Ya sé, ya sé, me retrasé, pero me retrasé poquito, bien poquito. Oigan al menos no me retrasé tanto como el periodo de mi esposa que lleva 5 semanas de retraso, ay que irresponsable ese periodo. Guiño, guiño.
MaryQueen: La vida es difícil, créeme, no tenemos tiempo para todo, pero hay que darle con todo. Con todo lo que ha vivido Heracles, me sorprende que sigas prefiriendo a Jasón. Jajaja, todo tu desprecio por Crises, si es un personaje bien importante, téngale paciencia, todavía no termina de portarse mal el señor. A estas alturas es imposible no seguir introduciendo Argonautas, salen hasta por debajo de las piedras, pero aquí hay uno un poco más entrañable, espero. Espero que sea de tu agrado la participación de Odiseo chiquito, pero más bien creo que quien se va a llevar las palmas es otro chiquito diferente. No creo que te hubiera gustado ser la única mujer en un barco lleno de hombres testosterónicos y lujuriosos, pregúntale a Atalanta cómo le fue. Lo de Perséfone dejémoslo con que es turbio, y habrá más de esa turbiedad en este capítulo. Ya sé que en el capítulo anterior no hubo pelea, no mucha al menos, pero eso lo compenso en este. Oh, Antíloco todavía falta varios años para que salga, lo siento por esto, pero te ofrezco un cangrejito.
Josh88: Pues no sé cuántas veces vayas a leer este capítulo, pero sí te adelanto que va bastante información, así que quedas advertido. No creo que haya un solo personaje griego que no se metiera en cosas sexosas la verdad. Y Filoctetes, pues ese sí salió ganon, para qué te digo que no. A él le gustan mayores, de esas que llaman señoras. Néstor liberó las almas de los Dioscuros, allí acaba el Primer Trabajo Dorado, así que Heracles no está obligado a cumplir con su promesa. Y ya veremos quién es la bruja, todavía falta para eso.
Chelixaamusca: Hola, que bueno que te pusiste al corriente, y espero que este capítulo también sea de tu agrado. Yo creo que sí vas a necesitar otros lentes, creo que este es de los capítulos más largos que he escrito. Y pues claro que Néstor iba a tener relevancia en este capítulo, como cierto personaje que saldrá en este.
NOTA: Es obligación leer los diálogos de Teseo con la voz de Mufasa del Rey León, y los de Piritoo como la de Scar del Rey León. Admeto puede ser Pumba si quieren, pero estas dos voces me las respetan.
Guerras de Troya - Las 12 Pruebas Doradas de Heracles.
Segunda Prueba Dorada: Robar a Thanatos el alma de Alcestis.
Egipto. Palacio de Etiopía. Sala del Trono de Titono. Año 1,248 A.C.
-Ustedes de los Pueblos del Mar, son una peste demasiado difícil de erradicar –dentro de un templo de oro sólido, con el suelo repleto de arena roja, en una habitación que parecía la habitación del trono de algún rey con delirios de grandeza, quien se creía a sí mismo un dios, varios soldados de pieles tostadas, con los ojos tatuados con máscara negra alrededor de los mismos, y llevando prendas de lino blanco y coronas de tela negra mientras mantenían sus espadas curvas y lanzas en alto, se mantenían a la defensiva frente a un par de figuras. Uno era Heracles, a sus 34 años de edad, estando en la cúspide de su vida. La otra era una bella mujer en una Armadura de Bronce de color morado, de cabellera rubia y de tez pálida. Se trataba de Hilas, a sus 24 años de edad, la Caballero de Bronce de Unicornio-. ¿Con permiso de qué Dios se creen con el derecho de atacar a Etiopia, el Reino de los Dioses? –exclamaba el rey de aquellas tierras, de apariencia bastante vieja, con su ojo izquierdo perdido en los pliegos de su propia piel, y su ojo derecho ciego, con el cuerpo fornido pero lleno de manchas por la edad, con la cabellera verde abundante, y vistiendo lino verde y arillos dorados. Se encontraba sentado en un trono de oro sólido, mientras sonreía ante los invasores con soberbia.
-Con el permiso de la Diosa Atenea –por la entrada al templo de oro solido llegaba una bella mujer, de larga cabellera lila que le llegaba hasta los pies, de ojos esmeraldas muy grandes y hermosos, alta, delgada, de piel pálida, y revestida en una Armadura Dorada que más parecía pertenecer a la de algún Caballero Dorado, que a una Diosa del Olimpo. Un aura dorada la rodeaba en todo momento- ¡Mi permiso! –sentenció la Diosa Atenea- Rey Titono de Etiopía… ha secuestrado a Eos, una Diosa de los Heladeos –miró la Diosa Atenea en dirección a una bella mujer de tez morena, cabellera verde suave, y ojos rasgados de la misma coloración, quien vestía una túnica dorada muy reveladora, y estaba encadenada al trono de oro en el cual se sentaba el Rey Titono-. Los Dioses Olímpicos no sabemos el cómo evadió nuestra mirada por tanto tiempo. Pero ahora sabemos que Eos no lo ha desposado por voluntad propia. Usted trata a una Diosa Menor como su esclava sexual… y será castigado a correspondencia de sus crímenes –amenazó la diosa.
-Adivinaré… otra línea genealógica borrada por los Heraclidas –susurró para sí misma Hilas, un tanto molesta por las misiones que se les asignaban, y que siempre terminaban de la misma manera. A su lado, la Diosa Atenea se mantenía firme-. Papá dijo que fuera devoto a Afrodita… que Afrodita es amor… pero no, yo quería consagrarme a una diosa más poderosa. ¿Cuántas estirpes hemos borrado de Gea? –se molestaba Hilas.
-¿De qué hablas? Yo siempre dejo a uno vivo para que se reproduzca –defendió Heracles. Atenea tan solo se aclaró la garganta, como si Heracles e Hilas estuvieran arruinando su momento heroico-. Lo siento prima… es que me chiflan los niños… -le comentó Heracles, comentario que deprimió a Hilas. Heracles lo notó y estuvo a punto de hablar, cuando el Rey Titono comenzó a reírse de forma gangosa y senil.
-¿Atenea? –comenzó el anciano- Esa es una diosa importante, no como Eos –se burló el Rey Titono, tirando de la cadena de oro, y forzando a Eos a mirarlo fijamente. La Diosa Eos tan solo le gruñía con un odio profundo-. Seguramente, usted será una mejor esclava sexual que esta mocosa que ya no me satisface. Y sobre el cómo es que evadí la mirada de los Dioses por tanto tiempo. Aquí tiene mi respuesta –agregó el hombre, abriendo su túnica, y extrayendo una estatuilla de madera con la forma de un dios de los Egipcios, siendo esta estatuilla una representación de un dios con la cabeza de un oso hormiguero. La estatuilla comenzó a brillar con un cosmos propio, y de pronto, la imagen de cosmos de Atenea comenzó a vomitar sangre, lo que aterró a Heracles y a Hilas.
-¡Diosa Atenea! ¿Qué le ocurre? –preguntaba Hilas, mientras Atenea caía en sus rodillas y comenzaba a respirar difícilmente. Heracles se molestó, pero con la madurez que le daba el tiempo como Héroe de Mithrilo, miró en todas direcciones, notando que Eos también se mostraba débil.
-¡Paladio! –exclamó Heracles, mirando a la estatuilla tras estudiar las reacciones de las diosas en el lugar- Ya decía yo que sentía un leve cosquilleo. Es el mismo material que el Rey Busiris de Dyed utilizó para retenerme dentro de ese calabozo de madera del cual me sacaron los Heraclidas –le recordó Heracles. Hilas comenzó a hacer memoria, pero sin desatender a Atenea, que ya temblaba del dolor en el suelo. Del lado de Titono, Eos comenzaba a vomitar sangre de igual manera-. Ya hiciste suficiente prima. Ve y descansa –le pidió Heracles, mientras Atenea temblaba del dolor.
-Lo dejo en tus manos… primo… libera a Eos, y deja que ella te guíe al Jardín de las Hespérides –terminó Atenea, desvaneciéndose, ante la sorpresa de los hombres de Titono, quien además se mostró molesto de lo que había ocurrido.
-¿Qué ocurrió? –preguntó el Rey Titono, buscando a Atenea por todas partes- Respóndeme, esclava mía. ¿Dónde está Atenea? –demandó Titono, tirando de la cadena que mantenía las manos de Eos unidas. Pero como Eos no le respondía, tiró con más fuerza para derribar a la chica contra el suelo, desde donde ella lo miró con rabia.
-Esta no es forma de tratar a Eos, la Diosa de la Aurora… -se mordió los labios la mujer, pero por la debilidad que le causaba el Paladio, tuvo que responder-. Atenea ha regresado al Olimpo, esposo mío… -comenzó a explicarle Eos-. El Paladio es veneno para los Dioses… repele nuestros cosmos al interior de nuestros contenedores Mortales. Pero para Atenea, que no tiene un contenedor como yo tras este haberse sacrificado frente a las Puertas de los Leones en Esparta, el Paladio disipa su cosmos en el éter. Atenea jamás estuvo presente físicamente aquí, ella está encerrada dentro de su templo en el Olimpo. Aun así, el Paladio logró herir su esencia –terminó ella.
-Y yo que pretendía ser el Mortal que pusiera fin a la virginidad eterna de Atenea –se burló el Rey Titono-. Más en vista de que esto no sucederá. Supongo que he de conformarme con esa bella mujer que… -intentó decir el Rey Titono, pero tuvo que evadir el garrote que Heracles le había lanzado desde su lado del templo, mismo que casi le arranca la cabeza.
-Termina de decir eso, Rey Tontono, y lo que le pasó al Rey Busiris de Dyed cuando me liberaron de aquella prisión de Paladio, será un bonito recuerdo comparado con lo que te voy a hacer a ti. Todavía están limpiando sesos de las paredes del templo en que lo maté –bufó Heracles con molestia, mientras Titono sonreía divertido.
-Ah sí, la masacre de Dyed, se habla mucho de ella –recordó el anciano Titono-. Aunque verás, mi bruto invitado. Me hiciste un gran servicio al liberarte de mi enemigo acérrimo, el Rey Busiris, quien había sellado a la Triada Sethica dentro del Templo de Osiris en el cual tú muy amablemente lo masacraste –le comentó Titono, usando una fuerza muy similar al cosmos para materializar a tres estatuillas negras de adornos dorados, que representaban a tres Dioses de Egipto, y que brillaban con aquella fuerza similar al cosmos-. ¡Levántense, mis Dioses Egipcios! –entre los soldados que impedían el paso de los Heraclidas a Titono, tres de ellos comenzaron a ser rodeados por aquella extraña fuerza de cosmos: una bella mujer de cabellera esmeralda, y quien era físicamente muy similar a Eos, quien la miraba con preocupación, mientras la estatuilla que representaba a una diosa femenina estallaba materializando partes de una armadura, y revestía con la misma a la mujer, quien con movimientos gráciles se posó lista para una confrontación. El siguiente soldado en recibir un Ropaje Sagrado fue un hombre bastante alto, más alto inclusive que Heracles, de tez morena como el resto de los Egipcios, con un tatuaje de un jeroglífico debajo de su ojo izquierdo, con el cabello espinoso oscuro y con una trenza larga que le llegaba al suelo, su ropaje representaba a una especie de perro mitológico sin pelo, un chacal. El último de los seleccionados por las estatuillas fue un joven esbelto, de cabellera verde pálida y ojos del mismo color, su cabellera era espinosa y corta, y portaba una lanza de madera que daba a Heracles un mal presentimiento, que solo acrecentó cuando la estatuilla de una especie de oso hormiguero humanoide sentado en un trono de roca estalló en sus partes, revistiendo al joven-. Interesante selección de Dioses Egipcios –comenzó Titono sonriente-. Mi primogénito nacido de la tierra, Anteo, fue elegido por el Dios Anubis. Mi preciosa hija, a quien tuve con Eos, Yodama, fue elegida por Neftis. Y por último mi heredero, también con Eos, Ematión, fue elegido por el más poderoso de los Dioses Egipcios, el poderoso Seth. Ahora… mátenlos –ordenó Titono. Sus hijos no perdieron el tiempo de atacar a los Heraclidas.
-¡Ten cuidado Hilas! ¡No puedo sentir sus cosmos! –comenzó Heracles, notando la velocidad de los atacantes, siendo la mujer, Yodama, la más rápida en el grupo, y quien llegó ante Hilas, y de una tremenda patada de su pie descalzo, clavó a la novia de Heracles a una pared de oro, fragmentando la misma con su cuerpo, mientras Hilas, con los brazos cruzados y la Armadura de Bronce de Unicornio desquebrajándose, había logrado interceptar la patada que la violenta de Yodama presionaba contra los antebrazos de Hilas, intentando romperlos, mientras Hilas intentaba separarse de la pared para combatirla- ¡Hilas! –se preocupó Heracles, pero se vio obligado a evadir la lanza de Ematión que, pese a ser de madera, rasgó la piel supuestamente indestructible de Heracles, dejando escapar su sangre- ¿Lanza de Paladio? ¿De dónde sacan todos ustedes tanto Paladio? –se quejó Heracles, evadiendo ágilmente las estocadas de Ematión.
-Del Jardín de las Hespérides. ¡Todos los árboles allí presentes están hechos de Paladio! –se separó Ematión unos instantes, conjurando con su cosmos torbellinos de arena roja- ¡El Espíritu del Desierto de Sangre! –de las manos abiertas de Ematión, se desprendieron torbellinos de arena roja, que cegaba a Heracles, y le cortaba la piel, lo que sorprendió a Hilas, quien seguía empujando a Yodama, quien se burlaba sonriente de los torpes intentos de Hilas de liberarse. Los torbellinos en manos de Ematión lograron empujar a Heracles y azotarlo contra el suelo, notando Heracles los inmensos pies del último de los Dioses Egipcios, Anteo de Anubis.
-Será todo un placer el destrozar el cosmos del más grande de los Héroes de Mithrilo. ¡Aliento del Dios de la Muerte! –abrió su boca Anteo, liberando fuegos esmeraldas, mismos que rodearon a Heracles como cadenas de humo, inmovilizándolo- Ahora, te voy a machacar –preparó su puño Anteo, preparándose para ejecutar a Heracles, que forcejeaba contra sus cadenas de humo verde sin poder liberarse, y hubiera sido golpeado por el puño repleto de energía similar al cosmos de Anteo, si la pared detrás de él no se hubiera roto bajo los poderosos brazos de un recién llegado en Armadura de Bronce de color azul, que abrazó a Anteo desde atrás, y aprisionó su cuerpo con su cosmos, alzándolo, y azotándolo al suelo tras elevar al gigantón y golpearlo de espaldas contra el piso.
-¡Azote de Calisto! –resonó el poderoso grito de Ificles, quien presumió sus músculos tras el levantamiento y azote, mientras Anteo se sobaba la cabeza tras haber roto el suelo con la misma- Lamento llegar tarde. Pero por fin encontramos la entrada al Jardín de las Hespérides, solo había que seguir al gigantón que cargaba el cielo, Atlas –resumió Ificles mientras se tronaba los nudillos, y observaba todo lo que pasaba a su alrededor- ¡La Armadura de Unicornio! ¡Eso no se va a arreglar con simples remaches Hilas! –apuntó Ificles al ver las fracturas en la Armadura de Unicornio, pero entonces Ificles se horrorizó aún más al ver el cuerpo ensangrentado de Heracles- ¿¡Herc!? –se sobresaltó Ificles.
-Paladio… detesto el Paladio –explicó Heracles. Ificles se molestó, miró la lanza de madera, y se tronó los nudillos, listo para enfrentar a Ematión, solo que Anteo logró reponerse del azote de Ificles, y regresó el mismo abrazando a Ificles por la espalda e imitando su movimiento, estampando de nuca a Ificles contra una de las paredes de oro, fragmentándola-. ¡Si tan solo me quitaran estas estúpidas cadenas de humo yo…! –se fastidió Heracles.
-Considéralo hecho, mi querido amigo –escuchó Heracles, se alegró, y notó a un lobo esmeralda de cosmos llegar e intentar morder a Ematión, quien comenzó a defenderse con la lanza de Paladio, mientras detrás del trono de Titono, Licas se materializaba, y golpeaba son sus afiladas garras la cadena que mantenía a Eos presa, liberándola, antes de intentar decapitar a Titono, quien logró escabullirse. Licas entonces tomó la Maza de Mithrilo de Heracles, y la lanzó en dirección de Heracles, quien logró liberarse a tiempo del humo esmeralda para tomar la maza en pleno vuelo, y abanicar con esta, azotando el suelo del palacio de oro con fuerza, y derribando a Anteo, a Ematión, y rompiendo la pose de presión de Yodama, liberando a Hilas, quien sonrió divertida.
-¡Mi turno! ¡Galope del Unicornio! –presionó una tremenda patada Hilas sobre el rostro de Yodama, que salió disparada hasta el techo del templo, quedando presionada contra el mismo, dentro de un agujero con la silueta de su propio cuerpo, y con una mirada sorprendida por haber sido lanzada con tanta fuerza. La Armadura de Unicornio no soportó siquiera el poder del impacto de Hilas, y comenzó a caerse a pedazos, dejando a Hilas en su túnica morada.
-¡Aaaaah! ¡Rompiste los Puentes Cósmicos! –recriminó Ificles, con la cabeza llena de sangre por haber derribado una pared de oro con la misma, aunque moviéndose como si nada hubiera pasado. Hilas solo lo miró horrorizada mientras sangre salía disparada a borbotones de tiempo en tiempo de su cráneo- ¿Sabes cuánto tiempo y sangre me va a tomar para volver a abrir los Puntos Cósmicos? –le recriminaba Ificles.
-¡Estás sangrando demasiado así como están las cosas! ¡Mínimo aprovecha y comienza a bañar a Unicornio! –apuntó Hilas a la pila de escombros de su armadura, antes de ser rodeada por una capa esmeralda- Tu no me toques, no te me acerques, ni me hables –se quitó la capa esmeralda Hilas, lanzándola al suelo, mientras Licas, quien la había tapado con la misma, se molestaba.
-¡Estaba ebrio! –se defendió Licas- ¡Heracles ya me perdonó! ¿¡Por qué tú no!? –insistía Licas en su molestia por el repudio de Hilas, quien se cruzó de brazos ignorándolo, mientras Ificles los ignoraba a ambos y lloraba mientras levantaba guijarros de la Armadura de Unicornio.
-Porque Heracles se acuesta con todo lo que encuentra, por eso no tiene derecho a recriminarle nada a nadie –comenzó otro recién llegado, Yolao, quien cargaba algunos pergaminos que leía mientras entraba en el templo-. Hilas también se acuesta con hombres y mujeres por igual, y si se lo hubieras pedido amablemente, no se hubiera enojado, pero tú la embriagaste –le recordó Yolao, mientras Heracles era lanzado al lado de él, con una mirada de pocos amigos-. ¿Todo bien tío? –se burló Yolao.
-¿¡Todo bien!? ¡Unos Dioses Egipcios me están dando una paliza por culpa de una maldita lanza de Paladio! ¡Mientras ustedes charlan como si no hubiera una amenaza frente a nosotros! ¡Obviamente no está todo bien! –se quejaba Heracles.
-Calma, ya llegó Yolao, y aun si debo combatir desnuda, le partiré el rostro a esa harpía antes de darle el gusto de dejársela a alguien más –apuntó Hilas a Yodama, quien ya había aterrizado a la derecha de Ematión, mientras Anteo se tronaba los nudillos a su izquierda, y el mismo Ematión preparaba su lanza.
-No hables de harpías en mi presencia que no me dejaste comerme a la última que enfrentamos –recriminó Ificles. Tanto él como Hilas colocándose a izquierda y derecha de Heracles, con Hilas observando de frente a Yodama, e Ificles desafiando con la mirada a Anteo, mientras Heracles se reponía, y se tronaba el cuello.
-Hora de darles a estos bastardos una paliza. ¡Los voy a agarrar a garrotazos! ¡Ojos abiertos, Hidra! –ordenó Heracles, mientras se lanzaba en dirección a Ematión, y su maza chocaba con la lanza de madera, lo que era ridículo en la mente de Heracles, ya que un material como el Mithrilo estaba siendo repelido por una lanza de madera. Ificles y Anteo, en un despliegue de fuerza bruta, impactaron palmas abiertas y se sujetaron de las mismas, apretando con fuerza, intentando doblegarse el uno al otro. Hilas y Yodama habían desaparecido por sus respectivas velocidades, las patadas de ambas encontrándose en medio del camino, y liberando una fuerza de choque bastante impresionante. Licas fue a asesinar fácilmente a los soldados de los alrededores, quienes se mantenían resguardando al Rey Titono, mientras Yolao, quien mantenía a Eos a salvo, accionaba los ojos de la Hidra de Lerna, mirando todo lo que ocurría en un mejor detalle que sus compañeros.
-La energía que rodea a Yodama y a Ematión es la misma, su nombre es Aj, algo similar al cosmos, pero perteneciente a los Egipcios –les explicaba Yolao, observando una especie de mar de estrellas dibujándose detrás de Yodama y de Ematión-. Pese a ser Semidioses, no despliegan el cosmos de ninguna manera, probablemente no lograron dominarlo. El Aj pertenece enteramente a las armaduras que visten, y tienen su origen en las estatuillas que lleva Titono ocultas en su túnica –apuntó Yolao. Yodama y Ematión se horrorizaron por las deducciones de Yolao, Titono lo hizo de igual manera, mientras Licas aparecía frente a él, y le arrebataba las estatuillas, preparándose para romperlas.
-¡No te atrevas! –gritó entonces Hilas, para sorpresa de Licas- ¡A esta perra la derroto en la cúspide de su Aj o lo que sea! ¡Va a pagar por haberme roto a mi querido Unicornio! ¡Rompe la del Ematión y Anteo si quieres! ¡A esta yo la asesino personalmente! –pateó Hilas, Yodama la evadió y le pateó el rostro. Hilas, molesta, le mordió el pie, lo que produjo el primer sonido salido de la boca de Yodama, quien gritó de dolor- ¡Ja! ¡No eres muda! –se burló Hilas, Yodama enfureció y se le lanzó encima, lo que terminó con ambas dándose de golpes en el suelo. Licas observó lo que acontecía con molestia, mientras miraba a Heracles, quien continuaba combatiendo garrote contra lanza de Paladio.
-¡Rompe la de Ificles si quieres! ¡A este lo agarro a garrotazos con o sin Paladio! –azotó con fuerzas Heracles, la lanza de Ematión resistió, lo que no resistió fueron los huesos de Ematión, quien perdió el agarre de la lanza, y miró a Eos con horror. La Diosa de la Aurora desvió la mirada, y Heracles le azotó la maza a Ematión en el rostro, matándolo al instante.
-¿Para qué me mandan por las Estatuillas si iban a hacer lo que ustedes quisieran? –se molestó Licas, y miró en dirección a Ificles, quien tenía bastantes complicaciones contra Anteo- Ificles, estatuilla… -le mostró Licas.
-Ah pues quisiera decirte que yo solo puedo, pero este es invulnerable o algo –apuntó Ificles, cansado, y perdiendo demasiada sangre. Anteo estaba cansado de igual manera, pero no tenía ni una herida en su cuerpo-. Pero dame unos minutos, Calisto está molesta, y se merece divertirse. ¡Zarpa del Oso Pardo! –conjuró Ificles, la Osa de Calisto rugió a sus espaldas, y unas garras inmensas de cosmos se hicieron presente, mismas que intimidaron a Anteo, quien pegó todo su cuerpo a la tierra antes de recibir el ataque, que lo molestó, pero resistió el mismo-. Invulnerable… puedes romperla… -se quejó Ificles, Licas asintió y estuvo por romper la Estatuilla de Anubis, cuando Yolao lo interrumpió.
-¡Espera! –gritó Yolao, Licas se fastidió por las constantes interrupciones- Un cosmos respaldó a Anteo cuando se dejó caer al suelo, un cosmos ajeno a él, como si la misma Gea estuviera protegiéndolo –le explicó Yolao.
-Tiene sentido –comenzó Eos, Yolao le dirigió la mirada-. Se dice que Anteo nació de un montículo de tierra en el cual el pervertido de mi esposo depositó su semilla mientras lloraba por lo patético y solitario que era, interpreta mis palabras como gustes –terminó Eos. Yolao hizo una mueca de asco-. Si Anteo no posee un cosmos propio como tampoco lo tienen mis hijos, eso significa que su cosmos se lo da Gea, lo que significa que, si no está tocando el piso, es tan vulnerable como un Mortal –finalizó Eos, preocupando a Anteo.
-Lo abrazo hasta la muerte, comprendo. No ocupo que rompas la estatuilla, Licas –elevó su cosmos Ificles, la Osa de Calisto rugiendo a sus espaldas dibujada en su cosmos. Ificles entonces se lanzó a Anteo, quien intentó golpearlo, solo que Ificles desapareció frente a él con su velocidad, y reapareció detrás de él, abrazándolo por la espalda-. ¡Estrangulación de Oso! –lo abrazó Ificles con todas sus fuerzas mientras lo alzaba del suelo. Sin la protección del cosmos de Gea, Anteo intentó protegerse con su Aj, pero este cedió ante la tremenda presión del abrazo de Ificles, y Anteo terminó por vomitar sangre, antes de perder la vida, y ser lanzado a un lado por Ificles.
-¡Galope del Unicornio! –azotó Hilas su patada contra la nuca de Yodama, azotando a la última de las Diosas Egipcias contra el suelo de oro del templo- Yo gano, con o sin Armadura de Bronce –se burló ella, Yodama la miró adolorida desde el suelo, Hilas la tomó de la cabellera y la obligó a mirarla a los ojos- Ahora que te veo bien… eres muy hermosa… ¿Herc? –preguntó Hilas.
-Un momentito, estoy terminando con un pequeño y diminuto asuntito –se posó Heracles frente al ya aterrado Titono con su maza en la mano, mientras Titono se aferraba del trono con fuerza-. Ahora, Rey Titono, considérese castigado y ajusticiado por los Heraclidas. ¡Va el garrote! –de un garrotazo, el Rey Titono dejó este mundo, ante los ojos horrorizados de Yodama- Ahora, ¿dónde estábamos? Umm… pues sí está bonita. Alégrate, Yodama o como te llames, vas a vivir. Y mi Hilas y yo nos vamos a divertir mucho contigo –agregó Heracles, Hilas sonrió con malicia, bastante malicia, pero antes de que Yodama pudiera decir cualquier cosa, un relámpago resonó en el firmamento-. ¿¡Enserio!? –se quejó Heracles, Hilas hizo una mueca, Yodama comenzó a sudar frio- Vah… papá la quiere. Dice que dejemos las estatuillas. Serán los tesoros de Tebas, no la de las 7 Puertas, más bien la Tebas que el hijo que le va a regalar a Yodama, fundará aquí en Egipto. Mira nada más, madre del fundador de la Tebas de Egipto. Nada mal para haber perdido a dos hermanos y a un padre, felicidades –le frotó la cabeza Heracles. Yodama reaccionó con confusión, mientras el grupo de Heraclidas salía del templo de oro, justo en el momento en que una luz muy hermosa comenzaba a manifestarse en la habitación, preocupando a Yodama, mientras las puertas doradas en el templo se cerraban-. Pero si Yodama va a ser la Reina de la Tebas de Egipto, entonces… ¿Quién queda para ser rey o reina de Etiopia? ¿Eos? –preguntó Heracles a la diosa que los seguía.
-¿Yo? ¿Reina de un sucio reino Mortal? Los Mortales me dan asco, Heracles –comenzó Eos, confundiendo a Heracles- Admito que Titono era muy guapo, cuando joven. Tan guapo era que le pedí a tu padre, quien en estos momentos está con mi hija allí adentro, lo volviera inmortal. Lo que, por cierto, significa que sigue vivo, pero con su cabeza desfigurada por el garrotazo que le diste –le informó Eos. Hilas, Ificles, Yolao y Licas reaccionaron con asco-. Además, Zeus lo hizo inmortal, pero no le dio juventud eterna. Perdí interés en él cuando se volvió viejo y feo. El malnacido me sometió con Paladio, no quiero tener nada que ver con Etiopia y los Mortales, me regreso a los Campos Elíseos –se molestó ella. Heracles estuvo por hablar, cuando de pronto, una lanza de madera fue apuntada en su dirección-. ¿Memnón? ¿Sobreviviste? –preguntó Eos, mirando a la devastación del Reino de Etiopia, totalmente destruido por los Heraclidas. Había muertos y heridos por todas partes, pero aparentemente, uno de los hijos de Eos, que tendría al menos unos 5 años, de cabellera verde brillante, y ojos del mismo color ahogados en lágrimas, y quien apuntaba una lanza de madera frente a Heracles mientras temblaba de miedo y sorbía por la nariz. Heracles se viró a ver a Eos, confundido-. Mi hijo más joven –le explicó Eos-. Que sea rápido –pidió Eos.
-¿¡Qué!? Ni yo soy tan malo –se fastidió Heracles, tomó la lanza del niño, y la lanzó a un lado. El pequeño Memnón, aunque aterrado, alzó los puños-. Eres una madre desnaturalizada, ¿lo sabías? –se quejó Heracles, Eos lo ignoró- Oye pequeño… no fue nada personal. Tu padre secuestró a una diosa –intentó explicarle Heracles. Memnón solo mantuvo su pose de supuesta valentía, aunque se moría de miedo-. Ay no, oye, anímate, al menos te queda una hermana… -intentó decir Heracles, antes de que se escuchara un grito, no necesariamente de dolor, desde dentro del templo, lo que preocupó a Heracles-. No vayas a entrar allí –pidió Heracles-. Mira niño, no voy a matarte… pero tampoco voy a hacerme cargo de ti… -le comentó Heracles, Memnón bajó sus manitas, y miró a Eos, quien le dio la espalda, por lo que Memnón se deprimió-. No tienes corazón mujer… solía pesar como tú. Regrésate a los Campos Elíseos y dale las gracias a Atenea por ordenarme salvarte, masacrando a toda Etiopía de por medio. Pero déjame decirte una cosa antes de que te vayas. De ser por mí, te quedabas como la esclava sexual de Titono, porque no mereces siquiera ser llamada madre, mucho menos una diosa –escupió al suelo Heracles.
-Adorable –agregó Eos con soberbia-. No vayas a pincharte la mano con las espinas de los árboles de las Hespéridas, son mortales para los Dioses y Semidioses –agregó a tono de burla. Heracles se aferró a su garrote, pero Ificles lo detuvo-. Hasta nunca, sucios Mortales… no puedo esperar al día en que se extingan –terminó Eos, y desapareció transformada en luces a la aurora.
-Que Harpía –se molestó Hilas. El grupo de Heraclidas compartía su molestia, pero entonces, todos dirigieron sus miradas a Memnón-. ¿Y ahora qué hacemos con él? Yolao, ¿hay alguien lo suficientemente vivo que pueda cuidar de él? –le preguntó Hilas. Yolao miró a los alrededores con los Ojos de la Hidra, y lo negó.
-A ver, yo tengo una idea –se agachó Heracles, mirando fijamente a Memnón-. Mira pequeño… tu papá era malo… y tu mamá era peor. No sé de tu hermano Ematión, pero parecía medio loco. Y tu hermana Yodama va a estar muy ocupada cuidando de su bebé que de seguro ya tiene en el vientre –le comentaba Heracles, Memnón no sabía ni por qué le explicaban estas cosas-. Pero yo te prometo que serás Rey de Etiopía, y que Etiopía siempre será una tierra prospera, si me prometes dos cosas. La primera, que serás un gran comerciante. La segunda, que jamás comerciarás con Troya –le propuso Heracles, Memnón mantuvo su silencio y alzó una ceja en señal de confusión.
-Heracles compró una propiedad en Troya para mudar a su amante, el joven Tiresias –se burló Ificles, fastidiando a Heracles. Hilas y Yolao se tragaron la risa, Licas bufó de forma amargada-. Y a la hija de sangre de ambos, Manto, a la Ciudadela de Tros –comenzó Ificles, a quien Memnón le dirigió la mirada-. Pero supuestamente una Serpiente de Poseidón se comió su propiedad –agregó Ificles haciendo comillas imaginarias.
-Así que nadie negocia con Troya hasta que me regresen el depósito por esa propiedad… o me entreguen a las Yeguas de Tros… tal vez ambas –le explicó Heracles. Memnón comenzó a frotarse la cabeza pensando en cómo dos hombres tenían una hija de sangre-. A cambio, además de ser Rey de Etiopia, convenceré a las Hespéridas para que todas sean tu madre. ¿Qué opinas? –le preguntó Heracles, Memnón lo pensó-. Vamos niño, peor madre que Eos no hay –aclaró él.
-No puedes prometerle a un niño algo tan ridículo como eso –se fastidió Licas, cruzándose de brazos, pero notando que Memnón pensaba sobre la oferta-. ¿Es enserio? Todos ustedes son unos idiotas, estoy harto de lo idiotas que todos son. Llámenme si me necesitan –terminó Licas, desapareciendo en las sombras.
-Al fin dejó de apestar a perro lujurioso y ebrio –se molestó Hilas, mirando a Memnón, y arrodillándose para estar a su altura-. ¿Qué opinas amor? Las Hespéridas son muy buenas madres. Están llenas de amor –le ofreció Hilas.
-¿Son… son… son bonitas? –preguntó Memnón, Hilas asintió- ¿Y van a quererme? –lloró entonces Memnón, conmoviendo el corazón de Hilas, quien cargó a Memnón de forma maternal- Si quiero… si quiero una madre que me ame… -sorbió Memnón con fuerza.
-Y las tendrás… a varias… -miró Heracles al cielo, encontrando un rostro escarlata que se asomaba de entre las nubes. El rostro del gigante del mundo, Atlas-. Solo hay que convencer a ese de dejarnos pasar –le explicó Heracles, dando inicio al largo viaje hasta la entrada del Jardín de las Hespéridas.
Entrada al Jardín de las Hespérides.
-O estaba más lejos de lo que habíamos anticipado, o ese es más grande de lo que habíamos pensado –se quejaba Ificles. Ahora estaban en medio del desierto de arenas rojas, a los pies de Atlas, el gigante que cargaba al cielo-. ¿Siquiera puede oírnos? –preguntó Ificles preocupado.
-Puedo oírlos, Mortales –resonó la poderosa voz de Atlas, misma que forzó a todos a taparse los oídos-. Sé que el Rey Euristeo de Micenas ha dado su orden de conseguirle los frutos sagrados del Jardín de las Hespérides. En este momento les estoy negando el acceso al jardín –enunció Atlas, su poderosa voz haciendo temblar la tierra misma.
-¿Y cómo vas a detenernos con los brazos ocupados? Con tu permiso, o sin él, voy a pasar –se adelantó Heracles. Atlas, el inmenso Titán, comenzó a alzar su pie, como si con este quisiera aplastar a Heracles. El solo movimiento de su pie, desquebrajó la tierra bajo la misma.
-¡Alto! ¡Espera Atlas, espera! –se adelantó Ificles. La tierra dejó de temblar en ese momento- ¡Herc! ¿Estás demente? ¿Acaso no sabes sobre la historia del temblor que separo a Escila de Caribdis? Se cuenta que un sujeto de nombre Hipómenes engañó a Atlas para entrar dentro del jardín de las Hespérides, siguiendo como si fuera una sombra a uno de los hijos de Titono, creo que a Anteo –se rascó la barbilla Ificles.
-¡Precisamente! –exclamó Atlas, con tanta fuerza que la tierra resonó nuevamente- Ese miserable de Hipómenes robó tres manzanas del jardín de mis hijas las Hespérides. Mi molestia fue tal que hice temblar la tierra separando el mar. Solo los Dioses tienen permitida la entrada al Jardín de las Hespérides. La misma Athena que estalló en pedazos en Esparta, tuvo que suplicar porque yo le permitiera pasar por la Manzana Dorada que utilizó para encerrar a la Diosa Eris dentro del Cometa Repulse. ¿Por qué habría de permitirte, Heracles, entrar al Jardín de las Hespérides, donde Athena me suplicó por hacerlo? –se quejó Atlas.
-Seguramente existe algo que el poderoso Atlas desearía con tal de hacerme este pequeñito favor –preguntó Heracles. Atlas se agachó un poco, acercando el cielo a la tierra, lo que estiró los cabellos de todos los presentes, probablemente los cabellos de todo el mundo. ¿Y si te rasco la espalda donde no te alcanzas? –ofreció Heracles.
-Solo los nacidos en el Jardín de las Hespérides pueden entrar al jardín –le espetó Atlas, mirando a Memnón-. Ese niño nació en mi jardín. Él podría entrar, pero según escuché, es tu deseo que mis hijas, las Hespérides, cuiden de él. Puedo permitir a ese niño entrar, y puedo traer algunas Manzanas Doradas para ti, pero no te permitiré entrar. Tu reputación es muy peligrosa para arriesgar a mis hijas, y ya ha habido suficientes violaciones el día de hoy –miró Atlas al palacio de oro, Heracles hizo una mueca de descontento.
-Ya no dejan a uno divertirse… -se molestó Heracles, rascándose la nuca-. ¿Cuál es el favor entonces? –le preguntó Heracles. Atlas cerró sus ojos, y comenzó a encogerse frente a los incrédulos de los Heraclidas, quienes vieron al cielo venírseles encima, hasta que Atlas tuvo la misma altura de Heracles. Los límites del cielo se habían pandeado un poco al golpear algunas montañas, pero fuera de eso, y del viento provocado por el movimiento del cielo contra la tierra, no hubo ningún desastre- ¿Por qué presiento que muchos se acaban de morir aplastados por el cielo o por un infarto por el susto? –se quejó Heracles.
-Cargarás el peso del cielo, remplazándome en mi castigo eterno impuesto por Zeus por haber liderado a los ejércitos de los Titanes durante la Titanomaquia. Yo llevaré al niño a con mis hijas, y te traeré de dentro 3 manzanas… nada más… -ofreció el cielo Atlas. Heracles se viró a ver a los Heraclidas con dudas en su mirada. Ificles estaba aterrado, pero no tanto como Hilas y Yolao, cada uno abrazado de un brazo del de la Osa Mayor.
-Tengo ese presentimiento que me dice que no debería haber visto lo que acabo de ver –agregó Ificles tembloroso-. Debe ser una broma, señor Atlas. No hay forma posible de que Heracles siquiera pueda levantar… ¡el maldito cielo! –se molestó Ificles. Heracles lo miró decepcionado porque dudaban de él.
-Cargar el cielo, no es cargar el peso de Gea que es rodeada por el mismo. Significa mantener la estabilidad del universo presente –le informó Atlas, lo que Heracles no comprendía-. Si crees que puedes cargar este peso, entonces lo cargarás. Si fallas, el cielo dejará de rodear a Gea, y regresará a su forma verdadera, una forma que ni Dios ni Mortal recuerda, una forma muy diferente a la esférica, que solo los Titanes recordamos. ¿Qué opinas, Heracles? ¿Crees tener la fuerza de voluntad de cargar el cielo? –le preguntó Atlas.
-Así que… ¿solo debo pensar que puedo cargar el cielo, ¿y listo? –preguntó Heracles. Atlas asintió. Heracles se viró a ver a sus amigos los Heraclidas, todos se negaron rotundamente, Heracles entonces bajó la mirada para ver a Memnón, quien lo miraba con ojos repletos de tristeza, pero con un atisbo de esperanza iluminando los mismos- Mi cabeza me dice que son solo unas manzanas… que vaya a un huerto, me robe unas, las pinte de dorado, y listo. Pero… Memnón necesita una mamá… varias mamás… dámelo –extendió la mano Heracles. Atlas sonrió, aquella sonrisa no fue del agrado de Heracles, pero tomó el cielo, que inmediatamente llenó el brazo de Heracles de venas saltadas, mientras Heracles empujaba, acomodaba el cielo sobre su cabeza, e incluso utilizaba esta para mantener el mismo fijo en su lugar.
Hélade. Argos. Taberna del Argonauta Feliz. Año 1,211 a. C.
-Y así es como yo solito, y sin ayuda, cargué el peso del cielo en mis hombros –terminó con su historia Heracles, y vació un cuenco de vino de un solo intento. Frente a él, los confundidos Filoctetes, Laertes, y Odiseo, intercambiaban miradas de suma incredulidad sobre la historia que acababan de escuchar.
-¡No, no, no, no, no! -se quejó como siempre Filoctetes. Odiseo y Laertes se burlaron un poco por los ya conocidos despliegues de molestia del Caballero de Plata de Sagita- ¿Esperas que todos creamos que cargaste el peso de todo el cielo, alrededor de Gea, a base de fuerza de voluntad solamente? No solo los historiadores escriben tus historias todas mal, tú las cuentas todas mal. ¡Eso es imposible! –se quejó Filoctetes, apuntándole a la nariz.
-Nada es imposible para Heracles –flexionó los músculos el gigantón entre los hombres, enamorando a algunas muchachas en el fondo de la taberna, que ya le hacían ojitos a Heracles-. Quiero decir, sí estaba pesado, pero la Serpiente de Poseidón era más pesada que el cielo –resumió Heracles, ante los ojos de un sorprendido Odiseo.
-¿Entonces Atlas cumplió su promesa? ¿Llevó a Memnón con las Hespérides? ¿Cómo eran ellas? ¿Regresó Atlas? Supongo que sí o el cielo nos hubiera caído encima –comentaba Odiseo emocionado, Heracles se regocijaba en las reacciones del hijo de Laertes.
-Ah, por supuesto que Memnón llegó con las Hespéridas. Ellas son hermosas, todas delgadas y preciosas, de piel roja como la de Atlas, con justa razón Atlas no me dejó entrar al Jardín de las Hespéridas –le explicaba Heracles, quien ya tenía a toda la taberna escuchando su historia-. Antes de que Memnón fuera con las Hesperias, le di un último regalo. ¡El Cafeto! –le mostró Heracles un grano del fruto a Odiseo-. Ificles y yo lo descubrimos a Orillas del Lago Estínfalo. Las Aves del Estínfalo las comían, y hacían caca que olía demasiado deliciosa, a Ificles entonces se le ocurrió… -intentó explicarle Heracles, pero Filoctetes se aclaró la garganta-. Ya sé, ya sé: «una historia a la vez Heracles» -arremedó Heracles, Filoctetes carraspeó sus bigotes-. Pero esta es importante. El Cafeto es un fruto muy amargo. Como destruí Etiopía, y le prometí a Memnón que sería rey, debía asegurarle los medios para que construyera un imperio poderoso, y la respuesta, fue el Cafeto. Y una idea muy brillante. Los Egipcios se creen Dioses, le dije a Memnón que les diera estas semillas de Cafeto en infusiones de agua hirviente, y que se las diera a los Faraones de Egipto. Si no soportaban el amargo sabor, no eran Dioses, pero si les gustaba y pedían más, eran Dioses. Los imbéciles y pomposos de los Egipcios se la creyeron, y ahora compran estas semillas a montones. Hoy en día Etiopía es una tierra inmensamente rica, y tiene el monopolio sobre el Cafeto –aclaró Heracles.
-Eso es muy entretenido y todo, Dios de los Comerciantes, pero no le has dicho al niño cómo te zafaste de cargar el cielo de por vida –se quejó Filoctetes, impaciente, y queriendo anotar todo en sus cueros.
-Cuando Atlas regresó, llevaba las 3 Manzanas Doradas que me había prometido, pero no quiso que le regresara el cielo –le explicaba Heracles a Odiseo, quien estaba maravillado por la historia-. Atlas dijo que él le llevaría las Manzanas Doradas a Euristeo. Claro que Hilas, Ificles y Yolao estaban molestos, pero nadie quería molestar al Titán que hace pataletas y separa los continentes. Así que tuve que usar mi cabeza –se apuntó a la cabeza Heracles.
-Sería la primera vez –susurró Filoctetes, pero Heracles lo escuchó-. Anda y ya dile al niño. Está que se le sale el corazón de la emoción –exclamó Filoctetes, apuntando a Odiseo, quien sonreía de oreja a oreja.
-Ah, pues verás, le di las gracias a Atlas –le explicó Heracles. Odiseo no lo comprendió-. Le dije a Atlas algo similar a: «oh gracias Atlas, no tienes idea de cómo me molesta ir a verle la cara a mi primo Euristeo. Ya estoy cansado de ser su mandadero. Comparado con cargar el cielo, prefiero quedarme aquí» -comentó Heracles, lo que confundió a Odiseo. Heracles sonrió divertido-. Esa fue su misma cara –susurró Heracles-. Después le dije a Atlas que solo necesitaba que me hiciera un pequeño favor. Las noches en los desiertos son frías, así que quería cubrirme con mi capa de León de Nemea. El estúpido de Ificles casi me arruina el plan colocándome la misma, pero Hilas hizo un buen trabajo leyendo la situación, y fingió que no sabía cuál de mis capas era la del León de Nemea, alternando con la del León de Citerón. Atlas se fastidió, me dijo que me sostenía el cielo mientras escogía entre las capas. Levanté las manzanas, me bajé los pantalones, y le mostré el trasero, y el furioso de Atlas seguro que creó otro continente del coraje mientras los Heraclidas y yo huíamos como niños tras haber hecho una travesura –finalizó Heracles.
-Woaoh… -exclamó Odiseo impresionado. Laertes comenzó a tener un mal presentimiento sobre Odiseo bajándose los pantalones para burlarse de sus enemigos-. ¿Y cómo sabe cuándo una Armadura Dorada revive por sus acciones heroicas? –preguntó curioso.
-Eso lo hacía Euristeo –le respondió Heracles-. No sé por qué, ni como, ni con la autoridad de quien. Pero Euristeo recompensaba cada tarea hecha conectando a las Constelaciones con las Armaduras Doradas. Cuando llegamos con las manzanas de las Hespérides, solo salió de su barril de bronce para lanzar un destello dorado de cosmos, y resucitar a la Armadura Dorada de Géminis –finalizó el cuenta cuentos.
-Fue una historia bastante interesante padre. Incluso si es increíblemente difícil de creer –escucharon en la mesa a un chico que cubría su cuerpo con una capucha roja, siendo Heracles el único que reconoció al chico, mientras el distraído de Filoctetes escribía todo lo que Heracles había dicho-. Tenías razón cuando decías que Heracles era bastante melodramático. No puedo creer que su frase de «yo solito y sin ayuda» sea real –continuó el chico de la capucha.
-Vah, no tengo la creatividad para inventarme las tonterías de Heracles –continuaba Filoctetes, escribiendo frenéticamente. Laertes se viró a ver a Heracles mientras apuntaba al desconocido en la mesa, Heracles colocó su dedo sobre sus propios labios y resopló pidiendo silencio, mientras el joven se acercaba para ver lo que escribía Filoctetes.
-Creo que Hipómenes lleva acento, aunque podría estar equivocado si es dialecto de Anatolia. ¿De donde era Hipómenes? –preguntaba el chico divertido, mientras Filoctetes se quejaba.
-¡Poeas! ¡Me estás distrayendo! ¡No ves que el armatoste este habla hasta por los codos! ¿Cómo voy a resumir toda la historia para que tu madre te la cuente si te la pasas distrayéndome? –se quejó Filoctetes, y regresó su atención al cuero en el cual escribía. Poeas miró a Heracles, este alzó y bajó los hombros, Filoctetes dejó de escribir- Un momento. ¡Poeas! –se emocionó Filoctetes y abrazó a su hijo con fuerza, quien le regresó el abrazo, sumamente divertido- ¡Mi niño! ¿Qué haces aquí? ¿Y tu madre? ¿No me digas que dejaste a esa calamidad antisocial sola? –preguntó Filoctetes preocupado y buscando por todas partes.
-La calamidad antisocial es la que me mandó al Argonauta Feliz. Ella dijo que estaban demasiado perdidos, y que necesitarían a un guía –le comentó Poeas, presentándose de forma orgullosa-. Ya ha pasado un año padre. Sé que han viajado a ciegas sin saber dónde encontrar al siguiente en la lista de Heracles, y que vinieron a Argos pensando en buscar a Diomedes –les explicó Poeas, mientras Heracles le entregaba la lista de nombres-. Pero si bien es cierto que hay una razón muy importante para que ustedes estén en Argos, esa razón involucra a Odiseo, no a ustedes. Diomedes no está listo para una intervención, al menos eso dijo madre. Primero debe caer ante la más oscura desgracia y vergüenza, para poder convertirse en el «Terror de los Dioses» -les explicó Poeas.
-Entonces sí es un Diomedes distinto al que maté… uff… -se secó el sudor imaginario Heracles, ganándose la atención de Odiseo-. Después te cuento, es otro de los 12 Trabajos. Comenzaba a pensar que había matado al Diomedes equivocado –aclaró Heracles.
-El Diomedes que está destinado a convertirse en el Caballero de Escorpio es el Diomedes que vinieron a visitar, tío Heracles. Pero no está listo todavía. Madre dice que no ha sufrido lo suficiente –aclaró Poeas.
-¿Por qué estamos dejando a niños sufrir? –preguntó Filoctetes. Poeas alzó y bajó los brazos en señal de desconocimiento- Bueno, si la adivina de tu madre dice que no está listo. ¿Entonces a quién tenemos que buscar? Llevamos casi un año vagando sin rumbo buscando a ciegas los nombres en la lista. Estábamos pensando en regresar a Delfos –insistió Filoctetes.
-Mamá es muy inteligente y sabia, padre –se cruzó de brazos Poeas, orgulloso-. Ella sabía que deducirías que el Diomedes de la historia del campesino de Calidón, era el Diomedes de la lista. Pero como madre sabía que Odiseo y Laertes los dejarían unirse a su viaje de visita a los grandes reyes de Hélade, y uno de esos reyes es Adrasto, los dejó acercarse a todos juntos. Pero no es en Argos donde deben estar, sino en Atenas –le explicó Poeas. Filoctetes se rascó la nuca con curiosidad-. Pero eso te lo dirá madre. Está esperando frente a las murallas del Palacio de Argos. Donde el Príncipe Diomedes está por convertirse en un demonio –finalizó Poeas. El grupo en la mesa intercambió miradas de incredulidad.
Palacio de Argos.
Siguiendo las instrucciones de Poeas, el grupo salió de la taberna del Argonauta Feliz, para dirigirse al Palacio de Argos. Había una multitud reunida, todos con túnicas negras, y había un sentimiento generalizado de tristeza, de miedo, y de incertidumbre, entre los pobladores.
Heracles, Filoctetes, Poeas, Laertes y Odiseo, llegaban sobre el carromato tirado por Pegaso, siendo este el único carromato en la multitud reunida para recibir a los soldados de un ejército enemigo, un ejército de hombres revestidos en armaduras negras, con el blasón de los leones negros impreso en sus escudos de plata. El grupo de soldados cargaba costales que poseían el tamaño de un hombre adulto. Seis soldados cargaban cada costal.
El clima al parecer había entristecido de igual manera por lo que acontecía, amenazando con la caída de una tormenta. Reunidos frente a las puertas del Palacio de Argos, se encontraba Adrasto, el anciano Rey de Argos, moreno, sus ojos dorados se encontraban apagados, llenos de lágrimas y remordimientos. A su lado, la Princesa de Argos, Deípile, se posaba hermosa, con heterocroma en sus ojos, un ojo dorado, el derecho, un ojo verde pálido, el izquierdo, ambos ahogados en lágrimas. Su cabellera escarlata, igual que la de su hijo de apenas 4 años, Diomedes, a su lado y tomándole de la mano, eran los únicos tonos que destacaban del negro y el gris, entre una multitud de pobladores que comenzaban a llorar por lo que estaba ocurriendo, mientras los soldados colocaban el primero de los costales con forma humana frente a la Familia Real de Argos.
-Rey Adrasto –comenzó un Tebano. Para sorpresa de Heracles, un Tebano al que conocía muy bien. El ahora anciano Rey Creonte de Tebas. Heracles no podía creer que, después de todos estos años, continuara con vida-. Jamás pensé que nos volveríamos a ver, no con la corona de Tebas nuevamente en mi cabeza. Pero con la muerte de los únicos herederos de Edipo, que se mataron uno al otro en batalla: Etéocles de Sireno, y Polinices de Hipocampo… no me quedó más alternativa que volver a asumir el trono de Tebas –agregó Creonte con solemnidad. Adrasto suspiró, y asintió-. Ha pagado el tributo convenido por ser el derrotado en esta guerra, mi rey. Por consiguiente, le entrego los cuerpos de los caídos en Tebas. Aunque he de advertirle. Estos cuerpos estuvieron colgados de nuestras puertas por un año. No será una vista agradable –le espetó Creonte.
Una pequeña mano apretó con fuerza la mano de la Reina Deípile, la pequeña mano del Príncipe Diomedes, de cabellera corta y escarlata, y ojos dorados, que miraban a uno de los costales, como si supiera quien estaba dentro del mismo.
-Es el resultado de la guerra… Rey Creonte… sería de imbéciles pensar que no habría sacrificios en la misma. Ambos… hemos perdido a grandes hombres… -aceptó Adrasto, acercando su mano a uno de los costales, pero su mano fue interceptada por Creonte-. ¿Qué ocurre? Se ha pagado el tributo convenido. El cuerpo de mi yerno Tideo me pertenece –agregó Adrasto, rabioso. Heracles abrió sus ojos de par en par, concentró su cosmos, sin importarle que la Sangre de Neso se extendiera por su cuerpo, y encontró con el mismo a la destrozada Armadura Dorada de Escorpio dentro de un carromato, y siendo traída de regreso a Argos.
-Tengo que insistirte, Adrasto… -comenzó Creonte, sus ojos ahogados en lágrimas-. No quieres ver lo que yace debajo de este costal, no frente a tu pueblo –intentó apelar Creonte. Adrasto dudó, y dejó de intentar ver el cuerpo de su yerno. Pero alguien entre los presentes, no pretendía esperar más, lo que sería un gravísimo error cometido por la corona de Argos.
-¡Padre! –gritó entonces Diomedes, se zafó de la mano de su madre Deípile, y sin que nadie pudiera detenerlo, abrió a la fuerza el costal que contenía el cadáver de Tideo, el Caballero Dorado de Escorpio. Lo que encontró Diomedes dentro, escandalizó a todos los presentes, a Heracles incluido- ¿Po-porqué su cabeza… está entre sus piernas…? ¿Por qué hay una cabeza que no es la de mi padre… con su cráneo destrozado, y atada a sus manos…? ¿¡Qué clase de broma enfermiza y de mal gusto es esta!? ¿¡Es este el respeto que dan a los muertos!? –gritó Diomedes, sus ojos dorados repletos de lágrimas.
-Se los advertí, pero no quisieron escucharme –enunció Creonte, virando su rostro y sorprendiéndose del hombre al que encontró entre el público. Un hombre inmenso al que Creonte conocía bastante bien, erguido desafiante sobre su carromato, mientras un relámpago de Zeus iluminaba el firmamento, y la lluvia comenzaba a caer. Heracles miraba a Creonte fijamente, y el nuevamente coronado Rey de Tebas, furioso, le regresaba la mirada, su corazón llenándose de odio por el recuerdo del asesino de una de sus hijas y de 5 de sus nietos, y mirando a Diomedes con desprecio, escaso por fin de toda empatía-. ¡Si los Dioses se niegan a castigar a los Mortales por sus afrentas…! –comenzó Creonte. Deípile, la Princesa de Argos, tenía sus ojos temblándole por la impotencia, el miedo, y el horror, mientras su mente colapsaba por la horrenda imagen frente a sus ojos, la imagen del cadáver de su esposo- ¡Entonces nosotros los Mortales, castigaremos como los Dioses deberían hacerlo, a todos los imbéciles que se piensan que sus acciones quedarán impunes! –Creonte dirigía sus palabras directamente a Heracles, el cielo se partía en relámpagos de ira, y la lluvia comenzó a caer con tal fuerza, que parecía que Zeus quisiera silenciar sus palabras. Pero la voz de Creonte, pese a la edad, era fuerte y determinada, y dirigida en amenaza a su antiguo yerno, Filoctetes lo sabía, pero los ofendidos y afectados, eran Adrasto, Deípile, y Diomedes, este último se mordía los labios arrebatando su propia sangre por la mordida, cerraba sus manos en puños encajando sus uñas en sus palmas, lacerándose heridas, y perdía el color dorado de sus ojos, mientras el odio y el caos ennegrecían su corazón a medida que dirigía su mirada en dirección al Rey Creonte con sus ojos inyectados en su propia sangre- ¡Arrancar la cabeza del cuerpo y colocarla entre las piernas, es un insulto al caído por su acto de cobardía! ¡El acto de Cobardía de Tideo de Escorpio! ¡El cráneo amarrado a sus manos, destrozado y lleno de sesos secos por el pasar del tiempo, es la prueba del crimen por el cual se le ha castigado! ¡Canibalismo! –alzó el puño Creonte, como si exigiera una justicia que no llegaba ante los Dioses, recibiendo solo la visión de los relámpagos del cielo, que advertían a Creonte de cerrar la boca, pero este no se dejó intimidar- ¡Tideo de Escorpio, herido de muerte por uno de mis soldados: Melanipo! ¡Exigió a los hombres en su pelotón la cacería y el exterminio de Melanipo, que le trajeran su cabeza, para partir con sus propias manos la misma y consumirle los sesos! ¿¡Este es el hombre al que querías que te regresara, Adrasto!? ¡Aquí lo tienes como la basura inmunda que fue! –apuntó Creonte con ira, una ira tan grande como la de Diomedes, que gritó con todas sus fuerzas, con un cosmos escarlata manifestándose, mismo que sorprendió a Creonte, a Heracles, a Filoctetes, y a Laertes.
-¡Voy a matarte! –gritó Diomedes. A sus 4 años la ira dominaba en su cosmos, sus ojos dorados se llenaron de sangre, y una fuerza de cosmos escarlata se manifestó fuera de los mismos, paralizando a Creonte, quien comenzó a tomarse el corazón como si este estuviera siendo aplastado por unas manos invisibles. Ante el ataque de cosmos, los Tebanos sacaron sus espadas, escandalizando a los pobladores desarmados de Argos. Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas, tomaron garrote, arco y flechas, y se prepararon para defender a los pobladores de Argos, pero Poeas los detuvo a ambos- ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muere! ¡Muereeeee! –gritó Diomedes con todas sus fuerzas, pero su grito se ahogó, cuando fue abrazado por la espalda por Odiseo, que se había escapado del carromato de Heracles- ¡Suéltame! –exigió Diomedes, forcejeando.
-¡No lo haré! –se defendió Odiseo, forcejeando de regreso, un cosmos azulado rodeándolo, y extendiéndose alrededor de Diomedes, quien pataleaba y forcejeaba, sin que Deípile lo detuviera por estar en shock, y sin que Adrasto supiera cómo reaccionar- ¡Sé que duele! ¡Créeme que sé que duele! –mediaba Odiseo. Diomedes ya había volteado para verle al rostro, sorprendiéndose de verlo llorando- Yo sé lo que es… el temer al horrendo crimen que es el canibalismo… pero… no es tu culpa, ni es culpa del Rey Creonte. Lo que estás viendo, son las acciones desesperadas de un hombre… que murió y lucho protegiendo a los que amaba… a quien más amaba… eres su hijo… seguro tu padre solo deseaba tener la fuerza necesaria para poder volver a verte… por favor… no te dejes consumir por la ira… -lloró Odiseo y sorbió con fuerza-. Tu padre debió amarte tanto… como para llegar a estos extremos por tratar de volver a verte… -suplicó Odiseo.
-¿Amor? ¡Él era mi héroe! ¿¡Cómo podría perdonarlo por esto!? –lloró Diomedes. Odiseo no dijo nada, solo continuó abrazando a Diomedes, hasta que este perdió todas sus fuerzas, y su siguiente alarido, fue uno de dolor más que de odio. Creonte volvió a respirar, la presión en su pecho había cesado, el cosmos de Diomedes se había calmado. Diomedes perdió la fuerza de sus piernas, y se dejó caer en el suelo. Odiseo no abandonó su abrazo, tan solo se arrodilló, y continuó rodeando a Diomedes con su cosmos.
-Largo de mi reino… Rey Creonte… -comenzó Adrasto. La misma mirada que había estado presente en el rostro de Diomedes, estaba bien marcada en los ojos de Adrasto-. Vete… abraza a tus hijos, abraza a tus nietos… y ora ante cualquier dios que desees orar, por el perdón de los Dioses… porque has demostrado que los Mortales no perdonamos, con este acto de cobardía tuyo –se quitó su capa negra Adrasto, y con esta, tapó nuevamente el cuerpo de Tideo de Escorpio.
-No he sido yo quien ha colocado a tu yerno en esa posición, Adrasto… -comenzó Creonte-. Tan solo me cansé de volverlo a acomodar como dicta el respeto a los caídos –miró Creonte a sus soldados, todos dirigían miradas de asco, de odio, de repugnancia, en dirección a Tideo de Escorpio. Esta mirada ahora contaminaba también a los ojos de los propios pobladores de Argos, quienes comenzaron a retirarse. La reunión que se había intentado celebrar con amor y duelo por la caída de un príncipe muy querido, un héroe entre los más grandes de Hélade, terminó en el repudio y el desprecio, mientras los pobladores se retiraban, como hacían también los soldados, dejando a la Familia Real de Argos bajo la lluvia, con Odiseo aun abrazando a Diomedes. Dentro del carromato de Heracles, este continuaba viendo con desprecio a Creonte, antes de desviar la mirada a la cima de las puertas de las murallas de Argos, donde el alma de una persona muy importante para Heracles lloraba sangre.
-Oh Atenea… lo lamento tanto… -comenzó Heracles, siendo el único que podía ver a la Diosa Atenea, que se lamentaba mientras miraba el cuerpo de su amado decapitado y caído en desgracia-. Algún día prima mía… algún día… pero me temo que tendrás que seguir esperando… -se lamentó Heracles.
-¿Con quién hablas? –preguntó Filoctetes, buscando entre los pobladores que se disipaban, y encontrando a la Sibila de Delfos, con una capucha roja cubriéndole el cuerpo, y saludando nerviosamente desde su interior- Vaya momento más romántico que elegiste para la tan esperada reunión anual –se cruzó de brazos Filoctetes. A la distancia, la Sibila pareció escucharlo, y desvió la mirada, como intentando deslindarse de la responsabilidad-. ¿Te importa? Tengo una reunión familiar. ¿Has pensado donde quedarte? –preguntó Filoctetes, bajando del carromato.
-Ah, volveré al Argonauta Feliz. Te veré en la salida del Norte… -comenzó Heracles, asomándose a la salida norte, y viendo a Atenea caer en sus rodillas, e intentar limpiarse las lágrimas de sangre-. Mejor… por las del Sur… -concluyó Heracles. Filoctetes asintió y ayudó a Poeas a bajar del carromato.
-Yo creo que aquí nos quedaremos Odiseo y yo –comenzó Laertes, apuntando a su hijo, quien ya había logrado calmar a Diomedes, quien comenzaba a cabecear por el cansancio de haber llorado tanto y tan fuerte-. Vinimos a aprender de Adrasto. Y conociendo a Odiseo, no va a dejar a ese joven Diomedes solo hasta que esté seguro de que no va a cometer una estupidez. Fue un placer verte, Heracles, trata de no matar a nadie importante –se despidió Laertes. Heracles cruzó los dedos-. Filoctetes –reverenció Laertes.
-Que los Dioses lo cuiden, Rey Laertes, y a su hijo Odi… -intentó decir Filoctetes, cuando sintió una pequeña roca golpeándole el casco, por lo que Filoctetes viró a ver a la Sibila, quien movió su cabeza en negación. Filoctetes apuntó a Odiseo, la Sibila apuntó su pulgar abajo-. Perfecto… condenado por el amoroso niño de 5 años. Nos vemos Odiseo. Que te vaya… pues normal –se despidió Filoctetes, confundiendo a Odiseo, mientras Filoctetes llegaba ante la Sibila, que inflaba sus mejillas con molestia-. ¿Qué? Oye, no voy a discutir contigo sobre comenzar a odiar a niños solo porque van a crecer a ser… no sé, malos con los ancianos arqueros como yo. Es un niño. Y no voy a desperdiciar mi primera noche de 11 que me quedan, discutiendo contigo sobre cosas que vez en el futuro y que no deberías decirme –le apuntó Filoctetes.
-Bien… -respondió la Sibila, se viró a ver a Odiseo, y le sacó la lengua de forma infantil, antes de dirigirse a Poeas, y tirar de su mano como una madre que no quiere que sus hijos se junten con otros a quienes considera problemáticos-. Tardaste… -se molestó la Sibila.
-También te amo –se burló Filoctetes, ruborizando a la Sibila-. Y no tendríamos este tipo de reuniones tan… bueno… deprimentes. Si me advirtieras sobre fechas específicas para estar preparado para las reuniones futuras –se quejó Filoctetes. La Sibila tan solo sacó un papiro de su túnica, y se lo entregó a Filoctetes-. Anda, así cambia la cosa –leyó el cuero Filoctetes-. Por cierto, pensé que las reuniones serían en Delfos –agregó Filoctetes con curiosidad.
-Crises ha elegido a una nueva Sibila, o aspirante a Sibila, no soy más bienvenida en Delfos –le explicó la Sibila. Filoctetes esperó al resto de la explicación. La conocerás en Delfos, dentro de 10 años, cuando Diomedes esté listo para su prueba, o maldición –le resumió ella.
-De modo que ni siquiera ha sido iniciada, y ya estás preocupada por la competencia –aseguró Filoctetes. La Sibila infló sus mejillas-. Mejor para mí. Delfos es raro. Vivir 10 años allí no ayudó en nada a cambiar mi percepción. Pero de eso después hablamos. Sé que estas visitas no son exactamente sociales. Primero los negocios, después lo social. ¿Cuál es la siguiente prueba? ¿Pasamos siquiera la primera? El cisne que se robó los huevos… -intentó explicar Filoctetes.
-Zeus… y sí, ya ha plantado los huevos dentro de Némesis nuevamente. Eclosionaron el año pasado, a las 9 lunas de que Zeus se los robó –le explicó la Sibila. Filoctetes se tomó unos instantes para razonar lo que la Sibila había dicho.
-¿Quieres decir que los Dioscuros fueron depositados dentro de…? –intentó preguntar Filoctetes. la Sibila asintió- Pero eso es… uh… los Dioses son raros… muy raros… -la Sibila asintió nuevamente-. Dime entonces. ¿Por qué tenemos que dejar a ese tal Diomedes sufrir en lugar de darle las lecciones que debe aprender desde ya? –preguntó Filoctetes, siguiendo a la Sibila dentro de una posada, donde comenzó a secarse el cabello- Además, necesitamos tu ayuda. Le prometimos al Rey Néstor ayudarle a encontrar a su hijo Antíloco. Fuimos al Monte Peón a buscar a la bruja que lo secuestró, pero no encontramos a nadie, y Antíloco está en la lista de nombres de Heracles –insistió Filoctetes, apuntando a su lista.
-Se empeñan en cumplir con la lista de nombres usando la lógica. Pero la lógica de nada sirve cuando se habla de los Dioses –le comentó la Sibila, aceptando de Poeas una franela, que comenzó a utilizar para secarse el cabello.
-Lo que madre intenta decir es que, aunque encontraras a los Caballeros Dorados de la lista por suerte o porque los buscas, como es el caso de Diomedes. No están receptivos a recibir las enseñanzas de Heracles –le informó Poeas, la Sibila sonrió alegremente, y comenzó a frotarle la cabeza a Poeas, quien sonrió agradecido. Filoctetes miró a una, luego al otro, y se rascó la nuca confundido-. Dijiste que tratara de entenderla, y conforme pasamos tiempo juntos, congeniamos. Mamá me ha enseñado mucho –aseguró Poeas.
-Lo que es preocupante, me siento totalmente fuera de la dinámica familiar. Lo que me recuerda –agregó Filoctetes, sacando los pergaminos que había escrito de su costal-. Preferentemente léelos tú, ya que tu madre y favoritismo por Heracles cambia mucho las cosas, y al grandulón no le gusta que cuenten mal sus historias –le ofreció Filoctetes.
-Me ayudará a dormir. Mi habitación es la de abajo de la suya, no hagan mucho ruido –se burló Poeas, retirándose. Filoctetes estuvo por preguntar, pero una mirada rápida a la Sibila, y a sus orejas enrojecidas, le dijo a Filoctetes todo lo que necesitaba saber.
-Paciencia Fil, paciencia –comenzó él para sí mismo, apenando a la Sibila-. Concéntrate, después piensas con la cabeza de abajo, primero escucha a la de arriba –la Sibila hizo una mueca por el comentario tan vulgar-. Así que, si no podemos ayudar a Diomedes ya que estamos aquí, ni podemos buscar a Antíloco todavía. ¿A quién buscamos? –preguntó ya desesperado.
-Acamante –comentó la Sibila, retirándose, y pidiéndole a Filoctetes seguirla-. Atenas está próxima a ser azotada por una guerra. Una guerra entre los Dioscuros, quienes renacieron con su misma edad de cuando fueron sellados por Néstor de Géminis en la Isla del Proconeso, de los huevos que Zeus les robó. De estos huevos nacerá también Helena, hija de sangre de Zeus así como los es Pólux, nacida del huevo blanco junto con él –comenzó a subir unas escaleras la Sibila, y mientras Filoctetes la seguía, se frotaba la barba intentando razonar todo lo que se le comunicaba-. Atenas está en un feudo por la corona. Teseo, el Rey de Atenas, apenas gobierna. Se dedica más a viajar por el mundo –le informó la Sibila, llegando ante las puertas de una habitación, y quedándose fuera de esta para seguirle explicando las cosas a Filoctetes-. Mientras él no gobierna, Menesteo, un Caballero de Bronce con tierras en Afidna, uno de los territorios absorbidos por la Atenas fundada por Teseo tras haber expulsado a los Caballeros Dorados tiranos, es quien gobierna. Menesteo no aprecia a los hijos de Teseo, mucho menos a Acamante, él quien puede comunicarse con las almas de los muertos –interrumpió su historia la Sibila, esperando a saber si Filoctetes lo había entendido todo. El de Sagita asintió sabiendo que la Sibila aún tenía más que decir-. Si ninguno de los hijos de Teseo se prueba a sí mismo como digno, y recibe el apoyo del pueblo de Atenas. A la llegada de los Dioscuros, el ambicioso Rey Menesteo, buscando la aprobación de Atenas y su condecoración como el Rey Supremo de Atenas, enviará a Atenas a la guerra contra Esparta, y a Esparta se le unirá Micenas, Argos apoyará a Atenas, y en poco tiempo, toda Hélade estará en guerra. Todo esto se evitará si Acamante logra cautivar el corazón de los Atenienses, y que estos exijan a Acamante como Rey Supremo de Atenas por sobre Menesteo. Acamante es el rey que la Guerra contra Hades requiere al frente, no Menesteo –aseguró ella.
-No sé si cambiar el futuro es cosa de Sibilas, pero… todo esto me suena más a política que a heroísmo. ¿Cómo ayuda esto a Heracles a enseñarle una lección de… lo que sea a Acamante? Ninguno de los 12 Trabajos me suena ni remotamente parecido a un rey siendo amado por su pueblo –le preguntó Filoctetes.
-Heracles sabrá entregar su mensaje –admitió la Sibila-. Y para que Acamante pueda escucharlo y aceptarlo, primero deberá vencer su mayor miedo, el miedo a la muerte. Solo aceptando a la muerte como una realidad innegable, y entendiendo que no puede salvarlos a todos, es que Acamante se convertirá en el faro de esperanza de los que combatirán contra Hades –resumió la Sibila, Filoctetes asintió-. Para lograr todo esto, nombraré a la Segunda Prueba Dorada. Heracles deberá bajar al Inframundo, y Robarle a Thanatos, el Dios de la Muerte, el alma de la Princesa Alcestis, la más hermosa de las hijas de Pelias, el anterior Rey de Yolcos –terminó ella.
-¿Por qué todos en Gea se conocen de alguna manera? ¿Hija de Pelias? ¿Enserio? ¿Me voy a topar con algún otro Argonauta? Esos están por todas partes –se quejó Filoctetes, la Sibila no dijo nada, solo comenzó a apenarse-. Y por las reacciones esas tuyas, intuyo que se acabó la explicación, y que pasamos a lo nuestro –agregó Filoctetes, sonriente. La Sibila de apenó, pero asintió-. Descuida, no he olvidado lo que prometí, lo haré especial –se acercó Filoctetes, y la besó con gentileza.
Atenas. Santuario de Athena. Templo del Rey Supremo de Atenas.
-Teseo, entiende, lo que quieres es inadmisible –un hombre fornido revestido en una Armadura de Bronce, que alguna vez perteneció a un individuo muy importante para Heracles, exclamaba su descontento ante el Rey Teseo de Atenas, quien se encontraba sentado en un trono de piedra, frente a las cortinas escarlatas que separaban el Templo del Rey Supremo, de los aposentos que alguna vez pertenecieron a la Diosa Athena, que sacrificó su vida frente a Esparta. Antorchas con fuegos azules, que gritaban como almas en pena, iluminaban el camino de una alfombra de terciopelo rojo, mientras el individuo castaño, en la Armadura de Bronce de la Osa Calisto, se arrodillaba frente a Teseo con miedo en su mirada-. Por favor desista, su alteza. Comprendo que, tras la muerte en parto de la Reina Fedra, desee de una esposa digna del trono de Atenas. Pero, ¿la reina Deípile? Acaba de recibir a su esposo Tideo, muerto y decapitado. Uno pensaría que aprovecharse de una mujer así, sería una vergüenza, no importa lo hermosa que sea –comentaba el Caballero de Bronce de la Osa Mayor, mientras Teseo, de mirada cansada, con su cabellera azulada y corta perdiendo el lustre por alguna razón, meditaba lo que el Caballero de la Osa Mayor le decía-. Además, Argos mantiene relaciones muy precarias con Tebas… si solicita a la Reina Deípile como esposa, Atenas podría ir a la guerra con Tebas la de las 7 Puertas –comentaba el de Bronce.
-¿Un simple Bronce, piensa siquiera que puede decirle a nuestro Rey Teseo lo que puede o no puede hacer? Es risible –comentó un hombre revestido en una Armadura de Mithrilo, que poseía gemas moradas incrustadas en la misma. Su armadura era muy similar a la Armadura Dorada de Cáncer, pero sus colores, eran más parecidos a la Armadura de Mithrilo que también llevaba Teseo-. ¿De qué material es tu Armadura Zodiacal, Rey Menesteo? Vistes la Armadura del Héroe Legendario Ificles, y aunque todos sabemos que las proezas del hermano de Heracles fueron bastante significativas, y hacían brillar al Bronce como si fuera de Oro, Ificles fue lo que comúnmente se llama, una excepción a las reglas. Debería ser una vergüenza vestir a un rey de Bronce –le comentó el hombre en la Armadura de Mithrilo.
-Di lo que te plazca, Piritoo, pero no estoy hablando contigo. Además, de que estoy orgulloso de mi Armadura de la Osa Mayor y del legado que Ificles dejó en la misma –se defendió el Rey Menesteo, uno de los Co-Reyes de Atenas- Y por si lo haz olvidado, como Rey de Afidna, absorbida por Atenas durante el expansionismo, se me prometió que mi voz sería escuchada por la Corona Suprema. No olvides que soy un Co-Rey de Atenas ahora –desafió Menesteo a Piritoo, quien molesto comenzó a elevar su cosmos.
-Si tanto respetaras el legado de Ificles, no le habrías quítalo las orejitas de la Osa Calisto al casco de la Armadura de Bronce –se burló Piritoo. Menesteo se ruborizó por el coraje, e incluso cerró sus manos en puños-. Oh, pero claro, un Rey puede vestir una Armadura de Bronce, pero no vayan a verlo con orejitas de osito, allí sí que existe la vergüenza, ¿no es así? –se burló Piritoo, enfureciendo a Menesteo, quien comenzó a elevar su cosmos.
-Es suficiente, Piritoo –interrumpió Teseo, lo que fue una molestia para Piritoo, quien incluso se mordió los labios por el coraje-. Menesteo de la Osa Mayor probablemente tenga razón. Desposar a la Reina Deípile, sin importar cuan hermosa, podría repercutir en una posible guerra entre Atenas y Tebas la de las 7 Puertas. Desde que Heracles metió su mano y venció al Príncipe Ergino de Orcómeno, Tebas se ha vuelto inmensamente rica y poderosa. Se considera inexpugnable. Una guerra entre Atenas y Tebas sería inaudita –admitió Teseo.
-Me alegra que haya entrado en razón, Rey Supremo mío –reverenció Menesteo. Piritoo simplemente le brindó una mirada de repudio-. Ya que he terminado de expresar mis preocupaciones, debo de retirarme. Le pido que no abandone Atenas sin decírmelo, mi señor –suplicó Menesteo, y se viró para retirarse, encontrando a un niño de unos 5 años de edad escondiéndose detrás de unas columnas-. ¿Cómo subiste por las 12 Casas tan rápido? –preguntó Menesteo molesto, el pequeño de cabellera azul, y mirada cansada de ojos zafiro, solo pidió con su dedo contra sus labios el silencio de Menesteo- No importa… por mi si te mueres entre las sendas por el esfuerzo, mejor. Serías un obstáculo menos por el trono de Atenas. Alguien debe restaurar a Atenas a su antigua gloria, no me importa si eso significa acabar con la sangre de Teseo yo mismo –se quejó Menesteo, retirándose. El pequeño niño se mostró preocupado por aquellas palabras, pero se asomó fuera de su escondite para espiar a su padre, Teseo.
-¿¡Enserio!? –se molestó Piritoo, el pequeño de cabellera azul se escondió, sintiendo un miedo muy grande contra Piritoo- ¡Tiene heterocroma en su mirada! ¡Un ojo de oro, el otro brilla como la esmeralda! ¿¡Me estás diciendo que no es lo suficientemente hermosa!? –se quejó Piritoo.
-Deípile es hermosa, no lo niego. Pero no iré a la guerra contra Tebas la de las 7 Puertas –se molestó Teseo-. Además, tiene un hijo, Diomedes, que es un año menor a mi hijo Acamante, y no planeo tener un feudo por el trono de Atenas. Suficiente tengo con Menesteo queriendo el trono por siempre estarme supliendo mientras me ausento por mi aburrimiento y sed de aventura –se quejó Teseo.
-¡Hicimos una promesa cuando murió Fedra! –recriminó Piritoo, incluso colocando sus manos contra los respaldos del trono de Atenas, para mirar a Teseo fijamente- Elegiríamos a nuestras esposas de ensueño. Yo elegí a Perséfone, solo necesito que tú elijas. Incluso te ayudaré a raptar a tu futura esposa antes de que vayamos al Inframundo por Perséfone, pero debes elegir ya, no me estoy haciendo más joven –se fastidió Piritoo.
-¡Estoy buscando! ¡No me presiones! –estalló en coraje Teseo, las flamas azules en las antorchas que iluminaban la habitación, estallaron en una columna de fuego que se alzó hasta el techo, y quemó las pestañas de Acamante, quien intentaba hacerse con un poco de ese fuego mientras su padre había estado distraído, por lo que Acamante volvió a esconderse y a rodar por el suelo mientras se cubría la boca intentando no gritar mientras apagaba el fuego. Cuando el fuego se calmó, Teseo y Piritoo se miraban el uno al otro con desafío en sus respectivas miradas- No elegiste a cualquier mujer… elegiste a la Diosa del Inframundo… el peligro es muy alto. Así que no te acompañaré hasta que encuentre a la mujer perfecta. Hasta entonces… no me presiones… -insistió Teseo, su cosmos creciendo y desafiando a Piritoo.
-Mi paciencia tiene sus límites, Teseo… no pienso esperar por siempre. Y tú, amigo mío, tienes una promesa que cumplir –le recordó Piritoo. Teseo desvió la mirada, como sabiendo que no podía fallar a su palabra-. Jamás lo olvides, Teseo… te enseñé a desafiar a la muerte enseñándote a manipular el Fuego del Inframundo. Los Dioses esperan mi muerte para castigarme por hacer algo tan arriesgado. Me lo debes, ¿lo has comprendido? No moriré sin hacer a Perséfone mi esposa, y tú vas a ayudarme. Hiciste un juramento, y sabes lo que pasa con quienes rompen un juramento –le insistió Piritoo.
-Yo jamás rompo una promesa, Piritoo… viajaré contigo a raptar a Perséfone –lo empujó Teseo de su trono, se puso de pie, y encaró a su amigo-. Pero no lo haré hasta estar seguro de que tendré un tesoro igual de importante. Una hija de Zeus. Encuentra una, e iremos por tu amada Perséfone cuando la tenga en mis manos –demandó Teseo.
-¿Hija de Zeus? Probablemente la mitad de la población en Gea lo es –se fastidió Piritoo, Teseo solo se cruzó de brazos- Como desees… investigaré… ¡Ondas Infernales! –alzó su dedo Pitiroo, y desapareció de la vista de Teseo, quien suspiró agotado, y pasó por las cortinas rojas que separaban al Templo del Rey Supremo con el Templo de Athena. Una vez que su padre no estuvo presente, Acamante corrió rápidamente a una de las lámparas con el Fuego de las Almas que iluminaba el recinto, y metió sus manos dentro de la misma. Las almas gritaron en pena, pero Acamante rápidamente salió corriendo con ellas, y se ocultó tras una columna, mientras su padre regresaba preguntándose sobre qué había sido ese ruido.
-Ondas Infernales –susurró Acamante, alzó su dedo, y desapareció del Templo del Rey Supremo, ingresando a una montaña repleta de espectros que lloraban y gritaban en pena, mientras peregrinaban en dirección a un monte del cual parecían estarse lanzando al vacío. Se trataba de un monte sin nombre, donde los espíritus entraban al mundo de los muertos.
-¿¡Una hija de Zeus!? ¡Maldito Teseo! –se quejaba Piritoo, quien empujaba a los muertos a un lado y los pisoteaba, mientras caminaba en la dirección contraria. Acamante lo siguió, ocultándose detrás de las rocas mientras Piritoo hacía su rabieta- ¡Y si encuentro a una buena candidata! ¡Seguro tendré que asegurarme de que no tenga hijos! ¡No sea que le hagan competencia al ridículo y llorón de Acamante por el trono de Atenas! ¡Si ese mocoso no fuera tan débil de sentimientos, no tendría que estar lidiando con conseguirle a Teseo a una esposa para por fin buscar a mi amada Perséfone! –monologaba Piritoo, se viraba a tomar a un muerto por el rostro, y comenzaba a darle de golpes en el mismo, desfigurándolo aún más. El muerto solo podía lanzar alaridos inquietantes que erizaban los bellos de la nuca de Acamante aún escondido, pero presenciándolo todo- ¿Dónde voy a encontrar a una hija de Zeus que no haya sido mancillada? ¿Qué hago? ¿Elijo a una niña que aún no haya sido profanada? Veamos… ¿qué hija de Zeus ha nacido últimamente? –se puso Piritoo pensativo. Acamante intentó buscar por donde escabullirse mientras mantenía el Fuego del Inframundo cerca de su pecho, pero antes de poder hacerlo, Piritoo continuó con su monólogo- Solo se me ocurre una persona… Helena, la supuesta hija de Tindáreo de Esparta –comenzó Piritoo. Acamante se detuvo, y miró en dirección a Piritoo desde su escondite-. Pero ella nació de un huevo supuestamente, el año pasado, y sus hermanos son los Dioscuros, los nacidos dos veces. Además, tendría que esperar a que fuera lo suficientemente mayor. ¡No voy a esperar a la mayoría de edad de esa tal Helena! ¿Y si nace fea y a Teseo no le gusta? ¿Cómo puedo adelantar esto? Si es una hija de Zeus no puede ser fea, pero no voy a esperar tanto… veamos… las princesas de Esparta tienen su rito de madurez con un baile en honor a Artemisa a los 9 años… no me importa lo que piense Teseo, en 9 años, iremos por esa tal Helena, le guste o no –se quejó Piritoo, y continuó con su camino.
Acamante dejó que Piritoo ganara algo de distancia, antes de comenzar a meditar sobre lo que había escuchado. No le gustaba que alguien raptara a un inocente, ni siquiera para su padre. Sin embargo, no era el momento, tenía otra misión, su amigo contaba con él. Así fue como, decidido, se apresuró a bajar del monte en que se encontraba.
Atenas. Ciudad de Afidna.
-Acamante, ¿dónde estás? –se preguntó un hombre a las afueras de una casa de piedra en la ciudad de Afidna, mientras miraba al Santuario de Athena, y a las 12 Casas, esperanzado en recibir la visita de aquel niño que significaba toda su esperanza- ¿Y si Teseo lo descubrió? –se preocupaba el hombre, estirándose los cabellos enchinados, y rascándose su barba bien delineada. Miraba al suelo frente a él, cuando de este, se abrió un portal por el cual salió Acamante, lo que asustó al hombre, quien gritó y cayó sobre su espalda.
-¡La tengo Admeto! –exclamó Acamante emocionado, su mirada cansada reflejando algo de esperanza. El asustado hombre se repuso, y miró a la flama azul en manos de Acamante- ¡Fuego del Inframundo! ¡Con esto avivaremos por una luna más la vida de Alcestis! –le comentó Acamante, orgulloso.
-¡Bien hecho hijo! –se alegró Admeto, revolviéndole los cabellos a Acamante, e invitándolo a entrar a su casa. Lo primero que encontró Acamante al entrar, como ya era costumbre, fue el cuerpo encamado de una bella mujer, de cabellera rosada y algo larga, le llegaría a los hombros, con una piel pálida enfermiza, y un vestido negro bastante llamativo. Al lado de su cama, en una cómoda, había una antorcha con un fuego azul que casi terminaba de consumirse. Admeto rápidamente buscó otra antorcha entre sus pertenencias, y Acamante la encendió con el fuego de las Almas del Inframundo. Admeto entonces reemplazó una antorcha con otra, y la mujer alcanzó a respirar una vez más, comenzando a recuperar un poco de su color- Con esto, Thanatos no podrá reclamarla por una luna más… excelente trabajo, Acamante… -susurró Admeto, Acamante sonrió de oreja a oreja por su labor-. Aun así… -comenzó Admeto, deprimido. Acamante le dirigió una mirada de preocupación- ¿Qué vamos a hacer para despertarla? Lo único que podemos hacer es evitar su muerte, pero no despertarla… -comenzó a llorar Admeto. Acamante se deprimió, y miró a la bella mujer encamada-. Mi amada… -sollozó Admeto, tomando de la mano de la mujer-. Despierta… por favor… -continuaba el hombre-. Te amo vida mía… por favor despierta… despierta… -la empatía de Acamante, logró hacerle compartir el amor de Admeto por la mujer, y él también comenzó a llorar-. Despierta… Alcestis… -susurró su nombre el hombre.
Afueras de Atenas.
-Ummjujum… ju jumjujum… ju jum… -por el camino principal que llevaba a la Ciudad de Atenas, Filoctetes, recostado en el carromato usando la paja en el mismo como almohada, miraba al cielo de la mañana, con una canción que tarareaba alegremente. Heracles, quien manejaba el carromato, se regocijó en la cancioncita de Filoctetes.
-Alguien debió haber pasado una noche increíble con la Sibila para cantar todo el trayecto desde Argos hasta Atenas… ya casi llegamos por cierto… -se burló Heracles. Filoctetes refunfuñó en ese momento-. ¿Tan buena es la Sibila en la cama? Dudo que mejor que mi Hilas –aseguró él.
-¡Y dale con Hilas! –se quejó Filoctetes, Heracles se burló de él- Y si pasé una buena noche, ese no es tu problema. Seguro que tú también te revolcaste con alguien anoche –acusó Filoctetes.
-Nah, mi garrote ya no es lo que era antes –admitió Heracles-. Pero me parece que ese no es impedimento para un jovencito como tú. Y con la Sibila, y ese cuerpo. Seguro que la pasaste exelen… -intentó decir Heracles, cuando sintió la bofetada en su nuca. Pegaso de pronto comenzó a ir más despacio, mientras una mirada maligna aparecía en el rostro de Heracles-. Me golpeaste… -comenzó Heracles sombríamente.
-Aja, has matado a otros por cosas menores, lo sé, pero a mi Sibila me la respetas –comenzó Filoctetes. Pegaso comenzó a temblar de miedo- ¿No harías tú lo mismo si de la nada, yo me empiezo a imaginar a Hilas desnuda? Déjame decirte que, con todas las historias con lujo de detalle, le conozco hasta los lunares –amenazó Filoctetes.
-Oh, ahora sí te pasaste. ¡Salúdame a Ificles cuando lo veas en el Inframundo! –tomó Heracles su garrote, se paró de su asiento, y se preparó para golpear a Filoctetes, quien ya había preparado su arco y flecha de cosmos, cuando el aterrado de Pegaso salió corriendo a paso apresurado, derribándolos a ambos de la carreta. De pronto, el machacarse el uno al otro pasó a segundo plano. El par se repuso, y comenzó a correr tras de Pegaso en dirección a Atenas-. ¡Mira lo que hiciste! ¡Asustaste a Pegaso! ¡Ya sabes lo delicada que es la niña! –se quejó Heracles.
-Sigue el paso gordito. Algunos todavía podemos usar el cosmos –se burló Filoctetes, adelantándose, y llegando a las puertas de Atenas antes inclusive que Pegaso, mientras Heracles se molestaba por las burlas de Filoctetes y corría lo más rápido que podía a velocidad sobrehumana, sin poder acceder al cosmos por culpa de la Sangre de Neso.
-Alto allí yegua tonta –se preparó Filoctetes para recibir a Pegaso, quien estaba tan asustada que no podía detenerse. Antes de que Filoctetes pudiera detenerla, sin embargo, Acamante, quien pasaba por allí rumbo a las puertas del Anillo Principal de Atenas, dejó caer los víveres que había comprado, y había saltado a las riendas de Pegaso a una velocidad impresionante, incluso para Filoctetes, y utilizaba su cosmos para forcejear contra las riendas de Pegaso, calmándola-. Por las barbas de Zeus… ¿qué es lo que acaba de ocurrir? Ese cosmos fue impresionante para alguien de tu edad –le apuntó Filoctetes.
-¿Se encuentra bien anciano? –preguntó Acamante. Filoctetes inmediatamente se sintió ofendido por haber sido llamado anciano, pero entonces se tomó de la barba, notando que esta ya le había crecido demasiado- Por favor tenga más cuidado –le entregó Acamante las riendas de Pegaso, y comenzó a buscar sus cosas. La comida que había comprado yacía en el suelo toda sucia-. Oh no… -se preocupó Acamante, cuando Heracles pasó corriendo y aplastó la comida aún más- ¡Oh no! –se quejó Acamante tirando de su cabello.
-¡Va el garrote! –escuchó Acamante, y se escandalizó cuando Heracles estampó su garrote contra un distraído Filoctetes que se frotaba la barba intentando peinarla, y que salió disparado a los interiores de la ciudad, confundiendo a los soldados de Atenas afuera de las murallas- ¡Eso es por revelar los lugares de los lunares de mi Hilas! –se quejó Heracles.
-¡Ya estuvo! –se molestó Filoctetes, levantándose con su cosmos en alto- A mí y a mi Sibila nos respetas, armatoste. ¡Flechas Fantasma! –atacó Filoctetes, Heracles se cubrió y comenzó a resistir las flechas, Filoctetes adelantó y estampó su arco contra la cabeza de Heracles, quien apenas sintió el golpe, y miró a Filoctetes con ira, tomó su maza, y tronó su cuello.
-¡No peleen! ¡Ondas Infernales de Hades! –atacó Acamante. Antes de que el ataque saliera del dedo del niño, la mancha en el pecho de Heracles comenzó a darle comezón, y después tanto él como Filoctetes quedaron apresados por arillos de luces violetas- Pelear entre amigos está mal –los reprendió Acamante.
-Este no es mi amigo, ventiló los lunares de mi Hilas –forcejeó Heracles, notando que no podía zafarse de los anillos- ¿Qué es esto y por qué no puedo romperlo? –se fastidió el hombretón, forcejeando. Pero, sin importar cuanta fuerza imprimiera, no podía librarse.
-Momento, ¿dijiste Ondas Infernales de Hades? ¿No es ese el ataque de los Caballeros Dorados de Cáncer? –preguntó Filoctetes, Acamante inmediatamente se puso nervioso y movió su cabeza un buen número de veces en negación- Decir mentirás está mal –reprendió Filoctetes.
-Yo no he dicho ninguna mentira. Solamente no le he dicho nada –se defendió Acamante. Filoctetes lo miró con molestia, y forcejeó un poco con sus ataduras, hasta sacar de su bolsillo la lista de Heracles, leyéndola.
-¿Acamante? –preguntó Filoctetes, Acamante se sobresaltó- ¿Hijo de Teseo, el Rey de Tebas? –preguntó nuevamente, Acamante comenzó a sudar frio- Creo que encontramos al niño al que vinimos a buscar. Vaya suerte, seguro la Sibila planeó todo esto. Dime chico. ¿Qué sabes de una tal Alcestis? –preguntó Filoctetes, dejando a Acamante sin habla.
Ciudad de Afidna. Casa de Admeto.
-No entiendo. ¿Por qué no vamos a visitar al Rey Teseo? Es mi amigo, seguro no le dirá a nadie que sigo vivo –se molestó Heracles. Él, Filoctetes y Acamante se encontraban afuera de la casa de Admeto, pero no entraban, ya que Acamante se encontraba en esos momentos contando monedas mientras Heracles se rascaba el pecho, justo en la mancha de la Sangre de Neso-. Además, tengo muchas preguntas. ¿Qué estamos esperando? ¿Por qué ya no estamos peleando? ¿Y por qué tengo tanta comezón? –preguntó Heracles, rascándose toda la mancha.
-A ver, en orden –se fastidió Filoctetes-. No vinimos a visitar a tu viejo amigo Teseo, sino a buscar a su hijo, Acamante, y aquí está –le explicaba Filoctetes-. Estamos esperando a que el chico deje de contar sus monedas. Él dijo que tenía el presupuesto muy limitado, y tú le pasaste encima a su comida, que salió temprano a comprar a la ciudad vecina porque le salía más barata que en Atenas donde los precios están demasiado inflados. Y como no puede regresarse a comprar cosas para la comida, no le queda de otra que comprar las cosas aquí, así que está haciendo la equivalencia de la contabilidad de lo que le debes por pisotearle la comida –reprendió Filoctetes, Heracles se cruzó de brazos-. Y no estamos peleado porque los soldados de Atenas apenas nos dejaron pasar, con bastantes advertencias, además, y con la promesa de no pelearnos o nos vetaban de por vida de Atenas. Y, por último, tienes comezón porque no te bañas con la frecuencia que deberías –se tapó la nariz Filoctetes. La ceja de Acamante comenzaba a temblarle por las distracciones mientras intentaba llevar su contabilidad.
-Me bañé hace tres lunas cuando Odiseo se fastidió por el hedor a yegua apestosa, y tuve que bañar yo a la princesa de Pegaso, porque te recuerdo, que el único que baña a la princesa soy yo –le apuntó Heracles a Pegaso, quien relinchó apenada. Acamante comenzaba a morderse los labios tragándose la molestia-. Y no nos hemos bañado porque ha llovido mucho, hay que aprovechar la temporada de lluvia –aseguró él.
-¡Ya déjenme contar! –recriminó Acamante, sorprendiendo a Heracles y Filoctetes. Acamante se apenó, se cohibió, y comenzó a acomodar sacos de dinero-. Creo que… con esto debe ser suficiente para comprar las cosas a los precios que se maneja en Atenas… -agregó Acamante preocupado. Heracles, como el precavido comerciante que era, tomó el costalito de manos de Acamante- ¡Oiga! –se preocupó Acamante, mientras Heracles vaciaba el contenido del saco en su mano y comenzaba a contar rápidamente.
-Dos de oro, cuatro de cobre, nueve de bronce, al tipo de cambio de Atenas, más el impuesto por estar en guerra… ummm… la guerra es entre Argos y Tebas, así que el impuesto es solo por conservar los caminos vigilados, tomaste en cuenta incluso eso. Estoy impresionado, Teseo nunca fue bueno en matemáticas. ¿Cómo es que tú sabes contar dinero tan bien? –preguntó Heracles, entregándole el saco de dinero a Acamante, mientras Filoctetes hacía cuentas mentales.
-Papá… no se encarga del reino muy a menudo… -aceptó Acamante, cohibido-. Menesteo de la Osa Mayor… me obliga a hacer la contabilidad del reino… dice que es para lo único que servimos los de la sangre de Teseo –le comentó Acamante, entristecido.
-Menesteo de la Osa Ma… -comenzó Filoctetes, mirando a Heracles, quien respiró pesadamente-. Oh… entonces él… -intentó decir Filoctetes, Heracles simplemente asintió-. Me cuentas tantas historias estando él en las mismas… que se me olvida en ocasiones que esas cosas pasaron hace muchos años. ¿Cómo…? –intentó preguntar.
-No lo sé… habíamos peleado –admitió Heracles-. La primera vez que pensé que Ificles había muerto, fue durante la primera batalla contra Augías, poco después del quinto trabajo –le explicó Heracles, Filoctetes no dijo nada-. Pero el muy tonto, vendado y con el pecho atravesado, estaba preparando el desayuno a la mañana siguiente. Después pasó lo de Hipocoonte y los Falsos Caballeros Dorados. El muy imbécil hizo estallar su cosmos contra uno, pensé que había muerto, pero el baboso llegó con el cráneo fracturado, y dijo que tenía hambre. Pensé que Ificles era indestructible, no importaba la naturaleza de la herida, allí estaba él, levantándose, y cocinando. Ificles iba y venía, a veces desaparecía, a veces se quedaba por tiempos muy prolongados. Cuando me envenenaron, y me prendí fuego, Yolao intentó apagarme. Perdió sus manos intentando apagar la pira en la que estaba ardiendo en llamas. Mientras yo «moría», Ificles dejó de ayudarme a apagar el fuego, y mientras era transportado al Hades por el Octavo Sentido, lo escuché decir: «ya no podrás lastimar a nadie» -le explicó Heracles, lo que fue una sorpresa para Filoctetes-. Cuando salí del Inframundo, solo le dije a Licas e Hilas que sobreviví. No quería volver a arruinar la vida de Ificles o de Yolao…y mientras buscaba en Delfos la respuesta para curarme de esta cosa –se rascó la Sangre de Neso Heracles-. Hilas me dijo la verdad… Ificles había muerto, pero no me dijo de qué. Yo solo sé que murió al poco tiempo de mi supuesta muerte. Pero da igual… debió vivir sus últimos días feliz de no tener que lidiar con el monstruo que mataba a todos por accidente con su estúpida fuerza sobrehumana –se cruzó de brazos Heracles, y comenzó a apretarse los lagrimales, como si intentara no llorar.
-Podría preguntarle… -comenzó Acamante. Heracles y Filoctetes le dirigieron la mirada, lo que apenó y asustó al niño-. Am… este… yo… -comenzaba Acamante, apenado, y dándole la espalda a Heracles y a Filoctetes por la pena-. Yo… bueno… así como aprendí a usar las Ondas Infernales… aprendí a buscar y encontrar a los muertos en el Inframundo… -comenzó Acamante, tembloroso-. Pero el Inframundo es muy peligroso… y hay un Espectro en específico que no me deja acercarme… me tiene vigilado desde que intenté recuperar el alma de… -meditó al respecto Acamante, y entonces cerró sus manos con determinación, y se viró a ver a Heracles-. Si usted… me ayuda a pasar por el puesto de vigilancia de ese Espectro, y entrar en el Monte de las Almas para salvar el alma de mi amiga Alcestis… entonces yo le ayudaré a comunicarse con el alma de Ificles. ¿Tenemos un trato? –preguntó Acamante, extendiendo su mano.
-Niño, me gusta como piensas –le sonrió Heracles-. Y da la casualidad de que yo estoy buscando el alma de una tal Alcestis. Tienes un trato –le apretó gentilmente la mano Heracles, por lo que Acamante, determinado, invitó a Heracles a pasar dentro de la casa de Admeto, quien se encontraba bañando el cuerpo de Alcestis cuando abrieron la puerta, por lo que Acamante se apenó-. Lindo… -sonrió Heracles con poca vergüenza, antes de salir disparado por una fuerza de cosmos ardiente proveniente de la casa de Admeto, mientras Filoctetes se hacía a un lado, y Acamante se tapaba los ojos por la vergüenza de lo que acababa de ver-. ¡Ja! ¡Ya extrañaba las calcinadas espontaneas de Admeto el Ardiente! –se repuso Heracles, con la barba quemándose por el fuego del ataque de cosmos de Admeto.
-¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi apodo? –se molestó Admeto, notando entonces al hombretón extendiendo los brazos y presumiendo sus músculos- ¿¡Herc!? –se tomó de la cabellera Admeto, víctima de la sorpresa.
-Igual de guapo que siempre. Tal vez más –presumió Heracles. Admeto acercó su mano, incrédulo- Si sigo vivo Admeto, es el mismo pecho hermoso que tanto te… -intentó decir Heracles, Filoctetes hizo una mueca, Admeto se apenó e inmediatamente tapó los oídos de Acamante.
-¡Eres Herc! ¡No me cabe duda de que eres Herc! –se apenó Admeto, Filoctetes hizo otra mueca, Acamante solo parpadeó un par de veces sin saber el por qué le tapaban los oídos- No andes presumiendo cosas. Me ofreciste un trio con Hilas porque descubrí que era una mujer durante uno de nuestros baños semanales, no pensé que iba a estar en el lado receptor –se quejó Admeto, Heracles se burló un poco y guiñó el ojo-. No, olvida eso. ¿Qué haces vivo? –preguntó él.
-Aparentemente, salvando el alma de tu esposa. Pero termina con lo que estabas haciendo mientras yo distraigo al niño –agregó Heracles. Admeto volvió a apenarse, soltó a Acamante, y entró a terminar de arreglar a su esposa-. Es un gran tipo, aunque algo temperamental. Y sí, era un Argonauta –le explicó a Filoctetes.
-Si en el futuro, alguien me confunde con uno de tus amantes, armatoste, aún muerto voy y te clavo una flecha en la entrepierna –reprendió Filoctetes, Heracles alzó y bajó las cejas, Acamante se apenó y se tapó sus propios oídos-. Ahora entremos, que vamos a traumar más al niño –tocó la puerta Filoctetes, y Admeto por fin los dejó pasar-. Filoctetes de Sagita, un placer –se presentó Filoctetes.
-Admeto –le ofreció su mano Admeto-. Fui un Contramaestre condecorado con Argonian Arachne mientras viajaba con Jasón y los Argonautas. Aún conservo la Armadura de Oro Rojo –le mostró la misma Admeto, en una esquina al lado de la cama donde estaba el cuerpo ya vestido de Alcestis.
-Oye, mínimo ponle algo más decente –apuntó Heracles a la túnica negra con la apertura en el pecho-. Digo, lo que hagas con la muerta en la cama es tu problema, pero hay niños presentes –apuntó Heracles. Acamante no tuvo que destaparse los oídos para intuir que Heracles acababa de decir algo indecente.
-Son las prendas con las que Alcestis murió… Acamante dice que mantienen una conexión con los muertos y que mientras esta conexión exista, no desaparecerán del interior del Monte de las Almas para que sus almas sean recicladas –le explicó Admeto a Heracles-. Pero supongo que debo hacer la explicación completa si es que vienes a ayudarme. Pero, ¿por qué? –le preguntó Admeto.
-Nuevos 12 Trabajos, ahora se llaman 12 Pruebas Doradas –le explicó Heracles, lo que fue una sorpresa para Admeto-. Ah, por cierto, no puedo usar el cosmos o me muero, pero sigo siendo muy fuerte. ¿Qué hay que hacer o qué? –preguntó Heracles.
-Te cuento… -suspiró Admeto-. Me uní a los Argonautas, porque Pelias era mi suegro –le explicó Admeto, Heracles al parecer no se sabía esa parte de la historia, observó a Alcestis, y notando lo rosado de la cabellera, encontró el parentesco con Pelias-. Antes de que tú o Jasón llegaran a Yolcos, yo estaba entre los pretendientes por la mano de Alcestis –comenzó a explicarle Admeto, tomando de la mano de la mujer en la cama-. Pelias puso una prueba para quien fuera que deseara la mano de su hija. Quien lograra uncir a un jabalí y a un león a un carromato, sin que el león se comiera al jabalí, se ganaría la mano de Alcestis… -recordó Admeto-. Recuerdo haber pensado que tarea tan imposible, solo era para que nadie pudiera ganar la mano de Alcestis. Pero yo estaba tan enamorado de ella, que le supliqué a Apolo el que me permitiera esta proeza. Apolo respondió, y las bestias que encontré para uncir al carromato, eran dóciles como cachorros. Logré unirlos, y las llevé ante Pelías, quien no tuvo más remedio que entregarme a su hija… nos casamos inmediatamente, yo no lo sabía, pero ella también me amaba –le acarició su mejilla Admeto-. Consumimos nuestro matrimonio, pero no conseguimos tener un hijo o una hija… entonces tú llegaste, hiciste estallar el Palacio de Yolcos contra Jasón, y Pelías me obligó a unirme a la expedición por el Vellocino de Oro… supongo que quería deshacerse de mí. Alcestis juró que me esperaría –le explicó él.
-Y al parecer lo hizo –dedujo Heracles, Admeto asintió-. ¿Qué la dejó en este estado? –preguntó Heracles curioso, y Admeto suspiró, entristecido- Como sabes, no llegué al fin del viaje de los Argonautas. Pero sí recuerdo escuchar que casi todos regresaron a casa a salvo –comentó.
-Yo no… -confesó Admeto, se alzó la túnica, y le mostró a Heracles una herida en su pecho, sobre su corazón, lo que sorprendió a todos los presentes-. Al parecer, en el viaje de regreso, olvidé hacer un sacrificio en honor a Artemisa… una serpiente me mordió el pecho mientras me bañaba tras la celebración por recuperar el Vellocino de Oro. El veneno de la serpiente me pudrió el corazón… -le comentó mientras volvía a bajarse la túnica.
-Las serpientes… no me agradan las serpientes… son resbaladizas, y las heridas envenenadas apestan –se estremeció Filoctetes-. La Sibila siempre dijo que me alejara de ellas. Sé que es conocimiento común, pero cuando lo dice ella, suena a problemas –admitió Filoctetes.
-Y sí que lo son –aceptó Admeto-. Rogué a Apolo el que salvara mi vida. Y Apolo por alguna razón me respondió. Me dijo que había embriagado a las Moiras, y que estas accedieron a intercambiar la extensión de mi vida, por la vida de alguien más. Cuando volví a Yolcos, se lo dije a Alcestis, solo debía encontrar a alguien que quisiera dar su vida por mí. Juntos viajamos a Atenas, donde vivían mis ancianos padres. Les pedí que alguno diera su vida por mí, después de todo ya estaban viejos y enfermos, no les quedaba mucho de vida. Pero ambos se negaron –suspiró Admeto-. Preocupada por mí… Alcestis clamó a Apolo que ella entregaría su vida por mí, y entonces… Thanatos, el Dios de la Muerte, apareció en esta habitación. Aceptó el trato, y Alcestis murió inmediatamente –declaró Admeto, sus ojos llenándose de lágrimas-. Lo peor de todo, es que mis padres también murieron del susto. Así que Thanatos se llevó tres almas ese día, y dejó la mía hecha pedazos –tomó la mano de Alcestis nuevamente, y la besó con gentileza-. Pero me enteré de los rumores de Teseo. Se decía que, con el Fuego de las Almas, Teseo había logrado extender su propia vida. Pensé que, si conseguía un Fuego de las Almas, podría engañar a las Moiras mientras ellas intentaban cortar el hilo de la vida de Alcestis. Fui ante Teseo, él no quiso ayudarme. Dijo que el Fuego de las Almas era solo para él… fue Acamante, de quien nos habíamos hecho amigos recién llegamos a Atenas, quien robó algo de Fuego de las Almas para Alcestis –apuntó Admeto al pequeño y avergonzado de Acamante.
-No entiendo muy bien cómo funciona el Fuego de las Almas todavía… -agregó Acamante apenado-. Yo solo sé que Admeto y Alcestis habían sido buenos conmigo, y necesitaban mi ayuda. Tomé de ese fuego que mi padre mantenía en el Templo del Rey Supremo, para darle a Admeto esperanza –admitió Acamante.
-Y me dio esperanza… -apuntó Admeto al pecho de Alcestis-. Ella volvió a respirar. Pero no despierta… Acamante y yo pronto descubrimos, que su alma no estaba dentro de su cuerpo, pero que su cuerpo continuaba con vida. Mientras el Fuego de las Almas esté calentando el cuerpo de Alcestis, su cuerpo no se pudre. Así que, una vez cada luna, Acamante roba algo del Fuego de las Almas de Teseo, y lo trae aquí, para mantener el cuerpo de Alcestis con vida –le informó Admeto.
-Y por eso quieres que alguien te ayude con el Espectro en el Monte de las Almas –dedujo Heracles. Acamante asintió-. Si el cuerpo está aquí, entonces hay una forma de encontrar el alma de Alcestis y regresarla al mismo. Y como puedes usar las Ondas Infernales, supongo que sabes bajar –le preguntó Heracles.
-Sé bajar, y sé llevar a otras almas conmigo –le explicó Acamante-. Pero los Espectros controlan las almas de quienes bajamos. No lo entiendo muy bien, pero cuando he bajado con Admeto, su alma es visible a mis ojos, lo que no ocurre conmigo mismo, ni con otros que bajan allí, como Piritoo de quien aprendí todo lo que sé –le explicaba Acamante-. Es como si yo solo pudiera bajar el alma de los demás, no sus cuerpos –dedujo él.
-Es lógico. Los que usan las Almas Infernales, engañan a Hades –le explicó Heracles, lo que Acamante no comprendía-. La cosa está así. Cuando los Caballeros de Cáncer golpean a otros individuos con las Ondas Infernales de Hades, extraen el alma del cuerpo de a quien golpean, así que lo que viaja al Inframundo, es un alma, no un cuerpo –le comentaba Heracles. Acamante comenzó a comprenderlo-. Al mismo tiempo, el usuario de las Ondas Infernales, tiene alguna clase de permiso especial, que le deja bajar con su cuerpo al Inframundo. Yo sé de eso, he ido varias veces, pero solo una vez entré sin ayudas, el día que me mancharon con la Sangre de Neso, el día en que morí, accionando mi Octavo Sentido, la capacidad de vivir, con tu cuerpo físico, en el Inframundo –le explicó Heracles.
-¿Octavo Sentido? ¿Qué diantres significa eso? –preguntó Filoctetes, confundido- A ver si entiendo. Si tú bajas al Inframundo, bajas con todo tu cuerpo, no solo tu alma –dedujo Filoctetes, y Heracles asintió.
-Así funciona el Octavo Sentido –le explicó nuevamente Heracles-. Los Espectros son fuertes contra las almas sin cuerpo, además de que sus cosmos son potenciados en el Inframundo. Pero si logras bajar con tu cuerpo, no hay tal debilidad, solo la ventaja de los Espectros. Ya me queda muy en claro la naturaleza de esta Prueba Dorada. Todos bajamos, Acamante y yo con nuestros cuerpos originales, y le damos de garrotazos al Espectro ese. Entramos por el Monte de las Almas, encontramos el alma de Alcestis, y salimos, segunda prueba terminada, así de sencillo –agregó Heracles con una sonrisa.
-Si bueno, cuando las cosas suenan tan fáciles, realmente no lo son –se defendió Filoctetes-. ¿Qué tan grande es el Inframundo? ¿Es rápido encontrar un alma? –preguntó Filoctetes, mirando específicamente a Acamante.
-Si entramos al Inframundo por el Monte de las Almas, podríamos vagar por mucho tiempo, así que mejor dejan a Pegaso en una posada o algo –recordó Acamante a Pegaso, y el grupo intercambió miradas en ese momento.
Esparta.
-¡Ondas Infernales de Hades! –por la noche en Esparta, en la habitación de una mujer de tez morena y cabellera esmeralda, y quien presumía unos ojos dorados muy hermosos, que solo fueron visibles por ella despertarse en medio de la noche por haber escuchado aquella voz que se materializaba en su habitación, Piritoo se manifestó, colocó su mano sobre la frente de la mujer, y disparó una fuerza de cosmos- Duerme… -ordenó, y la mujer cayó sobre su cama, inconsciente-. Vamos a ver… -comenzó entonces Piritoo, asomándose a la cuna donde una bebé rubia dormía. Piritoo acercó su mano a la bebé, y entonces sonrió-. Oh… es un cuerpo hermoso… y poderoso, con un cosmos casi divino. Ella es perfecta… -dedujo Piritoo, y entonces se sentó en la cama junto al cuerpo inconsciente de Némesis-. Casi demasiado perfecta… así que… tengo dos opciones… puedo esperar a que sea legal, y que, a sus 14 años, Tindáreo pacte las condiciones para que Teseo se gane la mano de esta bebé legítimamente… o… puedo adelantar las cosas 5 años, durante su rito de iniciación como Sacerdotisa de Artemisa en Esparta, como dicta la tradición Espartana… -se frotó la barbilla Piritoo, incluso acostándose al lado de Némesis, y mirando al techo de la habitación-. No quiero esperar ni 9, ni 14 años, pero solo con la ayuda de Teseo podré enfrentar a los 108 Espectros y recuperar el alma de mi hermosa Perséfone… oh, Perséfone, cuando poseíste el cuerpo de Hipodamía, solo tenías que ignorar tu odio por Heracles –se levantó Piritoo de la cama, y comenzó a caminar de un lado a otro, impaciente, ansioso-. Cuando poseíste el cuerpo de Hipodamía, yo mataba centauros solo por diversión, pero tú me disté un propósito mi amada Perséfone, me convenciste de hacerle la guerra a los Centauros, de salvar a tu pueblo adoptivo, los Lapitas, y yo lo hice, convirtiéndome en tu rey. Solo necesitaba a Teseo, nos casaríamos una vez que regresáramos con el Vellocino de Oro. No podía casarme sin mi mejor amigo asistiendo a nuestra boda. Me esperaste, me fuiste fiel, y yo fui el hombre más feliz del mundo. Pero justo cuando íbamos a casarnos, Teseo invitó a ese imbécil descerebrado a la boda, y tú perdiste el control –comenzó a llorar Piritoo, limpiándose las lágrimas-. Embriagaste al grupo de Centauros que no estaba en guerra con los Lapitas, dándoles vino sin aguar par que mataran a Heracles con quienes compartían la mesa… pero ese imbécil de Neso… apenas nos habíamos casado, y en su embriagues te raptó… como te defendiste, el muy imbécil te descuartizó, yo estaba desesperado, pero no pude ni ayudarte, ni matarlo, ese imbécil de Heracles no solo te arrebató de mí ese día, sino que se me adelantó en matar a Neso también… desde entonces amada mía, he deseado encontrarte en el Inframundo, pero Thanatos me tiene acorralado… solo con alguien tan poderoso como Teseo, podría enfrentarme al Dios de la Muerte –agregó Piritoo, desesperado. Se dejó caer en la cama nuevamente, y miró en dirección a la bebé rubia en la cuna-. 9 años… solo te pido que me esperes 9 años más… sé que me sigues esperando, amada mía, sé que no me has reemplazado en tu corazón… volveremos a estar juntos, lo juro… tú y yo por siempre mi amor… ¡Ondas Infernales! –exclamó Piritoo, y desapareció de Esparta.
Pilos. Aposentos de Néstor.
-¡Eeek! –despertó Anaxibia de la nada, asustando a Néstor quien dormía a su lado, y se levantó a la defensiva, mientras Anaxibia se frotaba los brazos con escalofríos, antes de parpadear un par de veces, y mirar a Néstor, desnudo, y buscando a algún invasor por los alrededores- Cariño… ¿qué estás haciendo? –preguntó Anaxibia.
-Amm… bueno… gritaste. Pensé que alguien había entrado en el palacio –se cubrió Néstor, volviendo a subirse a la cama y a meterse debajo de las sabanas-. ¿Tuviste un mal sueño? –preguntó Néstor confundido.
-No, solo recordaba a mi ex… -respondió Anaxibia, lo que deprimió a Néstor, Anaxibia se apenó por sus reacciones-. Me conociste virgen Néstor… y mi ex era un lunático. Qué bueno que no llegué a casarme con él. Después de todo, así te conocí. El hombre más viril, hermoso, y amoroso de toda Gea… -lo abrazó Anaxibia por detrás. Néstor sonrió, y tomó de la mano de Anaxibia, se dio la vuelta, y la derribó-. Oh… Néstor… -agregó ella con dulzura.
-Sé que no debería pensar en esto… cuando Heracles no nos ha regresado a Antíloco… -comenzó Néstor, entristecido-. Pero no puedo vivir sin un hijo tuyo y mío. ¿Y si no tenemos cuidado esta vez? ¿Y si intentamos… ser padre y madre… una vez más? –preguntó Néstor. Anaxibia tragó saliva con fuerza.
-Oh embarázame grandote –comenzó Anaxibia, Néstor la silenció con un beso, y no tardaron en entregarse al deseo carnal, mientras Anaxibia, quien era Perséfone, y en alguna otra vida había sido la Hipodamía de la que Piritoo se había enamorado, no tenía espacio para nadie en su corazón que no fuera Néstor.
Ciudad de Afidna. Casa de Admeto.
-No puedo creer que acabo de dejar a esa yegua tonta en una guardería –entró Filoctetes nuevamente a la casa de Admeto, y cuando cerró la puerta detrás de sí mismo, comenzó a mirar a los alrededores con molestia-. ¿Interrumpo algo? –preguntó Filoctetes. En la cama, Admeto, vistiendo la Argonia de Arachne, se había acomodado junto a Alcestis, y la abrazaba de forma protectora. Heracles y Acamante estaban del otro lado de la habitación, sentados en el suelo.
-Acamante dijo pónganse cómodos, y Admeto se lo tomó muy enserio –se burlaba Heracles. Filoctetes simplemente miró en dirección a Acamante, cuestionándolo con la mirada. Acamante se mostró un poco intimidado, pero asintió.
-Cuando uso las Ondas Infernales, básicamente estoy arrancando el alma de alguien y enviándola al Inframundo –comenzó con las explicaciones Acamante, lo que incomodaba a Filoctetes-. Cuando el alma sale del cuerpo, nada lo detiene de caer. He presenciado algunos accidentes, así que es mejor si se pone cómodo –insistió Acamante. Filoctetes se viró a ver a Heracles, cuestionándolo.
-De mí no te preocupes –se apuntó Heracles a sí mismo-. Sangre de Neso o no, yo ya he desentrañado el Octavo Sentido. Viajaré allí con mi hermoso cuerpecito. Tú ponte cómodo. Ábrete Admeto –se burló Filoctetes.
-Graciosito el armatoste. Presta tu capa –le quitó Filoctetes su capa a la fuerza a Heracles, y con esta hizo un rollo formando una improvisada almohada, sobre la cual se tumbó, y se acomodó mirando al techo de la habitación-. ¿Va a doler? –preguntó preocupado.
-Solo un segundo, luego nada, será como haber muerto –aclaró Acamante. Filoctetes se estremeció-. Por cierto, si algo sale mal, solo quiero darles a todos las gracias por ayudarme. ¡Ondas Infernales! –declaró Acamante rápidamente.
-Espera. ¿Qué podría salir mal? ¡Tiempo fuera! Primero dime… –intentó quejarse el de Sagita, cuando las Ondas Infernales entraron en su cuerpo, y azotó con fuerza el suelo por intentar levantarse. Heracles incluso resopló por el golpe que se dio. Las Ondas Infernales golpearon después a Admeto, quien estaba acomodado junto a Alcestis, por lo que cuando perdió su alma, estaba bien acomodado. Acamante entonces miró a Heracles, mientras las almas de Filcotetes y Admeto giraban alrededor de la habitación. Heracles asintió para Acamante, cerró los ojos, y se dejó golpear por las Ondas Infernales. Un portal se abrió bajo las piernas de Heracles, y entonces bajó, con todo su cuerpo, en dirección al Inframundo.
El Inframundo.
-Lo que podría salir mal… -comenzó Filoctetes, pero ya no estaba en la casa de Admeto-. ¿On toy? –se rascó la nuca Filoctetes. A su lado entonces se materializó Admeto, después Acamante, y finalmente Heracles-. Por la mugre en la forja de Hefestos… ¿este es el Inframundo? –se escandalizó Filoctetes. Las almas en pena, como espectros de pieles azuladas y podridas, parecían caminar hacia adelante, con sus cuerpos repletos de harapos, las cuencas de sus ojos vacías, y sus capuchas siendo tiradas en dirección a una enorme montaña en medio de todo, donde con un grito desgarrador, las almas se dejaban caer al vacío, lo que erizaba la piel de Filoctetes. Quien comenzó a verse su propio cuerpo, y ver a sus compañeros. Todo parecía normal, salvo por una ligera transparencia en los cuerpos de Filoctetes y Admeto. También los ojos de Admeto brillaban de azul, como si el blanco en los mismos siempre hubiera sido azul-. ¿Mis ojos están igual de feos? –preguntó Filoctetes, sin poder verse sus propios ojos.
-Así son los ojos de los muertos… brillan con el alma de su dueño –le explicó Acamante, quien diferente de Filoctetes y Admeto, no presumía ojos así de azulados, solo poseían su azul natural-. Las almas de los Mortales, son como flamas en forma de orbe. La mayoría son azules, esas son las almas que buscan la reencarnación, lanzándose al abismo en el Monte de las Almas, donde se depositan en su fondo, y esperan a ser purificadas para volver a usarse en cuerpos nuevos –les explicaba Acamante. Filoctetes estaba tan sorprendido que no sentía deseos de interrumpirlo-. Es un lugar muy peligroso, incluso para los Espectros. Se supone que si un alma con cualquier tipo de vida, incluso la vida de un Epectro, llegara a caer allí dentro. Dicha alma no tendría derecho a la reencarnación, y vagaría por la eternidad en el Inframundo. Por eso incluso los Espectros de Hades evitan el lugar, temen caerse dentro del Monte de las Almas, donde solo los dioses podrían poner pie –les comentó Acamante, dirigiéndose a la cima del Monte de las Almas.
-¿Y por qué vamos para allá con ese peligro? –se quejó Filoctetes, Admeto compartía las mismas preocupaciones, no así lo hizo Heracles, quien avanzó sin preocupaciones junto con Acamante- A ver, a ver, a ver, se me esperan. Que yo si quiero el derecho de la reencarnación –pidió Filoctetes en su preocupación.
-Las Reglas Espirituales no aplican para los Caballeros de Cáncer que pueden controlar las Almas Infernales –le comentó Acamante, seguro de sí mismo-. Yo fui lanzado a su interior, y aquí sigo… mientras caía, Cáncer me salvó el alma –le explicó Acamante, lo que fue una sorpresa para Filoctetes-. Desde entonces, la misma persona que me lanzó, no puede usar su Armadura Dorada de Cáncer, que lo abandonó tras haberme lanzado en su interior. Cáncer aún está allí abajo, esperando… espera a que yo esté listo… -les informó él.
-Lo veo… -agregó Heracles, impresionado-. El Alma Dorada de la Armadura de Cáncer –aseguró Heracles, reanudando la marcha. Filoctetes y Admeto intercambiaron miradas, y siguieron a Heracles, quien ya había levantado a Acamante, y lo llevaba sobre sus hombros-. Seguro que lo han escuchado antes… las Armaduras Zodiacales están vivas. Pues no es una mentira. Se dice que cuando los Dioses Olímpicos las crearon e iniciaron la guerra por poseerlas, todos ellos sangraron. 6 Dioses Puros, de Ícor Azul sin contaminar, y 6 Dioses de Ícor Escarlata, cayendo sobre la mesa de la forja de Hefestos, creando la conciencia de las Armaduras Doradas, quienes amenazaron a los Dioses con reemplazarlos, lo que requirió de Zeus, Poseidón y Hades, uniendo sus Dunamis para lanzar a las 12 Armaduras Doradas desde la cima del Monte Olimpo, a la Ciudad de Atenas, vaporizando la ciudad hasta que Teseo la reconstruyó y unificó, irguiendo los 12 Templos Zodiacales justo en el lugar donde cayeron las Armaduras Doradas. Las Armaduras Doradas continuaron siendo funcionales, pero estaban muy aturdidas. Yo me encargué de devolverles la vida con los 12 Trabajos originales, por lo que ahora están más vivas que cualquier otra armadura de cualquier tipo. Y ellas eligen a sus portadores, no al revés –miró Heracles a Acamante, apenado sobre sus hombros-. No es coincidencia el que puedas usar las Ondas Infernales chico… estás destinado a vestir a Cáncer. ¿Cuándo? No lo sé. El Cangrejo Dorado está esperando a que seas digno… y siento que he sido enviado para que lo seas… -le explicó Heracles. Acamante dudó, pero entonces asintió con determinación-. ¿Estás seguro de que Cáncer nos protegerá? –le preguntó Heracles durante el viaje, que se extendió por bastante tiempo. Los presentes no lo sabían, pero descubrirían que, en el Monte de las Almas, el tiempo funciona de formas muy complejas, casi atemporal.
-Yo… bueno… no lo sé… -admitió Acamante. Heracles lo miró fijamente-. Tendrá que… no… estoy seguro de que nos protegerá… solo… debemos lidiar con el Guardián del Inframundo… Cerberos… -concluyó Acamante, lo que fue una sorpresa para Heracles.
-¿Cerberos? Eso no es posible. Cerberos está amarrado en la Península de Ténaro, donde lo dejé a que lo cuidarán. Pago una tremenda cantidad de dinero para mantener alimentado a ese can –le comentó Heracles, confundido.
-Espera, espera, déjame ver si entiendo –interrumpió Filoctetes-. ¿Nunca le regresaste a Hades a su perro? ¿Te quedaste con él? –preguntó Filoctetes, contrariado. Heracles hizo una mueca- ¡No me digas que se te olvidó! –se quejó Filoctetes.
-No lo olvidé. Esa cosa, Cerberos, era demasiado peligrosa, y la única criatura que casi me mata –le informó Heracles, lo que fue una sorpresa para Filoctetes-. Solo lo diré una vez, Fil… de no ser por Atenea, Cerbero me habría matado –aceptó Heracles, sus palabras repletas de miedo, por lo que Filoctetes comenzó a temblar también. Si existía algo tan poderoso como para que Heracles temblara de miedo, entonces ese algo realmente debía ser temido-. Cerbero está donde debe estar. En una cueva subterránea, disfrazada como un montículo de tierra, alrededor del cual viven los descendientes de mis primeros hijos, los 50 nietos de Tespio, que irguieron siguiendo mis instrucciones la ciudad de los Heraclidas, donde gobierna Yolao como rey junto a mi madre Alcmena como su consejera. Allí mantienen a Cerbero encerrado tras una barrera protectora que mantiene la hija de Yolao, Macaria, mientras se alimenta del cosmos de Argonian Leonis y Heraclian Leonis, mis Armaduras de Oro Rojo y de Mithrilo, creando una barrera protectora que mantenga a Cerberos encerrado tras la misma. Pero Cerberos es tan fuerte, tan poderoso, que es necesario mantenerlo alimentado todos los días con flores de acónito, que son venenosas para él, y lo mantienen dormido. Así que es imposible que Cerberos te esté causando problemas chico, yo se lo robé a Hades para mantener a Gea a salvo de esa bestia –le aseguró Heracles.
-Entonces allí es donde está Cerbero –escuchó el grupo, antes de que la zarpa de una poderosa bestia que se materializó de la nada, estampara a Heracles en la ladera de la montaña, derribando a Acamante de su espalda, quien fue atrapado por Filoctetes que, tras haber rescatado al chico, observó anonadado a la tremenda bestia que tenía enfrente, y que había noqueado a Heracles de un solo golpe.
-Me lleva Hades… ¿ese es Cerberos? –preguntó Filoctetes, mientras frente a él, una criatura inmensa, de piel negra y algo de pelaje morado brillante, con tres cabezas que más que caninas, asemejaban más a tener una piel de algún reptil, con los ojos brillantes como el fuego, y fauces de hileras de dientes cristalinos, rugía con fuerza frente a ellos.
No exactamente, tan solo es una pobre imitación –Filoctetes concentró su mirada en dirección al propietario de aquella voz. Un Espectro de apariencia joven, revestido en una Suplice algo sencilla, de un morado brillante pero afilada. Físicamente el hombre parecía joven, pero su mirada cansada en sus ojos verde pálidos, le decía a Filoctetes que únicamente su cuerpo era joven, no su alma, por lo que, aunque su cabellera castaña enchinada no perdiera el lustre, su alma en verdad que estaba agotada-. Esta es la Sombra de Cerberos, de mi propia creación. Están frente a Asteropeo, el Espectro de Nasu, y la Estrella Celeste de la Investigación –se presentó el Espectro.
-¡Es el Espectro del que les había hablado! –apuntó Acamante. Filoctetes preparó su arco y flecha, y disparó sin darse a esperar. El Espectro, burlesco, detuvo la flecha de Filoctetes con un solo dedo, lo que molestó al de Sagita.
-Si fuera tan sencillo, no necesitaríamos a Heracles. ¡Fulgor Ardiente de Arachne! –de sus manos envueltas en llamas, se dispararon las flamas del cosmos de Admeto que, dividido en 8, como las patas de una araña, intentó golpear al Espectro, pero la Sombra de Cerberos interceptó las flamas de Admeto- No es la primera vez que enfrentamos a este sujeto, pero el resultado siempre es el mismo –le explicaba Admeto a Filoctetes-. Él comanda a Cerberos, o a la Sombra de Cerberos. Pero como alma errante que soy, no tengo el poder de hacerle frente a un Espectro –cerró sus manos en puños Admeto, desesperado.
-Ah, ese es tu problema Admeto… que te das por vencido muy fácilmente. ¡Garrote de Heracles! –se adelantó Heracles, impactando con fuerza a una de las cabezas de la Sombra de Cerberos, que furioso, siseó su lengua de reptil en sus otras dos cabezas, mientras la que había sido golpeada intentaba reponerse- ¿Tienes idea de la cantidad de veces que los Heraclidas de Bronce: Hilas de Unicornio, Ificles de la Osa Mayor, Yolao de la Hidra, y Licas del Lobo, escucharon esa tontería de que, por ser Caballeros de Bronce, no podían enfrentar a los Espectros? En mi vida, vi a mis amigos enfrentar a cosas más aterradoras que uno Espectro, y un perro serpiente que Ificles seguro estaría pensando en cómo cocinar en estos momentos –comenzó Heracles, extendiendo su cosmos, al igual que la mancha de la Sangre de Neso.
-¡Yo me encargo Herc! –enunció Filoctetes, elevando su cosmos tan alto, que sorprendió a Admeto- No me cabe la menor duda de que, si desatas tu cosmos, matas a esa cosa de un solo intento. Pero no olvides la razón de que me he unido a este viaje… asegurarme que la Sangre de Neso no te reclame y te conviertas en un Espectro. ¡Flechas Cazadoras Incendiarias! –disparó Filoctetes. La flecha de cosmos que disparó se partió en muchas más, y estas se prendieron fuego en pleno vuelo, impactando a la Sombra de Cerberos, e hiriéndolo, forzándolo a retroceder, ante los ojos sorprendidos de tanto Admeto como del Espectro Asteropeo.
-¿Cómo? –se preguntó Asteropeo, observando a Filoctetes, y el cómo su cosmos comenzaba a revertir la transparencia en su cuerpo, y a restaurar sus ojos al natural- ¿El Octavo Sentido? ¿Cómo has alcanzado el Octavo Sentido? ¡Solo eres un Caballero de Plata! –se aterró el Espectro.
-Ah, Fil no es un simple Caballero de Plata, Espectrito de pacotilla –le mostró Heracles su garrote, este brillaba con la fuerza de un cosmos blanco casi divino-. Es el Caballero de Plata que Heracles, el Semidios, eligió para que luchara sus batallas. Mi garrote es algo muy importante. No solo sirve para golpear duro y muy fuerte. Sino para brindar mi protección a mis camaradas. Que lo sienta, Fil –se burló Heracles.
-Oh, va a sentirlo. ¡Flechas Fantasma! –disparó Filoctetes, esta vez flechas negras, que bombardearon a Cerberos en distintas secciones, penetrando en el cuerpo de la Sombra de Cerberos, y derribándolo frente a los pies de Asteropeo, lo que enfurecía al Espectro, quien miraba a la Maza de Heracles con Desprecio.
-La Sombra de Cerbero no tendrá siquiera un 10% del verdadero poder del Cerberos original… pero… ¡No voy a aceptar que puedan vencerla! ¡Sometimiento de las Bestias Infernales! –materializando una cadena violeta, que se partió en tres, y rodeo cada una de las cabezas de la Sombra de Cerberos, el supuesto Can del Inframundo, despertó, y vio su cosmos acrecentar- No voy a dejarlos salir del Inframundo, invasores. Sus robos de almas terminan hoy –aseguró Asteropeo.
-¿Robos de almas? –se preguntó Acamante, recordando entonces los Fuegos del Inframundo, y el cómo Teseo los mantenía en su Templo del Rey Supremo- Entonces… el Fuego del Inframundo son realmente almas… estuvimos manteniendo a Alcestis viva al alimentarle almas a su cuerpo moribundo –susurró para sí mismo Acamante. Admeto pareció escuchar la conclusión a la que había llegado Acamante, y se decidió.
-Heracles… bríndame tu protección –pidió Admeto, Heracles lo miró fijamente-. No me importa la resolución… yo solo, quiero que se termine. Bríndame tu protección, y yo quitaré a la Sombra de Cerberos y a Asteropeo del camino –pidió Admeto. Heracles sonrió, y así lo hizo, apuntando su Maza de Mithrilo a Admeto, quien recuperó su cuerpo, y la coloración de sus ojos-. ¡Fulgor Ardiente de Arachne! –atacó entonces Admeto, bombardeando a la Sombra de Cerberos con los 8 torrentes de fuego. La Sombra de Cerberos, auxiliada por el cosmos de Asteropeo, resistió, pero una lluvia de flechas incendiarias cayó sobre de él gracias a Filoctetes, lo que mantuvo a la Sombra de Cerberos y a Asteropeo a la defensiva.
-Ve chico… -comentó Heracles a Acamante, quien se espantó al ver a la inmensa bestia, que lanzaba mordidas intentando tragarse a Admeto, quien mantuvo las fauces de la bestia abiertas con sus brazos. Filoctetes comenzó a disparar en el rostro de las otras dos cabezas, y Asteropeo lanzó flamas moradas para intentar quemarlo. Ocurrían tantas cosas al mismo tiempo, que Acamante era un manojo de nervios, que lloraba de miedo-. ¿Temes a la criatura? –preguntó Heracles.
-¡Por supuesto que le tengo miedo a esa cosa! –lloró Acamante, desesperado, intranquilo- No quiero morir… le tengo miedo a la muerte… incluso si sé lo que pasa del otro lado, yo… no quiero morir… no quiero… no puedo hacerlo… -continuó él.
-Ah, todos le tenemos miedo a la muerte niño –se cruzó de brazos Heracles, mirando a la criatura frente de él, a la que Filoctetes y Admeto intentaban detener-. Alguien me dijo que debía mantener mis 12 Trabajos originales como una forma de inspirar a los demás. Verás, fui enviado a enseñarte algo Acamante, solo que no sabía qué. Cuando dijeron Inframundo y Cerberos, lo primero que pensé fue, Doceavo Trabajo, pero no… no es la historia que tú necesitas… la historia que tú necesitas escuchar, no es la del miedo que me provocó el enfrentar a la única bestia que me hizo temer a la muerte, no… la historia que necesitas escuchar, es la del amor a la vida, no solo a la tuya, sino la vida de aquellos a los que amas, a los que quieres… y por quienes lo sacrificarías todo, incluso tu propia vida, por salvar –el cosmos de Heracles se incineró, sorprendiendo a Filoctetes y a Admeto, mientras el cosmos blanco y hermoso, se hacía presente, y la mancha de la sangre de Neso se extendía por su cuerpo-. ¡Heraclian Heros! –lanzó un puñetazo de cosmos y flamas blancas Heracles, mismo que lanzó a Cerberos y a Asteropeo por los aires, con sus cuerpos quemándose por el inmenso dolor de aquellas flamas blancas, mientras el brazo derecho de Heracles, terminaba por ser tragado por la Sangre de Neso, bloqueando su cosmos-. Bueno… aún puedo dar garrotazos… -concluyó Heracles.
-¿Qué estás haciendo? –se molestó Filoctetes, reprendiendo a Heracles- Te dije que nosotros nos encargábamos. ¿De qué sirve que le enseñes cosas al niño si lo único que le enseñas es a ser imprudente? –se quejó Filoctetes, mientras la Sombra de Cerberos volvía a incorporarse.
-Le enseño a Acamante, que la vida es valiosa, pero es más importante la vida de los demás que la nuestra. Es lo que me enseñó Yolao –comentó Heracles, con una seguridad tal, que Acamante no podía quitarle la vista de encima-. Mi segundo trabajo, fue el de Matar a la Hidra de Lerna. Venía de Matar al León de Nemea, me creía invencible, y probablemente lo era, con la capa del León indestructible, no me importaba si las cabezas que cortaba volvían a crecer, yo cortaba y cortaba cabezas, sabiendo que nada podían hacerme. Pensando en presumir mi fuerza, y ridiculizar a mis adversarios. ¿Sabes lo que pasó después? Ificles y Yolao quedaron atrapados entre un ejército de cabezas de Hidras que atacaron a Yolao y le arrancaron los ojos con su veneno –le explicó Heracles. Acamante estaba horrorizado. Admeto comenzó a ser doblegado por la bestia, y Filoctetes tuvo que dejar de lado el escuchar la historia para irle a ayudar-. Lo peor de todo fue, que Yolao había estado quemando las cabezas de la Hidra de Lerna conforme yo las cortaba, tratando de reducir el número de cabezas que yo multiplicaba al cortar cabezas. Yo cortaba más rápido que lo que él quemaba, y cuando yo me vi rodeado, su mejor idea fue saltar con la antorcha que llevaba, y quemar los ojos de la cabeza que intentó morderme por la retaguardia. Aunque aquella cabeza me hubiera mordido, te lo repito, yo soy invulnerable. Más con la capa del León de Nemea cubriéndome. Lo que hizo Yolao, fue estúpido, y me molestó mucho. Se lo recriminé, e Ificles me dio un golpe tan fuerte que casi me tumba un diente pese a mi invulnerabilidad. Se rompió la mano por cierto. «Lo hizo porque te ama, imbécil», me gritó. «Lo hizo porque nada vence al amor a la vida de alguien más. Cuando mueres, todo termina para ti, pero quien queda atrás es el que sufre» -apuntó Heracles a Admeto, quien día a día sufría por Alcestis, pero seguía viviendo-. «¿No harías tú lo mismo por mi o por Yolao si nuestra vida peligrara? Es egoísta el pedir a otro no ponerse en peligro por aquellos que ama». Sé que eres un ser de un amor inmenso chico, lo veo en tu alma, brilla azul y hermosa, el tono más hermoso de azul que jamás he visto. Y puede ser aún más hermoso, si atesoras la vida, no solo tu propia vida, sino la vida de ellos, quienes tanto te importan. ¿Por qué elegiste ayudar a Alcestis chico? –preguntó Heracles, Acamante pensó al respecto.
Acamante recordó a Admeto y a Alcestis llegando a Atenas, con sonrisas y esperanzas, pese a que la herida de Admeto le cortaba la vida. Recordó espiar a aquella pareja de esperanza y risas, con las miradas puestas en el futuro, y en el día en que pudieran formar una familia. Recordó también el miedo en el corazón de Admeto, mientras se dirigía a pedirle a su madre o a su padre aquel favor tan despiadado, y recordó a sus padres negándolo, velando por ellos mismos, no por su hijo. Acamante, quien solo había espiado a una pareja llena de amor, no podía creer que un padre no hiciera hasta lo imposible por su hijo, e incluso, tuvo el primer pensamiento negativo de toda su vida, cuando Thanatos apareció por el alma de Alcestis, quien se sacrificaba por su ser más amado, y del susto los padres de Admeto morían. Acamante recordó haber pensado que lo merecían, por negarse a pensar en salvar a su hijo.
-Mi alma… no es tan pura como todos creen… señor Heracles… -admitió Acamante, el fuego de su alma manifestándose fuera de su pecho, convocada por su propio dominio en el Fuego del Inframundo-. Existe… una braza roja… de mi pensamiento más egoísta… el pensamiento de que los padres de Admeto se merecían morir por su egoísmo… -le mostró Acamante. El alma pura de Acamante, tenía una única chispa roja, diminuta, pero allí estaba-. Me he arrepentido de este pensamiento toda mi vida –le aseguró Acamante, y se viró a ver a Admeto, siendo impactado por la pata de la Sombra de Cerbero, que lo aplastaba contra el suelo-. Si yo pudiera… -intentó decir.
-¡Puedes! ¡Eso es lo que aún no entiendes! –le informó Heracles- Hace unos días, vi el alma más roja que jamás había visto en toda mi vida –le informó Heracles, recordando a Diomedes, la flama de su alma escarlata y furiosa, con chispas negras por el odio que sentía-. Pero incluso la flama más roja u oscura, puede volver a purificarse –recordó a Odiseo abrazando a Diomedes, y calmando su alma, con solo su amor desinteresado, por un niño que necesitaba un abrazo-. Cuando hirieron a Yolao… por mi culpa además… me juré a mí mismo que no volvería a ser un ser tan escaso de empatía. Me tomó trabajo, pero, yo también fui restaurando mi alma. Anteponiendo mi egoísmo por ellos, por los Mortales… allí frente a ti, Filoctetes lucha por mí, allí frente a ti, Admeto lucha por Alcestis… yo sacrifiqué mi brazo por ellos. No puedes evitar la muerte, Acamante… pero puedes velar por la vida de a quienes amas. Dime. ¿Amas a Admeto y a Alcestis? –preguntó Heracles.
-¡Como si fueran mis verdaderos padres! –respondió Acamante, y comenzó a correr, sus ojos ahogados en lágrimas, su cuerpo temblando de miedo. La cabeza de Cerberos abriendo sus fauces tras notarlo, Admeto sometido en el suelo, viendo la cabeza de Cerberos bajar para comerse a Acamante.
-¡No lo permitiré! ¡Fulgor Ardiente de Arachne! –atacó Admeto, quemando el rostro de la Sombra de Cerberos, y permitiendo a Acamante seguir adelante. Asteropeo lo observó e intentó correr tras el niño, cuando Admeto salió del humo de su propio ataque, abrazando a Asteropeo por detrás, y estrujando con fuerza- Tú te vas a quedar aquí conmigo, sabandija –declaró Admeto con violencia, mientras Acamante llegaba a la orilla del Monte de las Almas, y saltaba, sin siquiera pensarlo dos veces.
Ante los ojos de Acamante, las almas azules se arremolinaron, junto a otras rojas, algunas verdes, amarillas, multitudes de almas giraban alrededor de su cuerpo, mientras caía, aterrado, pero con un cosmos dorado que comenzaba a rodearlo, mientras la Armadura Dorada de Cáncer, que yacía en el fondo del Monte de las Almas, ayudaba a Acamante a aterrizar gentilmente en un suelo muy extraño, que parecía polvo de estrellas.
-¿Estoy vivo? –se preguntó Acamante, mirando a la Armadura Dorada de Cáncer frente a él, y preguntándose si esta podía escucharlo y responderle. Pero sorprendiéndose de escuchar a otra voz responderle.
-Esa voz… la he escuchado antes –entre las flamas multicolores, una figura que Acamante conocía bien, flotaba con la mirada vacía. El alma de una mujer hermosa, de cabellera rosada, ojos azules apagados, como si no poseyeran un alma en su interior, y el mismo vestido negro que llevaba puesto el día de su muerte-. ¿Te conozco? –preguntó la mujer.
-Me conoces… -extendió su mano Acamante, intentando llegar ante el alma de Alcestis, pero aterrándose de ver a otra alma inmensa que comenzaba a materializarse detrás del alma de Alcestis, un alma de colores de arcoíris, un alma de un Dios-. Thanatos… -se aterró Acamante.
-Un alma Mortal que no debería estar aquí… intenta llevarse otra alma… ¿Quién eres ladrón de las almas? ¿Quién es esta persona para ti, que te ha impulsado a saltar a las fauces del Meikai? –preguntó el Dios de la Muerte, que comenzaba a materializarse detrás de Alcestis.
-Yo… yo… -comenzó Acamante, tembloroso, asustado, con sus ojos ahogados en lágrimas, pero con una determinación en su corazón-. Mi nombre… es Acamante… mi señor Thanatos… y vengo a suplicarle por el alma de esta mujer, Alcestis… a quien amo como si fuera una madre… -suplicó Acamante, lo que fue una sorpresa para Thanatos-. No soy un ladrón… -se arrodilló Acamante.
-Jo… pues realmente no me pareces un ladrón… posees un alma muy pura, jovencito… -admitió el Dios de la Muerte-. Tan pura que no me agrada mucho. Dime, Acamante. ¿Qué me ofreces por el alma de Alcestis? –preguntó Thanatos. Acamante se mordió los labios, sin saber qué decirle- De modo que no tienes nada para mí. Voy a explicarte cómo funciona esto, jovencito. Se da vida por vida, tiempo por tiempo. Esta alma, Alcestis, se ha mantenido sin purificar porque alguien, que intuyo eres tú, ha robado el tiempo de otros para dárselo a ella –le comentó Thanatos. Acamante se sobresaltó-. Aunque no seas consiente de un crimen, y por ello tu alma siga limpia, lo has cometido, Acamante. Y me temo que vas a tener que pagarme –le explicó él.
-Pagaré… -respondió Acamante, sorprendiendo a Thanatos-. Tome el tiempo de mi alma que sea necesario… por ese tiempo que he robado… y si queda algo… dele el tiempo a Alcestis de cumplir su sueño… ella… su mayor sueño, su mayor anhelo… -recordó Acamante a Alcestis en vida, y de quien Acamante se había hecho amigo, tejiendo ropa de bebé-. Dele el tiempo a Alcestis de ser madre… se lo ruego… -pidió Acamante.
-¿Es eso lo que deseas? –preguntó Thanatos, Acamante asintió- 30 años… -comentó Thanatos, preocupando a Acamante- Es todo lo que vivirás. Cuando llegues a los 30 años, tu vida es mía. Si aceptas estas condiciones, saldarás la cuenta de tiempo de vida que dejaste al tomar el Fuego del Inframundo, y le daré ese tiempo a Alcestis de vida. Personalmente vendré por tu alma y su alma, cuando cumplas 30 años. Le estarás regalando a Alcestis la mitad de tu vida. ¿Te parece este trato aceptable? –preguntó Thanatos.
-¿Solo viviré… hasta mis 30 años? –el solo pensamiento de aquello, aterró a Acamante. Thanatos no se conmovió, se mantuvo firme- Solo… 30 años… ¿qué voy a hacer con solo 30 años de vida? –la Armadura Dorada de Cáncer entonces brilló, llamando la atención de Tanathos, quien no comprendía el brillo de la misma- ¿Athena? ¿Qué tiene que ver ella en todo esto? –preguntó Acamante, dirigiendo su mirada a la Armadura Dorada de Cáncer. Thanatos pareció comprender entonces lo que estaba ocurriendo- «Si mi vida será tan corta… lo mejor es darle un propósito… un propósito… de amor…» -comentó Acamante, comprendiendo la voluntad de la Armadura Dorada de Cáncer-. Lo entiendo… tienes razón… gracias… Cáncer… -se viró entonces Acamante a ver a Tanathos-. Tenemos un trato… Dios de la Muerte… -extendió su mano Acamante.
-Entonces tú eres… el próximo Caballero Dorado de Cáncer… -dedujo Thanatos, observando los ojos de Acamante, repletos de valor-. Fascinante… tienes tu trato chico, pero, no he tocado a un humano en milenios –miró Thanatos a la mano de Acamante, y después sonrió-. Supongo… que hay ocasiones en que los humanos, son dignos de admirar… -tomó su mano Thanatos, y el trato quedó sellado. El alma de Alcestis brilló entonces con fuerza-. Repite después de mí… -comenzó Thanatos, susurrando.
-¡Liberación de Almas! –gritó Acamante, un cosmos dorado se manifestó a su alrededor, alimentado por el cosmos de la Armadura Dorada de Cáncer. La luz fue tan intensa, que salió de la boca de la montaña, siendo vista por Filoctetes, por Admeto, por Asteropeo, y finalmente, por un sonriente Heracles.
Ciudad de Afidna. Casa de Admeto.
-Oh Athena, oh Athena, oh Athena, oh Athena, oh Athena –afuera de la casa de Admeto, el mismo Admeto iba de un lado a otro, nervioso, mientras Filoctetes, con cara de pocos amigos, lo miraba ir y venir de un lado al otro.
-Oh Athena, oh Athena, oh Athena, oh Athena, oh Athena –replicando sus movimientos se encontraba Acamante, quien iba de un lado al otro del patio de la casa de Admeto, sintiéndose igualmente estresado.
-Oh Athena, dame fuerzas –se quejó Filoctetes, estirándose la cara, cuando de los interiores de la casa se escuchó el llanto de un bebé, mismo que paralizó a Admeto y a Filoctetes- ¡Por fin! –se fastidió Filoctetes, mientras Admeto y Acamante intercambiaban miradas emocionadas, y las puertas de la casa de Admeto se abrían, revelando a Heracles.
-¡Y así es como yo solito, y sin ayuda, traje al hijo de Admeto al mundo! –se enorgulleció Heracles- No espérate, eso no sonó como quería que sonara –se preocupó Heracles, mientras Admeto y Acamante corrían dentro de la casa, y Heracles se reía por lo que estaba presenciando- El renacuajo está emocionado –se burló Heracles.
-¿Cómo no va a estarlo? Cambió la mitad de su vida por la vida de Alcestis. En mi libro eso lo vuelve parte de la familia de Admeto –comentó Filoctetes. Heracles asintió y se recargó en la pared de piedra que delimitaba la casa de Admeto-. Aún no puedo creer que los ancianos padres de Admeto, fueran tan egoístas para meter a su hijo en este embrollo, y un niño de 5 años, déjame repetir esa parte, ¡5 años! Sacrificara la mitad de su vida por Alcestis –recriminó Filoctetes.
-¡Es niño! –salió Acamante emocionado- Por cierto ya tengo 6, vengan –los invitó Acamante a pasar, el estado de ánimo del condenado fue toda una sorpresa para Filcotetes, quien entró en la casa, donde Alcestis limpiaba la sangre de su bebé con una frazada junto a su esposo Admeto- ¿Cómo se llama? –preguntó Acamante.
-Pues… no lo he pensado todavía… -sonreía Alcestis. Acamante solo bufaba por la nariz con impaciencia, con mucha impaciencia. Alcestis y Admeto intercambiaron miradas divertidas-. Eumelo –declaró Alcestis, los ojos de Acamante brillaron de la emoción.
-¡Y voy a entrenarlo para ser el mejor jinete de Auriga de todos los tiempos! –se emocionó Admeto, abrazando y besando a su esposa, quien tras el beso frotó su nariz con la de Admeto.
-¿El mejor jinete de auriga eh? –se frotó la barbilla Heracles- Creo que entre los premios que he reunido a lo largo de todos estos años tengo, precisamente, a la Armadura de Plata del Auriga. Le enviaré una carta al Centauro Quirón y le pediré que te la mande. Él es el que contabiliza mis premios, y hablando de contabilidad. Cuando sea un dios, encomiéndate a mí, Acamante. Eres bueno con los números –le comentó Heracles.
-Cuando sea Rey de Atenas convertiré a esta ciudad en una potencia económica envidiable, señor Heracles –sonrió Acamante, Heracles le revolvió el cabello, y entonces salió de la casa de Admeto, donde Filoctetes comenzaba a amarrar a Pegaso al carromato-. Espere. ¿Ya se van? –preguntó Acamante.
-Nos quedamos aquí por más tiempo del que debíamos, porque al corazón de pollo de Heracles le interesaba saber el género del bebé, y si nacería sano. Alcestis murió embarazada después de todo, este estaba asustado de que no fuera a nacer bien –le explicó Filoctetes.
-Aja, y tú muchas quejas, ¿verdad? Tío Filoctetes que siempre iba a la ciudad vecina a comprar víveres con Pegaso –se burló Heracles. Filoctetes preparó su arco, Heracles su maza, Acamante los rodeó a ambos con las Ondas Infernales- ¡No hagas eso! ¡Me da comezón! –comenzó a rascarse Heracles.
-Entonces no se pelee –pidió Acamante, quien entonces liberó a ambos-. Esperen aquí, no tardo. ¡Ondas Infernales! –gritó Acamante, siendo transportado inmediatamente al Inframundo. Heracles y Filoctetes intercambiaron miradas, pero no alcanzaron a discutir lo ocurrido, cuando Acamante regresó con un papiro en manos enrollado, mismo que entregó a Heracles- Para usted… me tomó tiempo encontrarlo… espero que sea suficiente –suspiró Acamante.
-Je, ¿qué hiciste pequeño bribón? –abrió el rollo de piel Heracles, y cuando lo hizo, sus ojos se abrieron de par en par, mientras comenzaba a leer, y su semblante cambiada, su rostro se enrojecía, y la lágrimas comenzaban a caer de sus ojos, lo que preocupó a Filoctetes, quien viró el rostro para ver a Acamante, quien sonrió para Filoctetes. Unos instantes más tarde, Heracles estaba genuinamente feliz, y entregando el papiro a Filoctetes. El de Sagita, confundido, desenrolló el papiro, y comenzó a leer.
-«Siempre he estado orgulloso de ti, hermano» -leyó Filoctetes, las lágrimas volvieron a hacerse presente en los ojos de Heracles. De pronto, Filoctetes comprendió lo que tenía en su mano-. Esta es… -se sorprendió Filoctetes.
-Las últimas palabras de Ificles… aún no ha bajado por el Monte de las Almas… logré encontrarlo a tiempo –le explicó Acamante. Filoctetes estaba sin habla-. Pensé… que al señor Heracles le gustaría saber lo que Ificles pensaba realmente el día de su muerte –prosiguió Acamante. Filoctetes miró a Heracles, este asintió, dando su permiso.
-«Herc. Puede que en estos momentos no lo comprendas, pero mi amor por ti en vida, sobrepasaba todo» -continuó Filoctetes, deprimiéndose mientras leía su carta-. «Nací contigo, viajé conmigo, cociné contigo. Nada me hubiera gustado más, que morir contigo, quien eras mi más grande tesoro. Mi gran tristeza en esta vida es verte culparte indistintamente de lo que hicieras. Escuchar tus llantos por las noches, saber de tus lamentos, de tus desdichas. Yo nunca pude hacer mucho, solo cocinar. Esperanzado en que al menos, esos pequeños espacios de descanso entre tu vida ajetreada y difícil, fueran amenos y preciosos. Pensé que habías dejado este mundo sin mí. En mi depresión, te seguí hasta la muerte, solo para descubrir que no estabas aquí. Acamante me ha dicho que has malinterpretado mis últimas palabras mientras presenciaba tu supuesta muerte. Yo no te odio, jamás podría. Tan solo… esperaba que por fin sintieras que no eras una amenaza para nadie. Que ya no los podrías lastimar. En un mundo donde todo se destroza bajo tus pies, donde tus manos aplastan a todos, incluso a los que amas. Lo que deseaba para ti, es que pudieras vivir feliz. Te esperaré hermano… reencarnemos juntos, ¿está bien? Espera pacientemente, nuestro próximo gran banquete» -sorbió por la nariz Filoctetes. Acamante se secó las lágrimas, e igual lo hizo Heracles-. «Tu hermano de madre, Ificles. El hombre que ha Heracles más ha amado. Postdata, no le digas a Hilas» –se burló Filoctetes un poco. Heracles sonrió-. Tuviste un gran hermano grandote –le frotó la espalda Filoctetes, y entonces miró a Acamante con una sonrisa-. Y tú… harías a muchas personas felices si pudieras darles los últimos mensajes de sus seres queridos. Pero no abuses –subió Filoctetes a la carreta, y Heracles chasqueó las riendas, comenzando con su viaje a ciegas por Gea, en búsqueda de la siguiente Prueba Dorada.
-¿Ayudar a otros a escuchar las últimas voluntades de sus seres queridos? –se preguntó Acamante. Miró a sus manos, el Fuego del Inframundo ardía en ellas- Yo seré… un faro de esperanza… en un mundo de desesperanza… lo entiendo –cerró sus manos en puños Acamante, y alzó su dedo-. ¡Ondas Infernales de Hades! –enunció, formando un portal bajo sus pies- Si solo llegaré a los 30 años de vida… dedicaré mi vida a sanar cuantas almas pueda en este mundo marchito… -y tras estas palabras, la misión de vida de Acamante, comenzó.
