Capítulo 8 – Entre decisiones y despedidas
El tren de regreso a Namimori era más silencioso que el de ida. Haru miraba por la ventana, abrazando contra su pecho una carpeta con el membrete del Instituto de Artes Creativas de Tokio. Su nombre brillaba en la hoja de aceptación que acababa de firmar: había sido seleccionada para la beca completa.
—Haru se va a Tokio...—susurró, como si necesitara decirlo en voz alta para convencerse de que era real.
Los días siguientes fueron una mezcla de emociones contenidas. Haru comenzó a prepararse para su partida sin decíselo a nadie. Empacaba lentamente, acomodando sus cosas en una maleta mientras en su corazón trataba de darle forma a la decisión que había tomado.
Frente a ella, el uniforme de Midori descansaba sobre la cama, doblado por última vez. Ya no regresaría a esas aulas, ya no cruzaría los pasillos donde había aprendido tanto... y también sufrido en silencio.
Decidió dar una última vuelta por Namimori antes de irse. Caminó hasta el parque donde alguna vez se había reído con los demás, donde solía ver a Tsuna correr con Gokudera mientras Lambo chillaba por un dulce.
Al llegar frente a la casa Sawada, sus pies se detuvieron. Por un momento, pensó en tocar la puerta. Decirles que se iba. Contarles que algo nuevo había comenzado en su vida. Pero sus dedos temblaron antes de alcanzar el timbre.
Se limitó a observar desde la vereda. Nana barría el jardín con su habitual sonrisa tranquila. Desde dentro, se oía la voz de Tsuna llamando a Kyoko. Todo seguía igual. Como si ella nunca hubiese estado allí.
—No... Haru no necesita cerrar esa puerta si ya está cerrada desde el otro lado desu.— murmuró, dando media vuelta.
Esa noche, escribió una carta. No para Tsuna. Sino para Kyoko.
"Querida Kyoko-chan,
Gracias por tu amistad. Gracias por haberme escuchado tantas veces, por tus sonrisas y tus silencios.
No estoy enojada. Solo estoy aprendiendo a no quedarme donde no soy vista. Me voy a Tokio. A comenzar otra historia. No es una despedida. Es un hasta nunca.
Con afecto, Haru"*
La dejó en el buzón de su casa al amanecer. Nadie la vio. Nadie la detuvo.
El tren hacia Tokio salió a las 9:45 a.m. Haru subió con paso firme. En sus manos, llevaba su maleta, su carpeta... y una pequeña libreta donde seguía escribiendo su historia.
Cuando encontró su asiento, se sorprendió al ver una figura ya sentada junto a la ventana.
—¡T-Toma-san!— exclamó, parpadeando.
—Te dije que me llamaras Toma. —él sonrió. —No quería que te fueras sola.
Haru se quedó inmóvil por un momento. Luego, se sentó a su lado, sin saber qué decir.
—¡Gracias desu...!— dijo al fin, con un hilo de voz.
—Vamos a empezar de nuevo, ¿no? —él preguntó, mirando por la ventana mientras la ciudad quedaba atrás. —Allá no eres "la amiga de" nadie. Allá solo eres Haru. Y eso ya es suficiente.
Ella lo miró. El reflejo del cristal mostraba su rostro con una sonrisa sincera. Y por primera vez, el corazón de Haru sintió que no dolía. Que empezaba a sanar.
Mientras el tren avanzaba, el pasado se difuminaba como las estaciones que quedaban atrás.
Y Haru, con los ojos puestos en el horizonte, se permitió imaginar un futuro distinto.
