Debía terminar de escribir este capítulo antes, pero la vida adulta no me lo permitió. En fin, como habrán notado en el capítulo anterior, el tono de esta historia dista bastante de su predecesora, Guerras de Troya, pero eso es por tres motivos muy importantes. El primer motivo es porque, mientras la Guerra de Troya es una historia que tiene connotaciones mitológicas, algunos de los personajes son históricos, con lugares y periodos de reinado muy bien establecidos, con guerras debidamente fechadas y acontecimientos debidamente contados, ese tipo de cosas, pero esto no pasa con Heracles, quien tiene muchas historias, en su mayoría más parecidas a lo que lees en un comic de DC, que a lo que se lee en un libro de historia, siendo Heracles, por decirlo de una manera, Superman, donde en Guerras de Troya todos son soldados. La segunda razón, es el mismo protagonista, Heracles, quien no era muy listo, y resolvía todo a garrotazos, un cavernario primitivo y unidimensional en muchos sentidos, así que, no se puede esperar una trama muy profunda viniendo de él si súmanos estas dos vertientes, esto no significa tampoco que no pueda tenerla, pero no será en todo momento, hay que trabajar esa trama de forma distinta. Por último, hay una tercer vertiente que tomar en cuenta, la historia de Heracles es, por decirlo de un forma, atemporal, no tiene tiempos muy bien definidos para cuando hizo las cosas, solo fechas que se establecieron para ciertos eventos, como por ejemplo, se sabe que nació en 1,282 a. C. y se sabe que tenía 35 años cuando terminó los 12 Trabajos, y que los 12 Trabajos duraron 12 años, así que, matemáticamente hablando, tenía 23 cuanto se presentó en la corte del Rey Euristeo, estas son fechas establecidas, pero luego hay un número de fechas inconsistentes que no tienen que ver con Heracles, sino con los personajes a su alrededor. Es imposible que personajes como Néstor, Anceo, los Dioscuros, Piritoo, incluso el mismo Príamo y Helena, hayan interactuado con Heracles de la forma en que dicen los mitos, porque ellos ya tenían edades semi-establecidas, por ejemplo, Helena, que tenía 9 años cuando la secuestran Teseo y Piritoo, y la Guerra de Troya inicia casi 12 años después de ese evento, pero Heracles llevaba entre 20 y 30 años muerto, muriendo aproximadamente a sus 70 u 80 años, pero rescata a Piritoo del infierno cuando va por Cerbero durante su doceavo trabajo, cuando según esto, tenía 35 años cuando los completó… permítanme un momento para gritar de la frustración de tener que acomodar estas fechas… eso me recuerda, tuve un error al calcular la edad de Heracles más creíble para la historia (que ya corregí), ni son 63, ni son 68, son 59 años, así que Heracles de esta historia, tiene 59 años, porque existe una edad "aproximada" de su muerte.
Ya para terminar, no recuerdo si lo mencioné antes, pero otra de las razones por la que esta historia difiere de mis historias habituales, incluso si pertenecen al mismo universo de Guerras de Troya, tiene que ver, otra vez, con los personajes principales, que van a conocerlos más a fondo en este capítulo, y que comparten rasgos con series populares de anime de la actualidad, por ejemplo: "Frieren: Más allá del final del viaje", porque Heracles está en sus años de retiro y recordando los días de sus glorias pasadas, y "Dungeon Meshi", también conocido como "Tragones y Mazmorras" aquí en Latinoamérica, por cierto personaje al que tenía que darle una personalidad diferente de lo habitual, y principalmente porque, nadie en su sano juicio perdona a Heracles por hacer cosas que este personaje le perdona pese a lo que hizo Heracles… ya lo entenderán cuando lean el capítulo.
Chelixaamusca: Mi estimadísima mosquita de la cerveza (no me odies es chiste), se bienvenida a una nueva historia, espero que hayas disfrutado el capítulo anterior, y que disfrutes este. Que tengas una muy feliz lectura.
MaryQueen: Gracias por tu review, si te gustó Filoctetes, espera a que leas sobre el reparto de personajes que también acompañarán a Heracles en su camino por quitarse la Sangre Maldita de Neso, te aseguro que no se parecen a ningún personaje que haya escrito antes. Lo lamentamos, pero Calcante chiquito ya no va a aparecer, lo sentimos de antemano, pero tiene que crecer, hoy confórmate con otra toda bonita, toda chiquita e imperialista. Jajaja, Santas Barbas de Zeus Heracles, ya llegamos al capítulo 2, y yo solo salía como tres párrafos en la serie original, tal vez cuatro.
Josh88: Te tardaste compadre, yo dije: Nah pues el Josh ya no llegó. Espero que tu nene esté mejor de salud, eso es prioritario, ante todo. Precuela de precuela, espérate a que empiece la secuela de la precuela, jajaja. Calcante ya no va a salir hasta mucho más adelante, veremos cuanto avanza en su misión. Sobre los Caballeros Dorados, no todos son unos corruptos, sí, hacen cosas algo cuestionables, pero algunos, como Aries, Leo y Escorpio (¿por qué serán ellos?), mínimo intentaron hacer algo heroico con sus vidas. Esta historia sí es de más risas que de batallas, pero bueno, así son estos personajes.
Guerras de Troya - Las 12 Pruebas Doradas de Heracles.
El Inicio de la Aventura: El Rey Perjuro.
Anatolia. Troya. Frente a las Puertas de Capis. Año 1,223 A.C.
-¡Ah Troya! ¡Tiene años que no visito Troya! ¡12 años para ser exactos! Ya sabes, 2 años antes de lo de fingir mi propia muerte –se enorgulleció Heracles, como si estar muerto fuera un orgullo para él. Filoctetes, a su lado, y con un cansado Pegaso, nombre que se le había quedado al caballo negro que los había traído desde Colofón hasta Troya, bebiendo agua de un ánfora que Filoctetes le pegaba al hocico-. ¿Has estado alguna vez en Troya Fil? –preguntó el hombretón.
-¡No me digas Fil! ¿Quién te crees para ponerme nombres? –se fastidió Filoctetes, Heracles solo hizo una mueca de descontento- Y no, es la primera vez que estoy tan cerca de Troya. ¿Qué Espectros vinimos a hacer aquí? Los Caballeros de Athena no somos exactamente bienvenidos cerca de Troya –se quejó Filoctetes.
-Vinimos a Troya, porque aquí hay un adivino muy importante, Crises –le explicó Heracles, Filoctetes recordó a Calcas en Colofón, y estuvo por preguntar-. No me malinterpretes, el chico es bueno, pero no nos resolvió nada. Solo dijo: «viajen juntos», y aquí estamos –aclaró Heracles.
-No dijo exactamente eso, pero entiendo el punto –le comentó Filoctetes-. De forma que vinimos hasta Troya, desde Colofón, ¿únicamente buscando a un adivino? Me hubieras preguntado, hay otro adivino en Colofón, Mopso. Y tenía una plática pendiente con ese mocoso por lo de seguramente engatusarte para que entraras al Éfebo Feliz en lugar de a una taberna normal y corriente –se quejó Filoctetes por la pérdida de tiempo.
-Nadie engatusa a Heracles –se enorgulleció el de la piel de León, Filoctetes con solo verle la cara podía escuchar gatos peleando de fondo, lo que en la mente de Filoctetes significaba que sí lo engatusaban más seguido de lo que a Heracles le gustaba admitir-. Además, Crises no es solo un adivino cualquiera, es EL adivino cualquiera, el más grande que se conoce en toda Anatolia –le explicó Heracles, Filoctetes solo se quejó a sus adentros-. Además, solo mira donde estamos, en Troya. Más específicamente afuera, pero no es como que unas murallas insignificantes vayan a detenernos. ¿O sí? –le preguntó divertido.
-¿Enserio? ¡Mira el tamaño de esa cosa! –apuntó Filoctetes, aunque desde donde estaban no se podía apreciar tan bien a Troya, ya que había una multitud fuera de la ciudad. Filoctetes, Heracles, y Pegaso, se encontraban formados en una fila de mercaderes que venían de todas partes de Anatolia para vender sus productos en la inmensa ciudad- Esa cosa es inexpugnable. Es incluso mucho más grande de lo que cuentan –agregó Filoctetes.
-¡Por supuesto que lo es! ¡Son 10 ciudades en una! –agregó Heracles emocionado- Ilión, Tros, Asáraco, Ganimedes y Tróade eran las 5 Troyas originales, las fundó Ilo sobre la colina donde está construido el Palacio de Ilión. Después se construyeron: Calírroe, Cleopatra, Laemonte, Temiste y Capis, mientras el Rey de Troya de su tiempo, Laomedonte, engañaba a Poseidón y a Apolo, convertidos en mortales por Zeus tras la Rebelión de Apolo, a que construyeran las Murallas de Troya –agregó Heracles felizmente, Filoctetes descubrió entonces que a Heracles le encantaba contar historias a los demás-. Troya es inmensamente grande, y poderosa, pero lo más impresionante es su palacio, el Palacio de Ilión. ¿Puedes verlo desde aquí? –apuntó Heracles.
-¡Mira el tamaño de esa muralla! ¿Cómo bestias quieres que mire por el otro lado? –se quejó Filoctetes, Heracles sonrió, y colocó sus inmensas manos sobre los hombros de Filoctetes- ¡No, espera! ¡No, no, no, no…! –lo lanzó Heracles a los aires, sorprendiendo a los mercaderes haciendo fila para entrar en Troya, Heracles esperó a que Filoctetes cayera, y lo atrapó antes de que se estrellara contra el suelo- Por Athena y las barbas de Hefestos, es enorme. ¡Y tú no vuelvas a hacer eso! ¿Consideras lanzar a otros por los cielos remotamente civilizado? –se quejó él.
-No hay nada de civilizado en Gea, lo más cercano son los Troyanos, y más que civilizados, son pomposos, ruidosos, y apestosos –comentó Heracles, Filoctetes intentó silenciarlo para que no dijera alguna barbaridad que les causara problemas, pero, aparentemente, los mercaderes de todas partes del Anatolia a sus alrededores, estaban de acuerdo con sus palabras.
-¡Yo cambiaré eso! –escucharon tanto Heracles como Filoctetes, encontrando a una bella jovencita, de al menos unos 10 años de edad, revestida en sedas preciosas, violetas como sus ojos, y sobre un palanquín de madera adornado con telas con el mismo estilo y material, llevado por algunos esclavos, aunque la aburrida pequeña había preferido comenzar a conversar con los primeros extraños que le parecieron interesantes- Hola, mi nombre es Hécuba, Princesa de Frigia, e hija del Rey Dimas, arrodíllense ante mi presencia –les comentó la pequeña, Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas de curiosidad, y se echaron a reír en ese momento- ¿Qué es eso? ¿Son risas las que escucho? Están ante la futura Reina de Troya, la grande y hermosa, Hécuba –se apuntó a sí misma.
-Momento, creo que habla enserio –comenzó Heracles, inspeccionando a la niña, Filoctetes mantuvo la guardia alta conociendo la mala reputación de Heracles-. Ese porte, esa soberbia… -continuó el gigantón, levantando a la niña de su palanquín, escandalizando a los esclavos quienes tomaron sus espadas, alertando a Filoctetes quien preparó arco y flecha, mientras Heracles hundía su nariz en el cabello de la pequeña y aspiraba con fuerza, causando las risas de la chica-. Ese olor… -la volvió a colocar Heracles en el palanquín, terminando con la hostilidades-. Huele a… segunda esposa de un rey –concluyó Heracles, Hécuba aplaudió divertida por la forma de ser de Heracles, los esclavos y Filoctetes intercambiaron miradas.
-Ajá… y lo de la olida era necesario para determinar esto… ¿por qué exactamente? –preguntó Filoctetes, Hécuba miró a Heracles también curiosa, Heracles se enorgulleció de sus conocimientos, o mínimo de su experiencia.
-Es obvio, huele a lavanda, una flor de color morado, seguro que la frotaron en su cabello para dar ese olor característico –apuntó Heracles, Hécuba asintió divertida-. Además, lleva sedas moradas, el morado es el color de los Dioses, los Mortales no lo usan, enfurece a los Dioses, para que ella lo vista debió haber sido preparada en ritos en honor a Zeus, y esos ritos se utilizan únicamente cuando consagran a una pequeña para un papel especial, y por su porte, su edad, y características físicas, obviamente viene a reemplazar a la fallecida esposa de un rey. Además, el color característico de Troya es el morado, se creen la gran cosa –terminó Heracles.
-Bueno… si los rumores son ciertos, la verdad es que no me extraña –agregó Filoctetes, Heracles y la pequeña Hécuba le prestaron atención-. Hace unos 12 años a lo mucho, el recién coronado Rey de Troya, Príamo, fue a la guerra a ayudar a Frigia contra una invasión de Amazonas o algo así, seguro ni habías nacido –le apuntó Filoctetes, la niña al parecer no estaba familiarizada con el evento-. En aquella batalla, Príamo asesinó a la Reina de Temiscira, Lisipe. Capturó a sus tres hermanas: Lampedo, Marpesia y Otrera, y les obligó a jurar en el nombre de Artemisa el no volver a hacer la guerra a los hombres hasta que cumplieran con una Deuda de Honor, la cual las subordinaba a Príamo en una guerra de su elección –continuó explicándoles Filoctetes, Heracles y Hécuba estaban muy interesados en su conversación-. Después, Príamo eligió de entre las guerreras Amazonas a la más bella de todas: Arisbe, para hacerla su esposa y reina. Dicen los rumores que desapareció tras darle a Príamo dos hijos: Ésaco, el primogénito de Príamo, e Ilíona. Lo que significa que, si eres de Frigia, y la hija del Rey Dimas… -calculó Príamo.
-O tienes la misma edad, o eres menor que quien pronto será tu hija adoptiva, vaya. Además, ¿no tiene Príamo unos… 45 años? –calculó Heracles. Ante la noticia, los ojos de Hécuba se humedecieron, y sorbió con fuerza por la nariz, a punto de soltarse en llanto- ¡No, no, no! ¡No llores! Te cuento otro cuento mejor, sobre Troya. ¿Sabes que yo derribé las puertas de Capis? –preguntó Heracles, Filoctetes se horrorizó, Hécuba tan solo se secó las lágrimas, movió su rostro en negación, y esperó a la historia.
-Am… Herc… dudo mucho que esa sea la mejor historia para contar en… ya sabes… Troya… -comenzó Filoctetes, notando a los guardias que pasaban por entre los mercaderes, incluso abreviando su nombre para no levantar sospechas sobre la identidad del gigantón, quien ya había levantado a Hécuba, y la sentaba en su regazo mientras esperaban a que la fila avanzara-. Mi sueldo de un mes a que esto no termina bien –se quejó Filoctetes, Heracles le lanzó un saco de monedas, mismo que Filoctetes levantó y se amarró al pantalón.
-Fue hace 14 años, un monstruo marino conjurado por Poseidón, quien hace varios años atrás había construido las Murallas de Troya junto con Apolo, destruía lo que ambos Dioses habían construido, exigiendo en sacrificio a doncellas vírgenes para no destruir la ciudad ni comerse a sus mercaderes –apuntó Heracles a los mercaderes, Hécuba estaba maravillada por la historia, Filoctetes simplemente comenzó a contar a los guardias que se acercaban e iban por refuerzos-. Poseidón había sido ofendido por el, en ese entonces, Rey de Troya, Laomedonte, quien, cuando Poseidón y Apolo pasaban por detrás de la colina de Ilión construyendo la muralla para rodear a las 5 ciudades que conformaban Troya, ordenó la construcción de 5 ciudades más para completar a la Troya que tienes enfrente. Cuando Apolo y Poseidón estuvieron a punto de terminar, descubrieron el engaño, y por eso Poseidón conjuró a aquella serpiente marina para que atormentara a todos pidiendo a bellezas vírgenes –le comentó Heracles.
-¿Qué es una virgen? –preguntó Hécuba sin querer interrumpir a Heracles, distrayendo la atención de Filoctetes de su conteo de soldados, y forzándolo a pensar sobre el cómo explicarle aquello a una niña de 10 años.
-Am… son las que… nunca han visto a un chico desnudo. ¿Has visto a alguno? –preguntó Filoctetes, Hécuba lo pensó, pero negó fervientemente- Entonces eres virgen, lo que te hace posible cena de serpiente marina gigante –le explicó Filoctetes, Hécuba abrió su boca emocionada, y esperó al resto de la historia.
-Qué lindo, le explica mal a los niños –se burló Heracles-. En fin, como te decía. Yo iba pasando por Troya con mis compañeros, los Heraclidas, divertidos, algunos muy guapos, otros no tanto. Había una chica, Hilas… ella ya no era virgen… -se desvió Heracles, Filoctetes le pegó en la nuca para que se concentrara mientras él preparaba su arco y su flecha-. Eso fue grosero. Pero te decía. Un Príamo, no tan viejo, tendría 30, a lo mucho 31, se llamaba Podarces en ese entonces, nos detiene. Su hermana Hesíone, como de tu edad, era la siguiente en la lista de «por devorar», de la serpiente. Pero Podarces no lo permitiría, me pidió reunirme con Laomedonte, y allí estaba yo, hermoso, a mis 45 años, incluso más galán que ahora, ¿tú crees? –flexionó los músculos Heracles, Hécuba se echó a reír tras ver aquello.
Troya. Palacio de Ilión. Corte del Rey Laomedonte. Año 1,237 A.C.
-Ojos aquí grandote –hace 14 años, Heracles, de 45 años, aún podía vestir su Armadura de Mithrilo. Frente a él se encontraba una bella mujer, de unos 35 años de edad, de piel pálida, ojos violetas y hermosos, pestañas largas, cabellera rubia y corta, y vestida en una Argonia, una de las Armaduras de Oro Rojo que pertenecían a los Argonautas-. Herc, amor, despierta. ¿Sigues ebrio? –preguntaba la chica.
-Hilas, o Hilas… no importa cuántos años pasen, tu siempre estás hermosa –tomó Heracles a la chica por la cintura, quien apenada miró en todas direcciones a los soldados de Troya, quienes pretendían llevar a ambos frente al Rey Laomedonte-. Ya no aguanto. ¿Una revolcadita antes de ver al Rey de Troya? Por favor, son 10 ciudades en una, del barco en las playas al Palacio de Ilión es un largo trecho sin probar a mi Hilas, no me hagas esperar. Oye tú, ¿dónde hay cortinas? –detuvo Heracles a un Espectro, joven, de cabellera oscura y ojos grises.
-¡Fryodor! ¿¡Qué pasa con esos mercenarios de Podarces? –escuchó Heracles, el joven tomó su látigo, y lo blandió con fuerza, amenazando a Heracles con el mismo. El Héroe de Mithrilo tomó su maza de Mithrilo, alzó y bajó la misma sobre su mano, y el palacio se estremeció por el estruendo del sonido del choque de la maza con su mano.
-¡No, no, no, no! –se abrazó Hilas del brazo de Heracles, deteniéndolo- Fryodor, ¿verdad? ¿Es de Frigia? Lindo nombre. Por favor anúncianos ante tu rey. Heracles de Heraclian Leonis, Héroe de Mithrilo y campeón de los 12 Trabajos. Yo soy Hilas, Príncipe de Chipre y Capitán de Argonian Equuleus –agregó Hilas, Fryodor la miró de arriba abajo-. Sé lo que parezco cariño, pero soy príncipe, no princesa –admitió Hilas, Fryodor sonrió con malicia ante ella-. Oh, picarón, ¿le dedicas esas miradas a todas las señoritas que llegan a la corte del rey? –sonrió Hilas, pero entonces escuchó a Heracles tronarse los dedos- ¡No espera, Herc! –suplicó Hilas.
-Es la última miradita que le dedicas a mi mujer –la hizo a un lado Heracles, y después colocó los dedos de su mano derecha con el dedo medio siendo sostenido por el pulgar, y después liberando el dedo medio, que salió catapultado al ojo derecho de Fryodor, quien salió disparado dentro de la Sala del Trono de Troya.
-¿¡Qué significa esto!? ¿¡Fryodor!? –preguntó el preocupado Rey Laomedonte, junto a una igualmente afectada Reina de Troya, con unos extraños ojos color de turquesa, que brillaban más intensamente que cualquier ojo mortal, lo que Hilas notó, aunque no pudo prestarle mucha atención mientras se preocupaba por el ya malherido de Fryodor, quien se tomaba del rostro ensangrentado. Podarces, el Príncipe de Troya, quien se encontraba al lado de su padre y de su madre, corrió hasta Fryodor, lo levantó y, aunque estaba malherido, llamó a algunas esclavas para que se lo llevaran- ¿¡Qué significa esta afrenta!? –se molestó Laomedonte.
-Ay no, ay no, ay no –comenzaba Hilas preocupada, y mirando mientras se llevaban a Fryodor-. Que no haya perdido el ojo, por favor que no haya perdido… perdió el ojo… -levantó un objeto del suelo Hilas, miró al Rey Laomedonte, y horrorizada lanzó el objeto por el balcón del lugar-. ¡Mi Rey Laomedonte! ¡Mi Reina Estrimo! –comenzó Hila nerviosamente, tomó a Heracles de su barba, tirando de la misma, y forzando al hombretón a arrodillarse- Hilas, Príncipe de Chipre, Capitán de Argonian Equuleus, y Heracles, Héroe de Mithrilo de Heraclean Leonis. Escuchamos que tenían un trabajo para nosotros… mi rey… mi reina… -reverenció Hilas, Laomedonte miró a su esposa Estrimo, quien nerviosamente asintió en ese momento.
-Si… bueno… -comenzó Laomedonte-. Pero para que entiendan lo importante de esta misión, primero debo explicarles –se aclaró la garganta Laomedonte, y comenzó con su larga historia-. Todo comenzó cuando Apolo y Poseidón… -prosiguió Laomedonte con la historia.
-¡Herc! –interrumpió la misma Hilas, en un susurro, por lo que el Rey Laomedonte continuó con la historia de la fundación de Troya mientras ella reprendía a Heracles- ¿Qué hiciste? Era un niño, como de 10, le arrancaste el ojo –se molestó Hilas.
-Es un Espectro, ya le crecerá –se defendió Heracles, Hilas lo miró con molestia-. Si les crecen otra vez, ¿verdad? –preguntó él, Hilas lo negó fervientemente- Tú le estabas coqueteando descaradamente. Te recuerdo que eres mi mujer, no la de ese Fryodor –se quejó él.
-Tiene 10 años… además… muy tu mujer, pero te casaste con esa tal Onfale –se molestó Hilas, Heracles pensó en qué responder ante tal acusación-. Yo llegué primero que Onfale. Pero la elegiste a ella, no a mí. Por donde lo veo, no tienes nada de qué sentirte celoso –acusó ella.
-¿Celoso yo? Heracles no se encela –se defendió Heracles, Hilas le dirigió una mirada de incredulidad, mientras Laomedonte, soberbio, continuaba contando la historia de Troya-. El punto es que eres mi mujer, a la que más amo en este mundo. No puedes hacerle ojitos a nadie más –se quejó Heracles.
-¿O les arrancas los ojos? –preguntó, Heracles asintió- Soy tu mujer. ¿Verdad? ¿Me amas más que a Megara? –preguntó, Heracles asintió- ¿Que a Ónfale? –preguntó, Heracles asintió nuevamente, y hasta bufó, como su eso fuera más que obvio- ¿Que a Yole? –preguntó, Heracles tragó saliva, pero asintió- ¿Que a Yolao? –preguntó.
-Esa es trampa, ese trae lanza –se quejó Heracles-. Por supuesto que te amo más que a Yolao, no solo es mi sobrino, no está tan bonito como tú –le aclaró Heracles, Hilas lo miró con molestia-. No me crees, ¿verdad? –se molestó Heracles.
-Llevamos años de aventuras juntos, y te conozco a 2 esposas, 8 amantes masculinos, como 12 femeninas, incluyendo a la Reina Hipólita, no me engañas –le apuntó Hilas, Heracles desvió la mirada-. Y sigo sin ser tu esposa. Ya tengo 35 años. ¿Cuándo me toca a mí? –se quejó ella.
-No me presiones, no es lo mismo… las cosas se arruinan con los matrimonios… -insistió Heracles, Hilas estaba a punto de ponerse a llorar-. No llores, espera… no eres tú… yo solo… la verdad es que… me da miedo el compromiso –le comentó él.
-Eres dos veces divorciado –se fastidió Hilas, Heracles desvió la mirada nuevamente-. Di la verdad… Licas te lo dijo, ¿no es así? Que yo no puedo… -intentó decirle Hilas, aquello aterró a Heracles, quien abrió sus ojos hasta sus límites.
-Entonces… -continuaba Laomedonte tras haber explicado a los presentes, entre los cuales estaba un muy aburrido Podarces, sobre la historia de Troya, la furia de Poseidón, y sobre la bestia que pedía vírgenes como tributo cada cierto tiempo-. ¿Cuál es el precio por los servicios de Heracles? –preguntó el Rey Laomedonte, Heracles entonces se incorporó antes de que Hilas le confesara la verdad que tanto incomodaba a Heracles.
-¡Yeguas! ¡Quiero yeguas! –agregó Heracles nerviosamente, Hilas a su lado, suspiró, y se incorporó de igual manera- Pero no cualquier yegua, somos coleccionistas mi… am… compañera de armas, y yo… somos coleccionistas, nos gustan las yeguas, son como nuestras hi… ¡como nuestras mejores amigas iba a decir! –agregó Heracles.
-Cuando vea a ese Lobo boca floja le voy a romper la quijada al hijo de Afrodita –se fastidió Hilas, Laomedonte miró a Podarces, quien alzó y bajó los brazos sin saber qué decirle-. Yeguas, su majestad, específicamente las Yeguas de Tros. Inmortales, capaces de correr sobre el agua, y mucho más fáciles de manejar que las Yeguas Caníbales de Diomedes que se comieron a Abdero –aclaró Hilas.
-Aún lo extraño… tenía un lindo trasero… suave y rechoncho -se limpió una lágrima traicionera Heracles, Laomedonte volvió a mirar a Podarces, quien simplemente volvió a alzar y a bajar los hombros-. ¿Tenemos un trato mi rey? Matamos a la serpiente, y usted me da su trase… -lo traicionó el subconsciente a Heracles, Laomedonte se cubrió sus posaderas, la Reina Estrimo desvió la mirada mientras se cubría los labios de forma educada, y Podarces se estiró el rostro apenado-. Sus yeguas… iba a decir sus yeguas… -aclaró Heracles, y entonces miró a Hilas con molestia, ella no le dirigía ya la mirada-. Lo hiciste a propósito, sabías que no podría quitarme ese trasero de la… -susurró Heracles.
-Era lindo, pero el mío es mejor –se fastidió Hilas, quien regresó su atención a Laomedonte-. Mi rey, ¿la serpiente marina por las Yeguas de Tros? –preguntó Hilas. El rey pensó al respecto, frotándose la barba.
-Esas yeguas fueron un regalo de los Dioses –se molestó el Rey Laomedonte-. Zeus las envió con Hermes para mi abuelo Tros como compensación por el rapto de Ganimedes. ¿Por qué habría de darlas como compensación por aniquilar a una serpiente marina? –se quejó el rey.
-Hay pues no sé. ¿Cuántas vírgenes se ha comido ya la serpiente? –preguntó Heracles divertido, el Rey Laomedonte comenzó a enfurecer, su esposa por otra parte, se mantenía en silencio y observando a Heracles fijamente- Digo, si pueden solos, adelante. Para qué nos mandan llamar. Con su permiso –comenzó a retirarse Heracles, cuando Podarces se adelantó y se puso en su camino.
-No, espera, por favor –comenzó Podarces, arrodillándose frente a Heracles-. El pueblo Troyano está cansado. La bestia continúa solicitando vírgenes en sacrificio, y estoy seguro de que las yeguas de mi bisabuelo Tros, no son tan importantes, ¿no es así padre? –preguntó Podarces.
-Umm… -comenzó Laomedonte, evidentemente molesto por las exigencias de Heracles, y mirando a su esposa, quien le regresó la mirada, y asintió en ese momento, lo que dotó de confianza al Rey Laomedonte-. Tendrán a las Yeguas de Tros, sí y solo sí, se deshacen de esa maldita serpiente antes de la llegada de Nyx esta noche –terminó Laomedonte.
-¿Antes de esta noche? –preguntó Heracles, Laomedonte sonrió sintiéndose satisfecho por las reacciones del Héroe- Pensé que era obvio que la serpiente se muere antes de esta noche. A Heracles no le gusta perder el tiempo. La serpiente no llega a la merienda, es más, ella será la merienda –le respondió Heracles, Laomedonte volteó a ver a su hijo Podarces, quien alzó y bajó los brazos nuevamente-. ¿Dónde dice que está la dichosa serpiente? ¿Hay que atraerla de alguna manera? –preguntó Heracles mientras se retiraba junto a Hilas.
-Ah, la serpiente acosa a los mercaderes por las Puertas de Esceas –comenzó a explicarle Podarces, acompañando a Heracles e Hilas fuera de la Sala del Trono Troyano-. Para atraerla, no tenemos otra opción, tendremos que usar a mi hermana Hesíone… emm… sí están seguros de que pueden con la serpiente, ¿verdad? –preguntó él, mientras Laomedonte cerraba sus manos en puños con molestia y los veía retirarse. Y una vez estuvieron fuera, el rey miró a su mujer.
-Es un Semidios, uno bastante temperamental… no sé si debería arriesgarme de esta forma –declaró Laomedonte, sentándose en su trono con cansancio evidente en su mirada, su esposa apenas le dirigió la mirada mientras observaba a las puertas cerradas-. Renunciar a las Yeguas de Tros… el legado de mi abuelo… sería una vergüenza… y Troya… -intentó decir él.
-Troya no se subordina ante nada ni nadie, ni siquiera ante los Dioses… -respondió por él la Reina Estrimo, por fin cerrando sus ojos y meditando al respecto, Laomedonte asintió ante sus palabras-. Esas fueron tus palabras cuando, a punta de espada, me reclamaste ante el Dios del Río Escamandro. Un mortal… demandando a la hija de un Dios Menor a punta de espada… -le recordó la Reina Estrimo.
-Esa espada era Maleros… y te recuerdo que ya no cuento con ella –le comentó Laomedonte, su esposa Estrimo asintió-. Soy el primero en creer que los Dioses no son superiores a los Mortales, amada mía. Si estás segura de que Heracles no es una amenaza, veré que la voluntad de Troya se alce por sobre incluso la de ese tal Heracles –finalizó el Rey Laomedonte.
Troya. Frente a las Puertas de Capis. Año 1,223 A.C.
-Según Podarces, la serpiente marina se comía a todos los mercaderes que pasaban por las cercanías de las Puertas Esceas –continuaba Heracles con su historia, ya estaban bastante cerca de pasar el punto de control para poder ingresar a Troya y poder así buscar al adivino Crises, pero Heracles estaba contando su historia a Hécuba de una forma que todos los mercaderes que tenía cerca querían saber cómo terminaba, lo que no pasó desapercibido por Filoctetes, quien mantenía su arco listo, aunque había notado a algunos soldados Troyanos charlando entre ellos, y apuntándose a sus ojos derechos, por lo que en lugar de actuar como Filoctetes lo había esperado, ingresaron a Troya, dejándolos en paz, lo que levantaba aún más las sospechas de Filoctetes sobre que las cosas no terminarían bien-. Pero los mercaderes tenían tiempo sin utilizar las Puertas de Esceas por miedo a la criatura, el comercio venía de Ilo, o por Capis, como nosotros hacemos en estos momentos –le explicó Heracles, Hécuba y sus sirvientes Frigios le ponían toda su atención-. Así fue que, siguiendo la sugerencia de Podarces, tomamos a su hermana Hesíone, que tendría tu edad… a ver, date la vuelta… -pidió Heracles, Hécuba le modeló, girando para que su vestido danzara con ella-. Sí, creo que eran hasta del mismo tamaño. Como sea, la atamos a un poste cerca de las puertas de Esceas –resumió él.
-Ah… ¿y se la comieron? –preguntó Hécuba inquieta, Heracles movió su cabeza en negación- Pero debió haber sido muy valiente para pretender ser una carnada para de esa forma proteger a su pueblo –le comentó ella, emocionada.
-¿Prete…? –comenzó Heracles, confundido, y entonces notó los ojos de emoción de Hécuba, quien esperaba impaciente el resto de la historia- Oh… oh sí, Hesíone estaba pretendiendo, una jovencita muy valiente. Siempre dispuesta a arriesgar su vida por su pueblo –continuó Heracles.
-¿Dónde quedó lo de no mentirle a los niños? –susurró Filoctetes, aún vigilante, Heracles se viró un poco para mirarlo con molestia- Yo solo digo… me críticas por lo de no decirle lo que es una virgen, pero ahora de pronto Hesíone es una heroína en auto-sacrificio. Ya puedo escucharla: «¿dónde está ese tal Heracles que cuenta mi historia toda mal?» -se burló Filoctetes.
-Te adelanto que Hesíone me quiere mucho –se apuntó Heracles a sí mismo-. Además, no estoy hablando contigo –agregó de forma infantil, Filoctetes bufó, ignorándolo mientras seguía reparando la mira en su arco de energía de cosmos-. Como te decía a ti, no a los metiches –aclaró Heracles en voz alta para insultar a Filoctetes, pero el resto de mercaderes se sintió insultado de igual manera-. Hesíone era valiente, y fuerte, siempre dispuesta a arriesgar su vida por su pueblo –prosiguió Heracles ante la emocionada de Hécuba.
Afueras de Troya. Puertas de Esceas. Año 1,237 A.C.
-¡Ayuda! ¡No estoy dispuesta a arriesgar mi vida por mi pueblo! ¡Ayúdenme! –gritaba Hesíone. La pequeña de 10 años estaba aterrada, sus ojos violetas estaban humedecidos. Se encontraba amarrada a un poste cerca de la playa, con una corona de laureles sobre sus cabellos castaños, cortos y chinos, lo que la catalogaba para que la bestia supiera que era el sacrificio exigido, y mirando a la serpiente sisear desde el mar en su dirección. Si bien la pequeña Hesíone no era muy alta por su edad, la serpiente que ahora se alzaba sobre el mar era tan alta que miraba a las Murallas de Troya desde arriba, y sus fauces abiertas podrían tragarla de un bocado muy fácilmente. Podarces, el Rey Laomedonte, y su esposa Estrimo, miraban a la misma desde la cima de las Puertas Esceas, el Príncipe Podarces estaba demasiado preocupado por su pequeña hermana, pero ni el Rey Laomedonte, ni la Reina Estrimo, denotaban mucha preocupación por Hesíone, y parecían más bien molestos porque la serpiente les arrebatara lo que era suyo, que preocupados por el bienestar de su propia hija atemorizada.
Heracles e Hilas se encontraban en la playa junto a otros 3 guerreros, todos vistiendo Armaduras de Bronce, los más cercanos a la acción eran Heracles y un Caballero de Bronce en armadura azul con adornos dorados, llevaba una capa azul, y su casco presumía un par de orejas de oso que a Heracles siempre le parecieron ridículas.
-Pues sí que es grande, pero nada que ver con Ladón –comentaba Heracles a su compañero en la armadura con la forma de un oso-. ¿A qué crees que sepa? De solo pensarlo ya se me hace agua la boca, orejitas de osito –se burló Heracles.
-Búrlate todo lo que quieras, a mí me encantan –le respondía el Caballero de Bronce de la Osa Mayor, acariciándose las orejas de su casco-. No recuerdo la última vez que comimos serpiente marina, pero sabrá similar a la Hidra de Lerna supongo. Si su carne es roja, freída con ajo, cebolla y aceitunas, y acompañada de pan de harina de trigo en rebanadas delgadas, pero bien tostadas y con un toque de mantequilla –le explicó el hombre, Heracles se relamió los bigotes-. Si su carne es más rosada, puedo hacerla ahogada en vino de uva blanca, con ajo, algo de krokos, con arroz, se vuelve amarillo y tiene un sabor exquisito. Será sencillo, pero es delicioso –admitió él.
-Oh, arroz amarillo de krokos –continuó salivándose Heracles-. Mi hermano, mi más que hermano, mi mellizo, no sabes cómo sufriría sin ti, Ificles. ¡Abrázame hermano! –lo tomó Heracles de los hombros, y le dio un tremendo abrazo.
-¡Me vas a volver a romper la Armadura de Bronce! –se quejó Ificles, mientras la serpiente de los mares continuaba acercándose a Hesíone, quien ya lloraba de miedo, aunque no estaba enteramente desprotegida, ya que otro de los Heraclidas mantenía vigilancia sobre un montículo elevado de tierra, un joven de cabellera castaño rojiza, de ojos azules, que siempre parecían molestos- ¿Todo bien de tu lado Yolao? –preguntó Ificles, quien ya empujaba a Heracles para que lo soltara.
-La Armadura de la Hidra no está reaccionando padre –les comentó Yolao, hijo de Ificles-. Solo rodea a Hesíone. Parece ser que no le agrada nuestra presencia. No es que esté desacostumbrada a la audiencia, es más bien que siente nuestros cosmos. Si actuamos antes de tiempo, se nos va a escapar –les explicó él.
-Yo digo que es una serpiente cualquiera, solo arrójale tu garrote y termina con esto –exclamó otro de los Heraclidas, de armadura esmeralda con adornos dorados, y llevando una tiara dorada con la forma de orejas de lobo sobre su cabello esponjado y oscuro que le llegaba hasta la cintura, sus ojos eran de un verde bastante llamativo, casi amarillento-. Solo es un animal acorralado, un buen cazador se hubiera aprovechado ya –se quejó él.
-Oh, como tú sabes muy bien sobre el cómo aprovecharte de los demás, ¿verdad Licas? –se molestó Hilas, sentada en una piedra, abrazada de sus rodillas. Licas, el Caballero de Bronce del Lobo, la miró de reojo- Te aprovechaste sobre mi secreto… se lo dijiste… -susurró ella.
-Yo no le dije nada… -susurró de regreso Licas, furioso-. Él lo descubrió solo. ¿Crees que alguien como yo se metería en este tipo de conversaciones? Es tu culpa por hacerte falsas esperanzas con él –se molestó Licas.
-¡El que tiene falsas esperanzas conmigo eres tú! ¡Estaba ebria! ¡No significas nada! –se molestó Hilas, Licas la encaró, Heracles comenzó a preocuparse- No tenías derecho a meterte en mí relación –enfureció ella.
-¡Ey! –se apresuró Heracles a posarse entre ambos, abrazando a cada uno con uno de sus brazos- Oigan, no quiero ver a mi mejor amigo y rival, y al amor de mi vida, discutiendo. ¿Qué pasa? ¿Todo bien primor? –preguntó Heracles, Hilas desvió la mirada, Licas comenzó a preocuparse.
-Se mueve –comenzó Yolao, Ificles se preparó, pero la tensión entre Heracles, Hilas y Licas era tal, que el trio no se movía- ¡Heracles! ¡Se mueve! ¡Va a atacar! –continuó Yolao. Sobre las Murallas de Troya, Podarces ya se mordía las uñas, Laomedonte y Estrimo por otra parte, estaban más tranquilos, aunque decepcionados- ¡Herc! –insistió Yolao.
-¡No va a escucharte! ¡Está preocupado por Hilas como siempre! –se adelantó Ificles, mientras la inmensa serpiente se abalanzaba sobre Hesíone- ¡No en mi guardia! ¡Zarpa del Oso Pardo! –saltó Ificles, formando garras de cosmos azul en sus manos, y cortando en cruz, aturdiendo a la serpiente, mientras Hesíone continuaba llorando asustada.
-¡Herc! –gritó nuevamente Yolao, pero Heracles no lo escuchaba- ¡Siempre haces lo mismo! ¡Ya voy padre! –corrió Yolao por la playa, preparando su cosmos violeta- ¡Millar de Cabezas de la Hidra! –extendiendo sus manos, de los dedos de Yolao se desprendieron entonces cientos de destellos de cosmos en la forma de serpientes de ojos rojos, mismas que se estrellaron contra la serpiente marina, que viró a ver a Yolao, y lo atacó con su cola como un látigo, derribando al Caballero de Bronce de la Hidra.
-Hilas… ¿qué ocurre…? –preguntó Heracles, Licas notó la problemática situación en que se encontraban Ificles y Yolao, en especial porque el de bronce de la Osa Mayor ya se encontraba frente al poste de Hesíone, sosteniendo las fauces de la serpiente con sus manos para evitar que la serpiente pudiera tragarse a su sacrificio. Licas entonces suspiró, se retiró rumbo a sus amigos, y mientras corría, un cosmos de Lobo esmeralda comenzaba a rodearlo.
-¡Aullido de la Muerte! –enunció Licas, reuniendo su cosmos en sus manos con las palmas extendidas como espadas, y lanzando cortes con las mismas, que rompieron la tierra con energía esmeralda y que rodaba en espiral produciendo más y más cortes, hasta estrellarse con el rostro de la serpiente del mar, enfureciéndola, pero forzándola a soltar a Ificles, a quien ya casi se había tragado.
-Hilas, por favor, habla conmigo… -pidió Heracles, pero Hilas no quería voltear a verlo-. ¿Sigues molesta por lo del trasero de Abdero? Sabes que el tuyo es más bonito, mínimo no está lleno de pelos –bromeó Heracles, mientras de fondo los tres Caballeros de Bronce volaban por los aires, siendo lanzados por la serpiente.
-¡No puedo tener hijos! –lloró Hilas, Heracles entristeció, y asintió- Lo intenté… tuve tres abortos, tres… sé que por eso no quieres casarte conmigo, porque no puedo darte los hijos que quieres –lloró Hilas, desesperada-. Y no es como que no lo entienda… pero… verte casarte con otras mujeres… y dejarlas embarazadas… yo no puedo darte eso, pero no puedo verlo tampoco. ¿Sabes cómo duele? –se quejó ella.
-Ey, espera. No llores Hilas –le pidió Heracles, pero ya era tarde-. Yo… bueno… lo descubrí hace tiempo. Si estás enojada con Licas, él no me lo dijo… no soy muy listo… pero tampoco soy tonto… sé lo de los abortos… y no es tu culpa… -admitió Heracles, Hilas lo dudó-. Seguro en algún momento podrás tener hijos, de que podemos intentarlo podemos… -sonrió él.
-¿De qué sirve Herc? –se deprimió Hilas- Incluso si hubiera una posibilidad… no vas a arriesgarte… eso lo sabes, y yo lo sé… si no te sirvo para tener hijos… no te sirvo de esposa… -admitió ella, Heracles enfureció.
-Escucha Hilas, si por un momento piensas que solo eres importante por la habilidad de las mujeres de tener hijos, estás muy equivocada –la tomó Heracles de los hombros de su Argonia, y la forzó a mirarlo fijamente. De fondo, Ificles estaba rodeado por el cuerpo de la serpiente, que ya lo estrujaba, Licas continuaba atacando su rostro, y Yolao utilizaba sus garras para apuñalar a la serpiente intentando liberar a su padre-. Te necesito… podemos adoptar –insistió Heracles, Hilas lo miró con esperanza-. Te conozco desde los 13 años que te secuestré pensando que eras un chico. No pensaba en niños cuando te llevaba a la cama pese a las quejas de tu padre, el Rey Tiodamante. Solo pensaba en tu bonito y redondo traserito, y tus ojos grandes, hermosos y violetas –continuaba Heracles, desde la cima de las Murallas de Troya, Podarces ya gritaba desesperado, tratando de llamar la atención de Heracles, mientras la serpiente lanzaba a Ificles por los aires, y mordía, aparentemente tragándose al Caballero de Bronce de la Osa Mayor, quien usó toda su fuerza para abrir las fauces de la bestia-. Tal vez… no puedas darme un pequeño Heracles, con mis músculos, y tu belleza… probablemente tu inteligencia, porque soy medio bruto… -continuó Heracles, arrebatándole la risa a Hilas-. Pero… seguro tendré un hijo por allí regado… puedo secuestrarlo, y lo criamos juntos… -ofreció, Hilas se cruzó de brazos-. También podemos hacer como las Amazonas, un poco de arcilla, una revolcadita de intermedio, después seguimos mazando la arcilla, nos damos otra revolcadita de intermedio… podemos invitar a Yolao –ofreció, Hilas se aclaró la garganta-. Sin Yolao… un trueno de Zeus, y listo, hijo de Heracles e Hilas. No necesito hacerte mi esposa Hilas, para mí, tú siempre serás mi amor verdadero –aseguró Heracles, Hilas lo pensó-. Hesíone está bonita, y tiene ojos violetas, además es castaña. Si quieres decimos que es nuestra hija y la criamos los dos juntos, como familia. Además, aquí entre nosotros dos, no creo que Laomedonte vaya a pagarnos –admitió él.
-No si esa cosa se come a nuestra hija por rapto –apuntó Hilas, Heracles recordó lo que se supone que debían estar haciendo, mientras Yolao y Licas salían disparados por un latigazo de la cola de la serpiente, mientras Ificles se aferraba a su nariz y le daba de golpes en el ojo, forzándola a zambullirse para intentárselo quitar-. También me gusta Hesíone de hija, si no nos dan las yeguas, nos la quedamos, y nos mudamos a una granjita en Calidón junto a Tideo, viviendo de la cacería de jabalís. ¿Te gusta la idea? –preguntó coquetamente.
-Me fascina –coqueteó de regreso Heracles, cuando Ificles salió volando tras ser lanzado por la serpiente, cayendo pesadamente sobre Licas y Yolao-. ¿Flechas o garrote? –preguntó Heracles emocionado, Hilas sonrió en complicidad.
-Flechas, el garrote es para mí más tarde grandote –coqueteó Hilas, colocando su mano peligrosamente cerca de la entrepierna de Heracles, quien comenzó a ronronear, pero materializó un arco de cosmos blanco, tan grande como él, en su mano izquierda, y una flecha de cosmos violeta en su mano derecha, y comenzó a apuntar a la serpiente que ya abría su boca para tragarse a Hesíone.
-¡Flecha Envenenada de la Hidra de Lerna! –disparó Heracles su flecha violeta, que se estrelló en el rostro de la serpiente, que comenzó a ser rodeada por el cosmos morado y envenenado del impacto. Hilas entonces preparó su propio cosmos, y salió corriendo con sus piernas brillando de esmeralda, saltando alto frente a la serpiente, y girando en el aire con la pierna derecha extendida hasta sus límites.
-¡Patada de Argonian Equuleus! –un Caballo de piel roja y alas doradas se dibujó en el cosmos de Hilas, que bajó la pierna estampando el talón en la cabeza de la serpiente, que fue lanzada en picada por la poderosa patada, y a los brazos extendidos de Heracles, que atrapó la cabeza de la serpiente, y comenzó a forcejear con sus músculos para estrujarle la misma.
-¡Esas son las piernas que tanto me encantan! ¡Dale amor! –prosiguió Heracles, mientras Hilas, con unas alas doradas manteniéndola en vuelo, preparaba su puño. De fondo, Licas hizo una mueca como si vomitara por lo meloso del par, Ificles y Yolao se burlaron, mientras Hilas terminaba de preparar su ataque.
-¡Meteoros de Argonian Equuleus! –disparó una lluvia de meteoros dorados de su puño Hilas, mismos que comenzaron a golpear el cuerpo de la serpiente, impresionando a Podarces y a Laomedonte, no así a Estrimo, quien lo miraba todo con sus ojos color de turquesa casi vacíos y desprovistos de alma, mientras Hilas caía a un lado de Heracles, quien entonces con su gran fuerza, levantó a la serpiente, cuya cola fue vista por los pobladores de todas las ciudades de Troya, impresionados de ver a la bestia siendo levantada, y azotada contra el suelo de las playas de la Troade, donde se retorció intentando liberarse de los brazos de Heracles, golpeando las murallas con su cola de tiempo en tiempo, sacudiendo a la ciudad, aunque las Murallas de Troya, construidas por los Dioses Apolo y Poseidón, resistían los poderosos embistes, incluso elevando un cosmos propio para repeler la agresión, lo que Yolao notó con sus poderosos ojos de la Hidra.
-Esta no se quiere dejar estrangular –forcejeó Heracles, quien tomó su garrote, y comenzó a darle de garrotazos, pero la serpiente al parecer, era más fuerte de lo que creía, ya que ni los meteoros de Hilas, ni los garrotazos de Heracles, lograban penetrar su poderosa piel- ¿Cómo que mi garrote no funciona? ¡Mi garrote siempre funciona! –continuó dándole de garrotazos Heracles, sacudiendo la tierra, pero la serpiente continuaba resistiendo.
-¡Herc! ¡Pasó lo mismo con mis garras! –comenzó Yolao, apuntando a las garras atoradas en las escamas de la serpiente- Las escamas de esta serpiente son tan fuertes como la piel del León de Nemea, nada puede penetrarlas –le explicó Yolao.
-Pues como al León de Nemea, la voy a estrangular –forcejeó Heracles, pero sus brazos no lograban rodear el cuello de la serpiente, que comenzó a disparar agua hirviendo de su boca, intentando que la soltaran, y forzando a Licas, a Ificles, y a Yolao, a evadir el chorro de agua hirviendo-. ¡Te retuerces más que mi garrote cuando…! –se quejó Heracles.
-¡Hay niñas presentes! –gritó Hilas desde el poste con Hesíone, cubriéndole los oídos para que no escuchara las majaderías de Heracles- ¡Si no la puedes rodear con tus brazos para estrangularla! ¡Contra algo la vas a tener que aplastar! –gritó ella mientras liberaba a Hesíone, quien se dio la vuelta y la abrazó con fuerza.
-¡Herc! ¡Los Muros de Troya! –apuntó Yolao, Heracles viró su rostro para ver los mismos- ¡Tienen un cosmos propio! ¡Repelen todas las agresiones! ¡Si presionas la cabeza de la serpiente contra los muros, le estallará la cabeza! –le comentó él.
-¡Serpiente a la plancha! ¡Mi favorita! ¡Ificles! ¡A cocinar! –pidió Heracles, Ificles sonrió, y comenzó a elevar su cosmos, observando la cola de la serpiente, que ya preparaba la bestia para latiguear a Heracles- ¡Cúbreme! –pidió Heracles.
-¡Déjamelo a mí hermano! ¡Estrangulación de Oso! –se lanzó Ificles corriendo a la cola de la serpiente, saltando, y atrapándola en pleno latigazo, salvando a Heracles de ser golpeado por la misma, e inutilizando a la serpiente- ¡Hazlo! –gritó Ificles.
-¡Licas! –gritó Heracles, su rival sonrió, y comenzó a correr con el Lobo esmeralda rodeándole el cuerpo- ¡Empuja con todas tus fuerzas! –ordenó Heracles, Licas preparó sus manos, que abrieron las fauces del Lobo.
-¡Colmillo Explosivo! –bajó su mano en forma de la mordida del lobo, rodeando el cuello de la serpiente, y empujándola cerca de las murallas de Troya, donde Heracles aprovechó el impulso para comenzar a aplastarle la cabeza contra las murallas de la ciudad, que elevaron su cosmos en respuesta a la agresión, y comenzaron a empujar del otro lado, con una fuerza idéntica a la de Heracles. La serpiente siseó violentamente, intentó liberar su cola, pero esta estaba bien presa de los brazos de Ificles, quien la mantenía en su sitio.
-¡No se está aplastando! –gritó Heracles, la serpiente logró obtener algo de ventaja al mover la cola, pero Licas y Yolao se lanzaron a mantener la cola de la serpiente en su sitio, dejando a Heracles empujando la cabeza solo, mientras Hilas, delicada y coqueta, se posaba a su lado- ¿Me ayudas un poquito? Creo que me acaba de tronar algo –pidió Heracles.
-¿Me estás diciendo que el grande y poderoso Heracles, que reemplazo a Atlas en cargar en sus brazos todo el peso del cielo, no puede con una pequeña serpiente? –preguntó Hilas divertida, Heracles le gruñó.
-Lo que Atlas carga es figurativo, realmente no tiene peso, y sí lo tiene al mismo tiempo. ¿Cómo te explico? Debes estar convencido de que puedes cargarlo y lo cargas. Realmente no levanté a todo el cielo en mis hombros –intentó explicarle, pero Hilas simplemente se burló, y comenzó a acicalarse las uñas-. ¿Crees que no puedo? Porque sí que puedo –continuó él, Hilas no dijo nada- Crees que soy poco hombre, ¿verdad? Que una serpientita puede conmigo. ¡Soy Heracles! ¡Nada ni nadie puede conmigo! –insistió él.
-Yo no estoy diciendo nada amor –continuó limpiándose las uñas Hilas-. Si tú dices que puedes, entonces puedes. ¿No es así como cargaste el peso del cielo en tus hombros? ¿Pensando que podías? –se burló ella.
-¿Es un reto? ¿Me estás retando? ¡Oye Ificles! ¿¡Te sonó como que me estaba retando!? –preguntó Heracles con todas sus fuerzas para que Ificles, quien ya casi rodeaba hasta llegar a las puertas de Capis por la extensión de la serpiente, pudiera escucharlo.
-¡A mí no me metas! ¡Si quieres comer serpiente marina divina! ¡Piensa que puedes y aplástale la cabeza! ¡Pero ya, que me están doliendo los brazos! –se quejaba Ificles, Heracles bufó, Hilas solo se cruzó de brazos mientras sonreía divertida.
-¿Es castigo por lo de no hacerte mi esposa? ¡Yo te enseñaré! ¡Te haré mi esposa! ¡Y te voy a…! –intentó decir Heracles, cuando Hilas se aclaró la garganta, y apuntó a la escondida de Hesíone tras unas rocas- Te voy a… ¡te voy a dar amor hasta que tengas a mis hijos! –corrigió Heracles.
-Si piensas que puedes, grandote, no hay nada que no puedas hacer… -le sonrió Hilas-. Te daré todos los hijos que quieras, ahora aplasta a esa cosa –terminó Hilas, Heracles sonrió divertido, empujó con todas sus fuerzas, Podarces y Estrimo, sabiendo lo que estaba por pasar, se agacharon, Laomedonte se asomó, y su cuerpo quedó bañado en sangre, cuando la cabeza de la serpiente estalló y lo bañó en la misma. Inmediatamente después, resonaron los aplausos de Hilas-. ¡Bien hecho amor! ¿Ya ves que sí podías? –continuó burlándose Hilas, Heracles la miró con molestia, y con el cuerpo lleno de sangre- Uy, si hasta parece que vistes a Argonian Leonis otra vez –continuó con sus burlas Hilas.
-La serpiente –comenzó Ificles, ganando la atención de Hilas, mientras Ificles llegaba corriendo, cargando desde las puertas de Capis a la cola de la serpiente-. Sus escamas ya no están duras, y se pueden retirar –le explicó a Heracles, arrancando una de las escamas de la serpiente, pero Heracles no hacía otra cosa que ver a Hilas con molestia, quien le tiraba besos a distancia segura-. Eso significa que puedo filetearla sin problemas, parece que su carne es rosada, así que estás de suerte, arroz amarillo de krokos como guarnición –aclaró Ificles.
-Bien… cocina… -comentó Heracles, caminando hasta Hilas, quien continuaba mirándolo inocentemente-. Me voy a bañar… y me vas a acompañar… -le apuntó Heracles, Hilas se burló de la seriedad de Heracles.
-¿Qué crees amor? Yo no necesito un baño, no me ensucié –posó Hilas frente a Heracles, quien en respuesta la tomó del rostro con su mano llena de sangre, manchándole el mismo, lo que molestó a Hilas-. ¿Qué crees? Me duele la cabeza, que me reemplace Yolao –apuntó ella.
-Resulta que a mí también me duele la cabeza. Atiéndete solo –se quejó Yolao, pero Heracles no estaba dispuesto a recibir un no por respuesta esta vez, por lo que cargó a Hilas como a una princesa, y tras verle el rostro divertido, Heracles comprendió que lo habían engatusado-. Diviértanse. ¿Ayudas a papá o llevas a la niña con el rey? –preguntó Licas.
-¿Se van a comer eso? –interrumpió Hesíone, notando que Licas preparaba una fogata, y que Ificles cortaba algunos trozos de la carne de la serpiente. Los ojos de Hesíone entonces se ensombrecieron- Intentó comerme… quiero comerla… -agregó Hesíone sombríamente.
-No lo entiendo muy bien, pero creo que esta niña acaba de aceptar la cadena alimenticia sobre comer o ser comido –enunció Licas, Yolao sudó frio-. ¡Oiga mi rey! ¡Se la devolvemos después de un cuenco de serpiente marina! No le molesta, ¿verdad? –preguntó Licas.
-¿¡Se comen a la serpiente!? ¿¡Junto a mi hija!? ¿¡Mientras esos dos van a… bañarse!? –apuntó Licomedes, furioso, y sintiendo que no lo tomaban enserio como Rey de Troya. Podarces, a su lado, solo estaba agradecido de que su hermanita estuviera con vida- ¡Me están faltando al respeto! ¡Soy el Rey de Troya! ¡Pero Heracles prefiere…! –el rey estaba tan furioso, que no articulaba palabras- ¡Bañarse! –se quejó él.
-Copular en realidad –aclaró la Reina Estrimo, cubriendo los oídos de Podarces antes de que pudiera escuchar a Hilas. El Príncipe de Troya bufó, sintiéndose menospreciado ante la sobreprotección de su madre la reina.
-Mamá… tengo 31 años… los sonidos de… Hilas bañándose, no me sorprenden… -intentó decir Podarces, pero su madre se mantuvo firme, y cubriéndole los oídos-. ¿Por qué siento que nadie me respeta? –se quejó Podarces.
-Estoy de acuerdo, esos… Heraclidas… no respetan a nada ni a nadie –comentó Laomedonte, mientras miraba a Ificles entregándole un trozo de serpiente marina frita y arroz de krokos a Hesíone, quien, con una mirada sin alma, mordía a la serpiente con fuerza-. No les daremos nada. No fueron ellos quienes mataron a la serpiente, fue mi muralla, la que mandé a Apolo y a Poseidón construir –comentó Laomedonte, Podarces se escandalizó por lo que estaba escuchando-. Ve a los establos, busca yeguas cualesquiera, le diremos al coleccionista de yeguas, que son las Yeguas de Tros, y que salgan de mi reino. Son salvajes, primitivos, como toda esa basura que viene de Hélade. Nosotros somos divinos, los Dioses se codean con nosotros. No le daré a Heracles las Yeguas Sagradas de Tros –finalizó Laomedonte, y se retiró junto a su esposa Estrimo. Podarces, por su parte, se preocupó sobremanera.
Troya. Ciudadela de Temiste. Año 1,223 A.C.
-¡Muere serpiente de Troya! –Heracles y Filoctetes por fin habían entrado a Troya, lo que fue una sorpresa para Filoctetes, quien había pensado que no se les permitiría la entrada, en especial porque los guardias de Troya seguían rodeándolos. Filoctetes, con su buen ojo de arquero, los encontraba fácilmente escondidos entre la multitud, aunque parecían no estar tan interesados en entrar en la posada a la que Heracles había entrado porque le había dado hambre, mucho menos se esperaba Filoctetes terminar compartiendo la mesa con la pequeña Hécuba, quien había pedido algo de pescado para comer, fingiendo que mordía a la Serpiente de Poseidón.
-¿Sabías que en algunos lugares de Hélade el pescado es considerado una comida para pobres? Es lo que solía decir mi hermano Ificles –le explicaba Heracles, Filoctetes simplemente miró a la mesa de al lado, donde los esclavos, que supuestamente tenían que llevar a Hécuba ante su nuevo esposo, el Rey Príamo, comían también sin preocupaciones.
-Los Frigios están bien locos. ¿Cómo mandan a la Princesa de Frigia sin un adulto responsable, a encontrarse con su futuro esposo? No me digan que los engatusaron con uno de esos estúpidos juramentos de: «si no entregas a mi hija al Rey de Troya, Zeus te fulminará» -comentó Filoctetes, los esclavos se preocuparon y se rehusaron a contestar-. Hace falta demasiado sentido común en Anatolia. ¿Cómo te las arreglaste para llegar de Frigia hasta Troya con esclavos tan incompetentes? –preguntó Filoctetes.
-A la mitad los mataron los bandidos, junto a mi cuidador –le explicó Hécuba, Filoctetes se impresionó-. Es lo que pasa cuando estás en guerra con el Imperio Hitita, por eso mi padre me mandó a Troya con su hombre de confianza, pero él murió, y les prometí a mis esclavos su libertad si me llevaban a Troya, oficialmente ya no me sirven, así que, estaré bajo sus cuidados, aquí está el pago de su servicio de escolta –colocó un saco de monedas de oro Hécuba sobre la mesa, sorprendiendo a Filoctetes.
-Por las barbas de Zeus, ¿qué hace una niña como tú con tanto dinero? Jamás había visto tanto dinero junto. Considérese escoltada ante Príamo, su alteza –se impresionó Filoctetes, Hécuba sacó el pecho, orgullosa.
-Obvio que sí. El pago por los servicios de escolta está debidamente calculado, además es solo la mitad, la otra mitad te la pagará el Rey Príamo cuando me entregues a él –le explicó ella, Filoctetes estaba sin habla, mientras Hécuba sacaba un pergamino de cuero, y un trozo de carbón, con el que terminó de escribir un contrato-. Firma aquí, y oficialmente serás mi guardaespaldas –aseguró ella con una sonrisa.
-Pero si solo es caminar en línea recta por 8 de las 10 ciudades de Troya –se quejó Filoctetes-. Ayúdame Herc. No quiero abusar de la confianza de los niños. Explícale que esto no está bien –le pidió Filoctetes, Heracles se rascó la barbilla.
-Por supuesto que no está bien –se quejó Heracles tras contar el dinero, incluso azotó su mano sobre la mesa de madera, haciendo temblar el lugar. Filoctetes suspiró aliviado-. No seas tacaña princesita. Hay mínimo tres ciudades prostíbulo entre las que nos faltan recorrer, y los cazadores de prostitutas no dejarán ir a una niña como tú –le explicó Heracles.
-¿Qué es un prostíbulo? –preguntó Hécuba, Heracles intentó responderle, pero Filoctetes hizo varias señas detrás de Heracles para silenciarlo, mientras se colocaba él entre ambos- Lamento haberlo insultado con tan poco dinero, señor mercenario, pensé que dentro de Troya ya no corría peligro. ¿Qué tal si agregamos 10 de oro? –preguntó ella.
-12, por si no te has dado cuenta, somos dos, y de los mejores mercenarios que hay –le explicó Heracles, Filoctetes se puso nervioso por lo que estaba escuchando, incluso le parecía un abuso-. Eres linda y lista, pero negocios son negocios –le comentó Heracles.
-10, y yo pago la cuenta del lugar –sonrió Hécuba, Heracles lo pensó- No incluye bebidas, pero es un buen trato considerando todo lo que come –le apuntó Hécuba a la barriga, Heracles sumió la pansa mostrando sus pectorales tonificados-. Woao –se impresionó ella.
-No estoy gordo… solo estoy… en reposo, por eso me veo pachoncito… -se apenó Heracles, y comenzó a hacer cuentas mentales-. Um… no sé si me conviene, si incluyera la bebida tal vez… pero esta comida no vale dos monedas de oro, es desabrida, nada como lo que cocinaba Ificles –se fastidió Heracles.
-La oferta expira en 10 musas, 9 musas, 8 musas… -comenzó Hécuba, Heracles se puso nervioso, y le ofreció su mano, misma que Hécuba tomó-. Un placer hacer negocios con usted –sonrió Hécuba divertida.
-Niños… los adultos los subestiman… pero esta mequetrefe acaba de hacerme aceptar un mal trato solo porque tiene una cara bonita… -se fastidió Heracles, cruzándose los brazos.
-No se sienta mal, señor Herc, si hubiera un Dios de los Comerciantes, seguro estaría orgulloso de su forma de hacer negocios, otros aceptan el primer costal cuando ven monedas de oro sin saber lo que valen los servicios de escolta –miró Hécuba a Filoctetes, quien se sintió insultado, Heracles de pronto comenzó a pensar si sería buena idea convertirse en un Dios de los Comerciantes.
-Así que me engañabas con tu cara bonita, ¿eh? –se fastidió Filoctetes, Hécuba rio con malicia-. Esto solo me sirve para comprender que hasta los más grandes tiranos fueron alguna vez lindos cuando niños. Como un cachorro de lobo, es lindo, pero crecerá, y esta tiene toda la cara de tirana Troyana –le apuntó Filoctetes a la nariz a la niña.
-¿Yo? ¿Una tirana? Señor Filoctetes, me insulta… yo seré la mente maestra en las sombras mientras mi nuevo esposo, el Rey Príamo, carga con la responsabilidad de ser la cara del villano que pasará a la historia, mientras yo me regocijo en el oro y la gloria que ha cosechado durante años –resumió Hécuba, Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas-. Pero, en fin. ¿El Rey Laomedonte entregó las Yeguas de Tros? –preguntó Hécuba.
-Espero ya no vivir para cuando esta sea Reina de Troya… algo me dice que va a ser bastante problemática para alguien que no sea yo –le susurró Heracles, Filoctetes comenzó a tener un mal presentimiento al respecto-. Pero no, Laomedonte no cumplió, intentó engañarme, pero no contaba con que mi sobrino Yolao, tenía una habilidad muy especial que le permitía ver con sus ojos de la Hidra, el cosmos de cualquier ser vivo, y diferenciarlo del cosmos de una divinidad –le explicó Heracles mientras miraba a Hécuba con los ojos abiertos, como si pudiera ver a través de su alma, Hécuba rio divertida por lo que hacía Heracles.
Palacio de Ilión. Sala del Trono de Troya. Año 1,237 A.C.
-¡El cosmos de esas yeguas no es divino! –exclamó Yoalo, invitado a la Sala del Trono del Rey Laomedonte, quien no comprendió hasta ese momento el por qué habían invitado al sobrino de Heracles a la Sala del Trono, donde Podarces entregaba a un par de yeguas para Heracles e Hilas, que el Rey Laomedonte intentaba hacer pasar por las Yeguas de Tros- Son yeguas comunes, no son las Yeguas de Tros –enunció Yolao.
-Y de muy baja calidad –comentó Hilas, mientras miraba por debajo de las patas de las yeguas-. Mínimo si van a hacer pasar a yeguas por Yeguas Divinas, asegúrense de que sean de buena calidad, te subes en ella y la rompes amor, son yeguas de pastoreo, no de arado o de transporte. Mucho menos podrían llevarte cabalgando por el mar –resumió Hilas.
-Fase dos de la negociación, Rey Laomedonte, le presento a mi amigo negociador, el garrote –comentó Heracles, azotando su maza contra su mano, lo que resonó con fuerza, intimidando a Podarces-. Ahora quiero a las Yeguas de Tros, y a esa niña, o te voy a agarrar a garrotazos –apuntó Heracles a Hesíone, quien eructó con fuerza por todo lo que había comido- ¡Esa es mi futura hijastra! –se alegró Heracles.
-Parece que no lo comprendes, Heracles… -comenzó el Rey Laomedonte, las puertas de la habitación del trono se abrieron, y varios soldados entraron y apuntaron sus armas en dirección a Heracles-. En Troya, no se exige, nosotros exigimos. Y el pago justo por asesinar a esa serpiente, son estas yeguas, no las Yeguas de Tros –aseguró Laomedonte.
-¿La vida de su hija vale dos yeguas viejas, Rey de Troya? –preguntó Hilas, sumamente molesta por lo que estaba escuchando- Mi padre pidió al menos un palacio –se molestó la Argonauta.
-Y yo lo agarré a garrotazos. ¿Qué me impide agarrarte a ti a garrotazos, rey imbécil? –preguntó Heracles. Para su sorpresa, Podarces se colocó entre él y su padre- Quítate de mi camino, o el primer garrotazo te lo doy a ti –amenazó Heracles.
-Piedad, le pido que me deje hablar con mi padre a solas… por favor… yo veré que se le page todo lo que se le deba de pagar… por favor… -suplicó Podarces, Heracles bufó, miró a los alrededores, a todos los soldados, a todas las armas apuntadas en su dirección, y gruñó con fuerza-. Le prometo que yo hablaré con él… -suplicó Podarces nuevamente.
-Habla con él… y cuando envíe a mis emisarios… más le vale pagar todas y cada una de mis exigencias, Príncipe Podarces… o yo mismo mataré a todos y a cada uno de sus hijos, antes de estamparle mi garrote en la cara –amenazó Heracles lo suficientemente alto para que Laomedonte escuchara su declaración, y entonces comenzó a retirarse junto con una molesta Hilas, y un tranquilo Yolao-. Nadie amenaza a Heracles sin una garantía… ¿Qué viste Yolao? –preguntó Heracles a su compañero, quien estaba sumamente tranquilo.
-La esposa del rey, creo que su nombre era… Estrimo… -recordó Yolao, Heracles asintió-. Posee un Cosmos Divino, su hijo Podarces es un Legado, un hijo de un Semidios, lo que significa que, o Estrimo es una Semidiosa, y el Cosmos Divino que veo es solamente eso, el cosmos de una Semidiosa, o Laomedonte es un Semidios y por eso Podarces es un Legado –resumió él.
-¿No puedes identificar el cosmos de Laomedonte e identificar si es un Semidios para que sepamos si la Reina Estrimo es una Semidiosa o una Diosa Menor? –le preguntó Hilas, Yolao movió su cabeza en negación-. Amor, después de matar a Cicno, Zeus te lo prohibió. Juraste no levantar jamás tu mano nuevamente en contra de un Dios tras herir a Ares y que tu padre amenazara con negarte un lugar en el Olimpo… si te enfrentas a Estrimo y resulta que ella es una Diosa Menor… -le comentó Hilas preocupada.
-¡Me prohíben convertirme en un Dios! ¡Ya sé! –enfureció Heracles- ¡Estoy cansado de hacer lo que papá Zeus quiere! ¡Yo ni siquiera quiero ser un Dios! ¿Por qué no darle de garrotazos a esa tal Estrimo sin importarme si es una Semidiosa o una Diosa Menor? –se quejó él.
-Porque se lo prometiste también a Atenea, ¿recuerdas? A tu prima que siempre te ayuda –le recordó Hilas, Heracles bufó, y se tranquilizó- No voy a decirte que el Rey Laomedonte no merece un castigo, lo merece, y se lo vamos a dar. Pero vamos a jugar bajo las reglas de Atenea y de Zeus, sin matar Dioses Menores, ¿lo prometes? –pidió Hilas.
-Ay bueno ya, sí, lo prometo, no voy a agarrar a garrotazos a la Reina Estrimo –comentó Heracles, Hilas sonrió orgullosa-. La va a agarrar Telamón a garrotazos, y puede que también traiga a Peleo –sonrió Heracles, Hilas sonrió también.
-¿A Atenas a pedir ayuda de los Caballeros Dorados? Cuenta conmigo, no son tan malos como todo mundo dice, te lo digo yo que me llevo bien con tres de ellos –sonrió Yolao con orgullo, Hilas asintió ante aquellas palabras.
-Mi favorito es Néstor, está bien guapo. ¿Recuerdas ese traserito hermoso? Se veía tan bien en Armadura de Oro Rojo. ¿Por qué nadie respeta a las Argonias? Son mejores que las Armaduras Doradas. Quiero volver a sentirme parte de un ejército todo poderoso –se quejó Hilas.
-Eres parte del ejército más todo poderoso de todos los todopoderosos tiempos, mi amor –le explicó Heracles, Hilas sonrió-. Eres una Heraclida, una Mercenaria de Heracles. Y vamos a derribar a las Murallas de Troya, así cuando en el futuro se hable de Troya, y del ejército que los conquistó, dirán: «Troya cayó ante el poderoso ejército de los Heraclidas», ¿quién más derrotaría a Troya? ¿Los Aqueos? Vah, esos buenos para nada de los Aqueos ni siquiera tienen razones para atacar Troya, los Heraclidas destruiremos Troya. Yolao, vamos a Atenas –terminó Heracles, orgulloso.
Quinta Ciudadela. Callíroe. Año 1,223 A.C.
-Y que me pierdo en el camino a Atenas, un clásico –comentó Heracles, ya caía la noche, y el grupo se paseaba por las calles nocturnas de Callíroe, con Filoctetes cargando una antorcha, buscando a más de esos soldados en armaduras negras que había estado divisando todo el día-. Terminamos en Esparta, no me preguntes como, yo preguntaba a la gente: «oye, por aquí se llega a la ciudad de los 12 Caballeros Dorados», y por alguna razón me dirigían a Esparta. Luego me enteré de que el Rey Hipocoonte estaba creando a sus propios 12 Caballeros Dorados, forjando armaduras para sus hijos, y que habían expulsado a Tindáreo de Esparta. Los agarré a los 12 a garrotazos, también agarré a Hipocoonte a garrotazos, e instauré a Tindáreo como Rey de Esparta, así que me debe una –le comentó Heracles, Hécuba estaba impresionada mientras viajaba sobre la espalda de Heracles, que la llevaba de caballito.
-¿Era tan difícil preguntar dónde está Atenas? –se molestó Filoctetes, Heracles desvió la mirada- ¿Se te olvidó como se llamaba la ciudad de tu prima favorita? ¡Tiene el mismo nombre que la ciudad! –se quejó Filoctetes.
-Pues se me olvidó, demándame –se quejó Heracles, Filoctetes se estiró el rostro con fuerza-. Pero después me acordé, y llegamos a Atenas. Solo había dos Caballeros Dorados en servicio en esos momentos, pero no importa, eran los dos a los que necesitaba: Peleo, el Caballero Dorado de Aries, Príncipe de los Mirmidones, y Telamón, el Caballero Dorado de Leo, Príncipe de Salamina. Pero antes de hacerle la guerra a Troya, teníamos que negociar… más bien… Hilas me obligó a negociar… yo no quería negociar… pero ella me obligó a negociar. Así que, con un ejército de hombres de Ftía y de Salamina a las afueras de Troya, que no se la esperaban, los tontos tenían sus murallas abiertas… envié a mi hermano Ificles de la Osa Mayor, y a Telamón de Leo, a negociar… y Troya cerró sus puertas –se quejó Heracles.
Playas de Troya. Campamento Heraclida. Tienda de Heracles. Año 1,235 A.C.
-¡Hermano! –llegó Ificles a la tienda de Heracles, y tras entrar escuchó el grito de Hilas, quien le lanzó una ánfora a Ificles en la cabeza, antes de ocultarse bajo las pieles del León de Nemea, dejando a Heracles desnudo en la tienda y cubriéndose un garrote con el otro- ¿No estabas preocupado por mí y por Telamón? ¡Estábamos secuestrados por el Rey Laomedonte! –se quejó Ificles, Heracles fingió demencia, Ificles solo miró a Hilas, en una esquina, y envuelta en la piel del León del Nemea, molesta por la interrupción- ¿Está allí Yolao? –preguntó Ificles.
-Yolao no está aquí… -habló alguien dentro de las pieles del León de Nemea, Ificles miró a Heracles con molestia, el Héroe de Mithrilo, que ya se vestía, sonrió inocentemente- ¿Ya se fue? –preguntó Yolao dentro de las pieles, asomándose, y notando a su padre mirarlo con desdén.
-¿Mínimo también te compartió a Hilas? –preguntó Ificles, Yolao asintió- Mejor… podrías preocuparte un poco por tu hermano que siempre te cocina. En lugar de eso, te revuelcas con tu novia y mi hijo. Otros hermanos no son tan condescendientes como yo –le explicó Ificles.
-Tu hijo tuvo un hijo con mi primera esposa, Megara, me lo debe –le recordó Heracles, Ificles se cruzó de brazos, Heracles se deprimió-. Perdón por hablar de Megara… lo siento… no fue a propósito –se apenó un poco Heracles, Ificles suspiró, pero le dio un par de palmaditas en el hombro a Heracles-. ¿Cómo que tú y Telamón fueron capturados? Estás aquí, y Telamón es un Caballero Dorado –se quejó Heracles.
-Yolao tenía razón, y ya sal de allí, no estoy enojado –enunció Ificles, Yolao salió de debajo de las pieles del León de Nemea y fue por su armadura, también le trajo la suya a Hilas, quien le agradeció con un gentil beso-. No los entiendo a ustedes tres… en fin, no es mi problema. El punto es que Yolao tenía razón, la Reina Estrimo es una Diosa Menor, hija del Dios del Rio Escamandro. Su esposo el Rey Laomedonte de alguna forma se apropió temporalmente de la Espada de Ares, Maleros, y desafió a Escamandro por la mano de su hija Estrimo. Laomedonte lo derrotó, y desde entonces, la Reina Estrimo tiene una obsesión con que los Mortales pueden hacer su voluntad sobre los Dioses. Cuando Telamón y yo fuimos a pedir a las Yeguas de Tros, a Hesíone, y restitución por movilizar a los ejércitos de Ftía, de Salamina, y a algunos Argonautas, Estrimo revistió su Armadura Divina, y nos derrotó a ambos –le explicó Ificles, Heracles se impresionó.
-¿Una Armadura Divina? –preguntó Hilas mientras se ponía las botas de su Argonia, cayéndose por perder el equilibrio- ¡Ay! –se quejó Hilas, Yolao le ayudó a levantarse- Gracias amor –comentó mientras se acomodaba la protección del pecho- Pensé que solo los Dioses Olímpicos poseían Armaduras Divinas –le comentó ella sorprendida.
-Resulta que el termino Armadura Divina se usa para toda armadura que sea activada por la sangre de los Dioses. Aunque sí, solo las 12 Armaduras Olímpicas son Armaduras Divinas genuinas, ni Apolo tiene de esas –les explicó Ificles.
-Pero lo importante, es que Heracles no puede enfrentar a la Reina Estrimo –entró en la tienda Telamón de Leo, de cabellera castaña y revoltosa, barba delineada, y algo bronceado. Cargaba una espada creada de los propios relámpagos de su cosmos-. Se lo prometiste a Atenea, no puedes combatir a los Dioses, Mayores o Menores nos es indistinto –se cruzó de brazos Telamón de Leo.
-Me temo que nuestro amigo en común tiene razón –entró en la tienda otro Caballero Dorado, Peleo de Aries, rubio, de cabellera corta, ojos color de esmeralda, y barba muy bien delineada-. Es una lástima que Tideo de Escorpio no haya podido acompañarnos. Aries, Leo y Escorpio son los mejores amigos del zodiaco, ¿lo sabían? –sonrió el Príncipe de los Mirmidones.
-¿Les importa? Chica hermosa poniéndose los pantalones, voltéense todos –se quejó Hilas, forcejeando con el peto de su Argonia, todos los presentes se voltearon-. Ay díganme que estos gorditos son de que por fin me he quedado embarazada y no de tragona –lloró Hilas, tirando con fuerza del cinturón de su peto para afianzárselo bien.
-Estás hermosa amor, tú tranquila –le gritó Heracles, que ya había terminado de vestirse-. Si la Reina Estrimo logró capturarlos a Osa Mayor y a Leo, ¿cómo es que están aquí? –les preguntó Heracles intentando armar los cabos sueltos.
-Podarces nos liberó –le explicó Ificles-. Él no está de acuerdo con lo que hace su padre, el Rey Laomedonte. Nos pidió que hagamos lo que tengamos que hacer, pero que no lastimemos a su hermana Hesíone –le explicó Ificles.
-Bien… los matamos a todos, menos a Hesíone y a Podarces. La primera, es nuestra hija adoptiva, el segundo, por su ayuda, será Rey de Troya, así lo decreta Heracles –aseguró el Líder de los Heraclidas, mientras Hilas llegaba ante Heracles con sus ojos brillantes como estrellas.
-¡Hija! –exclamó Hilas alegremente y saltando de arriba abajo- ¡Adoptaremos a Hesíone! ¿De verdad? ¿No me estás mintiendo? ¿La adoptaremos? –preguntó maravillada, lo que dibujó en el rostro de Heracles una sonrisa.
-Sí, y cuando sea mayor de edad, será la esposa de un Caballero Dorado. ¡Espada, Hacha, Lanza por ver quien mantendrá a mi hija adoptiva! –ordenó Heracles, ambos Caballeros Dorados intercambiaron miradas, y se cruzaron de brazos- Si está bonita, cabello castaño, ojos violetas y hermosos como los de mi Hilas –aseguró Heracles, Peleo y Telamón intercambiaron miradas, e inmediatamente comenzaron con un juego en que colocaban sus manos como formas de armas.
-¡Espada, Hacha, Lanza! –comenzaron los dos- ¡Espada, Hacha, Lanza! –proseguían intercambiando formas de armas con sus manos, pero siempre terminaban empatando- ¡Espada, Hacha, Lanza! ¡Espada, Hacha, Lanza! ¡Espada, Hacha, Lanza! –continuaron, hasta que Telamón sacó hacha y Peleo lanza.
-¡Gané! ¡Cuando sea mayor de edad la haré mi esposa! Oye, pero ya estoy casado con Peribea –se quejó Telamón de Leo, pero Heracles le dio muy poca importancia a eso, mientras salía de la tienda, con una inmensamente feliz Hilas, quien ya se imaginaba teniendo una hija.
Séptima Ciudadela. Ganimedes. Año 1,223 A.C.
-¿Los Caballeros Dorados son muy fuertes? –preguntaba Hécuba, quien en esos momentos tenía sus ojos cubiertos por Filoctetes, mientras pasaban por una de las ciudadelas de más bajo renombre de Troya, y que de noche se convertía en un barrio donde la prostitución estaba a la orden del día, lo que intentaban que la pequeña no viera mientras le tapaban los ojos.
-Son hermosos… -comenzó Heracles, distraído por una despampanante Troyana, pero Filoctetes se aclaró la garganta, ganándose su atención-. ¡Gloriosos! ¡Quise decir gloriosos! ¡Muy gloriosos! –corrigió Heracles, Hécuba se mostró confundida.
-Los Caballeros Dorados son los más fuertes de la Orden de Athena –continuó Filoctetes, dándole a Heracles un respiro-. La Orden de Athena se divide en 18 Caballeros de Bronce, 18 Caballeros de Plata, y 12 Caballeros Dorados, al menos es así desde el ultimo conteo –le explicó Filoctetes-. Los Caballeros Dorados serán solo 12, pero son los más poderosos de todos, conocen el Séptimo Sentido, y lo dominan en su totalidad. Si tienes a un Caballero Dorado de enemigo, puedes darte por muerto –terminó con orgullo.
-Acá entre tú y yo –se agachó Heracles para seguir hablando con Hécuba, a quien Filoctetes seguía tapándole los ojos, por lo que ese «entre tú y yo», no era tan privado como Heracles quería hacerlo parecer-. Los Caballeros Dorados no son tan fuertes como los Héroes de Oro Rojo que viajan con los Argonautas, o como los Héroes de Mithrilo como yo –le explicó él.
-¡Tonterías! –se quejó Filoctetes- ¡Los Caballeros Dorados son capaces de elevar sus cosmos hasta el nivel de los Dioses! ¿Qué hay más fuerte que un Dios? –le preguntó Filoctetes, sintiéndose ofendido.
-Depende del Dios, una cosa es Ares, el Dios de la Brutalidad en la Guerra, y otra cosa es Hestia, la linda y tierna Diosa del Hogar –agregó Heracles, divertido-. Y así como en los Dioses hay niveles, los Caballeros Dorados están por debajo de los Argonautas de Oro Rojo como mi hermosa Hilas, y los Argonautas de Oro Rojo están por debajo de los Héroes de Mithrilo, como yo fíjate –lo empujó Heracles, Filoctetes preparó su arco.
-Tú estás por debajo de mi nivel, fíjate –desafió Filoctetes, Heracles lo encaró con orgullo-. Y cuando quieras te la refresco. Subestimas a los Caballeros Dorados, y uno de estos días, uno te va a dar tal paliza, que no los volverás a subestimar –le apuntó él.
-¿Quién? ¿El de Leo? Le pateaba el trasero a Telamón una vez cada fin de semana mientras vivía en Salamina con Hilas… y a veces Yolao… -le comentó Heracles, sacando el pecho-. Cuando un Caballero Dorado pueda con yo todo hermoso y poderoso, me retiro de ser un Héroe de Mithrilo, y reencarno en un Caballero Dorado, tal vez el de Tauro, me gusta la Armadura de Tauro –se mofó Heracles, sumamente divertido, y sintiéndose superior a cualquier Caballero Dorado-. Pero que mis palabras no te engañen, no serán tan fuertes como yo todo hermoso y poderoso, pero vaya que son fuertes, muy fuertes, y sumamente impresionantes –declaró él.
Ciudadela de Capis. Año 1,235 A.C.
-¡Sentirán la fuerza de mis colmillos! ¡Relámpago de Voltaje! –enunciaba Telamón de Leo, con su puño rodeado de relámpagos, e impactando con fuerza en las puertas de Troya, abriéndolas de par en par, aunque tan rápido como las puertas fueron abiertas, una horda de soldados Troyanos se abalanzó contra Telamón, empujándolo fuera de Troya, y desde la cima de sus murallas, flechas incendiarias fueron lanzadas para acribillarlo.
-¡Muro de Cristal! –alzó su muro Peleo de Aries, interceptando las flechas incendiarias de los Troyanos sobre las puertas de Capis- Insisto en que, si Tideo de Escorpio estuviera aquí, ya habría paralizado a todos estos soldados con su Restricción, no hay un solo manipulador del cosmos entre los soldados presentes, eso lo hace demasiado sencillo –se quejaba Peleo.
-¡Manipuladores del cosmos o no, las espadas pican y el metal fundido quema! –lo empujó Heracles a un lado, corriendo hasta las puertas de Capis, que los Troyanos intentaban cerrar, solo que Heracles posó cada una de sus poderosas manos sobre las puertas, empujándolas, y abriéndolas a la fuerza- Toc, toc princesitas, hoy sale el expreso de Caronte, espero lleven suficientes óbolos –sonrió Heracles con malicia, aunque los Troyanos todos apuntaron sus flechas a la inmensa mole que era Heracles.
-¡Abre bien las piernas amor! ¡Voy a entrar! –escuchó Heracles, abrió las piernas, e Hilas entró a Troya por debajo de las mismas- ¡Ja! ¡Que se sepa que Hilas fue la primera en entrar a Troya! ¡Meteoro de Argonian Equuleus! –atacó Hilas, su meteoro derribando a los Troyanos, lo que enfureció a Heracles, quien estuvo por poner pie en suelo Troyano, pero fue empujado a un lado por Telamón de Leo.
-¡Me estorbas gordo! ¡Los voy a machacar! –entró Telamón de Leo, soltando golpes a diestra y siniestra, lanzando Troyanos por todas partes, y avanzando junto a sus hombres que entraron tras de él, mientras Heracles bufaba con fuerza.
-¿Gordo? ¿¡Me dijo gordo a mí!? –se molestó Heracles, tomando su garrote- Alguien no va a regresar completo a Salamina –se fastidió Heracles, estampando su maza contra las puertas de Capis, rompiendo sus bisagras, y derribando la misma.
-¡Amor! ¡No! ¡Tranquilo! –se adelantó Hilas, colocándose frente a Heracles, quien estaba molesto y ya corría tras de Telamón con maza en mano- ¡Telamón! ¡Discúlpate! –gritó Hilas, persiguiéndolos a ambos, pero no siendo tan rápida como Heracles, y por lo visto Telamón tampoco lo era, porque Heracles le estaba pisando los talones.
-¿Disculparme? ¿Ahora qué dije? –se viró un poco Telamón, y cuando lo hizo, notó a Heracles corriendo furioso tras de él- ¿Qué dije ahora? Yo lo arreglo –se detuvo Telamón, y comenzó a recoger piedras del suelo, Heracles se detuvo, confundido, mientras Telamón levantaba más y más piedras.
-¿Qué haces? –preguntó Heracles, rascándose la nuca, y mientras los soldados Salaminos hacían un perímetro seguro, sabiendo que Telamón y Heracles necesitaban algo de espacio, Hilas llegó falta de aire ante ambos por el esfuerzo.
-Ah, Heracles, no te había visto –mintió Telamón-. Levantaba piedras para hacerte una estatua con ellas como el conquistador de Troya, la colocaremos en Ilión, antes de entrar al Palacio de Ilión, como recordatorio para los Troyanos de, jamás, ofender a Heracles –le aseguró Telamón.
-¿Enserio? –preguntó Heracles, miró a Hilas, y la chica asintió un buen número de veces- Aw… yo también te quiero mucho Telamón –comentó Heracles, e incluso fue a abrazar a Telamón, quien miró a Hilas preocupado mientras Heracles lo abrazaba, Hilas simplemente movió su mano alrededor de su cuello como una forma de pedirle silencio-. Será una bonita estatua –admitió Heracles, antes de rugir y darle de garrotazos a sus enemigos.
Décima Ciudadela. Illión. Afueras del Palacio de Ilión. Año 1,223 A.C.
-¡Y sí! ¡Quedó preciosa! –agregó Heracles, posando frente a una estatua de su yo más joven, comparando su musculatura del antes con la de ahora, notando Filoctetes y Hécuba que era más musculoso ahora que a sus 47 años.
-Y va Telamón de Leo a hacerte una estatua solo porque te enojaste porque te dijo gor… -intentó decir Filoctetes, cuando Heracles le apuntó con su maza al rostro-. ¿Me estás amenazando? Me parece una amenaza. ¡No me amenaces! ¡Respétame! ¡O te voy a hacer respetarme a la mala! ¿Qué quieres? ¿Una estatua? Ya tienes una, ahora guarda esa cosa antes de que nos pongamos violentos –materializó su arco Filoctetes, Heracles gruñó.
-Te aprovechas de que no agarro a la gente a garrotazos frente a las niñas bonitas –apuntó Heracles a Hécuba, quien posó enalteciendo su ternura-. Pero ya llegamos a Ilión, supongo que ya no te puedo contar el resto de la historia –comentó Heracles.
-¿Qué? Ah no, yo quiero saber –se sentó en el suelo Hécuba, Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas-. De aquí nadie me mueve sin decirme el final de la historia. Así que prosigue, es para hoy –sonrió Hécuba.
-Dictadora salió la niña, ella y Príamo se van a llevar bien –comentó Heracles, se sentó, y sacudió a todo el Palacio de Ilión. Del palco principal salió el Rey Príamo, en su túnica de noche, y miró al hombretón sentado frente a la estatua de Heracles.
-Oh no… él no… -comenzó Príamo, y entró en su habitación en pánico-. ¡Se supone que estaba muerto! ¡Fryodor! ¿¡Dónde está Fryodor!? –gritaba Príamo con miedo, Filoctetes comenzó a rascarse la cabeza, preocupado.
-Esto no va a terminar bien, lo presiento –comentó él preocupado-. Anda y termina con la historia que no me siento para nada bienvenido en el Palacio de Ilión, y para salir de aquí hay que cruzar 10 Troyas –se molestó Filoctetes.
-No apresures una buena historia, toma su tiempo, esto es arte, mi narración es arte, disfruta el arte, Filoctetes, arte –aclaró Heracles-. ¡Y artísticamente derribo la puerta de la Sala del Trono de Laomedonte de una Patada! –comentó Heracles violentamente.
Palacio de Ilión. Sala del Trono Troyano. Año 1,235 A.C.
-¡Patada de Heracles! –derribó Heracles las puertas dobles de la Sala del Trono de Troya de una tremenda patada, y entró en la habitación junto a Hilas de Argonian Equuleus, Peleo de Aries, y Telamón de Leo- Ahora sí Laomedonte. Tú, yo, y mi garrote –agregó Heracles, aunque dándose cuenta de que la Sala del Trono de Troya estaba repleta de arqueros, soldados, y demás guerreros y mercenarios con sus armas listas, pero lo que más llamó la atención de Heracles y del grupo, fue encontrar a la Reina Estrimo elevando su cosmos, que se extendió alto por la oscura Sala del Trono, como una llama color turquesa que lo envolvía todo.
-No, Heracles… -comenzó la Diosa Menor, que empujaba a los presentes con su cosmos-. Tú, yo… ¡Y la Armadura Divina de Escamandro! –declaró la mujer. Agua se materializó de la nada detrás de ella, y comenzó a solidificarse en una Armadura Divina de un azul turquesa muy bello y brillante, tan brillante como los ojos de la divinidad, que brillaban en la oscuridad que se hacía más densa con la fuerza del cosmos de Estrimo.
-Me temo que no podrá ser así –se tronó los nudillos Telamón, adelantándose-. Me disculpo de antemano, Heracles, pero una promesa a Atenea es una promesa. No puedes enfrentar a un Dios Mayor o a un Dios Menos, ella te lo tiene prohibido –le explicó Telamón.
-Prohibidos mis calzones, nadie le dice a Heracles que… -intentó quejarse Heracles, pero Hilas se aclaró la garganta, Heracles bufó con fuerza-. ¿Atenea prohibió las armas, Telamón? –preguntó entonces Heracles, teniendo una idea, Telamón lo negó con la cabeza- Entonces dale uno de mi parte –le ofreció Heracles su maza, Telamón sonrió, y aceptó la misma, incinerando el cosmos de Telamón aún más con el cosmos de Heracles.
-Venga, Reina Estrimo… la voy a machacar –rugió entonces Telamón, y se lanzó a la Reina Estrimo con relámpagos rodeándole el cuerpo, y repeliendo a los soldados Troyanos con golpes de la maza de Heracles. Laomedonte entonces quedó frente a Heracles, desenvainó su espada, y comenzó a elevar su oscuro cosmos alrededor de ella.
-Mínimo tienes valor para enfrentarme, vejete… -se tronó los nudillos Heracles, impaciente, mientras a su alrededor los Heraclidas y los Salaminos combatían. Peleo de Aries y los de Ftía mantenían el ingreso de refuerzos, y de fondo detrás de Laomedonte, la Reina Estrimo conjuraba sus aguas sagradas para traer consigo a un diluvio sobre Telamón, que azotaba la maza de Heracles contra la fuerza de sus ríos-. ¿Cómo dice Telamón? Ah sí… te voy a machacar –se lanzó Heracles en dirección a Laomedonte para enfrentarlo a puño limpio.
-¡Ven por mí! ¡Suplice del Rey! –exclamó Laomedonte, la mencionada Suplice se materializó frente a Laomedonte, con la forma de un soberano muy poderoso que se alzó de un portal oscuro en la tierra, antes de estallar en sus partes, y revestir a Laomedonte de morado-. Por cierto, nadie de la Familia Real Troyana lo sabe todavía, solo mi esposa Estrimo y yo… pero Troya está consagrada a Hades, por eso Tros no gobierna aquí y gobierno yo que soy su nieto. Expulsamos a Tros… el Caballero Dorado de Acuario, y nos quedamos con sus Yeguas Sagradas… ¿no les parecía extraño que los Caballeros de Athena no fueran bienvenidos en Troya? ¡Hades gobierna en Troya! ¡Decreto Solemne del Inframundo! –apuntó Laomedonte con sus dedos, y de los 5 en su mano se liberaron hileras de cosmos que impactaron a Heracles, y lo lanzaron sobre algunos de los soldados Salaminos, que terminaron lastimados por el peso del gigantón, quien se sobaba la cabeza por el repentino ataque- Por cierto, Heracles, no le agradas mucho a Hades desde que le robaste a Cerberos –le recordó él.
-Él me lo ofreció… solo se me olvidó devolverlo… ¿dónde lo dejé? Ah, ya me acordé… woops… -aceptó Heracles, incorporándose, y elevando su cosmos-. Sé que es algo tarde para las disculpas, Rey de Troya, pero no quieres hacer esto, y yo todavía puedo perdonarte. Las Yeguas de Tros, Hesíone, restitución, y conservas tu trono. Niégate una vez más, y será tu ultima mala decisión, Rey Perjuro –amenazó Heracles.
-¿Rey Perjuro? Que horrible suena eso, ¡pero me encanta! ¡Rugido del Inframundo! –abrió la boca Laomedonte, y de la misma se liberó una explosión de cosmos violeta que Heracles incluso tuvo que esquivar, y que vaporizó a varios soldados, tanto Salaminos como Troyanos- Me parece que no lo entiendes, déjame explicarte para que lo entiendas… soy un Espectro… uno de los más poderosos. ¿Quieres machacarme? Adelante y hazlo. Cuando un Espectro muere, su alma viaja al Hades, donde elige otro cuerpo y vuelve a la vida reemplazando al alma del cuerpo que posee. Así que, aunque me destruyas, volveré en el cuerpo de alguien más, tal vez incluso en el cuerpo de ese traidor malnacido de mi hijo, Podarces. Ser 26 años más joven sería bueno para la espalda. Pero qué vas a saber tú de eso, Heracles. No vas a llegar a los 59 como yo. ¡Rugido del Inframundo! –volvió a atacar el Rey Laomedonte, Heracles evadió el ataque, y corrió hasta donde Laomedonte, cubriéndole la boca con su mano, y sonriendo con malicia.
-¿Sabes una cosa, Rey de Pacotilla? Es verdad, eres un Espectro, y los Espectros, cuando se mueren, van al Hades, eligen otro cuerpo, y resucitan. No eres el primer Espectro al que me enfrento –le comentó Heracles, levantando a Laomedonte del suelo y aplastándole la quijada-. ¿Sabes cómo me encargo de Espectros parásitos como tú? Tienes una Suplice, es bonita. Sería una pena que, no sé, le diera tu Suplice a tu hijo Podarces y lo declarara el Espectro del Rey. No eres el Espectro del Rey, si no tienes la Suplice del Rey, y tu alma se queda allí abajo, con Caronte… me lo saludas, Rey Perjuro –tomó una moneda de un saco que llevaba Heracles atado a la armadura, le abrió la boca a la fuerza a Laomedonte, y este atacó con el Rugido del Inframundo, mismo que Heracles evadió moviendo su cabeza, luego metiendo la moneda en la boca de Laomedone, y cerrándole la misma a la fuerza-. Guarda el cambio –finalizó Heracles, y le aplastó la cabeza a Laomedonte.
-¡Noooooooooo! –gritó entonces la Reina Estrimo, que lloró con fuerza por el asesinato de su esposo- ¡Maldito! ¡Eres un monstruo! ¡Yo te maldigo mortal! ¡La ira de Escamandro caerá sobre…! –intentó amenazar Estrimo, cuando la maza de Heracles le golpeó la cabeza, lanzada por Telamón de Leo.
-Ojos aquí preciosa, tu oponente soy yo –le recordó Telamón, golpeando su puño contra la palma de su otra mano-. Y es hora de que sientas la fuerza de mis colmillos. ¡Plasma Relámpago! –terminó Telamón, Estrimo se vio a sí misma rodeada por destellos de luz dorada, y aquello fue lo último que vio, mientras las hileras de cosmos se estrellaban contra ella, rompiendo su supuesta Armadura Divina, y haciendo estallar su cuerpo con fuerza.
Décima Ciudadela. Illión. Afueras del Palacio de Ilión. Año 1,223 A.C.
-Uh… violento, me gusta la violencia –comentó Hécuba, bastante divertida por el final de la batalla, Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas de incredulidad-. Lo de poner la moneda en la boca de Laomedonte y decir «guarda el cambio», ¿fue libertad creativa? –preguntó divertida.
-¿Qué? –se molestó Heracles- ¡No! ¡Son parte de las frases de Heracles! ¡Tengo varias! ¡Las practico constantemente para momentos como esos! ¡Es épico, y me hace ver genial! –continuó molesto, Hécuba lo miró con incredulidad- ¡Libertad creativa mis calzones! Nadie cuenta mejor las historias de Heracles que Heracles –se apuntó a sí mismo Heracles.
-Bueno, sí tienes que admitir que sonó un poco… tú sabes… conveniente para la situación. Quiero decir, «guarda el cambio» ¿enserio? Si cuando estábamos en Colofón me dijiste que agarraste a Caronte a garrotazos porque no traías óbolos, y le dices a Laomedonte: «guarda el cambio». ¿Qué a Caronte se le olvidó que te debía el cambio? –se burló Filoctetes, Hécuba se burló tras pensar en lo que Filoctetes decía.
-¿Te estás burlado de mí? Me parece que te estás burlando de mí. ¿Se está burlando de mí? –preguntó Heracles con su garrote en mano y mientras miraba a Hécuba, quien asintió un buen número de veces.
-Aja, pero aún no termina con la historia. Nos quedamos donde le aplastó la cabeza a Laomedonte. ¿Se llenó de sangre como cuando le aplastó la cabeza a la Serpiente de Poseidón contra los Muros de Troya? –preguntó Hécuba emocionada, Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas.
-He enfrentado a muchas cosas raras en mi vida… -comenzó Filoctetes, intranquilo-. Pero de todas esas cosas, esta niña es la que me da más miedo. Niña, eres la próxima esposa de Príamo, quien es Podarces en la historia de Heracles. ¿De verdad estás preguntando sobre si Heracles se manchó con la sangre de la cabeza de Laomedonte al estallar? Un poco de sentido común, era el padre de tu futuro esposo –se quejó Filoctetes.
-Los suegros son molestos, mamá decía que era mejor no tenerlos. Y gracias a Heracles y a Telamón, no tengo que preocuparme tampoco por mi suegra –admitió Hécuba, nuevamente Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas de incredulidad.
-Mejor te dejo que termines de contarle la historia a la próxima tirana de Troya… le rezaré a los Dioses para no tener que topármela en el futuro –enunció Filoctetes, Heracles solo miró a Hécuba, quien aún quería saber el final de la historia.
-Hasta a mí me da miedo… y he enfrentado a cosas muy aterradoras –admitió Heracles, pero se aclaró la garganta, y continuó-. Bueno… tras aplastarle la cabeza a tu querido suegro, y Telamón dejar a tu suegra rostizada en el suelo. Troya quedó conquistada por los Heraclidas –prosiguió Heracles con orgullo.
Palacio de Ilión. Sala del Trono Troyano. Año 1,235 A.C.
-¡Y así es como yo, Heracles, solito y sin ayuda, conquisté Troya! –comenzó Heracles, vestido con la ropa del Rey Laomedonte, sentado en su trono, con Podarces frente a él, horrorizado de lo que acababa de escuchar a la mañana siguiente que llegó a visitar a su padre tras la guerra contra los Heraclidas, solo para encontrar a Heracles sentado en el Trono de Troya, con Hilas a su lado y vistiendo el vestido de su madre Estrimo.
-Ajem… yo ayudé… Peleo y Telamón también, y varios soldados de Ftía y de Salamina, no conquistaste Troya tú solo amor –lo reprendió Hilas, Heracles hizo una mueca-. Lo que el muy tonto de mi amorcito intenta decirte, Podarces, pero no tiene para nada tacto… es que ni Laomedonte ni Estrimo nos dieron opción… fue en defensa propia –aclaró ella.
-¿En defensa propia? ¡Eran mis padres! ¡Sé que eran unos monstruos! ¡Que mi padre era un perjuro! Pero, ¿tenías que matarlos? –lloró Podarces, Heracles alzó y bajó los brazos, no sabiendo si había una mejor solución realmente- ¿Y quieres que yo lo acepte? ¿Qué imbécil acepta el que mates a su familia? –se quejó Podarces.
-Ificles me perdonó por matarle a dos de sus hijos y a su esposa cuando maté a tres de los míos y casi a mi primera esposa –comentó Heracles, Podarces se horrorizó por la revelación-. Si él pudo, tu puedes perdonarme por matar a tus padres. Además, no era como que no lo merecieran. Te servirá de lección, dale a Heracles lo que quiere, y nadie saldrá herido, es una lección muy importante, puede salvarte la vida –le insistió Heracles.
-Sé que se ve como que somos los malos de la historia, Podarces… pero esta vez Heracles tiene razón, y no lo digo porque es mi amorcito, tu padre le negó su derecho, y tu madre estaba bien loca –le comentó ella.
-¡Los soldados que estaban con mi padre eran mis hermanos! ¡Yo estaba fuera haciendo la guerra a las Amazonas! ¿¡De haber estado allí me hubieran matado igual!? –enfureció Podarces, Heracles e Hilas intercambiaron miradas- Acabaron con todos… ya solo quedamos dos en el linaje de Ilión… mi hermana Hesíone y yo… ¿cómo vamos a sobreponernos de esto? –preguntó Podarces.
-Ah, yo no sé cómo le vas a hacer tú, pero Hesíone tiene clases de danza llegando a Salamina, nos quedaremos un tiempo en Salamina para que se encariñe con su tío que después será su esposo –le explicó Heracles, Podarces se sobresaltó aún más por la noticia, mientras veía entrar a la habitación del trono a su hermana menor, Hesíone, toda sonriente y con Telamón escoltándola.
-¡Hermano! –comenzó Hesíone, corriendo hasta donde Podarces, y abrazándolo con fuerza- ¡Heracles dijo que va a ser mi nuevo papá! ¡Y mi nueva mamá es hermosa! –apuntó Hesíone a Hilas, quien se derretía de ternura por la niña de ahora 12 años.
-Y para ti, Podarces –continuó Heracles, caminando detrás del trono del rey, y sacando la Suplice del Rey, que aún estaba manchada con la sangre de Laomedonte, lo que horrorizó a Podarces-. Yo, Heracles, por el poder envestido en mí, por mí mismo, te hago entrega de la Suplice del Rey, declarándote, Podarces, como la Estrella Celeste… ¿Cuál era la estrella? –preguntó Heracles.
-Inteligencia… -comentó Hilas, Heracles se rascó la cabeza pensativo-. Suplice del Rey, Estrella Celeste de la Inteligencia, te lo dije muchas veces, solo haz la declaración para que podamos irnos –pidió Hilas.
-Ya, no apresures al arte, mis discursos son arte –comentó Heracles, sacando el pecho-. Yo, Heracles, hijo de Zeus, por el poder envestido en mí, por mí, y con la autoridad de mí, te declaro a ti, Podarces, merecedor de la Suplice del Rey, declarándote la Estrella Celeste de la Inteligencia, y heredero del Trono de Troya. Felicidades, Podarces, pasaste de número 12 en la lista de sucesión, a primer lugar, todo por hacerle un servicio a Heracles, a que no soy bondadoso –se enorgulleció Heracles.
-¡El más bondadoso! ¡Bravo amor! ¡Estamos orgullosas de ti! –aplaudió Hilas, Hesíone aplaudió de igual manera, Podarces cayó en sus rodillas, incrédulo del circo alrededor de él- Creo que ya tenemos que irnos… Herc… de verdad ya tenemos que irnos –enunció Hilas, llamando la atención de Heracles.
-Pero Yolao todavía no trae a las Yeguas de Tros, y yo quiero posar ante Podarces con las Yeguas de Tros –prosiguió Heracles, pero Hilas se levantó de su trono, y comenzó a empujar a Heracles fuera de la habitación del trono, Hesíone se despidió alegremente de su hermano, y salió de la habitación seguida de Telamón, y al final, Podarces se quedó a solas, con la Suplice del Rey manchada en sangre frente de él.
Décima Ciudadela. Illión. Afueras del Palacio de Ilión. Año 1,223 A.C.
-¡Y así es como yo, Heracles, solito y sin ayuda, conquisté Troya! –terminó Heracles con su historia, posando frente a su propia estatua con orgullo, y con Hécuba aplaudiéndole alegremente por su antigua proeza, por lo que Heracles realizó varias reverencias en su dirección.
-No estabas solo –recriminó Filoctetes, Heracles le dirigió la mirada molesta de costumbre-. Estaba tu hermano Ificles, su hijo Yolao, ese tal Licas que todavía no estoy muy seguro de quién es o qué parentesco tiene con todos los demás, tu novia ya no estoy seguro de si esposa o no, los Caballeros Dorados de Aries y Leo, Peleo y Telamón, y mínimo unos 100 soldados de Ftía y Salamina, tal vez algunos Argonautas, los mencionaste, pero no especificaste –resumió Filoctetes.
-¡Perfecto! ¡Tal vez el señor Filoctetes de Sagita pueda hacer un mejor trabajo que yo, contando la historia de cómo conquisté Troya! –enfureció Heracles, y nuevamente confrontó a Filoctetes, quien le regresó la mirada con determinación y desafío.
-Por favor, si fueras tan amable, me temo que me perdí la historia que cuentan mis soldados –escuchó el grupo, Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas, se viraron a donde se escuchaba aquella voz, y encontraron a un Espectro con un solo ojo, el izquierdo, revestido en una armadura negra de cuerpo completo, cargando una lanza, y con un rostro femenino incrustado en una sección de la pechera de su Suplice-. No sabes cuánto he esperado este momento. ¡Chillido Estrangulante! –atacó el Espectro, directamente a Heracles, Filoctetes por su parte, usó su cosmos para resistir el ataque, y además cubrir los oídos de Hécuba, previniendo que la niña resultara lastimada por el ataque- Heracles… tras 14 años, tienes el valor de regresar a Troya… no sé si llamarte atrevido… o sumamente estúpido… ¿pesabas que no estaría contando los días para vengarme por arrancarme el ojo? –se quejó el Espectro.
-Espera, me zumba el oído… -se quejó Heracles, picándose el oído para intentar escuchar mejor, y notando al inmenso ejército que se encontraba a su alrededor, entre los cuales se encontraban varios Espectros de Hades-. Como que mejoraron la seguridad, es bastante diferente de hace 14 años –admitió Heracles, y entonces miró al Espectro fijamente-. Oye, yo te conozco… ¿Filipo? –preguntó el anciano.
-¡Fryodor! –corrigió el Espectro, su grito lastimando los oídos de Heracles, quien se cubrió los mismos- ¡Fryodor de Mandrágora! ¡La Estrella Celeste del Dolor! ¡Y voy a llevarte ante Hades tras destrozarte el sentido del oído! –exclamó el Espectro, furioso, y elevando su cosmos.
-Eso está por verse –comenzó Heracles, elevando su cosmos, pero al hacerlo, la Sangre de Neso volvió a hacerse presente y a rodearle parte de su cuerpo-. Oh vamos, me acababa de bañar –se fastidió Heracles, mirándose la sangre quemada en su cuerpo.
-Bueno… viví bien… supongo… -comentó Filoctetes, adelantándose-. Escucha tuerto. Yo seré tu oponente, pero deja ir a la niña –le pidió Filoctetes, apuntando a Hécuba, quien asustada se abrazaba de la pierna de Heracles-. Sé que quieres venganza, pero este no puede elevar su cosmos, confórmate conmigo, soy un Caballero de Plata –se preparó Filoctetes.
-Oh, te vas a morir también, viejo… -le apuntó Fryodor, Filoctetes se ofendió por ser llamado viejo-. Los tres se van a morir… no he esperado 14 años para mi venganza, para no disfrutarla arrancándoles sus ojos –agregó Fryodor con locura.
-¡Basta! –resonó el grito de Príamo, quien abrió a la fuerza las puertas de su propio palacio, y salió revestido en su Suplice, que se veía aún más gloriosa que cuando su padre, Laomedonte, la vistió- ¿Me recuerdas, Heracles? –preguntó Príamo, con una mirada repleta de rencor.
-Eso creo… -forzó la vista Heracles, y entonces sonrió-. ¡Podi! –exclamó Heracles, Príamo alzó una ceja, Hécuba rio con fuerza por lo que acababa de escuchar- ¡Eres Podarces! ¡El Príncipe de Troya! ¡Aunque ahora eres Rey! ¡Precisamente le contaba a Hécuba de ti! –apuntó Heracles, emocionado, Príamo viró el rostro para ver a Hécuba.
-¡Hola Podi! –se burló la niña, Príamo suspiró en señal de molestia, Hécuba entonces tiró de la capa de Filoctetes, quien se agachó para escuchar lo que la niña le iba a susurrar- Creo que es más viejo que mi papá… tiene canas… -le comentó divertida.
-Hay gente muy enferma en este mundo pequeña, creo que tiene 45 –le comentó Filoctetes, Hécuba comenzó a contar con ambas manos, notando que los dedos no le alcanzaban-. Pero dejando eso de lado, aquí tiene a su tirana en potencia, su alteza –comenzó a empujarla Filoctetes, Príamo la miró con curiosidad-. Mínimo póngala a salvo, y después nos damos de golpes, pero conmigo, este no está en condiciones –se burló Filoctetes, Heracles se molestó y tomó su garrote.
-¿Intentan decirme que vinieron a Troya para entregar a mi futura esposa? A quien, les adelanto, no tocaré hasta que sea mayor de edad, por eso de que me llamas enfermo –se defendió Príamo, mirando fijamente a Filoctetes.
-Oiga, yo no juzgo… bueno, si lo hago, pero normalmente en silencio –se defendió de regreso Filoctetes-. Vinimos porque Heracles quería encontrar a un adivino, Crises. A ella la conocimos y nos contrató en la fila de entrada –le explicó Filoctetes, Príamo meditó al respecto.
-De modo que no vienes a darme de garrotazos, a secuestrar a mi hija, y a poner a mi hijo en mi trono –se cruzó de brazos Príamo, incrédulo, Heracles hizo una mueca-. ¿Vienes a eso? –preguntó sin rodeos Príamo.
-Vengo a buscar a un adivino, que las cosas se queden en eso o no, eso ya depende de los demás –le explicó Heracles, Príamo lo miró orgulloso, y pensativo-. Estoy retirado su alteza, sin Heraclidas, sin Caballeros Dorados, el de Plata… ese sí es nuevo, conmigo al menos, ya se ve algo malgastado por otros –insultó Heracles.
-Umm… -lo pensó Príamo, y entonces viró su rostro a las puertas de su palacio-. Ésaco… Ilíona… vengan… -pidió Príamo. Tras el llamado, un joven príncipe de 12 años de edad, vistiendo prendas violetas y adornos dorados, de cabellera larga únicamente por la nuca, manteniendo el resto de su cabello muy bien recortado, y con unos ojos violetas afilados, salió del palacio, tomado de la mano de una pequeña de 10 años, medio adormilada, en su túnica de noche de cedas preciosas, tenía cabellera dorada y corta, y cuando no se le estaban cerrando los ojos por el cansancio, podían verse sus ojos azules-. Ellos son mis hijos… los tuve con mi primera esposa, Arisbe… quería que los vieras, antes de que hicieras lo que sea que viniste a hacer. Deseaba que vieras la inocencia en sus ojos, antes de que la destruyeras como destruiste la mía –le comentó Príamo.
-Hola –saludó Heracles, Ésaco no regresó el saludo, solo miró a Heracles con desdén, Ilíona por otra parte, bostezó y saludó con su mano libre-. Heracles, conocí a su abuelo, mi más sentido pésame –agregó Heracles, Filoctetes le golpeó el pecho con su codo, haciéndolo callar-. No vine a matar a tus hijos, Príamo… realmente vine buscando al adivino Crises –declaró Heracles, Príamo lo pensó, se frotó la barba, y miró a Heracles a los ojos.
-Crises salió de Anatolia, buscando Egipto… no he sabido nada de él en años… -le explicó Príamo, Heracles se deprimió-. Ve a Colofón, allí hay dos adivinos que se dicen que son muy buenos. Uno se llama Calcante, el otro se llama Mopso. Vete, y jamás regreses a Troya… o nuestra próxima reunión… no será así de agradable… puedes irte… -terminó Príamo, tomando la mano libre de Ilíona, y comenzando su camino de regreso a su palacio.
-¿¡Irse!? –comenzó Fryodor horrorizado- ¡Pero su majestad! ¡Reuní a toda la guardia de Troya! ¡Mandé pedir refuerzos a Dárdanos con el Rey Anquises! ¡Podemos vencerlos! –suplicó Fryodor, Príamo se detuvo, y lo miró fijamente- No va a dejarlo ir, así como así, ¿verdad su majestad? –preguntó Fryodor preocupado.
-Oh no, claro que no… -recordó Príamo, Fryodor sonrió, se preparó para dar sus órdenes, pero para sorpresa del Espectro, Príamo tomó un saco de monedas de oro, y se la lanzó a Filoctetes, confundiendo a Fryodor-. Por traer a Hécuba, vamos pequeña –pidió Príamo, Hécuba miró a Heracles y a Filoctetes, y se despidió de ambos, corriendo hasta Príamo-. Creo que tienes la misma edad que Ilíona… llévense bien, compartirán habitación hasta nuestra boda. ¿Comprendes? –le preguntó Príamo, Hécuba asintió, Fryodor se horrorizó, Filoctetes también, pero no por las mismas razones que Fryodor.
-Nobles sucios y corruptos… me dan asco… -susurró para sí mismo Filoctetes-. Entonces, Rey Príamo. ¿Nos deja ir, así como así? No me quejo, pero, ¿por qué? –preguntó Filoctetes, Príamo suspiró, y se viró para ver a Filoctetes.
-No te confundas, Caballero de Athena… un Troyano nunca cede… -agregó Príamo con soberbia, y miró a Heracles con molestia-. Pero aprendí una valiosa lección, hace 14 años… «dale a Heracles lo que quiere, y nadie saldrá herido, es una lección muy importante, puede salvarte la vida»-terminó Príamo, regresando al Palacio de Ilión con su familia.
-Pero… ¡Mi rey! –exclamó Fryodor horrorizado por el cómo habían terminado las cosas, y mirando a Heracles y a Filoctetes con molestia, pero sabiendo que nada podía hacer, dio sus órdenes- Déjenlos ir… -sentenció Fryodor de mala gana-. Algún día… Heracles… algún día yo voy a vengarme… -amenazó Fryodor.
-Niño… ¿sabes cuantas veces he escuchado esa amenaza? Y aquí sigo, así que haz fila u olvídalo de una buena vez –agregó Heracles, indiferente, Fryodor se molestó, y se retiró, dejando a Heracles y a Filoctetes fuera del Palacio de Ilión.
-Bueno… eso no terminó tan mal como me esperaba que terminara… -aceptó Filoctetes, pero entonces notó la mirada de molestia de Heracles-. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Regresamos a Colofón? –preguntó Filoctetes confundido sobre lo que seguía.
-No… ya me aburrí de Colofón… -se molestó Heracles, Filoctetes esperó a que se calmara-. Saldremos de Troya antes de que haya problemas, acamparemos fuera, y después del desayuno, buscamos un barco que nos lleve a Hélade –comentó molesto, comenzando el largo camino a las afueras de Troya.
-Hélade… no he estado en Hélade en mucho tiempo… -aceptó Filoctetes, mirando a los alrededores, vigilante, pero percatándose de que no los seguía nadie-. ¿Por qué Hélade? –preguntó entonces Filoctetes, Heracles suspiró.
-Porque en Hélade… está Delfos… y aunque no quería ir a Delfos… solo la Sibila de Delfos puede responder a lo que Crises debía respondernos… -se molestó Heracles, Filoctetes lo miró con curiosidad-. ¡Ay! ¡Yo no quería ir a Delfos! ¡Vámonos! ¡Antes de que me arrepienta! –se fastidió Heracles.
-Lo que diga capitán, lo que diga… -resopló Filoctetes-. Ya no me está gustando este viajecito… -se quejó Filoctetes, Heracles le lanzó un saco de monedas-. Retiro lo dicho, me encanta este viajecito –se guardó el saco de monedas Filoctetes-. ¿Te han dicho que serías un buen Dios de los Comerciantes? –se burló Filoctetes, siguiendo a Heracles, el conquistador de Troya.
