LAS DESAPARICIONES
III
El silencio en mi casa sonaba tan alto.
Bajo las puertas, por el corredor hacia abajo
Esperando a que el secreto brotara hacia fuera
Oh eso que hacemos cuando nadie está cerca
Octubre 25 año 1807
ISABELLE
FUE TAN CALCULADO LO QUE HICE, QUE YA NI PUEDO MIRARME AL ESPEJO sin sentir asco o vergüenza. Creo que esta es la primera mentira realmente descarada a la que le he sometido. Mi padre había reclamado que me estaba alejando, así que le propuse retornar a casa más a menudo, y acercarnos, pero mis intenciones eran otras. Entregarle la sensación de cercanía es como colocar un parche más en nuestra relación, un dulce para complacer a un niño, del modo en que él ha hecho conmigo para llenar el vacío del que no nos atrevemos a hablar. Tengo una colección de hermosos parches hechos por él a través de todos estos años, porque un genuino acercamiento tomaría un trabajo más profundo, uno que quizás nadie tiene energía para realizar. En verdad todo esto es para enterarme de sus movimientos, si debo ser realmente honesta.
Específicamente, de los siete días de una semana, he de dormir y cenar en casa cuatro. Hoy fue el primer día de este trato y… bueno, me siento como una perra manipuladora.
A la mesa solo fuimos tres quienes cenamos. Mi padre, mi hermano y yo. Nuestra madre había permanecido en el cuartel, y al parecer ese lugar la absorbería toda la semana.
El reloj marca las nueve de la noche. Dos pisos arriba de mí, mi hermano se encuentra en su taller y trabaja en sus encomiendas, mientras yo estoy en el cuarto de lectura, sobre el escritorio de mi madre, escribiendo en mi diario de partería.
Hace unos minutos, antes de salir a la noche, mi padre lo observó con curiosidad.
"¿Qué tipo de materia estudias?" preguntó, y de pie se inclinó a mi lado para observar mejor.
"No es una materia específica, es un diario de partería, se registran observaciones acerca de cada procedimiento aplicado sobre una paciente y sus reacciones ante todo" le expliqué.
"Supongo que todas han de llevar uno"
Yo asentí "Es que es importante dejar todo claro con respecto a los nacimientos, tarde o temprano este diario se convierte en documento legal, ya que deja testimonio de todo aquello ocurrido en las salas del hospital" dije y pensé que con eso se quedaría, pero comenzó a preguntarme sobre el criterio con el que registrábamos cada caso, y pareció que se le iluminaba la cara cuando le enumeraba las partes: día, hora, nombre de la paciente, lugar de atención… Asentía mucho, y creo que pude ver cómo los engranajes al interior de su cabeza comenzaban a andar a un compás mucho más rápido del usual. El brillo de su ojo derecho se afiló y quedó ensartado en la cubierta desvaída de mi diario. "Si lo desea puedo enseñarle algunas secciones" le ofrecí.
"Quizá otro día" dijo y se despidió.
Lo hice a propósito. Sé que hablar sobre mi delicado mundo femenino, le incomoda desde mi primer sangrado..
OSCAR
EL DÍA DE AYER, TEMPRANO POR LA MAÑANA, HABÍA DEJADO ATRÁS EL CUARTEL PRINCIPAL DE MI REGIMIENTO Y DIRIGIDO A PORT ROYAL.
A MI ESPALDA QUEDABA el Campo de Marte y delante de mí, nada más que edificios y angostas avenidas aguardaban. Solo tenía algunas horas antes de que nuevos informes, reuniones y revistas a pelotones, ocuparan la totalidad de mi tiempo.
Era temprano y helaba. Había despertado al alba y el hecho de vestirme y ensillar mi animal para mi salida, fue producto más bien de un impulso que de una previa planificación de mi horario.
El tiempo se escapaba de mis manos.
La razón de mi premura no tuvo relación con el cumplimiento de mi deber. Estaba preocupada. Es que habían sucedido muchos días desde aquel inesperado encuentro entre mi hija y François.
Su conducta logró sorprenderme. El modo en que manejó toda la situación fue madura y sensata, sin dejarse desfallecer en ningún momento. Esto no es algo que haya aprendido en la escuela de señoritas, es más bien natural en ella. Inició conversaciones, atendió y animó a sus invitados de forma afable y cálida; asegurándose de dejar el camino seguro y despejado para que su padre recuperara del todo a sus amistades. Sé que lo hizo por él, lo sé muy bien.
No sabía exactamente qué iba a hacer al visitarla nuevamente en su escuela. Nunca hemos terminado en buenos acuerdos, es como si las dos hablásemos idiomas distintos. Ella guarda silencio y acata mis órdenes, y tengo la ilusión de que todo irá mejor.
Presentía que una vez más se abrirían discusiones, que yo tendría la última palabra, pero que en realidad no se resolvería nada... aún así, debía intentarlo aunque fuera una vez más, debía verla, quería saber... quería ver su rostro... quería ver a mi pequeña, eso era todo.
Ya que no estaba al tanto de su itinerario, llegué en el momento en que se encontraba enclaustrada en algún salón, recibiendo lecciones de alguno de sus profesores o Sage-femmes, como se les llama a aquellas parteras ya graduadas de esta institución estatal. Así me había aclarado una de ellas. "Disculpe señor, las alumnas se encuentran atendiendo a un seminario, no es posible interrumpir a menos que usted sea un familiar" dijo mademoiselle Hucherard. Sus palabras cayeron como una patada a mi estómago; en pocas ocasiones se me exigió justificación para visitar a Isabelle.
Hucherard es una mujer pequeña y delgada, joven, pero con los pies derechos y muy firmes sobre la tierra. Vi en sus ojos cierto temor hacia mi persona, pero se mantuvo derecha y con la frente en alto. Sólo por eso la perdoné.
Comencé mencionando el nombre de su padre y nuestra antigua relación de amistad "Trabajó para mí por muchos años, antes de alcanzar su independencia y forjar una nueva familia" expliqué. Ya más relajada, se disculpó por la rudeza de su recibimiento.
"Discúlpeme, lo lamento mucho, quizás pueda discutirlo con nuestro director, de seguro lo recibirá"
"No se preocupe mademoiselle, lo intentaré en otra ocasión" Me excusé y me marché de Port Royal al instante.
NO DEBERÍA SORPRENDERME. PERO ASÍ ES… ME SORPRENDE NO HABER NOTADO Y LEÍDO LAS SEÑALES.
Al llegar al cuartel del regimiento, mi ayudante me recibe en mi despacho con la usual cantidad de correspondencia. Sólo un sobre se destaca entre informes, listas y peticiones tanto de compañeros militares, como de jóvenes y entusiasmados reclutas. Es carta de Alexandre, la tomo entre mis manos pero no la abro. Observo su caótica caligrafía, esa que nunca pudo ser domada del todo en sus cuadernos de caligrafía.
Recuerdo la primera vez que su hermana me escribió. Una pequeña de tan solo seis años había redactado una carta.
Se había adelantado a él y a muchos niños de su edad.
Yo me hallaba acantonada en el Norte, el límite entre Francia y Alemania, cuando una mañana un courier llegó a nuestro campamento con el milagroso correo. Ansiosos, los soldados dejaron sus tiendas para recibir noticias de sus ya lejanas tierras y familias.
No podía creer que, la segunda carta que recibiera aquel día, perteneciera a mi hija, de Alexandre recibí dibujos de nuestra casa, una fruta, una planta... Alex tenía mucho que enseñarme e Isabelle tenía mucho qué contarme.
Primero, me habló sobre algo del típico interés de las niñas: flores. Tema que concebí normalmente ingenuo para ella pero, luego comenzó a desplegarse; a que no sabía que podían curar las heridas, que con pocas podías sanar... que si en dónde estaba, cuándo regresaría…
Al regresar a París, llevé regalos a mis hijos: Alex recibió crayones y cuadernos, y su hermana una muñeca y una pequeña cuna.
Al poco tiempo, observé que la muñeca permanecía todo el tiempo en su cuna y ella a metros de distancia, sentada delante de su escritorio. La expresión ávida de su padre en sus ojos, la nariz de mi madre hundida en un libro. "¿No juegas con ella?" le interrogué un día.
"Está enferma del estómago" murmuró con su dulce e inocente voz, "necesita descansar" agregó, procurando por la tranquilidad del juguete. La verdad es que todos los muñecos que llegué a regalarle, siempre sufrían de alguna dolencia; la lista completa de una guía médica que su padre mantenía en nuestro cuarto de lectura.
Entonces, solo eran juegos, no intereses.
RECIBO LA ORDEN DE DESPACHAR DOS COMPAÑÍAS HACIA EL SUR DEL PAÍS, CUANDO ALAIN DECIDE APARECER EN EL CUARTEL. Mísera cantidad si ha de compararse con el regimiento de cazadores del emperador.
-Está enviando muchos hombres a la frontera - Alain me comenta
-Ya sabes que es por Portugal - sentada ante mi escritorio y sin levantar mi atención de las cartas que redacto, le contesto.
-Entonces tiene sentido que una división haya alcanzado Madrid - con tono irónico me informa y logra detener el trabajo de mi mano. No es mi ayudante de campo, gracias a Dios. Mi antiguo y antes revoltoso subalterno, ha acumulado más éxitos de los que él mismo esperaba de sí. Siempre supe que estaba hecho para ser un líder militar, tiene todas las habilidades y aquel espíritu intrépido de un imprudente jovenzuelo.
-No tiene ningún sentido concentrar fuerzas en Madrid... - pensativa respondo.
-Lasalle se encuentra allí -me indica.
-Deberías escribirle - le aconsejo.
-Está hecho.
-Puedes hablarme de ello cuando lo desees. Si Lasalle se encuentra en la frontera, ha de tener vistas muy interesantes.
Él asiente. No toda la información transmitida en el boletín del ejército es oficial. Recibimos órdenes y esperamos que las razones o justificaciones, se encuentren impresas al interior. Hace mucho que Alain y yo ya no lo esperamos. Ya sentimos cómo la codicia comenzó a apoderarse de nuestros ideales hace mucho tiempo. Siendo así, cuidamos de nuestras espaldas dentro de lo posible.
Apoya su retaguardia sobre un archivero y se cruza de brazos. Elevo mi vista a él; al parecer tiene algo más qué decir.
-Alexandre me hizo una visita en Bellechasse hace poco; se le ve muy bien
-¿Qué hacía por esos lares?
-Iba hacia la oficina del contramaestre, el hombre quiere que entregue a su hija lecciones de dibujo y pintura.
-No le agradan mucho esos tipos de trabajo - digo riendo.
-Tampoco a la celosa señorita Pelletier.
La pluma que hago correr por sobre el pergamino se detiene.
-¿Qué?
Ante mi sorpresa un gesto de extrañeza surge en su rostro.
-Tu muchacho iba acompañado - repite.
-¿Aurore Pelletier? - pregunto, pero solo para asegurarme de lo que he oído
-Así es... - titubea, me observa un instante y asiente en entendimiento - no lo sabías.
No contesto. Regreso a mi redacción, pero no sé cómo seguir con el contenido. Devuelvo la pluma al contenedor de tinta, reviso otros papeles, aunque fracaso en simular indiferencia.
-Te dejaré a solas.
-Si... eh... has de tener mucho en tus manos ahora- logro contestar.
Toma su sombrero, lo encaja en su cabeza y me mira, no puedo ocultar mi decepción ante él esta vez -Lo siento... Creo que he hablado demasiado, te mantendré al tanto de lo que Lasalle responda. Entrega mis saludos a André.
Se levanta de su asiento y toma la salida.
Observo su figura a través de los cristales de las ventanas, cruzando por los patios de entrenamiento. Allí veo que el atardecer ya ha llegado. La luz también inunda mi despacho con un matiz encendido... como el cabello de la elegida de mi hijo. Antes de que termine de consumirse, decido hacer uso de esta para finalmente comenzar su carta.
Alexandre no realiza demasiados saludos protocolares, sin rodeos va a la llaga del asunto... Madre, ¿recuerda nuestra última conversación? Sé que apenas sí toqué el tema de mis futuros planes y que no fui muy generoso con usted, ya que le dejé adivinar mi interés sobre una señorita en particular y aún así continué manteniendo mis reservas. Le pido perdón, no es fácil para mí referirle detalles sobre este tipo de temas.
Pronto he de revelarle quién es y podrá conocerla. Siendo esta mi intención, por favor, le pido que no falte a la cena que se dará en dos días más, tengo importantes noticias que entregarles a todos…
Octubre 26 año 1807
ISABELLE
EL RELOJ SOBRE MI CHIMENEA MARCA LAS CUATRO DE LA MAÑANA, mi padre llegó casi a las tres. Desde mi habitación, escuché que entraba a la suya y que cerraba la puerta. Esperé un rato, para asegurarme de que no volvería a salir.
Me levanté, procedí hasta la sala, al cuarto de lectura, a su escritorio. Repleto, como siempre. Entre notas, plumas y libros había algo distinto. Lo abrí en la primera página. Era el diario de partería de Ana Bouscat.
CUANDO NIÑA VEÍA DESDE LAS VENTANAS DE CARRUAJES Y DILIGENCIAS, TODO UN MUNDO. Edificios, casas y mansiones parisinas. No importaba si estas estaban habitadas, abandonadas o en ruinas, había algo que las diferenciaba de la que yo habitaba: pensaba que las vidas en su interior, habían sido o eran, una versión mejorada de mí propia vida.
Me preguntaba cuán lejos se debía ir, para llegar al feliz resultado. Al llegar a la escuela de señoritas, me enseñaron los pasos para llegar a aquel supuesto bienaventurado desenlace.
Lecciones de cocina, dibujo y pintura, modales, bordado y costura, baile, manejo de instrumentos musicales... Y no debo olvidar las mágicas perlas de sabiduría como: las necesidades de vuestro esposo están antes de las propias, se les decía a las chicas ya comprometidas. No es educado hablar de ustedes mismas, era la frase para las espontáneas parlanchinas. Los caballeros las invitarán a bailar, no ustedes a ellos, frase dedicada a aquellas con demasiada iniciativa hacia el otro sexo. Pero esta era la que más odiaba, demasiado estudio debilita la mente de las señoritas, me habían dicho a mí mientras confiscaban mi enciclopedia ilustrada y me urgían a salir al jardín, a hacer bouquets de flores para adornar las mesas del té.
Cuando regresaba a casa, los antes lindos edificios, departamentos y casas con sus mágicas luces encendidas desde sus entrañas me parecían más altos, como grandes murallones de piedra alzándose al cielo y tapando el sol.
Algo iba mal. Yo.
Me escondía en mi cuarto y me echaba a llorar.
Se supone que debía sentirme feliz y agradecida, en la escuela eso decían a todas: que éramos afortunadas. Pero no veía en dónde estaba esa buena fortuna, cuando me hacían callar por hacer preguntas sobre cuál es la lógica de no hablar sobre ti misma, si lo que la otra parte espera es exactamente eso, saber quién eres. Desde el primer día en aquel instituto, me sentí incómoda en mi propia piel.
En una ocasión no pude reprimirme y la fortuna se alejó completamente de mi lado; no les agradaba a doña preguntona (yo), así que, después de tanto "Silencio, señorita Grandier" algo tenía que ceder… ahora que lo pienso en realidad fue por una tontería, pero de todas formas mi padre había sido citado por la directora, para discutir mi comportamiento en una de sus clases: una chica se había sentado con las piernas abiertas y la directora le había enseñado la forma apropiada de hacerlo, es decir, cruzando un tobillo detrás del otro y cuidando que el faldón tuviese las piernas bien cubiertas y escondidas "Una dama no debe mostrar nada" había justificado. Por lo bajo, Aurore me preguntó "¿Mostrar qué?". Mentalmente formulé varias respuestas, las más pintorescas de los conductores de diligencias de la ciudad, las cuales siento mucho no poder mencionar ahora… De todas formas, aquellos finos eufemismos sobre genitales femeninos se me hicieron tan graciosos, que tuvieron que sacarme de la sala debido al ataque de risa que comenzó a dominarme.
Recuerdo que después de esa reunión, en la cual yo sabía que me habían despellejado hasta los huesos en críticas y correcciones, pensaba en todas las cosas horribles que mi padre pudo haber oído sobre mí; pensaba en cuán decepcionado debía estar de la hija que le había tocado tener y eso no lo había podido soportar: entre Alex y yo, yo era la mejor portada, de mejor conducta, más afable, amable y contenida… y alrededor de mis trece años, comencé a observar que la opinión de los adultos sobre mí, cambiaba. Mi padre salió de la oficina de la directora con una expresión que yo no podía leer, sólo me dio aviso de que debíamos volver a casa. Luego me llevó de la mano por un pasillo, con la ansiedad carcomiendo mis huesos; debía saber algo de forma urgente.
"… ¿Cree que soy mala?" Pregunté.
Sorprendido, él nos detuvo, me observó, se inclinó sobre una rodilla y me preguntó "¿De dónde sacas esas ideas?" Sin esperar una respuesta recibí su abrazo y esperé por aquel alivio que siendo pequeña solía encontrar tan fácilmente, pero la pregunta quedaba abierta y sin respuesta. Era muy simple lo que debía responder: sí o no. Pero nunca lo hizo y con el tiempo, yo tenía demasiado miedo como para confirmar si en verdad era un producto defectuoso.
Hay mucho que nunca llegué a conocer sobre Ana. Aun así, sus palabras y su forma de ser no sólo conmigo, sino con todas sus alumnas, aliviaban esa carga de no saber. Ya no eras algo que debía ser corregido, como esa típica historia de un diamante en bruto que para brillar debe soportar que lo torturen, que lo raspen y corten, descarten y eliminen sus partes. Con Ana sentías que tenías la oportunidad de ser quien eras, un individuo: te animaba a descubrirlo, a dejar que brotara y creciera. Igual a una semilla, transformándose en un árbol, echando ramas al cielo y a los lados, para tocar y conocer, respirar. Ana tenía un método distinto de enseñanza, en el que nosotras aprendíamos tanto de ella como ella de nosotras.
Su diario, no era lo que esperaba leer; era ambiciosa, un gran árbol que había expandido sus intereses más allá de lo que se le tenía permitido. Ahí dentro, no era una simple partera con diploma. Sorprendentemente había agregado casos de fiebres infecciosas, lesiones por fractura y dislocación, resfriados y otras dolencias. La mezcla de pensamientos y observaciones expresaban la necesidad de estar ahí afuera y descubrir a otras personas, y cómo tratar de mejorarlas entre tanto dolor y carencia.
Pude haberme quedado horas y horas leyendo las palabras escritas por mi instructora, mientras algo dentro de mí comenzaba a despertar, a revelarse y a dolerme más y más mientras seguía. Al final pude verlo; un hueco negro, gigante y vacío. Siempre había estado ahí, sólo que no había querido verlo.
La extraño, y me hace falta.
HENRI LEFILLATRE, FUE QUIEN ME HABLÓ POR PRIMERA VEZ SOBRE LA ESCUELA DE LA MATERNITÉ. Él era dos años mayor que mi hermano. Ambos habían asistido a la misma institución de educación pública francesa, en donde cursaron su educación secundaria. Ahora la Escuela Normal del Panteon es llamada Liceo Napoleon.
A pesar de estar dos cursos arriba de Alexandre, Henri parecía ser incluso más joven en apariencia. Era el favorito de sus profesores, pero no tenía amigos y le asediaban y golpeaban bastante en los recesos. "Es un sabelotodo", "se cree superior a los demás" al menos eso escuchaban François y mi hermano en los corredores y las aulas.
Pero, Alex necesitaba de su ayuda.
A los dos meses de haber comenzado sus estudios secundarios, Alex invitó a Henri a nuestra casa... Necesitaba ayuda de forma urgente con... casi todo, pero máxime con su más temida enemiga: la aritmética.
Ese primer día de estudios yo me encontraba en la sala cuando llegaron, recuerdo que tenía un libro de medicina familiar a un lado, e intentaba entender un diccionario de botánica por el otro. Estaba algo inquieta ya que, en la última salida con mi madrina, habíamos hecho una visita al barrio de su infancia y a una de sus antiguas vecinas. Yo estaba segura de que podría encontrar alguna planta que lograría aliviar la picazón e inflamación de garganta. Ahora sé que revisaba el ejemplar equivocado y que si no hubiese sido por Henri, habría llegado hasta la madrugada antes de darme cuenta de ello.
De un golpe se abrió la puerta y Alexandre hizo entrar a un chico en donde me encontraba yo "Espera aquí" espetó y se marchó en compañía de François, dejando a su invitado junto a la puerta, así como quien deja su abrigo colgado en una percha. Ni siquiera me presentaron.
"Regresarán, solo fueron por sus libros y cuadernos" dije como para ayudarlo a sentirse más cómodo. Pero Henri se quedó de pie, sin saber exactamente qué hacer ante mí presencia. Me levanté de mi silla, sin dejar de lado mi libro y caminé hacia él. "Soy la hermana melliza de Alexandre, Isabelle Grandier"
"¿Mellizos?"
"No idénticos, pero sí nacimos el mismo día" expliqué, pensando que aquella información había estado demás. Él trató de sonreír.
"Soy Henri Lefillatre" contestó "... su hermano y yo asistimos al mismo Liceo" agregó.
"Entonces, usted es su compañero de clases"
"No exactamente, yo estoy dos años sobre él" yo asentí en señal de entendimiento. Cuando su atención cayó en el libro que abrazaba contra mi pecho, pareció quitarse algo de la timidez que cargaba encima "Pierre Brouillard ¿Le interesa el área?"
"Intento encontrar una especie de mi jardín, no estoy segura si este es el libro correcto para consultar, habla de especies extranjeras, pero no hay mucho sobre botánica aquí" con gesto de disconformidad le dije "lo único que sé, es que la lavanda es la única que puede con el picor de garganta" asentí
"Eso es cierto: la lavanda es la mejor, aunque si se trata de expulsar mucosas que provocan ese picor, papilla de avena logrará el cometido en unos cuantos días"
"¡De verdad! ¿Cuáles son sus fuentes?"
"Bien, puede encontrar a Duchesne, Guettard, Philip Miller, aunque sea un inglés, la describió bastante bien, pero puedo enviarle ejemplares enfocados a la medicina… con su hermano, me refiero" dijo algo avergonzado
"¡Me encantaría!" entusiasmada contesté.
"Sí, bueno, esta edición que sostiene de Brouillard, Flora Parisiensis, se da más para la exploración de nuevas especies, como habrá observado, no para plantas medicinales ya clasificadas" contestó dando dos suaves palmadas sobre la portada de mi libro.
Creo que habríamos seguido hablando si mi hermano no hubiese llegado, y ordenado que me marchara a mi habitación. Me despedí de su invitado y me marché. Y por qué me había tratado como a una empleada, también fui a su habitación y tomé a Georges, un osito felpa del tamaño de un gato, que Alex escondía debajo de su cama. Sabía que no reclamaría a nadie por su pérdida, ya que le daba vergüenza decir que lo abrazaba por la noche, porque entre los muchos poderes mágicos de Georges estaba espantar a los espíritus malignos...
No sé porqué Henri me recordaba a mi padre, no había demasiado parecido. Sus ojos eran de un verde algo inusual, casi amarillos y muy grandes, como los de un gato curioso, y era más delgado, sin mucha substancia muscular. Pero llamaba mi atención, algo en él me llamaba mucho la atención.
Hace dos años entró a la escuela de ciencias. Con anterioridad nos había comentado en medio de su última sesión de estudios con Alex, que entraría a estudiar medicina, que quería ser cirujano y médico. Justificó su decisión, diciendo que quería ser un aporte para su nación... Como su padre lo había sido. Henri no hablaba mucho de él, y sí lo hacía siempre conjugaba los verbos dentro de un tiempo pasado, por lo que asumimos que Lefillatre padre había muerto. Pero no había sido así, en vez, le había tocado algo peor que la muerte. No mucho tiempo después, nos enteramos de que tras una campaña militar en Italia en donde había asistido como cirujano, fue enviado de regreso sin recordar ni quién era él mismo.
Felicité a Henri y solicité a Sylvie que sirviera té y dulces para celebrar su decisión "¿Es muy difícil ser aceptado?" pregunté mientras servía té a mi hermano y a François, que por esos días ya comenzaba a actuar extraño a mi alrededor.
"¿Para qué necesitas saberlo?" François preguntó siguiéndome con la mirada.
"Por demostrar interés en su logro" contesté, dejé la tetera sobre la mesa y me senté a su lado sin enfrentarlo.
"Por qué crees idiota, prefiere estar ahí que contigo, pero no te preocupes..." Alex le arrojó a la cara, tomó un macarrón de un plato y luego se volvió a mí para esparcir más felicidad "Jamás te dejarán entrar, Isabelle"
"Te detesto" con toda seriedad y convicción le contesté.
"Quizás no sea imposible" dijo Henri "existieron mujeres que se dedicaron a un área afín a la medicina como Angelique du Coudray, y ahora existe una escuela de partería en Port Royal"
"¿Una escuela? ¿Y quién la dirige?" pregunté con un entusiasmo, que provocó que François abandonara la mesa. Entonces no tomé el peso de aquel gesto.
Si Oscar de Jarjayes hubiese sabido sobre esta conversación, yo creo que el pobre Henri no habría salido vivo de Saint Germain. Pero, habría incurrido en un grave error, ya que él no era el verdadero propulsor de mi ambición. Sin querer, su antigua protegida y ahora mi madrina, Rosalie Chatelet, había sido mi verdadera mentora.
No volví a ver a Henri nuevamente, Alex y él se convirtieron en amigos y lo invitaba frecuentemente a sus salidas, pero cuando se trataba de reuniones en casa, él declinaba a estas invitaciones en el último momento.
LLEGAMOS COMO SUS ALUMNAS EN LA CLASE DE INSTRUMENTAL QUIRÚRGICO. ANA BOUSCAT HABÍA TERMINADO SUS ESTUDIOS EN LA MATERNITÉ CINCO AÑOS ANTES, DE MODO QUE ya era un pan horneado enseñándonos a nosotras, buñuelos crudos en pre-cocción.
Su clase, básicamente es una en donde aprendes a usar espuculms, fórceps y otros artefactos para que tus manos puedan penetrar en la intimidad de unas espantosas muñecas. Mademoiselle Hucherard es quien las fabrica. Es una mujer joven, aparentemente de la misma generación de Ana.
Decidí acercarme a ella, con la falsa pretensión de aprender a fabricar sus monigotes. Hace semanas que anuncia por los comedores sobre cuánta falta le hace una asistente. –Es bueno que vinieras, aquí aprenderás más que en las clases de fisiología - me dice, mientras ensambla una criatura en el vientre de una de sus madres ficticias.
Observo el muñeco del feto, enroscado como un cachorro y ya casi en su última etapa de gestación. Mi alma se divide entre la ternura y la profunda perturbación.
-¿Te gusta? - me pregunta. Yo dibujo una mueca y asiento -Ana me ayudó a fabricarlo, yo quería asegurarme de que representara exactamente a un feto de ocho meses ¿es muy realista no?
-Es muy talentosa.
Ella se mueve hacia el ala izquierda de la sala, en donde mantiene un armario. Al abrirlo se despliega ante mi vista, la colección de muñecas que se utilizaban en la mayoría de las clases.
-Nunca debió venir aquí; no tenía necesidad - dice mientras saca un ejemplar.
-¿Necesidad?
Entorna su mirada sobre mí, con una expresión entre extrañeza y divertimento.
- No sé si lo ha observado mademoiselle, pero la mayoría de las alumnas y parteras que ves aquí, o son viudas o el padre les abandonó, no tienen dinero ni prospectos de matrimonio. Pero, Ana… Ana es como tú, así que ten cuidado en dónde pones tu nariz, niña. Mucho me temo que se la hayan cortado por introducirla en donde no debía.
-Bueno, no todas tenemos las mismas necesidades...- tanteo, con algo de timidez ante su actitud tosca, que ahora parece ignorarme, pero no me rindo: - Irene decía que Ana se interesaba mucho por sus pacientes - comento a ver si puedo estimular nuestro diálogo. Ella guarda silencio, detiene su faena. Voltea su rostro a mí.
-Te he observado – dice y se cruza de brazos - Eres muy apegada a la señorita Pelletier ¿no? Deben ser muy buenas amigas.
-Sí, lo somos - digo y adivino que podría estar pensando en su amistad con mademoiselle Bouscat. No pasaban desapercibidas ante nadie; Hucherard es el polo opuesto de Ana; seria y antipática, alguien desconfiado que se cuida muy bien de expresar cualquier síntoma de vulnerabilidad, pero si no hubiese sido por Ana, creo que jamás habríamos sabido que tiene dos saludables corridas de dientes en su boca: no sé qué conversaban, pero si se les veía por los pasillos juntas no faltaba la ocasión en que viésemos reír a Morgaine Hucherard de muy buena gana – Mademoiselle Bouscat y usted también lo eran, amigas.
Hucherard traga algo duro y se voltea. No emito palabra o ruido. Solo espero. Pero, al parecer Hucherard es demasiado cerrada; se ha dispuesto a sus propias tareas ya que le veo sacar recipientes de madera de una repisa, un rollo de tela, un saco pequeño que pareciera contener algo similar a la harina, un cuenco con agua y otros artefactos más que despliega sobre la mesa. Ya que no parece querer reanudar o comenzar ningún tipo de diálogo, ni siquiera una orden, pienso en irme de retirada.
-¿Pero y qué te has pensado? ¿no has venido aquí a trabajar? – escueta y con manos en jarro reclama al ver cómo me encamino hacia la puerta.
Al escucharla me doy la media vuelta y regreso ante ella. Seca, me indica una percha en donde cuelga un delantal, procedo a descolgarlo y atarlo a mi cintura. Luego se dirige a mí y me enseña la mesa que ha estado organizando para instruirme sobre los materiales a usar, todos destinados a construir moldes.
- ¿Recuerdas a la chica de segundo año? Aquella que fue retirada el año anterior…- dice de la nada. Sin saber a dónde va con ello, yo niego con un gesto, mientras vacío el agua de un jarro a un recipiente.
-... Era la chica de voz nerviosa, supervisaba a tu amiga, Gertrude... – continúa mientras mide una cantidad de esa sustancia cuan harina en una pesa.
-No puedo recordar muy bien su rostro, pero sí recuerdo a Gertrude mencionando su partida de la escuela.
-Si, LaChapelle estaba furiosa, reclamó al director porque en estas situaciones, la política es enviar a sus tutores a ella con la renuncia de la alumna a la escuela... Tú sabes lo sobreprotectora que es... Llegó un hombre a hablar con el director, diciendo que era el padre de esta alumna y forzó la renuncia de esta al establecimiento.
- ¿LaChapelle no pudo hacer nada más?
-No… - dice y detiene todo para mirarme directo a la cara – has sido la única en tres semanas que ha venido a disponerse como mi ayudante y te diré ahora mismo que sé, que tú vienes por algo más que aprender a hacer estas muñecas preñadas ¿tengo razón o no?
Lo pienso un momento y con algo de temor respondo que sí, que tiene razón. Ella entrecierra sus ojos; el gesto desconfiado de siempre. – Usted es amiga de la señorita Bouscat, la conoció mejor que nadie en la escuela y sé que ha estado husmeando entre el personal y el alumnado después de lo que sea que le haya pasado… para ser honesta, tengo mucha curiosidad por saber sus observaciones al respecto, quizás sirvan para saber qué le sucedió a la señorita Bouscat.
-¿Tú quieres averiguar qué le sucedió? - me pregunta cómo si hubiese dicho algo ridículo.
-Sí.
-En realidad no podría estar más lejos de saber qué le sucedió a Ana… Revuelve esa mezcla – me ordena a la vez que mide y corta un gran retazo del rollo de tela. – No creas que cada pregunta que hagas recibirá respuesta de mi parte, quedas advertida.
Yo asiento obedientemente. Justo cuando empezaba a creer que había venido aquí por nada, siendo atrapada y esclavizada en un trabajo que ni siquiera obtendría reconocimiento o mención en mi diploma, veo una luz de esperanza.
–Entonces… ¿Puedo empezar?
-¿Por qué crees que aún sigues aquí?
HOY, SE SUPONÍA QUE BERGER LLEGARÍA POR MI A LAS SEIS. Pero, Alexandre viene con él y de seguro es el culpable de que ya lleve una hora de retraso.
Junto a Aurore y Gertrude me encuentro aguardando. Estamos sentadas a la mesa de siempre, bebiendo té caliente. Con permiso de la cocinera pudimos entrar a las cocinas y preparar la bebida.
Apenas sí cruzamos algunas palabras entre nosotras, ya que el único objetivo en este momento es alcanzar nuestras camas.
Cuando Gertrude bosteza y apoya su cabeza sobre mi hombro, es que el diablo irrumpe a paso ligero al comedor.
-¿Y la señorita Pelletier?- Alexandre pregunta a las tres, agitado y nervioso.
-¿Ha perdido la vista señor Grandier?- Gertrude le pregunta con una sonrisa torcida y burlona; a su lado, Aurore hace señas al recién llegado como si este se encontrara a gran distancia de ella. Alexandre contesta con una mueca y nosotras reímos en coro.
-Muy graciosas- reclama, pero tiene algo mucho más importante en mente. Le extiende la mano a Aurore y las risas cesan -venga conmigo un momento, necesito hacerle una pregunta.
OSCAR
SI PUDIESE EXPLICAR EN UNA SOLA IMAGEN LA SENSACIÓN QUE ME HA PERSEGUIDO TODA UNA VIDA, es la de vivir en una burbuja. En medio de una multitud, pero separada de ésta por una fina y resbaladiza membrana. Quien quiera tocarme o acercarse, se desliza, no importa cuanto luche, al final el cansancio lo derrota hasta alejarlo por completo de mi lado.
Presentía que tarde o temprano, hasta mis propios hijos llegarían a cansarse de mí: demasiada reserva de mi parte, marcando cada uno de mis pasos desde mi nacimiento, sin poder dejar entrar a nadie por completo.
Solo es así, siempre ha sido así…
Rue des Poitevins, allí se encuentran los talleres de impresión del diario oficial. El ruido de las imprentas es constante, absorbe las voces de los obreros en su interior, lijando enormes piedras calcáreas, otros dibujando, entintando y rodando esas bestias bajo el peso de las prensas. Me recuerda a la inquietante actividad que encontraba en las cocinas de mi antiguo hogar. Las sirvientas y mayordomos de mis padres, fabricando el producto a servir en el comedor. Desayunos, almuerzos, cenas. En medio de esa bulliciosa actividad solía encontrar a André, casi siempre recibiendo arengas de su abuela y ama de llaves de la casa de Jarjayes.
Todo cambió. Ya no es un sirviente.
Ahora le veía en improvisada reunión junto a dos hombres, el editor de turno y el dueño del periódico, Cambaceres.
Quizás es costumbre o instinto, pero levanta la vista, y entre muchedumbre y maquinaria un punto muy distante capta su atención: yo, que tampoco dejo de observarlo… la verdad es que no puedo evitarlo. Hace una leve seña. Me ha visto y sé que se las arreglará para acelerar el diálogo con sus superiores y encontrarme. Sólo debo tener algo de paciencia y le tendré enfrente, veinte, quince minutos, quizás.
Doy la espalda a la faena y mi vista da hacia la calle. En contraposición, Poitevins no es demasiado concurrida, ocasionalmente algún transeúnte decide usarla como pasaje hacia un camino más amplio y provisto de luz. Es muy angosta y extremadamente oscura cuando anochece.
Miro hacia el cielo y este aparece como limitado cauce de río entre los edificios que lo constriñen. En el momento en que deseo ver la luz y un azul más amplio, siento una cálida presión sobre mi hombro derecho. Su mano.
-Caminemos - escucho decir a mi lado, volteo y me encuentro con su querido rostro.
Yo asiento y al unísono comenzamos. Yo le sigo en silencio, sintiendo un cosquilleo en mi estómago; algo de tristeza, algo de alegría. Quisiera que me tomara de la mano, que besara mi mejilla. Me mira de soslayo, sonriente, sé que quiere hacerlo. No hay nadie tan cerca para oírme y exhalo la tristeza que me atraganta cada vez. -Te extraño y estás aquí ¿No es ridículo?
-Más tarde - me anima con un destello pícaro en su ojo.
Doblamos hacia Hautefeuille, trato de esconder mi rubor ante dos pasantes, seguimos adelante, él hace detener una diligencia, subimos - ¡A Place de l'Odéon! - demanda al cochero al subir.
-¿Te han invitado? -pregunto una vez en nuestros asientos.
-Sí, y llevo algo mejor que un ramo de flores, a la dueña de casa - bromea, sus dos manos con palmas abiertas hacia mí.
-¡¿Así es que por eso me llevas?! ¡economía!- río de buena gana.
-Todo ha ido mejor, Rosalie se sentía algo reticente después del modo en que su hijo enfrentó sus problemas pre-matrimoniales, se sentía avergonzada por el actuar de François.
-No, no lo enfrentó del mejor modo, debió estar muy perdido como para hacer algo así, pero por lo que veo Isabelle nunca se lo perdonará, aunque puedo entenderlo.
-Y aún así, fue muy civil al respecto y no tenía que serlo, pero fue una buena señal para su madrina, se siente mucho más cómoda entablando diálogos, sin sentir que está traicionando a una de las partes.
-Lo hizo por ti, ustedes dos tienen un lazo muy peculiar - digo como halago, él niega con la cabeza, pero sólo estoy comenzando - quizás comparten cosas que nadie más pueda entender.
-Eso es ridículo, Oscar - niega, entonces parece tomar una resolución- y te diré por qué.
-¿Ah sí?
-Ana Bouscat era una Sage-femme de La Maternité, su profesora y nunca me lo dijo, jamás me habló sobre ella y mucho menos sobre su desaparición - me confiesa- hay cosas que yo no comprendo de ella tampoco últimamente.
- ¿Por qué no me lo dijiste?
-No quería…
-¿Preocuparme? - le interrumpo.
-Isabelle está segura - replica con seguridad- Ana rompió las reglas y arriesgó su vida, nuestra hija es distinta, no hay razón para preocuparse.
-Lo sé, no es lo que me inquieta
-Entonces, ¿qué tienes?
En mi interior algo tambalea. Bajo mis párpados, me escondo de él, de mí - ¿Alguna vez te has preguntado sobre mí... y nuestros hijos...?
-Pensé que lo que te había revelado te tranquilizaría, también mantiene reservas hacia mí- agrega; sé que intenta consolarme, aún así, trato de cambiar el tema de dirección.
-Han tenido algún progreso.
-En absoluto, alguien se ocupó de acelerar investigaciones y el mismo juicio.
-¿Qué quieres decir?
-Irene fue ejecutada ayer por la mañana.
-Eso fue algo prematuro – digo. Ni Paul ni Andre la consideraban culpable, más bien una importante testigo que solo había contado una fracción de lo que sabía sobre Ana, y el que fuera eliminada, a grandes vistas, resultaba sospechoso -Quizás pueda ayudar…
-No.
-¿No?
-Ya tienes demasiado en tu mente.
-Nada me sucederá, André, sé cuidar bien de mi.
Se vuelve hacía mí dirección. Un cúmulo de tensión cruza su rostro.
-Irene era inocente, y estoy comenzando a creer que si tanto les urgía eliminarla, es porque sabía algo... en algo extraño se hallaba involucrada Ana ...
- ¿Paul piensa en esa posibilidad?
Él asiente -Me costó trabajo que lo aceptara como tal.
-¿Qué harán?
-Saber tanto como sea posible sobre sus actividades en la escuela.
-Supongo que no involucrarás a Isabelle en cual sea el cuestionario que tengas en mente ¿no?
-Por supuesto que no – con algo de molestia replica – de seguro llegó a tratar con ella, pero no considero necesario obtener información de fuente tan cercana, no quiero despertar pesadillas en nuestra hija, esto ya huele bastante mal y solo estamos comenzando…
-Está bien- acepto, viendo que había llegado a ofenderlo.
-Sólo me pregunto qué tanto pudo llegar a afectarle esta desaparición, pues debo confesar que esta joven era muy querida entre sus alumnas, de seguro Isabelle fue una dentro del grupo.
Paul Bouscat era el hermano menor del fallecido botánico y químico Michel Bouscat. Conoció a mi esposo cuando éste iniciaba sus primeros pasos como asistente en el periódico oficial. Pero no entablaron una estrecha amistad sino hacia mediados del año 1793, cuando ambos fueron detenidos y recluidos en la ya inexistente prisión de Duplessis. Bouscat conocía al carcelero, y por esto tenía ciertos privilegios: raciones de comida extra, entrega de cartas y otro tipo de correspondencia a su familia. Gracias a él pude enterarme de su situación y de la de nuestros hijos. Fue la única ocasión en que me atreví a abandonar mi deber y a ser sancionada. Al llegar a París, el hambre y la muerte rondaban en cada esquina y cada hogar. El mío no era una excepción. Cuando abracé a mis hijos con horror palpé sus costillas sobresaliendo de sus pieles...
Michel salvó a mi pequeña familia, pero murió en la prisión de Duplessis a causa de una fiebre infecciosa. Dejó a su esposa y a sus tres niños enfermos en una casa tan gris como la mía. Yo tuve suerte, logré que mis pequeños volvieran a comer y que, paulatinamente, recobraran el ánimo y la energía. Pero de los niños Bouscat solo sobrevivió uno, la mayor de todos. Ana.
Ana…
André había logrado averiguar bastante sobre ella en muy poco tiempo, a pesar de haber dicho que aún faltaba más por descubrir, ya tenía en sus manos un perfil completo. Accedió a la escuela a los dieciocho años, con tolerable apoyo de su familia quien tampoco aprobaba su estadía allí; querían asegurar un futuro próspero con matrimonio, hijos y hogar. Cuando logró graduarse, se había desempeñado tan bien que fue recomendada casi de inmediato como instructora y Sage-feme, del Hospital de La Maternité y aquí fue que ocurrió el quiebre familiar.
Ana dejó la casa de los Bouscat, y comenzó a vivir de forma permanente en la escuela de La Maternité desde sus veinte años hasta sus veinticinco, cuando desapareció. Nadie, dentro de su familia sabía sobre el desempeño de Ana, sobre sus relaciones de amistad y de camaradería entre compañeras de trabajo, no llegaban a enterarse de posibles enemigos, desacuerdos, reproches o angustias que hubiese debido sobrellevar.
Ciertamente, para ser una joven de esmerada educación, resultaba independiente y voluntariosa. Su tío, Paul Bouscat, culpaba tanto a su madre como a su fallecido hermano, por no haberla aplacado a tiempo durante su infancia.
Es que Michel Bouscat había cometido un error en haber desposado a una mujer de mente tan liberal, de acuerdo a la opinión de Paul. Su hermano apoyaba la conducta de una mujer que, durante el apogeo de la Revolución, llegó a compartir ideas y pensamientos con mujeres de la talla de Etta Palm D'Aelders y Madame de Condorcet. En época de profundos cambios políticos, habían querido proveer a nuestro a sexo de igualdad de derechos y deberes al lado de nuestros compañeros. Pero, nunca ocurrió. Junto con Olympe de Gouges, si bien no terminaron decapitadas como ella, fueron mandadas a callar y a obedecer, tal y cual, o mucho peor, que en tiempos de antaño.
Sin el respaldo de su marido, el mundo de Agnes Bouscat cambió de forma severa, debiendo asumir los roles impuestos a su género. Pero Ana no pareció olvidarlo. Quizás, la ingenuidad y energía de su edad, la alentaron a ir por aquellas ideas, sintiéndose capaz de todo sin importar las dificultades a su paso.
Octubre 27 año 1807
ISABELLE
NUEVAMENTE ES DE MADRUGADA. HABRÍA PERMANECIDO UNAS HORAS MÁS EN EL DESPACHO DE MIS PADRES REVISANDO EL DIARIO DE ANA. PERO ME VI FORZADA A REGRESAR A MI HABITACIÓN.
Ana registraba su segundo año de trabajo como una Sage-femme graduada y diplomada. Pero, se trataba de casos tanto internos como externos a la escuela. En un año de registro, acumuló alrededor de cien casos. Todos residentes parisinos. Setenta pertenecían a La Maternité y treinta restantes, se hallaban repartidos entre tres distritos de la ciudad. Me preguntaba de dónde sacaba la fuerza para realizar tantas diligencias y atender nuestras clases. Era muy animada y con más energía que cualquier otra persona que yo conocía, pero nuevamente recordaba los inusuales retrasos, aquella ocasión en que se ausentara.
Solo algunos casos interesaban a mi padre, los últimos registros de este año. Con trozos de papel marcó las páginas que le importaban, agregando horas tentativas en las que pudiese verificar direcciones y nombres; como individuos que se hallaban habitando en el distrito número V y XIV. Este segundo es en donde se encuentra mi escuela.
Por alguna razón, mi padre seguía la arteria de Saint Jacques que atravesaba los dos distritos mencionados anteriormente, y buscaba a las pacientes de Ana que residieran en aquellos lugares en que pudo haber sido vista por última vez. En total eran siete direcciones y le restaban cuatro por revisar.
Probablemente recogía testimonios y observaciones de estos pacientes sobre el comportamiento de Ana, algo que ella haya dejado entrever. Tomé nota de cada paciente y dirección; en algún momento podría hacer recopilación de esos pacientes que bien podrían ser testigos.
Cansada y frustrada rasqué las palmas de mis manos. Me disponía a repasar nuevamente el diario cuando empecé a escuchar unos pasos en la sala.
No me percaté de quién era, hasta que habló "¿André?" era mi madre. Supongo que, el que la lámpara de su escritorio estuviese encendida, que la luz de esta misma se filtrara a la sala, habitación contigua en donde se hallaba, indicaba la presencia de mi padre madrugando, como casi siempre lo hacía.
Bien... Estaba en problemas. Disponía de poco tiempo y debía pensar rápido en una excusa que explicara mi presencia allí... Así que comencé a hilar hechos y situaciones: en el despacho de mis padres se concentra la mayor cantidad de libros, sería mentira si dijera que no me fascina el interior de estos objetos, y estos, aunque aburridos, los he leído todos, porque si hay un libro tengo que leerlo sin importar lo tedioso que resulte... mala noticia porque entonces qué diablos estaba haciendo ahí... Bien, también tienen almanaques, libros de historia, enciclopedias, diccionarios... Una enorme base de datos sin actualizar... en verdad necesitan ir a comprar libros nuevos...
"¿André?" insistió. No tenía nada más con qué enfrentarla, así y todo debía salir a su encuentro. Respiré hondo y lo hice.
"Soy yo madre" dije antes de que me sorprendiera.
"¿Isabelle? ¿Qué haces aquí a estas horas de la madrugada?" dijo al entrar.
Ya me hallaba apartada del escritorio de su esposo y a un costado del suyo, que casi siempre se hallaba vacío. En mis brazos portaba un cuaderno y el añejo diccionario que rápidamente había extraído de un anaquel.
"Sólo buscaba un diccionario"
Frunció el ceño, mala señal, muy mala "¿No tienes tres volúmenes nuevos en tu cuarto?"
¡Diablos!
"No tuve opción, olvidé un tomo en la escuela"
Entornó sus ojos sobre mí, la típica cara de naipe de un militar. Imposible de interpretar. No respiré y creo que mis axilas comenzaron a humedecerse, ¿cómo lo harán los soldados bajo su mando...? Dios se apiade de ellos ..."Aún así es tarde, jovencita" finalmente dijo "Vete a tu cuarto, ahora mismo" me ordenó y me apresuré a salir.
"Buenas noches" me despedí.
"Descansa" agregó y di media vuelta hacia la salida, pero algo en ella me llenó de rencor. Por el rabillo del ojo le vi revisando el espacio que acababa de dejar, registrando como si una criminal hubiese dejado aquel rincón ¿Por qué me hace esto? ¿Qué es lo que he hecho tan mal? ¿Por qué no me deja en paz? No pude contenerme "¿No confía en mí?" pregunté, solo para fastidiarla. Pensé que encendería ese horrible carácter pero, no fue así. En medio de la pobre luminosidad que nos rodeaba, los ojos de mi madre brillaron, húmedos y claros.
"¿Y tú en mí?" no pude desviar su mirada.
Anatómicamente es imposible, pero me pareció verla más joven, algo infantil, una niña esperando una promesa. Pero no podía mentir, no sabía cómo.
"No" tragué saliva, mi garganta se había encogido, mi voz fue un hilo a punto de romperse.
OSCAR
EL DÍA DE AYER FUE INTERMINABLE. TRAS MI VISITA A ROSALIE CHATELET, LA JORNADA SE EXTENDIÓ HASTA EL FINAL Y LUEGO, HASTA HOY EN LA MADRUGADA CON LA REDACCIÓN Y ENVÍO DE CARTAS E INFORMES a depósitos del ejército tanto en el norte como en el sur del país. En el último momento, pude darme cuenta que el número de pertrechos para una compañía de soldados a pie no coincidía con el número de reclutas. Y así, nuevas solicitudes y nuevos envíos debieron ser hechos, para rectificar el error del contramaestre del regimiento al que la compañía pertenecía...
Al terminar me volví al reloj sobre la chimenea de mi despacho y vi los palillos marcando las dos de la mañana. Suspiré exhausta, despedí a mis dos ayudantes y me dirigí a las caballerizas. No había cenado, a pesar de las múltiples invitaciones de los generales al comedor horas atrás.
No olvidé la invitación de mi hijo. Envié un telegrama excusándome con él…
Sólo un azote a mi caballo fue suficiente para hacerlo partir en una ligera carrera. Las calles que atravesamos se hallaban desiertas, oscuras, las débiles luces de gas apenas sí lograban esclarecer las sombras. Arriba, en medio de un cielo índigo salpicado por estrellas, una media luna, me sonreía con sus dientes amarillos. No sé porqué, pero me sentía inquieta, como si un intruso acechara en el espacio más íntimo y seguro del hogar.
Al llegar a la calle de Thionville, y a nuestra casa, volvió la quietud. Su luz, aún se hallaba encendida.
Realicé el usual recorrido por el jardín hasta donde guardan nuestros dos carruajes y los animales. Nada faltaba y todo estaba en su lugar y en orden. Al salir nuevamente al jardín alcé la vista, entre las ramas de los árboles aún se vislumbraba aquella sonrisa oxidada y corroída. El viento sopló y me llenó de escalofríos, me apresuré y entré para encontrar a mi esposo. Al llegar a la sala le llamé. No hubo respuesta. "¿André? insistí.
"Soy yo madre" clara como el cristal, la suave voz de mi hija respondió.
"¿Isabelle? ¿Qué haces a estas horas de la madrugada?" pregunté casi al mismo tiempo que entraba.
Ya me hallaba a un costado de mi escritorio. En sus brazos portaba un cuaderno y un libro.
"Sólo buscaba un diccionario"
"¿No tienes tres volúmenes nuevos en tu cuarto?" pregunté. Sabía que su padre se los había regalado en su cumpleaños número diecisiete... Por Dios...La sonrisa de una feliz doncella al recibir vestidos nuevos, alta costura, las más lujosas y costosas telas. Esa es la expresión de Isabelle cuando entra a una tienda de libros.
"No tuve opción, olvidé un tomo en la escuela"
"Aún así es tarde, jovencita" dije tras haberla observado un momento "Vete a tu cuarto, ahora mismo" le ordené.
"Buenas noches" se despidió, bajó su cabeza y apoyó su mentón sobre el libro que abrazaba contra su pecho. Por un momento pensé que había sido demasiado dura al despacharla de ese modo. Quise alargar mi mano y retroceder el tiempo, acariciar la cabeza de mi pequeña, pero solo pude controlar mis labios.
"Descansa" dije con la voz más suave que pude emitir. Al verla partir traté de no desmoronarme. Barrí con mi vista casi todo el cuarto. Me acerqué al escritorio de André, tomé una hoja en blanco y sobre mí cayó una pregunta.
"¿No confía en mí?"
No esperaba ese golpe y tampoco mi aturdida reacción. Me quedé atrapada observando su figura de niña-adulta. Pareció transcurrir una eternidad.
"¿Y tú en mí?"
Cómo yo, permaneció quieta; un animalillo acorralado, su mirada huidiza me reclamaba por aquella injusta pregunta, pero se lo había buscado. Una o dos lágrimas se escaparon, humedecieron su rostro y entonces me hizo saber exactamente qué terreno pisamos las dos.
"No"
Qué podía decir a eso. Simplemente nada. Qué puedes responder en un terreno tan desolado como aquel.
EXISTEN UN NÚMERO, QUIZÁS, INDETERMINADO DE HITOS EN LA RELACIÓN ENTRE PADRES E HIJOS.
Recuerdo muchos en mi rol como hija de mi padre. En la mayoría, sentí el calor de su orgullo por mis logros. Di por sentada su confianza y fe en mí, pensando que siempre tendría a la mano su consejo y su guía.
¿De qué modo se entrelazaron eventos y decisiones para que todo aquello acabara? Aún no termino de entender cómo. Supuestamente se tratan de lazos inquebrantables: nada es tan sagrado como la sangre compartida.
No nos perdimos aquel catorce de julio, hace dieciocho años. Fue mucho antes, que comencé a tener reservas, a evitar ciertos temas cerca de él.
En una época yo había sido suspendida de mis deberes y confinada a mi residencia por nuestra reina. No debía moverme de mi hogar. Pero lo hice de todas formas. Ella me preocupaba y pensé de manera bastante ingenua o imprudente, que aquella suspensión sería una oportunidad para visitar las tierras que nuestra familia tenía en el Norte del reino. Visitando a nuestros siervos, podría informarme sobre la opinión que el pueblo en general tenía sobre nuestra soberana.
Obtuve más información de la que había esperado.
Todos odiaban a María Antonieta. La miseria en que nuestro pueblo se hallaba contrastaba gravemente con el estilo de vida que yo y el resto de nobles, aristócratas y clero disfrutábamos. Familias enteras se rompían y desbarataban por nuestra causa y a nadie parecía importarle.
Nunca podría olvidar algo así; mí bienestar enviaba a la tumba a personas inocentes. Sentía que me pudría en vida.
Al retornar a mi hogar, no me esperó la mejor recepción.
Mi padre se hallaba furioso con mi partida. Intenté explicarle mis motivos, y aún habiendo estos sido expuestos, me encontré ante una barrera impenetrable. Más importancia tenían nuestras viejas costumbres, posición y privilegios, que auxiliar a un pueblo que estaba muriendo de hambre. Mi deber era proteger a la reina y con eso debía contentarme.
Por años tapé mis ojos desde aquel día, obviando que aquel había sido un punto de inflexión entre los dos.
Poco a poco nos fuimos perdiendo.
Sólo me pregunto cuál fue el punto de quiebre entre mi hija y yo. No quiero perderla. Aun creo que hay tiempo. Debe haberlo, no puede haber acabado todo.
Octubre 28 año 1807
ISABELLE
DESPUÉS DE QUE MORGAINE ME CONFIARA LO QUE SABÍA SOBRE TODA ESTA SITUACIÓN SOBRE ANA, SIENTO QUE NO PUEDO PARAR.
De hecho, ahora, ya son más de la tres de la madrugada, y me encuentro pensando en cuáles serían los siguientes pasos que podría tomar para saber más, con todo el riesgo que estos planes podrían conllevar, no solo para mí sino para otros.
Ya me sentía desbordada y antes de ir con ella, había pensado que, una vez satisfecho mi deseo de obtener la información que ella poseía, la calma volvería a mí, que podría volver a retomarme a mí misma. Pero ahora quiero más, como si quisiera llenarme de algo, porque estoy insatisfecha, porque una pieza no está calzando en mí realidad, así como en la de Hucherard, razón por la que igualmente no para de hurgar y de fisgonear.
Como con Ana, no sabía sobre ella más allá de su rol como instructora y lo que nos entregaba a través de este. De modo que aquel día en que me acerqué, lo primero fue enterarme sobre algo de su vida.
Su nombre es Morgaine Laure Hucherard y llegó a París de la mano de su madre a los ocho años. La mujer sabía leer y escribir, pero aquel mérito no le sirvió de mucho para mejorar la calidad de vida de ambas, de modo que tuvo que conformarse con trabajar en una de las fábricas de telas y paños emplazadas en la periferia de la ciudad. Como con muchas otras trabajadoras, aquel trabajo terminó con su vida debido al polvillo textil alojado en sus pulmones.
"Para entonces, yo ya no vivía con ella… el idiota de su marido me dio aviso de que ya se había ido al otro lado" me había dicho sin dirigirme mirada alguna. "Él no era mi padre, fue un hombre con el que se casó luego de que llegáramos a esta ciudad..."
Le dije que lo lamentaba, pero no hizo gesto que denotara que me había escuchado. En lugar de eso me aupó a que continuara con mis preguntas, así que quise saber si ya por ese tiempo había conocido a Ana. Me dijo que aún no lo había hecho, ya que se había puesto como criada de una casa en Saint Germain. La familia para la cual trabajó por cuatro años, fue quien entregó referencias y recomendaciones para que pudiera entrar a la escuela de partería. "Ambas teníamos dieciocho años cuando entramos aquí"
"¿Cómo la describiría?" le pregunté y los adjetivos comenzaron a ser enumerados: Optimista, accesible, demasiado generosa, no que no supiera su lugar y pecara de impertinencia, a veces Morgaine temía que se desmayara de agotamiento, pero todas éramos testigos de que tenía tanta energía como para robarle un poco.
"¿Cómo compararía esa descripción de ella entonces, con la de meses antes?"
"No hubo mucha diferencia"
"¿Diría que esa descripción que acaba de hacer sería externa, lo que todos veíamos?"
"Como lo dices, sí" confirma "Desde que la conozco, si hablabas con ella, te miraba a la cara, se concentraba en tí y así sabías que tenías su atención, pero durante los últimos meses en que estuvo aquí… fue un día de agosto del año anterior en que lo noté, fue como si algo más mantuviese ocupada su mente"
"¿Por qué piensa eso, qué conclusiones tiene al respecto?"
"Si algo no le cuadraba reclamaba una explicación, si no la tenía, la buscaba de todas formas de forma muy callada. Y comenzó a estar muy callada, algún tiempo después que Emmanuelle fue retirada"
"¿Por esa razón me habló sobre esa chica? ¿Algo sobre Emmanuelle le angustiaba? ¿Alguna vez le dijo algo sobre ella?"
"Como te lo dije, ella callaba con respecto a eso y sólo ahora es que puedo unir todas estas cosas que acabo de decirte Grandier, lamentablemente, solo con el tiempo logras tomar distancia y ver con más claridad el pasado"
"¿Y qué cosas son esas que recuerda?"
"Es que comenzó a realizar excursiones y no me decía a dónde iba, no le decía a nadie. Los registros sobre sus salidas no existen, ella solo desaparecía y ese día de septiembre de este año, definitivamente se desvaneció"
"Hubo dos semanas en las que ella se ausentó, me parece que fue en abril pasado" le apunté. "¿Sabe qué ocurrió?"
Ella asintió fehacientemente "Llegó al alba a mi habitación, alguien la había golpeado de forma feroz"
"¿La agredieron?" musité sin poder creerlo.
"Me pidió que le entregara una carta con una excusa a nuestra directora, pues iba a alojarse en casa de una de sus amistades para recuperarse"
"¿Ha pensado en acercarse a esas amistades? Quizás sepan algo más"
"No sé quiénes son, pero creo que el apellido era Béart… eran del barrio de Le Mare"
"Beart…" repetí tomando nota mental de ello "¿La Chapelle llegó a saber lo que le pasó?"
"No, Ana fue muy cuidadosa: me pidió que me ciñera al contenido de su carta, que debía recuperarse de una fiebre infecciosa… pero ninguna fiebre te corta un labio o te deja un ojo reventado, se lo dije y ella contestó que había enfermedades peores que una infección, insistí en saber qué le había ocurrido, pero no cedió: dijo que por mi bien era mejor que no supiera"
LA HE EXCLUÍDO, PERO EN VERDAD AHORA CREO QUE FUE UNA BUENA DECISIÓN. Tenía otros asuntos en mente; su propia vida. De todas formas, ni una palabra ha mencionado sobre Bouscat nuevamente. Ha estado ocupada. Sólo Gertrude y yo sabíamos que mi hermano venía de forma asidua a visitarla a Port Royal. El año pasado se había decidido a hacerlo, pues desde que tenían catorce años se limitaban a hacerse señas de saludo a la distancia.
Conocí a Aurore Pelletier en el Instituto de Señoritas en Saint Germain. Desde los trece años, comencé a asistir y cada tarde al finalizar la jornada mi padre llegaba en una diligencia con la que anteriormente había recogido a su hijo del liceo. La búsqueda de mi padre coincidía con la del señor Pelletier por su sobrina. La primera vez que Aurore vio a mi hermano fue cuando me ayudaba a subir al coche, ella hizo una seña con la mano y él se había vuelto tieso y arrebolado.
El instituto estaba y sigue emplazado, en el edificio antes conocido como el Hotel de Rohan. Ubicado en la calle de la Unión, era conducido por una vieja conexión de mi madre. Juana Luisa Enriqueta Jenet, más conocida como madame Campan. La señora había sido institutriz de los pequeños de nuestra antigua y decapitada reina austriaca, y hasta el día de hoy su escuela sigue teniendo impecable reputación.
Mis padres me llevaron por primera vez allí para una entrevista con ella. Era el primer paso para llegar a ser admitida, y empezar mis lecciones junto a un heterogéneo grupo de chicas y mujeres jóvenes prontas a ser casadas. Madame Campan reconoció a mis padres de inmediato. Se vio algo emocionada, sus ojos vidriosos y su sonrisa debieron ver el pasado reencarnado en la figura de mis padres, sobre todo en la de mi extraña madre. No reveló ningún detalle íntimo sobre ella, hasta estar encerrados en su despacho. Lamentablemente no pude oír nada, ya que me hicieron esperar en la sala contigua.
Allí se hallaba un hombre, mucho mayor que mi padre. Estaba sentado en un sillón esperando. Le habían servido té, pues frente a él en una mesita había una bandeja de plata, con una tetera y tacitas. Cuando no sorbía de su taza observaba a una niña. Frente a él, una pequeña pelirroja miraba por una ventana.
"Aurore, ven a sentarte" le reclamó el hombre. La niña se volteó, suspiró y tras una mueca obedeció. Antes de sentarse al lado del hombre, se dio cuenta de mi presencia. Me sonrió. El gesto fue desganado, monótono.
Yo tomé mi lugar al otro lado de la mesita servida. Fui a espiar lo que Aurore veía por la ventana. Sólo eran jardines, bosquecillos, plazas y más casas y mansiones citadinas. Cuando suspiré, Aurore se encontraba a mi lado.
"¿Ya te han inscrito?" preguntó con tono resignado
"Aún no, pero lo harán" dije con el mismo tono "¿Y a tí?"
Asintió.
"Me llamo Isabelle Grandier"
"Aurore Pelletier y el hombre que ves sentado, es mi tío, Theodore Pelletier" se mojó los labios con la lengua, se ubicó de costado contra la ventana y apoyó su codo sobre el alféizar, yo hice lo mismo y así quedamos de frente. "¿Qué hiciste?"
"¿Perdón?"
"Para que te trajeran aquí; yo salía a caminar desde la botica de mi tío que está en la calle Saint Martin, hasta el Jardín de plantas en Saint Germain. Luego de un mes mi tío se dió cuenta, porque uno de los botánicos del museo de plantas lo conocía. Después mi tío dijo que debía traerme aquí porque no sabía qué hacer conmigo" me relató y luego, arqueando las cejas espero a que yo comenzara "tú turno" me apuró.
"En resumen: Un chico me besó, mi madre nos vio, se volvió loca, le lloriqueó a mi padre y aquí estoy" le contesté. Un gesto pícaro se dibujó en su rostro.
"¿En los labios?" yo asentí y ella se entusiasmó "¿Y cómo es eso?"
"No lo sé... fue agradable, supongo" dije y no pude evitar sonreír.
"¿Le amas?"
"Tampoco lo sé... Es el hijo de mi madrina, se llama François y creo que es muy apuesto… me gusta" contesté sintiendo algo de calor.
Al principio, mi madre me había espantado con su ataque de ira: los incomprensibles gritos, los múltiples zarandeos y las dos humillantes bofetadas. Pero al día siguiente, el ardor de la humillación se había disipado, y por alguna razón me sentí muy alentada. Después de que ella me hubiese sorprendido junto a François, no me quitaba la vista de encima y fue todo un reto para François y yo. concertar pequeños encuentros entre los dos, tomarnos de las manos, enviarnos cartas... La vigilancia de Óscar no había hecho más que condimentar algo que yo había encontrado ya bastante emocionante.
Aurore suspiró.
"¿Te gusta este lugar?"
"No"
"A mí tampoco" murmuró para que su tío no la escuchara.
Desde entonces somos inseparables…Hasta este punto. De aquí en adelante, no lo sé.
No lo sé…
NOTA: cita al inicio del capitulo corresponde a una estrofa del tema "Mary" de Agnes Obel, de su álbum "Citizen of Glass"
Por lo poco que sé, la temática de este álbum hace referencia a los secretos de las personas, los secretos de cada individuo y que lo construyen y lo hacen real y palpable como tal. Un mundo interior que no necesariamente debe ser leido en su cien por cien por los demás. Bajo esta visión creativa de la artista, aquel sin secretos es transparente, de vidrio y sin sustancia. De repente esto yo lo interpretaba como la idea de que cada uno tiene derecho a un límite de privacidad... En ciertos casos es cierto, tu información no tiene porqué estar expuesta a todos si tu no lo deseas, entonces en cierto nivel, sí estamos construidos por secretos :D si se toma el concepto que Agnes Obel intenta plasmar en su álbum.
Pero esta canción Mary, si bien el resto de las canciones exploran distintos ángulos de lo que implica uno o varios secretos, la privacidad y mundo interno de un individuo, este último tema del álbum hace referencia a aquellos secretos que resultan graves o terribles en una persona X, un tipo de secreto que llegaría a dañarla por el solo hecho de guardarlo, porque daña relaciones, porque te aleja de otros seres, te aisla y hecha a perder la integridad mental o el alma de la persona... Y esta estrofa de la canción y así como otras partes de la misma, reflejan mucho de eso, el guardar secretos, el tener que escabullirse para hacer algo, es lo que está dañando al personaje de Isabelle, y ella lo expresa, indica y reconoce que no se siente bien, pero lo hace porque... no le voya decir por qué, podría salir un spoiler por ahi XD. Pero, para terminar les voy a dejar la letra de "Mary" en caso de que quisieran revisarla.
Saludos y gracias por estar :)
Mary
Heaven hid her face as we fell down
Age old habits echoed in the ground
One would sing and one would hold me down
They might listen if I make no sound
(El cielo ocultó su rostro mientras caíamos
Los viejos hábitos de la edad hacían eco en el suelo
Uno cantaría y otro me sujetaría
Ellos podrían escucharme si no hago ruido)
Oh I know this
From my high school heart
That nothing is over
From a touch it will begin
Wide on the sky
(Oh sé esto
de mi corazón de escuela secundaria
Que nada termina
Por un toque comenzará
de par en par en el cielo)
In my house the silence rang so loud
Under doorways, through the hallway down
Waiting for the secret to grow out
Oh what we do when no one is around
(El silencio en mi casa sonaba tan alto.
Bajo las puertas, por el corredor hacia abajo
Esperando a que el secreto brotara hacia fuera
Oh eso que hacemos cuando nadie está cerca)
Oh I know this
From my high school heart
That nothing is over
From a touch it will begin
Wide on the sky
(Oh sé esto
de mi corazón de escuela secundaria
Que nada termina
Por un toque comenzará
de par en par en el cielo)
In the dark I hear you sing
Fingers move and chords they ring
Be the witness of my shame
Swaying in the summer rain
Feathers falling from your wing
In the dark I hear you sing
(En la oscuridad te escucho cantar
Dedos mueven y tocan acordes
Sé el testigo de mi vergüenza
Columpiándose en la lluvia de verano
Plumas caen de tu ala
En la oscuridad te escucho cantar.)
