LAS DESAPARICIONES

V

Octubre 31 año 1807

ISABELLE

LAS LUCES EN LAS CALLES Y EN EL CIELO AÚN ESTÁN ENCENDIDAS. Hace frío, el otoño ya empieza a fundirse con el invierno, a endurecer la tierra por las mañanas, a afilar el aire y a cortar la piel, los rostros, los labios y nudillos desprotegidos.

Mis manos están heladas y estoy sola al interior del carruaje que el señor Berger guía hacia la escuela. Pero, no me importa. Hoy me agrada el hecho de que no tenga que compartir palabra, que solo tenga que mirar por la ventana y pueda dejar pasar la vista sin detenerme en ningún detalle de las calles o de los individuos que surgen de sus casas. Todos a madrugar, a empezar nuevas jornadas.

Me agrada esta hora, un poco antes del alba, cuando el sol está a minutos de despuntar, cuando el índigo aún está salpicado de pequeños diamantes... racimos de estrellas naciendo y creando nuevos mundos en medio de la aterradora oscuridad, ese más allá que por ahora sólo quienes lo estudian, pueden saludarlo con grandes lentes.

Una vez tuve la oportunidad de usar uno de esos aparatos. El dueño de este me enseñó a hacerlo… hace tan solo un año.

Ahora, al cruzar la calle de l'Odeon, mi estómago se vacía. Puedo verlo a través del cristal de mi ventana, y aunque él está a gran distancia, puedo reconocerlo: Su cabello claro, su ropa de adulto y su cara de niño. Con una mano coge sus libros, la otra está libre. Sus ojos soñadores me reconocen también. Boca abierta, desde la calle, como autómata, François hace una seña de saludo en mi dirección. El carruaje, por fuerza física me obliga a dejarlo atrás y seguir adelante.

DE ALGÚN MODO, SU PADRE, BERNARD CHATELET, SE HA INGENIADO PARA ACOMODAR UNAS RELIQUIAS EN SU DEPARTAMENTO.

Libros. Qué más. Él los adora.

La mayoría los rescató de fogatas y grandes piras, cuando iglesias y monasterios fueron saqueados por los ciudadanos parisienses durante los primeros meses de la revolución… Es una verdadera estupidez ¿por qué quemar tanto libro? ¡Si no te agrada uno, pues no lo leas!

Mi favorito es De humani corporis Fabrica, un tratado sobre las nociones de anatomía humana del siglo XVI escrito por Andreas Vesalius. Aún lo tengo en préstamo...

Cuando iba a visitar a mi madrina, ayudaba en sus tareas y luego corría hasta el escritorio de su esposo, en donde, casi siempre, sino, siempre, se encontraba redactando artículos y críticas literarias para algún boletín.

Yo solía meter mi nariz de forma constante, él me pedía que le trajera los libros y textos de consulta que utilizaba para corregir su redacción y sostener sus escritos. Cuando comencé a hacerle demasiadas preguntas y a discutirle sus respuestas, comencé a agradarle... Tiempo después de haberme comprometido con su hijo tomó algo de cautela, hasta que un día puso una pregunta sobre la mesa.

"¿François está de acuerdo?"

"¿A qué se refiere, señor Chatelet?"

"Querida, no deberías molestarte más en atender a este viejo con sus locuras, será mejor que te ocupes de tu joven prometido"

Yo titubeé. Me volteé hacia su sala, en donde su esposa y su hijo se hallaban. François miraba en nuestra dirección en el momento en que su padre apretaba mi mano y me alentaba a dejarlo, con lo que él llamaba, locuras juveniles; ya que, para mantener a su familia, en un momento se vio forzado a dejar su poesía y sus líneas de reportero para ejercer su verdadero título, el de abogado.

"Ve" me dijo y yo lo hice. François dejó a su madre por su padre y yo al señor Chatelet por mi madrina. Mi prometido me sonrió desde la distancia: ahora, como piezas, estábamos en donde debíamos estar.

Al menos en esos momentos, en casa de sus padres el orden de las cosas era el correcto. Yo fui quien puso todo al revés cuando comencé a asistir a la escuela, cuando me empeñaba en mis prácticas y en mis lecciones.

UN MÉDICO TITULADO, SE ENCUENTRA A CARGO DE DIRIGIR AL FARMACEUTA QUE ENTREGA LAS CLASES DE BOTÁNICA Y QUÍMICA básica, al igual que a un estudiante de medicina, a cargo de entregarnos lecciones de anatomía general.

Recientemente nuestro profesor de Anatomía, el señor Foyer, fue llamado a asistir a un médico del ejército. Así nos hizo saber el médico en jefe de la escuela, el señor Pascal Durat, quien cuando no hacía visitas médicas en hospitales y casas, tenía la encomienda gubernamental de unirse a otros colegas, para ejercer inspecciones sanitarias a burdeles o casas de tolerancia y, particularmente, a las prostitutas inscritas o toleradas en las listas policiales.

Esta mañana todas sabíamos que un nuevo estudiante de medicina, vendría a ocupar el puesto de profesor de Anatomía. El señor Durat dio cara al auditorio acompañado de su gran barriga y, a pesar de las advertencias de Lachapelle de realizar las gestiones para sacarlo de su puesto, una vez más hizo su famoso discurso de bienvenida con las típicas y fantásticas alusiones a leyendas sobre castración masculina. Su favorita es la Vagina dentata. Aurore cree que con esas historias pretende mantener a sus jóvenes alumnos alejados de nuestras virginales y no tan virginales vaginas. Pero cada año, la pulsión de los receptáculos, femeninos y masculinos, podían más que cualquier traumático encuentro con la amputación genital. El año pasado había sido la señorita Aguillon, ahora señora Foyer y con ya nueve meses de embarazo.

A pesar del poco éxito de su método anticonceptivo, satisfecho, Durat procedió con la introducción de nuestro nuevo profesor de Anatomía, mientras todas realizaban sus apuestas sobre quién de nosotras acabaría con la barriga hinchada el próximo año.

Fue, allí, justo en el momento en que pisaba el suelo del auditorio y le visualizábamos de cuerpo entero, que reconocí al estudiante, y en que una idiota risa se escapó de mi garganta, algo así como cuando la burbujeante champaña escapa de una botella. Me tapé la boca enseguida, pero de nada sirvió.

"¡Excelente, Grandier! ¡Excelente! ¡Ya ves que no todo está perdido, siempre digo que hay chicas que no tienen potencial para la soltería!" saltó Durat, haciendo que todas las apuestas de fertilidad se movieran sobre mí y modificando, en adición, los colores del rostro de su propio alumno, a quien, de una palmada sobre la espalda, empujó a enfrentar a sus nuevas alumnas. "A usted le dejo las introducciones, Lefillatre"

Acompañada por las risitas sofocadas de compañeras de aula, Aurore me observó burlona "Tienes el color de una cereza madura" dijo tocando con el dorso de una mano mis mejillas.

Henri Lefillatre, alto y delgado, hercúleo esfuerzo hizo por recobrar la dignidad que yo había troceado "Buenos, días señoritas" comenzó y el eco de su voz logró ahogar los murmullos y risas que yo había despertado en el aula "Mi nombre es Henri Alphonse Lefillattre, pueden dirigirse a mi como profesor Lefillatre, y a contar de hoy, dirigiré su plan del estudio de la anatomía humana, por favor tomen sus libros y vayan a la página cuatro"

El ambiente se tornó solemne después de su orden, entonces nos presentó el material que habríamos de explorar en las siguientes clases. El sistema circulatorio, la sangre humana, la bomba que impulsa. El corazón.

Muchos aseguran que es el primer órgano que toma forma, que con él iniciamos nuestra existencia. Me pregunto si este dicta la forma de la personalidad, lo que quieres, lo que eres, hacia dónde vas.

Es que no dejo de preguntarme…¿A dónde voy ahora? ¿Qué hago?

RECUERDO QUE HABÍAMOS LLEGADO A UN PUNTO AL CUAL MUCHOS LLAMAN ENCRUCIJADA, PERO, DE HECHO, CREO QUE FRANÇOIS ERA QUIEN ME HABÍA COLOCADO FRENTE A UNA.

Me sentía tan presionada y manipulada. Realmente pensé que estaba al borde de un colapso. Intentaba no ir a casa, porque no quería que mi padre indagara en mi estado de ánimo. Ya tenía suficiente con Gertrude y Aurore encima de mí.

Sucedió al terminar el verano: En un corto telegrama, François había dado respuesta a mis excusas por haberme ausentado a una reunión familiar, escribiendo: Resuelve tus prioridades.

Las comunicaciones desde entonces fueron cortadas. Mi correspondencia llegaba a su casa, pero dejó de ser contestada.

Entonces comencé a caer en la angustia. Teníamos planes, ¿dónde quedaban estos?

Lo amaba. Y no es fácil explicar qué significa eso exactamente, era así y ya. Él era mi futuro y no lo podía imaginar sin él. Así y todo, tomé su consejo y resolví mis prioridades: darle lo que él quería. Hablé con mi padre y, en una reunión con el director y la jefa de parteras, mi situación quedó resuelta. Dentro de unos días mi práctica y estudios en La Maternité llegarían a su fin.

Me consolé diciéndome que, de ahí en adelante, aún tendría tiempo para leer y estudiar por mi cuenta siendo esposa y madre. Me tragué aquella mentira para continuar. Sabía todo sobre administrar una casa, convertirla en hogar, en mí hogar, en mi vida.

Ese era el plan de todas formas. Pero, días antes de mi partida, François fue a visitarme.

Dijo que esperaría por mí en el pasillo de entrada, frente a las escaleras. Así, al final de mi jornada, me dirigí a encontrarlo.

Ya a la mitad de mi descenso, pude verle atrapado en conversación con el profesor Durat. Suponía que mi prometido habría de querer arrancar en ese preciso instante, por esa razón me apresuré hacia ellos, y habría continuado si no hubiese sido por repentino malestar al nivel de mi estómago, una sensación nauseabunda reptando hasta mi garganta, como si hubiese almorzado pescado descompuesto...

Lograba asimilar que el profesor Durat, en una de sus inspecciones semanales a una de las casas cercanas al Arsenal, hubiese detectado sífilis a una de las prostitutas. Pero no podía razonar la necesidad de que le advirtiera a François de ello... ¿Qué tenía él que ver con este lugar? Durat siguió hablando, entonces supe por qué. Por un momento me pregunté si habría sido posible cortarme los oídos, extirparlos de alguna manera…

Tuve que sentarme en uno de los escalones. Las alumnas se quejaban al tropezarse conmigo, al tener que sobrepasar el bache, el estorbo en que me había convertido.

Él no se dio cuenta que estaba allí, hasta que todos se habían marchado para la última merienda del día.

Se volteó y, quizás por mi expresión, pudo darse cuenta que lo había descubierto. Mi rostro contraído por un dolor que no había imaginado antes.

Tenía que largarme de allí. Como pude me levanté, deseando tener algún poder para hacerlo hervir o pulverizarlo, porque podía escuchar que me llamaba al ascender por las escaleras. Recuerdo que me alcanzó al llegar al segundo piso y tomó mis brazos, que lo rechacé porque sentí asco ante su tacto. Retrocedí apartándome de él, no sabía qué hacer.

"¡Por favor, Isabelle!" me habló, como a una niñita.

"Renuncié, renuncié, hice lo que querías ¿no es así?" sollocé y él no pudo contenerse por mucho tiempo, poco a poco, cedió.

"¡Lo siento, sucedió antes de que decidieras hacerlo! " dijo, había un brillo desesperado en sus ojos, un hilo en su garganta a punto de romperse. "Pensé que nunca lo dejarías ¡Ya no sabía qué hacer!"

"¿Crees que fue fácil para mí? ¿No entiendes lo importante que fue para mí?"

"¡No sabía qué hacer contigo!" explotó "¡Esta situación era fácil de resolver, tú lo sabías, pero no hiciste nada hasta que fue demasiado tarde!"

"¡Tarde! ¿cuándo? ¡cuando decidiste meterte a la cama con otra mujer!"

"¡Yo!" indignado gritó "¡me culpas a mí! ¡Sí tú hubieses cumplido con tu deber desde el principio, esto nunca habría pasado! ¡Tuve que hacerlo, no sabes qué cosas decían sobre mí!"

"¡Lo hiciste para que no hablaran de ti!" más allá de mi propio asombro, contesté "¡Ahora dejarás que tus brillantes amiguitos tomen cada decisión!"

"Al menos no permitiré que tú las tomes por mí, como tu madre lo ha hecho por tu padre toda su vida"

Me dejó con la boca abierta, no había esperado que lo dijera y que me desarmara de esa forma.

"No puedo creerlo… No puedo creerlo" asombrada y con la voz ahogada dije, sin poder siquiera exclamar de indignación "¿hasta dónde quieres llegar para salir bien de esto, François?"

Él continuó, no iba a justificarse.

"¿Quieres saber por qué Alex se metía en tantos líos en el Liceo? Era por defender a vuestro padre de las habladurías contra él"

"No me digas" ironicé, ya estaba al tanto de eso, fue algo que Alex y yo tuvimos que soportar por años.

Y allí estaba yo, aguantando mientras mi prometido refregaba estiércol en mí cara. Puse todo de mí para mantenerme de pie, sentía mis músculos casi dormidos, laxos. Dicen que algunos ante una agresión, atacan, otros huyen y otros se duermen, juegan al muerto. Yo no jugaba, pero quería caerme muerta, dejarme caer, cerrar mis sentidos, no quería más. No sé si es posible que tu cabeza explote, que se derrumbe. Y sí, de verdad sí se estaba derrumbando ...

Pero la cólera comenzó a acumularse ante mi inercia… con decepción, con orgullo herido se acercó a mí, a mi costado, vertió rabia e impotencia en mi oído, quemándome como lava… "¿Sabes cuál es tu problema? Que mujeres como tú, están marcadas, son demasiado egoístas para tener a su lado a alguien que las ame, menos para alcanzar la felicidad"

Era mí culpa, todo este desastre, antes y después.

Como yo ya no respondía debió pensar que sería bueno entregarme un ultimátum. Debía abandonar de una vez por todas mis absurdos estudios, regresar con él y cumplir con mis deberes "No creo que tengas muchas alternativas, dado tu historial, nadie te querrá como primera opción…"

Y se marchó.

Recuerdo los problemas de Alexandre en el liceo. No hay nada peor para un hombre, que una esposa que dejó el hogar y que nunca había aparecido en escena pública. Se supone que un hombre que se respeta, sabe controlar a su mujer. Bien… pues, Alex hizo lo que un hijo que ama y respeta a su padre, haría ante las injurias arrojadas por ciertos alumnos que cursaban su grado. Cuando se sentían contrariados por la simpática personalidad de mi hermano, hundían sus dedos en aquella herida familiar. La madre desaparecida, la esposa fantasma, aquella mujer que un día viajó y nunca más regresó. Eso es lo que desde afuera la mayoría veía.

El romanticismo quedó relegado a un décimo plano y François, finalmente reveló su rol ante mí; debía controlarme y yo sentía que iba a desaparecer bajo su peso. No ocultaré lo difícil que fue; que demoré días y quizás semanas, en quitarme el anillo y renunciar. Pero lo que sucede, es que muchas veces no queda alternativa si no dejarse llevar por esta corriente del "deber ser". Si no es así, ¿de qué otro modo vas a sobrevivir?

Tenía tantas preguntas en aquellos horrorosos días. A veces me preguntaba por mi madre y soñaba despierta que venía a aconsejarme, que lo que fuera que estaba mal entre nosotras se había borrado.

¿Cómo lo hizo ella? Pero, volvía la pesadilla y callaba, y me miraba repleta de acusaciones. Y la rabia volvía a abrazarme ¿Por qué me aíslas? ¿Por qué no me hablas? ¿Por qué tienes otra vida y quieres relegarme a la que negaste? ¿Por qué crees que ésta es mejor para mí? ¿Cómo es que no ves que me han destrozado?

Anoche pensé que ella había descubierto mi patético trayecto detectivesco, pero luego inferí, por su torpe apertura emocional, que quizá quería hablar de mi corazón roto… Es absurdo, sólo porque se haya derretido un poco su fachada de Bruja de hielo, no significa que yo vaya a desarmarme en lágrimas, tirarme a sus brazos, rendirme y revelarle todo. Por un momento quise hacerlo, pero desistí; no creí que al hacerlo todo iba a estar bien, que todo se iba a arreglar. Ella tomaría los trozos de mí cuerpo y se dispondría a armar lo más conveniente, sin preguntarme, a su gusto. Lo que sucedió entre François y yo fue más que horrible, lo que escuché cambió mi mundo y todo lo que esperaba de este se había tornado gris e ingrato, pero ya está hecho. Se acabó.

ES HORA DE TOMAR OTRO CAMINO. Aún no sé cómo, pero tengo que hacerlo.

No hay forma de buscar al señor Arsenault por mí misma. Es oficial de policía y el dueño de la casa en donde Ana fue vista por última vez, pero la propiedad fue abandonada. No necesariamente hubo de estar involucrado con mi instructora, pero aun así, creo que es riesgoso que me acerque directamente a él.

Custance, la mucama de la casa vecina, confirmó lo que el cochero sabía de Arsenault. El hombre era policía, hoy su rango había ascendido al de comisionado del segundo distrito.

"¿Por qué estás interesada en esta gente? Pareces una niña educada, deberías estar buscando esposo antes que te arrugues como pasa" dijo Custance con demasiada confianza mientras regresábamos al centro de la ciudad.

"Es personal"

"Entonces no abriré la jeta" me advirtió y así pasaron preciosos minutos por delante, hasta que se me ocurrió una vil y antigua idea: compra y venta.

"¿Por unos francos la abriría?"

"¿Qué quieres?" dijo extendiendo una mano por delante.

Así fue como obtuve más información sobre Sebastien Gustave Arsenault: que era viudo, que había ascendido a comisario de policía y que era padre de Emmanuelle Arsenault Pallard.

"¿Cómo es que sabe tanto?"

"Su mucama es hermana de nuestra cocinera, le sirve a él y a su familia."

"Espere…" confundida le detuve "¿Qué?"

"Está casado. Con una viuda y su hijo" escueta contestó "Ya sabe; a la miseria le gusta la compañía."

"De acuerdo…" dije procesando la información lo más rápido que podía "Pero, ¿qué hay con esta sirvienta?"

Así seguimos conversando. Cuando llegamos a cruzar el río Sena, ya se había hecho unos veinte francos.

Quedamos en que al día siguiente por la mañana, vendría a visitarme a las afueras de la escuela. Y hoy es la mañana convenida; le he prometido diez francos más para que extraiga información sobre su cocinera y me la entregue a mí... Creo que terminaré con todos mis ahorros de esta forma, pero necesito más información sobre Emmanuelle.

-¿Y tienes que hacer registro de cada parloteo que escuches? -Morgaine me pregunta con tal mirada de desdén, que me reduce al tamaño de un guisante - ¿es necesario?

-La palabra escrita es más respetada que aquella comunicada de forma oral- me defiendo y le escucho decir algunas palabritas por lo bajo.

-¿Qué significan esos símbolos? – apunta a la entrevista hecha a Custance, que ahora transcribo hacia otra nueva pieza de papel con el alfabeto familiar de siempre.

-Taquigrafía, le permite tomar notas de forma más rápida, al mismo ritmo de la velocidad del habla – explico y me inspiro - Para mi cumpleaños, recibí de regalo el libro de Thévenot "Taquigrafía fundada en los principios del lenguaje de la gramática y de la geometría…"

-Bla, bla, bla… Vas a enseñarme eso, no sólo tú harás entrevistas – déspota y simpática como siempre, me interrumpió -Bien, revisé las listas de alumnas del año pasado – Morgaine me dice, mientras esperamos la llegada de Custance – su nombre efectivamente es Arsenault, Emmanuelle.

- No creo que LaChapelle le haya entregado esas nóminas ¿no?

-No seas ingenua, por supuesto que no.

-Claro que no, sólo quiero saber cómo lo hizo sin ser vista – respondo mientras observamos si llega alguna diligencia a la calle Saint Jacques. Hemos estado desde temprano, en una de las salas que aún permanecían sin restaurar del segundo piso del hospital; ofrecía buena vista hacia la calle y nos mantenía ocultas de las miradas de alumnas y profesores que ya habían comenzado a rondar los pasillos de La Maternité– Entonces, de acuerdo a lo que encontró en la oficina de LaChapelle es muy probable que Custance me haya dicho la verdad- agrego.

-Creo que es muy probable, pero debo aclarar algo contigo.

-De acuerdo.

-Si seguimos compartiendo información como lo hemos hecho hasta ahora, debemos ser honestas entre nosotras, ¿no lo crees? Vamos a hacer esto juntas, puede que no tengamos mucho éxito, pero por mi lado es algo que no puedo dejar de intentar.

-Está bien, podemos ser un equipo – contenta le respondo. Se me queda mirando, aguardando, entonces yo asiento para darle a entender que sigo su línea de pensamiento.

-Pues bien, tu padre vino a la escuela hoy– dice, pero sin mirarme. Se muerde y moja sus labios repetidamente, ansiosa –¿Le has dicho algo? ¿Vino, porque mencionaste algo?

-Absolutamente no- contesto y ahora sí revisa mi cara. – Él lleva algunas semanas ayudando al tío de Ana a realizar su propia investigación, ya que encuentran algunos vacíos en las conclusiones de la policía -. Parece creerme porque inspira y exhala con alivio.

-Pues, bien, después de revisar las listas del alumnado, salí del despacho de nuestra directora, y tú padre y ella venían directo hacia mí dirección.

- ¿Y?

-Me oculté aguardando a que entraran y me quedé a escuchar; preguntaba por el nombre de Arsenault, si se encontraba en alguna lista del profesorado o alumnado.

-De modo que ya lo sabe.

- No se llevan muy bien ¿o sí?

-Digamos que sí, pero le gusta tenerme al margen de algunas cosas, es comprensible, pero… – contesto a mi pesar, pero esa brecha entre mi padre y yo parece tranquilizarla.

-Es que así te mantiene bajo control en vez de confiar en ti ¿sabías eso? – dice, y su comentario me punza como la picadura de un insecto.

-¿Y usted quiere hablar de confianza? - replico.

Papá me confundía. Siendo niña pensé que él me lo decía todo y que yo podría también decirle todo lo que se me ocurriera. Leía el periódico conmigo y me dejaba hacer las notas y cálculos en el libro de cuentas. Me confiaba más responsabilidades que a mi hermano, y solía pensar que por eso su confianza sobre mí era mucho más alta. Más tarde me di cuenta que escondía secciones del periódico en un cajón de su escritorio, que revisaba meticulosamente mis cálculos en el libro de cuentas, y me urgía a ayudar a mi madrina cuando hablaba con el señor Chatelet. "No debes angustiarte por estas cosas" decía con gesto bonachón.

Al final hacía lo mismo que Óscar, solo que era más difícil odiarlo por ello; siempre es accesible, cercano y amigable.

-Así que tu padre le ayuda al señor Paul Bouscat - dice Morgaine, a lo que yo asiento – ¿No te ha hecho preguntas sobre Ana?

-Cómo dije antes, creo que quiere dejarme al margen.

-Tarde o temprano podría hacerlo, tú fuiste su alumna. – me advierte.

– Creo que después de hablar con Custance, deberíamos intentar contactar a los vecinos de la antigua casa de Arsenault, hice un pequeño mapa. – le apunto, aprovechando de cambiar de tema. Me queda mirando con expresión socarrona porque no es nada pequeño. Lo desdobla y despliega sobre una mesa cercana para revisarlo - Creo que deberíamos recolectar cada trozo de información disponible y anotarla, incluyendo su fuente y verificarla en lo posible.

-De acuerdo, tú organiza la información que podamos reunir, yo contactaré a estos vecinos – dice empinando su barbilla y aguzando su vista sobre la calle – llegó una diligencia ¿es ella?

-Apresúrese – la animó al dirigirme a la salida.

Septiembre 2 año 1807

OSCAR

El segundo año como estudiante de partería ha llegado con toda su fuerza y ya he pedido más libros de la biblioteca de los que pedí durante todo mi primer año. Tazas de té a medio tomar desordenan mi cuarto y al interior de mis libros, hay notas y papelillos marcando páginas, cuyo contenido más me ha costado digerir. Hay mucha información que comprender en tan poco tiempo, pero estoy amando cada minuto como aprendiz de Sage-femme.

El comienzo de este segundo año ha sido muy intermitente. No solo las horas de estudio y clases se han doblado, además de asistir ahora a las parteras y realizar mi propia práctica, debo supervisar el desempeño de dos alumnas de primer año.

Ya he cubierto dos turnos nocturnos con el de la madrugada de hoy, y tuve la suerte de cuidar a dos adorables jovencitas. Cuidar de una mujer en labor de parto es muy distinto a cuidar a una en un periodo anterior y posterior al mismo. Están nerviosas y adoloridas, pero aun así son fuertes y poderosas.

Aprendí mucho sobre el instrumental usado en la sala de parto, sobre algunas de las medicinas usadas y sobre el arte de palpar las contracciones en las pacientes. Hasta el momento, sólo he cuidado de unas cuantas mujeres en parto, pero ya me encuentro consciente que cada mujer tiene un conjunto de necesidades y expectativas distintas sobre ti como su proveedor de cuidados.

Después de mi primer día, terminé con una enorme sonrisa sobre mi rostro. Aunque aún no tendré la oportunidad de atender mis propios partos más que como asistente, cuidé de una mujer por más de doce horas y media de trabajo de parto, construyendo una fantástica relación con ella y la familia que le acompañaba.

Fui muy criticada por esto último, nuestra jefa de partería me ha corregido y recomendado al respecto, ya que estamos aquí para cuidar y velar por la salud de estas mujeres, pero no para inmiscuirnos en situaciones y condiciones de vida, que ya poseen términos más privados.

Debo decir que no estoy muy de acuerdo con esta postura; situaciones y calidad de vida tienen mucho que ver con el estado de salud de las personas, y si he de cuidar de la salud de estas mujeres, lo más sensato es escucharlas e intentar proveerles de soluciones viables que mejoren sus condiciones. La gente feliz no enferma y la mayoría de nuestras pacientes, no son felices, necesitan cariño, ser escuchadas y tomadas en cuenta.

HACE DOS NOCHES, DESPUÉS DE HABER COMPARTIDO UNA CENA CON MI HIJA Y ANTES DE HABER DEJADO PARÍS, ME DIRIGÍ A CASA DE BOUSCAT JUNTO A ANDRÉ. DESPUÉS DE UNA HORA Y EN UN RECESO, DEJÉ EL DESPACHO DE PAUL Y ME RETIRÉ A SU SALA. Allí, entre otros retratos familiares, vi uno de su entusiasta sobrina. Un retrato de medio cuerpo grababa la imagen de una esbelta joven sentada de costado, con su cabeza ligeramente vuelta al espectador. Livianamente sus labios sonreían y sus grandes ojos castaños, observaban a quién se detuviera frente a ella.

Hacía días que había comenzado a leer secciones de su diario personal, muy distinto al diario de partería, en donde describía específicamente casos del hospital. En donde vaciaba sus observaciones íntimas y personales, había dejado la impresión de una adolescente que lamentablemente sabía exactamente lo que quería.

Si no me hubiese embarcado en esta lectura, probablemente no habría comenzado a sentirme tan conmovida. Alcé mi mano y con el dorso toqué su tierno rostro, preguntándome si mi hija habría sentido admiración por ella.

"Este mes cumpliría veintiséis" una joven voz dijo en la sala. Venía de la entrada este. Al mirar en aquella dirección, vi que provenía de una niña de a lo mejor once o doce años. Llevaba una larga bata de dormir y un chal abrigando su espalda, su cabello caía sobre su hombro en una oscura trenza "¿Usted es el señor Jarjayes?" preguntó, a lo que yo asentí "Mi nombre es Cloé Bouscat."

"Lo sé, su padre habló de usted, es la única niña de la casa."

"Y la menor de cinco hermanos" contestó con una tediosa mueca "No era tan aburrido hasta que Ana se fue."

"Ya volverá, te lo prometo."

"No lo hará, no lo hizo la última vez" asertivamente dijo.

"¿No es la primera vez que desaparece?"

"No había desaparecido, pero sí tuvo una pelea con tía Agnes y mis padres aquí en casa, porque justo después de haber recibido su diploma en la escuela, le ofrecieron un puesto de trabajo como partera."

"Y a tu padre no le agradó" dije concluyendo, ella meneó la cabeza en negativa.

"Fue más horrible que eso, tía Agnes y Ana se gritaban… Al día siguiente Ana llenó dos baúles, llamó una diligencia y se marchó, sólo yo me di cuenta."

"¿Desde entonces, no regresó?

Ella titubeó. Volteó su cabeza hacia el retrato y con aire culpable esquivó la presencia que emanaba de este.

En una de las últimas noches de julio de este año, había dejado su cama y escabullido a la cocina, así como lo había hecho tantas otras madrugadas para ir por algún dulce o chisme de las sirvientas, una historia sobre duendes o hadas, conversaciones de adultos, prohibidas a los oídos de los niños. Pero esa noche obtuvo más que lo que en noches anteriores había obtenido. El llanto solapado la había sobresaltado, pero no sería nada en comparación con el aspecto de la persona de la cual provenían. Cabello alborotado, ropajes magullados, eso no era nada. Un pómulo reventado, un labio cortado e hinchado y un hilillo sanguinolento corriendo de la sien izquierda hasta la quijada. Al principio no reconoció a la mujer que intentaba calmar los espasmos y el espanto al interior de su pecho, no hasta que encajara sus ojos aterrados en ella, su pequeña prima.

"Bernadette, una criada, le colocó un trozo de carne en la cara... lo hacía siempre con mis hermanos."

"Apuesto a que peleaban mucho."

"Ana no pelea, unos hombres la amenazaron, eso le dijo a Bernadette."

"¿En dónde está Bernadette, Cloé?" pregunté, con un hálito de esperanza.

"No está. Renunció unas semanas después de eso."

"Creo que debes hablar con tu padre, querida y decirle lo que oíste."

"Se molestará conmigo, además había prometido a Ana no decirle nada."

"Probablemente se moleste, pero necesita de tu ayuda."

Ella nuevamente se volvió a dar una mirada a la imagen congelada de su prima "¿En dónde estará?"

"No lo sé, querida."

Ana aguardó hasta el alba antes de partir de regreso a Port Royal. Así como Cloé relató a su padre, no deseaba que nadie se enterase de lo que le había sucedido aquella madrugada. Tras visitar a una familia y prodigar cuidados a la misma, había sido acorralada en un callejón y obviamente recibido una golpiza. Pero ¿Por qué?

"¿Eso es todo lo que sabes, Cloé?" Paul preguntó, a lo que su hija asintió.

"Es posible que tu antigua criada haya escuchado más" André dijo "Fuiste tú quien la recomendó a otra familia ¿no?"

"Así es" Paul contestó a la vez que sostenía las manos de Cloé.

"Entonces, debemos hacerle una visita cuanto antes" yo insistí.

Una vez que su hija fue retirada por una mucama y enviada a su cuarto, André comenzó a dar pie a sus indagaciones sobre Arsenault.

"Sólo hay un apellido Arsenault en la escuela y pertenecía a una joven estudiante a punto de graduarse el año pasado, su nombre era Emmanuelle Arsenault y se hallaba en la lista de alumnas a cargo de su sobrina, Paul."

"¿Qué interés tendría Ana en ella?" preguntó Paul.

"No lo sé" contestó André "Madame LaChapelle describió a su sobrina competente con su puesto, había resaltado como alumna anteriormente por eso la había elegido… Resultó ser muy popular entre las alumnas que llegó a tutelar."

"¿Qué querría decir con ello?" Pregunté.

"Fue una profesora muy especial, querida por todas" me respondió André "las jovencitas buscaban su compañía, era buena consejera, era la conciliadora con algunos roces o problemas de convivencia entre las alumnas."

"La razón por la que Emmanuelle buscara a mi sobrina, es importante de encontrar… esta joven ¿Dónde está ahora, André?" Paul preguntó.

"Su padre la retiró de la escuela, alrededor de un año a esta fecha" respondió "De acuerdo a LaChapelle, fue matriculada por Benoit, su derecho legal sobre ella radicaba en su condición de padrino."

"Sería posible que estuviese viviendo con su padrino, hasta el momento en que apareciera Arsenault a retirarla" agregué a lo que André asintió. "¿Qué información tenía LaChapelle sobre Emma?

"Dijo que aquello, por respeto a la familia, no podía divulgarlo."

"Vaya, habría sido útil saberlo" decepcionada respondí.

Arsenault era viudo, él y su hija los únicos sobrevivientes a un incendio que acabó con el resto de la familia. Actualmente es jefe de una patrulla de seguridad de la policía, tiene excelente reputación en todo su historial y servicio a la comunidad parisina.

"Intentaré contactar a Benoit… y a la familia hacia dónde Bernadette fue a trabajar" dijo Paul encorvándose sobre su silla y tomando su cabeza entre las manos.

"¿Te encuentras bien?" André se acercó a preguntarle, posando su mano sobre uno de sus hombros.

"Si, si… es sólo cansancio, nada que una noche de buen dormir no puedan arreglar."

"Claro, ya es hora de finalizar esta reunión."

Tras esto nuestro anfitrión extendió una mano a André, se despidieron, pero hubo una pausa en los gestos de Paul.

"¿De verdad conocemos a nuestros hijos, André?"

"No" respondí, no me fue posible contener mi lengua.

Después de planificar los siguientes pasos, la reunión se dio por finalizada. Ya todos sabíamos qué hacer. André y yo emprendimos el regreso. Yo en dirección al campo de Marte y él hacia Saint Germain. Por un largo trecho se limitó a mirarme, a ver si podía descifrarme sin usar palabras. No dio resultado.

"Nunca se termina de conocer a alguien y nuestros hijos no son la excepción."

No respondí, sólo alcancé sus manos en frente de mí. En la oscuridad nuestros dedos se enredaron en un lío.

"Aún así, mientras me encuentre lejos, coloca más atención sobre Isabelle, tengo un presentimiento y no es bueno."

Se quedó observándome y con algo de burla, se sonrió. Sabía lo que pensaba, que estaba exagerando, que nuestra joven hija no la había pasado muy bien y que sus reacciones, podrían ser inusuales pero normales de acuerdo a su situación. Antes que replicara algo, dije "Por favor, André."

Pocas veces, lamentablemente debo reconocerlo, le he rogado, pero al escucharme se tornó serio. "Probablemente no sea nada grave, pero, lo haré."

TRAS HABERSE EMITIDO UNA ORDEN OFICIAL HACIA LA CASA CINCO DE LA CALLE DE POINTIN EN AMIENS, fui alojada allí por sus dueños, un matrimonio de ancianos de nombre Coq.

Espero no haberles incomodado en este primer día, con la inesperada visita del señor de Soisson, que me habría seguido desde el depósito de soldados para dar muestras de un saludable apetito en la mesa.

Sólo ahora veo una reacción en él. Alain, ya está a punto de perder la última gota de esperanza sobre los sueños de antaño, cuando creíamos que todo era posible aún. Sospecha de aquel tratado firmado anteriormente en Fontainebleu, pero se muerde la lengua hasta después de haber visto a nuestros anfitriones de retirada a sus aposentos.

-Sabía que algo raro había sucedido, realmente no era necesario este viaje aquí a Picardía ¿no? – me interroga – ¿Va a explicarme qué sucedió en Tilsit?

-Caí en desgracia ante los ojos de nuestro más altísimo comandante, Alain – le explico, sin siquiera lamentarlo.

-Eso no es posible, sobre usted sólo se oían rumores de triunfo, creíamos que un ascenso venía en camino.

-Los términos no se aplicaban al contexto, tampoco a las metas que años antes nos habíamos propuesto, Alain – le reprocho - ¿Acaso lo has olvidado?

El pasado invierno habíamos triunfado en grandes batallas, pero mi moral decayó al ver las espantosas consecuencias. Ya había perdido hombres en campañas anteriores, pero el propósito había sido distinto. La batalla por la libertad y la justicia entre ciudadanos, ya se había transformado en codicia y un vasto campo de carnicería humana, me hizo sentir repugnancia ante el ofrecimiento de un título y el honor de convertirme en mariscal. Al rechazar aquellos regalos, vi cómo hería el orgullo de quien se había autodenominado emperador, a través de sus ojos pude vislumbrar lo que yo era para él, una pieza dentro de su juego de damas, una no muy apreciada ahora, así que me envió de regreso a Francia, a realizar algunas tareas inútiles y llenas de burocracia, sin más me regresó a perder el tiempo mientras decidía cómo utilizarme en algún otro juego en donde pudiese expandir el territorio de su imperio.

-Esto no era lo que habíamos esperado - admite mientras deja su asiento.

-Claro que no.

- Vi a vuestra hija paseando junto a su padre en el parque Monceau ayer – dice cambiando radicalmente de tema, pero yo sonrío al oír eso; André se está haciendo cargo – se le ve muy bien, a pesar de lo sucedido.

-Te refieres a François ¿no? - digo, siguiéndolo con la vista. Se ubica frente a la ventana, hace a un lado la cortina y avista hacia el oscuro cielo.

-Envidiable fortaleza – aclara la garganta y en la omisión puedo leer el nombre de su pequeña hermana, a quien la traición de un hombre le inspirara macabramente para acabar con su propia vida – ¡Maldición, tormenta otra vez! André dijo que era la mejor de su clase.

-Así es – sin ánimo de ahondar en el asunto digo.

-No es tan malo, posiblemente no demostraría tanta entereza si no tuviera algo más en qué ocupar su mente.

-Probablemente – le contesto para terminar de una vez el tema y regresar al anterior – ¿Y qué hará ahora el primer ayudante del emperador? Sabes que esto va de mal en peor, él quiere algo más que Portugal; España tiene muchas costas y colonias americanas...

- Es una lástima, pero ya nos hemos embarcado en este proyecto.

- No me había embarcado en esto por él – duramente replico – Sino por lo que creíamos. Entiendo que nuestros enemigos quieran subyugarnos, pero esto ya no es una república.

Noviembre 1 año 1807

OSCAR

ESTA MAÑANA LA LUZ DE OTOÑO SURGIÓ MILAGROSAMENTE ENTRE ESPESAS NUBES. Sólo por un momento decidieron abrir paso a algunos rayos de sol.

Hace mucho tiempo me he preguntado, porqué me levanto cada día. Porque el deber me llamaba y nunca logré hacerlo a un lado; pero aquella no era una razón válida, no para mi alma impotente, cansada de nadar entre tanto dolor e injusticia ajena. A mis treinta y dos años eso era lo que experimentaba: hacía lo que debía hacer como soldado, mientras no sabía cómo hacer lo moralmente justo sin traicionar a mi familia y a mis reyes, a quienes había dado mi palabra y lealtad.

Sé qué es lo que Alain siente, dio su palabra y juró lealtad a este hombre, a nuestro emperador. Al llegar al depósito de la 27ma compañía de mi regimiento, unos soldados de infantería se cruzaron a algunos metros de distancia en el campo de entrenamiento, él comenzó a recordar las cartas de viejos conocidos que habían enviado peticiones para hacer un lugar a jovencitos, en la caballería de Los Cazadores del Emperador. Eran hijos, ahijados o protegidos de amigos, cuya edad se repartía entre quince y dieciséis años.

Guardó silencio y yo decidí descender de mi caballo, entregarlo a un ayudante para que lo guiara a las caballerizas. Abrí la boca para iniciar una despedida a mi antiguo aprendiz y subalterno, y me sorprendió verlo bajar de su animal. Sujetando las riendas miró fijamente a mi rostro, pude ver en sus ojos aquel vacío, la incertidumbre de estar ante una encrucijada, de estar ante dos caminos y no saber cuál podría ser tu salvación; querido Alain, ninguno lo es, porque en cualquiera perderás, en cualquiera sentirás el dolor de perderlo todo "Ya nunca más me preguntaré por qué le fue tan difícil abandonar a la reina, comandante."

"Ya, no soy tu comandante, Alain. Hace muchos años que ya no lo soy."

Se sonrió y volvió a montar "Adiós."

Ya que recibí la orden de inspeccionar el estado de las compañías, solicité hace dos días informes a contramaestres sobre el estado de nuestras reservas. Ahora me encuentro corroborando aquella información junto a los líderes de cada compañía. Mañana por la mañana, demostrarán sus palabras mediante revistas en donde podrán demostrarme si habilidades y condiciones de sus soldados, se encuentran a tono con las posibles misiones que cayeran sobre sus hombros.

Mi ayudante, recién llegado, aguarda a mi lado en la sala de reunión, ha colocado mi correspondencia junto a mi sombrero. De reojo observo: la primera carta tiene una caligrafía que nunca había visto antes. Mientras el brigadier y comandante de la vigésima primera compañía, expone el retraso en la llegada de pertrechos para sus hombres, comienzo a sentir ansiedad. Me obligo a mí misma a ser paciente, después de todo, este hombre es el último en exponer su caso.

Antes de dejar París, había planificado redactar una carta dirigida al señor Arsenault. La redacción y envío sufrieron retardos debido a algunos contratiempos por lo que el plan no pudo ser concretado a tiempo. Pero quizás fue para mejor.

Alain no le conocía, pero tenían una amistad en común. Aquel amigo había enviado una petición a Alain, en la que recomendaba al hijo de Arsenault, Charles.

Como pude había tragado mi sorpresa al haber escuchado a Alain, que se lamentaba por no haber podido complacer a su amigo haciéndole el favor. Fue entonces que pensé que quizás yo podría examinar la situación del chico, y posiblemente interceder por él, pero no sin antes obtener una entrevista con el padre.

Es necesario saber qué tipo de hombre es.