiosa, analítica y demasiado lógica. Mi hermano dice que es una de estas molestas personas que siempre saben todo, el tipo a la que detalle alguno se escapa cuando algo les llama la atención, porque parecen clasificarlo en una grilla organizacional impresa en alguna parte del cerebro.

Bernard Chatelet, le ayudó bastante en sus nuevos inicios. En la época en que yo no hacía más que dormir dentro de una cuna, él le había presentado al señor Charles Panckouke, editor y dueño del Mercurio de Francia y fundador del periódico El Monitor Universal.

El señor Panckouke falleció hace tiempo, pero su periódico sigue vivo hoy y mi padre sigue empleado allí. Él dice que el cambio fue… algo afortunado, porque en el presente no le agrada mucho el modo en que sus superiores manejan las cosas.

Es secretario de Cambacéres, uno de los directores del periódico, y podría corroborar lo que muchos dicen: que el editor es prácticamente una marioneta de quien fuera nuestro primer cónsul, pero no es estilo de mi padre delatar a la gente. Antes de que sucediera, el ámbito político primaba en aquellas páginas, ahora es tan solo una sección, así como el arte, la literatura y las ciencias.

En su entrada al periódico Le Moniteur, conoció al botánico Michel Bouscat. Lo recuerda porque trabajaba para el editor y una de sus tareas era, la de someter a evaluación los textos a publicar. También, porque compartió una celda con él cuando fueron apresados como sospechosos durante el gobierno del Terror. Michel no llegó a sobrevivir.

Como mi madrina había dicho, los Lanois y los Bouscat eran vecinos. De modo que al terminar la jornada, y al momento de salir de casa del enfermo, casi de inmediato me doy cuenta que mi padre había planeado visitar a la segunda familia hoy.

No se ve sorprendido al vernos. El hombre con quien habla, cerca de un carruaje estacionado frente a la casa vecina, es quien había estado con el director de mi escuela el día en que mi madre me visitó.

Él se adelanta a saludar a mi madrina, es obvio que ya se conocen. Mientras se saludan, mi padre se acerca a mi oído y murmura.

-Está en problemas, mademoiselle.

-¿Lo estoy?

-Hablaremos más tarde – dice tras besar mi frente, luego toma mi mano y me anima a avanzar un pasito más adelante que él, y frente al hombre con el cual hablaba hace un momento – Paul Bouscat, ella es mi hija, Isabelle Grandier.

Yo sonrío al sentir el hálito de orgullo en la presentación de mi padre. -Gusto en conocerlo señor Bouscat – digo haciendo una leve inclinación de mi cabeza.

Un hombre de tez clara y de cabellos blanqueados me sonríe. -Un placer señorita- Serio, pero amable, responde a mí saludo, y luego por un segundo sostiene mi mirada – heredó sus ojos André ¿tendrá la agudeza de ellos también? – dice como un cumplido a mi padre.

Pero él solo responde con su enigmática sonrisa. Esconde todo detrás de ese gesto.

Ya casi instaladas en nuestros asientos, se despiden a la puerta del carruaje. Yo aguzo mis oídos, mientras mi madrina habla del menú que dejó a medio preparar para su esposo e hijo. Entre una carne de res y un claffouti de cerezas, papá dice -Te mantendré informado.

- Gracias.

Una vez que cruzamos el río, no fue muy fácil acceder a las calles que se encontraban en nuestra ruta. Es común ver enredos entre diligencias, debido a las congestiones que se producen en nuestras angostas calles, así como es común escuchar sarta de palabrotas antes que decidan ponerse de acuerdo en algo –Cariño, cubre tus oídos – me urge mi madrina mientras trato de contener un ataque de risa.

Luego de dejar a mi madrina, mi padre se encarga de que nos lleven de regreso a mi escuela. Había dicho que estaba en problemas, pero trato de desviarme de ese asunto e ir hacia aquel que más llamaba mi atención.

-Papá, ¿de qué hablaban usted y el señor Bouscat? ¿No es un secreto, verdad?

No contesta, enmudece por un minuto y me mira - ¿Ya no tienes confianza en mí? – pregunta, su rostro y su mirada, se hallan enmarcados por la oscuridad al interior del carruaje - Ana Bouscat era tu maestra en la escuela, y hace poco tiempo desapareció... Isabelle ¿por qué no me lo dijiste? Después de todo este tiempo…- me reprocha.

Le quedo observando sin saber qué responder. El problema con él no es sólo la confianza. El problema es que somos diferentes: él había sido el mejor, más afable y deferente tutor que yo he tenido para introducirme en eso. Como el agua y el aceite, los temas de un hombre no se resuelven sino con otro hombre y viceversa. Suena ridículo, pero así es la vida.

Mueve la cabeza en negativa –Si te preocupa tu lugar en esa escuela, no debes hacerlo, no te sacaré de allí por lo sucedido; Sé que lo que ocurrió a la Señorita Bouscat fue un hecho aislado; estás a salvo, yo te permití entrar allí porque estaba al tanto de sus reglas ¿recuerdas?

- ¿Entonces cuál es el problema?

Nadie puede perforarte y ver qué sucede en tu mente, pero con aquella intensidad y deseo de saber me ve mi padre ahora - El problema, es que últimamente por rumores llego a enterarme de temas importantes en tu vida, por un rumor llegué a enterarme del fin de tu compromiso ¿Por qué te alejas, Isabelle? ¿Hay algo más que no nos hayas dicho, hija?

-No estoy segura- digo.

-¿No estás segura? – insiste.

Me encojo de hombros, casi no puedo ocultarlo – Es que ya no sé a dónde voy, papá… Quizás es una fase de crecimiento hasta la adultez – de forma patética yo bromeo, pero él sonríe levemente - ¿Cómo resulta todo al terminarla? ¿Mejora?

-Es un hermoso desastre, te encantará – responde y puedo sentir que tiene compasión por mí, debo darle lástima; todavía, cuando alguien pregunta por mi estado actual, me siento en carne viva. Cada vez que preguntan, es como si me arrojaran sal.

Es cierto, no sé a dónde debo ir o estar, pero no es algo que pueda discutir con él. Él es un hombre ¿no? Sabe sobre asuntos que conciernen solo a hombres…¿No es cierto? Él lo sabe, me lo dijo hace tiempo. Entonces ¿por qué ahora le parece extraño?

Estoy perdida y desearía que alguien quisiera escucharme, sin que se asustara, o desvivieran en formas de solucionar el puzle en el que estoy.

EN MI PRIMER AÑO EN LA ESCUELA DE PARTERÍA, ME ENCAMINABA POR UN PASILLO, dejaba atrás mi primera experiencia en una sala de parto, en donde, por demás, me había sentido completamente inútil. Ana Bouscat venía caminando en posición opuesta a mí y ya cerca, me di cuenta que yo era el objetivo por el que iba. "Grandier ¿verdad?" me habló. Contesté de forma afirmativa. "¿Estás bien?" preguntó y aquello me tomó por sorpresa, porque ningún instructor, profesor o lo que fuera, jamás se había acercado a mí a hacerme aquel tipo de pregunta, si lo hacían era para aplicarte algún tipo de castigo, para decirte que estabas en problemas, lo cual era muy usual. Yo, para no levantar sospechas, contesté que sí, que estaba bien. "Te veías un poco angustiada por la jovencita que atendíamos" muy perceptiva insistió.

"Intenté no interferir" me disculpé, porque lo que había sucedido en el hospital fue que, entre gritos, contracciones y el pavor en el rostro de la madre primeriza, yo no había aguantado; había dejado mi cuaderno de notas para ubicarme a su lado, tomar su mano y entregarle algunas palabras de apoyo. Es que en primer año solo debes tomar notas y no intervenir en absoluto, ni siquiera con algún gesto de humanidad.

"No hizo nada malo; decirle a alguien que todo va a estar bien, es bueno, sobre todo si se trata de una paciente aterrorizada" me tranquilizó "Pero, solo para complacer a nuestros superiores y que dejen que usted permanezca en esta escuela, es mejor que en su primer año observe los procedimientos que se lleven a cabo y tome nota sobre ellos: habrá otra clase en donde podrá practicar, es importante que así lo haga"

"Entiendo, gracias señorita Bouscat"

"A veces puede ser un poco difícil de procesar lo que vea aquí, pero si necesita hablar, puede buscarme: lo que salga de su boca, será extrictamente confidencial"

¿Qué si me sentí bien después de ese encuentro? Por supuesto.

Tiempo después, cuando en una oportunidad decidí aceptar su ofrecimiento, me enteré que otras chicas habían recibido palabras similares de ella. En la sala en donde nos entregaba sus lecciones, me encontré con dos compañeras más y la dinámica era muy simple; Ana preguntaba por nuestro día, qué nos había parecido, bueno o malo, por qué. De forma progresiva, la timidez se disolvía entre nosotras y las palabras fluían, se hacía mucho más fácil dialogar y en esos diálogos, te dabas cuenta de que no eras la única que se creía torpe o necia, débil e inexperta, o que no arrastraba problemas desde el hogar o de uno prácticamente inexistente. Cuando salía de esa sala, me sentía más liviana. Nunca di detalles sobre mi madre, pero hablaba sobre su ausencia, así como mis compañeras y nuevas amigas lo hacían por las suyas. No sabía que tantas chicas tuviesen problemas con sus padres...

Nunca conocí a alguien que le importara. Ana se preocupaba genuinamente por nosotras y no tenía que hacerlo.

Estaba recordándola en los días previos a su desaparición. Parecía que todo iba bien con ella, seguía siendo la misma persona animada de siempre. Generalmente era ella quien esperaba por nosotras. Y creo que a todas nos sorprendió, la lejana ocasión en que se ausentara por dos semanas de todas sus actividades.

Como alumna, nunca se me ocurrió que en su vida existiesen más complejidades aparte de toda la paciencia que derrochaba sobre nosotras. No me pregunté si tenía familia y cuál era su relación con esta, si había estado comprometida o no, si estas relaciones eran satisfactorias, felices o la llenaban de incertidumbre, rabias o sufrimiento. No lo sabía, no sabía nada sobre ella, qué le importaba o qué no…

Obviamente su familia le quería y le importaba, o no hubiesen comenzado una investigación por su propia iniciativa a parte del trabajo policial.

Le propuse a mi padre retornar a casa más a menudo, cenar con él y dormir en mi cama. Aceptó gustoso y quedó en enviarme un coche, en cuanto le hiciera llegar mi nuevo itinerario. Hablaré con nuestra directora, madame Lachapelle, mañana a primera hora para realizar las modificaciones; probablemente me pida iniciar mi jornada mucho más temprano, pero debo hacerlo. El señor Bouscat le pidió algo a mí padre, y creo firmemente que es sobre Ana.

Mi padre jamás me lo dirá. Es por eso que debo estar cerca de él.

OSCAR

FUE UNA TARDE DE MARZO, HACE CUATRO AÑOS, CUANDO ME DI CUENTA que ella estaba cambiando y que debía hacer algo más substancial, a parte de lo que ya me había propuesto hacer.

Recuerdo que la nieve ya se había derretido casi por completo en la ciudad, y el jardín de nuestro hogar parecía estar a punto de renacer. Desde el segundo piso, dentro de la habitación de una de nuestras mucamas, podía verlo.

Esa tarde, planeaba un nuevo viaje. Había terminado de comunicar a Sylvie que necesitaría mi equipaje listo para partir en dos días más y, al finalizar, me había quedado prendada del paisaje. Luego, Alexandre irrumpió en la habitación.

"Sylvie, porqué hay canastos de ciruelas en la cocina ¿Es que harás mermeladas con ellas?" había preguntado.

"No lo creo, ya hay suficientes frascos en la alacena" afirmó la mucama, pero al observar al muchacho comenzó a inquietarse "Aún están ahí ¿verdad Alexandre?"

"Claro" asintió con un brillo glotón en los ojos.

Alexandre le observó perplejo cuando le vio salir como un petardo de la habitación. Sylvie sabía que mentía.

"Alexandre, ven aquí" le llamé, pero cauteloso permaneció en el umbral "¿Qué has hecho?" pregunté cruzándome de brazos.

Debió notar el tono de suspicacia en mi voz, ya que retrocedió un paso hacia el pasillo "Durante el día muchas cosas, Oscar"

"¿Qué clase de respuesta es esa? Ven aquí, ahora mismo" demandé, se acercó dos pasos y agregué "Tu reporte de notas llegó hoy y debo decir que no es lo que esperaba, jovencito… ¡Alexandre!"

Con lo último dicho, solo provoqué una gran persecución escaleras abajo, hacia el jardín y hasta un roble que Alexandre escaló hábilmente, para colocar distancia entre los dos. Pero, se equivocó al pensar que me quedaría en tierra esperándolo, ya que comencé a ascender de igual forma hasta donde estaba. Cuando lo tuve enfrente, aferrado a una rama, solo atinó a decirme "¡Lo intenté! ¡Pero, no entiendo la aritmética, de verdad que no, lo juro, lo juro!"

"Alexandre no discutiré esto aquí" exclamé mientras trataba de sostener el equilibrio "Ahora baja, porque irás a tu cuarto remediar esa falta inmediatamente"

"Pero, vas a castigarme"

"Si esta vez obedeces, te prometo que no lo haré" dije extendiéndole mi mano para estrechar la suya y sellar el trato. Más me interesaba verlo sobre tierra y a salvo, pero no creyó en eso. Cuando comenzamos a descender, se empeñó en adelantarme, en llegar primero. Yo mantuve mi ritmo, después de todo no tenía doce años.

Dejé que se marchara, pensando en que le alcanzaría en su cuarto, preparando en mi mente el puñado de títulos que arrojaría sobre su escritorio, para que estudiara y memorizara. El viento sopló sobre mi rostro y en un breve instante pude apreciar el cielo azul, libre de manchas nubosas, el aire y la brisa prometiendo el estío. Había cerrado los ojos para atraer viejos recuerdos, al abrirlos la vista de algunos edificios y casas, interrumpieron la alegre visión del campo abierto de mi juventud. Mis ojos fueron en búsqueda de algún remanente natural en nuestro jardín; árboles, rosas, lavandas. A la distancia, y en medio se hallaba lo que no imaginaba.

"…Oh por Dios… ¡Isabelle!"

Alexandre era mucho más visible en términos de mal comportamiento. Pero desde esa tarde, la vista desde aquel árbol brindó una nueva perspectiva.

A mis doce años jamás pensé en otros chicos, por lo que la precocidad de mi hija me tomó completamente por sorpresa. Detrás de un rosal y bajo la ventana de la cocina, ella y el niño Chatelet se besaban.

Bajé el maldito árbol, pero no recuerdo cómo. Me volví completamente loca. La indignación tomó presa de mí. Llegué a ellos, tiré de Isabelle apartándola de François, tomé sus hombros obligándola a enfrentar mi arenga. "¡Qué demonios crees que estás haciendo! ¡Crees que esto es correcto! ¡Contéstame!"

No contestó, por supuesto. Un par de ojos verdes, me observaban aterrados, mudos, incrementando mi ira. Ahora sé que no comprendía, pero era de esperar, era una niña. El problema era yo: llevaba suficiente tiempo en este mundo, como para no saber lo que sucedía en una jovencita de casi trece años. Se suponía que debía saberlo, y que debía guiarla.

Solo fui capaz de provocar su llanto tras haberla abofeteado. No supe qué otra cosa podía hacer.

Llegada la noche, su padre y yo nos sentamos a discutir su situación. Tras haberle relatado el suceso de la tarde, él cayó en un peculiar silencio, sonrisa resquebrajada y ceño fruncido, el conjunto de gestos fue acompañado por un "Pero es una niña".

"Eso creí, André" contesté, pero el enigma que le inquietaba no era el mismo que revolvía mis pensamientos. "¿Qué haremos?" pregunté, y descreído me observó. Tanto así me había afectado, de repente era una inepta.

"Debemos hablar con los padres de François" propuso.

"¿Qué solución ofreceremos?" pregunté una vez más, él frotó su rostro con ambas manos.

"No lo sé" contestó levantándose de su asiento "Me recuerda a ti, a la edad de trece años comenzaste a provocar dolores de cabeza a tu padre"

Intenté ignorar aquel comentario, abandoné mi silla y volteé hacia la entrada de la sala, pero no pude huir. No le habíamos oído llegar; ahí estaba, frente a mí, lo que pude haber sido alguna vez, algo más simple, con una vida normal y más llevadera. Nuestra hija había dejado las trenzas y recogido su pálido cabello en su primer moño, vestido blanco de muselina cubría su floreciente cuerpo infantil. Una jovencita hermosa se revelaba ante mí, y yo no sabía qué hacer con ella.

"Mejor… vuelvo a mi cuarto" dijo y tras el segundo que salió arrancando, me apuré a cerrar las puertas de la sala. Contra el frío pecho de estas es que comencé a desesperar.

Sin decir palabra sentí el calor de André rodeándome, pero su abrazo no era un consuelo eterno, algo debía hacerse.

"Creo que es hora de que asista a una escuela" le oí decir "Buscaré una mañana"

Me separé de su pecho y lo miré, consintiendo con esa idea que entonces me pareció excelente. Me aferré a ésta pensando en que sería la solución definitiva, aquella que acomodaría las piezas entre mi hija y yo… pensé que así ella comprendería y aceptaría cuál era su lugar en el mundo…

Al poco tiempo yo volvería a marcharme, años transcurrirían. A través de cartas y telegramas, me enteraba de la vida de mis hijos. Isabelle había entrado a estudiar partería con el consentimiento de su padre, lo cual no me hizo ninguna gracia, pero me dio muchísima tranquilidad saber que ella se había comprometido, fue un indicador indiscutible de que sí tendría una vida en orden, sin confusiones. Pero tres años corrieron, sin poder percibir que el esfuerzo y trabajo de su esmerada educación, no habían servido de nada.

Confieso que, tras haber sido testigo en primera persona del horror en batallas, después de sentir una profunda decepción por la codiciosa filosofía de nuevas campañas de guerra, por la inteligencia fría y calculadora de quienes se hallaban a la cabeza, volvía a casa buscando refugio de todo ello. Anhelaba ver el brillo de esperanza en la juventud de Alexandre e Isabelle.

Llegué una tarde de lluvia, madame Barraud me abrió la puerta. Ella y el calor del fuego en las chimeneas me dieron la bienvenida. Con un chocolate caliente me senté frente al hogar de la sala y aguardé. Momentos después la lluvia amainó. Las nubes se apartaron levemente, y las ramas de un árbol filtraron la luz de unos rayos de sol sobre una pared. Escuché la puerta de entrada abriéndose "Gracias a Dios" dijo André, al umbral de la habitación.

Al verlo dejé de reprimir todo lo que había encerrado en mi pecho. Mis lágrimas mojaron mi rostro, la angustia y la añoranza brotaron en carne viva, con dolor. Quería tocarlo para alcanzar finalmente alivio, porque tantas veces pensé que no le volvería a ver. No quise separarme de su abrazo, quería reconocer al ser que había dejado; su olor, el latido de su corazón, sus manos, su pecho, su rostro, que como el mío había cambiado, pero aún podía reconocerlo, detrás de las líneas y cicatrices del tiempo. Como él, yo tocaba sus mejillas, acariciaba, su espalda su cabeza sólo para saber que no era un sueño, que era verdad que estábamos juntos.

Enternecido y con aire protector, levantó mi mentón "Estás aquí, ¿por qué? ¿Qué pasó…?"

"Nada bueno" confesé "Cuando te lo diga, dirás que fui impulsiva"

"Sueles inclinarte por ese estado y desechar toda cautela, pero ¿qué tan grave es tu posición?"

Moví la cabeza sin saber por dónde empezar. "Está por verse… te diré todo, pero ahora-"

Él asintió cortando mi frase, quizás comprendiendo mi cansancio, me llevó hacia un sillón. Descansé sobre su hombro cuando me rodeó con uno de sus brazos, y comenzó a arrullarme al narrar su día a día, las mañanas con nuestro hijo y cómo prosperaba retratando a parte de la alta burguesía de nuestra ciudad. Había comenzado a ayudarle y guiarle, para realizar las conexiones correctas en sociedad, y observó con tranquilidad y confianza él éxito con que Alexandre se desarrollaba "Creo que va a estar bien" sonrió. Su semblante se agrió al referirse a sus propias actividades. A través de los años había logrado hacer un buen trabajo y siendo reconocido con nuevas responsabilidades, obtuvo cargos más importantes dentro del periódico nacional "Pero, no hay ninguna satisfacción en mentir, en ocultar y manipular la información" dijo, fijando su mirada en mí, y el mensaje tácito pude comprenderlo muy bien: La información impresa, no cuadraba con lo que yo y mis camaradas vivíamos en terreno.

"¿Y qué hay de Isabelle? ¿Cómo está ella?" pregunté, para cambiar a un tema, que pensé sería más agradable de revisar.

"Ha tenido algunos retos en el camino, pero estará bien" dijo y nada más.

Escuchar eso de él, ya me pareció extraño. Me alejé del brazo que me rodeaba, me enderecé sobre mi asiento "¿Y ahora?" insistí y él se levantó.

No es propio de su personalidad pronunciarse de forma tan breve. Sin saber qué decir, me quedé con la mirada fija sobre él, esperando que dijera algo más.

"Las cosas han cambiado" agregó y nuevamente una larga pausa. Por qué le era tan complicado hablarme ahora.

"Quieres decirme de una vez qué pasa, ¿o debo descifrar algún tipo de acertijo para enterarme de los pormenores en la vida de nuestra hija?" tratando de contenerme respondí.

Alzó su mirada sobre mí y volvió, lo dijo como quien arranca una venda de una herida.

"François recurrió a los servicios de una Maison de Tolerance cerca del Arsenal, nuestra hija se enteró hace más de un mes, y tras unos días terminó el compromiso con él. Aparentemente ella se encuentra bien, pero me lo ocultó por tanto tiempo, que no puedo pensar que esté bien o que vaya a estarlo"

Pude ver cómo revisaba la expresión que se había dibujado sobre mí, pero yo me encontraba intentando recuperar de aquel balde de agua fría sobre mi cabeza, intentando darle un sentido a toda la información que me había entregado, contemplaba dudas y vacíos que me ayudaran a formular preguntas.

"¿Cuándo te enteraste?" logré decir.

"Hace una semana, Bernard me informó que Alexandre había sostenido un duelo con su hijo"

"¿Alex lo retó?"

El asintió. "Tras el rompimiento, François se hallaba algo inestable, creo que no pensó que Isabelle se atrevería poner fin a su compromiso" con amarga mueca de satisfacción dijo "hace ocho días Alex le hizo una visita junto a otra amistad, le encontraron ebrio y el chico lo dijo todo ante ellos... Pero, Bernard y yo no nos enteraríamos hasta ver a ambos apaleados"

Me incorporé y lo dejé a un lado. Él me siguió, preguntando a dónde iba al momento en que colocaba mi capa nuevamente sobre mis hombros. Por supuesto, supo el lugar que tenía en mente y a quién. Frunciendo el ceño me reprochó "Eres muy dura, Oscar" me acusó "de todas las personas en este mundo, eres tú quién debería comprender más su posición, y por eso demostrarle algo de compasión ¡Se encuentra sufriendo y no se atreve a confiárselo a nadie!"

"Perdió la dirección y alguien debe enderezarla, y ya que tú no lo has hecho…" hiriente respondí.

Cuando llegué, vi a Isabelle apenas logrando sostener el destrozo en su interior, podía verlo en sus ojos, los ojos que heredó de su padre. Se esforzaba de manera sobrehumana frente a mí. Me rompió el corazón verla en ese estado. Pero, ella sabe qué debe hacer, aun así, mi instinto me dice que se rehusará ¿Por qué? No lo sé y no lo entiendo.

ALEXANDRE SE ENCUENTRA FRENTE A UN GRAN LIENZO. Con paleta de colores en una mano y un pincel en la otra, congela sus movimientos al darse cuenta de mi presencia en su taller. Por su mirada me doy cuenta de que no soy bienvenida, pero en realidad nadie es bienvenido en su territorio.

-Es mí casa – me defiendo – yo la compré.

-Es mi lienzo, yo lo compré

-¡Oh, vamos! – respondo esquivando sus brazos, dándome paso y ubicación en frente de un horrible retrato. -¿Qué es…? ¿Quién demonios es?

-El peor de todos mis clientes, ya voy en la quinta corrección – resopla exhausto- no es mi culpa, alguien perdió el sentido de estética cuando lo fabricaron – refunfuña mientras yo disfruto a carcajadas de su desgracia.

-¿Has recibido compensación?

-Cincuenta por ciento al inicio, y luego subí mi tarifa cuando escuché sus quejas acerca de su papada, la gran nariz aguileña, la calvicie y ahora su verruga.

-Supongo que aceptó ya que aún te veo trabajando en él.

El asiente, pero veo que ya tuvo suficiente por el día y comienza a quitarse capote y a dar cierto orden a sus artefactos – Tengo hambre – escueta e instintivamente dice y no me espera.

-¿No has cenado? -pregunto al ver su ansiedad.

-No – replica- no me di cuenta de cuánto tiempo había transcurrido – explica mientras alcanza la salida del cuarto y el pasillo, obligándome a seguir sus pasos.

-¿A dónde vas?

-A la cocina, las mucamas están dormidas – le escucho gritar a la distancia.

Al llegar enciende algunas velas y nuestra cocina revela sus formas, mesones, anaqueles de cálidas maderas y altas paredes blancas. Mientras tomo asiento frente a la mesa en donde madame Barraud y Sylvie se sirven sus comidas, él enciende la estufa con inusitada habilidad, luego ataca la alacena. Surge con variada mercancía entre sus brazos. No me sorprende que se maneje tan bien en este espacio, desde pequeño acechó los manjares que yo ordenaba se ocultaran de sus glotonas manitas. Mientras se ocupa en la preparación de su platillo, pregunta por el paradero de su padre.

-Ha de ser alguna tarea de última hora ¿no?

-Eso creo, sé tanto como usted – dice mientras me sirve una taza de té, luego me da la espalda, descuelga una sartén de la pared, bate unos huevos, sazona y vierte el revoltijo sobre la sartén ya caliente.

–¡Vaya! Eres muy autosuficiente – digo con un tinte de ironía – ¿en dónde está tu delantal? Podrías manejar el plumero por la mañana también, querido.

Ni siquiera ríe, de hecho, hace caso omiso de mi humorada. Termina de masticar un bocado de pan, sirve su comida en un plato, se sienta frente a mí y contesta.

-Nula habilidad con los utensilios de la limpieza, señora – contesta, luego de tragar un bocado, gira su vista para dar un vistazo alrededor – van a regañarme cuando se levanten.

-Eres un desastre – le crítico y tomo un sorbo de té.

Recuerdo que aún no cumplía quince años, cuando decidió organizar su taller al interior de esta casa. Un día las mucamas simplemente encontraron el acceso restringido a una de las habitaciones destinadas a huéspedes, amigos o invitados.

Alexandre no resultó ser un estudiante modelo. No sacaba muchos éxitos en el liceo, pero esto lo tomó muy enserio:

"Quiero, una escena urbana" en una visita mi antiguo subalterno, Alain de Soisson, le había encomendado. Antes de partir a la campaña Prusiana, mi hijo había terminado el lienzo.

El cuadro cuelga hoy en un solitario departamento. Describe el arribo de una diligencia, una familia descendiendo de esta y siendo recibida por el resto de sus miembros en la calle. Padres, abuelos, hermanos… rodeados de complejas situaciones, pero juntos.

Por mucho tiempo me pregunté qué le había hecho escoger esa escena.

Alexandre nunca me ha preguntado por sus abuelos, por el contrario de su hermana. "Están de viaje en el extranjero" su padre contestaba por mí. Yo no habría podido hacerlo. No he logrado hacerlo en mucho tiempo.

-Me gusta hacer mis comidas aquí- comenta de la nada.

-¿Por qué?

-Junto a Sylvie y madame Barraud, se siente como si fuésemos más en esta casa. De hecho creo que me agrada oírlas regañar por la mañana, le da vida a esta tumba.

Trago saliva y siento el peso del mundo sobre mis hombros.

-Cásate y aumenta el número tú mismo.

-Trabajo en ello.

-¡Ah sí!- sorprendida digo - ¿quién es?

Con un dejo de malicia se queda observándome, tomo su mano en un ademán que le exige la entrega de una respuesta. Él solo sostiene mi mirada.

-Se lo diré mamá, pero aún no, ella no está lista aún.

-¿Por qué?

Titubea un momento, piensa una o dos veces en qué va a decir a continuación.

-Está bien… yo no estoy listo aún – confiesa - no es fácil entregarle confidencias…

No sé cómo lo hace, pero este niño siempre ha logrado dejarme con la boca abierta.

-¿Qué quieres decir? – naturalmente la presión de mi mano sede sobre la suya, pero él logra retenerla.

-Por favor, no lo haga; usted sabe a qué me refiero.

-En verdad no sabes explicarte muy bien – contesto, e irritada trato de zafarme del agarre de su mano.

- Ya basta, lo está haciendo otra vez… – con gesto frustrado e igualmente irritado replica – no soy un idiota ¿sabe?

Mueve la cabeza, con algo de tristeza y molestia.

Yo alargo una mano y me atrevo a acariciar una mejilla. Él cierra sus ojos y se entrega por primera vez desde que recuerdo, jamás me dejó hacerlo antes. Mis dedos recorren la complejidad de tonos dorados y cobrizos de su cabello que aclaran más y más al llegar a las sienes- ¿Eso es todo? – me burlo. Levanta su rostro y me observa.

-¿Cómo es que papá la tolera?

Aplico una suave palmada a su mejilla izquierda, y escuchamos el sonido de la puerta principal abriéndose y cerrándose. Nos levantamos y dejamos la cocina atrás.

Extenuado vemos a su padre dirigiéndose hacia nuestra sala, por un momento pienso que no nos ha visto, pero levanta la mano en señal de saludo -Buenas noches – dice a ambos.

-¿En dónde estabas? – le interrogo - es casi medianoche.

-Lo sé, el editor tuvo reunión con el Ministro de policía – con un gesto resignado admite – es un maldito cerdo – masculla a media voz.

No aclara nada al respecto. Se desvía del tema y pregunta a Alexandre sobre su día, si arregló el asunto sobre su último encargo, cuáles fueron los términos y si ambas partes quedaron conformes.

Tras aquella conversación, Alexandre percibe algo, en el silencio y en nuestros gestos. -Buenas noches – lo despido y se retira.

Cuando escucho una puerta cerrándose es que comienzo a acercarme. Dejo que tome mi mano y me guíe hacia la sala. Mientras yo descanso en una silla, él va en busca de una botella de vino y dos copas. Algo que las mucamas dejaron al alcance horas antes al darse cuenta que nadie vendría a probar bocado.

De hecho, ahora pienso que no ha debido probar bocado alguno, no ha descansado por horas. Giro mi atención a él. La botella de vino está en sus manos, la mira fijamente, abstraído y alejado del momento que pensé que compartíamos.

- ¿Estás bien?

- Si - abre la botella y sirve ambas copas, no bebe, entorna la mirada sobre mí - Di una visita a la familia de Michel Bouscat, su hermano me ha solicitado un favor.

El bienestar se desvanece de mi rostro. Pero André se sentía en deuda con aquella familia. Desde que se hizo mención sobre el caso de esta joven mujer, su interés fue notable - Fue sobre su sobrina, ¿verdad? - sin mirarle pregunto.

-Paul, se entrevistó con la mujer inculpada de su desaparición.

-¿Era eso necesario? ¿La policía de seguro lo habría hecho?

-Fue la excepción a la regla – sombrío aclara – la entrevista nunca debió tomar lugar, la acusada tenía prohibido hablar hasta su juicio.

Ocupa una silla en frente de mí, busca mi mirada - la última vez que Irene Pontier vio a Ana, le seguía por el barrio periférico de Saint Jacques…

-¿Y luego?

Ahora toma la copa y un largo sorbo. No le era muy agradable continuar con la historia.

-Le vio entrar a una propiedad acompañada por alguien más, sin identificar – me aclara - … Ana nunca salió, pasaron las horas hasta que vio las siluetas de unos hombres entrando… nadie salió hasta bien entrada la madrugada, hasta que les vio cargando bultos en una carreta, de esta carreta cayó un objeto que más tarde Irene conservaría, era un simple brazalete, pero por guardar el artefacto es que fue inculpada de robo y asesinato.

-¿La policía no tomó su declaración?

Él movió la cabeza.

- Les bastó con tener una presunta culpable y eso parece tenerlos satisfechos, porque nada se ha hecho por encontrar a Ana.

-Jamás lo hicieron, no en verdad – adivino, él asiente y yo …

Siento esa vieja sensación en mi espalda, esa confiable alerta de antaño, dos manos heladas en mi nuca. De más espera se trataron las campañas en que me vi involucrada, y en esa espera aquellas gélidas palmas me hicieron compañía. En noches de vela, creía escuchar a mi oído una advertencia… cuando finalmente la confrontación llega, todo es fugaz, el sonido metálico de una espada, el fuego de cañones arremetiendo contra líneas de defensa y acabando con millones de vidas. Ahora todo está calmo y me pregunto cuánto tendré que esperar antes de que suceda algo.

-¿Irene confirmó la muerte de esa joven?

-Le relató a Paul sobre el contenido al interior de esa carga, que resultó ser su sobrina.

-No debes involucrarte en esto.

-Son solo algunas averiguaciones, no corro peligro- promete, como si fuera algo fácil y alcanzable para él ¿Cuántas veces estuve a punto de perderlo? Me alejo, desde una esquina de la sala le dirijo una mirada llena de reproches, de dudas y miedo - Cómo no podría hacerlo, ya sabes lo que pasó en Duplessis, no estaría aquí si no hubiese sido por su hermano.

Sé que sería admitir que en mi juventud fui una déspota, pero realmente preferiría haber continuado como el amo de este hombre.