LAS DESAPARICIONES

IV

Octubre 29 año 1807

ISABELLE

HACE TRES DÍAS, AL ANOCHECER, DOS NUEVOS INVITADOS HUBO EN NUESTRA CASA: el señor Pelletier y su única sobrina, Aurore Pelletier.

Mi hermano, con previa aprobación del señor Pelletier, había hecho una oferta de matrimonio a mi amiga y ella había aceptado.

Pero, este no era el plan. Ya se había decidido a pedir la mano de Aurore en el pasado mes de agosto; había elegido anillo de compromiso y agendado su tiempo para hablar con el Señor Pelletier y su sobrina. Faltaban un par de días para el ansiado momento, cuando llegó a manos de nuestro padre, una carta con sellos y estampillas desde la región de Picardía. En esta, madre anunciaba su llegada al país después de su última batalla en Polonia meses atrás.

Temprano por la mañana, Alex llegó a verme a la escuela y a darme las noticias. Al principio, y por la premura de su llegada, pensé que algo había sucedido a nuestro padre. "No, no es nada de eso" irritado me explicó. Había tirado de mi brazo hacia un rincón mientras yo salía de un aula, y arrinconado bajo las escaleras que daban al tercer piso.

"¿Entonces qué?Estoy ocupada" le hice saber.

"Oscar ha regresado al país"

No sé qué expresión dibujé en mi cara, pero una pesadez en mi pecho, comenzó a disiparse y a condensarse en un par de lágrimas que enjugué rápidamente. No habíamos oído de ella desde el helado mes de febrero, pero me cobijaba en el hecho de que no me hacía falta, en que siempre me las había arreglado sin ella. Confundida por mi propia emoción, me las arreglé para dar una respuesta a mi hermano "Bien, eso es muy bueno... Papá debe estar muy feliz, de hecho, me sorprende que no haya venido él a darme las noticias"

"¡Sí lo sé... todo es muy bueno...!" con extraño entusiasmo dijo y guardó silencio, tenía ese aire de fatalidad que sólo nacía cuando papá recibía sus reportes de notas. "De hecho él viene en camino, así que actúa sorprendida ¿de acuerdo?... No quiero que sepa que vine aquí, comenzará a hacerme preguntas y tratar de averiguar cosas que no le competen"

"¿Cosas que no le competen?"

Ansioso se mordió los labios.

"Es que esto lo cambia todo" decepcionado murmuró.

"¿Qué cambia?" algo no me cuadraba, pero como mamá, él se volvió una tapia "¿Cuándo vendrá a París?" tanteé

"Dentro de un mes... tiene algunos asuntos que resolver..."

Su actitud había sido muy extraña. Lo evidente era que mi madre y yo no nos llevábamos bien, pero su relación con Alexandre era distinta: se agradaban. "¿Por qué no la quieres aquí? ¿Es por eso que no quieres que papá sepa que has venido?" Ante mi pregunta, me clavó los ojos encima.

"¡También es tú madre, deberías saber cómo nos revuelve la vida!" me reprochó.

"Alex, ¡no te estoy juzgando! Por supuesto que sé cómo es la vida con ella. ¡Solo quiero saber que te sucede!" Le dije y volteó brevemente para mirarme.

"No sé, no sé lo que me sucede ..." Me contestó. Y me dejó formulando preguntas que, ahora sé, él se habría sentido demasiado culpable para responder.

Congeló todo su plan, aplazando su propuesta de matrimonio a Aurore. Así que, a la fecha actual, todos sabíamos sobre sus proyectos, con excepción de Oscar. Nuestra madre no sabía que mi amiga era la elegida de su querido primogénito. Supuestamente...

No lo entendía entonces. Pero es simple: Aurore es mi amiga y compartimos muchas cosas; gustos y opiniones sobre algunas ropas ( como que nuestros zapatos son inútiles y que los abrigos para damas, no abrigan nada en realidad) algunos libros, opiniones y pensamientos sobre la ironía de nuestras vidas, sueños y proyectos que sabemos no se cumplirán, decisiones que sabemos inconvenientes para nuestro futuro... No somos iguales, pero existen similitudes en nuestras personas; sobre todo en lo que respecta a nuestra visión de la vida. A mi madre no le interesa mucho mi visión sobre esta vida, de eso estoy segura, así que ahora sí entiendo, porqué Alexandre se siente tan incómodo por presentarle a su futura esposa.

Ahora, en este momento, estamos en la sala. Aguardamos el desayuno en medio de tazas de té o café, y es en este momento que Alex anuncia su compromiso a nuestra madre. Finalmente lo logra y ahora espera su reacción.

Grandes y dilatados, los ojos de ella se vuelven acuosos. Pero el efecto es como ver a un cometa cruzando los cielos: fugaz. Porque estos vuelven a endurecerse en un segundo.

- ¿Quién es la novia a ser felicitada? - pregunta, sentada en un sillón ella toma un sorbo de té. Papá está de pie a su lado y ya algo ansioso, cruza una mirada conmigo, como si quisiera advertirme sobre algo. En otro sillón opuesto a ellos, mi hermano se encuentra sentado a mi lado. Reclinado hacia adelante, con codos apoyados sobre sus muslos abiertos, mantiene sus manos entrelazadas, frotándolas tan fuerte, que bien podría estar a punto de despellejarse los pulgares.

Inspira, y se endereza en su asiento:

-Su nombre es Aurore Pelletier- responde mirándola a los ojos.

Óscar levanta la vista. Porque la dirige a mí, sé que relaciona a la chica de la que su hijo se ha prendado a la mayor catástrofe. Un rictus de preocupación se dibuja en sus labios antes de levantarse del sillón. Camina hacia la cómoda que se halla detrás de su hijo, como si nada a dejar su taza vacía.

-Debes traerla nuevamente de visita, aún no me la presentas como tu novia- dice desde allí, de espaldas a Alexandre. Él se voltea, sus ojos fijos sobre la nuca de su madre.

-Por supuesto que lo haré ...- responde, con algo de cautela ante su actitud - pero usted la conoce, es amiga de Isabelle- agrega. Mamá gira sobre sus pies, quedando de costado. Ligeramente vira su rostro a él.

-Tú lo has dicho, como amiga de tu hermana- responde dejando en evidencia la nota de descontento en aquella frase; un gesto más de ironía y Alex será capaz de estrellar su cabeza contra ella; nuestra propia y exclusiva pared de ladrillos.

- Ya sabía que no le agradaría - con claridad Alex responde.

- ¿Eso es lo que crees? – ladina le pregunta. Papá se apresura, detecta peligro en aquel tono.

- Alexandre - él interviene, obviamente tratando de aligerar la atmósfera – apenas si la ha tratado, es difícil formarse una opinión sólida de ese modo.

- Así es – dice ella, sin la más mínima intención de cooperar con la causa pacifista de su esposo – Pero, supongo que, por esa presunción y otras ridículas razones, nuestro hijo decidió anunciar sus planes, dedicándome tan distinguida excepción –Papá lleva una mano a su rostro y aprieta el puente de su nariz; la función está a punto de comenzar:

-Estoy seguro de que esa no era su intención- dice, intento de tranquilizar la situación que pasa desapercibido.

- ¿Ridículas razones, dice? ¡Usted sabe muy bien la base de aquellas razones!- continúa mi hermano.

- ¡Alex! – mi padre le llama en tono de advertencia-¡No!-; último recurso de tregua.

- ¡Y presunción está muy lejos de ser! ¡Si cree que Isabelle es un fracaso, no quería ni imaginar qué tipo de recepción otorgaría a mi prometida!

Yo no puedo reprimir un respingo ofendido ante aquella frase, pero nadie parece notar o importarle mi desaprobación

- ¡Esa es la peor excusa que he escuchado para justificar tu cobardía! - indignada aúlla Oscar - ¡¿Por qué no te atreves a decir lo que en verdad te sucede?!

- ¡Acabo de decirlo!

- ¡No, Alexandre! ¡La verdad es que tu grado de insensatez, te está llevando a problemas de los que ahora mismo huyes! ¿Crees que no sé por qué descartaste mi participación en todo esto?

-...No es… ¡No es lo que quería hacer! - contesta ya algo desesperado, pero nuestra madre sólo está comenzando.

-¡Es exactamente lo que querías y lo has logrado! - con la voz algo ahogada estalla por segunda vez - ¡Pero, aún así, después de todo lo que has pasado, crees que una joven inquieta que persigue estudios y trabajo, será capaz de hacer un hogar para ti!

-¡Claro que sí! ¡Usted no sabe nada de ella!

-¡Eso es lo que crees! – desafiante replica – te arrastrará a una vida llena de infelicidad e incertidumbre, mocoso insensato.

- ¡No es como usted! –arroja ante la presión y nuestra madre queda congelada como en una pintura, con la boca abierta de par en par. – ¡Todos saben quién es ella, no tengo que convertirla en una mierda de mentira como lo debo hacer con usted, cuando preguntan en dónde diablos está mi madre!

Todo pasa muy rápido.

Encogida en mi silla, quiero ver, pero no quiero. Tapando mi rostro con mis manos, aunque dejando los dedos entreabiertos, observo la mueca de dolor de mi hermano y el asombro convirtiéndose rápidamente en ira. Nuestra madre no toleró de buena manera, la verdad que quería escuchar de su hijo y, antes que él se diera cuenta, había hecho uso de su ágil mano derecha propinándole un bofetón en la cara. Antes de que suceda algo peor, mi padre se adelanta y toma por los hombros a su hijo:

–Cálmate- le habla en un tono más grave y bajo- Te aconsejo que salgas de aquí y tomes algo de aire, quizás te ayude a meditar tus palabras antes de que abras la boca la próxima vez – con voz tranquila y firme ordena; y aunque envuelto en furia, Alex le obedece y se retira. Lo último que escuchamos de él es un portazo de la puerta de entrada.

Sólo después es que puedo oír a mi madre. Con manos sobre la cómoda, jadeando, como cuando las mujeres en el hospital, dan su último esfuerzo antes de aullar y llorar de dolor. Papá se acerca, ella lo rechaza y se retira.

Brazos en jarra toma aliento y suspira exhausto.

- ¿Te encuentras bien? – me pregunta, yo asiento en silencio -Volveré en un momento.

-Está bien - musito.

Él la sigue, por supuesto.

No pretendo moverme, después de sonora algarabía estoy hecha un atado de nervios.

Pensé que Alexandre no tenía problemas en hacer a nuestra madre parte de su vida. Siempre pensé que para él, era más fácil lidiar con ella. Tenían tanto en común.

CUANDO VOY A MI ARMARIO POR EL ATUENDO DEL DÍA, SIEMPRE ME ENCUENTRO CON ELLAS: MUÑECAS. Si había que darme un regalo, ese, tendría sobre mi regazo… Desde los catorce comencé a recibir perfumes y encajes… Chocolates.

Casi todo terminó en mi armario y estoy pensando seriamente en desechar todo en el ático, porque hago el recuento de todos estos objetos, y me doy cuenta que es posible que nadie me conozca en verdad. A excepción de Aurore... y Alex...

Él iba a mi habitación; sabía que no me agradaba el chocolate en ninguna de sus formas. Mientras los comía, me observaba: yo, sentada en una silla o en algún otro rincón, persiguiendo la luz del sol por las ventanas y leyendo. "Pareces un gato" se burlaba. Por respuesta yo profería un maullido. Alrededor; la coartada con la que engañaba a todos y a nuestros padres: las muñecas de loza en mi cama, en una silla, en sus cunitas, reposando sus enfermedades. Tenían que saber que las usaba o harían preguntas.

"¿Por qué no les dices que no te agradan? Entonces te darán lo que quieres"

"Lo bueno solo te sucede a ti, Alex"

Resquemado, él me respondería que si eso fuese así, no tendría que ir a ese condenado liceo, y estaba bien, era cierto: lo pasaba realmente terrible ahí. Pero, él no lo entendía y creo que aún no lo entiende. Ya siendo fuera o dentro de su condenado liceo, para hacer y deshacer, él debe hacerse notar, ser visible, darse a respetar, dar muestras de carácter, como los arrogantes machos dicen. Yo, en cambio, si deseo hacer algo, debo asegurarme de que nadie vea a la chica menuda que soy, haciendo lo que quiero.

Es algo parecido a lo que mi madre hace. Nadie ve a la delgada y madura mujer, maldiciendo y arengando a una cuadrilla de hombres, antes de despacharlos de una patada a marchar ante el emperador.

Es necesario desaparecer para siquiera hacer algo.

MORGAINE HUCHERARD Y YO, HABÍAMOS DEJADO ATRÁS LAS SALAS Y DORMITORIOS DEL HOSPITAL. Ayer me asignaron para asistirla en la atención de un parto. Fue difícil. La niña no estaba en la posición correcta. Al final había salido de la madre y entrado al mundo por las posaderas, de modo que hubo que aplicar un nuevo número de procedimientos, para que ambas salieran a salvo.

Me sentí muy feliz. Ya que madre e hija salieron en buenas condiciones. Ambas eran robustas y de aspecto muy saludable. Y de gran apetito.

Pensé que Hucherard estaría igualmente contenta, ya que el médico supervisor y Lachapelle, nuestra jefa de partería, la habían felicitado por el manejo de una situación potencialmente riesgosa. Pero, en vez de relajo y satisfacción, su rostro reflejaba ansiedad.

"¿Qué le sucede?" pregunté.

Por toda respuesta, ella me pidió que la acompañara hacia un corredor. Cerca de unas escaleras nos detuvimos. Ella tomó asiento en el primer escalón y yo la emulé. Recién entonces me entregó una respuesta: "Un inspector de policía entró a la oficina de nuestro director esta mañana" (Extender este punto en otro capítulo)

"¿Por qué razón?"

"Fue a notificarle algo: Irene ya pasó al otro mundo... fue ejecutada" dijo, y sentí como si me hubiesen tapado los oídos "Fue hace tres días" murmuró

Como en una exhalación, creí ver a la vieja pasando por nuestro lado. No había nada, solo aire, luz y el murmullo de hojas secas cayendo afuera en los jardines.

"Lo hiciste muy bien hoy, suturas muy bien a las madres, La Chapelle dice que pareciera que tuvieses agujas en la punta de los dedos" dijo cambiando de tema.

"Eeeh... espere... ¿por qué fue ejecutada con tanta premura?" mi voz tartamudeó, pero ni en ese estado de turbación lograría distraerme de aquel tema.

Sentadas en medio de las escaleras, ella suspiró "No lo sé" dijo, refregándose la cara entre las manos.

"Si pasa el tiempo merodeando cerca de la oficina del director, debe saber algo" la acuso.

Me devuelve una mirada retadora "¿Por qué quieres saber? Ana no era nadie para ti"

"No era mi amiga íntima, pero sí significa algo para mí. Usted sabe que fue especial para todas nosotras"

"Te han dicho ya que el conocimiento es poder ¿cierto?" como mal presagio murmuró. Yo asentí "Pues te diré qué más es: problemas. Así que te haré una pregunta: ¿quieres tener problemas?"

Aunque me provocó escalofríos, dije que sí.

Irene le había hecho una confidencia antes de ser apresada. Había visto a Ana entrando en una casa en ruinas. Iba acompañada de alguien más, pero no pudo dar con su identidad. La dirección exacta de esta propiedad, se encuentra en el punto en que la calle Saint Jacques se convierte en la calle Tombe de Issoire.

Seis horas sucedieron cuando tres hombres, extrajeron de una pesebrera aledaña a la vivienda una carreta, al interior de esta cargaron un par sacos. Pero Irene no esperó hasta que la carreta comenzara a andar. Alguno de esos hombres se habría distraído y ella habría sacado provecho para acercarse y husmear entre la carga. No tembló, ya había visto el horror antes, incluso antes de que la guillotina comenzara a cortar cabezas, castigos, flagelaciones y otro tipo de ejecuciones ejemplares habían tomado lugar en nuestra ciudad. Cuerpos machacados y mutilados ,no eran algo que no hubiese visto durante las masacres de septiembre del 1792 o a inicios de la Revolución. Debido a los zarandeos y patadas con que echaron a Irene de la carreta, de todos los trozos de Ana, al interior de esos sacos, sólo su brazalete cayó al suelo.

Cuando volví mi mirada a Hucherard, su rostro era pálido y algo sudoroso.

Sin querer creerlo, temblando le respondí: "no puede ser…"

"Si lo es y ya nadie sabe en dónde está; y ya a nadie importa, la culpable fue eliminada, caso cerrado"

Había resolución, decepción y tristeza en su voz e irradiaba aquello por sus poros.

Por primera vez, el frío de este antiguo hospital, antes un monasterio, comenzó a ser absorbido por mi cuerpo. De repente, el río gélido de ladrillos y mármol se inyectó de lleno en mi médula. Un golpe seco a lo lejos se hizo eco por las paredes y reverberó por todo mi pellejo.

"Isabelle… olvida esto; se acabó" para mi asombro, me advierte "se acabó"

"¿Por qué?" ante mi comentario rodó los ojos, como si hubiese escuchado la idiotez más grande de la historia, quitó validez a mi pregunta.

"¿En dónde está Ana, en dónde está Irene? Dime ¿en dónde están? Eres una niña ¿quieres terminar como ellas?" me dijo.

OSCAR

DÍAS ANTES DE MI PARTIDA, ANDRÉ HABÍA REALIZADO UN ENCARGO A UNO DE LOS TANTOS MINIATURISTAS DE LA CIUDAD. El reto para el pobre pintor debió ser enorme, pero logró capturar de forma fiel los rostros de mis inquietos pequeños de dos años.

Fue una mañana de agosto cuando recibí mi obsequio de despedida. Me levanté, vestí mi nuevo uniforme, revisé mis armas, espada y pistola al cinto, insignias. Revisaba mi aspecto frente al espejo de nuestro vestidor, cuando me di cuenta que él me observaba fijamente desde el umbral. Entonces se acercó a mí. Por mis espaldas sentí la cercanía de su cuerpo, el roce de sus vestimentas sobre las gruesas capas que me cubrían. Sus brazos rodearon mi cuello y sus manos ataron una fina cadena alrededor. Luego, el peso de un camafeo tiró de esta hacia mi pecho "Un poco de compañía no te hará mal" dijo cuando abrí el pequeño artefacto.

No dije nada. No pude. Sólo me volteé, para poder abrazarlo una vez más, para sentir el aroma de su cuerpo y con suerte llevarlo conmigo.

Nuestro cochero fue a darme el aviso: mi caballo ya se hallaba listo y a mi disposición. Con el corazón más pesado que de costumbre me dirigí a ver mis niños, a besarlos por última vez, sentir el suave olor de sus ropas, el calor de sus rostros en mis manos…No sé qué fue más doloroso, aquel desgarro o ver la figura de su padre empequeñeciendo, a medida que me alejaba de nuestro hogar…

Partí al amanecer, una vez más en hábitos que jamás fueron pensados para mí, una niña, una joven, una mujer, una madre desalmada dejando su deber atrás. Pero, a medida que avanzaba y dejaba en ligera cabalgata, kilómetro tras kilómetro detrás de mí, algo volvía a encajar. Descubrí que mi cuerpo tenía memoria. Estaba en el lugar correcto; reconocía las líneas y movimientos de una espada, en mi boca y mente las palabras correctas para guiar a cientos de hombres, las estratagemas correctas para planificar una defensa, un ataque.

Sí. Lo sentía en todo mi ser. Ahí debía estar. Era yo otra vez.

Me reuní a las tropas dirigidas por Dummoriez en Valenciennes. Allí se encontraba una masiva reunión de conscriptos, soldados con y sin experiencia siendo entrenados. Yo había recibido órdenes de tomar el comando de una tropa de caballería con el mismo propósito.

En terreno, pude ver cuán pobre nuestro ejército era. Apenas si habían logrado uniformarse y armarse, y en cualquier momento habíamos de ser llamados a la batalla. Llo peor de todo, es que en su mayoría eran jovencitos, algunos apenas si habían comenzado a afeitarse. Mi estómago se revolvía al pensar en sus madres.

Al cumplir menos de dos semanas en Valenciennes, Lonwy, en Lorena, ya había sido invadida por el enemigo y ya llegado el tercer día de septiembre, Verdún se había rendido.

Esa fue la oportunidad que Brunswick había estado esperando para avanzar a París.

Bajo las órdenes de Dumoriez, habíamos estado preparándonos para una invasión, pero todo el plan fue arrebatado cuando el invasor llegó a los desfiladeros de Argonne, al este de la cuenca de París.

Nuestro líder no se dejó amedrentar, tampoco nuestros entusiastas soldados. Se nos dio la orden de dirigirnos al Argonne en veloz y atrevida marcha de flanco, casi bajo los mismos ojos de la avanzada de Brunswick. Antes de que refuerzos llegaran en nuestra ayuda, nos vimos forzados a cerrar nuestra línea de defensa por el norte, mientras un ala derecha encaraba hacia el Argonne y una izquierda empujaba hacia Châlons. Fue una estrategia ingeniosa y fue robustecida con la llegada de Kellerman y sus tropas. Ninguna bala fue disparada, y mientras Prusia emprendía su retirada nosotros íbamos tras su retaguardia... Fue una victoria, logramos sacarlos de nuestro suelo ejerciendo poder y sin derramar una gota de sangre. Al día siguiente, fuimos proclamada República y mientras escuchaba el grito de victoria de mis compañeros de armas, lo sentí: colgando de mi cuello, golpeando contra mi pecho, un millón de recuerdos.

Fue surreal, en medio de recios hombres y batallones, abría, observaba y sostenía en mi mano mi pequeña aventura maternal; los ojos de un niño y una niña me arrastraban, me regresaban a un pasado no muy lejano; otro universo, dos años de mi vida, escondidos, invisibles a los ojos de todos a mi alrededor.

Con el tiempo comprendí que no importaba en cuál de esos dos universos me moviera, en cualquiera sentía como si una parte de mí hubiese sido arrancada…

Acerco mi mano al rostro de mi hija y ella me mira como si fuese la primera vez, como si fuera una desconocida. Mi hijo, como si cada una de mis caricias fueran una broma, avergonzado se aleja de mí riendo. Cambia de tema. "¿Recuerda mi escuela? La calle en donde se encuentra ha sido ampliada, echaron abajo parte de la iglesia unida a la torre de Clovis…" pero al menos nos hablábamos, o evadíamos la incomodidad en juegos, en cabalgatas. Era una suerte que tuviésemos eso en común.

Pero no podíamos huir para siempre. Ahora tras una discusión, tras haberlo golpeado, azota la puerta de entrada.

Es cierto, no apruebo su elección de futura esposa, pero creo que la ama y de acuerdo a lo que recientemente declaró en nuestra acalorada disputa, ella sí logrará darle el hogar que yo nunca pude proveerle. A su lado ya no sufrirá el sin fin de incomodidades que le he hecho padecer… ¿Acaso cree que no sé cuán difícil le es mencionarme dentro de sus círculos? ¿Pero qué ha de decir sobre mí? Yo misma me he encargado de borrar a la madre que una vez quise ser para él. No hay nada qué decir, no tiene historias sobre mí que no deba ocultar a todo el mundo. Su madre ha desaparecido, reemplazada por un mísero y extraño compañero de juegos, alguien con quien practicar la espada, un extravagante, lejano y ocasional amigo… Y qué he de decir por Isabelle; ni siquiera eso pudo tener de mí, pero no soy el ejemplo a seguir que necesita tener para enfrentar este mundo…

Nunca podré recuperar todo ese tiempo perdido.

-Oscar – André me llama, sé que mi hija está encogida en una silla y observándome. Él toca mis hombros con sus manos, pero yo las hago a un lado. Me retiro de la sala y voy en busca de aire. Necesito aire, debo salir de aquí. Me encamino al establo, al llegar escojo una silla, la coloco en el lomo de mi animal y comienzo a prepararlo.

-Será un compromiso de un año – escucho desde la entrada, por el rabillo diviso la figura de André – Al cumplir la mayoría de edad, la desposará – continúa.

-Espero recibir la invitación a tiempo, a menos que mantenga nuevas reservas con su madre– con sarcasmo le contesto y termino de ajustar las correas de la silla sobre el caballo. No recibo respuesta, y el que no me discuta produce en mí cierta alarma. Entonces detengo mis manos, y volteó hacia él.

Su pecho libera una pesada exhalación, sus manos van a sus caderas y mira a lo lejos.

Debe estar tan cansado de mí como nuestros hijos.

- ¿Recuerdas a qué edad comenzaste a enseñarle esgrima…? – me pregunta, sin dejar de mirar a la distancia - Isabelle nos observaba, y cuando terminábamos, nos preguntaba en dónde habíamos aprendido todo, quién nos había enseñado…

-Hacía muchas preguntas – digo, pensando de forma instantánea en mi padre. Las preguntas de nuestra hija iban directo a una llaga inmensa.

-Alex no preguntaba, o eso creíamos.

Regreso mi atención a las riendas. Sé lo que Alexandre busca y desea obtener. Una familia, una que fallé en entregar tanto a él como a su hermana.

-No me interpondré en su camino.

DESPUÉS DE UN DÍA DE REVISTAS, DECIDO ENVIAR ENTRE MI CORRESPONDENCIA UNA SOLICITUD DE VISITA A LA SEÑORITA PELLETIER. LA SOLICITUD ES PARA EL DÍA DE MAÑANA.

Es cierto, poco sé de Aurore Pelletier. El que persiga una carrera dice mucho, pero no todo.

Debo ser justa: no la conozco.

Quizás al pensar de este modo voy por el camino correcto.

Con deberes y órdenes a cuestas mi ayudante se marcha, al abrir la puerta presenta sus saludos a una persona, después de hacer una venia en señal de despedida, su figura se aparta y revela la del visitante.

Me pongo de pie al verlo pasar - ¿Qué haces aquí?

Se quita el sombrero y cierra la puerta tras él -Debo hablarle – resuelto Alexandre contesta.

-Alexandre, una reunión me espera.

-No fui justo con usted... - se precipita, cortando mi respuesta. Se queda observándome sin avanzar ni un paso. Su expresión no miente, inspira pesadamente el aire y traga algo demasiado duro de digerir - Aurore sabe quién es usted desde hace mucho tiempo, no por mí, el crédito es de Isabelle, ella se llevó el trabajo duro...

-¿Fue ella? - sorprendida le respondí.

-Sí, Aurore sabía que había algo raro, se molestó y no le habló por una semana, e Isabelle tuvo que ceder - me explica, mortificándome sin haberlo querido - fue algo como... si no me dices nada, tampoco diré nada.

-¿Ella es un asunto algo serio, no? - divertida le comento.

-Oh sí, es pequeña y pelirroja, pero es cosa sería - me advierte, luego baja la vista y vuelve esa expresión agria - No sé por qué tengo esta vida o porqué tuve que ser su hijo, pero no creo que sea su culpa, eso sería injusto, porque si lo fuese, usted ya sabría cómo arreglar todo esto... pero, de todas formas... es por eso... que quiero disculparme con usted, por lo de hoy.

-Defendías a tu prometida – conmovida contesto - ...tu padre tenía razón, apenas sí la conozco y me atreví a atacarla ¿Qué más podías hacer? - agrego con mi voz aún más ronca de lo usual.

-Lo siento - dice de todas formas y se queda quieto. –Sé que no querrá admitirlo, pero sé que la he herido- termina por decir. Su incomodidad me mortifica.

-No quiero que te preocupes Alex, estoy bien - me esfuerzo.

Poco convencido, asiente.

-Supongo que ahora debo irme, ha de estar con mucho entre manos... ¿no tenía una reunión?

Sacudo la cabeza en negativa - No importa... ¿Ya te di mi enhorabuena?

-No - sonríe tímidamente.

- ¿No soy una madre horrible? - bromeo al mismo tiempo que tanteo cobardemente en su corazón.

-Rara - me arroja a la cara, y con la sonrisa de su padre sale en retirada de mi despacho, pero se detiene un instante en la puerta – pero no hay nadie como usted.

Octubre 30 año 1807

ISABELLE

PENSÉ QUE COMENZABA A AVANZAR. Y así fue, pero no en la forma en que, como lectora, solía avanzar en un libro. Viendo desde lejos todo lo que sucede a los personajes de una historia, no estoy particularmente involucrada, nada me marca tan profundamente o provoca cicatrices como a ellos, nada me da realmente miedo o envuelve en confusión y sobresaltos constantes. Sus historias me perturbaban, me seducían o me entretenían por unos instantes, pero luego regresaba a la normalidad; en el caso de aquellos con los temas más truculentos, era un alivio saber que todo aquello era mentira o que ya había pasado hacía mucho, mucho tiempo.

Al finalizar el día de ayer, literalmente la perseguí. Le alcancé en su camino al comedor "Por favor, hable conmigo, trataré de ser breve" dije. Yo intentaba murmurar, transmitir calma, pero con inquietud ella miraba de reojo por los costados.

"Sígueme" me dijo y luego me guió hacia su dormitorio. Me presentó la silla de su escritorio y mientras tomaba asiento en esta, ella se sentó en un costado de su cama, quedando ambas de frente.

"Pensé que ya no ibas a acercarte, pero veo que no eres muy sensata" comenzó.

"Tampoco usted, he visto que sigue husmeando" contesté y a ella no le quedó remedio sino admitirlo en silencio "he estado pensando, y no he podido dejar de preguntarme sobre qué buscaba Ana; cuál es el motivo para que la quisieran hacer desaparecer"

"No estoy segura" temerosa contestó en un principio, pero con una nueva resolución, se decidió "Está bien, la verdad es que me he hecho esa misma pregunta por semanas, pero no lo sé".

"Dijo que era por causa de Emmanuelle" recordé

Ella asintió "¿Quién es ella?" Pregunté "no es suficiente con saber que era una de las alumnas de esta escuela, no sabemos quién era su familia o su historia"

"Creo que puedo mirar en los registros del alumnado, para comenzar"

"Sería útil conseguir su nombre de familia" acordé leyendo su pensamiento.

De camino a los comedores seguimos discutiendo, finalmente llegué a pensar que lo más viable era verificar la dirección entregada por Irene.

Asintió pero, vinieron por ella del hospital para atender un nuevo trabajo, se adelantó y me dejó atrás; sólo momentos antes de que Aurore y Alexandre me llevaran a casa.

SON LAS SEIS DE LA MAÑANA Y YA ME ENCUENTRO DE PIE, LAVADA Y VESTIDA. Tomo mi delantal y decido ir por el desayuno. Sé que la mesa no está servida aún. Madame Barraud y Sylvie comienzan su jornada a esta hora, así que voy directo a la cocina.

Suelo ir por algo dulce y cálido, y ahora por algo que deshaga la sensación de hielo en mi espina, que el día de ayer dejó en mí.

Entro en la cocina, comienzo a buscar un vaso, una cuchara y recuerdo a Morgaine, y en cómo había insistido en saber mis razones para inmiscuirme en sus averiguaciones.

"Sólo quiero saber quién la lastimó y porqué"

"¿Por qué? Porque a todas ustedes les agradaba"

"¿Y eso no es suficiente?"

Creo que desconfía de mí aún.

Pero, cómo explicar que alguien que ni siquiera pertenece a tu círculo íntimo sea capaz de dejar huella en ti, porque ha estado cuando necesitas respuestas que nadie parece querer entregarte. Cuando alguien cree que eres capaz, ves una luz al final y piensas, que quizás no eres tú el problema.

Pero, ahora es como si una bomba hubiese explotado y dejado nada más que despojos, un paisaje triste y sin esperanza. Quizás dar con la verdad mejore las cosas y, quizás, vuelva a ver un futuro para mí misma.

En el momento en que termino de llenar un vaso de leche, ambas criadas me sorprenden.

-Nuevamente se nos ha adelantado petite Grandier - comienza madame Barraud al momento en que alcanza un delantal colgado en la manilla de la puerta. Me mira con cariño, pero un cariño teñido de tristeza o nostalgia, creo que lo veo en sus ojos vidriosos y en los pequeños suspiros que le siguen - ¿Comerá más tarde una de mis brioches, ¿verdad? No puede alimentarse sólo de leche y miel.

-Y jengibre- agrego, mientras espolvoreo una pizca de la picante raíz disecada y revuelvo todo al interior del vaso. Tomo un sorbo y luego les dejo trabajar... en realidad me echan.

SOY LA ÚNICA PERSONA SENTADA A LA MESA DEL COMEDOR.

Ante una segunda taza de leche, una tortilla de huevos, pan y mermeladas, preparadas por madame Barraud que sólo piensa en hacerme subir de peso, continúo revisando una y otra vez lo que me he propuesto hacer el día de hoy. Debo ver el lugar en que Ana fue vista por última vez. No dormí pensando en esto, porque no es algo que quiera hacer, y a cada momento me preguntaba si era realmente necesario visitar el lugar. Pues, no encontré ninguna razón que dijera que era ilógico hacerlo… El plan para llegar es es bastante básico, por no decir estúpido, pero lo primordial es que nadie que importe me vea haciendo esta pequeña excursión.

Alguien debió ver o escuchar algo en ese lugar aquella noche. Alguien que viviera cerca o pasara casualmente. Realmente no lo sé, pero, para tener alguna noción es necesario estar ahí y observar.

Cuando llego al fondo de mi taza, escucho la puerta de entrada abriéndose. Sylvie saluda a mis padres que, por lo visto, han madrugado fuera de casa. Mi madre pregunta por mí y luego por mi hermano. Es ella quien entra primero al comedor; tiene ojeras, el típico gesto de planta mustia de un madrugador.

-Buenos días – me saluda, y su somnolencia suaviza sus usuales modos y gestos de mandamás.

-Buenos días, madre- contesto - ¿gusta un té?

Se sienta, suspira su cansancio y cruza sus manos sobre el mantel -Por favor.

Dejo mi puesto, alcanzo la tetera y vierto el té en su taza

-Pensé que ambos dormían – comento.

-Pasé la noche en mi despacho… tu padre llegó por mí al cuartel hace dos horas…- inclina su cabeza hacia adelante y pellizca el puente de su nariz con la mano derecha – hoy es tu día descanso ¿no?

-Sí y el de mañana- contesto y papá hace su entrada con el mismo saludo de mamá, un poco más cálido, pero igual de desganado. – Le decía a mi madre que los hacía en sus cuartos.

-Exceso de trabajo -explica, dejándose caer en una silla.

Respuesta demasiado general para mí. - ¿Exceso de trabajo…? ¿A dónde le enviaron esta vez?

-Haces demasiadas preguntas... - me advierte a ojo cerrado, a punto de pasar al sueño profundo.

-Deberías descansar - Madre dice a mi padre. Fija su mirada en él, él abre su ojo, levanta su rostro y conecta, ella levanta las cejas y él frunce el ceño, extrañado… No entiendo nada de aquel lenguaje facial, pero algo tienen entre manos.

-Trata de comer algo; estás muy delgada – madre me dice al levantarse, luego carraspea y mi padre atiende al sonido. Papá se apresura a tomar mis hombros y a besar mi cabeza.

-Tiene razón, estás muy delgada – dice y también se retira.

Pero no tengo hambre, mis instintos no me llevan a vaciar mi plato, me llevan a espiarlos. A deslizarme hacia la puerta de sus habitaciones y a pegar mi oído contra la superficie.

HOY ES MI DÍA DE DESCANSO, AL IGUAL COMO LO ES DE AURORE Y GERTRUDE. PARA HOY HEMOS CONCERTADO UNA PEQUEÑA REUNIÓN ENTRE AMIGAS, EN CASA DE AURORE. La cita es a las doce del mediodía, pero pedí autorización a mi padre ayer para llegar a las ocho.

Le mentí descaradamente. Pero esto es lo que sucede: de la Maternité jamás podré salir a realizar diligencias por mi cuenta, el camino de todas las alumnas al interior se encuentra muy bien trazado por el sistema. La idea principal, es guardar la reputación del lugar y para este propósito rígidas reglas han de haber, pues no han de existir vagabundas o señoritas de dudosa reputación, dentro del alumnado o equipo de trabajo.

Ahora tengo una oportunidad mínima estando en casa, pero quiero tomarla, antes de que las cosas se vuelvan más difíciles para hacerlo.

Espiar a mis padres es algo deshonesto, pero de qué otro modo me habría enterado que mi panorama se volvería más complicado; la entrada de mi madre en las averiguaciones que el señor Paul Bouscat había iniciado para dar con su sobrina, cambiaban las cosas.

Pero no sé qué pensar. No sé si esto es bueno o malo. Es bueno, porque más posibilidades habrá de encontrar la verdad. Malo, por dos cosas: primero, mis padres se exponen a algo que ya definitivamente me provoca escalofríos las veinticuatro horas del día; segundo, me preocupa que nuestros caminos se crucen, lo cual me pondría en evidencia ante ellos.

Con mi madre en el camino... No lo sé... Si sabe que sigo la historia de la señorita Bouscat, terminará por excluirme del todo, como siempre lo ha hecho, incluso de su propia vida.

Sé que cometo una insensatez y más aún; algo me dice que me retire, que lo razonable sería olvidar mis planes y alejarme, buscar protección. Lo sensato sería sentirme aliviada de que mi propia madre intentara apartarme del peligro. Pero no puedo dejar esto: nadie va a buscar las respuestas por mí. Para empezar, nadie escucharía a mis preguntas.

SON LAS NUEVE Y MEDIA CUANDO EL SEÑOR BERGER LLEGA A LA CASA DE LOS PELLETIER. EN LA CALLE SAINT MARTIN, UN POCO MÁS ALLÁ DE LA CALLE PERNELLE, SE DETIENE.

No se retira hasta que me ve detrás del portón de entrada y golpeando a la puerta.

Decido no moverme de mi lugar hasta que se aleja el coche, mientras escucho movimiento al interior de la casa de los Pelletier, éste dobla la esquina. Desaparece y comienzo a echarme atrás. Salgo a la calle y me oculto detrás de una carreta aparcada.

La puerta de la casa se abre y se asoma la criada. Un vistazo a ambos lados, se encoge de hombros y su cabeza se vuelve a introducir.

Ahora puedo marcharme. No muy lejos, tomo una diligencia. Debí correr por ella y ganársela a otro hombre detrás de mí. Ahora, a la distancia le escucho arrojándome palabrotas. Pero ahora debo indicar hacia dónde voy - ¡A Saint Jacques con Tombe de Issoire!

Dejo caer mi espalda en el respaldo del asiento y exhalo. Voy pensando, que estoy completamente loca por hacer esto, que debería renunciar y pedir ahora mismo devolverme a casa de mi amiga. No tengo idea sobre lo que voy encontrar, no tengo otro plan más que llegar, reconocer el lugar y hacer preguntas a la primera ánima que encuentre en el camino. Lo importante es saber a quién pertenece esa propiedad.

El coche avanza con rapidez, encontrando cada ruta milagrosamente expedita. El paisaje citadino apenas lo puedo distinguir desde mi ventana, como si fuese tragado por un túnel invisible detrás de este vehículo. Mi corazón se dispara hasta mi garganta, mis tripas se esfuman al interior de mi barriga y mis manos empiezan a sudar.

La diligencia se detiene y el cochero anuncia la llegada. Miro alrededor: ya no estábamos encajonados por angostas calles. Caminos de tierra, enmarcaban algunos edificios, pegados unos a otros como si tuviesen frío o miedo del paisaje que tenían enfrente; árboles y una o dos propiedades rodeadas de aires bucólicos conformaban un tercio de la escena, más hacia el este, había una mansión dominando la escena. El humillo que sale de las chimeneas parecen extensiones de las mismas, como pequeños dedillos haciéndose señas a la distancia. Pero lo peor de todo, es que aquella única dirección de mi interés hay una casona, prácticamente está en ruinas, sin vida, sin habitantes, haciendo que el terreno en el que se encuentra inmerso parezca un sitio eriazo, por toda la flora silvestre que la cubre. Abro la puerta del coche e inicio una conversación con la única persona que por ahora se encuentra cerca de mí.

-¡¿Qué sucedió con esa casa?! - grito al cochero.

Escucho una pausa. El coche se mece levemente y en un momento lo tengo en frente de mi puerta.

-Sufrió un incendio- seco, el hombre de traje gastado responde.

Frunciendo el ceño dobla el pescuezo para observar el despojo de vivienda y se devuelve con aún más impaciencia.

Desalentada, suspiro.

-Supongo que averiguar a quién pertenecía será ahora algo más complicado - digo

Vuelve a mirar atrás y luego a mí con expresión contrariada -Eso no tiene ninguna dificultad para mí, he recorrido estos caminos por más de treinta años.

¡¿Cómo no pensé en ello?! Es un cochero, por supuesto que lo sabe -¡Eso es maravilloso!

El cochero ríe de buena gana ante mi exclamación, al parecer yo le causo mucha gracia.

-Aquella propiedad es nueva- prosigue apuntando hacia el otro extremo de la calle - junto con la siguiente, tienen menos de una década y supongo que ya debe saber que cerca de aquí se encuentra el cementerio de la ciudad. Aquella al final pertenece a un general del ejército, está ruina a un oficial de la policía, pero solo fue habitada por siete años antes que ocurriera un incendio.

Detrás de esta última y alrededor, lograban verse tres propiedades más pero de procedencia algo más humilde.

-¿Usted no sabría el nombre del propietario? – pregunté pensando en que debía registrar un pequeño mapa de esta área. Me apresuré a extraer de mi bolsa una libreta y un crayón.

-Me temo que no, creo una vez tuve la oportunidad de traerlo aquí y ya fue hace bastante tiempo...- mira a la distancia, hacia la propiedad a kilómetro de donde nos hallamos -Las empleadas de ese caserón, toman diligencias desde aquí al mercado de La Halle constantemente…

-¿Cree que ellas sepan?

-Se lo aseguro- con una sonrisa triunfante dice y se monta nuevamente en su silla; es que todos estos kilómetros que le he hecho recorrer le darán una muy buena paga. Fustiga las espaldas de los animales y avanzamos. La tensión en mis hombros comienza a aumentar y a pesar de que un viento gélido y cortante sopla por los campos, siento calor. No dejo de suspirar, como si faltara el aire al interior de mi pecho.

Al llegar, una sirvienta ya se prestaba para una salida, con bolsas rústicas y canasto en mano. Saluda al cochero con una sonrisa, asumo que ya se conocían porque él le devuelve el gesto con simpatía.

-¡Custance! - le llama a gritos -¿Qué sabes del dueño de aquella propiedad? - pregunta apuntado hacia el sitio que hace minutos dejamos atrás.

-¿Nuestros vecinos?- ella responde con los mismos altos decibeles. El asiente - ¡se hicieron humo! - dice y al subirse nota mi presencia -Ah, ya tenías una pasajera.

-Es la señorita quién está interesada en saber- indica y se retira cerrando la puerta detrás de Custance.

-Buenos días- le saludo y ella se queda observándome con expresión de gallina terca, alrededor y al centro, de arriba abajo. Mientras ella continúa realizando un perfil de mi fisonomía yo prosigo - ¿A qué se refiere con que se hayan desvanecido?

-Vaya...- en un rezongo murmura y sigue repasando mi persona. Yo espero hasta que contesta - Evidente es que la propiedad ha sido abandonada.

-¿Desde cuándo?

-Nueve o diez años creo- vagamente replica - Vivía una familia allí hasta que un incendio se llevó todo, sólo el padre y la hija salieron con vida.

-¿No recordará el nombre de la familia verdad?

-A que sí - ofendida replica - Arsenault.

OSCAR

PAUL NOS RECIBIÓ EN SU CASA HACE UNAS HORAS, al inicio de la madrugada de hoy. Es tarde, pero lo hace con la misma cortesía y amabilidad con que lo hubiese hecho en pleno día.

Somos guiados por una criada a su sala. De pie, con un libro abierto en una mano y la otra tras su espalda, parece estar meditando algo en su cabeza.

"Buenas madrugadas, Paul" le saludó André causando que el hombre se despabilara. Este levanta su rostro hacia nosotros. Se le ve agotado, y pero se las arregla para demostrar algo de afabilidad.

-Buenas madrugadas, André – camina hacia nosotros y estrechan sus manos – veo que un amigo te acompaña.

-Así es – dice moviéndose a un costado y haciendo un gesto hacia mí - Conoce a Oscar de Jarjayes, general del regimiento de granaderos montados.

-Paul Bouscat – contesta inclinando levemente su cabeza – es un gusto poder recibirlo en mi hogar.

-Gracias, sólo espero servirle para algún efecto en estos momentos.

-Por favor, no me agradezca- contesta y con un gesto nos ofrece que tomemos asiento. Desde su silla, con una mano sobre su barbilla me mira, firme y serio. -André me explicó que ya le ha puesto al tanto de lo poco que sabemos, pero antes que ofrezca nada, señor Jarjayes, debe saber que no deseo más peso sobre mi conciencia, André ha expresado que usted es muy cuidadoso, pero le diré lo mismo que a él: si llegase a encontrar algo que pueda perjudicarlo en cualquier modo, no está obligado a justificar su retiro.

-¿Por qué podría llegar a ser perjudicado en algún sentido?

-Porque cometí el error de expresar dudas sobre la aprehensión de la señora Pontier, y a realizar indagaciones al respecto... Sin aquella cautela que su amigo me aconseja ahora usar, comencé a visualizar el paulatino deterioro de mi reputación, básicamente puede verse cuando tus conocidos te evitan como a un leproso.

-Debía bajar el perfil de interés hacia el caso, no fue buena idea comentarlo entre reuniones y bailes…

-Pensé que ayudaría, eran mis amigos, pero fue una buena medida; pude conservar mi trabajo en la universidad, estuve a punto de perderlo cuando André llegó.

-André cree que tuvo que ver con alguno de sus pacientes.

-Aún no es seguro de que se trate de una paciente – André aclara – pudo haber sido o no, eso está por verse.

-No sé en qué pudo verse involucrada mi sobrina, pero debió tocar una herida demasiado tierna y delicada a aquella… quien quiera que sea…

-Entonces, aún no tienen idea de quién sea – subrayo, intentando ubicarme en qué van las averiguaciones.

-No, hemos estado revisando sus escritos, documentos, diarios …- dijo Paul observando el libro sobre su mano.

-Listas de amigos, alumnas, pacientes, colegas – continuó André – aún no sobresale nadie.- solo una de ellas me ha faltado, de apellido Hucherad ha sido bastante escurridiza.

-…Hay más material qué revisar – Paul agrega – un mes antes del arresto de Irene Pontier, la madre de Ana y yo recogimos sus pertenencias en su habitación en La Maternité…

Al minuto, una sirvienta entra a la sala portando una bandeja con copas y vino –No, señora Moulin, por favor - Paul le detiene antes que posé la bandeja sobre la mesa delante nuestro. En su lugar indica el camino a su despacho y a la vez nos invita a seguirlo al mismo cuarto.

-Tengo que enseñarles lo que encontré – Paul agrega.

La disposición y arreglos de la habitación son uniformes en color y diseño, sencillas y ordenadas. Sólo un rincón contrasta con todo ello: un mesón y armario dispuesto al lado de su escritorio y contra una pared se halla caóticamente atiborrado de libros, cuadernos y carpetas.

-Esto solía tener un órden - André comenta - ¿cierto?

-Lo sé - Paul admite. Luego despide a la sirvienta con un agradecimiento y espera en silencio hasta que cierra la puerta- La amable mucama que acaba de servirnos esta bandeja, entre sus muchos deberes, asea esta misma habitación - reinició a la vez que servía vino, reparte las copas y continúa- sacude tapices, lustra pisos y muebles, abre las ventanas para ventilar y ahuyentar el encierro.

-Hoy hubo tormenta - apunto yo y pruebo el vino - no debió ser buena idea.

Él ríe y asiente.

-Ya veo, todo esto debió volar por los aires - dice André riendo con él.

Hunde una mano en el bolsillo de su chaleco y saca un insignificante trozo de papel - Esta nota, voló de una de las carpetas directo hacia mí en medio del torbellino - dice y me la entrega - ¿podría usted leérnosla, señor?

-Sebastien Arsenault - leo, por el momento no significa nada, pero al voltear observo que el nombre sí tuvo efecto en André. Con dificultad traga un sorbo de su copa - ¿Quién es? – le pregunto

-Es comisario de policía del segundo distrito – contesta tomando la nota de mi mano.

- ¿Cómo llegaste a conocerlo?

-No lo he hecho, Paul sí.

-Cuando me dirigía a la oficina del decimocuarto distrito, a realizar averiguaciones sobre el avance de las investigaciones, le encontré allí, en estimulante charla con el comisario Perronet, a cargo del caso de Ana; nunca había visto a Arsenault y nada tenía que ver con el caso, pero Perronet nos presentó - explica Paul.

-Al parecer Perronet le debía favores a Arsenault, parecía estarlo presionando sobre algún asunto entre ellos – André dice.

-Lo que ahora quiero saber es porque Ana estaría haciendo averiguaciones sobre este hombre – insiste Paul.

-¿No hay pacientes de Ana con ese nombre?– André apunta, mientras trata de ver por dónde empezar en el tumulto de documentos y escritos de la nombrada.

-¿Qué hay de parientes, hijos, sobrinos? Alguno pudo ser médico o estudiante y entrenar en la escuela en donde su sobrina trabajaba– agrego, a esto André asiente.

-Habría que revisar listas de trabajadores y estudiantes.- André agrega – me pondré en contacto con las oficinas del director y docentes.

-No sé si a corto plazo de resultado, pero intentaré entrevistarme con Arsenault – ofrezco – somos compañeros de armas.

A esto André me observa de reojo. Por un momento creo que irá a decir algo, a protestar o a prevenir mi participación en este asunto. Pero parece desistir. -Creo que pasaremos una larga noche inmiscuyéndonos en la privacidad de Ana – dice en su lugar al mirar la caótica papelería.

LA OFICINA DEL QUÍMICO Y BOTICARIO DE LA CALLE SAINT MARTIN ES UNA HABITACIÓN QUE, COMO UN PUENTE, UNEN SU CASA Y BOTICA. A esta es que me guía su mucama, después de haber preguntado por mi cita con su sobrina a la puerta de entrada.

La luz de la mañana entra por el único ventanal, frente al cual se halla el escritorio de Pelletier. Archivos, herbarios y plantas disecadas parecen atestar el mueble. Con el mismo contenido mantiene los anaqueles y repisas que amueblan aquella oficina polvorienta.

-Siento mucho que le hayan guiado hasta aquí – Aurore se disculpa a la vez que emite una reprobatoria mirada a la mucama – Acabo de terminar el inventario de mi tío, pero en un minuto nos moveremos, sólo quiero asegurarme que este lugar se ventile. Ni siquiera deja que nuestra mucama se ocupe de limpiarlo. Cree que le desordenará el lugar ¿Puede imaginarlo? – con tono irónico termina.

- ¿Necesita ayuda? - ofrezco. Se ha puesto de puntas sobre sus pies para alcanzar la perilla de la ventana y abrirla por completo. Se vuelve y un haz de luz enciende su cabello recogido; cálida fogata otoñal.

-No se preocupe - responde con un gesto y una sonrisa blanca y aniñada -Lamento que no haya logrado presentarse al anuncio de nuestro compromiso - comienza.

-Es por eso que he venido hoy -contesto.

-Porque no lo aprueba – me atraganta con su respuesta.

-Eres muy directa – observo.

- Debería decirle que lo siento, pero no sería honesta - dice mientras nos retiramos y avanzamos a una habitación de aire mucho más ligero y refrescante. La luz penetra por las ventanas y un aroma cítrico se asoma por los rincones. Me enseña una silla. Nos sentamos frente a frente, cada una en su respectiva silla.

Me sirve una taza de té - Entonces... tengo razón, no lo aprueba- prosigue a la vez que me entrega la taza servida.

-Gracias - respondo al ofrecimiento y mientras recibo la taza ya servida reflexiono brevemente en cómo responder - la respuesta es un poco más compleja, señorita Pelletier.

Ella me sonríe y ofrece dos opciones para endulzar mi bebida: miel o azúcar. Yo opto por ninguna.

–Su hija prefiere la miel, Alexandre ambas - observa ante mi decisión -El año pasado, su hijo se acercó a mí después de haber ido a dejar a Isabelle a la escuela. Me preguntó si podía visitarme; fui muy cortante y antipática con él, le dije que sería mejor que lo olvidara.

-Pero no se rindió ¿verdad? - digo, instándola a continuar.

Ella asiente -Venía a ver a mi tío, hasta que obtuvo el permiso para visitarme aquí en mis días libres y para escribirme.

La pequeña Aurore dibuja una mueca... ¿resignación? Es que es agridulce como la vida misma. Su mirada vaga un instante por el ambiente que nos rodea, quizás recuerda algo. El color avellanado de sus ojos va y viene, se detienen en mí e inundan los míos, su expresión cambia, una definida sonrisa –Me pregunto ¿Cómo es que nadie más se da cuenta que esos son los ojos de su hijo?

- ¿Lo amas? - pregunto.

Ella asiente, otra vez ese gesto de resignación en sus labios -Sí - contesta y eleva su taza para tomar un sorbo de té – no debe preocuparse por Alexandre, no llegaré a ejercer.

- ¿No lo harás?

-Si este fuese otro mundo, quizás lo haría. Pero en este, si he de casarme, tendré tantos deberes que dudo que llegue a tener el momento para atender a alguien más que no sean mis hijos.

-Hubiese deseado que mi hija tuviese una noción de la vida tan realista como la suya, mademoiselle.

Aurore me responde con una mirada cautelosa, con reservas –Le sorprendería saber que realmente es lo opuesto - me discute.

-¿Ah, sí? – incrédula digo.

– Ella y François parecían muy unidos, pero había roces y con el pasar de estos cuatro años, fueron en aumento.

-¿Cuáles eran...?

-Muchas cosas… Recuerdo que una vez tuvieron una pequeña discusión en medio de su última celebración de cumpleaños; François le regaló chocolates e Isabelle los detesta.

Guardo silencio. Realmente la trascendencia de una caja de chocolates en el quiebre de aquella relación es... insignificante. Lo único que llego a considerar por un momento, es que finalmente he descubierto por qué durante casi todo mi embarazo no pude probar bocado de aquella delicia sin que provocara mi rechazo.

-¿Eso es todo?– ligeramente rio ante aquella banalidad. Pero mi actitud es disonante. Aurore responde con un gesto cortés pero desencajado; hay un contexto que ignoro sobre su amistad con mi hija; es posible que ella sepa más de Isabelle que yo – Lo siento… por favor continúe.

Ella niega con un gesto –Está bien, sé que al principio suena gracioso, un detalle ridículo, él se reía y decía "no es posible, no hay persona a la que no le agrade el chocolate" y continuaba obsequiando cajitas primorosas; lo hacía con muchas otras cosas, como si renegara de la persona que tenía por delante, como si no quisiera reconocer quien era en verdad – continuó - así como lo hizo al pedirle matrimonio, pensó que desistiría de su segundo año en la escuela.

-Era lo que debía hacer.

-Lo sé, y ella también entiende la razón, pero más a menudo que no, el "deber ser" no se ajusta a las personas, usted más que nadie debe entenderlo – dice mirándome fijamente. Por unos segundos mi boca queda semi-abierta; aunque templado y calmo, el carácter de esta muchacha resultó ser tan honesto como el de Alexandre.

LA TARDE YA ESTÁ POR ACABAR Y EN UNAS CUANTAS HORAS MÁS HE DE EMPRENDER UN NUEVO VIAJE CON DIRECCIÓN A la frontera norte...

Mi entrevista con la señorita Pelletier fue algo... diferente. Es demasiado directa para mi gusto, dulcemente inocente no lo es, pero, su carácter natural y honesto, le otorgan un encanto muy particular. Parece tener la mente muy clara, aunque me contradijo advirtiéndome con una famosa frase "Solo sé que nada sé", luego sonrió "a su hija le irrita que cite a Sócrates, dice que primero hago una mala interpretación de su pensamiento y que lo peor, es que uso mi interpretación como excusa para fundamentar mi poco ánimo al estudio"

"En parte significa el disponerse de forma humilde ante el universo"

"Nunca dejamos de aprender algo nuevo" distraídamente agregó a mi afirmación "Estudio suficiente, pero no como ella. Realmente me agrada más el trabajo en laboratorios, y Alex dice que una vez casados, tendré mi propio espacio para tener un juego completo de química" con ironía sacudió la cabeza "es muy lindo de su parte, pero no creo muy seguro estar manejando ácidos mientras un bebé llora a gritos por un cambio de pañales ¿no lo cree?"

"¡Claro que no!" reí junto a ella, guardamos algo de silencio, y aquella pequeña dosis de hilaridad penetró profundo, la atmósfera entre las dos cambió, se tornó más cálida. Recordé que mi hija la había elegido como amiga y que al hacerlo, había compartido un secreto difícil de divulgar. La lealtad de Aurore, me hizo percibir su persona mucho más cercana. Pero aquella confianza tenía doble filo; mi intimidad era un terreno inexplorado.

"¿Lo recuerda? ¿siendo un bebé?" preguntó, una flecha directo a mi pecho. Ni siquiera Isabelle se había atrevido alguna vez a pedirme confidencias como esta. Pero Aurore no conocía mi carácter. Inocente cual novicia, curioseaba en una habitación desconocida, abría cajones y muebles sin saber lo que deparaba en su interior, lo venenoso o delicado del contenido.

Inspiré algo de aire, haciendo un esfuerzo por no atacarla "Era un reto hacerlo dormir… cuando creías que ya estaba dormido y que lo habías logrado, lo ponías en su cuna y despertaba"

"No quería que lo dejara" rió ella, pero yo no quería continuar "Su padre dijo que cuando aprendió caminar, corría detrás de usted cuando salía de casa"

"Sí, lo recuerdo" le confirmé, escuchando nuevamente el amargo berrido de un pequeño, que quizás había consentido demasiado con afectos. En un esfuerzo sobrehumano, me obligaba a cerrar la puerta y a avanzar por las calles, sintiendo aún encima de mí el peso de su pequeño cuerpo, como una extensión del mío "Bien, al menos en esta carrera logró alcanzarla a usted, señorita Pelletier"

No sé si Aurore captó algo en mi actitud, pero no lo escondí de ella. Con un aura de respeto, guardó silencio y de algún modo logramos convivir en esa atmósfera ensordecedora, así como mi hija y yo logramos hacerlo en ocasiones. A veces no tenemos nada más qué decir entre nosotras, pero al menos no estamos solas.

Con nuestras tazas vacías, casi al unísono nos levantamos. Apuntando a nuestros propios compromisos y deberes, comenzamos nuestra despedida. Me habló sobre sus ocupaciones del día, muchas de las cuales correspondían al cuidado de su tío y el manejo de su tienda.

A la puerta y entregándome mi sombrero, algo picó mi curiosidad acerca de su itinerario.

Su reunión de amigas, en la cual mi propia hija estaba involucrada, comenzaba al mediodía y sin embargo Isabelle había partido de casa a las nueve. Para llegar de Saint Germain a la calle Saint Martin con Pernelle, se necesita cruzar un río, pero nunca se demorará tres horas de viaje en llegar a destino. "Probablemente haya querido ir en busca de Gertrude: ella vive cerca de La Porte de la Villette" Aurore sugirió.

En aquel momento me pareció razonable, pero al llegar a casa revisé con Berger. Él jamás se acercó a La Porte de la Villette hoy.

"Nos detuvimos en Saint Martin, en la casa del boticario y ese fue el final de mi ruta" el señor Berger me aseguró.

"¿Y le vió entrar?"

"Esperaba a que le abrieran detrás de las rejas, al interior de la propiedad, pero no le vi entrar"

Si no he partido aún al cuartel, ha sido solamente porque he decidido aguardar por su llegada; quiero saber en dónde estuvo en ese vacío temporal en donde se supone debíamos habernos topado, pero no quiero que terminé en discusión esta vez.

¿Cómo he de hacerlo?

Tocan a la puerta, escucho a Sylvie atendiendo. Es ella. Dejo el cuarto de lectura a un lado y me apresuro a encontrarla en el recibidor.

Le veo con la capa aún sobre sus hombros y tratando de desatar el nudo en el lazo de su bonete -¿Cómo estuvo tu tarde?- inicio y alza la vista hacia mí.

-Muy bien, Aurore está muy contenta.

-Si, es una chica muy especial.

Ella asiente -Me dijo que fue a verla hoy- dice de forma muy casual. Aún se encuentra tratando de resolver el nudo de su lazo, me acerco a ella y se lo tomo de las manos. No estoy segura, pero creo sentir cómo se estremece ante mi cercanía, como si la pupila de sus ojos se dilatara.

-Así fue - le observo - Pensé que estarías allí, saliste muy temprano hoy- observo más su rostro que el maldito nudo. Pero no se estruja para entregarme respuesta alguna. De hecho, se toma su tiempo, observando el esfuerzo de mis dedos.

-Lo sé, quería entregar a Aurore muestras de telas y encajes que guardaba para mi ajuar de novia, además de ayudarle en la cocina; sólo ella y la señora Quincampoix trabajan casi toda una mañana para alimentar bocas extras.

-Ya veo ¿Entonces estabas encerrada en las cocinas? - con ironía, pregunto.

-No, olvidé las muestras en la escuela, así que tomé una diligencia a Port Royal para ir por ellas.

Por un momento me quedo callada, mi mandíbula se contrae con el esfuerzo. Apesta a mentiras. Maldita sea, qué ocurrente es.

-Debiste quedarte en donde estabas, no me agrada que vayas sola por esta ciudad.

-Lo sé, lo siento.

Sacudo la cabeza, no aparto la vista del enredo. Creo que me miente, pero una vez más se me ha adelantado y a menos que la obligue, no tengo cómo demonios refutar sus excusas - ¡¿Cómo diablos hiciste esto?! - estallo, pero al segundo de haber gruñido, logro deslizar la seda y el resto del atado.

-Gracias - dice, y con energía juvenil se quita el bonete y gira en dirección al pasillo que guía a su cuarto. -Iré a cambiarme - Me avisa.

Con las manos en mis caderas respiro y una vez más decido intentarlo.

-Isabelle - le llamo, ella se vuelve y espera en donde se detuvo. Abro la boca y no sé qué decir, no sé qué palabra podrá retenerla por más tiempo. No me había dado cuenta que ambas ya teníamos un guión trazado y muy bien reglado, duro y frío, un enorme lago congelado. Rasco mi frente y algo desesperada y a riesgo de sonar absurda o caer en el ridículo, decido improvisar y comenzar a quebrarlo - ... Sé que los últimos eventos no han sido los más afortunados... y a pesar de todo te has comportado de manera muy sensata… es muy digno de tu parte, pero, sé que hay algo debajo de ello…

-Y usted quiere … ¿...qué? – perdida ante mis titubeos tantea.

-Isabelle... – suspiro, pero en un último esfuerzo decido arrojarme – Si necesitas ayuda, ven a mí.

Por la expresión de su rostro, veo que la he tomado por sorpresa. Mira hacia abajo, hacia uno de sus zapatos, con la punta soba suavemente el tapiz bajo sus pies, levanta la cabeza nuevamente y se dirige a mí -Madre...se lo agradezco...- dice y se toma un momento más para considerar. Por un momento creo que va a agregar algo más, pero no dice nada.

-Bien - Al parecer el punto ha sido zanjado. Me cruzo de brazos y cambio de tópico - ¿ya has cenado?

-No – contesta entre un suspiro, tratando de volver a lo cotidiano.

-Entonces ve y cambia tu ropa – le ordeno – esperaré por ti; solo seremos tú y yo hoy.

Ella obedece y yo permanezco en el recibo. Nuevamente ignorante acerca de sus planes o lo que sea que pase por su complicada cabeza.

CAMBIAR EL MUNDO Y HACER UNA MEJOR VERSIÓN DE ESTE, EN UN PRINCIPIO, ESTABA LEJOS DE SER UN OBJETIVO. Arrogante, pensaba que sabía todo, que la vida dentro del reino de Francia era próspera, que el esfuerzo y trabajo arduo pagarían con generosa recompensa a sus súbditos. Lo creía, porque pensaba que la justicia era algo real.

Siendo tan joven, casi una niña, buscaba una causa justa que defender y proteger. Y cuando mi padre me anunció que estaría destinada a ser la guardia personal de la futura reina de Francia, me sentí honrada, más aún cuando al conocerla presencié un alma pura, inocente, llena de energía y de buenas intenciones.

No sabía qué la vida sería tan compleja y difícil, tan curtida por el sufrimiento. Cuando el destino abrió mis ojos ante esta verdad, mi mundo se derrumbó, pero estaba dispuesta a aceptar el reto y ser un aporte más para así poder cambiar lo que iba mal. El reto prevalece aún, después de tantos años, después de tantos sacrificios, aún está ahí, frente a mí, sin poder ser resuelto.

Todo fue porque una página de Ana había llamado mi atención. Sin pista que la enmarcara dentro de un contexto de tiempo y espacio determinado, logró invocar recuerdos que creí haber enterrado. Definitivamente se trataba de un desahogo: La antes entusiasta estudiante de partería ya era una Sage-femme graduada, una mujer sabia, una instructora de instrumental quirúrgico, cuestionando un pasaje de su vida.

No apuntaba a ningún hecho en particular, solo decía Estoy triste, preguntándose cómo iba a enfrentar a sus pupilas con este espíritu quebrantado ¿Es real? ¿Es verdad que pueda haber tanta falta de conciencia, de piedad? Ya he presenciado el efecto y agresivo resultado en la piel y espíritu de muchas mujeres que llegan aquí al hospital, pero no a este nivel ¿Cómo es que otros lo hacen para mirar a un lado y seguir como si nada hubiese pasado? No puedo, esto se ha convertido en una obsesión y no puedo, no quiero olvidarlo. No pretendo cambiar el mundo, es solo una vida, es solo un poco de ayuda lo que quiero ofrecer…O necesito ofrecer, por egoísta que esto suene, porque no puedo continuar y pretender que no escuché nada, que no vi nada…

Desearía que mi padre estuviese aquí, nunca me he sentido tan pequeña, tan diminuta como para necesitar que venga a mí y me levante en sus brazos, alto, muy alto. Él diría, estás asustada y triste, pero está bien, se supone que estés así después de lo vivido. Ahora ve a dormir, pues los días nunca se repiten, Ana querida.

Oh Ana ¿qué te tenía así, angustiada y cabizbaja? El ánimo de aquel texto contagió el mío, y mi sueño nocturno se tornó confuso y teñido de espanto. Me encontraba en mi escritorio, en la sala de lectura. Ella atravesaba el umbral, vestida con su traje blanco de debutante, el mismo que ella viste en una pintura, colgando en la sala de la casa de su tío. Con la misma silenciosa sonrisa avanzaba hacia mí, tomó mi antebrazo dejando impresa la palma de su mano, una impresión roja, carmesí. Al levantar mi vista no pude encontrarla. El único rastro de ella había quedado en el suelo. Sus huellas marcadas sobre este, con el mismo tono que se hallaba sobre la tela de mi camisa cubriendo mi brazo. Las marcas guiaban a la salida de la sala de lectura, luego, fuera de nuestra sala de estar, hacia el corredor, hasta la puerta de la habitación de mi hija. Cuando la abrí, cuando apenas pude vislumbrar el interior de la habitación, desperté.

Por supuesto, me levanté enseguida, encaminándome en dirección a la habitación de mi hija.

Vestida para dormir, con sus enaguas y túnica blancas, Isabelle dormía profundamente sobre su cama, completamente destapada, abrazaba un libro con extraños símbolos en su interior. Tomé el volumen de sus manos y la cubrí con sus frazadas.

Por un tiempo permanecí observándola, deseando poder leer su mente en sueños.