Los mitos de Heracles son una barbaridad. Inicialmente quería que esta historia tuviera 15 capítulos, pero al parecer, por culpa del "world building", tuve que pasar todo un capítulo explicando el porqué de esta historia. Así que, de momento, y espero que sea la última vez, el número de capítulos de esta historia sube de 15 a 16. Ahora, no pretendo explayarme, pero sí decirles que, para no hacer esta historia eterna, la extensión de los capítulos va a ser por mucho, superior a los de Guerras de Troya, o no podré terminar de poner las ideas que requiero poner por capítulo, así que, háganse unas palomitas, vayan por algunos pañuelos, tal vez algunas gotas para los ojos, y pongan la pantalla en modo nocturno que ya es tarde, y no quiero que me manden la cuenta de sus oculistas, en fin, que lo disfruten.

MaryQueen: Al fin pude actualizar, maldita wiki, jajajaja, lo siento, pero para ti son las visitas, para mí mantener la wiki al día, pero, en fin. Sé que te encariñaste con Hécuba, pero fue debut y despedida hasta Guerras de Troya, lo lamento por eso, pero los personajes de 12 Trabajos no van a ser muy recurrentes, solo los protagonistas. Jajaja, está bien, firme estos papeles de adopción y puede ser la madre de Hécuba. No te voy a mentir, esta historia va a ser más risas que otra cosa, pero este capítulo en específico, es trágico, así que lo siento mucho por eso y que lo disfrutes.

Josh88: No creo que vayas a escuchar por mucho tiempo las voces de Hércules y Phil en la historia de 12 Trabajos, jajaja, no después de este capítulo al menos. Jajaja, mínimo un salmoncito, la Serpiente de Poseidón a eso sabe, a salmón, para hamburguesas a lo mejor hacemos carnitas al Minotauro, pero eso será después. Jajaja, menos mal que alguien entendió la referencia a Guerras Doradas, habrá más por allí y por aquí, créeme. Vamos a ver qué opinas de Heracles tras este capítulo, que lo disfrutes.


Guerras de Troya - Las 12 Pruebas Doradas de Heracles.

Los Límites de la Hermandad.


Mar Mediterráneo. Barco de Troya a Ftía. Año 1,222 A.C.

La Diosa Nyx gobernaba en el cielo, y Artemisa iluminaba el firmamento, mientras el mar se encontraba en calma, con un barco solitario, con sus velas abajo, siendo mecido por los remos. Los remeros trabajaban duro incluso de noche, ya que el viaje desde Troya en Anatolia, hasta Ftía en Hélade, era un viaje de mínimo dos lunas debido a que el Mar Mediterráneo escondía secretos en sus profundidades que, de no ser respetados, hundirían al navío como a muchos otros que no habían corrido con suerte. Ante el mar, incluso los más grandes perecerían, no importaba si era Heracles quien viajaba acurrucado y tembloroso bajo su piel de león ya blanca por el paso del tiempo, si se irrespetaba a los Dioses, incluso el héroe que trataba de permanecer anónimo se terminaría por ahogar. Aunque para que las criaturas del mar no atacaran a la embarcación, se requería silencio, y aquella noche, precisamente Heracles era quien no podía conservar el silencio, retorciéndose en su esquina, meciendo el barco con su movimiento, y molestado a otros que intentaban dormir, incluyendo a Filoctetes, quien ya estaba teniendo suficiente.

-Ya estuvo, lo voy a aventar por la borda –se quejó el de Sagita, ya cansado por no poder conciliar el sueño, y dejando su esquina, en el lado más apartado de Heracles que le fue posible encontrar, para caminar hasta donde la inmensa mole se retorcía, y patearlo con fuerza para despertarlo-. ¡Oye! ¡Soportar tus ronquidos es una cosa! ¡Se vuelven tolerables de un lado del barco al otro! ¡Pero el vaivén de tu incesante contoneo no me deja dormir! ¡Quieto o te aviento al mar! –amenazó Filoctetes con autoridad, molestando a Heracles, quien lo empujó a un lado, forzándolo a caer sobre otro viajero que intentaba dormir, mismo que pateó a Filoctetes lejos de sí- A ti también te surto si me vuelves a patear –lo amenazó Filoctetes, dirigiéndose nuevamente a Heracles, quien se envolvió dentro de su capa no queriendo que lo molestaran-. Impenetrable mis polainas, deja de rodar o bajo a las cabinas y te disparo desde abajo –se molestó él.

-No molestes, no es un buen momento. Haré lo posible por no rodar en mi sueño, solo lárgate –le respondió Heracles, con voz quebradiza, lo que llamó la atención de Filoctetes-. Eres el peor compañero de viaje de todos. Extraño a Hilas, ella sí me comprendía –se fastidió Heracles.

-¿Estás llorando…? –susurró Filoctetes, Heracles se incorporó, inmenso, poderoso, y con su garrote listo. Todos los que viajaban en el barco, remeros incluidos, se aterraron y corrieron al otro lado del mismo, dejando a Filoctetes solo con la inmensa mole- ¡A mí no me amenaces! Si quieres que todos te crean un bruto sin corazón allá tú. Puedes darme de garrotazos y mantener el secreto, o ya contarme por qué llevas dos lunas rodando por todo el barco por las noches. En ambos casos voy a poder dormir más tranquilo, aquí la diferencia es que uno de los casos de conciliar el sueño es más permanente –se cruzó de brazos Filoctetes.

-Tu deplorable instinto de la auto preservación me parece demasiado risible y molesto. Y uno de estos días me voy a cansar de lo fascinante que me parece –amenazó Heracles, pero volvió a amarrarse la maza al chitón-. A tu lado, lárgate que me molestas –amenazó Heracles.

-El sentimiento es increíblemente mutuo, pero llevo dos lunas sin conciliar el sueño, mínimo ten la decencia de compartir la razón de mis desvelos… oye eso sonó muy bien, tal vez debería ser poeta… -se frotó la barba Filoctetes, Heracles bufó, pero mantuvo su silencio-. ¿Qué? –preguntó.

-Deja de fingir que te importa –se sentó Heracles, el barco se sacudió-. Ya sé cómo termina esto. Abro mi corazón, y los demás dicen que sus problemas son peores que los míos, y me cuentan su propia historia. Y nada jamás se resuelve. No se resolvió con los 12 Trabajos, ¿por qué se resolvería porque tú lo escucharas? –se quejó él.

-Nadie dice que se van a resolver las cosas solo porque las cuentes. Pero mínimo ayuda a que te vea como otra cosa que un bruto que agarra a todo lo que no le parece a garrotazos –agregó Filoctetes, ya fastidiado-. ¿Te gusta contar cuentos no? ¿Pues cuéntame el cuento? Es eso, o quedarte a revolcarte y volver a sacarme de quicios hasta que por fin te aviente por la borda –agregó Filoctetes molesto, Heracles le devolvió la mirada con la misma molestia.

-No me caes bien… eres como Licas, diciendo las cosas duramente y sin miramientos, pero recuerdas a Ificles, haciéndome sentir que contarte hará una diferencia… pero no puedo agarrarte a garrotazos como tampoco podía darle de garrotazos a Hilas por más inmadura, molesta, y desvergonzada que fuera, simplemente no podía. Si al menos fueras la mitad de guapo que Yolao… -divagó Heracles, Filoctetes suspiró molesto, y se sentó a su lado-. Aunque eres igual de molesto que él… no lo entiendo… -se quejó Heracles.

-Resumiendo… no soy ni Licas, de quien apenas me has hablado, ni soy tu hermano Ificles, ni la bella Hilas a quien todo el tiempo mencionas… y ni hablar de Yolao, no soy de esos… -admitió Filoctetes, Heracles bufó-. Ni que estuviera tan guapo para llamarte la atención. Resumen del resumen, soy Filoctetes, y te gusté o no, acepté viajar contigo. Y si quieres que nos llevemos bien, más te vale comenzar a hablar. ¿Es sobre tus hijos? Mencionaste a los 12 Trabajos… -preguntó Filoctetes, genuinamente preocupado.

-¿Cómo…? –se fastidió Heracles, Filoctetes se acomodó para que le contaran la historia- Me sorprendes, Filoctetes… eres… perspicaz… y sí, es sobre mis hijos: Terímaco… Creontiades… Deicoonte… -comenzó Heracles, las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, lo que deprimió a Filoctetes-. Se suponía que los 12 Trabajos eran la llave para olvidar este dolor. ¿Lo entiendes? Los Dioses me mintieron… -se quejó Heracles.

-Por las barbas de Zeus… estoy viendo a Heracles llorar… no sé si eso es bueno o malo… -se susurró a sí mismo Filoctetes-. ¿De verdad creíste que realizar 12 Trabajos heroicos iban a librarte de las memorias de tu tragedia? No Heracles… los Dioses nos dieron memoria para recordar estas cosas, y la memoria puede ser engañosa, y hacerte olvidar… pero el corazón, es para siempre. No conozco los detalles… solo sé lo que se cuenta… pero si te sirve, puedo escucharte… -admitió él.

-¿Para qué? ¿Para qué me juzgues? No todos son Ificles… e incluso él… incluso él… -cerró sus manos en puños Heracles-. Si mi hermano al final no me perdonó, ¿cómo sé que lo harías tú? –le preguntó Heracles.

-No soy tu hermano –le recordó él-. Y hasta donde sé, tu hermano te acompañó hasta Troya, y te perdonó incluso que te acostaras con su hijo, varias veces por lo que se cuenta. No sé cómo terminó, pero en mi opinión, hizo todo lo posible por perdonarte… ¿de qué exactamente? –se preguntó Filoctetes, Heracles enfureció.

-¡Maté a sus hijos y a su esposa! –agregó Heracles furioso, Filoctetes se mostró sorprendido- No solo a sus hijos… a los míos… y casi mato a mi esposa… -se miró a sus propias manos Heracles, dolido, y entonces las cerró con fuerza-. Pero no es mentira el que no puedes juzgarme, sin conocer mi historia… te la contaré… aunque no aseguro que sigas pensando como hasta ahora tras escucharla… -admitió Heracles, Filoctetes movió su cabeza un poco para ver detrás de Heracles, encontrando a todos los viajeros acercándose con cuidado.

-Estoy notando un patrón en todo esto, alguien pregunta, y tú cuentas una historia. Te gusta contar historias, ¿no es así? –preguntó, Heracles lo pensó- No respondas, solo déjame acomodarme mientras asimilo que este viaje va a ser una historia tras otra. Tal vez debería registrarlas, aunque va a ser un dolor de cabeza acomodarlas en orden cronológico supongo –admitió él.

-Esta no será difícil, ya que es la primera, la que comenzó con todo –le explicó Heracles. Filoctetes, interesado, buscó su saco de pertenencias, y sacó un trozo de piel seca y un pedazo de carbón-. Todos saben la historia de mi nacimiento, el cómo Zeus se enamoró de mi madre Alcmena, y esperó a que su esposo Anfitrión, el Rey de Tirinto, partiera a apoyar al Rey Creonte de Tebas la de las 7 Puertas contra los invasores de Telébeos… umm… Tebas… esa ciudad está siempre en guerra, ¿cómo aguantan? –se preguntó Heracles, divagando un poco, por lo que Filoctetes se aclaró la garganta, regresando a Heracles a la realidad de su historia- Pero Tebas la de las 7 Puertas y su obstinación por siempre estar en guerra no importan es estos momentos. Lo que importa es que Zeus, lujurioso, y lo digo sin morderme la lengua, se disfrazó de Anfitrión para llevarse a Alcmena a la cama, no creo que necesite explicarme –agregó Heracles, los viajeros susurraron pidiendo detalles, por lo que Heracles se dio cuenta de que tenía una audiencia-. Bueno… él… ya saben… ¿de verdad tengo que explicar cómo me procrearon? –preguntó él.

-Aunque soy un fiel respetuoso de las libertades creativas… ambos sabemos que eso no es posible, continúa –agregó Filoctetes. Heracles, aunque un poco incomodado por la audiencia, se aclaró la garganta y continuó con su historia.

-Bueno… habiendo terminado lo que tenía que hacer mi padre Zeus, Anfitrión regresa a casa de mamá en Tirinto, Ma debió estar feliz ese día, ya que Anfitrión también yació con ella sin que ella se quejara –explicó Heracles, los susurros no se dejaron esperar y comenzaron a hacerse a la idea de lo que había ocurrido. Heracles, molesto, tomó su garrote, por lo que los viajeros todos fingieron quedarse dormidos-. El punto es que nacimos Ificles y yo. Pero desde ese día, aun siendo un bebé, ya tenía a una enemiga muy poderosa… y esta enemiga se dedicó a hacerme la vida muy difícil. Hera… -recordó Heracles, mientras Filoctetes registraba todo lo que escuchaba con su carbón-. Cuenta mi madre Alcmena, que un par de serpientes fueron enviadas por una sombra a morderme a mí a mi hermano mientras yacíamos en nuestra cuna. Pobrecillas, las agarré de sonajeros, todavía no tenía a mi confiable garrote. Obviamente no tenía idea de quién había sido, pero lo descubriría a su debido tiempo, ya que no fue la última vez que ella se metería conmigo –prosiguió Heracles, inspirado-. Tenía 16 años… ya era una leyenda en Tirinto, tenía la opción de ser un soldado, pero no, yo quería más, gloria, mucha gloria… y la iba a encontrar de la misma forma en que la encontró mi padrastro Anfitrión… en Tebas… -aseguró Heracles, continuando con su historia.

Hélade. Tirinto. Casa de Heracles. Año 1,266 a. C.

-A ver, déjame ver si entiendo –a las afueras de Tirinto, estaba construida una humilde casa de piedra cercana a una granja, afuera de la cual Heracles, de 16 años, musculoso y llevando el pecho desnudo, y con un taparrabos marrón alrededor de su cintura, tomaba un saco, llenándolo de todo lo que le parecía de utilidad alrededor de la granja de su madre. Siguiéndolo a los establos iba Ificles, su hermano más pudoroso que Heracles, en una túnica azul, y cargando él también su propio saco, en el cual Heracles metía todo lo que pensaba que le serviría para su viaje-. Dices que Ma te contó sobre unas serpientes que intentaron matarnos de bebés, y que las estrangulaste con tus propias manos. ¿Voy bien? –preguntaba Ificles.

-Sí, ajá, con mis manitas de bebé –le comentaba Heracles, tomando algunas piezas de carbón de los establos, metiéndolas dentro de una bolsa de piel, y esa bolsa de piel dentro del saco de Ificles, antes de buscar algo de carne seca-. Y mientras tú estabas todo dormido y todo bonito con tu traserito al viento, yo las agarraba de sonajeros. ¿Dónde Espectros guarda Pa las espadas? –se molestó Heracles.

-Detalles aparte de mi traserito que es mucho más hermoso que el tuyo que está lleno de granos y pelo, dices que Ma vio una sombra de una mujer, sospechando que las serpientes que agarraste de sonajas, fueron plantadas a propósito –continuó Ificles.

-Sip, por Hera –continuaba Heracles, ya molesto de no encontrar ningún arma en el almacén de su padre-. Al parecer Hera tiene algo personal contra mí por ser hijo de Zeus. Ella odia a todos los hijos de Zeus, a ti no te odia porque tú si eres hijo de Anfitrión, eras… daño colateral. Así que me debes el salvarte tu traserito –aclaró Heracles.

-Ajá… y todo esto lo sabes porque te topaste con una hermosa joven, de bonitos ojos rojos, cabello castaño y corto, que apenas y se sostenía de sus prendas harapientas que le quedaban bastante grandes, y tú de buen mozo la acogiste, antes de hacer otra cosa con ella que rima con acogiste –recriminó Ificles con incredulidad, Heracles lo volteó a ver, e hizo una cara de poca vergüenza-. Si la raptaste… -amenazó Ificles, apuntando a Heracles con molestia.

-No me raptó, en realidad, fue todo un caballero –escuchó Ificles a una joven que se asomaba por la apertura de la casa de loza en que vivían Heracles e Ificles, y que funcionaba como ventana a los establos. La joven iba cubierta por la parte superior de la túnica de Heracles, lo que finalmente explicaba por qué Heracles iba con el pecho al descubierto-. Buenos días, tú debes ser Ificles. Heracles me habló de ti entre descansos mientras nos dábamos como conejos en celo –se burló la joven-. Tiresias, un placer. ¿Quieres conocerme mejor? Te espero adentro –se burló la joven.

-Am, no lo recomiendo –comentó Heracles, ganando la atención de Ificles, mientras Heracles se ocultaba la entrepierna-. Esa está fuera de tu libido hermano, está fuera de mi libido también. Esa no tiene límites, hazme caso, ¿por qué crees que estoy aquí afuera y no allí adentro? Te juro que Caronte me respiraba en la nuca, y yo sin óbolos –le comentó Heracles.

-Pensaba que reunías víveres para iniciar una aventura de algún tipo, porque piensas que Hera tiene algo contra ti y que Ma y Pa peligran si te quedas, no que planeabas huir de la señorita Tiresias –apuntó Ificles, Tiresias le hizo ojitos a Ificles, quien se apenó y desvió la mirada.

-Oh, cuanta inocencia. Adoro a los inocentes, ¿seguro que no quieres pasar un rato conmigo precioso? –preguntó Tiresias, Ificles miró a Heracles, este lo negó rotundamente, por lo que Ificles le tomó la palabra a su mellizo- Como gustes. No todos los días soy una mujer, no lo había sido en muchos años. Tu hermano me encontró tras darle de palos a unas serpientes que se apareaban y poof, me volví mujer otra vez. Esta mañana era un anciano con problemas de rodillas que se apoyaba de mi querido bastón, estando al borde de la muerte por vejez, pero tras lo de las serpientes, volví a ser joven y bella como el día de mi primera metamorfosis –posó Tiresias, Ificles la miró con incredulidad de lo que estaba escuchando-. Sé cómo me veo precioso, pero ya tengo 342 años –le informó ella.

-Aja… entonces… la señorita que viste la parte superior de tu túnica, que era un vejete de 342 años hasta esta mañana, y que golpeaba a unas serpientes haciendo el amor con un palo, por lo que misteriosamente se transformó en una mujer de 16 años a lo mucho, te dijo mientras se revolcaban como conejos en celo, no solo que Zeus es tu padre por acostarse con Ma disfrazado de Pa antes de que Pa regresara de hacerle la guerra a los Telébeos frente a Tebas la de las 7 Puertas, sino que Hera envió a una serpiente… -resumía Ificles, cuando Heracles corrigió el número de serpientes con sus dedos-. Dos serpientes, a matarte, y por extensión matarme a mí, mientras éramos unos bebés en la cuna, pero nos salvamos porque estrangulaste a esas serpientes agarrándolas como si fueran sonajeros. Y como la señorita Tiresias te dijo que no fue un accidente, sino que esas serpientes fueron enviadas por Hera, entonces tú quieres escapar de casa, para ir a Tebas, y hacerte un héroe de renombre, porque quedarte aquí con Ma y con Pa y conmigo es demasiado peligroso para nosotros, y piensas que haciéndote de renombre Zeus se dará cuenta de tu existencia, y te convertirá en un Dios. ¿Lo resumí todo correctamente? ¿O me faltó la parte donde todo esto de alguna forma increíblemente compleja, tiene que ver con la Diosa Atenea? –preguntó Ificles sarcásticamente.

-Pero tiene –interrumpió Tiresias, lo que la hizo merecedora de una mueca de incredulidad por parte de Ificles-. Por tomar la decisión de ir a Tebas la de las 7 Puertas, en este preciso momento, en esta específica época del año, por la situación política, y por la pobre economía de Tebas, Heracles conocerá a la mujer que será la responsable, y también víctima, de que Heracles pase de ser un Semidios cualquiera como todos los bastardos que Zeus tiene regados por toda Gea, a convertirse en uno de los Héroes más grandes de toda la historia aún no escrita, cumpliendo con la profecía de Apolo que traerá consigo la resurrección de las Armaduras Doradas de Athena que quedaron selladas durante la Guerra de los Dioses cuando todavía eran Armaduras Divinas. Por cierto, estoy embrazada de tu primera hija, Manto –le comentó Tiresias mientras se frotaba el vientre, Ificles volteó a ver a Heracles con incredulidad, con demasiada incredulidad, Heracles solo alzó y bajó los brazos en señal de desconocimiento-. Pero descuida, no necesito manutención, y sí, no estoy bien de mis facultades mentales, suele pasar con los profetas –admitió ella.

-Sé cómo suena, pero yo le creo… no la parte de ser un viejo de 342 años, ni la parte de que está embarazada con mi primera hija, sino la parte de que lo de las serpientes tuvo que ver con Hera, quien me odia por ser hijo de Zeus –le comentó Heracles, Ificles se rascó la nuca con incredulidad-. Créeme hermano, es mejor si no estoy cerca de Ma y de Pa, no quiero que los lastimen, no quiero que te lastimen tampoco… -le comentó Heracles, cuando Tiresias intentó hablar-. Basta, no me estás ayudando –recriminó Heracles, Tiresias infló sus mejillas, se cruzó de brazos, y se dio la vuelta sumamente molesta.

-Tienes que estar demente para creer todo lo que me acabas de decir… -le comentó Ificles, Heracles bajó la cabeza, apenado-. Pero la mayor prueba que tengo de tu demencia, es que pensabas que no iba a ir contigo. Empacaré mis cosas –le explicó Ificles con molestia.

-¿¡Vendrás conmigo hermano!? ¡Me haces el hermano mayor más feliz de toda Gea! ¡Ven y abrázame hermano! –extendió sus brazos Heracles, pero Ificles retrocedió asustado.

-¡No, no, no! ¡Aún tengo dolor de espalda y cuello desde el ultimo abrazo que me diste! –se defendió Ificles, Heracles hizo una mueca de descontento por haber sido dejado con los brazos extendidos- Abraza al viejo de 342 años mientras yo empaco mis cosas y dejo una nota para Ma y Pa, para que ellos sepan el por qué su hijo, desheredado del trono de Tirinto y enviado a vivir a una granja porque tiene un carácter asesino, escapó de casa en búsqueda de aventura, junto al heredero legítimo de Tirinto que está en estos momentos renunciando al trono de Tirinto, porque si no te acompaño en tus tonterías vas a terminar matado a media Gea. Le diré que embarazaste a Tiresias, ella tendrá a la heredera de Tirinto en nuestra ausencia –informó Ificles.

-Ah, pero sucede que de todas formas van a expulsar a Anfitrión del trono de Tirinto por matar accidentalmente a Electrión, el padre de Alcmena –comentó Tiresias, ganándose la mirada de incredulidad y molestia de Ificles-. Lo que quise decir es que, yo creo que estoy embarazada, pero si no lo estoy, tal vez necesite que nos aseguremos –le sonrió Tiresias a Heracles, quien tragó saliva con fuerza, Ificles solo lo miró con determinación.

-Dale al viejo de 342 años lo que quiere, que mamá va a necesitar a alguien a quien cuidar –le pidió Ificles, Tiresias alegremente se trepó en la ventana, mientras Heracles intentaba huir de ella, aunque la chica se le lanzó encima, derribándolo dentro de los establos, y al poco tiempo, el chitón marrón de Heracles salió lanzado desde dentro de los establos, seguido de la parte de arriba del mismo-. Necesitaré mis instrumentos de cocina, algunas ánforas, cuchillos, voy a tardarme un rato, debo asegurarme de que no se me olvide nada –le aclaró Ificles.

-¡Ayuda! ¡Hermano! ¡Por favor ayúdame! –suplicó Heracles, intentando salir del establo desnudo, pero siendo tirado de su brazo dentro de los establos nuevamente- No espera, estoy tan cansado que ni fuerzas tengo para… oh sí nena… -terminó Heracles.

Muelles de Ftía. Año 1,222 A.C.

-Demasiada información, no necesitas ser tan específico al contar tus historias –se quejaba Filoctetes, desembarcando del barco junto con Heracles. Habían llegado a Ftía, el Reino de los Mirmidones-. A todo esto, ¿no se supone que la historia que no te dejó dormir por todo el viaje desde Troya hasta Ftía, tenía más que ver con tus hijos con Megara, no con esa Tiresias que, por cierto, ese nombre me suena. ¿No era Tiresias un adivino famoso en Colofón? –preguntó Filoctetes.

-Hay una razón por la cual, de todos los lugares a los que pude llegar en Anatolia, elegí Colofón –comenzó Heracles, Filoctetes alzó una ceja sin saber qué esperar-. Allí vive Manto, mi hija, es la madre de Mopso. Él me envió al Efebo Feliz tras explicarme que no le habían enseñado a leer todavía. Me dijo que un chico, Calcante, me ayudaría con mucho gusto, por alguna razón no dejaba de hablar de sus posaderas, sí estaba guapo, pero yo ya no estoy para revolcadas –le explicó Heracles a Filoctetes, quien se tomó de la frente con molestia.

-Ese mocoso hijo de Afrodita, por él es que todo esto pasó. Espera, ¿Manto? –se quejó Filoctetes, leyendo sus notas, mientras Heracles ayudaba a Pegaso, su caballo que había comprado en Colofón, a bajar del barco, colocando todas sus pertenencias en la carreta- ¿A dónde vamos ahora? –preguntó Filoctetes.

-Delfos, en la cercanía del Monte Parnasos. ¿Sabes que se dice que en ese monte existe un hombre que se puede transformar en lobo? Licántropos les dicen –intentó contarle Heracles, cuando Filoctetes lo detuvo.

-Para, para, para… -se quejó Filoctetes, Heracles se rascó la barbilla-. Ya me quedó claro que lo de contar historias es lo tuyo, pero entre que tengo que armar rompecabezas en el ahora y que tengo que armarlos en el pasado, una historia a la vez. Yo todavía no entiendo qué tiene que ver la historia actual con la historia de tus hijos y el inicio de los 12 Trabajos, así que, concéntrate y termina una historia a la vez –pidió Filoctetes.

-Bien… -se molestó Heracles, sentándose en el carromato, lo que forzó a Pegaso a relinchar-. Tú te pierdes la historia de los Licántropos, luego que se me olvide contártela no te estés quejando –se aclaró la garganta Heracles, mientras resumía el camino a Delfos, dejando atrás a muchos viajeros curiosos por el final de la historia-. La historia que te cuento, tiene que ver con Megara… la Princesa de Tebas la de las 7 Puertas –y todo comenzó a hacer sentido para Filoctetes.

Tebas. Palacio del Rey Creonte. Año 1,266 a. C.

-Así que… tú dices ser un hijo de Zeus… un Semidios… -Heracles e Ificles se presentaron en la corte del Rey Creonte de Tebas, que no era como ninguna corte que se hubiera visto antes. En primer lugar, estaba repleta de leones, mismos que vagaban libres por los alrededores de la corte, asechando a los recién llegados, y relamiéndose los bigotes. En su mayoría los leones eran machos, y todos del mismo color, con la notable excepción de un león gris, de melena negra y roja, que se sentaba al lado del trono de su dueño, o al menos debería ser un trono, pero lo que Heracles veía parecía más un banco. El Rey Creonte era un hombre joven, de cabellera roja vino, y unos ojos rojos muy llamativos. Se veía fuerte, sin un pelo en la cara, pero las ojeras bajo sus ojos delataban su verdadera edad y el cansancio, por lo que, además de los leones, que hasta esos momentos Heracles notó que estaban en su mayoría desnutridos, no inspiraba mucho respeto, a decir verdad-. ¿Qué pruebas tienes para decir que eres un hijo de Zeus? –lo cuestionó Creonte.

-Una mujer en Tirinto que dice ser un hombre de 342 años –respondió Ificles por Heracles, antes de evadir a uno de los leones que se le lanzó encima, mismo al que Ificles abrazó como si fuera un oso, hasta doblegar al animal. Otro par de leones se lanzaron sobre Ificles, Heracles atrapó a cada uno con una mano, Creonte se mostró impresionado, en especial porque sus ojos le permitían ver los destellos como fuego que emanaban de los cuerpos tanto de Ificles como de Heracles-. Con todo respeto, su alteza, sus leones están demasiado desnutridos para ser una amenaza, y al siguiente que se me lance encima, me lo ceno –amenazó Ificles.

-Oye, esa es buena idea, estofado de León Tebano –se relamió los labios Heracles-. Espera, ¿no era Tebas la tierra de los Leones negros? Creo que ya me falla la vista –le espetó Heracles, frotándose los ojos.

-Tus ojos no te fallan, supuesto Semidios –comentó el Rey Creonte, acariciando la melena de su león negro de melena roja-. Han llegado en un momento muy difícil para Tebas. Las constantes guerras contra diversas tierras que envidian a Tebas por su posición geográfica, nos han dejado en la pobreza. Por lo que acceder a los codiciados leones negros se ha vuelto un lujo bastante costoso. Apenas y cuento con cabezas de ganado suficientes para alimentar a mis leones comunes ahora –les explicó Creonte.

-Am… no soy muy listo la verdad… pero… ¿no son más importantes las cabezas de ganado para alimentar a su pueblo, que a sus leones? –preguntó Heracles, los leones aparentemente lo entendieron, y gruñeron en su dirección- Tranquilo gatito, o te voy a agarrar a… tagenonasos… -comentó Heracles, sacando una pieza de metal oscuro con una agarradera y un disco negro.

-¡No uses mis tagenones como armas! ¡Son para cocinar, no para golpear leones! –lo reprendió Ificles, quien entonces le dio un bastón- Toma, te lo dejó tu novia Tiresias. Lo usaba para golpear serpientes, tal vez sirva con leones –le espetó Ificles.

-¿Qué? ¿Quién agarra las cosas a bastonazos? No suena para nada heroico decir: «te voy a agarrar a bastonazos» no voy a usar esta cosa -se molestó Heracles. El Rey Creonte se limitó a suspirar y a estirarse el rostro en suma molestia.

-Ustedes son los supuestos héroes o mercenarios más patéticos que he recibido en mi corte, y he recibido a muchos bufones en mi corte, la mayoría terminan como cena de león –apuntó Creonte a algunos cadáveres en las esquinas-. Pero diferente de otros bufones, ustedes manipulan el cosmos, vi como lo usaban para alejar a mis mascotas. ¿Quién los entrenó? ¿Quirón? –preguntó.

-¿Ese quién es? –preguntó Heracles mirando a Ificles, quien alzó y bajó los hombros indicando que no tenía ni idea- Escuche Rey Creonte, está tan cansado que tiene parálisis facial, sus ojos están todos rojos y todos estirados. Comienza a ver cosas –le explicó Heracles.

-¿Podría ser que ambos utilizan el cosmos de forma tan natural que no saben siquiera lo que es? –preguntó Creonte, sorprendido- El cosmos es la fuerza de los Dioses que Metis, la madre de Atenea, debilitó y puso en el interior de los Mortales, y que permite a sus manipuladores partir el cielo con sus puños, y abrir grietas en la tierra con un puntapié. ¿Me están diciendo que nadie, jamás, les ha enseñado a manipularlo? –les preguntó Creonte, Ificles y Heracles alzaron y bajaron los hombros sin saber qué decirle- Puede que tenga un trabajo para ustedes, una prueba –comentó Creonte mientras acariciaba la melena de su león negro.

-¿Prueba? Me encanta esa palabra, es heroica, suena a estatus social elevado –comentó Heracles, Ificles asintió-. Ponga las pruebas que quiera. Una, dos, 12, nosotros pasaremos todas las pruebas que sean necesarias –admitió Heracles, Creonte se frotó la barbilla.

-Muy bien… serán dos pruebas… -comentó Creonte, Heracles e Ificles asintieron-. Una para cada uno, y al que llegue primero con la presea que demuestre su proeza de batalla, le permitiré hacerme el favor que requiero para premiar al ganador con la mano de mi hija mayor, Megara, lo que los convertiría en padres del futuro heredero de Tebas la de las 7 Puertas –resumió Creonte.

-Así que vamos a competir entre nosotros, para ver quien se hace merecedor de hacerle el favor que nos llevará a casarnos con su hija. ¿Lo entendí bien? –preguntó Ificles, Creonte asintió- Nos está pidiendo hacerle los mandados sin darnos recompensa –le susurró Ificles a Heracles, quien hizo una mueca de descontento.

-Somos mercenarios, Rey Creonte, y no hacemos favores de a gratis –le explicó Heracles, Creonte se frotó la barbilla con interés, aunque Heracles pensaba en cómo llevar a cabo las negociaciones-. Competiremos, mi hermano y yo, pero deberá premiarse a quien gane de los dos, y después premiarnos al término de su favor –negoció Heracles, Creonte lo miró con molestia.

-No sé si eres muy valiente por intentar negociar con un rey… supuesto hijo de Zeus… o muy tonto… -agregó el rey, pensando al respecto-. ¡Pirra! –llamó el Rey Creonte, un par de leones tuvieron que ser empujados de enfrente de unas puertas dobles que daban entrada a la Sala del Trono de Creonte para dejar pasar a una joven de cabellera roja algo rosada, corta, un poco despeinada, y quien poseía unos ojos rojos casi rosados. Su piel era pálida, algo lechosa, y caminaba en un vestido blanco muy bello, aunque simple, no poseía calzado, y por las condiciones de Tebas, aquello era algo natural- Ella es Pirra. Es mi hija menor, lo que significa que es quien tiene menos derecho a herencia que mi hija mayor, Megara. Se premiará con la mano de mi hija menor a aquel que llegue segundo en la competencia por ver quién será el que me haga el favor que lo premiará con la mano de mi hija mayor. Así pues, tras el termino de ambas pruebas, se premiará al perdedor de entre ustedes dos, pero el premio mayor, mi hija Megara, será para quien gane en la competencia, y sea capaz de realizar el favor que regresará la gloria a Tebas la de las 7 Puertas, consolidándola como el reino más próspero de toda la Argolide –finalizó Creonte.

Bosques de Parnasos. Año 1,222 A.C.

-Así que el premio para el segundo lugar era la mano de la hija menor de Creonte… mientras que el premio para el primer lugar… era ganarse el derecho a hacerle el favor, que llevaría a la recompensa que era la mano de la hija mayor de Creonte, Megara… -resumió Filoctetes, mientras viajaban por los oscuros Bosques de Parnasos caída la noche, Heracles asintió ante su resumen-. ¿No te parece inmensamente complicado? Quiero decir, ¿premiar al segundo mientras que al primero su premio es otra competencia que, si pierde, se queda sin nada? Si no cumplías con el dichoso favor, básicamente te quedabas con las manos vacías –aclaró Filoctetes.

-¿Ósea cómo? –preguntó Heracles, Filoctetes se golpeó su propia frente con su palma por la molestia del desconocimiento de Heracles- Yo solo quería un premio para Ificles y un premio para mí, y por supuesto que iba a terminar ambos trabajos para que ambos saliéramos beneficiados –admitió él, cuando escucharon ambos un aullido proveniente de las profundidades del bosque, mismo que asustó a Pegaso, quien relinchó con fuerza-. Umm… eso no sonó muy lupino que digamos. Licas seguro diría que es un Licántropo –meditó Heracles.

-Olvida a los Licántropos, esos no existen –se quejó Filoctetes, Heracles hizo una mueca de incredulidad por lo que acababa de escuchar a Filoctetes decir, en especial porque él había enfrentado a la Serpiente de Poseidón-. ¿Y cuáles fueron las dichosas dos pruebas para saber quién se casaba con la hija menor de Creonte y quien era el iluso que tendría que hacer una prueba de a gratis? –se preguntó Filoctetes, mientras Heracles paraba la carreta, y liberaba a Pegaso para pastar, mientras Filoctetes comenzaba a montar la tienda para que pasaran la noche.

-El León de Citerón y la Osa de Calisto –fue la respuesta de Heracles-. Ambas bestias vivían en las cercanías de Tebas la de las 7 Puertas, asechando y asesinando a los granjeros. El Rey Creonte había prometido recompensar a quien pudiera asesinar a cualquiera de esas bestias con la mano de alguna de sus hijas, por lo que había varios cazadores alrededor de toda Tebas. Esa ciudad sí que tiene problemas te digo. Ificles y yo ya llevábamos 50 días buscando a ambas criaturas. Las buscábamos sin descanso, como los grandes cazadores que éramos –aseguró Heracles, continuando con su historia.

Tebas. Barrio Rojo de Tebas. Año 1,266 a. C.

-¿¡Has estado malgastando tu tiempo y dinero por 50 días en este prostíbulo!? –resonó el grito furioso de Ificles, dentro de uno de los establecimientos de los barrios rojos de Tebas, del cual 50 doncellas hermosas, todas iguales, salieron corriendo, la última casi desnuda y llevándose su ropa en brazos, aunque accidentalmente llevándose también el chitón marrón de Heracles, quien salió de la habitación en la que estaba, tomando del otro extremo del mismo, antes de terminar desnudo en medio de la calle, y descubriendo además que la chica con la que había estado era idéntica a otras 49 que habían salido del establecimiento- Increíble… actúo como el buen hermano que soy, acompañando a mi mellizo en sus locuras, renunciando voluntariamente al trono de Tirinto… ¡para que el imbécil de mi hermano se vaya de libidinoso! –enfureció Ificles.

-Si lo pones de esa forma, me haces ver como un hermano bastante despreocupado e insensible –se apenó Heracles mientras se vestía-. Por cierto, ¿no te parece que había bastantes chicas iguales a la chica con la que estaba pasando el rato? –preguntó Heracles.

-¡Estás dentro de un prostíbulo llamado: «las 50 Hijas de Tespio»! ¡Tú dime si se parecen o no! –apuntó Ificles a las doncellas, todas burlándose de Heracles y haciéndole ojitos desde el otro lado de la vía principal, dejando que Ificles le gritara a Heracles- ¡50 días! ¡50 hermanas! ¡Seguro cada día la pasaste con una diferente sin darte cuenta! –se molestó él.

-¿Por qué estás tan enojado? ¿No me vez en 50 días y esta es tu forma de dirigirte a mí? ¿Tú qué has estado haciendo durante estos 50 días? –le preguntó Heracles, cruzado de brazos, y como si él fuera el ofendido en todo esto.

-¡Rastreando al León de Citerón y a la Osa de Calisto pensando que tú rastreabas por el otro extremo de Tebas! –insistió Ificles, empujando a Heracles por el camino principal y en dirección a una de las 7 Puertas- He seguido rastros, puesto trampas, y luchado con otros cazadores deseosos de hacerse con alguna de las bestias. Hay entre ellos incluso un Caballero de Plata que me ha estado dando demasiados problemas –le aseguró él.

-¿Un Caballero de Plata? –preguntó Heracles, terminando de acomodarse la túnica marrón, y siguiendo a Ificles a la salida de Tebas más cercana- ¿Te refieres a esos pomposos seguidores de Atenea que se creen la gran cosa con sus armaduras bonitas y que lanzan rayos de sus puños mientras gritan los nombres de sus ataques como si eso hiciera alguna diferencia y no arruinara el factor sorpresa? –preguntó Heracles confundido.

-Esos precisamente –agregó Ificles fastidiado-. Y no seas irrespetuoso, los Caballeros de Athena no son tan malos como la gente cree. Son los Dorados los que son unos monstruos, aunque no todos ellos. He escuchado que uno de ellos, Neleo, el Caballero Dorado de Géminis, que no es un tirano como los otros. Lo llaman el Caballero Dorado más noble. Su mala reputación es más bien por su hermano gemelo, Pelias, el Rey de Yolco –le explicó Ificles.

-¿Caballero de Juninis? ¿Eso cómo se come? –preguntó Heracles, Ificles hizo una mueca de descontento mientras los hermanos salían de la ciudad y comenzaban a adentrarse en el bosque, y mientras el estómago de Heracles se quejaba- Pensé que todos los Caballeros de Athena se vestían de animales –admitió el joven aspirante a héroe.

-Los Caballeros de Athena se rigen por las Constelaciones –le explicó Ificles, mirando al cielo, como si pudiera ver las estrellas, aunque eso era imposible a aquellas alturas de la mañana-. Hay alrededor de unas 24 Constelaciones actualmente en el cielo, son creadas por los Dioses, quienes recompensan las acciones de ciertas personas o criaturas. 12 Constelaciones pertenecen al Mundo Terrenal, representadas por criaturas como los Lobos o los Cisnes, pero también hay constelaciones que representan a bestias más maravillosas como el Pegaso o los Unicornios. Las bestias que te acabo de mencionar, son Armaduras Zodiacales de Bronce que se alimentan de la energía de Gea, y son 4 de las 12 que existen actualmente –le explicaba Ificles, Heracles se frotó la barbilla con interés-. Pero también hay 12 Constelaciones que están posicionadas dentro de un cinturón de estrellas alrededor de la Luna que se conocen como las Constelaciones de la Elíptica Lunar, tienen a Artemisa en su centro, y son bañadas por su luz constantemente. Las Armaduras de Plata, son más fuertes que las de Bronce, algunas son representadas por animales también, como la Armadura de Águila, pero otras representan a objetos, o personas, como, por ejemplo, la Constelación de Bootes, que pertenece al Caballero de Plata que me ha estado dando demasiado problemas. Bootes, representaba a Filomeno, el hijo de Deméter, quien sería conocido como el primer agricultor del mundo. Sin él no tendríamos granos o harinas o verduras, y no tendríamos pan –se burló un poco Filoctetes, sabiendo que Heracles tenía hambre, como una pequeña venganza personal por dejarlo rastreando él solo al León de Citerón y a la Osa de Calisto-. Por ultimo está la Elíptica Solar, que rodea como un cinturón al Sol. Se supone que alrededor de estas, brillaran 12 Constelaciones Doradas. El problema es que estas Constelaciones están apagadas, por lo que, aunque existan 12 Armaduras Doradas, estas no brillan como el Sol, son Armaduras Doradas solo de material. Cuentan los sabios de Delfos que, cuando un hijo de Zeus, viaje por el mundo subordinado al mortal más patético del mundo, con sus heroicos combates, y aprendiendo de la humildad de la humanidad, regresará el brillo a las 12 Armaduras Doradas, y sus Constelaciones Guardianas, creadas por los Dioses, volverán a brillar. Géminis era el nombre de un Hecatónquiro, del cual Deméter se inspiró para construir la Armadura Divina del Hecatónquiro, pero tras la Guerra de los Dioses, se cuenta que se estrelló en la ciudad de Atenas, junto con las otras 11 Armaduras Divinas, vaporizando la ciudad, y terminando en un estado sellado. El portador actual de la Armadura Dormida de la Tercera Casa, dio el nombre de Géminis a la Armadura Dormida, pero realmente no tiene ni estrellas, ni Constelación, y solo es un trozo de metal. Aunque para vestirlo, uno debe tener un cosmos muy alto –terminó Ificles.

-¿Cosmos? ¿Como la cosa esa que el Rey Creonte dijo que nos rodeaba el cuerpo como luz de una hoguera? –describió Heracles, sorprendiendo a Ificles- ¿Qué? ¿No puedes verlo? Cuando era niño pensé que nos estábamos quemando, pero nadie decía nada, así que pensaba que yo estaba todo loco –le informó Heracles.

-¿Puedes ver el cosmos? ¿Por qué no me lo dijiste? –preguntó Ificles, Heracles simplemente se retorció por las quejas de su estómago- Olvídalo… tú solo piensas en dos cosas: comer y mujeres –se quejó Ificles, mas entonces alzó la guardia, sorprendiendo a Heracles-. Está aquí… -susurró Ificles, empujando a Heracles a un lado, y recibiendo en su pecho una fuerza de cosmos plateada, como una cuchilla de energía, que partió su pecho, arrebatándole de su sangre, y forzando a Ificles a sus rodillas.

-¡La Cuchilla de la Hoz! –comentó el atacante de Ificles, saliendo de entre los arbustos. Se trataba de un hombre fornido, de piel tostada, cabellera ligeramente morada y larga, y ojos oscuros. Estaba forrado de pies a cabeza de una Armadura de Plata con algunos destellos de color morado opaco, y cargaba en sus manos un bastón de plata pintada de café oscuro, con una hoz de cuchillas dobles, una sobre la otra con la de abajo siendo más larga que la primera- Es verdad que enunciar el nombre de nuestros ataques puede arruinar el factor sorpresa, mi hambriento amigo. Pero no practicamos incesantemente nuestras técnicas de batalla para no presumirlas –comentó el hombre, frente al cual Heracles comenzó a tronarse sus nudillos.

-No debiste hacer eso, nadie lastima a mi hermanito y se sale con la suya. ¿Y qué fue eso que le lanzaste? –preguntó Heracles, ayudando a Ificles a levantarse, el joven se sostenía del hombro ensangrentado.

-Poseen un cosmos, pero no saben usarlo. De saber usarlo hubieran sentido mi presencia antes de atacarlos –agregó el hombre de la Armadura de Plata-. Pensé que al menos tú, mi herido amigo, si sentías el cosmos. ¿O acaso no rastreabas el cosmos de la Osa de Calisto hasta su cueva usando el cosmos? Por tu culpa he tenido que volver a rastrearla, cuando la Osa de Calisto sintió tu cosmos, dejó de frecuentar su cueva, ahora se esconde en alguna parte de los templos cercanos a Tebas, más cerca de la ciudad –se fastidió el hombre.

-Hablas mucho para un muerto –se molestó Heracles, buscando en su saco algo para combatir, y únicamente encontrando el bastón de Tiresias-. Te voy a agarrar a bastonazos… no me gusta cómo suena eso. ¿Enserio no tenemos ni para comprar espadas? Somos Príncipes de Tirinto –se quejó Heracles, Ificles solo se incorporó.

-Tal vez si alguien no se gastara todo su dinero en prostitutas tendríamos para comprar armas –se preparó Ificles, tomando una pose de pugilato, una postura de confrontación física con los puños-. Herc, este sujeto tiene como objetivo a la Osa de Calisto, por alguna razón no tiene interés en el León de Citerón, si lo tuviera, sabría que nos ha estado asechando –le susurró Ificles, Heracles por alguna razón viró su rostro en una dirección del bosque, Ificles sonrió-. Eso que sientes… es el cosmos… busca al león, yo me encargaré de este sujeto, con mi cosmos… -hizo estallar una fuerza de energía alrededor de su cuerpo Ificles, que brillaba como flamas azules, y empujaban el cabello de Heracles-. Apresúrate… me gustaría quedarme con el segundo lugar –le informó Ificles.

-Pero si el segundo lugar es… oh… mi hermanito bebé está madurando, quedaste impresionado por la belleza de Pirra y la quieres solo para ti, muy bien –prosiguió Heracles, Ificles sonrió apenado, el hombre en la Armadura de Plata se molestó-. ¿Ocupas mi bastón? –ofreció Heracles, cuando sintió movimiento en los alrededores- Se me va, te doy la mitad –partió Heracles el bastón a la mitad, lanzando una parte a Ificles, antes de correr en dirección al bosque.

-Me ignoras por el León de Citerón… ¿y todavía tienes el descaro de desafiar a un Caballero de Plata con eso? ¿Qué rayos es eso? ¿Qué cosa es menos que un bastón? ¿Un garrote? –preguntó el hombre, Ificles lo ignoró y preparó la mitad del bastón que Heracles le había dado- De cualquier forma, el uso de armas es una posibilidad para los Caballeros de Athena, no una norma –continuó el hombre, amarrándose la hoz a su armadura, y preparando los puños-. Arcas de Bootes no necesita de armas para lidiar con un mero campesino. ¡La Cuchilla de la Hoz! –atacó lanzando un corte con sus manos, Ificles, para sorpresa de Arcas, corrió en dirección al corte y lo evadió, terminando debajo de Arcas flexionado, y lanzando un puñetazo que él no se esperada- ¿Cómo te has movido tan rápido? –se impresionó el Caballero de Plata.

-¡Cuando eres el compañero de entrenamiento de alguien como Heracles, aprendes ciertas cosas! –impactó su puño Ificles contra el rostro de Arcas, lanzándolo por los bosques y rompiendo algunos troncos de árboles con su cuerpo- ¿Por qué sigues metiéndote en mi camino? ¡Por 50 días no me has dejado reclamar a la Osa de Calisto! ¡Rompiendo mis trampas! ¡Borrando los rastros! Pero dejas al León de Citerón rampante. ¿Qué clase de Caballero de Athena da prioridad a una bestia sobre la otra? Ambas bestias están matando a granjeros inocentes fuera de las murallas de Tebas –le apuntó Ificles.

-Tú no eres nadie para decirle a los Caballeros de Athena el cómo comportarse –se incorporó Arcas, colocando sus dedos índice y pulgar como herradura dentro de su boca y silbando, lo que preocupó a Ificles, quien comenzó a virar su rostro en un par de direcciones distintas mientras intentaba no dejar desatendido a Arcas-. Hace 45 años la Diosa Athena sacrificó su vida frente a las murallas de Esparta para detener a Ares y a Hades quienes asolaban a Gea con su tiranía, ¿y quién se lo agradeció? Nadie. En Esparta dejaron de venerar a Athena, clamaron culto a Ares, el mismo dios que terminó siendo el responsable de la muerte de Athena –se quejó Arcas.

-¿Y eso exime a los Caballeros de Athena de darle la espalda a los granjeros que mueren a merced del León de Citerón? Me gustaría preguntárselo a Athena personalmente, o mejor dime, ¿por qué en lugar de matar a la Osa de Calisto la proteges tan celosamente? –preguntó Ificles, retrocediendo y alejándose de unos arbustos, fuera de los cuales saltó un perro de pelaje oscuro, que mordió con fuerza el brazo izquierdo de Ificles, y en su distracción, un segundo perro, de pelaje escarlata, se abalanzó sobre la pierna de Ificles, mordiendo por la parte trasera de su chamorro derecho, forzándolo a sus rodillas.

-Bien hecho, Asterión, Chara –agregó Arcas, preparando su hoz-. Nadie va a acercarse a esa osa, ¿lo comprendes? No me importa a cuantos granjeros mate, o a cuantos huérfanos deje en su camino de caos y destrucción. Ni siquiera los Dioses me moverán de mi postura. ¡Defenderé a mi madre hasta sus últimas consecuencias! ¡Asterión! ¡Chara! –llamó Arcas, sus perros dejaron de morder a Ificles, y saltaron junto a su dueño, elevando sus cosmos y fundiéndolos a los de Arcas- ¡La Bonanza de la Tierra! –lanzó un puñetazo, formando a un lobo de cosmos que fue seguido por el par de perros en dirección a Ificles, las fauces de los caninos brillaban con la fuerza del cosmos, y estallaron violentamente en contra del hermano mellizo de Heracles.

Bosques de Tebas.

-Eso se sintió como mi hermano siendo atacado por dos perros y un lobo, lo que es extrañamente específico –comentó Heracles para sí mismo, había llegado a un claro del bosque donde había un arroyo que fluía en dirección a Tebas, siguiendo el rastro de cosmos que podía sentir de la criatura que perseguía-. Ven gatito, gatito, gatito… considérame tu siguiente bocadillo, técnicamente fui un granjero, araba la tierra y todo eso, me bañaba cada 7 días, y me revolcaba en el fango, a veces con los cerdos, a veces con mi vecina, tú entiendes –bromeó Heracles, notando que los árboles cercanos comenzaban a mecerse-. Eso es gatito, lindo gatito de pelaje negro, ojos amarillos, y de 3 Heracles de altura. La corona dorada es un lindo toque. ¿Se la robaste al último granjero que te comiste? Fino el granjero supongo –comentó Heracles, mientras el animal descrito salía de entre los árboles-. ¿Sabes una cosa, gatito? Comenzaba a preguntarme por qué te decían el León de Citerón si Citerón es una colina entre Salamina y Atenas, mientras que Tebas está más al norte por la salida al Estrecho de Euripo, en todo caso te deberías de llamar el León de Tebas, lo que tendría sentido, Tebas es la Tierra de los Leones Negros, está en su blasón. Pero ya capté gatito… eres el Rey Citerón, transformado en un gatote –dedujo Heracles, el León de Citerón rugió con fuerza, forzando a los árboles a retorcerse bajo los vientos de su rugido-. Pues mira, lo normal es buscar una cura a la metamorfosis, y recibir recompensa cuando te restauren como Rey de Citerón. Pero pasan dos cosas, la primera, te comiste a muchos granjeros, la segunda, me apetece estofado de León para la cena, y no veo muchas opciones, ¿y tú? Así que, prepárate. ¡Porque te voy a agarrar a garrotazos! –amenazó Heracles, y después alzó una ceja- Oye, ese me gustó por alguna razón –divagó Heracles, antes de que el León de Citerón le diera con su zarpa, lanzándolo a unos árboles, mismos que partió con su espalda-. Oh, no debiste hacer eso. Ahora además de hacerte sopa, te voy a arrancar la piel y la voy a llevar de capa, gatito, ¡va el garrote! –se lanzó Heracles con la mitad del bastón de Tiresias, e impactó al León de Citerón por en medio de ambos ojos, encajando el palo en su frente, y enfureciendo al león negro, que intentó aplastar a Heracles con su enorme zarpa, misma que Heracles evadió, e inmediatamente después intentó morderle el cuello a Heracles, quien se defendió colocando el bastón de Tiresias en el hocico del león, que movió sus zarpas rasguñando los brazos de Heracles, sacando algo de su sangre, pero Heracles soltó el bastón, dejando al león con el mismo en el hocico, entrelazó sus manos unidas, y abanicó, golpeando al león con todas sus fuerzas, y soltando un sonido quebradizo tras el impacto, habiéndole roto el cuello al León de Citerón con el impacto-. No es nada personal, Rey Citerón… pero esos granjeros tenían familias también, y solo querían sustento y alimento… y a Heracles no le gusta cuando no tiene alimento, imagino que a las familias de los granjeros tampoco, así que, si tú no estás… otros granjeros podrán alimentar a sus familias, así que buenas noches –le sacó el bastón del hocico Heracles, y procedió a clavárselo con todas sus fuerzas en su frente, matando al León de Citerón.

Santuario de Zeus Liceo.

-¡Detente! ¿Cómo puedes ser tan rápido sin vestir alguna Armadura Zodiacal? –se quejaba Arcas, quien corría por un arroyo en persecución de Ificles, junto a sus perros, Asterión y Chara. Ificles lo estaba dejando atrás, decidido a lograr su objetivo por sobre seguir con un combate inútil- No lo entiendes… la Osa a la que persigues… -habló Arcas, con lágrimas en sus ojos.

-Es tu madre Calisto transformada en una osa, estoy consiente –dedujo Ificles, pateando un objeto en el arroyo por el cual pasaba, lanzando una cortina de agua con algunos objetos dentro. Usando su cosmos, Ificles logró identificar uno de los objetos, tomó el mismo, se dio la vuelta, y lanzó este en dirección a Arcas, aunque su perro Asterión saltó y atrapó el objeto lanzado en su hocino, un cráneo humano-. No sé si ese es un mercenario enviado a matar a la Osa, o un granjero, pero está bien muerto, y su familia jamás sabrá de él o ella. ¿Lo crees justo? A los asesinos, hay que acabar con ellos, es lo justo –finalizó Ificles, resumiendo la marcha a unos templos en medio del bosque, templos en honor a Zeus, era evidente en los relámpagos en el friso de la entrada del mismo. Arcas, aunque conmocionado de ver a uno de sus perros con un cráneo humano en el hocico, resumió la persecución.

-¡Ella no sabe lo que hace! –lo perseguía Arcas con lágrimas en sus ojos- ¡Mi madre jamás mataría a nadie bajo su propia voluntad! ¿¡Si tu hermano fuera obligado a matar a alguien sin poder controlarse, lo juzgarías como juzgas a mi madre!? –se quejaba Arcas, entrando en el templo.

-No es mi hermano quien fue convertido en una Osa mata hombres, y aunque lo fuera, si mata a otros entonces es justo matarla –le comentó Ificles, parado en medio del Templo de Zeus Liceo, observando a la inmensa mole que era la Osa de Calipso, con varios metros de altura, más que cualquier osa de montaña, la Osa poseía un pelaje marrón, brazos más largos que los de una osa común y corriente, y unos ojos enteramente azules y brillantes. En su pecho, brillaba una formación, como si fuese un tatuaje de cosmos azulado, con la forma de la Luna llena-. Compréndelo, Caballero de Bootes… sé que es tu madre, sé que duele… pero tu deber como Caballero de Athena, debería ser a con tu diosa quien es Sabiduría. Y es de sabios reconocer que esa cosa, ya no es tu madre, sino una bestia asesina caza hombres –apuntó Ificles. La Osa, aparentemente comprendiendo las palabras de Ificles, rugió con todas sus fuerzas, sacudiendo el Templo de Zeus Liceo.

-¡No! ¡Madre no lo escuches! ¡Asterión, Chara y yo nos encargaremos de sacarlo de…! –intentó decir Arcas, cuando sus perros se lanzaron a la Osa, mordiendo sus brazos, por lo que la Osa impactó con una de sus zarpas a Asterión, el perro negro, lanzándolo a una pared del templo donde estalló tras haber quedado aplastado por la tremenda fuerza en el ataque de la zarpa de la Osa- ¡Asterióoooon! –lloró Arcas con fuerza.

-¡Te defendió sabiendo que esa Osa era más una amenaza que yo! –apuntó Ificles a la Osa, y después al perro de piel escarlata, Chara, que se mantenía en pose defensiva frente a Arcas, como si quisiera defender a su amo pese a que sabía que perdería la vida- Los animales están en una mejor conexión con la naturaleza que nosotros. ¡Chara sabe que esa no es tu madre! ¡Deja de defenderla o perderás también a tu otro perro! –se lanzó Ificles con su mitad del bastón de Tiresias a la Osa, que intentó aplastarlo con su zarpa. Ificles la evadió, saltando incluso sobre su zarpa, e impulsándose para lanzar su bastón, que impactó con fuerza el ojo derecho de la Osa, perforándole el mismo y expulsando su sangre.

-¡Madreeeee! ¡Aléjate de mi madre! ¡La Cuchilla de la Hoz! –atacó Arcas a Ificles tras caer al suelo, siendo abatido por el ataque de cosmos de Arcas- ¡Chara! ¡Protege a madre! –ordenó Arcas, el perro escarlata chilló asustado, la enorme Osa lanzó un zarpazo, esta vez impactando en el cuerpo de Ificles, que fue lanzado por el Templo de Zeus hasta estrellarse en una columna- ¡Te di una orden! ¡A él! –apuntó Arcas, el perro de pronto se le lanzó encima a Arcas, mordiéndole el brazo, y contorsionando su cuerpo con fuerza, lo que forzó a Arcas a rodar por el suelo, pero lejos de la zarpa de la Osa Calisto, que terminó por aplastar a su otro perro- ¡Charaaaaa! –gritó Arcas conmocionado, mientras la inmensa Osa posaba su ojo brillante en su propio hijo- Madre… ¿por qué? Soy yo, tu pequeño Arcas… yo sé que no querías tenerme madre, yo sé que Zeus te forzó… yo sé que no merecías esto… por favor… quiero ayudarte… -suplicó Arcas, la Osa se incorporó inmensa, furiosa, extendió su zarpa, y atacó a su propio hijo, quien lloró en incredulidad, pero cerró sus ojos aceptando la muerte, pero pese a que sintió el viento del zarpazo de su madre, y a que escuchó el sonido de la loza romperse bajo un inmenso peso, no sintió el impacto, y al abrir los ojos, se dio cuenta de la razón, encontrando a Ificles, con su túnica hecha girones, su cuerpo presumiendo las marcas de zarpas de la Osa en espalda y pecho, y con los brazos extendidos sosteniendo el peso de la zarpa de la Osa, protegiendo a Arcas-. ¿¡Qué haces!? ¡No eres un Caballero de Athena! ¡Tampoco eres un Semidios como yo! ¡No puedes enfrentar a la Osa de Calisto! –lloró Arcas.

-Tus perros, aun sabiendo eso… la enfrentaron para salvarte la vida. ¿¡No es eso lo que se supone que deben hacer los Caballeros de Athena!? ¿¡Sacrificar sus vidas de ser necesario, por un bien mayor!? –enunció Ificles, incinerando su cosmos, y empujando con el mismo a la Osa de Calisto, que perdió el equilibrio, y cayó sobre su lomo. Ificles respiró pesadamente, y se viró para ver a Arcas- No voy a mentirte… Arcas… no sé lo que es estar en tu situación… no sé lo que yo haría, si un ser querido hubiera asesinado a alguien, y su familia buscara venganza por los asesinatos de sus seres queridos. Para mí al menos, no hay perdón, si me ofendiste deberías estar listo para ser ofendido, pero hablo desde la postura de la justicia, no bajo la postura de la víctima –aclaró Ificles, mientras la inmensa Osa volvía a ponerse de pie-. Te repito que no sé lo que yo haría… pero… si tuviera el poder para salvar a otros, de sufrir lo que yo podría hipotéticamente llegar a sufrir… sé que tomaría la decisión correcta, así que lo siento mucho, Arcas… puedes intentar vengar a tu madre una vez que acabe con ella –aseguró Ificles, su puño brillando con la fuerza de su cosmos. Arcas observó a Ificles, y después a su propia madre, que rugió con una fuerza tan descomunal, que los oídos de Ificles estallaron por la tremenda fuerza. Arcas entonces miró a los charcos de sangre y entrañas que alguna vez llamó sus perros, Asterión y Chara, y tras morderse los labios, tomó su decisión.

-Con ese cosmos sin entrenamiento… solo terminarás como mis perros –se levantó Arcas, y empujó a Ificles a un lado, mientras preparaba su cosmos, y observaba a la Osa de Calisto rugir frente a él, lo que nuevamente hirió los oídos de Ificles, quien cayó en sus rodillas, tomándose los mismos que sangraban constantemente-. Madre… lo lamento mucho… pero Ificles al menos atinó en recordarme algo muy importante… mi deber como Caballero de Athena… supera por mucho mi deber por ti… -cerró sus ojos Arcas, y se perdió en sus recuerdos por unos instantes, viajando 45 años en el pasado, a un campo de batalla, en el cual él, como un joven Caballero de Plata, que no sobrepasaría siquiera los 12 años, enfrentaba a unos ejércitos de soldados en armaduras negras de cuerpo completo, con espinas sobresaliendo de sus hombros, y que con sus cosmos aplastaban a los soldados comunes, que morían a montones frente a las murallas de Esparta, inmersas en una niebla escarlata, producto de la sangre y la tierra alzada por los vientos en un escenario de batalla desesperante y cruel.

-¡Caballeros de Athena que protegen a esta amada tierra de las opresiones! ¡Escuchen por favor mis palabras! –recordó Arcas a la Diosa Athena, con su cuerpo recubierto de heridas. No tendría más de unos 15 años, pero su cuerpo estaba cortado por varias laceraciones de espada o de lanza, y sus ojos lloraban sangre, mientras frente a ella, las siluetas oscuras de dos Dioses Olímpicos: Ares, el Dios de la Brutalidad en la Guerra, y Hades, el Dios del Inframundo, preparaban la lanza Brotoloigos y la Espada del Inframundo para asesinar a una Athena que ya yacía derrotada- He fallado como su Diosa de la Sabiduría en la Guerra… pero sepan, que aún con mi último aliento… jamás dejaré de defender lo que es más importante… ¡a la humanidad! –gritó Athena, una espada dorada formándose en sus manos, misma que no apuntó en contra de Ares o de Hades, sino en contra de sí misma, lo que fue una sorpresa para ambos Dioses, quienes intercambiaron miradas de confusión- ¡No será hoy el día que una Athena se deje amedrentar por Dioses de tiranía que osen hacer su voluntad por sobre los demás! ¡El día en que Athena doble su rodilla al suelo en sumisión y derrota, será el día en que no será merecedora más de gobernar a los humanos a quienes ha jurado proteger hasta la muerte! ¡Porque yo soy Athena, la Diosa de esta Tierra! ¡Y ante los Dioses que osen dañar mi reino, y a los humanos con los que comparto el mismo, yo les digo lo siguiente! ¡Athena jamás se arrodillará ante nada ni nadie! –tras aquellas palabras, la Espada Niké fue clavada por la misma Athena en su propio pecho, inundando el cuerpo artificial de la diosa con la luz de Niké, que comenzó a desquebrajar su piel como si se estrellara un cascarón, solo que este no era un cascarón cualquiera, era el recipiente de algo inmensamente importante, el Alma Divina de Atenea que, al manifestarse en el plano mortal sin un contenedor que la contuviera, estalló tan violentamente que los cuerpos de Ares y de Hades fueron vaporizados en un instante, lo mismo ocurrió con el cuerpo de Athena, que fulminó a los ejércitos de Ares y Hades frente a las murallas de Esparta, y frente a la Puerta de los Leones, terminando con la tiranía de los Dioses.

-Soy un Caballero de Athena… -recordó Arcas, su cosmos creciendo, haciendo temblar a la tierra-. Y mi deber… es proteger el mundo que amaba mi diosa… y a la gente con la que compartió el mismo. ¡Perdóname madre! ¡Fulminación de la Abundancia! –hizo estallar su cosmos Arcas, empujando a Ificles a la entrada del Templo de Zeus, mientras su cosmos se extendía como una esfera plateada por el resto del templo, empujando a la Osa de Calisto, que terminó fulminada por la explosión del cosmos de Arcas, quien cayó al suelo, mientras trozos remanentes de la piel de Calisto volaban quemados por los alrededores. Ificles, malherido, pero aún con vida, se acercó a Arcas, intranquilo, sin saber qué esperar- Mi madre… Calisto… amaba a Artemisa… -le explicó Arcas, mientras su cuerpo ardía, y destellos de cosmos se desprendían de su cuerpo-. Artemisa es una Diosa Virgen, y exigía de sus sacerdotisas virginidad también. El amor que mi madre sentía por Artemisa, sin embargo, iba más lejos de la devoción… mi madre… amaba carnalmente a Artemisa… por eso cuando Artemisa se apareció frente a ella para seducirla, mi madre estaba inmensamente feliz… pero… Artemisa no puede unirse carnalmente a nadie, no sería una virgen si lo hiciera –sonrió Arcas, mientras su cuerpo seguía deshaciéndose como la madera en una fogata.

-No era Artemisa quien seducía a tu madre Calisto… tú… eres un Semidios, ¿no es así? –preguntó Ificles, Arcas asintió- Zeus… sé lo que se siente… Ma también fue engañada por Zeus –confesó Ificles con molestia.

-Artemisa es muy infantil cuando la ofenden… -comentó Arcas, su cuerpo apenas y era visible ahora-. Ella, convirtió a mamá en una Osa después de que yo nací. Vivíamos tranquilos en Arcadia, sin molestar a nadie, solo un niño, su mamá Osa, y un par de perros… pero… fui elegido como Caballero de Plata de Bootes… tuve que dejar a mamá para luchar en Esparta… allí perdí a Athena, y después perdí a mi madre… cuando la encontré, ya había asesinado a muchos cazadores y granjeros en Tebas, lo lamento… pero… Athena… era lo más importante… espero algún día puedas perdonarme… y espero que algún día Asterión y Chara… puedan perdonarme también… -terminó Arcas, y su cuerpo terminó de desvanecerse, dejando caer la Armadura de Plata de Bootes al suelo, que rápidamente se armó en la forma de un agricultor de plata, manteniéndose en el centro del Templo de Zeus con la hoz en alto, misma en la que cayó un trozo de la piel de la Osa de Calisto, que poseía sus orejas, lo que Ificles miró entristecido.

-¿¡Quien ha hecho eso!? –escuchó Ificles, se escandalizó, y viró en todas direcciones, buscando el sitio de donde venía aquella voz femenina, infantil, y autoritaria, observando una parte del pelaje de la Osa Calisto caer frente a él, la parte con el tatuaje de la Luna, que liberó un brillo divino, frente al cual se alzó una proyección del cosmos de una divinidad, Artemisa, la Diosa de la Luna- ¿¡Qué hiciste!? ¿¡Cómo te has atrevido!? –recriminó Artemisa de forma infantil, Ificles se espantó, y recordando que sus oídos habían estallado, fingió que no escuchaba nada- ¡No me vengas con eso ahora! ¡Con un cosmos de ese tamaño puedes oírme con el mismo! ¡Pero para que no te quede excusa! ¡Te reparo el sentido del oído! –tronó sus dedos Artemisa, restaurando los oídos de Ificles, quien se estremeció en ese momento.

-¡Eso dolió! –se quejó Ificles, sobándose los oídos- Espere, espere, ¿de verdad es la Diosa Artemisa? ¡Sé cómo se ve, pero esto no es mi culpa! Bueno es verdad que vine a matar a la Osa de Calisto, pero ella mataba campesinos y granjeros –explicó Ificles.

-¡No estoy hablando de Calisto! ¡Asterión! ¡Chara! ¡Mis bebés! –lloró Artemisa, Ificles se confundió, y de pronto vio a las almas de los perros aplastados por la Osa Calisto correr y lanzarse a Artemisa, derribarla en el suelo, y lamerle el rostro- ¡Mis bebés! ¿El mortal imbécil los estaba molestando? ¿En qué debería transformarte? ¡Tienes toda la cara de un sapo y no recuerdo que haya un mito todavía de un sapo lunar! ¡Ahora no te muevas que te voy a transformar! –amenazó Artemisa.

-¡No, espere! ¡Yo no aplasté a sus perros! ¡Fue Calisto! ¡Y a ella la mató Arcas! –suplicó Ificles, Artemisa no quiso entender razones y se preparó para convertir a Ificles en un sapo, cuando Asterión y Chara comenzaron a ladrarle- Eso, explíquenle las cosas por favor –suplicó Ificles.

-¡Los perros no hablan! –se molestó Artemisa, pero entonces miró a los alrededores, analizando todo lo ocurrido- Pero es verdad que solo algo tan grande como la Osa de Calisto podría aplastar a mis pobres bebés. Está bien, no te convertiré en un sapo –aclaró Artemisa, Ificles lloró agradecido-. La Armadura de Plata de Bootes. Entonces Arcas… -dedujo Artemisa, mientras Asterión y Chara olisqueaban alrededor de la Armadura de Bootes, y lloraban por su dueño-. Pobrecillos, pero no se preocupen, subiré a Arcas como una estrella más de la Constelación de Bootes, y a ustedes los subiré como una nueva Constelación, la Constelación de Can Mayor, y los pondré en la Elíptica Lunar junto a Bootes, y persiguiendo a la Osa Calisto, aun pretendo castigar a Calisto por serme infiel, digo… por perder su virginidad. ¡Ascensión a las Estrellas! –declaró Artemisa, Asterión y Chara ladraron alegremente, se convirtieron en polvo de estrellas, y subieron al cielo. Justo al lado de la Armadura de Plata de Bootes se materializó entonces una Armadura de Plata más, con la forma de un perro de dos cabezas- ¡Tú también subes Calisto! –materializó Artemisa al alma de Calisto, una mujer de cabellera castaña oscura, ojos azules y brillantes, y piel ligeramente tostada- Tu castigo aún no termina, ni terminará. ¡Jamás olvides que nadie engaña a Artemisa! ¡Yo te amaba Calisto! ¡Como hermana, no malpienses que te transformo en Tucán! –amenazó Artemisa a Ificles.

-¿Qué es un Tucán? Espere, ¿esa es Calisto? –preguntó Ificles, antes de que Artemisa convirtiera su alma en estrellas, y las subiera al cielo. Junto a la Armadura de Bootes se materializó también una Armadura de Bronce de un azul muy hermoso, la Armadura de la Osa Mayor- ¿Acaba de… crear una Constelación nueva, y una Armadura de Bronce, solo porque quiere castigar por la eternidad a Calisto? –preguntó Ificles.

-Castigar, premiar, como sea, no hay diferencia realmente, vive eternamente viendo al cosmos desde las estrellas, es lo más cercano a ser un dios, solo que nunca puede cerrar los ojos –admitió Artemisa, Ificles se escandalizó-. Lo de las Armaduras Zodiacales es daño colateral, los Dioses suben algo como una Constelación, Hefestos inmediatamente envía una armadura dependiendo del cuadrante. Can Mayor está en la Elíptica Lunar, por eso es una Armadura de Plata, la Osa Mayor la puse en el cuadrante del Mundo Terrenal, justo en la parte del cielo que jamás podrá bajar por el horizonte, le niego el derecho a la Constelación de la Osa Mayor a tomar agua, condenada eternamente a ser una Constelación Circumpolar –agregó ella, Ificles la miró con curiosidad sobre el significado de esa palabra-. Cierto, olvidaba que los Mortales aún no descubren la palabra. Significa que siempre será visible sin importar la época del año, porque no tiene derecho a descansar, le ataré un carromato estelar al lomo, así sufrirá más –aclaró ella.

-Diosa Artemisa, ¿no cree que la pobre Calisto ya ha sufrido suficiente? –se preocupó Ificles por ella, Artemisa lo ignoró y se preparó para volver a entrar en el tatuaje en la piel de la Osa Calisto- Siento que está siendo demasiado cruel con ella. Por cierto, sé que esto no le incumbe, pero, ¿sería una falta de respeto a los Dioses si me llevo parte de la piel de la Osa Calisto? Necesito llevársela al rey como prueba de que maté a la Osa de Calisto y pueda recompensarme –preguntó Ificles, Artemisa se dio la vuelta y le dirigió una mirada de molestia-. Aunque… técnicamente yo no la maté, pero si Arcas no está para contarlo, bueno… por favor Diosa Artemisa… me he enamorado de la hija del Rey Creonte de Tebas… -lloró él.

-¿Eres un Caballero de Athena? ¿Y tú armadura? –preguntó Artemisa, Ificles hizo una mueca- ¿No tienes? Supongo que Athena no ha reencarnado todavía desde su muerte frente a las murallas de Esparta, bien, te adelanto que ella y yo somos muy buenas amigas, así que: si juras lealtad en el nombre de la Diosa Atenea, y además juras jamás irrespetar a Artemisa, yo te condecoraré en el nombre de Atenea, con la Armadura de Bronce de la Osa Mayor, que tienes la palabra de una diosa, será la prueba suficiente de que has vencido a la Osa de Calisto. Entonces, Mortal… como te llames… ¿prestarás el juramento? –preguntó Artemisa.

-¿Juramento en el nombre de Atenea? –preguntó Ificles, pensativo, Artemisa asintió. Ificles miró a la Armadura de Plata de Bootes, recordando el cómo recriminó a Arcas su deber, sin siquiera comprender el inmenso peso que cumplir el mismo significaba. Ificles pensó al respecto, pero entonces notó el sonido del pie descalzo de Artemisa, que fuera una proyección de cosmos o no, se estaba fastidiando, por lo que tuvo que acelerar su decisión-. Yo, Ificles, juro lealtad a la Diosa Atenea, a que se cumplan sus principios en Gea, y a no irrespetar a la Diosa Artemisa, jurando castigar también a quien sea, familia o no, que sea merecedor o merecedora de la ira de los Dioses –terminó Ificles, Artemisa sonrió.

-Ese es un buen juramento, y estoy segura, de que vas a ser un excelente Caballero de Athena, Ificles de la Osa Mayor –terminó Artemisa, desapareciendo por la luz que emanaba el tatuaje en los restos de la piel de la Osa Calisto, que se quemó por completo. La Armadura de la Osa Mayor entonces pareció gruñirle a Ificles, antes de estallar en sus partes, y revestir a Ificles de azul, dotando incluso a Ificles de un casco con la forma de la cabeza de la Osa Calisto. El cosmos de Ificles se incineró poderoso y cálido, y la imagen de una bella joven de ojos esmeralda y cabellera lila, apareció momentáneamente en su mente, como si Atenea misma hubiera aceptado el juramento expedido por Ificles.

-Qué sensación tan cálida. ¿Cómo pueden los Caballeros Dorados ser unos tiranos si son arropados por un cosmos tan gentil? –se preguntó Ificles, y entonces miró a las Armaduras de Plata de Can Mayor y de Bootes en los remanentes del Templo de Zeus Licio, notando también las orejas de la Osa Calisto, que habían sobrevivido al ataque de Arcas-. Pobre Calisto… y pobre Arcas… sé que la Osa Calisto debía ser derrotada, pero… tampoco puedo decir que no comprendo tu razonamiento, Arcas. Espero jamás tener que someterme a algo parecido –aceptó Ificles, haciendo una reverencia frente a la Armadura de Plata de Bootes.

-¡Hermano! ¡Tengo hambre! –escuchó Ificles, molestándose por la interrupción, y después preocupándose por las Armaduras de Plata frente a sus ojos- ¿Estás allí dentro? Voy a pasar –comentó Heracles impaciente.

-¡Si Herc ve estas cosas va a decir que deberíamos venderlas por su peso en plata! –se escandalizó Ificles, intentó salir del Templo de Zeus, pero recordando las orejas de la Osa Calisto, regresó por ellas- Si la Armadura de Bronce no me sirve de prueba, espero que esto sí sirva –se susurró a sí mismo, y después salió del Templo de Zeus, espantándose cuando vio el rostro de León de Citerón frente al suyo-. ¡Uwah! –retrocedió Ificles.

-¡Sigues vivo! –celebró Heracles, lanzando al cadáver del León de Citerón, y abrazando a Ificles con fuerza, tronándole la espalda, y amenazando con romperle su nueva Armadura de Bronce- ¿Qué diantres traes puesto? –preguntó Heracles, mirando a Ificles de pies a cabeza.

-¡Que diantres traes puesto tú! –apuntó Ificles a la piel de León de Citerón, que Heracles le había arrancado al felino para ponérsela encima- ¡Así no se prepara la piel para vestirla! ¡Estás lleno de entrañas de león! –se quejó Ificles.

-Y tú parece que te vas a romper si te tiro al suelo. ¿Te empujo? –preguntó Heracles, Ificles le dirigió una mirada de molestia- Pero eso no importa. ¡Tengo hambre! ¿Quedó algo de la Osa de Calisto? Seguro sabe sabrosa, ¿la cocinamos? –preguntó Heracles emocionado.

-¿Qué? ¡No! No voy a cocinarte a la Osa Calisto –se molestó Ificles-. ¿Qué clase de salvaje crees que soy? La Osa Calisto era humana, transformada en osa o no, era una humana antes. ¿Por qué te cocinaría a la Osa Calisto? Además, ¿es enserio? –preguntó Ificles.

-Este era humano también –apuntó Heracles al León de Citerón-. Pero ya no lo es, cocínalo, tengo mucha hambre –se fastidió Heracles, Ificles se horrorizó por lo que estaba escuchando-. Nunca he comido león, hazlo en estofado o algo –pidió Heracles.

-¿¡El León de Citerón era humano!? Comer carne humana es malo Herc. ¿No conoces la historia de Licaón? El Rey Caníbal de Arcadia, Zeus lo castigó transformándolo en un Licántropo, toda su familia está maldita a querer comer carne humana y a convertirse en hombres lobo. El canibalismo es malo –insistió Ificles.

-Que no es un humano, era un humano, ahora es un león, o era uno, ya lo maté, así que ya fue y no creo que le moleste mucho que le dé una mordidita –aseguró Heracles, Ificles movió su cabeza en negación un buen número de veces-. Ya entendí, la nena Ificles no sabe preparar carne de León. Pues haberlo dicho, lo voy a hacer al fuego a ver a que sabe –aseguró Heracles.

-Al fue… ¡No! –se molestó Ificles, Heracles sonrió con malicia- Puede que tu cabeza hueca no lo comprenda, pero la carne de león tiene un sabor dulce, no es como la carne de otros animales, es de textura rígida porque es casi puro músculo y muy baja en grasas. La carne de león debe cortarse en rodajas, y se prepara al tagenon –le explicaba Ificles, con los ojos cerrados mientras meditaba en una receta. Heracles, aprovechando su distracción, se hizo con el costal de Ificles, sacando un tagenon del mismo, y colocándolo bajo un par de piedras que comenzó a acomodar con ramas secas, las cuales comenzó a frotar rápidamente para iniciar un fuego-. El tagenon se prepara previamente con manteca de cerdo, una cebolla partida en cuadros, y un par de dientes de ajo, se frota por toda la superficie y se deja derretir. Mientras el tagenon se calienta, preparas en un cuenco otro par de ajos, con algunas ramas de perejil, las mueles con algo de sal y pimienta, y pasas la pasta que se forma por sobre los medallones de carne de león, y los colocas unos instantes al tagenon ya caliente, antes de voltearlo por el otro lado, y después ruedas el medallón por la superficie para que todo se selle, de esa forma dejas los azucares en el centro de la carne de león, y sazonas la corteza de la carne exterior, así cuando degustas el platillo, los últimos mordiscos son más tiernos y dulces que… ¡oye! –enfureció Ificles cuándos se dio cuenta de que Heracles ya comenzaba a cocinar uno de los medallones del León de Citerón siguiendo las instrucciones de Ificles- ¿¡Mínimo te lavaste las manos!? – enfureció Ificles.

-Ay ajá Ma, de todas formas, no querías, ¿verdad? –se burló Heracles, el estómago de Ificles entonces rugió con fuerza-. Mira, si un león se encuentra mi bella carnosidad en el bosque, se va a dar un festín conmigo, aquí la diferencia es que yo también me voy a dar un festín con él, así que, puedes hincarle el diente al Rey Citerón o no, ese es muy tu problema, pero yo sí me lo voy a degustar, así que, ¿le entras o no? –preguntó Heracles.

-¿Enserio? ¿Simplemente vas a comerte lo que acabamos de matar? Normalmente cuando un rey te pide matar algo, se lo tienes que traer completo –se quejó Ificles, Heracles lo miró fijamente, y puso un segundo medallón en el tagenon- ¡Mínimo ponte a hacer una guarnición! ¡Hazte a un lado, yo lo hago! ¡Pela un par de papas y hiérvelas mientras está la carne de león! ¡Cuando estén suaves las aplastas y les pones pimienta y un poco de mantequilla! ¡Pero no le pongas mucha mantequilla! ¡Es cara! ¡Y no te tomes mi vino! ¡Es para sazonar la carne de león, no para que te pongas todo ebrio con este! –se quejó Ificles cuando notó que Heracles intentaba tomarse el cuenco de madera con el vino de cocina de Ificles.

-Ay ya Ma, ni que fuera una posada de lujo –se molestó Heracles, Ificles lo ignoró y siguió cocinando-. Entonces, ¿eres un Caballero de Bronce? ¿Cómo pasó eso? Yo también quiero una armadura, pero que sea mejor que la tuya, no de Bronce –agregó Heracles.

-¡Respeta mi armadura! –se molestó Ificles, cortando un poco de un medallón de León de Citerón, y probando para ver si le faltaba algo- Es más dulce que la carne de león normal, parte un poco de jengibre, no mucho, como un dedo, y lo pones en otro tagenon con dos dientes más de ajo, un cucharada de vino, y otra cebolla entera pero partida en rodajas, lo salpimientas y se lo pones al medallón encima, y nada de tomarte mi vino –le arrebató Ificles el cuenco nuevamente-. Y sí… soy un Caballero de Bronce, el primer Caballero de Bronce de la Osa Mayor, y fiel guardián que luchará en el nombre de Atenea –le aseguró Ificles, mirando al cielo que anochecía, y encontrando a la nueva Constelación de la Osa Mayor en el firmamento.

Colina de Delfos. Año 1,222 A.C.

-Entonces… ¿te comiste al Rey Citerón? –preguntó Filoctetes, quien seguía a Heracles mientras subía una colina algo empinada y llena de neblina, por lo que no tenían forma de saber si estaban cerca o no de llegar al final de la misma, ambos solo sabían que Pegaso no quería subir, y se defendía de los tirones de Filoctetes, quien lo ignoraba y tiraba con más fuerza para seguir avanzando- ¿Enserio te diste un festín con el Rey de Citerón al que alguien por alguna razón transformó en un león, y convenciste a tu hermano Ificles de también comérselo él? –preguntó Filoctetes en incredulidad.

-La segunda mejor carne de león que jamás he comido en toda mi vida, creo que ya sabes cuál fue la primera mejor, ¿verdad amigo? –preguntó Heracles, tomando la cabeza del león de su capa y abriéndole y cerrándole el hocico- Sí, y estaba bien sabroso –hizo una vocecita infantil, pero entonces notó que Filoctetes no se reía.

-Nunca vuelvas a hacer eso –agregó Filoctetes, Heracles se apenó y dejó la cabeza de león de regreso en su capa-. ¿Cuánto falta para llegar a Delfos? Llevamos como una semana subiendo esta maldita colina –se quejó Filoctetes.

-Delfos es misterioso, una vez estuve subiendo esta colina por un año creo, no me gusta regresar a Delfos por eso, se pierde mucho el tiempo, a veces el viaje es de una semana, otras veces de Lunas, mi record es dos años –le explicó Heracles, Filoctetes abrió sus ojos de par en par por la revelación-. Era más fácil cuando venía Hilas, si nos perdíamos y nos frustrábamos, una revolcadita y a seguirle. Extraño a Hilas… -se deprimió Heracles.

-Que sí que extrañas a Hilas, llevas casi dos años mencionándola cada vez que dejas que la cabeza de abajo piense por ti –se molestó Filoctetes, Heracles lo miró con desprecio por sus palabras-. Si tanto la querías, ¿por qué no te casaste con ella? –preguntó, Heracles estuvo por contestar- ¡Ah, no, no, no! ¡Llevas dos semanas contándome la historia de por qué mataste a tus hijos, pero no me parece que vayas muy cerca del final todavía! ¡Y a estas alturas ya no sé si estás divagando o te gusta hacerla mucho de emoción! Así que, continuemos con la historia actual mientras descubrimos si llegar al Santuario de Delfos es cosa de una semana, o de Lunas, y por el bien de Pegaso espero que no sean años, que se nos está acabando la carne seca –apuntó Filoctetes, Pegaso relinchó como si le hubiera entendido.

-Así perdimos a una de las Yeguas de Tros… estaba muy sabrosa, por cierto –declaró Heracles, Pegaso relinchó asustado-. Tranquilo Pegaso, después de comerme a Neso, no me apetece la carne de equino, me hizo algo mal, creo que llegado a cierta edad ya no… -intentó decir Heracles.

-¿¡Te comiste a Neso!? ¡Los Centauros son mitad humanos! ¡Y ese te envenenó todo el cuerpo que cada que usas tu cosmos estás a un paso más cerca de la muerte! –se quejó Filoctetes, Heracles sonrió- No te comiste a Neso, ¿verdad? –se molestó Filoctetes.

-Obvio no –admitió Heracles, Filoctetes suspiró en desaprobación, pero continuó ascendiendo con Heracles-. El ultimo Centauro que nos comimos Ificles y yo no sabía bien, intuimos que todos sabrían igual de mal –susurró Heracles para sí mismo, Filoctetes alzó una ceja sin alcanzar a escucharlo-. Te decía, regresamos con el Rey Creonte –sonrió Heracles.

Tebas. Palacio del Rey Creonte. Año 1,266 a. C.

-Y así fue como yo solito, y sin ayuda, maté al León de Citerón y a la Osa Calisto –comentaba Heracles al Rey Creonte, quien lo miraba con incredulidad, y viraba sus ojos a ver a Ificles como el Caballero de Bronce de la Osa Mayor, preguntándole a él con la mirada su versión de la historia.

-Básicamente todo lo que dijo es cierto, pero remplace a Heracles con Ificles cuando se hable del Caballero de Plata Arcas de Bootes, o de la Osa de Calisto, todo eso lo hice yo –resumió Ificles, Creonte entonces miró a las orejas de la Osa de Calisto, que Ificles había cocido en el casco de la Armadura de la Osa Mayor, y después miró a la capa del León de Citerón que Heracles llevaba alrededor de sus hombros y que le llegaba al suelo, llevaba la cola del León de Citerón como cinturón además, Creonte estuvo por decir algo, pero Ificles respondió primero-. Si, nos comimos al León de Citerón, y como puede ver por el cómo nos rodean sus leones, nos quedó carne. ¿Quiere probar? No toda está curada todavía –le informó Ificles.

-La carne que antes era el Rey… -comentó Creonte, horrorizándose, e intentando mantener la calma-. No… gracias… pero, ¿podrías darles un poco a mis leones? –preguntó Creonte, Ificles asintió, tomó un medallón, y lo lanzó a un lado de la Sala del Trono, a donde los leones fueron a pelearse por comerse un poco de la misma- Supongo que comerse al León de Citerón y vaporizar a la Osa de Calisto, cuentan… así que, Ificles, como llegas a mi corte vistiendo la Armadura de Bronce de la Osa Mayor, puedo aceptar que asesinaste a la Osa de Calisto, pero como no hay una presea que no sean esas orejas de oso que por alguna razón quisiste incrustar en tu Armadura de Bronce, me temo que la prueba definitiva de que la piel que tu hermano Heracles lleva alrededor de sus hombros es realmente la piel del León de Citerón, es la corona del Rey Citerón… al que se comieron, de verdad no sé qué pensar sobre esto… -comentó Creonte, mientras Ificles se acariciaba sus orejitas de la Osa Calisto-. Así que, Ificles al llegar segundo, puede desposar a mi hija Pirra –le comentó Creonte, Ificles celebró, pero el rey lo detuvo-. ¡Solo sí Heracles logra cumplir con el favor que es el premio de llegar primero! –aclaró él.

-¡Oiga! ¡Esa no era parte de la negociación! ¡Se suponía que Ificles pudiera casarse con la Princesa Pirra si llegaba segundo e indistintamente de si yo cumplía mi misión o no! –se molestó Heracles.

-Se suponía que me trajeran los cadáveres de la Osa de Calisto y del León de Citerón, no que vaporizaran a una y se comieran al otro –declaró Creonte, Heracles estuvo por quejarse, pero notando que llevaba las de perder, se cruzó de brazos molesto-. Ahora Heracles, tu premio. Te diré el favor que deberás hacerme para poder desposar a mi hija Megara –aclaró Creonte, y Heracles asintió de muy mala gana-. Hace tiempo Tebas perdió una guerra en contra del Reino de Orcómeno, lideraba el Rey Ergino –comenzó a explicarle el Rey Creonte-. Por perder aquella guerra, el Rey Ergino ordenó a Tebas a pagar un tributo anual por los próximos 20 años de 100 bueyes. El deplorable estado de mis leones, es porque no les puedo dar esos 100 bueyes de comer al año, y la economía de Tebas está tan mal en general, que no tengo para un trono y me siento en este tonto banco –se quejó Creonte, Heracles e Ificles intercambiaron miradas de incredulidad.

-Mire mi rey, no voy a decirle cómo gobernar –comenzó Heracles, divertido-. Pero según lo que vi esta mañana, seguro Tebas va a estar lleno con mínimo unos 50 bebés Heracles en unas 9 Lunas –aclaró Heracles, orgulloso, Ificles lo miró con molestia por aquellas palabras-. Así que, no solo voy a conseguir que el tributo de 100 bueyes al año sea anulado, si deja que mi hermano Ificles me ayude, juntos haremos que el Rey Ergino le tenga que pagar a usted 100 bueyes por 20 años, y 100 bueyes más por 20 años más, para que alimente también a su pueblo, y a mis bebés que seguro van a tener mucha hambre –terminó Heracles, orgulloso.

Colina de Delfos. Año 1,222 A.C.

-Espero que no te hayas comido al Rey Ergino también –criticó Filoctetes, habían montado campamento nuevamente en la Colina de Delfos, que parecía interminable, Heracles se limitó a ver a Filoctetes con molestia mientras le servía sopa de cebolla en un cuenco de madera, mismo que le ofreció al Caballero de Plata de Sagita-. Me perturba que te hayas comido al Rey Citerón, pero admito que cocinas una sopa de cebolla excelente, para relamerse los bigotes –aseguró él.

-Cuando viajas con Ificles el tiempo suficiente, y lo escuchas alardear de todo lo que se puede hacer con una cebolla, difícil que no se te peguen algunas recetas –aclaró Heracles, sirviéndose él mismo algo de sopa de cebolla-. Siempre que cuento la historia de Ificles cocinando algo me dicen lo mismo: «¿Cómo que te comiste a los pájaros del Lago Estínfalo? Son venenosos Heracles», solo sus cacas eran venenosas, y esas no se comen, aunque Ificles hizo una bebida algo amarga pero muy sabrosa y adictiva al sacar unos frutos de sus cacas, la mejor bebida de mi vida, agua de caca de pájaro del Estínfalo –comentó Heracles, Filoctetes escupió su sopa de cebolla por la sorpresa.

-Caca de… ya no me cuentes cosas de comidas asquerosas, no quiero saber más de eso –se molestó Filoctetes, Heracles alzó y bajó los brazos indicando que él se lo perdía-. ¿Cómo hiciste para que el Rey Ergino duplicara el tributo a Tebas entonces? –preguntó curioso.

-Simple, cuando los hombres de Ergino viajaban en la caravana desde Orcómeno para pedirle tributo a Creonte, Ificles y yo los capturamos, les cortamos las narices y las orejas, las confeccionamos en bonitos collares, se las amarramos al cuello, y los enviamos de regreso a Orcómeno a decirle que Tebas estaba bajo la protección de Heracles –le comentó Heracles, Filoctetes se molestó por lo que acababa de escuchar.

-Perdí el apetito, puedes comerte mi sopa de cebolla –le regresó el cuenco Filoctetes, Heracles alzó y bajó los hombros una vez más y comenzó a beberse su sopa de cebolla-. Imagino que no te funcionó. ¿Qué rey se ocultaría como un cobarde ante una amenaza como esa? -preguntó él.

-Euristeo –respondió Heracles, Filoctetes intentó quejarse-. Ya sé, ya sé, una historia a la vez, qué pesado te pones, si no preguntaras tantas cosas tal vez avanzaría más rápido con mis historias, pero te la pasas apuntando todo lo que digo en tus pergaminos esos –le apuntó Heracles.

-Tú fuiste el que se quejó de que todos contaban mal tus historias, yo estoy escribiendo la versión de labios del mismo Heracles, eso de dejar que las historias se transmitan en canciones y de boca en boca es de nuestros vecinos de muy al norte, en las tierras congeladas –le recordó Filoctetes, Heracles se rascó la nuca desconociendo de quienes hablaban-. No importa. ¿Qué pasó después de que el magnánimo y diplomático de Heracles cortara las narices y las orejas de personas que solo hacían su trabajo? –preguntó Filoctetes.

-Su trabajo era extorsionar a los Tebanos, pero anda, hazme ver como el malo. Esos a los que defiendes pedían a las hijas de los granjeros como concubinas, y se robaban las pertenencias de otros. Cuando te defendías de ellos, mataban un buey y se daban un festín, luego le decían a Ergino que no pagaron el tributo completo, y Creonte debía pagar con más bueyes para no volver a irse a la guerra contra Orcómeno –le explicó Heracles, Filoctetes se frotó la barbilla-. Pero anda, yo soy el malo por cortarles las orejas y las narices. Siempre soy el malo dependiendo del punto de vista. Tengo mal carácter, pero no soy un tonto, ellos se lo merecían –aseguró él.

-Bueno, ya, te creo, te creo, sigue siendo horrible y de muy mal gusto, pero te creo –hizo sus anotaciones Filoctetes-. Entonces, ¿cómo respondió Ergio a la afrenta? –preguntó Filoctetes.

-Con los ejércitos de Orcómeno frente a las 7 Puertas de Tebas por supuesto –prosiguió Heracles, volviendo a concentrarse en su historia.

Tebas. Frente a una de las 7 Puertas. Año 1,266 a. C.

-Esto no era lo que tenía en mente –agregó Creonte fastidiado desde la cima de las murallas de Tebas, con sus leones rugiéndole a los ejércitos de Orcómeno que rodeaban a toda la ciudad, y los ejércitos de Tebas bien resguardados y desnutridos detrás de las 7 Puertas, mientras Heracles e Ificles, solos y fuera de las puertas de Tebas, platicaban con el Rey Ergino, quien estaba montado en su caballo blanco, revestido en una armadura de plata, y veía desde detrás de su máscara de plata que solo permitía ver sus ojos azules y su cabellera rubia canosa y larga, y ocultando sus expresiones faciales, aunque Creonte sabía que estaba molesto-. ¡Mi Rey Ergino! ¡Restauraré el tributo a Orcómeno, pero no haga esto por favor! –suplicó Creonte desde la cima de las murallas de Tebas.

-Y así fue como yo solito, y sin ayuda, le corté las orejas y las narices a tus imbéciles cobradores de piso, y lo volveré a hacer si se atreven a volver a aparecerse en Tebas –comentó Heracles con orgullo, aunque el Rey Ergino permanecía en silencio-. Tebas está bajo la protección de Heracles ahora. Así que ve preparando las 200 cabezas de buey, que tengo hambre. ¿Cómo vamos a cocinarlas hermano? –preguntó Heracles.

-¿Ya puedo hablar? –preguntó Ificles medio dormido por andar escuchando por tercera o cuarta vez la historia de Heracles, que como siempre exageraba- Hola mi Rey Ergino, soy Ificles de la Osa Mayor, soy su hermano mellizo, y no le haga caso, yo corté las orejas, él solo arrancó las narices –le explicó Ificles, el Rey Ergino lo miró con incredulidad por sus palabras-. Y sobre los bueyes, hay una técnica que he escuchado que quiero probar, se cava un pozo en la tierra y se rellena con la ceniza de una fogata, bastante ceniza, después rodeas la cabeza de buey con las hojas de un árbol de Morea, y entierras la cabeza para desenterrarla al día siguiente, incluso escuché que se puede hacer un aderezo de manteca con los frutos de la Morea para acompañar con pan de harina en mantequilla y ajo. También podríamos… -continuaba Ificles con su receta, cuando el Rey Ergino viró el rostro envuelto en su máscara de plata para dirigirse al par.

-Ustedes dos, son los descerebrados más grandes a los que jamás haya tenido la desdicha de soportar –comentó el Rey Ergino, ya bastante molesto por la conversación del par a los que consideraba idiotas-. Esta es su última oportunidad, Rey Creonte. O entrega el tributo pactado, o estos son los primeros que se mueren –prosiguió Ergino con molestia.

-Mi Rey Ergino, considérelos el primer sacrificio mientras preparamos la entrega de los 100 bueyes y la debida restitución por los contratiempos –reverenció Creonte, dispuesto a poner fin a las hostilidades.

-Alto allí, Rey Creonte, me parece que no estoy siendo lo suficientemente claro –sacó el pecho Heracles, el Rey Ergino ya estaba teniendo suficiente-. Mi hermano aquí es un Caballero de Bronce, de los de Athena, el de la Osa Mayor. Él solo puede partir la tierra de un puntapié y hundir a todos sus soldados –le aclaró Heracles.

-He estado practicando –agregó Ificles orgulloso-. Es cuestión de sentir el cosmos, visualizarlo, y concentrarte en un punto diminuto, el cual al golpear iniciará una reacción destructiva en cadena que no se detendrá hasta que se estabilice. ¿Quieres intentarlo? –preguntó Ificles.

-¿Yo? Lo mío son los garrotazos –explicó Heracles, con un garrote ya confeccionado a sus preferencias, siendo este una pieza de madera oscura con una cabeza de león de plata como pomo- Además no tengo una Armadura de Bronce. A mí no me recibió Artemisa y me dijo, convertiré a Citerón en la Armadura de Bronce de Citerón, yo lo maté, y después me lo comí, la capa es un extra –le explicó Heracles, Ergino sacó su espada, sus soldados comenzaron a hacer lo mismo, el aterrado Rey Creonte desde la cima, comenzó a preparar a sus hombres.

-Te digo que es muy fácil, mira, vas a golpear aquí –le explicaba Ificles, mientras el Rey Ergino cabalgaba en dirección a sus ejércitos, y todos sus soldados optaban posiciones ofensivas-. Visualiza el flujo del cosmos, este dividirá ante tu vista a la tierra en pequeños destellos como polvo de estrellas. Cada uno de esos destellos los puedes aplastar, y cuando lo haces, sin importar el material, este se romperá. Mientras más destellos juntos veas, más fuerte es el punto que quieres romper, si no quieres gastar mucho cosmos, elige el punto con menores destellos, como aquí, hay que golpear a puño cerrado justo aquí –le informó Ificles, mientras el Rey Ergino gritaba con fuerza, y sus hombres gritaban con él, iniciando la avanzada en dirección a Tebas. Creonte y sus hombres tomaron los arcos y las flechas, y se prepararon para recibirlos.

-¿Seguro que allí? A mí me parece mejor justo… ¡aquí! –se alzó Heracles, impactando con su puño envuelto en cosmos a la espada del Rey Erginio cuando bajó la misma para ejecutar a Heracles, la espada se rompió en pedazos bajo el puño envuelto en cosmos de Heracles, que además golpeó el pecho del Rey Ergino, lanzándolo por los aires varios metros y derribándolo.

-No, hablo enserio, es aquí, mira –continuó Ificles, con su puño envuelto en cosmos, y golpeando el punto que había especificado antes, haciendo temblar la tierra, e iniciando con una reacción en cadena que se encargó de pulverizar el suelo hasta tragarse a la totalidad de los ejércitos de Orcómeno, dejando a los soldados invasores dentro de un cráter formado por el puñetazo de Ificles-. Se lo dije, Rey Egino, hemos estado practicando, y usted cayó redondito en nuestra trampa. Nuestra intención, siempre fue que pensaran que éramos unos idiotas –sonrió Ificles.

-Y lo somos, pero somos los idiotas más listos de toda la Argolide –abrazó Heracles a Ificles, rodeándolo con su brazo-. Y usted, Rey Erginio de Orcómeno… o jura en el nombre de los Dioses Olímpicos que enviará tributo a Tebas la de las 7 Puertas, en la forma de 200 cabezas de buey, por los próximos 40 años, o no solo te voy a enterrar junto a todos tus hombres, sino que también te voy a agarrar a garrotazos –amenazó Heracles. Al Rey de Orcómeno le preocupó sobremanera la situación.

-¡Está bien! –admitió el Rey Ergino cobardemente, sabiendo que nada podía hacer contra guerreros tan formidables que poseían un dominio del cosmos tan impresionante- Ustedes ganan, mientras Tebas esté bajo la protección de Heracles y de Ificles, nada ni nadie podrá vencer a la Poderosa Tebas la de las 7 Puertas. Les daré el tributo que me piden, pero por favor, no más… -suplicó el Rey Ergino. Heracles e Ificles intercambiaron miradas, y se sonrieron el uno al otro con orgullo, mientras Ergino era auxiliado en salir del agujero creado por Ificles-. De saber que un Caballero de Athena tan poderoso protegía a Tebas, jamás habría invadido la ciudad, pero ese otro sujeto, Heracles, sin armadura posee un cosmos impresionante. Nos vamos –terminó el Rey Ergino, los ejércitos de Orcómeno se retiraron, y un más que impresionado Rey Creonte lo observó todo con sorpresa e incredulidad.

-Bien… -comentó Heracles orgulloso, y acomodándose su garrote al hombro-. ¿Dónde está su hija Megara, mi Rey Creonte? La haré mi esposa inmediatamente, Ificles, quiero probar ese buey enterrado o como se llame, y hay que traer a Ma y a Pa, tendremos boda doble, así cuando sea mi aniversario me recordarás el mismo –pidió Heracles.

-¿Quién se casa en una boda doble para que otro le recuerde su aniversario. Si se me olvida a mí, ¿cómo le vamos a hacer? –se fastidió Ificles, pero Heracles tan solo colocó su poderosa mano en el hombro de Ificles, y sonrió con seguridad.

-Si a ambos se nos olvida, podemos escapar a Calidón. Escuché que en Calidón hay doncellas muy hermosas y jabalíes muy sabrosos –agregó Heracles, y mientras él e Ificles hablaban, el Rey Creonte salió de la ciudad de Tebas, acompañado de sus dos hijas, Pirra, su hija menor y quien sería dada de esposa para Ificles, y Megara, una belleza de cabellera rojo envinada que llevaba atada en una coleta larga, y de ojos rojos rasgados-. Pero mira nada más… mejor que no se nos olvide el aniversario de bodas hermano, que dudo conocer a una belleza tan hermosa como esta –admito Heracles.

-No se les olvidará el aniversario mientras yo viva, Ificles, Heracles, yo mismo se los recordaré de ser necesario –agregó Creonte orgulloso-. Le han hecho un gran servicio a Tebas, y Tebas jamás lo olvidará. Y mientras trabajen para mi corte, serán ampliamente recompensados. ¿Quieren tierras? Las tendrán. ¿A mis hijas? Son suyas. ¿Necesitan armas para alguna guerra? Tebas ya está acostumbrada a la guerra. Así que, celebremos, mandaré a traer a sus padres para la boda. Coman todo lo que deseen, pasen bien la noche con mis hijas. Pero no es el último trabajo que requiero de ustedes dos –aclaró Creonte, Heracles e Ificles intercambiaron miradas de complicidad, y asintieron-. Tebas ya no debe tributo a Orcómeno gracias a ustedes. Pero hay cierto rey, que desde que fuimos derrotados por el Rey Ergino, no nos manda tributo. Su nombre es Tiodamante, de Chipre. Creo que no hace mucho se convirtió en papá, de un varón, Hilas. Una vez que el Reino de Tebas esté restaurado, que mis soldados estén bien alimentados, y hayan dejado algunos hijos en Tebas como herederos, quiero que vayan a Chipre. Si Tiodamante no restaura el tributo convenido, y paga por los años que no se ha recibido el mismo, quiero que me traigan a su hijo Hilas. Pero eso será después, solo se los he mencionado para que no se me olvide –terminó Creonte, regresando a Tebas la de las 7 Puertas.

Colina de Delfos. Año 1,222 A.C.

-Se nos olvidó a los tres por 8 años –continuaba Heracles, ya había amanecido, habían terminado de desayunar, y volvían a subir por la Colina de Delfos entre la niebla, en la constante búsqueda del Santuario de Delfos. Filoctetes iba sobre la carreta de Pegaso anotando todo lo que escuchaba, mientras Heracles continuaba ascendiendo-. Pero si hubiera ido a Chipre 8 años antes, Hilas hubiera sido un pequeño manojo de ira al que hubiera secuestrado y entregado a Creonte. Pero en lugar de eso, allí estaba el traserito más hermoso que puedes llegar a imaginarte. Me lo rapté… no tenía lanza… y de todas formas me la rapté… todo es culpa de Tiresias –recordó Heracles.

-Y dale con Hilas –se molestó Filoctetes, mientras Heracles se perdía en sus memorias sobre Hilas-. Entiendo que estabas enamorado de Megara, pero a ella no la mencionas tan seguido. Y creo que había otras dos, estaba Deyanira que te dio la capa con el veneno de Neso y… ¿Ónfale? –preguntó, Heracles azotó su garrote en la tierra, esta vez Filoctetes se espantó genuinamente- ¿Qué? ¿Qué dije? –se preocupó el de Sagita.

-No hablamos de Ónfale. Eso nunca pasó, ¿comprendes? –le apuntó Heracles con su maza, estaba tan molesto, que Filoctetes no se atrevió a replicar, y simplemente asintió- Si alguien te pregunta por la primera esposa de Heracles, tú dices: «se llamaba Megara». Si alguien te pregunta por la tercera esposa de Héracles, tú dices: «se llamaba Deyanira». ¿Nos entendemos? –preguntó Heracles, Filoctetes podía ver el instinto asesino en los ojos de Heracles.

-¿Pues qué hizo Ónfale? –preguntó, Heracles volvió a amenazarlo con su garrote- Nos entendemos, nos entendemos. ¿Quién digo que era la segunda esposa entonces? ¿Hilas? –preguntó Filoctetes confundido.

-No… Hilas y yo jamás… bueno hubo algo, adoptamos a Hesíone… pero ella no podía… -intentó explicar Heracles, pero entonces se molestó-. Será otro día, de todas formas, no te gusta que combine historias –agregó Heracles, Filoctetes notó que estaba realmente molesto-. Si te preguntan quién es la segunda esposa de Heracles, tú dices: «se llamaba Íole» -concluyó.

-Pero hasta donde sé con ella no te… -intentó decir Filoctetes, cuando Heracles le empujó la maza contra la nariz-. Íole, entiendo, la segunda esposa de Heracles se llamaba Íole, ya comprendí –terminó Filoctetes, Heracles asintió, y se volvió a amarrar la maza al chitón-. ¿Me contarás la historia de lo que pasó con Hilas? –preguntó Filoctetes, Heracles lo pensó- Yo solo creo… que la mencionas más que a cualquier otra de tus esposas. Ella era… especial, ¿no es así? –preguntó.

-Hilas era el amor de mi vida –confesó Heracles-. Megara fue un premio, Ónfale una venganza, Deyanira un remplazo… pero Hilas… lo de Hilas era amor… tal vez te cuente… de momento ya sabes la razón de que no me casara, pero tal vez después te cuente que fue de ella –le comentó Heracles, Filoctetes asintió-. Y no era que no amara a Megara… cuando te casas, normalmente te enamoras en medio del matrimonio cuando es convenido por terceros. Ificles se quejaba de que la constante era que los matrimonios nacidos por amor siempre terminaran en divorcio, yo me divorcié de Megara claro, ¿cómo no iba a hacerlo? Y ahora qué sabes de donde salieron Pirra y Megara, toca resumirte lo que ocurrió después –suspiró Heracles, sus ojos humedecidos-. Fueron unos 7 años hermosos y tranquilos –le explicó él-. Megara quedó embarazada al primer intento, dándome a mi primogénito, Terímaco. Era como su madre Megara, idéntico, hasta con la misma coleta. Aunque tenía mis ojos, azules, pero gentiles –comentó él, Filoctetes dejó de escribir, saltó del carromato tirado por Pegaso, y comenzó a caminar al lado de Heracles, colocando su mano contra su brazo, ya que Heracles era demasiado alto para llegar a su hombro, Heracles le agradeció con una sonrisa genuina-. Al año siguiente, nació Creontiades. Estaba todo bonito y llenito, se parecía a mí de pequeño, éramos idénticos, pero tenía los ojos de su madre. Rojos y penetrantes –prosiguió Heracles, secándose las lágrimas traicioneras, pero el recordar a su ultimo hijo, fue demasiado para él-. Y al final estaba Deicoonte, era igualito a Creontiades… lo que significa que era igual a mí de niño, pero él tenía los ojos y el cabello de su madre… tenían 6, 5 y 4 años cuando yo… -intentó decir, Filoctetes resopló un poco, como cuando alguien intenta calmar a un perro, aunque no lo hacía con mala intención-. También estaban en la cabaña dos de los hijos de Ificles y Pirra… él no estaba en casa, tenía otro hijo, antes de que saliéramos de Tirinto él había dejado a una muchacha embarazada, Automedusa. Había muerto de una enfermedad rara el invierno pasado, por lo que Ificles terminó cuidando de Yolao junto a sus otros dos hijos. Aunque ni pirra ni sus medios hermanos lo querían mucho, Megara sí, ella lo mimaba, pero ese no es el punto. El punto es que Ificles y Yolao no estaban para ver lo que hice… ellos llegaron después… la cara de Ificles… mi hermano siempre sonriente… el horror… en su rostro… no puedo creer que me perdonara… y realmente él no lo hizo… no enteramente, pero en ese momento pensé que sí… -lloraba Heracles.

-Ey, grandote, está bien… sé que duele recordar, pero creo que eres muy duro contigo mismo… si Ificles te perdonó eso significa que no fue tu culpa. ¿Entonces de quién? –le preguntó Filoctetes mientras intentaba calmarlo.

-De Hera… -agregó Heracles molesto, tomando su garrote, y apretándolo con fuerza, mientras sus ojos azules, resplandecían con el cosmos, y la Sangre de Neso comenzaba a hacerse presente-. Todo… siempre es culpa de Hera… mi vida es una miseria por Hera… pero no puedo agarrar a garrotazos a Hera… lo tengo prohibido, pero te juro que algún día voy a hacerlo… algún día voy a hacerle pagar por todo el dolor que me causó… Hera… esa maldita harpía endemoniada… ella quien me odió por un único crimen… haber nacido… -se mordió los labios Heracles, iracundo-. Lo de las serpientes en la cuna, fue solo el inicio… debí verlo venir, pero no lo hice… -prosiguió él.

Afueras de Tebas. Granja de Heracles. Año 1,260 A.C.

-A ver, déjame ver si entiendo –comenzó Ificles, como era costumbre de él, reluciente en su Armadura de Bronce de la Osa Mayor, y con un pequeño de cabellera castaño rojiza, casi cobriza, y de ojos azules, que tendría a lo mucho unos 8 años, abrazado de la pierna de su padre mientras se chupaba el dedo-. Tú eres Tiresias, la misma Tiresias que Heracles encontró con sus prendas cayéndosele porque, en ese entonces, decía ser un anciano de 342 años que se encontró a un par de serpientes apareándose, a las que les dio un bastonazo, y por eso terminó convertida en una bella muchacha de 16 años –le comentó Ificles a un joven de cabellera castaña y corta, y de ojos rojos, que vestía una túnica escarlata y cargaba un bastón, y quien asentía mientras sonreía-. Después de la revolcada, quedaste embarazada, y diste a luz a la primogénita de Heracles, Manto, a quien dejaste en educación en Delfos, donde te enteraste de que un tal Euristeo, el primo de Heracles, está por heredar el trono de la Argolide, que engloba a Micenas, Argos, Midea y Tirinto, porque Hera le pidió a Ilitía, la Diosa de los Alumbramientos, que retrasara el parto de Alcmena, evitando su nacimiento, y en consecuencia el mío, para que naciera primero el hijo de Nicipe, nuestra tía, que dio a luz Euristeo como sietemesino, mientras nosotros nacimos a los 12 meses, todo porque Zeus le dijo a Hera que, el primer nieto nacido de la estirpe de Perseo, sería Rey de la Argolide, ¿voy bien? –preguntó Ificles. Tiresias, el joven frente a él, asintió- Pero como sacerdotisa de Apolo que eras, sabías que Heracles jamás se enteraría de esto si no venías a informarle, lo que no cumpliría una profecía de Apolo, que por alguna razón involucra a las 12 Armaduras Doradas, esa parte todavía no la entiendo muy bien, pero lo que entiendo, es que bajaste de Delfos, buscando a Heracles, para informarle sobre que debía subordinarse al Rey Euristeo, y realizar 12 Trabajos, para resucitar a las Armaduras Doradas, pero en el camino te encontraste a dos serpientes apareándose, las golpeaste, y mágicamente te transformaste en un joven de 16 años. ¿Con qué frecuencia ha pasado esto? –se estremeció Ificles.

-Umm… déjame pensar… yo era un joven de 16 años cuando descubrí a Athena y a Artemisa bañándose en un arroyo en el Monte Helicón de Hipocrene, en Beocia. Artemisa huyó perseguida por el Gigante Orión, mientras Athena me arrancaba los ojos por verla desnuda –le comentó Tiresias, horrorizando a Ificles, quien tapó los oídos de su hijo Yolao-. Cuando le expliqué a Athena que fue un accidente, me dijo que no podía regresarme la vista, pero me dio el don de la profecía al limpiarme las orejas, pero mientras me ajustaba a mis nuevos oídos agudizados, caminé a ciegas por el bosque, creo que terminé tras varias Lunas caminando por el Monte Cilene, cerca de Micenas –le explicó él.

-¡Para llegar de Beocia a Micenas tendrías que cruzar el Mar Jónico! –se quejó Ificles- Así que, o nadaste a ciegas sin ahogarte por el estrecho, o rodeaste por la Península del Peloponeso hasta llegar a Micenas –comentó Ificles, Tiresias asintió-. ¿Cuál de las dos? –preguntó incrédulo.

-La que sea, el punto es que llegué al Monte Cilene, donde escuché a dos serpientes aparearse, y les di con mi bastón. Hera, como Diosa de los Animales que es, se enojó conmigo y me convirtió en mujer, y recuperé la vista, esa fue la primera vez. Después de 7 años convertido en mujer, años en que la pasé depravadamente bien –se burló Tiresias, Ificles sudó frio por aquello-. Pasaba por el mismo lugar del Monte Cilene y volví a encontrar a otras dos serpientes apareándose. Curioso de si volvería a pasar, las golpee con mi bastón, y Hera nuevamente me transformó en hombre, y otra vez tenía 16 años -le explicó él, Ificles sentía su ceja temblarle-. Varios años después, Zeus y Hera discutieron sobre quien recibía más placer en el sexo, si el hombre o la mujer, se aparecieron frente a mí y me preguntaron. Zeus decía que la mujer sentía más placer, y Hera decía que el hombre, yo con la libido que tengo, tenía experiencia como ambos, y concluí que la mujer sentía 10 veces más placer que el hombre, Hera se enojó y me convirtió en mujer nuevamente, y me entregó a unos bandidos para que hicieran lo que quisieran conmigo, aunque aquella vez no había serpientes involucradas –meditó Tiresias al respecto, Ificles intentó interrumpir, pero Tiresias continuó-. Pasé casi toda mi vida de mujer en Tebas, y ya me estaba muriendo de vieja, y se me ocurrió buscar otras serpientes a ver si volvía pasar, busqué por mucho tiempo, pero las encontré, las golpeé, y listo, hombre de 16 años otra vez, así que ya van tres. Como adivino varón trabajé en Tirinto por muchos años, nuevamente hasta la vejes, era el profeta del padre de Heracles, Anfitrión, yo lo mandé a Tebas para que Zeus pudiera acostarse con Alcmena, y 16 años después mientras viajaba a decirle a Heracles que Hera le deseaba el mal, otras serpientes, bastonazo, y mujer, no me iba a perder la oportunidad de sentir el placer femenino con Heracles. Y ahora que vengo de Delfos con más noticias para Heracles, me entró la curiosidad de si se sentiría así de rico como hombre, así que busqué las serpientes, las encontré, bastonazo, y hombre, y aquí estamos. En resumen, 6 transformaciones, 5 que involucran serpientes apareándose –resumió, Ificles estuvo por decir algo, cuando Heracles salió de su casa para preguntar algo a Ificles-. ¡Amorcito! –celebró Tiresias, se lanzó a Heracles, y lo besó de improviso, escandalizando a Ificles, quien le tapó los ojos a Yolao, pero quien lo vio todo ruborizado- He vuelto y te voy a dar todo mi amor –susurró Tiresias.

-¿Cómo? Discúlpame, pero Heracles solo tiene ojos para las muchachas bonitas –se quejó Heracles, Tiresias solo alzó y bajó las cejas- ¿Quién es el rarito? –se fastidió Heracles, preparando su garrote.

-Tu problema, yo me largo. Vamos Yolao, no quiero que vayas a terminar con ideas raras –tiró de su mano Ificles, yéndose con su hijo, quien simplemente observó a Tiresias ruborizado mientras se iban- ¡Regresaremos con la cena! ¡No te vayas de aventura sin mí! –le espetó Ificles.

-Jamás me atrevería, hermano –aseguró Heracles, mientras Tiresias bailoteaba frente a él, lujurioso e impaciente-. ¿Qué me ves? Ya sé que estoy guapo, pero jamás me fijaría en un chico –aseguró él.

-Curioso, porque fui tu primera vez como una chica siendo realmente un chico. Pero aceleremos esto, ¿quieres? Yo tengo algo que decirte que es muy importante, pero para decírtelo tienes que pagarme, y yo ya vine preparado para recibir mi paga, mira –se volteó Tiresias, y se alzó el chitón, mostrándole a Heracles su trasero.

-¡Qué asco! ¡Nadie quiere ver tu…! A ver, otra vez… -pidió Heracles, Tiresias le dio gusto-. Bueno… hablemos… pero en los establos, donde mi esposa no nos oiga –pidió Heracles, Tiresias sonrió divertido, y saltó a los brazos de Heracles-. Esto es raro… pero no sé por qué me gusta… -miró Heracles en todas direcciones, y se llevó a Tiresias a los establos. Culminado el acto, sin embargo, un Heracles desnudo bajo la piel del León de Citerón, gritó escandalizado- ¿¡Espera qué!? –se quejó el hombretón.

-Lo que oíste, definitivamente la mujer lo siente 10 veces mejor que el hombre. Quiero decir, si estuvo rico y todo, pero, pienso que buscaré a otras serpientes apareándose para golpearlas. Ser mujer es más divertido –agregó Tiresias, insatisfecho tras el acto, Heracles lo ignoró rotundamente mientras se sacudía la cabeza.

-¡Eso no! ¡Y nadie pone en duda la virilidad de Heracles! ¡Te agarraría a garrotazos si no necesitara que me repitieras lo de ser el Príncipe Heredero de la Argolide! –se fastidió Heracles, tomando a Tiresias del cuello.

-No me violentes, suéltame o no te digo nada –pidió Tiresias, Heracles lo soltó. Tiresias se puso de pie y comenzó a vestirse-. En resumen, Zeus le dijo a Hera que el primer nieto de la estirpe de Perseo se convertiría en el legítimo heredero de la Argolide, sabiendo Zeus que ese heredero serías tú. Pero Hera, odiándote por ser un hijo ilegítimo de Zeus, convenció a las Ilitías de retrasar tu parto, y acelerar el de tu primo Euristeo. Así que, el legítimo heredero de la Argolide es entonces él, no tú, pero no todo está perdido. Si te pones al servicio del Rey Euristeo, y realizas 12 Trabajos para él, te convertirás en el héroe más grande de toda la Argolide, y los propios pobladores de Argos, Micenas, Midea y Tirinto, solicitarán que seas su rey. Vine para ayudarte a que esto se convierta en una realidad, sin que tengan que pasar todas las cosas malas primero. Así que, si me prometes hacerme tu reina, yo te ayudo a que… oye… ¡Heracles! ¿¡A donde te fuiste!? –se escandalizó Tiresias tras notar que Heracles se había ido mientras él hablaba- ¡Ese bruto va a desatar una calamidad! ¡Heracles! –se molestó Tiresias, saliendo de los establos, y chocando con Ificles, por lo que cayó desnudo frente a Yolao, quien se le quedó viendo, molestando a Ificles.

-¿¡En verdad el muy tonto de mi hermano acaba de hacer lo que creo que acaba de hacer!? –levantó Ificles a Tiresias, sumamente molesto- Escucha amigo, no quiero volver a verte cerca de mi hermano, o te va a faltar algo debajo del chitón no necesariamente por golpear a unas serpientes apareándose con tu bastón –se molestó Ificles.

-¡Olvida eso, Ificles! ¡Heracles está en un grave peligro! ¡O, mejor dicho, él será el grave peligro! –le aseguró Tiresias, dejando de amarrarse el Chitón, por lo que este se le cayó y terminó desnudo frente a Yolao, quien se desmayó tras tener una vista muy de cerca de las propiedades masculinas de Tiresias, lo que enfureció a Ificles, quien estuvo por estrangular a Tiresias- ¡No! ¡Espera! ¡Heracles debe ir en estos momentos en dirección al Templo de Zeus Liceo buscando respuestas directas del mismísimo Zeus! ¡Pero Zeus tiene la vista ocupada en otro lugar! ¡En Troya acaban de asesinar al Cuerpo Original de Poseidón! ¡Quien está atendiendo a las solicitudes de los Mortales no es Zeus quien está suplicando a Hades por el alma de su hermano Poseidón! ¡Es Hera quien gobierna en los Templos de Zeus en estos momentos! ¡Si Heracles exige ver a Zeus, quien aparecerá frente a él será Hera! ¡Y Hera desprecia a tu hermano! –le explicó Tiresias, Ificles no supo el cómo absorber toda esa información- Detenlo, o muchos van a morir. ¡Debes irte ya o no vas a alcanzarlo! –suplicó Tiresias.

-¡Estás demente! –lo empujó Ificles al suelo- ¡Lárgate de nuestra granja, y nunca regreses! –ordenó Ificles, cuando Tiresias comenzó a llorar- No me vengas con lágrimas traicioneras. No voy a creérmelas –se molestó Ificles.

-Es tarde ya… -le comentó Tiresias, Ificles lo miró con detenimiento-. Si me hubieras creído cuando te lo dije, hubieras llegado a tiempo, pero la velocidad de un Caballero de Bronce… no hay forma ya de que llegues a tiempo… tú mataste a tus hijos, Ificles, no él… -finalizó Tiresias. Ante la mención, Ificles miró a Yolao, y tomó una decisión, corriendo lo más rápido que podía al templo donde recibió su Armadura de Bronce.

Templo de Zeus Liceo.

-¡Padre! –llamó Heracles, entrando ruidosamente al Templo de Zeus Liceo, y pateando las Armaduras de Plata de Bootes y Can Mayor a un lado, irrespetando totalmente lo que había acontecido en aquel lugar hace ya 7 años- ¿¡Qué significa lo que Tiresias ha dicho padre!? ¿¡Vas a negarme mi derecho de nacimiento!? ¿¡Quién es ese tal Euristeo que merece más el trono de la Argolide que yo que soy tu hijo!? –demandó saber Heracles, mientras a varios kilómetros de distancia, Ificles corría lo más rápido que podía. Frente a Heracles, sin embargo, una luz rosada apareció en medio del Templo de Zeus Liceo, por lo que Heracles pensó que Zeus le respondía, pero quien bajó en un tubo de luz rosada no era Zeus, sino Hera, la esposa de Zeus, quien bajaba flotando plácidamente, en una túnica blanca un poco rosada, y que descubría casi por completo sus piernas. Llevaba una especie de armadura de oro sobre la túnica blanca, que poseía una protección para el cuello donde una amatista incrustada brillaba con la fuerza de su cosmos. La túnica no poseía mangas, pero estas existían en la vestimenta de la mujer, saliendo de dos brazaletes de oro que llevaba en los brazos, y extendiendo sus mangas hasta casi rodearle los dedos. La bella mujer, poseía una larga cabellera rosada oscura, y unos ojos rosados brillantes, que dirigió en molestia a Heracles en un principio, antes de sonreír divertida-. ¿Tú quién Espectros eres? ¿Dónde está Zeus? –preguntó Heracles.

-Justo donde no puede verte, bastardo –elevó su cosmos Hera, divertida, y empujando a Heracles con el mismo-. Yo soy Hera, la Reina de los Dioses –le explicó ella, su Esencia Divina saliéndose de control, amenazando con destruir la existencia misma con su presencia-. Y aunque quisiera quedarme a charlar, el que un Dios Olímpico se manifieste en Gea sin alguna clase de disfraz o contenedor, podría tener consecuencias catastróficas. La boba de Athena lo demostró cuando hizo estallar su cuerpo vaporizando a Ares y Hades frente a las Puertas de los Leones de Esparta, así que dispongo de poco tiempo para hacer esto. Voy a darte un regalo, Heracles, uno que no vas a poder usar, pero que me va a divertir mucho. ¡El Decreto Imperial! –sin que Heracles pudiera comprender lo que ocurría, un destello rosado se desprendió del dedo de Hera, y atravesó la frente de Heracles, justo en el momento en que Ificles entraba en el Templo de Zeus Liceo- Que tu sufrimiento sea eterno, maldito bastardo –finalizó Hera, antes de desaparecer frente a Heracles, cuyos ojos ahora eran rojos.

-¡Herc! ¿¡Esa era Hera!? –preguntó Ificles, Heracles se viró sorprendido, sus ojos rojos llamando la atención de Ificles- Esto… no está bien… -retrocedió Ificles, sintiendo el instinto asesino de Heracles- ¡Herc! ¿¡Estás bien!? –preguntó Ificles.

-La Osa de Calisto… imposible, pero si Ificles la mató –se sorprendió Heracles, Ificles miró en todas direcciones, buscando a la Osa de Calisto, sin encontrarla en ninguna parte. Ificles intentó preguntar, pero sintió su pecho dolerle, y comenzó a vomitar sangre tras ser golpeado con fuerza por Heracles en su pecho- No sé cómo es que estás viva maldita Osa, pero si le hiciste algo a mi hermano… -lo lanzó Heracles a una de las paredes del templo, donde Ificles continuó vomitando sangre por el golpe.

-¿Cómo? –tosió Ificles con fuerza- ¡Herc! ¡Soy tu hermano! ¡Herc! –intentó decir Ificles, cuando notó a Heracles lanzándose en su dirección, forzando al de la Osa Mayor a saltar a un lado, evitando que le aplastara la cabeza- ¿¡Qué estás haciendo!? ¡Soy tu hermano! ¡Herc! –suplicó Ificles, pero Heracles le impactó el rostro con fuerza con su garrote, lanzándolo al otro lado de la habitación, demoliendo inclusive una estatua en honor a Zeus con su cuerpo, dejando a Ificles tendido y ensangrentado, y haciendo un esfuerzo por volver a incorporarse- Si no hago algo… va a matarme… -comentó Ificles, con lágrimas en sus ojos, y recordando las palabras de Tiresias-. No… si no lo detengo… -miró Ificles en dirección al bosque, desde donde un fuego hogareño se veía a la distancia- ¡Tengo que detenerlo! ¡Lo lamento hermano! ¡Tú forzaste mi mano! ¡Arde cosmos mío! ¡Dame la fuerza de proteger a los que más amo! –pidió Ificles, la Osa Calisto apareciendo detrás de su cuerpo como una representación de su cosmos, que tonifico los músculos de Ificles, quien rugió con fuerza en dirección a Heracles- ¡Zarpa del Oso Pardo! –con un movimiento de su mano, que materializó cuatro cuchillas azules como las zarpa de un Oso, Ificles lanzó un corte que partió la tierra, y que impactó de lleno en el cuerpo de Heracles, lanzándolo a lo profundo del Templo de Zeus Liceo, hasta donde Ificles lo persiguió, con su cuerpo envuelto en el cosmos de la Osa Calisto, y donde tomó a Heracles del cuello, girándolo varias veces, y estrellándolo contra las columnas del templo, que comenzó a venirse abajo sobre de ambos- ¡Despierta hermano! ¡O tendré que matarte! –pidió Ificles, lanzándose con el puño listo en dirección a Heracles, quien detuvo el mismo con su mano.

-Voy a admitirte algo, Osa, esa sí la sentí… pero eres una pequeñez en comparación con mi verdadero poder –Heracles comenzó a elevar su cosmos, que creció agresivo y poderoso, tan alto que intimidó a Ificles, cuya Armadura de Bronce comenzó a desquebrajarse únicamente por sentir el cosmos inmenso de Heracles, que entonces golpeó a Ificles con tanta fuerza, que lo lanzó por el techo del Templo de Zeus Liceo, mientras este se venía abajo-. Está hecho, no volverás a asesinar a nadie, maldita Osa, que lastima que Ificles no está aquí para hacerme un estofado –salió Heracles del templo mientras este terminaba de venirse abajo, e Ificles caía sepultado dentro del mismo, una vez afuera, los ojos de Heracles se abrieron de par en par, frente a él los bosques ardían, un incendio consumía todos los alrededores, pero este incendio, solo estaba en la mente de Heracles- ¡No! ¡Mi familia! –comenzó Heracles, corriendo a donde veía la columna de humo, sin saber que no era una columna de humo de un incendio, sino el fuego de una hoguera- ¡Megara! ¡Mis niños! –gritó Heracles.

-¡Pirra! ¡Mis niños! –gritó Ificles desde las ruinas del templo, incorporándose, y viendo los árboles ser derribados en la carrera de Heracles a su casa- ¡Herc No! ¡Despierta! ¡Herc! –se incorporó a como pudo Ificles, con su Armadura de Bronce cayéndole en guijarros, con su cuerpo lleno de heridas y de sangre, pero con su cosmos dándole la fuerza de perseguir a su hermano- ¡Herc! ¡Detente! ¡Heeeerc…! –aceleró Ificles lo más que pudo.

Casa de Heracles e Ificles.

-¡Suélteme señor! ¡Tengo que ir a casa! ¡La cena está lista! –se quejaba Yolao, mientras Tiresias lo cargaba, e intentaba meterlo a la fuerza en los establos- ¡Déjeme ir! ¡Papá le dijo que se fuera y nunca volviera! –gritaba Yolao.

-¡Si no me obedeces, tu padre morirá también! –le espetó Tiresias, asustando a Yolao, mientras Tiresias lograba esconderse dentro de la paja del establo, y tapaba la boca de Yolao-. Ahora calla… y trata de soportarlo, o ambos estaremos muertos también… -lloraba Tiresias, abrazando a Yolao, tapándole los ojos, intentando que no fuera testigo de lo que estaba por suceder.

-¿Papá? –escuchó Tiresias, y sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras uno de los hijos de Heracles, Terímaco, de tan solo 6 años, buscaba junto a sus primos a su padre Heracles- ¡Papá! ¡Tío Ificles! ¡La cena está lista! –gritaba Terímaco, mientras él y sus primos buscaban a sus padres.

-Terímaco, déjalos, ellos vendrán cuando tengan… -salió Megara de la casa, y justo tras hacerlo, Heracles se frenó con fuerza frente a ella y los tres niños-. Hambre… vaya, no te veía tan emocionado por mi comida desde hace tiempo, con eso de que siempre prefieres la de Ificles, yo pensaba que… ¿Herc…? –preguntó Megara, mientras Heracles, furioso, se aferraba a su garrote.

-¿Lamias? ¿En mi casa? –preguntó Heracles, sus ojos no veían a su hijo, a su esposa, o a sus sobrinos, solo veía a criaturas femeninas mitad serpiente, de ojos amarillos, y de colmillos, que abrían sus bocas para atacarlo, cuando en realidad los niños estaban contentos de ver a su padre en el caso de Terímaco, y a su tío en caso de los hijos de Ificles- ¿¡Que les han hecho a mis hijos!? –gritó Heracles, blandiendo su garrote. Tiresias se estremeció, y abrazó a Yolao con fuerza, quien comenzó a llorar por lo que había escuchado.

-¡Terímaco! –gritó Megara horrorizada, y con lágrimas en sus ojos, y tras aquel sonido horrible que rodeó los oídos de Tiresias y Yolao, se escucharon dos más- ¡Heracles! ¿Qué estás haciendo? ¡Noooo…! –se escuchó un forcejeo, y después un golpe como una bofetada, y finalmente el sonido de madera rompiéndose, mientras el cuerpo de Megara era lanzado a los establos, perforando el techo de los mismos, y cayendo frente a la paja donde se ocultaban Tiresias y Yolao, escandalizando a Yolao, quien lloró tras ver e cuerpo malherido de Megara, quien lloraba, y se contorsionaba, anclándose a la vida-. Terímaco… Heracles… le aplastó la cabeza… a él y a sus primos… ¿qué está pasando? –lloró Megara con fuerza, y después escuchó los gritos desde los interiores de la casa- ¡Creontiades…! ¡Deicoonte…! –lloró Megara, oliendo la carne quemada, y escuchando los gritos de los pequeños.

-¡Herc…! –llegó entonces Ificles, y lo que encontró fue horrible- ¡Mis niños! ¡Por Athena, nooooo…! –lloró Ificles con todas sus fuerzas, antes de que un objeto fuera lanzado de los interiores de la casa, y viera la cabeza de su esposa Pirra, que Heracles había decapitado de un garrotazo, Ificles lo supo al ver el cuerpo sin cabeza de su esposa cayendo al suelo con Heracles sosteniendo el garrote con su mano en pose de haber lanzado un tremendo golpe- ¡Pirraaaaa! –el grito desgarrador de Ificles por fin despertó a Heracles de su trance, quien entonces notó lo que había hecho- ¡Asesino! ¡Maldito! ¡Me has quitado todo cuanto he amado en mi vida! ¡Voy a matarte! –se lanzó Ificles con su cosmos en alto dentro de la casa.

-¿Qué…? ¿Qué he hecho? ¡Creontiades! ¡Deicoonte! Mis niños… ¿Terímaco? –preguntó Heracles, viendo por la puerta a su hijo mayor y primogénito, antes de ser embestido por Ificles, quien lo tomó del cuello, y lo alzó- ¡Hermano! –se sorprendió Heracles.

-¡Estrangulación de Osos! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¿¡Cómo pudiste!? ¡Yo siempre estuve allí para ti! ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué!? –lo lanzó Ificles a un lado, derribando una pared con su cuerpo, Heracles aterrizó frente a la cabeza cercenada de Pirra, lo que fue una horrible imagen para Heracles, pero que no pudo concentrarse en ella, mientras Ificles se le lanzaba encima, y comenzaba a estrangularlo por la espalda- ¡Los mataste! ¡Los mataste a todos! ¡A mis hijos! ¡A mi esposa! –lo viró a la fuerza Ificles, se posicionó sobre de él, y comenzó a darle de golpes a Heracles con todas sus fuerzas. Cada golpe sacudía la tierra, causaba terremotos, y hundía a Heracles formando un cráter a su alrededor. El cosmos de Ificles había crecido tanto por su ira, que la sangre de Heracles salía disparada por todas partes con cada golpe- ¡Yo te amaba hermano! ¡Renuncié al trono de Tirinto por ti! ¡Renuncié a Ma y a Pa por ti! ¿¡Y cómo es que me has pagado!? ¡Matando a todos cuanto he amado!? ¡Destruiste toda mi estirpe familiar! ¡Sin mis preciados bebés! ¡Sin mi querida esposa! –continuaba Ificles, con cada palabra, venía un puñetazo. Sus puños ya estaban rotos, pero no dejaba de golpearlo- ¡Sin mi primogénito! –gritó Ificles furioso, Tiresias entonces salió de la paja, con Yolao en brazos y cubriéndole los ojos.

-¡Yolao vive! ¡Yolao vive Ificles! –declaró Tiresias con los ojos cubiertos en lágrimas, Yolao lloraba también, sus lágrimas pasaban por entre las conexiones de los dedos de Tiresias- Ificles… escúchame… no fue Heracles… fue Hera… Heracles jamás asesinaría a su familia… por favor… tienes que comprenderlo… -suplicó Tiresias.

-¿Comprenderlo? –lo miró Ificles, con sus ojos ahogados en lágrimas- ¡Es un asesino! ¡No importan las razones de su asesinato! ¡Él los mató con sus propias manos! ¡Y es mi justicia el castigarlo por lo que ha hecho! ¡A los asesinos, hay que acabar con ellos! ¡Es lo justo! –enunció él.

-¡Él no sabía lo que estaba haciendo! –defendió Tiresias, sus palabras regresaron a Ificles en el tiempo, al momento en que perseguía a la Osa Calisto, sin importar lo que le dijera el Caballero de Plata, Arcas de Bootes, quien solo quería proteger a su madre, que no sabía por qué mataba, simplemente lo hacía sin poder controlarse. Ificles incluso recordó el rostro arrepentido y dolido de Calisto, antes de que Artemisa la transformara en la Constelación de la Osa Mayor, para que sus ojos por siempre observaran sin descanso al mundo, mientras Artemisa la castigaba por la eternidad.

-Es tu justicia hermano… -lloró Heracles desde el suelo, en un charco de su propia sangre, que comenzaba a mezclarse con las lágrimas que le caían de los ojos-. Toma mi vida… es tu justicia… yo te lo he quitado todo… no voy a excusarme, y a decirte que no sabía lo que hacía… maté a tus hijos… maté a tu esposa… maté a mis hijos… me harías incluso un gran favor matándome por mi crimen… por favor… hazlo… -suplicó Heracles, Ificles lo miró, enfureció, lo tomó del cuello mientras su cosmos se incineraba más y más alto, comenzó a aplastarle el cuello a Heracles, quien comenzó a vomitar sangre, pero entonces, Ificles dejó de ejercer fuerza, y abrazó a Heracles con todas sus fuerzas-. ¿Hermano? –preguntó Heracles.

-¡No puedo! –gritó Ificles con todas sus fuerzas- ¡En estos momentos, te odio con todas mis fuerzas! ¡Pero no puedo hacerlo! ¡Es más fuerte mi amor por mi querido hermano, que el odio que te tengo! ¡No puedo! ¡Soy el hombre más patético que existe! ¡Forcé a Arcas a matar a su propia madre llamándolo justicia! Pero yo no puedo matarte a ti… hermano… no puedo… ni siquiera en el nombre de la justicia… no puedo… -lo abrazó Ificles, Heracles le devolvió el abrazo. Un trueno resonó con fuerza en el cielo, e inmediatamente después, comenzó a llover, lavando la sangre, borrando en parte las huellas del crimen de Heracles, pero los cadáveres, permanecieron allí.

-Heracles… -llamó Tiresias, con Yolao en brazos, el pequeño lloraba con todas sus fuerzas mientras abrazaba al extraño que le había salvado la vida-. Intenté advertirte, y no me hiciste caso, y ahora has pagado el precio por no escucharme… no eres el primero, y no serás el último en pagar grandes precios por no escucharme… así que necesito que me escuches esta vez… -pidió Tiresias. Heracles, aun abrazando a su hermano, lo volteó a ver-. La única forma de expiar este terrible crimen tuyo… es subordinándote ante tu primo, el Rey Euristeo de Micenas, y realizar para él 12 Trabajos… hazlo… y los Dioses van a perdonarte… -terminó él.

-Pero, aunque los Dioses te perdonen, aunque tu hermano te perdone, ¡yo jamás te perdonaré! –escuchó Heracles a Megara, quien se tomaba del marco de la puerta de los establos, ensangrentada, malherida, y furiosa- Lárgate de Tebas… y jamás regreses… si regresas… tendré a mi padre Creonte cazándote con sus leones… y degustando tu carne, mientras te arranco los malditos ojos y te hago tragarlos, ¿me escuchaste? ¡LÁRGATEEEEE! –gritó Megara, Heracles lloró, y asintió, tomó su garrote lleno de sangre, y se retiró, dejando atrás a Megara, a Tiresias, y a Ificles, quien miraba al suelo entristecido. Heracles caminó un par de metros, y entonces escuchó pasos detrás de él, mientras Ificles apresuraba el paso, para caminar a su lado.

-Hermano… -comenzó Heracles, pero Ificles colocó su mano en el camino, y movió su cabeza en negación. Heracles asintió, y siguió caminando, pero entonces escuchó los pequeños pasos de Yolao, que se tomó de la mano de su padre, y caminó con ambos con los ojos repletos de lágrimas. Heracles lloró, sorbió con fuerza, y alzó la cabeza-. A Micenas… -terminó él, continuando con su camino.

Colina de Delfos. Año 1,222 A.C.

-Ninguno de los dos me dirigió la palabra hasta llegar a Micenas –continuaba Heracles, caminando frente a Pegaso, entristecido por los recuerdos, Filoctetes permanecía sobre el carromato, escribiendo en su cuero en silencio-. En todo el camino comíamos lo que encontrábamos, pero Ificles no cocinaba, charlaban entre padre e hijo, pero a mí no me decían nada. Cuando llegamos a Micenas, me subordiné a mi primo el Rey Euristeo, pensé que al salir no los encontraría, pero… saliendo por las puertas principales del palacio, Ificles me miró, y por fin habló… simplemente dijo: «Entonces, ¿qué vamos a cocinar hoy?», y todo regresó a la normalidad… jamás volvimos a hablar del tema… -le comentó Heracles, y entonces la neblina se disipó, revelando un enorme santuario de piedra, que se extendía por varias colinas pequeñas, todas con varias fuentes en honor a Apolo, el Dios de los Profetas. Heracles entonces sorbió por la nariz con fuerza-. Y esa es la historia del como yo, solito… y sin ayuda… arruiné mi vida… -se atrevió a bromear Heracles, virándose para ver a Filoctetes, y escuchando el sonido de una gota golpeando el cuero en el que escribía Filoctetes-. ¿Estás… llorando? –preguntó Heracles, consternado.

-¿Qué crees que soy de piedra? Por supuesto que estoy llorando, imbécil… -se bajó del carromato Filoctetes, y caminó hasta él-. Lo que voy a decir… solo lo voy a decir una vez… porque, aunque no sea de piedra, soy un humano orgulloso, Heracles… pero puedo ver que tú no tuviste la culpa de nada… así que… mi más sentido pésame por tu perdida… Herc… -terminó Filoctetes, Heracles sonrió.

-Muchas gracias por tus palabras… Fil… -le ofreció su mano Heracles, Filoctetes la miró-. ¿Puedo contar contigo? –preguntó, Filoctetes sorbió con fuerza, y asintió, tomando la mano de Heracles- Eres un gran amigo Fil –finalizó Heracles, y entonces se viró a ver al Santuario de Delfos-. Y bueno… Delfos, Fil… -presentó imaginariamente Heracles-. Fil, Delfos… esperemos que no sea costumbre venir aquí, si la Sibila me dice que tengo que hacer unos Nuevos 12 Trabajos, voy a tener que agarrar a alguien o algo a garrota… -intentó decir, cuando escuchó los pasos de pies desnudos sobre el pasto-. Es… la primera vez que ella viene a recibirme… y es la primera vez que la veo llorando… -admitió Heracles, Filoctetes se preguntó a lo que se refería, cuando notó a la joven rubia en túnica carmesí, y de unos muy llamativos ojos esmeraldas ahogados en lágrimas, corriendo a la entrada del Santuario de Delfos.

-¡Herc! –llamó la chica, Heracles abrió su boca hasta sus límites por la sorpresa de escucharla decir su nombre con tanto sentimiento- Herc… sí viniste… yo pensé… no creí… cuando lo de Calcante, yo… -trastabilló la chica, pero se forzó a sí misma a tranquilizarse, respiró pesadamente, se secó las lágrimas, y abrió sus ojos una vez más, estos ahora eran determinados, y la postura de la mujer se mostró orgullosa-. Yo soy Sibila… la Sibila de Delfos… -se presentó ella, Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas de confusión-. Y te tengo 12 Nuevos Trabajos… Heracles… -se cruzó de brazos ella.

-¡Oh mierda! –se quejó Heracles, tomó su garrote, y fue hasta una estatua de Apolo- ¡Nada personal primo! –declaró Heracles, y comenzó a agarrar a la estatua de Apolo a garrotazos, Filoctetes hizo una mueca y apuntó a Heracles, la Sibila sonrió en ese momento, pero se forzó a sí misma a verse fuerte y determinada, Filoctetes solo suspiró, sabiendo que su vida se acababa de complicar una vez más.

Pilos. Palacio de Pilos.

-Él sigue con vida mi rey… créame… lo he visto con mi propio ojo… -dentro de la oscura sala del trono de un Rey de Pilos, un Espectro, Fryodor de Mandragora, la Estrella Celeste del Dolor, se arrodillaba frente a un soberano revestido en una Armadura Dorada muy hermosa-. Él me ofendió a mí, pero sé que usted resultó ser mayormente ofendido por él. Así que, aunque sea un Espectro, y nuestros Dioses sean enemigos, estoy seguro de que comprenderá que el enemigo de mi enemigo… es mi amigo… -sonrió Fryodor, cuando su ojo reflejó una luz muy poderosa, como si reflejara a un sol.

-¡Explosión de Cúmulo de Estrellas! –resonó el grito desde las sombras, y Fryodor se vio transportado al espacio, donde fue bombardeado por cometas, planetoides, y estrellas, que astillaron su Suplice en varias secciones, y lo dejaron tendido en el suelo- ¿El amigo de mi enemigo es mi amigo dices? –escuchó Fryodor, mientras unas botas doradas le alzaban la barbilla a la fuerza- Un Espectro y un Caballero Dorado, jamás, podrán ser amigos. Pero por la valiosa información que me has traído, te dejaré vivir para que, cuando Athena y Hades vuelvan a ir a la guerra, pueda destrozarte el rostro y sacarte el ojo que te queda personalmente… y si me entero de que enuncias mi mayor vergüenza ante alguien, ante quien sea… te voy a aplastar la cabeza, puedo estar en Troya en un parpadeo. ¿Comprendes lo que te digo? –preguntó el Caballero Dorado.

-Yo… lo… lo entiendo Rey Néstor… -declaró Fryodor, asustado, y retrocediendo-. Jamás podría siquiera pensar en desafiar al Caballero Dorado más poderoso de todos… el Caballero Dorado de Géminis… -finalizó Fryodor, mientras la luz dorada rodeaba al mencionado Caballero Dorado.

-Que no se te olvide, alimaña, ahora largo de mi reino… que Pilos debe prepararse para la guerra… -espetó Néstor con violencia, mientras Fryodor, molesto, desaparecía tragado por las sombras-. Así que sigues con vida… Heracles… no solo escapaste a mi trampa mientras éramos Argonautas, sino que al parecer sobreviviste a la Sangre Maldita de Neso… me parece perfecto… ya que yo y los Dioscuros… estamos bastante impacientes de volver a verte –sonrió Néstor, materializando una esfera oscura, donde un par de gemelos gritaban y eran torturados, mientras sus mentes vagaban entre las dimensiones.