"Llegará el día en que desapareciendo las sombras sólo queden las verdades, que no dejarán de conocerse por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias" (Juan Manuel de Rosas. 1857. Enterrado en el cementerio de Southampton, Inglaterra)

11 de agosto

Aquella noche, el calor veraniego de Inglaterra se fue en toda la isla sin casi dejar rastro. El viento se movía entre los árboles, haciéndoles bailar, y la fina y cortante lluvia golpeaba la tierra, ya encharcada, como si quisiera clavarle alfileres de agua dirigidos por la corriente.

El cementerio de Southampton era enorme. Tenía una larga extensión de tierra (más de sesenta mil metros cuadrados) dividido en cuatro partes de las cuales, solo una no era visible a ojos de un muggle. El cuarto trozo de terreno había sido adquirido por Flavius Titus, un mago adinerado del siglo diecinueve, que si bien había utilizado la extensión de tierra como mausoleo familiar, generaciones más tarde se había convertido en un cementerio público de magos que vivieran en la ciudad.

La tierra crujió a los pies de Ann. Estaba en la zona más poco cuidada, en la que descansaban los restos de una pareja sin muchos recursos de principios del siglo XX. Contempló las tumbas con desagrado, mientras se metía las manos en un fino abrigo que se había visto obligada a llevar.

Nada. Ni rastro.

-No está aquí- murmuró, para sí.

Pero en realidad, nada era seguro. En su mente, seguía cavilándolo todo, como si todo fuera un gran rompecabezas cuyas piezas tuviera que juntar.

-¿A dónde vas, Mamá?

Helen se dio la vuelta, después de soltar las tijeras de recortar los tallos bruscamente, sobresaltada. Cayeron con un ruido sordo en la encimera de la cocina.

-¡Ann, cariño! ¿Qué haces ya aquí, en casa?

La pequeña niña acababa de cumplir los siete, pero aparentaba cinco debido a su cara redondita e infantil y su baja estatura. Quizá si no hubiera sido físicamente así la gente no se extrañaría tanto al oírla hablar casi como un joven adulto.

No tenía muy buen aspecto. Tenía las mejillas encendidas y el pelo despeinado, como si hubiera estado corriendo nada más salir del colegio.

"No quiere encontrarse con sus compañeros de camino a casa" pensó Helen, conociendo a su hija.

-Nos han dejado salir antes- dijo ella, en voz baja.

Su madre supo que mentía. Pero no quería ponerse a discutir con ella. No en aquel momento.

"Las clases me aburren" solía decir. Pero ya la habían adelantado dos cursos, y las cosas no mejoraban. Además, había conseguido sonsacarle a Ann que más de un compañero se metía con ella. Pero Helen sabía que era desgraciadamente mucho más. Estaba sola, no tenía amigos. A su hija le faltaba un amigo leal y fiel, que la quisiera tal y como ella era, con sus virtudes especiales. Y por supuesto, por sus defectos. Pero sobretodo, con sus extrañas habilidades.

-¿Por qué has comprado dos ramos para la tumba de Papá?- preguntó desde el umbral, extrañada, agarrándose con las manos al marco de la puerta

Helen se encogió de hombros, sonriente.

-Hoy te daban uno gratis- sólo dijo.

Ann frunció el ceño. No parecía muy convencida. No era tonta. Y su madre tenía la ligera impresión de que estaba empezando a saber casi a ciencia cierta cuándo una persona estaba diciendo la verdad y cuando mentía.

Y ella estaba mintiendo.

-¿Puedo acompañarte hoy?- preguntó Ann, con voz tímida.

Negó lentamente, para que quedara claro.

-Hoy no cariño, por favor. Tengo que solucionar un papeleo importante. Pórtate bien, no tardaré mucho. Si quieres el domingo nos acercamos tú y yo. Si te pasa algo o tienes algún problema...

-Avisa a la señora Jenkins- completó su hija, sin tono pedante.

-Exacto.

-Exacto- repitió Ann, en un leve susurro, casi inaudible.

Solo los ojos de Ann se movían inquietos mientras aquel recuerdo acudía a su mente, tan nítido como iluminado por el sol.

-Sí está aquí- se dijo Ann- tiene que estar.

Por fin sus piernas comenzaron a moverse y sus ojos empezaron a recorrer las tumbas, en parte como si no quisieran, porque si Ann encontraba lo que había venido a buscar, en parte sería un horror, en parte el descubrimiento de una mentira, que si bien no había sido propiamente una mentira, era como si lo fuera. Ocultar la verdad, también era mentir. Lo era.

El silencio era estremecedor. Por un momento, se arrepintió de no haberle pedido a Harley que la acompañara. Se sentía más sola que nunca. Más que cuando la marginaban en el colegio.

"Estás muy enfadada con él" se recordó. A menudo tenía que recordárselo. A menudo, solía aparentar muy mal que lo estaba. Es decir, aquellas últimas semanas.

Pasó la siguiente media hora leyendo nombres de magos fallecidos, y se paró cinco minutos en la tumba de su padre.

John Alcor Anderson

1981-2006

"Paz, justicia y honor"

Paz, justicia y honor. En la tumba de su padre estaba tallado el lema del cuerpo de Aurores.

Ojalá tuviera un padre al que preguntarle si estaba haciendo las cosas bien, o si las estaba haciendo mal, qué podía hacer para remediarlo. Ojalá su madre siguiera viva y pudiera llenar ese vacío que sentía dentro de ella. Era como si nadie pudiera rellenar ese hueco. Estaba vacía. Ni siquiera mantenía la ilusión de que alguien la quisiera de manera romántica. No estaba enamorada, y hacerle creer a Albus que si lo estaba había sido un acto de desesperación del que se arrepentía enormemente. No quería hacer daño a nadie, de la misma forma que no quería que se lo hicieran a ella.

Echó a andar de nuevo, como una muerta en vida, con los ojos rojos y las manos metidas en los bolsillos. Encogida como una manzana marchita.

UN AÑO Y MEDIO MÁS TARDE

"A Albus, Lily le recordaba a Rose muchas veces. Aunque por suerte para Lily, ella no había tenido que ser sometida a la cadena de desgracias que su prima había soportado durante casi dos años. Aunque de alguna manera, las dos parecían haberse protegido por una película de caparazón que las haría inmunes a cualquier cosa. De una manera fuerte y serena, no como la oscuridad que él había visto en los ojos de Rose cuando ella tenía dieciséis, tras la que pretendía ocultar todo lo malo.

-Tengo algo que hacer que no creo que pueda esperar más-su hermana estiró la mano hacia atrás, comprobando que Scorpius seguía a su lado.

Se dio la vuelta y miró a Malfoy. Y lo que pasó no se lo esperó. Al menos, no delante de él, y con Rose gritando a voces que todos se sentaran y la escucharan.

Se puso de puntillas y lo tomó de las mejillas. Como en un acto insconciente, Malfoy se inclinó lo suficiente como para que ella pudiera alcanzar a besarle en los labios.

Albus frunció el ceño mientras veía como el rubio agarraba a su hermana por la cintura para sentirla más cerca, y como reaccionaba con entusiasmo ante su ¿impulsivo? acto.

Así que a Lily le gustaba Scorpius Malfoy, pensó Albus. Su padre iba a dar palmas con las orejas.

-Vale, ya podéis parar- comentó, intentando aparentar normalidad.

Normalidad era lo que Lily secretamente, le estaba pidiendo.

Al ver que no le hacían mucho caso (de hecho, pareció como si sus palabras los alentaran) desvío la mirada hacia Rose, que, como algunos otros, se había percatado a lo lejos de la situación. Observaba a la pareja como ausente, metida en sus más profundos pensamientos, y sentimientos. Pensando a la velocidad del rayo, Merlín sabía qué. Finalmente, sus ojos brillaron, con vida, antes de que se diera la vuelta, como queriendo ignorarlos.

Y Albus simplemente quiso desaparecer unos días de la tierra.

O simplemente, volver a ser niño.

Aquella noche, un lobo de ojos verdes como los del hijo mediano de los Potter, cruzaría los lindes del bosque prohibido, en busca de algo que todos los humanos quieren.

En busca de libertad"

O al menos, lo habría hecho hasta que algo sucedió que cambió el rumbo de los acontecimientos.

-Bien- empezó Rose, aclarándose la garganta para empezar. Casi todos callaron para escucharla. Casi todos- supongo que habréis leído los periódicos esta mañana. Dos familias muggles de Southampton han sido asesinadas ayer. Aunque no lo pone en El Profeta, ya que creo que sería demasiado esfuerzo para ellos contar toda la verdad, es evidente que ha sido Sameor. O alguno de sus mortífagos.

-¿Por qué los han asesinado?- preguntó Lena McLagguen- no suelen asesinar muggles así como así- comentó, afectada.

-Guardaban relación con Ann. Sameor debió de pensar que ella habría recurrido a la familia a la que nadie o casi nadie sabía que conocía para ocultarse.

-Porque eso es lo que está haciendo- bufó alguien a quien Albus no lo logró poner cara.

Rose se cruzó de brazos. Acababan de exasperarla.

-No es eso lo que está haciendo, Parsons. Ya lo hemos hablado. Ann tuvo un problema el verano anterior que tuvo y tiene que solucionar...

-Pues le está llevando mucho tiempo, ¿no creéis?

Albus los miró, alternativamente, deteniéndose un segundo para ser consciente de que alguien lo escuchaba todo oculto en la oscuridad de una sombra, cabizbajo, y no pudo adivinar de quién se trataba. Se mosqueó un poco, pero tenía otros entretenimientos.

-Hablas así porque tienes miedo- le acusó.

-¡Y es normal! ¡Todos lo tenemos!

-Rose- intervino Clarissa- si al menos tuviéramos una ligera idea de dónde está Ann, o de qué está haciendo...

Rose cerró los ojos y los abrió rápidamente, tras aspirar mucho aire. Albus tuvo ganas de estrecharle la mano, en señal de que eran los dos los que llevaban una pesada carga con ellos, y que obviamente no estaba sola. Tanto ella como él tenían la misma responsabilidad.

"No lo parece, Albus" se dijo a sí mismo. La negrura debajo de la mirada de su prima lo confirmaba. Se sentía inservible, o al menos no tan servible como debería...

-Ya lo hemos hablado otras veces- dijo Rose, perdiendo la paciencia y hablando muy deprisa- si os he dicho que yo sé dónde está Ann no es para que me andéis preguntando cada dos por tres que dónde está, sino para que estéis tranquilos. Sé dónde está Ann, sé que está haciendo, yo lo sé y vosotros no, asumidlo- estaba realmente exasperada- no eráis vosotros los que erais sus amigos mientras estudiaba. Y, si no os importa ¿podemos avanzar? Estamos hablando de mortífagos matando gente...Hogwarts ya no es tan seguro como cuando entramos muchos de nosotros en primer año. Si podemos ayudar a Ann en alguna cosa, es haciendo de Hogwarts UN LUGAR SEGURO.

-¿De eso no tendrían que ocuparse los profesores?

-Sí, seguro que bajo el mando de Badgreen pondrán más empeño en protegernos- ironizó Albus, en voz alta.

-Si Sameor quiere a Ann, entonces, ¿Por qué no está Ann aquí para enfrentarse a él, en lugar de dejarnos con esta incertidumbre y ganas de...hacer algo al respecto? ¿Al respecto de que casi estamos en la tercera guerra mágica?

- Es que casi da la impresión de que ha huido- dijo Erized Panton, que, muy digna, tenía los brazos y las piernas cruzadas y la cabeza muy alta, como si todos los que estuvieran allí no merecieran su tranquilidad y relajación. A su lado, Grace le dijo algo que Albus no pudo oír. Aunque él tampoco lo hubiera sabido. No podía ni mirarla. Le producía mucha vergüenza. ¿Cómo pudo fastidiarla de esa manera con ella? Eran inseparables. Y bastó muy poco para que todo se desmoronara. La echaba tanto de menos que dolía tanto como si le hubieran pegado una paliza. No por nada dicen que que nos ignoren equivale a nivel cerebral a que nos empujen

Mal. Mal. Mal.

-Puedo asegurar que no ha huido. O, si lo ha hecho, ha sido para protegeros a todos y para volverse más fuerte.

La figura que se había ocultado entre las sombras de las luces de las antorchas, se descubrió. De ser otro alumno más, nadie se habría fijado, ya que todos estaban metidos en una gran discusión, pero no lo era. Vestía ropa oscura y capa negra. No era muy alto y tenía el pelo castaño oscuro cortado de manera desigual, cayendo mechones por la frente sin orden aparente.

La luz iluminó su rostro, blanquecido y tirando a redondeado y con nariz achatada, labios finos, y unos enormes ojos azules, que desprendían luz propia.

Albus lo miró, entre estupefacto y sobresaltado. Él lo miró también, serio, hablándole con la mirada.

Ambos chicos desviaron la mirada hacia Rose. La chica había perdido el poco color que tenía su rostro y miraba al recién descubierto extraño, tan inmóvil como en estado de catatonia. De repente sus labios se despegaron lentamente, como si quisiera decir algo, pero le fuera totalmente imposible.

-¿Quién eres Tú?- preguntó Panton, ligeramente sorprendida a la par que curiosa, mientras en la Sala de los Menesteres empezó un rumor que serí difícil de detener. Sobretodo cuando el chico habló.

-Mi nombre es Andrew. Andrew Anderson- el murmullo se extendió hasta ser mucho más que eso- soy el hermano de Ann.

Albus se aproximó hacia su prima dando las zancadas más largas que sus piernas podían permitirse, y le pareció oír a la chica murmurar para sí misma:

-Lo mato...es que lo mato...idiota- lo miró- idiota.

El chico no sintió la necesidad de insultar la acción estúpida de su amigo al presentarse delante de un montón de alumnos de Hogwarts así, sin avisar, pero sí que estaba de acuerdo en que exponerse de esa manera (por no hablar de colarse en Hogwarts) era un acto innecesario y sin premeditación.

-Ann no tiene hermanos- rebatió Grace Wilson, a voz en grito- solo un hermanastro.

Andrew rodó los ojos.

-Mírame bien. ¿Realmente no me crees?- preguntó, con incredulidad.

Era casi una copia exacta de Ann en chico. Excepto por el color de cabello y la altura, pasaría por Ann trasformada por un hechizo.

Grace lo miró, dubitativo.

-Rose...-llamó a su amiga.

Andrew miraba a Rose alternativamente, incapaz de mantenerle la mirada. A ella se le había hinchado la vena del cráneo, y con los brazos cruzados, mantenía una tensa y permanente mirada con el hermano de Ann. Frunció el ceño cuando juró que lo había visto sonreír levemente.

-¿Y qué has venido a hacer aquí?

-¿Eres como Ann? ¿Tienes su don también?

-¿Por qué no supimos que Ann tenía un hermano?

Andrew tomó aire.

-No, no tengo el don de Ann, ni el de Sameor. Ni siquiera soy mago. Es decir- volvió a tomar aire mientras se paseaba un poco por el lugar, acercándose a sus amigos- que aparentemente no he venido a salvar el mundo o como lo queráis llamar. Pero si soy la garantía de que Ann está viva y tiene un plan para derrotar a Sameor, entonces estaré aquí, demostrando que hay un plan, que hay algo por lo que luchar, y que nada se ha perdido todavía.

-¿Estás con Ann y con Harley?- preguntó Edith Lawrence.

Andrew pareció vacilar un segundo. Finalmente asintió.

-Si. Estoy con ellos. Ellos han cambiado un poco desde la última vez que se les vio por aquí, pero creo que están cambiado para mejor.

-¿Por qué Harley no vuelve a Hogwarts? Él no tiene nada que ver en esto

Andrew sonrió a Mary Winston, irónico.

-¿Por qué? ¿Lo echas de menos? Y si, tiene que ver. Él tiene que estar con Ann. Así fue siempre, y nada va a cambiar ahora.

Rose se destensó un poco.

-Seguid luchando- continuó él- resistid a los ataques injustos contra los magos hijos de muggles, pelead por vuestros derechos. No dejéis que profesores corruptos de Hogwarts os coman el cerebro. Hay una luz al final de este túnel, creedme. Creedme a mí, ya que Rose y Albus están hartos de intentar que confiéis en su palabra.

Esa vez nadie dijo nada.

Pasaron los minutos y nadie debía de permanecer allí mucho más tiempo. Los profesores nuevos tenían controladas las desapariciones repentinas de alumnos, temiendo una rebelión, que era justo lo que era el Escuadrón de Merlín, el E.M., que cumplía casi dos años de su creación. Salieron murmurando sobre Andrew y su repentina aparición, mientras alguno le echaba una rápida ojeada al desaparecer por la puerta.

El joven se puso las manos a la espalda, mirando a sus dos amigos, que parecían desear el momento de quedarse solos en esa sala.

Y ocurrió por fin.

Y Rose se desató.

-¿SE PUEDE SABER QUÉ NARICES HACES AQUÍ?- se acercó peligrosamente y el chico retrocedió, por inercia. ¿¡Que QUÉ HACES AQUÍ!?

-Creo que lo que quiere decir es que no deberías haber venido- explicó Albus.

-Gracias pero no necesito un traductor, Albus- le regañó su prima, fuera de sí. Volvió a girarse para mirar a Andrew- ¿¡Realmente crees que has arreglado algo!?

Él respondió, señalando hacia la puerta.

-¿No lo has visto? ¡Les he dado más motivos para mantenerse fuertes que vosotros!

-¿¡Estás desprestigiando todo lo que hemos hecho por Ann y por acabar la guerra!? Ni se te ocurra volver a insinuarlo.

-Rose...

-¿Qué?- respondió sin dejarle hablar- y además ¿Cómo demonios has entrado aquí?

-Cabeza de Puerco.

Rose se giró de nuevo.

-Hay que cerrar esa entrada. Está claro que cualquiera puede entrar aquí.

Andrew rodó los ojos.

-Rose... ¿No podías tranquilizarte un segundo?

Ella no respondió nada. Se quedó allí parada, con los brazos cruzados y respirando fuertemente, todavía cabreada.

-Voy a irme ya- anunció.

-¿Tan pronto?- preguntó Albus, de nuevo sorprendido- acabas de venir...

-Pero Rose tiene razón. No debería estar aquí. He venido para asegurarme de que estén de nuestro lado. Nada más.

Ella bajó la mirada

Albus abrazó a Andrew y le dio palmadas en la espalda, con fuerza.

-Te echamos de menos. Os echamos de menos. Iremos a veros en cuanto podamos ¿de acuerdo?

-No podría ser de otra forma, Al. Sé que lo haréis.

-Bueno- dijo Albus separándose- creo que os dejaré solos un segundo para que os matéis, o... algo que no quiero ni saber. Adiós, tío.

-Adiós

Andrew contó los segundos hasta que su amigo desapareció por la puerta. Dejó que fuera Rose la que empezara a hablar primero, creando un tenso silencio.

Pasaron como mil siglos, pero finalmente lo hizo.

-No tengo nada más que reprocharte, si es eso lo que te preguntas. No me hagas quedar de mala.

-Sé que me gritas porque te preocupas. Siempre me gritas cuando te preocupas.

Rose inspiró muy hondo y alzó la mirada, todavía con los brazos cruzados en señal de defensa.

-Lily querrá decirte hola, Hugo también. Posiblemente estén esperando fuera.

-¿Tú no vas a decirme hola?

Rose se movió, nerviosa.

-¿Hola?- fue todo lo que pudo decir.

Andrew caminó despacio hasta ella, dándole tiempo a ella para empujarle o pegarle, si era lo que ella quería. Pero no encontró ninguna violenta reacción.

La abrazó con ganas. Y, aunque al principio Rose no hizo nada, sus brazos fueron bajando y finalmente lo abrazó también. Parpadeó un poco, de la emoción contenida.

-Te echo de menos tanto como tú me echas de menos a mí. No lo dudes.

-Ojalá...-empezó ella, pero la voz se le quebró.

-Lo sé. Ojalá pudiéramos estar juntos. Pero no podemos.

-Nunca he protestado por eso.

-Lo sé. Eres muy fuerte- se separó para mirarla, tomándola de las mejillas- cuando yo esté bien y Ann recupere la memoria. Cuando todo esto acabe.

-Lo sé.

-Y no me separaré de ti ni un momento. Lo prometo.

Rose soltó una risa desganada.

-No prometas nada que no puedas cumplir.

-Pues lo intentaré.

Cuando Rose notó que sus rostros se acercaban demasiado y con un solo propósito, se echó hacia atrás.

-Quédate. Un rato. Solo un rato.

Él, tras el disgusto de su movimiento, sonrió.

-Ya pensaba quedarme un rato.

Por fin. Las barreras cayeron. Ann se detuvo delante de la pequeña lápida, y rápidamente lágrimas de nerviosismo acudieron a ella. Allí estaba. Confundido en la zona del cementerio de muggles. Allí. La lápida. Pequeña. No muy desgastada. Las letras estaban perfectamente grabadas.

ANDREW J. ANDERSON

3 DE MAYO 2006

"Un alma pura siempre verá la luz"

Ann se preguntó en silencio de dónde se habría sacado su madre aquella frase.

Cogió su varita, con los dedos temblorosos. Cada vez hacía más frío. Alzó el brazo varita en mano, con miedo, mucho miedo, y con ganas, a la vez.

Sus labios se despegaron despacio, como a cámara lenta.

Tomó aire y pronuncio las palabras, procurando que su voz no temblara un ápice y consiguiéndolo a duras penas.

-Neonatus Revelio!

El aire a su alrededor se agitó, como si se acercara una tormenta. Las hojas, volando, formaban círculos a su alrededor. La tierra seca se levantó, creando una nube de polvo.

Y finalmente...

Nada.

El cabello de Ann recuperó su estado normal, sino tal vez un poco más revuelto.

Le flaquearon las piernas. Cayó al suelo, derrotada. Le dolía todo.

Era cierto. Era cierto. Era cierto.

Antes de derrumbarse completamente, miró desafiante a la lápida, mentirosa y cruel.

-Donde quiera que estés, Andrew- murmuró, con fuerza contenida- voy a encontrarte.