Este capítulo fue toda una odisea de escribir, ¿entendieron? (Da bum tss). En fin, fuera de chistes, la extensión de este capítulo está al nivel de la Masacre de Atenas de Guerras Doradas Original, así que quedan advertidos. Probablemente vayan a necesitar de dos días para leerlo considerando que ya es tarde, así que no me explayaré mucho en este sumario.

Mary Queen: Espero que este capítulo también sea de tu agrado, no sé si supera al anterior, lo que sí te puedo adelantar es que abarca una temática completamente diferente, además de que, en este caso, el Caballero Dorado protagonista sí tiene la edad de vestir su Armadura Dorada. Lamento que odies tanto a Eos en estos momentos, pero de momento no me bajan del barco de los Dioses no tienen empatía, y vas a terminar adoptando a media Gea. No sé qué preguntas tengas sobre el cielo, pero seguramente no podré responderlas. Vete despidiendo de Odiseo porque él ya no va a salir en 12 Pruebas, y Diomedes es el último de los Caballeros Dorados a visitar así que, lo veremos muy lejos. Jajaja, el chiste de Disney. Ni idea de cómo es que Acamante salió noble siendo hijo de Teseo, pero aquí estamos. Espero que también disfrutes de este capítulo.

Josh88: No sé qué capítulo te va a conmover más, si este o el anterior, pero cuando se habla de los Caballeros Dorados, la tragedia está a la orden del día. Eso sí, las enseñanzas de Heracles estarán medio fumadas, pero sirven, (la de este capítulo estuvo difícil de dar a conocer, pero creo que resultó bien). Y bueno, ya no tienes que esperar más para ver quién es el tercero en la lista de Heracles, que lo disfrutes.


Guerras de Troya - Las 12 Pruebas Doradas de Heracles.

Tercera Prueba Dorada: Derrocar el Reinado de los Moliónidas


Hélade. Micenas. Palacio del Rey Euristeo. Sala del Trono de Euristeo. Año 1,257 A.C.

-Esto… es… ¡increíble! –cuando se oía hablar del grandioso Rey Euristeo, el todo poderoso Rey de la Argolide, que gobernaba desde Micenas, y a quien los territorios de Argos, Midea, y Tirinto brindaban tributo, uno llegaba a imaginar a un rey fornido, alto, velludo, y de muy mal temperamento. En su lugar, Euristeo, aunque no fuera exactamente enclenque, poseyendo músculos en sus piernas y en sus brazos muy bien marcados, era más bien delgado, y más bajo que el promedio de los hombres, con un rostro casi femenino, cabellera larga y revuelta, y ojos color de turquesa. Su actitud y forma de moverse también distaba bastante de un poderoso rey, siendo inmensamente infantil, y algo cobarde, lo que demostraba al debatirse entre acercarse o no para admirar de cerca a Heracles, revestido en una reluciente Aradura de Mithrilo- ¿Es Mithrilo? ¿De verdad es Mithrilo? Como el metal legendario. ¿Si es Mithrilo? ¿Verdad que sí? –preguntaba Euristeo, mirando en dirección a Heracles, con Ificles a su lado, y con Yolao divertido por sus extravagantes movimientos. Sentada en el trono al lado del de Euristeo, se encontraba su molesta reina, de cabellera rubia y ondulada, afilados ojos esmeraldas, piel de apariencia cremosa, y siendo bastante alta. Parecía tener una frente bastante pronunciada, que trataba de ocultar torpemente tras su flequillo- Si es Mithrilo, ¿verdad mi diosa? –preguntó Euristeo, enfureciendo a su reina.

-¡Euristeo! –gritó la bella mujer. Euristeo gritó asustado, e inmediatamente brincó dentro de un barril de bronce que mantenía cerca de su trono, mirando en dirección a su esposa con temor- No tienes remedio, te he dicho que no me llames… -intentó recriminar la mujer, pero se tranquilizó, y miró a Heracles en su Armadura de Mithrilo-. Yo no veo la piel del León de Nemea por ningún lado. Mithrilo o no, esa cosa no es una piel de León de Nemea. ¿Cómo sabemos que realmente has matado a la bestia? –preguntaba la reina con molestia.

-¿Quién se supone que gobierna la Argolide? ¿El primo Euristeo, o su muy malhumorada Reina Antímaca? –susurraba Ificles a Heracles, quien alzaba y bajaba los hombros confundido- Si se me permite, mi Rey Euristeo. Alguien con sus conocimientos, estará familiarizado con la forma sellada de las Armaduras Zodiacales, ¿no es así? –preguntó Ificles. Euristeo se asomó fuera de su barril para observarlo con curiosidad- ¡Armadura de la Osa Calisto! –liberó de su cuerpo Ificles a la Armadura de la Osa Mayor, que se armó en sus partes, como una gran osa, que aterró a Euristeo, quien se ocultó más profundo dentro de su barril de bronce- Esta, es la forma sellada de la Armadura de la Osa Mayor. Cuando no se encuentra sellada, forma parte de una Armadura Zodiacal. En el caso de la Armadura de Mithrilo, es el mismo concepto. Si Heracles se quita la misma, tomará su forma sellada, efectivamente viéndose como el León de Nemea. Así que, Herc, si fueras tan amable –pidió Ificles.

-¿Sabes lo raro que suena que tu propio hermano te pida quitarte los pantalones? –preguntó Heracles, comenzando a quitarse el peto de su Armadura de Mithrilo, cuando Ificles se aclaró la garganta- ¿Qué? Oh… ¿con el cosmos? –preguntó Heracles. Ificles asintió- Haberlo explicado mejor. El cosmos no me es muy necesario con lo fuerte que soy, pero Ificles insiste en que tengo que aprender a usarlo, así que. ¡Fuera ropa! –gritó Heracles. La Armadura de Mithrilo reaccionó a su orden y se partió en sus piezas, dejando a Heracles totalmente desnudo frente a Antímaca y Euristeo. Yolao también lo observó todo con entusiasmo, aunque Ificles le cubrió los ojos, mientras la Armadura de Mithrilo, en lugar de sellarse como un león, adoptaba la forma de una capa de la piel del León de Nemea- ¿Convencidos? –preguntó Heracles mientras la capa lo arropaba, mientras una apenada Antímaca se cubría el rostro no queriendo ver el miembro de Heracles.

-Umm… esto es diferente de lo que esperaba. ¿Cómo es que la Armadura de Mithrilo de Heraclian Leonis se convirtió en una capa orgánica? –se preguntaba Ificles, girando la capa y moviéndola como tratando de encontrar algo metálico en ella.

-Ow… mi primo tiene mejor garrote que yo… -se deprimió Euristeo. Antímaca, molesta, se viró para mirar a Euristeo con una mescla de desprecio y vergüenza-. No me refería a… bueno sí, pero yo estaba hablando del garrote que sostiene en sus manos… -intentó explicar Euristeo. Antímaca se ruborizó aún más-. El de Mithrilo, mal pensada –salió Euristeo del barril, y llegó hasta Heracles, aunque algo intimidado-. ¿Puedo? –preguntó Euristeo.

-Sin ofender primo, pero no eres tan bien parecido para Heracles –se cubrió Heracles sus partes nobles. Euristeo apuntó a la mano derecha de Heracles, donde sostenía su garrote-. Ah, ese garrote. Hefestos lo forjó para mí a petición de Atenea. Solía ser la cola del León de Nemea –le explicaba Heracles, soltando el garrote en manos de Euristeo, quien terminó en el suelo por el peso del mismo.

-¿¡Hefestos y Atenea!? –gritó Antímaca furiosa, asustando nuevamente a Euristeo- No puedo creerlo. Ese espantajo nuevamente está haciendo de las suyas. Y la inútil de Atenea. ¿Por qué están juntos esos dos? –se estiraba la cabellera Antímaca.

-¿Enserio es la cola del León de Nemea? –preguntó Euristeo, ignorando las quejas de su esposa. Heracles asintió- Pues no es lo que esperaba, pero te creo. Ajem –comenzó a aclararse la garganta Euristeo, mientras Antímaca se quejaba para sí misma- Así que, ¡por el poder investido en mí por el Dios Apolo, y ya que el trabajo de un hijo de Zeus subordinado ha traído beneficios a la corona de Micenas, despertaré al alma durmiente de una Armadura Dorada! ¡Yo te despierto, Armadura de Leo! –enunció Euristeo. La distraída de Antímaca se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, y tan solo pudo ser testigo del rugido de un León Dorado de cosmos, que se elevó al cielo, rompiendo el techo del Palacio de Euristeo- Tú pagas eso –apuntó Euristeo. Heracles hizo una mueca, pero sacó unas cuantas monedas de oro y se las entregó al Rey Euristeo.

-¿¡Qué estás haciendo!? –recriminó Antímaca, intimidando a Euristeo, quien saltó dentro de su barril de bronce, asustado. Antímaca, molesta, metió la cabeza dentro del barril de bronce y comenzó a susurrarle a Euristeo- No se supone que cumplieras tu promesa a Heracles –susurró ella molesta.

-Pero derrotó al León de Nemea… le hizo un servicio a su rey… -agregó Euristeo, pegando el cuerpo al fondo de su barril, mientras una ceja de Antímaca comenzaba a temblar por el desprecio al cobarde frente a ella-. Yo lo arreglo Diosa Hera, no se me preocupe. ¡Ajem! –salió Euristeo de su barril, posándose glorioso y seguro de sí mismo, lo que hubiera impresionado a Heracles, a Ificles, y a Yolao, si no supieran ya que Euristeo era todo un fraude- Un excelente servicio es el que han hecho a la corona de Micenas, mis queridos Heraclidas. Pero esto no es más que el principio. En Lerna, historias de una criatura, una Hidra, algunos dicen que tiene 3, otros que 9, otros que 100 cabezas, consume la carne de sus enemigos tras derretirlos con su veneno mortal, tan mortal que es temido por los Dioses –comenzaba él de forma teatral y soberbia-. Mata a la bestia… regresa con pruebas de tu proeza, y yo reviviré… no sé… tal vez a Cáncer. Por algún lado relacionaré este trabajo con un cangrejo –terminó Euristeo.

-Pero acabamos de… ¿enserio? –se quejó Heracles, aferrándose a su garrote- ¿Qué tal si en lugar de andar haciendo trabajuchos para revivir a las Armaduras Doradas, mejor te hago lanzar brillitos a garrota…? -intentó decir Heracles, intimidando a Euristeo, cuando Ificles lo detuvo.

-¡Una Hidra! ¡En Lerna! ¡La Hidra de Lerna! ¡Entendido y anotado! –agregó Ificles, virándose a ver a su hermano- ¡Herc! –le gritó en un susurro- ¿Cuántas veces te lo he dicho? No debes matar al que puede resucitar a las Armaduras Doradas. Piensa en Atenea, se lo prometiste –le recordó Ificles, Heracles simplemente gruñó con desprecio-. Te cocinaré a la Hidra de Lerna… -finalizó él.

-¡La Hidra de Lerna! ¡Hecho! –le ofreció su mano Heracles a Euristeo, quien antes de estrecharla, la limpió con un paño. Por la molestia, Heracles le aplastó la mano, causando las quejas de Euristeo- Nos vamos a Lerna muchachos. ¿Dónde garrotes queda Lerna? –se molestó Heracles.

-La mano real, está en pena… -se quejó Euristeo, acomodándose los dedos. Intentó salir de su barril de bronce, pero se topó frente a frente con su esposa Antímaca-. Diosa mía… se ve más furiosa que de costumbre… -se apenó Euristeo.

-¿¡Qué parte de Heracles viene a arrebatarte el reino no te ha quedado claro!? –enfureció Antímaca. Su ira era tal, que Euristeo lograba ver claramente su cosmos original, el cosmos de la Diosa Hera- ¡Se supone que Heracles muera realizando los 12 Trabajos! ¡No que cumplas tu promesa de conectar a las Armaduras Doradas a la Elíptica Solar tras salir victorioso! ¡Estás enalteciendo su leyenda! ¡Si Zeus llega a considerarlo digno, será un Dios! –la ira en la mirada de Antímaca era inquietante.

-Pero reina mía, diosa mía. Cuando un rey envía a un mercenario a hacerle un servicio, lo natural es darle recompensa –se defendía Euristeo. Antímaca estaba tan furiosa que estaba cerca de estrangularlo-. El León de Nemea estaba siendo un desastre. Tal vez no mató a Heracles, pero al Heracles matarlo a él, ha hecho un gran servicio a la Argolide. Lo único que tengo que hacer es ponerle trabajos, cada uno más peligroso que el anterior. Si sale avante, le pediré algo aún más difícil, la Argolide encuentra la paz, y tarde o temprano Heracles se muere. No pensará, Diosa mía, que la Hidra de Lerna puede ser derrotada. ¿O sí? –preguntó Eristeo.

-Por supuesto que no… al menos en eso tuviste una buena idea –se cruzó de brazos Antímaca-. La Hidra es una bestia invencible. No solo es inmensamente venenosa, tan venenosa que hasta los Dioses temen a su veneno, sino que cortas una cabeza y estas se multiplican. Alguien tan tonto como Heracles no lo comprendería. Mientras más cabezas corte, más peligrosa será la Hidra. Muy bien Euristeo, jugaremos a tu juego. Pero, si Heracles continúa volviéndose más y más poderoso, te pesará… -amenazó Antímaca. Euristeo simplemente tomó la tapa de su barril de bronce, y se encerró dentro por el miedo.

Delfos. Templo de Apolo de Delfos.

-No hay otra forma, debes servir al Rey Euristeo –en lugar de dirigirse a los Pantanos de Lerna, donde habrían de combatir a la Hidra de Lerna, Heracles, del puro coraje, y tal vez algo de orgullo, decidió ignorar a Euristeo y viajar a Delfos, donde consultaría a la Sibila de Delfos, en esos momentos flotando dentro de una de las piscinas del Templo de Apolo, mientras miraba al techo medio ignorando a Heracles-. Solo Euristeo puede conectar a las Armaduras Doradas a la Elíptica Solar. Ese fue el deseo de Apolo –terminó la Sibila.

-Lo sé, lo sé. Apolo decidió darle ese poder a Euristeo porque Apolo, específicamente, quería humillar a Zeus teniéndome de mandadero de un enclenque –se estiró el rostro Heracles. La Sibila simplemente asintió mientras continuaba nadando-. Pero debe haber otra manera. Puedo romperle uno por uno los dedos de sus manos y forzarlo a… –intentó decir Heracles.

-Así tus historias no inspirarán a nadie –suspiró la Sibila, lo que no fue algo que Heracles comprendiera, aunque de todas formas ganó la atención de Ificles-. No lo comprendes… esto jamás se ha tratado de que te conviertas en el Rey de la Argolide… se trata de que definas lo que es ser un héroe. ¿Acaso eso no te importa? –preguntó la Sibila. Ificles encontró bastante sentido en lo que ella decía. No así Heracles, quien era demasiado falto de empatía.

-¿Ser héroe o ser un rey? Me inclino a ser rey. ¿Ya puedo agarrarlo a garrotazos? –preguntó Heracles ya desesperado. La Sibila simplemente suspiró, contrariada por las actitudes de Heracles. Filoctetes por otra parte, miró a Heracles con detenimiento.

-Herc… yo creo que debemos hacer lo que la Sibila dice –comentó Ificles. Heracles se viró para verlo-. Sé que prometimos no hablar más de esto, pero… si hubieras sido más empático, y menos violento… mis hijos… -comenzó Ificles, Heracles se escandalizó por lo que estaba escuchando. Ificles suspiró-. Necesito creer que puedes ser empático… Herc… necesito saber que lo que hiciste, no fue tu culpa… vamos por la Hidra de Lerna… subordínate a Euristeo… define lo que significa ser un héroe… -le pidió Ificles. Heracles se mordió los labios. Quería quejarse, quería decirle a Ificles que jamás se pondría al servicio de Euristeo. Pero sabiendo todo el mal que le había hecho a su hermano, se rindió-. Gracias Herc… -susurró Ificles, Heracles solo se cruzó de brazos y asintió-. Ahora… según Euristeo, tenemos un año para realizar cada trabajo. Y si no cumplimos, juraste renunciar voluntariamente al trono de la Argolide, y ya desperdiciamos 6 lunas llegando a Delfos, así que, señorita Sibila, si fuera tan amable. ¿Dónde queda el Pantano de Lerna? –pidió Ificles.

-Argos… -enunció la Sibila de forma tranquila, y alzando su pie para admirarlo con curiosidad-. Más específicamente, siguiendo por la salida de Argos que da al mar del oriente. Cuando encuentren un pantano envuelto en una nube tóxica que enferma a los ganados y mata a la tierra… ese será el lugar donde enfrentarán a la Hidra de Lerna, a la que no podrán vencer al menos que Heracles aprenda sobre amar a otros por sobre sí mismo –finalizó la Sibila.

-Genial… estamos muertos… -se quejó Ificles. Heracles lo miró con descontento-. De hambre, muertos de hambre. ¿Medallón de Nemea Curado antes de ir a Argos? –ofreció Ificles. El estómago de Heracles gruñó, y la Sibila se asomó para verlo con curiosidad- ¿Nos acompaña? –invitó Ificles. La Sibila lo pensó, asintió, y se unió al grupo.

Argos. Pantanos de Lerna.

-Así que… para encontrar a la Hidra de Lerna, solo hay que cruzar el pantano envenenado. ¿Verdad? –se quejaba Heracles. Siguiendo las instrucciones de la Sibila, y tras varias lunas de viaje, Heracles, Ificles, y Yolao, habían llegado a los pantanos envenenados, mismos que presumían una bruma violeta bastante inquietante-. Cuando este trabajo termine, voy a pedirle a Euristeo vacaciones. Unos días en Chipre, probablemente cumpla la encomienda de Creonte antes de que me expulsaran de Tebas, una ayudita para que no me odie tanto –se quejaba Heracles, adentrándose dentro de las aguas envenenadas del pantano.

-No estoy seguro de que sea muy inteligente entrar dentro de un pantano que está envenenado. Herc, ¿estás seguro de esto? –preguntaba Ificles, quien mantenía a su hijo Yolao lo más alejado que le fuera posible de las aguas pantanosas.

-La Hidra está en alguna parte de este pantano. Y nos quedan un par de lunas para matarla, y regresar con Euristeo. ¿Vienes o no? –se quejaba Heracles. Ificles lo pensó, y miró a Yolao.

-Quédate aquí hijo –le pidió Ificles, buscó en su saco de víveres, y sacó un arco y varias flechas-. Ten… para que te defiendas –le ofreció Ificles, antes de cubrirse la nariz, y adentrarse en el pantano tras de Heracles-. Ught… como apesta. No creo tener estómago para cocinarte a la Hidra si sobrevivimos a esto –se quejaba Ificles.

-Ah no, a la mugrosa de la Hidra de Lerna nos la cenamos… -comenzaba Heracles, aunque se atragantaba, como si no se sintiera muy bien-. ¿A qué saben las Hidras? Espero que sea sabrosa –le comentaba Heracles-. ¿Cómo se preparan las Hidras? –preguntó él.

-¿Yo qué sé? Probablemente sea como cocinar a una serpiente –tosió Ificles, algo mareado por el veneno-. Se le quita la piel, se destripa, se parte en tiras y se enjuaga en agua previamente hervida, cada corte debe ser del tamaño de una vértebra. Se empapa la carne de serpiente en huevo con ajo y aceite de oliva, y se pone a cocer. Puede acompañarse con vino tinto –comentó Ificles, cuando de pronto, Heracles vomitó frente a él-. Blanco entonces –agregó Ificles.

-No es eso… yo solo… urght… -comenzó Heracles. Ificles comenzó a sentirse mal también, y fue el siguiente en vomitar-. Este hedor es asqueroso. Qué bueno que dejaste a Yolao atrás. Dime una cosa, Ificles. ¿Por qué no habla el niño? –preguntó Heracles.

-Ah, no sé… probablemente sea porque vio a su tío masacrar a su familia –agregó Ificles sarcásticamente. Heracles se preocupó por el comentario-. Escucha Herc. Si alguien puede entender que Hera te lavó el cerebro, ese soy yo. Te conozco de toda la vida, jamás harías algo así estando consiente. Pero Yolao, ¿cómo se lo explico? Él solo sabe que perdió a su mamá ante una enfermedad, y que después perdió a su madrastra, a sus hermanastros, a sus primos, y a su tía. Dale tiempo… él no es como yo… -le aseguró Ificles.

-Lo sé… y la verdad, Ificles… es que… no entiendo cómo es que me has perdonado… -le comentó Heracles. Ificles desvió la mirada-. Al menos me gusta creer que me has perdonado… yo sé que no es así, pero lo intentas… y significa mucho para mí… -le sonrió Heracles. Ificles le regresó la sonrisa, pero entones, Heracles lo tomó del cuello de su armadura, y lo lanzó por los aires, sumergiendo en la caída a Ificles en el asqueroso pantano.

-¡Herc! ¡Estábamos teniendo un lindo momento de hermanos, armatoste! –se quejó Ificles, escupiendo agua pantanosa, y encontrando a Heracles con los brazos alrededor de una inmensa serpiente de piel escamosa y violeta, y de ojos amarillos, que exhalaba humo morado de su boca que brillaba de un verde muy vibrante- ¿Esa es la Hidra de Lerna? –se escandalizó Ificles.

-Va el garrote, y cenamos serpiente o lo que sea –se burló Heracles, dándole con el garrote en la cabeza a la Hidra tan fuerte, que le cortó la misma-. Eso… fue mucho más sencillo de lo que pensé que iba a ser… -la picó con su garrote Heracles, esperando a ver que se moviera.

-Eres mucho más fuerte de lo que piensas –le comentó Ificles mientras se acercaba-. Además, tuvimos suerte. Nuestro cosmos nos protegió del veneno y, aun así, vomitamos. Imagina lo peligroso que es este veneno para un simple Mortal. Sin el cosmos, hubiéramos muerto tan solo tras respirar esta hediondez. Muy seguramente, lo que se cuenta de la Hidra es exagera… -intentó decir Ificles, cuando se escuchó un sonido como de agua hirviendo, como las burbujas que estallaban en la misma-. Dime que ese es tu estómago… -pidió Ificles.

-Mi estómago no suena así… -se quejaba Heracles, cuando notó de donde salía el sonido. Este salía de la sección cercenada en el cuello de la Hidra, cuya sangre esmeralda comenzaba a crepitar como agua en ebullición, estalló, y dejó ver tres nuevas cabezas de la Hidra-. Ya sé por qué nadie ha matado a la Hidra –dedujo Heracles.

-Nah, ¿tú crees? Yo todavía tengo mis dudas –agregó Ificles sarcásticamente, y evadió la mordida de una de las cabezas de la Hidra. Ificles entonces comenzó a elevar su cosmos, y abrazó con el mismo rodeando a sus brazos a la cabeza de la Hidra que había intentado atacarlo-. ¡Estrangulación de Osos! –enunció Ificles, apretando con fuerza alrededor del cuello de la Hidra. Otra de las cabezas intentó morderlo, pero Heracles le dio un garrotazo, antes de atrapar a la otra cabeza con sus brazos- ¡A la de tres cortamos cabezas! ¡Tres! –gritó Ificles, Heracles tiró con fuerza, y dos de las cabezas de la Hidra fueron arrancadas por ambos, mientras la última intentaba reponerse, misma a la que Heracles mató de un garrotazo- Bueno… eso tampoco fue tan difícil… -aclaró Ificles, Heracles asintió orgulloso de su fuerza, pero entonces, el sonido de agua en ebullición volvió a resonar-. Comienzo a odiar ese sonido –agregó Ificles, mientras los tres cuellos de las cabezas cercenadas, estallaron en nueve cabezas nuevas- ¿Cómo es que está haciendo eso? Las cabezas se forman por, ¿generación espontánea? Si esa cosa es comestible, podríamos acabar con la hambruna en el mundo cortando su cabeza para hacer filetes –se molestó Ificles.

-¿Y comer todos los días lo mismo? ¿Dónde está la variedad? Mejor nos quedamos con el hambre mundial y comemos variado –se quejaba Heracles. En su distracción, una de las cabezas de la Hidra le mordió el hombro, pero terminó rompiéndose los dientes-. Ah, lo siento preciosa, pero la Armadura de Mithrilo es irrompible –la tomó Heracles entonces con ambas manos, elevó su cosmos alrededor de su cuerpo, y le dio un cabezazo tan tremendo que la cabeza de la Hidra estalló en pedazos-. Es una lástima que tú no seas invulnerable –se burló Heracles.

-Es verdad, incluso sin el cosmos, las cabezas de la Hidra son bastante sencillas de cortar –se dijo a sí mismo Ificles, elevando su cosmos, y llamando a la Osa de Calisto, que rugió en respaldo del cosmos de Ificles, quien preparó sus brazos, extendiendo los mismos, y conjurando garras azules con su cosmos- ¡Zarpa del Oso Pardo! –lanzó sus cortes Ificles, cada una de las garras individuales de la Osa de Calisto cortó una cabeza diferente, lo que dotó al pantano de un silencio temporal, silencio que se vio interrumpido por aquel molesto sonido nuevamente-. Estoy viendo un patrón, y no me está gustando nada –admitió Ificles, cuando veintisiete cabezas de la Hidra se alzaron-. Creo que tenemos que dejar de cortar cabezas –dedujo Ificles, evadiendo una cabeza que intentó morderlo, y después evadiendo a las demás, aunque se vio obligado a rodear su puño derecho con su cosmos, y destrozar una cabeza que dejó salir tres cabezas nuevas, por lo que la situación comenzó a salírseles de las manos.

-¡En algún momento se debe de cansar de crecer cabezas! ¡Hazte a un lado, la voy a vaporizar! –comenzó Heracles, amarrándose el garrote a la cintura, y comenzando a concentrar su cosmos, que creció alto y hermoso, en una tonalidad blanca bastante impresionante, que mantuvo a todas las cabezas de la Hidra mirando a la columna de cosmos, que comenzó a extenderse como fuego plateado por los alrededores del pantano- Tú le pones nombres a tus ataques, hermano, igual que hacen otros Caballeritos de Athena. A mí me parece ridículo, pero ya que estamos en lo de las lucecitas bonitas, qué te parece este que me acabo de inventar. ¡Heraclian Heros! –el cosmos de Heracles estalló, y como llamas plateadas, arrasó con las cabezas de la Hidra. Cuando el estallido de cosmos de Heracles se disipó, no quedaba ni una sola, pero tampoco estaba Ificles- ¿Ifi? ¡Oh no! ¡Maté a mi hermano! –se escandalizó Heracles, cuando Ificles salió de debajo de las aguas del pantano, y dio a Heracles un coscorrón- Oh… no debiste haber hecho eso… -tomó Heracles su Maza de Mithrilo.

-¡No me mataste pero casi me matas! ¿Quieres por favor aprender a controlar tu cosmos? –pidió Ificles, cuando notó a Heracles acercándose amenazadoramente con el garrote- No, no, no, alto, Herc. Si me matas, ¿Quién te cocina? –intentó mediar Ificles, cuando el sonido regresó- ¿Sabes qué? Dame en medio de la frente, para que no lo sienta –se apuntó Ificles a la frente, mientras el doble de cabezas de la Hidra se alzaba de los interiores del pantano-. Odio al primo Euristeo –comentó Ificles, una de las cabezas de la Hidra se le lanzó encima, pero esta fue perforada por una flecha en medio de los ojos- ¿Tienes un arco? –preguntó Ificles, Heracles alzó y bajó los brazos, mientras más flechas comenzaban a caer del cielo, saliendo de los interiores de la neblina venenosa y por sobre los árboles, matando a más y más cabezas de la Hidra- ¿Quién…? –se preguntó Ificles, cuando descubrió a una figura entre los árboles, la figura de un niño que llevaba el rostro cubierto con un trapo- ¿¡Yolao!? –se escandalizó Ificles, pero no pudo ir a con su hijo, mientras las cabezas de la Hidra se le lanzaban encima.

-Tu hijo es, o muy valiente, o muy estúpido –habló Heracles tras arrancar una cabeza con sus propias manos, y que de esta salieran otras tres-. Dile al niño que se vaya, porque voy a cortar tantas cabezas, que no le van a quedar fuerzas de volverles a crecer. ¡Heraclian Heros! –de un puñetazo, Heracles vaporizó con sus flamas plateadas a las tres cabezas de la Hidra, aunque inmediatamente tras aquello, fue capturado por otras tres que lo lanzaron por el pantano.

Yolao, quien se mantenía a distancia prudente mientras elegía a qué cabezas perforar, notó que las cabezas recién vaporizadas por Heracles no volvían a crecer, descubriendo incluso la razón. El fuego del ataque de cosmos de Heracles, había cauterizado la herida tan rápido como esta se había formado, por lo que la Hidra no podía hacer crecer una cabeza por el cuello que había sido cauterizado. Yolao entonces se amarró el arco a la espalda, arrancó una de las ramas de uno de los árboles, y se acercó a los remanentes del fuego del ataque de Heracles, quitándose incluso los trapos que llevaba atados alrededor de la nariz para hacerse una antorcha con el fuego del cosmos de Heracles, y aunque tosió algo de sangre por el veneno, corrió tras Heracles, cauterizando cada cabeza que Heracles cortaba, evitando el crecimiento de más cabezas.

-¡Yolao! –gritó Ificles, notando que Yolao cauterizaba las cabezas cercenadas, pero Ificles no podía hacer mucho, no en esos momentos, ya que dos cabezas de la Hidra le mordían las piernas, mientras él estrangulaba a otro par, una en cada axila- ¡Herc! ¡Yolao está…! –intentó decir Ificles, cuando otra cabeza de la Hidra lo enterró dentro del pantano.

-¡Estoy ocupado! ¡Luego me cuentas! ¡De pronto esto se está volviendo más sencillo! –le respondió Heracles, sumamente tranquilo y cortando más cabezas. Yolao entonces notó que una de las cabezas de la Hidra, más grande que las demás, se alzaba detrás de Heracles. Tenía un tamaño tan grande, que seguro podría comerse a Heracles de un bocado. Yolao dedujo que aquella era la cabeza principal, pero no tuvo tiempo de advertir a nadie, se lanzó a la cabeza, y blandió la antorcha con el fuego de Heracles, asustando a la Hidra, quien entonces le escupió su veneno a los ojos, por lo que Yolao gritó de dolor mientras el ácido le quemaba- ¿Y ese ruido? ¡Chico! –se horrorizó Heracles tras descubrir a Yolao, que hundía la cabeza en el pantano, intentando apagar sus ojos que le quemaban- ¡Niño! ¡Eres un tonto! ¡Mi Armadura de Mithrilo es indestructible! ¡No debiste meterte! –recriminó Heracles.

-¡Yolao! –gritó Ificles, incineró su cosmos, y empujó con el mismo a las cabezas de la Hidra, que fueron lanzadas lejos de ellos, dándoles un respiro, y permitiendo a Ificles correr hasta Yolao y voltearlo, descubriendo solo las cuencas vacías donde alguna vez habían estado sus ojos- No… Herc, ¿qué hiciste? –se quejó Ificles.

-Yo no hice nada, el tonto de tu hijo se metió donde no lo llama… -intentó decir Heracles, pero entonces recibió el golpe más fuerte que jamás había recibido de parte de Ificles. Heracles bufó furioso, y escupió un diente en su mano, lo que lo enfureció, por lo que comenzó a elevar su cosmos alrededor de su cuerpo-. Quiero escuchar una buena razón para tu comportamiento… dependiendo de lo que respondas, podrías o no seguir viviendo… -le espetó Heracles.

-¿¡Te estás escuchando!? –gritó Ificles con fuerza, su cosmos también desbordante, e intimidando a las cabezas de la Hidra, que no podían acercarse por los cosmos inmensos tanto de Ificles como de Heracles- ¿Tienes idea de por qué continuo siguiéndote pese a todo el dolor que me has causado? Una razón es porque eres mi hermano, y muy en el fondo deseo que no seas un ser malvado. Pero mientras más tiempo pasa, más me convenzo de que la segunda razón es más importante. ¡No tienes empatía! ¡Aplastas, matas, y destruyes, no importa a quien tengas enfrente! ¡Yolao, aun sabiendo que eres invulnerable, se metió en el camino de la Hidra preocupado por la insignificante posibilidad de que no fueras lo suficientemente invulnerable! ¡Lo hizo porque te ama, imbécil! ¡Lo hizo porque nada vence al amor a la vida de alguien más! ¡Cuando mueres, todo termina para ti, pero quien queda atrás es el que sufre! Yolao no quiere sufrir tu muerte. ¿No harías tú lo mismo por mi o por Yolao si nuestra vida peligrara? Es egoísta el pedir a otro no ponerse en peligro por aquellos que ama –terminó Ificles, desesperado, y con Yolao aún en brazos-. Yo… siempre le he dicho a Yolao… que no eres un monstruo… pero… cada día te pareces más a uno Herc… -lloró Ificles. Sus palabras hirieron a Heracles, quien entonces miró a su hermano tembloroso, y a Yolao que se convulsionaba de dolor, mientras las cabezas de la Hidra, notando que el cosmos de Ificles se debilitaba, en un intento de Ificles de calmar el dolor de Yolao al rodearlo con su cosmos, comenzaban a acercarse.

-Ificles… yo… -intentó decir Heracles, pero Ificles se negó a escucharlo, y le dio la espalda-. Yo… -intentó decir, pero Ificles no estaba dispuesto a escucharlo más- Yo lo arreglo… -terminó Heracles, elevó su cosmos, sus ojos brillaron de blanco por unos instantes, y el mundo, comenzó a moverse lento a su alrededor-. Piensa Heracles… ¿por qué de pronto todo comenzó a ser más fácil? –se preguntó Heracles. Su cosmos, y el cosmos del universo, se veían a través de los ojos de Heracles, mientras Heracles estaba en un trance que se acercaba a lo divino, y veía a los Dioses y entidades que lo habían estado siguiendo en su viaje, buscando a una en específico-. Atenea… -comenzó Heracles, encontrando a Atenea de rodillas, y colocando su mano sobre los ojos de Yolao, algo que él no podría ver aun teniendo sus ojos, solo Heracles podía verla, solo Heracles se movía a la velocidad en que Atenea se movía en esos momentos-. Ayúdame prima… ¿cómo venzo a la Hidra de Lerna? –le preguntó Heracles.

-La respuesta es tan sencilla, que Yolao pudo verla. Pero tú no la vez porque golpeas primero y preguntas después –le respondió Atenea. Por su tono de voz, era evidente que estaba molesta-. No puedes seguir siendo un campeón de fuerza bruta, Heracles. Debes actuar con sabiduría. Piensa. ¿Por qué dejaron de crecer las cabezas? –le preguntó la diosa.

-Algo debió evitar que crecieran… todo comenzó a ser más sencillo cuando Yolao… -intentó indagar Heracles, y encontró, sobre la débil mano de Yolao, la rama con el fuego que había estado utilizando para quemar las cabezas de la Hidra-. Ya lo entiendo… ese niño… es muy valiente… -dedujo Heracles. Atenea asintió-. Prima, antes de que regrese al Plano Mortal. ¿Crees que pueda hacer algo para salvar la vista de Yolao? –preguntó Heracles, y Atenea lo pensó.

-Si Yolao poseyera un cosmos… tal vez… -le informó ella. Heracles comenzó a preocuparse-. Vence a la Hidra, Heracles… arranca los ojos de la cabeza principal, y yo convertiré su cuerpo en una Armadura de Bronce conectada a una de mis Constelaciones. Has esto, y dotaré a Yolao del cosmos necesario para que fundas los Ojos de la Hidra a sus cuencas vacías… -terminó Atenea. Heracles respiró, y el tiempo volvió a moverse con normalidad.

-No se diga más… prima… -tomó Heracles el arco de Yolao, elevó su cosmos a su alrededor, y este transformó la madera en Mithrilo, materializando a su vez una flecha de cosmos blanquecino-. Yo te nombro, el Arco de Lerna… y con tu fuerza, perforaremos las cabezas de la Hidra de Lerna. ¡Devastación Meteórica! –lanzando una flecha por los cielos, las cabezas de la Hidra siguieron el movimiento de la misma. Cuando esta flecha alcanzó la altura necesaria, estalló, dividiéndose en muchas flechas más, y cayendo como una lluvia de luces que perforaron todas las cabezas de la Hidra, al mismo tiempo que comenzaron a quemar su cuerpo, cauterizándose. Al final, una única cabeza, la más grande de todas, quedó en pie, aunque malherida por ser perforada por varias de las flechas de Heracles- Así que… había una cabeza que era inmortal. Bueno, inmortal no es lo mismo que invulnerable. Tú y yo nos vamos a conocer mejor, Hidra, ya que vas a ver, para que Yolao pueda ver –enterró sus manos Heracles en los ojos de la Hidra, arrancándole los mismos, y después dirigiéndose a donde el triste de Ificles abrazaba a su hijo, y mirando a su hermano con tristeza de igual manera-. Ya sé que no soy el más confiable… pero… tienes razón cuando dices que no tengo empatía –comenzó Heracles. Ificles lo miró con sus ojos ahogados en lágrimas-. Te juro hermano… que llegaré a comprender la empatía que tienen los Mortales… solo te pido, que no pierdas la esperanza en mí. Y para probarte que no soy un caso perdido, restauraré la vista de Yolao, con esto… -le mostró Heracles los Ojos de la Hidra, confundiendo a Ificles. Heracles no esperó a que Ificles decidiera, y empujó los ojos contra el rostro de Yolao.

-Catasterismo Estelar–resonó entonces la voz de Atenea, y un cosmos dorado comenzó a rodear a los restos de la Hidra de Lerna-. Sube al firmamento, y alimenta con tu cosmos a este niño. Yo así lo ordeno, y con tu cuerpo, forjaré la armadura de Bronce de la Hidra –finalizó Atenea. Una Armadura de Bronce respondió a su llamado, con la forma de un dragón de tres cabezas, que estalló en sus partes, y revistió a Yolao, dotándolo de un cosmos, y ayudando a su cuerpo a absorber los ojos de la Hidra, que brillaron dorados en el rostro de Yolao, antes de que estos se apagaran, azules y hermosos.

-¿Puedo ver? –comenzó Yolao, sorprendido. Ificles se impresionó, y abrazó a Yolao con todas sus fuerzas- Tío Heracles… acaso… ¿siempre has sido tan hermoso? –preguntó Yolao, impresionado por el cosmos tan brillante, que rodeaba a Heracles en todo momento.

-Mi niño, mi Yolao… -celebró Ificles, acariciando la cabellera de Yolao y envolviéndolo en un abrazo. Ificles entonces se viró a ver a Heracles, y sonrió-. Gracias… de verdad gracias… Herc… te juro que vamos a trabajar en esa empatía tuya –admitió él.

-Es todo lo que quería escuchar… hermano… -le sonrió Heracles, pero su sonrisa solo duró un momento- ¡AAAAAHHHHH! –resonó el grito de Heracles con tanta fuerza, que Ificles se escandalizó y comenzó a buscar a más cabezas de la Hidra en los alrededores- Oh, Heracles sufre. Ayúdame hermano –se quejó Heracles, y comenzó a arrancarse la armadura- Me duele, me lastima, ayuda… -lloraba Heracles. Ificles jamás lo había visto en ese estado, y cuando por fin Ificles descubrió la razón, tuvo que cubrirse la boca intentando no reírse- No es gracioso, duele. ¿Te gustaría que te pasara a ti? ¡Quítamelo! ¡No seas tan poco empático! –lloraba Heracles.

-¿Ahora sí sabes lo que es la empatía? –se burló Ificles- Mírate, el gran Heracles, llorando como una niña porque un cangrejo le picó un testi… -continuó burlándose Ificles, cuando Heracles, rabioso, lo tomó del cuello-. Está bien, yo también podría ser un poco más empático. Ahora quédate quieto que te lo… -intentó decir Ificles, cuando Heracles respiró, aliviado.

-Lo tengo –agregó Yolao, sosteniendo a un pequeño cangrejo azul en sus manos-. Es curioso, los cangrejos no habitan los pantanos. ¿Y cómo le hizo para trepársele encima, por debajo de la Armadura de Mithrilo, y pellizcarle un tes…? -intentó decir Yolao.

-No sé, pero no va a vivir lo suficiente para volver a hacerse el chistosito –agregó Heracles, furioso, y mirando al cangrejo que era más valiente que inteligente-. Ificles, ya hace hambre… y quiero mariscada de Hidra de Lerna con cangrejo hervido… -finalizó el héroe.

Élibe. Cantina la Salamandra Aplastada. Año 1,210 A.C.

-¡Y así es como yo solito, y sin ayuda, maté a la Hidra de Lerna! –resumió Heracles antes de vaciar un cuenco de vino de un solo intento, y siendo aplaudido por los briagos en la cantina que habían estado disfrutando de la historia que contaba Heracles, mientras Poeas, que sustituía a un Filoctetes ausente por alguna razón, escribía todo cuanto le habían contado en un cuero como lo hacía siempre su padre.

-Comienzo a respetar mejor el trabajo de padre. Hablas mucho, y hay que escribir bastante –se quejaba Poeas, un año mayor que la última vez que se habían visto, y pasando el carbón por el cuero con fuerza para escribir todo cuanto Heracles le había contado-. Y no estabas solito y sin ayuda. De no ser por Yolao, seguirías cortando cabezas de la Hidra –le comentó Poeas. Heracles rio tras los comentarios de Poeas.

-Es verdad. Le debo a Yolao el poder haber realizado mi segundo trabajo con éxito –le revolvió los cabellos Heracles a Poeas-. Pero la historia no termina allí. Resulta que, parte de la razón por la que Yolao puede usar los Ojos de la Hidra, es porque la última cabeza es inmortal. Así que, esperamos a que se regenerara un poco, e Ificles cortó toda la carne que necesitaríamos para abastecernos por unos meses. Luego cauterizamos el cuello de la cabeza de la Hidra, y enterramos la cabeza profundo en la tierra. Cada cierto tiempo, Ificles regresaba a donde estaba enterrada la cabeza de la Hidra, la desenterraba, y hacía otro platillo diferente con su cabeza hirviéndola en agua hasta que se deshacía. La carne más suave que jamás he comido –aseguró Heracles.

-Entonces… ¿comiste mariscada de Hidra con patas de cangrejo… y sopa de Hidra? –preguntó Poeas confundido. Heracles rápidamente tomó un carbón de la bolsa de Poeas, y un par de tiras de cuero para escribir.

-No, no, el primer platillo que hicimos con la Hidra, era un arroz frito con azafrán, revuelto con algo de papa y rollos de carne de la Hidra sofreídas en huevo y el caldo del mismo arroz, con las patas del cangrejo hervido en el caldo. Lo llamábamos: «Hidra al Azafrán» -escribió la receta Heracles, entregándosela a Poeas-. La otra receta que hacía Ificles, era con la carne de su cabeza. Envolvía la cabeza en hojas de plátano, hacia un fuego en el agujero en el cual iba a enterrar la cabeza de la Hidra, y colocaba un caldo de verduras a hervir, ponía la cabeza de la Hidra dentro, y la enterraba por varios días. Después iba a buscar el lugar donde había enterrado a la Hidra, sacaba la cabeza, que ya no era más que un esqueleto, y la volvía a colocar para que se regenerara, mientras nosotros nos comíamos un caldo con su carne, que estaba delicioso. Ificles daba una luna a la Hidra para que se regenerara, y volvía a desenterrarla para hacer aquel caldo al que llamábamos: «Estofado de la Hidra» -finalizó Heracles.

-Debe ser horrible ser inmortal y volver a regenerarte con el tiempo, solo para que te usen de comida cada cierto tiempo –admitió Poeas, un poco perturbado por el destino de la Hidra de Lerna-. ¿No se consideraría una forma de tortura para la pobre Hidra? No me suena muy empático que digamos el aprovecharse de una criatura inmortal de esa manera –admitió Poeas.

-Muy cierto, Heracles jamás ha sido exactamente brillante. Aunque no se le puede culpar por su poca… empatía –comentó alguien, lo que fue un insulto para Heracles, uno que se tomó muy enserio, evidente en la mirada de pocos amigos que dibujó en su rostro, mientras se viraba a ver a un hombre que bebía en la mesa del fondo de la cantina, un hombre en una Armadura de Oro Rojo, una Argonia, pero no cualquier Argonia, sino la Argonia de un Capitán de Oro Rojo, evidente en los contornos dorados de la misma. El hombre era de tez pálida, de cabellera negra atada en una coleta, de ojos azules, y de dientes afilados-. Heracles siempre golpea primero y pregunta después –continuó el hombre, bebiendo, y asustando a los presentes. Heracles observó al hombre con cuidado, y notó a otro individuo que vestía una armadura, pero esta armadura no era una Argonia, más bien era una Armadura de Plata. Tenía tez pálida también, y se parecía físicamente al Argonauta, por lo que Heracles intuyó que eran padre e hijo. Incluso el joven tenía el mismo estilo de peinado del hombre de la Argonia, cabello negro, y ojos azules. Heracles notó a este Caballero de Plata, cuyo cosmos brillaba con la fuerza de una Ballena, mientras que el cosmos del Argonauta brillaba con la fuerza de una especie de leopardo con cola de sirena-. Sigues siendo el mismo salvaje de siempre, ¿no es así? O tal vez… seas un poco más empático. ¿Puedes leer la situación, anciano? –preguntó el hombre, vaciando su bebida, Poeas comenzó a ponerse nervioso.

-Puedo… -tomó su garrote Heracles-. ¿Tú puedes? ¡Garrotazo de Heracles! –se lanzó sin previo aviso Heracles a la mesa del hombre, lanzando un garrotazo, mismo que, para sorpresa de Poeas, fue interceptado por el hombre con una sola mano- Simpático, no muchos pueden hacer lo que acabas de hacer –aseguró Heracles, sonriente.

-Hago muchas cosas que muchos no pueden hacer –con una fuerza descomunal, el hombre impactó en la quijada de Heracles, quien fue lanzado a los barriles en la cantina, que estallaron bajo su peso, asustando a los presentes y al propietario, a quien Heracles le lanzó un costal de monedas de oro que, al contarlas, dejó al propietario más tranquilo, mientras Heracles se levantaba, y se lanzaba al Argonauta que lo había golpeado, mientras Poeas era testigo de la paliza que se daban ambos hombres.

-Bueno, fue una comida más que disfrutable, pero es hora de volver con el armatoste –escuchó Poeas a su padre, quien llegaba sonriente y tomando a la Sibila de la cintura, aunque fue detenido por el Caballero de Plata en la entrada, lo que molestó a Filoctetes- ¿Nos conocemos? –preguntó Filoctetes, notando la armadura de plata. El joven notó la de Filoctetes, pero antes de que cualquiera pudiera decir cualquier cosa, Heracles fue golpeado en su mentón y lanzado por los aires, fuera de la taberna y dejando un agujero en el techo- ¡Por las verrugas en la espalda de Hefestos! ¿Qué acaba de pasar? –se impresionó Filoctetes, mirando el agujero en el techo, y al Argonauta que había lanzado a Heracles por los cielos- Típico… otro Argonauta. ¿Pues cuantos son? –se fastidió Filoctetes.

-Hasta el año que viene –lo besó gentilmente la Sibila, tomando de la mano de Poeas, y saliendo con él de la taberna, mientras Heracles caía del cielo y enterraba al Argonauta en el suelo de un pisotón- Por cierto, es una pelea amistosa. Son rivales y buenos amigos –terminó la Sibila, antes de retirarse.

-Amigos dice. ¡Herc! –gritó Filoctetes. Heracles se puso de pie inmediatamente, y el Argonauta a su lado, algo mareado por recibir todo el peso de Heracles, comenzó a limpiarse la Argonia- ¿Me explicas? –pidió Filoctetes, Heracles simplemente sonrió. No mucho tiempo más tarde, Heracles, el Argonauta, el Caballero de Plata, y Filoctetes, debían en una mesa tras haberle explicado a Filoctetes la situación- A ver si entiendo… -comenzó Filoctetes, incomodado, y agotado por las tonterías de Heracles-. Tú te llamas Anceo. Fuiste el Príncipe de Cos, cuando este tarado llegó a Cos y tu hermano, el Rey Eurípilo, lo confundió por un líder pirata. Este se molesta, le hace la guerra a Cos, y de un garrotazo, mata a tu hermano el rey –continuó Filoctetes. Anceo, el Argonauta, asintió en ese momento, sumamente sonriente-. No es como que no entienda que este bruto mata y deja a uno vivo por alguna razón, pero… ¿hacerte amigo de este bruto tras matar a tu hermano? –le preguntó Filoctetes, incrédulo.

-Ah, Eurípilo no era exactamente brillante, se lo tenía merecido por atacar primero y preguntar después –le comentó Anceo. Filoctetes inmediatamente viró su rostro para ver a Heracles, quien sonrió fingiendo demencia-. Además, era mi medio hermano. Ya sabes, mamá se acostó con Poseidón convertido en un leopardo con cola de sirena, Pardus le decían, a quien llevo de Argonia por cierto –apuntó a su Argonia Anceo-. Luego el papá de Eurípilo yace con mamá. Nace un Semidios y un Mortal. Hay de esas historias hasta el cansancio –admitió Anceo.

-Sí, ya me estoy fastidiando de esa historia –comentó Filoctetes, cruzado de brazos, molesto por la cantidad de veces que se repetía lo mismo-. Así que, eres hijo de Poseidón, eso ya me quedó claro. Pero, mató tu hermano –insistió Filoctetes.

-Durante un periodo de tiempo en que no sentía nada por él –respondió Anceo. Filoctetes no lo comprendió muy bien-. Te explico. Hay una razón por la que los Dioses y Semidioses hacen cosas que los Mortales podrían considerar crueles e inhumanas. Y es precisamente eso, son consideradas inhumanas por los Mortales. A los Dioses y Semidioses, esto no les afecta tanto –le explicó Anceo. Filoctetes no comprendió muy bien aquellas palabras-. Los Semidioses poseen sentidos mucho mejor desarrollados que los Mortales, lo que hace que los Semidioses veamos a los Mortales como los Mortales ven a los animales que matan para comérselos –explicó mientras apuntaba al pescado en el plato de Filoctetes-. ¿Estaba vivo? Sí. ¿Necesitas comer? Sí. Eres tú o el pescado. Como sentimiento de autodefensa por la crueldad de arrebatar una vida, el Mortal antepone su vida por la de aquello de lo que se alimenta, bajo la excusa de «así es la naturaleza». Bueno, los Semidioses lo vemos de forma muy similar. Las muertes, las traiciones, los asesinatos, las infidelidades, son «Naturaleza Mortal». Así pues, la mayoría de los Semidioses, ven a los Mortales como insignificantes o molestias pasajeras –le explicó Anceo.

-Considero que hay una gran diferencia entre comer por sobrevivir, y aceptar las muertes, traiciones, asesinatos e infidelidades como parte de la naturaleza de los Mortales –se quejó Filoctetes-. Además, eso básicamente significa que, si los Dioses tienen sentidos superiores a los Semidioses, entonces ellos son peor… -dedujo Filoctetes. Anceo y Heracles intercambiaron miradas-. No estarán insinuando que… -se horrorizó Filoctetes.

-Hay excepciones a las reglas Fil, y Atenea, que sé que es en quien estás pensando, es una excepción a la regla –le aclaró Heracles. Anceo estuvo de acuerdo-. Otros Dioses lo son en mayor o en menor medida. Sé de buena fe que a Zeus simplemente no le interesamos. Por eso, la importancia de convertirme en un Dios. Para traer empatía a los Dioses –aclaró Heracles.

-La empatía es algo de lo que los Semidioses carecemos de forma natural, aunque algunos la intentamos desarrollar. Pero, aunque nos acerquemos bastante, en ocasiones simplemente flaqueamos –le comentó Anceo, y entonces miró al Caballero de Plata a su lado-. Mi hijo Agapenor de Cetus, ha sufrido esa falta de empatía mía en muchas ocasiones. Pero trato, cada día soy más empático. Aunque… muchas veces, lo más que nos acercamos, es a pensar en los Mortales como ustedes ven a los perros. Te importa tu perro, no el perro de los demás –concluyó Anceo.

-¿Me acaba de llamar perro? ¿Me ves como a un perro? –miró Filoctetes a Heracles, quien fingió demencia nuevamente- En fin. ¿Qué hacen los grandes Semidioses entonces en esta taberna humana, además de destrozarla? –se fastidió Filoctetes.

-Salvar a los perros ajenos… y seguir trabajando en mi empatía –fue la respuesta de Anceo. Filoctetes y Heracles intercambiaron miradas-. Cuando mi hermano confundió a Heracles con un Rey Pirata, yo era el siguiente en la lista de «por machacar», de Heracles. Fue la primera vez que sentí miedo, fue la primera vez que sentí que podía llegar a morir. Luché con todas mis fuerzas, y Heracles quedó impresionado… me perdonó la vida, y partió rumbo a Yolcos –le explicó Anceo, Filoctetes dejó salir un suspiro de alegría, deduciendo donde estaba aquel evento en la línea de tiempo, y comenzando a escribir sobre el mismo-. Los pobladores de Cos, a quienes no odiaba, pero quienes no me importaban, celebraron, me ovacionaron. Antes, se aterraban de mí porque aplastaba las cosas con mi fuerza descomunal, y mataba a quienes me molestaban sin quererlo, solo, queriendo empujarlos a un lado… pero arrancándoles la cabeza por lo frágiles que eran… -continuó Anceo. Heracles se secó una lágrima traicionera, como si comprendiera aquello. Filoctetes lo miró con incredulidad-. En un mundo donde todo se pulveriza a tus pies… pues… estaba acostumbrado a ser temido, a ser odiado. Me di cuenta de que me gustaba la sensación de ser reconocido, de no ser temido, y quise saber más de esa sensación que los humanos llamaban empatía… así que fui a Yolcos… y tres años después… Argonauta de Argonian Pardus –prosiguió Anceo, orgulloso-. Regresando de obtener el Vellocino de Oro, tenía amigos… conocí a una linda chica, y después nació Agapenor… y yo… le contaba las historias de Heracles, de su viaje con Yolao… y decidimos viajar juntos. Ser Heracles y Yolao… aunque… sin un Ificles… y sin lo que todos sabemos que Heracles e Hilas hacían con Yolao… -ante el comentario, Agapenor se ruborizó.

-Ah, yo extraño a los Efebos. Como ese de allí, mira nada más esas nalguitas –apuntó Heracles a un jovencito que tendría alrededor de unos 14 años, de cabellera corta y túnica harapienta de color blanco, quien caminaba descalzo dentro de la taberna con flores que intentaba vender a los ebrios. Cuando pasó lo suficientemente cerca de la mesa de Heracles, este le tomó la posadera juguetonamente, escandalizando al chico-. 30 años más joven, y oh precioso, como me deleitaría contigo –se burló Heracles.

-Suélteme –se alejó el jovencito, su mirada de ojos anaranjados llamando la atención de Heracles-. Imbécil… -susurró el niño, de sus labios al parecer se desprendieron polvos anaranjados que Heracles miró con curiosidad, antes de empezar a estornudar, mientras el jovencito se retiraba caminando de forma digna, como si presumiera su figura ante Heracles.

-Wachoo… wachoo… odio el polen… wachoo… -proseguía Heracles. Filoctetes se hizo a un lado jalando su silla, y continuó comiendo-. Pero entonces, eso no resuelve el por qué estás aquí. No he escuchado de evento heroico que pudiera ganar tu atención –admitió Heracles.

-¿Qué hay más heroico que salvar vidas en una guerra? –preguntó Anceo. Filoctetes alzó la mirada, sumamente interesado- Élide está por entrar en guerra… y por lo visto, sus generales invencibles, los Moliónidas, se han hecho con una bestia invencible, un monstruo –comenzó Anceo, ganando no solo la atención de Filoctetes, sino del joven que vendía flores-. La Argolide está por entrar en un conjunto de conflictos muy violentos. Hay incertidumbre en la sucesión del trono de Olimpia, Argos y Tebas están en guerra, las relaciones entre Creta y Atenas están peor que nunca, en Calidón los hijos de Agrio expulsaron al Rey Eneo quien se refugia en Pleurón, y los Moliónidas, gobernantes de Élide, se están armando hasta los dientes tras descubrir un arma de destrucción tan poderosa, que puede arrasar con ejércitos enteros sin nadie que logre detenerlo –continuaba Anceo, y el chico vendiendo flores, lo escuchaba todo de forma angustiada-. Si el monstruo del que hablan es tan poderoso como se dice… entonces, Élide podría iniciar una guerra que desestabilizaría a toda Hélade. Vine aquí a buscar y cazar a esa bestia… antes de que los perros, ajenos o no, mueran… y con perros me refiero a… -intentó decir Anceo.

-Sí, los Mortales, ya sé –se quejó Filoctetes. El niño que vendía flores se mostró preocupado-. Umm… da la casualidad que la Sibila nos dijo que aquí es donde encontraríamos al futuro Caballero de Piscis… -comentó Filoctetes, el chico comenzó a ponerse nervioso-. Resulta que también tenemos una misión que tiene que ver con los Moliónidas… y conociendo a la Sibila como sé que la conozco, ella pactó la reunión justamente este día, justamente en este lugar, para asegurar que nos encontráramos. El monstruo que mencionan debe ser sumamente poderoso para enviar a un hijo de Poseidón para ayudarnos. No te lo he dicho todavía Herc, pero ya tengo el nombre de la siguiente Prueba Dorada: Derrocar el Reinado de los Moliónidas –declaró Filoctetes, el chico dejó caer su plato con las rosas anaranjadas, llamando la atención de Heracles.

-Oye, ¿no vas a agacharte a recoger eso? –preguntó Heracles, poniendo nervioso al niño- No es que quiera deleitarme viendo tus nalguitas… pero no dejes cosas en el piso, mucho menos rosas con espinas, alguien se puede picar –le comentó Heracles, molestando a Filoctetes, quien le golpeó el pecho-. ¿Qué? Aunque le quiera ver el traserito, de nada sirve si el garrote ya no coopera –prosiguió Heracles, mientras Filoctetes, más amable que el grandulón, fue a donde el niño había tirado las rosas y comenzó a ayudarle a levantarlas-. Boo… aguafiestas… -recriminó Heracles.

-No le hagas caso. Deja que te ayudo –comenzó Filoctetes, poniendo las rosas de vuelta en el plato de madera que cargaba el niño, quien miró a la bolsa atada al cinturón de Filoctetes, y de un movimiento rápido, le robó la misma, corriendo fuera de la taberna a toda velocidad- ¡Oye! ¡Mi bolsa de monedas! ¡Detengan a ese niño! –Agapenor se puso en el camino del niño, pero este se detuvo a tiempo, metió su mano dentro de su túnica, extrajo un polvo anaranjado, y resopló el mismo. Este polvo entró por la nariz de Agapenor, y de pronto este azotó el suelo.

-¡Hijo! –se quejó Anceo, agachándose para recoger a su hijo, mientras el chico corría fuera de la taberna- Solo está dormido –agregó Anceo, levantando a su hijo, y acomodándolo en la mesa, mientras Filoctetes y Heracles corrían tras el chico, miraban a la multitud de ciudadanos de Élide, quienes se paseaban por la región tan cercana a las playas, que la brisa marina golpeaba con gentileza los rostros de los pobladores.

-Oh, el mequetrefe no se me va a escapar. Conozco a los de su calaña, irá por la playa a buscar un bote para esconderse en otra parte de Élide, seguramente en algún templo –se adelantó Filoctetes, corriendo a las playas usando su cosmos. Heracles intentó seguirlo, pero su pie se enredó con una prenda harapienta de color blanco, misma que levantó del suelo.

-Sí… es lo que un ladronzuelo cualquiera haría… -comenzó Heracles, mientras Anceo salía de la taberna intentando ayudar, solo que Heracles lo detuvo antes de que pudiera correr a auxiliar a Filoctetes-. Solo que no estamos tratando con un ladronzuelo cualquiera –apuntó Heracles al objeto que se le había atorado en las piernas, la misma túnica que solía vestir el niño harapiento que había entrado a vender flores en la taberna, y buscando por los alrededores, Heracles encontró a una niña de larga cabellera anaranjada, y que caminaba dignamente por las calles de Élide, revestida en un hermoso vestido anaranjado, brazaletes de oro, una gargantilla de oro, y sus uñas pintadas de anaranjado-. ¿Cuál es la mejor forma de despistar a quien persigue a un ladrón? Aparentar tener tanto dinero que no necesitarías robar. ¿Cuál es la segunda forma? Disfrazarte de algo que no eres, en este caso… -le explicó Heracles a Anceo, mientras caminaba apresurándose tras la supuesta chica-. Una chica, con un lindo traserito –se propasó Heracles, forzando a la niña a gritar, a darse la vuelta, y verse cara a cara con Heracles, descubriendo los bellos ojos anaranjados que le llamaron la atención dentro de la taberna- ¿Me devuelves la bolsa de monedas de mi amigo? –preguntó Heracles.

-De qué habla, pervertido –se quejó la chica, retrocediendo. Heracles y Anceo intercambiaron miradas de incredulidad-. Yo no tengo la bolsa de monedas de su amigo –insistió la chica, Heracles entonces tomó de la falda del chitón de la chica, la alzó, y recuperó el bolso de monedas de Filoctetes- ¡Oiga! –se apenó la chica.

-Voy a admitir que eres muy bonito chico. Pero te sobran algunas cosas, ya puedes dejar de pretender ser una mujer, no me engañas. Conozco perfectamente el cuerpo femenino, y el masculino –apuntó Heracles a los hombros del chico, que se apenó, y comenzó a caminar lejos de Heracles-. Oye, no he terminado contigo. Es grosero robarle a la gente –comentó Heracles. El chico lo ignoró y comenzó a caminar a paso más apresurado. Heracles miró a Anceo y le mostró su mano negra, Anceo comprendió, y usó su cosmos para adelantarse y pararse frente al chico, cortando su huida- ¿A qué le temes, Anfímaco? ¿Es por lo de derrocar el reinado de los Moliónidas? –preguntó Heracles, sorprendiendo al chico.

-¿Cómo es que sabe mi nombre? –preguntó el chico. Heracles metió su mano en su bolsillo, y sacó una lista con 12 nombres, ya traducidos gracias a Filoctetes. El último de los nombres en la lista, era el de Anfímaco- ¿Qué significa eso? –preguntó el chico.

-Que si contamos a los signos en orden. Tu vendrías siendo el Futuro Caballero Dorado de Piscis… creo… -comentó Heracles, Anfímaco lo miró con incredulidad-. Escucha, acosos aparte. Fui enviado a enseñarte, y a asegurarme de que te convertirás en un excelente Caballero Dorado. Así que… ¿qué problema tienes chico? ¿Tiene que ver con la razón de que te vistas de mujer? –preguntó Heracles, intentó tocar a Anfímaco para acariciar su cabeza e intentar ayudarle a tranquilizarse, pero Anfímaco le golpeo la mano a un lado.

-No me toque –se quejó Anfímaco, se dio la vuelta, y comenzó a caminar lejos de Heracles-. Y déjeme en paz… -finalizó Anfímaco, empujó a Anceo a un lado, y continuó con su camino, ignorando a todos a su alrededor.

-Es lindo, y bastante femenino. Pero tiene una actitud bastante preocupante. ¿Será Semidios? –preguntó Anceo, refiriéndose a la falta de empatía. Heracles movió su cabeza en negación- ¿Vamos a seguirlo? Me parece que el chico es solo un ladronzuelo. No veo algo especial en él, ni siquiera tiene un cosmos muy poderoso –le comentó Anceo.

-Ah, muchas veces el cosmos no tiene por qué ser poderoso, sino más bien, utilizado de la forma correcta –apuntó Heracles a una rosa anaranjada que crecía en el concreto, misma que Anceo se agachó para poder ver bien-. Será fácil de encontrar, tiene un aroma inconfundible, y venenoso, pero inconfundible, a fin de cuentas. Lo primero… es definir de qué lado de la guerra contra los Moliónidas que me mencionaste, deberíamos de estar –comentó Heracles. Anfímaco a la distancia, se detuvo por unos instantes, lo que no pasó desapercibido por Heracles-. Tengo cuentas pendientes con los Moliónidas… Quinto Trabajo, Limpiar los Establos de Augías –prosiguió Heracles, Anfímaco se dio la vuelta para verlo con molestia-. Le juré al Rey Augías que volvería para destruirlo a él, y a toda su estirpe familiar, por negarse a pagarme con la parte de su ganado sagrado que me había prometido, y por expulsar a su hijo y mi amigo, Fileo, por defenderme en un juicio. Así que, a menos que quieras que cumpla esa promesa, mejor me dices cuál de los Moliónidas es tu papá, y me das razones para no tener que matarlo… -se cruzó de brazos Heracles. Anfímaco se mordió los labios, y sus ojos se llenaron un poco de lágrimas.

-Ow… no fuiste muy empático que digamos… pobre cachorrito… -comenzó Anceo. Heracles le dirigió una mueca de descontento-. ¿Qué? No soporto ver a los perritos llorar, ni a los niños bonitos… -admitió el Argonauta.

-No tengo nada que hablar con… -intentó defenderse Anfímaco, cuando de pronto se escandalizó, y corrió frente a Heracles, tomándolo de la mano, y colocando la misma contra su cintura-. Sígame el juego, y le diré todo lo que desea saber. Son tres de plata el servicio, una de oro y soy tuya toda la noche guapo… -comenzó Anfímaco, Anceo abrió su boca en señal de sorpresa por lo que estaba escuchando. Heracles se concentró en los alrededores, tratando de comprender lo que estaba ocurriendo-. ¿Qué dices grandote? –agregó Anfímaco, con su ceja temblándole de la vergüenza y el coraje.

-No sabes ni cuánto valen los Efebos y las prostitutas… -susurró Heracles, Anfímaco comenzó a desesperarse por el miedo y la preocupación-. Dos de bronce, comienzas con un masaje, terminamos con algo de carnita. Si me complaces, te ganas una de plata, dos si me complaces en mis fetiches por las patas –le siguió el juego Heracles, aunque Anfímaco se sintió insultado, asqueado, y repugnado, pero por el miedo, se acercó más a Heracles hasta abrazarlo.

-Ya tienes con quien pasar la noche grandote –se dejó abrazar Anfímaco, ocultando su rostro contra el pecho de Heracles, quien no tardó en encontrar a la persona de la cual Anfímaco estaba huyendo o escondiéndose, un joven de tez morena, vestido en una túnica azul con bordados de oro, por lo que seguramente era algún Príncipe de Élide, incluso llevaba una capa blanca, que lo hacía verse ridículo, ya que no tendría ni 13 años, pero se vestía como si gobernara la misma Élide. Poseía cabellera negra y enchinada, y una mirada de ojos azules pálidos, que dirigió a Anfímaco, quien se abrazaba más de Heracles.

-Oye, la prostitución es ilegal en Élide –comenzó el chico. Al escuchar su voz, Anfímaco se asustó, Heracles lo notó-. Si no quieres que envíe a la guardia de Élide tras de ti, será mejor que te olvides de pasar esa linda noche –le espetó con desdén el chico.

-Príncipe Talpio, por favor, tenemos cosas más importantes de las cuales preocuparnos –le comentó un Caballero de Plata, de cabellera rosada y ojos azules. Heracles se sorprendió de ver a un Caballero de Plata asignado a Élide-. Mi señor visitante, voy a tener que pedirle que desista de sus actos, y deje la ciudad cuanto antes. Élide ya no es la ciudad prospera que tanto amaban los visitantes. Son tiempos difíciles –le informó el Caballero de Plata.

-¿Entonces los rumores de una guerra inminente son ciertos? –preguntó Anceo, observando al Caballero de Plata, quien le dirigió una mirada de preocupación- Anceo, Argonauta de Pardus. Se supone que los Argonautas nos unamos a los conflictos bélicos para detenerlos. No veo provocación en territorios ajenos a Élide. Solicito hablar con tu rey –pidió Anceo. El Caballero de Plata se retrajo, preocupado.

-No tenemos tiempo para esto, Agástenes –se quejó el Príncipe Talpio-. Tenemos que encontrar a Anfímaco, y tomar nuestro respectivo lugar al lado de nuestros padres. Eso es más importante que la guerra, o que una prostituta activa en plena luz del día. Nos vamos, Agástenes… -ordenó Talpio. Agástenes miró entonces en dirección a Anfímaco, quien sintió la mirada y se preocupó. Agástenes pareció reconocer algo, Heracles lo notó y miró a Anceo, quien le regresó la mirada y asintió. Agástenes por su parte, sudó frio al sentir el cosmos de Anceo elevarse.

-El trabajo de un Caballero de Athena… es el hacer la guerra mediante la sabiduría… no la brutalidad… -susurró Ágastenes, sus palabras aparentemente dirigidas a Anfímaco, quien bajó la cabeza, apenado-. Sin embargo… a falta de Athena… los príncipes y reyes solo podemos obedecer a nuestros reinos. No es nada personal, señor Argonauta, pero si no deja Élide por las buenas, y descubro que sigue en la ciudad al día de mañana, me veré obligado a sacarlo de Élide… -finalizó Ágastenes, y se retiró siguiendo a su príncipe. Heracles y Anceo intercambiaron miradas nuevamente, y dirigieron las mismas a Anfímaco.

Afueras de Élide.

-¿Agástenes? No me suena. Debe ser un nuevo recluta o algo así –caía la noche en Élide. Filoctetes se había reunido con Heracles, y viajaba sobre la carreta con Pegaso conduciéndola él mismo, y llevando a Anceo, a Agapenor, y a un entristecido Anfímaco, quien se abrazaba las piernas con incomodidad y vergüenza, mientras Anceo y Agapenor lo miraban curiosos desde el otro lado de la carreta-. Lo que sí es verdad, es que los Caballeros de Athena no somos exactamente unidos en estos momentos. No conocía a Cetus siquiera –aceptó Filoctetes.

-Curiosamente, las historias de Filoctetes de Sagita sí que son reconocidas –le respondió Agapenor, quien al parecer era de muy pocas palabras, pero por fin se había dignado a hablar-. Yo tampoco conozco a ese tal Agástenes, pero sé qué armadura viste. La Armadura de Plata del Triángulo, una de las tres Armaduras Zodiacales que fueron asignadas a Élide. Otra de esas armaduras, es la Armadura de Bronce del Delfín y, por último, se sabe que Teseo envió la Armadura Dorada de Piscis a Élide. Algunos piensan que fue como tributo, ya que se desconoce que algún Príncipe de Élide posea las estrellas para vestir a Piscis –aclaró, mirando a Anfímaco, quien se viró para darle la espalda a Agapenor.

-¿Ah sí? –comenzó Heracles, caminando hasta atrás del carromato tirado por Pegaso- Déjame ver si recuerdo la estirpe de Élide. La primera vez que estuve en Élide, gobernaba Augías, quien tenía los rebaños más extensos y envidiables de toda Hélade, pero unos establos tan cochinos, que Euristeo encontró divertido mandarme a limpiarlos –les recordó Heracles, quien miraba a Anfímaco en todo momento mientras caminaba detrás del carromato- Augías tenía un hijo, Fileo, que me defendió en un juicio tras mi Quinto Trabajo, testificando en contra de su propio padre. Por el coraje, Augías lo desterró, y terminó viviendo en Duliquio –continuó Heracles, frotándose la barbilla, Anfímaco le prestaba toda su atención-. También era hijo de Augías un tal Agástenes, pero a ese no lo conocí, creo que nació mucho después de que yo me fuera de Élide –aclaró él.

-El Agástenes que viste a la Armadura de Plata del Triángulo, no era muy viejo –comentó Anceo-. Tendría a lo mucho unos 16 años. Dos años mayor a nuestra bella Anfímaco –se burló Anceo. Anfímaco le dirigió una mirada de desprecio-. Tengo entendido que los Caballeros de Athena son todos Príncipes o Reyes. Eso significa que estamos hablando del mismo Agástenes –aseguró él.

-Sí, todos los Caballeros de Athena son príncipes o reyes de algún reino. Pero se supone que abandones tu reino para servir a Athena –les comentó Filoctetes, ganando la atención de los presentes, quienes lo miraron con curiosidad-. ¿Qué? Yo solía ser el Príncipe de Melibea. Renuncié al trono para convertirme en Caballero de Plata –les informó él.

-Es verdad que se exigía a los Caballeros de Bronce y Plata renunciar a sus derechos de gobernanza para poder vestir una Armadura Zodiacal. Yo también renuncié al gobierno de Cos –les informó Agapenor-. Pero cuando Teseo se convirtió en Rey de Atenas, volvió a regresarle ese beneficio a quienes lo solicitaran. No es mi caso, he vivido más tiempo fuera de Cos que en Cos. Así que hay una extraña combinación de herederos y no herederos. Aunque los Caballeros Dorados, ellos siempre serán Príncipes o Reyes. Es la regla –terminó Agapenor, Anfímaco desvió la mirada, como evadiendo aquella parte de la conversación, Heracles lo notó.

-Entonces… Agástenes bien podría haber reclamado el trono de Élide, pero no lo hizo… -dedujo Heracles-. En su lugar, llamaba Príncipe a Talpio. Lo que significa que, al menos para Agástenes, él prefiere ser únicamente un soldado, lo que tiene sentido. La forma en que nos habló… era como si su responsabilidad de Caballero de Plata, estuviera por encima de la responsabilidad a Élide –dedujo Heracles.

-Se les pide a los Caballeros de Bronce y Plata abandonar su nacionalidad porque deben jurar lealtad a Atenas –aclaró Filoctetes-. No puedes ser un Caballero de Athena mientras tu reino está en guerra con Atenas. Por eso todos renunciamos a nuestros reinos. Los Caballeros Dorados por su parte, son la forma de mantener la paz en Hélade. Si se condecoran a grandes reyes de dorado, y juran lealtad a Atenas, hay paz en Hélade. Así es como funciona –resumió Filoctetes.

-Entonces convengamos que Augías desterró a uno de sus hijos, y el otro se convirtió en un Caballero de Plata que juró lealtad a Athena… eso básicamente significa que Augías no tiene herederos –dedujo Heracles-. Además, ya debe estar viejo, su garrote no funciona como antes. Así que, ¿qué pasa cuando un rey no tiene herederos? –preguntó Heracles.

-Su hermano que sí tiene herederos le arrebata la corona –comenzó Anfímaco, por lo que Heracles sonrió-. Áctor… el hermano de Augías… tuvo dos hijos… aunque… realmente Áctor es el padre putativo. Legítimamente, Áctor tampoco tiene hijos –admitió Anfímaco, lo que fue una sorpresa para todos los presentes.

-Y cómo podrías saber tú, Anfímaco… –continuó Heracles, sonriente-. Que Áctor, el hermano de Augías, no es el padre legítimo de sus herederos. ¿Quiénes son los herederos de Áctor? ¿Quiénes son los hijos putativos de Áctor? –le preguntó Heracles. Anfímaco infló sus mejillas por la molestia.

-Usted ya sabe la respuesta, solo quiere que yo le diga cómo sé que Áctor no es el padre legítimo de los Moliónidas –se molestó Anfímaco. Heracles asintió, ya sabiendo la respuesta-. Áctor… estaba casado con Molíone. Ella tuvo gemelos, los Moliónidas –les explicó Anfímaco. Heracles asintió-. Pero solo uno de los Moliónidas se parecía a su padre físicamente –continuó Anfímaco, Filoctetes bufó con molestia-. La verdad es que… una noche, mientras Molíone paseaba por la playa… un águila blanca se acercó demasiado… y… bueno… Molíone no dejaba de decir que esa águila era Poseidón –les comentó Anfímaco.

-Y dale con los Dioses convirtiéndose en animales y haciendo porquerías… -se molestó Filoctetes-. Déjame adivinar cómo sigue la historia. El águila blanca, que es Poseidón, termina su travesura, y de pronto, el Príncipe Áctor pasaba por allí, ve a su esposa semidesnuda, y piensa que lo está cortejando. Áctor le corresponde a su esposa, y ella queda embarazada con gemelos. ¿Voy bien? –se burló de la historia Filoctetes.

-Oye… -comenzó Anceo, divertido-. Eso me vuelve a mí, y a mi hijo Agapenor… en realeza de Élide… -dedujo Anceo, Heracles lo miró con incredulidad-. Creo que ya sé en qué bando de la guerra me tendría que quedar, pero mejor elijo el bando en el que vayas tú. Seguro más de media Hélade tiene algún parentesco con Heracles –se burló Anceo.

-Bueno… hubo una muchacha en Élide… se llamaba Agameda, le decían la rubia… no sé quién era, pero era muy bonita… -comentó Heracles, Anfímaco le dirigió una mirada de molestia a Heracles-. ¿La conociste? –preguntó Heracles, descubriendo la mirada de molestia.

-Era la hija de Augías… que tomaste cuando realizabas el Quinto Trabajo… Augías la desterró junto a Fileo… -resumió Anfímaco. Heracles se apenó por aquello-. Escuché que tuvo un hijo –lo miró Anfímaco de forma acusatoria.

-Eso te vuelve realeza de Élide, mi estimado amigo Heracles –se burló Anceo-. Y responsable de que Augías se haya quedado sin herederos. Velo de esta forma, por tú culpa desterraron a Fileo y a Agameda, y el ultimo hijo de Augías se convirtió en Caballero de Plata… lo que significa que Augías tuvo que entregar el trono a su hermano Áctor –resumió Anceo.

-Y van a decirme que los Moliónidas nacieron de un huevo… -comenzó Filoctetes, Anfímaco le dirigió una mirada de sorpresa, lo que fastidió nuevamente a Filoctetes-. ¿De qué color era el huevo? ¿Blanco o negro? –preguntó.

-De hecho, era un huevo de plata –le respondió Anfímaco. Filoctetes tuvo que admitir que al menos esa parte de la historia era más original-. Del huevo nacieron los actuales príncipes de Élide, quienes son los Moliónidas. Primero está Éurito, quien nació con cabello rosa, y rostro horrible. Y después está Ctéato… de cabello anaranjado… como el mío… -se abrazó las rodillas Anfímaco.

-Ajá, entonces ya sabemos quién es el padre de Anfímaco. Eres el hijo de Ctéato de los Moliónidas –dedujo Heracles, Anfímaco asintió-. Y el Príncipe Talipo… él debe ser el hijo de Éurito… lo que lo hace tu primo –prosiguió Heracles. Anfímaco asintió nuevamente-. Y tienes casi la misma edad de tu tío Agástenes. Armé el rompecabezas –se enorgulleció Heracles.

-Pero si eres el Príncipe de Élide. ¿Por qué te disfrazabas como un mendigo que vendía flores? ¿Por qué te vistes de mujer para pasar desapercibido de tu primo y tu tío? –le preguntó Anceo. Para sorpresa del grupo, se le veía genuinamente preocupado por Anfímaco.

-Porque Élide está por ir a la guerra, y pretenden que me una a ella a la fuerza –le respondió Anfímaco-. Hace tiempo, antes siquiera del Quinto Trabajo de Heracles, los Moliónidas fueron a la guerra contra Pilos –les informó Anfímaco, lo que no era del conocimiento de los presentes-. Mi padre Ctéato y mi tío Éurito, tenían 14 años. Y eran los generales de los ejércitos de Élide que enfrentaban al Rey Neleo de Pilos y al Príncipe Néstor. Ambos casi mueren enfrentando a Néstor, pero se dice que Poseidón los salvó y expulsó a Néstor y a su padre Neleo de Pilos –les comentó Anfímaco, aunque no sabía si decir más, pero mirando a Heracles, por alguna razón, decidió agregar más a la conversación-. Se supone… que Talpio se convierta en el Caballero de Bronce del Delfín… que Agasténes lidere como el Caballero de Plata de Triangulo… y que yo… el arma definitiva, me convierta en el Caballero Dorado de Piscis… -admitió Anfímaco-. Nuestros padres quieren que nos convirtamos en los próximos Generales de Élide, y que les ayudemos a conquistar a Hélade, junto al Monstruo de los Moliónidas –terminó Anfímaco, se puso de pie, y saltó del carromato, comenzando a correr en dirección a un templo de Atenea a las afueras de la ciudad, un templo rodeado de flores anaranjadas.

-Yo voy por él –comentó Heracles, mientras Filoctetes detenía a Pegaso, y lo amarraba fuera del templo. Nadie siguió a Heracles, solo miraron a Anfímaco correr dentro del Templo de Atenea, desesperado, asustado. Heracles siguió a Anfímaco, quien se detuvo en la entrada del templo, como si no se atreviera a entrar al mismo, por lo que Heracles llegó para posarse a su lado.

-¿Moly? ¿Eres tú, Moly? –escuchó Heracles. En medio del templo recubierto de flores, se encontraba una mujer hermosa, aunque con la mirada perdida, como si su mente no estuviera del todo bien, y viviera en su propio mundo de flores y cosas hermosas- Mi hermosa Moly…allí estás… -sonrió la mujer de forma perturbadora, al menos en un principio, ya que sus ojos se desorbitaron por la ira, cuando notó a Heracles parado al lado en la entrada del templo-. ¿Un hombre? ¿¡Qué hace un hombre aquí!? –gritó la mujer, un cosmos maligno comenzó a rodear su cuerpo, y el Templo de Atenea comenzó a temblar con fuerza- ¡Aléjate de mi hija! ¡Rosas Piraña! –gritó la mujer, materializando rosas negras de la nada, mismas que salieron disparadas en dirección a Heracles.

-¿Rosas qué? –preguntó Heracles, cuando sintió el poderoso cosmos dorado, y se vio forzado a elevar el propio, creando una barrera protectora a su alrededor, barrera de cosmos que flaqueó, por lo que Heracles fue lanzado fuera del Templo de Atenea-. ¿Qué acaba de pasar? –se preguntó Heracles, miró a su pierna izquierda, y esta quedó rodeada por la sangre de Neso- No necesitaba caminar de todas formas –se fastidió Heracles.

-No se mueva por favor… -corrió Anfímaco escaleras abajo, miró a la pierna de Heracles, y comenzó a buscar en su vestido-. Veneno de Centauro, muy poderoso, pero puedo removerlo cuando recién se genera… -le explicó Anfímaco, elevando su cosmos, y con este curando el pie de Heracles, quien se impresionó, igual que Filoctetes, quien llegaba junto a Anceo y a Agapenor a proteger a Heracles.

-¡Moly! ¡Entra a casa Moly! ¡Mamá se encargará de los malditos hombres que solo sirven para lastimar a los demás! –continuó la mujer, saliendo del Templo de Athena, con rosas rojas formándose a su alrededor, junto a una cortina de polen, y con una rosa blanca en sus labios.

-¿Ahora qué hiciste Herc? –materializó su arco y su flecha Filoctetes. La mujer observó a Filoctetes, y escupió la Rosa Blanca, que se clavó rápidamente en el pecho del de Sagita- ¡Ow! ¡Oye eso duele! ¡Arght! –se quejó Filoctetes, su cuerpo paralizado por la Rosa Blanca.

-Alto, nadie se mueva, resista por favor señor Filoctetes –pidió Anfímaco, mientras la rosa clavada en el pecho de Filoctetes comenzaba a succionarle la sangre-. Madre… los hombres malos ya aprendieron… no van a lastimarme… ¿me cepillas mi cabello? –preguntó Anfímaco. La ira en el rostro de la mujer se calmó, y su cosmos se apagó.

-Por supuesto, mi princesa hermosa… ven… mamá te cepillará esa hermosa cabellera tuya… tan hermosa… tan femenina… -le comentó la mujer. Anfímaco miró a Filoctetes, quien sufría tanto de dolor que saliva le caía por la boca por intentar resistirlo.

-Ya subo madre. ¿Podrías prepararme el baño? Mi cabello, está un poco seboso… -le pidió Anfímaco. La mujer, divertida, comenzó a subir de regreso al templo, mientras tarareaba una canción. Anfímaco inmediatamente bajó hasta llegar frente a Filoctetes, elevó su cosmos, y tomó la Rosa Blanca del tallo-. Va a doler… pero no grite, que mi madre podría molestarse… -declaró Anfímaco, y antes de que Filoctetes pudiera quejarse, ya había arrancado la rosa, por lo que Filoctetes, adolorido, terminó tumbado en el pasto-. Le dije que iba a doler. La Rosa Sangrienta se encaja directamente en los nervios. Todo su cuerpo debe estar sintiendo un shock eléctrico –le aclaró Anfímaco.

-Unght… ¿quién es la loca? –preguntó Heracles. Anfímaco se cruzó de brazos, molesto- Perdón… ¿qué le ocurre a tu madre? ¿Por qué odia tanto a los hombres? No me digas que, por su forma de ser, es que te vistes como te vistes –dedujo Heracles.

-Su nombre es Teronice, y es mi madre, además de una Centaurina, por eso conozco el veneno que tiene pegado en el cuerpo. Es veneno de Centauro, se hace con sacrificios muy peligrosos que no deben siquiera mencionarse –le explicó Anfímaco, escuchando la canción de su madre desde los interiores del Templo de Atenea-. Mamá fue violada por mi padre Ctéato, desde entonces odia a los hombres. Cuando nací, intentó matarme por haber nacido varón, pero Ctéato la detuvo. Soy muy importante para mi padre, porque nací en la misma Luna de mi madre, la Luna de Piscis –le explicaba Anfímaco-. Como hijo de una Centaurina, poseo conocimientos de venenos como el que le corre el cuerpo. Solo existe en individuos cuya sangre ha sido tratada para ser venenosa. Existe en mi madre, por eso mi padre no quiere matarla. Mamá posee una sangre venenosa que mi padre quiere explotar para convertirme en el Caballero Dorado de Piscis… el problema es que… para convertirme en un Caballero de Piscis, tengo que cumplir con un ritual, que termina con la vida de mi madre… requiriendo que mi sangre, sea aún más venenosa que la suya… y no voy a matar a mi madre… -espetó Anfímaco.

-El Ritual de la Sangre de los Caballeros de Piscis –comentó Agapenor, acercándose con cuidado-. Ya todo va tomando sentido. Como Centaurina, tu madre tiene la sangre envenenada de los Centauros, y tu padre Ctéato, tras apoderarse de la Armadura de Piscis, quiso tener un heredero que pudiera vestir esta armadura. Abusó de tu madre justo en el momento correcto, sabiendo que nacerías en la Luna de Piscis. Y como las Centaurinas tienen sangre envenenada, te obligó al ritual junto a tu madre. Por eso escapaste del Palacio de Élide. Porque sabías que, con la guerra que planean los Moliónidas, debes vestir la Armadura de Piscis. Al mismo tiempo, te vistes de mujer para que tu madre no te odie. Ella piensa que eres una niña de verdad. Huiste con ella para no tener que acabar con su vida y convertirte en el Caballero de Piscis. El Monstruo de los Moliónidas… eres tú… -dedujo Agapenor.

-¿Ahora lo entienden? –preguntó Anfímaco- No voy a convertirme en el General de los Moliónidas que asesinará a todos con su sangre venenosa. No voy a matar a mi madre por convertirme en el Caballero de Piscis. Y si tengo que renunciar a ser un hombre, para mantener a mi madre con vida, que así sea. Venderé flores, me vestiré de mujer, robaré sacos de dinero. Haré todo lo que tenga que hacer por mantener a mi madre con vida, y no convertirme en el Caballero Dorado de Piscis. Si ella quiere llamarme Moly, y pensar que soy su querida hija, que así sea. No pienso convertirme en Piscis –les apuntó Anfímaco con ira.

-¿Aún si eso significa que habrá guerra en toda Hélade? –le preguntó Heracles. Anfímaco se mordió los labios con ira- Escucha niño… yo entiendo –comenzó Heracles-. Pensar en que puedes vivir una farsa, bajo la ilusión de que todo está bien. Pensando únicamente en tu bienestar y en el bienestar de los que tienes a tu lado, mientras el resto, a quienes no conoces, que se pudran, ¿no es así? –le preguntó Heracles, Anfímaco no dijo nada, solo le dio la espalda-. En tierras de Augías… supongo que la historia que tenías que escuchar es, precisamente, la de Augías. Un rey que lo tenía todo. Un ganado tan extenso, y que se consideraba sagrado. Jamás tenía hambre porque su ganado simplemente crecía y crecía, su familia siempre estaba bien alimentada, nada le preocupaba. Pero el ganado pasta, y defeca, en ocasiones sobre los ríos, que van al agua que beben los pobladores, en este caso, de Élide. Ellos enferman, se sienten mal, la peste es inquietante, los mata de poco a poco, pero a Augías, solo le importaba su propio ganado. Ni sus pobladores, ni sus amigos. Mientras Augías tuviera el estómago lleno, que se pudran los demás, ¿verdad? –preguntó Heracles. Anfímaco bajó la mirada, sin saber cómo responderle- ¿Sabes quién le pidió a Euristeo que ayudara a la población de Élide? Fileo. Él viajó hasta Micenas, mientras Euristeo pensaba en qué tarea asignarme. Me dejó esperando para escuchar la historia de Fileo, yo estaba muy molesto. Pero cuando Fileo terminó de explicarle, Euristeo me volteó a ver y dijo: «viajarás a Élide, y limpiarás los establos de Augías. Ya han sufrido demasiado por el egoísmo de un rey». En un principio pensé que Euristeo solo quería ponerme a limpiar caca, pero… hay algo que tengo que admitir después de todos estos años –suspiró Heracles. Anfímaco se viró para verlo-. Euristeo era muchas cosas… un cobarde… un debilucho… un idiota… pero tenía un buen corazón… las cosas no terminaron muy bien entre nosotros, pero si me hubiera dado a la oportunidad, tal vez hubiéramos sido buenos primos… él… creo que genuinamente se preocupaba por el bien de Hélade. Y mi recompensa por palear caca, fue que Fileo intercediera por mí en contra de Augías, quien se negó a pagarme por mi trabajo. Yo pensé: «este fue el peor trabajo de todos, no gané nada», y me retiré furioso jurando volver y vengarme de la familia de Augías. Pero hubo alguien que perdió todo, y lo hizo con una sonrisa: Fileo. Perdió su herencia… perdió a su familia… perdió a su pueblo… lo perdió todo… porque él sabía, que era más importante hacer lo correcto… -terminó Heracles. Anfímaco se viró a ver la entrada del Templo de Atenea-. Ella no te recuerda chico… ella te odia… Moly no existe… -intentó razonar con él Heracles.

-Es mi madre… -lloró Anfímaco. Heracles se mordió los labios y asintió-. Sé que me odia… pero… yo no puedo hacerlo. Lo siento… si es por los Moliónidas… que se pudran… yo velaré por mí mismo… -finalizó Anfímaco, y regresó al interior del Templo de Athena.

-Tal vez fue la historia equivocada –se dijo a sí mismo Heracles-. Néstor tenía razón, esto de usar los 12 Trabajos para enseñar a los demás, no creo que esté funcionando del todo bien –admitió Heracles, y entonces escuchó las quejas de Filoctetes-. ¿Estás bien hermano? –preguntó él.

-Tu empatía necesita un retoque… -se quejó Filoctetes, mientras Heracles lo ayudaba a sentarse en el carromato de Pegaso-. Bien, contaste tu cuento. No sé si eso ayudará a Anfímaco, o Moly, como se llame, a convertirse en un Caballero Dorado. Lo que sí sé es que la Sibila nos dio una prueba. Derrocar el Reinado de los Moliónidas. Y estos están por iniciar una guerra, así que, yo creo que es obvio el bando en el cual nos vamos a posicionar –admitió Filoctetes.

-Pero Élide no ha iniciado hostilidades –comentó Anceo-. Sabemos que se están preparando, pero no sabemos cuándo van a ir a la guerra, ni contra quien. Solo sabemos que será pronto, ya que no estarían buscando a Anfímaco tan insistentemente si ese no fuera el caso –concluyó Anceo.

-Si Élide no inicia hostilidades, las iniciaremos nosotros –comentó Heracles, lo que el grupo no comprendió-. Le dije a Augías que iba a regresar para vengarme por el exilio de Fileo. Creo que va siendo hora de regresarle su reino –comentó Heracles.

-¿Estás de broma? Fileo fue desterrado, sin ejército. ¿Qué ejercito va a marchar contra los Moliónidas? ¿Nosotros? –preguntó Filoctetes, Heracles asintió- A ver, genio… -suspiró Filoctetes-. El Príncipe de Cos no tiene ejército, yo como príncipe de Melibea, no tengo ejército, y la última vez que revisé, estabas muerto, y tu trasero no estaba sentado en el trono de Micenas. Así que, ¿si ninguno de nosotros tiene un ejército, quien va a poner a los hombres para hacerle la guerra a los Moliónidas? –se preguntó Filoctetes.

-Néstor –fue la respuesta de Heracles. Filoctetes abrió sus ojos como platos, y se golpeó su propia frente por la molestia-. Si los Moliónidas quieren guerra. Vamos a traer a sus puertas a los dos guerreros que tienen cuentas pendientes con ellos. Heracles el guapo, y Néstor de Géminis –terminó Heracles, y comenzó a subir sobre Pegaso, esperó a que todos subieran al mismo, y resonó las riendas con fuerza, cabalgando a toda velocidad en dirección a Pilos, mientras un Anfímaco, con el cabello hecho trenzas, miraba a Heracles y su grupo retirarse.

Pilos. Palacio de Pilos. Sala del Trono de Pilos. (Una semana más tarde).

-Déjame ver si entiendo –en Pilos, Néstor, revestido en la Armadura Dorada de Géminis, se encontraba sentado en su trono, con Anaxibia a su lado, y dando de pecho a un pequeño bebé de cabellos café cremosos como los de Néstor-. Regresas, después de dos años, a Pilos, y no solo vienes sin Antíloco, a quien te recuerdo, prometiste regresarnos. Sino que vienes a pedir que ponga a mi ejército a tu disposición para atacar al Reino de Élide, con quien somos neutrales desde hace años –comentó Néstor. Por su mirada, era evidente que estaba cansado de tener que tratar con Heracles y sus tonterías, la misma mirada se reflejaba en el rostro de Filoctetes, incrédulo del plan descabellado de Heracles, mientras Anceo y Agapenor contaban el número de lanzas que tenían a su alrededor, ya que todo el ejercito de Pilos parecía haber invadido la sala del trono para mantener a Heracles vigilado.

-Sí, básicamente –respondió Heracles-. Pero no crea que se me ha olvidado lo de encontrar a Antíloco, mire, está anotado en mi lista de pendientes, debajo de un tal Patroclo, y por encima de un tal Aquiles, lo que creo que lo vuelve un Virgo –comentó Heracles. Néstor viró su rostro en dirección a Filoctetes, quien suspiró.

-Encontraremos a su hijo a su debido tiempo, su majestad –le comentó Filoctetes-. Mire, estoy casado con la Sibila de Delfos, y ella me ha dicho que no hemos dado con su hijo porque no es el momento, pero le aseguro que sí lo vamos a encontrar, y que se lo vamos a regresar. Este es el tercer año de 12 que se supone tengo que viajar con él reclutando Caballeros Dorados, así que… mínimo le puedo decir que no serán más de 9 años… -resumió Filoctetes, Néstor alzó una ceja en señal de descontento.

-Fil, no me ayudas, yo lo arreglo. Aunque el que hacía la diplomacia era Ificles, no yo –comentó Heracles, y miró directamente a Néstor-. Es por los Moliónidas. Tercer Prueba Dorada: Derrocar el Reinado de los Moliónidas. Estoy seguro de que alguna Prueba Dorada me va a llevar a con su hijo, pero no es esta… -le comentó Heracles.

-¿Los Moliónidas? –comenzó Anaxibia, Heracles sonrió por su intervención- Ellos… secuestraron a una Centaurina hace años… amiga mía… ¿tiene algo que ver? –preguntó Anaxibia, Heracles comenzó a hacer memoria.

-Oh, ¡Los Centauros! –se alegró Heracles, recordando, Néstor no lo comprendió, ni Filoctetes, ni nadie, parecía que Anaxibia y Heracles estaban en su propia conversación-. Conocí a una Centaurina en Élide. Cabello naranja, ojos naranjas, muy bonita, medio loca. ¿Cómo se llamaba? Tero… Teronica… Teoricrates… Teroni… -comenzó Heracles.

-¿¡Teronice!? –gritó Anaxibia, poniéndose de pie- ¿Sigue viva? Era mi maestra de hechicería, me enseñó a manipular el veneno con el que… -intentó decir Anaxibia, Heracles se aclaró la garganta, confundiendo a Anaxibia.

-Creo que… se está confundiendo con la maestra de una tal Hipodamía… quien era una Centaurina… en los tiempos de la boda de Piritoo de los Lapitas… ahem… eso creo… -fingió que le dolía la garganta Heracles, Anaxibia leyó el mensaje, y recordó cual era la vida que estaba viviendo-. Pero si por casualidad estamos hablando de la misma Teronice… sí… ella vive… y me queda claro que sabe sobre venenos… -amenazó Heracles, Anaxibia se retrajo un poco, y rio torpemente-. Está medio loca, pero está viva. No seguirá viva por mucho tiempo si Élide lleva a toda Hélade a la guerra con su arma venenosa secreta. ¿Comprende? Los Moliónidas tienen un monstruo terrible bajo sus servicios, y planean liberarlo en contra de Pilos. Sé que no le he regresado a su hijo, Rey Néstor… pero sin cosmos… no creo poder derrotar a ese monstruo yo solo… y si no lo derroto, no puedo llegar a la Prueba Dorada que me lleve a Antíloco -concluyó él.

-¿Y aquí es donde se supone que tengo que volver a confiar en ti? Renuncié a las almas de los Dioscuros y, por consiguiente, a la Exclamación de Athena, por ti –le apuntó Néstor con molestia.

-Pues gracias, me sirvió de mucho. ¿Quiere seguirme teniendo en deuda? Ayúdeme a ayudarlo. De todas formas, los Moliónidas ya lo vencieron una vez, ¿o no? –sonrió Heracles. Néstor se molestó, se puso de pie, y elevó su cosmos. Filoctetes se preocupó, y alistó su arco.

-Oh sí… esos tontos se burlaron de mí una vez. Se aprovecharon de que no tenía una Armadura Dorada, para enfrentarlos a ellos con sus bonitas Escamas –declaró Néstor, lo que fue un pedazo de información de la que el grupo no disponía-. Muy bien Heracles… si me ayudas a patearles el trasero a esos engreídos Generales de Poseidón que mantienen un bloqueo comercial en contra de Pilos… te daré el ejercito que necesitas, conmigo al frente –finalizó Néstor.

-¿¡Enserio!? –se molestó Filoctetes, mientras Néstor bajaba del trono, se paraba frente a Heracles, y le ofrecía su mano, misma que Heracles apretó con fuerza- ¿¡Enserio!? ¿Vas a volver a confiar en él? –preguntó Filoctetes en incredulidad, Néstor lo miró con extrañeza- Ya sé que estoy de su lado, pero. ¿¡Enserio!? Momento, ¿¡Los Moliónidas son Generales de Poseidón!? Ya, hagan lo que quieran, solo díganme a quien le disparo… -se quejó Filoctetes, mientras la alianza más extraña que jamás había imaginado, entre Heracles y Néstor de Géminis, se sellaba frente a sus ojos.

Élide. Mercados de Élide. (Una semana más tarde).

-¿Una pieza de plata por harina para pan? –en los mercados de Hélide, Anfímaco intentaba comprar algo de comida para él y su madre, cuando notó los elevados precios de los puestos en el mercado- Eso es ridículo. Ayer pagué dos monedas de cobre por harina para pan. ¿Por qué de ayer a hoy los precios de quintuplicaron? –recriminó Anfímaco.

-¿No lo sabes? –le preguntó la panadera de los mercados, preocupada- Supongo que no hay forma de que una niña como tú lo sepa. Vienes del exterior, lo que me recuerda que debes estarlo pasando bastante mal al no poder salir por el sitio –agregó la panadera, entristecida, tomó las piezas de cobre, y le entregó a Anfímaco un saco con harina-. Te cobraré lo de siempre esta vez pequeña, por las molestias. Pero a partir de mañana tendré que mantenerme firme con los precios, ya que se prevén días de bastante escases –admitió la señora, recogiendo sus cosas del puesto del mercado, y subiéndolas a la carreta más cercana.

-¿Ya va a cerrar? Pero si no ha caído el medio día todavía –se sorprendió Anfímaco, notando además que los demás puestos de mercado comenzaban a levantar sus cosas-. ¿Qué está pasando? –se preocupó Anfímaco, notando entonces que varios soldados corrían a los interiores del mercado, y se dirigían rápidamente a las murallas.

-¡Arqueros en posiciones! –gritaba alguien con una voz familiar para Anfímaco, quien se viró para ver a Talpio, su primo, revestido en una Armadura de Bronce de color azul, y cargando un tridente de agua en sus manos, mientras ordenaba a los soldados de Élide, que eran mayores que él-. Si los hombres de Pilos piensan que van a doblegarnos, entonces no conocen a los arqueros de Élide, ni al Caballero de Bronce, Talpio del Delfín –se apuntó a sí mismo Talpio, liderando a sus hombres a las murallas.

-Anfímaco –comentó alguien, escandalizando a Anfímaco por haber sido descubierto, y cuando se viró a ver al dueño de la voz que le hablaba, encontró a Agástenes del Triángulo, su tío, detrás de él-. Es peligroso que te quedes aquí. Todavía hay tiempo de que te escabullas por la puerta del norte. Pero debes salir ya –le pidió Agástenes.

-¿Cómo me descubriste? –preguntó Anfímaco, sorprendido- No… más importante. Si sabes que soy yo, ¿por qué no se lo dijiste a mi padre? –preguntó Anfímaco con curiosidad, mientras retrocedía asustado por lo que Agástenes pudiera hacer.

-Soy un Caballero de Athena. Mi deber es a con mi diosa, no a con mi patria –le comentó Agástenes a Anfímaco-. Pero estamos sitiados. Los hombres de Pilos se reunieron alrededor de Élide sin que hubiera alguna provocación. No sé cómo descubrieron los planes de guerra de los Moliónidas, pero nos agarraron desprevenidos. Así que egoístamente, he elegido salvar a una parte de mi patria. Sin el Caballero de Piscis, el arma secreta definitiva de los Moliónidas, no creo que Élide llegue muy lejos en una guerra. Pero… si al menos uno de los Príncipes de Élide sobrevive, supongo que Élide estará en buenas manos –comentó Agástenes, pero Anfímaco lo detuvo, tomándolo de la mano.

-¿¡Estás de broma!? –se molestó Anfímaco, furioso- ¡Padre sabe que iniciar una guerra sin el Caballero de Piscis para envenenar a sus rivales, es una locura que terminará con la vida de muchos en Élide! ¡Los Eleos no son un pueblo bélico! ¡Somos pacíficos! ¡No estamos hechos para la guerra! ¡Se supone que no se atreverían a iniciar una guerra, sin que yo vistiera a Piscis! –le recriminó Anfímaco, desesperado.

-Creo que te sobrestimaste demasiado, Anfímaco –le respondió Agástenes, preocupando a Anfímaco-. Los Moliónidas harán la guerra con o sin el monstruo que presumían tener. Pero esta guerra nada tiene que ver contigo, ¿no es así? –le preguntó Agástenes. Anfímaco se deprimió por sus palabras-. La puerta del norte se cierra dentro de poco… vete… es la puerta por la que se está evacuando a Élide… -le comentó Agástenes. Anfímaco lo pensó, no sabía qué hacer, pero de pronto la mirada de Agástenes se llenó de preocupación- ¡Vete! ¡Te he dicho que no se permiten prostitutas en Élide! –agregó Agástenes furioso, e incluso abofeteó a Anfímaco, derribándolo en el suelo, y dejándolo tendido y confundido.

-Oh vamos, Agástenes, no seas tan duro con la pequeña –escuchó Anfímaco, y un miedo indescriptible comenzó a rodearlo, mientras un hombre inmenso, como una especie de gigante entre los hombres, quien medía unos tres metros de altura, con el cuerpo musculoso, el rostro lleno de arrugas, poseyendo ojos anaranjados como los de Anfímaco, y una cabellera corta, pero que llevaba peinada hacia atrás dando un efecto de ser un poco más larga de lo que realmente era, se posaba frente a Agástenes, en una reluciente Escama de Poseidón-. Reporte Agástenes –ordenó el hombre.

-Mi General, Ctéato de Lymnades, señor –saludó Agástenes de forma militar-. Los hombres de Pilos, al mando de Néstor de Géminis, han rodeado nuestras murallas. Lo hicieron por la noche, señor, sin provocación de ningún tipo –le explicó Agástenes. El hombre, Ctéato, el padre de Anfímaco, asintió con interés.

-Tenemos confirmación visual de que un Argonauta está del lado de los hombres de Pilos, tío Ctéato –comenzó entonces Talpio, quien pese a ser muy joven para liderar a un ejército, estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera posible-. Aparentemente hay dos Caballeros de Plata también entre sus filas. No sabemos sus nombres, pero sus Armaduras de Plata son las de Sagita y Cetus –le informó Talpio.

-Ese es mi muchacho –llegó otro General Marino de Poseidón a reunirse con el grupo. Anfímaco, asustado y nervioso de que llegaran a reconocerlo, gateó por el suelo hasta pegar su espalda a la muralla de roca, mientras el General Marino recién llegado, de piel sumamente arrugada, de cabellera abundante y rosada, y con su barba repleta de bello facial del mismo color, admiraba a su hijo Talpio-. A tú edad, tu tío y yo luchamos contra el Rey Neleo de Pilos, y contra ese tonto de Néstor. Éramos jóvenes, e inexpertos, el joven Néstor casi nos mata. Pero lo que no te mata, te hace más fuerte. Esta vez, no le va a ser tan sencillo –admitió el General de Poseidón.

-Mi General, Éurito de Scilla, señor –saludó Agástenes militarmente-. Los ejércitos de Pilos solo están acomodados frente a la puerta del sur, y la puerta del oeste, señor. Casi pareciera que están permitiéndonos evacuar antes de iniciar las hostilidades, señor –terminó su resumen.

-¿Permitiéndonos evacuar? Ningún soldado que se valore realizaría acto tan estúpido –Se fastidió Éurito-. Pero si los estúpidos de los invasores piensan que nosotros vamos a ser igual de condescendientes con ellos, están muy equivocados. Vamos hermano… los Moliónidas seremos los que lideraremos la defensa de Élide. Los tontos están por descubrir, que actuando juntos somos invencibles –sonrió el de Scilla, retirándose junto a su hermano Ctéato, quien dirigió una mirada de curiosidad a Anfímaco. Talpio también miró en dirección a Anfímaco, y pareció reconocerlo, pero entonces se frotó los ojos, y decidió seguir a los Generales Marinos. Agástenes se quedó atrás por unos instantes, viró su rostro a ver a Anfímaco, y suspiró.

-Vete… esta no es tu guerra… -ordenó Agástenes, mientras se dirigía a la salida del oeste. Anfímaco pensó en todo lo que estaba ocurriendo, pensó en todos los soldados que estaban a punto de partir a la guerra y, desesperado por descubrir a caras conocidas entre ellos, Anfímaco huyó una vez más.

Campamentos de Pilos. Tienda del Rey Supremo.

-Muy bien. El sitio alrededor de Élide se alzó con la velocidad y la precisión esperada. Ahora solo debemos esperar a la evacuación de la ciudad, y pondremos en marcha nuestro plan –les comentó Néstor de Géminis a Heracles, Filoctetes, Anceo, y Agapenor, todos esperando instrucciones-. Los ejércitos de Élide realmente no son tan impresionantes. Sus números no son muchos, y su entrenamiento, dista de otros como los guerreros de Esparta. Sus murallas tampoco es que sean, tan impresionantes. El verdadero problema, son los Moliónidas, ambos Generales de Poseidón, manipuladores del cosmos, muy habilidosos. Además de que no podemos negar la posibilidad de que su arma secreta, el monstruo, esté en sus filas. ¿Qué sabemos de eso? –preguntó Néstor, mirando a Heracles fijamente.

-No mucho, hasta donde sé el muchacho no pretendía unirse a una guerra. Pero probablemente el ver a Élide sitiada lo haya hecho cambiar de opinión –le informó Heracles, mirando al mapa que Néstor había desplegado en la mesa frente al grupo-. El Templo de Atenea donde el muchacho se refugia con su madre está a las afueras, por la salida del oeste, siguiendo este camino hasta casi llegar a las costas. La madre del chico, Teronice, vive allí. Tal vez deberíamos asegurarlos –sugirió Heracles, Néstor pensó al respecto.

-Teronice es inofensiva –escuchó el grupo a un recién llegado. Un hombre delgado, aunque ligeramente fornido, de cabellera rosada que llevaba atada en una pequeña coleta, barba profunda muy bien afeitada, y de ojos azules. Vestía una túnica anaranjada que acompañaba con un par de brazaletes dorados. A su lado se encontraba también un Caballero de Plata, joven, probablemente de unos 14 años, de cabellera rosada, y de ojos azules. Su armadura de plata era un poco morada, y cargaba al hombro una guadaña que Heracles conocía muy bien-. Si la dejan sola no lastimará a nadie. Pero el solo ver a un hombre detonará en un odio tan grande que podría matarnos a todos. Teronice está en un estado mental tan inestable, que solo piensa en su supuesta hija Moly –les explicó el recién llegado. Néstor se viró a ver a Heracles con curiosidad.

-Los presento. Néstor de Géminis, el Rey Supremo de esta empresa, mi mejor amigo Filoctetes, ese es el Argonauta Anceo de Pardus, y su hijo Agapenor de Cetus –comenzó Heracles, Néstor reverenció, le siguieron el resto en la tienda del Rey Supremo-. Y él es Fileo, el hijo del anterior Rey de Élide, Augías. Vive actualmente en la ciudad de Duliquio junto a su hijo aquí presente, Meges, el Caballero de Plata de Bootes. Yo mismo le di la armadura –sonrió Heracles.

-¿Bootes? –se preguntó Filoctetes, y después miró a Heracles con molestia- Tu hermano Ificles tenía razón, te hiciste con las Armaduras de Plata de Bootes y de Perros de Caza que permanecían en el Templo de Zeus Liceo, ¿no es así? –se molestó Filoctetes, sacó pergamino y carbón, y realizó sus anotaciones.

-¿Y qué tiene? Oye, para que lo sepas, la mayoría de las Armaduras de Athena, o las he entregado yo, o directamente tengo que ver con el mito que las creó. Hola, 12 Trabajos para revivir a las Armaduras Doradas. Dime si no tengo derecho de condecorar a quien me venga en gana –se fastidió Heracles, Filoctetes intentó hablar, pero se quedó sin argumentos-. Ahora que ya todos definimos que tengo la autoridad de entregar la armadura que me venga en gana a quien me venga en gana. Fileo viene con tropas, y las prestará a nuestro servicio si le entregamos el trono de Élide –declaró Heracles.

-Que bajo mi mando será justo, y por siempre agradecido con Néstor de Géminis y Pilos, a quien rendiremos tributo. Élibe sigue teniendo los ganados de Augías. La mitad serán suyos, igual que la mitad de los nuevos becerros y ovejas nacidas en Élide, además de restitución económica, lo he calculado todo –le mencionó Fileo, entregando un pergamino a Néstor, quien leyó el mismo-. Encontrará que mi contabilidad es la más justa –aseguró Fileo.

-Ah, no soy bueno con los números, lo mío es la sabiduría, no la matemática. Pero me parece un trato justo, no lo niego –admitió Néstor, ofreciendo su mano a Fileo, quien estrechó la misma-. Entonces es hora de partir el trasero de sus primos, Rey Fileo. Si Teronice no es una amenaza, entonces no dispondremos recursos para proteger el Templo de Atenea. ¿Tiene lanzas suficientes para apoderarse de una de las 4 puertas de Élide? –preguntó Néstor.

-Tres puertas realmente –agregó Fileo con una sonrisa-. La puerta del este es una puerta acuática, que en estas fechas está inundada, solo se usa durante las mareas bajas, y han sido tiempos de abundancia pesquera, por lo que está actualmente sumergida –le explicó Fileo, Néstor se frotó la barba, interesado en aquello-. La puerta del norte es la que se está utilizando para la evacuación, lleva a los muelles de Élide, y está enteramente dedicada al comercio marítimo, así que no está militarizada. Supuestamente, no tenía que ser militarizada por un supuesto cierre comercial a Pilos, que Augías nunca se atrevió a concretar militarmente –sonrió Fileo.

-¿Quieres decir que el hijo de Afrodita me engañó y los mares estaban desarmados? Ese hijo de… -se molestó Néstor, Fileo movió su cabeza en negación-. Bueno ya, ¿está militarizado o no? –se quejó Néstor.

-La puerta del oeste sí, pero Élide mantiene relaciones comerciales con Ítaca por la puerta del norte. Si rodeaba a la isla de Ítaca, no hubiera encontrado resistencia militar –le informó Fileo. Néstor se tomó del rostro, y se estiró el mismo con molestia-. A lo que quiero llegar, es a que Élide jamás ha sido una potencia militar. No tiene recursos para mantener un bloqueo marítimo de semejantes dimensiones, y por la misma razón, no tiene tantas tropas como sus 4 puertas pudieran aparentar. Así que concentrarán sus esfuerzos en dos puertas, las puertas del oeste, y las puertas del sur. Las tropas que me acompañan, conformada de Eleos que fueron expulsados conmigo, pueden ocuparse fácilmente de la puerta del sur, permitiendo que mi señor Néstor se ocupe de la puerta del oeste. El problema no son el número de tropas, sino los Moliónidas en sí mismos. Sus cosmos, sobrepasan a los Caballeros de Bronce y Plata, y cada Moliónida es General de uno de los dos ejércitos de defensa de Élide –aseguró Fileo.

-Si ese es el problema, estoy seguro de que el Rey Néstor puede enfrentarse a un General Marino –agregó Anceo, Néstor asintió-. Y yo soy un Capitán Argonauta como pueden ver por los adornos dorados en mi Argonia. Puedo encargarme de un simple Moliónida. Lo que no entiendo es, ¿por qué no atacar por la puerta del norte que lleva a los muelles si estos no están militarizados? –señaló Anceo.

-Por los ríos Alfeo y Peneo que nuestro señor Heracles conoce muy bien. En esta época del año están completamente llenos, y son muy difíciles de cruzar –apuntó a dos puntos en el mapa Fileo-. Además, la evacuación a los muelles se está dando por la puerta del norte que está entre ambos ríos. Si de milagro nuestras caballerizas lograran cruzar el río, solo encontrarían civiles, que gritarían, y tal vez se defenderían, alertando a los guardias en las atalayas de la muralla norte, que solo deberán encender las piras de alerta, para que los Moliónidas replieguen a sus ejércitos, se atrincheren, y destinen recursos para defender la puerta del norte. Como ambos ríos están llenos a rebosar, y cruzarlos es en extremo difícil, las tropas que ataquen por ese lado serán acorraladas contra alguno de los ríos, y totalmente erradicadas. Así que, al menos que alguno haya traído navíos de batalla, dudo que sea una buena idea –aseguró Fileo.

-¿Un navío? –sonrió Anceo, mirando a su hijo Agapenor, quien sonrió de igual manera- Bueno… esperemos que la guerra sea lo suficientemente fluida para no necesitar de un navío. Pero si la ocasión se presta, puede que yo pueda solucionar esa parte del problema. Pero primero, hay que intentar con nuestros propios recursos. ¿Estamos listos? –preguntó Anceo.

-A darles –azotó Heracles su garrote contra su mano, y el grupo salió de la tienda, preparándose para la gran batalla que estaba por dar a inicio, con los hombres de Pilos en sus armaduras de cuero, con escudos redondos de hierro, y penachos rojos, siguiendo a Néstor a la batalla, mientras los soldados Eleos que se habían unido a Fileo, con penachos naranjas en cascos de plata y armadura de cuero negro, seguían a Fileo y a su hijo Meges de Bootes, a Anceo y a Agapenor de Cetus, a las puertas del sur, mientras Heracles y Filcotetes, se mantenían cerca de Néstor.

-¿Estás seguro que quieres hacer esto? –preguntó Filoctetes, mirando a Heracles- No puedes usar el cosmos, puedo encargarme yo solo de esta guerra si así lo prefieres –le insistía el Caballero de Sagita, ganándose la risa de Heracles.

-Mira a tu alrededor, habrá mínimo unas 2,000 lanzas de Pilos, y unas 1,000 de soldados Eleos. Ninguno de ellos manipula el cosmos, y aquí están, marchando a la guerra –se tronó los nudillos Heracles, divertido-. Eso fue lo que muchos jamás entendieron. Los héroes no tienen que manipular el cosmos para ser héroes. Y aunque yo podía manipular el cosmos, nunca fui tan diestro. Lo único que siempre necesité, fue mi siempre confiable garrote –alzó el mismo Heracles, y lo azotó con fuerza sobre el suelo, liberando una onda de choque tan violenta, que llegó hasta las puertas del oeste y las abrió por la misma fuerza de la onda de choque, lo que sorprendió a aliados y enemigos por igual-. Soy un héroe con, o sin el cosmos. A sus órdenes, Rey Supremo –sonrió Heracles divertido.

-Claro… róbame el protagonismo y después ponme al mando. ¡Pilos! –sacó Néstor su propia maza, de empuñadora de zafiro, cuerpo de oro, y que terminaba en 5 puntas afiladas. La Maza de la Armadura de Libra-. Terminemos con la guerra que dejaron inconclusas nuestros padres. ¡Azote de los Astros! –alzó la maza Néstor, lanzando un destello de color zafiro al cielo, y creando una ruptura en el mismo, como un portal de nubes violentas que parecían abrir un portal a las estrellas. Los soldados de Élide vieron a aquella grieta en el cielo, uno de los testigos fue Anfímaco quien, sobre las puertas del norte, que se dedicaban a la evacuación, lo observó todo, y sus ojos anaranjados brillaron de dorado, reflejando a un objeto que, con una luz propia mientras salía del portal abierto por Néstor, caía en la forma de un cometa dorado, y se estrellaba dentro de la ciudad, creando un cráter que vaporizó a una buena porción de los mercados afortunadamente vacíos en ese momento- Ese ha sido un tiro de advertencia… -amenazó Néstor.

-¡Garras del Águila! –resonó desde las puertas abiertas, que comenzaron a ser rodeadas por vientos esmeraldas, que se reunieron en el centro de las puertas, y lanzaron torbellinos esmeraldas en dirección a Néstor, quien colocando su maza frente a los vientos, logró que estos se concentraran alrededor del mismo- Esa maza es muy interesante –comenzó el General Marino de Scilla, Éurito, quien comenzaba a salir con su cosmos esmeralda llamando a los vientos, y con Talpio del Delfín a su lado sosteniendo un tridente de agua que brillaba intensamente- No recuerdo que el gran Neleo usara un artilugio tan interesante, o una Armadura Dorada. Aunque yo apenas había sido condecorado por Poseidón –prosiguió Éurito, materializando una espada de escamas marinas, Néstor cerró sus manos alrededor de su maza, y se lanzó en dirección a Éurito. Maza y espada chocaron, y partieron la tierra, mientras el par de guerreros veteranos intercambiaba impactos de sus armas. El cosmos de Éurito, tan alto que doblegaba al de Néstor, comenzaba incluso a llamar a una tormenta-. No soy tan débil o inexperto como el día en que enfrenté a tu padre Neleo –amenazó Éurito.

-No me importan tus historias contra mi padre, Éurito… solo importa la paliza que yo voy a propinarte. ¡Explosión de Cúmulo de Estrellas! –atacó Néstor, transportando a Éurito a las estrellas, estrellando cometas, cuerpos celestes y estrellas en su contra.

Mientras Néstor y Éurito combatían, los soldados de Pilos y los de Élide se lanzaron unos contra otros, Filoctetes se encontraba entre ellos, cuando sintió el cosmos agresivo de quien se convertiría en su oponente, Talpio de Delfín.

-¡Vorágine Celestial! –resonó el grito de Talpio. Burbujas comenzaron a materializarse alrededor de Filoctetes, girando alrededor de él, cada vez más rápido, convirtiéndose en torrentes de agua que como torbellinos alzaron a Filoctetes al cielo, envuelto en un vórtice de agua que se elevaba por encima de las murallas de la Ciudad de Élide- Como Príncipe de Élide, cumpliré con mi deber. Eliminando a los manipuladores del cosmos –elevó su propio cosmos Talpio, su Armadura de Bronce de un tono azul marino, poseía adornos de un azul más brillante, y este azul brillaba aún más con la fuerza del cosmos de Talpio, como la bioluminiscencia de los peces de las profundidades.

-¡Flechas Cazadoras Incendiarias! –respondió Filoctetes, cayendo desde el cielo por el ataque de Talpio, con una flecha en llamas sobre su arco- Eres bueno chico, demasiado para un Bronce. Pero te enfrentas a uno de los mejores de Plata –disparó Filoctetes, la flecha estalló en varias más, y Talpio esperó al ataque con su cosmos listo.

-¡Cortina de los Mares! –con su tridente, Talpio levantó una cortina de agua que se elevaba al cielo, como un escudo protector frente a él, mismo que atrapó todas las flechas incendiarias de Filoctetes- No perderé… no defraudaré a mi padre –prosiguió él.

-Sabes chico, soy padre, por lo que me enorgullece ver que otros hijos respeten a sus padres –le mencionó Filoctetes, materializando una flecha negra en su arco-. Pero también, deberías forjarte tu propio camino, no seguir el de tu padre. ¡Flecha Fantasma! –atacó Filoctetes.

-¡Avancen! –gritaba Heracles, quien pese a no poder usar su cosmos por la Sangre de Neso, podía fácilmente encargarse de hordas y hordas de Eleos con solo blandir su maza, lanzando a los Eleos por los cielos con suma tranquilidad- ¡Las puertas están abiertas! ¡No teman! –continuaba Heracles, al menos hasta que su nariz comenzó a cosquillearle, por lo que comenzó a estornudar con fuerza- ¿Qué diantres es ese aroma? –preguntó Heracles, cuando notó a los hombres de Pilos caer noqueados y dormidos- Parece que no te sirvió de mucho mi lección, muchacho –descubrió Heracles al responsable, encontrando a Anfímaco, caminando entre los Eleos con una nube de polen anaranjado tras de él, nube que dormía a enemigos y a aliados por igual-. Escucha niño, puede que tu polen sea muy fuerte y pueda noquear a quien lo huela. Pero este no funciona conmigo –se apuntó Heracles a sí mismo.

-No… muy seguramente no… -respondió Anfímaco, que entonces se mordió la mano con fuerza, su mordida extrayendo de su propia sangre, que era de un rojo negruzco, y que expedía un vapor oscuro-. Pero puedo hacerte enfermar con mi sangre –se lanzó Anfímaco a Heracles, quien notó fácilmente la velocidad de Anfímaco, y guardó su garrote, leyendo los movimientos de Anfímaco, y tomándolo por el cuello fácilmente, frenándolo en seco, y estampándolo contra el suelo solo con la fuerza suficiente para doblegarlo.

-Vamos chico, ni siquiera amas a tu padre, y no hemos venido a masacrar a nadie, solo a derrocar el gobierno de los Moliónidas –le explicó Heracles. Anfímaco escupió, su sangre aún presente en sus labios por la mordida, y su escupitajo golpeando la cara de Heracles, que comenzó a quemarle el rostro, permitiendo a Anfímaco zafarse, y huir de la batalla rumbo al Templo de Atenea.

-Qué Espectros… -se quejó Heracles, limpiándose la sangre del rostro, mirando la misma, notando que su mirada se nublaba, y cayendo sobre su espalda, recibiendo la lluvia en su rostro-. Oh… Zeus… me siento tan enfermo en este momento… -se quejó Heracles, quien notó entonces unos pétalos anaranjados con marcas sobre los mismos, y que bajaban con la lluvia en su dirección-. ¿Cuida a mi hijo… por mí…? –preguntó Heracles, mientras los pétalos caían sobre su rostro- ¿Qué significa…? Espera… yo… no puedo caer ahora… -rodó Heracles sobre su pecho-. Él… ellos… me necesitan… -comenzó a arrastrarse Heracles, en dirección a donde Anfímaco huía.

Puertas del Sur.

-¡Mantengan la línea! –gritaba Fileo, liderando a los Eleos que abandonaron Élide con él tras su destierro- Sé que es probable que encuentren a familiares y amigos entre los Eleos que defienden a Élide, pero no olviden que son ellos quienes han traicionado a la corona, no nosotros –proseguía el heredero al trono de Élide.

-Ah, no sé cuanta empatía tengan o no esas palabras, pero yo no siento que una batalla entre Eleos deba extenderse por mucho –agregó Anceo, reuniendo su cosmos- Así que voy a hacer algo que me va a doler mucho. Te lo encargo, Agapenor. ¡Seducción del Alma! –enunció Anceo, sus ojos brillando de amarillo, y atacando en conjunto a las mentes de todos los presentes, fueran aliados o no. Todos cayeron en el control mental de Anceo, con la excepción de su hijo Agapenor, quien había cerrado los ojos y cubierto sus oídos. De pronto, los Eleos que marchaban para enfrentarse unos a otros, se detuvieron, sin desear hacer la guerra.

-¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando? Todos los rostros de todos a mi alrededor se parecen a mi hijo Meges -intentó decir Fileo, cuando Agapenor llegó frente a él, apuntó su dedo a la frente de Fileo, y disparó un destello de cosmos, que hirió a Fileo, pero lo despertó de su ilusión-. ¿Dónde…? ¿Cómo…? –se preguntó Fileo, cuando escuchó a Anceo caer en sus rodillas y vomitar sangre, mientras sus lagrimales soltaban también de aquel líquido vital, igual que sus oídos.

-Es la técnica de mi padre, la Seducción del Alma –se acercó Agapenor a Meges de Bootes, que blandía su guadaña de forma defensiva, como si no quisiera que nadie se le acercara-. Ingresa a la mente de las personas, encuentra los recuerdos de sus almas, y obliga a las personas a ver el rostro de sus seres más amados, incluso escuchar sus voces –atacó Agapenor a la frente de Meges, quien se sobó la misma, pero se recuperó aún más rápido que su padre Fileo-. De esa forma, mi padre previene que los Eleos se asesinen unos a otros. Pero la ilusión no durará mucho. Hay que encontrar y derrotar al General Moliónida antes de que la ilusión se termine. De lo contrario, los Eleos matarán a otros Eleos, lo que es algo que no podemos permitir –declaró Agapenor.

-Que aburrimiento. ¡Azote de Salamandra! –escuchó el grupo entonces. Agapenor se viró para buscar al dueño de aquella voz, y encontró a un inmenso ser de al menos unos tres metros de alto, aunque jorobado, de rostro arrugado y sonrisa de dientes afilados, con ojos anaranjados, y cabellera del mismo color que llevaba peinada para atrás. Agapenor y el Moliónida intercambiaron miradas solo por un segundo, antes de que el General de Lymnades impactara sus puños cerrados y electrificados contra el cuerpo de Agapenor, rodeándolo de un shock eléctrico muy poderoso- La guerra no me divierte si no hay unas cuantas muertes –empujó su ataque Ctéato, lanzando a Agapenor por los campos de batalla, y derribando a varios de sus aliados Eleos- ¿Quieres decir que todos están viendo a sus seres queridos? ¿Incluso yo? No me sorprende –alzó sus puños Ctéato, intentando asesinar a Fileo con un golpe a puño doble, pero Meges de Bootes logró lanzar la cadena atada a su guadaña alrededor de la cintura de su padre, y tirar con fuerza, salvándole la vida, ya que el azote de Ctéato había sido tan fuerte que partió la tierra.

-¿Quieres decir que tú puedes ver a tus seres queridos, y aun así atacas a los mismos descorazonadamente? –preguntó Meges, horrorizado por lo que estaba escuchando, y preparando su guadaña- ¡Fulminación de la Abundancia! –atacó Meges, liberando una fuerza de cosmos esmeralda que partía la tierra y se dirigía a encuentro de Ctéato, que sonrió, tomó a uno de sus propios hombres, quien no atacaba por ver el rostro de sus seres queridos incluso en sus enemigos, y lo usó de escudo, permitiéndole morir bajo el poderoso ataque de Meges- ¡No! ¿¡Cómo has podido!? –se quejó Meges.

-De nada me sirven si se quedan allí parados como estúpidos –sonrió Ctéato divertido-. Además, ver a esa mujer morir una y otra, y otra vez, es extremadamente divertido –aseguró Ctéato, concentrando su cosmos nuevamente.

-De modo que… tienes el poder de disipar mi ilusión… pero… no lo usas porque te es más divertido ver a tu ser más amado muriendo una y otra vez. ¿Qué clase de monstruo eres? –comenzó Anceo, aún cubierto en su propia sangre por el esfuerzo, pero con su cosmos azul encendido- Los Semidioses… carecemos de empatía… eso siempre lo he sabido bien. Pero algunos de nosotros nos esforzamos por desarrollar la empatía, por sentir para entender a los humanos. Tú… por otro lado. ¿Por qué renuncias a la empatía voluntariamente? ¿Por qué rehúyes a eso que te hace ser un humano? –le preguntó Anceo.

-¿Rehuir a eso que me hace ser humano? –preguntó Ctéato, divertido. En su mirada, el rostro de Anceo era sustituido por el de una bella mujer de cabellera anaranjada, y ojos del mismo color- No lo entiendes, Teronice, jamás lo hiciste –se tronó los nudillos Ctéato, llamando a Anceo Teronice, ya que ese era el rostro que podía ver, y la voz que podía escuchar-. Los humanos, somos monstruos, todos y cada uno de nosotros. Y tú, eres el monstruo más grande de todos, Teronice. El mundo no es cómo tú dices que debe ser, y jamás será como tú quieres que sea. Vivir para ti es una inmensa agonía llena de dolor y sufrimiento, y es un deleite personal mío el verte sufrir todos los días, diariamente. Y ese es un placer que me has arrebatado desde el día que el imbécil de nuestro hijo huyó contigo de Élide –colocó su mano Ctéato sobre la cabeza de otro de sus soldados, aplastando su cabeza, que estalló en pedazos-. Tener la oportunidad de matarte por cada día que no he podido torturarte… es un deleite. Así que gracias por esta ilusión, seas quien seas. Como premio, serás la Teronice que más sufrirá cuando la mate –rio Ctéato con fuerza.

-De pronto… se me acaba de olvidar lo que es la empatía, Ctéato… no me queda nada de empatía por ti… -desapareció Anceo de la vista de Ctéato, reapareció frente a él, y lanzó un tremendo puñetazo, mismo que impactó con fuerza, pero no rompió la escama Marina-. ¿Oricalco casi puro? –se sorprendió Anceo, notando las cuarteaduras en la Argonia de Pardus- Más fuerte que el Oro y que el Oro Rojo, solo por debajo del Mithrilo… Argos siempre dijo que las Escamas eran superiores, y yo que no le creí a mi maestro –se quejó Anceo, notando entonces a Ctéato tomarle directamente del rostro, rodeando toda su cabeza con sus inmensas manos, y apretando con fuerza-. Tengo una cabeza muy dura para que puedas romperla… -forcejeó Anceo.

-Así está perfecto, Teronice, así puedo deleitarme de tus gritos de sufrimiento, como aquellos con los que me deleitaste cuando me forcé dentro de ti. ¡Azote de Salamandra! –gritó con fuerza Ctéato, electrificando el rostro de Anceo, y deleitándose en escuchar los gritos de su ser más amado.

Templo de Atenea.

Anfímaco corría empapado por la lluvia conjurada por Éurito de Scilla, siguiendo el camino hasta el Templo de Atenea, donde intentó correr dentro, pero resbaló en el último escalón, humedecido por la lluvia, dándose un golpe tan fuerte que sangre comenzó a caerle por la nariz. Para sorpresa de Anfímaco, una mano preocupada lo alcanzó, ayudando a Anfímaco a ponerse de pie.

-¿Moly? Vas a resfriarte… ven, te daré un baño… -ofreció Teronice, con su usual sonrisa. Anfímaco asintió y se dejó ayudar a levantarse, aunque en el momento en que Teronice intentó limpiarle la sangre de la nariz, Anfímaco se retrajo aterrorizado- ¿Por qué huyes de mí Moly? Es el trabajo de una madre el curar de las heridas de su hija… al menos… que no seas mi Moly… -susurró ella, sus ojos llenándose de locura, misma que aterró a Anfímaco.

-Soy Moly madre… yo solo… me duele un poco y preferiría que no me tocaras la herida… -mintió Anfímaco, mirando directamente a los ojos de su madre, que no parpadeaban siquiera, se mantenían viendo a Anfímaco en todo momento, como si se deleitara en el temblor del iris de Anfímaco, quien se moría de miedo en ese momento.

-Sabes que a mamá no le gustan las mentiras… sabes que mamá está cansada… sabes que mamá no quiere vivir más en este mundo de hombres que no saben más que odiar… ¿no es así? –le preguntó Teronice, sus manos temblorosas acercándose al cuello de Anfímaco, como si pretendiera estrangularlo, pero se resistiera al mismo tiempo-. Este mundo… es dolor… es sufrimiento… toda mi vida he sentido dolor y sufrimiento… solo tengo una alegría en el mundo, mi querida Moly, quien es lo único que me mantiene con vida… sabes a lo que me refiero. ¿Verdad? ¿Sabes acaso tú lo que se siente? Saber que lo que más deseas es odiar a los hombres por sobre todas las cosas, pero no poder hacerlo porque hay un hombre a quien amo por sobre todas las cosas… un hombre, que podría ser la excepción a mi regla del odio, y que más que traerme felicidad, me trae sufrimiento, porque este hombre… no puede odiarme… y hace todo lo que yo deseo… para no odiarlo… y por eso sufro en vida… porque no puedo morir… porque sé que hay un hombre, que quiere que yo sea feliz, y eso me destruye por dentro… ¿lo entiendes? –preguntó la mujer.

-No estoy… muy seguro madre… yo… solo sé que soy tu querida hija, quien también odia a los hombres… -sonrió Anfímaco. Los ojos de Teronice se llenaron de odio, de desprecio, de furia. Sus dedos se cerraron alrededor del cuello de Anfímaco, solo necesitaba apretar. Pero no lo hizo, se retrajo, y sonrió de una forma perturbadora.

-¿Quieres bañarte mi dulce niña? Te peinaré la cabellera mientras lo haces, mamá ya te ha preparado la tina –apuntó la mujer, tomando el vestido de Anfímaco, quien rápidamente se retrajo-. ¿Qué pasa cariño? Temes que tu madre pueda enojarse. Te aseguro que no hay nada que puedas hacer para enfadar a tu madre –sentenció la mujer.

-Cada vez está peor… -se susurró a sí mismo Anfímaco, retrayéndose-. Te amo madre… -comentó él… Teronice bajó los brazos, y bajó la cabeza, desanimada-. Entraré en la tina… -continuó él, caminando con cuidado hasta la misma, metiendo un pie, metiendo el otro pie, y después sumergiendo su cuerpo, hasta quedar rodeado por el agua de la tina, pero sin quitarse el vestido-. La lluvia… es agradable. ¿No lo crees? –preguntó Anfímaco, descansando su cabeza sobre el borde de la tina, permitiendo que su madre tomara de su cabello, y comenzara a peinárselo.

-Nada es alegre en el mundo cariño… la luz y la esperanza no existen… ni siquiera en el Templo de Atenea… la esperanza no puede alcanzarme… -le espetó Teronice, acariciando más y más los cabellos de Anfímaco, quien, pese a las preocupantes palabras de su madre, comenzaba a quedarse dormido-. No hay nada bueno en la vida, solo es dolor y sufrimiento. Añoro el día de volver a empezar, de que mi alma sea reciclada, y vivir en un mundo donde pueda volver a sentir… volver a vivir… pero no quieres ayudarme, nunca quieres ayudarme… -susurraba la mujer, polen naranja saliendo de sus labios.

-¿Ayudarte? –comenzó a cabecear Anfímaco- Yo te ayudo… todos los días madre… soy una buena niña… me alejo de los hombres… te alejo de los hombres… te traigo comida… te traigo abrigo… trabajo para darte lo mejor que puedo… siempre… estoy pensando en ti… pensando en mi madre… -continuaba Anfímaco, cabeceando más y más.

-Y por eso… no vives… -le susurró ella, más polen anaranjado saliendo de sus labios, y acercando sus dedos a la nariz de Anfímaco-. Pero por fin… vas a poder vivir tu vida… mi querido… Anfímaco… -nombró ella. Pese a estarse quedando dormido, Anfímaco reaccionó, recordó su nariz sangrante, se viró, y vio a su madre lamiendo sus dedos llenos de sangre.

-¡Madre! –gritó Anfímaco, saliendo de la tina, justo en el momento en que su madre comenzaba a vomitar sangre negra, desplomándose en el suelo- ¡Madre! ¿¡Qué hiciste!? ¿¡Por qué lo hiciste!? –preguntó Anfímaco, sus ojos repletos de lágrimas- ¡Iré por un médico! ¡Espera aquí…! –pidió Anfímaco, cuando la mano de su madre le acarició la mejilla.

-Anfímaco… -susurró la mujer, sorprendiendo a Anfímaco- Tú… no tienes la culpa de nada… yo… morí el día en que tu padre Ctéato… -repensó sus palabras la mujer, y decidió no decir aquello que deseaba decir-. Cuando tu padre me hizo lo que me hizo… el odio fue demasiado grande… tan grande… que incluso intenté matarte en tu cuna… yo no te amaba… yo no te quería… pero… no pude hacerlo… no pude matar a mi hijo… -lloró la mujer. Anfímaco no dejaba de llorar de igual manera-. Cuando… dedujiste que mi odio por los hombres era lo que me obligaba a alejarte de mí… comenzaste a dejarte crecer el cabello… comenzaste a pintarte las uñas… comenzaste a caminar de forma femenina… a referirte a ti mismo en forma femenina… incluso… comenzaron a gustarte las flores… creaste con tu cosmos tu propia rosa naranja… la Rosa del Sueño… -comentó ella, limpiando un poco de sangre de su rostro, y acercando la misma a los labios de Anfímaco-. Como Centaurina… mi sangre… es veneno. Tu padre sabía… que la mejor forma de crear a su arma definitiva de odio… era creando al Caballero de Piscis más venenoso de todos. Toda tu vida… fue planeada… para que te convirtieras en un monstruo… en el asesino por excelencia, el Caballero Dorado de Piscis… -le informó, metiendo sus dedos dentro de la boca de Anfímaco, quien continuaba en shock-. Lo que hagas con tu vida… es tu elección… yo solo… cumplo mi último capricho personal… dándote todo el poder que tu padre deseaba… pero la voluntad… de que lo usarás únicamente, como te plazca… -respiró pesadamente Teronice, como si sus pulmones no pudieran más-. Si yo no existo… tu padre… no podrá utilizarte a su voluntad… así que… esa es mi venganza perfecta… contra el hombre que más odio… el hombre… que me hizo odiar a mi propio hijo… así que… antes… de que me vaya… quiero que lo escuches al menos una única vez… -prosiguió ella, su garganta se cerraba, pataleaba por la asfixia de su cuerpo siendo consumido por el veneno-. Anfímaco… yo… te amo… mi querido hijo… -terminó ella, mientras sus ojos anaranjados se apagaban, volviéndose de un café claro, mientras la muerte se apoderaba de ella.

-¿Madre? –comenzó Anfímaco, su mente entrando en shock- ¡Mamá! ¡Mamáaaaa! –gritó Anfímaco con todas sus fuerzas, la oscuridad comenzaba a apoderarse de él, el dolor y el odio comenzaban a apoderarse de él, pero antes de que aquello pudiera afectarlo permanentemente, unos brazos poderosos rodearon a Anfímaco, un brazo negro, y otro que sostenía un garrote- Mi madre a… mi madre a… -comenzó Anfímaco.

-Lo sé chico… -comenzó Heracles, abrazando a Anfímaco-. Ella, vino a despertarme… -le enseñó Heracles los pétalos con la sangre negra. Anfímaco miró en dirección al cuerpo de su madre, uno de sus dedos estaba recubierto con vendajes-. Sé que Élide está en guerra… que debería estar allí… pero… no podía dejarte solo… -le comentó Heracles.

-¿¡Solo!? ¡Yo siempre he estado solo! –gritó Anfímaco, mirando a Heracles con desprecio- El día en que nací lo único que impidió que mi madre me asesinara, fue el deseo de mi padre por utilizarme como a un arma. ¿Qué tengo además de eso? ¡Una vida pretendiendo ser Moly para que mi madre me aceptara! ¡Pero era tan difícil aceptarme, que prefirió morir! ¡Mi madre prefirió morir que amarme! –lloró Anfímaco, furioso.

-Ay chico… sé cómo se ve… sé cómo se siente… -comenzó Heracles, observando el cuerpo de Teronice, que comenzaba a llenarse de un cosmos dorado muy hermoso y cálido, mismo que llamó la atención de Anfímaco, quien se viró para ver aquella fuente de luz-. Pero tu madre… cometió el acto más grande de amor de todos… te dio una vida… te dio su vida… para que tú pudieras vivir la tuya… -ante los ojos de Anfímaco, el cuerpo de Teronice se transformó en cosmos, y este cosmos llamó a una Armadura Dorada que se encontraba sellada en el fondo del Templo de Atenea, la Armadura Dorada de Piscis, que como un par de peces que nadaban uno alrededor del otro, aceptaron al alma de Teronice dentro de uno de los peces, mientras el otro, nadaba en dirección a Anfímaco, fusionando su esencia con la suya-. Piscis es una dualidad. Lo bello y lo horrible, el humano y el monstruo, una madre y un hijo, la vida y la muerte, el dolor de la soledad… y el amor de la esperanza –una Teronice de cosmos abrazó a Anfímaco con fuerza, mientras la Armadura de Piscis estallaba en sus partes, llenando el alma de Anfímaco con calidez mientras lo revestía de dorado-. Ahora tú decides chico… eres libre ahora. Los lazos que te unían a tu madre, jamás dejarán de existir. El regalo de tu independencia, de tu vida misma, fue su legado más hermoso. Ella te amaba chico… pero no podía seguir viviendo con todo ese odio y ese dolor. Ahora que ese sentimiento negativo se ha ido, su alma por fin puede abrazarte, y protegerte. Como la nueva esencia de la Armadura Dorada de Piscis, una esencia de desprendimiento, y de amor, una dualidad incomprensible que solo las madres pueden sentir –terminó Heracles.

-Se siente… tan cálido… -comentó Anfímaco, mirando sus manos rodeadas por la Armadura de Piscis, y cerrando sus manos en puños-. Pero… yo ya no tengo a nada, ni a nadie a quien proteger… -le comentó Anfímaco, escuchando entonces a la Armadura de Piscis, o más específicamente, al alma de su madre.

-No solo tienes mi amor Anfímaco… -escuchó él-. Este templo… fue nuestro hogar… el hogar de Piscis… el hogar de Athena… -le dejó saber-. Es gracias a Athena, quien siempre me susurró el ser fuerte, el no entregarme a la locura… el que por fin… puedo ser feliz… -terminó ella, regresando al letargo dentro de la Armadura de Piscis. Anfímaco comenzó a pensar al respecto, cuando un relámpago iluminó con fuerza el cielo, uno que molestó a Heracles.

-Ah, algunas familias no son muy fáciles de aceptar… ¿qué quieres papá? –se quejó Heracles, asomándose por fuera del Templo de Athena, y virando su rostro en dirección a la ciudad, que comenzaba a ser azotada por los relámpagos.

Afueras de Élide.

-Eso no se ve nada bien… pareciera que a Zeus no le agrada mucho esta guerra… -espetó Néstor, en esos momentos bombardeando a Éurito con los cometas y planetoides de su ataque de Explosión de Cúmulo de Estrellas.

-La tormenta… acrecienta… pero no por mi voluntad –mencionó Éurito, observando los rayos que se formaban en el firmamento, y que centelleaban más violentamente con cada momento. Incluso un rayo cayó del cielo, y casi golpea a Éurito-. No lo comprendo, somos el pueblo ofendido por un ataque a traición. ¿Por qué el Rey de los Dioses está en nuestra contra? –se preguntó él.

-A mí no me mires, mi lealtad es a Athena, y parcialmente a Apolo por mi tripe vida –un rayo cayó también cerca de Néstor, quien cubrió con su capa-. Y esto no parece a que Zeus esté en tu contra, sino en la nuestra. ¡Pilos! ¡Retirada! –ordenó Néstor. Los hombres de Pilos comenzaron con la retirada, pero el rugido de un oso resonó.

-¡Zarpa del Oso Infernal! –atacó Éurito, con su brazo transformado en las garras de un oso, que tumbaron el casco de la Armadura de Géminis de la cabeza de Néstor, antes de dejarlo tendido en el suelo- Ni Zeus va a impedirme obtener tu cabeza, Néstor de Géminis –arremetió Éurito, impidiendo que Néstor pudiera retirarse.

-¡Rey Néstor! –gritó Filoctetes, aún en combate con Talpio, cuyo cosmos parecía estar acrecentando- Mira chico, eres impresionante, lo admito, pero ya me cansé de pelear contigo. ¡Flecha Fantasma Paralizadora! –disparó Filoctetes. Talpio saltó a un lado, pero la flecha negra lanzada por Filoctetes se clavó en su sombra, y Talpio no logró moverse más- ¡Ya voy a ayudarle Rey Néstor! –intentó ir en su auxilio Filoctetes, cuando 5 triángulos plateados golpearon sus muñecas, sus tobillos, y su cintura, extendiendo triángulos de fuego plateado que paralizaron a Filoctetes en el lugar-. Ah, entonces así se siente… -miró Filoctetes a Talpio, paralizado por su flecha, antes de dirigir su mirada al recién llegado.

-¡Sello Trinitario! –llamó Agástenes del Triángulo a su técnica- Lamento el presentarme hasta ahora, señor Filoctetes de Sagita. Pero debía cerciorarme de que mi ataque lo impactara. Talpio fue la distracción perfecta, y ahora usted está a mi merced –le comentó Agástenes, mientras materializaba su espada de plata.

-Sabes, alguien debería escribir reglas sobre los combates de caballeros. Estaba ocupado, no tenías derecho a interrumpir mi combate –le comentó Filoctetes, molesto. Agástenes solo apuntó su espada al cuello de Filoctetes-. Mejor reconsideras, mocoso. Que tu espada no sirve ni para afeitarse. Las espadas de los que luchan con brutalidad en lugar de sabiduría, son una burla. Así que guarda eso, que vas a sacarte un ojo –se burló Filoctetes.

-Aludir a la Sabiduría en la Guerra solo porque soy un Caballero de Athena, me parece patético –le mencionó Agástenes, mirando a Filoctetes directo al rostro-. Athena no ha renacido en esta era. Los Caballeros de Athena no tenemos a quien servir. Nos gobernamos por nuestros propios ideales, y mi ideal, es servir a la corona de Élide –le recordó Agástenes.

-El ideal de los Caballeros de Athena, esté o no esté Athena entre nosotros, es el de servir siempre en nombre de la justicia –le respondió Filoctetes con determinación-. Si tu justicia es la de defender a un rey, o par de reyes, Co-Reyes o lo que sea, que no se preocupan por su pueblo, entonces estás muy perdido muchacho. Pregúntate por qué Pilos, por sobre todos los reinos, es quien se levantó en contra de Élide sin provocación. Piensa en por qué un rey que desprecia a Heracles como lo es Néstor, aceptaría alianza con quien lo ha ofendido. Es porque hay cosas más importantes que la venganza y la gloria. Es porque ambos creen en la verdadera justicia… no en la tiranía de un par de locos como los Moliónidas. Pero anda, blande tu espada. Prefiero morir firme a mis convicciones personales, que como un títere de los Moliónidas a quien no les importo en absoluto… -aseguró Filoctetes. Agástenes se mordió los labios, alzó su espada, Filoctetes se mantuvo firme, sin poder defenderse, pero nunca dejando de ver a Agástenes a los ojos. La espada de Agástenes bajó, pero se detuvo justo a tiempo. La hoja de la espada abrió la piel de Filoctetes, pero nada más. No penetró en el cráneo, y Filoctetes conservó la vida-. Tal parece… que en tu corazón sabes la verdad… los Moliónidas… son malvados… -aseguró él.

-Pero puedo cambiarlos… yo… siento que puedo cambiarlos… -agregó Agástenes desesperado. Pero, sin encontrar palabras más convincentes, liberó a Filoctetes-. Vete… y no regreses… no puedo ir en contra de la justicia de Athena… pero tampoco puedo ir contra mis reyes… -aseguró Agástenes. Filoctetes bufó, y liberó a Talpio de su sombra.

-Ya veremos. Pero sin el Rey de Pilos no me voy… -admitió Filoctetes, pero mientras lo hacía, un estruendo se dejó escuchar, y Anceo cayó a sus pies, con la Argonia de Oro Rojo destrozada-. ¿Y ahora tú? ¿No eras tan fuerte como Heracles? –preguntó Filoctetes, mientras Anceo se reponía, y poco tiempo después, Agapenor y Meges eran lanzados por los aires con sus Armaduras de Plata agrietadas.

-Un rayo de Zeus le cayó encima… -se limpió un hilo de sangre Anceo, mirando en dirección a su oponente: Ctéato de Lymnades-. Pensé que era una señal de que Zeus estaba en contra de los Moliónidas… pero resultó ser que Zeus está a favor de ellos. No me preguntes por qué –alzó sus puños Anceo.

-¿Dónde está Teronice, Anceo de Pardus? –preguntó Ctéato. Parecía llorar, aunque era difícil saber si eran lágrimas o lluvia lo que le humedecía el rostro- De pronto dejé de ver a mi amada. ¿¡Dónde está!? –se quejó él.

-Ah, liberé la mente de todo mundo cuando la tormenta se intensificó. Y como puedes ver, la cosa está tan fuera de control que ni tus hombres decidieron quedarse para esperar a que te dignaras a ordenarles –le mostró Anceo. Los hombres de Élide habían regresado dentro de la ciudad. Solo los Moliónidas se encontraban fuera. Las ordenes de retirada de Néstor y de Fileo se habían dado y cumplido, solo quedaban en las planicies por un lado los Moliónidas, Agástenes de Triangulo, y Talpio de Delfín. Por el otro, el Argonauta Anceo, Néstor de Géminis, Filoctetes de Sagita, Agapenor de Cetus, y Meges de Bootes.

-Sí, todo se ve muy solitario y aburrido. Tal vez deberíamos castigar al pueblo de Élide por abandonar sus puestos –se burló Éurito de Scilla, reuniéndose con su hermano Ctéato de Lymnades, ambos con sus cosmos desbordantes.

-Sí, los patéticos de los Éleos parecen estar olvidando quienes son los Co-Reyes de Élide –agregó Ctéato con orgullo, cuando su mirada de ojos anaranjados, se llenó de odio-. Tú… -apuntó Ctéato con intriga.

-Parece que ambos están olvidando… que el Co-Reinado siempre fue de tres Co-Reyes –llegó Anfímaco, con Heracles sirviéndole de escolta, y Fileo acompañando a los mismos. El ver a Anfímaco fue una sorpresa para Agástenes y para Talpio, pero la sorpresa fue aún mayor cuando lo vieron vistiendo a Piscis-. Y la regla más sagrada de los Co-Reyes… es… -miró Anfímaco a Fileo.

-No hay guerra en Élide si los tres Co-Reyes no la acuerdan –señaló Fileo, de forma autoritaria. Éurito y Ctéato se miraron el uno al otro-. Fui desterrado por mi padre Augías, Éurito y Ctéato, pero mis derechos al trono, no van a ser negados. Pueden aceptar el Co-Reinado de los 3 Reyes, o hacerse a un lado. Porque aquí, el único con la sangre de Augías, soy yo… y no consiento esta guerra. ¿¡Me has escuchado, Élide!? ¡Yo soy Fileo! ¡Legítimo Rey de Élide! ¡Y no consiento la guerra! –terminó Fileo.

-¿Así que no consiente la guerra, mi Rey Fileo? –se burló Éurito- Es una pena. Porque, aunque seas quien tiene más derecho a gobernanza de entre los tres. Somos dos, contra uno… ¡Estrangulación de la Serpien…! –intentó decir Éurito.

-¡Sello Trinitario! –resonó primero la voz de Agástenes, que rodeó los brazos y piernas de Éurito con triángulos de cosmos de plata, con un último triangulo rodeándole la cintura- Mi Rey Éurito. En concordancia con los estatutos civiles del Reino de Élide… y mientras una declaración de guerra unánime haya sido establecida entre los Tres Co-Reyes de Élide… el ejército de Élide me confiere el derecho de detenerlo –amenazó Agástenes.

-¡Insubordinación! –respondió Ctéato, rodeando sus manos de relámpagos y amenazando con golpear con estas a Agástenes, cuando una cortina de agua se alzó frente a él, impidiendo su accionar, y revelando a Talpio del Delfín frente a él, impidiéndole hacer su voluntad.

-Padre, tío, ya ha sido suficiente –comenzó Talpio, mirando específicamente a su padre Éurito pese a estar deteniendo a su tío Ctéato-. Servimos a Élide, no a nuestras respectivas voluntades. No iremos a la guerra si los 3 Co-Reyes no la aprueban –declaró Talpio.

-¡Mocoso malagradecido! –le gritó Éurito, un relámpago de Zeus en el firmamento reafirmaba el descontento del Rey de los Dioses por la postura de los defensores de la paz- Si eso es lo que quieren, no nos queda más que liberar al monstruo de Élide –aclaró Éurito, mirando a su hermano.

-¿De qué hablan? Yo soy el Monstruo de Élide –comentó Anfímaco, lo que causó las risas de tanto Éurito como de Ctéato, y la sorpresa de Anfímaco-. Pero… madre siempre dijo que yo era el Monstruo de Élide –se preocupó Anfímaco.

-Todos los hombres eran monstruos para la inútil de tu madre –le apuntó Ctéato-. No te creas especial, niño tonto. La única utilidad que tenía para ti, era la promesa de que te convirtieras en el Caballero Dorado de Piscis, el Asesino por Excelencia de los Caballeros Dorados. Los verdaderos Monstruos de Élide, somos los Moliónidas –se apuntó Ctéato, su cosmos acrecentando, como si los relámpagos de Zeus los estuvieran fortaleciendo-. Un ser de dos cabezas y 4 brazos –comenzó Ctéato con orgullo.

-Compartiendo las mismas piernas, separados por la cintura –continuó Éurito. Las Escamas de Scylla y Lymnades separándose de sus cuerpos, que comenzaron a brillar de dorado-. Dos que son uno –continuó Éurito.

-Uno que son dos –continuó Ctéato, su cuerpo dorado fundiéndose con el de su hermano. Ambos transformados en una armadura de un gigante con dos cabezas y cuatro brazos. Dos brazos más largos que los segundos, una cabeza por encima de la segunda incrustada en su pecho.

-El Gigante de Oricalco, Moliónidas –se materializó el inmenso ser no tan alto como Atlas, pero sí veía a la ciudad de Élide por encima de sus murallas, aterrando a la población de la ciudad-. Jamás necesité de un ejército para hacer la guerra. Tan solo tomé la vía que causara el mayor dolor posible –les aseguró el gigante, cerrando dos de sus manos en puños, y azotando la tierra con estas, causando una onda de choque que derribó las murallas del sur y del oeste, iniciando con el caos en la ciudad.

-¡No si puedo evitarlo! ¡Explosión de Cúmulo de Estrellas! –estrelló su ataque Néstor, que bombardeó al gigante de Oricalco con sus cometas y planetoides, pero no hirió a la poderosa bestia- ¡Prueba esto entonces! ¡Azote de los Astros! –elevó la Maza de Libra Néstor, llamando al inmenso meteoro dorado, que cayó con una estela de color zafiro, estrellándose contra Moliónidas, aturdiéndolo un poco, pero sin siquiera abollarlo- ¡Es inútil! ¡No puedo penetrar esa coraza! –se molestó Néstor.

-Mi garrote es de Mithrilo, seguro este si lo siente –se lanzó Heracles en dirección al gigante, Moliónidas lo observó acercarse, alzó el pie, e intentó aplastarlo, fallando en el intento cuando Heracles saltó a un lado, haciendo temblar a la tierra, pero dando a Heracles un golpe certero, que impactó en el pie de Moliónidas, que vibró por el golpe, y regresó el mismo a Heracles, lanzándolo de regreso a sus compañeros-. Eso… sí lo sentí. ¿Qué diantres le pasa a esa cosa? –se quejó Heracles.

-Es Oricalco, y de alto grado de pureza –le informó Anceo, observando a la bestia-. La piel de los Moliónidas se ha transformado en Oricalco, y aunque el Mithrilo sea más fuerte que el Oricalco, las propiedades del Oricalco distribuyen el golpe por todo el cuerpo. En otras palabras, aunque sea un material más fuerte, el Oricalco es mayor cantidad. Tu golpe se distribuye por todo el gigante y se debilita, por eso el efecto de campana. A como lo veo, solo hay dos formas de enfrentar a esa cosa. Con un metal casi tan fuerte, en la suficiente proporción, y con una forma punzante que pueda penetrarlo. Pero eso solo le causará una pequeña fractura, descubriendo el cuerpo original de los Moliónidas en su interior, lo que significa que solo tendremos una oportunidad para un único ataque contundente antes de que la herida en el Oricalco se cierre –les informó Anceo.

-Oh, claro, suena totalmente lógico –se quejó Filoctetes-. Mira, digamos que te creo el que sabes perfectamente el cómo funciona el Oricalco y todo eso. Pero la verdad es que no tengo pruebas para creerte, ni tiempo para conseguir el dichoso material en las cantidades necesarias, y en forma corto punzante, para abrirle la herida a esa cosa, y poder lanzar un ataque definitivo –se fastidió Filoctetes, Anceo le sonrió.

-Oh, pero tengo el objeto perfecto –le mencionó Anceo, sacando de su bolsillo un papiro de Oro Rojo-. Y en la cantidad adecuada, además –continuó con su sonrisa. Filoctetes se rascó la nuca, pero Heracles, quien sí sabía lo que era el objeto, se mostró maravillado.

-¡El Argos! –comentó Heracles. Los presentes lo miraron como si hubiera perdido el juicio- Oh, es tan hermosa como el ultimo día que la vi- ¿Cómo? ¿Por qué la tienes? Si la usas, sabes que no sobrevivirá –se escandalizó Heracles.

-Calma… Jasón dijo que la destruyera –le informó Anceo, mirando a la pieza de papiro metálico-. Me negué claro, es una nave hermosa. Pero no vale la vida de los Mortales de Élide. Sacrificaré a la Nave Argos de ser necesario, por salvar a cuantos Mortales pueda. ¿No es eso lo que mi rival esperaría de mí? –se apuntó a sí mismo Anceo. Heracles sonrió, y asintió.

-Nuevo plan. Haré que esa cosa intente aplastarme mientras tú le estrellas a Argos en el pecho y descubres su corazón. Entonces Fil dispara, le atraviesa el corazón, y adiós Moliónidas… oh, lo siento por Delfín y Piscis, por lo de, ya saben, matar a sus padres… Piscis acaba de perder a su mamá, por cierto –le susurró Heracles a Anceo y a Filoctetes.

-Esa cosa no es mi padre –agregó Anfímaco, observando a la criatura, Moliónidas, que atacaba su propia ciudad, divertido-. Además, Moliónidas dijo dos que son uno y uno que son dos, tendrá dos corazones. Así que, yo dispararé al corazón también –materializó una Rosa Blanca Anfímaco, misma que intimidó a Filoctetes.

-Apunta esa cosa lejos de mí –se molestó el de Sagita-. A ver si entiendo. Esa cosa es la Nave Argos, la nave de Oro Rojo de Jasón. Y por alguna razón este la tiene, lo cual me parece una terrible coincide… -comenzó Filoctetes, imaginando entonces la sonrisa de la Sibila-. Oh… esa mujer… me la jugaste buena, amor, me la jugaste… está bien, te creo. Ahora, ¿cómo vamos a subirnos al papiro ese? –se cruzó de brazos Filoctetes.

-Hará falta agua. Heracles, llévalo a la intersección de los ríos Alfeo y Peneo. Néstor, termine con la evacuación de los campamentos. El resto de ustedes, vienen conmigo, el Argos no va a navegarse solo –ordenó Anceo, comenzó a retirarse, pero se frenó de golpe-. Oh, no voy a conducir el Argos así –se quejó Anceo, casi desnudo por su Argonia estar casi totalmente destruida, y notando a la Escama de Salamandra, que comenzó a brillar con un cosmos azulado-. Pues si usted lo dice, mi señor Poseidón, que detalle –tomó Anceo la Escama de Lymnades, y salió corriendo con esta.

-¡Oye! ¡Esa es propiedad de Élide! –lo persiguió Agástenes. El resto de caballeros y el Rey Fileo siguieron a Anceo, mientras Heracles se tronaba el cuello, y se preguntaba sobre el qué debería hacer ahora.

-Los garrotazos no sirven. Y ya me estoy arriesgando mucho. Pero si Anceo puede sacrificar a la nave Argos, yo puedo sacrificar mi pierna izquierda por Élide –comentó Heracles, rodeando su pierna izquierda con su cosmos, y alzando la misma-. ¡Heraclian Quake! –pisó la tierra con fuerza, flamas blancas y plateadas siguieron a una onda de choque, que se estrelló en contra de la pierna derecha de Moliónidas, que cayó en una rodilla, antes de virarse a ver a Heracles con ira, mientras su pierna izquierda era rodeada por la Sangre de Neso, y lo derribaba contra su rodilla-. Ah sí, necesitaba correr, ¿verdad? –se preguntó Heracles, colocó sus dedos en sus labios, y silbó con fuerza, mientras Moliónidas se dirigía en su dirección.

-¿Tan impaciente estás por morir, Heracles? Permíteme cumplirte tu oscuro deseo –resonó la voz de Moliónidas. Heracles sonrió, viró su vista a la derecha, y tomó las riendas de Pegaso, quien corrió a encuentro de su dueño, y rescató a Heracles antes de que pudieran aplastarlo, aunque destruyendo la carreta por la onda de choque-. ¡Vuelve aquí, Heracles! –lo persiguió Moliónidas, en dirección a las Puertas del Norte.

Puertas del Norte. Cauce del Río Peneo.

-Vas a devolver esa Escama de Lymnades, es un tesoro de Élide –le insistía Agástenes, mientras Anceo se colocaba el casco de la Escama de Lynmades, que se redujo a las medidas de Anceo-. No estoy bromeando, por la autoridad del Reino de Élide… -intentó decir Agástenes.

-Por la autoridad del Reino de Élide, si Moliónidas muere, te puedes quedar con esa Escama –respondió Fileo. Anceo sonrió, y tomó el papiro de metal de Oro Rojo-. Ahora, ¿cómo va a ayudarnos esa cosa a invocar a Argos? –preguntó Fileo.

-Rey mío, este es Argos, no un papiro que se utiliza para llamar a Argos –le informó Anceo. Todos, salvo su hijo, lo miraron con incredulidad-. Argos puede doblarse un número indeterminado de veces. De hecho, esto es lo más que nos atrevimos a doblarlo, no sea que desapareciera si lo doblábamos de más. Pero como no me creen, mejor lo tiro –lanzó Anceo el papiro al agua, este reaccionó con el cosmos, y comenzó a desdoblarse. Pliegue tras pliegue, la Nave Argos se materializó frente a los ojos de los atónitos que presenciaban semejante locura, hasta que Argos Navi, en toda su majestuosidad, flotó nuevamente en el mar.

-Retiro lo dicho sobre los Argonautas, ustedes son geniales –enunció Filoctetes, mientras Anceo saltaba dentro del Argos y tomaba el timón. El resto de Caballeros de Athena hizo lo mismo, aunque tuvieron que ayudar a Fileo a subir-. ¡Sus órdenes capitán! –solicitó Filoctetes.

-¡Suelten amarras, icen las velas a favor del viento, y récenle a cualquier dios que quieran rezarle porque vamos a estrellar esta cosa en contra de un Gigante de Oricalco! –ordenó Anceo, y los presentes se pusieron a trabajar, siendo los Tres Co-Príncipes los más comprometidos con la labor, y gracias a su esfuerzo conjunto, el Argos comenzó a moverse por el rio- Hora de nuestro último viaje preciosa… ¡la última Gran Travesía del Argos Navi! –continuó Anceo. Los relámpagos de Zeus, resonaron desafiantes, como si no aprobaran lo que estaba ocurriendo. Pero de pronto en el firmamento, relámpagos azules se hicieron presentes- ¡Poseidón lo aprueba! ¡Wahoo! –celebró Anceo, mientras el nivel del mar subía.

Cerca de donde el Argos navegaba una vez más, el Gigante de Oricalco perseguía al ya cansado Pegaso, quien soportaba del peso de Heracles, quien veía al Gigante de Oricalco cada vez más cerca.

-Tranquila amiga, ya casi acaba esta locura, solo resiste –suplicó Heracles, escuchando el agua que venía en su dirección. Pegaso intentó detenerse, pero Heracles la nalgueó- ¡Sigue! ¡Nos vamos a dar un chapuzón! –ordenó Heracles.

-No huyas y acepta tu destino, cobarde –se agachó Moliónidas, cuando una ola se tragó a Heracles y a Pegaso, confundiendo a Moliónidas, quien se vio rodeado de agua hasta su cintura-. ¿Qué es esto? ¿Intentas ahogarme? Incluso si pudieras, soy demasiado alto para ser tragado por el mar –se burló Moliónidas, atrapando a Heracles en una de sus manos, y sacando a Pegaso del agua con otra, mientras con las últimas dos, se preparaba para aplastar a cada uno.

-¡Oye Moliónidas! ¡Antes de que me aplastes! ¿¡Conoces a Argos Navi!? –preguntó Heracles, divertido. Moliónidas no entendió a lo que Heracles se refería, pero entonces vio a la Nave Argos envuelta en un cosmos azulado, el cosmos de Anceo de Lynmades.

-¡Salten a la cuenta de tres! –comenzó Anceo. Talpio y Agástenes sujetaron cada uno a Fileo, Agapenor y Meges tiraban las cuerdas con fuerza, pero preparaban sus cosmos para un Salto de Cosmos- Uno –giró el timón del Argos Anceo, apuntando-. Dos –Filoctetes se reunió con Anfímaco, y ambos elevaron sus cosmos- ¡Tres! –terminó Anceo, todos saltaron, incluso Anceo. Filoctetes y Anfímaco saltaron más alto que el resto. La Nave Argos, legendaria, poderosa, surcó su última ola, su punta dorada incrustándose en el pecho de Moliónidas, que soltó a Heracles y a Pegaso, que cayeron pesadamente contra el agua del rio. El impacto del Oro Rojo contra el Oricalco, destruyó el pecho de Moliónidas, dejando ver en su interior dos corazones que brillaban con cosmos azul, dos blancos, uno para Filoctetes, otro para Anfímaco.

-¡Flecha Fantasma! –disparó Filoctetes desde el cielo, su flecha bajando a toda velocidad, mientras Anfímaco, elevaba su cosmos alrededor de la Rosa Blanca en sus manos, una Rosa Blanca rodeada del polen naranja de su madre Teronice.

-¡Rosa Sangrienta! –atacó Anfímaco, lanzando su Rosa Blanca envuelta en el polen naranja y su cosmos dorado. Aunque la Rosa Sangrienta fue lanzada después, esta alcanzó a la flecha de Filoctetes, y ambos ataques impactaron al mismo tiempo.

Tras el ataque, los corazones de Éurito y Ctéato sangraron, pero solo uno de ellos tuvo una visión antes de su muerte. Ctéato podía ver los ojos anaranjados de Teronice, quien llevaba la Rosa Sangrienta en sus manos, y con todo el odio de su alma, la clavaba directo en el corazón de Ctéato.

-¿¡Qué se siente, cariño!? –comenzó Teronice, lunática, pero feliz- ¿¡Qué se siente que te destrocen el corazón!? ¡Debe ser una sensación inmensamente aterradora! ¿¡No es así!? ¡Ajajajajajajaja! –resonó la risa de Teronice, antes de que Moliónidas estallara en pedazos.

Élide. Costas de Élide.

-Catasterismo Estelar –enunció Heracles a la mañana siguiente, frente a las playas de Élide, donde los restos de la Nave Argos fueron recuperados por los soldados de Élide. Estos estaban tan en mal estado, que no podrían reconstruir a la Nave Argos aunque quisieran, pero Heracles había pensado en la forma perfecta de honrar la existencia de la misma, usando su Maza de Mithrilo, ante la preocupación de Filoctetes-. No te reocupes Fil, con una muleta será suficiente. La Maza de Mithrilo tiene su propio cosmos. Neso no me quitará la otra pierna –concluyó Heracles, mientras frente a los ojos de los presentes, se materializaba una Armadura de Plata, con un rojo hermoso que representaba a la Nave Argos-. Lo mejor que puedo hacer para honrar la memoria de la Nave Argos, y de los Argonautas, es subirla al cielo en forma de constelación –reverenció Heracles, apoyándose en su nueva muleta de madera.

-Enviaremos la Armadura de Plata a Argos como ofrenda de paz –informó Fileo, con la corona de Élide en su cabeza-. Bajo mi mandato, me aseguraré de que no sea necesario marchar a la guerra, aunque, no duraré mucho en el cargo. Tengo la intención de coronar a los tres Co-Príncipes de Élide, como Co-Reyes. Un Rey de Bronce, un Rey de Plata, y un Rey de Oro –presentó Fileo a Talpio de Delfín, a Agástenes de Triángulo, y a Anfímaco de Piscis. Ninguno de los tres creyéndose lo que Fileo recién había declarado-. Y por supuesto, Élide es ahora un estado vasallo de Pilos. Siempre que Pilos lo requiera, Rey Néstor, tendrá nuestro apoyo –le aseguró el rey.

-Vah, lo único que hice fue hacer el ridículo y retirarme cuando esa cosa, Moliónidas, se distrajo aplastando a los suyos –se molestó Néstor, y miró a Heracles con molestia-. Odio admitirlo, pero tuviste más valor que yo. Aún sin cosmos, enfrentaste a esa cosa. Me hiciste quedar en vergüenza –se molestó Néstor.

-Tenías una reina con la cual regresar, y a un hijo a quien cuidar. No te culpo, Néstor… e insisto que voy a encontrar a tu hijo Antíloco –le ofreció su mano Heracles, Néstor alzó una ceja, y la estrechó. Después pateó la muleta de Heracles, derribándolo-. Estoy tan sorprendido de que tuvo los huevos para hacer eso, que ni enojado estoy –se incorporó Heracles.

-Mi hijo, Heracles… o prometo que te asesinaré de alguna forma, no lo olvides –le comentó Néstor, subiéndose a su caballo-. Y… cuídate… solo yo tengo derecho a matarte. ¡Pilos! ¡Nos vamos! –ordenó Néstor, y sus hombres lo siguieron orgullosos de su rey.

-Supongo que yo debo dirigirme a Creta ahora –comentó Anceo, aun vistiendo a Lymnades-. Si voy a ser el General Marino de Lynmades, mejor comienzo a actuar como tal. En cuanto a mi hijo Agapenor, tú debes ir a Atenas, seguro Meges será un buen compañero. Presiento que Athena y Poseidón pronto renacerán… y por nuestro bien, más nos vale que sean aliados. Herc –le ofreció su mano Anceo, Heracles sonrió, y la estrechó-. Por alguna razón, también siento que es la última vez que nos veremos en vida… -le informó él con tristeza.

-Ah, vamos Anceo, no seas sentimental. Empático sí, sentimental nunca, ahora ven y abrázame –tiró de él Heracles, y le dio un poderoso abrazo, que tronó toda la espalda de Anceo-. Yo estoy seguro de que nos volveremos a ver. Ya sea en esta vida, o en la que sigue –terminó Heracles, y entonces miró a Filoctetes y a Pegaso-. Esta aventura fue un tanto más violenta que la anterior, y me ha abierto el apetito. ¿Quieres comer? Conozco un restaurante en Micenas que –comenzó Heracles, cuando sintió el aroma de las rosas, y comenzó a estornudar-. Wachoo, odio el polen. ¡Wachoo! –se quejó Heracles, y entonces notó la rosa anaranjada en su mano, y a Anfímaco retirándose, no a Élide, sino al Templo de Athena-. Cuídate mucho chico… -le sonrió Heracles, antes de volver a estornudar con todas sus fuerzas.