Dos años y unos meses después...

Rose escribía sin parar sobre el pergamino, haciendo un trabajo sobre la tercera guerra de duendes del siglo XVII. Bueno, el trabajo había quedado aparcado hacía unos minutos, a punto de terminarse, y lo que escribía apenas sin detenerse era una carta, extensa y con las letras poco separadas, y caligrafía pulcra y meticulosa. Solo se detenía en ocasiones para mirar por la ventana de la biblioteca. La primavera entraba por fin en Hogwarts, y, aunque no era el caso, parecía que hasta reinaba la paz en el mundo mágico. Rose suspiró, mientras sentía una calma fingida que pese a todo, le proporcionaba bienestar.

-¡Rosie!- la llamó una chica a sus espaldas.

La aludida se sobresaltó, dando un respingo.

Lily apareció en frente de ella, levemente sonriente y resuelta.

-Lily- saludó, con una sonrisa real- ¿Qué pasa?

La chica se encogió de hombros.

-No pasa nada. Estoy buscando a Scorpius. Me dijo que estaría aquí.

Rose negó.

-No lo he visto, la verdad.

Lily suspiró, resignada. Después, se centró en su prima mayor.

-¿Qué haces si puede saberse?- preguntó.

-Escribir una carta- contestó.

-¿Para los hermanos Anderson?

Asintió.

-Bueno. A él no hace mucho tiempo que lo ves. Cómo se ha tomado la gente su reaparición ¿eh?

-Su aparición, querrás decir.

-Sí, supongo, su aparición.

A aquellas alturas, la joven Weasley ya volvía a tener ese brillo de nostalgia en la mirada que se presentaba con frecuencia ante Lily y ante quien se interpusiera en su trayectoria.

Una cabellera plateada apareció ante ellas.

-¡Estás aquí!- exclamó Scorpius- no te encontraba.

-A mí me pasaba lo mismo- contestó Lily.

Rose los observó a ambos y compartió una leve mirada cómplice con él.

-¿Vamos?- preguntó Lily.

-Vamos- afirmó el Slytherin- ¿todo bien, Rose?

Rose puso cara de circunstancias, pero sin embargo parecía animada.

-Igual que siempre. Ahora iros, antes de que Albus os vea juntos y le empiece a salir humo de las orejas.

-Tendrá que hacerse a la idea- protestó Lily mientras le tomaba de la mano a Scorpius, y una vez más él se ponía más contento que todos los habitantes del castillo juntos-mira que es estúpido. Que mire por lo suyo y deje a los demás en paz.

-No le pidas eso a un hermano mayor, y más concretamente a Al.

Lily rodó los ojos.

-¿Después puedo preguntarte unas dudas sobre Transformaciones? Llevo media tarde intentado hacer la redacción y creo que al fin me ha salido...desastrosa.

-Claro- contestó Rose- mañana mejor. Es sábado y siempre voy a la biblioteca.

-Genial. Vamos- le repitió a Lily- no tenemos mucho tiempo.

Nadie lo tenía. Los exámenes de séptimo y quinto se acercaban, una guerra inminente se cernía sobre el mundo mágico.

Y sin embargo, Scorpius sonreía, porque el mundo le había hecho el mayor regalo de todos.

La chica que en aquellos instantes lo tenía agarrado de la mano, y que lo arrastraba a pasar una agradable tarde de primavera.

Rose los miró alejarse, preguntándose si podría llegar a tener aquella paz que desprendían Lily y Scorpius. Pero para eso, se recordó, habría tenido que enamorarse de un chico como Scorpius, cuando tuvo la oportunidad.

Recordó, por quinta o sexta vez en su vida, una frase que le habían dicho hacía ya mucho tiempo.

"A usted, señorita Weasley, le enamoran las cosas complicadas. Por lo tanto, es natural que se enamore de chicos complicados"

Sonrió, levemente divertida, mientras doblaba su carta y la metía en un sobre. El destinatario de aquella carta vivía en un remoto lugar, y no pensaba escribir aquel lugar en la carta, hasta que fuera el último momento de enviarla.

-Complicado, no imposible- murmuró para sí, con seguridad.

Recogió sus cosas y fue a buscar a Albus, que debía de estar en la sala común de Slytherin, pensado en todas las cosas que no había hecho bien, como siempre, últimamente.

La decimosexta semana de octubre, el otoño hizo su presencia en toda regla sobre el castillo de Hogwarts. Los árboles comenzaron a quedarse sin hojas, que se secaban y acababan tendidas en la hierba. Muertas, sin ganas de seguir.

Un poco como las hojas se sentía Harley, que luchaba por no quedarse dormido en la sala común de Gryffindor, como todas las noches. Al final, el agotamiento había podido con él, y estaba tendido en la alfombra, revolviéndose para un lado y para el otro, mientas ojeaba una revista de deportes que ni siquiera le interesaba mucho. Prácticamente solo hablaban de Quidditch. Y a él no le gustaba el Quidditch. Había que volar. Había que elevarse demasiados metros del suelo como para que resultara algo divertido para él, que había tenido pánico a las alturas desde niño.

Pasaron dos horas de plena tempestad fuera de la torre, cuando escuchó algo más que el rugido del viento y la lluvia golpeando el cristal: unos pasos. Bajaban las escaleras lentamente, y Harley aprovechó aquellos segundos para incorporarse, sentarse en el sofá, y fingir que estaba allí leyendo porque era simplemente un estudiante que no podía dormir aquella noche.

Si la persona que acababa de bajar lo había visto, no había dicho nada. Harley inspiró y expiró lentamente, expectante. Los pasos no sonaban pesados, sino ligeros sobre el suelo.

Casi le da un vuelco al corazón (y juraría que se lo dio), cuando vio una cabellera pelirroja recogida en una coleta, aparecer a unos metros de él.

" Es Rose es Rose es Rose" se repitió internamente una y otra vez, mientras la velocidad de su corazón aumentó hasta ir tan deprisa como una snitch dorada.

Intentó ignorarla durante unos segundos. Pero se notaba en el aire que Rose había bajado a hablar con él, y no iba a retirarle la mirada como mínimo hasta que él reaccionara. Llevaban más de un mes sin hablarse.

Así lo hizo, tras unos segundos.

Ni siquiera llevaba el pijama. Ella seguía vestida con el uniforme escolar (aunque no llevaba zapatos) y lo miraba, aparentemente serena.

-Rose- dijo, al fin él.

Ella parpadeó. Su pecho se hinchó por unos instantes y finalmente escuchó su voz. Sonó extremadamente distante, como si uno de los dos no estuviera allí realmente.

-Ann me lo ha contado todo- solo dijo.

Harley se quedó paralizado por un momento. Acto seguido, se incorporó para intentar disimular su sorpresa.

No podía ser.

-¿De qué hablas?- preguntó, por si acaso.

-De ti hablo- contestó, fuerte y segura- de todas las mentiras que me contaste, solo porque yo no recordé que me quedé sin memoria durante un mes por culpa de tu magia. Por tu culpa.

La seriedad se escapó del rostro del chico, y solo quedó en él el dolor, la vergüenza, y la súplica de perdón.

-Rose, yo...

-Lo hiciste para no volver a acercarte a mí- afirmó ella- yo pensé que era por Ann...me mentiste.

Harley negó varias veces, nervioso.

-No permitiré que te vuelva a pasar nada por mi culpa. Jamás- juró, al mismo tiempo que retrocedía unos pasos.

Rose le siguió, buscando romper la distancia entre ellos.

-Olvídate de eso ahora. Ahora sé la verdad. Me quieres.

-Olvídate tú de mí- replico- Si recordaras el momento exacto en el que lancé toda mi magia contra ti...me odiarías. Me odiarías más de lo que me odio yo.

-¡No podría odiarte ni aunque lo intentara con todas mis malditas fuerzas!- se acercó hasta quedar a centímetros de él, decidida, y lo miró fijamente, con los ojos azules brillantes, como el mar en verano- Te quiero. Y tú a mí. Y me da igual que hayas tenido que hacerme daño para darte cuenta.

Le rodeó el cuello con los brazos y se puso de puntillas, sonriéndole. Y aunque Harley había intentado pretender que no le importaba estar siempre a más de dos metros de Rose, la poca distancia entre ellos le superó, en aquel momento.

La cogió por las caderas y la besó con ganas, con la misma pasión que la primera vez, con la misma prisa. Ella no pareció en absoluto sobresaltada, sino que respondió con el mismo ímpetu.

Podían pasar siglos, y no se daría cuenta. Aunque había sucumbido a la parte egoísta que había estado ocultando durante tantos meses, no podía evitar que cada roce de las manos de ella, que viajaba por su cuerpo con la misma desesperación y el mismo deleite que las de él, encendieran de nuevo su corazón, que latía tan fuerte contra su pecho que podía morirse de dolor, si fuera dolor en lugar de felicidad lo que sentía. Se moría por decirle que extrañaba su voz, sus cabreos, sus labios, su piel. Se moría por decirle que no sentía nada así por nadie, aunque se obligara a ello. Se moría por decirle que moriría por ella. Se moría por decirle que sus pesadillas iban sobre su muerte.

Rose se separó de él, repentinamente.

Su expresión era de miedo, su rostro estaba lleno de terror. Se separó todo lo que pudo, mientras hilos de sangre caían por su rostro y círculos rojos empapaban sus ropas.

Harley se quedó sin respiración.

-¿Cómo has podido?- balbuceó Rose, soltando gemidos de dolor.

-¿Rose?- la llamó Harley, con horror.

-Yo te quería... ¿Cómo has sido capaz...?

-También yo te quiero-contestó, desesperado.

-Vas a matarme- comprendió Rose, abriendo mucho los ojos.

Cayó al suelo, semiinconsciente.

-¡Rose!- gritó, corriendo hacia ella.

Pero Rose ya no estaba allí.

En su lugar, en el suelo estaba había una mujer de casi cuarenta años, con el rostro magullado y con un hilillo de sangre saliendo por su boca entreabierta, confundiéndose con el pintalabios carmesí que siempre llevaba. Incluso después de tantos años.

-Mamá-no pudo evitar decir, con sorpresa.

La mujer giró sus ojos sobre las cuencas, para mirarle. Se sorprendió tanto que respiró trabajosamente. Sonó como si hubiera líquido en sus pulmones.

La madre de Harley le escupió la sangre de su interior al rostro.

-Yo no soy tu madre, cariño. Pero voy a estar... siempre contigo.

Harley despertó sudando sobre las sábanas de una cama en la enfermería.

Enfrente de él estaba la señora Pomfrey, mirándolo como evaluándolo.

Él expiró todo el aire que pudo.

-Bien. Has despertado por fin. No parecías estar teniendo un gran sueño, creo yo.

-¿Qué?- preguntó desorientado. Su madre estaba allí en Hogwarts. Había hecho daño a Rose. A las dos.

No, espera.

-Ha sido una pesadilla- murmuró Harley, cayendo en la cuenta.

Parecía tan real...

-Supongo que sentirás alivio.

El silencio reinó durante unos segundos.

-Solo en parte. La vida real no es mucho más bonita. ¿Qué me ha pasado?

-Brad Murphy te encontró en la alfombra de la sala común, aparentemente inconsciente. Y tranquilo, creo que se ha quedado convencido con la excusa del bajón de azúcar, no hay de qué preocuparse. ¿Hacía mucho que no te despertabas sin razón?

Harley divisó una figura situada detrás de Pomfrey. Tomaba notas con rapidez y parecía bastante implicada en su conversación. La reconoció casi al instante. Era Victoire Weasley, vestida con una bata igual que la de la señora Pomfrey, y evaluándolo, como una Sanadora.

No le había sentado muy bien el hecho de que la prima de Albus fuera a ser una integrante del equipo de enfermería del colegio. Descubriría su secreto, si no lo había descubierto ya, cosa que era bastante segura a aquellas alturas de curso.

-Hola, Vic- saludó Harley, tratándola como había visto a sus amigos tratarla. Procurando quitar hierro a todo el asunto.

-Hola, Harley- contestó la chica, con cara de circunstancias. Se sentía incómoda, por estar empezando a descubrir secretos de alumnos de los que claramente no quería saber nada más de lo que sabía el resto de la gente.

El chico sonrió sin ganas, y Victoire tuvo que admitir que incluso así, grogui y agotado, estaba guapísimo.

-Supongo que ya sabías todo esto antes de que pasara- dijo el alumno, resignado, mientras la señora Pomfrey lo incorporaba para que le cambiara el vendaje que estaba empapado en poción.

-No tienes nada de lo que preocuparte- le aseguró la señora Pomfrey mientras su ayudante también colaboraba con ella- Victoire tiene como yo el deber del secreto profesional. No se lo dirá a nadie. Nada de lo que te ocurra, ni ocurra en las paredes de la Enfermería. Voy a por el zumo de calabaza. Tendrás bastante hambre, supongo.

Vic y Harley llegaron a quedarse solos, mientras ella terminaba de pasar el vendaje por el pecho descubierto de él.

-Qué fuerte estás- dijo Victoire. No podía ocultar que lo había visto semidesnudo y que le había sorprendido un poco que lo que había era lo mismo o más de lo que se dejaba intuír por la marca de las ropas- hace años pensé que era porque tenías una costumbre familiar que consistía en ponerse como un armario, pero...

-Es por la enfermedad, supongo- completó Harley, riéndose- Albus los llama "efectos colaterales positivos". El aspecto, la voz, la buena salud, el olor...la fuerza- se jactó, - ¿has oído eso de la maldición del guapo? Pues lo mío debe de ser al revés. La bendición del enfermo.

Victoire le tendió la camisa del uniforme.

-Al resto de la gente que padece tu enfermedad no le ocurre esto, Harley- dijo, refiriéndose a su cuerpo.

-Lo sé. Conocí a una chica en San Mungo con mi mismo caso, salvo por eso. Se llamaba Emily. Ella siempre parece muy frágil.

Victoire no añadió nada. Y Harley no estaba mirando.

Pero su rostro lo dijo todo.

-¿Cómo estás, Ann?

La chica se sobresaltó, y cerró de un golpe su libreta de dibujos.

Estaba sentada sola en una de las mesas de aula de Transformaciones. Albus se había acercado a donde estaba y la estaba saludando.

-¡Hola!- dijo Ann, fingiendo que no intentaba ocultar sus pesadillas respecto a su hermano en aquel cuaderno.

-Parece que según la colocación nueva de Redfield, nos ha tocado de compañeros.

Ann asintió.

-Lo he visto en la puerta. Genial- sonrió.

Albus le devolvió la sonrisa, un tanto incómodo.

Se sentó en la silla de al lado.

-Es probable que Harley no venga a clase en toda la mañana.

Ann se giró para mirarlo.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Se desmayó anoche en la sala común. Nada grave, según ha dicho Pomfrey. Por la tarde estará como una rosa.

La chica se relajó un poco.

Albus se aclaró la garganta, un poco.

-Rose y yo nos preguntamos...bueno, en realidad mucha más gente se pregunta, incluida Grace en sus cartas, si el E.M...va a volver.

Ann negó varias veces, mirando hacia la mesa, evitando su mirada. Conocía de sobra el poder embriagador de la mirada de Albus.

-No, Albus. No al menos con mi apoyo. Tanto yo como los demás hemos atravesado un infierno y...la única persona que puede combatir a Sameor soy yo- dijo, en susurros- y no hace falta que nadie más se implique, Al. Y dudo mucho que Rose se pregunte cualquier cosa que tenga relación conmigo.

Ambos la buscaron en el aula, y la vieron más atrás, charlando con Josh Wracen y sonriendo de vez en cuando.

-Parece que Rose ha hecho un nuevo amigo ¿no?-comentó Albus- también se dice desde hace un par de semanas que Scorpius y ella están saliendo. Quizás sea cierto que los hayan visto tonteando, pero me niego a preguntarle. Prefiero vivir en la ignorancia, sinceramente. Mi tío Ron la mataría.

Rose y Josh se rieron de algo. Ann desvió la mirada de ellos.

-Me alegro de verla feliz- dijo ella, sinceramente

Claro que esa no era toda la verdad.

Albus la miró, comprendiendo.

-Ann. Ella llegará a perdonarte- le aseguró.

La chica garabateó nerviosa sobre su pergamino. Suspiró.

-Poco importa si llega o no a perdonarme. Ya perdimos la amistad que nos unía. Hay cosas complicadas. Tan complicadas, que se vuelven imposibles.

A Albus le dolió escuchar aquellas palabras. Porque si Ann las decía, muy improbables no podían ser.

-Perdonará, como he hecho yo- rebatió, sin embargo el Gryffindor.

-Perdonará cuando encuentre a alguien del que se enamore mucho más que de Harley. Y eso, una vez más, creo que es complicado.

-Pero si tú y yo al final hemos conseguido quedar bien- dijo, restándole importancia- no puede resultar tan difícil.

-Bueno, para ti es fácil decirlo. Tienes a alguien en mente que me hace quedar como la última chica en la que fijarse del planeta- y, antes de que Albus pudiera preguntar de quién demonios estaba hablando, Ann continuó- y además; a Christinne le gustas mucho. Y creo que se encarga de que todo el mundo lo sepa.

Albus abrió mucho los ojos.

-No puedes estar hablando en serio.

-Primero: yo lo he notado. Segundo: desde que esta Skeeter aquí esto parece un Corazón de Bruja viviente. Todo el mundo sabe todo. Me sorprende que no te hayas enterado todavía.

Albus parpadeó varias veces.

Pero su expresión se tornó seria cuando Scorpius Malfoy se dirigió hacia su mesa y ocupó el tercer lugar en ella.

Ann se había sentado en medio a propósito. Albus y Scorpius se habían comunicado durante todos aquellos años mediante monosílabos y gruñidos. Era como si se hubieran predispuesto a caerse mal y no hablar más de lo necesario, o si no se iniciaría una pelea.

Lo más triste era que si ambos olvidaban de dónde venían (y no era fácil para ninguno de los dos) podrían llegar a conectar de verdad.

Hombres, y su estúpido orgullo de adolescente.

-¿Eres tú?

Grace se sobresaltó y desvió la vista de una de las enormes ventanas de la biblioteca, que daban al parque que tenía un ligero toque a los jardines de Hogwarts-no era así en absoluto, pero era su impresión-.

Las hojas sucias y llenas de anotaciones estaban esparcidas por la gran mesa, sin orden aparente, y la chica rubia tenía el pelo recogido de manera caótica, y el uniforme descolocado.

Se giró cuando una compañera dos asientos más a la derecha la llamó.

-¿Si soy quién?-preguntó. No conocía a aquella chica de nada, pero calculaba que debía de ser un año mayor que ella.

La otra miró a los lados en plan confidente, y pasó a ocupar el asiento más cercano a Grace.

-La novia de Finn Davidson. Ya sabes, la que estudiaba fuera.

A Grace empezaba a molestarse que la identificaran así. ¿Es que en ningún lugar podría ser "solo Grace"? Si no era conocida por ser la hija de, por la hermanastra de, o por la amiga de, era conocida por "la novia de"

Pero fingió que no le molestó en absoluto y construyó una expresión altanera e indiferente al mismo tiempo.

-Sí, soy yo- dijo mientras aparentaba que sus apuntes tenían algún tipo de orden (de los que, por cierto, no entendía ni una cuarta parte).

-Ahh. Y ¿Qué tal os va?

Grace la miró, incrédula, meditando por unos segundos si contestar. ¿Cómo podía la gente muggle aburrirse tanto como para andar preguntando esas cosas?

-Muy bien- exageró, medio ofendida.

Se creó un silencio incómodo.

-Siento si parezco un poco brusca- comenzó de nuevo- pero...Finn nunca pareció tener novia, la verdad. Todas sabíamos que había una chica de fuera pero...nada serio, vamos.

La chica se empezó a mosquear.

-Pues si no era nada serio Finn podía haberme avisado, porque yo en Ho...en Holanda no tuve nada con nadie por él- soltó, con sorna.

Aquello era mentira. No había tenido nada con nadie porque ella no había querido.

Echó a patatas a Albus Potter de su mente tras ese pensamiento.

-Mira, seguro que no me vas a hacer caso pero...creo que él no te estuvo precisamente "esperando" ¿sabes?

Grace frunció el ceño, sorprendida.

-¿Quieres decir lo que creo que quieres decir?

La chica asintió, lentamente.

La rubia cruzó los brazos, imponente.

-¿Y qué pruebas tienes, bonita?

-Pues varias- respondió la otra, sin amedrentarse- la primera podría enseñarte los mensajes que me mandó todo el curso pasado, y que, para empezar, eran de todo menos amistosos.

El corazón de Grace empezó a latir con rapidez. ¿Finn le había puesto los cuernos?

Tampoco era que le extrañara especialmente. Pasaban mucho tiempo separados, y él no aceptaba del todo bien que el único método de comunicación que podían utilizar era entregarle cartas para Grace a su padre. Ni siquiera podía darle la dirección de Hogwarts, porque Hogwarts no existía para él. Y Finn no era el niño enclenque de quince años con el que se había dado su primer beso y todos los demás. Ni siquiera era el joven de diecisiete con el que había hecho el amor por primera vez, las navidades pasadas. Era simplemente alguien que se daba cuenta de que Grace no era tan entrañable como parecía en un principio.

-¿Y por qué me cuentas esto, ahora?- preguntó Grace, más cabreada que dolida.

-Bueno, está claro- contestó, resuelta- Mira, hace lo mismo que conmigo con muchas chicas. Puede que tú pienses que te quiere mucho, pero seguro que si preguntas en su Universidad ya se ha conseguido la misma fama que por aquí.

La chica miró para otro lado. Apretó los dientes.

-¿Es que siempre tiene que pasar algo, joder?- masculló, mientras se levantaba y recogía sus apuntes de matemáticas, a toda prisa.

Miró por última vez a la chica, que, si se paraba a pensarlo, era muy conocida en el instituto.

-¿Cómo te llamas?

-Clare Winston.

-¿Y las otras?

-¿De verdad es necesario?

-Claro que es necesario- contestó Grace, mientras con rabia se echaba la mochila al hombro.

Los de la mesa de al lado les pidieron que se callaran, que ya estaban empezando a montar mucho alboroto.

Clare pareció pensárselo.

-Hay una conocida mía, se llama Susan Salzburg. Finn me dejó bastante claro que la prefería a ella antes que a mí.

Grace negó.

-Qué patética eres.

-¿Disculpa?- se rebeló Clare, levantándose de su asiento y demostrando que era diez centímetros más alta que Grace. Pero después de haber jugado a la lucha libre con Michael Samdon, pocas personas la asustaban ya.

-Eres patética porque has esperado a que Finn te haya quitado toda la ilusión con respecto a vosotros, para venir y decirme que era un capullo.

Y, dicho aquellos, salió de la biblioteca, sin nadie que la siguiera. Sabiendo que tenía toda la razón del mundo.

Salió también del instituto, sabiendo que dejaría plantado a su novio, que había acordado ir a recogerla una hora después. Cuando toda la rabia o la ofensa fueron calmándose, y solo quedó el despecho y las ganas de venganza, supo que no quería realmente a Finn. No como quería a otras personas. No sentía nada especial cuando la tocaba. Siempre sentía que necesitaba algo más. A alguien que se interesara de verdad por ella. Por ella por cómo era por dentro, no por fuera.

E, incluso en aquellos momentos, no podía evitar pensar aunque fuera un segundo en Albus.

Se insultó mentalmente. No solo era una cornuda, sino que había idealizado la figura de un chico que nunca había estado reamente interesado en ella.

Ser muggle estaba resultando mucho más complicado de lo que se imaginaba. A menudo solía escaparse al descampado que estaba cerca de su casa con su Nimbus y volaba, como cuando lo había hecho cuando era la buscadora de Slytherin (los únicos momentos en los que sus compañeros la adoraban) acompañada solo de la noche y, secretamente, de la más dolorosa de las añoranzas.

Era débil. ¿Cómo podía haber conseguido lo que más deseaba, salir de Hogwarts, y que tan solo un mes después de comenzar las clases doliera tanto estar lejos de casa?

¿Lejos de casa? Con la de veces que había negado a Hogwarts como su hogar...

Lo que más extrañaba era estar con Josh. No habría nadie jamás que la entendiera tan bien en este planeta, ni en otro. Extrañaba la forma en la que él leía su mente, como un libro.

También echaba de menos la expresión de ensimismamiento de Scorpius. Echaba de menos hablar con él horas y horas sobre temas serios, y sonreírse de vez en cuanto, divertidos. Echaba de menos ser el pico del triángulo, la tercera de tres. Echaba de menos ser la chica, escoltada por dos chicos a los que quería como hermanos, y que la querían como una hermana.

Grace sonreía demasiado poco como para hacer amigos fácilmente. Y debió de suponer que la tacharían de chica extraña en seguida. Antes de Hogwarts todo era más fácil: los niños le hacían caso, sacaba buenas notas, era la hija de un padre soltero...

Se acordó de su madre, y de todo lo que solían hablar los pocos momentos que pudieron compartir juntas. Grace se esforzaba ante Pansy para ser un poco menos muggle solo para que se sintiera un poco más orgullosa. Con el paso de los años, eso cambió por culpa del rencor y el abandono que ya formaban parte de la niña de nueve años en la que se fue convirtiendo, y como venganza, se esforzó en remarcar sus diferencias respecto a Michael, su hermano mayor. Y así, hasta que ella murió. Cuando ella le había preguntado si Grace tenía novio, ella le había mentido, porque él era un muggle.

Ni siquiera pudo asistir al funeral para despedirse. No había podido, la habrían matado.

Quizás se estaba dando cuenta de a dónde pertenecía su corazón realmente. Del material del que estaba hecho: de magia. Y todo gracias a que su madre ya no estaba allí. Gracias a la pelea física con Michael. Gracias a que Hennicc Samdon la miró a los ojos, y no tuvo el valor para matarla. Gracias a que Josh y Scorpius la habían querido mucho más de lo que Finn podría quererla jamás, y gracias a que las palabras y los gestos de Albus habían conseguido poco a poco y a base de repertirse en su mente, hacerle caer en la cuenta de todo aquello.

Suspiró.

Ya estaba llegando a casa. Cruzaría la calle y la vería aparecer, rodeada de casas exactamente iguales.

Pero algo iba mal. La puerta de la casa estaba abierta de par en par, y se oían ruidos fuertes ruidos dentro, como si alguien estuviera tirando los muebles abajo.

Entró a toda prisa.

-¿Papá? ¿¡Papá!?

Nadie respondió.

Grace entró en el vestíbulo y del mueble de la entrada extrajo su varita de uno de los cajones, en silencio. No había estado tan alerta desde San Mungo.

Cerró la puerta y subió las escaleras casi hasta el segundo piso, sin hacer ruido o procurando no hacerlo. Tampoco se escucharon más ruidos. Aunque para Grace resultaba inútil no llamar la atención, ya había gritado. Alzó la varita hasta que fue por delante de ella.

Escuchó el sonido de unos pasos, posiblemente enfundados en potentes botas de montaña. Se detuvo, paralizada.

Era cierto que había alguien en el piso de arriba. Que no era su padre. Pero ¿Dónde estaba su padre? ¿Le habría hecho algo alguien? ¿Qué le habrían hecho?

Albus le había asegurado hacía ya mucho tiempo que su padre gozaba de la protección de Aurores del ministerio. ¿Acaso le habría mentido? ¿Acaso, a pesar de todo, algo había salido?

¿Y si era Hennic Samdon el propietario de aquellos pasos?

Se tensó. Se le erizó todo el vello fino del cuerpo.

Más pasos. Iban hacia la escalera. Hacia la oscuridad que la escondía del segundo piso.

Sus ojos se volvieron dos rendijas verdes, como los de una serpiente, y sus rasgos normalmente aniñados, se volvieron temibles.

Se agarró a la barandilla de la espiral para impulsarse y, con la varita en alto, subió a la velocidad más alta que pudieron permitirle sus cortas piernas los últimos escalones.

En cuanto vio a una figura vestida completamente de negro, su mente asoció directamente la vestimenta a la de un Mortífago.

Por su boca habría salido una maldición, sino fuera porque sus reflejos la interrumpieron a tiempo, reconociendo unos ojos castaños y un pelo desordenado como por el viento al jugar al Quidditch. Y pronunció otro tipo de maldición.

-¡Mierda, Potter, ¿qué coño haces aquí?!- exclamó.

La varita de Grace tocaba la túnica de Auror inexperto de James Potter. Se la quemó un poco. La adrenalina corría todavía por las venas de la chica.

-Intentar hacer mi trabajo- contestó James, mientras retiraba la varita de cerca de él y Grace contemplaba horrorizada como medio piso estaba medio destrozado y el mismísimo Harry Potter se encontraba en el umbral de su habitación, con semblante serio- eso, si no me matas tú antes, Wilson.